domingo, 1 de enero de 2012

Andanzas de un esclavo de nuestros días I

AVISO: Inicio la publicación por entregas de un relato que se me ha ido convirtiendo casi en una novela corta. Lo fragmento para no cansar a los que puedan leerlo.

Tuve que hacer unas gestiones en el centro de la cuidad. Como acabé antes de lo previsto y hacía muy buen día, decidí pasear sin rumbo durante un rato. Me adentré por unas calles que hacía mucho tiempo no frecuentaba y me alarmó lo que se habían degradado. Llegué incluso a sentir temor ante los tipos, y hasta grupos, de aspecto poco recomendable con los que me cruzaba. Pensé que lo mejor era salir de aquella zona cuanto antes. Pero, como me suele ocurrir cuando me pongo nervioso, me entraron unas ganas imperiosas de orinar. La solución fue entrar en un bar, tan poco atractivo como el entorno, y pedir un café, ya que no me atrevía a ir sin más al servicio. Cosa que hice en cuanto el camarero se puso a prepararlo. No muy limpio el lavabo, pero al menos me pude aliviar. Volví para tomarme y pagar el café, que estaba casi hirviendo. Como no quise hacer el gesto de dejarlo, me entretuve mientras se enfriaba. Me llamó la atención un hombre sentado solo en una mesa. Pese a su aspecto tristón, me pareció muy atractivo. Llevaba un pantalón corto y una camisa medio desabrochada, mostrando una robustez de hombre de muy buena edad, que encajaba perfectamente en mis gustos. Debió percibir mi interés porque no tardó en levantarse y ponerse a mi lado en la barra. “¿Le molestaría que habláramos un momento?”, me dijo. Su tono y su actitud eran muy correctos, así que no tuve inconveniente en aceptar. Para mayor discreción me indicó que fuéramos a su mesa, a la que le seguí llevándome mi café. Sin andarse por las ramas me espetó: “Me he dado cuenta de que se fijaba en mí”. Y ante mi expresión a la defensiva, añadió: “No piense que me ha molestado. Al contrario, me ha animado a hablarle”. Me contó que había perdido el trabajo y la casa, y que su mujer se había ido al pueblo con su familia. Sin darme tiempo a objetarle que en ese problema poco podía hacer yo, me planteó una cuestión insólita: “Ya sé que de esto no voy a poder salir. Por eso se me había ocurrido encontrar a alguien a quien entregarme. Y he tenido la intuición de que usted pudiera ser esa persona”. “No sé si le he entendido bien, ¿pero me está ofreciendo sexo por dinero?”, repliqué. Su explicación resultó aún más extraordinaria: “Eso sería grotesco en un tipo con mi edad y mi aspecto ¿verdad? Mi ofrecimiento va mucho más allá: se trataría en convertirme en su esclavo, tal y como existía en la antigüedad. Solo cobijo y alimento, con total disponibilidad sobre mi... también para el sexo, claro, si fuera de su gusto”. No me lo podía creer e ironicé: “Así que tendría que sacarle de aquí tirando de una cuerda atada al cuello y llevármelo a mi casa”. Pero contestó muy serio: “No hace falta publicidad. Sería solo un asunto entre los dos”. “¿Y qué le diría a la gente que me conoce?”. Ahí buscó el halago: “Creo que usted posee la categoría suficiente para tener servicio y ¿por qué no puede ser un hombre?”. Llegué a estar hecho un tremendo lío. Entre lo surrealista de la propuesta, la cuestión moral de la esclavitud, las consecuencias que podrían derivarse y lo bueno que estaba el tío, mi cabeza estaba a punto de estallar.

Me quedé pensativo un buen rato dándole vueltas al asunto, mientras él guardaba silencio, cabizbajo. Yo vivía solo –en eso tuvo intuición–  y me vendría muy bien que alguien se ocupara de las tareas de la casa. El individuo, aparte del atractivo físico, me inspiraba confianza, no sabía decir por qué,  y pese a la extravagancia de su propuesta, no parecía estar trastornado. Claro que lo de que él se considerara como un esclavo habría que matizarlo y ver como se llevaba a la práctica. Al fin empecé a hacerle una serie de preguntas, tuteándolo ya en un vuelco inconsciente. “¿Es que no tienes vínculos familiares?”. “Ya le dije que mi mujer me abandonó y no tengo a nadie más”. “¿Y serías capaz de hacer las tareas de una casa?”. “De lo contrario no me habría atrevido a ofrecerme... He trabajado en el servicio hostelero y soy también cocinero, de bastante nivel por cierto”. Desde luego parecía una bicoca. “Vamos a ver. Te has dirigido a mí porque te has dado cuenta de que te estaba mirando... ¿Pero a ti te van los hombres?”. La respuesta fue categórica: “Si soy esclavo, mis gustos son los del amo”. Debía tener bastantes conocimientos históricos. Aún remachó en el tema: “Tal como voy vestido ya puede ver bastante de mi aspecto...”. Y vaya que sí, luciendo unos miembros recios y velludos. “Pero si quiere podemos pasar con discreción al lavabo y le enseño el resto, por si me encuentra alguna tara”. “Hombre, no hace falta llegar a tanto ahora”, repliqué azorado por su espontaneidad. De todos modos, poco a poco me iba enredando en el asunto. “Al menos tendrías que ir a recoger tus cosas”. “Estas noches he dormido en un albergue y, en la última, me han robado la bolsa. Así que lo que ve es lo que tengo... Ni calzoncillos me han quedado”.

Antes de marchar del bar le pregunté si quería tomar algo, pero rehusó. Con que pagué mi café y salimos bajo la mirada suspicaz del camarero. Me pareció conveniente comprarle alguna ropa de emergencia. Precisamente pasamos por una de esas de ropa barata, que vino bien para salir del paso. Escogimos –o escogí, porque él me dejaba la elección– dos pares de pantalones, dos slips, dos camisas y unas zapatillas deportivas. Como no estaría mal que se probara las prendas, y de paso se cambiara ya, se metió en un cubículo que hacía de probador. Me pidió que entrara con él y, en unos segundos, se quedó en cueros. Ahora sí que pudo cumplir su deseo de que lo viera entero, incluso girando para que nada quedara sustraído a mi mirada. Lo hizo con toda naturalidad y sin la menor intención provocadora. Aunque no dejó de excitarme contemplar al completo sus atractivos, que eran muchos. Dije para disimular mi turbación: “Cuando te des una buena ducha estarás perfecto”. Se puso la ropa nueva y salimos de la tienda con la bolsa del resto.

Me resultó embarazoso entrar con él en casa. Y más todavía cuando intentó besarme una mano. “¿Debo entender que me ha aceptado?”, dijo con voz temblorosa. Yo aún dudé: “¿No sería más sensato pagarte un salario por tu trabajo y que vivieras tu vida?”. “¿Y dónde voy a vivir yo?”, replicó contrito. “Bueno, puedes estar como interno. Hay una habitación que podrías usar, pero con tu paga y tu tiempo libre”. “Señor, estoy harto de tener cosas y perderlas. Ya no quiero disponer de voluntad propia. Necesito un amo que me considere su posesión”. “Sinceramente no sé cómo funcionaría. Siempre he sido muy celoso de mi intimidad”. “Por eso no ha de preocuparse. Cuando le convenga me quedaré encerrado. Si le visitan amigos seré invisible. Salvo que usted quiera que les sirva o incluso usarme para su diversión”. Insistió en una dimensión más práctica: “Me dedicaré al cuidado y la limpieza del piso, haré los recados con el dinero que usted me dé, me ocuparé de la cocina... Todo al gusto de usted. En cuanto a mi cuerpo y mi voluntad, ya sabe que serán suyos”.

La verdad es que me sentía atrapado después de habérmelo traído  a casa. Así pues habría que organizarse. En el piso había una habitación de servicio, con un pequeño baño completo, aunque más bien la había utilizado de trastero. Lo conduje allí y le dije: “Vas a tener trabajo ordenando esto y tirando trastos inútiles. Luego podrás abrir una cama plegable y acomodarte”. Necesito bien poco, señor”, respondió. “Bien, vamos por partes”, empecé dando órdenes. “Como pronto habrá que comer, veremos cómo te apañas con lo que encuentres en la cocina. Pero antes te convendrá darte una buena ducha”. Como su baño estaba de momento inservible, le dejé que, por esta vez usara el mío. “Se lo agradezco, y no se preocupe que lo dejaré todo limpio”. Lo acompañé y, al explicarle dónde encontraría toallas, ya se estaba desnudando. “Si le place, puede mirar y tocar... Ya lo sabe”. No me resistí a la tentación de tanto ofrecimiento y lo contemplé bien a gusto mientras se remojaba y enjabonaba desinhibidamente. Desde luego, además de lo apetitoso del conjunto, lucía unos huevos y una polla que atraían la vista, así como un culo magnífico cuando se giraba. Cuando iba ya a secarse, no quise dejar incompleta su sugerencia, así que le pedí: “Acércate”. Le tanteé los huevos y cogí la polla, que descapullé con facilidad. Pareció avergonzado de no haberse empalmado al momento: “Todo funcionará a su gusto, no lo dude”. “Tranquilo, que ahora no pretendía más. Hay antes otras urgencias en la cocina”. “Si quiere, me puedo quedar desnudo”, ofreció. “Tú mismo. No me molestará en absoluto”. Y añadí: “A ver si me sorprendes con la comida. Yo voy a ponerme más cómodo”. No dejó de aprovechar: “Cuando me sitúe, ya se lo tendré todo a punto y lo ayudaré”. ¡Vaya, también valet de chambre!, pensé.

Dudé si quedarme igualmente desnudo, pero consideré más prudente no precipitar acontecimientos, pues de lo contrario acabaría dándole un revolcón antes de comer. Tenía que mentalizarme de que no era un simple ligue que me había traído a casa, sino algo que resultaba mucho más complicado. Mejor mantener las distancias y que él se sintiera situado en el nivel que a sí mismo se había asignado. De modo que me equipé con shorts, camiseta y zapatillas, y me entretuve en mis cosas, dejándole campar a sus anchas por la cocina.

Al cabo de un rato me avisó: “Señor, cuando quiera”. Ahora se había puesto un pequeño delantal de peto que casi lo ponía más erótico. Las tetas le salían por los lados y solo cubría escasamente la barriga y el sexo. Se disculpó: “Lo he hecho por higiene, pero si le molesta...”. “Está bien”, le corté, “espero otro tipo de lucimiento”. Para los escasos recursos que habría encontrado, la comida parecía bastante aceptable. Volvió a excusarse: “Al haber aquí esta mesa, he pensado que es donde suele comer. Pero si lo prefiere cambio en un momento el servicio donde me diga”. “Has acertado, no hay problema... Pero veo que solo hay un cubierto”. “Naturalmente, señor. Luego comeré yo solo las sobras, si me lo permite”. Como ya habría tiempo de ajustar todas estas cuestiones, que me estaban llegando a abrumar, y tenía hambre, di por zanjado el asunto. Además estaba todo muy rico y en su punto, en contraste con mis chapuceras improvisaciones. Terminó sirviéndome café y preguntándome si me apetecía algún licor. Cosa que rechacé porque quería conservar la mente despejada.

Me puse a ver la televisión, tratando de distraer mi calentura. Al cabo de un rato se me presentó, ya sin delantal. “Señor, ya he comido gracias a usted y recogido la cocina. ¿Qué ordena ahora?”. Gran dilema: llevármelo a que me alegrara la siesta o mantener el tipo a mi pesar y encomendarle tareas más prosaicas. Volví a inclinarme por la contención y le planifique sus tareas: “Pon orden y acondiciona tu habitación y tu baño. Luego recoge todo lo que sea para tirar y lo sacas a los contenedores. De paso te daré dinero para que compres en el supermercado de la esquina lo que estimes necesario para aprovisionar la cocina”. Con una aquiescencia respetuosa, y no sé si aliviado o frustrado por el aplazamiento del uso de su cuerpo, se retiró.

Hice ver que estaba muy atareado con mis libros y papeles, pero no lograba concentrarme, pendiente de sus actividades cuyo sonido me llegaban. Al cabo de un par de horas, reapareció ya vestido. “He dejado en la entrada unas bolsas para tirar. ¿Querría usted ver como ha quedado la habitación? He procurado hacerlo lo mejor posible y espero no haberle molestado demasiado”. Desde luego, había hecho maravillas, con todo perfectamente apilado y ordenado, y espacio suficiente para poder abrir la cama plegable. Y en cuanto al baño, nunca lo había visto tan vaciado y limpio. “Ha quedado muy bien. Así podrás acomodarte”. “Necesito poco, señor”. “Ahora te voy a dar dinero para las compras que te he dicho. Ya ves que me fío de ti”. “Nunca defraudaré su confianza, señor, de eso puede estar seguro”. Aún hice otra observación: “Por cierto, esa ropa es solo provisional. Habrá que buscarte otra que te quede mejor. No quiero que tengas mala pinta”. Ya que no admitía ninguna paga, al menos cubrirle sus necesidades.

No tardó demasiado en volver y lo primero que hizo fue devolverme religiosamente el dinero sobrante, junto con el ticket de compra. Tras guardar lo que había traído, se atrevió a comentar: “Podré hacerle una buena cena”. Tampoco te pases, no vaya a ser que por tu culpa engorde más de la cuenta”. “Por eso no se preocupe, señor. Haré siempre menús equilibrados”.

Me hizo una petición: “Si no tiene inconveniente, debería volver a ducharme. Antes he cogido mucho polvo y he sudado demasiado”. “Así estrenarás tu ducha”, asentí. Lo que añadió a continuación ya me pareció exagerado: “Aprovecharé también para lavar en el baño la ropa que llevo y la de esta mañana. La dejaré colgada de la barra de la ducha para que se seque”. Y le repliqué: “De eso nada, que hay una lavadora”. “¿Estaría bien mezclar mi ropa con la suya, señor?”. “Faltaría más, no eres un apestado”. “Es usted muy generoso. No me perdonaría hacer algo que le molestara”. “Va, va, dúchate”, zanjé. Esta vez me pareció excesivo volver a supervisar su ducha, aunque solo la idea me ponía caliente. Para colmo regresó oliendo a limpio y otra vez desnudo. “Me he quedado así porque me parece que a usted le gusta”, se excusó con tono ingenuo. Ya no aguanté más y me puse en plan amo: “Pues no estaría mal que me dejaras igual...”. Cogido por sorpresa  se me acercó dubitativo. “A ver si lo hago bien...”. “Es fácil”, lo animé. Cogió tembloroso los lados de la camiseta y me la sacó por la cabeza. Bajó con cuidado la cremallera del los shorts, que cayeron por si mismos. Al ver el bulto que marcaba el slip casi desvía la mirada, pero cumplió escrupulosamente su deber de bajármelo y ayudarme a sacarlo por los pies.

Pese a mi erección, me resultaba violento forzarlo a algo que no le resultara agradable. Sin embargo, voluntarioso, me tocó la polla con precaución. Aproveché para preguntarle: “¿No has estado nunca con un hombre?”. “La verdad es que no, pero quiero y puedo aprender”. Sus caricias a mi polla eran ya más firmes. “¿Solo por complacerme?”. “Me gusta que yo le atraiga y debo corresponder”. “¡Deja los deberes a un lado!”, solté un tanto exasperado. “Tóqueme como le guste y verá que me pongo a tono... Y no se enfade porque esta primera vez esté siendo tan torpe”. Su docilidad me desarmaba y a la vez me excitaba. Lo atraje hacia mí e hice que me soltara la polla. Me concentre en sobarlo y sentir el agradable tacto de su piel velluda. Acoplaba mis manos a sus tetas y aplastaba con un dedo los pezones. Me agradó que se le fueran endureciendo. Fui bajando hacia el vientre y cogí su polla al tiempo que le palpaba los huevos. Le destapé el capullo y lo cosquilleé en círculo. Para mi asombro, poco a poco fue desplegándose una polla que alcanzó un considerable tamaño. “Ya ve que no soy de piedra”, se atrevió a decir. Pareció animarse por la reacción de su cuerpo. “Me gustaría probar de chupársela y que usted me diga si lo hago bien ¿Por qué no se sienta en el sofá?”. Se arrodilló ante mis muslos separados y primero me agarró la polla mirándola de cerca. Luego dio varias chupadas suaves a la punta y poco a poco fue descendiendo con los labios acoplados. Se quedó parado como esperando instrucciones. “Sube y baja absorbiendo y pasa la lengua... Pero no te vayas a atragantar”. Al momento aprendió la lección y me hizo sentir un gran placer. Sin embargo, no quise llegar a correrme para que, esta primera vez, no se encontrara la boca llena de de leche y, sobre todo, porque aún quería disfrutar más de él.

Se quedó un poco sorprendido de que lo hiciera parar. “¿No lo hago bien?”. “No es eso, levántate que te la voy a comer yo”. De pie ante mí, le cogí la polla que no había perdido contundencia. Aunque no me cabía entera en la boca, puse en práctica todas mis teorías sobre una buena mamada. Hubo respuesta: “Usted sí que lo hace bien... Pero vaya con cuidado porque hace mucho tiempo que no me he vaciado”. No le hice caso y seguí insistiendo. Su aviso se cumplió y la boca se me fue llenando de un líquido pastoso y agrio que no dejé de saborear. “¡Uy, uy!”, parecía apurado, “Mire que se lo dije”. “¿Le va a negar un esclavo su leche al amo?”, sentencié bromeado. Cosa que él acogió con un silencio reflexivo.

Tal como estábamos le hice dar la vuelta para recrearme con su culo, lo que enseguida reavivó mi calentura. Manoseaba el vello que desde una mancha en la rabadilla se extendía más suave por toda la esfera y oscurecía la raja. Lo estrujaba y él se inclinaba para darme facilidades. Estiraba de los lados para abrirlo y pasaba un dedo tanteando en agujero. “Eso también es para usted. Puede estrenarlo cuando le apetezca”. Pero me pareció que sería una tarea a tomar con más calma. “Todo se andará, pero ahora prefiero que acabes lo que habías empezado”, “Lo haré mejor, se lo aseguro”. Volvió a arrodillarse y le pasé las piernas sobre los hombros como variante. Así pudo darme chupetones a los huevos antes de iniciar la mamada con la práctica adquirida. Se le notaba deseoso de conseguir lo que yo había logrado de él. Su afán de superación se traducía en el creciente placer que me invadía. Sujetándole la cabeza, ya no tuve reparos en correrme explosivamente en su boca. Tragó y lamió hasta la última gota. “Espero que haya disfrutado”. En respuesta le di un afectuoso cachete.

Para cambiar de tema, le interpelé: “¿Y qué hay de esa cena que prometías?”. “Enseguida la tendrá lista, señor”. Me pareció oportuno hacer otra observación: “Será mejor que por la casa vayas vestido. Estuvo bien la presentación, pero esto no es la jungla”. “Descuide, señor. En adelante solo me desnudaré cuando me lo ordene”. Me sirvió la cena y mantuvimos un silencio tenso. “Cuando acabes de recoger retírate a tu habitación. Yo saldré a dar una vuelta. Necesito despejarme”. “Gracias, señor. Si cuando vuelva desea alguna cosa, disponga de mí”. “Así lo haré. ...Y no hace falta que me esperes”, concluí con autoridad.

La verdad es que, tras la increíble jornada, quería huir del sentimiento de haberme metido en una ratonera. Aislado delante de mi copa le daba vueltas al asunto, que me parecía de lo más enrevesado. Tenía empotrado en casa a un individuo que podía girar como un calcetín toda mi forma de vida. Desde luego estaba buenísimo y con posibilidades de follar cuándo y cuánto deseara. Además, dispuesto a cuidar de mi bienestar hasta el último detalle, sin ninguna exigencia por su parte. Pero ese rollo del esclavo no lo podía asimilar. Corría el riesgo de caer en una especie de matrimonio atípico que tejiera una red de dependencias asfixiantes. Deliberada o inconscientemente él había sabido jugar desde el principio la baza del gancho sexual y yo había caído de cuatro patas con la excusa del aleccionamiento. Por otra parte, me sentía absolutamente incapaz de expulsarlo radicalmente de mi vida. Era consciente de su desvalimiento, que le había llevado a renunciar a su autonomía vital. Pero esto no podía llevarme a perder yo la mía. Si quería considerarse a sí mismo un esclavo, ese sería el trato que había de recibir. Tendría que acostumbrarme a dosificar las distancias y los acercamientos a mi conveniencia.

Más tranquilizado con estas reflexiones, volví a casa dispuesto a asumir la realidad. Estaba todo en silencio y oscuro, salvo una tenue lámpara de la entrada que sin duda había dejado para orientar mis pasos. Mi dirigí directamente a su habitación, abrí de golpe la puerta y encendí la luz. Yacía desnudo en la cama y de inmediato se incorporó poniéndose de pie. No pude evitar que la mirada se me fuera a su polla erecta. Trató de disculparse: “No podía conciliar el sueño por las emociones del día y se me ha puesto así sin querer”. De buena gana me habría abalanzado sobre él y por fin le habría dado por el culo. Pero me mantuve firme en mis propósitos de mesura y me limité a contestar: “En tu habitación puedes hacer con tu polla lo que te dé la gana... Por cierto, quería decirte que mañana me he de levantar temprano y pasaré todo el día fuera. Por la mañana te diré en qué has de ocuparte”. “Solo tiene que indicarme a qué hora he de llamarlo. Conmigo no necesitará despertador. Duermo poco y no le fallaré ni un día”. Eso... y los domingos me despiertas con una mamada”, ironicé. “Pensaba levantarme a las ocho”, concluí. Cerré la puerta y me fui al dormitorio. Encontré la cama cuidadosamente abierta y una botella de agua con un vaso. Como no debió ver ningún pijama en uso, había dejado una bata sobre una silla y unas zapatillas a un lado. ¡Qué cruz! ...¿o no? (Continuará)

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Sueño navideño

Una noche, después de haber disfrutado de una típica cena navideña, me acosté cargado de cuerpo y de mente. No tardé en caer en un sueño pesado e inquieto. De pronto creí despertarme por un extraño ruido lejano. A la luz de la luna que se filtraba por una gran ventana, pude ver que estaba en una habitación desconocida con muebles muy antiguos. Yo mismo estaba muy arropado en una gran cama de hierro forjado. Aunque desnudo, me daba un calor muy agradable un abultado edredón de plumas. En lugar de sorprenderme por el ruido, pensé alborozado que sería el producido por Papá Noel al descender por la chimenea para dejar su regalo. Sin embargo, persistía y se volvía cada vez más apremiante. Incluso me pareció que se mezclaba con el sonido de una voz profunda. Ya me alarmé y salté de la cama. Como si fuera un gesto habitual, tanteé por la mesilla de noche, abrí una caja de mixtos  de madera y encendí la vela de una palmatoria. Sentí mucho frío y me puse una bata de terciopelo que había sobre una silla, así como unas pantuflas. Los rumores no cesaban y, al abrir la pesada puerta de madera con la vela en una mano, se hicieron más nítidos: golpes e imprecaciones que no comprendía. Avancé por un lúgubre pasillo hasta llegar a una ancha escalera de madera que descendía. Fui bajando por ella lentamente y me encontré en una gran sala de aspecto rústico. La presidía una enorme chimenea de piedra, de esas cuyo interior abarca casi una cocina. Las ascuas estaban completamente apagadas y de ahí el frío reinante. Los ruidos parecían provenir de allí y me acerqué con mucha precaución. Pude ver entonces que, por donde se abría el tiro de la chimenea,  dos gruesas botas pataleaban furiosas. Su poseedor, engullido en la oscuridad, farfullaba irritadas palabras ininteligibles para mí. Estaba claro que alguien estaba completamente atascado allí dentro. ¿Sería el esperado Papá Noel? ¿Quién podía ser si no? Pero un incidente de esa naturaleza resultaba del todo inverosímil en un personaje como aquel. En cualquier caso, debía ayudarlo. Con la mía, prendí algunas velas más y me coloqué debajo de las botas. Traté de agarrarlas y, al percibir el contacto, el pataleo se calmó, pero no la voz cavernosa. Tiré hacia abajo con todas mis fuerzas y descendió algo. Ahora veía unos fragmentos de grueso tejido rojo remetidos en las botas. Me abracé a ellos y tiré de nuevo. Pero, para mi sorpresa, los que bajaron fueron unos grandes pantalones que, por su propio peso, cayeron colgando del revés, sujetados sus extremos por la caña las botas. Unas robustas pantorrillas, cubiertas de vello rubio, quedaron al descubierto. Me planteé qué hacer, porque volvía a agitarlas y, de ese modo, los pantalones colgantes aventaban la gran cantidad de ceniza acumulada en el fondo, lo que dificultaba mis movimientos. Forcejeé entonces con las botas y logré sacarlas, arrastrando consigo los blancos calcetines. Se deslizaron ya del todo los pantalones, que recogí al vuelo para que no cayeran en las cenizas. Quedaron así desnudos también unos pies de estimable tamaño. El problema era ahora cómo continuar para que el cuerpo pudiera seguir descendiendo. Me decidí a meter las manos todo lo que permitiera el escaso espacio y seguir estirando hacia abajo. Conseguí que aparecieran unas macizas rodillas. Con el trasiego, la bata se me había abierto y el sofoco neutralizaba el frío. Abarqué con decisión las rodillas y tiré con fuerza. Surgieron unos gruesos muslos también generosamente velludos.
 
Por primera vez en mi agitación, me percaté de que, fuera quien fuera el atascado en la chimenea, los fragmentos que surgían tras mis esfuerzos iban formando un conjunto turbador. ¿Qué encontrarían mis manos cuando prosiguieran hurgando en el angosto tubo? Tanteé con cuidado porque la parte de la anatomía que lógicamente había de seguir sería muy delicada. En efecto, rocé  un conjunto abultado y densamente peludo. Me paralizó el recrudecimiento de las imprecaciones. Pero si me desplazaba a la zona opuesta el canto de mi mano quedaba enterrado en una mullida raja. Evidentemente, había de descartar cualquier estiramiento hacia abajo. Hice un esfuerzo para abrirme paso y por fin di con un reborde de tejido festoneado de lo que parecía piel animal. Estiré de él, pero no logré avance alguno. Conseguí subir un poco más y me pareció dar con lo podía ser, si no la única, sí una de las causas del atasco. Un ancho cinturón de cuero, cuya repujada hebilla estaba enganchada en un saliente del conducto. Antes de manipular para tratar de soltarla, tuve la precaución de colocar una banqueta bajo los pies colgantes para atenuar una posible caída brusca. Con mucho esfuerzo, la hebilla cedió, se soltó el cinturón y cayó a plomo. Simultáneamente, el cuerpo bajó hasta quedar los pies reposando sobre la banqueta. Quedó libre ahora de cintura para abajo y pude contemplarlo a placer. El reborde orlado de piel que debía pertenecer al chaquetón  había quedado enrollado en el interior de la chimenea. Una oronda barriga se había esponjado y el abundante vello rubio casi ocultaba un profundo ombligo. No eran menos sobresalientes los  grandes glúteos, no tan poblados pero que marcaban la raja con una línea rojiza. De un rojo vivo era asimismo la pelambre que poblaba el vientre, enmarcando unos huevos contundentes sobre los que reposaba una polla ancha y sonrosada. La voz había callado momentáneamente. De pronto me sobrevino una sugestiva idea. ¿No sería precisamente ese mi regalo de Navidad? Desde luego era más apetecible que cualquier otro, por muy rocambolesca que hubiera sido la forma de presentarse. Me atreví a contornear suavemente con un dedo los huevos y la polla. Los gruñidos recomenzaron, pero no irritados en exceso... o eso me parecía a mí. Fui algo más osado en mis caricias a la polla, que empezó a agrandarse ¡Y vaya tamaño que alcanzó! Pero inició una pataleta que a punto estuvo de volcar la banqueta. Para ver si se calmaba, cambié de tercio y me puse a acariciarle el culo. El tacto suave  y la profunda raja me excitaron. Pero cuando un dedo hurgó más de la cuenta, estuvo a punto de ocurrir una hecatombe. Dio tal respingo que finalmente la banqueta salió disparada y el cuerpo, de repente, bajó en una buena porción. El chaquetón rojo festoneado de piel blanca, abierto y desencajado, dejaba descubierto un pecho voluminoso con abundante vello dorado entreverado de canas; las generosas tetas se remataban con anchos pezones rosados. Extrañamente seguían permaneciendo ocultos la cabeza, que no paraba de bramar, y un brazo en alto.
 
La única explicación era que estuviese agarrado a algún objeto, que sería la causa principal del atasco. ¿Estaba atado a él o es que se obstinaba en no soltarlo? Decidí averiguarlo, de modo que volví a poner un banco bajo sus pies, más resistente y amplio que la banqueta anterior, y me subí yo también. El caso era que, para poder acceder al origen del embrollo, había de mantener mi cuerpo pegado al suyo y, como me había desembarazado de mi bata para evitar liarme con ella, el apretujón me puso de lo más cachondo. Mi polla erecta parecía batirse con la suya, que persistía contundente. Mi cara quedó enfrentada a un rostro enmarcado por una poblada barba blanca y, a pesar de la penumbra del reducto, sus ojos parecían chispear de arrebato. Levanté un brazo paralelo al suyo todo lo que pude y encontré su puño cerrado firmemente en torno a lo que parecía el remate fruncido de un saco. El tamaño, que intuía enorme, de éste y la obstinación de su portador por no dejarlo varado en la chimenea, eran pues los motivos de la extraña situación. Porfié con él, ya que no había forma de razonar inteligiblemente, y logré separar su mano. En un movimiento rápido, aflojé la cuerda que cerraba el saco. En previsión de lo que iba a ocurrir, abracé con firmeza al terco Papá Noel y nos apartamos, cayendo revueltos sobre el manto de cenizas, que amortiguó el golpe. Sin solución de continuidad, una avalancha se precipitó por el tiro de la chimenea. Una inmensa cantidad de paquetes de los más variados tamaños se fueron dispersando por toda la sala en una inacabable catarata.
 
¿Qué ocurriría en el rinconcito donde quedamos resguardados? ¿Cómo me recompensaría Papá Noel por su liberación? Lo malo de los sueños es que a veces te despiertas antes de que llegue lo bueno, o bien llega pero es lo primero que olvidas. Desde luego, cuando tomé conciencia de la realidad estaba aún con palpitaciones y completamente empalmado. Lo cual me permite imaginar que debió pasar lo mejor.
 

viernes, 23 de diciembre de 2011

El médico anti-hipocondría

Eres hipocondríaco y te inspiran un gran respeto los médicos, al extremo de que, cuando has de visitar a alguno, en lo que menos piensas es en su posible atractivo erótico. Conocía yo a un doctor muy simpático y animado, que sabía de ti por referencias. Un día en que me lo encontré hablamos sobre tu fobia y se nos ocurrió gastarte una broma. La ocasión se presentó cuando cogiste un catarro y, no sin cierta mala conciencia, exageré su mala pinta, hasta el punto de que optaste por meterte en la cama. Pero yo lo que trataba era de convencerte de que lo mejor sería que te examinara un médico y, para compensar tus prejuicios, me ofrecí a acompañarte a un conocido mío, muy profesional, que me inspiraba mucha confianza. Hice que te vistieras y aceptaste, creyéndote portador de infinidad de males... La insidiosa maniobra empezó a funcionar.

Nos presentamos en la consulta y el médico nos recibió cordial pero muy en su papel. La primera cuestión, que no dejó de desconcertarte, estaba relacionada con la verdadera especialidad del galeno: ginecología. Miraste sorprendido la parafernalia, propia de la misma, que abundaba en el despacho: grabados del órgano sexual femenino, así como de distintos tipos de pechos, e incluso la típica camilla de exploración con ganchos para levantar las piernas. Evidentemente había que deshacer la confusión y el médico pidió disculpas por tenernos que recibir en un lugar tan impropio, debido a que en su consulta se había producido una avería eléctrica. Para no tener que cancelar la cita, un colega le había cedido la que veíamos. La explicación, que me forzó a contener la risa, pareció tranquilizarte. A continuación ofrecí dejaros solos, pero el doctor dijo que no hacía falta, si a ti te parecía bien. Como mi compañía te reconfortaba, no pusiste ninguna objeción. Expusiste, con el corazón en un puño, tus padecimientos reales o imaginarios y el doctor respondió con calma: “Todo eso lo vamos a ver enseguida”. Y te dio un cariñoso apretón en el brazo. “Lo primero será auscultarte. Si dejas el torso desnudo...”. Te quitaste chaqueta y camisa, que me pasaste sin esperar a buscar un sitio donde dejarlas. La mirada seria, que yo sabía ocultaba un poso libidinoso, se fijó en tu barriga, que se desbordaba por encima del cinturón. Te pasó varias veces la palma de la mano. “Esto es señal de buenos alimentos”. Lo que no era más que un primer y descarado sobo, tú lo debiste entender como una amenaza de ponerte a dieta. “Siéntate en este taburete, que voy a escuchar lo que tengas ahí dentro. ...Pero espera, así respirarás mejor”. Y en una maniobra rápida te soltó el cinturón y el primer botón de pantalón, con lo que éste se bajó un poco. Ya sentado, te entregaste al rastreo del fonendo. “Lo notarás un poco frío al principio, pero ya se calentará”, y me lanzó un guiño que tú no viste. Empezó a aplicártelo por delante y, como en la postura en que estabas te sobresalían las tetas, aprovecho para otra andanada. “Tendré que subirte los pechos para oír mejor”. E iba cogiéndolos con una mano mientras con la otra manejaba el aparato. Aún más, algo que te pilló por sorpresa. “¿Las tetillas las tienes siempre así de sonrosadas o están un poco irritadas?”, preguntó pellizcándote suavemente los pezones. Esto, que te excita tanto, hizo que dieras un respingo. “No te preocupes, están muy bien... y lo oído hasta ahora también”, atajó cualquier reacción por tu parte. “Vamos a ver por la espalda”. Aunque no cabía duda de que la auscultación era real y profesional, él la iba adornando con una picardía que, si no fuera por lo obcecado que estabas, habrías captado enseguida, ...y te habrías prestado a ella muy a gusto. Pero todo se andaría...
 
Por detrás no faltaron los toqueteos añadidos y dio mucho juego la prueba de las toses. Cuando hubo escuchado tus distintos tonos de tos, todavía le puso el broche. “A ver, tose otra vez varias veces seguidas”. Al tiempo de decir esto, y mientras tú te concentrabas para obedecer, alargó una mano hacia delante y la dejó agarrada a una teta. Ibas tosiendo hasta que dijo, soltándote ya: “Solo un poco cargado”. Eso ya te tranquilizó y posibilitó que empezaras a caer de la higuera.
 
Cuando volviste a estar de pie, el médico dijo: “Ya que estás aquí, me gustaría comprobar otra cosa ¿Podrías bajarte los pantalones? O mejor te los quitas”. Dócilmente hiciste lo que te pidió y quedaste solo con el slip. “Voy a presionarte en las ingles y quiero que tosas”. El asunto se iba poniendo cada vez más escabroso. Pero la pose desinhibida que adoptaste me hizo intuir que, aparcando momentáneamente tus aprensiones, te habías olido que había gato encerrado y, cómo no, estabas dispuesto a seguir el juego.
 
Efectivamente el doctor metió los dedos a los lados de tu paquete al tiempo que tosías con exageración. Cuando preguntaste con velada sorna: “¿He de repetir?”, respondió: “No hace falta. Está todo perfecto”. Pero también me di cuenta de que ya se sentía pillado. No obstante, conociéndolo como lo conocía, no me extrañó que, más que arredrarse, se animara a proseguir con su revisión concienzuda. Os habíais juntado dos buenos provocadores, dispuestos a entregaros al morbo de la pantomima montada. Así que me dispuse a disfrutar del  numerito de cómo aguantabais el tipo de médico y paciente.


“Ahora vas a apoyar las manos en alto contra la pared. A veces hay algún lunar en la espalda que conviene examinar”. Lo que, en otras circunstancias, te habría asustado, en ese momento te lo tomaste como parte del juego. Desde luego los toques que te dio en la espalda tenían más de caricias que otra cosa. “La piel la tienes limpísima. Da gusto”. Por la forma en que te cimbraste, solo te faltó decir: “Por mí, siga tocando”.
 
Pero el otro rizó más el rizo. “¿Sueles tomar el sol desnudo?”. “Siempre que puedo”, respondiste. “Entonces veremos también esa zona en que la piel, al estar menos curtida, es más sensible”. Ni corto ni perezoso te bajó el slip. “Ves, por aquí te ha cogido menos el sol”. Tu culo se veía realmente algo menos coloreado que el resto y él iba siguiendo con los dedos las marcas del bañador. Con lo cachondo que te pone que te toquen el culo, no te abstuviste de comentar: “Sí que lo tengo sensible, sí”. “Y gordito como el resto”, apostrofó el galeno como si hiciera un diagnóstico.
 
Cuando al fin bajaste los brazos me di cuenta de que te llevabas una mano a la entrepierna, seguramente para comprobar los efectos del toqueteo. “Sigue así. Aún falta algo, ya que estamos”, te contuvo el doctor, mientras se encajaba un dedal de goma, lo untaba de crema y me hacía un gesto expresivo de lo bueno que te encontraba. “A ver, separa un poco las piernas”. Estiró descaradamente de los lados para abrirte la raja y dejar visible el agujero. “Espero que no te moleste lo que te voy a hacer..., no debe ser la primera vez”. Empujó el dedo y hurgó por tu interior, “Entra muy bien, eres ancho. No creo que te haya dolido”. “Más bien no”, fue tu ambigua respuesta. “Pues ya está”, dijo sacando el dedo. “Te limpiaré un poco”. Tomó una gasa y te la pasó varias veces por la raja. Te debía estar poniendo a cien.
 
Para colmo te preguntó: “¿Te han operado de algo?”. Tu respuesta fue inmediata: “De fimosis cuando era muy joven”. “Es la mejor época. Así se desarrolla mejor”, entreteniéndose en la limpieza. “¿Quiere verlo”. Mantenías el tono respetuoso, pero a la vez directamente provocador. “Venga”, y te dio un cachete en el culo como despedida...provisional. Te giraste con cierta parsimonia y, como era de prever, estabas empalmado. No se inmutó: “¡Vaya! Has reaccionado al tacto rectal”.
 
Se acercó para mirarte atentamente la polla: “Así se ve mejor el buen trabajo que te hicieron... ¿Puedo?”. Te la cogió con dos dedos y comprobó la elasticidad de la piel retraída. “Estupendo, y muy buen riego sanguíneo”. “Sí, suelo tener buena respuesta”, y tratabas de disimular lo cachondo que te estaba poniendo.  La cosa siguió in crescendo. “¿Te han analizado alguna vez la calidad del semen?”. “No, pero ya que estamos podría sacar una muestra”. Ahí sí que lo desbordaste, pues no debía contar con hacerte una paja por las buenas. Soltándote la polla, el doctor farfulló: “No creo que corra prisa”.
 
Fue entonces cuando quisiste poner las cosas claras. En absoluto irritado, porque la encerrona no dejaba de resultarte excitante, te plantaste retador en toda tu desnudez y, mirándonos a los dos, dijiste: “Vamos a ver. Está claro que me habéis enredado con la excusa de mi catarro y, tonto de mí, piqué al principio. Pero la cosa cambió con tanto toqueteo. Por cierto, que me ha encantado y ya habéis visto que me dejaba hacer”.
 
Yo me reía, pero el médico se sintió obligado a explicar: “Efectivamente soy ginecólogo, pero sé suficiente medicina para comprobar, al auscultarte, que tu catarro no tenía la menor importancia. Lo demás lo habíamos tramado para que, por una vez, estuvieras a gusto en la consulta de un médico”. Tanto aceptaste la explicación que, sacando tu vena teatral, alzaste los brazos en plan provocador y exclamaste: “Pues aquí tenéis a vuestro paciente engañado como un conejo, para que experimentéis”.
 
Cuando el doctor se te acercó conciliador, te tomaste la revancha. Le echaste mano al paquete y, manteniéndolo agarrado, dijiste: “También se podrá explorar ¿no?”. Ahora me puse de tu parte y, neutralizado como lo tenías, aproveché para quitarle la chaquetilla profesional. Ya lo soltaste y, ante lo irremisible de la situación, él mismo acabó de desnudarse. Yo hice otro tanto, dispuesto a sacar partido de la contienda que se avecinaba.
 
“¡Venga, ayúdame!”, me pediste. Entre los dos arrastramos al bromista médico, que se debatía, aunque complacido por pasar de verdugo a víctima. Prueba de ello era lo dura que se le había puesto la polla. Llegamos a tenderlo en la camilla de exploraciones, muy adecuada para lo que pretendías, y le levantamos las piernas hasta dejarlas separadas y sujetas por las rodillas a los ganchos laterales. “¡Ayayay, malditos!”, se lamentaba con risa nerviosa. “¿Qué te parece un tacto rectal para empezar?”, le dijiste con sorna. Y untándote un dedo en la misma crema que él había utilizando antes, se lo metiste por el culo. “Umm, esto no es lo primero que te entra ¿verdad? Vaya ojete escondías en esta raja peluda”, decías mientras girabas el dedo. Con la mano libre le sobabas los huevos y la polla, tanto unos como la otra de muy buen tamaño por cierto. Yo, que desde atrás lo controlaba, me calentaba por mi cuenta acariciándole las abundosas y velludas tetas.
 
“Pues ahora va a ser el momento de que pruebes la calidad de mi semen”. Tu aviso le arrancó un murmullo quejumbroso pero resignado. La posición en que se encontraba, unida a la crema untada, facilitó que le metieras la polla a la primera. “¡Aaaah, bruto vengativo!”, exclamó. “¿Te atreverás a decir que no te gusta?”, le desafiaste. “Bueno, sí, pero con cuidado”. “El mismo con el que me has estado examinando, tranquilo”. Te pusiste a bombear, primero despacio y luego a un ritmo más acelerado. “¡Qué culo más acogedor tienes!”. “¡Ohhh, lo estás haciendo muy bien!” te alabó, y a mí: “Pellízcame fuerte los pezones”. Su entusiasta adaptación a las circunstancias nos sirvió de acicate tanto a ti como a mí. “A ver qué te parece mi leche”, dijiste entre resoplidos en tu última embestida. “Por lo que noto, abundante... Ya me tomaré el desquite cuando me soltéis de aquí”. Pero tú estabas dispuesto a mantener la disciplina y me llamaste: “Ven aquí y aprovecha, que te lo he dejado calentito. Yo me ocuparé de la parte de arriba”. El doctor me protestó cómicamente: “¡Serás cabrón! Después de liarme en este embolado me vas a dar por el culo”. “¡Para que te hagas el inocente!”, y le di una buena embestida. Mi calentura aumentaba porque te veía, no solo pellizcándolo como hice yo, sino volcándote sobre él para morrearlo y morderle las tetas. Agarrado a los muslos iba tomando impulsos y, cuando te adelantaste más y le metiste en la boca una de tus tetas, me corrí sin remisión. “¡Vaya con la parejita, a cual más cafre! ¡Qué culo me habéis dejado!”, logró exclamar al fin.
 
Lo ayudamos a zafarse de la poco cómoda camilla y a desentumecerse. “Voy a limpiarme, que me corre vuestra leche por los muslos”. Pero tú, después de haber descargado, tenías ya ganas de que te metieran polla. Te apoyaste de codos en una mesa y, con voz de falsete, soltabas moviendo obscenamente el culo: “¡Doctor, tiene usted algo para aliviarme los picores!”. “¡Espérate, vicioso, que aún me quema el culo! Sigue meneándote mientras pongo a punto la sonda”.
 
Requirió mi colaboración: “Venga, hazme una mamadita y pónmela dura, que tu hombre se impacienta... Ya me acuerdo de lo bien que lo haces”. Muy a gusto me hice cargo de polla tan gorda y jugosa. Me llegó tu aviso: “Nene, no te pases, no sea que te quedes con todo y me dejes a dos velas”. “Tranquilo, que no te libras. Me la está poniendo a punto de ebullición”. Cariñosamente me hizo parar y se dirigió hacia ti. Te dio varios cachetes en el culo y te abrió la raja. Primero te metió un dedo. “Ese dedo ya me lo conozco”, protestaste. Luego te lanzó una embestida directa con la polla recién mamada. “¿Te sigue picando el ojete?”. “¡Wob!, lo que me echa es fuego, cacho polla!”. “No me vengas con remilgos, que no he hecho más que empezar”. “Menos presumir y más follar, para que se me quiten los males”. Cuando se puso a bombear en firme, fuiste tú quien sustituyó las palabras por gruñidos inconexos. “¿Sientes la sonda bien adentro?”. “Me encanta cómo me sondeas. Que no decaiga”. Yo contribuía a tu exaltación pellizcándote las tetas y veía tu cara transfigurada de puro vicio. “Ya falta poco para la irrigación”, avisó el doctor. “Que no se desperdicie ni una gota”, replicaste. “¡Voy, voy, voy...”. Y quedó claro lo que iba. Todavía remoloneando dentro de tu culo, preguntó: “¿Te ha gustado, enfermito?”. “No hay como ponerse en manos de un doctor”, y con una sacudida echaste fuera la polla. Aún te encaraste a nosotros en plan chuleta. “¿Qué, me puedo vestir ya o faltan más exploraciones?”.
 
Cuando finalmente nos despedimos, te advirtió: “Auque hayas visto que acudir al médico no es tan tremendo, no te vayas a creer que con todos harás lo mismo”.