Cuando pasaba por un
chaflán cerca de mi casa, veía con frecuencia un hombre que se sentaba en el
escalón de entrada de un comercio clausurado y ponía a su lado una serie de
libros. Todos bastante viejos y usados, normalmente novelas antiguas. Era una
forma de pedir caridad con un remedo de venta ambulante. El hombre era robusto
y próximo a los sesenta años, con ropa muy gastada pero limpia. Yo me acercaba
de vez en cuando y, tras echar una ojeada a los libros, que solían ser siempre
los mismos, sin comprar ninguno le daba unas monedas. La verdad es que, con
independencia del sentido de solidaridad, el hombre me resultaba atractivo, con
su corpachón allí medio encogido. Él tomó la costumbre de saludarme con
afabilidad aunque no me detuviera, lo que me producía un cierto sinsabor.
Un día en que llevaba
una bolsa de cruasanes para desayunar, tuve el impulso de acercarme a él. Le
pregunté: “¿Ha desayunado usted?”. “Más bien poca cosa”, respondió mirando la
bolsa. Me pareció algo humillante sacar un cruasán y dárselo en medio de la
calle y se me ocurrió proponerle: “¿Por qué no sube a mi casa y nos tomamos
esto con un café con leche?”. El hombre titubeó sorprendido pero, sin decir
nada, metió los libros en una bolsa y se vino conmigo.
Como parecía muy
reservado, no me atreví a preguntarle sobre sus circunstancias personales. Solo
cuando hubimos desayunado, comentó de pronto: “Usted sí que vive bien… Le debe
sobrar de todo”. Entonces se me ocurrió: “Si le viene bien, le puedo dar alguna
ropa. Más o menos tenemos la misma talla”. “Me viene bien”, y añadió: “Si le
sobraran también unos calzoncillos y unos calcetines, ya me podría ir de
limpio”. Esta referencia a la limpieza me llevó a ofrecerle: “Si quiere, puede
darse una ducha antes”. Lo que dijo a continuación me dejó estupefacto. “Y
usted me mirará ¿no?”. “¿Cómo dice?”, pregunté abochornado porque probablemente
habría captado algo en mí. Por si tenía dudas, añadió con tranquilidad: “Usted
debe ser de los que les gustan los hombres como yo”. La expresión me pareció
ambigua y quise que la aclarara. “¿En qué sentido lo dice?”. Entendió
perfectamente mi pregunta. “No porque sea un pobretón, sino por mi aspecto
físico”. “¿De dónde saca eso?”, insistí. “Hay miradas que dicen más que las
palabras… Y usted siempre me ha mirado así ¿no cree?”. La verdad es que tenía
razón, pero pensé que debía aclarar la situación. “No lo invité a venir con esa
intención… “No, si a mí me da igual… Usted se porta bien conmigo y yo lo hago
con lo que puedo”. “Eso que dice me suena algo cínico”. “Cada uno usa lo que
tiene para sobrevivir ¿no le parece?”. “¿Ha hecho esto más veces?”. Lo pregunté
no tanto por morbo, como porque me sorprendía esa larvada prostitución a su
edad. Pero nada más hacerlo, me di cuenta de lo impertinente que sonaba. Contestó
con ironía. “Eso es secreto profesional ¿no?”. Pero enseguida añadió. “A mí
tampoco me desagrada. Si no, no podría hacerlo”. Ante mi perplejidad precisó:
“Yo no exijo nada, lo dejo a voluntad”. Me sentía ridículo mirándolo sin saber
que decir. Pero él ya empezó a quitarse la ropa y dejarla en el suelo con
parsimonia. “Luego me la llevo en una bolsa. La tiro… o se la paso a otro”.
Quedó completamente desnudo y me dieron escalofríos. Lo que había intuido se me
revelaba ahora con creces. Un torso tetudo y barrigudo, poblado de abundante
vello con algunas canas, cargaba sobre unos muslos robustos entre los cuales
resaltaba un sexo contundente. Se limitó al decir: “¿Vamos al baño?”.
Me puse en movimiento
mecánicamente y al llegar al baño le señalé la ducha. Dudé si salir y cerrar la
puerta, en un gesto de dignidad. Él se me adelantó. “Se quedará ¿no?”. Me debatía
entre impulsos contradictorios, pero me quedé apoyado en el lavabo. “Orinaré
primero, para no hacérselo en la ducha ¿Le importa?”. Hice un gesto con la
mano, pero procuré no mirar. Cuando entró en la ducha, pronto empezó a
comentar: “¡Qué gusto de agua tan calentita!... Y este jabón ¡qué bien huele!”.
Se remojaba y enjabonaba con naturalidad, sin actitudes de provocación. Aunque
no me hacía falta para estar cada vez más excitado. Cuando pasó a lavarse la
polla y los huevos, dijo: “¿Por qué no se desnuda también? Eso nos animará”. Hice
un esfuerzo para decir: “No necesito tanta animación”. Se detuvo como extrañado
con toda la entrepierna enjabonada. “Como quiera”. Sin embargo, al enjuagarse,
me di cuenta de que mostraba una delatora erección. “El agua tan caliente…”,
quiso explicar. Casi no lo oí cuando pidió: “¿Puedo coger esta toalla?”. “¡Sí
claro!”, respondí confuso. Salió de la ducha y se me acercó. “Se la puedo
chupar ¿No es eso lo primero que se hace?”. Se agachó e hizo el gesto de
manipular en mis pantalones. Pero tiré de él hacia arriba. “¡No, levántate!”, y
pasé a tutearlo sin darme cuenta. Entonces, encontré su cuerpo desnudo tan
pegado al mío, que las manos se me fueron a sus tetas peludas. “Si es lo que le
gusta, puede pellizcar y morder”. Me irritó su insistencia en ofrecerse tan
fríamente, lo que contrastaba con el ardor que irradiaba y que me transmitía. Dejé
caer las manos y me separé. “Será mejor que vaya a buscar la ropa”.
Removiendo por el
armario me temblaban las manos por la excitación que aún me invadía, mezclada
con el malestar por la actitud cínica del hombre. Saqué un chaquetón que usaba
poco, un jersey, un par de pantalones, unas botas gruesas y lo otro que me
había pedido. Al volver me lo encontré guardando en una bolsa lo que se había
quitado. “Espero que todo esto le quede bien”. Ahora me arrepentía de haber
dado paso antes al tuteo. “Me vendrá de coña”, dijo. Pero se le notaba algo
avergonzado. Procuré no mirarlo directamente mientras se vestía, aunque tenía
que reconocer lo mucho que me atraía. Dudé si darle algo de dinero, pero no
quería que se entendiera como pago por sexo. “¿Algo más?”, opté por preguntar
tímidamente. Zanjó la cuestión. “Si me voy cargado…”. Pero añadió: “Me habría
gustado chupársela al menos”. Lo cual me volvió a mortificar.
Durante unos días
esquivé el lugar donde sabía que estaría. Hasta que pensé que no tenía por qué
esconderme. Así que pasé cerca de él y no pude evitar fijarme en que llevaba
puesto mi chaquetón. Antes de que me decidiera a darle algunas monedas, fue él
quien me llamó. “¡Señor!”. Me detuve y me preguntó: “¿No me invitaría a subir a
su casa?”. Me inquietó el dilema entre que debería decirle que no y el tentador
recuerdo de su cuerpo desnudo. Pero se me adelantó. “Ya sé que el otro día me
porté de una forma desvergonzada. Me confundí con usted… Pero me gustaría
explicarle por qué lo hice”. Esta inesperada actitud me sorprendió e inclinó la
balanza a aceptar que viniera conmigo.
Nos sentamos en la
cocina y le ofrecí un café con leche y unos bollos, que despachó muy a gusto. Entonces
me contó una experiencia que lo había alterado sobremanera. “Hace unos meses se
me acercó un señor de aspecto no demasiado agradable. Se puso a ojear los
libros, pero me di cuenta de que se fijaba más en mí que en ellos. Al fin me
dijo: “¿Querrías ganarte unos dineritos?”. Cómo no, si estaba en una situación
desesperada. “Acompáñame al despacho que tengo aquí cerca”. No había nadie más
y el señor sacó unos billetes de la cartera. Los puso en alto sobre un estante
y me dijo: “No sé si eres maricón o no. Si no lo eres, todavía más morbo… Pero
de todos modos me la vas a chupar para empezar,…si es que quieres lo que hay
ahí”. A punto de que me echaran de la pensión por deber varias semanas,
necesitaba ese dinero. Ya sabe usted que sí soy maricón, como él dijo, pero esa
forma de tratarme me humillaba. Aparte de que era un tipo seboso y malcarado;
más que atracción inspiraba rechazo. Interpretó mi silencio como barra libre.
“¡Empieza por bajarte los pantalones!”. ¿Qué iba a hacer? Así que solté el
cinturón y los dejé caer. “Buenas piernas ¿pero crees que con eso tengo
bastante?”. Sabía que me tendría que bajar también los calzoncillos y quedé expuesto
ante su mirada viciosa. “Lo que yo digo: Gallina vieja hace buen caldo”, soltó
mientras él mismo me abría la camisa. “¡Cómo me ponen estas tetas gordas y
peludas! Verás como estoy cuando me la saque”, decía estrujándomelas. Estaba
salido y se apartó para abrirse la bragueta. Su polla asomó pequeña y arrugada.
“¡Hala, a chupar! ¡De rodillas!”. Hice un esfuerzo y me plegué a sus deseos.
Chupé pero apenas se entonaba, aunque él hacía grandes aspavientos. “¡Para, que
te voy a dar por culo!”. A estas alturas me daba igual todo, aparte de que con
aquello poco podría hacer. Me di la vuelta y me eché sobre una mesa. “¡Vaya
culo! ¡Lo que debe haber tragado!”. Se arrimó pero apenas si pasó de frotarse
por la raja. Se corrió enseguida, dejándome todo pringado. Para concluir me
dijo: “No le has puesto mucho entusiasmo, pero cumplo mi palabra ¡Ahí tienes
eso!”.
El hombre contó su incidente
con gran sentimiento. Permanecí callado y dejé que siguiera. “Cuando usted me
invitó a su casa, temí que se iba a repetir la historia y me puse a la
defensiva tomando la delantera. Me equivoqué e hizo muy bien en pararme los
pies. Demasiado bien se portó conmigo… Porque desde luego usted no es como ese
otro”. Pareció aliviado y, entonces, puse una mano sobre la suya. “No, no soy
como ese individuo… Aunque no voy a negar que me gustaras, nunca me
aprovecharía de tu situación… Todavía me avergüenzo de que estuviera a punto de
caer en la trampa al principio”. Entonces él dijo: “Lo que me ofrecí a hacerle
lo habría hecho muy a gusto, aunque le diera esa cobertura de cinismo”. Traté
de atajar lo que se me presentaba como una nueva oferta. “¿Crees que puedo
prescindir de que estás en la esquina pidiendo limosna?”. Me replicó con otra
pregunta. “¿Y eso me priva del derecho a relacionarme con una persona que me atrae?”.
Ahora fue él quien me cogió una mano con las dos suyas. Yo había perdido la
capacidad de contrargumentarle y ya no me sorprendió que pidiera: “¿Sería un
nuevo abuso que me dejaras duchar?”.
Esta vez no lo
acompañé al baño y quedé a la espera con el corazón palpitante. No tardó en
volver con una toalla a la cintura, que apenas velaba el deseable cuerpo tal
como lo recordaba. Yo estaba sentado en una butaca baja y se acercó a mí. No
pude resistir el impulso de echar abajo la toalla. Apareció su sexo poderoso
aunque en calma. Mi boca se fue sola hacia la polla y, con la lengua, la atraje
hacia dentro. Crecía y se endurecía mientras asía sus muslos. Pero él me tomó
de los hombros. “¡Espera! ¿No te vas a desnudar?”. Preferí hacerlo sin la
presión de su mirada, por lo que le dije: “Ve al dormitorio y espérame ahí”. Él
sonrió. “Me gusta que confíes en mí”. Me desnudé con la conciencia de que
aquello ya no había quien lo parara.
Me lo encontré sobre
la cama. Había apartado la colcha y yacía bocabajo, luciendo el contundente
culo como una tentadora oferta. Me quedé algo indeciso y él giró la cara hacia
mí. “Tengo ganas de que me folles… Pero antes échate a mi lado. Ahora no te
libras de que te la chupe”, dijo sonriente. Hice lo que me pedía y se puso a
acariciarme la polla, a la que poco le faltaba para estar bien dura. Luego la
chupó con una dulce calma, que me ponía la piel de gallina. “¿Me lo harás
ahora? Estoy deseando sentirte dentro de mí”, me incitó. Se puso bocabajo y me
ofreció de nuevo el espléndido culo. Me avisó con un tono pícaro: “Ya me puse
en el baño un poco de aceite que vi. Así entrarás mejor”. El deseo que tantas
veces me había inquietado se desbocó y ya me eché encima resbalando la polla
por la generosa raja. Presioné y le penetré con facilidad. Él emitió un gemido:
“¡Uuhh!”. Pero le añadió: “¡Está bien! Muévete sin miedo”. Lo hice ansioso y mi
excitación se aceleró por la cálida elasticidad de su interior. “¡Cómo me
gusta! ¿A ti también?”, decía. Repliqué: “Estoy ya negro… Creo que me falta
poco”. Un chispazo me partió del cerebro y me sacudió. Me corrí con varios
espasmos hasta caer sobre su espalda. “¡Uf, me has dejado seco!”, exclamé
agotado. “Pues yo me he quedado en la gloria”, replicó él. Recompusimos
nuestras posiciones uno al lado del otro. Pude ver que empezaba a tener una
poderosa erección. “Imagino lo que estarás necesitado…”, le dije. “Tú descansa,
que ya me apaño yo”. Se puso a meneársela mientras le acariciaba suavemente los
muslos y los huevos. Luego, para dejarle el terreno despejado, me dediqué a
chuparle las tetas. “¡Lo que me faltaba!”, agradeció él. No tardó en ir
derramando abundante leche, que le escurría entre los dedos y empapaba el
pelambre del pubis.
Nos quedamos un rato
los dos relajados y en silencio sobre la cama. Hasta que él habló: “Estoy muy a
gusto aquí, pero ya es hora de que me marche”: No dije nada y añadió: ¿Te
importa que pase un momento por el baño para limpiarme todo esto?”. “¡Claro que
no! …Yo ya lo haré luego”, contesté. Cuando estuve solo me vino de golpe la
inquietud ante nuestras situaciones personales tan diferentes y me sentí bloqueado
para ver las cosas claras en ese momento. Por eso pensé en dejarme un margen de
tiempo y, mientras se vestía, le mentí. Como era viernes y él no ocupaba su
puesto los fines de semana, le dije: “El lunes salgo de viaje por trabajo al
menos por una semana… Así que tardaremos un poco en volver a vernos”. Él se
limitó a replicar: “Por mí no tienes que preocuparte… Ya has hecho bastante”.
Esta vez ni me pidió ni le ofrecí ropa, y se marchó dejándome con mala
conciencia por la falsedad de mi excusa.
Durante los días de
reflexión que me había tomado volví a eludir acercarme por donde él pudiera
estar. Pero apenas pasada la semana sentí un poderoso deseo de buscarlo. Me
sorprendió no encontrarlo en el lugar habitual y pensé que tal vez ese día
habría tenido algo que hacer. Pero en dos días más obtuve el mismo resultado.
Así que me decidí a preguntar por él al portero de la finca junto a la que
estaba la tienda cerrada donde se colocaba. El hombre me informó enseguida: “¡Ah,
sí! Resulta que ha tenido la suerte de que le han dado trabajo como vigilante
nocturno en un parking… Me alegré porque es muy buena persona”. No supo decirme
dónde se hallaba ese parking.
Hermoso relato. Saludos desde Montevideo Uruguay.
ResponderEliminarTriste !
ResponderEliminar:'(
muchas gracias de nuevo un relato bonito y morboso un besazo majo y sigue haciéndonos disfrutar por favor
ResponderEliminarA mi me parece un relato buenisimo...y con mucho sentimiento...ademas del morbo...Y tal vez triste., pero alegre al final por que al menos el pobre hombre ha encontrado trabajo
ResponderEliminarBuenísimo relato. Eres muy bueno!!! Sigue haciéndonos disfrutar, por favor. Enhorabuena!!
ResponderEliminarExelente relato como siempre gracias por permitirnos sentir y disfrutar tus historias . Desde uruguay beso
ResponderEliminarMe gustan tus relatos porque aparte del morbo estan bien escritos y siempre tienen una pequeña gran historia en ellos.
ResponderEliminarMe gustó muchísimo. Fue un relato hermoso.
ResponderEliminarHermosamente herotico
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