Era yo bastante joven todavía y poco
ducho en acceder al tipo de hombres que cada vez me atraían más: maduros y entrados
en carnes, a ser posible cargados de experiencia y dotes de seducción. Una tía
mía, que tenía un anticuario, me pidió que le buscara unos herrajes para un
mueble que quería restaurar. Me dio la dirección de un chatarrero, que estaba
en un barrio de las afueras. Pregunté en un bar, donde me señalaron una casa
bastante deteriorada. La puerta estaba abierta y accedí a una pequeña entrada.
No avancé más y pregunté: “¿Hay alguien?”. Enseguida me contestó una recia voz:
“¡Sí, aquí!”. Pasé por una cortina de flecos metálicos y me encontré, en una
especie de patinillo, con un hombre de algo más de sesenta de años, tirando a
grueso y de rostro afable, que retrepado cómodamente en una butaca de jardín
fumaba un pitillo. Pero lo que destacaba sobre todo era que, de su bragueta
abierta, le salía una contundente polla volcada hacia un lado. No se inmutó y
me dijo: “Tú debes buscar a mi hijo, pero hoy está de ruta con el camión… Yo
aquí vigilando el material”. Asombrado, no se me ocurrió más que decir: “Ya
veo, ya”. Sin alterarse esbozó una sonrisa y dio una explicación surrealista:
“Me gusta que se ventile y, como he oído la voz de un hombre, no me he
molestado en guardármela”. Me pareció tan provocador que ironicé: “También habrá
hombres que se impresionen por una cosa así”. Replicó con descaro y sin
personalizar: “Pues si les gusta, eso tienen ganado… Y si les entran ganas de
hacerme una paja o una mamada, aquí la tienen. Que uno no va sobrado de esas
cosas”. No sé lo que me dio porque me oí decir: “Ya que estoy aquí…”. No dudó
en invitarme: “¡Toca, toca, si quieres! Verás lo dura que se me pone”.
Ante tanto descaro me corté y, para
alargar la cosa, se me ocurrió preguntar: “¿Los huevos los tiene tan gordos?”.
Él sí que no se cortaba. “¡Ya lo creo! A veces me los saco también, pero si
quien viene es una mujer o un chiquillo que no quiero que me vea, tardo más en
guardármelo todo”. Como quedé dubitativo, me incitó: “¡Venga, hombre! Si tienes
la curiosidad…”. Como la cintura del pantalón la llevaba suelta, tapada por la
camisa, solo tuvo que levantar un poco el culo y tirar de él, en ausencia de
calzoncillos, hasta las rodillas. Por supuesto, entre los velludos muslos y
alzando la polla, tenía una gruesa bolsa peluda en la que se marcaban las dos
bolas. “Tampoco están mal ¿no?”, dijo con cierto orgullo. Me di cuenta de que,
en todo el tiempo, él no se había tocado ni una sola vez, como si sus genitales
tuvieran vida propia. Mi reflexión quedó cortada cuando oí: “¿Tocas o qué?”.
Aunque estaba excitado a tope, su desvergüenza me frenaba. Por eso dije: “Es
que eso de ir por trozos…”. Como parecía tener tantas ganas como yo, soltó
impaciente: “¡Joder! Aún me voy a tener que despelotar”. Y añadió: “¡Anda! Ve a
echar el pestillo a la puerta de entrada”.
Estaba tan nervioso que, con torpeza, me
enredé en los flecos de la cortina y me hice un lio con el pestillo. Así que,
cuando volví, le dio tiempo para que lo encontrara sentado como antes, pero con
el pantalón por los tobillos y el resto del cuerpo desnudo. Con los brazos
cruzados sobre el pecho y sonrisa irónica, me preguntó: “¿Te gusta más así?”.
¡Vaya si me gustaba! Aunque ya le conocía los bajos, su conjunto de hombre
maduro y recio emanaba lujuria. Para alargar el recreo de la vista, todavía le
pinché tuteándolo también ya: “¿Das tantas facilidades a todos los que entran
por esa puerta?”. Él se rio. “No todos son tan puñeteros como tú… La mayoría se
conforman, como te dije, con una paja o una mamada, y se van tan contentos.
Pero no creas, que también hay tíos que se la dan de machos y hacen ver que se
las trae floja verme la polla”. Como se sentía a gusto viéndose admirado y
deseado, y tampoco parecía tener prisa, se dejaba tirar de la lengua. Y no me
privé de aprovecharlo, por el morbo que me daba su desenfado. “Pero con ésos te
la enfundarás ¿no?”. “¡Qué va!”, contestó rápido, “Si ya me conocen en el
barrio… A veces viene alguno, me ve así, y se sienta para echarnos un
cigarrito”. “Y tú con la polla al aire…”. “¡Pues claro! Uno hasta me dijo: ‘Con
ese buen cipote, te voy a traer a mi mujer a ver si se le pasa la mala leche’.
Pero le contesté: ‘¡Quita, quita! Que con la mía, que en paz descanse, ya tuve
bastante’”.
En su cháchara, había descruzado los
brazos y aunque gesticulaba con parsimonia, sus manos nunca bajaban hacia su
entrepierna, que seguía inalterada. Me había quedado de pie frente a él con el
codo apoyado en un estante y me encantaba ver cómo sus tetas velludas se agitaban
impulsadas por la respiración que le hinchaba la barriga. Cuando movía las
piernas, la gorda polla, que reposaba sobre los huevos peludos, se iba
desplazando sobre uno u otro muslo. Me miraba con una sonrisa socarrona y me
daba cuenta de que esperaba que por fin me decidiera a meterle mano de alguna
forma. Sin embargo, pese al ofrecimiento tan evidente, yo seguía como un
pánfilo sin atreverme a hacer más que mirar. Lo cual dio ya lugar a que, dejando
de lado sus confidencias, me soltara: “Por lo visto lo tuyo va de mirón ¿no?”.
Respondí evasivo: “Me divierten las cosas que cuentas… y la vista no está nada mal”.
Él se rio de nuevo. “Mira todo lo que quieras… Pero me vas a permitir que haga
una cosa que me pide la próstata”. Se echó hacia delante y pataleó para sacarse
el pantalón por los pies. Librado de él, se levantó para dirigirse a un
cuartito que había detrás. Era un pequeño lavabo y, con la puerta abierta se
puso a orinar dándome la espalda y ofreciéndome la perspectiva de su orondo
culo también velludo. Se la sacudió ostentosamente y se puso de lado para pasar
la polla por el borde de una pileta, abrir el grifo y enjuagársela. Se secó y
volvió hacia mí. “Limpia otra vez… por si te animas”, bromeó.
Tanta provocación logró sacudirme el
encogimiento y ya no dejé que se sentara. Me encaré a él y lo sujeté tomándolo
de los hombros. Me dijo con tono más serio: “Hazme todo lo que quieras, pero yo
no te voy a corresponder… No es lo mío”. Lanzado como estaba, no contesté y le
llevé las manos a las tetas. Las estrujé y me decidí a chupárselas. Él se
dejaba hacer con los brazos caídos. Miré hacia abajo y su polla seguía tal
cual. Entonces se la agarré y, ahora sí, noté cómo se iba hinchando en mi mano.
“¡Ya era hora!”, soltó de nuevo risueño. “Esto es lo que te gusta ¿eh?”, dije
arrebatado por aquella dureza dentro de mi mano. “Ya te lo dije… Y de ahí, lo
que quieras”, contestó. Si la polla en reposo ya impresionaba, como estaba
ahora daba vértigo, desbordando el grueso capullo cárdeno y brillante. Gozaba
frotándola, pero deseaba mucho más. Él lo captó y pidió: “¿Me dejas que me
siente? Y ya sigues". Volvió a sentarse en la butaca con las piernas
abiertas y separadas, ostentando incitador todo su vigor.
Me arrodillé ante él dispuesto a tomar
posesión de aquel pedazo de polla, la más gorda y dura que en mi vida había
tenido en las manos. Pero ahora, además, la veía jugosa, con un liquidillo traslúcido
que vertía su capullo a medida que la manoseaba. Me debatía entre el deseo
intenso y el pavor de meterme aquello en la boca cuando un aporreo en la puerta
de la calle me paralizó. A continuación se oyó un vozarrón: “¡Pepe! ¿Qué haces cerrado?
Si sé que estás ahí”. El chatarrero no se alteró demasiado: “¡Joder! Es el
droguero, que tendrá un calentón…”. Ante mi perplejidad, explicó: “Este viene a
darme por el culo… Pero tú tranquilo, que va rápido y luego sigo contigo”. Con
la voz temblona pregunté: “¿Qué hago? ¿Me escondo?”. “¡No, hombre!”, rio, “Si
es muy campechano y no le importará que estés. Viene a lo que viene y todo lo
demás se la sopla”. Pregunté de nuevo incrédulo: “¿Va a hacer eso ahora?”.
“¡Claro!”, volvió a reír, “Ya verás la tranca que me mete”. Y para remacharlo
añadió jocoso: “Así aprendes… Igual querrás follarme si vienes otra vez”. Como
el droguero insistía golpeando la puerta, El chatarrero me dijo: “Anda, ve a
abrirle, que va a oírlo todo el barrio… Yo no estoy presentable”.
Sofocado de vergüenza, quité el pestillo
a la puerta y casi me golpea con el empujón que le dio el droguero. Me encontré
frente a un tiarrón con una bata de trabajo abierta, la camisa medio
desabrochada, que mostraba el pelambre del pecho, y con el cinturón de los
pantalones que se habría ya soltado para ganar tiempo. Se sorprendió al verme:
“¿Qué haces tú aquí?”. “Había venido por un encargo”, contesté con un hilo de
voz. “Ya imagino el encargo”, replicó mientras avanzaba decidido hacia el
patio. Allí estaba el chatarrero tal como yo lo había dejado, despatarrado y
con la polla todavía tiesa. “¡Coño! Ya te estaba trabajando el chico ¿eh?”, le
soltó el droguero. “También tengo tiempo para ti”, contestó el chatarrero.
“Mejor, porque tengo prisa”, dijo el droguero, “He dejado la tienda con el
aprendiz y no me fío”. Mientras hablaba se iba bajando los pantalones y sacando
a relucir una polla que no desmerecía frente a la del chatarrero. Lo que menos
me podía esperar era que se me encarara para ofrecerme: “Como a este no le
gusta tocar, ya que estás, me la puedes poner contenta y así ganamos tiempo”. Con
la bata abierta y los pantalones por debajo de las rodillas, se sujetaba a dos
manos el borde de la camisa y mostraba la barriga peluda.
Una vez que me había soltado con el
chatarrero, pasé de lo surrealista de la situación y no dudé ya en echar mano a
aquella soberbia polla que pendulaba insinuante. La notaba caliente y húmeda, e
iba endureciéndose con mis frotes. Pero el droguero fue a más: “¡Venga,
chúpamela! Que se te está dando muy bien”. Era lo que estaba a punto de hacerle
al chatarrero cuando nos interrumpió el droguero y me dije que más valía pájaro
en mano… Así que me arrodillé y me metí la polla, dura ya, en la boca ¡Cómo me
gustaba ceñirla con mis labios y repasarla con la lengua! Al verme tan afanado,
el chatarrero rio: “Eso no me lo había hecho todavía…”. El droguero le replicó:
“Ya tendrá tiempo cuando os deje tranquilos… Aprovéchalo porque el chico se
esmera”. Luego añadió: “¡Y tú ve poniendo ese culo vicioso que yo lo vea!
Enseguida voy a por él”. El chatarrero se levantó con pachorra de la butaca y
se acodó en la mesa de al lado. “¡Anda, vamos! Que el chico me había puesto ya
cachondo y tengo el culo a punto de caramelo”, le instó. Por mi parte, lanzado
como iba, habría estado dispuesto a llegar hasta el final de la mamada. Pero el
droguero me apartó ya: “¡Chico, que ya has hecho bastante! Deja algo para el
culo de Pepe”. Me quedé sentado sobre los talones, relamiéndome los labios, en
espera de presenciar lo que iba a pasar.
Ahora me fijé en el culo del chatarrero
que, en la forma en que lo estaba ofreciendo, resultaba lascivamente apetitoso.
“Así que no solo se deja hacer pajas y mamadas, sino también que se lo follen”,
pensé goloso. Pero pronto se interpuso el droguero, que se había quitado la
bata para que no le estorbara. Por debajo del borde de la camisa, lucía también
un culo gordo y peludo. Con la polla bien tiesa, se arrimó al chatarrero y le dijo:
“Veras lo dura que me la ha dejado tu amiguito”. “¡Venga, métela ya!”, lo urgió
el chatarreo, “Y no seas demasiado bestia”. No pareció hacerle demasiado caso
el otro, porque se le echó encima y debió clavársela de golpe. “¡Hala, so
animal!”, se quejó el chatarrero, “Si no fuera por el gusto que me acabas
dando…”. Ya fue todo un ir y venir del culo del droguero, cuyas nalgas se
contraían para hacer más fuerza. Nunca podía haber imaginado que vería a dos
pedazos de hombre como aquellos entregados a una follada salvaje. El
chatarrero, por lo demás, no ocultaba su disfrute y jaleaba al otro: “¡Así,
dame hasta el fondo!”, “¡Eso es una polla!”, “¡Más, más!” … El droguero, a su
vez, coreaba sofocado: “¡Qué bien tragas, cabrón!”, “Te va a salir la leche por
los ojos”, “No tenía ganas yo de esto” … Tuve que hacer esfuerzos para no
correrme de manera espontánea. Aún no sabía lo que me aguardaba en aquella
visita.
Me traspasó los tímpanos un aullido mientras
el corpachón del droguero se erguía todo tenso y bien pegado al culo del
chatarrero. Siguió con un jadeo que parecía que se le estuviera escapando el
alma. Sacó por fin la polla y pude ver que aún goteaba. “¡La hostia, vaya
polvo!”, exclamó. “Como todos los tuyos”, replicó el chatarrero socarrón, que
se desentumecía de la tensión que había tenido que mantener por las embestidas
del droguero. Este rio mientras se subía ya los pantalones: “¡Anda que no te
gustan ni nada!”. “No te digo que no”, dijo el chatarrero con cinismo, “Ya
sabes que dejo que me hagan lo que sea… Pero paso de trabajar yo”. El droguero
se percató de nuevo de mi presencia, allí encogido en plan mirón. Risueño me
preguntó: “¿Qué? ¿Has visto lo que se puede hacer con este cabronazo?”. “¡Uf!
Ha sido la leche”, contesté poniéndome a su nivel. “¡Pues hala! A seguir con lo
vuestro, que yo me las piro ya”, dijo y, poniéndose la bata de cualquier
manera, se dirigió hacia la puerta.
Reinó la calma por unos segundos cuando
despareció el droguero. Pero el chatarrero ya se estaba derrengando en su
butaca mientras rezongaba: “Cuando menos te lo esperas le ponen a uno el culo
como una brasa”. “Pues parecía que te gustaba”, me atreví a comentar, todavía
sentado en el suelo. “¡Claro que sí!”, admitió, “Una polla como esa bien metida
es para disfrutarla”. Con la calentura que había acumulado, temí que ya habrían
pasado mis oportunidades con él. Pareció que me leía el pensamiento porque,
para mi sorpresa, me dijo: “¿Por qué no vuelves a echar el pestillo a la
puerta? Que no nos interrumpan otra vez… Supongo que querrás seguir con lo que
empezaste conmigo”. Me puse de pie como movido por un resorte, aunque, pese a
la excitación que me produjeron sus palabras, mostré cierta incredulidad:
“¿Todavía te quedan ganas?”. “¡Y tanto que sí!”, contestó rotundo, “Cuando me
han llenado de leche por detrás, me va muy bien que luego me la saquen por
delante”. Casi corrí a cerrar la puerta y, cuando volví, el chatarrero sonreía
picarón, despatarrado y presentando obscenamente sus atributos.
Esta vez ya sabía lo que tenía que
hacer. Había tenido un inesperado entrenamiento con el droguero. Pero no quise
precipitarme para disfrutar como merecía aquel pedazo de polla se me volvía a
ofrecer. Caí de rodillas entre las piernas que el chatarrero abría con lascivia
y me puse a sobarla para que recobrara todo su vigor. No tardó mucho en ponerse
dura como una piedra y la lubriqué con el juguillo que salía del capullo. Con
gran placer me la metí ya en la boca hasta que topó con el fondo del paladar. Enfebrecido,
mamaba y chupaba jugueteando con la lengua y, cuando la soltaba para respirar,
lamía los huevos entre el pelambre. La inexperiencia en saborear una verga de
esas proporciones la suplía con el entusiasmo de un neófito. Me llenó de orgullo
que el chatarrero exclamara: “¡Joder, cómo me estás poniendo! Si sigues así me
vas a sacar más leche que la que me ha metido el semental del droguero”. No
podía desear más que hacerlo correr y desterré cualquier prevención en ingerir
ese caudal que se derramaría en mi boca. Puse aún más ahínco en mis chupadas y
un gruñido del chatarrero me impulsó a ceñir los labios con más fuerza a la
polla tensada al máximo. El gruñido se prolongó en una sucesión de resoplidos
mientras que todo el cuerpo del chatarrero se estremecía. Borbotones espesos y
agrios fueron llenando mi boca y me veía forzado a ir tragando para darles
cabida. Solo relajé la succión cuando lo oí quejumbroso: “Si ya no hay más… ¡Deja,
deja!”. Aún relamí el capullo y, al apartar la cara, contemplé el lento
desinflado de la polla hasta entonces tan guerrera. Me seguía bombeando el
corazón y noté húmedos los calzoncillos.
Hube de apoyarme en las rodillas del
chatarrero para ponerme de pie. “¿Te has quedado a gusto?”, le pregunté lleno
de morbosa satisfacción. “¡No te digo!”, contestó seguido de un resoplido,
“Entre el otro poniéndome el culo a caldo y tú sacándome hasta los hígados me
habéis arreglado el día”. Aún le goteaba la polla, que yacía inerte, que no
encogida, entre sus muslos. Luego se levantó con calma y echó mano de los
pantalones. Fue levantado las piernas con cierto desequilibrio y, una vez
subidos, volvió a sentarse. No se molestó en cerrarse la bragueta y dejó la
polla fuera. “¡Así! Que siga ventilándose”, comentó. Entonces se me ocurrió
preguntarle: “¿Cuándo podré hablar con tu hijo por lo de los herrajes?”. “Tú
déjate caer por aquí dentro de unos días… Si mi hijo tampoco está, siempre me
puedes encontrar a mí”, contestó con naturalidad. Capté la invitación y
repliqué con segundas: “Así tampoco sería un viaje en balde”. Sin embargo,
añadió más serio: “Pero ¡ojo! Que mi hijo no sabe lo que hago aquí cuando él no
está… Algo se olerá, que en el barrio se sabe todo. Aunque pensará que son
cosas de un viejo chocho”. No me contuve de comentar riendo: “Poco tienes tú de
eso”. Al fin lo dejé tal como lo había encontrado, con su polla al aire y toda
su lúbrica pachorra.
Absorto por la vorágine en que me había
visto envuelto desde que puse los pies en el patinillo del chatarrero, solo
cuando me senté en el coche pude hacerme una idea cabal de todo lo que, en
menos de dos horas, había superado mis más tórridas fantasías. Un hombre maduro
como tanto lo había deseado me provoca con la desvergonzada exhibición de su
magnífica polla y me incita a que le meta mano cuanto quiera. Para colmo
aparece un tío no menos impresionante que también me ofrece ponerle dura la
polla con manos y boca, para hacerme presenciar a continuación la follada más
salvaje que hubiera podido imaginar. Para acabar con una mamada épica, cuyo
sabor aún me duraba. Tuve que detenerme en un área de descanso, por suerte
desierta, para hacerme un pajón, porque ya no aguantaba más. La corrida fue tan
explosiva que llegó hasta el salpicadero.
Pero el gusanillo del morbo no me daba
tregua. No me quitaba de la cabeza la sugerencia que había dejado caer el
chatarrero en el sentido de que podía repetir la visita. Y si en tal caso se me
volvía a ofrecer, cosa bastante probable dado su peculiar talente, mi deseo se concentró
en una idea fija: Si el droguero le había dado por el culo ante mis ojos ¿por
qué no iba a poder yo estrenarme en algo que no había llegado a hacer hasta
entonces? Imaginarme follando por primera vez nada menos que a un hombre como
el chatarrero me tenía obsesionando. De manera que, para evitar que mi tía
fuera a decantarse por otras opciones, le mentí descaradamente: “El chatarrero
me ha enseñado piezas que estaban bastante bien. Pero me ha dicho que la semana
que viene tendrá más y así habría mayor surtido para elegir”.
Convencido de que todo iba a salir tal
como deseaba, emprendí el regreso a la casa del chatarrero. La excitación que
me embargaba impedía que pudiera prever algo distinto. Sin embargo, tuve ya un
primer signo de alarma cuando, al franquear la puerta abierta, oí voces que
venían de otra puerta opuesta a la que daba entrada al patinillo. Me asomé y
pude ver una especie de almacén que acumulaba objetos de todo tipo. Los que
hablaban no eran sino el chatarrero y el que debía ser su hijo. Este era un
tipo grandote y casi cuarentón que, dicho sea de paso, tampoco estaba nada mal.
Al verme, el chatarrero padre, muy en su papel, me presentó al hijo: “Este
chico vino el otro día para hablar contigo, pero no estabas”. “¡Ah, muy bien!”,
dijo el otro, “Tú dirás lo que buscas”. Con toda la serenidad que pude, me
enzarcé en una explicación del tipo de herrajes que interesaban a mi tía y el
hijo entonces me llevó a una zona donde había objetos de esa clase. Mientras me
los enseñaba, me puso nervioso que el padre, que nos había acompañado en
silencio, me lanzaba sonrisas socarronas cuando el hijo le daba la espalda. No
sé con qué criterio, y a riesgo de que mi tía no volviera a confiarme sus
encargos, escogí unas cuantas piezas y ajusté el precio con el hijo. Entonces,
para mi sorpresa, el padre tuvo una intervención providencial. Le preguntó a su
hijo: “¿No habías quedado para vaciar un piso? Te estarán esperando”. El hijo
reaccionó: “¡Uy, es verdad! Debería ir enseguida para que no se me adelanten”.
Como faltaban por empaquetar los herrajes que había comprado, el padre le dijo
decidido: “Pues vete rápido. Ya me encargo de acabar con esto”. El hijo me dio
la mano y salió en busca de su furgoneta.
De momento el chatarrero se puso a
envolver en plástico de burbujas los herrajes, para hacer luego un paquete con
papel de estraza y meterlo en una bolsa. Yo no sabía qué pensar y guardaba
silencio. Pero, al alargar la mano para coger la bolsa que me tendía, sin
soltarla, dijo sonriente: “Supongo que no habrás venido solo por esto”. Más animado
repliqué: “¿Tú qué crees?”. “Espero que
esta vez tengas ya más claro lo que quieres… Aunque me hayas pillado muy tapado”,
comentó burlón. Yo iba ya a lo mío y pregunté: “¿Nos vamos a quedar aquí?”.
“¿Por qué no?”, contestó, “Esto siempre está cerrado cuando no está mi hijo,
que no volverá hasta la noche… Si echo la llave, aunque venga alguien, irá al
patio y verá que tampoco estoy”. “Si no prefieres otras visitas…”, repliqué, complacido
por que se reservara así para mí. Pareció picarse y echó mano de la ironía:
“Como mi hijo ha hecho negocio contigo, tengo que tratarte bien”. Tras lo cual,
ostentosamente, echó el pestillo de la puerta.
Llegado el momento de la verdad, lo
cierto es que no sabía cómo proceder. El chatarrero entonces me desafió: “Ya
conoces cómo funciono yo… No querrás que te lo vuelva a explicar”. Dije
tontamente: “Como no estás con la polla al aire…”. Su réplica me impactó: “Me
la puedes sacar tú”. Llevaba los tejanos desajustados del otro día y una
similar camisa por fuera. Lo miré y ya mi inseguridad se esfumó. Le eché mano a
la bragueta y, al encontrarla abierta reí: “Ni siquiera la llevas cerrada”.
“¿Para qué?”, contestó, “Así no me da trabajo sacarla”. Enseguida mi mano topó
con la polla, flácida pero maciza, y la hice salir. Sopesándola comenté: “Así
es como te conocí”. “Pues no te costó ni nada atreverte a tocármela”, ironizó.
Entonces expresé el deseo que me asaltó de repente: “Te lo voy a quitar todo”.
“Tú mismo. Eso que me ahorras”, dijo confirmando su peculiar actitud pasiva.
Dejándole la polla al aire, empecé a desabrocharle la camisa, con el morbo
creciente de ir desvelando su torso tetudo y peludo. Dejó que se la quitara y,
sin cinturón ni calzoncillos, solo tuve que soltar el botón que sujetaba los
pantalones para poder deslizarlos hacia abajo. El muy comodón hasta levantó los
pies para que sacara las perneras. Volver a tenerlo desnudo me hizo exclamar:
“Así es como me gustas”. “Tú sabrás lo que quieres hacerme”, dijo con su
conocida actitud provocadora.
Perdí ya la más mínima contención y le
eché los brazos al cuello arrimándome todo lo que podía. Rozar mi ropa con su
desnudez me producía una morbosa sensación. Entonces hice algo que ni siquiera
pensé. Puse los labios sobre los suyos y presioné. Tras un brevísimo sobresalto
por su parte, enseguida noté que los separaba y dejaba penetrar mi lengua. La
enredaba con la suya sin importarme que simplemente se dejara hacer. Cuando me
aparté, me sonrió: “¡Uf! Esto no me lo esperaba”. “¿Acaso me he pasado?”,
pregunté casi disculpándome. Pero contestó tranquilo: “Si te apetecía, ya me va
bien”. Su aparente indiferencia la desmentía sin embargo el hecho de que, al
bajar una mano, encontré que su polla había adquirido consistencia. Con manos y
boca fui palpándolo y chupeteándolo. Me recreaba en sus tetas, cuyos pezones se
endurecían. Si mis lamidas y mordiscos le tiraban del vello o le hacían
cosquillas, soltaba risitas complacidas. Me agaché para manosearle a gusto la
polla y los huevos, que pronto trabajé también con labios y lengua. Bien dura
que se le puso ya.
El chatarrero había resistido a pie
firme mis vehementes metidas de mano y zamarreos. Pero llegó un momento en que
advirtió: “Me canso de seguir de pie… Voy a ponerme más cómodo”. Entre el
batiburrillo de objetos que poblaban el almacén, había una cama con un colchón
algo ajado, que cubrió con una colcha que estaba doblada en un estante. Se dejó
caer bocarriba dando un suspiro y me dijo: “¡Hala! Sigue si quieres”. Hoy ya no
se me ofrecía en la sencilla butaca del patinillo, sino en toda una cama con su
provocador exhibicionismo. Ante ello, sin embargo, tomé conciencia de que la
ropa que, al igual que el otro día, había conservado se convertía en un estorbo
para lanzarme sobre la cama. Así que dije: “Voy a desnudarme también ¿Te
importa?”. “Tú mismo”, contestó con su habitual indolencia, “No me vas a
asustar”. Enseguida me quedé desnudo y, con cierta vergüenza de mostrar mi
erección, me eché rápidamente junto a él. No noté la menor reacción por su
parte y, ajeno a ello, me entregué a seguir disfrutando de su cuerpo con renovado
empeño. Restregarlo con el mío me excitaba sobremanera y, aún más, juntar mi
polla con la suya, bien dura ya. Fui bajando hasta poder atraparla con la boca
y mamé con toda mi alma. El chatarrero reía satisfecho: “Sí que vas fuerte
hoy”.
Tal vez pensaría que estaba dispuesto a
seguir hasta el final. Pero yo tenía otra intención. Solté la polla, que
penduló bien tiesa, e irguiéndome sobre las rodillas, confesé con el corazón en
un puño: “Me gustaría follarte”. No pareció muy sorprendido: “¡Vaya! Sí que
aprendiste el otro día con el droguero”. La alusión me impulsó a decir: “Comparado
con él, igual mi polla te va a parecer poca cosa”. Tenía salidas para todo:
“¡Mira! Casi siempre me dan por el culo tipos como el que conociste. Así que
una polla joven es de agradecer para variar”. Con toda naturalidad, él mismo
fue dándose la vuelta e incluso alzó el culo flexionando las rodillas. “¿Así te
gusta?”, preguntó con un tono socarrón ¡Cómo no me iba a gustar! Ver aquellas
nalgas velludas y la oscura raja que me daba entrada me puso la piel de
gallina. En un golpe de sinceridad reconocí: “Nunca lo he hecho y tengo muchas
ganas de estrenarme contigo”. “Pues adelante con tu primera vez. Todo tuyo”, me
animó tan tranquilo reposando la cabeza en las manos cruzadas. Al recordar las
expresiones de placer con que acogía las embestidas del droguero superé mis
complejos y me propuse hacer todo lo posible para que no disfrutara menos
conmigo.
Le excitación que sentía me mantenía la
polla bien tiesa y puse toda mi atención en acertar el punto en que meterla. La
raja era tan profunda que no dudé en tirar de las nalgas hacia los lados y así
poder vislumbrar, entre el pelambre, la más oscura roseta del ojete. Con
cálculo, desplace la polla por la raja e hice presión. Se me coló como un
cuchillo en la mantequilla, al tiempo que sentía una caliente presión. “¡Oh,
qué bien la has entrado!”, masculló el chatarrero, “No te cortes y arrea”. Empecé
a moverme recreando la imagen del droguero al hacer fuerza contrayendo las
nalgas. De este modo la polla atrapada se deslizaba con unos roces que
aumentaban más y más mi placer ¡Qué bueno era esto de dar por el culo! “¡Así…,
más, más!”, me guiaba el chatarrero. “¿Voy bien?”, pregunté, más que nada para
oírle confirmarlo. “¡De coña! Fina y dura… Me llegas muy a fondo”, alabó. Me
agarraba con las manos crispadas a las caderas y tensaba el cuerpo para
profundizar. “¡Estoy muy caliente!”, exclamé. “¡Sigue, sigue, que me gusta!”.
Poco después avisé: “¡Voy a correrme!”. “¡Sí, sí! No se te ocurra salirte”,
advirtió. Traté de aguantar y todavía di unas cuantas embestidas más con tal
energía que sonaba mi choque contra el culo. “¡Qué bueno! ¡Estoy ardiendo!”,
correspondía así a mi empeño. Pero ya no pude más y un chispazo que me partía
del cerebro desembocó en fuertes espasmos de mi bajo vientre. Con la cara
congestionada, notaba cómo mi leche se abría paso descontrolada por el estrecho
conducto que envolvía mi polla y, mientras el chatarrero la recibía en
silencio, me desfogaba con reiterados “¡Oh, oh, oh…!”.
Seguí tan inmóvil con la polla todavía
dentro, que el chatarrero bromeó: “¿Te vas a quedar ahí?”. “Es que me ha
gustado mucho”, dije obnubilado. “Ya, ya. Pero deja que me pueda estirar”,
pidió jovial. Tuve un estremecimiento cuando la polla fue deslizándose hacia
fuera y, todavía de rodillas, noté que poco a poco iba perdiendo firmeza. El
chatarrero aprovechó mi aturdimiento para cambiar de postura y poder tenderse
bocarriba. “¡Qué a gusto me has dejado el culo!”, afirmó. Lo veía de nuevo allí
tumbado como si tal cosa con su característico desenfado, cuando yo apenas
podía recuperarme de la experiencia, tan nueva para mí, que acababa de vivir
dando por el culo a un hombre como él. “¡Cuánto he disfrutado!”, exclamé al
fin. “Ya he visto. Te has puesto las botas conmigo”, replicó añadiendo un
pronóstico, “No te van a faltar culos para que te los folles”.
Estaba tan pletórico que casi llegué a
pensar que ya no cabía más aquel día. Sin embargo el chatarrero no era de la
misma opinión. Todavía despatarrado sobre la cama, me soltó una indirecta: “Ya
ves… Tú tan satisfecho y yo a medias”. Solo entonces caí en que, después de
tomar por el culo, iba a necesitar un alivio complementario. Por más saciado
que hubiera quedado yo, su reclamación me activó el deseo de tener de nuevo en
mis manos su excitación. Me instalé entre sus piernas y le dije: “De a medias
nada. Te voy a dejar tan seco como me he quedado yo. “¡Menos mal!”, exclamó
burlón. Le pasé una mano por debajo de los huevos y, con la otra, le fui
manoseando la polla hasta hacerle recuperar todo su vigor. “Tienes buenas
manos”, murmuró. “Y la boca también ¿no?”, repliqué antes de ponerme a chupar. No
obstante, algo fatigado y con la lívido atenuada por la reciente enculada, no
lo hacía con la vehemencia glotona que había puesto el otro día, en que estaba
con la calentura a tope y sin desfogar. Por ello le daba más juego a las manos
y pareció que el chatarrero quería sobre todo que le arrancara una buena
corrida, fuera cual fuera el método empleado. Lo confirmó al exclamar: “¡Dale
bien y sácamela toda!”. Por lo demás, también me pico la morbosa curiosidad de
ver cómo brotaba la abundante leche que, en la anterior ocasión, me había ido
llenando la boca en varias rachas. Y no me decepcionó porque, cuando le entraron
los temblores mientras profería repetidos “¡Ya, ya, ya!”, el hinchado capullo
tuvo una primera explosión que subió en vertical, seguida de una serie de
borbotones espesos que se deslizaban por encima de mi mano. Me dio vértigo
pensar que todo aquello me lo había tragado el otro día, aunque muy a gusto con
la calentura que tenía encima. “¡Uf! ¡Vaya pajón que me has hecho!”, masculló
con la respiración agitada. “Ya lo he visto, ya”, dije risueño limpiándome la
mano con la colcha, “Parecía que no ibas a acabar nunca”. “Por eso me gusta que
me lo hagan… Así no me canso”, replicó con cinismo.
Bien servidos ya los dos, el chatarrero
giró las piernas para bajar de la cama y también usó la colcha para limpiarse
la leche que le había caído encima. Luego la tiró arrugada a un rincón.
Plantándose ante mí con su natural descaro me soltó: “No dirás que has
desaprovechado el viaje… Y a última hora no te vayas a olvidar el paquete”. “Lo
que he aprendido contigo…”, reconocí. “Ya has visto que yo no hago nada… Solo
me dejo hacer”, concluyó confirmando su talante vital.
El pronóstico que me había hecho el
chatarrero de que no me iban a faltar culos que follar llegó a cumplirse más o
menos con el tiempo. Pero mi estreno con personaje tan curioso que, en aquel
momento, me permitió realizar mis tórridas fantasías, no se me olvidará nunca.