lunes, 16 de julio de 2018

El comisario cierra el círculo (y 2) (9)

Jacinto no se tomó a la ligera el acuerdo al que había llegado con el extorsionador y su subalterno. Así que, al día siguiente, reanudó ya su ronda de urinarios, aunque no tuviera que perseguir a nadie. Desde luego iría con cuidado de no darse de bruces con el poseedor del vídeo comprometedor, aunque confiaba en que éste, al menos durante el tiempo del simulacro, no se dejaría ver demasiado. Pero, claro, en algo habría de ocupar su tiempo Jacinto y no se le ocurrió más que amoldarse a los usos y costumbres de esos sitios que ya conocía. Al fin y al cabo le podría servir de distracción y relajo mostrarse complaciente con las demandas de los usuarios. Es por ello que no se privó de tocar pollas o dejar que se la tocaran, con alguna paja incluida. Ni siquiera de recluirse en un retrete para chupar la verga que asomara por un agujero y, por qué no, para dar por culo a un oferente. Cosa que, por lo demás, cada vez le iba resultando más grata. El segundo día incluso se animó a hacer una visita al dependiente de los grandes almacenes, quien muy gustosamente volvió a follárselo, hasta repitiendo los enérgicos tortazos al culo.

Llegó al fin el día señalado, en el que, si todo salían bien, las tribulaciones de Jacinto podían quedar despejadas. Ya no se distrajo con frivolidades en los urinarios de la estación de autobuses, sino que se mantuvo atento a la aparición del guardián para así consumar la simulación. En algún momento llegó a temer que el tipo no se presentara, pero el encoñamiento que éste le había mostrado le hizo confiar en que no lo dejaría en la estacada. Jacinto se preguntó una vez más qué sería lo que debían verle para encandilar a los tíos más insospechados. Instalado pacientemente en su banco de observación, se distraía con el ajetreo de la estación. En esta ocasión había recuperado su característica gabardina para reforzar su papel de comisario. Respiró aliviado al ver al guardián pululando por los alrededores. Aunque le alarmó que se acercara hacia donde estaba él. Pero lo único que hizo fue, sin mirarlo, dejar caer con disimulo un papelito arrugado sobre el banco. Cuando se hubo alejado de nuevo, Jacinto cogió lo que debía contener algún mensaje. “m alegro de bolver a verte guapeton e venio con un tio mio y le e dado el relo q me regalo el jefe pa poder qitarselo y q tu me beas besos”. Sorteando las carencias ortográficas, Jacinto pudo hacerse cargo de la situación, incluso con un punto de ternura.

Al cabo de un rato, ya no sorprendió a Jacinto que salieran de los urinarios tío y sobrino, ni que éste acorralara a aquél hacia una zona despejada, aunque bien a la vista de Jacinto. De hecho se reproducía la escena en que había pillado días antes al extorsionador, incluido el traspaso del reloj. Por supuesto el tío, que se parecía al sobrino, solo que más viejo y rechoncho, desapareció al instante, mientras que el guardián daba bandazos haciéndose ver.

Jacinto entró ya rápidamente en acción. Fue en busca de la pareja de policías que vigilaba por la estación y, mostrándoles su placa, recabó su colaboración para proceder a la detención de un infractor de la ley, largo tiempo buscado, al que acababa de sorprender en plena acción. Los tres se dirigieron al guardián, quien lógicamente alegó su inocencia, y que, tras los trámites de rigor y sin resistencia por su parte, acabó esposado y retenido en espera de un coche patrulla. Llegado éste, ocupado en los asientos delanteros por otros dos policías, Jacinto y el detenido entraron en la parte trasera. Así emprendieron rumbo a la comisaría. En el trayecto sin embargo, pese al silencio con que los cuatro cumplían su papel, Jacinto tuvo que esquivar los excesivos acercamientos que buscaba el guardián como muestra de su inquebrantable afecto. Lo que sí que aceptó fue el traspaso subrepticio del reloj, que habría de quedar a buen recaudo por parte de Jacinto para evitar que, a partir de esa prueba, pudieran atarse hilos indeseados.

Cuando llegaron a la comisaría, Jacinto pudo saborear su momento de gloria, que sabía perecedera, por el éxito de su misión. Exhibiendo al guardián como trofeo, recibía felicitaciones de superiores y compañeros. La admiración abarcaba tanto la celeridad con que había actuado como la valentía de moverse en ambientes tan sórdidos. Claro está que no conocían los peculiares métodos empleados por Jacinto para su investigación. Sin embargo, dado que la palabra de éste era el único elemento del que por el momento se disponía para contraponer a la presunción de inocencia del detenido, que solo tenía antecedentes de poca monta, se hacía necesario recabar más evidencias. Tal como había previsto lúcidamente el propio guardián, éstas no podían ser otras que las que se obtuvieran del testimonio de los denunciantes. Así que había que actuar deprisa dentro del plazo legal de las setenta y dos horas de detención. Se requería pues citar a aquéllos de urgencia para que acudieran a una rueda de reconocimiento. Lo cual, entre unas cosas y otras, llevaría casi a apurar el término legal.

Como mandan los cánones, en este tiempo también procedía la toma de declaración del detenido que, ante su previsible falta de colaboración, requeriría más de una sesión. En este caso además el guardián, para no liar más la troca, renunció a su derecho a la presencia de un abogado, aunque pidió ser interrogado por el comisario que había procedido a su detención. Y a Jacinto, héroe del momento, tampoco se le iba a privar de ese privilegio. Hay que señalar que, para tranquilidad de los conchabados, la comisaría en cuestión carecía de los modernos sistemas de grabación de imagen y sonido, y menos aún de cristal para ver sin ser visto. De modo que los interrogatorios se hacían en salas más bien cutres, donde podía quedar opaco algún que otro exceso. Aunque en esta ocasión más bien sería de temer una improcedente efusividad del guardián hacia Jacinto.

Un guardia condujo al detenido esposado a la sala en que lo aguardaba Jacinto. Éste, dándoselas de perdonavidas, ordenó que le quitaran las esposas. “¡Me puedo encargar yo de él!”. En cuanto se quedaron solos, el primer impulso del detenido fue lanzarse a abrazar a Jacinto. Pero este lo contuvo. “¡Un poco de calma! Que nos la estamos jugando”. El guardián, dócil, se sentó al otro lado de la mesa. “Pero está saliendo muy bien ¿verdad?”. Como tenían que llenar el tiempo, Jacinto se interesó en cómo le iba en el calabozo. “¡Uy, la mar de bien! Ya me han dado de comer… Además está conmigo un colega muy majo que, en cuanto los guardias se fueron también a comer, quiso hacerme una mamada… Pero no le dejé”. “¿Ah sí? Raro en ti”, comentó Jacinto. “Pasa que desde que te he conocido no me apetece hacerlo con otro”. Esta confesión de fidelidad sobrevenida no dejó de alarmar a Jacinto. “¡Hombre, tampoco es eso!”. “¿Es que no te gustó lo que hicimos?”. “¡Claro que sí!”, lo tranquilizó Jacinto, “Además me estás haciendo un gran favor”. “Y más que haría yo por ti”, afirmó el guardián emocionado. “Ya te compensaré”, prometió Jacinto, “Pero ahora hemos de ir dejándolo todo bien hilvanado”. El otro asintió y puso toda su atención en lo que siguió diciendo Jacinto. “Aunque en mi informe he puesto que te vi apoderándote de un reloj, como no se ha encontrado cuando te registraron, se debilita mi declaración… Por cierto, una vez más tuviste una gran idea pasándomelo  a tiempo. Te lo tengo bien guardado”. “Quiero que sea tuyo”, afirmó el guardián. “Bueno, ya hablaremos de eso”, zanjó Jacinto, que continuó. “Mañana sabré cuándo se hará la rueda de reconocimiento, que va a ser lo definitivo de todo esto”. “¿No podremos tener un rato de intimidad mientras tanto?”, casi suplicó el guardián. Jacinto empezó a ablandarse. “Ya veré lo que puedo hacer… Ahora diré que te lleven y que, como no ha habido forma de que confieses las extorsiones que se te atribuyen, necesitaré seguir insistiendo”. Ahí quedó la cosa de momento.

De cara al mundo policial, Jacinto se mostró contrariado. “No hay manera con ese tío. No se le han encontrado pruebas y sigue negándolo todo… Pero yo vi lo que vi y, si no se hace pronto la rueda de reconocimiento, habrá que soltarlo… Esta noche me encierro con él y lo pongo a caldo”. Su superior tuvo que recomendarle que no se pasara demasiado. “Este Jacinto vuelve a ser el que era”, se dijo admirado.

Jacinto, con la autoridad que su hazaña le había conferido, dio estrictas instrucciones para el interrogatorio de la noche. Escogió la sala más apartada y dejó muy claro que, una vez que le hubieran traído al detenido, no quería ser interrumpido por ningún concepto. Incluso pidió que le proveyeran de agua y barritas energéticas. Estaba dispuesto a hacer cantar al individuo fuera como fuera y por el tiempo que hiciera falta. Haciendo ver que se preparaba a conciencia, demoró el comienzo de la sesión hasta que la actividad en la comisaría se quedara en mínimos, con el reducido personal de guardia distrayéndose con vídeos porno o jugando a las cartas.

Ya entrada la noche, Jacinto reclamó la presencia del detenido. Esta vez no pidió que le quitaran las esposas, aunque sí que le dejaran la llave. Insistió en que allí no se podía entrar hasta que él diera por terminado el interrogatorio. “Mejor que nadie sepa lo que va a ocurrir…”, dejo caer en un susurro para alimentar el morbo sádico de los guardias.

Sentado y esposado, el detenido miraba embelesado a Jacinto que se había puesto cómodo, en mangas de camisa y arremangado. “¡Qué guapo estás así en plan duro!”, le soltó. Jacinto, a quien le costaba digerir que ensalzaran sus encantos, replicó: “¡Vale, gracias!”. Pero quiso enseguida revelar que había atendido la demanda del guardián. “Esta noche nadie nos va a molestar y podré hacer contigo lo que quiera”. Esto último lo dijo con un tono irónico, pues sabía que más bien iba a ser al revés. “¿Me vas a torturar?”, preguntó el otro ilusionado. “Eso depende de ti”, precisó Jacinto con no menor ironía. “Si me sueltas, puedo ser peligroso”, le siguió el juego el guardián. “Eso me temo”. Y con ello Jacinto expresaba una certeza. Prefirió desviar el tema personal. “¿Cómo te va con tu colega de celda?”. El otro reconoció contrito: “Se ha puesto tan pesado que al final he tenido que dejar que me la chupara… Pero solo un poco, sin correrme ni nada… Lo reservo todo para ti”. Sacó la lengua relamiéndose los labios, en un gesto de lo más elocuente, y se puso evocador. “¿Te acuerdas de lo a gusto que estuvimos el otro día, desnudos y juntos?”. “¡Sí, claro!”, contestó Jacinto, aunque sus recuerdos de aquella ocasión eran sobre todo penosos.

“Ahora te voy a soltar”, anunció Jacinto. “¿Nos vamos a desnudar?”, insistió el guardián. Jacinto especificó: “Tú sí que puedes hacerlo, porque en todo caso se vería como una forma de intimidación. Pero más vale que yo no me quite demasiado, por si surge algún imprevisto”. “¡Vaya! Pero el culo sí que me lo dejarás ¿no? Siempre te puedes subir rápido los pantalones”, transigió el guardián. “¡Venga, trae las manos!”. A Jacinto le costó más de la cuenta abrir las esposas porque el guardián manoteaba enredando los dedos con los suyos. “¡Estate quieto! O tendré que sujetar las esposas a la argolla de la mesa”. Se refería a la que sujetaba al detenido para mayor seguridad. “Eso luego”, bromeó el guardián, “Primero me desnudas”. “¿Tengo que hacerlo yo?”, se sorprendió Jacinto. “Hago como que me resisto y tú te impones ¡Qué morbo ¿no?!”. No era esa la posición en que Jacinto acostumbraba a colocarse en estos lances, pero allí él era la autoridad y ¿por qué no?

Tener que dominar la situación, sin embargo, estaba poniendo nervioso a Jacinto. Y el guardián, con sus infantiloides provocaciones, no ayudaba demasiado. Éste ya se había levantado y cruzaba las manos detrás de la nuca. Llevaba una camisa medio desabrochada que se le subía y, como le habían confiscado el cinturón, el pantalón se le había ido bastante más abajo de la barriga. A Jacinto le entraron escalofríos ante esa enormidad peluda que lo incitaba. “¡Aquí me tienes! No me dejaré desnudar sin lucha”. Jacinto se decidió a proceder y el otro, más que luchar, lo que hacía era meterle mano a su vez. Total que camisa fuera y pantalón por los suelos, y Jacinto con la ropa desencajada. Pero lo más llamativo, no obstante, era la rotundidad con que se levantaba la verga del guardián. “¡Mira cómo te deseo!”. Ante la escasa iniciativa de Jacinto, el otro siguió echando mano de su inventiva. Reculó hasta quedar sentado en la mesa y estiró los brazos hacia atrás. “Ponme otra vez las esposas y sujétalas a la argolla a mi espalda… Quiero que me la comas sin que yo pueda resistirme”. Jacinto no se retrajo a hacer todo lo que pedía y lo dejó inmovilizado. Por lo demás ¿cómo no se iba a comer aquello que se le levantaba entre los muslos? Chupó la verga con un ansia renacida, enervado por los requiebros que el guardián le dirigía. “¡Cómo echaba en falta tu boca! ¡Eres único, cielo!”. Jacinto estaba ya dispuesto a tragarse todo lo que le saliera, pero de pronto el otro lo interrumpió. “¡No sigas por ahí, que me prometiste dejarme tu culo!”. Tanto como una promesa no recordaba Jacinto, aunque dada la posición del guardián lo que exclamó fue: “¡¿Cómo?!”. El ‘respuestas para todo’ no falló. “Súbete a la silla y déjate caer para que te empale… ¡Yo sin manos!”, rio.

Lo primero que hizo Jacinto fue bajarse los pantalones para dejar el culo expedito. Luego, echando una última mirada a la temible verga erecta, puso la silla a punto para poderla usar como plataforma de lanzamiento. Agarrado al respaldo le costó dios y ayuda conseguir subirse, en un equilibrio inestable sin poder contar con que el guardián esposado pudiera echarle una mano. Sin pensárselo más se dejó caer  como el que se tira al agua de culo. Para su propia incredulidad atinó a la primera y la referencia al empalamiento con que había bromeado el otro se hizo real. Lo confirmó el que estaba medio tumbado. “¡Oh, como te he entrado! ¡Qué gusto me das!”. Jacinto se acomodó sobre aquello que le quemaba por dentro y el guardián le instruyó entonces. “¡Muévete tú, que yo no puedo!”. Jacinto, apoyando las manos en busca de asidero, inició una removida del culo. “¡Así, así! Ahora sube y baja”. “¡Como si resultara tan sencillo!”, se dijo Jacinto. De todos modos hizo lo que pudo y el de debajo pareció darse por satisfecho. “¡Cómo me estás calentando! ¡Qué bien te mueves!”. “También me está gustando”, logró decir Jacinto con la voz comprimida. “¡Oh, cariño, me voy a correr bien adentro!”. Era lo que esperaba Jacinto. Y no solo porque acabara el riesgo de pegarse un morrazo, sino porque aquella novedad le estaba poniendo burro también.

El orgasmo del guardián fue sonado. Hasta el punto de que Jacinto pensó que, desde el exterior, pudiera creerse que la tortura estaba en pleno apogeo. Pero el falsamente castigado pidió enseguida: “¡Suéltame ya, que me tengo que ocupar de ti!”. Jacinto prefirió no preguntarle cómo y se limitó a quitarle las esposas. El guardián saltó abajo de la mesa y, con movimientos simiescos, desentumeció brazos y piernas. “¡Que a gusto has hecho que me quede!”. El propósito que acababa de expresar se concretó. “Ahora vas a ser tú el que me dé por el culo… No soy yo mucho de eso, pero te portas tan bien conmigo…”. Era lo que menos se esperaba Jacinto. “¡Hombre! No hace falta que hagas algo que no te gusta”. “Viniendo de ti me gusta todo”, replicó el guardián dispuesto ya a los arrumacos. Mientras lo besuqueaba, Jacinto pensó que no era cosa de desperdiciar ese pedazo de culo peludo y dijo: “Me tendría que poner a tono…”. “¡De eso me encargo yo!”. El guardián, cogiéndolo casi en volandas, lo hizo sentar sobre la mesa y se arrancó en una mamada que más le parecía a Jacinto que le estuviera masticando la polla y los huevos. Pero surtió su efecto y, en cuanto la tuvo consolidada, el guardián lo hizo bajar y se puso a tiro apoyado en los codos sobre la mesa. “¡Hazme tuyo, cariño!”. Enfrentarse a semejante pandero dio vértigo a Jacinto, que respiró hondo y le arreó una buena clavada. Que aquel hombretón se estremeciera y gimoteara al tenerlo dentro aumentó su excitación. “¡Uf, cómo me estoy poniendo!”. “¡Sí, lléname!”, replicó el otro. Que fue precisamente lo que hizo con una trepidante descarga.

Jacinto retrocedió cayendo de culo sobre la silla y el guardián se volvió hacia él dedicándole una sonrisa amorosa. “Estamos hechos el uno para el otro”. Jacinto sin embargo retomaba ahora conciencia de la realidad, que no era sino que estaban encerrados en una sala de interrogatorios de la comisaría. Así que dejando al lado consideraciones sentimentales, comentó: “Tal vez llevemos aquí ya demasiado tiempo…”.  “A mí se me ha pasado volando”, apostilló el guardián. Jacinto insistió. “Deberé devolverte al calabozo… Al fin y al cabo no puedo decir que te haya hecho confesar nada”. Pero el guardián soltó entonces una de las suyas. “Antes habrías de hostiarme”. “¿Qué quieres decir?”, se sorprendió Jacinto. “Tendrá más efecto si salgo de aquí magullado… No me importarán unos cuantos moratones”, ofreció el otro. “¿Cómo voy a hacerte una cosa así?”, se cuestionó Jacinto. “Eso es porque también me quieres… Pero igual hasta me gusta si viene de tu mano”. Ante la perplejidad de Jacinto, aportó su idea. “Tú que llevas cinturón me das unos zurriagazos con él… Solo para que dejen marca… Y no te digo que me pongas un ojo morado porque tengo que estar guapo para la rueda de reconocimiento”. “No sé yo…”. ¿Se estaba volviendo un blandengue Jacinto, que en sus buenos tiempos había dado más de una zurra? Pero aparte de esta cuestión, es que no dejaba de impresionarle aquel tiarrón. Éste  precisamente ya le estaba dando la espalda. “¡Venga, adelante! Yo puedo con eso y más ¿No me ves?”. Jacinto se decidió y se sacó el cinturón. Dio unos cuantos azotes, pero el otro le corrigió. "¡Con más energía! Esos ni se notarán”. Jacinto se animó y los golpes dejaban ya algunas marcas rojizas. “¡Así, así! Si hasta tiene su morbo ¿no crees?”, lo alentaba. Cuando alguno se le escapó hacia el culo, el guardián bromeó. “Ahí no creo que vayan a mirar”. Se puso de frente y dijo: “Crúzame las tetas, que hace mucho efecto”. Así hizo Jacinto, pero enseguida lo dejó. “¡Bueno, ya será suficiente! Ve vistiéndote”. Con los pantalones puestos, el guardia añadió otro detalle. “Romperé un poco la camisa y la mojaré con agua como si fuera sudor”. Ya quedó perfectamente caracterizado y se lamentó. “¡Que poco dura lo bueno!”. Aún se entristeció más cuando Jacinto avisó: “No creo que nos veamos hasta después de la rueda de reconocimiento”. El guardia entonces le echó los brazos a Jacinto y lo besuqueó por toda la cara. “¡Venga, venga! Que esto se acabará enseguida”, lo calmó Jacinto, que no olvidó esposarlo de nuevo. Se dirigió a la puerta y la abrió para llamar con voz fuerte: “Ya pueden retirar al detenido”. Éste interpretó su papel a las mil maravillas cuando vinieron los guardias. Con el rostro contrito, los hombros hundidos y andar renqueante se dejó conducir, mientras Jacinto exclamaba airado: “Éste no habla por las buenas ni por las malas”.

A Jacinto no le valió la pena irse a su casa y se quedó dormitando un par de horas en un sofá arrinconado en la comisaría. Poco pudo descansar, sin embargo, por la tensión vivida un día más. Si bien el guardián estaba cumpliendo magníficamente, y con una total entrega, lo que él mismo había ofrecido, sus excesos de afecto no dejaban de turbar a Jacinto. Por otra parte, se acercaba el momento ineludible en que su fracaso profesional iba a resultar evidente, como precio por haberse dejado meter en la boca del lobo del extorsionador. Así las cosas, tras asearse mínimamente, se dispuso a afrontar una nueva jornada que podía ser decisiva. Ya empezó a notar en el ambiente que su aureola de eficacia en la resolución del caso declinaba. En realidad, más allá de su palabra, nada nuevo se había aportado en contra del detenido y todo se fiaba a la rueda de reconocimiento que finalmente tendría lugar esa misma tarde. En espera de ello, Jacinto no volvió a tener contacto con el guardián, al que un rutinario examen médico no halló nada a destacar.

La precipitada citación de testigos había dado tan solo resultados parciales. Únicamente tres de las víctimas iban a acudir a la rueda. Ésta se dispuso con todos los elementos característicos. Ante una pared blanca iban a comparecer cinco individuos, entre los que se encontraría el detenido, que serían examinados desde el otro lado de un cristal. Jacinto por supuesto asistió al acto con los nervios a flor de piel, aunque no creyera posible un error fatal. Los cinco hombres que se presentaron eran de diversos aspectos y, solo para Jacinto, destacaba el guardián, al que habían dado una camisa limpia y que mostraba una estudiada expresión de inocencia atribulada. Los testigos parecieron tenerlo claro. Ninguno de aquellos sujetos era reconocido como el hombre que los había extorsionado. Tal vez por no dar el tiempo por perdido, uno de ellos señaló, aunque con muchas dudas, al compareciente que estaba al lado del guardián, que resultó ser un policía puesto para hacer bulto. En definitiva, se produjo el resultado esperado, y a la vez bochornoso para Jacinto. Se decidió la puesta en libertad inmediata del detenido, por supuesto sin pedirle disculpas por las molestias causadas.

El prestigio de Jacinto cayó en picado. No se debía haber vuelto a confiar en él y habría de retornar a tareas de mera rutina y no comprometidas. Por otra parte, nada se supo de que las investigaciones para dar caza al extorsionador se fueran a asignar a otros. Probablemente el asunto se diluiría en el olvido.

Para Jacinto, sin embargo, quedaba pendiente un asunto no menor, que se hizo evidente en cuanto abandonó la comisaría. A las dos manzanas recorridas camino a su casa, lo abordó el guardián con poco disimuladas muestras de alegría. Jacinto trató de calmarlo. “¡Hombre! Esto no es prudente”. El otro se apartó contrito. “Perdona… No me he podido contener y no quería perderte la pista”. “Y no me la vas a perder”, dijo Jacinto, “Tenemos que hablar todavía”. “¿Solo hablar?”, replicó meloso el hombretón. “¡Bueno, lo que sea!”, salió del paso Jacinto. El guardián fue de nuevo a lo práctico. “Nos podríamos encontrar esta noche en el bar al que te llevé… Es un sitio discreto”. “De acuerdo. Allí nos vemos”. Y Jacinto siguió su camino.

Cuando Jacinto llegó al bar, el guardián ya lo estaba esperando. Aquél quiso que buscaran un rincón tranquilo y poco iluminado, aún a riesgo de someterse a achuchones y besuqueos incontrolados, como así ocurrió. Jacinto trató de poner orden. “¿Qué te parece si hablamos?”. “Lo que tú digas, pero es que estás tan rico”, contestó risueño el otro. “Ya tendremos tiempo…”, concedió Jacinto que, de momento, consideraba obligado expresar su gratitud. “Te has portado conmigo como nunca podría haber imaginado y no sabes lo agradecido que te estoy… “. Pero también necesitaba despejar sus preocupaciones. “¿Crees que tu jefe se quedará conforme con lo que ha pasado?”. “De eso me encargo yo…”, aseguró el guardián, “Pero luego no quiero seguir teniendo tratos con él”. “¿Y eso?”, se extrañó Jacinto. “Voy a estar con mi comisario ¿no?”, le respondió. Mientras se dejaba meter mano de nuevo, Jacinto reflexionó sobre esta situación con la que no contaba. Mantener unas relaciones estables con el guardián era poco menos que imposible y, sobre todo, arriesgado. Al fin y al cabo estaba de sobra fichado y él no iba sobrado de prestigio. Pero tampoco quería hacerle ascos a los vapuleos que tenía garantizados de aquel pedazo de hombre. De momento, para calmar su impaciencia, le hizo una buena mamada. Y luego le propuso: “Dejemos pasar un par de días y nos volvemos a encontrar aquí mismo… Entretanto buscaré una forma para que podamos seguir viéndonos a gusto de los dos. El guardián se conformó con la espera, pero avisó: “No me falles ¡eh!”.

A Jacinto se le ocurrió una solución ¿Qué mejor lugar de citas que el club donde se había iniciado y que últimamente tenía algo abandonado? Así que le propuso al guardián apuntarlo como socio. Aunque éste habría soñado con un nidito de amor más idílico, no dejó de encontrarle un cierto morbo a conocer, de la mano de su amado, aquel lugar donde, como Jacinto se encargó de enfatizar, podrían realizar juntos toda clase de fantasías y caprichos. No obstante, el guardián quiso puntualizar: “Mi único capricho eres tú”.

Por eso Jacinto tuvo que ir por pasos para introducir al guardián en el ambiente del club y no herir la vocación a la monogamia que parecía haberle surgido. En una primera etapa, se bastaban solos para disfrutar de los juegos que el local ofrecía. Por ejemplo, el guardián se lo pasaba en grande follando a Jacinto en el sling. Aunque a veces permutaban y era éste quien le daba por el culo a aquél. Pero poco a poco fueron abriéndose a la participación de otros socios o eventuales, y el guardián, con su corpachón y su inagotable sexualidad, llegó a rivalizar con Jacinto en su disponibilidad para hacer o dejar que le hicieran cuanto a aquéllos se les pudiera ocurrir. Ni que decir tiene que el dueño del club estaba encantado con la recuperación de Jacinto y con su nueva aportación.

¿Quién iba a decir que el comisario Jacinto iba a alcanzar la plenitud en el mismo sitio en que se había iniciado su transformación, tras vivir experiencias increíbles y también más de un susto?


lunes, 2 de julio de 2018

El comisario cierra el círculo (1) (8)

Habíamos dejado al comisario Jacinto en una situación que jamás podría haber imaginado. En un lugar extraño, seguía sentado sobre un camastro, con las manos atadas y unas pinzas con colgantes prendidas en los pezones. Pese a la unión de sus muñecas, había logrado hacerse una paja, excitado mientras se veía, como en un espejo, en la pantalla del televisor, que iba repitiendo la grabación en un bucle. Tal como habían quedado, esperaba el regreso del chantajista y empezaba a ponerse nervioso por su tardanza. No obstante si éste, como le había asegurado, estaba dispuesto a dejarlo marchar sin más, en la certeza de que Jacinto no iba a dar ningún paso en su contra, tal liberación no podía sino traerle serios problemas. De ninguna forma cabía que se arriesgara a que ese vídeo se difundiera. Pero tampoco podía dar por acabada su investigación cuando hacía tan poco tiempo que se la habían encargado ¿Debería seguir un tiempo pululando por los urinarios públicos para despistar? Aunque entonces podría ser que volviera a darse con el extorsionador y éste pensara que no había desistido de seguir detrás de él. Lo que con toda probabilidad daría lugar a que diera cumplimiento a su amenaza de difusión.

Jacinto, sin embargo, parecía tener predisposición a un cierto síndrome de Estocolmo, que lo llevaba a confiar e incluso sentirse confortado con los hombres que ejercían alguna forma de dominación sobre él. Por eso, ante los dilemas a los que se enfrentaba, pensó que tal vez su secuestrador pudiera serle de alguna duda. Así que la impaciencia por su retraso se iba debiendo menos al deseo de estar al fin libre que al de poder recabar su asesoramiento. En consecuencia oyó con alivio el ruido de la puerta metálica al abrirse y ser cerrada después. Una mezcla de estupor y decepción invadió a Jacinto, sin embargo, cuando quien accedió al cuarto no fue el esperado, sino un tipo alto y gordo de aspecto aún más bravucón que el otro. Soltó una carcajada al ver sentado allí a Jacinto. “¡Joder! Parece que estés esperando al novio”. Su mirada pasó al televisor, que en ese momento mostraba a Jacinto chupando un pie. “¡Que fuerte!”, siguió riendo, “Ya me habían dicho que esta peli es la coña”. Fue calmándose ya para notificar a Jacinto: “El jefe me ha mandado para que te dé una vuelta… Le ha salido un asuntillo y va a tardar más de la cuenta”. Jacinto preguntó angustiado: “¿Entonces cuándo vendrá?”. “Cuando acabe con el viejo que se ha ligado y lo ha llevado a su casa”. Jacinto pensó que aquello era toda una organización y aún se sintió más atrapado. De todos modos se atrevió a pedir: “Ya que estás aquí ¿podrías desatarme las manos? Yo no voy a hacer nada. Está todo guardado bajo llave”. Jacinto elevó los brazos en gesto suplicante y el otro se sacó del bolsillo una navaja y empezó a cortar las cuerdas. De pronto se detuvo. “¡Joder, si están pringosas! No me digas que te la has estado meneando viendo la tele”. Jacinto dijo humilde: “Lo siento… Es que estaba muy nervioso”. “Por lo que me ha contado el jefe eso se te da mejor que el espionaje”, comentó el hombre. Pero Jacinto ya pudo separar las manos y suspiró aliviado. Aún le faltaba otra cosa y pidió: “¿Puedes quitarme con cuidado también las pinzas?”. “Ya tienes manitas ¿no?”, replicó el otro. “Es que parece que se me hayan pegado a la piel…”, explicó Jacinto. El hombre lo solucionó rápido. Cogió con las dos manos las bolas colgantes y dio un fuerte tirón de ambas “¡Listo!”. Jacinto vio las estrellas y se le saltaron las lágrimas.

Jacinto había seguido sentando y el hombre dijo entonces: “¡Qué! ¿Me invitas a ver la tele?”. Se desprendió de la cazadora, quedando con una camiseta que mostraba unos brazos recios y velludos, y se dejó caer en el camastro pegado a Jacinto. Divertido, iba comentando lo que aparecía. “¡Vaya mamada le estás haciendo!”, “¡Mírate! Empalmando y  dejándote poner adornos”. Le pasó amistosamente un brazo sobre los hombros. “¡Cómo disfrutas el rabo con las bolitas!”, “En ese culo te cabe de todo ¿eh vicioso?”. De pronto se puso de pie. “En este sitio hace un calor de la hostia… Si me quedo como tú, no te irá a molestar ¿verdad?”, soltó con recochineo. “¿Cómo me va a molestar después de todo lo que estás viendo?”, dijo Jacinto con aparente indiferencia, aunque suponía se trataba de un primer paso y que aquello podría ir a más. El tipo se apañó por su cuenta para quedarse en pelotas y Jacinto quedó impresionado. “¡Vaya tío! Si es en todo casi el doble de grande que el otro…”, pensó. Volvió a sentarse y esta vez le cogió una mano a Jacinto y la puso en su entrepierna. “Ve tocándome un poco, que ahora debe venir lo más fuerte”. A Jacinto casi le sirvió para calmar los nervios ir removiendo los dedos por el abundante pelambre y palpar unos huevos y una polla de tamaño extragrande. Sin embargo el hombre se llevó un chasco cuando, dispuesto a regodearse viendo a su jefe dar por el culo a Jacinto, que era la esperada escena más morbosa, la grabación se interrumpió y volvió al principio. “¿No te folló el jefe?”, preguntó extrañado. “Y tanto que lo hizo”, reconoció Jacinto, “Pero quiso que, mientras lo hacía, empezara ya a enterarme de que todo lo anterior estaba gravado”. “¡Me cago en…! Con el calentón que me estaba entrando”, se lamentó el hombre.

Mientras se repetía por enésima vez en el televisor el striptease inicial de Jacinto, el brazo de hombre, ahora completamente desnudo, que había vuelto a rodear el cuello de Jacinto, se fue desplazando poco a poco por la espalda hasta llegar a la rabadilla. Y no pudo seguir de momento porque la mano quedó parada al dar con el colchón. Pero Jacinto se lo veía ya venir y más al haber conseguido con su manoseo que la polla del hombre se pusiera descomunal. En efecto éste, si bien no exigió, optó por la persuasión. Así que se inventó sobre la marcha una máxima. “Lo que no ha quedado gravado es como si no hubiera pasado ¿no te parece?”. Jacinto no lo veía tan claro y lo que sí notaba era que la mano del hombre, haciendo presión en el colchón, ya se le había metido debajo de culo y un dedo le pasaba más adentro de la raja. Sin embargo, en cierta forma agradecía que este tipo no fuera excesivamente brusco y, con el día que llevaba, más le valía darle facilidades. “Así que te gustaría follarme también ¿no?”, dijo con el dedo del otro bien clavado. Jacinto dio un respigo cuando lo sacó de repente para ponerse de pie, tomando como un ofrecimiento la sugerencia de Jacinto. “¡No veas! Mira cómo me he puesto ya”. La verga que el hombre exhibía no dejaba de resultar mareante, pero Jacinto no se iba a arredrar ya ante ese detalle. “¿Cómo quieres hacerlo?”, preguntó solícito. “¡Échate bocabajo, que te voy a planchar!”, fue la elección del hombre, que hizo pensar a Jacinto que, con aquel corpachón encima, no lo podía haber expresado mejor. Se colocó bien estirado, todo lo que le permitían las abolladuras del no demasiado confortable colchón y su propia barriga. El hombre lo abordó por los pies y primero le separó las nalgas para echarle un escupitajo en la raja. Siguió trepando sobre Jacinto a quien, a medida que el otro avanzaba, se le iba cortando la respiración. Notó cómo la tiesa verga se abría paso entre sus muslos y le iba entrando entera. Él mismo, con la experiencia adquirida ya, removía el culo para que se encajara a gusto. El hombre lo aprovechó desde luego y se puso a bombear entusiasmado. “¡Hostia, cómo tragas!”. Jacinto resistía los embates y, a pesar de la difícil situación en que había acabado metido, no podía menos que reconocer que una buena polla trabajándole el culo llegaba a entonarlo. Así que, cuando el hombre empezó a emitir un atropellado jadeo, ladeando la cara aplastada le espetó: “Por mí no tengas prisa… Total, si hemos de esperar a tu jefe…”.  Pero la calentura del otro ya no daba más de sí y, con unos arrebatos que hacían peligrar la resistencia del camastro, se entregó a una espasmódica descarga.

Tras ella, el hombretón fue desplazando el cuerpo con pesadez para bajar del estrecho camastro. Logró equilibrarse de pie junto a Jacinto, todavía bien aplanado. “¡Joder, qué buen polvo!”. En un gesto de generosidad, le acercó a la cara la polla goteante. “¡Mira! Aún queda leche ¿La quieres?”. Jacinto, mecánicamente, se puso a lamer y chupetear el empapado capullo. “¡Uy! Como sigas me voy a correr otra vez”, soltó el hombre disfrutando de la propina. Pero Jacinto ya necesitaba desentumecerse e ir sentándose de nuevo en el camastro. Enseguida volvieron a acuciarle sus problemas, a lo que se añadía la sed y las ganas de orinar. Solo se atrevió a preguntar: “¿Tardará mucho tu jefe?”. “¡Cualquiera sabe!”, contestó el otro flemático. “Es que llevo horas aquí y voy necesitando…”, empezó a reclamar Jacinto. “¡Claro!”, lo interrumpió el hombre, “No hay ni agua”. Pensó unos segundos y añadió: “¡Vamos a hacer una cosa!... ¿No intentarás nada raro si salgo un momento y te traigo agua y un bocata?”. “¡¿Qué quieres que haga?! Si estoy bien atrapado”, se lamentó Jacinto. El  hombre se vistió rápidamente y, cuando abrió la puerta que daba al garaje, Jacinto le pidió: “¡Oye! ¿Dónde podría orinar?”. El otro rebuscó y volvió con una garrafa de boca ancha. “Apáñate con esto”. Ya cerró esa puerta y, mientras oía el ruido de la exterior, Jacinto pudo al fin vaciar la vejiga.

Aliviado al menos en eso, a Jacinto empezó a darle vueltas la cabeza. ¿Por qué el extorsionador seguía sin darse prisa en soltarlo? Claro que él tenía en parte la culpa al querer quedarse viendo el vídeo. Por otra parte ¿podría buscar alguna ayuda del subordinado, que parecía más tratable? Aunque, de todos modos, el jefe iba a continuar teniendo la sartén por el mango al guardar a buen recaudo la dichosa película. En conclusión, no le quedaba más que esperar acontecimientos y conseguir algún tipo de acuerdo que no lo comprometiera demasiado con el extorsionador ni con sus superiores. No pudo reflexionar más sin embargo porque el segundo hombre no tardó en volver. Traía una botella grande de agua y un bocadillo grasiento envuelto en plástico. Jacinto echó mano enseguida del agua y bebió con gusto. El hombre se le quedó mirando. “Ahora que te has refrescado la boca, podías devolverme el favor”. Jacinto resignado soltó la botella. “¿Qué quieres?”. “Una mamadita me vendría de coña… Seguir viéndote en pelotas me ha hecho volver las ganas”. Jacinto, que no llegaba a entender que su desnudez resultara tan erótica, se aprestó a complacerlo. “¡Venga! ¿Cómo te pones?”. El hombre se bajó los pantalones y se sentó abierto de piernas en el taburete. Jacinto recordó que era más o menos lo mismo que había hecho el jefe, y se dijo que el de ahora, mucho más buena persona, se merecía una no menor atención por su parte. Eso sí, tuvo la precaución de poner un trapo doblado en el áspero suelo para arrodillarse sin que las irregularidades lo torturaran. La polla colgaba todavía morcillona y Jacinto se dispuso a vigorizarla con un experto manoseo. “¡La boca, la boca!”, lo apremió sin embargo el hombre. Así que Jacinto se afanó en la mamada con el buen hacer que había ido aprendiendo. “¡Joder, qué gusto me estás dando! Casi mejor que la follada de antes”, proclamó el hombre. Y, como entonces, fue llenando de abundante leche esta vez la boca de Jacinto, que la tragó disciplinadamente.

Uno vez vaciado de nuevo, el hombre se subió los pantalones. “Ahora ya a esperar al jefe”. Jacinto, que acababa de dar un nuevo trago al agua, tuvo una curiosidad. “¿Le parecería mal lo que has estado haciendo conmigo?”. “¡No, qué va! Si ya me dijo que me lo pasara bien mientras tanto”, contestó el hombre. “¡Sí que lo has cumplido, sí!”, pensó Jacinto. Quien aprovechó para sugerir: “¿No podría vestirme yo también?…Por ganar tiempo lo digo”. “Tu ropa está en el armario y él tiene la llave”, le recordó el hombre, “Así seguiremos disfrutando de tus encantos”. Jacinto se preguntó: “¿Esto último va en coña o se debe a su inexplicable aptitud para poner cachondos a los tipos más insospechados?”.

Fuera como fuese, Jacinto le hincó el diente al bocadillo de atún con pimientos, generosa aportación de su guardián, dado que, con la actividad desplegada, necesitaba un refuerzo. Tuvo el detalle sin embargo de ofrecerle la mitad al otro, que la aceptó gustoso. Mientras zampaban en silencio, las miradas se les perdían en el televisor, que reproducía por enésima vez la inserción del rabo de cerdo en el culo de Jacinto.

Al fin se oyeron los ruidos de la puerta metálica. Ya no cabía duda de que no podía tratarse sino del jefe extorsionador. Éste en efecto apareció con una bolsa de deportes y respondió exultante a la pregunta del colaborador, “¿Qué tal te ha ido?”. “¡De puta madre! Y más no teniendo a este sabueso pisándome los talones”. Esto último lo dirigió con ironía a Jacinto. Se fue directo al armario para guardar la bolsa y, antes de cerrar, sacó un ostentoso reloj dorado que entregó al subalterno. “¡Toma! A ti que te gustan estas cosas”. Ya se encaró con el despelotado Jacinto. “¿Qué? ¿Has disfrutado viéndote de protagonista?”. El asentimiento mudo y contrito de Jacinto lo completó el guardián. “Si se había hecho una paja cuando llegué… hasta con las manos atadas”. El jefe soltó una risotada. “¡Vaya con el poli! Le puede la calentura”. El guardián, ufano de la misión asignada, comentó: “Pero será un pez gordo ¿no?”. “¿Pez gordo éste?”, se burló el jefe, “Más bien un pardillo… Aunque me va a ser bastante útil ¿verdad?”. Interpelado Jacinto, respondió: “De eso habíamos hablado, sí”.

De momento el extorsionador dejó aparcado el tema y se interesó por lo ocurrido en su ausencia. “¡Bueno! ¿Y se ha portado bien?”, preguntó al subalterno. “De eso no tengo queja”, contestó éste, “¡Cómo traga el tío, se la metas por donde se la metas!”. “¡Lastima no haberlo gravado también! ¿A que sí?”, se burló el jefe. “Ya tienes bastante ¿no?”, se lamentó Jacinto al recordar la amenaza pendiente. Un impase momentáneo sirvió para que cada uno estuviera en la posición que le correspondía. El jefe ocupó el taburete frente a Jacinto que, en actitud sumisa, seguía sentado en el camastro. El vigilante, por su parte, entendiendo que se trataba ya de un asunto entre los otros dos, se mantuvo discretamente apartado, con el culo apoyado en la repisa que sujetaba la cocinilla, aunque atento a todo lo que se cocía.

El jefe le dijo a Jacinto con tono amenazante: “Ya que has seguido aquí ¿querrás que te vuelva a dejar claro lo que espero de ti?”. Jacinto se lo pensó antes de responder. “Que no voy a hablar a nadie de esto lo tengo claro… Pero es que habré de seguir investigando, aunque no sea más que para despistar, y no quisiera que haya malentendidos…”. “Tú eres el listo ¿no? Ya te apañarás”, dijo burlón el otro. Jacinto no tuvo más remedio que reconocer su falta de ideas y pedir humildemente: “¿No se te ocurre algo que puedas sugerirme?”. La carcajada del hombre achantó a Jacinto. “¡Esta sí que es buena!”, exclamó, “¿Ahora tengo yo que enseñarte cómo burlar a tus jefes?”. Jacinto se esforzó en seguir hablando. “Es que como tú conoces muy bien el ambiente en que te mueves… a lo mejor sabes de un trabajillo que pudiera hacer para cubrir el expediente y así no habría peligro de que te molestara”.

Lo que no esperaba Jacinto, y ni siquiera el jefe, fue la intervención del subalterno. “Con permiso, a mí se me ha ocurrido algo”, soltó. El jefe lo miró con escepticismo. “A ver por donde sales”. Y a Jacinto se le aceleró el corazón. “El hombre este me ha caído bien y no creo que tenga mala fe”, declaró el guardián como introducción a su plan. El jefe lo cortó en tono burlón. “¡Sí que te ha debido dejar a gusto! ¿Tú también eres de los que piensan con la polla?”. Pero el otro no se arredró. “Escuchadme y a ver qué os parece mi plan”. “¡Venga, desembucha, lumbrera!”, admitió el jefe, por diversión más que otra cosa. El guardián, pensándose las palabras, prosiguió. “El poli aquí presente que siga haciendo como que investiga por los meaderos públicos durante unos días. Y cuando lo acordemos, me dejo caer por allí haciéndome el despistado. El madero entonces avisa a una patrulla para que proceda a mi detención como sospechoso de ser el que se camela a los vejetes…”. Jacinto escuchaba con atención, pero el jefe interrumpió el discurso con un estallido de asombro. “¡Eso sí que ha sido un encoñamiento a primera vista! ¿Te quieres sacrificar por tu amor?”. “¡Quita, hombre!”, lo atajó el guardián, “No será la primera vez que pase por el cuartelillo… No por asuntos como el tuyo, que en eso te respeto la exclusiva”. Para seguir desdramatizando, glosó: “Si hasta me lo paso bien… A más de un colega le he dado por el culo en el calabozo, mientras los guardias hacían la vista gorda”. “¿Y de allí quién te saca?”, preguntó el jefe ya más interesado. “Como harán una rueda de reconocimiento con los denunciantes, ninguno me confundirá contigo… Y ya a la calle otra vez”, concluyó el guardián orgulloso de su ingenio.

Jefe y subalterno miraron ahora a Jacinto cuya mente trabajaba. “¿Qué piensa Sherlock Holmes de la triquiñuela?”, lo interrogó con sorna el primero. Jacinto meditó la respuesta. “No es que vaya a quedar muy airoso… Pero verán que me he esforzado y acabarán disculpando mi equivocación. Probablemente el asunto quedará olvidado…”. “Y más te valdrá que así sea”, sentenció el jefe. El guardián, encantado de que su idea hubiera fructificado, se permitió incluso una broma. Se puso al lado del jefe y le preguntó a Jacinto: “No nos parecemos mucho ¿verdad?”. Jacinto calibró que era bastante más voluminoso y alto que el jefe, aunque en la pinta de facinerosos estaban así así. Pero dijo con rotundidad: “¡Qué va! Imposible tomar uno por otro”. El jefe concluyó: “¡Allá vosotros! Esperemos que resulte el experimento… Para bien de todos”.

Jacinto vio con alivio que el jefe abriera el armario, en el que, no solo dejó por fin apagado el televisor, sino que además sacó la ropa confiscada. Mientras se vestía, Jacinto estuvo a punto de emocionarse. A ver si salía de aquella pesadilla… El jefe dijo: “Ya os podéis ir los dos y así os ponéis de acuerdo… Yo me quedo guardando todo esto”. Y despidió a Jacinto: “Espero no volver a verte en la vida… aunque siempre me quedará el vídeo, por si acaso”.

Por fin en la calle, Jacinto no pudo menos que mostrar su agradecimiento al guardián. “Con tu idea me has quitado un gran peso de encima… Si funciona, no quedaré demasiado mal parado”. “¡Sí, hombre sí!”, exclamó el otro dándole un afectuoso achuchón, “Va a ser pan comido”. Pareció además no tener prisa en separarse de Jacinto. “¡Venga! Te invito a una copa y así acordamos el plan a seguir”. Aunque se sentía agotado y sucio, Jacinto aceptó el ofrecimiento. Lo que no se esperaba era su concreción. “Iremos a un bar de ambiente”, dijo el guardián. “¿Ambiente de qué?”, preguntó el ingenuo Jacinto. “¡¿De qué va a ser?! De hombres como tú y como yo”, replicó el otro.

Fueron entonces a un local que el guardián conocía bien. Poca luz y música estridente aturdieron a Jacinto, que se vio con unos brazos rodeándole el cuello y una lengua que se le metía en la boca. Cuando el otro se cansó del morreo, comentó: “Aquí estaremos bien”. Jacinto trató de calmarlo. “Pero tenemos que fijar día y hora para coordinarnos”. “Eso mejor con una copa”. Y por su cuenta el guardián pidió dos gin-tonics. La verdad es que la bebida entonó algo a Jacinto, que se dejó meter mano en el paquete. “Allí encerrado la tenías muy pocha, pero ya te la podré dura”, le decía el sobón. “Ya me había hecho una paja”, se justificó Jacinto. “¿No me corrí yo dos veces? En tu culo y en tu boca”, fardó el otro. “He tenido un día muy duro… Ya habrá ocasión”, trató de escurrirse Jacinto, “Además no es prudente que nos vean juntos”. “¡Vaaale! Pero cuando haya quedado clara mi inocencia nos daremos unos buenos revolcones”, auguró el guardián. Finalmente convinieron en que Jacinto seguiría con su trabajo ficticio durante un par de días y que, al tercero, haría acto de presencia el guardián para dejarse detener. Con gran sentimiento por parte de éste, hubieron de separarse y Jacinto buscó con ansia el cobijo de su casa para recuperarse y rebajar la tensión de la accidentada jornada.

lunes, 18 de junio de 2018

El comisario cumple con su deber… más o menos (y 2) (7)

Segunda jornada y última

Al día siguiente Jacinto decidió dedicarse más a fondo a la estación de autobuses. Era el inicio del fin de semana, por lo que había bastante movimiento. Así quedaría más disimulado su frecuente entrar y salir en los urinarios. Además, en el buen rato que pasó sentado en un banco cercano para tomar perspectiva, pudo observar que, con mucha más afluencia que el día anterior, el trasiego de los que iban repitiendo era constante. Le sería fácil mimetizarse con ellos. Para desdibujarse, incluso había tenido la precaución de prescindir de su sempiterna gabardina, engorrosa para la visibilidad de lo que habría de mostrar. Animoso, Jacinto se levantó dispuesto a hacer su trabajo.

En el segmento a la vista de mingitorios, al igual que el día anterior, no se apreciaba nada fuera de lo normal. Estaba claro que era el de los que solo pretendían aliviar su vejiga y se guardaban de aventurarse en la zona oculta. Esto último fue precisamente lo que hizo Jacinto, que se llevó la sorpresa de que no quedara ni un hueco libre. Ya que estaba, para esperar turno se entretuvo remojándose las manos en uno de los lavabos de enfrente. Por el espejo podía observar que las cabezas de los supuestos meones se giraban a uno u otro lado, e incluso algún brazo traspasaba la línea de separación. Parecía reinar una sana camaradería, en la que todos se sentían implicados. Volvió a surgirle a Jacinto el problema de secarse y, para ello, tener que recurrir a papel higiénico. De los dos retretes que había en aquel sector, uno estaba cerrado – ¡a saber qué estaría pasando dentro!–  y el otro tenía la puerta entornada. Jacinto la empujó y lo primero que vio fue un orondo culo. En efecto, un tipo con los pantalones bajados se apoyaba en la mochila de la cisterna ofreciéndose así. “¿Me quieres follar?”, oyó Jacinto. Éste salió del paso. “Solo busco papel”. Por encima del encorvado logró arrancar una tira. El otro insistió. “Cierra la puerta y métemela”. Jacinto no quiso enredarse a la primera. “Ahora no”. Salió y dejó de nuevo la puerta entornada.

Entretanto había quedado un hueco libre y Jacinto no dudó en ocuparlo. Lógicamente lo primero que hizo fue sacársela, aunque el hecho de estar comprimido entre los vecinos le coartaba arrancar la micción. Jacinto se la sacudía y manoseaba para tratar de  provocar ésta, lo que no dejó de atraer las miradas desde ambos lados que sin duda lo tomaban como llamadas de atención. Jacinto miró a su vez hacia uno y hacia otro, y no precisamente a las caras. Dos pollas bien tiesas eran esgrimidas y ofrecidas a su vista. Jacinto sabía que, hasta que no se hubiera aliviado, no iba a poder competir mínimamente con ellos y seguía esforzándose. Uno de los vecinos sin embargo, pensando sin duda que necesitaba un estímulo para que se le pusiera dura, pasó un brazo para poder agarrarle la polla. Y este sorpresivo contacto lo que causó fue que a Jacinto le saliera el chorro por fin, lo cual no dejó de ponerlo en un brete. Pero esto no pareció molestar al que le había echado una mano, que se limitó a subir los dedos hacia la raíz de la polla y siguió sujetándola hasta que Jacinto acabó de vaciarse. El del otro lado, que había contemplado atento el suceso, mostró su apoyo sobándole sin el menor recato el culo a Jacinto. Éste, fiel a la máxima de que es de malnacido ser desagradecido, pasó una mano a cada lado y se puso a sobar las pollas de sus vecinos. El que lo había ayudado a orinar se corrió antes de lo que esperaba Jacinto, que se encontró con la mano pringada de leche. Esto lo descolocó y, guardándose precariamente la polla con la mano limpia, hubo de ir de nuevo en busca de papel higiénico.

La situación de los retretes era la misma. Uno cerrado, y si había habido cambio de ocupantes no lo habría captado Jacinto. Y el otro aún con la puerta entornada ¿Pertenecía al de antes el culo en pompa que lo recibió? Fuera quién fuera, su intención era idéntica. Pero el ánimo de Jacinto había variado. El pajeo que había tenido con aquellos dos no había dejado de excitarlo, pese a que se hubiera precipitado el final. Aunque solo había vuelto a entrar para poder limpiarse, a la reiterada petición del gordo de que se lo follara, ahora respondió: “Es que no sé si voy a poder”. El otro se animó con esa actitud dubitativa. “Cierra la puerta que te la voy a chupar y verás lo dura que se te pone”. Jacinto ya cedió. Después de todo le había gustado la vez aquella en que le dio por culo a otro gordo en la playa. Puso el pestillo y, para mayor comodidad, se bajó los pantalones. Ni siquiera miró la cara del que se giraba para atraparle la polla con la boca, casi en la misma postura. Como mínimo debía tener tortícolis, pensó Jacinto. Desde luego se la mamó a conciencia y no tardó en endurecerla. Rápidamente el gordo, para aprovecharlo, volvió a la posición inicial. “¡Ya! ¡Métemela!”. Jacinto no dudó en agarrar las nalgas y clavarse con fuerza. Se asombró de lo fácil que había tenido la entrada. “¡Uuum, qué bien!”, exclamó el otro. A Jacinto le gustó la sensación y se puso a menearse. Curiosamente la misma sordidez del lugar le aumentaba la excitación y hasta veía el agujero por donde se había comido una polla el día anterior. Se corrió pronto y enseguida le entraron las prisas. Se subió los pantalones sin intercambiar palabra con el follado y salió. “¡Vaya manera de empezar el día!”, se dijo.

Jacinto tenía ganas de respirar un aire menos viciado y, eludiendo a los que seguían con su toma y daca de pollas, abandonó los urinarios. La corrida la había abierto el apetito y, tras hacerse con un bocadillo y una cerveza, se volvió a sentar en el banco de vigilancia. Tuvo ocasión de hacer un balance provisional de lo que llevaba de jornada laboral. También había tenido que meneársela a un tío y dejarse tocar, pero era lo que exigía la situación, ya que debía adaptarse al medio. Tal vez se había excedido al dejarse convencer por el gordo del retrete, pero una debilidad la tiene cualquiera y, además probablemente de no ser por él el hombre se habría quedado con las ganas.

En estas reflexiones estaba cuando, a medio bocadillo, tuvo una visión que hizo que le saltaran todas las alarmas. Salió de los lavabos un hombre mayor y bajito al que seguía un tipo fornido y de aspecto atrabiliario, que pareció interpelarlo. Ambos se apartaron un poco hacia una zona menos transitada y se inició una especie de discusión, en la que a todas luces el grandote llevaba la voz cantante. Llegó un momento en que el bajito, con aire abatido, se sacaba con discreción –que no escapaba a la sagacidad de Jacinto– la cartera y entregaba su contenido al otro. Cosa que también hizo con el reloj que llevaba en la muñeca. Tras lo cual se alejó rápidamente y se perdió entre la gente. “¡Eureka!”, exclamó para sí Jacinto. Sin duda alguna el malhechor buscado había realizado una de sus fechorías en sus propias narices. Sin importarle lo más mínimo la suerte del saqueado, Jacinto se concentró en los pasos que seguiría el extorsionador ¿Se daría por satisfecho con el botín logrado o atacaría a otros mirones pusilánimes aprovechando lo concurrido del día?

Por lo pronto pareció que al individuo se le habría abierto también el apetito. No debía ser muy gourmet porque, con todo lo recaudado, solo se le ocurrió entrar en una hamburguesería. Jacinto se deshizo de su bocadillo en una papelera y se dispuso a seguir sus pasos. Ahora que lo tenía localizado no pensaba perderlo de vista. Entró en el local, remoloneó discreto hasta que su objetivo tomó asiento e hizo asimismo su pedido. Buscó un puesto donde pudiera ver sin ser visto y le hincó el diente a su hamburguesa. Aunque Jacinto se esforzaba en concentrarse en la forma de desenmascarar y llevar ante la justicia al abusador, observar a éste devorando sin demasiados modales su bocata y chupeteando las patatas que sumergía en kétchup, le desataron inevitablemente fantasías poco convenientes. Aquel tipo grandote y bravucón debía tener una polla espectacular para tener tanto éxito con los mirones. Tal vez se limitaría a enseñársela, aunque también podría dejar que se la tocaran e incluso se la chuparan. No sería de extrañar que además de robarles, si lo llevaban a sus casas, los violara dándoles por el culo. Por supuesto que no había constancia de esos detalles en las denuncias recibidas. Con tales pensamientos rondándole por la cabeza, Jacinto notó que, a pesar de haberse follado al gordo hacía poco, se estaba excitando a base de bien.

Lo sacó de su encantamiento que el observado se levantara de su mesa. Pero en lugar de dirigirse a la salida lo hizo al pasillo que conducía a los lavabos, tal como rezaba un rótulo. Jacinto entonces, sin pensar muy bien para qué, se armó de valor y se dispuso a seguirlo pocos segundos después. Jacinto abrió sigilosamente la puerta y se topó con el hombre ante un lavabo ¿Estaría en espera de alguna presa? Jacinto no pudo sino pasar de largo y dirigirse a los urinarios, que no se veían desde la puerta. Había varios, todos desocupados y optó por uno hacia el centro. Le emoción del momento no le impidió ahora soltar una larga meada. Le temblaron las piernas cuando, recién terminada su evacuación, el hombre vino y se colocó dejando un espacio en medio. Más se sorprendió cuando le dirigió la palabra en tono confianzudo. “Aquí hay que lavarse las manos antes de tocarse la bragueta… Lleva uno las manos llenas de grasa”. Jacinto pensó que él no había reparado en eso al sacarse la polla. Pero al haberle hablado, aunque no supo contestarle, sí que hubo de mirarle. Era de los que se sueltan el cinturón y abren del todo los pantalones, bajando también la cintura de los calzoncillos, para mear a gusto con todo suelto ¿Quién no iba a seguir mirando con tanto trajín? Jacinto trató de disimular su persistencia allí y apretó el botón que soltaba agua, como si le costara arrancar y necesitara esa ayuda. Entretanto el hombre ya lucía relajadamente sus atributos que empezó a dejar fluir sin tocarlos y con las manos en la cintura. Tan peculiar método no dejaba de atraer la atención de Jacinto, dispuesto a conocer a fondo el modus operandi del sujeto. Éste no rehuyó ni mucho menos el lucimiento y, ya de forma manual, procedió a ostentosas sacudidas de una verga de la que tenía motivos para sentirse orgulloso. Y no solo acabó así con el goteo, sino que, sabiéndose observado, continuó con frotaciones que iban poniendo aquélla en todo su esplendor. Al fin se quitó la máscara y le soltó a Jacinto: “Ya he notado que me seguías desde que estábamos comiendo y ahora aquí estamos”. Se giró hacia él con la verga tiesa. “Te gusta ¿eh?...La podrías disfrutar en un sitio más íntimo ¿Te apetece?”. Jacinto pensó que no podía desperdiciar la oportunidad de seguir tejiendo su tela de araña en torno al delincuente, sin plantearse siquiera que podía estar resultando al revés. “¿Qué propones?”. “Tengo un sitio. Si te atreves…”, pilló el hombre por sorpresa a Jacinto, que esperaba que querría ir a su casa. “No sé yo…”, dudó. “Me podrás conocer a tu gusto”, lo tentó el otro ¡Cómo iba a rechazar Jacinto acceder a su guarida! “¡Vale!”, aceptó. El hombre le ofreció un anticipo. “Ahora ayúdame a guardar esto tan duro”. Agitó la verga y añadió socarrón: “Pero no te olvides de meterte para dentro también tu polla”. Jacinto hizo esto primero rápidamente y, con manos temblorosas, tomó la tiesa verga. Hubo de ladearla para poder entrarla en los calzoncillos. “Vaya pieza ¿eh?”, presumió el hombre, que ya se ajustó por sí mismo los pantalones.

Ya fuera de la hamburguesería, sobrepasaron la estación de autobuses. No iban exactamente juntos, porque el hombre llevaba un paso ligero que a Jacinto le costaba seguir y le hacía rezagarse. Pero esto le permitía observar su anchas espaldas y, al llevar una cazadora ceñida en la cintura, un culazo bien marcado. A Jacinto lo embargaba una mezcla de temor reverencial y de orgullo por su osadía. Solo le habían encargado que identificara al extorsionador y él además iba a proporcionar los datos de su escondite. Seguro que lo iban a felicitar. Al ponerse a la altura de su guía en un semáforo, le preguntó: “¿Vamos muy lejos?”. “Aquí mismo”, contestó el otro y rio, “Estás ansioso ¿eh?”. Llegaron a una zona degradada detrás de la estación y enfilaron una calle donde casi todo eran almacenes. El hombre se detuvo ante una puerta metálica y se agachó para abrir un candado. “¿Aquí vives?”, preguntó no sin ingenuidad un extrañado Jacinto. “Digamos que tengo un picadero”, contestó el otro.

El hombre levantó la puerta metálica hasta la mitad. Agachados pasaron los dos e, inmediatamente, volvió a bajarla y puso de nuevo el candado, guardándose la llave. “¿Por qué cierras?”, preguntó Jacinto. “No querrás que se nos cuele alguien ¿no?”, dijo el otro manipulando un cuadro de luces. Precariamente iluminado, aquello parecía un garaje abarrotado de objetos viejos y de dudosa utilidad. Pasaron una puerta y fueron a dar a un cuartucho, algo más alumbrado pero también en bastante desorden. Destacaban un armario, un camastro, una cocinilla de butano y un televisor. Éste era lo único con aspecto más nuevo, probablemente producto de la rapiña, aventuró Jacinto. El tipo se quitó la cazadora y la colgó en una percha. Una camiseta ajustada le marcaba unas pronunciadas tetas y la curvatura de la barriga. Jacinto lo contemplaba indeciso ¿De qué iba a ir esto? El anfitrión abrió el armario y, de espaldas, pareció mover las manos por dentro, pero cerró enseguida. Se volvió hacia Jacinto. “Aquí vas a pasar calor. De modo que más vale que te desnudes”. El tono imperativo descolocó a Jacinto, que solo supo soltar tontamente: “¿Cómo dices?”. “¡Que te quedes en cueros, coño! ¿No se te caía la baba antes mirándome? Pues yo también tengo derecho a ver lo que tienes por ahí… para que empecemos a entendernos”. Esta andanada impactó a Jacinto, que pensaba que las pretensiones del  sujeto irían por otros derroteros. Pero el asunto se ponía en un terreno escabroso en el que era propenso a resbalar ¡Si lo sabría él ya de sobra! No obstante, sin dejarse llevar todavía del todo por su inclinación a la docilidad, intentó driblar la orden. “Si no vale la pena… Tan viejo y gordo como soy poca cosa hay que enseñar”. “¡Pareces sordo, joder! Yo soy quien dice lo que quiero o lo que no quiero… Y si digo que te quedes en pelotas, lo haces y en paz ¿Lo has entendido?”, bramó el hombre con impostada exageración. “¡Bueno, bueno! Tú mandas”, acató Jacinto ¿Qué otra cosa podía hacer en una situación a la que él mismo se había arriesgado? Valga cualquier cosa para conseguir que el extorsionador acabe teniendo su merecido…

A Jacinto no le abochornó demasiado ir quitándose toda la ropa, aunque el hombre lo miraba con fijeza, seguramente con la idea de avergonzarlo. Pero a aquél no le venía de nuevo algo así y ni siquiera titubeó al despojarse de lo último que le quedaba: los calzoncillos. Había ido dejándolo todo sobre el camastro y sí que se sorprendió cuando el hombre lo recogió apiñándolo, abrió el armario y lo metió dentro, cerrando la puerta ahora con llave, que se guardó. “Ya te la devolveré si te portas bien”, le dijo. Inmediatamente sin embargo volvió su atención al Jacinto desnudo. Despectivo comentó: “Pues vas a tener razón… Hay poco que aprovechar”. Fue rodeándolo mientras decía: “Pero del cerdo se aprovecha todo y algún partido sacaré de ti”. Para ponerlo en práctica, puso los brazos en jarra y ordenó a Jacinto: “¡Arrodíllate aquí delante!”. “¿En el suelo?”, preguntó Jacinto desconcertado. “¡No, te pondré un reclinatorio! ¿Te lo tengo que decir todo dos veces?”.

Hecho callar así, Jacinto se dejó caer sobre las rodillas sintiendo la rugosidad del pavimento. “Ahora quiero que hagas al revés de lo que hiciste cuando me guardaste la polla antes de salir del meadero”. Jacinto no osó pedir ninguna aclaración y confió en acertar. Soltó el cinturón, bajó la cremallera y tanteó en la cintura de los calzoncillos. Hurgó en busca de la polla, la asió con dos dedos y la fue sacando al exterior. El hombre lo increpó. “Te tiemblan tanto las manos que parece que me estás ya haciendo una paja”. “¡Perdón!”, le salió a Jacinto. Estiró de la verga que, aun blanda, le pesaba en la mano. “¡También tengo cojones, eh!”, soltó el otro. Jacinto bajó más la ropa y palpó dos buenas piezas que sacó al exterior. El hombre se sacó la camiseta por la cabeza y su torso ancho y velludo apabulló a Jacinto. “Te gusto así ¿eh?”. “¡Sí, cómo no! ¿Qué quieres que haga?”, dijo Jacinto entregado, aunque le estaban doliendo las rodillas. “Para que disfrutes, sigue quitándomelo todo… y empieza por los pies”. Jacinto se inclinó y sacó las zapatillas deportivas. Luego fue bajando juntos pantalones y calzoncillos, pero al llegar abajo su torpeza hizo que el hombre estuviera a punto de perder el equilibrio. “¡Cuidado, coño! Que vas a hacer que me caiga”.

Entonces tiró de un taburete que puso entre el armario y Jacinto arrodillado, y se sentó. “¡Acaba ahora!”. Jacinto le quitó ya todo y, apoyando el culo en los talones, quedó a la espera. El hombre estiró una pierna y le metió el pie entre los muslos dando pataditas en la entrepierna. Jacinto acusaba cada golpe con un respingo. Luego el otro se echó hacia atrás con la espalda contra el armario y fue subiendo el pie por la delantera de Jacinto hasta tocarle la barbilla. “Me lo vas a chupar”. Jacinto habría preferido chupar otra cosa, a la que estaba más acostumbrado, pero dócilmente alzó el pie con las dos manos ante su cara. Hizo un esfuerzo para sacar la lengua y pasarla entre los dedos. “¡Métetelos!”. Jacinto abrió la boca y tuvo que controlar las arcadas al ir chupándolos. Estuvo a punto de caer hacia atrás cuando bruscamente el hombre sacó el pie y lo empujó con la planta en el pecho. “¡Que me haces cosquillas, hostias!”.

El hombre pasaba fácilmente de la ira a la generosidad. Ahora separó las piernas y dijo: “¡Acércate, putilla! A ver si sabes comerme todo esto”. Se manoseó el paquete mientras Jacinto se ponía a cuatro patas y acercaba la cara a la entrepierna. Aunque pensó que eso ya era otra cosa, prefirió no obstante ser precavido. “¿Puedo?”, preguntó levantando la vista hacia la cara del otro. Recibió un nuevo exabrupto. “¡Otra vez te lo tengo que repetir! ¿No te gusta más esto que mi pie?”. Jacinto bajó la cabeza y procuró ya esmerarse. Primero levantó la polla y lamió los huevos, sintiendo la aspereza de los pelos en su lengua. Más confiado se llevó la polla a la boca y la absorbió. Aun flácida, la sentía gruesa y nervuda, con un capullo porrudo que le llegó al fondo del paladar. “Tendré que cerrar los ojos para que se me ponga dura, porque verte me da grima”, oyó Jacinto, que se tomó la mamada como un reto. Había adquirido práctica y lo demostró, logrando una hinchazón cada vez más firme. Para desconcierto de Jacinto, que le estaba tomando gusto a sus chupadas, fue apartado con la brusquedad habitual. “¡Para, marrano! Mi leche no es para tu boca”.

El hombre se levantó con la verga bien tiesa, a pesar de su desprecio a las habilidades de Jacinto, y fue a abrir el armario, procurando ocultar su contenido. Buscó algo, sacó una bolsa y volvió a cerrar con llave. Jacinto seguía arrodillado en espera de órdenes, que fueron: “¡Levántate ya! Así no me sirves ya”. Entumecido y dolorido, tuvo que apoyarse en el taburete para ponerse de pie. Ni siquiera se atrevió a frotarse las rodillas, que tenía enrojecidas y sucias. Estas cuitas le hicieron pasar por alto que, a consecuencia de la mamada, se había empalmado, y aún le duraba. Pero el otro lo captó al instante y soltó una risotada. “¡Joder, qué vicio tienes!”. Lo cual dio pie para que le mostrara la bolsa. “Aquí tengo unos juguetitos que alguien se dejó… A ver si también te ponen cachondo”. Previamente tomó un cordel. “Trae esas manos, que no quiero que intentes quitártelos”. Jacinto tendió las manos, que quedaron atadas por las muñecas. “Ahora póntelas encima de la cabeza y quédate quieto”. El hombre buscó en la bolsa y sacó un par de pinzas de las que colgaban sendas bolitas. Fue enganchándolas a los pezones de Jacinto. Éste no recordaba si ya le habían hecho algo así, pero le dolía como si hubiera sido la primera vez. Se contrajo con un ahogado sollozo. “Pues al que se las dejó aquí le encantaban”, comentó el hombre que, para colmo se puso a menear las bolitas. “Te pareces a esas tías que al bailar hacen volantines con las tetas”. Jacinto aguantó deseando que no siguiera con el tema. Pero el otro rebuscó en la bolsa y extrajo un objeto rosado. Se trataba de un juguete alargado, evidentemente anal, de plástico flexible. Lo formaba una sucesión de bolas de tamaño decreciente y con la más gruesa  unida a un aro. “¡Mira! Así podré ponerle rabo al cerdo”, dijo el hombre mostrándoselo. Jacinto habría preferido que el rabo fuera ya la verga de su captor, con lo que estaba más habituado. En cualquier caso siguió las instrucciones de bajar las manos de la cabeza y apoyarse con los codos sobre el camastro y los colgantes tirándole de los pezones. Dejo el culo en pompa y el hombre, con más divertimento que agresividad, le introdujo el adminículo, cuyas bolas iban siendo absorbidas de una en una. A medida que eran de mayor volumen Jacinto sentía el aumento de la presión y cómo aquello le llegaba más adentro. Pero cosas más raras que ese juguete le habían metido por el culo… “¡Vaya tragaderas tienes, tío! Si aún se queda esto corto”, comentó el hombre, que tuvo que enganchar el aro final con un dedo para que no se metiera también. Luego se dedicó a sacar y meter el juguete cada vez con mayor rapidez. Y esto ya impactaba más en el interior de Jacinto, hasta que aquél se detuvo y dejó el juguete a medias para que quedara como un rabo. “¡Un cerdo la mar de sexy! Lástima no tener una manzana para ponértela en la boca”, se burló, “Te deberías ver”.

El hombre se quedó entonces pensativo. “¿Sabes que me has llegado a poner cachondo?”, soltó. Sin poder controlarse, a Jacinto se le escapó: “¿Me follarás ahora?”. Sonó a una insólita petición, dada su situación, que provocó el regocijo de aquél. “¡Eres la hostia! Vicioso hasta el final ¿eh?...Pues te voy a dar el gusto”. Añadió algo que en ese momento no llamó la atención de Jacinto. “Pero eso va a ser ya fuera de programa… Sigue como estás y espera”. Jacinto no podía ver lo que hizo el hombre. Solo oyó que abría el armario y después algunos sonidos que no identificaba. Tras cerrarse el mueble, El hombre ya volvió detrás de Jacinto. De un tirón le sacó el juguete y lo sustituyó por la verga endurecida. Jacinto se estremeció, casi agradeciendo estar por fin en terreno conocido.

La follada estaba siendo intensa cuando se empezó a oír, con un tono metálico: “Aquí vas a pasar calor. De modo que más vale que te desnudes”…“¿Cómo dices?”…“¡Que te quedes en cueros, coño!”…. Jacinto reconoció las voces de ambos y le subió un calor más intenso que el de la enculada ¡Lo había estado grabando desde el principio! Se debatió tratando de averiguar de dónde salía aquello. Pero el hombre lo sujetaba con fuerza, que no relajó hasta que se hubo corrido. Se apartó de Jacinto, que pudo ya alzarse y mirar de frente. Lo que se encontró fue aún más terrible. El sonido provenía del televisor que reproducía también las imágenes todo lo que había pasado allí dentro. Sin poder pronunciar palabra, cayó sentado en el camastro a punto de marearse. Pero el hombre estaba dispuesto a informarle con un malévolo recochineo. “Mira encima de la puerta”. De momento Jacinto solo vio una repisa con varias cajas de cartón. Pero aguzando la vista, pudo distinguir camuflada entre ellas una diminuta cámara. “De último modelo y alta definición”, explicó con orgullo el hombre, mientras el televisor seguía trasmitiendo todo lo grabado. Además abrió la puerta del armario y, ahora sí, dejó que Jacinto viera un ordenador portátil. “Por si acaso, todo ha ido quedando guardado en la nube”, precisó cerrando de nuevo el armario con llave. Jacinto ignoraba qué era eso de la nube, pero no podía tratarse de algo bueno para él desde luego.

En su confusión mental, intentó ver como positivo el hecho de que ahora supiera que aquel individuo era mucho más que un extorsionador  de urinarios. También debía chantajear a sus presas con este sistema. Con un voluntarismo digno de mejor causa, quiso quitarse importancia a sí mismo. “¿Qué uso podrías hacer de todo esto con un tipo como yo?”, preguntó con fingida clama. El hombre estalló en risas. “¿Te crees que no te calé desde el primer momento? Bujarrón, pero madero de la vieja escuela. Si solo te faltaba ir por ahí con una lupa en la mano… Aunque ya ves que no te ha servido ni para ver la cámara y mucho menos para descubrir de qué iba la fiesta. Pero esto te pasa por mezclar el trabajo con el vicio”.

A Jacinto se le cayó definitivamente el alma a los pies ¿De qué le podrían servir sus descubrimientos si el descubierto era él? No obstante trató de evidenciar lo que le parecieron puntos débiles de la situación. “A ti también se te ve perfectamente en la grabación…”. “¿Ves que eres un antiguo?”, replicó el hombre con sorna, “Del vídeo completo se pueden extraer perlas concretas y preciosas de tus actuaciones. Y si me interesa mostrar cómo me trabajas, no tengo más que pixelarme a conveniencia, si sabes lo que es eso, e incluso distorsionar mi voz… Todo para que tú seas el protagonista absoluto”. “¿Qué quieres de mí entonces?”, preguntó Jacinto con voz temblona. “No me puedo creer que seas tan duro de entendederas… Tú no me has encontrado ni sabes que esto exista. Supongo que preferirás reconocer un fracaso en tus pesquisas a que vayan difundiéndose tus actividades y, en particular, que le lleguen a tus superiores y colegas”. Jacinto quedó cabizbajo, consciente de que no tenía más salida que plegarse al chantaje. Preocupado también por su situación actual, hizo un esfuerzo para preguntar: “¿Y ahora qué voy a hacer?”. La respuesta fue rápida. “Creo que me puedo fiar de ti. Así que te devuelvo tu ropa y te largas a celebrar tu éxito”.

Pero Jacinto era mucho Jacinto y de pronto le vino una idea apoyada en la máxima ‘de perdidos al rio’. Con tono suplicante soltó: “¿No podría ver antes la grabación completa?”. La reacción del hombre pasó de la estupefacción al sarcasmo. “¡Eres único, tío! Te mereces que te dé gusto… Te dejaré aquí bien encerrado y, mientras disfrutas de tus guarradas, el que se va a tomar unas copas seré yo. Ya volveré para soltarte”. Dicho esto se vistió y abrió el armario. Maniobró en el portátil explicando: “En un par de minutos lo verás desde el principio en el televisor”. Se cuidó de dejar cerrado con llave el armario. “Tú no tienes que tocar nada… Y recuerda que ahí dentro está tu ropa”. Antes de salir del cuarto, dijo con recochineo: “¡Que lo disfrutes!”. Mientras Jacinto, sentado en camastro, se disponía a ver el vídeo, oyó abrirse y cerrarse la puerta metálica que daba al exterior.

Al quedarse solo, lo más inmediato de lo que tomó conciencia Jacinto fue que seguía maniatado y con las pinzas quemándole en las tetas. Intentó soltarse las manos hasta con los dientes, pero no lo logró. Y temió más tirar de las pinzas que dejarlas ahí. Resignado, trató de pensar en cómo iba a poder capear su estrepitoso fracaso en la misión profesional. Ahora que volvían a tener más confianza en él… Pero no estaba su mente despejada para complicarla con esas cuitas y decidió dejarlo para otro momento. Porque además su mirada fue a dar con su propia imagen desnudándose en el televisor y, ya que voluntariamente había aceptado prolongar su encierro con esa idea, prefirió dedicar toda su atención a lo que aquél mostraba. A medida que se iba viendo postrado ante el hombre y haciendo todo lo que éste le mandaba, en lugar de sentir vergüenza, le fue invadiendo un morboso regusto que desplazaba cualquier otra preocupación. Reconocerse allí le estaba llegando a excitar, hasta el punto de que sus manos atadas se desplazaron a la polla para entregarse a una imperiosa masturbación. Incluso le supo mal que el hombre, para darle mayor efectismo a su revelación, hubiera cortado la grabación antes de darle por el culo. Le habría gustado verlo también.