miércoles, 3 de febrero de 2016

Una peli porno


En este relato hago el experimento de adaptar, de forma más o menos libre, una película (Grandpa's Toy Bear) que me resulta tremendamente excitante, al estar protagonizada por un actor que va ganando en su madurez y que se entrega, con gran morbo y realismo, a dos individuos, que le hacen, y él les hace a ellos, de todo… Para pasarla a texto recurro una vez más a ese amigo imaginario, o no tanto, también maduro, robusto y velludo, que he implicado, como paradigma de una sexualidad desinhibida y explosiva, en muchas aventuras… Veremos cómo resulta:

Añadir en mi perfil del chat un par de fotos de mi amigo tuvo sus consecuencias. Eran  de desnudos, aunque discretas, pero lo suficiente para dar una idea de sus apetitosas formas. Una pareja de hombres mayores contactó conmigo, más interesados en mi amigo que en mí. Tampoco es que fueran de mi tipo, por  demasiado delgados para mi gusto. Pero en algunas fotos exhibían unas pollas largas y nervudas. Me hacían preguntas sobre mi amigo y nos enzarzamos en un chat de lo más provocativo a su costa: “¿Está tan bueno como parece?”. “Si os van gordos y viciosos, lo tiene todo”. “¿Le gustaríamos nosotros?”. “Con esas pollas que tenéis, seguro que sí”. “Así que traga…”. “Si le metéis mano con decisión, hace lo que queráis”. “¡Joder! Ya nos gustaría estar con él...”. Yo tenía también mis preguntas, porque me parecían mayores para esas pollas tan firmes: “¿Se os siguen poniendo así de duras las pollas?”. “¡Claro que sí! Tomamos una cosa que nos la deja tiesas durante horas”. “Como en las pelis porno…”. “Alguna hemos hecho ya”. Esto me dio un morbo tremendo y dije: “Pues a mi amigo le haría gracia que lo filmara”. “¿Tú sabes de eso?”. “Tengo una buena cámara y me defiendo con vídeos domésticos”.  “¡Qué bien nos lo pones! Los dos con tu amigo… ¿Pero él querrá sin conocernos?”. “Le gustan las sorpresas y, cuando sepa que os voy a grabar, se os entregará por completo”. “A ver si quedamos pronto, que ya estamos negros solo de pensarlo”. “Dejadlo de mi cuenta y os avisaré”.

En cuanto vi a mi amigo, lo preparé: “Hay dos tíos que quieren follar contigo…”. “¿Así, por las buenas?”. “Han visto alguna foto tuya y les vas mucho… Tienen unas pollas que te encantarán”. “Ya sabes que me ponen los encuentros a ciegas”. “Además han hecho algunas pelis porno y yo podría gravaros…”. “¡Qué fuerte!…Pero todo real ¿no?”. “Por supuesto. Tienen experiencia y ganas…”. “Pues diles que vengan”. “Sabía que te apuntarías”. “¿Tan golfo me crees?”. “Eso y más…”.

Sugerí a la pareja que acudieran trajeados y con corbata, para que el contraste que tenía previsto para el encuentro inicial fuera mayor. Yo los recibiría y les iría preguntando cosas al tiempo que iba filmando. Mientras mi amigo, ya preparado, los escucharía oculto para irse enterando del cariz de la charla y, en su momento, se harían las presentaciones. Confié en la experiencia de la pareja y en la espontaneidad de mi amigo.

Llegaron los dos convocados, cuya vestimenta oscura y elegante acentuaba su delgadez. En cuanto los enfoqué con la cámara iniciaron la representación. Venían como si no supieran para qué se les había citado: “Nos han avisado de que aquí hay algo para nosotros”, dijo uno dirigiéndose a mí. “Al parecer se trata de un juguete…”, añadió el otro. “¿No sabéis qué clase de juguete?”, pregunté yo. “Se supone que es bastante voluminoso…” contestó uno en tono burlón. “¿Tenéis ganas de jugar con él?”, volví a preguntar. “Para eso hemos venido ¿no?”. “¿Traéis las armas preparadas?”. “¡Por supuesto! ¿Quieres comprobarlo?”. “Yo bastante tengo con que no me tiemble la cámara…”. “¿A qué esperamos entonces?”. “¡El juguete ya viene!”, declaré yo.

Era la contraseña para que mi amigo se mostrara. Y apareció haciendo honor a su desvergüenza. Completamente desnudo, su condición de juguete erótico se limitaba a una corbata negra de pajarita ceñida al cuello por una cinta. Aunque le sugerí que procurara no empalmarse por adelantado, oír nuestra conversación le había animado algo la polla. Desde luego, a efectos de imagen quedaba de impacto. La sorpresa de los dos hombres no fue fingida, ya que no se esperaban una presentación como aquélla. “¡Joder, qué tío!”. “Las fotos no engañaban”. Eran sus cometarios espontáneos. Pero enseguida asumieron su papel e interpelaron a mi amigo, que sonreía procaz. “Con que tú eres el juguete”. “Con muy poca vergüenza, por lo visto”. Mi amigo llevó las manos a la pajarita. “Me he vestido de gala para vosotros”. “¿Y ese otro pájaro que enseñas?”. Mi amigo miró hacia abajo, como si él mismo se sorprendiera. “Ya veis. Se pone contento de veros ¿Os gusta?”. Uno de ellos le tendió un paquete alargado atado con una  brillante cinta roja. “Te hemos traído un regalito”. Mi amigo lo tomó contento y, tras deshacer el lazo, se colgó la cinta del cuello. El paquete contenía un consolador que imitaba un pepino de buen tamaño. “¡Oh, me encanta!”, exclamó mi amigo recorriéndolo con la mano. A continuación se puso a chuparlo con lascivia. “¡Cómo conocéis mis gustos!”. “¿Te crees que es de chocolate?”, rieron ellos. “¿Ah, no se come? Entonces será para esto”. Mi amigo empezó a pasárselo por la entrepierna. Lo juntaba a su polla y lo pasaba hacia atrás. Se giró hacia la cámara, mostrando por primera vez el orondo culo. Pasaba el pepino por la raja y llegó a meterse la punta. Con aspavientos y gemidos, se apoyó en una mesa y lo llevó hacia atrás para apretar mejor. El pepino entraba y salía con ritmo intensivo, y las expresiones de placer de mi amigo crecían. Desde luego quedaba de lo más cinematográfico y no escatimé primeros planos de la penetración. “A ver si vamos a estar de más…”, comentó burlón uno de los hombres. Pero mi amigo le replicó. “Esto es para dilatar, que me han dicho que las tenéis muy grandes”.

Corté la filmación para que la pareja se desnudara. Mi amigo entabló con ellos una amena conversación mientras se la iba meneando con la naturalidad que lo caracteriza. “Así que vosotros sois los que habéis dicho a mi colega que me queréis follar… Espero que valga la pena”, decía con curiosidad ante lo que iba sacando a la vista la pareja. Eran realmente bastante mayores y altos. Uno, de cuerpo fibroso, algo velludo y cabello canoso, tenía un rostro amable. El otro, enjuto, lampiño y calvo total, parecía un sátiro. Pero ambos, sobre todo el segundo, disponían de unos badajos considerables que les oscilaban entre los muslos. Casi me dio vértigo imaginar cómo serían cuando llegaran a estar erectos. Mi amigo debió pensar lo mismo, aunque con lasciva complacencia.

Una vez despelotados se le acercaron. “¿Empezamos tocar?”, preguntaron listos para la filmación. Mi amigo había puesto ya los brazos en alto y separado un poco las piernas. “¡Claro que sí! Soy todo vuestro” los invitó. Con morbosidad, y bien expuestos a la cámara,  lo palpaban y sobaban, arrancando a mi amigo murmullos de placer. Iban comentando: “Buenas tetas”, “Barrigón y peludo”, “Qué dura se te pone”, “A ver ese culo”. Mi amigo se dio la vuelta y puso el culo en pompa. “Os está esperando”. Pero antes iban a tener un morboso precalentamiento, para el que empujaron a mi amigo hasta hacerlo caer sobre el confortable sofá que había en medio de la sala. El canoso se agachó primero para chupársela a mi amigo, quien frotó la verga del calvo, de pie a su lado, y que se puso ya descomunal. Ambos se turnaron a continuación para morrearlo intensamente, con aparatosos juegos de lenguas, mientras las manos de mi amigo iban estimulándoles las pollas. Éstas pronto se alzaron buscando su boca y él las fue chupando con deleite. Ponía especial empeño en la larga y tiesa verga del calvo. La frotaba a dos manos y la sorbía en todo lo que le cabía en la boca. El canoso, mientras, se la mamaba a mi amigo.

Éste, de pronto, ya con la fogosidad a tope, se levantó y, arrodillándose en el sofá, volcó el cuerpo sobre el respaldo. Separó las rodillas y llevó las manos a las nalgas estirándolas hacia los lados, con los huevos y la polla colgantes entre los muslos. El ojete parecía una boca sedienta y el calvo se agachó para darle profundas lamidas. Mi amigo seguía estirando las nalgas y gemía de gusto.  Cuando el calvo se puso de pie,  apuntó la enorme verga y la fue metiendo poco a poco. La lisura de su vientre permitía ver cómo llegaba a tope y enseguida empezó a bombear rítmicamente. Su flaco cuerpo se cimbreaba en el mete y saca, y alardeaba de su potencia cruzando las manos a la espalda. Yo alternaba esta toma con las de mi amigo que, agarrado al cojín del respaldo y agitando la cabeza, gimoteaba y a la vez alentaba las embestidas. El calvo llegó a trepar ágilmente sobre el sofá y continuó la follada desde arriba, con lo que las penetraciones se hacían más profundas e incrementaban las exclamaciones de mi amigo, cuyos brazos colgaban tras el sofá.

Se tomaron un respiro, aunque el calvo no daba la menor muestra de agotamiento. Antes bien se echó bocarriba sobre una alargada banqueta, con la verga tan tiesa como al principio. Mi amigo no resistió la tentación de sentase encima e ir saltando con la verga bien metida. Por su parte el canoso le entró al calvo por la cabeza y le clavó la polla en la boca para follarla. Mi amigo dándose gusto ansiosamente con la verga en el culo y el calvo mamando al canoso, formaban una estampa de lo más lujuriosa.

Ninguno de los tres daba muestras de cansancio, así que les propuse cambiar al dormitorio. Enseguida el calvo, en plan dominante, se tumbó bocarriba y exhibió la turgencia de su verga. Mi amigo se dejó llevar por el reclamo y, tendido a su lado, se puso a frotarla y chuparla con una lascivia espectacular mientras el calvo, de costado, removía la pelvis incitándolo. Luego mi amigo se elevó sobre las rodillas y se echó hacia delante para proseguir la mamada. Esta postura fue aprovechada por el canoso para atacarlo por detrás sin previo aviso. Mi amigo, enardecido, intensificó el chupeteo al tiempo que removía el orondo culo para gozar de la follada. Frenético, empezó a exclamar: “¡Dámela, dámela!”. No se sabía si se refería a la leche del calvo o a la del canoso. En cualquier caso fue este último el que dio síntomas de estar pegándole una intensa descarga. Cuando sacó la polla, la lefa rebosaba del ojete de mi amigo y le resbalaba por los huevos.

Antes de que mi amigo llegara a reaccionar, el calvo tiró de él para hacerlo quedar de lado. Utilizaba la leche del canoso a modo de lubricante e introducía los dedos con una fuerte frotación. Mi amigo gemía, pero se aprestaba a un nuevo ataque. La verga, que en ningún momento había perdido su dureza, le entró limpiamente. La flexibilidad que el delgado cuerpo del calvo le permitía dotaba a la follada de una vistosa variedad. Las carnosas formas de mi amigo, que mantenía con esfuerzo levantada una pierna, eran sacudidas por las arremetidas del calvo. Si era éste el que le sujetaba la pierna y se metía casi debajo, las manos de mi amigo pasaban de sobarse la polla a pellizcarse los pezones con febriles aspavientos. Cuando parecía que mi amigo daba síntomas de sofocación por lo retorcido de las posturas, su excitación pudo más y, en un impulso alocado, se apoyó sobre las rodillas y enrolló una almohada bajo su barriga. El calvo no se inmutó con el cambio y reanudó la jodienda ahora desde atrás. Se agitaba como una culebra y se agarraba a la cabeza o a los hombros de mi amigo, que clamaba de dolorido placer. Los tortazos que el calvo se puso a darle en la culata lo llevaron ya al paroxismo. “¡Córrete!”, imploraba. Pero el calvo aún quería rizar el rizo. Manejando a mi amigo como a un fardo, lo hizo quedar bocarriba de través sobre la cama con la cabeza casi colgando en el borde. Él se puso de pie y se entregó a una masturbación frenética sobre la cara de mi amigo, que le asía por los flacos muslos. La leche empezó a brotar y a dispersarse por labios, nariz y ojos. Mi amigo se fue enderezando poco a poco, alucinado y medio cegado. El fuerte resoplido que lanzó hizo que salpicaran gotas de leche.

Interrumpí la grabación para que mi amigo pudiera limpiarse la cara. “¡Qué pasada!”, fue su único comentario. Quedó despanzurrado sobre la cama, flanqueado por los otros dos. No tardó en empezar a sobarse la polla para volver a endurecerla. Pero el canoso le apartó la mano y se puso a chupársela y lamerle los huevos, mientras el calvo se dedicaba a pellizcarle los pezones. Mi amigo gemía de nuevo en su deseo de desfogarse por fin. Le urgía ya tanto que desplazó al canoso para meneársela él mismo. Cuando la leche fue brotando a borbotones, el canoso arrimó la lengua para lamerla.

Mi última toma fue la de la cara sonriente y satisfecha de mi amigo. Sin embargo, increíblemente, al calvo se le estaba poniendo tiesa la verga otra vez. Pero mi amigo la miró ahora con distanciamiento. Se daba por servido, y bien servido. De modo que salió de la cama en busca de una imprescindible ducha. Me fui con él y allá dejamos al insaciable calvo follándose a su compañero. “¿Cómo te ha quedado el culo?”, pregunté socarrón a mi amigo. Pero él, enjabonándoselo, exclamó radiante: “¡Qué peliculón habrá salido ¿no?!”.

jueves, 21 de enero de 2016

Viajando al norte


Tenía previsto un viaje a un país nórdico, en el que pretendía mezclar trabajo y placer. Un amigo muy cosmopolita, que hacía poco había estado allí, me hizo una sugerencia. “Déjate de hoteles y haz como yo, que me alojé en una casa particular que encontré por internet, para convivir con sus dueños e integrarme en sus costumbres”. A esto último le dio una entonación que no dejó de picarme la curiosidad. Él mismo me ayudó a buscar la web con la que había contactado. Vi las fotos de un loft muy bonito y otra de los dueños, un matrimonio de mediana edad típicamente nórdico, ambos robustos y rubicundos, de nombres Erik y Helka. Me llamó la atención que, aunque la foto era de cara, aparecían con los hombros desnudos. No obstante, objeté que eso de que fuera un matrimonio no me hacía demasiada gracia. Pero mi amigo insistió. “No te imaginas las sorpresas que te vas a llevar… Tú hazme caso y no me pidas más detalles”. Para convencerme añadió: “Ahora mismo voy a mandarles un mensaje hablándoles de ti… No te arrepentirás”. Ya no me fijé demasiado en las explicaciones que acompañaban la oferta, porque además la traducción era deficiente, y me decidí a mandar mis datos personales con una foto. Al poco tiempo recibí la confirmación, en que también acusaban recibo de la recomendación de mi amigo. Así pues me lancé a la aventura, intrigado por las sorpresas anunciadas.

Tomé un taxi en el aeropuerto que me llevó a la dirección de mis anfitriones. La primera sorpresa fue que me abriera la puerta una mujer en cueros vivos. “¿Helka?”, pregunté. Asintió sonriente, me hizo pasar, me besó efusiva y, en nuestra conversación en inglés, empecé a hacerme cargo de las peculiaridades que me aguardaban. Resultó que se trataba de una familia que practicaba el nudismo y esperaba que quien hospedara se adhiriera a esa costumbre. Fingí estar al tanto de la situación y me mostré dispuesto a cumplir las normas en cuanto me indicara dónde dejar mi equipaje y mi ropa. Helka, que era algo llenita, tetuda y de piel tersa, empezó a enseñarme la vivienda y pude hacerme una idea de cómo iba a ser la convivencia en ella. Era un loft amplio y diáfano, que constaba de un absoluto ambiente único. Hasta las piezas del baño estaban a la vista casi todas, con un confortable jacuzzi. La zona de dormir estaba formada por dos camas bastante amplias y situadas a distinto nivel, sin demasiada concesión a la intimidad. En la sección de vestidor se me indicó el armario donde podía colocar mis cosas. Ya no tenía excusa, ni falta que me hacía, para no ponerme a tono con las costumbres familiares. Así que me desnudé por completo y me dirigí hacia el espacio de cocina, donde estaba ahora Helka. Me miró de arriba abajo sonriente y comentó: “Creo que eres el tipo de huésped que nos gusta. Le causarás muy buena impresión a Erik y a nuestros amigos”. Me pareció muy bien que quisieran integrarme en su vida social.

Helka me ofreció beber algo y me invitó a sentarme en uno de los cómodos sofás. Ella ocupó otro enfrente del mío, sin el menor reparo en lucir el coño entre un pelambre rojizo. Me informó de que vivían en un estilo muy libre, del que solo era una muestra su afición por el nudismo. Le quise dejar claro que yo me adaptaba a todo y no tenía tabúes. No hubo tiempo para entrar en más detalles, porque se abrió la puerta y apreció el que debía ser Erik. Lógicamente iba vestido de calle y bastante abrigado, más alto y voluminoso que yo. En cuanto me vio se fue hacia mí, que me puse de pie. Abrazó con energía mi cuerpo desnudo y me dio un par de besos. “¡Cuánto me alegro de que hayas venido! …Enseguida estoy con vosotros”. Se fue rápido a la zona de vestidor y, en un periquete, volvió completamente desnudo también. Era un hombretón tipo vikingo, con abundante vello dorado y una poblada barba. Pude observar que la entrepierna, algo más oscurecida, estaba muy bien equipada. La esposa ya le había preparado su bebida y se sentaron juntos en el sofá frente a mí. Erik pasó un brazo por los hombros de Helka y la atrajo cariñosamente. Ella posó una mano en el robusto muslo de Erik. Éste me miró ahora con más detenimiento. Yo por supuesto se lo facilitaba, relajado con las piernas separadas para demostrar que era de los suyos. Y parecía que también le causaba buena impresión. Aunque de momento todo parecía muy ortodoxo. Salvo el nudismo, claro.

Helka dijo: “Antes de la cena nos gusta estar un rato en el jacuzzi ¿Querrías acompañarnos?”. No me iba a negar y los tres nos metimos en él, con su agua borbotante y buena temperatura. En el jacuzzi podían caber tres o cuatro personas pero no dejaban de producirse roces de piernas dejadas mecer por las corrientes. Llegué a notar más de un tanteo de pies por mi polla y mis huevos. Dada la mayor longitud de sus extremidades, no me cupo duda de que eran los de Erik, lo cual me provocó una agradable erección. Entre tanto Helka, que era la más parlanchina, decía: “Nuestro común amigo nos ha hablado muy bien de ti ¿Verdad, cariño?”. Erik asintió con una pícara sonrisa. “Suponemos que él también te habrá hablado de nosotros…”. Lo dijo con un tono que, pese a que contesté “¡Claro, claro!” haciéndome el enterado, aumentó mis dudas sobre el terreno que pisaba. Cuando se dio por terminado el remojón, me demoré un poco en salir para que mi polla no diera demasiado la nota. Pero quedé desconcertado cuando, al ponerse Erik de pie, lucía con toda naturalidad una erección gloriosa. Ya me preocupé menos por mi propio aspecto, aunque me preguntaba si habría sido yo el motivo de tanta alegría.

Una vez secados nos dispusimos a cenar y me alegré de que no fueran vegetarianos. Erik y Helka se repartieron las tareas entre la cocina y la mesa. Mientras comíamos me contaron que Erik era marino mercante, ya retirado, y Helka hacía un teletrabajo comercial desde casa. “Lo demás ya lo debes conocer…”, añadió Helka risueña. Pasamos luego a los sofás y me ofrecieron un reconfortante licor. Mientras Helka recogía por la cocina, Erik se sentó a mi lado, provisto de un plano de la ciudad, para orientarme en mis primeros pasos. Pero se arrimaba tanto que el roce de su muslo velludo con el mío hacía que me costara trabajo seguir sus instrucciones. Debió darse cuenta de mi inquietud porque, de pronto, su mano pasó del plano a la parte alta de mi muslo; me la presionó y me dio unos golpecitos. A continuación dijo mirándome: “Me gustas mucho ¿sabes?”. Me descolocó el alto tono de voz con que hizo esta declaración, dada la poca intimidad del espacio, aunque no pude menos que contestar: “Tú también me gustas”. A continuación me echó un robusto brazo por los hombros y, estrechándome contra él, me dio un morreo, metiéndome a fondo una lengua gruesa y mojada. En ese momento se nos acercó Helka sin dar la menor muestra de asombro. Yo, sin embargo, hice un movimiento instintivo de apartarme, pero ella dijo sonriente: “¡Tranquilo, que no me asusto!”. Ante mi expresión de desconcierto, se sentó frente a nosotros. “Parece que nuestro amigo español no te ha contado todo sobre nosotros… Somos una pareja muy libre en lo sexual… Erik, en su madurez, se ha aficionado a los hombres como él y me gusta que disfrute con ellos… Ya conocerás al amigo que tiene ahora. Seguro que te  gustará”. Hizo un mohín divertido, como si le ruborizara lo que iba a declarar a continuación. “Yo me entiendo con una chica joven… Mañana vendrán los dos. Los hemos invitado a cenar en tu honor”. Tratando de ponerme en situación, sobrepuse la cortesía al morbo: “Será un placer, desde luego”.

Se mostraron comprensivos con que yo estuviera bastante cansado por el largo viaje y propusieron que nos fuéramos a dormir. La cama que me asignaron no estaba demasiado independizada de la de ellos, pese al original sistema de distintos niveles. Aunque para mí era una novedad pernoctar en la proximidad de un matrimonio, la comodidad de la amplia cama y la tenue luz azulada con que crearon ambiente facilitaron que no tardara en conciliar el sueño. Sin embargo, no sé en qué momento noté un movimiento por mis pies. Miré sorprendido y vislumbré la voluminosa figura de Erik que avanzaba a cuatro patas y apartaba la liviana sábana, que bastaba por la fuerte calefacción. Antes de que me diera tiempo a reaccionar, ya estaba sorbiendo mi polla. Me quedé quieto y me hizo una mamada habilísima que culminó en una corrida deliciosa. Tras tragarlo todo, me susurró: “¡Gracias! Vuelve a dormirte”. Con el mismo sigilo con que había llegado se deslizó hacia su cama y se acostó junto a Helka.

El día siguiente lo tuve muy atareado con mis gestiones, que incluyó un almuerzo de trabajo. Así que hasta avanzada la tarde no pude regresar al loft. En espera de que llegaran los invitados a la cena, agradecí el relax del jacuzzi después de mi ajetreada jornada. Poco tiempo llevábamos los tres en remojo cuando se abrió la puerta y apareció una chica que no tendría muchos más de veinte años. Se acercó con toda naturalidad al jacuzzi y saludó. “Veo que ya estáis haciendo los honores al nuevo huésped… Enseguida me uno a vosotros…, si es que me hacéis un hueco”. Entretanto Helka me informó: “Es Taina. Ahora somos muy amigas ella y yo, como te dije”. Taina reapareció desnuda, con un cuerpo delgado y casi andrógino. Se introdujo entre nosotros, nos besó a Erik y a mí, y dio un intenso morreo a Helka…, para que las cosas estuvieran claras. Al quedar juntas las dos mujeres, Erik se me arrimó y no tuvo el menor reparo en echar mano a mi polla, encantado con el estado en que la encontró. No fui menos y busqué también la suya, que se endureció dentro de mi mano. Estábamos en estos escarceos cuando Helka avisó: “Deberíamos empezar a preparar la cena… Jarkko no tardará en llegar”. Supuse que se trataba del otro amante y me dio morbo pensar  en cómo sería.

Ya salimos del jacuzzi y, al secarnos, se fueron calmando los excesos de las entrepiernas. Pero la puerta volvió a abrirse y entró, con cierta precipitación, el que debía ser el tal Jarkko. “Perdonad que me haya retrasado… Ahora mismo estoy con vosotros”. Como si saludar vestido fuera una falta de educación, corrió a quedarse sin ropa. En el primer repaso visual que pude darle, me causó una excelente impresión. Casi tan robusto como Erik y de vello más oscuro, debía tener unos cincuenta años, y sus atributos eran para alardear. Cuando me besó efusivamente, en nuestras desnudas circunstancias, me estremeció el choque de su verga contra mi polla.

La cena, opípara y regada con generosos vinos, transcurrió en el marco de una corrección absoluta, salvando claro está el estado de adanismo en que todos seguíamos, y casi me ruborizaban las atenciones que tenían conmigo. Desde luego el recién llegado Jarkko no dejaba de mirarme y dirigirse a mí con simpatía, aunque yo no dejara de pensar si estaría escrutando el grado de intimidad que había tenido ya con su amante. En el zenit del ágape, no faltaron los brindis en mi honor, deseándome una muy grata estancia y una amistad perdurable. Se encargó de ello Erik, pero también quiso sumarse Jarkko, ya algo achispado. Lo más curioso del caso era que, al ponerse ambos de pie para sus cariñosos parlamentos y dadas sus tallas, el paquete al completo les quedaba justo por encima del nivel de la mesa. Aunque yo me vi en situación similar cuando me tocó expresar mi agradecimiento.

Se preveía una larga sobremesa de cafés y licores. La sorpresa fue que Helka y Taina excusaron no acompañarnos ya que tenían su abono a la ópera. Helka lo adornó: “Así los hombres estarán a sus anchas… No nos van a echar en falta”. De manera que se emperifollaron con cierta rapidez y se marcharon alegremente. Yo me sentí, a partes iguales, excitado e intimidado al verme a solas con aquellos dos vikingos tan en cueros como yo, aunque de momento la degustación de licores pareció imponerse a cualquier deriva lujuriosa. Pude confirmar el tópico de que los nórdicos son esponjas para esta afición y reconozco que yo tampoco quedé indemne al emularlos. No dejaba de extrañarme, sin embargo, que, en contraste con el deseo que me embargaba de lanzarme a chupar aquellas apetitosas pollas tan a la vista, pareciera que los otros dos se conformaran con las libaciones y risotadas propias de una convencional reunión de hombres solos. Me preguntaba qué había sido del furor de Erik metiéndome mano en cuanto tenía ocasión delante de quien fuera. Porque además Jarkko, cuya relación con Erik había sido aireada con tanta naturalidad por Helka, no tenía menos pinta de salido. A no ser que, tan liberales ellos, quisieran mantener entre sí una apariencia de fidelidad pese a todo.

Entonado como iba, decidí romper el hielo. Aprovechando que Erik había ido a la cocina, me senté en el sofá junto a Jarkko con la excusa de que me explicara la composición de una extraña y fuerte bebida que habíamos catado. Ello propició un rozamiento de muslos muy grato para los dos. Al volver Erik, se quiso sentar a mi otro lado en el no muy amplio sofá, lo que provocó un cómico reajuste de culos y que yo quedara confortablemente emparedado. Expresando una relajante felicidad, levanté los brazos y los pasé por los macizos hombros de los vikingos. Acerté en mi paso al frente, porque los dos a la vez juntaron sus caras a la mía y nos enredamos en un besuqueo a tres, enlazando lenguas e intercambiando salivas. Ya tuve vía libre para poner en práctica el deseo que me venía punzando y me deslicé hasta el suelo para tomar el mando, con las manos y la boca, de las dos pollas que tan alegres se estaban poniendo. Se despatarraban dejándome hacer mientras ellos se fundían sobándose por encima de mi cabeza. No me limitaba a chupar las pollas que iban engordando en mi boca, pues metía la lengua por debajo para lamer los gordos huevos. Hasta les subía una pierna sobre mi hombro y llegaba al ojete. Cuando se dieron por satisfechos por el momento, tiraron de mí  para que me pusiera de pie. Metido entre sus piernas, se inclinaban para chuparme ahora ellos la polla, que tenía tiesa y mojada. Se la pasaban de una boca a otra y a veces las juntaban enredando las lenguas sobre ella. Yo les iba sobando las peludas tetas y estirando los pezones.

Cuando el juego en el sofá no daba más de sí, a Erik se le ocurrió preguntar: “¿Qué os parece si vamos al jacuzzi? Helka lo ha dejado caliente”. No era una mala idea que nos serviría, entre otras cosas, para despejar algo las brumas del alcohol. Mientras nos dirigíamos a él, Erik me tomó de un brazo y me preguntó educadamente si era activo o pasivo. Le indiqué mi preferencia por lo primero. “¡Tranquilo!”, me dijo, “Nosotros hacemos de todo”.

NI que decir tiene que las cálidas aguas burbujeantes estimularon nuestra voluptuosidad. Nos dejábamos arrastrar por los remolinos formando revoltillos de cuerpos. El impulso de una mano bajo mi culo me hacía flotar y mi polla emergente se volvía  objeto de dulces chupadas, cuando no era yo quien impulsaba o chupaba. Como el jacuzzi no era muy profundo, al ponerse alguno de pie, el nivel de agua quedaba rebasado por su polla erecta, que enseguida era atrapada con sobeos y succiones. En este revuelo, de pronto Erik volcó medio cuerpo por fuera del borde redondeado y presentó su culo gordo y peludo. Aunque sentí un intenso deseo de penetrarlo, el morbo de ver antes a Jarkko en acción me llevó a incitar a éste para que procediera. Como estaba tan dispuesto a ello como yo, no dudó en abordar a Erik con la seguridad que les daba la costumbre. Dejándome mecer por los remolinos, contemplé excitado el acoplamiento de aquellos dos hombretones en una sabia combinación de lujuria y delicadeza. Erik gemía con cada embate de Jarkko, que se balanceaba rítmicamente. Noté que iba frenando y se detenía, lo que me hizo pensar que se habría corrido sin aspavientos. Pero en realidad se trataba de ofrecerme el relevo y así lo confirmó Erik: “Ven tú ahora”. Entré con facilidad en el ano que había quedado bien abierto y enseguida aprisionó mi polla con su calidez. “¡Uuummm!”, murmuró Erik complacido, mientras Jarkko sonreía generoso. Pese a que bombeé con mesura, muy pronto sentí que no podría aguantar. Avisé: “¡Estoy ya muy caliente!”. “¡Sigue, sigue!”, me animó Erik. Me corrí bien a gusto y me dejé caer sumergiéndome en el agua. Cuando refloté, ya estaban Jarkko y Erik besándose abrazados. Parecía que no tuvieran la urgencia que yo acababa de aliviar. Pero lo que sucedió fue que Jarkko, de un impulso, se sentó en el borde del jacuzzi con los muslos separados y la polla endurecida. Erik se le fue acercando en un remedo de natación y se la metió en la boca. Ahora la mamada iba a ser definitiva, porque la constancia de Erik la reforzaba Jarkko sujetándole la cabeza. Éste acabó sacudiendo su rotundo cuerpo y dejó libre a Erik, que lamió ya los restos de leche que aún salían del capullo. En fase de recuperación, me acerqué a ellos que me echaron los brazos al cuello como afectuoso descanso.

Ya no me sorprendí demasiado cuando se abrió la puerta. Helka venía sola y se acercó como si tal cosa al jacuzzi. “¿Aún estáis así?”, comentó risueña. “Ya íbamos a salir”, dijo Erik con la misma naturalidad. Mientras nos secábamos, ella no dejó de cumplir el ritual de desnudarse. Al volver explicó: “He llevado a su casa a Taina, porque mañana temprano tiene que coger un avión”. Educadamente le pregunté: “¿Qué tal la ópera?”. “Preciosa, pero seguro que no tan emocionante como la velada que habréis tenido aquí”, contestó divertida.

Mientras tomábamos un reconfortante caldo caliente, se dio por hecho que Jarkko se quedaría a dormir. Vivía algo lejos y no podía coger el coche después de lo que habíamos bebido. Al haber solo dos camas, aunque amplias, Helka me preguntó si tendría inconveniente en que aquél la compartiera conmigo. Por supuesto que me pareció muy bien y Jarkko me lanzó una cálida mirada. Llegó la hora de acostarse y los dos nos metimos en la cama. Jarkko me dio un cariñoso beso de buenas noches y se giró de espaldas. No pude resistirme a acariciar su recia y suavemente velluda espalda, …y algo más abajo. Entonces él buscó mi mano y tiró del brazo para que le ciñera el pecho. Abrazado así a su cuerpo, y con el calor que desprendía, empecé a excitarme de nuevo. Al notar el roce de mi polla endurecida, llevó una mano hacia atrás y la palpó. A continuación estiró una nalga para darme acomodo en su raja. Qué iba a hacer yo sino empujar poco a poco hasta tener la polla firmemente clavada. Removió el culo incitándome a que me activara. Lo follé con ansias renovadas, en silencio los dos, y me corrí por segunda vez aquella noche. Sin embargo, mi capacidad de asombro todavía no se había agotado en esa casa porque, al tiempo en que estábamos en acción, pude percibir nítidamente, y supongo que Jarkko también, que en la otra cama no muy apartada, Erik se estaba follando a Helka ¿Se consolarían así mutuamente de no poder estar haciéndolo con sus respectivos amantes?

Qué más decir de los días en que me aloje aún con ellos que no resulte ya reiterativo. Solo añadir que tuve más encuentros con Erik y Jarkko, juntos o por separado, y sin obstáculos ni ocultación, como imperaba en aquel loft tan peculiar. Si los negocios que sirvieron de excusa para el viaje no resultaron demasiado fructíferos, a quién le importa…

jueves, 14 de enero de 2016

Mi serie de televisión


Sigo una serie de televisión de acción y bastante distraída. Pero un aliciente añadido para mí es un personaje que, sin tener un papel esencial, aparece con frecuencia como guardaespaldas fiel de una pérfida liante. Robusto y siempre elegantemente vestido, al estilo gánster, se muestra devoto de su jefa, con una sonrisa medio perversa medio sensual. En alguna ocasión aparece en mangas de camisa, que lleva arremangadas y permite ver unos brazos fuertes y velludos.

Tras una persecución por los sótanos de un edificio, logra poner a salvo a su jefa y, en una actitud heroica, planta cara a los pistoleros sicarios que tienen el encargo de eliminarlos. Allí está él con su elegante traje siempre bien abrochado, las piernas separadas en actitud desafiante y la pistola ya sin balas. Los pistoleros lo acorralan. Son tres tipos imponentes y de aspecto patibulario. El que lleva la voz cantante dice a los otros: “¿Debemos matarlo ya o se lo llevamos al jefe?”. Se pasa a otra secuencia y en pocos minutos acaba el capítulo.

Aunque evidentemente la pretensión será la de arrancarle por las malas dónde está su jefa, mi imaginación vuela por otros derroteros aún más retorcidos y me monto mi propia película, dándome permiso para cualquier fantasía…

Mi actor aparece en otro sótano suspendido de una tubería por las esposas y con los pies que apenas puede apoyar en el suelo. Lleva la boca tapada por una cinta adhesiva, pero su traje se mantiene impoluto. Con ojos desafiantes mira a los sicarios que lo rodean, ya sin armas. El que manda le dice fanfarrón: “Debes agradecernos el estar aún con vida, pero no sé si te compensará… Son muchas las cuentas que has acumulado con nuestro jefe y se va a querer divertir contigo”. Los sicarios intercambian miradas burlonas y otro interviene. “Es una lástima  que tu jefa se haya gastado tanto en llevarte siempre tan bien vestido… Pero ahora, ahí colgado, no te debe resultar  muy cómodo ¿verdad?”. Es la señal para ponerse a despojarle de su correcta vestimenta. Primero le arrancan lo más accesible: corbata, zapatos y hasta calcetines. Luego, a desgarros e incluso esgrimiendo una temible cizalla, van apedazando chaqueta, chaleco y camisa hasta dejar al desnudo el robusto y velludo torso del que se agita indefenso. También los pantalones son objeto de un encarnizado troceo, que hasta afecta al cinturón. Finalmente los calzoncillos son asimismo desgarrados. El hombre pende ya de lo alto en completa desnudez, con los restos de su ropa desperdigados por el suelo.

(Desde luego me imagino al actor tal como desearía verlo, truculencias aparte. Como en esos recortables que, quitando sucesivas capas, se le va desnudando. Fortachón y con sobrepeso, que se manifiesta en la redondeada barriga, que sustenta unas moldeadas tetas. Brazos y piernas macizos, como su orondo culo. El vello se le distribuye por el cuerpo con simetría y realzando las zonas más eróticas. El sexo, con sus huevos bien cargados y una polla que, aun en reposo, resulta desafiante y promete delicias)

Mi actor queda solo y hace grandes esfuerzos para tratar de liberarse. En su agitación, el cuerpo se le cimbrea y pone en movimiento sus carnosas formas, con la polla golpeando en uno y otro muslo. Todo inútil porque pronto entra en escena otro personaje conocido. Es el gran capo, cuya hegemonía peligraba por la traición de su colaboradora más estrecha. Hombre de unos sesenta años y cabello plateado, casi tan robusto como mi actor, viste con no menos elegancia. Observa en silencio y con sonrisa sardónica al colgado que, pese a su humillante estado, le sostiene la mirada desafiante. Al fin habla el capo mientras se le acerca. “Yo te saqué del arroyo y te hice el hombre que eres. Siempre habías sido mi favorito, por tu fidelidad pero también por otros motivos… Pero no me gusta mezclar el trabajo con las pasiones, así que te respeté ¿No es cierto?”. Ante el obligado silencio de mi actor, continúa: “Sin embargo la lagarta traicionera te sedujo y caíste bajo su dominación, pasando por alto todo lo que me debes”. Casi rozándolo ya, lo toma por el mentón. “¡Mira cómo te ves ahora! No vales nada y mis esbirros te van a torturar luego hasta que confieses dónde se esconde tu jefa…”. De pronto la mano baja del mentón para agarrarle con fuerza el paquete. “Pero antes me gusta tenerte así y ya no tengo ningún motivo para respetarte ¿No es así?”. Aprieta más y desliza la otra mano por el pecho. “¿Por qué no voy a disfrutar de ti, como siempre había deseado, antes de que te conviertan en una piltrafa?”.

El capo se separa y, tomando cierta distancia, empieza a quitarse la ropa con parsimonia. “¡Quién sabe! Si en su momento no hubiese tenido tantos escrúpulos y hubiera hecho lo que ahora voy a hacer contigo, tal vez seguirías siendo un perro fiel para mí”. Provocador, el capo ya ha dejado al descubierto un torso que casi me haría cambiar de preferencias. Tetudo y barrigudo, el vello que lo puebla se adorna de algunas canas. Se descalza antes de dejar caer los pantalones, que se saca apoyándose en una mesa. Queda tan solo con un eslip de un blanco impoluto bajo la desbordante barriga y que ciñe los robustos y velludos muslos. Se gira para desprenderse del eslip y, en sus manejos, para sacárselos por los pies, si yo fuese el cámara estaría enfocando el orondo culo en pompa, también velludo y  de oscura raja, de la que cuelgan unos lustrosos huevos. Completamente desnudo se encara a mi actor y hace alarde de una gruesa polla semierecta. Mi actor se agita tratando de descargar el peso en los pies sobre el suelo. Pero el capo se le acerca y le palpa descaradamente las tetas. “¡Qué gordo te has puesto con la buena vida! Pero hasta me gustas más… Mira lo cachondo que me pones”. Se arrima más y, juntando su polla, que ya está tiesa, a la decaída de mi actor, las frota con una mano. “Lo notas ¿verdad?”. Sin soltarlas,  se restriega contra él todo lo que permiten las barrigas. “No me importa que estés sudando… Me gusta tu olor a macho”. Le llega a dar un lametón en el  peludo sobaco. “Todavía se nota el perfume que la zorra te compra”, comenta. Por sorpresa le arranca la cinta adhesiva y le da un beso en los labios. Entonces mi actor reacciona escupiéndole. Pero el capo ríe y relame la saliva. “Es un detalle por tu parte”, ironiza.

Ahora se aparta y mira la polla inerte de mi actor. “No me darás una alegría ¿verdad?”. Decidido, le pone una mano bajo los huevos y, con la otra, manosea la polla y le descubre el capullo. Mi actor, que sigue sin decir una palabra –nunca lo he visto demasiado elocuente en toda la serie–, se mueve convulso tratando de zafarse. Pero el capo le hace separar las piernas y el tirón de su cuerpo colgante lo deja inerme. El capo vuelve a agarrarle la polla. “¡Cómo podríamos haber disfrutado!”, exclama, “Pero nunca es tarde y me vas a dar tu leche como sea”. De nada le sirven a mi actor sus intentos de resistirse, porque el capo lo sujeta fuertemente pasándole un brazo por detrás y usa la mano libre para frotar la polla. Solo el calor desprendido por el persistente manoseo logra que la flacidez se altere ligeramente. Introduzco aquí una morbosa licencia, consistente en que mi actor, como medida defensiva, empieza por sorpresa a lanzar un potente chorro de orines. El capo se aparta, pero no se arredra en su lujurioso designio. “¡Mea, mea, que aún te tiene que salir otra cosa!”, se burla.

Mi actor parece momentáneamente relajado, pero cuando el chorro cesa, el capo reanuda su intento de masturbación. Sin embargo, al no conseguir el engorde de la polla, impaciente y enfebrecido, se agacha en cuclillas y, con las manos sobre los muslos de mi actor, presiona para mantenerlo pegado a la pared. Entonces acerca la boca a la polla y la sorbe. El capo chupa ansioso y de forma constante. El cuerpo de mi actor tiembla inmovilizado y su rostro se congestiona; encoge los ojos y resopla. El ritmo de la mamada va decreciendo hasta detenerse y quedar la cabeza del capo fijada en la entrepierna de mi actor. Al fin se aparta y levanta la cara con una sonrisa de triunfo y leche resbalándole de los labios. Al levantarse el capo, se ve la espléndida polla de mi actor todavía tiesa y goteante.

Ahora el capo, ya de pie, exhibe una magnífica erección y se encara a mi atribulado actor. “¿Creías que ibas a poder negarme este tributo? …Pues ya ves que de ti puedo conseguir todavía lo que quiera”. Se agarra la polla y la sacude obscenamente. “Me queda algo por hacer ¿no te parece?”, dice desafiante. Mi actor, instintivamente, busca protección en la pared de ladrillos que tiene detrás, como si ésta lo fuera a proteger del ataque que teme. Pero el capo se le abalanza y, manipulando la cadena que liga las esposas a la tubería, consigue retorcerla y así poner de espaldas a mi actor. El capo contempla con lujuria el gordo y velludo culo, que muestra enrojecimiento por el roce de la pared. “¡Qué a gusto te lo voy a desvirgar!”, exclama el capo, “Porque eres virgen por ahí ¿verdad?”. Soba y da tortazos a las orondas nalgas, que mi actor contrae para mantener cerrada la raja. Pero el capo se la recorre con la palma de la mano. “¡Ya puedes apretar, ya, que no te libras!”. El capo se sujeta la endurecida polla y la proyecta hacia la raja. Da un fuerte golpe de pelvis y se clava despiadadamente. Mi actor aplasta una mejilla contra la pared con el rostro contraído por el esfuerzo de ahogar un grito. Ahora queda eclipsado el culo de mi actor por el orondo del capo quien, para afirmar el bombeo en el que se afana, se sujeta con las manos a los flancos de aquél. Más que hablar, brama: “¡Sí, traidor, traga! ¡Qué caliente me pones! ¡Te voy a inundar!”. Mi actor crispa los dedos sobre la pared por encima de las esposas y su expresión es de una mezcla de dolor y rabia por la violación que está sufriendo. El capo se agita aún más y ruge con unas descargas violentas. Se separa de mi actor y su polla cae a plomo. Queda a la vista el cuerpo derrengado de mi actor y de su raja cuelga un hilillo lechoso.

El capo se sacude la polla, ya en retracción, y dice irónico: “Espero que te haya gustado tanto como a mí… ¡Lástima que probablemente sea la primera y última vez!”. Mi actor ya no puede verlo, de espaldas como está y aún más en tensión por el retorcimiento de la cadena de la que cuelga. El capo empieza a recoger su ropa. “Ahora vendrán mis muchachos para hablar contigo…”. Tras una risotada, y dándole una fuerte palmada en el culo, añade: “En la postura que haces, seguro que les apetece meterte algo menos agradable que mi polla”.

A este nivel de mi invención, no puedo menos que apiadarme de mi actor. Por lo demás, sé que en la serie le queda todavía papel. Así que, al poco de quedarse solo, se oye un estruendo de disparos cruzados. No tarda en irrumpir un grupo de agentes especiales de la policía, con sus impresionantes uniformes negros y armados hasta los dientes. Probablemente ha habido un chivatazo interesado en el juego de traiciones. Ya solo encuentran a mi desvalido actor y cortan con una cizalla la cadena que lo mantiene colgado. La escena siguiente es en la calle, donde, en un barullo de coches policiales y camillas con cadáveres, mi actor está sentado, envuelto con una manta térmica, en la trasera de una ambulancia. Lo flanquean dos fornidos agentes y el poli protagonista, de paisano, le dice con un tono irónico: “Creo que vas a tener mucho que contarnos”.