jueves, 8 de noviembre de 2012

Viejos gladiadores

Los gladiadores que habían sobrevivido, ya mayores y aflojados por el engorde de sus cuerpos, al no ser aptos para la lucha en la arena, aunque libertos, eran reclamados para la diversión de sus antiguos amos patricios. Si en los espectáculos que éstos ofrecían en sus fiestas era frecuente el contenido sexual, en todas las variantes posibles, los que antes habían sido luchadores no escapaban a actuaciones de esa clase. El contraste entre su recio aspecto y la fragilidad de los esclavos, adolescentes de ambos sexos, que habían de someter como complaciera a anfitriones e invitados, era muy apreciado. Pero tampoco faltaban las ocasiones en que ellos mismos habían de enfrentarse en combates de contenido erótico.

En una de estas fiestas, un hombre robusto y completamente desnudo aparecía con las muñecas atadas en alto a una barra horizontal que se desplazaba mediante unas poleas. Unos esclavos iban rodeando su cuerpo con gruesas cuerdas y cadenas; otro lo untaba con aceite. Su sexo aparecía ya brillante y era rodeado con una cinta dorada. Entonces surgió otro gladiador cubierto por una breve túnica, de la que fue despojada. No menos robusto y más velludo que el otro, fue también sujetado a una barra similar y sometido a iguales ataduras y lubricaciones. Las barras fueron desplazándose hasta que ambos quedaron enfrentados. Tan próximos que sus caras se tocaba y las barrigas se aplastaban una con otra. Ahora eran ligados de nuevo enredando cuerdas y cadenas. Enanos burlones jugueteaban con sus penes, estirándolos y juntándolos.
 
Así expuestos fueron objeto de chanzas por parte de los asistentes. Incluso algunos patricios  –y alguna dama más desinhibida– se les acercaron y, con el pretexto de participar en la pantomima, los tocaban allá donde les venía en gana, sin omitir los glúteos y los genitales. Luego se limpiaban las manos en los cabellos encrespados de esclavos. La impasibilidad de los gladiadores era ampliamente celebrada, aunque poca libertad de movimientos les quedaba.

A continuación, fueron soltados de las barras, mientras un cuadrilátero de mármol era cubierto de abundante aceite. Lanzados sobre él, el juego consistía en irse desligando del enredo de cuerdas y cadenas que los envolvían a cada uno y entre sí. La dificultad de la tarea se veía incrementada por lo resbaloso del suelo y de sus propios cuerpos. Se veían forzados a caer uno sobre otro, en abrazos y revolcadas que semejaban un ardiente encuentro sexual. Como sus penes también estaban ligados, tenían que cogérselos para liberarlos, lo cual desataba burlas y groseras incitaciones. Poco a poco iban logrando deshacer la maraña y sus cuerpos brillantes de aceite emergían en su rotundidad. Cuando al fin se incorporaron separados, saludaron  recibiendo los aplausos del público.
 
Pero aún faltaba la segunda parte del espectáculo. Para ella, varios esclavos hicieron que el primero de los gladiadores se tendiera boca arriba sobre una mesa de piedra, en la que lo inmovilizaron con los brazos pegados al cuerpo, atándolo con cuerdas desde los codos hasta el cuello. Como si ya hubiera sido aleccionado sobre lo que se esperaba de él, el otro inició un masaje destinado a logar la excitación del yacente. Sus rudas manos sobaban y estrujaban los pechos, e iban descendiendo hacia el vientre. La mayor expectación se centraba obviamente en la manipulación de los genitales. Consciente de lo que se esperaba de él, el peludo masajista los amasaba y retorcía a dos manos. Tomando más aceite de un recipiente, lo aplicaba largamente a los testículos. Sobaba con fruición el pene, que se mantenía flácido. Hacía correr la piel y pinzaba el glande, apretando con un dedo el orificio. Incrementaba la intensidad de las frotaciones y, cuando parecía que la verga empezaba a responder, la soltaba y pasaba a la parte superior del cuerpo. Los pellizcos a los pezones eran ahora tan fuertes que hacían que el cuerpo y las piernas se tensaran, provocando la oscilación del pene reluciente por la grasa. Volvió el masajeo genital, que iba logrando que apuntara la erección. Una masturbación lenta y con deliberadas interrupciones hacía que el sometido se agitara todo él bajo las ataduras. Dio lugar a regocijo observar que, al quedar el pene del masajista a la altura de la mesa, el masajeado, por nervios o por deseo, se pusiera a manosearlo con la mano libre a su nivel. Aquél se dejaba hacer y prosiguió la morbosa frotación, con apretones y estiramientos. Por las contorsiones del ligado y el endurecimiento de su miembro, se notaba que estaba al límite de excitación. El masajista miró al anfitrión para obtener la venia y, con una enérgica pasada final, obtuvo un abundante chorro de semen, que iba extendiendo por barriga y pecho.
 
La eclosión entusiasmó morbosamente a los asistentes, pero el espectáculo continuaba. El velludo masajista ya estaba siendo atado con brazos y piernas abiertos sobre una cruz de madera en forma de aspa. Gruesas cuerdas sujetaban muñecas y tobillos, y otra ligaba el centro de su cuerpo al cruce de la cruz. Ésta fue levantada verticalmente y apoyada en el muro, pero de forma que el crucificado quedaba boca abajo. Entre sus gruesos muslos, los genitales se volcaban hacia el vientre, mientras que su rostro enrojecía por lo extremo de la posición. El que acababa de eyacular, cuyas muñecas eran atadas a unas argollas a ambos lados de la cruz, quedaba con la cara casi pegada al sexo del otro, la cabeza del cual también alcanzaba la entrepierna de aquél. Los enanos los acosaban con empujones para que se acoplaran y sobando el trasero del que quedaba de espaldas. Lo escabroso del montaje provocó murmullos de admiración, que se trocaron en risas cuando se produjo el primer lametón.
 
Porque de lo que se trataba era de que, en tal posición invertida, las bocas trabajaran lo que tenían enfrente. El que se hallaba de pie se esforzaba ya en estirar la lengua para pasarla por los testículos, así como en tratar de levantar la verga replegada. Más difícil lo tenía el crucificado en postura tan antinatural, que le obligaba a arquear el ancho cuello para alcanzar el sexo de su antagonista. El primero era evidentemente el que mejor se manejaba. Se afanaba en que sus lamidas surtieran algún efecto que le permitiera atrapar la verga colgante. Su persistencia empezó a dar resultados y se pudo contemplar cómo el miembro empezó a adquirir consistencia y a alzarse poco a poco. Más frustrante estaba siendo la actividad del otro, a quien, entre la mortificación de su situación y lo que estaba sintiendo en su entrepierna, apenas le quedaban fuerzas para que su boca se hiciera con el pene flácido que oscilaba ante su cara. Por el contrario, su compañero ya había engullido su verga y la endurecía con enérgicas succiones. El considerable tamaño que llegó a adquirir suscitó la admiración de patricios y dóminas. Ya contaban el tiempo que tardaría la eficaz succión en dar frutos. El cuerpo del receptor se agitaba todo lo que le permitían sus ataduras hasta que llegó un momento en que se tensó con un fuerte estertor. Solo entonces lo soltó el chupador y el miembro cayó por su propio peso sobre el vientre. Cumplida su misión, el gladiador se volvió hacia el público para mostrar el semen que le chorreaba por la barbilla.
 
El vaciado que había sufrido el crucificado no lo redimía, sin embargo, de su fracaso en trabajar con su boca los genitales del otro. Por ello, y antes de que fueran desatados, el anfitrión dio con un gesto una orden que fue captada por el que se hallaba de pie. Éste reafirmó las piernas y, con esfuerzos que contraían sus glúteos, comenzó a expeler un chorro de orines a la cara del caído en desgracia, que lo recibía al borde del agotamiento. Ello supuso un broche de oro cómico, a juzgar por el alborozo que provocó.

Los gladiadores fueron al fin desatados y quedaron exhaustos sobre el suelo. Un esclavo les vertió agua por encima y esto los reanimó. Una vez que se hubieron levantado, esclavos y enanos acudieron con coronas y  guirnaldas de hojas y flores, con las que los engalanaron. Pero la exhibición había constituido tal éxito que, cuando se iban a retirar, muchos asistentes empezaron a protestar y reclamaban su permanencia. El anfitrión entonces, haciendo gala de sus recursos para satisfacer a sus invitados, dio paso a la actuación que tenía en reserva. Efectivamente, los gladiadores fueron retenidos y hubieron de aguardar que unos esclavos dispusieran un grueso tronco de madera, forrado de pieles, en horizontal sobre unos soportes. Los dos hombres quedaron echados de bruces sobre el tronco de forma que sus culos estuvieran bien expuestos, uno junto al otro. Por el lado opuesto, en el que colgaban sus brazos, éstos fueron atados a unas argollas en el suelo. Asimismo, les colocaron unos topes entre los pies para que se mantuvieran separados y forzaran la apertura de las piernas. La visión  de traseros tan rotundos mostrados de esa forma levantó murmullos de complacencia y las expectativas de lo que podía acontecer mantenían atento al personal.
 
Con un acompañamiento de timbales y trompetas, apareció un esclavo africano de considerable envergadura, con ricos adornos que contrastaban con la oscuridad de su piel. Pero lo que más llamaba la atención era un enorme miembro viril que casi le llegaba a la rodilla. El anfitrión le ordenó entonces que se paseara entre los invitados para que éstos pudieran comprobar, con sus ojos y manos, que todo era natural y sin artificio alguno.

Satisfecha la curiosidad, el semental inició una danza ritual cerrando el círculo en torno a los dos gladiadores. Su agitación fue trasladándosele a la entrepierna y dando lugar a una descomunal erección. Se cogió la gran verga como si blandiera una espada y  se recreó en simular falsos ataques. Se percibía la tensión en los cuerpos de las futuras víctimas, al prever indefensos la inminencia de las salvajes penetraciones. El primero en ser ensartado no pudo reprimir un bramido. El agresivo espolón había entrado en un solo impulso hasta el tope de la pelvis. Bombeó varias veces y se salió con aires de triunfo. Tuvo que agarrar de las caderas al segundo, cuyas piernas flaqueaban de pavor. La embestida y sus efectos fueron similares y, a continuación, aguardó que el público escogiera con cuál de los dos gladiadores había de rematar la faena. La mayoría se inclino por el de culo más grueso y peludo. Tomó pues posesión de él y, en un frenético entra y sale, alardeó de su potencia. Tras un explosivo orgasmo, sacó la verga goteante y mostró el lacerado ano del que chorreaba semen. Monedas y flores cayeron sobre el africano, que se retiró alardeando aún de sus atributos.
 
Los gladiadores fueron liberados, pero esta vez quedaron abandonados en el suelo como olvidados. Sin embargo, todo y su extenuación, alentaban la esperanza de que volverían a ser solicitados, tal vez incluso para solaz de algún patricio o de alguna patricia.

domingo, 4 de noviembre de 2012

En la boca del lobo

En la juventud, los inicios en la sexualidad liberada suelen ser tortuosos. Cada aventura llama a una nueva y uno se vuelve cada vez más osado. Así fue como me llegué a entregar a experiencias que, si bien elevaban a unos niveles increíbles mi excitación, también daban lugar a que me embargaran unos sentimientos confusos de estar traspasando los límites de una elemental prudencia.

Este es el caso en que, ya anochecido, iba por una calle del barrio antiguo de vuelta de un concierto. Ante un escaparate iluminado, cuyo contenido ni siquiera recuerdo, había un hombre que me llamó la atención. Maduro y fornido, pese a su aspecto tosco tenía un algo de atrayente. Irreflexivamente me detuve también y su mirada no tardó en repasarme. “¿Qué buscas?”, preguntó con voz campanuda. Y comprendí que no se refería a los objetos expuestos. Respondió a mi enmudecido sonrojo: “Yo lo sé”. “Si tú lo dices…”, me atreví a replicar. “Se te nota que vas buscando pollas”. Lenguaje tan explícito y en aquel lugar podía haber hecho que me largara asustado, pero me quedé petrificado, mientras él continuaba su particular seducción. “Yo la tengo gorda y con mucha leche”. Me sentía como contagiado de su procacidad y le seguí la corriente. “Eso habría que verlo…”. De pronto se puso serio. “¿Tú eres de los que cobran? Porque si es así no tengo cuartos…”. El que me pudieran tomar por un prostituto me excitó tremendamente. “También lo hago gratis si me gusta”. “Chapero rarillo eres tú… ¿y yo te gusto?”. “No estás mal. Y si tienes lo que dices…”. Fue resolutivo. “Mi casa está aquí al lado… ¡Vamos!”. Con las piernas casi temblándome y el corazón acelerado, lo seguí.
 
Llegamos a un edificio muy antiguo y subimos varios pisos por una escalera mal iluminada. Se oían voces y el sonido de televisores. Abrió una puerta y me hizo pasar. Más que un piso era una habitación única, grande y destartalada. Se quitó el chaquetón que llevaba y lo colgó de una percha junto a la puerta. Yo me quité el anorak y quedé indeciso. Se fue acercando a mí mientras se desabrochaba algunos botones de la camisa y se sobaba ostentosamente el paquete. Me pareció la encarnación de la lujuria. Ahora se le veía más grueso y rudo, rebosando por el escote un vello entreverado de canas. Me cogió por sorpresa y, agarrándome la cara, restregó sus labios con los míos y apretó para meterme la lengua. Hurgaba con vehemencia y me rascaba su barba mal afeitada. “¡Tengo ganas de carne fresca! ¡Anda, desnúdate!”. Me ayudó con estirones de la ropa hasta que quedé en cueros. Su brusquedad me excitaba y mostré una fuerte erección. “¡Estás bueno, tío! Cuando me hayas puesto bien cachondo, te voy a dar por el culo. Pero antes te comeré la polla”.
 
No estaba dispuesto a ser un mero juguete en sus manos y ansiaba gozar de él. Así que lo contuve. “Yo también tengo derecho. A ver eso de lo que presumes”. Mi quiebro pareció gustarle y me dejó hacer. “Aquí me tienes. Búscalo tu mismo”. Remedando su brusquedad eché mano a la entrepierna. Me asombró el volumen y la dureza que encontré. Pero quería ir por partes y primero le saqué la camisa. Un torso de una virilidad exuberante me subyugó. Sobre una barriga oronda y peluda, se volcaban unos pechos generosos. Entre el vello destacaban las dos rosetas oscuras y puntiagudas. Hundí la cara en el canalillo intermedio y sentí su olor de macho. Chupé los pezones y él me apretaba la cabeza invitando a morder. “¡Joder, qué saque tienes, niño! Y nada más empezar…”. Entretanto le iba desabrochado el cinturón. Cuando cayeron los pantalones, quedé atónito ante lo que surgió. Una verga tiesa de un grosor y un largo como nunca podía haber imaginado. Me entraron sudores fríos al pensar en los destrozos que aquello podía hacer. “¿Qué te dije? No habrás visto muchas como ésta. …Y unos buenos cojones de contrapeso”. Efectivamente, de entre los peludos muslos se abrían paso dos bolas que parecían castañear. “Ya que estás, pruébala…, si te cabe en la boca”, dijo riendo de mi asombro. Hube de tirar hacia atrás la piel para destapar el capullo. Éste surgió enrojecido y mojado. Lamí y me irritó la garganta su agrio sabor. Lo suavicé con mi saliva y estiré los labios para engullir tamaña pieza. Cuando la punta chocó con el fondo del paladar aún quedaba parte fuera. Succionaba y la sacaba para poder respirar, alternando con lamidas al escroto. Me enardeció que expresara: “¡Vaya mamonazo estás hecho! …Pero ven pa’cá que te voy a comer vivo”. Tiró de mí y me echó boca arriba sobre una mesa. “¡Voy a tocar el piano y la flauta!”. Me sobó y estrujó con sus ásperas manos hasta causarme rojeces en la piel. Luego se volcó sobre mí y me chupeteó como si me aplicara ventosas. Con una mano me apretó los huevos y, con la otra, manoseó mi polla mirándola con ojos lascivos. Acercó la cara al capullo y lo restregó por la barba rasposa. “¡Qué tiernecico! Aún tienes que dar mucho por culo para que le salgan callos”. Dio un lametón a la gota viscosa que me salía por la punta y absorbió de una sola vez la polla entera. Chupaba con tal vehemencia que se me ponía la piel de gallina. Se detuvo dejándomela pringosa de saliva. “No te voy a ordeñar todavía, no sea que te me aflojes demasiado. Y me gusta tenerte así empalmao”. Con un empellón hizo que me diera la vuelta y me dobló las rodillas para que mantuviera el culo levantado. Sus rudas manos jugaban con mi sexo oscilante y me daban fuertes palmadas. Pegó la cara a la raja y sentía restregarse por ella su barba y su nariz. La lengua húmeda hurgaba, alternando con mordiscos en los bordes. Yo temblaba temeroso de lo que había de venir que, sin embargo, morbosamente deseaba. “Esto sí que es un buen pandero. A ver lo que da de sí…”. Varios salivazos me prepararon para ser usado. Me metió sus rechonchos dedos como si fuera a escarbar. Cuando juntó dos y los hizo girar, el dolor me provocó un gemido. “¡Mira el señorito! Cualquiera diría que vas de estreno”. De estreno no, pero aquello estaba superando mi capacidad de aguante.
 
“¡Baja y pónmela dura otra vez, que me has dado mucho trabajo!”. Sin contemplaciones, me vi arrastrado al suelo y encarado de rodillas a la agreste entrepierna. Cogí la verga morcillona y lamí la película densa que destilaba. Me pareció que se hubiera corrido ya, pero debió captar mi perplejidad, porque dijo: “Es solo que soy muy jugoso… La leche te la guardo enterita”. Poco hube de insistir con mi mamada para que aquella pieza, que ahora se me presentaba temible, adquiriera la reciedumbre del acero. Me entraron ganas de huir, pero algo en mi interior y los latidos que repercutían en mi sexo me anclaban a aquel hombre.
 
“¡Joder, ahora sí que te voy a follar!”. Hizo que me echara de bruces sobre la mesa y dándome puntadas de pie en los talones me separó las piernas. “¡Así, aguanta firme!”. Y percibiendo mis temblores: “No tiembles, palomita, que los que me han probado repiten”. “Poco a poco, por favor”, supliqué temiendo un ataque salvaje. Rio y escupió de nuevo en la raja. Los dos dedos que introdujo entraron mejor esta vez. “Tienes un buen canal”. Aguanté la respiración y noté cómo tanteaba el resbaloso capullo. Su gruñido al empezar a apretar me espantó. Sí que iba poco a poco, pero más por la resistencia que encontraba que por delicadeza. Un fuerte tortazo en el culo me avisó: “¡Relájate, coño, que tiene que entrar entera!”. Y vaya si llegó a entrar, pero a costa de sentirme partido por la mitad. Cuando los huevos hicieron de tope, se echó sobre mí. “Toda adentro ¡Qué calorcito!”. Entonces apretó su cuerpo sobre el mío y buscó con una mano mi polla. A pesar de todo seguía tiesa para mi propia sorpresa. “¡Hostia tío, qué vicioso! …Pues vas a ver lo que es correrse con un hombre dentro”. La masturbación era implacable y fui experimentando un extraño subidón de goce que me recorría de atrás para delante. Le llené la mano de leche y cuando me hube vaciado se la limpió con mi espalda. “¡Vaya, vaya, buena descarga! ¡Hasta me la he notado en la polla!”. Si no fuera porque seguía aprisionado y traspasado, habría caído al suelo desmadejado. Pero mi poseedor ya iniciaba su propio disfrute. Se irguió para tomar fuerzas y el ardiente pistón se puso en marcha. Con las manos como garras en mis caderas, el hombre iba removiéndose en todas direcciones. Mi interior parecía volverse elástico y el dolor abría paso a ráfagas de placer. Por su parte, él balbucía: “¡A que te gusta, putón! …¡Pues anda que a mí…! …¡Qué culo más apretado y caliente!”. Yo solo podía emitir estertores. Y él: “¡Huy, huy, huy, huy…, no aguanto más tío! …¡Me voy!”. Un aullido con espasmos brutales y sentí por unos segundos como si la verga se hubiera trocado en una manguera tórrida. Cayó sobre mí con todo su peso y la polla fue resbalando lentamente hacia el exterior.
 
Yo estaba agotado y con sensaciones contradictorias. Mi dolorido cuerpo no impedía una morbosa saciedad. Mientras lo contemplaba limpiándose satisfecho la verga, no podía dejar de admirar su tosca virilidad. Pensé, no obstante, que lo prudente sería dar por acabado el encuentro. Así que dije: “Ha estado muy bien…, aunque me tendría que ir”. Pareció sorprenderse. “¡Anda, si estabas cagao! Pero te has portado legal… Y de largarte nada ¿Te crees que con un polvo tengo yo bastante? Vamos a descansar un rato y nos volvemos a divertir”. Sacó un par de cervezas de una vieja nevera y me pasó una. “¡A morro y salud!”. Se recostó indolente en la cama que había en un rincón y me invitó a sentarme a su lado. No podía quitar la vista de su obscena desnudez. “¿Te gusto, eh? A mí me van los tipos como tú, pero no me mola pagar. Así que cuando tengo ocasión la aprovecho”. Para corroborarlo me echó un brazo por los hombros y me estrechó contra él. Me estremeció gratamente su sudoroso contacto. No pasó mucho tiempo para que dijera: “¡Huy, ya empiezo a ponerme burro otra vez! Anda, juega un poquito con mis tetas”. Se sobó la polla y me ofreció el pecho. Su actitud menos dominante me reconfortó. Hundí la cara en el espeso pelambre y, con labios y lengua, saboreé las prominentes copas. Mis dientes aprisionaban los pezones que se endurecían y él me dejaba hacer con murmullos de placer. “Como sigas así me voy a hacer una paja”. “Sería un desperdicio ¿no?”, repliqué. Entonces se fue girando sobre la cama y volvió a pedir: “Cómeme el culo, venga”. Levantó la grupa doblando las rodillas. Me di cuenta de que, hasta ahora, apenas había tenido ocasión de parar atención en esa parte de su anatomía. Me encontré con un culazo rotundo y peludo, con una oscura raja en la que daba miedo profundizar. Pero ni me planteé la posibilidad de una negativa. Así las agrestes nalgas constatando su firmeza. Estiré hacia los lados y entre la pilosa oscuridad asomó el rugoso botón. Pasé un dedo y oí: “¡Ni se te ocurra meterlo! ¡Ahí no entra nada!”. Acerqué mi cara pues y pronto quedó casi aprisionada por los correosos bordes. Mi lengua lamió con cautela. “Con eso sí ¡Dale, dale!”. Recordé el placer que él me había proporcionado antes con su boca en mi culo y me afané en corresponderle. Chupeteé y mordisqueé, frotando la punta de mi lengua. “¡Huy, qué cachondo me pones!”.
 
Para confirmarlo, volvió a ponerse boca arriba y ya su verga se erguía indómita. Era tal su calentura renovada que prescindía de mí y se la meneaba con fiereza. Yo me limitaba a sobarle los huevos y acariciarle los muslos. “¡Atento, que te aviso para que tragues!”. Lo cual me hizo estar dispuesto cerca del capullo enrojecido, pero sin estorbar su manipulación. “¡Ya!”, fue su orden. Abrí la boca y la leche se disparó dentro. Cerré los labios para ir sorbiendo el denso jugo. Resoplando me apretó la cabeza contra su vientre. Casi no podía respirar y la leche estuvo a punto de salirme por la nariz. Al fin la tragué toda y quedé liberado. “¡Joder, tío, qué desahogo…! Ya te decía yo que aquí había mucha leche”. Desmadejado por la tensión vivida, me estiré a su lado. “Ya ves que has hecho conmigo lo que has querido…”, dije como constatación más que como queja. “¡Anda que no has disfrutado…! Y reconozco que le has echado cojones para atreverte con un tipo como yo”. “Bueno, no ha sido tan fiero el lobo…”, repliqué mientras me vestía mirándolo por última vez.
 
El aire frío al salir a la calle me  reconfortó. Volvían a temblarme las piernas, no solo por el zarandeo que había tenido mi cuerpo sino también por la oscura atracción con la que aquel hombre me había llevado a su guarida.

miércoles, 31 de octubre de 2012

El probador

En una época de mi vida en que pasaba por una situación económica poco boyante, por influencias de un amigo –la relación con el cual no vienen al caso ahora–, fui contratado como dependiente de refuerzo para las rebajas de verano en unos grandes almacenes. Por mi aspecto maduro y mi buena presencia, me asignaron a la planta de ropa para caballeros y, más en concreto, en la sección de artículos para el baño. Frecuentemente, la clientela estaba constituida por matrimonios de mediana edad que, provistos de un surtido de trajes de baño, tomaban posesión de los probadores. Dado el escaso espacio, casi siempre la esposa quedaba fuera y acudía a los requerimientos del marido. A mí, que obsequioso rondaba por allí para atender la solicitud de otra talla o de un nuevo modelo, no se me escapaban ráfagas de piernas desnudas, bultos del paquete o barrigas bajo las camisas arremangadas. Algunas de estas visones no dejaban de resultarme excitantes y de desatar mis fantasías.
 
Un día, a primera hora de la tarde y con escasa clientela, se dirigió a mí un hombre de unos cincuenta años, regordete, no muy alto, de barbita canosa y rostro muy agradable. Con simpatía y desparpajo me interpeló: “A ver si usted me puede orientar para escoger un bañador que me vaya bien”. Como primer paso le pregunté: “¿De que tipo lo querría: bermudas, meyba clásico, eslip…?”. “Más bien este último… ¿No cree que me quedaría mejor?”, replicó con una sonrisa picarona. A lo que añadió: “En realidad solo lo usaría para la piscina del hotel. En la playa a la que iré no necesitaré ninguno”. Ante esta explicación no pedida, no pude menos que experimentar un cierto rubor y casi me temblaban las manos mientras buscaba varios modelos para mostrárselos. Él siguió haciendo gala de su elocuencia: “Ya se habrá fijado en mi talla… Que me ajuste bien”. Desde luego que me había fijado en sus formas redondeadas y en su culo respingón. Le traje de varios colores y se inclinó por uno azul turquesa. “Éste me sentará bien, ¿verdad? ¿Puedo probármelo?”. “Por supuesto”, contesté. “¿Quiere llevarse algún otro color o más de una talla?”. “De momento me llevo éste y ya veremos… No tengo prisa”.

 
Aunque todos los probadores estaban vacíos, se dirigió al más apartado, entró y cerró la puerta. Quedé a la espera con la imaginación excitada ante tan singular cliente. A los pocos minutos abrió y asomó la cabeza. “¿Podría pasar?”, pidió. Debió notárseme cierta expresión de sorpresa cuando vi que no solo se había quitado los pantalones para ponerse el eslip turquesa sino toda la ropa, porque dijo: “Es mejor ver el conjunto, ¿no le parece?”. Su visión, duplicada por el espejo desde el que me sostenía la mirada, me dejó clavado. Estaba tremendamente bueno. También me fijé, ahora que estaba desnudo, que tal vez había calculado a la baja la talla, porque era algo más grueso. Así observé que, por detrás, no llegaba a cubrir la totalidad de la raja. “¿Cómo me ve?”, me sacó de mi reflexión. Me salió sin querer una expresión que podía resultar equívoca: “Lo veo muy bien…”, que maticé inmediatamente: “Quizás un poco pequeño”. “¿Sí? ¿Por qué lo dice?”. Entre aclararle que enseñaba parte de la raja del culo y hacérselo notar de facto opté impulsivamente  por lo segundo. Pasé un dedo por la fracción a la vista: “No le cubre del todo”. Soltó una risa. “¡Vaya! Tengo el culo más gordo de lo que había calculado… Pero tampoco es tan grave, ¿no?”. Y se giró para verse por detrás en el espejo. A renglón seguido volvió a mirarse la delantera. “Por aquí sí que me queda todo sujeto, ¿verdad?”. Lo que forzó que fijara mi atención en las modulaciones del tejido que marcaban el contorno del pene y los testículos. Me sonó casi a una invitación a que también tocara por ahí, pero tal vez se compadeció de mi turbación y me dio una tregua. “De todos modos, no está de más que me pruebe una talla mayor para comparar ¿Le importaría traérmela?”.
 
Salir del probador me sirvió para aliviar la tensión sexual que había acumulado. Sin embargo, al volver, la situación se recrudeció. Despojado del eslip, me aguardaba completamente desnudo con el mayor descaro. Me temblaba la mano cuando le alargué el nuevo traje de baño, sin poder desviar la vista de lo ahora desvelado. Y su misma expresión beatífica y sonriente me descolocaba aún más.
 
Con parsimonia se puso el bañador y se contempló atentamente en el espejo, girándose para una visión completa. Refiriéndose a la parte de atrás dijo socarrón: “Éste me tapa lo que a usted parecía disgustarle que enseñara…”. En efecto, el borde superior llegaba ahora justo al límite del comienzo de la raja. Torpemente repliqué: “Disgustarme, para nada. Solo fue una observación”. El examen de la parte delantera dio lugar, sin embargo, a que objetara: “Pero éste me sujeta menos y además queda flojo por los lados”. Distendió con un dedo el filo que se ajustaba a la ingle, y añadió: “Pruebe y verá”. Lo que no osé hacer antes se me ofrecía ahora explícitamente y no lo desaproveché. Imité su gesto no con un dedo, sino con uno por cada lado. Mientras rozaba la calidez pilosa de las ingles y la rugosa piel del escroto, siguió hablando impertérrito: “Fíjese si tengo una erección y esto se estira. Podría salírseme algo”. De repente, su tono de voz cambió y se volvió susurrante: “¿Quieres probarlo?”. Entonces saqué uno de los dedos acoplados a las ingles y fue mi mano entera la que se puso a acariciar sobre el tejido azul. Su contenido se endurecía y la elástica tela se tensaba. Le saqué los huevos por un lado y, a continuación, salió la polla tiesa y reluciente. Entretanto ya estaba bajándome la cremallera y hurgando en mi bragueta. Sacó mi polla y estrujó el mojado capullo. “¡Humm!”, murmuró goloso. Le bajé el eslip y se lo sacudió por los pies.
 
Las limitaciones del espacio y el sigilo al que obligaba dieron lugar a una especie de mudo pugilato erótico. Yo quise tomar el dominio de la situación, después de las provocaciones que me habían ido enervando, y me alcé frente a su cuerpo desnudo. Le sobé y chupé las ricas tetas que, ensalivadas, pellizqué luego, arrancándole sordos quejidos. Fui bajando y recorriéndolo con la boca hasta alcanzar la polla palpitante. Lo rodeé con mis brazos, firmemente asido a sus glúteos. Sorbí el duro apéndice y todo él se estremeció. Con las manos sobre mi cabeza dirigió el ritmo de la mamada. De pronto tiró de mí hacia arriba y fue él quien se inclinó. Tomó posesión de la polla que me salía por la bragueta y lamió su húmeda superficie. Succionó enérgicamente, dispuesto a no soltarme. Mis piernas temblaban, inundado de placer. Cuando me vacié, sorbió hasta la última gota y no se desprendió de mí hasta que mi polla, completamente saciada y limpia, se fue retrayendo hacia el refugio de mi bragueta. Mi desahogo físico no había extinguido, sin embargo, el deseo que aquel deleitable cuerpo seguía infundiéndome. Lo acorralé contra el espejo y lo cubrí de sobeos y lamidas de arriba abajo. Él se agitaba entre mis embates y liberaba una mano para masturbarse. En el cenit de la excitación, me cogió una  de mis manos y la puso bajo su polla a punto de estallar. La palma se me llenó de leche y él, tras unos relajantes resoplidos, la subió hacia su cara y la lamió hasta no dejar rastro.
 
Quedamos ahítos unos instantes, yo vestido y él desnudo. Empezaron a oírse movimientos en otros probadores. Recompuse pues el gesto y salí con los dos bañadores tan provechosamente comparados. En unos minutos reapareció el cliente tal como había llegado al principio. “Creo que me llevaré el primero”. Y mi hizo un guiño que solo yo percibí. Cuando le entregué la bolsa y el ticket, le dije: “Espero que lo disfrute. Y ya sabe…., aquí estamos para servirle”.