martes, 14 de febrero de 2012

Andanzas de un esclavo de nuestros días VIII


(Continuación) Sería reiterativo reproducir el relato de la revisión médica de mi esclavo, a la que acudió encantado. No me privó, por supuesto, de contármela con pelos y señales, pero podría resumirse en que doctor y paciente se masajearon, se mamaron y se follaron recíprocamente dentro de un concepto muy laxo de terapia. Ni que decir tiene que el sanado regresó con la pierna pimpante y un destello de lujuria en la mirada.

Pero utilizar la palabra “andanzas” al referirme a él se me iba quedando corto. Su capacidad para enredarse en los encuentros más rocambolescos seguía resultando ilimitada, y lo más curioso era que salía de ellos con el ingenuo convencimiento de ser cosas del destino. Tal es el caso de una tarde en que salió a primera hora para hacer unos recados. Me extrañó que se demorara tanto en regresar, pues no creía que lo que había de hacer requiriera demasiado tiempo. Sin embargo, mi extrañeza se fue convirtiendo en alarma a medida que pasaban las horas y avanzaba la noche. Era totalmente inusual en él que hubiera dejado pasar la hora de mi cena sin ninguna previsión al respecto. Se comprenderá que, dada la singularidad de nuestro vínculo, a la preocupación natural por que le hubiera ocurrido algo, se sumaban las complicaciones que podrían surgir.

Cuando por fin oí que se abría la puerta, respiré y me dispuse a que me diera cumplida cuenta de su tardanza. Apareció muy alterado y con la ropa desajustada y sucia. Antes de que me diera tiempo a hablar, ya empezó él atropellando las palabras por su sofoco: “¡Ay, señor, qué mal me sabe haberlo dejado abandonado! ¿Habrá podido apañarse con la cena o en un momento le preparo algo?”. Lo atajé cabreado: “¡Déjate de cenas ahora, y a ver si me explicas tu vuelta a estas horas y con esa pinta!”. Buena cosa le dije, porque ya fue un no parar:

“Es que el mundo es un pañuelo y yo siempre me doy encontronazos... ¿Se acuerda usted de aquel día en que volvíamos de las vacaciones y, después de la parada para comer, me vio bajar de un camión?”. “Sí, y limpiándote la boca de la mamada que le habías hecho al camionero”. “Pues lo que son las cosas... Estaba yo en un almacén de bricolaje buscando las cintas para las persianas que hay que cambiar, cuando me pusieron una mano en el hombro. Me volví y era un hombretón impresionante. “¿No te acuerdas de mí?”. Lo miré extrañado, porque era difícil que no recordara una pieza como aquella. Pero cuando se echó mano al paquete en plan descaro, enseguida me vino la luz: “¡Claro! Pasé un ratito en tu camión, ¿a que sí?”. “Y no veas el buen recuerdo que me dejaste”. También me vino la imagen del pollón que me comí aquel día y se me escapó una sonrisa pícara. “Pues el camión lo tengo ahí fuera...”, dijo insinuante. Me hice a la idea de que no iba a poder negarme a repetir la faena, después de la simpatía del hombre. La cosa, sin embargo, se puso más complicada. “Precisamente ahora he quedado con dos amigos que estarían encantados de conocerte”. “Conocerme ¿cómo?”, quise precisar. Ya ve que soy precavido... Me engatusó un poco: “Seguro que a ti también te gustan... ¡Déjame darles una sorpresa y presumir del ligue que les llevo!”. Tonto de mí, ya me empecé a interesar. Porque si eran tipos como él... “¿Y a dónde habría que ir?”, volví a preguntar. “Si está aquí al lado. Es un local que uno de ellos está acondicionando para poner un gimnasio. Ni siquiera hace falta que cojamos el camión,...aunque luego te puedo llevar a donde quieras”. Se le notaba tanto interés que cómo iba a negarme. Ya me conoce... Además sería un ratito y, si me traía en el camión, ganaba tiempo. Así que pagué las cintas que había cogido y salimos rumbo a lo desconocido... para mí, claro. Él no dejaba desde luego de animarme: “Verás que amigos más majos y abiertos tengo. Te van a acoger de coña”. Se me escapó: “¿Pero son como tú...?”. Soltó una risotada: “Así que te gusto... Pues ya verás a los otros dos””.

“Llegamos ante una puerta metálica bajada y con una más pequeña en medio. “Tengo una llave”, dijo. “Es que la entrada es lo más atrasado”. Pero por donde íbamos pasando no es que estuviera mucho mejor. Al pasar por delante de una puerta abierta sí que vi una habitación bastante grande con muchos trastos de gimnasia, aunque un poco apilados y que no parecían muy nuevos. El camionero empezó a llamar: “¡Eulogio! ¡Artemio! ¿Estáis ahí?”. Vaya nombrecitos, si ellos son igual..., pensé. Una potente voz contestó: “¡Aquí, nos estamos duchando!”. Al fondo había una especie de cuarto de baño y en un rincón, sobre un sumidero, un brazo de ducha soltaba un buen chorro. ¡Y qué barbaridad lo que había debajo! Dos tiarros descomunales en cueros y bien remojados, que el camionero quedaba pequeño a su lado... y ya es decir. Además debían haber estado dándose gusto, porque lucían unas vergas tiesas que quitaban el hipo. Mi acompañante, sin inmutarse, me señaló y les dijo: “Os traigo carne fresca”. ¡Vaya forma de presentar a uno!, pensé. Aunque luego siguió más elogioso: “Yo solo le he probado la boca, pero la mama que te cagas. Y todo lo demás promete...”. Me dio una palmada en el culo que casi tropiezo. “Pues que empiece por ahí ¿verdad?”, le dijo un coloso a al otro. Dicho y hecho. Chorreando agua y cimbreando los pollones se me abalanzaron. Empujándome de los hombros me hicieron caer de rodillas. Y mire que yo de alfeñique no tengo nada. Lo malo fue que se me empaparon los pantalones en el suelo mojado. Ya esa falta de cuidado me debió haber molestado lo suficiente como para levantarme y dejarlos plantados. Pero cuando tuve ante mis ojos aquellas dos maravillas pidiendo “cómeme” se me fue el oremus. Sé que me dirá que no tengo remedio y que me pierdo en cuanto veo una polla. Pero es que aquéllas eran las columnas de Hércules, oiga. Así que, con la sesera derretida, me amorré a una o a otra según el manejo que a cuatro manos le iban dando a mi cabeza. Oí que el camionero decía: “¡Eh, que yo quiero mi recordatorio!”. Y, con el manubrio asomando por la bragueta, se abrió paso entre los otros dos y se puso también a mi disposición. “¿Qué os decía? Es un mamón de cojones... Pero, como no lo paremos va a coger un empacho de leche”. Fui yo el que aflojó entonces, que uno, aunque no lo parezca, sabe controlarse”.

““Pues ahora hay que comprobar el resto del material”. Como si fuera un muñeco de trapo, los dos de la ducha me agarraron y, sin ningún miramiento, me fueron dejando a pelo. Encima iban tirando la ropa al suelo y aún se enguarraba más. Me distraje porque el camionero aprovechó para acabar de despelotarse también y me dio gusto ver lo que lucía. “¡Mirad cómo se le ha puesto con el chupeteo!”, dijo uno. ¡Y cómo no se me iba a poner, que uno no es de piedra! La verdad es que, vistas las cuatro en perspectiva, la mía no es que desmereciera. Pero ellos, con sus achuchones comentados: “¡Qué buen pajón tiene el tío!”, “¡Este culo debe ser un coladero!”, “¡Tiene unas tetas para comérselas a mordiscos!”. Parecía que se me fueran a repartir por cachos. Bueno, siempre sube la moral que te alaben las prendas aunque, con tanto furor a mí alrededor, no las tenía todas conmigo. Yo miraba al camionero, que era el que me resultaba de más confianza. A éste se le ocurrió: “¿Por qué no le enseñamos el gimnasio?”. Las risotadas que provocó me dejaron con la mosca detrás de la oreja. La habitación a la que me llevaron desde luego tenía poco de gimnasio en funcionamiento. Como le dije, había muchos aparatos amontonados en plan almacén. “Vamos a jugar contigo un poquito ¿A que te apetece?”, me persuadió el camionero. A ver, quién se iba a hacer el estrecho con esos tres monumentos. Había pegada a la pared una tira de barras horizontales de madera. Me pusieron de espaldas a ellas y el culo me quedó encajado entre dos. ¡Ay, qué susto cuando me subieron los brazos y me ataron las manos a una barra de arriba! “Tranquilo, que esto es para ordeñarte y calmarte los ardores de esa polla que se te ha puesto loca”. La verdad es que la tenía de lo más estirada y me latía como si estuviera allí el corazón. “¡Ahora sí que voy a comerle las tetas!”, dijo el que se había encaprichado con esa parte de mi anatomía. ¡Y vaya si comía, que creí que me iba a dejar sin pezones! Pero, con escalofríos y todo, me fui entonando. Como me tapaba con su cabeza, no pude ver cuando, por abajo, me estiraron de los huevos y engulleron mi polla como si tuvieran una ventosa. Todo y la sorpresa, me empezó a dar un gusto tremendo. Y no era uno sino dos los que se turnaban en la mamancia; lo notaba en el cambio de estilo. Cuando mis resoplidos se fueron acelerando –ya sabe que soy un poco escandaloso en este trance–, una mano enérgica me dio la puntilla. No sé cómo pude echar tanto; creía que no iba a parar. También ellos se admiraron, por el regocijo que mostraban. “¡Joder, qué semental!”, fue lo más suave que dijeron”.

“Pero claro, no se iban a conformar con mi espectáculo de surtidor. “Con toda la leche que has soltado, te habrás quedado seco. Te conviene repostar”. A buen entendedor... Me soltaron las muñecas de la barra y, mientras yo me desentumecía y sacudía las últimas gotas de leche, acercaron un potro, de esos que se usan para saltar; por cierto con bastante polvo. Viéndolos allí arrastrándolo y graduando la altura de las patas, con las buenas plantas que lucían y las pollas oscilando de un lado para otro, me entraron unas ganas enormes de que se aliviaran conmigo. Sentimental que es uno... No tuvieron que explicarme mucho para entender que me tocaba echarme barriga abajo sobre el potro, de modo que la cara, por un lado, y el culo, por el otro, me quedaban a la misma altura. La ronda que montaron parecía la danza del sable. Los pollones hacían un pase por mi boca, para que los pusiera contentos, y otro por mi culo. Y nada de cremas ni aceites; se apañaban con salivazos a la raja. Pues mire que la variación me llegó a gustar. Después de la primera arremetida, que me cortó el resuello –yo creo que empezó el que la tenía más gorda–, todo fue como una seda. Aunque un poco brutos, le ponían tanto entusiasmo que me lo contagiaban. Parecía que me pulieran por dentro y el calorcillo iba en aumento. Pese al impacto, yo tampoco desatendía las tareas de boca. Hasta el punto que uno de ellos, cuando le tocó el turno, me echó una descarga que por poco me atraganto. Los otros dos no; éstos me atizaron por detrás a conciencia. El primero en correrse me dio una embestida que casi salto el potro y me metió tanta salsa en varias convulsiones que pensé que ya no me iba a caber más. Pero el siguiente no se anduvo con chiquitas y se abrió paso por el agujero pringoso. Un último empellón y sí que me cupo, sí, aunque esta vez fue un chorro continuado, que bien que lo noté. Claro que el batido de leche se me escurría por los muslos”.

“Después de una cosa así se crea como una camaradería, no me diga usted que no ¡Uy, perdón! ...al menos es lo que yo siento. Además, no crea que me dejaran tirado después de usarme. Antes de que me hubiera dado tiempo a bajarme del potro, el camionero tuvo la pillería de asomarse por debajo. Como el borde me quedaba justo por encima del paquete, avisó a los otros: “¡Mirad qué bien le ha sentado al tío la follada!”. Era que, como soy de recuperación rápida, y más dadas las circunstancias, me había puesto burro total otra vez. Me dio corte incorporarme, pero tampoco era tan raro después de lo que había pasado ¿no? “Pues mira, me da el capricho de aprovecharte, ¿no te importa, verdad?”. No entendí de primeras a qué se refería pero, en cuanto se tumbó sobre el potro y me ofreció el culo, lo tuve claro. A pesar de las burlas de sus colegas, me dispuse a complacerlo. Porque me pareció todo un detalle por su parte; con razón era mi favorito, fuera de comparaciones, que los tres tenían su encanto. Como al fin y al cabo parte era suya, recogí un poco de leche aún fresca en mi entrepierna y se la estampé en la raja. Me dio mucho gusto entrarle y me animé con el mete y saca, sobre todo cuando exclamó: “¡Follas tan bien como mamas, cabrón!”. Tan entusiasmado estaba yo que acabó protestando: “¡A ver si te corres, que es para hoy y ya me quema el culo!”. Es que esta vez, claro, me costaba más. Pero hice un esfuerzo de concentración y al fin nos quedamos los dos apañados”.

“El disgusto me lo llevé cuando fui a recuperar mi ropa. Con tanto ajetreo ni había caído en recogerla. Y estaba allí en el suelo hecha un guiñapo y mojada. Pero, claro, no tuve más remedio que ponérmela tal cual. Encima, se me había ido el santo al cielo y no sabía ni qué hora sería. Miré al camionero, que también se estaba vistiendo, por si se acordaba de su promesa de acercarme a casa. Sí que cumplió el hombre, y así no tuve que ir por ahí con esta pinta. Incluso se disculpó por haber exagerado lo del gimnasio a punto de inaugurar. En realidad, de eso nada; no era más que un local abandonado que aprovechaban para montarse sus juergas y, como había algunos cacharos para dar el pego, se inventó el cuento. Todo para que fuera confiado. Qué considerado, ¿no?”.

Desde luego, su táctica de hablar sin parar conseguía calmarme por agotamiento. No niego que también me ponía cachondo con tanto detalle. Pero tenía que mantener el principio de autoridad. “No me importa que te dé por el culo media ciudad. Pero deberías ser más considerado y no quedarte por ahí sin avisar”. “No sabe cuanto lo siento, señor. Si creía que sería una mamadita de cinco minutos. Me dejé enredar y no pude negarme, aunque arrepentido lo estoy y mucho”. “¿Arrepentido tú de haberte comido tres pollas, que además te han dejado el culo como después de un bombardeo? Vamos, anda...”. “Le aseguro, señor, que no se repetirá”. Lo miré con todo el escepticismo del mundo, que resultó justificado en cuanto cambió de tercio. “¡Ay, ay, ay! ¡Qué cabeza la mía! Pues no me he dejado olvidadas en el local las cintas de las persianas... Voy a tener que volver un día de estos. Total, a ellos no les van a hacer ningún avío y sería una lástima perder lo que costaron. ¿No le parece, señor?”. “Ya, ya...”. (Continuará)

miércoles, 8 de febrero de 2012

La cena de empresa

Hube de asistir a una cena de empresa, que me daba cien patadas. Son de esas en que se considera obligado un ambiente de camaradería y buen rollo, en muchos casos bastante falso. Me prometí no caer en los excesos etílicos a los que sucumben bastantes de mis compañeros de trabajo y largarme en cuanto tuviera la ocasión. Todo transcurrió como imaginaba, aunque por el lugar en que me había correspondido sentarme me fue difícil escurrir el bulto y me tocó aguantar hasta el final. Me llamó la atención que uno, al que apenas había tratado, había cogido una importante cogorza. Era un gordito de mediana edad, bastante apetitoso por cierto. Lo único que sabía de él era que tenía un carácter muy extrovertido y jovial. Cuando fuimos saliendo del local, con el barullo habitual, me dispuse a buscar un taxi. Pero de pronto vi que el gordito, andando en zigzag, se afanaba en reconocer su coche. Me horrorizó pensar que, en ese estado, se le ocurriera ponerse al volante. Así que me dirigí a él y, después de una confusa descripción, lo ayudé a localizar en vehículo. Sin embargo, le hice ver el disparate de tratar de conducir. Ante su irreflexiva tozudez, me ofrecí a hacerlo yo y dejarlo en su casa. Desde allí ya cogería un taxi. Entre confuso y agradecido, me entregó las llaves y se dejó caer despatarrado en el asiento del copiloto. Ya me costó sacarle de forma coherente la dirección y, nada más arrancar, se quedó frito. Al llegar lo sacudí y entonces me pidió que entrara en el parking. Puse el coche en una plaza que estaba libre y entonces se presentó el siguiente problema, pues no recordaba el número de su piso. Casi a rastras lo llevé hasta el vestíbulo y busqué en los buzones de correo, pues sabía su nombre. Para sacarme el muerto de encima, sugerí llamar por el interfono a su familia y que se hiciera cargo de él. A esto replicó, de forma bastante inteligible, que su mujer y sus hijos estaban fuera el fin de semana. ¡Vaya canita al aire que había echado el hombre!, pensé. Pero, si lo metía en el ascensor, era capaz de quedarse ahí durmiendo la mona. No me quedó más opción que buscarle la llave en los bolsillos y subir con él. Abrí la puerta, pero no me libré del numerito del borracho agradecido. Me echó los brazos al cuello y me hizo entrar. “¡Eres muy bueno, tío! Quédate un ratito”. La verdad es que me sabía mal dejarlo solo en ese estado, frustrando la fase de euforia etílica en que parecía haber entrado. Sin embargo, a partir de ese momento empezó a comportarse de manera absolutamente imprevista.
 
De varios tirones se despojó de la chaqueta y la corbata. “Voy a mear, acompáñame”. Tuve que reconducirlo por el pasillo al que se dirigió dando tumbos. Ante el váter se bajó de golpe pantalones y calzoncillos, que le cayeron hasta los tobillos. Como no atinaba con el chorro, lo orienté cogiéndolo de los hombros. Pero estaba mojando un faldón delantero de la camisa, por lo que se la remangué a la cintura. A pesar de la situación, no pude evitar un destello de lujuria ante ese culo generoso y suavemente velludo.
 
Cuando se hubo sacudido, se volvió de repente hacia mí y, sin más, me espetó: “¿Te gusta mi polla?”. “No está mal”, respondí para seguirle la corriente. Lo que estaba era muy bien, me dije. “Anda, sácate la tuya y comparamos”, dijo sorprendiéndome aún más. “Déjate de juegos ahora...”, repliqué. Pero ya estaba hurgando en mi bragueta. “¡Pero si se te ha puesto dura...!”, exclamó alborozado. “Eso es que te gusto”, añadió Vaya tesitura  la mía. Claro que me gustaba, pero ¿a él le iba también el rollo o era un delirio de borracho del que no debía aprovecharme? Por lo pronto me aparté de él y dije: “Tú lo que necesitas es una ducha”. Enseguida me di cuenta de que, queriendo desviar el tema, se podía complicar aún más.
 
Se quitó la camisa con dificultad y pude apreciar lo bueno que estaba de conjunto: tetudo y barrigudo moderadamente, con una pilosidad muy bien distribuida. No obstante, consideré prudente dejar que se apañara solo e hice el gesto de salir del baño. Pero cayó sentado sobre la tapa del váter y trataba infructuosamente de deshacerse de zapatos y pantalones. “¿No ves que no puedo solo?”, avisó con tono implorante. Así que tuve que agacharme y bregar con los cordones de los zapatos y el amasijo de ropa que se le había enredado en los tobillos. El muy ladino no desaprovechó la coyuntura y volvió a la provocación. Se tocaba con descaro la polla, que me quedaba a poco más de un palmo de la cara. “Mira, se me pone tan dura como la tuya”. Ciertamente, aunque todavía morcillona, iba adquiriendo un volumen respetable. “Ya se te calmará con el agua”.
 
Cuanta más prisa quería darme más me liaba con lo que intentaba concluir. Él no perdía comba: “Nos podíamos hacer unas pajillas... Yo estoy dispuesto”. Alardeó de una completa erección ya. ¡Vaya pollón! ...y yo cada vez más negro. “Si quieres, te la haces en la ducha”, repliqué forzando el distanciamiento. Pero iba in crescendo: “O mejor nos las chupamos. ¿Tú lo has hecho? Me apetece mucho comerme una polla”. “Venga, que no sabes lo que dices”. Al fin había terminado y tiré de él para levantarlo. Completamente en pelotas como estaba se me abrazó y volvió a echarme mano al paquete. “¡Uy qué gorda! ...Te la saco”. En un instante de flaqueza, permití que me bajara la cremallera. Para esto tenía tino el cabrón. Inevitablemente la polla me salió disparada. Pero ya no le dejé que me la agarrara. Lo cogí de los brazos y lo empujé para hacerlo entrar en la bañera, mientras lloriqueaba infantil: “¡Yo quiero que juguemos con las pollas!”.
 
Me di cuenta de que la mía seguía fuera y me la guardé. Para mayor seguridad, metí una banqueta e hice que se sentara. Eludí sus intentos de seguir metiéndome mano, alcancé el mango de la ducha y abrí el grifo. Probé que el agua no estuviera demasiado fría, no fuera a provocarle un shock. Volví la ducha a su soporte y le di presión. Como si no se enterara del agua que le estaba cayendo encima, no paraba de incitarme: “¿Te gustan mis tetitas? Mira cómo me pongo duros los pezones”, y se los pellizcaba. Cogió una pastilla de jabón y empezó a frotarse la entrepierna. “Bien limpita,  para que te la comas a gusto”, exhibiendo la polla entre espuma. Por lo que veía, la ducha no estaba calmando precisamente sus ardores. Cuando bajé la guardia inclinándome para cerrar el grifo, me agarró con fuerza e intentó meterme en la bañera. No lo consiguió, pero mi ropa quedó empapada. “¡Ahora sí que tendrás que ponerte en pelotas como yo!”, rió triunfante.
 
Cabreado, pero  también excitado, me deshice de las prendas mojadas, y hasta de los calzoncillos. “¿No era esto lo que querías? ¡Tú te lo has buscado!”, me dije, “A ver ahora qué pasa”. Porque me estaba quedando claro que el alcohol había dejado de ofuscarle la conciencia, pero lo había desinhibido.  Encantado por mi cesión, se arrodilló dentro de la bañera y me cogió la polla. Mientras la miraba atentamente dijo: “Te la voy a chupar. Nunca lo he hecho, pero me apetece mucho. Ya me dirás si lo hago bien”. Me dejé llevar por fin y sacó la lengua para lamer el capullo en redondo. A continuación, fue succionado hasta tener casi toda la polla en la boca. Apretó los labios y cogió ritmo. Para ser principiante no iba nada mal y me estaba calentando a base de bien. Pero quiso meterla tan a fondo que tuvo arcadas y preferí apartarlo, no fuera a ser que le provocaran una inoportuna náusea. “Qué desastre ¿no?”, dijo compungido. “Si lo estabas haciendo muy bien..., pero debes tomarlo con más calma”, contesté queriendo tranquilizarlo. Y añadí: “Ahora vamos a secarnos para no enfriarnos”. “Pero yo quiero que también me la chupes...”. “Vale, cuando estemos más cómodos”.
 
Ya secos, pasamos en pelotas al salón y se dejó caer despatarrado en el sofá, sin cesar en su provocación. Sonreía socarronamente y parecía con plena conciencia de sus actos. No dejaba de mosquearme, sin embargo, que, sin apenas conocerme, se hubiera soltado tan descaradamente para tener su “primera vez”.
 
Pero ya no me iba a andar con más remilgos y aquello que se me ofrecía era un panal de rica miel. Encima me retó: “Me gusta ver cómo te excito... ¿No vas a cumplir lo prometido?”. Me lancé sobre él. “Déjate hacer, que vas a ver lo que es bueno”. Empecé lamiéndole con vehemencia las tetas peludas y mordisqueándole los salidos pezones. Se estremecía de placer y me cogió los brazos para bajarlos hacia su sexo. Mientras con la boca seguía ocupándome de pecho y barriga, le apretaba los huevos y manoseaba su gorda polla. Me arrodillé y pasé sus piernas sobre mis hombros. Sobándole los macizos muslos, atrapé la polla entre mis labios. Dio una fuerte sacudida y exclamó: “’¡Tú sí que sabes!”. Alterné manoseos y chupadas, con una abundante salivación. Por la posición en que estaba, bajo los huevos mostraba el agujero del culo. Le di varios lametones que le arrancaron murmullos de gozo y después fui metiendo un dedo. “¡Uy! ¿También eso?”, profirió con voz quebrada, pero sin resistirse. “Eso y más... Pero antes te voy a dejar vacío”, respondí dominando la situación. Sin sacar el dedo, que había entrado entero y removía de vez en cuando, me centré en una mamada ininterrumpida. Sus resoplidos iban en aumento a medida que progresaba la succión. “¡Estoy para correrme!”, avisó. Pero yo no alteré el ritmo y, efectivamente, no tardó en llenárseme la boca de leche copiosa. Cuando pudo articular palabras, exclamó: “¡Qué pasada! ¡Esto sí que ha sido una mamada y no la chapuza mía de antes!”. “Solo es cuestión de práctica”, respondí.
 
Como me había erguido y exhibía mi polla tiesa ante él, dijo: “Pues yo también quiero hacer que te corras ¿cómo te gustará?”. “Hay varias opciones, según el ánimo que te haya quedado”. “A ver, a ver, que sigo cachondo”. “Escoge entonces. O me haces una buena paja, o una mamada con lo que acabas de aprender o...”. Me miró con expresión intrigada. “¿Ese último o... es lo que me imagino?”. “Imaginas bien, pero hay a quienes les va mucho y otros que prefieren dar”. “No creas, que me gustaría probar... Lo del dedo no ha estado mal”. “Desde luego, tienes un culo precioso”, dije para alentarlo. Se levantó de un salto como tomando una decisión. “Pues podemos probar. Dime cómo me pongo”. “Antes trae algo aceitoso, para que te entre mejor la píldora”. Rápidamente fue al baño y volvió con un frasquito y expresión concentrada. Verlo ir y venir en su apetitosa desnudez me subió la calentura. Aún no me podía creer que traer a casa a un borracho estuviera llegando tan lejos. “Apoya los codos en la mesa y relájate”. Me ofreció así su trasera indefensa. ¡Cómo deseé esos muslos, ese culo, con los huevazos colgantes...!
 
“Te voy a hacer entrar en calor”. Me puse a sobarlo y darle cachetes, alisando en vello que se le había erizado. Le lamí y mordisqueé la raja, y gemía cuando mi lengua alcanzaba el agujero. Me eché abundante aceite en las manos. Con una masajeé mi polla y con otra lo lubriqué. Un dedo me entró casi sin apretar. “¡Uhhh, qué sensación!”, ululó. “Ésta ya la habías probado”. “Pero ahora me da más gusto”. “Es una buena señal, pero una polla es más grande”. “Ya he visto la tuya, ya”. “Pues a lo que íbamos...”. Apunté el capullo al ojete e hice fuerza para entrar un poco. “¡Despacio, despacio, que soy virgen”, suplicó. Un nuevo apretón y avancé más. Noté que se contraía y le di una palmada. “¡Relajado te he dicho!”. “Sí, sí, es muy fácil decirlo”. Pero se distendió. “Ya está toda dentro ¿Qué tal?”. “Bueno, duele un poco, pero se aguanta”. “Ahora viene la movida”. Y empecé a bombear graduando el ritmo. “¡Oh, oh, oh, qué cosa...! Parece que me quemo, pero va resultando agradable”. Eso me enardeció y me moví con más desenvoltura. “¡Así, así!”, iba diciendo. Vaya, que lo de tomar por el culo estaba siendo un hallazgo para él. Pero de pronto pidió: “Para un momento, que tengo una pregunta: ¿te has de correr dentro?”. “No es imprescindible. También me gusta salirme y darme el último toque fuera”. “No es que me importe, pero se me ha ocurrido darte una chupada final y probar la leche”. El tipo quería matar dos pájaros de un tiro. Continué la follada y se le notaba encantado. Hasta removía el culo para aprovecharla mejor. Cumpliendo su deseo avisé: “Me falta muy poco”. Inmediatamente se volvió sacándose la polla y, a toda velocidad, se arrodilló ante mí, al tiempo que la atrapaba con la boca. Mamó con fruición, sin atragantarse esta vez, y avivó mi excitación, por lo que no tardé en vaciarme como él quería. Tragó sin soltarme hasta rebañar la última gota y aún se relamió después. “¡Qué morbo, sacar así la leche!”, fue su veredicto.
 
“Cuántas experiencias nuevas...!”, musitó derrengado en la alfombra. “Espero que todas buenas”, comenté aún jadeante. Porque mis suspicacias por lo insólito de lo ocurrido no se habían diluido del todo. “¿Buenas dices...? ¡Si mira cómo estoy otra vez!”. Y señaló a su polla tiesa. Para ser su “primera vez” estaba cogiendo carrerilla... Aún me sorprendió: “No quiero abusar más de ti, pero, si no te importa, me la voy a pelar y tú me miras”. Se tumbó a medias en el sofá con el pollón en vertical. Empezó a meneárselo con una mano mientras con la otra se sobaba por todo el cuerpo. Vamos, todo un espectáculo de lascivia que, pese a estar yo ya agotado, me hacía reafirmar lo buenísimo que estaba el tío. Pese a la vehemencia del frote, le costaba alcanzar el clímax. Y no me extrañaba, con todo lo que llevaba vivido esa noche. Pero, persistente él, logró finalmente que le fueran brotando borbotones de semen.
 
“¡Qué a gusto voy a pillar la cama!”, concluyó. Y, para mi estupefacción, se apoyó sobre mí y pareció que se retrotraía  a su pasado estado de embriaguez. Balbució: “Un último favor: déjame en mi cama”. No tuve más remedio, pues, que llevarlo al dormitorio y depositarlo en el lecho conyugal, donde quedó frito al instante. Sin salir de mi asombro, confundido entre lo falso y lo real, cerré la puerta del piso y bajé en busca de un taxi.
 
El lunes siguiente, en el trabajo, lo vi por allí con su ajetreo habitual, pero no me prestó la menor atención. Solo más tarde me di cuenta de que había un post-it pegado junto a mi ordenador: “Muchas gracias por llevarme a casa la otra noche. No pasó nada más ¿verdad?”. Cosas...


lunes, 6 de febrero de 2012

Andanzas de un esclavo de nuestros días VII


(Continuación) La vuelta a la monotonía de la reclusión hogareña no dejó de descolocarlo, como me temí. Cumplía a la perfección sus quehaceres domésticos y, desde luego, se esmeraba al entregárseme siempre que lo requería... ¡y vaya si había progresado en las habilidades amatorias! De vez en cuando, incluso, se dejaba caer por casa el amigo que estaba en el secreto, quien siempre se marchaba con el culo bien trabajado. Pero la hipersexualidad que había desarrollado en los últimos tiempos no dejaba de quedarle demasiado reprimida. Desde luego, él no hacía la menor alusión, pero un día, al pasar ante la puerta de su baño, oí unos extraños sonidos guturales. Abrí temiendo que le ocurriera algo y lo sorprendí en cueros haciéndose una paja ante el lavabo. Paró en seco y, por el espejo, vi su expresión de susto, como si lo hubiera pillado en una fechoría. “Por mí no te prives. No será la primera vez que veo cómo te corres”. Aunque haberlo pillado meneándosela me resultaba excitante. Aún sujetándose la polla replicó: “Temí que usted lo considerara un desperdicio, esto de aliviarme por mi cuenta”. “Si ya sé que eres un semental... Venga, acaba lo que habías empezado... y luego me haces una mamada”. Retomó la operación con los huevos sobre el borde del lavabo y enérgicos repasos a la verga tiesa. Para dejarlo a su aire, me abstuve de tocarlo, pese a que la forma en que apretaba el culo para concentrar las fuerzas me ponía cachondo. Sus resoplidos fueron subiendo de volumen hasta que, del capullo enrojecido, le salió un chorro en aspersión que llegó a salpicar el espejo. Con la respiración entrecortada dijo enseguida: “Permítame limpiarme un poco antes de servirle”. Se enjuagó las manos y la polla goteante, y, tras secarse, se arrodilló ante mí, como si aún tuviera que hacerse perdonar. Con delicadeza, pero también con decisión, me desabrochó el pantalón y lo hizo bajar. Yo me había excitado ya bastante con su pajeo, así que le bastó acercar la boca a mi polla y engullirla de una sola succión. ¡Cómo sabía chupar y usar la lengua para causarme un placer inmenso! No cesó hasta que una corriente ardorosa hizo que me vaciara, llenando su boca de leche. Y aún mantuvo dentro mi polla para lamer y tragar hasta la última gota. “¿Lo he hecho bien, señor?”, preguntó cuando por fin pudo hablar. “¡Joder, eres insuperable! No me extraña que tuvieras tanto éxito haciendo el putón”. Buena cosa se me ocurrió recordar, porque inmediatamente percibí un brillo delator en su mirada. Él mismo hizo por neutralizarlo: “Me gustaba serle útil entregándome a los clientes que usted escogía, señor”.

Pero se produjo un incidente doméstico que alteró nuestra rutina. Al volver un día, me lo encontré cojeando sensiblemente. Al preguntarle qué le ocurría, me explicó que estaba subido a una escalera ordenando un altillo y, al hacer un mal gesto, había caído y aterrizado sobre una pierna. Enseguida trató de quitarle importancia insistiendo en que no era nada y ya se le pasaría. Sin embargo, no pudo ocultar la dificultad con la que se movía, e incluso se le escapaban expresiones de dolor. No tuve más remedio que decirle que sería conveniente que lo mirara un médico. El se resistía, haciéndome ver además la clandestinidad de su situación. Pero no me quedaba tranquilo y hube de ingeniar una solución, para la que lo convencí con un argumento decisivo para él: “¿No ves      que si te quedas cojo no me vas a poder servir como yo necesito y tendré que prescindir de ti?”.

Precisamente, uno de los amigos que habían asistido a la orgiástica fiesta de presentación en sociedad era traumatólogo y se me ocurrió acudir a él. Como el esclavo había sido usado y abusado con los ojos vendados, no podría reconocerlo. La cuestión era planteárselo al médico con discreción. Así que lo llamé: “¿Te acuerdas del individuo con el que jugamos a la gallinita ciega?”. “¡Cómo no me voy a acordar! Si aquel tío era un portento”. “Pues resulta que ha vuelto a mi casa y, en una de esas cosas raras que le gusta experimentar, se ha dado un tortazo y tiene una pierna fastidiada. ¿Te importaría que te lo mandara para que le eches una ojeada?”. “¡Una ojeada y lo que haga falta!”. “Bueno yo hablo en plan profesional. Lo que dé de sí la visita ya es cosa vuestra... Pero no hagas ver que lo conoces. Es un poco rarillo y le daría corte”.

Hice que el lesionado cogiera un taxi y se presentara en casa del galeno. Preferí no acompañarlo para no involucrarme en lo que pudiera pasar, conociendo a los dos sujetos. Evidentemente no iba a faltar un relato pormenorizado de lo acontecido: “Si ya le decía yo que no era nada grave. Pero eso sí, el doctor ha sido de lo más amable. Y mano de santo, que todo hay que decirlo... Bueno, mano y más cosas”. “Desde luego cojeas mucho menos... y se te nota muy contento. Así que desembucha”.

“No crea, que al principio estaba yo muy impresionado, con tanto aparato raro y tantos cuadros de huesos. Pero el doctor enseguida supo darme confianza, como si me conociera de toda la vida”. No pude menos que reírme para mis adentros: de toda la vida no, pero sí de la cabeza a los pies. “Además que estaba de muy buen ver; no me extraña que fuera amigo de usted. Con su bata blanca que no se había cerrado demasiado. Pensé que habría sido por las prisas. Pero que no llevaba nada debajo lo averigüé luego... Ante todo se ocupó de mi estado: “Así que has tenido una buena caída... Será mejor que te quites los pantalones para ver esa pierna”. Como yo me movía un poco tambaleante, hasta me ayudó ofreciéndome su brazo, ¡tan velludo y con qué buen tacto! “Ahora te vas a tumbar en la camilla y comprobaré si hay algo roto”. Allí me tiene usted con un toqueteo de la pierna que casi ni me enteraba de que me dolía. Dirá usted que no tengo remedio, pero lo que me pasó no lo pude evitar. Tanto roce y tanto estrujón, que casi llegaban a la ingle, me provocaron una erección, que ni los calzoncillos podían disimular. Y vaya si se dio cuenta el doctor, porque dijo: “Roto no hay nada, tienes unos huesos duros... y parece que no solo los huesos”. No sabe la vergüenza que me entró, porque yo estaba allí por una cosa sería y no para provocar. Menos mal que el doctor siguió muy profesional él: “Solo tienes una buena hinchazón... de la rodilla –la palabra ‘hinchazón’ y la pícara pausa que hizo me volvieron a sonrojar–. Te la voy a untar con una crema y ponerle una venda elástica... Hablo de la rodilla, claro” – ¡y dale!–. Pues sí, la crema me iba dando un calorcillo calmante que parecía milagrosa. Y del arte con que me la aplicaba el doctor ni le digo. Lo malo era que, con el gustito, la polla se me ponía cada vez más rebelde y parecía con vida propia, por los estirones que le daba a los calzoncillos. Encima no se me ocurrió otra cosa que pensar que igual la del doctor también estaba traviesa bajo la bata. Pero, si era así, lo estaba disimulando muy bien. Cuando por fin me tensó la venda, me dio un cachetito cariñoso en el muslo y dijo: “Solo falta una inyección de un calmante que te dejará como nuevo”. Y añadió con todo el recochineo: “Ponte boca abajo, pero ve con cuidado no se te vaya a partir otra cosa”. Desde luego no tuve más remedio que echarme mano al paquete y sujetarme el aparato para que quedara aplastado. No es que me cogiera por sorpresa que me bajara los calzoncillos por detrás; lo normal para poner una inyección. Pero quedarme con el culo al aire me puso aún más salido. Usted ya me conoce, señor. Para colmo el doctor se puso juguetón con el algodón empapado en alcohol, que casi se escurría por la raja. Y me daba palmaditas en un lado y en el otro, simulando el pinchazo, que ni lo noté cuando me lo dio de verdad. “Anda, ya te puedes sentar”. Y yo ahí con las piernas colgando de la camilla y los calzoncillos medio caídos, que solo los sujetaba la punta de mi polla. “¿Seguro que no te golpeaste en otras partes del cuerpo? Mejor que te quites la camisa por si hay algún hematoma”. Ya sí que me quedé con la mínima expresión de ropaje. Fue tan minucioso en el repaso de pecho y espalda que ya empecé a escamarme. Porque no iba a confundir los pezones con un moretón, y bien que me los estrujaba. Como casi se había metido entre mis muslos, ya noté algo duro que se me apretaba. ¿Y qué iba a hacer yo después de lo bien que me había tratado? Mentiría si dijera que no le tenía a estas alturas unas ganas tremendas, pero no me parecía apropiado tomar yo la iniciativa. Aquí fue cuando el doctor, muy finamente, estiró con un dedo la goma de mis calzoncillos y, claro, la polla me salió disparada. Me pareció suficiente iniciativa, de modo que desabroché los pocos botones que aún le cerraban la bata y me amorré a una teta para calmarme los nervios. Le debió gustar, porque estiró para abajo la especie de pantalón de pijama que llevaba y restregó aún con más fuerza la polla por mi muslo. Luego juntó la mía y la suya con una mano y les daba unos frotes que para qué. Yo dale que te pego chupándole las tetas, y bien que le gustaba. Sentado como estaba, tenía poca movilidad, pero el doctor ya sabía lo que hacer. Fue escurriéndose y de repente se metió entera mi polla en la boca, con tanta vehemencia que se me puso toda la piel de gallina. La mamada era de profesional, pero no precisamente en medicina. Yo estaba ya que me salía, pero el doctor, con las alturas muy bien calculadas, se dio la vuelta entonces y apuntó su raja a mi polla. Apretó un poco y ya la tuve bien adentro. Removía la popa con mucho arrebato y yo le puse más énfasis agarrándole las tetas. “¿Le parece que me corra, doctor?”, pregunte, porque no había que perder las formas. “¡Venga ya, que me está ardiendo el culo!”. Fue un alivio para la calentura que había ido acumulando el chorro que solté; hasta me dio apuro la cantidad de leche que le metía dentro. Pero el doctor, la mar de satisfecho, seguía pegado a mi entrepierna y meneándose: “¡Así, así, hasta que se afloje bien empapada en tu leche!”. Ya ve qué cosas... Y no crea, que como la tenía apretada y caliente, aún tardó un rato en ponérseme morcillona. Al fin, cuando el doctor notó que se me escurría, se separó de mí sacudiendo el culo. Enseguida me di cuenta de que le quedaban ganas de jarana, porque al volverse ya se le había puesto el cipote como un obús. Imaginé que ahora me iba a tocar otra inyección y la verdad es que me apetecía un gustazo por atrás con esa jeringuilla tan bien cargada. Tiró de mí para que bajara de la camilla. Eso sí, con cuidado de que no forzara la pierna vendada... Todo un detalle de buen médico, no me dirá que no. Quedé apoyado con los codos y ahí tenía ya mi culo a su disposición. Lo que no me esperaba fue que se pusiera a darme palmadas con mucho entusiasmo. Si lo que pretendía era estimular la circulación de la sangre, desde luego que lo estaba consiguiendo, porque las posaderas me empezaban a hervir. Lo que son las cosas, eso me aumentó las ganas de que el ardor me fuera para adentro con esa verga que prometía. No me defraudó, no, el doctor. En cuanto se le pasó el capricho de la zurra, me dio una embestida que casi se me saltan los ojos. ¡Qué potencia, oiga! Porque se movía perforando como un buldózer, o como se diga. Ni tiempo me daba a poner de mi parte algún meneo. Así que tenía el culo echando humo por dentro y por fuera. “¿Te gusta este ejercicio de rehabilitación?”, dijo encima; supongo que con recochineo. Ya puestos, me apunté: “Doctor, ya sabe que estoy en sus manos. Todo lo que usted haga será para bien”. Le debió hacer gracia, porque intensificó, si cabe, las arremetidas. No entendí por qué añadió: “Este culo me trae muy buenos recuerdos”. Desde luego, cliente no había sido, que tengo mucha memoria visual. El caso es que cada vez estaba más salido, no solo enculándome venga y dale, sino dándome estrujones y tortazos por todos los sitios que alcanzaba con las manos. Pegó un berrido que casi me deja sordo y se descargó a base de bien. Como un detalle se me ocurrió agacharme y, con la pierna vendada estirada, le lamí los restos que le goteaban de la polla. Y hay que ver el doctor, debe ser que abusa de las vitaminas. Porque estaba yo limpiándole a fondo el instrumental y éste empezó a hincharse otra vez dentro de mi boca. Y él como si fuera de lo más natural: “¡Qué bien la mamas, golfo! Sigue ahí un rato y verás como te llevas propina”. Bueno, pues tampoco había prisa, ¿no? Así que me esmeré con chupadas y lengüetazos, y aquello se notaba cada vez más duro. “¡Dale, dale, que tu boca casi me pone más caliente que tu culo!”, me animaba. Estuve un rato sin parar, que hasta me dolían las quijadas. Pero conseguí sacarle una lechada que no sería tan abundante como la que me había entrado por detrás, pero sí me hizo tragar varias veces. Yo, con tanto meneo, había cogido un empalme tremendo, lo que al doctor no se le escapó en cuanto me incorporé. Muy atento me dijo: “Anda, que necesitas descansar. Échate otra vez y te aplicaré un último tratamiento”. Panza arriba ahora y con el palo mayor empinado. Me escamó que me pusiera un paño sobre los ojos, pero aclaró: “Así te dará más morbo”. De todos modos, ya sabe usted que estoy hecho a todo. Lo primero que sentí fue que me iba rodeando los huevos y la polla con una especie de cordoncillo, aunque sin apretar demasiado... menos mal. El paquete me quedó más resaltado todavía. Cambió de zona y unos chorritos aceitosos me fueron cayendo sobre los pezones... ¡y qué gusto me dieron los pellizquitos que me iba dando! Siguió bajando con el goteo, que me entró en el ombligo y me hizo cosquillas. Pero lo más fue cuando me cayó sobre el capullo y se escurrió por toda la polla y los huevos. Luego empezó a darme un masaje que hizo que tensara hasta los dedos de los pies. Con una o las dos manos resbalosas me hacía unos pases que me llevaban al cielo. Y no quedaba ahí la cosa, porque de vez en cuando me daba una chupada por sorpresa que, con los labios escurridizos por el aceite, aún daba más gusto. Total, que me estaba poniendo burro del todo y ya me bajaba un calambre desde la coronilla. Cuando ya no podía más y grité ‘¡doctor, que me corro!’, ¿sabe lo que hizo el muy pillo? Apretó fuerte con la yema de un dedo el agujero del capullo y tuve una sensación rarísima. Porque la leche hacía presión para salir y no podía, lo que me daba como escalofríos. Por fin quitó el tapón y, al mismo tiempo, soltó de un tirón el cordoncillo. Y no vea qué alivio tuve al quedar la vía libre. El doctor mismo, muy pulcro él, enjugó la mezcla de leche y aceite de mis bajos con el paño que me había tapado los ojos. “Bueno, creo que ya va siendo hora de que te vistas”. Era su forma de acabar la visita, por lo que le pregunté: “¿Qué se debe, doctor?” –Porque, aparte del dinero para el taxi, también había calculado una reserva para la consulta–. Pero soltó una risotada: “Darnos por culo cuando vuelvas a la revisión, ¿te parece?”. Hay que ver, con lo fino que había empezado... “Lo que usted mande, doctor. Aquí me tendrá”. Me fui un poco azorado... pero con todo el cuerpo la mar de encajado. Y me alegro de que mi arreglo le haya salido gratis al señor”.

“Está visto que, vayas donde vayas, y aunque sea con la pata coja, acabas follando”, le dije riéndome. “Bueno, señor, usted ya debía saber a quién me mandaba... y con lo bien que se ha portado, no me iba a hacer el estrecho”. “¿El estrecho tú? Ni aunque te hubiera cortado la pierna... Anda, que ya estarás deseando que te haga una revisión”. “Es que estas lesiones hay que vigilarlas, no sea que me quede una malformación”. “¡La polla se te va a mal formar a ti!”. Y así he podido reseñar un nuevo episodio de nuestra convivencia. (Continuará)