sábado, 7 de enero de 2012

Andanzas de un esclavo de nuestros días III


(Continuación) Aunque, si me traía alguna pareja a casa, tenía garantizada su discreción absoluta, me irritaban las precauciones y los avisos previos. La experiencia con el amigo de confianza había resultado muy bien a fin de cuentas. Así que se me ocurrió hacer algo de mayor alcance. Con la complicidad de dicha amigo, que se prestó encantado, organizamos una reunión con unos cuantos conocidos cuyos rasgos comunes eran el ánimo lúdico y el gusto por un tipo de hombre que mi esclavo representaba a la perfección. Los incitamos con el señuelo de que les aguardaba una interesante sorpresa, así que vinieron dispuestos a dejarse sorprender.

A mi siervo me limité a encargarle que dejara dispuesta una buena provisión de bebidas y cosas para picar. También le avisé de que se mantuviera a la expectativa porque su presencia iba a ser requerida.

Los convidados llegaron muy interesados y, cuando estuvieron bien animados comiendo y bebiendo, me ausenté para preparar la sorpresa humana. Le ordené que se desnudara completamente y luego se pusiera un sucinto taparrabos cuyas dos partes se enlazaban en las caderas. Otro detalle era un antifaz que le privaba totalmente de visión.

De esta guisa lo conduje a la sala donde esperaban expectantes los congregados. Lo presenté como un conocido aficionado a entregarse a experiencias extremas, por lo que lo tenían a su merced para cuanto les apeteciera. Desde luego quedaron impactados al verlo allí en medio desorientado, y no menos excitados por su disponibilidad para el uso y el abuso. Su cuerpo sensual de generosas formas se ofrecía a la libidinosa vista de todos y el minúsculo taparrabos, que apenas contenía las partes más sensibles, aún acentuaba la promesa de una ardorosa sexualidad. Loa amigos se conocían entre ellos en todos los sentidos y compartían la desinhibición para disfrutar de cualquier situación. Así que ninguno de ellos se iba a abstener de aprovechar lo que se les ofrecía.

Los que se decidieron primero a ir más allá de las miradas lo cercaron y comenzaron a tocarlo. Fue para él, que no sabía entre cuántas personas se hallaba, una  extraña sensación, que asumió mansamente, solo emitiendo murmullos de sobresalto casi inaudibles. Iban palpando y acariciando, cuando no estrujando, casi en rotación. Ora las tetas, cuyos pezones se ponían duros, ora los brazos, que levantaban para acceder a las axilas, ora espalda y rabadilla, ora muslos y, cómo no, culo aún velado pero insinuante, al igual que el sexo precariamente contenido. Como lo oculto es lo que más atrae, alguien ya fue bajando con morbosidad la tela trasera y descubrió parte de la raja oscurecida por el vello. Otro, por delante, pasaba con suavidad los dedos por las turgencias que se marcaban y observaba con deleite cómo su endurecimiento tensaba el tejido. Desde luego, por sentido del deber o por gusto, parecía ya dispuesto a ofrecer lo que se esperaba de él.

Retardaban el momento, ineludible, de deshacer los lazos de las caderas y provocar la caída del taparrabos. Ya habría tiempo para gozar de su desnudez completa. Antes se regodeaban haciendo salir por los lados los huevos y la polla en erección y extendiendo con un dedo las gotitas que destilaba la punta. Al fin uno deshizo el lazo de uno de los lados y el taparrabos se torció enganchado en la tiesa verga. Otro desligó el lado contrario y ya la prenda cayó al suelo. Quedó pues listo para lo que hubiera de venir.

Mientras los que se habían adelantado se estaban entreteniendo con esas primicias, los rezagados no perdían el tiempo. Desde luego no le quitaban ojo a las maniobras de sus compañeros, pero se habían abierto las braguetas y sacado las pollas o bajado los pantalones directamente. El objeto de su deseo fue empujado hacia este grupo e hicieron que se arrodillara. Le iban rozando las vergas por los labios y a su contacto había de lamerlas o chuparlas. Alguno incluso dirigió su cabeza hacia sus huevos para que se los trabajara. Era curiosa la competencia que se había establecido entre dos bandos, pues los pioneros, que habían aprovechado para despelotarse, lo rescataron haciéndolo levantar. En su calentura parecía que lo fueran a devorar. Y algo de ello hubo porque, repartiéndose su anatomía, uno le comía las tetas y otro, agachado, le chupaba huevos y polla. Un tercero, por detrás, le mordisqueaba el culo y lamía la raja. Parecía vibrar por el cúmulo de sensaciones de las que en absoluto se retraía.

Ahora sí que hubo acuerdo entre los dos grupos. Cogiéndolo de brazos y piernas quedó colgado y le hacían balancear como a un fardo. Su polla inhiesta oscilaba para regocijo de los que así jugaban con él. Uno, más acelerado y ya con poco aguante, meneándosela, hizo puntería sobre su cara y la regó con su leche. Relamía lo que alcanzaba su lengua y alguien tuvo el detalle de limpiarle los restos. Otro se aventuró a masturbarlo, pero no tardaron en frenarlo  a fin de reservarlo para mejores usos.

Éstos llegaron cuando le hicieron sentar en un taburete sin dejar de sujetarlo por los hombros y los brazos. Quedó en la posición adecuada para que dos o tres se sentaran sobre su polla y fueran quedando enculados. La dificultad para que él bombeara la suplían con sus obscenos meneos de sube y baja. No tardaron en ser suplidos por quien morbosamente quiso saborear la polla recién salida de esos culos.

Los que habían disfrutado así relevaron a los que le sujetaban. Hicieron que se volcara de bruces sobre una mesa y presentara el trasero. Varios se la estaban ya meneando para que su turno les cogiera a punto. Fue un desfile de variadas folladas. Unos tardaron más o menos en correrse dentro de su culo. Otros prefirieron salirse en el último momento y rociarlo con su leche. Para satisfacer el capricho de los que quedaban incólumes, hubo que darle la vuelta y ponerlo boca arriba sobre la mesa, con la cabeza colgando hacia atrás. Le metían las pollas en la boca y él mamabas aplicadamente. Se repitió un ceremonial similar al de culo: los que no la sacaban hasta que hubiera tragado toda su leche y los que se vaciaban sobre su cara.

Sin levantarlo de la mesa, lo colocaron en una posición más confortable. Mientras dos le pellizcaban y mordían los pezones, lo cual le provocaba estremecimientos, se inició una ronda masturbatoria. Las manos que iban pasando por su polla imprimían distintos ritmos de frotación, e incluso alguno añadía una mamada o un estrujamiento de huevos. Su cuerpo se enervaba por el trasiego y la polla se tensaba cada vez más, pero los continuos cambios retardaban la explosión. El que había sabido esperar para ser el último tuvo el premio de provocar el paroxismo final, que se manifestó en espasmos y borbotones. No faltó quien se apresuró a lamer su vientre rociado.

Habían tenido un verdadero festín de lujuria, saciados todos a costa de mi hallazgo. Cuando éste volvió a quedar de pie, los amigos quisieron confraternizar, empezando ya por descubrirle les ojos. Pero objeté, en base a unas confusas explicaciones cuya coherencia el ánimo alterado de los concurrentes no les llevaría a analizar, que precisamente el morbo que impulsaba al sujeto a entregarse de la forma en que lo había hecho tenía como complemento indispensable desaparecer sin llegar a conocer quiénes, ni en qué número, habían usado su cuerpo. Así que, con cierta teatralidad, le eché una toalla por los hombros y me lo llevé. Solo al llegar a su zona le quité la venda de los ojos. Me miró aturdido sin atreverse a pedir mi veredicto. “Lo has hecho todo muy bien y los invitados han quedado muy contentos. Ahora date una ducha para limpiarte el sudor y la leche que te ha caído encima. Luego te recluyes en tu habitación y que nadie note que no te has marchado”.

Regresé a la sala, donde reinaba un ambiente de desmadrada orgía. Todos en cueros, comentaban y se ufanaban de las proezas que habían llegado a realizar. Algunos se reengancharon a meterse mano entre ellos, con una total desinhibición. Me uní a estos últimos ya que, como para mí la novedad había sido menor, estuve más atento al buen desarrollo del evento. Pero ahora necesitaba desfogarme.

Una vez terminó todo y marchados los amigos a altas horas de la madrugada, casi me había olvidado de que no estaba solo en la casa. Cuando recobré el sentido de la realidad, fui a buscar al esclavo, que no daba señales de vida, y lo encontré sentado en su cama ya vestido. Rápidamente se puso de pie. “¿Querrá el señor que me ocupe de limpiar y poner orden?”. “¿A estas horas? ¿Cómo no has aprovechado para descansar después del tute que has tenido?”. “Esperaba instrucciones del señor y estaba disponible por si sus invitados volvían a requerir mis servicios”. “¿A ver si te has vuelto un vicioso redomado? Anda, descansa y mañana será otro día”.

Me había quedado cierta mala conciencia por la forma en que lo había lanzado a las fieras, sin avisarlo previamente ni pedir su consentimiento. Aunque esto último estaba de más, dada su concepción de la vida. Por ello y porque me picaba la curiosidad, me decidí a interrogarle sobre cómo se había sentido el día anterior. Su respuesta me dejó perplejo una vez más. “La verdad, señor, es que yo apenas tuve que hacer nada. Me dejaba llevar por sus invitados”. “Pues te hicieron de todo. Y menuda corrida te pegaste...”. “Era lo que se esperaba de mí, ¿no, señor?”. No había forma de sacarlo de ahí.

Una tarde, al volver a casa, me lo encontré muy apesadumbrado. Al inquirir por la causa, me dijo casi con lágrimas en los ojos: “Señor, merecería un severo correctivo”. Intrigado le apremié a que se explicara. Entonces me contó: “Esta mañana he ido a una mercería para buscar una cremallera que había que cambiar a esa cazadora que a usted le gusta tanto –el mirlo blanco también tenía dotes para arreglar prendas–. La mercera, una mujer madura, entró en la trastienda para buscar una caja. Oí un ruido y me asomé por si se había caído. Pero estaba subida en una escalera y lo que había caído era una de las cajas. Me ofrecí para ayudarla y cambié su puesto en la escalera. Cuando me volví llevando en alto la caja que me había indicado, por sorpresa me bajó la cremallera del pantalón. Hurgó en mi bragueta y llegó a sacarme el pene. Se puso a chupármelo y logró endurecérmelo. Como yo no tenía dónde soltar la caja, tuve que dejarla hacer hasta que me vacié en su boca. Al fin encontró la cremallera que se ajustaba a la medida... y, al menos, no me cobró nada por ella”. “¿Eso es lo que te tiene tal alterado?”, repliqué. “He sido usado sin su permiso y malgastado mis energías”. “¡Vaya dramas que te montas! Con tal de que no te aficiones a ir a la mercería... Pues para compensar, ahora mismo me vas a hacer una mamada”.

Su actitud íntima con respecto al sexo seguía siendo un misterio para mí. Había experimentado con él, y visto realizar con otros, tanto mamadas como dar y tomar por el culo, además de toda clase de sobeos. Siempre con la mayor desinhibición y entrega. Y ahora me salía con lo de la mercera. Así que me fue entrando el morbo de ponerlo a follar con una mujer, por supuesto en mi presencia. Para colmar mi capricho, hube de indagar en un mercado de profesionales que no solía frecuentar precisamente. Me las apañé para citar a una que atendía a domicilio y acordé con ella que seríamos dos hombres, pero que a uno solo le interesaba mirar. Avisé de la novedad al afectado, no para pedirle su opinión, cosa que daba por inútil, sino para que estuviera vestido con normalidad.

La elegida se presentó, pues, en casa. Era una mujer bastante guapa, superada la treintena y algo entrada en carnes. Daba toda la impresión de tener una gran experiencia.  Parecía querer ir al grano pues, tras coger el sobre con lo pactado, pidió pasar al baño y que, entretanto, nos desnudáramos, cosa que fuimos haciendo. Yo, para no desentonar y él, con la disciplina que lo caracterizaba.

Ella salió con un conjunto de tanga y breve sujetador, de color chillón. Al verme en un plano rezagado, se encaró directamente con él. Le cogió las manos y las llevó a sus tetas, incitándolo a sobar y meter los dedos por el borde del sostén. Cuando le pidió que se lo soltara por atrás, quedó abrazado a ella. Entonces le agarró la polla que empezó a endurecerse. Yo no les quitaba ojo aparentando un cierto distanciamiento, aunque la situación no dejaba de ponerme cachondo.

Mientras jugueteaba con su polla y sus huevos, le hacía retroceder hasta que cayó de espaldas sobre la cama. Entonces se agachó entre sus piernas y se puso a hacerle una mamada. De vez en cuando alargaba los brazos para tocarle el pecho y endurecerle los pezones. Me senté en una butaca y me tocaba sin ningún recato, interesado en el espectáculo.

Ella pasó a otra fase y fue subiendo, al tiempo que restregaba las tetas sobre su cuerpo, hasta que se irguió a bocajarro sobre el vientre. Me encantó ver la polla reposada sobre la raja del culo que el tanga no cubría. Tras sobarle de nuevo el pecho y pellizcarle los pezones, en una hábil maniobra, se movió para sacarse la braga y, en el giro, quedó la polla por delante. Dirigió la verga hacia su coño, discretamente peludo, y se la fue metiendo. Iba subiendo y bajando, y al fin el hombre resoplaba agarrado a sus caderas.

Para propiciar un cambio de postura, la puta paró y se apartó hacia un lado, tendiéndose con las piernas entreabiertas. Él asumió la variación y se volcó sobre ella, volviendo a metérsela. Ahora era él quien se movía afanosamente, y me encantaba ver cómo el culo se le tensaba y distendía con los embates. La profesional no descuidaba, por su parte, los grititos alentadores.

Puesto en faena, se agitaba cada vez con mayor intensidad y bufaba por el esfuerzo. Lo que había de llegar llegó y el orgasmo se manifestó entre temblores. Fue seguido de un aflojamiento de los brazos hasta caer sobre ella. Lo apartó con delicadeza y ayudó a que se pusiera boca arriba. Tuvo el detalle de acariciarle levemente el miembro que se deshinchaba.

El hombre no tardó en bajarse de la cama y quedar de pie en actitud expectante. Entonces ella me dirigió una mirada interrogadora, ya que yo seguía con una evidente excitación y, al fin y al cabo, había cobrado por dos. Denegué con una sonrisa y, con un mohín de “por mí no ha quedado”, volvió a entrar en el baño.

Aunque la mujer tardó un poco, eludí cualquier comentario, que sin duda habría dado pie a la consabida proclama servil. Le puta salió al fin y, con un convencional “ya sabéis cómo encontrarme”, se marchó tan discreta como había llegado.

Ahora bien, una vez solos, lo empujé de nuevo sobre la cama sin decir una palabra y, cayendo sobre él, le di por el culo con ahínco.

Me resultaba ya palmario que mi polifacético esclavo asumía con destreza cualquier rol sexual que se le asignase. Pero es más, tampoco se abstenía de confesarme con toda franqueza si se había visto involucrado en algún lance ajeno a mi control. Tal fue el caso en que volvió a surgir la mercería y que, con menos dramatismo que en la vez anterior, pero con similar afán expiatorio, se sintió en el deber de contarme. “Estaba necesitado de comprar algún material de la mercería, pero no me atrevía a enfrentarme de nuevo a la señora de la que le hablé. Incluso pensé en buscar un comercio distinto, aunque ya quedan muy pocos de esa clase. Sin embargo, esta mañana pasé por delante de la tienda y vi que quien despachaba era un señor, así que decidí aprovechar la ocasión. Pero, mientras le explicaba lo que buscaba, se asomó la señora y, al verme, llamó al que sin duda era su marido. Me eché a temblar ante el temor de que pretendieran pedirme cuentas, pero enseguida volvió el señor y muy amablemente me pidió que lo acompañara al interior. Para mi asombro, la señora estaba ya con la falda subida y las bragas bajadas, a la vez que el señor no tardó en sacar su miembro viril por la bragueta, colocándose al lado de ella. En situación tan embarazosa para mí, no tuve más opción que atender tan evidente requerimiento. Así que, poniéndome de rodillas, con la mano y con la boca, me ocupé de coño y polla –y disculpe mi crudo lenguaje–. Debí hacerlo a satisfacción de ambos pues, cuando apenas había tragado el jugo que brotó de la señora, tuve que correr para engullir también el semen del señor. Pero no acabó ahí la cosa ya que, queriendo conocer el efecto que me había producido el acto de darles placer, y con un furor que no podía imaginar en una pareja de edad tan madura, se abalanzaron sobre mí y, entre los dos, me bajaron los pantalones. Como el señor bien sabe, soy de fácil excitación, de modo que mostraba el pene completamente erecto. Ambos se disputaron la succión y, cuando dudaba acerca de a cuál de ellos debería ofrecer mi semen, se interrumpieron para plantearme una nueva pretensión. Los dos se volcaron de bruces sobre una mesa presentando sus desnudos traseros. Qué podía hacer sino volver a complacer tan explícita demanda. Hube de penetrar alternativamente, pues,  en el culo del señor y en coño y culo de la señora, accesibles ambos. Tanta variación retardaba mi orgasmo, lo cual, por otra parte, les estaba viniendo muy bien a los señores. Tampoco sabía ahora dónde sería más correcto vaciarme pero, como el conducto anal de la señora era el más estrecho, lo que aumentaba la sensación del frote, ahí descargué finalmente. Una vez acabado el encuentro íntimo, los señores se mostraron muy atentos conmigo”.

“¡Vaya! Que te has convertido en la puta del barrio”, no me privé de decirle. “Le puedo jurar al señor –aunque ya sé que el juramento de un esclavo no tiene valor– que son cosas que yo no busco”, replicó avergonzado. “Si no fuera porque me divierten tus aventuras extra-domiciliarias, sería cuestión de ponerte un cinturón de castidad”. “Si usted lo estima conveniente...”.  Típica salida suya que me desarmaba. Después de todo, era la única distracción que tenía. (Continuará)

miércoles, 4 de enero de 2012

Andanzas de un esclavo de nuestros días II

(Continuación) A la mañana siguiente, la claridad que iba entrando al subir la persiana me fue sacando del sueño. Abrí lo ojos y lo vi plantado ante la cama, pendiente de si tenía que recurrir a otra forma más directa de despertarme. Convenientemente vestido y con aspecto de recién duchado, mantenía la mirada baja para preservar mi intimidad mientras decía: “Espero que el señor haya dormido bien. Perdone que le pregunte, pero mi inexperiencia hace que no sepa si prefiere primero asearse en el baño o desayunar. En cualquier caso todo está a punto”. “Mejor desayuno, pero antes voy a mear,...y no hace falta que me sigas”. Rechacé la bata que me ofreció y logré que se fuera. Había preparado un desayuno de lo más variado y lo explicó en que así podría afinar en adelante en mis gustos. En el baño encontré la pasta extendida en el cepillo de dientes y la maquinilla para repasarme la barba –que es lo que llevo– a punto. “Si quiere, le arreglo la barba en un momento”. “¡Vaya!, ¿también haces de barbero?”. “Modestamente, no se me da mal, señor”. “Pues venga”, accedí entre resignado y comodón. Cuando me iba a meter en la ducha, nueva sorpresa: “¿Desea que lo enjabone y lo frote? Yo ya estoy limpio y puedo quitarme la ropa...”. Lo corté: “¡Oye!, que no estamos en unas termas ¿No ves que como te metas aquí en cueros voy a liarla y no es momento? Ya me apañaré solito”. Para no disgustarlo condescendí: “Anda, tú ten preparadas las toallas y luego me secas”.

Antes de marcharme le di instrucciones: “Hoy te quedas solo y ya encontrarás cosas de la casa para hacer. Te dejo una llave y dinero por si has de comprar algo de comida o de limpieza. De momento, es mejor que no abras si llaman ni contestes el teléfono. Eso ya lo arreglaremos para podernos comunicar”. No me preocupaba qué ni cuándo comía. No era mi problema. Pero sí la cuestión de su vestuario. La ropa de mercadillo que le había comprado solo era para salir del paso, y escasa para alguien que había aparecido poco menos que en pelotas. Además, mi sentido de la estética reclamaba que un hombre tan guapetón que iba a tener a mi cargo estuviera, si no elegante, sí correctamente equipado, tanto para salir como para estar en casa. No era cuestión de mandarlo de compras con dinero largo en efectivo, ni tampoco me apetecía llevármelo de la manita. Así que tuve una ocurrencia: “¿Qué tal se te da Internet?”. “Lo había usado e incluso tenía correo electrónico”. “Pues cuando vuelva a la tarde vas a ir de compras virtuales”. Lo dejé con la intriga.

Pasar el día recuperando mi vida ordinaria fue un alivio y, aunque casi llegué a olvidarme del asunto doméstico, pasó con un soplo. De vuelta a casa reinaba un aire de limpieza y un orden perfecto. Solo vi de momento la vuelta del dinero sobre una mesa. Me adentré por el piso hasta llegar a su habitación. Estaba la puerta abierta y él sentado en la cama en actitud expectante. Enseguida se explicó: “Si hubiese oído que entraba acompañado me habría encerrado inmediatamente”. “Muy prudente por tu parte... Voy a ponerme cómodo y jugaremos con el ordenador”. Recuperé mis shorts y mi camiseta e hice que se sentara en una silla junto a mi butaca frente al ordenador. Entramos en la Web de unos grandes almacenes y navegamos por la secciones de ropa y calzado. “Como las tallas las tenemos frescas de ayer vamos a ir llenando la cesta”. “Pero lo justo y, aunque yo lo vaya a usar, todo es suyo”. Cuando hubimos acabado, dije: “Ahora vamos a buscar cosas picantes para adornarte”. Busqué una Web de accesorios para osos ante la que quedó asombrado: “¡Caray!, no sabía que había algo así”. “Estos correajes y este tanga pueden quedarte muy bien... Hasta te presentaré a algún concurso”. “Si usted quiere que haga el ridículo...”. Pero imaginármelo con esos atavíos, junto con el roce de su pierna y el calor que me llegaba de su cuerpo me puso cachondo. “Si todos se ponen como me pones a mí...”. E impulsivamente le cogí una mano y la llevé a mi paquete. “¿Necesita que lo alivie, señor?”. Casi sin pensarlo solté: “Lo que tienes que hacer es untarte bien el culo con aceite. Hoy no te libras de que te desvirgue”. Muy convencido respondió: “No sé cómo será, pero hasta que no me posea por ahí no me sentiré todo lo suyo que deseo”. “En mi baño encontrarás algo y prepárate sobre mi cama”. Ya iba muy dispuesto empezando a desnudarse. Nada más quedarme solo con mi excitación me asaltó la idea de que volvía a caer en contradicción con los propósitos de contención que me había hecho. Pero... ¿lo iba a dejar con el culo al aire y tan ilusionado como estaba? Para él, que le diera por el culo debía parecerle equivalente al aro que les ponían en el cuello a los esclavos. Y era eso en lo que se empeñaba ser.

Las dudas se me disiparon en cuanto lo vi volcado de barriga sobre los pies de mi cama exhibiendo ese culo tan generoso. La raja, que brillaba por el aceite, resultaba irresistible. Al sentir que me acercaba avisó: “He metido aceite con el dedo todo lo que he podido. Espero que esté a su gusto”. Deslicé varias veces mi polla por la raja para que se impregnara. Los temblores que notaba en sus muslos me excitaban aún más. Apunté al agujero e intenté penetrar. Pese a la lubricación encontraba resistencia. Apreté con fuerza y mi polla muy apretadamente empezó a abrirse camino, mientras él ahogaba sus quejidos con la boca sobre el antebrazo. Pareció que se aflojaba la presión y por fin pude avanzar hasta tenerla toda dentro. Pero de pronto noté que algo como un aro apresaba la base de mi polla y me impedía moverla. Hube de decir: “Como no te relajes nos vamos a quedar enganchados como los perros”. Respirando entrecortadamente trató de hacerme caso y llegué a percibir mayor holgura. “Lo más duro ya ha pasado. Ahora me toca disfrutar la follada”. Me lancé a un mete y saca cada vez más enérgico. Su estrechez aumentaba la sensibilidad de la frotación y la polla se me iba calentando. “¡Ahí va mi leche!”, avisé. Efectivamente la corrida se fue dispersando por los contraídos recovecos. Cuando entendió que todo había acabado, con una vos temblona y casi inaudible, le salió la vena cursi: “¡Por fin tengo dentro la semilla de mi amo!”. No pude menos que reír y darle una palmada al culo. “Solo me faltaba dejarte preñado”. Al incorporarse titubeaba y le costaba juntar las piernas. Lo ayudé sujetándolo por un brazo y pude ver la resaltada marca de un mordisco.

A partir de la escena del desvirgue logré mantener de nuevo las distancias. Yo estaba bastante tiempo fuera de casa y él se iba adaptando a mis gustos y necesidades sin resultar untuoso. Su vestuario fue mejorando y le compré un móvil para que pudiéramos estar en contacto. Pero la víspera del primer domingo, al ir a acostarme, le pedí que me dejara dormir un rato más, aunque, si a media mañana no me había levantado, me diera un toque. Y sucedió que la broma que en su día le había hecho y que yo tenía olvidada por completo se la tomó al pie de la letra. Estaba todavía en las brumas del sueño cuando noté que algo se movía con mucho sigilo desde los pies de la cama. En pocos segundos mi polla quedó engullida en una cavidad húmeda y caliente. Me desperecé gozando de la sensación y sintiendo que mi polla se hinchaba. Con la voluntad adormecida, dejaba que las succiones fueran enervándome y poco a poco un flujo cálido fue recorriéndome hasta desembocar en la boca que me apresaba. Saciado, pataleé para que me soltara. “Es lo que usted me había dicho, ¿no, señor?”. Me entró una risa floja: “Ya has tomado la leche del desayuno”.

Un día había quedado con un ligue para que viniese a casa. Así que hube de avisar: “Esta tarde va a venir alguien y estorbarás. De manera que o bien pasas la tarde por ahí o te quedas encerrado en tu habitación sin chistar bajo ningún concepto”. “Señor, preferiría quedarme en mi habitación... por si requieren mi servicio”. La utilización del plural y la entonación de la palabra “servicio” me mosquearon: “¿Todavía no te has enterado de que nadie ha de saber que te tengo aquí o es que pretendes que también mis amigos te den por el culo?”. Creo que fue la primera vez que me mostré duro con él y lo acusó: “Yo ni quiero ni puedo pretender nada, señor, y le pido perdón si lo he disgustado. Pero no me haga estar vagando por la calle, que me recordaría mi vida pasada. Si deja que me quede le aseguro que seré sordo, mudo y ciego”. ¡Qué remedio!, cedí. Y aún fui más comprensivo: “Si te gusta leer, coge alguno de mis libros”. Se le iluminó la cara: “Gracias, señor. He visto que tiene algunos de historia de Roma... son mis preferidos”. Ya me parecía a mí... Tuve el revolcón sin el menor contratiempo, y resignándome a que me había de acostumbrar a su presencia silente. Cuando se marchó el visitante, le di permiso para reanudar sus actividades. “¿Ha ido bien todo, señor?”. “No es asunto tuyo”.

Guardar un secreto de forma absoluta y por tiempo indefinido llega a pesar tanto que resulta casi imposible. Imprudentemente me empezaron a entrar ganas de compartir de alguna manera aquel tesoro sexual oculto. Como válvula de escape pensé en un amigo de toda confianza. Era muy golfo y habíamos participado juntos en lances sonados. Llegado el caso de las explicaciones, siempre podría encubrir el peculiar vínculo existente –que ni a este amigo me atrevería a confesar del todo– bajo la capa de una mera acogida temporal por razones humanitarias. Pero antes de eso quise darle la sorpresa, rodeada del morbo que a él tanto le gusta. Insinuándoselo sin mayor detalle, lo insté a que me hiciera una visita. Y para ello tenía que aleccionar a mi extraño sirviente (siempre me resisto a llamarlo “esclavo”, como él se considera). “Hoy voy a tener una visita para la que, a diferencia de lo habitual, vas a estar disponible. Y no me refiero precisamente a que nos sirvas la merienda... ¿Lo entiendes?”. “”Creo que sí, señor. Ustedes querrán usar mi cuerpo”. “Pero tampoco se trata de que te presentes como una tímida doncella. Ya has demostrado que sabes lo que se hace con un hombre. Así que has de estar provocador y hasta tomar la iniciativa si hace falta”. “Haré todo lo posible por estar a la altura de lo que me pide, señor”. “Tú quédate preparado con los correajes y el tanga que te compré y, cuando oigas que doy tres palmadas, apareces... ¡Ah!, y como serás incapaz de tutearnos y dejar de usas expresiones serviles, diré que eres mudo. De modo que calladito y todo lo más sonidos guturales”.

Mi amigo llegó con la mosca detrás de la oreja e intentaba captar algún detalle que le diera una pista. Desde luego estaba seguro de que la sorpresa sería de carácter sexual y yo lo incitaba a que lo tomara así. “Tú ponte cómodo y desabróchate el cinturón. Ya verás qué dotes mágicas tengo”. Cuando ya había abusado bastante de su impaciencia, di las tres palmadas. Inmediatamente apareció mi pupilo y yo fui el primero en quedar asombrado. El correaje cruzándole el pecho y resaltando las tetas, además de las muñequeras y tobilleras, le daban un aspecto fiero. La nota sexy la ponía el pequeño tanga que apenas le contenía el paquete y dejaba el culo al aire. Porque, por propia iniciativa, nada más plantarse ante nosotros, fue girando para ofrecer una visión de conjunto. Mi amigo estaba estupefacto y a duras penas llegó a balbucir: “¿De dónde has sacado esto?”. Ante el silencioso remedo de saludo que improvisó el aparecido, me apresuré a presentarlo: “Este es Ramón –me inventé el nombre sobre la marcha–. Es de lamentar que no pueda hablar. Oye perfectamente, pero tiene un problema en las cuerdas bucales. Aparte de eso es un calentorro de cuidado, ¿verdad, Ramón?”. Su asentimiento en forma de gruñido lo reforzó llevándose una mano a los bajos con un obsceno apretón. Para cumplir tan solo con sus deberes de esclavo, lo estaba bordando... “Pues mucho gusto, Ramón... Estás para comerte”, dijo mi amigo reponiéndose del asombro. Ni corto ni perezoso el tal Ramón se le acercó y metió las piernas entre sus rodillas en un descarado ofrecimiento. El amigo, desde su posición sedente, se puso a sobarlo como para convencerse de que era de carne y hueso. Entonces yo me puse de pie y, quitándome la camisa y bajándome el pantalón, pasé detrás para restregarme contra su culo. Los achuchones que le estaba dando le sirvieron de acicate para levantar casi en vilo a mi amigo y empezar a desnudarlo. “¡Joder, qué marcha llevas!”, fue la complacida exclamación de éste. Le sujeté los brazos hacia atrás para facilitar que el invitado se recreara con toda su delantera. A dos manos, y también con la boca, le trabajaba tetas y pezones, dando tirones all correaje. Jugaba a desajustar el tanga haciendo salir parte de su contenido. Pero en ese momento, antes de que se lo llegara a quitar del todo, se sustrajo de nuestro emparedamiento, suave pero firmemente –no me costó suponer que debido a su temor de no estar todavía lo bastante excitado como para lucirse, aunque el bulto que marcaba no daba esa impresión–, y cayó de rodillas a la vez que cogía nuestras dos pollas. Tiró de ellas para acercarnos y chupaba una y otra, logrando a veces juntarlas. Lo hacía con tanto afán que nos puso a cien y, por arriba, nos abrazábamos y besábamos. Tuvimos que hacerle aflojar para no dispararnos y, cuando se incorporó, la polla se le había salido por un lado del tanga. Ahora sí que mi amigo se lo bajó y no se privó de comentar: “¡Vaya pollón te guardabas... y qué buenos huevos!”. Lo manoseó todo y luego pasó a lamerlo. La polla estaba ya completamente dura y la hizo objeto de golosas chupadas. “Pues aún no le has visto el culo”, tercié. Dócilmente el autodenominado esclavo dejó que lo girara y hasta se echó hacia delante para facilitar la inspección. “¡Tan bueno como todo lo demás... y qué raja más tentadora!”, sentenció entusiasmado mi amigo. Mientras lo magreaba, como sabía que no podría obtener respuesta directa, me preguntó con morbo: “¿Le va que le den o da él?”. Hube de precisar: “Cuando me lo follo, se queja pero aguanta... es una gozada. Como ya sabes que a mí no me va, no he probado lo otro. Pero tampoco creo que le haga ascos a trabajarse un culo... ¿te atreves?”. El Ramón me echó una mirada de desamparo, como diciendo “esto es nuevo”. El amigo volvió a contemplar con lascivia la polla que acababa de mamar y que se alzaba retadora. Pero su poseedor, captando el deseo que su instrumento provocaba y asumiendo que no podía poner pegas a cualquier tipo de uso de su cuerpo, se tomó al pie de la letra lo que entendió como una orden mía. Se abalanzó sobre mi amigo y lo dejó volcado sobre un ancho brazo del sofá. Muy previsor, había dejado ya en un lugar accesible el frasco de aceite –aunque seguramente solo con la idea de suavizar los ataques a su propio trasero que sin duda preveía–. Y, tal como yo hacía con él, embadurnó con precisión la raja de mi amigo, que se debatía entre el deseo y el temor. Se cogió la polla y tanteó con ella buscando el lugar exacto donde meterla. Descargó todo el peso de su cuerpo y su vientre quedó pegado al culo de mi amigo, que bramó por el tamaño de lo que le había entrado. El que se estrenaba me miró buscando mi aprobación. Cuando empezó a moverse, su seriedad inicial se transformó en una expresión de satisfacción, alentada por los suspiros de placer que provocaba. Yo estaba tremendamente excitado y me desahogaba empujándole el culo y meneándomela. Sus acometidas se prolongaban, demostrando un gran aguante. Hasta el punto de que el sometido tuvo que avisar: “Como tardes en correrte voy a echar humo por la boca”. También obediente en esto, puso cara de concentración y sus resoplidos fueron unos de los pocos sonidos que emitió. Salió por fin con el orgullo del deber cumplido y ayudó a enderezarse a mi amigo. Éste, aún tembloroso, exclamó: “¡Vaya lechada me has echado! ... Has sido muy bestia, pero me has vuelto loco”.

Yo estaba tan salido que no podía esperar. Así que empujé al que acababa de correrse sobre el mismo sitio que mi amigo acababa de abandonar, me eché un chorro de aceite en la mano y se lo estampé en la raja. Aunque su conducto estaba ya mejor adaptado a mis folladas, esta vez fui tan brusco que soltó un ¡ay! demasiado deletreado. Pese a que mi amigo no estaba en ese momento tan lúcido como para captar el detalle, apretado como estaba yo al cuerpo levanté una mano y le tapé la boca para impedirle una nueva metedura de pata. Bombeé a continuación agarrándome a las tiras del correaje y, con la excitación que había ido acumulando, no tardé en vaciarme con todas las ganas en mi servidor.

Mi amigo, cuya tomada por el culo le había encendido los ánimos, no quiso desaprovechar la oportunidad de revancha. No obstante, necesitado de un cierto estímulo previo, se subió al sofá y, tomando la cabeza del pobre hombre que aún basculaba sobre el brazo, le presentó la polla, que fue chupada con presteza. Cuando se sintió en forma, le dijo: “Quédate donde estás, que no te libras de que te folle”. Dicho y hecho, bajo al suelo y se acopló al culo que yo acababa de dejar vacante. Le dio tales arremetidas que parecía que se vengara y que eran soportadas estoicamente. Se corrió en varias sacudidas y, cuando al fin sacó la polla, del culo goteaba la leche acumulada.

Le indiqué con un gesto al sufrido esclavo que podía ir a limpiarse y refrescarse un poco. Al quedarme solo con mi amigo, a éste, que se lo había pasado de maravilla, le costaba entender que tuviera aparcado en casa un tipo tan suculento y, a la vez, tan enigmático. Desde luego, lo del mutismo le resultaba muy sospechoso y me costaba dar una explicación coherente de toda la historia. Ya que había cometido la imprudencia inicial de dárselo a conocer en forma tan lúdica, pensé en sincerarme, rogándole encarecidamente que por nada del mundo revelara mi secreto. Pero me era tan difícil exponerle la cruda realidad, que se me ocurrió aprovechar que en ese momento volvía el sujeto en cuestión. Ya sin correajes y en su total desnudez, el pobre se mostraba indeciso sobre cuál debía ser ahora su comportamiento. Así que me dirigí a él: “Mira, no hace falta que sigas fingiendo que no puedes hablar. Cuéntale a este señor qué es lo que tu te consideras y qué relación tienes conmigo”. Azorado al principio, tomó aire y expuso: “Soy un esclavo acogido por el señor”. Ante la solemnidad del pronunciamiento, mi amigo quedó pasmado y se dirigió a mí: “No me digas que tienes un esclavo sexual... y tan crecidito”. Ya que yo lo había instado a definirse, volvió a tomar la palabra: “El sexo forma parte de la disponibilidad absoluta que debo a mi amo. Hoy ha querido compartirme con usted”. Ahora tercié yo ante la boca abierta de mi amigo: “Te parecerá tan increíble como me lo pareció a mí, pero no he tenido más remedio que acostumbrarme a esta situación de hecho. Después de todo no me va tan mal”. “Ya lo veo, ya. Se me ocurre cantidad de interrogantes, pero desde luego te agradezco la confianza que me has demostrado, y puedes estar tranquilo por mi discreción. ...No me importaría volver a hacerte alguna que otra visita”, concluyó poniendo sentido del humor.

Ya más cómodo en su verdadero papel, el recién bautizado como Ramón –me di cuenta de que desconocía su verdazo nombre y que, en nuestra relación, me había habituado a un “¡eh, tú!” despersonalizado– ya no se abstuvo de desplegar sus otras utilidades. “Si quieren los señores, puedo prepararles el baño y traerles algo para que se refresquen”. Mi amigo no salía de su asombro y apostillé: “Como si le dices que te bañe él...”.

Optamos por una ducha rápida, sin mayores experimentos, secándonos con las toallas que diligentemente había dispuesto para nosotros. Me sorprendió –si todavía tenía capacidad de sorpresa con él– que, para servirnos el refrigerio, hubiera vuelto a ponerse el tanga. Supuse que, ya que habían concluido sus prestaciones sexuales, habría pensado que no era adecuado ir balanceando la polla, pero que tampoco debía vestirse por completo en contraste con nuestra conservada desnudez. Respetuosamente se retiró para no interferir en nuestra intimidad.

Cuando finalmente el amigo se marchó, se mostró ansioso por conocer mi opinión sobre su comportamiento: “Es la primera vez que sirvo a alguien distinto de usted”. “No se te habrá escapado que el visitante ha quedado encantado. Y no parecía que actuaras solo para cumplir con un deber. Te has puesto de lo más cachondo...”, respondí. “Usted ha sabido enseñarme, señor. La mejor forma de dar placer es sentirlo también”. Una vez más su filosofía de la vida me dejó anonadado.

Así seguimos con nuestra rutina y yo, totalmente liberado de cualquier quehacer doméstico, procuraba llevar una existencia normal. Acostumbrado como estaba a vivir solo, él se ocupaba de sus tareas o se quitaba de en medio para no perturbar mi sosiego. No negaré que, de vez en cuando, caía en la tentación de reclamarlo para echar un polvo, a lo que se prestaba solícito. Y eso sí, la mamada dominical, por muy tarde que me despertara, se había convertido ya en costumbre. (Continuará)

domingo, 1 de enero de 2012

Andanzas de un esclavo de nuestros días I

AVISO: Inicio la publicación por entregas de un relato que se me ha ido convirtiendo casi en una novela corta. Lo fragmento para no cansar a los que puedan leerlo.

Tuve que hacer unas gestiones en el centro de la cuidad. Como acabé antes de lo previsto y hacía muy buen día, decidí pasear sin rumbo durante un rato. Me adentré por unas calles que hacía mucho tiempo no frecuentaba y me alarmó lo que se habían degradado. Llegué incluso a sentir temor ante los tipos, y hasta grupos, de aspecto poco recomendable con los que me cruzaba. Pensé que lo mejor era salir de aquella zona cuanto antes. Pero, como me suele ocurrir cuando me pongo nervioso, me entraron unas ganas imperiosas de orinar. La solución fue entrar en un bar, tan poco atractivo como el entorno, y pedir un café, ya que no me atrevía a ir sin más al servicio. Cosa que hice en cuanto el camarero se puso a prepararlo. No muy limpio el lavabo, pero al menos me pude aliviar. Volví para tomarme y pagar el café, que estaba casi hirviendo. Como no quise hacer el gesto de dejarlo, me entretuve mientras se enfriaba. Me llamó la atención un hombre sentado solo en una mesa. Pese a su aspecto tristón, me pareció muy atractivo. Llevaba un pantalón corto y una camisa medio desabrochada, mostrando una robustez de hombre de muy buena edad, que encajaba perfectamente en mis gustos. Debió percibir mi interés porque no tardó en levantarse y ponerse a mi lado en la barra. “¿Le molestaría que habláramos un momento?”, me dijo. Su tono y su actitud eran muy correctos, así que no tuve inconveniente en aceptar. Para mayor discreción me indicó que fuéramos a su mesa, a la que le seguí llevándome mi café. Sin andarse por las ramas me espetó: “Me he dado cuenta de que se fijaba en mí”. Y ante mi expresión a la defensiva, añadió: “No piense que me ha molestado. Al contrario, me ha animado a hablarle”. Me contó que había perdido el trabajo y la casa, y que su mujer se había ido al pueblo con su familia. Sin darme tiempo a objetarle que en ese problema poco podía hacer yo, me planteó una cuestión insólita: “Ya sé que de esto no voy a poder salir. Por eso se me había ocurrido encontrar a alguien a quien entregarme. Y he tenido la intuición de que usted pudiera ser esa persona”. “No sé si le he entendido bien, ¿pero me está ofreciendo sexo por dinero?”, repliqué. Su explicación resultó aún más extraordinaria: “Eso sería grotesco en un tipo con mi edad y mi aspecto ¿verdad? Mi ofrecimiento va mucho más allá: se trataría en convertirme en su esclavo, tal y como existía en la antigüedad. Solo cobijo y alimento, con total disponibilidad sobre mi... también para el sexo, claro, si fuera de su gusto”. No me lo podía creer e ironicé: “Así que tendría que sacarle de aquí tirando de una cuerda atada al cuello y llevármelo a mi casa”. Pero contestó muy serio: “No hace falta publicidad. Sería solo un asunto entre los dos”. “¿Y qué le diría a la gente que me conoce?”. Ahí buscó el halago: “Creo que usted posee la categoría suficiente para tener servicio y ¿por qué no puede ser un hombre?”. Llegué a estar hecho un tremendo lío. Entre lo surrealista de la propuesta, la cuestión moral de la esclavitud, las consecuencias que podrían derivarse y lo bueno que estaba el tío, mi cabeza estaba a punto de estallar.

Me quedé pensativo un buen rato dándole vueltas al asunto, mientras él guardaba silencio, cabizbajo. Yo vivía solo –en eso tuvo intuición–  y me vendría muy bien que alguien se ocupara de las tareas de la casa. El individuo, aparte del atractivo físico, me inspiraba confianza, no sabía decir por qué,  y pese a la extravagancia de su propuesta, no parecía estar trastornado. Claro que lo de que él se considerara como un esclavo habría que matizarlo y ver como se llevaba a la práctica. Al fin empecé a hacerle una serie de preguntas, tuteándolo ya en un vuelco inconsciente. “¿Es que no tienes vínculos familiares?”. “Ya le dije que mi mujer me abandonó y no tengo a nadie más”. “¿Y serías capaz de hacer las tareas de una casa?”. “De lo contrario no me habría atrevido a ofrecerme... He trabajado en el servicio hostelero y soy también cocinero, de bastante nivel por cierto”. Desde luego parecía una bicoca. “Vamos a ver. Te has dirigido a mí porque te has dado cuenta de que te estaba mirando... ¿Pero a ti te van los hombres?”. La respuesta fue categórica: “Si soy esclavo, mis gustos son los del amo”. Debía tener bastantes conocimientos históricos. Aún remachó en el tema: “Tal como voy vestido ya puede ver bastante de mi aspecto...”. Y vaya que sí, luciendo unos miembros recios y velludos. “Pero si quiere podemos pasar con discreción al lavabo y le enseño el resto, por si me encuentra alguna tara”. “Hombre, no hace falta llegar a tanto ahora”, repliqué azorado por su espontaneidad. De todos modos, poco a poco me iba enredando en el asunto. “Al menos tendrías que ir a recoger tus cosas”. “Estas noches he dormido en un albergue y, en la última, me han robado la bolsa. Así que lo que ve es lo que tengo... Ni calzoncillos me han quedado”.

Antes de marchar del bar le pregunté si quería tomar algo, pero rehusó. Con que pagué mi café y salimos bajo la mirada suspicaz del camarero. Me pareció conveniente comprarle alguna ropa de emergencia. Precisamente pasamos por una de esas de ropa barata, que vino bien para salir del paso. Escogimos –o escogí, porque él me dejaba la elección– dos pares de pantalones, dos slips, dos camisas y unas zapatillas deportivas. Como no estaría mal que se probara las prendas, y de paso se cambiara ya, se metió en un cubículo que hacía de probador. Me pidió que entrara con él y, en unos segundos, se quedó en cueros. Ahora sí que pudo cumplir su deseo de que lo viera entero, incluso girando para que nada quedara sustraído a mi mirada. Lo hizo con toda naturalidad y sin la menor intención provocadora. Aunque no dejó de excitarme contemplar al completo sus atractivos, que eran muchos. Dije para disimular mi turbación: “Cuando te des una buena ducha estarás perfecto”. Se puso la ropa nueva y salimos de la tienda con la bolsa del resto.

Me resultó embarazoso entrar con él en casa. Y más todavía cuando intentó besarme una mano. “¿Debo entender que me ha aceptado?”, dijo con voz temblorosa. Yo aún dudé: “¿No sería más sensato pagarte un salario por tu trabajo y que vivieras tu vida?”. “¿Y dónde voy a vivir yo?”, replicó contrito. “Bueno, puedes estar como interno. Hay una habitación que podrías usar, pero con tu paga y tu tiempo libre”. “Señor, estoy harto de tener cosas y perderlas. Ya no quiero disponer de voluntad propia. Necesito un amo que me considere su posesión”. “Sinceramente no sé cómo funcionaría. Siempre he sido muy celoso de mi intimidad”. “Por eso no ha de preocuparse. Cuando le convenga me quedaré encerrado. Si le visitan amigos seré invisible. Salvo que usted quiera que les sirva o incluso usarme para su diversión”. Insistió en una dimensión más práctica: “Me dedicaré al cuidado y la limpieza del piso, haré los recados con el dinero que usted me dé, me ocuparé de la cocina... Todo al gusto de usted. En cuanto a mi cuerpo y mi voluntad, ya sabe que serán suyos”.

La verdad es que me sentía atrapado después de habérmelo traído  a casa. Así pues habría que organizarse. En el piso había una habitación de servicio, con un pequeño baño completo, aunque más bien la había utilizado de trastero. Lo conduje allí y le dije: “Vas a tener trabajo ordenando esto y tirando trastos inútiles. Luego podrás abrir una cama plegable y acomodarte”. Necesito bien poco, señor”, respondió. “Bien, vamos por partes”, empecé dando órdenes. “Como pronto habrá que comer, veremos cómo te apañas con lo que encuentres en la cocina. Pero antes te convendrá darte una buena ducha”. Como su baño estaba de momento inservible, le dejé que, por esta vez usara el mío. “Se lo agradezco, y no se preocupe que lo dejaré todo limpio”. Lo acompañé y, al explicarle dónde encontraría toallas, ya se estaba desnudando. “Si le place, puede mirar y tocar... Ya lo sabe”. No me resistí a la tentación de tanto ofrecimiento y lo contemplé bien a gusto mientras se remojaba y enjabonaba desinhibidamente. Desde luego, además de lo apetitoso del conjunto, lucía unos huevos y una polla que atraían la vista, así como un culo magnífico cuando se giraba. Cuando iba ya a secarse, no quise dejar incompleta su sugerencia, así que le pedí: “Acércate”. Le tanteé los huevos y cogí la polla, que descapullé con facilidad. Pareció avergonzado de no haberse empalmado al momento: “Todo funcionará a su gusto, no lo dude”. “Tranquilo, que ahora no pretendía más. Hay antes otras urgencias en la cocina”. “Si quiere, me puedo quedar desnudo”, ofreció. “Tú mismo. No me molestará en absoluto”. Y añadí: “A ver si me sorprendes con la comida. Yo voy a ponerme más cómodo”. No dejó de aprovechar: “Cuando me sitúe, ya se lo tendré todo a punto y lo ayudaré”. ¡Vaya, también valet de chambre!, pensé.

Dudé si quedarme igualmente desnudo, pero consideré más prudente no precipitar acontecimientos, pues de lo contrario acabaría dándole un revolcón antes de comer. Tenía que mentalizarme de que no era un simple ligue que me había traído a casa, sino algo que resultaba mucho más complicado. Mejor mantener las distancias y que él se sintiera situado en el nivel que a sí mismo se había asignado. De modo que me equipé con shorts, camiseta y zapatillas, y me entretuve en mis cosas, dejándole campar a sus anchas por la cocina.

Al cabo de un rato me avisó: “Señor, cuando quiera”. Ahora se había puesto un pequeño delantal de peto que casi lo ponía más erótico. Las tetas le salían por los lados y solo cubría escasamente la barriga y el sexo. Se disculpó: “Lo he hecho por higiene, pero si le molesta...”. “Está bien”, le corté, “espero otro tipo de lucimiento”. Para los escasos recursos que habría encontrado, la comida parecía bastante aceptable. Volvió a excusarse: “Al haber aquí esta mesa, he pensado que es donde suele comer. Pero si lo prefiere cambio en un momento el servicio donde me diga”. “Has acertado, no hay problema... Pero veo que solo hay un cubierto”. “Naturalmente, señor. Luego comeré yo solo las sobras, si me lo permite”. Como ya habría tiempo de ajustar todas estas cuestiones, que me estaban llegando a abrumar, y tenía hambre, di por zanjado el asunto. Además estaba todo muy rico y en su punto, en contraste con mis chapuceras improvisaciones. Terminó sirviéndome café y preguntándome si me apetecía algún licor. Cosa que rechacé porque quería conservar la mente despejada.

Me puse a ver la televisión, tratando de distraer mi calentura. Al cabo de un rato se me presentó, ya sin delantal. “Señor, ya he comido gracias a usted y recogido la cocina. ¿Qué ordena ahora?”. Gran dilema: llevármelo a que me alegrara la siesta o mantener el tipo a mi pesar y encomendarle tareas más prosaicas. Volví a inclinarme por la contención y le planifique sus tareas: “Pon orden y acondiciona tu habitación y tu baño. Luego recoge todo lo que sea para tirar y lo sacas a los contenedores. De paso te daré dinero para que compres en el supermercado de la esquina lo que estimes necesario para aprovisionar la cocina”. Con una aquiescencia respetuosa, y no sé si aliviado o frustrado por el aplazamiento del uso de su cuerpo, se retiró.

Hice ver que estaba muy atareado con mis libros y papeles, pero no lograba concentrarme, pendiente de sus actividades cuyo sonido me llegaban. Al cabo de un par de horas, reapareció ya vestido. “He dejado en la entrada unas bolsas para tirar. ¿Querría usted ver como ha quedado la habitación? He procurado hacerlo lo mejor posible y espero no haberle molestado demasiado”. Desde luego, había hecho maravillas, con todo perfectamente apilado y ordenado, y espacio suficiente para poder abrir la cama plegable. Y en cuanto al baño, nunca lo había visto tan vaciado y limpio. “Ha quedado muy bien. Así podrás acomodarte”. “Necesito poco, señor”. “Ahora te voy a dar dinero para las compras que te he dicho. Ya ves que me fío de ti”. “Nunca defraudaré su confianza, señor, de eso puede estar seguro”. Aún hice otra observación: “Por cierto, esa ropa es solo provisional. Habrá que buscarte otra que te quede mejor. No quiero que tengas mala pinta”. Ya que no admitía ninguna paga, al menos cubrirle sus necesidades.

No tardó demasiado en volver y lo primero que hizo fue devolverme religiosamente el dinero sobrante, junto con el ticket de compra. Tras guardar lo que había traído, se atrevió a comentar: “Podré hacerle una buena cena”. Tampoco te pases, no vaya a ser que por tu culpa engorde más de la cuenta”. “Por eso no se preocupe, señor. Haré siempre menús equilibrados”.

Me hizo una petición: “Si no tiene inconveniente, debería volver a ducharme. Antes he cogido mucho polvo y he sudado demasiado”. “Así estrenarás tu ducha”, asentí. Lo que añadió a continuación ya me pareció exagerado: “Aprovecharé también para lavar en el baño la ropa que llevo y la de esta mañana. La dejaré colgada de la barra de la ducha para que se seque”. Y le repliqué: “De eso nada, que hay una lavadora”. “¿Estaría bien mezclar mi ropa con la suya, señor?”. “Faltaría más, no eres un apestado”. “Es usted muy generoso. No me perdonaría hacer algo que le molestara”. “Va, va, dúchate”, zanjé. Esta vez me pareció excesivo volver a supervisar su ducha, aunque solo la idea me ponía caliente. Para colmo regresó oliendo a limpio y otra vez desnudo. “Me he quedado así porque me parece que a usted le gusta”, se excusó con tono ingenuo. Ya no aguanté más y me puse en plan amo: “Pues no estaría mal que me dejaras igual...”. Cogido por sorpresa  se me acercó dubitativo. “A ver si lo hago bien...”. “Es fácil”, lo animé. Cogió tembloroso los lados de la camiseta y me la sacó por la cabeza. Bajó con cuidado la cremallera del los shorts, que cayeron por si mismos. Al ver el bulto que marcaba el slip casi desvía la mirada, pero cumplió escrupulosamente su deber de bajármelo y ayudarme a sacarlo por los pies.

Pese a mi erección, me resultaba violento forzarlo a algo que no le resultara agradable. Sin embargo, voluntarioso, me tocó la polla con precaución. Aproveché para preguntarle: “¿No has estado nunca con un hombre?”. “La verdad es que no, pero quiero y puedo aprender”. Sus caricias a mi polla eran ya más firmes. “¿Solo por complacerme?”. “Me gusta que yo le atraiga y debo corresponder”. “¡Deja los deberes a un lado!”, solté un tanto exasperado. “Tóqueme como le guste y verá que me pongo a tono... Y no se enfade porque esta primera vez esté siendo tan torpe”. Su docilidad me desarmaba y a la vez me excitaba. Lo atraje hacia mí e hice que me soltara la polla. Me concentre en sobarlo y sentir el agradable tacto de su piel velluda. Acoplaba mis manos a sus tetas y aplastaba con un dedo los pezones. Me agradó que se le fueran endureciendo. Fui bajando hacia el vientre y cogí su polla al tiempo que le palpaba los huevos. Le destapé el capullo y lo cosquilleé en círculo. Para mi asombro, poco a poco fue desplegándose una polla que alcanzó un considerable tamaño. “Ya ve que no soy de piedra”, se atrevió a decir. Pareció animarse por la reacción de su cuerpo. “Me gustaría probar de chupársela y que usted me diga si lo hago bien ¿Por qué no se sienta en el sofá?”. Se arrodilló ante mis muslos separados y primero me agarró la polla mirándola de cerca. Luego dio varias chupadas suaves a la punta y poco a poco fue descendiendo con los labios acoplados. Se quedó parado como esperando instrucciones. “Sube y baja absorbiendo y pasa la lengua... Pero no te vayas a atragantar”. Al momento aprendió la lección y me hizo sentir un gran placer. Sin embargo, no quise llegar a correrme para que, esta primera vez, no se encontrara la boca llena de de leche y, sobre todo, porque aún quería disfrutar más de él.

Se quedó un poco sorprendido de que lo hiciera parar. “¿No lo hago bien?”. “No es eso, levántate que te la voy a comer yo”. De pie ante mí, le cogí la polla que no había perdido contundencia. Aunque no me cabía entera en la boca, puse en práctica todas mis teorías sobre una buena mamada. Hubo respuesta: “Usted sí que lo hace bien... Pero vaya con cuidado porque hace mucho tiempo que no me he vaciado”. No le hice caso y seguí insistiendo. Su aviso se cumplió y la boca se me fue llenando de un líquido pastoso y agrio que no dejé de saborear. “¡Uy, uy!”, parecía apurado, “Mire que se lo dije”. “¿Le va a negar un esclavo su leche al amo?”, sentencié bromeado. Cosa que él acogió con un silencio reflexivo.

Tal como estábamos le hice dar la vuelta para recrearme con su culo, lo que enseguida reavivó mi calentura. Manoseaba el vello que desde una mancha en la rabadilla se extendía más suave por toda la esfera y oscurecía la raja. Lo estrujaba y él se inclinaba para darme facilidades. Estiraba de los lados para abrirlo y pasaba un dedo tanteando en agujero. “Eso también es para usted. Puede estrenarlo cuando le apetezca”. Pero me pareció que sería una tarea a tomar con más calma. “Todo se andará, pero ahora prefiero que acabes lo que habías empezado”, “Lo haré mejor, se lo aseguro”. Volvió a arrodillarse y le pasé las piernas sobre los hombros como variante. Así pudo darme chupetones a los huevos antes de iniciar la mamada con la práctica adquirida. Se le notaba deseoso de conseguir lo que yo había logrado de él. Su afán de superación se traducía en el creciente placer que me invadía. Sujetándole la cabeza, ya no tuve reparos en correrme explosivamente en su boca. Tragó y lamió hasta la última gota. “Espero que haya disfrutado”. En respuesta le di un afectuoso cachete.

Para cambiar de tema, le interpelé: “¿Y qué hay de esa cena que prometías?”. “Enseguida la tendrá lista, señor”. Me pareció oportuno hacer otra observación: “Será mejor que por la casa vayas vestido. Estuvo bien la presentación, pero esto no es la jungla”. “Descuide, señor. En adelante solo me desnudaré cuando me lo ordene”. Me sirvió la cena y mantuvimos un silencio tenso. “Cuando acabes de recoger retírate a tu habitación. Yo saldré a dar una vuelta. Necesito despejarme”. “Gracias, señor. Si cuando vuelva desea alguna cosa, disponga de mí”. “Así lo haré. ...Y no hace falta que me esperes”, concluí con autoridad.

La verdad es que, tras la increíble jornada, quería huir del sentimiento de haberme metido en una ratonera. Aislado delante de mi copa le daba vueltas al asunto, que me parecía de lo más enrevesado. Tenía empotrado en casa a un individuo que podía girar como un calcetín toda mi forma de vida. Desde luego estaba buenísimo y con posibilidades de follar cuándo y cuánto deseara. Además, dispuesto a cuidar de mi bienestar hasta el último detalle, sin ninguna exigencia por su parte. Pero ese rollo del esclavo no lo podía asimilar. Corría el riesgo de caer en una especie de matrimonio atípico que tejiera una red de dependencias asfixiantes. Deliberada o inconscientemente él había sabido jugar desde el principio la baza del gancho sexual y yo había caído de cuatro patas con la excusa del aleccionamiento. Por otra parte, me sentía absolutamente incapaz de expulsarlo radicalmente de mi vida. Era consciente de su desvalimiento, que le había llevado a renunciar a su autonomía vital. Pero esto no podía llevarme a perder yo la mía. Si quería considerarse a sí mismo un esclavo, ese sería el trato que había de recibir. Tendría que acostumbrarme a dosificar las distancias y los acercamientos a mi conveniencia.

Más tranquilizado con estas reflexiones, volví a casa dispuesto a asumir la realidad. Estaba todo en silencio y oscuro, salvo una tenue lámpara de la entrada que sin duda había dejado para orientar mis pasos. Mi dirigí directamente a su habitación, abrí de golpe la puerta y encendí la luz. Yacía desnudo en la cama y de inmediato se incorporó poniéndose de pie. No pude evitar que la mirada se me fuera a su polla erecta. Trató de disculparse: “No podía conciliar el sueño por las emociones del día y se me ha puesto así sin querer”. De buena gana me habría abalanzado sobre él y por fin le habría dado por el culo. Pero me mantuve firme en mis propósitos de mesura y me limité a contestar: “En tu habitación puedes hacer con tu polla lo que te dé la gana... Por cierto, quería decirte que mañana me he de levantar temprano y pasaré todo el día fuera. Por la mañana te diré en qué has de ocuparte”. “Solo tiene que indicarme a qué hora he de llamarlo. Conmigo no necesitará despertador. Duermo poco y no le fallaré ni un día”. Eso... y los domingos me despiertas con una mamada”, ironicé. “Pensaba levantarme a las ocho”, concluí. Cerré la puerta y me fui al dormitorio. Encontré la cama cuidadosamente abierta y una botella de agua con un vaso. Como no debió ver ningún pijama en uso, había dejado una bata sobre una silla y unas zapatillas a un lado. ¡Qué cruz! ...¿o no? (Continuará)