martes, 20 de octubre de 2026

Aire acondicionado

Dos veces al año vienen a revisar mi aire acondicionado para el invierno y el verano. Siempre es el mismo operario y me alegra que así sea. Es un hombre maduro, robusto sin llegar a gordo, de rostro simpático y del que me atrae hasta el tono de su voz. Tiene un trato correcto y agradable, muy preciso y ordenado en su trabajo. Como hace tiempo que nos conocemos, me gusta darle palique para, de paso, estar viéndolo moverse y, sobre todo, subirse a una escalera para acceder a la trampilla en el techo del baño. Porque en verano, con ropa más ligera, al levantar los brazos se le sube la chaquetilla y escurriéndosele el pantalón, me deleito mirándole desde abajo un pequeño fragmento de la raja del culo. Es lo más que he logrado de él. Poca cosa, pero suficiente para fantasear con que llegara a más en alguna ocasión.

 

 

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Sin embargo, cuando esta última vez recibo el aviso de que viene, en la espera se ha disparado mi fantasía sobre lo que podría, o al menos querría que sucediera.

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El invierno se ha adelantado y esta mañana he encendido la calefacción nada más levantarme. Sé que no tardará en llegar y me pongo inquieto esperándolo. Entra muy dispuesto, me sonríe con simpatía y se va directo a subir el termostato todavía más. Enseguida se va a la azotea donde está la máquina principal. Está un buen rato arriba y entretanto no atino a ocuparme de nada, deseando que regrese. Le abro de nuevo y explica: “Por arriba está todo en orden, pero tendré que hacer unos ajustes en las piezas que hay en la trampilla del baño”. Está algo sofocado y comenta: “Hoy hace un frío que pela. Menos mal que me puse una camiseta térmica para estar arriba”. Se abre un poco la chaquetilla y me la muestra. Luego añade: “En cambio aquí hace un calor de asarse”, y resopla. Entonces le sugiero con naturalidad: “Si quieres quitártela aquí para que no te agobie…”. “¿No te importa?”, pregunta. “Para nada, hombre”, lo animo. No le incomoda quitarse la chaquetilla allí mismo y sacar la camiseta por la cabeza. En los instantes en que le queda tapada la cara miro con avaricia su torso desnudo. Un pecho recio, algo velludo, con unas tetas marcadas y algo de barriga. Cuando se desprende del todo de la camiseta, al no atinar yo a desviar la mirada, me ruboriza su sonrisa. Se vuelve a poner la chaquetilla, de varios bolsillos con algunas herramientas y que se deja medio abierta, y se va ya hacia el baño. Le llevo la escalera que usa para acceder a la trampilla.

Sube por la escalera, abre la trampilla y mira al interior. “¡Uf! Aquí voy a tener faena”, me comenta porque sabe que me he quedado detrás. Mete los brazos dentro y, al estirarlos, como no lleva la camiseta, como me esperaba y deseaba, la chaquetilla se le sube y los pantalones se le bajan. Asoma así el trozo sombreado de la raja del culo que tan bien recordaba de otras veces y lo máximo de su cuerpo que había podido contemplar. Sin embargo, al meter más los brazos e intentar mover alguna pieza, la escalera se tambalea un poco y le digo: “Te sujeto ¿vale?”. No contesta, le planto las manos por encima de las corvas y no noto ninguna reacción. Nueva vacilación de él que hace que mis manos se posen ya sobre el culo para estabilizarlo, y tampoco se inmuta. Además al tensionar mi sujeción el tejido de los pantalones, estos, arrastrando consigo los calzoncillos, se baja un poco más y la raja asoma ya por la mitad. Quedo embelesado con la cara bien cerca y con ganas de sobar ese hermoso culo de vello suave que se me va mostrando, e incluso de besarlo.

De pronto pausa el trabajo y hace un gesto inesperado. Baja un brazo de las alturas y suelta el cinturón que le sujetan los pantalones. Estos se van bajando entonces, tirando también de los calzoncillos, y aparto un momento las manos para dejarlos caer. Ya no dudo en volver abarcar las nalgas con las manos que muevo acariciándolas. Él vuelve a subir el brazo y, aparentemente, sigue maniobrando por arriba, como si no se percatara de la comprometida situación. Pierdo el control y acerco la cara. Besuqueo y arrastro la lengua por una y otra nalga. Sintiéndose asegurado en la escalera y agarrado al borde de la trampilla, separa más las piernas, trabadas por los pantalones, todo lo que da de sí el travesaño. Entonces estiro de las nalgas y abro la raja. Hundo la cara y mi lengua recorre su interior. Oigo un especie de silbido y se remueve haciendo que me aparte. En un nuevo equilibrio se ha ido girando hasta llegar a apoyar el culo en los travesaños de arriba, con la chaquetilla abierta del todo. Así puede mostrarme la fuerte erección que alza su poderosa polla. Es una ofrenda irresistible y la cerco con los labios para sorberla. Noto que se estremece y afianza más las piernas. Chupo con avidez al tiempo que le palpo los gordos huevos. Suspira y pone las manos sobre mi cabeza dirigiendo mi mamada. Hasta que me la aparta y dice tranquilo: “Deja que baje”. Se apoya en mi brazo para sortear la trabazón de los pantalones y queda ya de pie en el suelo.

Casi sin darme cuenta ya he bajado la cintura de mi chándal y me asoma la polla endurecida. Con decisión hace que me aúpe para quedar sentado en la encimera, me baja más el pantalón y me separa las piernas. Es él ahora quien me chupa la polla electrizándome. Me recreo acariciándole los cabellos muy cortos mientras sube y baja la cabeza. Se detiene y, con las misma energía con que me ha hecho subir, hace que me baje de la encimera. Pero es para ocuparla él apoyándose sobre los codos. Así inclinado, con la chaquetilla subida hasta media espalda y los pantalones por los tobillos, dice imperativo: “¡Fóllame ya!”. No podía desear otra cosa y tomo posiciones detrás de él sujetándome la polla. La apunto y me clavo, y oigo cómo suspira de gusto. Yo bombeo ardoroso espoleado por sus bramidos en aumento y dispuesto a no parar hasta vaciar en él toda mi excitación. Intento no obstante controlarme para alargar el placer que me hace sentir. Pero cuando siento que la corriente que me recorre es irrefrenable, me dejo ir arrebatado. Al cesar al fin, le oigo preguntar escueto: “¿Ya?”. “¿Tú qué crees?”, replico sofocado. Se yergue con cierta dificultad y suelta un fuerte resoplido. Decide ya quitarse del todo los pantalones y, solo con la chaquetilla, dice con la voz algo cortada: “Tendré que seguir trabajando ahí arriba”. Algo extrañado de que fuera a quedarse tal cual, le pregunto: “¿Y tú qué?”. Me entiende y explica como resignado: “Mejor que me reserve… Así podré follar a mi mujer esta noche”. Me hago cargo de su condicionante y no se me ocurre decir nada más. Sigo mirándolo embobado mientras sube los peldaños con todo el culo al aire, sin poderme creer que me lo acabara de follar.

Para lo que tiene que hacer por dentro de la trampilla metiendo la cabeza y los brazos hasta los hombros, cambia la posición de los pies en el peldaño en un arriesgado equilibrio y queda de medio lado. Como ha subido un poco más, ya medio recuperado de mi corrida, atino a sujetarlo por las pantorrillas y sobre mi cabeza veo no solo el perfil de su culo sino también la polla que, ahora a medio gas, se le balancea con sus movimientos. Sin embargo, a mi atenta observación no se le escapa que, como si la parte inferior de su cuerpo se hubiera independizado de la superior en plena actividad, la polla se le va elevando y endureciendo. Entonces asoma la cabeza y, sujetándose con una mano al borde de la trampilla, baja la otra y se agarra la polla. Estalla como ocurre cuando se echa una pastilla efervescente a un vaso de agua y exclama: “¡Que se joda la parienta! Ya no me aguanto la calentura que me has dejado”. Se entrega a un frenético pajeo que hace tambalearse la escalera y que sujeto como puedo. No tarda ya en ir lanzando chorros de leche que llegan a dar en la pared del baño. Sacudiéndose la polla, que aún me salpica en la cara, cierra la trampilla de golpe y va bajando de la escalera mientras suelta con ganas: “¡Qué a gusto me he quedado!”. Atontado le pregunto: “¿Has dejado todo bien por ahí arriba?”. “Perfecto”, contesta, “Y yo mejor todavía”.

 


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Suena el timbre de la puerta, que me sobresalta. Tan abstraído estoy en mi fantasía que tardo unos segundos en comprender que he aterrizado en la realidad. Abro y sí, es él con su afable sonrisa. El ritual de costumbre se repite, incluido el rato que pasa en la azotea. Cuando vuelve, hasta comenta el frío que hace arriba, pero sin enseñarme la camiseta, y menos hacer amago de quitársela. En el baño sube en la escalera para acceder a la trampilla. Por más que se le suba la chaquetilla y hasta se le deslicen un poco los pantalones, el frío invierno solo me permite ver la gruesa camiseta bien remetida. Todo va muy rápido y nos despedimos hasta la próxima temporada.

 

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