Vestido informal, pero sin estridencias, esa misma noche se
dirigió a un bar de osos, que le pareció adecuado para empezar. Estaba ya
bastante lleno y, en un repaso visual general, comprobó que abundaban los tipos
grandotes con distintos niveles de rudeza. Pero no faltaban otros maduros como
él que confraternizaban con los osos. Tuvo que abrirse paso para acceder a la
barra y le agradó el roce de brazos sudorosos, así como algún que otro achuchón,
deliberado más de uno. Por fin pudo pedir una cerveza que, previo pago, le
sirvieron en un gran vaso de plástico. Haciendo equilibrios con él en la mano,
volvió a adentrarse en la masa de cuerpos para inspeccionar mejor el local. Descubrió
que había rincones con pequeñas barras donde se podía tener más sosiego. En uno
de ellos vio que dos tiarrones se morreaban con pasión mientras uno le
estrujaba el paquete al otro. Aunque pensó “¡Ojalá estuviera yo en medio!”,
pasó de largo para no estorbar. Pronto encontró otra barra donde pudo al fin
soltar el gran vaso de cerveza que se le había calentado ya en la mano. Como si
lo hubiera estado siguiendo, se le acercó un tipo que, por su corpulencia,
podía considerarse como oso, pero cuya apariencia era algo más refinada. Se
dirigió a Marcos sonriendo: “Pareces algo perdido”. “Quería ver cómo era
esto…Es la primera vez que vengo”, explicó Marcos. El otro se rio: “¡Ja, ja! El
forastero buscando marcha”. “¿Tanto se me nota?”, sonrió Marcos. “Pues aún te
falta lo mejor… ¿Vienes?”, dijo el otro. Un poco más adelante se toparon con
una pesada cortina roja. El acompañante la levantó por un lado y dijo a Marcos:
“Pasa rápido”. Los dos se encontraron en una sala de medidas imprecisas por la
oscuridad que dominaba. Solo tenues luces rojas permitían orientarse
mínimamente. Se oían roces y jadeos de parejas o incluso grupos dispersos. El
acompañante llevó las manos a los hombros de Marcos y lo atrajo hacia él. “Me
has gustado”, susurró. ¡Uumm!”, emitió Marcos dejándose abrazar. No se dijeron
más porque el otro se puso a morrear a Marcos metiéndole la lengua. Este la lio
con la suya y se dijo: “¡Qué gusto! Después de tanto tiempo…”. Recordó a la
pareja que acababa de ver e, instintivamente, llevó una mano a la entrepierna
del otro, que entonces tomó el control de la situación. “¡Sácamela!”, casi
ordenó. Marcos se agachó, bajó la cremallera y hurgó hasta tocar la polla
caliente. El otro le dio ya facilidades soltando el cinturón y bajando
pantalones y eslip casi hasta las rodillas. Ahora sí que Marcos pudo palpar a
gusto la polla que se endurecía en sus manos. Oyó una oferta: “¿Me la quieres
chupar?”. “¿Por qué no?”, se dijo impulsivamente Marcos. Y con las ganas
repentinas de hacerlo que le entraron, se metió la cargada polla en la boca. La
mamaba con ansia, sacándosela a veces para frotarla. Y el otro le sujetaba la
cabeza para que siguiera chupando. Al percibir la excitación creciente que
estaba provocando, Marcos se sintió orgulloso. Lo estaba haciendo bien pese al
desentreno. Por eso, cuando el otro, considerado, avisó de que le estaba
viniendo, se afianzó aún más a la polla aceptando lo que le fuera a echar. El
mamado se dejó ir ya y Marcos fue recogiendo en la boca toda la leche que no
dudó en ingerir también. ¡Qué olvidado tenía el sabor peculiar del semen y la
pastosidad que dejaba en la boca! Todo fue ya muy rápido. El otro, tras
exclamar “¡Joder, qué gusto me has dado!”, se subió los pantalones y,
sujetándolos precariamente, añadió “Voy al lavabo”. Traspasó la cortina y ya no
se vieron más.
Al quedarse solo, Marcos fue consciente de la excitación que
lo embargaba. Además, como había estado agachado, necesitaba desentumecerse.
Entonces, al haberse adaptado mejor su vista a la penumbra, se fijó en un taburete
alto de bar que había en un rincón. Se dirigió hacia allí y se impulsó para
sentarse con las piernas subidas sobre el reposapiés y la espalda apoyada en la
pared. Trató de relajarse sin darse cuenta de lo provocador que resultaba su
postura. Hasta que un individuo se le fue acercando. Era regordete como él y se
veía algo mayor. Parecía que iba algo mamado y enseguida le puso las manos en
los muslos a Marcos. Como este le dejaba hacer, el hombre se fue animando hasta
el punto de que, declarando lo mucho que le gustaba, le pareció que tenía carta
blanca para hurgar a gusto en la bragueta de Marcos. Pero acertaba, porque este,
con lo salido que iba, incluso le dio facilidades
para que le bajara los pantalones. Marcos se sintió satisfecho al ver su polla
liberada y turgente, que el otro se puso a sobar, huevos incluidos. También
hizo enseguida lo que más deseaba Marcos a esas alturas, que no fue sino
lanzarse a una experta mamada. Marcos no tardó mucho en manotear en señal de
aviso. Pero, como él había hecho hacía poco, el otro insistió en chupar hasta
el final. ¡Qué alivio había sentido Marcos mientras se vaciaba en la boca de un
desconocido! Y qué distinto de las pobres pajas que se había estado haciendo
últimamente. Ni siquiera se dio cuenta de que su benefactor también había
desaparecido. Ya bajó del taburete, se recompuso los pantalones y salió en
busca de un lavabo. Se refrescó la cara y bebió agua del grifo aclarando la
boca, que aún notaba pastosa. No se detuvo al pasar por el bar grande, menos
lleno ya. Decidió coger un taxi para volver al hotel y, cuando le dijo su
nombre, el chófer le sonrió irónico. Solo habría faltado que el taxista también
le tirara los tejos.
Esa noche Marcos durmió como no lo había hecho en mucho
tiempo. Se levantó tarde, comió con apetito y se entretuvo planificando cuál
sería su próxima incursión. Desde luego, la mamada doble y diversa de la noche
anterior le había resultado de lo más gratificante. Sin embargo, el cuerpo
ahora le pedía algo más, que no era sino pasar precisamente al cuerpo a cuerpo,
con todo lo que de ello pudiera derivar. Siempre sin salir de las secciones de
osos y/o maduros, había encontrado el anuncio de un club que le llamó la
atención. Rezaba: “Desnúdate a la vista de todos y busca emoción por nuestro laberinto”.
El morbo no le faltaba para tentar enseguida a Marcos en su búsqueda de
sensaciones fuertes. Así que no dudó en escogerlo para aquella otra noche.
Marcos fue de sorpresa en sorpresa desde que puso los pies
en la recepción del club. Lo recibió un cuarentón fuertote que iba desnudo,
aunque lo tapaba el mostrador. Le entregó una percha, una bolsa para el calzado
y otra en la que debía guardar todos los objetos y adornos, sin excepción. Le
aseguró que esta última quedaría sellada al entregarla hasta su devolución. Le
señaló una larga hilera de perchas con sus bolsas colgadas. Le recordó que la
desnudez completa era obligatoria y le dio unas zapatillas. “Es lo único que
vas a necesitar”, dijo con sorna. Marcos traspasó una cortina y accedió al
local. Le pareció de lo más original. Se encontró en una plataforma elevada y
muy iluminada donde había de desnudarse. Pero lo más curioso era que esa
plataforma estaba situada por encima de la zona de barra del bar. Tomando sus
consumiciones en ella había bastantes hombres ya desnudos, todos de los tipos
que atraían a Marcos, quien pensó que, por ahora, la cosa pintaba bien. Además,
enfrente de la barra, se elevaba un gran espejo que también reflejaba la
plataforma. De esta forma los clientes podían ver desnudarse al recién llagado,
tanto si estaban de cara como de espaldas a la barra. Marcos, aparentando
sangre fría ante tantas novedades, se fue desnudando contemplado por los de
abajo. Debían ser clientes habituales, por la expectación con que acogieron al
nuevo. Una vez en cueros, Marcos sintió un morboso gusto en ser así mirado y
hasta se recreó mostrándose sonriente. Confió asimismo en que el interés que
parecían poner los observadores no fuera tan solo por la novedad y lo
consideraran resultón cuando menos. Recogió sus cosas ordenadamente y volvió a
la recepción para dejarlas. El recepcionista selló la bolsa de objetos con una
franja plástica.
Marcos hubo de descender de la plataforma por una escalera
de caracol. Y, al llegar al bar, se encontró con la sorpresa de que el espacio
entre la larga barra y el espejo de fondo era bastante estrecho. Por ello, para
acceder a algún hueco libre, que solo veía casi al final de la barra, tenía
prácticamente que ir restregándose por los culos y hasta las delanteras de los
demás clientes. Estos, más que dar facilidades de paso, acentuaban los roces
con la polla o el culo de Marcos, que también recibía algún que otro manoseo.
Formaba parte del recibimiento y así lo entendió Marcos, que llegó empalmado al
primer hueco libre. Así pudo pedir ya su consumición, que el camarero, un tío
gordote, peludo y cincuentón, también desnudo, le sirvió con amable presteza.
Percibió ya Marcos algunos desplazamientos de los que había rebasado antes y
que, para acceder a la cortina que había al final de la barra, también hubieron
de rozarse con él. Marcos llegó a encontrarse a gusto en aquel ambiente de voluptuosidad
indisimulada y preguntó al camarero: “¿Por ahí se va al laberinto?”. “Sí”,
contestó el otro sonriéndole con picardía, “Pero no te lleves el vaso… Cuantos
menos estorbos mejor”. Así que Marcos se acabó la bebida pensando: “¡Ojalá me
encontrara con este!”.
El llamado laberinto no tenía nada que ver con el cuarto
oscuro en el que estuvo la noche anterior. Esto lo intuyó Marcos en cuanto echó
la cortina de entrada a su espalda. Por los murmullos y jadeos que se
sobreponían a la música psicodélica, que sonaba sin estridencias, le dio la
impresión de que debía haber por allí más gente de la que dedujo al ver los
clientes de la barra. Tomar copas en pelotas no era la principal función del
local. Había que seguir por un camino sinuoso sin iluminación directa. De vez
en cuando, en uno u otro lado de los recovecos, se daba con cubículos, más o
menos amplios, en los que, bajo una tamizada luz rojiza, tenían lugar
actividades de lo más diversas. Lo curioso del diseño era que, a medida que
Marcos avanzaba en su exploración inicial, a veces se topaba con uno de los
cubículos que ya había encontrado antes. No dejaba se resultar mareante y
excitante a la vez. Pero, tras un recorrido de inspección que Marcos estimó ya
suficiente, decidió que era el momento de tomar parte activa. Para irse
entonando, se entretuvo mirando a cuatro o cinco tíos que se metían mano
furiosamente unos con otros. Meleé que pronto derivó en follarse a uno de ellos
por los demás, que se iban alternando festivamente. Marcos pensó que ya estaban
lo bastante ocupados y optó por pasar de largo. Luego vio que un tío bien gordo
se pajeaba en solitario. Cuando Marcos avanzó por si quería confraternizar, el
otro lo detuvo. “Solo mírame”, le dijo. Marcos aguardó entonces hasta que el
tipo fue soltando largos chorros de leche. Al acabar sonrió diciendo: “Gracias,
guapetón”. Otra asunto fue el que encontró en el siguiente cubículo. Dos tíos
que recordó haberlos visto en la barra, y que encontraba buenísimos por cierto,
parecían esperarlo sentados juntos en una especie de camastro. Lo confirmó
cuando uno le dijo sonriendo: “Mucho has tardado”. “Es que estaba situándome.
Ya visteis que soy novato”, contestó Marcos cordial, mientras entraba en el
cubículo. “¿Tendría ya el cuerpo a cuerpo que tanto buscaba?”, se preguntó. Los
dos se levantaron avanzando hacia él y el otro dijo mirándolo: “Estás muy rico
¿sabes?”. “Pues aquí me tenéis. Ponedme al día”, replicó Marcos crecido. Los
otros dos lo abordaron ya por ambos lados y Marcos se dispuso a entregárseles
ya incondicionalmente. “Ya puestos, mejor dos que uno pensó”. Le encantó cómo
lo manoseaban por delante y por detrás. Cuando le buscaban la boca se las iba
ofreciendo y recibía sus lenguas hurgadoras. En los restriegues, pronto notó
que ambos estaban empalmados y él ya no lo estuvo menos. ¡Qué a gusto se sentía
Marcos con los achuchones! Que él también daba. ¡Aquello sí que era un cuerpo a
cuerpo… o cuerpos!
Pronto los otros, sin embargo, fueron imponiendo sus reglas.
El que tenía por delante, más alto que él, le presionó la cabeza haciendo que
se inclinara. Topó con la polla tiesa y el tipo maniobró para metérsela en la
boca. “A mamar tocan otra vez”, pensó Marcos. Pero en la postura en que se
hallaba, el otro aprovechó para restregarle el culo con la polla no menos tiesa
que la del otro. Reveló además sus intenciones: “Me puse cachondo cuando, en el
bar, me apretaste el culo contra mi polla”. Bien coordinada la pareja, llevaron
a Marcos hacia el camastro, sobre el que hubo de volcarse apoyándose en los
codos. La follada estaba cantada y Marcos evocó lo olvidado que tenía algo así.
Soportó con entereza la clavada inicial y, pese al dolor, le fueron volviendo
oleadas de placer. No se inmutó cuando el otro, con crispados estertores y
bufidos, hizo patente que se le había corrido bien adentro. Marcos respiró
intensamente cuando pudo enderezarse. Pero poco le duró el descanso. Porque el
tipo al que le había estado chupando la polla quiso relevar enseguida al recién
corrido. Ahora Marcos se vio impelido a echarse en el camastro. Aunque, en
lugar de hacerlo bocabajo, como suponía que requeriría también la segunda
follada inminente, el otro prefirió que se pusiera bocarriba. Mientras le subía
las piernas para apoyárselas sobre los hombros, el tío explicó: “Me gusta
mirarte mientras te follo”. Y en esa posición, muy novedosa para Marcos, sintió
que le entraba la polla, con más facilidad ahora debido al ensanchamiento
previo. El que ya se había desfogado hasta ayudó a su colega manteniendo sujetas
las piernas de Marcos para que el otro pudiera bombear con más comodidad. Por
supuesto, este se vació dentro de Marcos con no menos vehemencia que su
predecesor. Tras haberse beneficiado a Marcos por partida doble, la pareja
manifestó su necesidad de ir a refrescarse la gola al bar. Eso sí, besaron
agradecidos a Marcos, quien, todavía aturdido, no sabía dilucidar lo que iría a hacer ahora.
Marcos salió del cubículo con paso vacilante y sin atinar
por donde tirar. No tenía claro si el laberinto lo llevaría a una salida o aún
le haría dar más vueltas. Pero, cuando avanzó, descubrió pronto que aún le
quedaba algo más por ver. En un cubículo había una especie de bañera metálica y
de poca profundidad. Un tipo estaba tumbado bocarriba, mientras otros dos lo
meaban por todo el cuerpo con buenos chorros. El tío parecía disfrutar y,
cuando un chorro se le acercaba a la cara, hasta abría la boca. A Marcos no le
pareció demasiado edificante la escena. Sin embargo, después de la doble
follada, le habían quedado unas ganas intensas de orinar. Y ver cómo meaban
aquellos tipos se las aceleraron. No sabía a qué otro sitio podía acudir para evacuar
y sintió que ya no aguantaba más. Así que se unió a la ceremonia y se puso a
orinar también sobre el tumbado, al que pareció gustarle. Procuró apuntar tan
solo a la mitad inferior del cuerpo y se quedó la mar de aliviado. Salió sin
demasiado mal cuerpo y lo que se preguntó era cómo haría el tipo para lavarse
después.
La sorpresa de la noche fue ir a dar con el camarero gordo
de la barra. Sorprendido, le preguntó: “¿Tú también por aquí?”. El otro le
explicó: “Un cliente amigo, que ya había acabado, me ha sustituido un rato”.
Marcos replicó sincero: “Pues me alegro de que me hayas encontrado”. El barman
reconoció: “Te he buscado. Me caíste bien al parecer algo perdido y quería ver
si te estrenaba”. Marcos rio: “Estrenar, estrenar…”. El otro obvió la
insinuación y soltó: “Es que te vi muy follable ¿sabes?”. ““No eres el primero
que lo ha debido pensar esta noche…”, se ufanó Marcos, que enseguida añadió:
“Pero si puedo hacer algo por ti, aquí me tienes”. El camarero se alegró tanto
que, con un verdadero abrazo de oso, atrapó a Marcos y casi lo arrastró a un
cubículo vacío. El hombre demostró ir al grano y, dada su gordura, para
trabajarse a Marcos con comodidad hizo que se arrodillara sobre el camastro que
había también y se doblara hacia delante. Marcos se dejaba hacer blandamente,
teniendo presente la imagen de la polla corta, pero bien gorda, que pronto iba
a prolongar las anteriores incursiones en su trillado culo. Pero antes le pilló
por sorpresa que el barman se agachara y, tirando hacia los lados de las
nalgas, le plantara la cara en plena raja. La chupaba y lamía a fondo, dándole
a Marcos un gustito de lo más excitante. Hasta que lo soltó y comentó jocoso,
sin darle importancia: “Tenías todavía leche para dar y vender”. Marcos no pudo
menos que pensar: “En este sitio hasta la leche va pasando de unos a otros”. Ya
notó cómo el barman acoplaba la barriga sobre sus caderas y, agarrándolas, hacía
presión con la polla hasta tenerla bien clavada. Marcos la sintió aún más que
las anteriores y el bombeo más pausado que inició el gordo, aunque no llegara
tan adentro, lo ensanchaba aún más. Aunque estaba dolorido, la sensación no
dejaba de ser placentera. No tardó demasiado el camarero en ir soltando
sucesivas descargas sin excesivos aspavientos. Quedó parado y Marcos sintió su
salida como un descorche. Cuando el otro se apartó respirando con fuerza,
Marcos bajó del camastro tambaleante. No dejó de apreciar que el camarero, para
mostrar su contento por haber llegado a poseerlo, lo abrazara estampándole un
besazo en la boca y exclamando a continuación: “¡Un polvo de campeonato! ¡Cómo
me has hecho disfrutar!”. Tan contento estaba que le dijo: Tengo que volver al
bar… Si no vas a seguir por aquí dentro, vamos que te invito a lo que quieras”.
Marcos, desde luego, no estaba ya para más laberinto y aceptó con gusto la
invitación.
En el bar se veían ya pocos clientes y todos con su
consumición. Así que, al tener poco que atender, el camarero pudo volcarse en
Marcos para charlar a uno y otro lado de la barra. A esas alturas, Marcos solo
quiso tomar algo bien refrescante, que el barman, todavía encandilado con él,
le sirvió solícito. Le comentó asimismo que enseguida cerraría ya el bar,
aunque aún quedara gente un par de horas. Se lamentó además de que todavía
tenía por delante un largo trayecto de metro con transbordos hasta llegar a
casa y poder meterse en la cama. “Duermo de día, como los vampiros”, rio. Entonces
a Marcos le surgió una idea repentina, que no dudó en proponer: “Yo ahora
cogeré un taxi para volver al hotel… ¿Por qué no te vienes conmigo y así
descansamos cómodos los dos?”. El camarero no dejó de sorprenderse: “¿Puedes
llevarte a un tío a tu hotel a estas horas?”. “Es un hotel en que estas cosas
son normales”, explicó Marcos. “¡Vaya tentación! Eres muy amable conmigo”, agradeció
el otro. “Te lo mereces”, afirmó Marcos, que pensó para convencerse a sí mismo:
“Con la marcha que llevo, si le he dejado el culo ¿por qué no iba a metérmelo en
la cama?” En verdad, le daba morbo acostarse con aquel gordo achuchable. Así
que quedaron en encontrarse a la salida. Marcos recogió sus pertenecías y se
vistió en la plataforma, sin apenas mirones ya. Cuando cogieron el taxi ya casi
clareaba y el camarero dijo entonces que se llamaba Antonio. “Toni para los
clientes”, rio.
En el hotel, Marcos saludó al pasar al recepcionista, que ni
se fijó en que iba acompañado. Subiendo en el ascensor, Marcos bromeó: “Ese
portero de noche tiene su qué”. “¿No has tenido bastante?”, siguió la broma Toni,
“Aún lo puedes llamar para que te arregle un grifo”. Ya en la habitación, Toni
quedó admirado de lo bien equipada que estaba. “¡Joder, qué bien vives!”,
exclamó. “Para que lo disfrutemos”, replicó Marcos dándole un achuchón. Pero,
antes que nada, Marcos sugirió: “Deberíamos darnos los dos una buena ducha”. Toni
admitió: “Desde luego. Que tenemos de todo por encima”. Dentro del baño, que
tenía una amplia ducha de plato, Marcos propuso sugerente: “Podíamos hacerlo
juntos…”. “Me encantará”, replicó enseguida Toni. Los dos se desnudaron y,
aunque se tenían ya bastante vistos, no dejaban de echarse miradas golosas.
Entraron juntos y ya, bajo en agua templada, todo fue un frenesí de enjabonados
y enjuagues mutuos por todo el cuerpo. Se llegaban a besar con pasión y sus
erecciones fueron pronto patentes. No pasaron a más, sin embargo, y ya se
secaron por separado con suaves toallas. De nuevo en la habitación, por
supuesto siguieron desnudos, y la vista de la cama kingsize fue
demasiado tentadora para ambos. Se despatarraron sobre ella y, enseguida, un
sexo blando y juguetón se impuso. A Marcos le encantaba acariciar el cuerpo
gordo y peludo de Toni, y este, siempre más vehemente, se lo comía a besos. Pronto,
no obstante, el cansancio acumulado pudo con ellos y la comodidad de la cama
hizo el resto. Toni empezó a soltar delatadores resoplidos y, por lo que debió
ser un hábito inconsciente, se puso de costado de espaldas a Marcos. A este le
vino de perlas hacer la cucharita, bien acoplado a las redondeces de Toni.
Durmieron hasta pasado el mediodía y ni los ronquidos de Toni perturbaron el
sueño de Marcos. Este fue el primero en adquirir consciencia de que seguía
arrimado a su invitado. Pero además se había despertado con una tremenda
erección. Recordó que, la noche anterior, con tanto darle por el culo, ni
siquiera había tenido opción para desfogarse. Y ahora, una vez descansado, lo
sentía como una urgencia. Más a tiro no podía tener el culo de Toni, pero le
daba mala conciencia follárselo sin que el otro tuviera opción de consentir. Se
llevó, no obstante, una sorpresa cuando Toni,
seguramente desvelado por el golpeteo de la polla dura de Marcos en sus
glúteos, le soltó: “¡Métemela de una vez!”. Marcos no dudó ya ante la venia de Toni
y, ardiendo en deseo, tal como estaban de costado, dio un empellón clavando la
polla certeramente por el medio de la ancha raja. Cuando la sintió atrapada, ya
no paró de bombear, alentado por propio Toni: “¡Así, así!”, “¡Dame fuerte!”,
“Si crees que no me gusta…”. Lo que sintió Marcos fue no poder prolongar más el
intenso placer que experimentaba. Porque este mismo y lo que llevaba acumulado,
le urgió a dispararse desenfrenado. Hasta Toni lo comentó después que Marcos se
detuvo: “¡Joder, qué lleno debías estar! Y ahora el lleno soy yo. Que hasta lo
he notado”.
Una vez levantados, se dieron cuenta de que estaban en
ayunas desde el día anterior. Toni se ofreció a ir a comprar alguna cosa. Pero
Marcos quiso que aprovecharan una comodidad más de ese hotel. Encargó pues un
surtido brunch para dos personas, que no tardaron en subirles. El
portador, un treintañero estirado, ni se inmutó cuando encontró a los dos en
pelotas. Comieron con apetito y, entre unas cosas y otras, llegaron a media
tarde. Fue cuando Toni hubo de despedirse: “Así es la vida. Tú te irás pronto y
yo seguiré sirviendo copas a todos aquellos salidos… Mejorando lo presente”.
“Como si tú no te los beneficiaras también… Dímelo a mí”, replicó Marcos
divertido. Se besaron con algo más que afectuosidad, aunque ninguno llegara a
prever nada de futuro.
Marcos desde luego no se sentía con fuerzas para lanzarse
ahora a aventuras tan intensas como las vividas los días anteriores. Pero
tampoco le apetecía quedarse en el hotel sin hacer nada. Había venido para no
desaprovechar ni un solo día. Así que echó mano de su guía y fue a dar con la
reseña de un bar, que lo describía como un local elegante y tranquilo que los
gais maduros solían escoger para tomar copas, oír música y charlar. Consideró
que podía ser una opción adecuada sin demasiado ajetreo.
Se vistió algo más formal que en noches anteriores y, a una
hora que creyó adecuada, se presentó en aquel bar. La descripción de la guía no
había exagerado. El local causó a Marcos una buena impresión. La barra estaba
en el centro en forma de pérgola modernista hexagonal y los camareros llevaban
chalecos a rayas y corbatín. La iluminación era tamizada y los sillones estaban
tapizados de terciopelo. Sonaba música ambiente de los 80 o anteriores y, en
alto, algunas pantallas reproducían sin sonido escenas de películas clásicas.
No había exceso de clientes, casi todos hombres maduros, y Marcos, en un hueco
que encontró, pidió en la barra el cocktail del día. “Más tranquilidad
imposible”, se dijo. Pronto se puso a su lado un hombre, más cerca de los
sesenta que de los cincuenta años, algo fornido y bastante atractivo. No tardó
en mirar a Marcos sonriendo y, con clara intención de pegar la hebra, comentó:
“Este bar es mi preferido. Lástima que se habla de que lo van a cerrar”. Marcos
conectó con él: “No lo conocía y me ha encantado… Es que estoy de paso por
aquí”. “Buena ciudad para echar una canita al aire ¿no te parece?”, soltó el
otro como si hubiera calado ya a Marcos. Este replicó divertido: “¿Tanto se me
nota?”. “Experiencia que tiene uno”, rio el tipo. Entonces Marcos aprovechó: “Igual
podrías aconsejarme algún sitio interesante”. “¡Faltaría más!”, aceptó el otro,
“Pero mejor nos sentamos… Por cierto, me llamo Luis”. “Yo, Marcos. Mucho gusto…
Vamos”.
Se sentaron en unos sillones enfrentados con una mesita en
medio, a la que llevaron sus copas. Luis retomó el tema preguntando: “¿Conoces
alguna sauna?”. Marcos explicó: “Hace ya mucho tiempo fui a una, pero no me
gustó. Demasiados tíos jóvenes, que no son mi tipo”. “Pues hay aquí una que te
gustará”, empezó a informar Luis, “Aparte de que está muy bien equipada, lo que
dominan son los maduros y, si te van los gordos, hay cantidad”. Lo abonó
añadiendo: “Yo voy bastante… Precisamente, mañana tenía pensado ir por la
tarde, después de arreglar unos asuntos… Me vendrá bien relajarme”. Esto último
lo dijo con picardía. Marcos, aunque ya tenía esa sauna en su lista, se
animó: “Pinta muy bien lo que dices.
Creo que iré también mañana”. “Me gustará verte allí”, afirmó Luis sonriendo,
“Podría hacerte de guía”. “Me pondría en tus manos”, añadió Marcos con
segundas. Todo quedó en esa imprecisa cita para el día siguiente, pues ya no
hubo más entre ellos aquella noche. Marcos aprovechó para dormir en un horario
más normal.
Marcos se levantó aquella mañana pleno de energía. La idea
de conocer una sauna frecuentada por maduros y gordos ya la tenía clara por la
recomendación de la guía. Y la que le hizo también Luis la noche anterior le
aguzó el interés. No sabía cuándo aparecería el tal Luis, ni siquiera si
llegaría a acudir. Pero le apetecía ir pronto y tomárselo con clama. No sería
más complicado que en los sitios que ya había explorado. Seguro que encontraría
algo más que relax. Y eso sería en pleno día, a diferencia de sus incursiones
anteriores. Por lo cual, tras una comida frugal, estaba ya ante la sauna.
Marcos, con una llave y unas zapatillas de su talla que le
entregaron en la recepción, se dirigió al vestuario. Este era amplio, con
taquillas alineadas y banquetas enfrente. Había ya algunos tíos que se
desnudaban o se vestían para marcharse. Pero otros, sentados en las banquetas,
parecían más bien estar de mirones. A Marcos le reconfortó el aspecto, bastante
de su gusto, de los presentes. Sin inmutarse, se despelotó sintiéndose
observado y, como vio que era lo que se llevaba allí, se ciñó a la cintura el
paño que hacía de taparrabos. Con su impudicia renacida, pensó: “¡Lástima que
no vayamos todos en pelotas!”. Al salir de vestuario, vio que, para seguir
adelante, había que pasar por el bar. Frente a la barra, junto a la cual se
hallaban varios tíos, unas mesitas estaban ocupadas por uno o más usuarios.
Algunos se distraían mirando un televisor que emitía vídeos musicales. Marcos
atravesó el bar notando que era observado, aunque sin querer fijarse demasiado
en los clientes, para que no se le notara su bisoñez.
Ya tuvo acceso a lo que parecía ser el
espacio principal. Amplio y luminoso, hacia un lado se veía una piscina de buen
tamaño con algunos chorros a presión. A su lado había un burbujeante jacuzzi
colectivo. Tanto en una como en el otro, había ya tipos relajándose y, algunos,
metiéndose mano sin empacho. En una pared, estaban las puertas de lo que serían
la sala de vapor y la sauna seca. Y, en el resto de paredes, se distribuían las
duchas. La mayoría tenían mamparas semi traslúcidas y algunas eran dobles. Pero
también las había abiertas. Por en medio de la sala se distribuían bancos más o
menos cerca de las duchas. Había bastantes hombres y, en efecto, abundaban los
maduros y gordotes. Todo un caldero para Marcos. Algunos charlaban o se
sentaban en los bancos, creando un ambiente relajado. Aunque también, sobre
todo los solitarios, no disimulaban las miradas, en especial, al trasiego de
las duchas y a los que dejaban su paño en un banco para usarlas. Todo ello no
escapaba a la observación de Marcos en el tiempo escaso que empleó en decidir
por dónde empezar.
Por lo pronto se imponía una ducha que,
además de entonarlo para adentrarse en los vapores, le permitiría hacerse
objeto de interés para algunos de los presentes. A tal propósito, Marcos se
despojó al fin de su paño y, sin el menor recato, optó por una de las duchas abiertas.
Como suponía, no pasó ni mucho menos desapercibido y disfrutaba en sus
abluciones no solo del agua, sino también de las miradas que le caían encima.
Recuperó luego su paño, como estaba mandado, pero que, al humedecerse, se
adaptaba ya mejor a sus contornos.
Marcos estimó más adecuado probar la sala
de vapor. Nada más abrir la puerta, que se cerró tras él, entre la escasísima
iluminación y los vapores que lo envolvían, no sabía orientarse. Optó pues por
ir arrastrando el culo por la pared que había a continuación de la puerta e ir
así avanzado. Hasta que llegó, no a una esquina, sino a una bancada de
mampostería en escala, según tanteó. Cuando, al poco de entrar él se abrió la
puerta un par de veces más, supo que no iba a estar solo. Además, al hacerse la
vista algo mejor en aquella penumbra, pudo distinguir que había algunos tíos
más, de pie cerca de él o sentados en la bancada a distintas alturas. Se quedó
tal como estaba y, para tener más soltura, se quitó el taparrabos y lo dejó en
la bancada a su lado. No tardó en acercársele un tipo que directamente le
plantó las manos en las tetas. Marcos no podía percibir la catadura del tío.
Pero le agradó la metida de mano a ciegas, que debía ser lo habitual en un
sitio así. Dedujo que era algo más alto que él cunado agachó la cabeza para
chuparle una teta. Eso ya fue excitando a Marcos, y más cuando le buscó la
polla y se la agarró. El hizo ya lo mismo con la del otro, que, sin soltársela,
se puso a morrearlo. Marcos cedía ya con gusto a todos los chupeteos y manoseos
que quisiera darle el otro y, aplastado a la pared, procuraba corresponder.
Pero pronto comprobó que no iban a estar solos ni mucho menos. Porque no tardó
en unírseles un segundo con similares mañas, al que el primero acogió con
deportividad repartiendo el pastel. Que no era otro que Marcos, ya plenamente
integrado y empalmado. Sin embargo, pronto llegó a notar que, desde abajo,
alguien le buscaba también la polla. Estaba sentado en el escalón inferior de
la bancada junto a la que había quedado Marcos. Puso tanta vehemencia en
atraerlo que los otros dos se lo cedieron y siguieron apañándose entre ellos.
Marcos percibió al tipo como bajito y regordete, y no tuvo inconveniente en
ofrecerle la polla. Se enfrascó en una mamada gratificante, que hacía las
delicias de Marcos. Sin embargo este, poco habituado a aquellos calores
vaporosos, sintió que ya no aguantaba más allí dentro. Así que declinó
continuar con la mamada y pergeñó una disculpa para salir rápido al exterior.
No olvidó sin embargo su paño, que solo se echó a un hombro para ir directo a
una ducha.
Una vez refrescado, Marcos se sintió con
ánimos para explorar la sauna seca. Más iluminada, estaba toda forrada de
madera, con bancadas a dos niveles. Había varios tipos sentados arriba o abajo,
algunos con el paño abierto. En un lado más corto del espacio rectangular no
había ninguno y Marcos aprovechó para subirse al nivel superior. Apartó el paño
a los lados y, abierto de piernas, adoptó la actitud de estar disfrutando del
calor, demasiado fuerte para su gusto. Como si lo hubiera seguido, entró un tío
que ya había llamado la atención de Marcos en el espacio general. Maduro,
fornido y velludo como a él le gustaban, se sentó en un banco bajo que hacía
ángulo con el que Marcos ocupaba y muy cerca de este. Con decisión llevó una
mano a su paquete, lo que Marcos acogió abriendo más las piernas. El otro se
puso ya debajo para manosearle mejor la polla, que pronto atrapó con la boca.
Marcos se la dejó chupar ante las miradas impasibles de los demás, que se
habían ido renovando. Pero el calor estaba resultando excesivo, tanto para
Marcos como también para el que le mamaba, que al fin le susurró: “¿Vamos al
jacuzzi?”. Este salió primero de la sauna y luego lo hizo Marcos. Vio a su
ligue ya en el jacuzzi, donde había varios más. Entró y buscó acomodo junto al
que lo esperaba. Sin que los otros prestaran especial atención, se enzarzaron
en un sensual juego entre las burbujas. Se besaban sobre ellas y se magreaban
por debajo. Marcos se dejaba hacer en la fluidez del agua, hasta que el otro se
lo sentó encima. Notaba la polla dura juguetear con su culo, sin llegar de
penetrarlo. Marcos fue entendiendo con agrado que, al menos en este espacio de
la sauna, dominaba una actitud lúdica en que los toqueteos y contactos
corporales eran más buscados que el follar a toda costa. Así que, cuando tuvo
bastante del jacuzzi, sonrió a su compañero de juegos y se salió sin más.
Se tomó ahora un reposo sentándose en una
banqueta del amplio espacio. De paso reanudó la observación de cuantos
pululaban por allí. Y también estaría al tanto por si hacía acto de presencia
Luis, tal como se habían citado. A esas alturas no le sorprendió que un gordito
bastante mayor sentado enfrente le echara el ojo. Marcos, que se quitaba y
ponía el taparrabos según procediera, lo tenía ahora algo subido. Por lo cual
sus encantos estaban casi al completo en la línea de visión del otro. Y él
además, con algo de malicia, se los tocaba de vez en cuando. Lo que tenía al
mirón la mar de distraído. Pero allí en medio no había más que hacer y a Marcos
le faltaban más zonas de la sauna por conocer. Así que decidió ponerse ya en
marcha, para decepción de su admirador, al que no obstante sonrió al levantarse
y, generoso, se abrió el paño en sus narices para ajustárselo mejor.
Se dirigió por un pasillo hacia otra ala
de la sauna. En ella, con una iluminación más atenuada, se desplegaba el
espacio de las cabinas. Las había a ambos lados, algunas cerradas y otras
abiertas. Estas últimas no todas estaban vacías, pues, a través de puertas
entornadas, o bien se podía ver a un tío tumbado en el catre ofreciéndose, o
incluso dos o más tipos trajinando sin importarles mucho la intimidad. Sin
detenerse demasiado, Marcos llegó a lo que era una sala de vídeos. Con una gran
pantalla al fondo, que emitía vídeos porno, una mampara opaca ocultaba parte
del interior de la sala. En esta había bancadas en ángulo al fondo y varias
tumbonas frente a la pantalla. Cuando Marcos se asomó al extremo de la mampara,
se quedó mirando un momento. Entonces, un tipo que estaba sentado a los pies de
la tumbona más pegada a la mampara, le echó mano a la polla. Como Marcos, que
se hacía ya a todo, no lo rechazó, el otro se la llevó a la boca. Aunque el
tipo, mayor pero flacucho, no le decía nada, dejó que se la chupara, aun a la
vista del resto. Resultó además que el tío era todo un virtuoso, que le estaba
dando un gusto inesperado. Sin embargo, Marcos le puso contención, pues
prefería reservarse para más adelante. No sabía lo que se podría encontrar
todavía. De modo que, sin brusquedad, se echó hacia atrás y sacó la polla para
desaparecer por detrás de la mampara y salir de la sala.
Lo que Marcos encontró a continuación fue
un imprescindible cuarto oscuro. Aunque le entrara algo de luz por la puerta, a
medida que se avanzaba se hacía lo suficientemente penumbroso para liberar las
inhibiciones. El estar bien repleto propiciaba además que todos tocaran cuanto
les apetecía y todos se dejaran tocar en correspondencia, llegando a
acoplamientos más o menos intensos o duraderos. Marcos optó por darse una
vuelta a ciegas y, en efecto, le fueron metiendo mano por todas partes. Lo que
se incrementó al mostrarse receptivo. Aunque él tocaba no menos y le ponía
palpar orondos y peludos pechos y barrigas, así como pollas inhiestas. Luego
decidió situarse más cerca de la puerta, como hacían algunos, para ver mejor
quiénes iban entrando. Y mira por dónde, no tardó en identificar al gordito que
estuvo oteando lo que enseñaba por debajo del paño en la banqueta. Como le
había caído en gracia, instintivamente le tocó en un hombro antes de que se
perdiera en la penumbra. El otro se giró y al reconocer a Marcos se le iluminó
la cara. Al tenerlo ahora a tiro, se puso a palparlo enseguida y, al dar con la
polla, que le había engordado a Marcos con los diversos toqueteos, el gordito lo cogió de la mano para que no se
le fuera a escapar y tiró de él hacia dentro. Como fueron a dar con unos sofás,
en que Marcos no había reparado antes, sin soltarlo, el gordito se sentó en el
borde de uno y se lanzó a chuparle la polla. Pero su propósito final era otro,
porque enseguida se giró para arrodillarse en el sofá y presentar el culo. Tal
vez contagiado por el clímax imperante, Marcos se puso a sobárselo. Lo encontró
tan orondo y con un vello tan suave que no se resistió ya a complacer al
gordito. Le metió la polla con tanta facilidad que le pareció que cortaba
mantequilla, cálida y esponjosa. Y el receptor lo agradecía rezongando de
gusto. El mismo que estaba sintiendo Marcos con su bombeo. Sin embargo, se
mantuvo firme en su intención de no dejarse ir todavía, en tanto no hubiera completado
el repaso de todas las oportunidades que la sauna le ofrecía. Así que aprovechó
un empujón que le dieron para desligarse del gordito mezclándose en el barullo.
Ya se lo seguiría follando otro, con el culo tan rico que tenía.
A Marcos se le estaban ya hinchando las
narices, además de otras cosas, con tanta contención ¿Valdría la pena estar
reservándose por si por fin aparecía Luis? Cierto que, en el bar de la noche
anterior, le había parecido un hombre particularmente atractivo e intuía que
habría de ser bastante salido. Le daba mucho morbo pensar en lo que podían
llegar a hacer en un ambiente tan disipado como el de aquella sauna. Sin
embargo la cita con él había quedado poco concreta y temía estar
desaprovechando inútilmente todo lo que iba dejando a medias durante la espera.
Por ello se propuso que, si fallaba un último intento de encontrar a Luis,
dejaría ya de lado cualquier contención y se lanzaría a buscar desfogues que le
pusieran el cuerpo mucho más a gusto que hasta el momento.
A Marcos se le ocurrió entonces asomarse
al bar, que solo había visto de pasada al llegar. Y mira por dónde, allí encontró
a Luis. Acodado en el bar, charlaba con el camarero que le servía un refresco. Nada
más verlo, Marcos se reafirmó en lo buenísimo que estaba, y más ahora en que
lucía todo su cuerpo, solo con el paño que llevaba, todavía bien seco y sin
arrugas. Más robusto de lo que había estimado la noche anterior, el abundante
vello contribuía a dotarle, casi a sus sesenta años, de una virilidad de lo más
seductora. Pues bien, nada más ver también a Marcos, Luis, con una mirada que
expresaba alegría, se le acercó y , para empezar, le estampó un par de besos. A
continuación, Luis se puso a explicar: “¡Vaya tarde que llevo! Creí que no iba
a poder venir. Y me sabía mal porque quería volver a verte… Pero aquí estoy y
me alegro de que tú también”. Marcos no quiso darle importancia al retraso de
Luis: “Bueno, he tenido tiempo de ir conociendo todo esto, que está muy bien
¡eh!”. Luis entonces miró guasón el paño de Marcos, que al ir este quitándoselo
y poniéndoselo según las circunstancias, lo llevaba mojado y arrugado, e hizo
notar: “Parece que no hayas perdido el tiempo… Espero no haber llegado
demasiado tarde”. Y Marcos, relajado ya y satisfecho de no haberse precipitado,
declaró osado: “Sabía que lo mejor estaba por llegar”. Entonces Luis rio y,
cogiendo por un brazo a Marcos, le dijo: “Vamos, que te mostraré mis preferencias”.
Luis hizo que pasaran rápidos por la zona
de baños aclarando: “Supongo que ya habrás sudado bastante”. Accedieron pues al
espacio más umbrío de las cabinas. Allí Luis hizo que entraran en la primera
que vio abierta y, sin llegar a cerrar la puerta y ni siquiera apagar la luz,
estrechó a Marcos entre sus brazos susurrando: “Desde anoche sueño con hacer
esto… Te encontré muy deseable”. A Marcos, sorprendido por su vehemencia,
apenas le dio tiempo a replicar: “A mí me pasaba lo mismo…”. Porque Luis ya le
estaba comiendo la boca a besos y metiéndole la lengua a fondo. Marcos ya no se
quedó corto correspondiéndole. Con las ganas que le había llegado a tener a
Luis, empezaba a sentirse en la gloria. Había valido la espera. Porque el
morreo fue solo le preludio de un sobeo intenso y mutuo, en que las manos no
paraban, mientras las bocas pasaban a chupar y hasta morder todo lo que se les
ponía a tiro. Los paños habían caído al suelo y las pollas se entrechocaban.
¡Qué a gusto se sentía Marcos en los brazos de Luis! ¡Y cómo este volcaba toda
su pasión sobre él! No les importaba, e incluso a Marcos le daba morbo, el
espectáculo que estaban ofreciendo a los que, al pasar, los iban mirando desde
la puerta, atraídos por el arrebato que exhibían sin pudor, pero que no se
atrevían a interferir.
Indiferentes al entorno, Luis se sentó en
la cama y atrajo entre sus piernas a Marcos, que le presentaba la polla tiesa y
húmeda. Luis lo iba acariciando por todo el cuerpo mientras comentaba: “Eres
justo el tipo de hombre que más me atrae. Lo intuí ya cuando te vi en aquel
bar”. Marcos, henchido de gusto, replicó: “Estaba deseando estar contigo tal
como te veo ahora”. Y añadió rendido: “Haz conmigo lo que quieras”. Esta
actitud de entrega, por lo demás, estaba impulsada por el hecho de que la
visión del cuerpo desnudo de Luis, más allá de lo atractivo que le resultaba, había
producido también un shock en la memoria de Marcos. Cada vez más le encontraba
un gran parecido con el que posaba en todas aquellas fotos tan excitantes que
tanto lo habían impactado. Hasta el punto que le sirvieron de acicate para
salir de la apatía ante el sexo en la que se hallaba sumido.
Ajeno a estas comparaciones, Luis
demostró que ya tenía su propio plan de acción, al preguntarle a Marcos: “¿Te
gustan las emociones fuertes?”. Este no dudó: “Si son contigo…”. Entonces Luis
hizo que abandonaran aquella cabina y, a tiro hecho, llevó a Marcos hacia otra,
algo más apartada en un rincón. Estaba vacía, pero solo de tíos, porque,
dominando buena parte del espacio, estaba instalado en el centro un sling
que colgaba de las vigas del techo. Se veía muy nuevo y sólido, con fuertes
cadenas y poleas que facilitaban la movilidad. Marcos se quedó parado y Luis le
preguntó: “Sabes lo que es ¿no?”. Marco contestó: “Sí, un sling. Pero solo
lo había visto en algunas fotos”. Luis explicó orgulloso, como si fuera cosa
suya: “Lo han instalado hace poco y no hay todavía mucha gente que lo use… Me
encantaría hacerlo contigo”. “¿Quién se subiría?”, preguntó Marcos, aunque ya
intuía la respuesta. “Yo pensaba en ti”, replicó Luis divertido. Marcos que
estaba en una fase en que besaría por donde Luis pisara, dijo ya: “Me tendrás
que ayudar”. Luis, que parecía tener dominio del aparato, se puso a maniobrar
con las poleas para ajustar la altura y equilibrar la base de cuero colgada por
los extremos. Marcos se sentó ya, impulsado por Luis que, divertido, le levantó
las piernas, sujetándole también los tobillos a las cinchas colgadas de las
cadenas. Mientras, Marcos se agarraba a las que había por encima de su cabeza.
Luis ya no pudo reprimir un sobeo al culo de Marcos, tan obscenamente expuesto,
exclamado: “¡Qué apetitoso lo tienes!”. Pero, además, en la no menos impúdica
postura de Marcos, su polla se veía bien tiesa. A Luis, sin embargo, se le
había aflojado con los esfuerzos. Lo cual hizo constar, añadiendo:”En cambio a ti te sigue más tiesa que el palo de
una vela”. Marcos reconoció: “Estar aquí subido me pone cachondo”.
Como la estabilización
del sling le había dejado la cabeza algo más
baja que el culo y sobresaliendo de la base, Marcos ofreció picarón: “Si pasas
aquí atrás, podría mejorarte eso”. No dudó Luis en hacerlo y Marcos, echando la
cabeza hacia atrás, abrió la boca para acoger su polla. Empezó la mamada,
mientras Luis sujetaba los tirantes del sling para mantenerlo
estabilizado. Pero cuando Luis tuvo la polla bien dura ya, se puso a follar la
boca de Marcos, todo lo que le permitía el balanceo del sling. Pronto Luis
exclamó: “¡Uf, cómo me he puesto ya! Me paso a tu culo”. Marcos, no menos
excitado, en cuanto pudo hablar soltó: “¡Sí, fóllame ya!”. El cambio fue rápido
y Luis, tras frenar el balanceo, se cogió primero a una pantorrilla alzada de
Marcos y, con la polla en la otra mano, buscó apuntalarla en el ojete. Cuando
la tuvo metida, provocando un gemido de Marcos, ya agarró la otra pantorrilla
y, así afirmado, se puso a bombear. Fue una sinfonía de resoplidos, por parte
de Luis, y tenues gemidos, por parte de Marcos. Todo ello entreverado de
exclamaciones a cargo de ambos. “¡Qué ganas tenía de metértela!”. “¡Y yo de
tenerte dentro!”. “¡Qué culo más tragón tienes!”. “Me gusta cómo lo haces
¡Dame, dame!”. Marcos, con los brazos alzados, se agarraba con fuerza a las
sujeciones laterales. Y el balanceo que producían las embestidas de Luis
incrementaba el placer de ambos. Tenía que llegar y Luis declaró: “¡Estoy ya
que no me aguanto!”. La reacción de
Marcos fue de antología: “¡Te mato como te salgas ahora!”. Luis habría reído si
no fuera porque el orgasmo estaba ya ahí. Hasta que llegó a descargarse
haciendo vibrar todo el sling. Todavía necesitó unos segundos de calma
para p0der apartarse, con el corazón palpitando a tope. “¡Qué gozada!”,
exclamó. Marcos sonrió rendido con la cabeza inclinada hacia atrás. No tardó
sin embargo en avisar: “¡Qué calentón me ha quedado!”. Soltó una mano y la bajó
hasta alcanzarse la polla. Pero la postura forzada en que se hallaba entorpecía
que se la pudiera menear a gusto. En cambio, desde la perspectiva en que lo
veía Juan, la visión del ojete todavía lechoso, el par de huevos bien encajados
y la polla en fase de crecimiento, fue demasiado lúbrica para que no se
sintiera generoso. “¡Déjame a mí!”, le dijo. Se puso a frotarle la polla, que
fue endureciéndose, lo que Marcos agradecía con suspiros. Y aún hizo más Luis,
porque cuando Marcos pasó ya a resoplar, tuvo el impulso de amorrarse a la
polla. Lo mantuvo pese a que Marcos gimiera: “¡Me viene!”. Y no se soltó hasta
que este quedó exhausto. “Así quedamos empatados”, afirmó Luis risueño.
Marcos, con un balanceo placentero, tuvo la inocencia
de proclamar: “¡Qué a gusto me quedaba aquí!”. “¿Ah, sí?”, replicó malévolo
Luis, “Entonces igual te dejo y ya verás la de moscones que te van cayendo
encima… Te esperaré en el bar”. “¡Quita, quita!”, pataleó Marcos, “¡Bájame de
aquí! Pero tomo nota para cuando vuelva más adelante y ya te hayas olvidado de
mí”. “Me temo que eso me va a costar”, replicó Luis que, en cuanto ayudó a
Marcos a bajarse, se puso a besarlo cariñoso. Como era de rigor, pasaron por
las duchas y, a continuación, fueron a reconfortarse en el bar. Deliberadamente
escogieron una mesa de un rincón con un asiento corrido pegado a la pared. Pese
a la precaria intimidad lograda, disfrutaban, muy juntos, del roce de sus
cuerpos. Desde la noche anterior hasta aquel momento, parecía que hubiese ido
fraguado un feeling particular entre ambos. Luis, dando por hecho que
iban a seguir viéndose, propuso a Marcos: “Mañana voy a estar bastante ocupado.
Pero me gustaría invitarte a cenar en un restaurante que está muy bien… Luego
haríamos lo que tú quieras”. Marcos no pudo sentirse más emocionado con la mano
que le tendía Luis.
Marcos pasó todo el día
siguiente dándole vueltas a la cabeza. El encuentro con Luis, y los fuertes
sentimientos que este le provocaba, le hacían felicitarse, de un lado, por su
decisión de sacudirse la apatía que lo había atenazado por demasiado tiempo y
emprender aquel viaje tan colmado de experiencias. Y la mejor de todas, sin
duda, haber conocido a Luis. Por otro lado, estaba consiguiendo exorcizar
fantasmas del pasado, que ahora casi veía corporizados en la persona de Luis.
Sin embargo, hasta llegar a este punto, le inquietaba también que la
acumulación de vivencias sexuales, inéditas muchas de ellas para él, y a las
que se había entregado con tanta soltura, le hubiera despertado una inesperada
inclinación hacia el libertinaje. Pero todo ello quedó aparcado cuando hubo de espabilarse
para acudir al restaurante en el que Luis lo había citado.
El restaurante era del
estilo elegante del club en que Marcos había conocido a Luis. Al margen de la
excelente comida, fue muy revelador para Marcos que Luis le fuera hablando de
su vida. Hasta entonces no sabía nada de ella. Lo primero que reconoció Luis
fue que era un hombre casado, con dos hijos que ya tenían su propia vida. Así
las cosas, llegó un momento en que Luis confesó a su mujer que se sentía
atraído por los hombres. Hacía tiempo que el sexo era irrelevante entre ellos,
aunque se llevaban muy bien y cada uno tenía su independencia, hasta con
habitaciones separadas. A ella no pareció pillarle por sorpresa y no se planteó
romper la convivencia. De este modo Luis podía ejercer su libertad, con un
cierto sentido común. Marcos, que de siempre había tenido clara su atracción
por los hombres, no se privó de mostrar su curiosidad por cómo Luis había
tomado conciencia de su bisexualidad. Luis reconoció con desenfado que una
parte de esa bisexualidad la tenía aparcada desde hacía tiempo. En cambio llegó
a darse cuenta de que debía resultar atractivo a
cierto tipo de hombres mayores que él. Cuando trabajaba en una compañía de
seguros iba con frecuencia a casas de clientes para evaluar los siniestros.
Algunos le tiraron los tejos y la verdad es que no le costó demasiado dejarse
hacer. Uno de ellos fue precisamente el que lo desvirgó. “¡Y ya has visto la
marcha que cogí!”, concluyó divertido. Por su parte, Marcos también puso al día a Luis acerca de las motivaciones
profundas de su repentino y aparente descontrol. Fue una larga sobremesa, en la
que chispeó la convergencia entre ambos. Cuando llegó la hora de dejar el
restaurante, Marcos comentó: “No me podía apetecer más que vinieras conmigo a
mi hotel… Pero tal vez no estarás en situación de hacer algo así”. Sin embargo
Luis replicó: “Eso no sería un problema. Mi mujer ya sabe que más de una noche
no voy a dormir a casa. Forma parte de nuestro acuerdo… Así que, si todavía me
soportas, con mucho gusto te acompañaré”.
Estaban embelesados
en la cama Marcos y Luis después de su placentero revolcón, cuando el primero
sintió la necesidad de revelar lo que no había dejado de rondarle por la
cabeza. Seguía sin saber cohonestar lo intensamente seducido que se sentía por
Luis y la inédita e irrefrenable pulsión a seguir ahondando en las recientes
experiencias de entrega a otros hombres, con todo el morbo que le habían hecho
sentir. Así que se decidió a expresarse: “Ahora que ya me has hecho tuyo de una
forma tan incondicional, me gustaría confesarte algo”. Luis, halagado por la
entrega que reconocía Marcos, lo acarició animándolo a hablar: “Soy todo
oídos”. Marcos continuó: “Ya sabes que, durante una larga etapa de mi vida, mi
sexualidad estaba caída por los suelos. Hasta que. al venir aquí, me sumí en
una acelerada puesta al día en que iba probándolo todo… y todo me llegaba a
gustar. Contigo he alcanzado al fin a un equilibrio reconfortante. Aunque
reconozco que algo de ese ansia de promiscuidad me ha seguido azuzando. Así he
llegado a tener sueños húmedos a cuenta de una broma que me hiciste después de
que hubiéramos disfrutado, y de qué manera, de ese sling de la sauna.
Fue cuando me amenazaste bromeando con dejarme allí colgado a merced de los
tíos que, al verme así de provocador, se animaran a jugar conmigo…”. Luis, más
que sorprendido, se mostró condescendiente: “Si quieres, mañana mismo vamos y
lo hacemos”. “¿No te importaría?”, preguntó Marcos. Luis rio: “A promiscuo y
morboso no creo que me ganes”. “Pero es que hay algo más…”, avisó Marcos, “Me
excitaría aún más que tú mismo, en lugar de dejarme allí, me ofrecieras a los
que se asomaran, animándolos a disfrutar de mí, y vieras cómo lo hacen”.
“Retorcidillo, pero me gusta”, rio de nuevo Luis, “Me va a poner tan cachondo
que, cuando acaben ellos, te aprovecharé también”. “Eso será ya cosa tuya”,
replicó Marcos relajado después del buen resultado de su confesión.
En cuanto llegaron a la sauna, Luis
adoptó ya el rol dominante que Marcos le había otorgado, y que él asumió de mil
amores. Por lo pronto, escogió una ducha doble sin mampara, bien a la vista
pues. Mientras se duchaban, Luis comentó: “¡Cómo te miran!”. “A ti más”,
replicó Marcos. “Ahora verás”, soltó Luis que se puso a enjabonar la
entrepierna de Marcos, que llegó a empalmarse. Lo que fue más evidente después
de enjuagarse. Y claro, esto resultaba bien llamativo para los mirones.
A continuación Luis decidió: “Pasemos
primero por el vapor para que te metan mano ya y te vayas calentando”. Allí,
Luis se sentó discreto en el nivel bajo de la bancada, con Marcos a su lado de
pie. Se puso a sobarle la polla y, enseguida, otro tío abordó a Marcos por
arriba, palpándolo y hasta morreándolo. Luis lo soltó ya y el otro, entonces,
tomó posesión de la polla de Marcos, agachándose para chupársela. Un nuevo tipo
aprovechó el resto del cuerpo de Marcos, que, aun excitado, llegó a sentirse
agobiado. Fue cuando Luis decidió: “¡Vamos!”. “¡Uf!”, exclamó Marcos al salir,
“¡Qué lote se estaban dando conmigo!”. “Solo un precalentamiento para lo que
viene”, ironizó Luis.
Fueron ya directos a buscar la cabina del
sling, que encontraron desocupada. Por supuesto con la puerta abierta,
con la experiencia adquirida la primera vez, el encaje de Marcos resultó más
sencillo. Este, en la espera, provocando un balanceo, soltó una mano del agarre
y la llevó a su polla, que empezó a manosear. Entonces Luis se colocó entre sus
piernas y se puso a chupársela. Mientras se la endurecía, Marcos no ahorraba
ostentosos gemidos, audibles por la puerta abierta. La discreta iluminación de
la cabina se incrementaba por la que entraba del pasillo, de modo que quien
pasara o incluso se detuviera a fisgar tendría la escabrosa visión de Marcos
colgado y disfrutando de la mamada de Luis.
No tardó mucho, como era de esperar, en
se produjera una intrusión por partida doble. Se trataba de dos tíos que, al
parecer, hacían la ronda juntos. Eran cuarentones bastante robustos, que se
apostaron en el marco de la puerta, interesados por el balanceo de Marcos. Luis
dejó de chuparle la polla y, dando voz a lo que Marcos deseaba sin duda, los
invitó: “Podéis pasar si queréis”. Marcos, balanceándose todavía con la polla
tiesa, los miró entonces y, dándoles el visto bueno, dijo melifluo: “¿Querréis
hacerme vuestro?”. Luis se apartó hacia un lado, dejando el campo libre.
Entonces, uno de ellos tomó su lugar entre las piernas alzadas de Marcos y, con
la perspectiva que este presentaba, exclamó: “¡Qué bueno estás, tío!”. “Te lo
puedes follar”, soltó por las buenas Luis. El otro le preguntó zumbón: “¿Que tú
no puedes con él?”. Luis replicó mintiendo: “Yo soy más de chupar”. “Entonces
le haré el favor”, decidió el otro que, por lo pronto, agarró la polla de
Marcos y, mientras la sobaba, restregó la suya por la raja de este. Debió
empalmarse rápido, porque enseguida, con la mano libre, se la sujetó para
apuntar bien. Agarrado a las separadas pantorrillas de Marcos, le dio una
clavada que hizo sacudir el sling. Hasta tuvo que intervenir Luis para
estabilizarlo. Por su parte, Marcos soltó un grito desgarrador, que llamó la
atención de mirones que se apostaron en la puerta, contemplando con curiosidad
lasciva los cada vez más enérgicos empellones que iba recibiendo Marcos y que
este coreaba con expresiones enardecidas, mezclando dolor y placer: “¡Qué
bruto!”, “¡Así me gusta que me follen!”, “¡Dame, dame!”…
En cuanto al segundo incorporado, al que
le faltó tiempo para empalmarse, sensible a la excitación de su compañero,
aprovechó la altura perfecta en que había quedado la cabeza echada hacia atrás
de Marcos, que, con los brazos en alto, se agarraba a los tirantes laterales
para soportar los empellones del follador. Sin previo aviso, metió la polla en
la boca que Marcos abría en sus imprecaciones. Estas, lógicamente hubieron de
cesar. Lo que se oía ahora eran los sincopados resoplidos que emitían, tanto el
que follaba a Marcos por el culo, como el que lo hacía, con no menor ímpetu, en
su boca. En esta tesitura, Luis tuvo que redoblar sus esfuerzos para mantener
mínimamente estable el zamarreado sling.
Como era natural, la excitación dentro de
la cabina iba en aumento. Tanto la de los que copulaban, cada uno a su manera,
como del propio Marcos, que ahora enmudecido por necesidad, recibía a dos
bandas. Por lo que se refiere a Luis y a su asumida función meramente auxiliar
en este combate, no lo excitaba menos ver a Marcos dejarse poseer de aquella
manera por cualquier clase de hombres, en su querencia irrefrenable de puro
sexo.
Pero la cosa no iba a quedar ahí. Resultó
que el que se follaba la boca de Marcos no debió conformarse solo con ello. Así
que propuso a su colega: “Vamos a cambiar ahora”. El otro entonces, al que no
le parecería justo acaparar el culo, cedió: “¡Venga! Pásate aquí”. Con el
cambalache, Marcos tuvo que quedar desconcertado al encontrarse vacíos
simultáneamente culo y boca. Al poder hablar entonces, preguntó ansioso: “Vais
a seguir ¿no?”. Sin más explicaciones, se produjo el canje con celeridad y
apenas le dio tiempo a gritar ante la nueva polla que le entraba por el culo,
cuando la que acababa de salir de él le obturó la boca. El intercambio recuperó
así un ritmo tan frenético como el anterior y, tanto el sling como el
cuerpo de Marcos, volvieron a verse sometidos a los meneos que hubo de
controlar Luis.
En este contexto de excesos por parte de
todos y con excitación renovada, no fue de extrañar que, primero, el que ahora
daba por el culo a Marcos, sin previo aviso y redoblando los resoplidos, en
sincopadas embestidas finales, diera muestras evidentes de que se estaba
descargando a base de bien. Lo cual, por otra parte, dio lugar a que quien
había pasado a usar su polla como émbolo en la boca de Marcos, en un contagio
casi simultáneo, le depositara también en ella todo lo que iba expulsando y
que, ahora sí visiblemente, desbordaba los labios de Marcos.
Mientras este último quedaba medio
ahogado, anonadado e inmóvil, al cesar el balanceo del sling, los dos
bien saciados, y ya desenganchados, mostraron su satisfacción. “¡Jo, vaya
polvazo!”, exclamó el de la segunda enculada. El otro dio una cariñosa
palmadita a la barriga de Javier: “¡Qué tragaderas tienes! A ver si te pillamos
otra vez”.
En cuanto los otros dos se fueron, Marcos
pataleó para saltar del sling. En lo que tuvo que ayudarle
Luis. Marcos echó mano del paño que había dejado en un colgante al entrar y con
él se limpió la cara. Lo dejó en el suelo y, en pelotas, corrió en busca de una
ducha, seguido por Luis. Marcos se dio un buen fregado, enjuague de boca
incluido. Enseguida propuso: “Vamos a tomar algo al bar”. Allí le preguntó Luis
socarrón: “¿Has podido realizar tu sueño húmedo?”. “¡Y de qué manera!”,
contestó Marcos, “Y todo gracias a ti”. Luis replicó sorprendido: “Si yo solo
he estado controlando que no se disparara el sling…”. “Que nos
estuvieras viendo ha sido lo mejor para mí”, puntualizó Marcos. Que añadió
riendo: “Ya ves lo chalado que estoy”. “Un poco sí”, reconoció Luis divertido,
“Tal vez por eso me gustas tanto”. Sin embargo, lo que menos se esperaba Luis
en aquel momento fue que Marcos soltara: “¿Repetimos en el sling?”. Luis
preguntó asombrado: “¿No has tenido bastante?”. Marcos explicó entonces: “Ni
tiempo me ha dado a correrme… Además, tú ni me has tocado… Ahora sería para
nosotros, a puerta cerrada”. Luis, al que aún le duraba el calentón que le
había entrado con el numerito, no vio ya nada mal esta propuesta de Marcos.
“Vamos entonces”, decidió poniéndose en marcha.
Para contento de Marcos, la cabina del sling
estaba disponible y, tal como había anunciado, cerraron la puerta. Disfrutaron
de su aislamiento abrazándose y besándose con ternura. Lo cual sirvió por lo
demás para que se les disparara la excitación acumulada, como reflejaban las
rápidas erecciones de ambos. Con la práctica adquirida, el encaje de Marcos en
el sling fue sencillo, dejándolo a merced de Luis. Este, al ver cómo se
le levantaba la polla a Marcos, no se resistió a ponerse a chuparla. Pero
Marcos, con el calentón que llevaba ya, avisó: “Eso para luego”. Luis se centró
entonces en el ojete, aún abierto, de Marcos y no le costó nada meterle la
polla tiesa. “¡Oh, sí!”, exclamó Marcos, “Esto quería yo”. Luis, bien sujeto a
las bridas del sling, se puso a bombear con no menos ganas. Marcos, a su
vez, no descuidó su polla y, soltando una mano del tirante, se lanzó a
meneársela. Tan compenetrados iban que, cuando Luis fue acompañando con bufidos
su descarga, Marcos soltó asimismo potentes chorros lechosos. El tiempo se
detuvo para ambos, hasta que, al sacar Luis la polla, se volcó sobre el
despatarrado Marcos y le dio un lametón al capullo rebosante, para
estremecimiento del todavía colgado. Al bajarse del sling, Marcos, con
su deseo cumplido, exclamó: “¡Ahora sí que me he quedado a gusto!”. Luis rio de
la insaciabilidad de su nuevo amigo. Formaba parte de su encanto… y tampoco es
que fueran muy diferentes en eso.
El relato del romance
entre Marcos y Luis va llegando a su fin. Marcos no podía alargar mucho más el
paréntesis a su vida ordinaria. Y Luis tenía la suya hecha en aquella ciudad.
Marcos se comprometió a hacer todas las escapadas que le fueran posibles.
Entretanto, allí donde vivía no iba a tener muchas oportunidades para dar
salida a sus renovadas energías concupiscentes. En cuanto a Luis, aseguró a
Marcos que podía contar con él siempre que quisiera venir. Quizás hasta podría
hacerle una visita, si no fuera un incordio para Marcos… Eso sí, no iba a
desaprovechar las ocasiones que se le presentaran aquí llorando su ausencia.
Marcos, satisfecho, ya de vuelta a casa:
