martes, 20 de octubre de 2026

Aire acondicionado

Dos veces al año vienen a revisar mi aire acondicionado para el invierno y el verano. Siempre es el mismo operario y me alegra que así sea. Es un hombre maduro, robusto sin llegar a gordo, de rostro simpático y del que me atrae hasta el tono de su voz. Tiene un trato correcto y agradable, muy preciso y ordenado en su trabajo. Como hace tiempo que nos conocemos, me gusta darle palique para, de paso, estar viéndolo moverse y, sobre todo, subirse a una escalera para acceder a la trampilla en el techo del baño. Porque en verano, con ropa más ligera, al levantar los brazos se le sube la chaquetilla y escurriéndosele el pantalón, me deleito mirándole desde abajo un pequeño fragmento de la raja del culo. Es lo más que he logrado de él. Poca cosa, pero suficiente para fantasear con que llegara a más en alguna ocasión.

 

 

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Sin embargo, cuando esta última vez recibo el aviso de que viene, en la espera se ha disparado mi fantasía sobre lo que podría, o al menos querría que sucediera.

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El invierno se ha adelantado y esta mañana he encendido la calefacción nada más levantarme. Sé que no tardará en llegar y me pongo inquieto esperándolo. Entra muy dispuesto, me sonríe con simpatía y se va directo a subir el termostato todavía más. Enseguida se va a la azotea donde está la máquina principal. Está un buen rato arriba y entretanto no atino a ocuparme de nada, deseando que regrese. Le abro de nuevo y explica: “Por arriba está todo en orden, pero tendré que hacer unos ajustes en las piezas que hay en la trampilla del baño”. Está algo sofocado y comenta: “Hoy hace un frío que pela. Menos mal que me puse una camiseta térmica para estar arriba”. Se abre un poco la chaquetilla y me la muestra. Luego añade: “En cambio aquí hace un calor de asarse”, y resopla. Entonces le sugiero con naturalidad: “Si quieres quitártela aquí para que no te agobie…”. “¿No te importa?”, pregunta. “Para nada, hombre”, lo animo. No le incomoda quitarse la chaquetilla allí mismo y sacar la camiseta por la cabeza. En los instantes en que le queda tapada la cara miro con avaricia su torso desnudo. Un pecho recio, algo velludo, con unas tetas marcadas y algo de barriga. Cuando se desprende del todo de la camiseta, al no atinar yo a desviar la mirada, me ruboriza su sonrisa. Se vuelve a poner la chaquetilla, de varios bolsillos con algunas herramientas y que se deja medio abierta, y se va ya hacia el baño. Le llevo la escalera que usa para acceder a la trampilla.

Sube por la escalera, abre la trampilla y mira al interior. “¡Uf! Aquí voy a tener faena”, me comenta porque sabe que me he quedado detrás. Mete los brazos dentro y, al estirarlos, como no lleva la camiseta, como me esperaba y deseaba, la chaquetilla se le sube y los pantalones se le bajan. Asoma así el trozo sombreado de la raja del culo que tan bien recordaba de otras veces y lo máximo de su cuerpo que había podido contemplar. Sin embargo, al meter más los brazos e intentar mover alguna pieza, la escalera se tambalea un poco y le digo: “Te sujeto ¿vale?”. No contesta, le planto las manos por encima de las corvas y no noto ninguna reacción. Nueva vacilación de él que hace que mis manos se posen ya sobre el culo para estabilizarlo, y tampoco se inmuta. Además al tensionar mi sujeción el tejido de los pantalones, estos, arrastrando consigo los calzoncillos, se baja un poco más y la raja asoma ya por la mitad. Quedo embelesado con la cara bien cerca y con ganas de sobar ese hermoso culo de vello suave que se me va mostrando, e incluso de besarlo.

De pronto pausa el trabajo y hace un gesto inesperado. Baja un brazo de las alturas y suelta el cinturón que le sujetan los pantalones. Estos se van bajando entonces, tirando también de los calzoncillos, y aparto un momento las manos para dejarlos caer. Ya no dudo en volver abarcar las nalgas con las manos que muevo acariciándolas. Él vuelve a subir el brazo y, aparentemente, sigue maniobrando por arriba, como si no se percatara de la comprometida situación. Pierdo el control y acerco la cara. Besuqueo y arrastro la lengua por una y otra nalga. Sintiéndose asegurado en la escalera y agarrado al borde de la trampilla, separa más las piernas, trabadas por los pantalones, todo lo que da de sí el travesaño. Entonces estiro de las nalgas y abro la raja. Hundo la cara y mi lengua recorre su interior. Oigo un especie de silbido y se remueve haciendo que me aparte. En un nuevo equilibrio se ha ido girando hasta llegar a apoyar el culo en los travesaños de arriba, con la chaquetilla abierta del todo. Así puede mostrarme la fuerte erección que alza su poderosa polla. Es una ofrenda irresistible y la cerco con los labios para sorberla. Noto que se estremece y afianza más las piernas. Chupo con avidez al tiempo que le palpo los gordos huevos. Suspira y pone las manos sobre mi cabeza dirigiendo mi mamada. Hasta que me la aparta y dice tranquilo: “Deja que baje”. Se apoya en mi brazo para sortear la trabazón de los pantalones y queda ya de pie en el suelo.

Casi sin darme cuenta ya he bajado la cintura de mi chándal y me asoma la polla endurecida. Con decisión hace que me aúpe para quedar sentado en la encimera, me baja más el pantalón y me separa las piernas. Es él ahora quien me chupa la polla electrizándome. Me recreo acariciándole los cabellos muy cortos mientras sube y baja la cabeza. Se detiene y, con las misma energía con que me ha hecho subir, hace que me baje de la encimera. Pero es para ocuparla él apoyándose sobre los codos. Así inclinado, con la chaquetilla subida hasta media espalda y los pantalones por los tobillos, dice imperativo: “¡Fóllame ya!”. No podía desear otra cosa y tomo posiciones detrás de él sujetándome la polla. La apunto y me clavo, y oigo cómo suspira de gusto. Yo bombeo ardoroso espoleado por sus bramidos en aumento y dispuesto a no parar hasta vaciar en él toda mi excitación. Intento no obstante controlarme para alargar el placer que me hace sentir. Pero cuando siento que la corriente que me recorre es irrefrenable, me dejo ir arrebatado. Al cesar al fin, le oigo preguntar escueto: “¿Ya?”. “¿Tú qué crees?”, replico sofocado. Se yergue con cierta dificultad y suelta un fuerte resoplido. Decide ya quitarse del todo los pantalones y, solo con la chaquetilla, dice con la voz algo cortada: “Tendré que seguir trabajando ahí arriba”. Algo extrañado de que fuera a quedarse tal cual, le pregunto: “¿Y tú qué?”. Me entiende y explica como resignado: “Mejor que me reserve… Así podré follar a mi mujer esta noche”. Me hago cargo de su condicionante y no se me ocurre decir nada más. Sigo mirándolo embobado mientras sube los peldaños con todo el culo al aire, sin poderme creer que me lo acabara de follar.

Para lo que tiene que hacer por dentro de la trampilla metiendo la cabeza y los brazos hasta los hombros, cambia la posición de los pies en el peldaño en un arriesgado equilibrio y queda de medio lado. Como ha subido un poco más, ya medio recuperado de mi corrida, atino a sujetarlo por las pantorrillas y sobre mi cabeza veo no solo el perfil de su culo sino también la polla que, ahora a medio gas, se le balancea con sus movimientos. Sin embargo, a mi atenta observación no se le escapa que, como si la parte inferior de su cuerpo se hubiera independizado de la superior en plena actividad, la polla se le va elevando y endureciendo. Entonces asoma la cabeza y, sujetándose con una mano al borde de la trampilla, baja la otra y se agarra la polla. Estalla como ocurre cuando se echa una pastilla efervescente a un vaso de agua y exclama: “¡Que se joda la parienta! Ya no me aguanto la calentura que me has dejado”. Se entrega a un frenético pajeo que hace tambalearse la escalera y que sujeto como puedo. No tarda ya en ir lanzando chorros de leche que llegan a dar en la pared del baño. Sacudiéndose la polla, que aún me salpica en la cara, cierra la trampilla de golpe y va bajando de la escalera mientras suelta con ganas: “¡Qué a gusto me he quedado!”. Atontado le pregunto: “¿Has dejado todo bien por ahí arriba?”. “Perfecto”, contesta, “Y yo mejor todavía”.

 


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Suena el timbre de la puerta, que me sobresalta. Tan abstraído estoy en mi fantasía que tardo unos segundos en comprender que he aterrizado en la realidad. Abro y sí, es él con su afable sonrisa. El ritual de costumbre se repite, incluido el rato que pasa en la azotea. Cuando vuelve, hasta comenta el frío que hace arriba, pero sin enseñarme la camiseta, y menos hacer amago de quitársela. En el baño sube en la escalera para acceder a la trampilla. Por más que se le suba la chaquetilla y hasta se le deslicen un poco los pantalones, el frío invierno solo me permite ver la gruesa camiseta bien remetida. Todo va muy rápido y nos despedimos hasta la próxima temporada.

 

martes, 13 de octubre de 2026

Un clavo saca otro clavo

(¡Y de qué manera!)

Tras mucho tiempo sin publicar relatos, me he animado a hacerlo con uno al que he ido dando forma poco a poco y que he logrado dar por concluido. Pido disculpas por mi prolongado parón y espero que os acordéis de mí.

Marcos había pasado por una larga etapa de crisis sentimental y anímica, que, entre otros traumas, le había privado de cualquier apetencia por el sexo. No obstante, con el talante equilibrado que lo caracterizaba, llegó a plantearse que no podía seguir más así. Por ello empezó a moverse por las variadas plataformas que internet ofrecía, buscando estímulos en la contemplación de cuerpos de hombres que siempre le habían atraído. Los veía más o menos de su gusto o más o menos desvergonzados en sus exhibiciones, hasta que vino a dar con alguien que lo sedujo enseguida. Aunque ocultara el rostro, su cuerpo, captado en las más variadas posturas, y la desinhibición con que se lucía, hasta completamente excitado y siendo poseído por otros hombres, lo tuvo cautivado casi en exclusiva. Incluso el hecho de no verle la cara hacía volar la fantasía de Marcos poniéndole la de alguien que había amado intensamente en el pasado. Aún más al encontrar ciertas similitudes físicas entre ambos. Así fue notando que esas excitaciones tan crudamente exhibidas estaban provocándole un cierto contagio. Empezó a tener erecciones mientras miraba aquellas fotos. Eran las primeras en mucho tiempo. Las palpaba maravillado y, de ahí, pasó a masturbaciones, que les sabían a gloria. Pronto llegó a avivársele el hambre atrasada de hombre. El onanismo en que había caído ya no le bastaba. Necesitaba tocar y ser tocado, poseer y ser poseído, antes de caer en una decadencia irreversible.

Marcos vivía en una población pequeña, en la que difícilmente iba a poder recuperar lo perdido. Decidido a ello, sin embargo, se le ocurrió desplazarse a una gran ciudad que le ofreciera opciones diversas para resarcirse. Escogida la cuidad, se hizo con una guía en la que se centró en la búsqueda de locales en que encontrara menciones a maduros y osos, mezcladas con términos como desnudez y hasta sexo duro. Alojado en un hotel gayfriendly, se permitió no fijarse fecha de regreso.

Nada más instalado en la habitación, Marcos pensó en ducharse. Una vez desnudo, se miró en el espejo de cuerpo entero. Vio un cincuentón no muy alto y tirando a regordete. De escaso cabello y algunas canas, no se consideraba guapo, aunque su rostro no dejaba de ser agradable y simpático. En cuanto al cuerpo, estimó que le resaltaban las tetillas y la barriga, tal vez algo en exceso. Y con su culo respingón pasaba lo mismo. Se veía moderadamente velludo y, en cuanto a la entrepierna, estaría en una media bastante aceptable en proporciones. Al menos nunca se había sentido acomplejado al respecto.  En cuanto al funcionamiento, estaría por ver. Sin embargo, sus reacciones y desahogos tenidos ya frente a sus fotos favoritas le resultaban esperanzadores. Hasta le dio por sacarse alguna foto.

         

Vestido informal, pero sin estridencias, esa misma noche se dirigió a un bar de osos, que le pareció adecuado para empezar. Estaba ya bastante lleno y, en un repaso visual general, comprobó que abundaban los tipos grandotes con distintos niveles de rudeza. Pero no faltaban otros maduros como él que confraternizaban con los osos. Tuvo que abrirse paso para acceder a la barra y le agradó el roce de brazos sudorosos, así como algún que otro achuchón, deliberado más de uno. Por fin pudo pedir una cerveza que, previo pago, le sirvieron en un gran vaso de plástico. Haciendo equilibrios con él en la mano, volvió a adentrarse en la masa de cuerpos para inspeccionar mejor el local. Descubrió que había rincones con pequeñas barras donde se podía tener más sosiego. En uno de ellos vio que dos tiarrones se morreaban con pasión mientras uno le estrujaba el paquete al otro. Aunque pensó “¡Ojalá estuviera yo en medio!”, pasó de largo para no estorbar. Pronto encontró otra barra donde pudo al fin soltar el gran vaso de cerveza que se le había calentado ya en la mano. Como si lo hubiera estado siguiendo, se le acercó un tipo que, por su corpulencia, podía considerarse como oso, pero cuya apariencia era algo más refinada. Se dirigió a Marcos sonriendo: “Pareces algo perdido”. “Quería ver cómo era esto…Es la primera vez que vengo”, explicó Marcos. El otro se rio: “¡Ja, ja! El forastero buscando marcha”. “¿Tanto se me nota?”, sonrió Marcos. “Pues aún te falta lo mejor… ¿Vienes?”, dijo el otro. Un poco más adelante se toparon con una pesada cortina roja. El acompañante la levantó por un lado y dijo a Marcos: “Pasa rápido”. Los dos se encontraron en una sala de medidas imprecisas por la oscuridad que dominaba. Solo tenues luces rojas permitían orientarse mínimamente. Se oían roces y jadeos de parejas o incluso grupos dispersos. El acompañante llevó las manos a los hombros de Marcos y lo atrajo hacia él. “Me has gustado”, susurró. ¡Uumm!”, emitió Marcos dejándose abrazar. No se dijeron más porque el otro se puso a morrear a Marcos metiéndole la lengua. Este la lio con la suya y se dijo: “¡Qué gusto! Después de tanto tiempo…”. Recordó a la pareja que acababa de ver e, instintivamente, llevó una mano a la entrepierna del otro, que entonces tomó el control de la situación. “¡Sácamela!”, casi ordenó. Marcos se agachó, bajó la cremallera y hurgó hasta tocar la polla caliente. El otro le dio ya facilidades soltando el cinturón y bajando pantalones y eslip casi hasta las rodillas. Ahora sí que Marcos pudo palpar a gusto la polla que se endurecía en sus manos. Oyó una oferta: “¿Me la quieres chupar?”. “¿Por qué no?”, se dijo impulsivamente Marcos. Y con las ganas repentinas de hacerlo que le entraron, se metió la cargada polla en la boca. La mamaba con ansia, sacándosela a veces para frotarla. Y el otro le sujetaba la cabeza para que siguiera chupando. Al percibir la excitación creciente que estaba provocando, Marcos se sintió orgulloso. Lo estaba haciendo bien pese al desentreno. Por eso, cuando el otro, considerado, avisó de que le estaba viniendo, se afianzó aún más a la polla aceptando lo que le fuera a echar. El mamado se dejó ir ya y Marcos fue recogiendo en la boca toda la leche que no dudó en ingerir también. ¡Qué olvidado tenía el sabor peculiar del semen y la pastosidad que dejaba en la boca! Todo fue ya muy rápido. El otro, tras exclamar “¡Joder, qué gusto me has dado!”, se subió los pantalones y, sujetándolos precariamente, añadió “Voy al lavabo”. Traspasó la cortina y ya no se vieron más.

Al quedarse solo, Marcos fue consciente de la excitación que lo embargaba. Además, como había estado agachado, necesitaba desentumecerse. Entonces, al haberse adaptado mejor su vista a la penumbra, se fijó en un taburete alto de bar que había en un rincón. Se dirigió hacia allí y se impulsó para sentarse con las piernas subidas sobre el reposapiés y la espalda apoyada en la pared. Trató de relajarse sin darse cuenta de lo provocador que resultaba su postura. Hasta que un individuo se le fue acercando. Era regordete como él y se veía algo mayor. Parecía que iba algo mamado y enseguida le puso las manos en los muslos a Marcos. Como este le dejaba hacer, el hombre se fue animando hasta el punto de que, declarando lo mucho que le gustaba, le pareció que tenía carta blanca para hurgar a gusto en la bragueta de Marcos. Pero acertaba, porque este, con lo salido que iba,  incluso le dio facilidades para que le bajara los pantalones. Marcos se sintió satisfecho al ver su polla liberada y turgente, que el otro se puso a sobar, huevos incluidos. También hizo enseguida lo que más deseaba Marcos a esas alturas, que no fue sino lanzarse a una experta mamada. Marcos no tardó mucho en manotear en señal de aviso. Pero, como él había hecho hacía poco, el otro insistió en chupar hasta el final. ¡Qué alivio había sentido Marcos mientras se vaciaba en la boca de un desconocido! Y qué distinto de las pobres pajas que se había estado haciendo últimamente. Ni siquiera se dio cuenta de que su benefactor también había desaparecido. Ya bajó del taburete, se recompuso los pantalones y salió en busca de un lavabo. Se refrescó la cara y bebió agua del grifo aclarando la boca, que aún notaba pastosa. No se detuvo al pasar por el bar grande, menos lleno ya. Decidió coger un taxi para volver al hotel y, cuando le dijo su nombre, el chófer le sonrió irónico. Solo habría faltado que el taxista también le tirara los tejos.

Esa noche Marcos durmió como no lo había hecho en mucho tiempo. Se levantó tarde, comió con apetito y se entretuvo planificando cuál sería su próxima incursión. Desde luego, la mamada doble y diversa de la noche anterior le había resultado de lo más gratificante. Sin embargo, el cuerpo ahora le pedía algo más, que no era sino pasar precisamente al cuerpo a cuerpo, con todo lo que de ello pudiera derivar. Siempre sin salir de las secciones de osos y/o maduros, había encontrado el anuncio de un club que le llamó la atención. Rezaba: “Desnúdate a la vista de todos y busca emoción por nuestro laberinto”. El morbo no le faltaba para tentar enseguida a Marcos en su búsqueda de sensaciones fuertes. Así que no dudó en escogerlo para aquella otra noche.

Marcos fue de sorpresa en sorpresa desde que puso los pies en la recepción del club. Lo recibió un cuarentón fuertote que iba desnudo, aunque lo tapaba el mostrador. Le entregó una percha, una bolsa para el calzado y otra en la que debía guardar todos los objetos y adornos, sin excepción. Le aseguró que esta última quedaría sellada al entregarla hasta su devolución. Le señaló una larga hilera de perchas con sus bolsas colgadas. Le recordó que la desnudez completa era obligatoria y le dio unas zapatillas. “Es lo único que vas a necesitar”, dijo con sorna. Marcos traspasó una cortina y accedió al local. Le pareció de lo más original. Se encontró en una plataforma elevada y muy iluminada donde había de desnudarse. Pero lo más curioso era que esa plataforma estaba situada por encima de la zona de barra del bar. Tomando sus consumiciones en ella había bastantes hombres ya desnudos, todos de los tipos que atraían a Marcos, quien pensó que, por ahora, la cosa pintaba bien. Además, enfrente de la barra, se elevaba un gran espejo que también reflejaba la plataforma. De esta forma los clientes podían ver desnudarse al recién llagado, tanto si estaban de cara como de espaldas a la barra. Marcos, aparentando sangre fría ante tantas novedades, se fue desnudando contemplado por los de abajo. Debían ser clientes habituales, por la expectación con que acogieron al nuevo. Una vez en cueros, Marcos sintió un morboso gusto en ser así mirado y hasta se recreó mostrándose sonriente. Confió asimismo en que el interés que parecían poner los observadores no fuera tan solo por la novedad y lo consideraran resultón cuando menos. Recogió sus cosas ordenadamente y volvió a la recepción para dejarlas. El recepcionista selló la bolsa de objetos con una franja plástica.

Marcos hubo de descender de la plataforma por una escalera de caracol. Y, al llegar al bar, se encontró con la sorpresa de que el espacio entre la larga barra y el espejo de fondo era bastante estrecho. Por ello, para acceder a algún hueco libre, que solo veía casi al final de la barra, tenía prácticamente que ir restregándose por los culos y hasta las delanteras de los demás clientes. Estos, más que dar facilidades de paso, acentuaban los roces con la polla o el culo de Marcos, que también recibía algún que otro manoseo. Formaba parte del recibimiento y así lo entendió Marcos, que llegó empalmado al primer hueco libre. Así pudo pedir ya su consumición, que el camarero, un tío gordote, peludo y cincuentón, también desnudo, le sirvió con amable presteza. Percibió ya Marcos algunos desplazamientos de los que había rebasado antes y que, para acceder a la cortina que había al final de la barra, también hubieron de rozarse con él. Marcos llegó a encontrarse a gusto en aquel ambiente de voluptuosidad indisimulada y preguntó al camarero: “¿Por ahí se va al laberinto?”. “Sí”, contestó el otro sonriéndole con picardía, “Pero no te lleves el vaso… Cuantos menos estorbos mejor”. Así que Marcos se acabó la bebida pensando: “¡Ojalá me encontrara con este!”.

El llamado laberinto no tenía nada que ver con el cuarto oscuro en el que estuvo la noche anterior. Esto lo intuyó Marcos en cuanto echó la cortina de entrada a su espalda. Por los murmullos y jadeos que se sobreponían a la música psicodélica, que sonaba sin estridencias, le dio la impresión de que debía haber por allí más gente de la que dedujo al ver los clientes de la barra. Tomar copas en pelotas no era la principal función del local. Había que seguir por un camino sinuoso sin iluminación directa. De vez en cuando, en uno u otro lado de los recovecos, se daba con cubículos, más o menos amplios, en los que, bajo una tamizada luz rojiza, tenían lugar actividades de lo más diversas. Lo curioso del diseño era que, a medida que Marcos avanzaba en su exploración inicial, a veces se topaba con uno de los cubículos que ya había encontrado antes. No dejaba se resultar mareante y excitante a la vez. Pero, tras un recorrido de inspección que Marcos estimó ya suficiente, decidió que era el momento de tomar parte activa. Para irse entonando, se entretuvo mirando a cuatro o cinco tíos que se metían mano furiosamente unos con otros. Meleé que pronto derivó en follarse a uno de ellos por los demás, que se iban alternando festivamente. Marcos pensó que ya estaban lo bastante ocupados y optó por pasar de largo. Luego vio que un tío bien gordo se pajeaba en solitario. Cuando Marcos avanzó por si quería confraternizar, el otro lo detuvo. “Solo mírame”, le dijo. Marcos aguardó entonces hasta que el tipo fue soltando largos chorros de leche. Al acabar sonrió diciendo: “Gracias, guapetón”. Otra asunto fue el que encontró en el siguiente cubículo. Dos tíos que recordó haberlos visto en la barra, y que encontraba buenísimos por cierto, parecían esperarlo sentados juntos en una especie de camastro. Lo confirmó cuando uno le dijo sonriendo: “Mucho has tardado”. “Es que estaba situándome. Ya visteis que soy novato”, contestó Marcos cordial, mientras entraba en el cubículo. “¿Tendría ya el cuerpo a cuerpo que tanto buscaba?”, se preguntó. Los dos se levantaron avanzando hacia él y el otro dijo mirándolo: “Estás muy rico ¿sabes?”. “Pues aquí me tenéis. Ponedme al día”, replicó Marcos crecido. Los otros dos lo abordaron ya por ambos lados y Marcos se dispuso a entregárseles ya incondicionalmente. “Ya puestos, mejor dos que uno pensó”. Le encantó cómo lo manoseaban por delante y por detrás. Cuando le buscaban la boca se las iba ofreciendo y recibía sus lenguas hurgadoras. En los restriegues, pronto notó que ambos estaban empalmados y él ya no lo estuvo menos. ¡Qué a gusto se sentía Marcos con los achuchones! Que él también daba. ¡Aquello sí que era un cuerpo a cuerpo… o cuerpos!

Pronto los otros, sin embargo, fueron imponiendo sus reglas. El que tenía por delante, más alto que él, le presionó la cabeza haciendo que se inclinara. Topó con la polla tiesa y el tipo maniobró para metérsela en la boca. “A mamar tocan otra vez”, pensó Marcos. Pero en la postura en que se hallaba, el otro aprovechó para restregarle el culo con la polla no menos tiesa que la del otro. Reveló además sus intenciones: “Me puse cachondo cuando, en el bar, me apretaste el culo contra mi polla”. Bien coordinada la pareja, llevaron a Marcos hacia el camastro, sobre el que hubo de volcarse apoyándose en los codos. La follada estaba cantada y Marcos evocó lo olvidado que tenía algo así. Soportó con entereza la clavada inicial y, pese al dolor, le fueron volviendo oleadas de placer. No se inmutó cuando el otro, con crispados estertores y bufidos, hizo patente que se le había corrido bien adentro. Marcos respiró intensamente cuando pudo enderezarse. Pero poco le duró el descanso. Porque el tipo al que le había estado chupando la polla quiso relevar enseguida al recién corrido. Ahora Marcos se vio impelido a echarse en el camastro. Aunque, en lugar de hacerlo bocabajo, como suponía que requeriría también la segunda follada inminente, el otro prefirió que se pusiera bocarriba. Mientras le subía las piernas para apoyárselas sobre los hombros, el tío explicó: “Me gusta mirarte mientras te follo”. Y en esa posición, muy novedosa para Marcos, sintió que le entraba la polla, con más facilidad ahora debido al ensanchamiento previo. El que ya se había desfogado hasta ayudó a su colega manteniendo sujetas las piernas de Marcos para que el otro pudiera bombear con más comodidad. Por supuesto, este se vació dentro de Marcos con no menos vehemencia que su predecesor. Tras haberse beneficiado a Marcos por partida doble, la pareja manifestó su necesidad de ir a refrescarse la gola al bar. Eso sí, besaron agradecidos a Marcos, quien, todavía aturdido, no sabía dilucidar lo que iría a hacer ahora.

Marcos salió del cubículo con paso vacilante y sin atinar por donde tirar. No tenía claro si el laberinto lo llevaría a una salida o aún le haría dar más vueltas. Pero, cuando avanzó, descubrió pronto que aún le quedaba algo más por ver. En un cubículo había una especie de bañera metálica y de poca profundidad. Un tipo estaba tumbado bocarriba, mientras otros dos lo meaban por todo el cuerpo con buenos chorros. El tío parecía disfrutar y, cuando un chorro se le acercaba a la cara, hasta abría la boca. A Marcos no le pareció demasiado edificante la escena. Sin embargo, después de la doble follada, le habían quedado unas ganas intensas de orinar. Y ver cómo meaban aquellos tipos se las aceleraron. No sabía a qué otro sitio podía acudir para evacuar y sintió que ya no aguantaba más. Así que se unió a la ceremonia y se puso a orinar también sobre el tumbado, al que pareció gustarle. Procuró apuntar tan solo a la mitad inferior del cuerpo y se quedó la mar de aliviado. Salió sin demasiado mal cuerpo y lo que se preguntó era cómo haría el tipo para lavarse después.

La sorpresa de la noche fue ir a dar con el camarero gordo de la barra. Sorprendido, le preguntó: “¿Tú también por aquí?”. El otro le explicó: “Un cliente amigo, que ya había acabado, me ha sustituido un rato”. Marcos replicó sincero: “Pues me alegro de que me hayas encontrado”. El barman reconoció: “Te he buscado. Me caíste bien al parecer algo perdido y quería ver si te estrenaba”. Marcos rio: “Estrenar, estrenar…”. El otro obvió la insinuación y soltó: “Es que te vi muy follable ¿sabes?”. ““No eres el primero que lo ha debido pensar esta noche…”, se ufanó Marcos, que enseguida añadió: “Pero si puedo hacer algo por ti, aquí me tienes”. El camarero se alegró tanto que, con un verdadero abrazo de oso, atrapó a Marcos y casi lo arrastró a un cubículo vacío. El hombre demostró ir al grano y, dada su gordura, para trabajarse a Marcos con comodidad hizo que se arrodillara sobre el camastro que había también y se doblara hacia delante. Marcos se dejaba hacer blandamente, teniendo presente la imagen de la polla corta, pero bien gorda, que pronto iba a prolongar las anteriores incursiones en su trillado culo. Pero antes le pilló por sorpresa que el barman se agachara y, tirando hacia los lados de las nalgas, le plantara la cara en plena raja. La chupaba y lamía a fondo, dándole a Marcos un gustito de lo más excitante. Hasta que lo soltó y comentó jocoso, sin darle importancia: “Tenías todavía leche para dar y vender”. Marcos no pudo menos que pensar: “En este sitio hasta la leche va pasando de unos a otros”. Ya notó cómo el barman acoplaba la barriga sobre sus caderas y, agarrándolas, hacía presión con la polla hasta tenerla bien clavada. Marcos la sintió aún más que las anteriores y el bombeo más pausado que inició el gordo, aunque no llegara tan adentro, lo ensanchaba aún más. Aunque estaba dolorido, la sensación no dejaba de ser placentera. No tardó demasiado el camarero en ir soltando sucesivas descargas sin excesivos aspavientos. Quedó parado y Marcos sintió su salida como un descorche. Cuando el otro se apartó respirando con fuerza, Marcos bajó del camastro tambaleante. No dejó de apreciar que el camarero, para mostrar su contento por haber llegado a poseerlo, lo abrazara estampándole un besazo en la boca y exclamando a continuación: “¡Un polvo de campeonato! ¡Cómo me has hecho disfrutar!”. Tan contento estaba que le dijo: Tengo que volver al bar… Si no vas a seguir por aquí dentro, vamos que te invito a lo que quieras”. Marcos, desde luego, no estaba ya para más laberinto y aceptó con gusto la invitación.

En el bar se veían ya pocos clientes y todos con su consumición. Así que, al tener poco que atender, el camarero pudo volcarse en Marcos para charlar a uno y otro lado de la barra. A esas alturas, Marcos solo quiso tomar algo bien refrescante, que el barman, todavía encandilado con él, le sirvió solícito. Le comentó asimismo que enseguida cerraría ya el bar, aunque aún quedara gente un par de horas. Se lamentó además de que todavía tenía por delante un largo trayecto de metro con transbordos hasta llegar a casa y poder meterse en la cama. “Duermo de día, como los vampiros”, rio. Entonces a Marcos le surgió una idea repentina, que no dudó en proponer: “Yo ahora cogeré un taxi para volver al hotel… ¿Por qué no te vienes conmigo y así descansamos cómodos los dos?”. El camarero no dejó de sorprenderse: “¿Puedes llevarte a un tío a tu hotel a estas horas?”. “Es un hotel en que estas cosas son normales”, explicó Marcos. “¡Vaya tentación! Eres muy amable conmigo”, agradeció el otro. “Te lo mereces”, afirmó Marcos, que pensó para convencerse a sí mismo: “Con la marcha que llevo, si le he dejado el culo ¿por qué no iba a metérmelo en la cama?” En verdad, le daba morbo acostarse con aquel gordo achuchable. Así que quedaron en encontrarse a la salida. Marcos recogió sus pertenecías y se vistió en la plataforma, sin apenas mirones ya. Cuando cogieron el taxi ya casi clareaba y el camarero dijo entonces que se llamaba Antonio. “Toni para los clientes”, rio.

En el hotel, Marcos saludó al pasar al recepcionista, que ni se fijó en que iba acompañado. Subiendo en el ascensor, Marcos bromeó: “Ese portero de noche tiene su qué”. “¿No has tenido bastante?”, siguió la broma Toni, “Aún lo puedes llamar para que te arregle un grifo”. Ya en la habitación, Toni quedó admirado de lo bien equipada que estaba. “¡Joder, qué bien vives!”, exclamó. “Para que lo disfrutemos”, replicó Marcos dándole un achuchón. Pero, antes que nada, Marcos sugirió: “Deberíamos darnos los dos una buena ducha”. Toni admitió: “Desde luego. Que tenemos de todo por encima”. Dentro del baño, que tenía una amplia ducha de plato, Marcos propuso sugerente: “Podíamos hacerlo juntos…”. “Me encantará”, replicó enseguida Toni. Los dos se desnudaron y, aunque se tenían ya bastante vistos, no dejaban de echarse miradas golosas. Entraron juntos y ya, bajo en agua templada, todo fue un frenesí de enjabonados y enjuagues mutuos por todo el cuerpo. Se llegaban a besar con pasión y sus erecciones fueron pronto patentes. No pasaron a más, sin embargo, y ya se secaron por separado con suaves toallas. De nuevo en la habitación, por supuesto siguieron desnudos, y la vista de la cama kingsize fue demasiado tentadora para ambos. Se despatarraron sobre ella y, enseguida, un sexo blando y juguetón se impuso. A Marcos le encantaba acariciar el cuerpo gordo y peludo de Toni, y este, siempre más vehemente, se lo comía a besos. Pronto, no obstante, el cansancio acumulado pudo con ellos y la comodidad de la cama hizo el resto. Toni empezó a soltar delatadores resoplidos y, por lo que debió ser un hábito inconsciente, se puso de costado de espaldas a Marcos. A este le vino de perlas hacer la cucharita, bien acoplado a las redondeces de Toni. Durmieron hasta pasado el mediodía y ni los ronquidos de Toni perturbaron el sueño de Marcos. Este fue el primero en adquirir consciencia de que seguía arrimado a su invitado. Pero además se había despertado con una tremenda erección. Recordó que, la noche anterior, con tanto darle por el culo, ni siquiera había tenido opción para desfogarse. Y ahora, una vez descansado, lo sentía como una urgencia. Más a tiro no podía tener el culo de Toni, pero le daba mala conciencia follárselo sin que el otro tuviera opción de consentir. Se llevó, no obstante,  una sorpresa cuando Toni, seguramente desvelado por el golpeteo de la polla dura de Marcos en sus glúteos, le soltó: “¡Métemela de una vez!”. Marcos no dudó ya ante la venia de Toni y, ardiendo en deseo, tal como estaban de costado, dio un empellón clavando la polla certeramente por el medio de la ancha raja. Cuando la sintió atrapada, ya no paró de bombear, alentado por propio Toni: “¡Así, así!”, “¡Dame fuerte!”, “Si crees que no me gusta…”. Lo que sintió Marcos fue no poder prolongar más el intenso placer que experimentaba. Porque este mismo y lo que llevaba acumulado, le urgió a dispararse desenfrenado. Hasta Toni lo comentó después que Marcos se detuvo: “¡Joder, qué lleno debías estar! Y ahora el lleno soy yo. Que hasta lo he notado”.

Una vez levantados, se dieron cuenta de que estaban en ayunas desde el día anterior. Toni se ofreció a ir a comprar alguna cosa. Pero Marcos quiso que aprovecharan una comodidad más de ese hotel. Encargó pues un surtido brunch para dos personas, que no tardaron en subirles. El portador, un treintañero estirado, ni se inmutó cuando encontró a los dos en pelotas. Comieron con apetito y, entre unas cosas y otras, llegaron a media tarde. Fue cuando Toni hubo de despedirse: “Así es la vida. Tú te irás pronto y yo seguiré sirviendo copas a todos aquellos salidos… Mejorando lo presente”. “Como si tú no te los beneficiaras también… Dímelo a mí”, replicó Marcos divertido. Se besaron con algo más que afectuosidad, aunque ninguno llegara a prever nada de futuro.

Marcos desde luego no se sentía con fuerzas para lanzarse ahora a aventuras tan intensas como las vividas los días anteriores. Pero tampoco le apetecía quedarse en el hotel sin hacer nada. Había venido para no desaprovechar ni un solo día. Así que echó mano de su guía y fue a dar con la reseña de un bar, que lo describía como un local elegante y tranquilo que los gais maduros solían escoger para tomar copas, oír música y charlar. Consideró que podía ser una opción adecuada sin demasiado ajetreo.

Se vistió algo más formal que en noches anteriores y, a una hora que creyó adecuada, se presentó en aquel bar. La descripción de la guía no había exagerado. El local causó a Marcos una buena impresión. La barra estaba en el centro en forma de pérgola modernista hexagonal y los camareros llevaban chalecos a rayas y corbatín. La iluminación era tamizada y los sillones estaban tapizados de terciopelo. Sonaba música ambiente de los 80 o anteriores y, en alto, algunas pantallas reproducían sin sonido escenas de películas clásicas. No había exceso de clientes, casi todos hombres maduros, y Marcos, en un hueco que encontró, pidió en la barra el cocktail del día. “Más tranquilidad imposible”, se dijo. Pronto se puso a su lado un hombre, más cerca de los sesenta que de los cincuenta años, algo fornido y bastante atractivo. No tardó en mirar a Marcos sonriendo y, con clara intención de pegar la hebra, comentó: “Este bar es mi preferido. Lástima que se habla de que lo van a cerrar”. Marcos conectó con él: “No lo conocía y me ha encantado… Es que estoy de paso por aquí”. “Buena ciudad para echar una canita al aire ¿no te parece?”, soltó el otro como si hubiera calado ya a Marcos. Este replicó divertido: “¿Tanto se me nota?”. “Experiencia que tiene uno”, rio el tipo. Entonces Marcos aprovechó: “Igual podrías aconsejarme algún sitio interesante”. “¡Faltaría más!”, aceptó el otro, “Pero mejor nos sentamos… Por cierto, me llamo Luis”. “Yo, Marcos. Mucho gusto… Vamos”.

Se sentaron en unos sillones enfrentados con una mesita en medio, a la que llevaron sus copas. Luis retomó el tema preguntando: “¿Conoces alguna sauna?”. Marcos explicó: “Hace ya mucho tiempo fui a una, pero no me gustó. Demasiados tíos jóvenes, que no son mi tipo”. “Pues hay aquí una que te gustará”, empezó a informar Luis, “Aparte de que está muy bien equipada, lo que dominan son los maduros y, si te van los gordos, hay cantidad”. Lo abonó añadiendo: “Yo voy bastante… Precisamente, mañana tenía pensado ir por la tarde, después de arreglar unos asuntos… Me vendrá bien relajarme”. Esto último lo dijo con picardía. Marcos, aunque ya tenía esa sauna en su lista, se animó:  “Pinta muy bien lo que dices. Creo que iré también mañana”. “Me gustará verte allí”, afirmó Luis sonriendo, “Podría hacerte de guía”. “Me pondría en tus manos”, añadió Marcos con segundas. Todo quedó en esa imprecisa cita para el día siguiente, pues ya no hubo más entre ellos aquella noche. Marcos aprovechó para dormir en un horario más normal.

Marcos se levantó aquella mañana pleno de energía. La idea de conocer una sauna frecuentada por maduros y gordos ya la tenía clara por la recomendación de la guía. Y la que le hizo también Luis la noche anterior le aguzó el interés. No sabía cuándo aparecería el tal Luis, ni siquiera si llegaría a acudir. Pero le apetecía ir pronto y tomárselo con clama. No sería más complicado que en los sitios que ya había explorado. Seguro que encontraría algo más que relax. Y eso sería en pleno día, a diferencia de sus incursiones anteriores. Por lo cual, tras una comida frugal, estaba ya ante la sauna.

Marcos, con una llave y unas zapatillas de su talla que le entregaron en la recepción, se dirigió al vestuario. Este era amplio, con taquillas alineadas y banquetas enfrente. Había ya algunos tíos que se desnudaban o se vestían para marcharse. Pero otros, sentados en las banquetas, parecían más bien estar de mirones. A Marcos le reconfortó el aspecto, bastante de su gusto, de los presentes. Sin inmutarse, se despelotó sintiéndose observado y, como vio que era lo que se llevaba allí, se ciñó a la cintura el paño que hacía de taparrabos. Con su impudicia renacida, pensó: “¡Lástima que no vayamos todos en pelotas!”. Al salir de vestuario, vio que, para seguir adelante, había que pasar por el bar. Frente a la barra, junto a la cual se hallaban varios tíos, unas mesitas estaban ocupadas por uno o más usuarios. Algunos se distraían mirando un televisor que emitía vídeos musicales. Marcos atravesó el bar notando que era observado, aunque sin querer fijarse demasiado en los clientes, para que no se le notara su bisoñez.

Ya tuvo acceso a lo que parecía ser el espacio principal. Amplio y luminoso, hacia un lado se veía una piscina de buen tamaño con algunos chorros a presión. A su lado había un burbujeante jacuzzi colectivo. Tanto en una como en el otro, había ya tipos relajándose y, algunos, metiéndose mano sin empacho. En una pared, estaban las puertas de lo que serían la sala de vapor y la sauna seca. Y, en el resto de paredes, se distribuían las duchas. La mayoría tenían mamparas semi traslúcidas y algunas eran dobles. Pero también las había abiertas. Por en medio de la sala se distribuían bancos más o menos cerca de las duchas. Había bastantes hombres y, en efecto, abundaban los maduros y gordotes. Todo un caldero para Marcos. Algunos charlaban o se sentaban en los bancos, creando un ambiente relajado. Aunque también, sobre todo los solitarios, no disimulaban las miradas, en especial, al trasiego de las duchas y a los que dejaban su paño en un banco para usarlas. Todo ello no escapaba a la observación de Marcos en el tiempo escaso que empleó en decidir por dónde empezar.

Por lo pronto se imponía una ducha que, además de entonarlo para adentrarse en los vapores, le permitiría hacerse objeto de interés para algunos de los presentes. A tal propósito, Marcos se despojó al fin de su paño y, sin el menor recato, optó por una de las duchas abiertas. Como suponía, no pasó ni mucho menos desapercibido y disfrutaba en sus abluciones no solo del agua, sino también de las miradas que le caían encima. Recuperó luego su paño, como estaba mandado, pero que, al humedecerse, se adaptaba ya mejor a sus contornos.

Marcos estimó más adecuado probar la sala de vapor. Nada más abrir la puerta, que se cerró tras él, entre la escasísima iluminación y los vapores que lo envolvían, no sabía orientarse. Optó pues por ir arrastrando el culo por la pared que había a continuación de la puerta e ir así avanzado. Hasta que llegó, no a una esquina, sino a una bancada de mampostería en escala, según tanteó. Cuando, al poco de entrar él se abrió la puerta un par de veces más, supo que no iba a estar solo. Además, al hacerse la vista algo mejor en aquella penumbra, pudo distinguir que había algunos tíos más, de pie cerca de él o sentados en la bancada a distintas alturas. Se quedó tal como estaba y, para tener más soltura, se quitó el taparrabos y lo dejó en la bancada a su lado. No tardó en acercársele un tipo que directamente le plantó las manos en las tetas. Marcos no podía percibir la catadura del tío. Pero le agradó la metida de mano a ciegas, que debía ser lo habitual en un sitio así. Dedujo que era algo más alto que él cunado agachó la cabeza para chuparle una teta. Eso ya fue excitando a Marcos, y más cuando le buscó la polla y se la agarró. El hizo ya lo mismo con la del otro, que, sin soltársela, se puso a morrearlo. Marcos cedía ya con gusto a todos los chupeteos y manoseos que quisiera darle el otro y, aplastado a la pared, procuraba corresponder. Pero pronto comprobó que no iban a estar solos ni mucho menos. Porque no tardó en unírseles un segundo con similares mañas, al que el primero acogió con deportividad repartiendo el pastel. Que no era otro que Marcos, ya plenamente integrado y empalmado. Sin embargo, pronto llegó a notar que, desde abajo, alguien le buscaba también la polla. Estaba sentado en el escalón inferior de la bancada junto a la que había quedado Marcos. Puso tanta vehemencia en atraerlo que los otros dos se lo cedieron y siguieron apañándose entre ellos. Marcos percibió al tipo como bajito y regordete, y no tuvo inconveniente en ofrecerle la polla. Se enfrascó en una mamada gratificante, que hacía las delicias de Marcos. Sin embargo este, poco habituado a aquellos calores vaporosos, sintió que ya no aguantaba más allí dentro. Así que declinó continuar con la mamada y pergeñó una disculpa para salir rápido al exterior. No olvidó sin embargo su paño, que solo se echó a un hombro para ir directo a una ducha.

Una vez refrescado, Marcos se sintió con ánimos para explorar la sauna seca. Más iluminada, estaba toda forrada de madera, con bancadas a dos niveles. Había varios tipos sentados arriba o abajo, algunos con el paño abierto. En un lado más corto del espacio rectangular no había ninguno y Marcos aprovechó para subirse al nivel superior. Apartó el paño a los lados y, abierto de piernas, adoptó la actitud de estar disfrutando del calor, demasiado fuerte para su gusto. Como si lo hubiera seguido, entró un tío que ya había llamado la atención de Marcos en el espacio general. Maduro, fornido y velludo como a él le gustaban, se sentó en un banco bajo que hacía ángulo con el que Marcos ocupaba y muy cerca de este. Con decisión llevó una mano a su paquete, lo que Marcos acogió abriendo más las piernas. El otro se puso ya debajo para manosearle mejor la polla, que pronto atrapó con la boca. Marcos se la dejó chupar ante las miradas impasibles de los demás, que se habían ido renovando. Pero el calor estaba resultando excesivo, tanto para Marcos como también para el que le mamaba, que al fin le susurró: “¿Vamos al jacuzzi?”. Este salió primero de la sauna y luego lo hizo Marcos. Vio a su ligue ya en el jacuzzi, donde había varios más. Entró y buscó acomodo junto al que lo esperaba. Sin que los otros prestaran especial atención, se enzarzaron en un sensual juego entre las burbujas. Se besaban sobre ellas y se magreaban por debajo. Marcos se dejaba hacer en la fluidez del agua, hasta que el otro se lo sentó encima. Notaba la polla dura juguetear con su culo, sin llegar de penetrarlo. Marcos fue entendiendo con agrado que, al menos en este espacio de la sauna, dominaba una actitud lúdica en que los toqueteos y contactos corporales eran más buscados que el follar a toda costa. Así que, cuando tuvo bastante del jacuzzi, sonrió a su compañero de juegos y se salió sin más.

Se tomó ahora un reposo sentándose en una banqueta del amplio espacio. De paso reanudó la observación de cuantos pululaban por allí. Y también estaría al tanto por si hacía acto de presencia Luis, tal como se habían citado. A esas alturas no le sorprendió que un gordito bastante mayor sentado enfrente le echara el ojo. Marcos, que se quitaba y ponía el taparrabos según procediera, lo tenía ahora algo subido. Por lo cual sus encantos estaban casi al completo en la línea de visión del otro. Y él además, con algo de malicia, se los tocaba de vez en cuando. Lo que tenía al mirón la mar de distraído. Pero allí en medio no había más que hacer y a Marcos le faltaban más zonas de la sauna por conocer. Así que decidió ponerse ya en marcha, para decepción de su admirador, al que no obstante sonrió al levantarse y, generoso, se abrió el paño en sus narices para ajustárselo mejor.

Se dirigió por un pasillo hacia otra ala de la sauna. En ella, con una iluminación más atenuada, se desplegaba el espacio de las cabinas. Las había a ambos lados, algunas cerradas y otras abiertas. Estas últimas no todas estaban vacías, pues, a través de puertas entornadas, o bien se podía ver a un tío tumbado en el catre ofreciéndose, o incluso dos o más tipos trajinando sin importarles mucho la intimidad. Sin detenerse demasiado, Marcos llegó a lo que era una sala de vídeos. Con una gran pantalla al fondo, que emitía vídeos porno, una mampara opaca ocultaba parte del interior de la sala. En esta había bancadas en ángulo al fondo y varias tumbonas frente a la pantalla. Cuando Marcos se asomó al extremo de la mampara, se quedó mirando un momento. Entonces, un tipo que estaba sentado a los pies de la tumbona más pegada a la mampara, le echó mano a la polla. Como Marcos, que se hacía ya a todo, no lo rechazó, el otro se la llevó a la boca. Aunque el tipo, mayor pero flacucho, no le decía nada, dejó que se la chupara, aun a la vista del resto. Resultó además que el tío era todo un virtuoso, que le estaba dando un gusto inesperado. Sin embargo, Marcos le puso contención, pues prefería reservarse para más adelante. No sabía lo que se podría encontrar todavía. De modo que, sin brusquedad, se echó hacia atrás y sacó la polla para desaparecer por detrás de la mampara y salir de la sala.

Lo que Marcos encontró a continuación fue un imprescindible cuarto oscuro. Aunque le entrara algo de luz por la puerta, a medida que se avanzaba se hacía lo suficientemente penumbroso para liberar las inhibiciones. El estar bien repleto propiciaba además que todos tocaran cuanto les apetecía y todos se dejaran tocar en correspondencia, llegando a acoplamientos más o menos intensos o duraderos. Marcos optó por darse una vuelta a ciegas y, en efecto, le fueron metiendo mano por todas partes. Lo que se incrementó al mostrarse receptivo. Aunque él tocaba no menos y le ponía palpar orondos y peludos pechos y barrigas, así como pollas inhiestas. Luego decidió situarse más cerca de la puerta, como hacían algunos, para ver mejor quiénes iban entrando. Y mira por dónde, no tardó en identificar al gordito que estuvo oteando lo que enseñaba por debajo del paño en la banqueta. Como le había caído en gracia, instintivamente le tocó en un hombro antes de que se perdiera en la penumbra. El otro se giró y al reconocer a Marcos se le iluminó la cara. Al tenerlo ahora a tiro, se puso a palparlo enseguida y, al dar con la polla, que le había engordado a Marcos con los diversos toqueteos,  el gordito lo cogió de la mano para que no se le fuera a escapar y tiró de él hacia dentro. Como fueron a dar con unos sofás, en que Marcos no había reparado antes, sin soltarlo, el gordito se sentó en el borde de uno y se lanzó a chuparle la polla. Pero su propósito final era otro, porque enseguida se giró para arrodillarse en el sofá y presentar el culo. Tal vez contagiado por el clímax imperante, Marcos se puso a sobárselo. Lo encontró tan orondo y con un vello tan suave que no se resistió ya a complacer al gordito. Le metió la polla con tanta facilidad que le pareció que cortaba mantequilla, cálida y esponjosa. Y el receptor lo agradecía rezongando de gusto. El mismo que estaba sintiendo Marcos con su bombeo. Sin embargo, se mantuvo firme en su intención de no dejarse ir todavía, en tanto no hubiera completado el repaso de todas las oportunidades que la sauna le ofrecía. Así que aprovechó un empujón que le dieron para desligarse del gordito mezclándose en el barullo. Ya se lo seguiría follando otro, con el culo tan rico que tenía.

A Marcos se le estaban ya hinchando las narices, además de otras cosas, con tanta contención ¿Valdría la pena estar reservándose por si por fin aparecía Luis? Cierto que, en el bar de la noche anterior, le había parecido un hombre particularmente atractivo e intuía que habría de ser bastante salido. Le daba mucho morbo pensar en lo que podían llegar a hacer en un ambiente tan disipado como el de aquella sauna. Sin embargo la cita con él había quedado poco concreta y temía estar desaprovechando inútilmente todo lo que iba dejando a medias durante la espera. Por ello se propuso que, si fallaba un último intento de encontrar a Luis, dejaría ya de lado cualquier contención y se lanzaría a buscar desfogues que le pusieran el cuerpo mucho más a gusto que hasta el momento.

A Marcos se le ocurrió entonces asomarse al bar, que solo había visto de pasada al llegar. Y mira por dónde, allí encontró a Luis. Acodado en el bar, charlaba con el camarero que le servía un refresco. Nada más verlo, Marcos se reafirmó en lo buenísimo que estaba, y más ahora en que lucía todo su cuerpo, solo con el paño que llevaba, todavía bien seco y sin arrugas. Más robusto de lo que había estimado la noche anterior, el abundante vello contribuía a dotarle, casi a sus sesenta años, de una virilidad de lo más seductora. Pues bien, nada más ver también a Marcos, Luis, con una mirada que expresaba alegría, se le acercó y , para empezar, le estampó un par de besos. A continuación, Luis se puso a explicar: “¡Vaya tarde que llevo! Creí que no iba a poder venir. Y me sabía mal porque quería volver a verte… Pero aquí estoy y me alegro de que tú también”. Marcos no quiso darle importancia al retraso de Luis: “Bueno, he tenido tiempo de ir conociendo todo esto, que está muy bien ¡eh!”. Luis entonces miró guasón el paño de Marcos, que al ir este quitándoselo y poniéndoselo según las circunstancias, lo llevaba mojado y arrugado, e hizo notar: “Parece que no hayas perdido el tiempo… Espero no haber llegado demasiado tarde”. Y Marcos, relajado ya y satisfecho de no haberse precipitado, declaró osado: “Sabía que lo mejor estaba por llegar”. Entonces Luis rio y, cogiendo por un brazo a Marcos, le dijo: “Vamos, que te mostraré mis preferencias”.

Luis hizo que pasaran rápidos por la zona de baños aclarando: “Supongo que ya habrás sudado bastante”. Accedieron pues al espacio más umbrío de las cabinas. Allí Luis hizo que entraran en la primera que vio abierta y, sin llegar a cerrar la puerta y ni siquiera apagar la luz, estrechó a Marcos entre sus brazos susurrando: “Desde anoche sueño con hacer esto… Te encontré muy deseable”. A Marcos, sorprendido por su vehemencia, apenas le dio tiempo a replicar: “A mí me pasaba lo mismo…”. Porque Luis ya le estaba comiendo la boca a besos y metiéndole la lengua a fondo. Marcos ya no se quedó corto correspondiéndole. Con las ganas que le había llegado a tener a Luis, empezaba a sentirse en la gloria. Había valido la espera. Porque el morreo fue solo le preludio de un sobeo intenso y mutuo, en que las manos no paraban, mientras las bocas pasaban a chupar y hasta morder todo lo que se les ponía a tiro. Los paños habían caído al suelo y las pollas se entrechocaban. ¡Qué a gusto se sentía Marcos en los brazos de Luis! ¡Y cómo este volcaba toda su pasión sobre él! No les importaba, e incluso a Marcos le daba morbo, el espectáculo que estaban ofreciendo a los que, al pasar, los iban mirando desde la puerta, atraídos por el arrebato que exhibían sin pudor, pero que no se atrevían a interferir.

Indiferentes al entorno, Luis se sentó en la cama y atrajo entre sus piernas a Marcos, que le presentaba la polla tiesa y húmeda. Luis lo iba acariciando por todo el cuerpo mientras comentaba: “Eres justo el tipo de hombre que más me atrae. Lo intuí ya cuando te vi en aquel bar”. Marcos, henchido de gusto, replicó: “Estaba deseando estar contigo tal como te veo ahora”. Y añadió rendido: “Haz conmigo lo que quieras”. Esta actitud de entrega, por lo demás, estaba impulsada por el hecho de que la visión del cuerpo desnudo de Luis, más allá de lo atractivo que le resultaba, había producido también un shock en la memoria de Marcos. Cada vez más le encontraba un gran parecido con el que posaba en todas aquellas fotos tan excitantes que tanto lo habían impactado. Hasta el punto que le sirvieron de acicate para salir de la apatía ante el sexo en la que se hallaba sumido.

Ajeno a estas comparaciones, Luis demostró que ya tenía su propio plan de acción, al preguntarle a Marcos: “¿Te gustan las emociones fuertes?”. Este no dudó: “Si son contigo…”. Entonces Luis hizo que abandonaran aquella cabina y, a tiro hecho, llevó a Marcos hacia otra, algo más apartada en un rincón. Estaba vacía, pero solo de tíos, porque, dominando buena parte del espacio, estaba instalado en el centro un sling que colgaba de las vigas del techo. Se veía muy nuevo y sólido, con fuertes cadenas y poleas que facilitaban la movilidad. Marcos se quedó parado y Luis le preguntó: “Sabes lo que es ¿no?”. Marco contestó: “Sí, un sling. Pero solo lo había visto en algunas fotos”. Luis explicó orgulloso, como si fuera cosa suya: “Lo han instalado hace poco y no hay todavía mucha gente que lo use… Me encantaría hacerlo contigo”. “¿Quién se subiría?”, preguntó Marcos, aunque ya intuía la respuesta. “Yo pensaba en ti”, replicó Luis divertido. Marcos que estaba en una fase en que besaría por donde Luis pisara, dijo ya: “Me tendrás que ayudar”. Luis, que parecía tener dominio del aparato, se puso a maniobrar con las poleas para ajustar la altura y equilibrar la base de cuero colgada por los extremos. Marcos se sentó ya, impulsado por Luis que, divertido, le levantó las piernas, sujetándole también los tobillos a las cinchas colgadas de las cadenas. Mientras, Marcos se agarraba a las que había por encima de su cabeza. Luis ya no pudo reprimir un sobeo al culo de Marcos, tan obscenamente expuesto, exclamado: “¡Qué apetitoso lo tienes!”. Pero, además, en la no menos impúdica postura de Marcos, su polla se veía bien tiesa. A Luis, sin embargo, se le había aflojado con los esfuerzos. Lo cual hizo constar, añadiendo:”En cambio a ti te sigue más tiesa que el palo de una vela”. Marcos reconoció: “Estar aquí subido me pone cachondo”.

Como la estabilización del sling le había dejado la cabeza algo más baja que el culo y sobresaliendo de la base, Marcos ofreció picarón: “Si pasas aquí atrás, podría mejorarte eso”. No dudó Luis en hacerlo y Marcos, echando la cabeza hacia atrás, abrió la boca para acoger su polla. Empezó la mamada, mientras Luis sujetaba los tirantes del sling para mantenerlo estabilizado. Pero cuando Luis tuvo la polla bien dura ya, se puso a follar la boca de Marcos, todo lo que le permitía el balanceo del sling. Pronto Luis exclamó: “¡Uf, cómo me he puesto ya! Me paso a tu culo”. Marcos, no menos excitado, en cuanto pudo hablar soltó: “¡Sí, fóllame ya!”. El cambio fue rápido y Luis, tras frenar el balanceo, se cogió primero a una pantorrilla alzada de Marcos y, con la polla en la otra mano, buscó apuntalarla en el ojete. Cuando la tuvo metida, provocando un gemido de Marcos, ya agarró la otra pantorrilla y, así afirmado, se puso a bombear. Fue una sinfonía de resoplidos, por parte de Luis, y tenues gemidos, por parte de Marcos. Todo ello entreverado de exclamaciones a cargo de ambos. “¡Qué ganas tenía de metértela!”. “¡Y yo de tenerte dentro!”. “¡Qué culo más tragón tienes!”. “Me gusta cómo lo haces ¡Dame, dame!”. Marcos, con los brazos alzados, se agarraba con fuerza a las sujeciones laterales. Y el balanceo que producían las embestidas de Luis incrementaba el placer de ambos. Tenía que llegar y Luis declaró: “¡Estoy ya que no me aguanto!”. La reacción de Marcos fue de antología: “¡Te mato como te salgas ahora!”. Luis habría reído si no fuera porque el orgasmo estaba ya ahí. Hasta que llegó a descargarse haciendo vibrar todo el sling. Todavía necesitó unos segundos de calma para p0der apartarse, con el corazón palpitando a tope. “¡Qué gozada!”, exclamó. Marcos sonrió rendido con la cabeza inclinada hacia atrás. No tardó sin embargo en avisar: “¡Qué calentón me ha quedado!”. Soltó una mano y la bajó hasta alcanzarse la polla. Pero la postura forzada en que se hallaba entorpecía que se la pudiera menear a gusto. En cambio, desde la perspectiva en que lo veía Juan, la visión del ojete todavía lechoso, el par de huevos bien encajados y la polla en fase de crecimiento, fue demasiado lúbrica para que no se sintiera generoso. “¡Déjame a mí!”, le dijo. Se puso a frotarle la polla, que fue endureciéndose, lo que Marcos agradecía con suspiros. Y aún hizo más Luis, porque cuando Marcos pasó ya a resoplar, tuvo el impulso de amorrarse a la polla. Lo mantuvo pese a que Marcos gimiera: “¡Me viene!”. Y no se soltó hasta que este quedó exhausto. “Así quedamos empatados”, afirmó Luis risueño.

Marcos,  con un balanceo placentero, tuvo la inocencia de proclamar: “¡Qué a gusto me quedaba aquí!”. “¿Ah, sí?”, replicó malévolo Luis, “Entonces igual te dejo y ya verás la de moscones que te van cayendo encima… Te esperaré en el bar”. “¡Quita, quita!”, pataleó Marcos, “¡Bájame de aquí! Pero tomo nota para cuando vuelva más adelante y ya te hayas olvidado de mí”. “Me temo que eso me va a costar”, replicó Luis que, en cuanto ayudó a Marcos a bajarse, se puso a besarlo cariñoso. Como era de rigor, pasaron por las duchas y, a continuación, fueron a reconfortarse en el bar. Deliberadamente escogieron una mesa de un rincón con un asiento corrido pegado a la pared. Pese a la precaria intimidad lograda, disfrutaban, muy juntos, del roce de sus cuerpos. Desde la noche anterior hasta aquel momento, parecía que hubiese ido fraguado un feeling particular entre ambos. Luis, dando por hecho que iban a seguir viéndose, propuso a Marcos: “Mañana voy a estar bastante ocupado. Pero me gustaría invitarte a cenar en un restaurante que está muy bien… Luego haríamos lo que tú quieras”. Marcos no pudo sentirse más emocionado con la mano que le tendía Luis.

Marcos pasó todo el día siguiente dándole vueltas a la cabeza. El encuentro con Luis, y los fuertes sentimientos que este le provocaba, le hacían felicitarse, de un lado, por su decisión de sacudirse la apatía que lo había atenazado por demasiado tiempo y emprender aquel viaje tan colmado de experiencias. Y la mejor de todas, sin duda, haber conocido a Luis. Por otro lado, estaba consiguiendo exorcizar fantasmas del pasado, que ahora casi veía corporizados en la persona de Luis. Sin embargo, hasta llegar a este punto, le inquietaba también que la acumulación de vivencias sexuales, inéditas muchas de ellas para él, y a las que se había entregado con tanta soltura, le hubiera despertado una inesperada inclinación hacia el libertinaje. Pero todo ello quedó aparcado cuando hubo de espabilarse para acudir al restaurante en el que Luis lo había citado.

El restaurante era del estilo elegante del club en que Marcos había conocido a Luis. Al margen de la excelente comida, fue muy revelador para Marcos que Luis le fuera hablando de su vida. Hasta entonces no sabía nada de ella. Lo primero que reconoció Luis fue que era un hombre casado, con dos hijos que ya tenían su propia vida. Así las cosas, llegó un momento en que Luis confesó a su mujer que se sentía atraído por los hombres. Hacía tiempo que el sexo era irrelevante entre ellos, aunque se llevaban muy bien y cada uno tenía su independencia, hasta con habitaciones separadas. A ella no pareció pillarle por sorpresa y no se planteó romper la convivencia. De este modo Luis podía ejercer su libertad, con un cierto sentido común. Marcos, que de siempre había tenido clara su atracción por los hombres, no se privó de mostrar su curiosidad por cómo Luis había tomado conciencia de su bisexualidad. Luis reconoció con desenfado que una parte de esa bisexualidad la tenía aparcada desde hacía tiempo. En cambio llegó a darse cuenta de que debía resultar atractivo a cierto tipo de hombres mayores que él. Cuando trabajaba en una compañía de seguros iba con frecuencia a casas de clientes para evaluar los siniestros. Algunos le tiraron los tejos y la verdad es que no le costó demasiado dejarse hacer. Uno de ellos fue precisamente el que lo desvirgó. “¡Y ya has visto la marcha que cogí!”, concluyó divertido. Por su parte, Marcos también puso al día a Luis acerca de las motivaciones profundas de su repentino y aparente descontrol. Fue una larga sobremesa, en la que chispeó la convergencia entre ambos. Cuando llegó la hora de dejar el restaurante, Marcos comentó: “No me podía apetecer más que vinieras conmigo a mi hotel… Pero tal vez no estarás en situación de hacer algo así”. Sin embargo Luis replicó: “Eso no sería un problema. Mi mujer ya sabe que más de una noche no voy a dormir a casa. Forma parte de nuestro acuerdo… Así que, si todavía me soportas, con mucho gusto te acompañaré”.

Estaban embelesados en la cama Marcos y Luis después de su placentero revolcón, cuando el primero sintió la necesidad de revelar lo que no había dejado de rondarle por la cabeza. Seguía sin saber cohonestar lo intensamente seducido que se sentía por Luis y la inédita e irrefrenable pulsión a seguir ahondando en las recientes experiencias de entrega a otros hombres, con todo el morbo que le habían hecho sentir. Así que se decidió a expresarse: “Ahora que ya me has hecho tuyo de una forma tan incondicional, me gustaría confesarte algo”. Luis, halagado por la entrega que reconocía Marcos, lo acarició animándolo a hablar: “Soy todo oídos”. Marcos continuó: “Ya sabes que, durante una larga etapa de mi vida, mi sexualidad estaba caída por los suelos. Hasta que. al venir aquí, me sumí en una acelerada puesta al día en que iba probándolo todo… y todo me llegaba a gustar. Contigo he alcanzado al fin a un equilibrio reconfortante. Aunque reconozco que algo de ese ansia de promiscuidad me ha seguido azuzando. Así he llegado a tener sueños húmedos a cuenta de una broma que me hiciste después de que hubiéramos disfrutado, y de qué manera, de ese sling de la sauna. Fue cuando me amenazaste bromeando con dejarme allí colgado a merced de los tíos que, al verme así de provocador, se animaran a jugar conmigo…”. Luis, más que sorprendido, se mostró condescendiente: “Si quieres, mañana mismo vamos y lo hacemos”. “¿No te importaría?”, preguntó Marcos. Luis rio: “A promiscuo y morboso no creo que me ganes”. “Pero es que hay algo más…”, avisó Marcos, “Me excitaría aún más que tú mismo, en lugar de dejarme allí, me ofrecieras a los que se asomaran, animándolos a disfrutar de mí, y vieras cómo lo hacen”. “Retorcidillo, pero me gusta”, rio de nuevo Luis, “Me va a poner tan cachondo que, cuando acaben ellos, te aprovecharé también”. “Eso será ya cosa tuya”, replicó Marcos relajado después del buen resultado de su confesión.

En cuanto llegaron a la sauna, Luis adoptó ya el rol dominante que Marcos le había otorgado, y que él asumió de mil amores. Por lo pronto, escogió una ducha doble sin mampara, bien a la vista pues. Mientras se duchaban, Luis comentó: “¡Cómo te miran!”. “A ti más”, replicó Marcos. “Ahora verás”, soltó Luis que se puso a enjabonar la entrepierna de Marcos, que llegó a empalmarse. Lo que fue más evidente después de enjuagarse. Y claro, esto resultaba bien llamativo para los mirones.

A continuación Luis decidió: “Pasemos primero por el vapor para que te metan mano ya y te vayas calentando”. Allí, Luis se sentó discreto en el nivel bajo de la bancada, con Marcos a su lado de pie. Se puso a sobarle la polla y, enseguida, otro tío abordó a Marcos por arriba, palpándolo y hasta morreándolo. Luis lo soltó ya y el otro, entonces, tomó posesión de la polla de Marcos, agachándose para chupársela. Un nuevo tipo aprovechó el resto del cuerpo de Marcos, que, aun excitado, llegó a sentirse agobiado. Fue cuando Luis decidió: “¡Vamos!”. “¡Uf!”, exclamó Marcos al salir, “¡Qué lote se estaban dando conmigo!”. “Solo un precalentamiento para lo que viene”, ironizó Luis.

Fueron ya directos a buscar la cabina del sling, que encontraron desocupada. Por supuesto con la puerta abierta, con la experiencia adquirida la primera vez, el encaje de Marcos resultó más sencillo. Este, en la espera, provocando un balanceo, soltó una mano del agarre y la llevó a su polla, que empezó a manosear. Entonces Luis se colocó entre sus piernas y se puso a chupársela. Mientras se la endurecía, Marcos no ahorraba ostentosos gemidos, audibles por la puerta abierta. La discreta iluminación de la cabina se incrementaba por la que entraba del pasillo, de modo que quien pasara o incluso se detuviera a fisgar tendría la escabrosa visión de Marcos colgado y disfrutando de la mamada de Luis.

No tardó mucho, como era de esperar, en se produjera una intrusión por partida doble. Se trataba de dos tíos que, al parecer, hacían la ronda juntos. Eran cuarentones bastante robustos, que se apostaron en el marco de la puerta, interesados por el balanceo de Marcos. Luis dejó de chuparle la polla y, dando voz a lo que Marcos deseaba sin duda, los invitó: “Podéis pasar si queréis”. Marcos, balanceándose todavía con la polla tiesa, los miró entonces y, dándoles el visto bueno, dijo melifluo: “¿Querréis hacerme vuestro?”. Luis se apartó hacia un lado, dejando el campo libre. Entonces, uno de ellos tomó su lugar entre las piernas alzadas de Marcos y, con la perspectiva que este presentaba, exclamó: “¡Qué bueno estás, tío!”. “Te lo puedes follar”, soltó por las buenas Luis. El otro le preguntó zumbón: “¿Que tú no puedes con él?”. Luis replicó mintiendo: “Yo soy más de chupar”. “Entonces le haré el favor”, decidió el otro que, por lo pronto, agarró la polla de Marcos y, mientras la sobaba, restregó la suya por la raja de este. Debió empalmarse rápido, porque enseguida, con la mano libre, se la sujetó para apuntar bien. Agarrado a las separadas pantorrillas de Marcos, le dio una clavada que hizo sacudir el sling. Hasta tuvo que intervenir Luis para estabilizarlo. Por su parte, Marcos soltó un grito desgarrador, que llamó la atención de mirones que se apostaron en la puerta, contemplando con curiosidad lasciva los cada vez más enérgicos empellones que iba recibiendo Marcos y que este coreaba con expresiones enardecidas, mezclando dolor y placer: “¡Qué bruto!”, “¡Así me gusta que me follen!”, “¡Dame, dame!”…

En cuanto al segundo incorporado, al que le faltó tiempo para empalmarse, sensible a la excitación de su compañero, aprovechó la altura perfecta en que había quedado la cabeza echada hacia atrás de Marcos, que, con los brazos en alto, se agarraba a los tirantes laterales para soportar los empellones del follador. Sin previo aviso, metió la polla en la boca que Marcos abría en sus imprecaciones. Estas, lógicamente hubieron de cesar. Lo que se oía ahora eran los sincopados resoplidos que emitían, tanto el que follaba a Marcos por el culo, como el que lo hacía, con no menor ímpetu, en su boca. En esta tesitura, Luis tuvo que redoblar sus esfuerzos para mantener mínimamente estable el zamarreado sling.

Como era natural, la excitación dentro de la cabina iba en aumento. Tanto la de los que copulaban, cada uno a su manera, como del propio Marcos, que ahora enmudecido por necesidad, recibía a dos bandas. Por lo que se refiere a Luis y a su asumida función meramente auxiliar en este combate, no lo excitaba menos ver a Marcos dejarse poseer de aquella manera por cualquier clase de hombres, en su querencia irrefrenable de puro sexo.

Pero la cosa no iba a quedar ahí. Resultó que el que se follaba la boca de Marcos no debió conformarse solo con ello. Así que propuso a su colega: “Vamos a cambiar ahora”. El otro entonces, al que no le parecería justo acaparar el culo, cedió: “¡Venga! Pásate aquí”. Con el cambalache, Marcos tuvo que quedar desconcertado al encontrarse vacíos simultáneamente culo y boca. Al poder hablar entonces, preguntó ansioso: “Vais a seguir ¿no?”. Sin más explicaciones, se produjo el canje con celeridad y apenas le dio tiempo a gritar ante la nueva polla que le entraba por el culo, cuando la que acababa de salir de él le obturó la boca. El intercambio recuperó así un ritmo tan frenético como el anterior y, tanto el sling como el cuerpo de Marcos, volvieron a verse sometidos a los meneos que hubo de controlar Luis.

En este contexto de excesos por parte de todos y con excitación renovada, no fue de extrañar que, primero, el que ahora daba por el culo a Marcos, sin previo aviso y redoblando los resoplidos, en sincopadas embestidas finales, diera muestras evidentes de que se estaba descargando a base de bien. Lo cual, por otra parte, dio lugar a que quien había pasado a usar su polla como émbolo en la boca de Marcos, en un contagio casi simultáneo, le depositara también en ella todo lo que iba expulsando y que, ahora sí visiblemente, desbordaba los labios de Marcos.

Mientras este último quedaba medio ahogado, anonadado e inmóvil, al cesar el balanceo del sling, los dos bien saciados, y ya desenganchados, mostraron su satisfacción. “¡Jo, vaya polvazo!”, exclamó el de la segunda enculada. El otro dio una cariñosa palmadita a la barriga de Javier: “¡Qué tragaderas tienes! A ver si te pillamos otra vez”.

En cuanto los otros dos se fueron, Marcos pataleó para saltar del sling. En lo que tuvo que ayudarle Luis. Marcos echó mano del paño que había dejado en un colgante al entrar y con él se limpió la cara. Lo dejó en el suelo y, en pelotas, corrió en busca de una ducha, seguido por Luis. Marcos se dio un buen fregado, enjuague de boca incluido. Enseguida propuso: “Vamos a tomar algo al bar”. Allí le preguntó Luis socarrón: “¿Has podido realizar tu sueño húmedo?”. “¡Y de qué manera!”, contestó Marcos, “Y todo gracias a ti”. Luis replicó sorprendido: “Si yo solo he estado controlando que no se disparara el sling…”. “Que nos estuvieras viendo ha sido lo mejor para mí”, puntualizó Marcos. Que añadió riendo: “Ya ves lo chalado que estoy”. “Un poco sí”, reconoció Luis divertido, “Tal vez por eso me gustas tanto”. Sin embargo, lo que menos se esperaba Luis en aquel momento fue que Marcos soltara: “¿Repetimos en el sling?”. Luis preguntó asombrado: “¿No has tenido bastante?”. Marcos explicó entonces: “Ni tiempo me ha dado a correrme… Además, tú ni me has tocado… Ahora sería para nosotros, a puerta cerrada”. Luis, al que aún le duraba el calentón que le había entrado con el numerito, no vio ya nada mal esta propuesta de Marcos. “Vamos entonces”, decidió poniéndose en marcha.

Para contento de Marcos, la cabina del sling estaba disponible y, tal como había anunciado, cerraron la puerta. Disfrutaron de su aislamiento abrazándose y besándose con ternura. Lo cual sirvió por lo demás para que se les disparara la excitación acumulada, como reflejaban las rápidas erecciones de ambos. Con la práctica adquirida, el encaje de Marcos en el sling fue sencillo, dejándolo a merced de Luis. Este, al ver cómo se le levantaba la polla a Marcos, no se resistió a ponerse a chuparla. Pero Marcos, con el calentón que llevaba ya, avisó: “Eso para luego”. Luis se centró entonces en el ojete, aún abierto, de Marcos y no le costó nada meterle la polla tiesa. “¡Oh, sí!”, exclamó Marcos, “Esto quería yo”. Luis, bien sujeto a las bridas del sling, se puso a bombear con no menos ganas. Marcos, a su vez, no descuidó su polla y, soltando una mano del tirante, se lanzó a meneársela. Tan compenetrados iban que, cuando Luis fue acompañando con bufidos su descarga, Marcos soltó asimismo potentes chorros lechosos. El tiempo se detuvo para ambos, hasta que, al sacar Luis la polla, se volcó sobre el despatarrado Marcos y le dio un lametón al capullo rebosante, para estremecimiento del todavía colgado. Al bajarse del sling, Marcos, con su deseo cumplido, exclamó: “¡Ahora sí que me he quedado a gusto!”. Luis rio de la insaciabilidad de su nuevo amigo. Formaba parte de su encanto… y tampoco es que fueran muy diferentes en eso.

El relato del romance entre Marcos y Luis va llegando a su fin. Marcos no podía alargar mucho más el paréntesis a su vida ordinaria. Y Luis tenía la suya hecha en aquella ciudad. Marcos se comprometió a hacer todas las escapadas que le fueran posibles. Entretanto, allí donde vivía no iba a tener muchas oportunidades para dar salida a sus renovadas energías concupiscentes. En cuanto a Luis, aseguró a Marcos que podía contar con él siempre que quisiera venir. Quizás hasta podría hacerle una visita, si no fuera un incordio para Marcos… Eso sí, no iba a desaprovechar las ocasiones que se le presentaran aquí llorando su ausencia.

Marcos, satisfecho, ya de vuelta a casa: