martes, 9 de diciembre de 2014

Così fan tutte... e tutti

Marta y Esther eran dos mujeres de mediana edad y buen ver, que tenían en común estar casadas con hombres bastante mayores que ellas, Rodrigo y Julio respectivamente. En ambos casos, los matrimonios se habían basado no tanto en la pasión como en las conveniencias sociales y económicas. Ellas se conocieron en el gimnasio que frecuentaban y, dadas las coincidencias de sus peripecias vitales, habían hecho una buena amistad. Consecuencia de ella fue que les pareciera adecuado ampliarla a los maridos, ya que, siendo ambos hombres de negocios, también podrían congeniar. Así que cada una por su lado convenció a su esposo de que se conocieran todos, con el acicate de que incluso tendría interés profesional para ellos.

Pero sucedía que, al margen de este posible interés común, Rodrigo y Julio compartían una afición que por supuesto sus mujeres ignoraban. Ambos sentían una clara atracción por hombres similares a ellos, es decir, maduros y robustos. Sin embargo, por su status profesional y social, tenían muy oculta su inclinación y escasamente le llegaban a dar salida. Rodrigo solo en los viajes buscaba alguna expansión, mientras que Julio, esporádicamente, se veía con un antiguo amigo bastante mayor que él, con la excusa de que le hacía de asesor fiscal.

Por todo ello, cuando las amigas concertaron una visita y Marta acudió con Rodrigo a casa de Esther y Julio, tras las presentaciones, en la expresión de los varones hubo un destello de asombro que no alcanzó a ser captado por las esposas. Porque en sus mentes surgieron pensamientos similares. “¡Joder, cómo está el tío!”. “¡Vaya pedazo de hombre!”. Pero, claro, ignorando a su vez esta coincidencia de apreciaciones. Así pues, se limitaron a saludarse cordialmente, con total satisfacción de las esposas.

A partir de ahí las relaciones entre ambos matrimonios se institucionalizaron, con frecuentes visitas y actividades en común. Ellas estaban satisfechas del feeling que parecía darse entre los maridos. Y éstos se conformaban viendo contentas a sus mujeres, sin atreverse a darse pistas entre ellos de algo más que una sana camaradería.

Pero la situación iba a dar un giro inesperado. Porque resultó que la amistad entre las dos esposas fue derivando en algo más. La escasez de sexo satisfactorio con sus maridos y la atracción creciente por el cuerpo de la otra las llevaron a saborear nuevas delicias y, amparándose en una intimidad que no infundiría sospecha, aprovechaban las obligadas ausencias profesionales de los maridos para, en casa de una o de otra, entregarse a ellas. Aunque menospreciaban el aspecto físico de los cónyuges, a los que consideraban unos carrozas fondones carentes del menor sex-appeal, empezaron a fantasear con la para ellas inverosímil idea de que ellos también se pudieran entender. Entre risas comentaban: “¿Te los imaginas desnudos dándose el pico?”,  “¿O haciendo un 69?”, “¿Cuál de los dos se la metería al otro?”.

En una de estas ocasiones en que las mujeres retozaban confiadas, resultó que Rodrigo había olvidado en casa un documento importante. Así que regresó desde el aeropuerto, tras cambiar el vuelo por otro posterior. Entró y, mientras buscaba en su despacho, oyó unas risas que provenían del piso superior. Subió las escaleras con sigilo y, a través de una puerta entornada, vislumbró a las damas en plena faena. A pesar de la lógica sorpresa, no tuvo ni mucho menos una reacción visceral de marido ultrajado. Se retiró discretamente y salió de la casa. Durante todo su viaje estuvo dándole vueltas al descubrimiento. No fue ningún sentimiento de celos lo que le embargó, sino más bien de envidia. “Las dos ahí disfrutando y yo me tengo que conformar con mirar de reojo al buenorro del otro cornudo…”. ¿Debería informar a éste de lo que ocurría entre sus esposas? ¿Reaccionaría igual que él o se sentiría más ofendido?

El caso es que, en cuanto volvieron a tener un encuentro a cuatro, Rodrigo aguzó su capacidad de observación, no solo respecto a las mujeres, sino también con la esperanza de captar en Julio algún signo que le permitiera alimentar la fantasía que ya se iba haciendo de una relación similar. Desde luego pudo constatar las grandes dotes de disimulo en ellas, sin permitirse el menor desliz ante sus maridos. En cuanto a Julio, aparte de la cordialidad que éste siempre mostraba, seguía sin dar pie a un acercamiento de otro tipo.

Por ello Rodrigo decidió dar el paso de contar a Julio el affaire de las esposas. Así, en la primera oportunidad que tuvieron de hacer un aparte, le relató lo que había visto con sus propios ojos. Julio quedó no menos sorprendido que lo había estado él, pero sin denotar un especial enfado. “¡Vaya, vaya, qué callado se lo tienen, eh!”. Entonces Rodrigo tuvo una idea diabólica, que soltó casi sin pensarlo. “Se merecerían que también nos pillaran a nosotros… A ver cómo reaccionan”. La expresión de perplejidad de Julio, le hizo desear haberse mordido la lengua. Pero el “¿Tú crees?” que a continuación expresó éste le hizo pensar que su atrevimiento tal vez no caía en saco roto. “¿Pero cómo simularíamos una cosa así?”, añadió Julio con un interés prometedor, que estimuló a Rodrigo en su plan. “Deberíamos hacerlo sin equívocos… Que nos pillen tal como yo lo hice”. “¿Quieres decir desnudos en la cama?”, preguntó Julio casi temblándole la voz. “¿Te parece demasiado?”, quiso suavizar Rodrigo. “No es por eso… Pero ellas tienen más facilidad para estar solas en casa”. A Rodrigo le encantó que la propuesta en sí no escandalizara a Julio y dio el asunto por zanjado. “Ya se nos ocurrirá algo…”.

Rodrigo quedó entusiasmado con la facilidad con que Julio había aceptado su loca propuesta y casi bendecía a las casquivanas esposas por haber dado pie a la realización de un deseo hasta entonces utópico. Por su parte Julio no estaba menos contento con la oportunidad de intimar tan estrechamente con Rodrigo, por muy simulado que fuera el plan.

Para preparar éste y garantizar que las mujeres picaran, acordaron que deberían dejar algunas pistas que dieran pie a que empezaran a sospechar. No hay más malpensado que el que tiene a su vez algo que ocultar. Así, en aras a la confianza adquirida, cambiaron por besos en ambas mejillas el convencional apretón de manos de saludos y despedidas; cuando coincidían en un sofá, dejaban que las rodillas permanecieran juntas… y alguna que otra muestra de complicidad. Lo que ellos no sabían es que sembraban en terreno abonado y que las bromas que las muy taimadas habían hecho a su costa cobraban ahora cierta verosimilitud. Hasta el punto de que lo comentaron entre ellas: “¿Tú no notas algo raro entre esos dos?”, “A ver si no va ser tan de coña como nosotras lo imaginábamos…”, “¿Será posible? ¿Qué se verá el uno al otro?”.

El momento álgido llegó cuando Rodrigo y Julio acordaron ver juntos en casa de éste un partido de futbol importante. No dejaba de resultar chocante, ya que ninguno de los dos había mostrado con anterioridad un especial interés por ese deporte. Pero es que además insistieron en que las mujeres no tenían por qué aburrirse y mejor si se iban de compras y a merendar por ahí. Todo ello puso la mosca detrás de la oreja en las esposas y la tentación del espionaje quedaba garantizada.

A punto de empezar el partido las despidieron muy cariñosamente. “No tengáis prisa en volver… Ya nos apañamos nosotros”. Mostraron las bebidas y el pica-pica que habían preparado. Ellas se marcharon aparentando candidez, aunque con la clara intención de regresar subrepticiamente antes de lo previsto. Todo iba encajando con lo planificado por los esposos vengativos.

No pasó mucho rato para que Rodrigo sugiriera: “¿Vamos arriba?”. “¿Ya?”, replicó Julio algo cohibido. “Hombre, así nos vamos ambientando”. “Vale entonces”. Escogieron la habitación de invitados, que quedaba más cerca del rellano y era mejor para ser visualizados con discreción. Nada más entrar Rodrigo dijo: “Tendremos que desnudarnos ¿no?”. “¿Del todo?”, inquirió Julio al tomar conciencia de que hasta entonces, como mucho, se habían visto en mangas de camisa. “Es como las vi a ellas…”. Empezaron pues a desvelar sus contundentes anatomías, intentando darle naturalidad a la tarea, a la vez que procuraban no mirarse con demasiado descaro. Al fin no tuvieron más remedio que enfrentarse en puros cueros. No faltaron tontos comentarios nerviosos: “Estamos llenitos los dos…”, “Y barrigones…”. Pero la procesión iba por dentro de cada uno: “¡Qué tetas, qué muslos, qué paquete se gasta el tío!”, “¡Bien peludo y con un culo de locura!”, “No sé si voy a poder disimular la calentura”, “Esto va a ser muy duro”… Los pensamientos eran perfectamente intercambiables ya que ambos, con más o menos vello y las generosas carnes rebosando por aquí o por allá, mostraban similares cualidades prototípicas de maduro-robusto-que-está-para-comérselo. Pero esto último tendría que esperar ya que ninguno de ellos atribuía al otro su propia inclinación. Lo cual no dejaba de hacer la situación falsamente embarazosa.

 “¡A la cama pues! No sabemos lo que tardarán en aparecer”, decidió Rodrigo. “¿Y si no vienen?”, planteó Julio, que era el más escéptico. “Estoy casi seguro de que han picado y no aguantarán la curiosidad… En todo caso, como desde aquí oímos el partido, si termina y no han venido, nos vestimos y bajamos”. “¡Vaya!”, se le escapó a Julio con un deje de decepción ante esa eventualidad. En esa habitación la cama, aunque ancha, era de tipo individual, por lo que tuvieron que tumbarse bastante juntos para que sus cuerpos no la desbordaran. El contacto entre ambos elevó un grado más la turbación que los embargaba. Aunque tumbados, procuraban mantener una rodilla ligeramente elevada para disimular el engorde que sus pollas empezaban a experimentar. “Estoy sudando”, declaró Julio. “Ya lo noto… Aguantemos un poco”. Cambiando de tema, Julio preguntó: “¿Crees que harán como tú y no darán señales de habernos visto?”. “Pienso que sí, que se guardarán ese arma”. “¿Pero y si irrumpen aquí y nos montan un número?”. “Entonces yo sacaré lo que sé de ellas”.

No les dio tiempo a más elucubraciones, porque, a pesar del sonido del partido y de su propio sofoco, no dejaban de estar atentos al menor ruido delator. Y éste lo produjo el lento crujir de la puerta de entrada. “¡Venga, vamos a abrazarnos!”, susurró Rodrigo. Se enfrentaron y estrecharon los cuerpos. “¡Si estás empalmado!”, exclamó por lo bajo Julio. “¡Tú también, pero calla ahora!”. Y es que, efectivamente, las esposas habían regresado antes de lo acordado, llevadas de una morbosa curiosidad. Al encontrar vacía la planta baja y sin que nadie hiciera caso al televisor, se regocijaron de su intuición. Con los zapatos de tacón en la mano ascendieron por la escalera y no tuvieron más que otear por una rendija de la puerta para descubrir el pastel. Los varoniles cuerpos de sus maridos se hallaban entrelazados en una confusión de piernas y brazos. Por lo demás, para dotar de mayor realismo a la coyunda, las bocas de ambos se habían juntado y, con los nervios, las lenguas se enredaban más allá de lo exigido por la representación. Ante tan evidente confirmación de sus sospechas, las mujeres hubieron de abandonar la observación, temerosas de que las risas que apenas lograban sofocar las delataran. Misión cumplida, dejarían que los maridos siguieran retozando y volverían a marcharse. Ya regresarían más tarde como si hubieran cumplido con el plan oficial. En cuanto a la utilización que podrían hacer de su descubrimiento, tenían tiempo para considerarla…

Una vez que tuvieron la certeza de que habían vuelto a quedar solos, Rodrigo y Julio aflojaron el enredo corporal. “¡Uff! Tenías razón tú. Se han limitado a espiarnos”, comentó Julio. “Ahora nosotros sabemos lo de ellas y ellas creen saber lo nuestro, pero no saben que nosotros lo sabemos todo”, sentenció Rodrigo en un alarde de retórica. “No acierto a comprender para qué va a servir todo esto”, apostilló Julio el escéptico. “De momento ha servido para algo….”, y Rodrigo llevó una mano a las erectas pollas. “Va a ser que sí”, reconoció Julio rendido a la evidencia. “Al partido aún le falta la segunda parte… ¿Lo aprovechamos?”, sugirió Rodrigo. Como movidos por un resorte, recuperaron el abrazo. Pero esta vez con un ansioso sobeo de los cuerpos y unas inquietas bocas que lamían y chupaban. En un respiro Julio reconoció: “La verdad es que estaba deseando esto desde que te conocí”. “A mí me pasaba lo mismo…”, confirmó Rodrigo, “Y ya ves, ellas se nos habían adelantado”. Con las cartas sobre la mesa, nada bloqueaba sus deseos al reanudar la acometida mutua. “¡Uy, qué bueno estás!”, “¡Me vuelven loco estas tetas!”... Sabían que su tiempo era limitado y debían dosificar este primer encuentro. “¡Deja que te coma la polla!”, exclamó Rodrigo abalanzándose a la verga gorda y húmeda de Julio. Mamaba con vehemencia, como recuperando el tiempo perdido, y la excitación de Julio iba llegando al cenit. “¡Trágatela toda! Así no ensuciaremos nada”, propuso éste previsor. Nada más deseado por Rodrigo, quien insistió hasta que la boca se le inundó. Cuando se separó, exclamó: “¡Limpia como una patena!”. Pero ya tenía una urgencia en su cuerpo y se puso a meneársela. Julio, medio repuesto de su éxtasis, acercó la cara atento al derrame. En cuanto Rodrigo se tensó y le surgió el primer brote, Julio aplicó la boca para recoger la cosecha. “¡Qué gozada! ¡Al fin!”, proclamó Rodrigo. Julio entonces lo hizo volver a la realidad. “Será mejor que dejemos arreglada la cama y nos vistamos para irnos abajo”.

El partido estaba en sus postrimerías, así que tomaron una cerveza y vaciaron en el fregadero algunas botellas más. También echaron a la basura parte del pica-pica. Tras estas precauciones, se aposentaron en el sofá recuperando la expresión de inocencia absoluta. Tardaron bastante en aparecer las esposas, quizás porque quisieron darles margen para su expansión, o más bien para sacar sus propias conclusiones de lo descubierto, ya sin asomo de dudas. De momento decidieron seguir haciendo como si nada y volver a casa de Julio y Esther poniendo énfasis en lo agotadora que resulta una tarde de compras, aunque poco era lo que al final les había interesado. Los maridos, que encontraron repantigados en el sofá, ante varias botellas de cerveza vacías y los restos del pica-pica diseminados por la mesa de centro, se apresuraron a comentar el partidazo que habían visto y hasta reconocieron que se habían pasado un poco con las cervezas.

El galimatías en que se hallaba el cuarteto era pues de órdago: Maridos y esposas liados entre sí respectivamente, con desconocimiento oficial, pero con conocimiento oculto ¿Qué provecho podrían sacar todos de ello? De momento había una situación de desventaja práctica, pues, mientras ellas tenían garantizada la disponibilidad de sus casas mientras los maridos se ausentaban por trabajo, para éstos los encuentros –que desde luego ansiaban ya repetir– resultaban más problemáticos. Para usar las casas necesitarían recurrir a pretextos nada fiables para tener el campo libre, y acudir a ciertos locales u hoteles les daba reparos a estas alturas. Con lo que no contaban, sin embargo, era con la extraordinaria capacidad de maquinación de las mujeres.

Como a ellas ya les iba bien con la situación, idearon dar facilidades a sus maridos. Pero a un precio torticero. Morbosamente atraídas por la para ellas insólita fornicación entre dos hombres de su edad y falta de atractivo a sus ojos, decidieron institucionalizar el espionaje para su propia diversión. Como la casa de Julio y Esther –donde precisamente habían descubierto el rollo entre los maridos– era de construcción bastante antigua, sobre las habitaciones había unos dobles techos abuhardillados con respiraderos disimulados en los artesonados. Comprobaron que los del dormitorio de invitados permitían una visión bastante completa y totalmente discreta del mismo. Además los dobles techos, de suficiente altura para instalarse en ellos, eran practicables desde la escalera del servicio. Saliendo por la puerta principal y volviendo con sigilo por la trasera sería fácil la maniobra de despiste.

El siguiente paso fue dar confianza a los maridos para que pudieran repetir su expansión, dejándolos solos sin que estos tuvieran que inventarse pretextos. Ellos interpretaron la liberalidad de sus esposas como un gesto por su parte, en la idea de que, al constatar su relación, y estando ellas mismas en situación similar, habían optado por la condescendencia. Lo que ellos no podían imaginar, sin embargo, es que el espionaje no se había acabado ni mucho menos.

Así llegó el momento que Rodrigo y Julio consideraron propicio para volver a entregarse el uno al otro,…y Marta y Esther para hacer realidad su morboso escudriño. ¡Y vaya si tuvieron espectáculo! Porque los hombres, que se habían ido arrebatando la ropa por el camino, nada más entrar en la habitación, y ya sin los tanteos del primer día, se entregaron el uno al otro con toda la pasión acumulada. Mientras, sobre sus cabezas, las mujeres tenían que hacer esfuerzos para controlar sus risitas nerviosas. Y lo que para las de arriba resultaba poco menos que grotesco, para los de abajo estaba constituyendo un goce indescriptible.

Aún de pie, estrechaban sus cuerpos venciendo la resistencia de las barrigas y uniendo sus bocas con húmedos besos. Las manos palpaban, estrujaban y acariciaban el vello. Julio se desasió con suavidad para contemplar el busto macizo de Rodrigo. Las tetas que resaltaban sobre la barriga atrajeron la boca de Julio, que chupó y mordisqueó arrancando gemidos a Rodrigo. En las alturas, Esther susurró: “Le gustan más esa tetas que las mías”. Julio se fue agachando hasta alcanzar la polla de Rodrigo, que se le ofrecía bien tiesa y jugosa. Sus labios la atraparon y mamó con tal vehemencia que Rodrigo hubo de sujetarle la cabeza para controlarlo. Nuevo comentario de Esther: “A mí nunca me ha comido el coño”. “Te lo hago yo”, replicó Marta. Julio alzó luego la vista al rostro de Rodrigo. “Estoy deseando que me folles”. Éste lo sujetó entonces y lo hizo caer bocarriba sobre la cama diciendo: “Ven aquí primero”. Con manos y boca recorría toda la delantera de Julio, que se agitaba como un flan. Mordió los pezones y arrastró la lengua por el vello del vientre. Arrodillado, pasó las piernas de Julio sobre sus hombros y su cara se hundió entre los gruesos muslos. Chupó la polla dura y mojada, y su lengua jugó con los huevos. Forzando la elevación de Julio, llegó a lamerle el ojete. “¿Esto es lo que me ofreces?”. “¡Quiero tu polla bien adentro!”, exclamó Julio vibrante de excitación. “Mi Rodrigo es el que va a dar por culo”, comentó Marta con un punto de orgullo.

Ajeno a esta observación, Rodrigo impulsó a Julio para que se pusiera bocabajo. Éste le señaló un tubo de crema que, en previsión, había dejado en la mesilla de noche. “Ponme un poco de eso”, pidió. Rodrigo, encantado ante la visión del gordo culo puesto a su disposición, le untó la raja con largueza. Al profundizar con los dedos, Julio emitió un leve quejido. Esther no se abstuvo de expresar: “¡Pobre Julio! Le va a doler…”. Lo que Marta contrarrestó: “Sarna con gusto… Ye te meteré yo un consolador”. Rodrigo manoseó su bien cargada polla y la apuntó a la raja que distendía con la mano libre. “¡Qué a gusto te voy a follar!”. “¡Oh, sí! Pero poco a poco”, advirtió Julio que trataba de relajarse. Rodrigo fue entrando con cautela hasta llegar al final. “¡Toda!”, exclamó. “¡Y me has dejado abierto!”, confirmó Julio. Cuando Rodrigo se puso a moverse, los gemidos de Julio mezclaban el dolor y el placer. “¿Sabes que me estoy mojando?”, musitó Marta ante la crudeza de la escena. “¡Para ahora!”, la cortó Esther que no quería perder detalle de la jodienda de su marido. Porque éste empezó a pedir caña. “¡Sí, dale fuerte y lléname!”. Rodrigo lo cabalgaba inflamado y sudoroso. “¡Ya no aguanto más! ¡Me voy a ir!”. “¡La quiero toda dentro!”, lloriqueó Julio. Rodrigo lo cumplió entre estertores. “¡Jo, qué polvazo!”. Julio aún preguntó: “¿Has disfrutado?”. “¡Cómo te diría! ¿Y tú?”. “Estoy en la gloria…”. “¿Será posible…?”, farfulló Esther impresionada.

Hubo un remanso de paz en el que Rodrigo iba recobrando el resuello. Pero pronto Julio se puso a restregarse con él. “Tengo unas ganas locas de correrme”. Su polla engordaba a medida que se la sobaba. Tampoco tardó Rodrigo en ofrecer su mano. Julio dejó que se la meneara. “Me falta muy poco”. Y efectivamente su leche brotó rebosando el puño de Rodrigo. “¡Buena corrida también!”, sentenció éste. “Después de tu follada, si no me corro estallo”, concluyó Julio ya calmado.

Esta vez no se dieron tanta prisa en poner orden y recuperar su indumentaria de maridos modélicos. “Todavía tardarán en volver”, previó Julio. Y desde luego que tardearían porque, enardecidas por lo curioseado, las mujeres se estaban dando el lote en la buhardilla.

Así siguieron las cosas. Entre los cuatro reinaba la armonía. Ellos daban por supuesto que las mujeres se apañaban por su cuenta, dejándolos en paz para que ellos lo hicieran a su vez. Lo que no podían sospechar era el espionaje institucionalizado al que estaban siendo sometidos. Bien es cierto que esto no pasaba siempre. Algunas veces ellas realmente pasaban la tarde con sus paseos y compras. Y otras, más que mirar por la rejilla, se entregaban a su propio placer excitadas por los eróticos sonidos que les llegaban desde abajo.

12 comentarios:

  1. ¡Que bueno!!! Deberías poner a los cuatros en alguna situación comprometida para todos ellos. Con tu imaginación seguro que sería una situación espectacular.

    Sigue escribiendo, por favor.

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  2. hola genio de los relatos que bueno pero muy bueno me gusto mucho y mas con todos los besos que has metido ya que en los otros notaba falta de esos besos que dan tanto morbo y placer un beso y sigue asi que nos das alas como esa bebida del anuncio un abrazo majo

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    1. Tendré más en cuenta eso de los besos, que son buenos preliminares.

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  3. Joder tio que gran relato. El espionaje y el conocimento de mabos bandos sobre sus andanzas si que le dan mucho morbo, mas que la follada en si. Sigue así de buen escritor jeje. Un abrazo

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    1. Eso busco, darle morbo a las historias. Gracias por tus ánimos.

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  4. Mmmmmm que buenos relatos. Me ponen muy animado. A mi me gustan mucho tus relatos de curas y obispos, y los de hombres trajeados. Sigue así. Gracias

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    1. Ya hay algunos de esos, para quitarles las sotanas o laa chaquetas. Gracias

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  5. Quisiera saber que las imágenes que pones son tuyas, porque no creo en ellas, tienes desde el 2009 veo tu rica gordura y sin ser oculista veo que cambias, porque sera¿

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    1. Ninguna de las fotos de mis relatos son mías y nunca he dicho que lo fueran.

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  6. Tus relatos me entusiasman. Me excitan y me entretienen. Voy a leerlos todos dosificándolos para que me duren.
    Además he de agradecerte que me hayas reconciliado con mi aspecto físico.
    Y te agradezco también que en tus relatos de saunas voy aprendiendo cosas para desenvolverme mejor cuando voy.
    Sigue escribiendo por favor.

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    1. Me alegro de que te sean también útilies...

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