martes, 27 de marzo de 2018

El comisario se lo busca (3)

Para Jacinto, el comisario, el singular club había supuesto todo un hallazgo para satisfacer su retorcida sexualidad recién descubierta. Porque cada vez tenía más claro que su entrega a las prácticas vejatorias e, incluso, brutales de desconocidos le infundía una vitalidad que, por su edad y aspecto físico, creía desaparecida. Necesitaba sentirse objeto de una lujuria desatada y ser él quien la atrajera. Le enardecía que le dieran por el culo cuantos quisieran, hasta dejarlo abierto, dolorido y goteando sus leches. Y tampoco había tardado en comprobar que su boca también podía ser usada como instrumento de placer y receptáculo del agrio semen, que ansiaba saborear. Ni siquiera concebía ya la masturbación si no era obligado a ella o, aún mejor, estimulada por manos enérgicas. Sujetado y forzado, ese era el estado en que hallaba la plenitud. Qué lejos había quedado el Jacinto homófobo hasta la agresividad y al que, por otra parte, más de una mujer, incluso prostituta, había rechazado por sus maneras autoritarias y abusivas.

Jacinto había guardado en un bolsillo de la gabardina el formulario de inscripción como socio en el club. Pocos días después de su última experiencia en él, tuvo que pasar cerca ya de noche y tanteó el papel ya arrugado. Aunque había de volver a la comisaria porque le tocaba guardia, decidió entrar. Llamó a la puerta y quien le abrió fue el dueño. “¡Hombre, qué pronto te han entrado ganas de volver!”, lo saludó. Jacinto replicó muy serio sacando la hoja: “Hoy no puedo quedarme, pero quería saber cómo hago esto”. “Por lo pronto te doy otro formulario”, contestó el dueño al ver el estado del que enseñaba, “Solo tienes que poner dónde te cobraremos las cuotas mensuales y ya serás miembro de pleno derecho”. Jacinto aún preguntó: “¿Y cómo funcionará esto entonces?”. El dueño le explicó con detalle: “La mayor parte de los días solo pueden acceder los socios. Pero dos sábados al mes la entrada es abierta… Tú precisamente viniste una de esos días libres y por eso pudiste pasártelo tan bien, al parecer. Son en los que se encuentra más gente de todo tipo…”. Jacinto lo interrumpió con un golpe de sinceridad. “Eso es lo que me va mejor a mí ¿no?”. “Bueno… Entre los socios suele haberlos de aficiones, digamos, más sofisticadas. Además tienen acceso a una sala VIP que puede resultar muy interesante”, le vendió el producto el dueño. “¿Qué pasa en esa sala?”, inquirió de nuevo Jacinto. “Solo lo conocerás cuando vengas como socio”, lo intrigó el dueño sonriente. Jacinto acabó de convencerse. “¡Vale! ¿Pongo los datos y ya está?”. “Así de fácil… por tratarse se ti”, lo aduló el otro. Jacinto cumplimentó el formulario y recibió una tarjeta bastante discreta. “Con esto ya tienes acceso libre… y hasta barra libre”, concluyó el dueño. “Ahora tengo prisa… Ya vendré en cuanto pueda”, se despidió Jacinto.

Esa noche en la guardia, por suerte bastante tranquila, Jacinto estuvo dándole vueltas al asunto. A la vista de las explicaciones del dueño del club, dudaba si realmente merecía la pena haberse hecho socio ¿No sería mejor para él limitarse a ir los días de entrada libre? Le vez en que estuvo le habían dado un buen tute, que era lo que buscaba. Y le parecía que encajaba mejor en esa mayor variedad de hombres ¿Le iría a él eso de los socios más sofisticados y lo de la sala VIP? A saber de qué se trataría. Pero lo hecho estaba hecho y ya lo probaría… Siempre se podía dar de baja. Por el momento prefirió dejar aparcadas las novedades y esperar al próximo sábado de entrada libre… y comprobar si le iba como la primera vez. El único inconveniente de su opción era el de haber de amoldarse a esos días tasados y eso pudo llevarle a dejarse arrastrar por situaciones imprevistas…

Jacinto había tenido un día muy pesado y, ya anochecido, volvía de la comisaría por una calle del barrio antiguo. Aunque estaba cansado, se le ocurrió entrar en el primer bar que vio para tomarse una copa. Era un local destartalado y con pocos parroquianos. Jacinto se colocó en la parte más despejada de la barra y el camarero, que estaba de charla con dos tipos, se le acercó lo justo para servirle y volver enseguida con los otros. Con su copa en la mano, Jacinto, por puro prurito observador, se giró para echar una ojeada al resto del establecimiento. En una mesa estaba sentado un individuo maduro y fornido que lo miraba. Su aspecto tosco y la expresión burlona que a Jacinto le pareció percibir, hicieron que le sostuviera la mirada. No era consciente de que estaba enviando un mensaje que el otro, más ducho en esas lides, captó. Por ello le sorprendió que se levantara de la mesa y se pusiera a su lado. Pero lo que en otros tiempos le habría causado incomodidad, ahora le estaba produciendo una inquietud distinta. Muy seguro en cambio pareció ir el hombre cuando le preguntó: “¿Te va el rollo?”. Jacinto, en lugar del exabrupto que le habría soltado en otras circunstancias, se oyó preguntar a su vez: “¿De qué clase?”. “Que te trabaje una buena polla”, contestó el otro sin morderse la lengua. “¿Y por qué yo?”, quiso asegurarse Jacinto. “Por ese culo gordo que tienes”. Jacinto aún miró al descarado individuo de arriba abajo y, provocadoramente, se le ocurrió comentar: “Igual no tengo bastante contigo”. “Si tanta hambre de pollas tienes, mi vecino se apuntará encantado… Pero te aviso de que es todavía más bruto que yo”, replicó el hombre. “Eso me vale”, afirmó decidido Jacinto. “Mi casa está aquí al lado… ¡Vamos!”, resolvió ya el otro. Jacinto lo siguió con el corazón bombeándole.

Llegaron a un edificio muy antiguo y subieron varios pisos por una escalera mal iluminada. Se oían voces y el sonido de televisores. El hombre abrió una puerta e hizo pasar a Jacinto. Más que un piso era una habitación única, grande y destartalada. El tipo se quitó el chaquetón que llevaba y lo colgó de una percha junto a la puerta. Jacinto se sacó la gabardina y quedó indeciso. El hombre se le fue acercando mientras se desabrochaba algunos botones de la camisa y se sobaba ostentosamente el paquete. Ahora se le veía más grueso y rudo, rebosando por el escote un vello espeso. Le dijo burlón: “¿Te piensas quedar con chaqueta y corbata?”. Jacinto empezó a quitárselas y el otro aprovechó para meterle mano en el culo. “Aquí hay chicha”. Se dispuso a salir. “Enseguida vuelvo”, y añadió: “Mejor te quedas en pelotas y así nos das la sorpresa a mi vecino y a mí”. Jacinto reconoció que le excitaba el tono mandón que usaba el hombre y, con manos temblonas, no dudó en desnudarse por completo. Había perdido la vergüenza de mostrarse tal cual era. Quedó en espera y no tardó en oír voces por el pasillo. “¿Dices que es un gordo ya mayor?”. “Pero tiene toda la pinta de que le va la marcha”.

Se abrió la puerta y Jacinto pudo ver también al acompañante. Iba en pijama y, algo mayor que el otro, era aún más grandote y de aspecto bravío. Al encontrarse ya desnudo a Jacinto, cuyo cuerpo, para nada refinado, contrastaba no obstante con la rudeza del de los otros dos, se fue directo a palparlo. “Así que tú eres el que no se conforma con una sola polla… A ver si cuando acabemos contigo sigues diciendo lo mismo”, iba largando mientras manoseaba a Jacinto por delante y por detrás, “Buen culo sí que tienes”. El primer hombre se rio. “Si estás haciendo que se empalme…”. Porque a Jacinto los groseros sobeos se la empezaban a poner dura. Como se dejaba hacer pasivamente sin emitir ningún sonido, el del pijama le cogió con brusquedad la cara y la acercó a la suya. “No serás mudo ¿verdad?”. Antes de que Jacinto llegara a reaccionar, le apretó los labios y empujó con la lengua para metérsela en la boca. Jacinto se sorprendió, algo asqueado porque era la primera vez que un hombre como aquél lo besaba así, pero se sintió impelido a dar cabida a la punzante lengua y envolverla con la suya. El tío lo soltó. “¡Di algo coño! ¿Te ha gustado el morreo?”. “Sí… Todo lo que me hagáis me gustará”. Jacinto era consciente de que así incitaba a aquellos dos brutos a descargar su lujuria sobre él.

Mientras el recién llegado le daba el tanteo previo a Jacinto, el otro se había ido quedando en cueros. La primera impresión de él que había tenido Jacinto se  reafirmó ante su virilidad exuberante, subrayada por un sexo de gran envergadura que se balanceaba entre los muslos. Ahora fue éste quien echo mano de Jacinto apartando a su colega. “¡Trae y no lo acapares!”. Lo agarró por el cogote para forzarle la cabeza y que le mirara la entrepierna. “¿Qué? ¿Te parece poca cosa?”. “¡No! Me gusta mucho”, respondió Jacinto. “Pues ya verás cuando me la pongas dura”. El otro le arrebató a Jacinto sin contemplaciones. “¡Venga, culo gordo! ¡Búscame la mía!”. Le tiró de un brazo para acercarlo a la bragueta del pijama. Jacinto palpó unos buenos volúmenes. “Quieres verlos ¿eh? Pues quítame el pijama”. Jacinto, cada vez más excitado por la prepotencia del trato de los hombres, se puso a desabrochar la chaqueta. Para deslizarla por los hombros tuvo casi que abrazar el abultado torso, que olía a sudor. El tipo le cogió la cabeza y le encajó la cara en el peludo canalillo entre las tetas. “¡Chúpamelas! A ver si sabes ¡so putón!”. Jacinto no vaciló en sacar la lengua y lamer uno de los picudos pezones. El hombre no tuvo bastante y le apretó la cabeza. “¡Amórrate y mama!”. Jacinto sorbió y notó en la boca los ásperos pelos que cubrían la teta. “¡Sí, venga, la otra!”. Le cambió la posición y Jacinto repitió la operación. El hombre se dirigió a su compañero. “Tiene vicio la putilla… Me ha puesto burro”. Pero enseguida instó a Jacinto: “¡Quítame ya lo de abajo y podrás mamar a gusto, zorra!”. Jacinto sintió una sacudida de humillación al oír cómo lo feminizaban, pero… ¿acaso no se lo merecía al ofrecerse de aquella forma a semejantes hombres?

Sumiso, Jacinto soltó el botón que sujetaba el pantalón  del pijama, que cayó al suelo. Una verga enorme y ya de impresionante dureza se levantaba sobre los huevos medio cubiertos de pelos. Jacinto solo tuvo tiempo de intentar no perder el equilibrio, porque el hombre le estaba presionando con fuerza por los hombros para hacerle caer de rodillas. “¿No te dije que ya me habías puesto burro?  A ver cómo me la comes”. Antes de que Jacinto se animara a meterse en la boca aquella enormidad, el colega, que ya se había empalmado y esgrimía una tranca solo ligeramente menos grande, se le puso también delante. “Aquí tienes las dos, si no te basta con una”. Sentado incómodo sobre los talones, Jacinto llevó primero una mano a cada polla. Ya sabía lo que le tocaba hacer, pero dos a la vez se lo ponía más difícil. Las frotó para ganar tiempo y, al descapullar la del que la tenía más grande, le alarmó una sucia película blanquecina que desprendía un fuerte olor. Optó por empezar chupando la otra, mientras con la mano trataba de quitar algo de aquella porquería. Mamó lo mejor que pudo y, cuando el chupado le sujetó la cabeza para entrarle a fondo, el otro tiró de Jacinto. “¡No lo acapares!”. Se resignó pues a meterse en la boca aquella verga enorme y sucia que le sabía a rayos. Pero se lo había buscado… Este último además tomó el dominio de la situación y le soltó al compañero: “Tú luego te lo follas… Que yo voy muy quemado y  quiero echarle ya la primera descarga”. Controlaba la cabeza de Jacinto, al tiempo  que le avisaba: “No creas que así te libras de que te dé por el culo… Si a ti, mala puta, no te basta con una polla, yo puedo correrme más de una vez”. Enseguida Jacinto recibió en la boca borbotones de leche espesa y agria, que le rebosaba los labios y se le escurría por la barbilla. El hombre lo rechazó ya, con una violencia que hizo tambalear a Jacinto. “¡Uaj! ¡Qué a gusto me he quedao”.

Pero el inquilino del piso, que se había quedado a medias en la mamada de Jacinto, tenía ya prisa. Extendió una mugrienta colchoneta en el suelo e instó a Jacinto: “¡Venga, culo gordo, a cuatro patas!”. Jacinto, que solo tuvo tiempo de pasarse la mano por la barbilla para que no se le quedara pegada la leche, se colocó dócilmente en el centro de la colchoneta como se le pedía. Enseguida sintió que un dedo despiadado del hombre que se había arrodillado detrás le entró por el ojete retorciéndose. Jacinto contuvo su queja para no provocar y deseó que ya fuera la polla lo que le metiera. Pero la clavada que siguió le hizo ver las estrellas, no solo por el tamaño de la verga sino también por la brusquedad empleada. Que se mantuvo en las violentas arremetidas que siguieron y que obligaban a Jacinto a apretar los codos en la colchoneta. “¡Cómo traga la maricona!”, le hirió los oídos, “Me está poniendo negro”.

El otro hombre tampoco se estaba quieto. Se arrodilló también, pero delante de Jacinto, y se puso a golpearle la cabeza con la polla ahora morcillona. Enseguida dijo: “¡Trae esa boca! Que me la vas a alegrar otra vez”. Jacinto tuvo que hacer un esfuerzo para levantar la cabeza y entonces recibió los pollazos en la cara. Para evitarlos abrió la boca y chupó como pudo, mientras le daban las últimas embestidas por detrás. Que por fin concluyeron en una corrida con fuertes estertores. “¡La hostia, qué polvazo!”. Jacinto quedó con el culo vacío y cayó desplomado soltando la polla que había empezado a endurecerse en su boca. Le entraron escalofríos cuando oyó: “Te lo he dejado bien abierto… Se la vas a poder meter hasta doblada”. La amenaza del que había tragado ya tanta leche se iba a cumplir.

El que estaba de nuevo empalmado tomo posición arrodillado junto a Jacinto. Pero ahora hizo que se pusiera bocarriba. Manejándolo como a un pelele le subió las piernas y encajó los talones sobre sus hombros. Jacinto quedó con medio cuerpo elevado y la barriga cortándole la respiración. La enorme verga del hombretón bailaba entre los muslos de Jacinto y chocaba con su polla encogida. “¿Qué te dije, cacho puta? Doble ración”. Pegó un estirón de Jacinto y se dejó caer sobre su culo levantado. Jacinto creyó que lo abrían en canal. La dilatación que había sufrido antes le sirvió de poco. El ahogo le impedía gritar y todo él se zarandeaba con los meneos de la brutal follada. Y el tipo aún se permitió alardear. Porque, cuando ya estaba a punto, sacó la verga y volvió a ponerla sobre Jacinto. Chorros de leche inundaron su barriga con una risotada. “Creías que no podría correrme otra vez tan seguido ¿eh?”. Las piernas de Jacinto se desplomaron y quedó tendido agotado y con la mente en blanco.

Poco a poco Jacinto fue tomando conciencia de su cuerpo dolorido y ardiendo por dentro. Levantó la vista y dio con los hombres que, ya desfogados, lo miraban sonrientes desde arriba. Uno le dio con el pie. “¡Joder! Parecías traspuesto”. Jacinto respondió con voz débil: “Descansaba”. El otro rio. “Demasiado hombres para ti ¿eh?”. Pero Jacinto, incomprensiblemente para él mismo, se sintió fuerte. “¡No! Es lo que quería”, soltó. El más bruto se burló. “¡Ja! Aún querrás darnos por culo a los dos”. Pero el otro fue más comedido y le tendió una mano: “¡Anda, levántate!”. Jacinto se la cogió y fue poniéndose en pie trabajosamente. El brutote no cejaba sin embargo en sus bromas y dio unos toques con la mano a la polla de Jacinto. “¿Se te ha muerto la minga?”. A Jacinto le salió del alma: “¡No! Y me gustaría correrme”. “Por nosotros no te prives”, dijo divertido el del piso. “Igual pretende que le hagamos la paja”, rio el otro. “Lo haré yo… ¿Puedo?”, pidió Jacinto anhelante. “¡Venga! Que te veamos”, lo animó uno. Jacinto, para no flaquear, apoyó la espalda en la pared y se puso a manosearse la polla. “A lo mejor no sabes… ¡Mira! Se hace así”, siguió su mofa el otro, que se puso a menear ostentosamente su gran verga. Todo ello sin embargo excitaba aún más a Jacinto y, para su propia sorpresa, consiguió ponérsela dura. Ya se frotó ansiosamente y, con lastimeros suspiros, empezó a soltar varios chorros de semen. “¡Eso! Echando lo que te hemos metido antes”, se mofó el que no había parado de sobarse obscenamente. Jacinto se limpió la mano en su barriga, donde ya tenía otra leche secándose entre el vello, mientras recobraba el resuello.

Los dos hombres habían sacado unas cervezas y ofrecieron a Jacinto. Pero éste solo quería salir ya de allí y lo rechazó. “Ya me visto y me voy”. Sin importarle la mugre pegajosa que llevaba encima, empezó a ponerse la ropa de cualquier manera. La gabardina lo taparía todo.  “¡Qué prisas, tío! ¿Es que no te lo has pasado bien?”, se extrañó el del piso. Y se dirigió al otro: “Nosotros sí ¿verdad?”. “¡De puta madre!”. “Yo también”, dijo escuetamente Jacinto. Pero cuando iba a coger la puerta para salir, el más bruto lo retuvo. “¿No nos vas a dar algo por las molestias?”. Jacinto quedó sorprendido. No obstante preguntó: “¿Cómo qué?”. “Con lo que lleves nos conformamos”. Jacinto buscó su cartera y, al abrirla, le saltó a la vista su placa profesional. La miró unos segundos, ocultándola a los otros, con una mezcla de nostalgia e ironía y sacó los billetes que tenía. Los tendió sin decir nada al hombre, que los recogió con brusquedad y soltó: “¡Hala, a tomar el fresco!”. Jacinto salió ya sin mirarlo. Bajó la escalera con las piernas flaqueándole y, al llegar a la calle, no se sentía con fuerzas para seguir andado y pensó en parar un taxi. Pero recordó que se había quedado sin dinero. Hubo pues de continuar su camino renqueando.  

Al entrar en su casa Jacinto se derrumbó en el primer sillón que encontró a mano. Su ropa desencajada y la suciedad que notaba adherida a su cuerpo, unida al dolor y la irritación que aún le ardía, eran testimonio de la realidad que había vivido. Por su mente desfilaron la zafiedad de los dos hombres a los que se había entregado y la  agresividad de sus desahogos sobre él. Todo lo había soportado sin que se planteara siquiera resistirse ni enfrentarse. El interrogante que le surgió fue tremendo: ¿Era porque en realidad lo había disfrutado? ¿Ya no le iban a bastar los lances, después de todo más controlados, del club?




lunes, 12 de marzo de 2018

El comisario reincide (2)

Jacinto, el comisario, tras su prometedora despedida del club, se dirigió hacia la escalera para salir al exterior. Se fijó esta vez en que, junto a los primeros escalones, había una mesita con un manojo de tarjetas. Maquinalmente cogió una y se la metió en un bolsillo de la gabardina. Subió agarrándose al pasamanos y, al traspasar la puerta, emprendió con un andar cansino el camino a su casa.

Nada más llegar, solo se desprendió de la gabardina y se dejó caer en la cama que había quedado deshecha. Se sumió en un profundo sueño y, al despertar al cabo de varias horas, tenía perdida la noción del tiempo. En su cuerpo dolorido sentía sin embargo un extraño vigor y su estado de ánimo era de reconciliación consigo mismo. Esta última experiencia de entregar su cuerpo ya ajado y pesado a los lujuriosos caprichos de hombres desconocidos le había abierto todo un mundo de nuevas sensaciones impensables hacía unos pocos días. Al margen de cualquier otra valoración que, por otra parte, estaba dispuesto a eludir, no tenía otro afán que el de seguir adentrándose en esa vía.

Jacinto resistió un primer impulso de buscar alguna de las botellas desperdigadas por la casa, consciente de que había de incorporarse a las tareas rutinarias que lo aguardaban en la comisaría. Cuando reapareció, nadie cuestionó su sorprendente recuperación de la gripe alegada el día anterior.

Jacinto pasó unos cuantos días en una relativa calma. Hasta que recordó la tarjeta que había cogido al abandonar el club. Tenía un teléfono al que se decidió llamar. Al cabo de varios timbrazos, reconoció la voz del dueño y Jacinto hizo un esfuerzo para darse a conocer. “Soy el que usted llama el comisario… ¿Sabe a quién me refiero?”. “Debes ser al que le da por dejarse caer por aquí de buena mañana”, contestó el dueño con ironía. “La última vez me llevé una tarjeta y como estaba el número…”. “Has hecho muy bien en llamar”, lo cortó el dueño, “¿En qué te puedo servir?”. “¿Recuerda lo que le dije al marcharme?”, preguntó Jacinto haciendo un esfuerzo. “Que te interesa seguir con lo que hacemos aquí ¿No es así?”. “¿Podría ser?”. “¡Naturalmente! Y me complace que lo desees”. El dueño no obstante hizo un planteamiento de la situación que sorprendió a Jacinto. “Pero si, como dijiste, quieres probar nuevas cosas, te conviene conocer otras posibilidades que te podemos ofrecer… En realidad, tú te colaste en el club por lo que podríamos llamar la trastienda, y a unas horas bastante fuera de lo normal. Aun así te acogí y me ocupé personalmente de hacerte conocer algo que en el fondo buscabas… ¿Me sigues?”. “¡Sí, sí! ¿Ya se ha cansado de mí?”, interpretó Jacinto temeroso. “¡No seas cenizo! Al contrario”, replicó el dueño, que continuó su propuesta. “Ahora que, al parecer, ya tienes claro lo que te pide el cuerpo, deberás compartir tus inclinaciones…”. Jacinto estaba aún más desconcertado. “Ya me he perdido”, reconoció. “Es muy sencillo”, prosiguió el dueño, “Se trata de que te incorpores a las actividades comunes del club… Por donde tú has entrado, en ese sórdido callejón, no es el acceso normal. Por lo visto no te has fijado –cosa rara, dada tu perspicacia– en que la verdadera entrada está en la calle de atrás…”. “¿Y qué más da entrar por un lado o por otro?”, se alteró Jacinto. “Ya te salió el ramalazo de policía… ¡Más disciplina te hace falta!”, lo reprendió el dueño. “¡Perdone, perdone!”, pidió un increíblemente dócil Jacinto, “¿Qué tengo que hacer?”. “Si te animas, ven a una hora normal, es decir, por la noche,…y por la puerta principal”, indicó el dueño, “Allí te recibiré y podrás conocer la zona para clientes del club y el ambiente que encontrarás en ella”. “¡Gracias! Así lo haré”, concluyó Jacinto con el corazón palpitante.

A pesar de la firmeza en su despedida, Jacinto quedó sumido en un desconcierto. Habría preferido seguir con sus visitas semiclandestinas, y solo para él.  Pero el dueño del club no parecía dispuesto a ello y su contrapropuesta lo colocaba de nuevo ante una situación que le costaba asimilar. Una cosa era el trato directo con un profesional y otra mezclarse, como uno más, con gente que no le inspiraba demasiada confianza. Aunque, por otra parte, él mismo había pedido probar más cosas y en esto el dueño –al que insospechadamente Jacinto había erigido en gurú de sus inclinaciones más ocultas– podía estarle ofreciendo morbosas oportunidades. Ya que sentía la necesidad de seguir adelante ¿qué iba a perder si se dejaba caer por el club y echaba una ojeada a lo que allí se cocía?

Así que, sin tardar mucho, Jacinto se decidió una noche a presentarse en el club. Sin preocuparse de cambiar su apariencia, ni siquiera prescindió de su característica gabardina. La puerta que anteriormente no había identificado lucía ahora con una luz roja y tenía una mirilla enrejada. Tuvo que pulsar un timbre y, pocos segundos después, alguien se asomó a la mirilla y escrutó a Jacinto. Sin mediar palabra, se abrió la puerta y pudo identificar al colega del dueño que tan enérgicamente lo había tratado en su última visita y que solo llevaba unos shorts de cuero. Éste también reconoció a Jacinto. “¡Vaya, el comisario! ¡Cuánto bueno por aquí!”, exclamó con cierta sorna. Jacinto se limitó a preguntar: “¿Está el jefe?”. “Trato de cliente especial ¿eh?”, dijo el otro, “Ahora lo aviso… Mientras, pasa al vestuario”. Le dio una llave colgada en una pulsera. “Es de la taquilla en que puedes guardar tus cosas”. Cuando Jacinto le dio la espalda para ir a la puerta que le señalaba, todavía le dijo: “Las cuentas las ajustarás con el jefe… Igual nos volvemos a ver más tarde.”.

Tras la puerta que empujó, Jacinto fue a dar a una aséptica sala con taquillas a dos alturas en ambos lados y una banqueta en medio. Se oía una música metálica que lógicamente Jacinto no identificaba. No avanzó más porque, hacia el fondo, un tipo grandote y peludo, ya con el torso desnudo se estaba quitando los pantalones. Miró con curiosidad a Jacinto, quien con su ajada gabardina desde luego resultaba llamativo, y siguió con lo suyo. Jacinto a su vez optó por sentarse en la banqueta y observar, por el rabillo del ojo, que el otro se quedaba tan solo con una prenda que le dejaba el culo al aire. Cuando éste salía por otra puerta, se cruzó con el dueño, que le hizo una afectuosa caricia. Llevaba unos shorts como el colega de la entrada y se dirigió satisfecho hacia Jacinto. “¡Bienvenido una vez más! Celebro que te hayas animado  a seguir mi consejo”. Jacinto aún no sabía si había hecho bien o no y preguntó con tono hosco: “¿Qué hay que hacer aquí?”. El dueño, que sabía bien lo persuasivo que tenía que ser con Jacinto, empezó a situarlo. “Ya te habrán informado a la entrada que has de guardar tu ropa en la taquilla… Es el primer paso para cumplir las reglas del club”. “¿Qué me tengo que poner?”, volvió a preguntar Jacinto. “Lo máximo que se permite es un eslip, o bien un jockstrap, que es lo que llevaba el que has visto antes… No creo que tú tengas algo de eso”. Jacinto pensó en sus calzoncillos blancos, anticuados y que debían estar bien arrugados. “¿Y si no, qué?”. “Entonces, desnudo del todo… No serás el único. Incluso es lo más habitual, como comprobarás. Y añadiría que lo más práctico en tu caso”. “¿Eso por qué?”. “Provocará más interés… Que es lo que buscas ¿no?”. “No sé yo…”. A Jacinto le incomodó que sus deseos ocultos resultaran tan evidentes. “Es lo que dijiste las otras veces…”, le recordó el dueño. Jacinto se quitó al fin la gabardina y siguió con el resto de la ropa. El dueño se dispuso a dejarlo. “Cuando estés listo, pasa por aquella puerta… Me verás en la barra y te enseñaré esto”.

Al quedarse en calzoncillos, Jacinto se detuvo dubitativo ¿Se iba a meter en pelotas entre a saber qué clase de individuos? Pero a eso había venido ¿o no? Y lo de salir en cueros era lo de menos… Así que se los echó abajo de un tirón y metió todo en la taquilla. Cualquier titubeo que aún lo frenara quedó superado por la entrada en el vestuario de otro individuo, muy alto y delgado. Rápidamente se dispuso a traspasar la puerta que daba acceso al club.

Jacinto apenas podía ver nada del entorno por la tenue iluminación rojiza. Pero como ésta se concentraba sobre una barra de bar, pudo captar la figura del dueño que le hacía señas para que se acercara. El bar ocupaba buena parte de la planta baja, por la que avanzó Jacinto con andar vacilante. Empezó a distinguir tiarrones gordos y peludos, cuyos cuerpos desbordaban los pequeños eslips, o bien lucían culos orondos por las traseras de los jockstraps, o simplemente estaban en completa desnudez. También había otro tipo de hombres, delgados o musculados, algunos con unos correajes espectaculares. Charlaban animadamente en grupos o se entregaban a desinhibidos manoseos. Más de uno miró con curiosidad a Jacinto, no tanto porque fuera en cueros como por el despiste que denotaba. Por su parte él empezaba a sentir cierta decepción al no parecerle aquello más que un bar de…esos, solo que se exhibían con poca o ninguna ropa. Por ello, en cuanto estuvo ante el dueño, preguntó: “¿Qué es lo que se hace aquí?”. El otro, sabiendo por dónde iba Jacinto, le dijo: “¡Tranquilo, hombre! Esta zona digamos que es de descanso. Lo característico del local lo encontrarás en la planta de arriba… Luego la conocerás. Pero antes tómate una copa, que invita la casa”. Jacinto agradeció el apoyo que podía darle algo de alcohol, aunque no cejó en su interrogatorio. “¿Hay tipos como yo?”. El dueño repreguntó irónico: “¿Te refieres a tu aspecto o a tus aficiones?”. “Es que parece que desentono aquí”, replicó Jacinto. “Espérate a estar arriba y ya verás…”, le avisó el dueño.

Un tipo cincuentón, alto y fornido, y también desnudo, se les acercó y le soltó al dueño: “¿Hoy tienes un protegido?”. El interpelado explicó: “Es la primera vez que viene, aunque ya ha tenido su marcha ¿verdad?”. Miró a Jacinto que respondió forzado: “Algo de eso”. “Si quieres, te llevo arriba y así te ambientas”, le propuso el otro. Al dueño le vino muy bien. “¡Hala, aprovecha! Te aseguro que vas en buenas manos”. Jacinto acudió internamente a la muletilla a la que se acogía para salir del paso: “Ya que estoy…”. Así que la nueva pareja subió la escalera y Jacinto se encontró en un ambiente solo confusamente intuido. Se detuvo para hacer la vista a la penumbra existente que, sin embargo, enseguida le permitió tener una inicial perspectiva de conjunto. Camastros de distintas alturas, que a Jacinto le recordaron un fumadero de opio, que solo había visto en películas, acogían una variada actividad, sexual en este caso. Todo a la vista, con algún tío que, por las buenas, se incorporaba sobre la marcha. Incluso los que actuaban tras una cortina de flecos se dejaban observar a través de ellos. En los estrechos y sinuosos pasillos había bancos a varios niveles. Los que se sentaban en alto, se ofrecían para que les hicieran mamadas… y era lo que más de uno estaba consiguiendo. Los de abajo, a su vez, buscaban atrapar las pollas que les pasaban por delante. Pero esto era solo el principio, como pudo comprobar Jacinto más adelante.

El acompañante le plantó una mano en el culo para hacerlo avanzar. “¡Venga, hombre, relájate! Aquí haces o dejas que te hagan”. Y en tono didáctico añadió: “Y si, como ha dicho el jefe, lo que te va es la marcha, la vas a tener”. Como anticipo se restregó por detrás de Jacinto. “Tienes un culo que da mucho juego”. Jacinto resopló para tomar fuerzas y escogió un pasillo, seguido por su acompañante. No tardó mucho en notar que lo agarraban de un muslo y tiraban de él. Su inicial gesto de rechazo lo neutralizó el guía tajante: “¿No ves que ése te la quiere chupar? ¡Déjate!”. En sus sesiones de la trastienda, no habían llegado a usar la boca con él y ahora Jacinto veía aceptar lo que le decía su acompañante como parte de un rito que tenía que seguir para llegar a la desconocida forma de entrega que lo aguardaría. Así que dejó que un tipo pequeño y flaco, sentado casi en el suelo, le manoseara primero la polla y luego se la metiera en la boca. “Mama bien ¿eh?”, oyó al de atrás que, mientras, le sobaba lascivamente el culo. Jacinto tenía un bloqueo en el que solo pudo notar que la polla se le estaba endureciendo. Eso, y un dedo que ahora le estaban metiendo por el culo, lo llevó a pedir nervioso: “¿Seguimos?”. El acompañante sacó el dedo y lo sustituyó por una sonora palmada. “¿Quieres cosas más fuertes eh?”. Más adelante, en una cama elevada, dos tíos robustos, invertido el uno sobre el otro se comían las pollas mutuamente. “Algo así podríamos hacer tú y yo”, comentó el acompañante. “Eso de chupar, yo…”, objetó Jacinto. “Aquí no se puede decir ‘de esa agua no beberé’”, replicó el otro riendo.

Llegaron a un espacio más abierto, donde había otro tipo de actividad, con los roles más diferenciados. Había objetos e instrumentos, que a Jacinto no le resultaban extraños por sus visitas a la trastienda, como cadenas, argollas y tablones colgados del techo, una jaula baja de hierro, una gran aspa de madera adosada a la pared… Pero también, desconocidos para él, varios slings que se le representaron como siniestros columpios. En dos de ellos se balanceaban unos tipos gruesos con brazos y piernas por alto, que eran magreados y, al parecer, incluso follados por otros que los rodeaban. El espectáculo que ofrecían impactó tremendamente a Jacinto ¿Sería en algo así donde iría él a parar? La posibilidad le asustaba al ver la forma en que eran tratados los colgados, pero a su vez se preguntaba si no era lo que en realidad deseaba.

Lo sacó de su perplejidad el acompañante quien, como si le leyera la mente, casi lo arrastró hacia un sling que estaba vacío. “¡Échate ahí!”, le ordenó. “¿Para qué?”, preguntó Jacinto tembloroso, aunque resultaba obvia la respuesta. “Voy a jugar contigo… y seguro que no seré yo solo”. Empujó al Jacinto paralizado, que cayó de culo en el asiento de cuero. Luego le hizo tenderse hacia atrás  y le levantó los brazos  hacia los lados para pasarle las muñecas por las correas de sujeción. Pero también las reforzó sobreponiéndoles unas ataduras que impedían que pudiera sacar las manos. Jacinto protestó. “Los otros solo están agarrados”. “Tú no eres de fiar”, dijo tajante el otro, que siguió un procedimiento similar con las piernas para dejarlas abiertas en alto y con los tobillos trabados. Jacinto se dejó hacer ya dócilmente. El sling era tan sofisticado que, mediante sendas manivelas, permitía graduar por separado la altura tanto de la parte de delante como de la de detrás. Esto es lo que hizo el acompañante para dejar el cuerpo de Jacinto al nivel que le convenía. Curiosamente estas maniobras, con el balaceo que las acompañaba, produjeron en Jacinto el efecto de que le polla se le fuera endureciendo. “Ya sabía yo que esto te gustaría”, comentó burlón el acompañante ante la lasciva exhibición que ofrecía Jacinto. A éste le colgaba hacia atrás la cabeza y se estremeció cuando las manos del acompañante tomaron posesión de su entrepierna.

No eran caricias precisamente lo que le daba. Porque al tiempo que le apretaba la polla y la hacía golpear sobre la barriga volcada, le estrujaba los huevos con la otra mano. Y cuanto más extremaba estas sevicias, mayor era la excitación de Jacinto, que se agarraba con fuerza las cadenas de las que colgaba. “Te tenía ganas desde que te vi en el bar… y ahora ya te tengo aquí”, decía el acompañante mientras lo sobaba. “¿Qué me vas a hacer?”, preguntó Jacinto ansioso como si lo de ahora fuera solo un prolegómeno. “Se me ha puesto más dura todavía que le tuya y me estás provocando con el culo abierto”, contestó el otro. En efecto, la postura de Jacinto, con las piernas subidas y separadas, distendía las nalgas y dejaba el ojete inerme. “¡Te voy a follar!”, anunció y, como primera medida, le clavó un dedo con toda la fuerza. Jacinto sacudió el cuerpo ahogando un gemido, aunque ya se preparaba para lo que iba a seguir.

Empezaron a rondar por el sling varios sujetos atraídos por el nuevo espectáculo o tal vez esperando turno. De momento cooperaron sujetando las cadenas mientras el acompañante le metía la polla entera con un certero golpe a Jacinto. Éste no reprimió ya un dolorido sollozo y, de no ser por todo lo que lo frenaba, incluidos los espontáneos que también lo cohibían, habría salido disparado. Aunque no era la primera vez en que era penetrado recientemente, la postura en que ahora era hollado le resultó no menos tremenda. El acompañante bombeaba agarrado a los muslos zamarreando a Jacinto, que acusaba con gemidos cada impacto. “¡Ya no me aguanto! Te voy a llenar de leche”. Con unas embestidas todavía más brutales, el acompañante se fue vaciando hasta que la polla se le escurrió por sí sola hacia fuera. Jacinto sintió el vacío tras haber experimentado un inusitado placer, que llegó a reavivar su excitación. A ella contribuía no solo el hecho de haber sido enculado una vez más, sino, como ya le había ocurrido en la trastienda, las circunstancias de esta nueva forma de estar colgado e inmovilizado, con el morbo añadido de los otros hombres que lo rodeaban expectantes.

No obstante, cuando el acompañante dijo: “Ha sido un gustazo ¡Ahí te quedas!”, Jacinto preguntó angustiado: “¿Me vas a dejar aquí atado?”. Pero el otro replicó con ironía: “Ya ves que no estás solo… Alguien te soltará cuando se hayan cansado de ti”. En efecto, en cuando el acompañante se alejó, los del alrededor se dispusieron a ocuparse de Jacinto. “Mira el gordo, qué bien follado ha quedado”. “Si el tío sigue empalmado…”, oía Jacinto indefenso. “Esto le dará más gusto”, dijo uno que, desde atrás, se puso a estrujarle las tetas y pellizcarle los pezones. Otro se colocó delante y no se limitó a darle varias chupadas a la polla, sino que además se agachó para lamerle la raja. “Voy a limpiarte la leche”. Jacinto soportaba los manejos sobre su cuerpo, temiendo y deseando a la vez que pasaran a mayores.

De pronto se oyó una voz campanuda. “¡Yo a este tío lo conozco!”. Jacinto dirigió la mirada hacia donde procedía la voz, que pertenecía a un tipo fornido y peludo cuyo rostro le sonaba ligeramente. El individuo no tuvo sin embargo el menor reparo en seguir con la identificación. “¡Si es un madero!”, exclamó acercando la cara a la de Jacinto, que le sostuvo la mirada. Luego, para todo el que quisiera oírlo, explicó: “El muy cabrón se empeñó en cargarme los abusos a un niño y me libré porque el chaval reconoció al que le había metido mano… ¡Y mira cómo te encuentro ahora!”. Zamarreó el sling de Jacinto, que se balanceó. “Resulta que a mí solo me gustan los niños como tú”. El brote de airada vergüenza que embargó a Jacinto se manifestó en un envite insólito para él mismo. “Pues fóllame y cállate”. Lo segundo no es que lo fuera a obedecer el hombre, ya que soltó: “Nunca verás que cumpla una orden más a gusto”. Pero en cuanto a lo primero, rodeó a Jacinto y se colocó entre sus piernas. Se fijó entonces en que, pese a todo, Jacinto no había perdido la erección. “Así de caliente estás ¿eh?... Pues voy a vaciarte antes y así me pongo a tono”. Con la expectación de los que habían mantenido el corro en torno al sling, agarró la polla de Jacinto y se puso a frotarla enérgicamente. “Esta paja es mejor que las que te harás tú ¿a que sí?”. Jacinto gimoteaba primero y luego resoplaba. Su leche empezó a desbordar el puño del hombre que, a continuación, se limpió la mano en la barriga de Jacinto.

Éste se recuperaba con la respiración agitada, pero no tuvo apenas tregua. El hombre se irguió y aún se elevó un poco más agarrado a las cadenas laterales para mostrar su verga enorme ya bien dura. “¡Mira lo que te voy a meter!”. Jacinto se esforzó para levantar la cabeza y poder verla. Guardo silencio, pero un morboso deseo lo inundó. La clavada fue de órdago y Jacinto la sintió hasta en el vello que se le erizó, aunque logró ahogar el grito que le estallaba en la garganta. Ardía todo él con las arremetidas brutales que el otro le iba dando y aguardaba ansioso el estallido final. Pero la lujuriosa venganza de su antiguo conocido iba a tener un remate inesperado. De pronto se salió del culo de Jacinto y rápidamente pasó a estar con la polla erguida sobre su cabeza. Pillándolo desprevenido, la apuntó a la boca medio abierta y empujó para metérsela lo más posible. Jacinto agitaba la cabeza pero no lograba soltar la polla. Además no tardó en írsele llenando la boca de leche que se le desbordaba por la comisura de los labios. Cuando el otro sacó la verga al fin, Jacinto no tuvo más remedio que tragar la que se le acumulaba en la garganta para no ahogarse. El hombre se dio por satisfecho y se despidió lleno de ironía. “Ha sido un placer, comisario. Espero que para usted también… Yo al menos no le guardo ya rencor”.

Jacinto quedó colgado del sling en soledad, pues hasta los mirones lo habían abandonado, distraídos ahora con otra cosa. Tenía el cuerpo dolorido, la boca pastosa de leche y hasta la suya propia que se le secaba en la barriga. Sus intentos de liberar las manos y poder bajar del artefacto fueron inútiles. Y en su quietud obligada no pudo menos que repasar mentalmente la vorágine de atropellos que había sufrido desde que se encaramó, o lo encaramaron, allí. Ya contaba con que le llegarían a dar por el culo y eso no lo detuvo. No se llamaba a engaño después de lo experimentado en la trastienda. Pero es que había sido objeto de una vengativa violación, además por partida doble, porque también habían usado su boca... ¡y de qué manera! Él, que poco antes mostrara su rechazo a chupar una polla… Sin embargo, tras asumir el riesgo, había tenido lo que se merecía. No le iba a dar más vueltas y mucho menos echarse para atrás.

Más entonado con esta autoafirmación, a Jacinto se le ocurrió girar la cabeza hacia donde ahora parecía haberse concentrado la actividad. Quedó pasmado al ver que un tío se había tumbado en una especie de bañera y tres o cuatro más se le meaban encima. En vía ya de estar curado de espantos, se dijo con condescendencia que allá cada cual con sus gustos. Pero lo observado iba a tener una penosa repercusión en él. Resultaba que, tras los meneos de que había sido objeto en el sling, solo le faltó el contagio de la micción múltiple para que sus insuficiencias prostáticas le desataran unas irrefrenables ganas de orinar. Angustiado, Jacinto decidió pedir ayuda a uno que estaba cerca. “¡Por favor! Me podrías soltar ya de aquí”. El tipo se lo tomó a pitorreo. “¿Qué? ¿Ya te has cansado de que te follen?”. Jacinto tuvo la debilidad de sincerarse. “Es que necesito orinar con urgencia”. El otro se divirtió chantajeándolo. “Te suelto, si te meas aquí”. “No voy a poder”, lloriqueó Jacinto. “¡Verás como sí!”, lo desafió el bromista. Se puso a cosquillearle los huevos y a sisear. Jacinto ya perdió todo control y empezó a lanzar un potente chorro que, cual surtidor, subía e iba a caer sobre su barriga. Aunque humillado, sintió un gran alivio. El tipo, después de reír a gusto,  al menos cumplió el pacto y por fin desató a Jacinto. Mientras lo hacía comentó jocoso: “Estás como si hubieras pasado por la bañera”.

Jacinto, una vez de pie, hubo de ir con cuidado para recuperar el equilibrio y desentumecerse. Procuró también eludir cualquier encuentro y buscó un lavabo, aunque no fuera ya precisamente para orinar. Se amorró al grifo para enjuagarse la boca y beber con ansia. Luego se limpió la barbilla pegajosa y, empapando varias toallas de papel, se las pasó por la barriga y la entrepierna. Algo más calmado, decidió volver a la planta baja.

En el bar, donde reinaba más animación que antes, Jacinto fue sobre seguro en busca del dueño. Éste lo acogió cordial. “Se te ve sofocado… ¿Cómo te ha ido por arriba?”. En lugar de contestar, Jacinto pidió ansioso: “¡Una cerveza, por favor!”. El dueño se la puso y, directamente del botellín, se bebió más de media. El dueño insistió. “Has estado bastante rato…”. Jacinto ya respondió lacónico: “Ha ido muy bien”. El dueño replicó sin recabar más detalles: “Lo celebro”. Pero aprovechó para señalarle unos formularios que había en un cajetín. “Igual te decides a hacerte socio…”. Jacinto solo dijo: “Luego cogeré uno”. Incidentalmente había cruzado la mirada con alguien que estaba en otro extremo de la barra. No era sino el que había ajustado cuentas con él y que entonces levantó sonriente la copa en señal de saludo. Jacinto, aunque más serio, no dudó en devolvérselo con su botellín ¿Era en agradecimiento…?

Jacinto fue a vestirse ya y luego se dirigió a la salida. Seguía allí el colega  del dueño que también le pregunto, más escueto: “¿Todo bien?”. “Bastante”, contestó Jacinto sin más. Al devolver la llave, el otro dijo: “El jefe me ha advertido de que hoy no te cobre”. “Pues muchas gracias”, replicó Jacinto. Éste se había fijado en que también había unos formularios como los del bar. “Me llevo uno de éstos”. “¡Buena señal!”, exclamó el colega, “A ver si otra vez que vengas no me toca estar aquí y puedo hacerte algo que te guste”. “A ver, a ver…”, admitió Jacinto. Y ya se marchó. “¿Era esto lo suyo?”, se preguntaba. Y concluyó que sí.

lunes, 26 de febrero de 2018

El comisario (1)

NOTA: Este relato ha tenido una doble inspiración. Por una parte, en una serie sueca, sale un policía gordo, fachoso y homófobo empeñado en involucrar en un crimen al dueño de un local BDSM. Aunque se trataba de una escena anecdótica, su visita al local y su actitud hostil, que el dueño desafía, me ayudaron a idear el personaje. Por otra parte, me dio mucho morbo un vídeo visto en X-Tube y se me ocurrió poner en esa situación al policía. No sé si me habrá salido bien la combinación…

Jacinto era un policía próximo ya a la jubilación. Pese a su larga carrera en el cuerpo y a que no le faltara perspicacia, había perdido todas las oportunidades de ascender a inspector. Su carácter hosco y una excesiva afición a la bebida, que le habían  acarreado más de una sanción, no le favorecían demasiado y le relegaban a tareas rutinarias y de poca responsabilidad. Bastante grueso y rubicundo, era desastrado en el vestir, siempre con una vieja y arrugada gabardina, lo cual le daba un aspecto sacado de un noir americano. Solitario, se le conocía un matrimonio fracasado hacía ya tiempo, y su ocio se limitaba a frecuentar la barra de bares algo sórdidos o ver la televisión en su pequeño y poco aseado piso.

Se había cometido un asesinato de dimensiones mediáticas y las primeras pesquisas apuntaban a un sospechoso con antecedentes y en paradero desconocido. Como existían ciertos indicios de que pudiera ocultarse en la cuidad, a Jacinto le encomendaron que se pateara un barrio determinado en busca de pistas. Provisto de una foto del sospechoso, recorría las calles con desgana preguntando en bares, comercios y porterías. En un callejón sin salida, le llamó la atención un local con la fachada pintada de negro y tan solo una puerta de hierro, también negra. Antes de mirar si había algún timbre, la empujó y se abrió. Daba paso a una escalera en descenso con muy poca luz. Bajó por ella mientras llamaba “¿Hola?”. Sin respuesta llegó al último tramo y se encontró con un pasillo cuya única iluminación provenía de vitrinas de varios tamaños y contenidos chocantes: máscaras, esposas, pinzas, grandes penes de goma… Jacinto repitió un “¡¿Hola?!” más enérgico, que tampoco tuvo respuesta. Al acceder a un espacio más amplio, le sorprendió tanto lo que allí había que tropezó con una gruesa cadena colgada del techo. “¡Mierda!”, exclamó. Había objetos que le resultaban muy extraños, como una jaula con barrotes, una camilla, una gran aspa de tablones adosada a la pared y toda una parafernalia de cadenas, cuerdas, poleas… Lo sacó de su perplejidad una voz campanuda.

“¡Bienvenido!”. Había aparecido un tipo alto y fornido enfundado en un ropaje de cuero negro. “No he abierto todavía. Pero ya que ha entrado…”, dijo con amabilidad, “Por favor, tome asiento”. Jacinto, que venía cansado de tanto andar de un lado para otro, agradeció poder descargar sus posaderas en la silla que le indicó el hombre. Pero quiso dejar las cosas claras desde el principio. “Soy policía”. El otro, que se había sentado enfrente en un sillón más elevado, replicó: “Sí, ya lo he notado… Hemos ayudado a varios policías aquí”. “De usted no me interesa nada”, dijo brusco Jacinto, que sacó una foto y se la mostró. “¿Reconoce a este individuo?”. Miró con atención la foto y dijo muy serio: “No, no es mi tipo. Es demasiado flaco. Parece piel y hueso”. Jacinto insistió. “Entonces ¿no lo reconoce?”. El hombre siguió en la misma línea. “No. Yo quiero tener un poco más con qué trabajar… No sé si me comprende”. Jacinto se exasperó. “Y dice eso tan tranquilo, como si tal cosa ¡Maldita sea!”. “Estoy totalmente tranquilo”, replicó el otro, “Pero parece que el comisario comienza a excitarse”. Jacinto se levantó furioso. “¡Ni se le ocurra pensar algo así! ¡Maldito bujarrón!”. Desanduvo rápido el camino y, cuando empezaba a subir la escalera, oyó: “¡Pero comisario, no tenga miedo! Pensé que podíamos llegar a algo bueno”. Jacinto cerró la puerta de golpe y cogió aire para calmarse. Ya daba por terminado su, por lo demás, infructuoso recorrido por el barrio.

Jacinto estaba furioso consigo mismo porque no se le iba de la cabeza aquella visita tan extraña que había hecho. No es que fuera un ingenuo e ignorara que existían esos ambientes, pero para él eran un mundo lejano que solo le había inspirado una despectiva indiferencia. Sin embargo, la atmósfera de aquel lugar y la actitud desafiante de su dueño le habían impactado más de lo que estaba dispuesto a admitir. El caso fue que durante varios días se sentía inquieto de una manera difusa y terminaba las veladas bebiendo más de la cuenta. Hasta que de pronto una mañana, él, que no era hombre de ducha diaria, se metió bajo el agua. También se puso ropa interior limpia. Salió a la calle y, como si todo lo que hacía fuera maquinal, dirigió sus pasos al callejón de aquel otro día. Más o menos a la misma hora, empujó la puerta que volvió a encontrar abierta.

Para anunciarse, Jacinto llamó de nuevo un par de veces mientras avanzaba. “¿Hola?”. Prefirió no mirar el contenido de las vitrinas ni los aparatos tan inquietantes mientras avanzaba. Otra vez salió a su encuentro el dueño del local. “¡Vaya, el comisario! ¿Viene a enseñarme otra foto?”. Jacinto pasó por alto la ironía. “No. No es para eso”. “¿Me tengo que inquietar o puedo celebrarlo?”, siguió el otro. Jacinto, para ganar tiempo, pidió: “¿Puedo sentarme?”. “¡Faltaría más!”. Así que ambos ocuparon los mismos asientos. “¿Qué me cuenta entonces?”, lo animó el dueño. Jacinto hizo un esfuerzo para hablar. “Usted dijo el otro día, cuando me iba, que podíamos llegar a algo bueno ¿A qué se refería?”. El otro resumió: “Lo que ofrezco a quienes quieren tener experiencias emocionantes”. “¿Y pensó que yo podía buscar algo de eso?”. “¿Por qué no? No sería el primero de su gremio”. Jacinto no cejaba en su curiosidad. “Cuando le enseñé la foto de ese hombre, dijo que no era su tipo y que prefería que tuvieran un poco más para trabajar…”. El dueño lo interrumpió: “¡Me admira la gran memoria de que está haciendo gala! En efecto, trabajo mejor con hombres de más cuerpo”. “¿Cómo yo?”, quiso aclarar Jacinto. “Es lo que traté que entendiera, pero no lo encajó demasiado bien”. “Fui un poco brusco, sí”, reconoció Jacinto un tanto indulgente consigo mismo. “El caso es que hoy ha vuelto… ¿Me equivoco si percibo un cierto interés?”. “No sé qué decirle… Hay cosas ahí que a mí no…”. Jacinto señaló los aparatos que se veían. “No todas son de uso obligatorio… Yo voy adaptándome a las necesidades de cada cual”. “¿Qué cree que pueda necesitar yo?”. “Me voy haciendo una idea… Todo es empezar”. “¿Cómo?”. “Yo le sugeriría un buen masaje… especial de la casa”. “¿Qué tendría de especial?”. El dueño eludió de momento especificar y preguntó a su vez a Jacinto: “¿Le han dado masajes alguna vez?”. “No, nunca… Lo había pensado, pero con esta pinta me daba no sé qué”. “Ya sabe que eso que llama su pinta para mí es un aliciente”. “Usted sabrá… Pero ¿cómo sería su masaje?”, insistió Jacinto. El dueño midió sus palabras. “Procuro sensaciones más intensas y agradables que los masajes convencionales… No debería dudar en ponerse en mis manos”. Jacinto, cuyas reservas parecían aflojar, preguntó entonces: “¿Esto cuánto me va a costar?”. “La primera sesión es gratis”, contestó el dueño, “Y a los polis les hago un buen descuento… Así consigo que no me estén relacionando cada dos por tres con el hampa de la ciudad”. Jacinto superó definitivamente su indecisión. “¿Qué tengo que hacer?”. “Si está decidido, le pediría que se desnudara”. “¿Me lo he de quitar todo?”, se le atragantó a Jacinto. “Para trabajar necesito que el cliente se libere de prejuicios… Aunque si ve que no lo pude hacer, quedamos tan amigos”, lo apremió el dueño. “¡No, no! Ya que he venido…”, accedió Jacinto, “¿Cómo lo hago?”. “Puedes ir dejando la ropa aquí mismo… Yo vuelvo enseguida”. Jacinto no captó que el dueño ya lo tuteaba.

Al quedarse solo, a Jacinto lo recorrió un sudor frío. “¡Joder! ¿Qué estoy haciendo?”. Estuvo tentado de salir corriendo escaleras arriba. “Esto no es para mí… No sé lo que me habrá dado”. Pero ya se había quitado la gabardina. Siguió entonces con el resto de la ropa, que iba dejando sobre la silla. Dudó al quedarse solo con los calzoncillos. “Ha dicho que me desnude del todo… Si me los dejo, seguro que hará que me los quite”. Esta eventualidad le pareció más humillante, así que se decidió a desprenderse también de ellos. Miró hacia abajo su cuerpo, de gordas tetas y una barriga que no le dejaba ver lo que le colgaba. “¿Será esto lo que dice que prefiere?”. Se tocó la polla encogida e ironizó. “¿Tú también le gustarás?”. Como si lo hubiera calculado, enseguida apareció el dueño. Se había cambiado de ropa y ahora llevaba tan solo un suelto y breve calzón ajustado de seda negra. Se le veía robusto y bastante velludo. Miró de arriba abajo a Jacinto. “¿Ves como no ha sido tan difícil?”. A Jacinto le disgustó que solo él se hubiera desnudado al completo y objetó sin pasar al tuteo: “¿Usted no se quita eso?”. “Todo a su tiempo…”, contestó el otro. Y añadió provocador: “Pero si ya tienes prisa por vérmelo todo, no tengo problema”. “¡No, no!”, dijo Jacinto cortado, “Haga lo que le parezca”. Pese al confianzudo tuteo del dueño, Jacinto persistía en el ‘usted’, como una forma de marcar distancias.

Una vez tomada la decisión, el dueño dijo: “Te vas a tender en esa camilla”. Cubierta con una sábana estaba allí cerca. No obstante, Jacinto aún preguntó receloso: “¿Por dónde me va a dar el masaje?”. “Por todo el cuerpo… Lo tienes muy tenso”. “¿Cómo lo sabe?”. “No hay más que verte… Y es por eso que estás aquí ¿no?”. La paciente persuasión del dueño iba aflojando las defensas de Jacinto, pese a que éste se obstinara en no reconocer su morbosa curiosidad. “¡Vale! Ya que ha hecho que me ponga en cueros, lo probaré… ¿Cómo me pongo?”. “Empezaremos bocabajo”. El dueño tuvo que ayudar a Jacinto a dejar su pesado cuerpo adecuadamente tendido en la camilla. Había un hueco abierto y acolchado en el que podía encajar la cara para mayor comodidad. Lo que a la vez dejaba una visión bastante limitada de lo que sucedía alrededor. Que el dueño pusiera las manos sobre él por primera vez para centrarle el cuerpo en la camilla hizo sentir escalofríos a Jacinto. Pero que además metiera la mano entre sus muslos para colocarle bien el paquete y que no le quedara aplastado, le provocó un estremecimiento mayor. “¡Eh, ojo con eso!”, soltó en tono airado. “Es por tu comodidad”, dijo el dueño sin alterarse. Aunque avisó: “Y no te vayas quejando cada vez que te toque, si es que quieres que haga las cosas bien para que te quedes a gusto”. Jacinto emitió un sonido gutural de incómoda conformidad y se reprochó a sí mismo internamente: “Es que me lo he buscado. Si el masaje empieza así…”.

Sintió el frío de un líquido resbaloso que le iba goteando por la zona entre los hombros. A continuación las manos del dueño fueron extendiéndolo por la parte superior de la espalda con movimientos circulares y presiones que le resultaban agradables a Jacinto y no le causaban recelos. También le subió los brazos, que le habían quedado colgando a los lados, para untarlos y frotarlos. Pero después los colocó estirados a lo largo del cuerpo y, para sobresalto de Jacinto, que no podía ver lo que hacía, le cerró una abrazadera unida a la camilla en cada una de las muñecas. “¡¿Para qué es eso?!”, se alarmó Jacinto. “Para que no se te vayan cayendo los brazos y estés así más relajado para poder seguir”, explicó calmoso el dueño. “No sé yo…”, rezongó Jacinto que, entre esa sujeción y la cara encastrada en el agujero, se veía inmovilizado. Lo cual, más que relajarlo, lo puso más inquieto. Hasta entonces había pensado que, si la cosa se ponía rara, siempre podía levantarse y poner en su sitio al abusón, pero ahora… Pese a que iba asumiendo que las manos del dueño recorrerían su cuerpo sin respetar nada, solo la tozudez de Jacinto le impedía prever el alto contenido erótico del masaje que había aceptado. “Que toque por donde quiera”, trataba de convencerse a sí mismo, “Que a mí no me va a sacar de mis convicciones… ¡Solo faltaría a estas alturas!”.

Una vez bien lubricado Jacinto, el dueño inició el masaje propiamente dicho. Sus manos amasaban los hombros. “Estás muy tenso”. “¿Usted cree?”. Pero lo cierto era que Jacinto iba notando un alivio que le infundió cierta confianza. Luego el dueño prosiguió trabajando la espalda, con presiones de los dedos y golpecitos a lo largo de la columna. Dado sin embargo que el ancho cuerpo de Jacinto ocupaba toda la camilla y sus manos sujetas a los costados sobresalían, el dueño se arrimaba tanto por uno y otro lado que iba rozando la entrepierna por ellas. Y lo que entraba en contacto con el dorso de las manos de Jacinto no era precisamente la seda del calzón, que el dueño debía haberse quitado en algún momento, sino el pelambre del pubis y hasta la polla, flácida para menos contrariedad de Jacinto. Aunque no por ello dejaba de pensar: “¡Cómo aprovecha el tío para restregarse!”.

El momento crítico llegó al traspasar el masaje la rabadilla. Aquí Jacinto apretó ya los glúteos preventivamente y el dueño, al notarlo, lo reprendió. “Éstos son unos músculos como los otros y tú, por cierto, los tienes bien gordos… Así que déjate de puñetas porque voy a profundizar donde los masajes convencionales no llegan. El mío es muy especial y lo vas a notar”. “Espero que no se atreva a violarme”, dijo Jacinto, con tanto sofoco y en tono tan bajo que solo él se oyó. El dueño, imperturbable, cacheteó las opulentas nalgas para, a continuación, verter aceite por la raja y pasar por ella el canto de la mano. Estaba tan resbalosa que un dedo fue entrando sin dificultad por el ojete, provocando una sacudida de Jacinto, enseguida atajada. “¡Quieto! ¿No te han hecho nunca una revisión médica? Verás que lo que yo hago es mejor y tu próstata lo agradecerá”. Movió el dedo con habilidad y Jacinto notó que se le erizaba la piel. “¡Joder, qué gusto!”, pensó, “El médico me hizo más daño”.

La sorpresa, que Jacinto hubo de reconocer que había sido tolerable, lo pilló desprevenido cuando el dueño anunció: “¡Bueno, ahora por delante!”. Jacinto trató de no complicarse más la vida, porque además temía que se le notara cierta animación que había sentido en su intimidad.  “¿No ha habido ya bastante?”. “Un masaje nunca se deja a medias”, sentó rotundo el dueño. “¡Venga! A ponerte bocarriba”. Jacinto, resignado, fue girando su voluminoso cuerpo con ayuda del dueño. Éste comentó: “Ya sabía yo que el masaje extra que te acabo de dar te sentaría bien”. Como la barriga de Jacinto no le permitía ver más allá, prefirió ignorar a qué se refería el dueño exactamente.

La aplicación del aceite y el masaje consiguiente por toda la delantera de Jacinto iban a poner a prueba aún más la tolerancia de éste. Como primera medida, tampoco quiso el dueño dejarlo suelto. Con rapidez le subió los brazos por encima de su cabeza y, poniéndole unas bridas en las muñecas, las sujetó a una abrazadera que había en la cabecera de la camilla. “¡¿Otra vez con eso?!”, protestó Jacinto. “No me conviene que bracees”, explicó simplemente el dueño. Lo cierto era que, a cara descubierta Jacinto ahora, esta parte del masaje iba a resultarle mucho más incisiva, con una actitud del dueño descaradamente provocadora. Y no solo por la forma de usar sus manos, sino también su propio cuerpo.

Al extender el aceite, el dueño recorría y moldeaba las abundosas carnes de Jacinto, comprimiéndolas con una energía que lo hacía estremecer en su indefensión. Le apretaba las tetas y enredaba los dedos en el vello, pinzando los pezones. “¡No tan fuerte!”, pedía Jacinto. Al ir bajando, el dueño contorneaba las caderas y los muslos, para subir luego y meterle las manos por las ingles, orillando de momento los huevos y la polla. Pero es que además, al ir dando vueltas en torno a la camilla, se volcaba restregándose sobre Jacinto. Tanto trajín tenía a éste sobrecogido y ya sin ánimos siquiera de protestar. Incluso, cuando se colocaba en la cabecera de la camilla, ponía su polla al alcance de las manos atadas de Jacinto que, al notarla ahora no tan caída, llegó a palparla brevemente, en un impulso que consideró como mera curiosidad.

El dueño hizo como si se zafara y, considerando que Jacinto ya estaba a punto para su actuación final, se desplazó a los pies de la camilla. Fue entonces cuando Jacinto, al cesar los constantes meneos, se dio cuenta de que, con toda certeza, su polla había adquirido una tensión que hacía tiempo no experimentaba. No tuvo tiempo para sacar conclusiones, porque el dueño le apartó las piernas hacia los lados y, con una agilidad que debía tener ya bien practicada, se impulsó para quedar de rodillas sobre la camilla, en el hueco dejado por las piernas de Jacinto. Sentado en los talones, el dueño, en una perspectiva incómoda para Jacinto, que agotaba sus fuerzas intentando levantar la cabeza, se sobaba su propia polla ya del todo endurecida. Llegó a juntarla con la de Jacinto, no menos tiesa, y con un chorreo adicional de aceite, las frotaba suavemente. De repente Jacinto sintió que una sacudida le recorría desde la coronilla hasta la entrepierna y, de una forma que escapaba a cualquier control, fue expulsando borbotones de leche. Quedó anonadado ante la brusca e inesperada reacción de su cuerpo.

El dueño no hizo el menor comentario de la corrida de Jacinto. Se limitó a limpiarle cuidadosamente la leche con una toalla. Luego dijo: “Ahora voy a soltarte ya las manos. Creo que por hoy podemos darlo por acabado”. Jacinto casi agradeció la no mención de lo ocurrido, como si no hubiera pasado nada. Cuando el dueño le quitó las esposas, pudo estirar los brazos y desentumecerlos. “Me bajo ya ¿no?”. Aunque el dueño hubo de ayudarlo a recobrar el equilibrio sobre el suelo. “Si quieres, puedes recuperar ya tu ropa… Espero que te marches más relajado”. Jacinto prefirió guardar silencio mientras se vestía con cierta precipitación. Solo al acabar, por decir algo más neutro, recordó: “Hoy no tengo que pagarle ¿verdad?”. “¡Por supuesto!”, contestó el dueño, “Pero confío en verte de nuevo”. “Ya veremos”. Jacinto dio media vuelta y, con la gabardina al brazo, buscó la salida al exterior. Antes de empujar la puerta, se puso la gabardina y, al abrir, lo deslumbró la luminosidad del mediodía.

Jacinto empezó a vagar sin rumbo fijo y decidió meterse en el primer bar que encontró. Entre cerveza y cerveza, trató de aclarar las ideas. Pero más bien las embrollaba desde el momento en que solo se emperraba en autojustificarse. Había vuelto a aquel sitio por mera curiosidad, después de haber visto casualmente lo raro que era, y ese tipo lo había enredado además con su labia. Una vez allí le picó el amor propio de demostrar que no se echaba atrás ante nada. Claro que aguantó el masaje con tantos toqueteos y roces, pero por mantener el tipo, sin que eso significara que se hubiese cambiado de bando ¡Faltaría más! Ni siquiera pensaba que lo que pasó al final hubiera sido en realidad una paja. Simplemente se había corrido porque, con el tiempo que llevaba sin vaciarse, el aceite y el masaje lo habían hecho venir solo. Si el tío se daba el gusto conmigo, habrá sido cosa suya… No es que estos argumentos lo estuvieran dejando muy tranquilo y enfiló ese fin de semana bebiendo mucho y sin apenas comer. El lunes amaneció hecho unos zorros y llamó a la comisaría alegando una gripe. Seguramente ya estarían acostumbrados.

Sí tuvo ánimos Jacinto en cambio, con la ropa de tres días y sin haberse lavado ni las manos en ese tiempo, para emprender la ruta del local que ya le era de sobra conocida. Únicamente sabía que por la mañana encontraría solo al dueño, pero no tenía ni idea de a qué iba allí. Empujó la puerta y bajó tambaleante la escalera. Ni se molestó en avisar de su llegada y se dejó caer en la primera silla que encontró en la sala de los aparatos. El dueño acudió al oír los ruidos. Esta vez llevaba una bata de raso negro hasta las rodillas. “Esto sí que es entrar sin llamar… ¿Tiene alguna urgencia el comisario?”. Jacinto balbuceó con la respiración entrecortada: “Necesito algo muy fuerte”. El dueño preguntó extrañado: “¿Estás seguro de lo que dices?”. “¡Sí!”, se exaltó Jacinto, “Quiero que me haga lo más fuerte que  se le ocurra… Lo que sea, como sea y por donde sea”. Ni siquiera ahora lo tuteó. El dueño se quedó pensativo. “Se me ocurre una cosa que puede responder a esos ardores que traes hoy… Pero necesitaría que me ayudara un colega”. Jacinto ni se lo pensó. “¿Podrá venir ya?”. “Puedo llamarlo y no tardaría”. El dueño sin embargo se quedó mirando la pinta que hacía Jacinto. “Antes habrá que hacer algo con esa mugre que llevas encima… No dará gusto trabajar contigo así”. “Haga lo que quiera, pero llámelo”, le urgió Jacinto. “¡Anda! Ve quitándote todo eso y ahora vuelvo”. Jacinto no sabía muy bien qué seguiría, pero se desnudó maquinalmente y sintió cierto alivio al quedarse sin aquella ropa desastrada. No tardó en volver el dueño. “Ya está todo en marcha y mi colega vendrá pronto… Mientras te hace buena falta pasar por el agua… Entre alcohol y sudor no hay quien se te acerque. Y de paso te despejarás”. Llevó a Jacinto a un cuarto donde había varias duchas sin separación. “¡Anda! Abre el grifo de una”, dijo el dueño. Pero como Jacinto se limitó a dar el agua y quedarse quieto debajo, el dueño tomó la iniciativa. Se quitó la bata, que era lo único que llevaba y entró junto a Jacinto. “Aquí hace falta jabón también”, dijo poniéndose a frotarlo. Jacinto se dejaba hacer sin inmutarse, ni siquiera cuando le enjabonó la polla y los huevos. Solo tuvo un pequeño sobresalto cuando sintió un dedo por el culo. En esas estaban cuando apareció el compinche avisado. “¿Habéis empezado sin mí o qué?”, preguntó por saludo. Era tan alto como el dueño, pero más robusto y de aspecto más fiero. “Ya acabamos” dijo el dueño, “Aquí mi amigo el comisario… Lo he tenido que poner en condiciones, porque venía poco recomendable”. “Gordito y de una edad, como te van a ti ¿eh?”, comentó el compinche mirando a Jacinto desnudo, que hacía pinta de cordero listo para el sacrificio. El dueño quiso asegurarse con Jacinto. “Ya ves que he traído refuerzos… Ahora que tal vez estás más despejado ¿sigues queriendo lo que me has pedido antes?”. “¡Sí, sí! Destrozadme”, enfatizó Jacinto. “¡Joder, con el comisario! Éste es de los que quieren probar su propia medicina”, comentó el compinche, que también se estaba desnudando para no ser menos.

Tanto el dueño como el compinche tenían claro cómo iban a proceder. Volvieron a llevar a Jacinto a la sala de los aparatos. Una traviesa de madera con argollas en los extremos colgaba horizontal de unas cadenas. “Ven aquí debajo”, ordenó el dueño. Jacinto lo hizo dócilmente y vio cómo graduaban la altura de la traviesa por encima de su cabeza. Cada uno tomó un brazo de Jacinto y los levantaron para acercar las muñecas a las argollas. Había ya pasadas unas cuerdas por ellas y empezaron a ligarle los antebrazos. El verse ahora atado de esa forma produjo en Jacinto una sensación de temor, pero también de extraña excitación. Pero ni hablaba ni preguntaba, dispuesto a someterse a lo que aquellos dos hombres quisieran hacerle. El porqué de su insólita actitud ni siquiera él era capaz de explicar. Solo sabía que le venía de muy adentro. Habían dejado una lazada más floja en la atadura de cada argolla para que pudiera cerrar los puños en torno a los trozos de cuerda. Así agarrado, Jacinto distendió los brazos en cruz y, para mantener el equilibrio, separó un poco las piernas y afirmó los pies en el suelo. Los hombres habían desaparecido momentáneamente de su área visual, dándole la sensación de haberse quedado solo. “¿De qué irá esto ahora?”, se preguntaba ansioso, “¿Por qué dos?”.

Pero pronto empezó a tener respuestas. No le sorprendió ya que la primera medida fuera untarle de aceite, pero fue ya más impactante la forma de hacerlo. El dueño por delante y el compinche por detrás, le iban extendiendo el líquido en abundancia, y que ya le chorreaba por las pantorrillas hasta los pies, haciendo que el apoyo en el suelo se volviera resbaloso. No era un masaje lo que le daban, sino un completo manoseo por toda la superficie y los recovecos de su cuerpo. Cuando el compinche le embadurnaba las nalgas, Jacinto ya no las apretó y aguantó que los dedos ahondaran en su raja. El dueño a su vez se le encaró y ahora no era el masajista persuasivo del otro día. Le abofeteaba el pecho y la barriga haciéndole perder el equilibrio. Estrujaba las tetas y pellizcaba los pezones retorciéndolos. Jacinto gemía, pero se entregaba. Al bajar las manos, rodeaba los muslos y metía los cantos por las ingles para zarandear los huevos y la polla. Jacinto se percató sin embargo de que, a diferencia de los otros todavía, estaba teniendo una fulminante erección.

Tal vez fue esta reacción física de Jacinto lo que dio la señal al dúo para entrar en una nueva fase. Ahora enlazaron los brazos en torno al cuerpo colgado, asidos firmemente uno a otro. De este modo, muy pegados a él, se restregaban al tiempo que iniciaban un balanceo que llevaba a Jacinto, como si fuese un pelele, hacia delante y hacia atrás cada vez con mayor impulso. Apretaban y frotaban las pelvis contra él y ya sí que Jacinto notó las erecciones de ambos. La del compinche le azotaba las nalgas y la del dueño se cruzaba con su propia polla. Jacinto, al borde del mareo, lo soportaba todo con un jadeo acompasado, que denotaba una atormentada aceptación.

Se fue frenando el balanceo y, mientras el dueño seguía sujetando firmemente a Jacinto, el compinche la tomó con su culo. Empezó dándole fuertes tortazos en las nalgas, que arrancaban respingos a Jacinto. Luego, ayudado con el aceite que había quedado impregnando la raja, hurgó hasta meterle un dedo entero en el ojete. Jacinto gimió desfallecidamente y el compinche se lanzó a un frenético frotado al que añadía más dedos. Jacinto hundía la cara en un hombro del dueño para soportar el dolor. Ya no le sorprendió, puesto que lo esperaba en realidad, que el compinche lo hiciera volcarse todavía más sobre el dueño, quien le servía de apoyo, y deslizara la polla tiesa por la raja. Se clavó bruscamente y Jacinto ahogó un sollozo. El bombeo del compinche empujaba a Jacinto contra el dueño y los crecientes resoplidos de aquél se sobreponían a sus desfallecidos quejidos. Jacinto se sentía arder por dentro y, cuando el compinche tensó el cuerpo para las últimas arremetidas, con las que ya bramaba, esa violación consentida, y aún deseada, lo invadió de un increíble morbo.

La erección de Jacinto se había mantenido inalterable y ahora era el compinche, una vez descargado, quien lo sujetaba manteniéndolo erguido y agarrándole las tetas con las manos como garras. El dueño por su parte unió su polla también endurecida a la de Jacinto para frotarlas juntas enérgicamente. La excitación parecía que iba a hacer estallar la cabeza de Jacinto y, cuando notó que la leche del dueño le empapaba el pelambre del pubis, también la suya se disparó entre los muslos del masturbador.

Dueño y compinche fueron soltando y apartándose de Jacinto que, agarrado a las cuerdas de las muñecas, dejó caer todo su cuerpo. Ante su desfallecimiento, el dueño lo instó. “¡Enderézate, que te vamos a soltar ya!”. Aún tuvieron que sujetar al tambaleante Jacinto, que buscó una silla para dejarse caer. Ninguno comentó nada de lo sucedido y Jacinto se mantenía con la mirada baja. Se sentía sucio y sudoroso, con el cuerpo dolorido. El dueño le preguntó con un tono de ironía: “¿Te quedan fuerzas para ir a ducharte?”. Jacinto se levantó con esfuerzo y, como un autómata, se dirigió con pasos vacilantes a donde antes lo había lavado el dueño. Bajo el chorro de agua se interrogó perplejo: “¿Cómo era posible que se hubiera entregado a semejante sometimiento?”. Sin embargo reconocía sentir una especie de morbosa plenitud que se sobreponía a su malestar físico. Por otra parte le desasosegaba tener que enfrentarse de nuevo a los que había contratado y a quienes tendría que pagar ya esta vez.

Cuando Jacinto volvió a donde estaban los otros, éstos hablaban con la tranquilidad de haber acabado un trabajo. Solo cuando Jacinto empezó a ponerse su desastrada ropa, el dueño le comentó burlón: “No te vayas a pasear mucho por ahí con esa pinta… ¡Quién diría que eres todo un comisario!”. Jacinto replicó: “Voy a mi casa  a dormir”. Arreglaron la transacción y, cuando Jacinto se iba a marchar ya, el dueño le dijo: “Supongo que te volveremos a ver por aquí…”. Jacinto se oyó a si mismo contestar, como si otro lo hiciera por él: “¡Seguro! Quiero probar más cosas”.