sábado, 11 de agosto de 2012

Bus nocturno

Emprendí un viaje de largo recorrido en autobús, que había de llegar a mi destino de madrugada. El vehículo era muy moderno y confortable, con buena climatización pese al calor exterior reinante. El trayecto empezó con bastantes pasajeros. Me correspondió una plaza en la segunda mitad y, como compañera de asiento, tuve a una señora, de buena presencia, pero que no era objeto de mi interés. Más bien éste se centró en un hombretón de la fila de delante, al otro lado del pasillo. Sentado junto a éste, una pierna le sobresalía por su corpulencia. Como llevaba pantalones cortos, podía ver cómo de éstos rebosaba un muslo recio y velludo. Parecía que iba acompañado de una mujer. Pero al menos me distraería la vista e imaginaría el resto.
 
A media tarde, en una de las principales paradas, en la que ya se quedó bastante gente, dieron un tiempo al resto  para poder estirar las piernas y tomar un refrigerio. No dejé de observar a mi compañero incidental. En la barra de la cafetería, departía con la acompañante y, desde luego, tenía una pinta de impresión. Los pantalones cortos, lejos de la moda de bermudas o pirata, realzaban bien las sólidas piernas y, al contornear su trasero, marcaban atractivamente sus formas. Una camisa remetida, pero escapada al descuido por un lado, cubría un torso generoso y dejaba ver unos brazos fuertes y velludos como las piernas. Una barba poco rasurada resaltaba su aspecto viril. Me dirigí a los lavabos y, cuando estaba lavándome las manos, entró él. Por la mirada que clavó en mí, me di cuenta de que me reconocía, como si de alguna manera también hubiera reparado en mi existencia. Incluso me pareció que podía expresar un “¡lástima, no haber llegado un poco antes!”. Desde luego, me entretuve para verlo reflejado de espaldas en el espejo mientras orinaba y casi tuve la certeza de que él se sentía mirado, por su algo exagerada manera de sacudírsela y ajustarse los pantalones. Como había entrada y salida de otros hombres, la cosa quedó ahí, sin embargo, aunque en el resto de la parada no dejé de pensar en las señales enviadas. O eso creía yo.
 
Para mi sorpresa, cuando hubo que volver al autobús, vi que la mujer lo besaba en plan de despedida y hacía parar a un taxi. Por lo que el hombre subió solo. Y a partir de aquí se fueron sucediendo los acontecimientos. La parte trasera había quedado vacía, salvo él y yo, que ocupé el mismo asiento. Pero él, entonces, se cambió de fila y se situó en la paralela a la mía. Al poco tiempo de iniciarse la marcha, empezó a acomodarse. Se colocó reclinado contra la ventanilla, subió el brazo que separaba los asientos y reposó, a su vez, una pierna medio estirada. Cerró los ojos simulando dormitar y, en tan relajada postura, se ofreció como blanco de mis miradas. Porque no podía tener otra explicación su maniobra de acercamiento.
 
Ya había anochecido y la difusa iluminación del vehículo, así como las ráfagas fugaces de luz exterior, creaba un ambiente de intimidad excitante. En su fingida duermevela, una de sus manos, sin embargo, no descansaba. Como al descuido, repasaba con un dedo el borde de los pantalones, resaltando más los muslos, o bien se ajustaba el paquete. Subía y desabrochaba algún botón de la camisa, para meterse luego y acariciar el pecho. Yo me estaba poniendo negro y empecé a tocarme a mi vez. Debió ser lo que esperaba, porque abrió los ojos y, con una mirada socarrona, encendió la lucecita para lectura. Proyectada a su entrepierna, el show avanzó. Provocándome ya explícitamente, se bajó la cremallera y hurgó hasta sacar la polla tiesa, de un tamaño generoso. Se la acariciaba con voluptuosidad y descubría el capullo. Para subrayar la lascivia de la escena, con la punta de la lengua se relamía los labios.
 
El deseo de saborear tan apetitosa oferta que había llegado a generar en mí se veía frenado por el temor de que, si me lanzaba sobre él, podría resultar demasiado aparatoso e, incluso, ser observado por el conductor. Pero el provocador halló una solución. Se recompuso la ropa y me hizo un gesto de espera. La hilera seguida de asientos del final quedaba aún más en penumbra por la escasez del pasaje y discretamente protegida por el promontorio que contenía la escalara de descenso replegada. Como si quisiera estirar las piernas, allí se dirigió. Aguardé un minuto, que se me hizo eterno, y con sigilo me fui  en su busca. Repantingado en una esquina había ido adelantando. Con la camisa bien abierta y los pantalones bajados, se mostraba obscenamente, pidiendo guerra su verga liberada. Ahora sí que tomé posesión de ella; la manoseé y chupé con deleite. Él me sujetaba la cabeza para controlar el ritmo. Luego tiró de mí y arrastré la cara por su velludo torso, hasta que mi boca se asió a un pezón endurecido. Maniobró entretanto para bajarme el pantalón y, haciendo que me levantara a su lado,  buscó mi polla para mamarla. Lo hacía con vehemencia para darle la dureza deseada, porque, en un rápido giro, me sentó en el lugar que él había ocupado. Se puso de espaldas y echó una mano hacia atrás para sujetar mi polla. Dirigiéndola, fue bajando el culo, hasta tenerla apuntada a su ojete. Impulsó todo su cuerpo hacia abajo y se la clavó. Suspiró de placer y empezó a moverse con vehemencia. Yo, casi atrapado, me limitaba a sobarlo y a agarrarle las tetas. La frotación que conseguía en su no parar iba incrementando mi excitación e hizo que me corriera de una forma explosiva. Saciados los dos por esta vía, él aún tenía que desfogarse. Se volvió hacia mí y se masturbó con energía, acercando la polla a mi cara. En el último momento me instó a abrir la boca, donde recibí la abundante lechada. Un susurrado pero sentido “¡¡joder!!” fue la primera expresión que le oí.

Quedamos entrelazados unos minutos en el rincón, hasta que por fin dijo: “La próxima parada es la mía”. Se puso bien la ropa y salió discretamente hacia su asiento original. Yo me quedé medio traspuesto donde estaba y, al cabo de un rato, pude ver cómo cogía sus bártulos y bajaba del autobús. No faltaba mucho para que amaneciera cuando llegamos al final del trayecto, que era también mi destino.

domingo, 5 de agosto de 2012

Una aventura y sus consecuencias

Entusiasmado con las oportunidades tan diversas que se me presentaban para dar suelta a mis apetencias sexuales, me volvía cada vez más atrevido. Hasta el punto de que, confiado en exceso, me entregué a experiencias que, si bien elevaban a unos niveles increíbles mi excitación, también daban lugar a que me embargaran unos sentimientos confusos de estar traspasando los límites de una elemental prudencia.

El caso es que, ya anochecido, iba por una calle del barrio antiguo de vuelta de un concierto. Ante un escaparate iluminado, cuyo contenido ni siquiera recuerdo, había un hombre que me llamó la atención. Maduro y fornido, pese a su aspecto tosco y descuidado, tenía un algo de atrayente. Irreflexivamente me detuve también y su mirada no tardó en repasarme. “¿Qué buscas?”, preguntó con voz campanuda. Y comprendí que no se refería a los objetos expuestos. Respondió a mi enmudecido sonrojo: “Yo lo sé”. “Si tú lo dices…”, me atreví a replicar. “Se te nota que vas buscando pollas”. Lenguaje tan explícito y en aquel lugar podía haber hecho que me largara asustado, pero me quedé petrificado, mientras él continuaba su particular seducción. “Yo la tengo gorda y con mucha leche”. Me sentía como contagiado de su procacidad y le seguí la corriente. “Eso habría que verlo…”. De pronto se puso serio. “¿Tú eres de los que cobran? Porque si es así no tengo cuartos…”. El que me pudieran tomar por un prostituto me excitó tremendamente. “También lo hago gratis si me gusta”. “Chapero rarillo eres tú… ¿y yo te gusto?”. “No estás mal. Y si tienes lo que dices…”. Fue resolutivo. “Mi casa está aquí al lado… ¡Vamos!”. Con las piernas casi temblándome y el corazón acelerado, lo seguí.
 
Llegamos a un edificio muy antiguo y subimos varios pisos por una escalera mal iluminada. Se oían voces y el sonido de televisores. Abrió una puerta y me hizo pasar. Más que un piso era una habitación única, grande y destartalada. Se quitó el chaleco que llevaba y lo colgó de una percha junto a la puerta. Yo me quité la cazadora y quedé indeciso. Se fue acercando a mí mientras se desabrochaba algunos botones de la camisa y se sobaba ostentosamente el paquete. Me pareció la encarnación de la lujuria. Ahora se le veía más grueso y rudo, rebosando por el escote un vello entreverado de canas. Me cogió por sorpresa y, agarrándome la cara, restregó sus labios con los míos y apretó para meterme la lengua. Hurgaba con vehemencia y me rascaba su barba mal afeitada. Remedando su brusquedad eché mano a la entrepierna. Me asombró el volumen y la dureza que encontré. Me detuvo de pronto, sin embargo, y se apartó un poco. “¡Huy, para! Que, como no esperaba visita, no estoy demasiado limpio que digamos y tú eres muy señorito… Mejor que me lavotee un poco”. La idea me resultó muy morbosa. “Te puedo ayudar…”. “No es precisamente un baño de película lo que tengo ahí…”, y me señaló una puerta. “Pero ya que estás… Vamos a desnudarnos y de paso vemos mejor la mercancía”. Me fui quitando la ropa con torpeza, ya que toda mi atención la tenía puesta en el cuerpo que se me iba desvelando. Al sacarse la camisa, un torso de una virilidad exuberante me subyugó. Sobre una barriga oronda y peluda, se volcaban unos pechos generosos. Entre el vello destacaban las dos rosetas oscuras y puntiagudas. Cuando se desabrochó el cinturón y cayeron los pantalones, quedé atónito ante lo que surgió. Una verga tiesa de un grosor y un largo como nunca podía haber imaginado. “¿Qué te dije? No habrás visto muchas como ésta. …Y unos buenos cojones de contrapeso”. Efectivamente, de entre los peludos muslos se abrían paso dos bolas que parecían castañear. También se había fijado en mí. “¡Estás muy bueno, tío! Cuando me hayas puesto bien cachondo, te voy a dar por el culo”. Me entraron sudores fríos al pensar en los destrozos que aquello de lo que presumía podía hacer.
 
El baño, pequeño y anticuado, se componía de un retrete, un lavabo y un sumidero con un caño de ducha en un rincón. Se empeñaba en mantenerme a distancia y la verdad era que no olía demasiado bien. No obstante, mientras esperaba que saliera caliente el agua, viendo su rotundo y peludo trasero, no pude resistirme a acariciarlo. “¡Quieto que voy a mear!”, me contuvo. Empezó a apuntar un potente chorro al sumidero. “Todo va a parar al mismo sitio”, se justificó. Yo cada vez estaba más excitado y me asombraba que él, pese a su persistente erección, se lo tomara con tanta calma. Se puso bajo el caño y se remojó completamente. “¿Me pasas el jabón?”, dijo señalándome una pastilla que había en el lavabo. Se restregó a fondo con ella por todo el cuerpo, hasta que al fin dijo socarrón: “¿No querías ayudar?”. No deseaba otra cosa y, primero, extendí la espuma por el pecho. Mis dedos se enredaban en el vello y tropezaban con los duros pezones. Su actitud de complacencia me enervaba y ni me daba cuenta del agua que me mojaba. Me atrajo hacia él y llevó la mano enjabonada a mi pene erecto. Al fin pude hacer otro tanto con el suyo y su tacto firme me subyugó. Mi mano resbalaba haciendo correr la piel y descubriendo el romo glande enrojecido. Con la otra mano sopesaba las bolas bien pegadas a la entrepierna, que se me escurrían entre los dedos. “El culo ya me lo lavo yo, que a saber lo que me ibas a meter”. Pero me dejó mirar la lascivia con que se enjabonaba la raja y repasarle luego los glúteos.
 
Soltó el jabón y, bajo el chorro, el agua fue llevándose la espuma de su cuerpo. No pude resistir más y caí arrodillado ante él. Así el contundente miembro que lucía perlado de gotas. Tiré hacia atrás la piel para destapar el capullo, que surgió enrojecido y brillante. Nada más lamerlo excretó un flujo transparente cuyo agrio sabor me irritó la garganta. Lo suavicé con mi saliva y estiré los labios para engullir tamaña pieza. Cuando la punta chocó con el fondo del paladar aún quedaba parte fuera. Succionaba y la sacaba para poder respirar, alternando con lamidas al escroto. Me enardeció que expresara: “¡Vaya mamonazo estás hecho! …Pero ven pa’cá que te voy a comer vivo”.
 
Cerró el grifo y me tomó casi en volandas hasta hacerme sentar sobre el lavabo. Me sobó y estrujó con sus ásperas manos hasta causarme rojeces en la piel. Luego se volcó sobre mí y me chupeteó como si me aplicara ventosas. Temí que se rompiera el envejecido espejo presionado por mi espalda. Me separó los muslos con brusquedad y hundió la cara en la entrepierna. Su boca no paraba de lamer y sorber. Parecía fuera de sí; lo cual me excitaba pero también me asustaba. Se puso a mamar con tal vehemencia que parecía que fuera a tragarse mi pene. Su incesante succión llegó a hacer efecto y me vacié con un intenso espasmo.
 
Todavía con la boca rebosante, me dobló como a un muñeco y pasó mis piernas sobre sus hombros. Tuve que hacer equilibrios en mi forzada posición sobre el lavabo. Escupió la untuosa mezcla de semen y saliva en una mano y me la estampó en el ano elevado. Me invadió el pánico ante lo que se avecinaba. Efectivamente, se agarró el endurecido miembro y lo dirigió al punto exacto. Dejó caer todo el peso de su cuerpo y sentí como si una barra de hierro al rojo vivo me traspasara. A tal sensación se añadía el temor a caerme del lavabo e, incluso, a que éste acabara rompiéndose. Veía la cara del hombre congestionada por el furor de sus embestidas. En situaciones anteriores había llegado a experimentar el placer de la penetración, pero ahora el tamaño de lo que rabiosamente se movía por mi interior parecía que me fuera a desgarrar. Las manos se le crispaban lacerando mis muslos y sus gruñidos iban en aumento. De repente noté un efecto de vacío y la verga erecta golpeó mis testículos. Varios espasmos expandieron la lefa por mi vientre y llegaron a salpicarme la cara.
 
Se irguió y, como olvidado de mí, se apartó dando tumbos y retrocediendo hasta la cama, en la que se derrumbó. Yo, con todo el cuerpo dolorido, me deslicé hacia el suelo y fui recuperando el equilibrio. Me llamó: “¡Ven aquí! ¡Aún me queda para una mamada!”. La procacidad de la gruesa verga volcada sobre los hinchados testículos y todavía excretando jugo me sedujo morbosamente. Me lancé sobre ella y la chupé con ansia, degustando su acre sabor. “Una buena follada ¿eh? Déjame dormir un rato y luego repetimos”. Pero, en cuanto oí sus primeros ronquidos, me vestí y sigilosamente me marché. Como experiencia ya había tenido bastante. 


miércoles, 25 de julio de 2012

El padre de un compañero


Me encontré con un antiguo compañero del colegio, al que hacía tiempo le había perdido la pista. Me contó que había pasado una época complicada a causa de la separación de sus padres, pero que ya tenía empezados unos estudios técnicos que le gustaban mucho. Al comentarle yo que me estaba tomando un período de reflexión para decidir lo que iba a hacer en el futuro, se interesó en invitarme a un fin de semana en su casa. Él ahora estaba pasando una temporada con su padre, que vivía en una urbanización de las afueras. Al padre lo recordaba vagamente de los tiempos en que los hombres maduros eran fruta prohibida para mí. Acepté la posibilidad que me ofrecía de cambiar de aires, aunque no dejó de sorprenderme sus frases finales: “Mi padre se va a llevar una alegría. Creo que te gustará…”.

Al llegar, me recibió mi amigo y enseguida dijo: “Mi padre no tardará mucho en venir”. Parecía tener mucho interés en que nos encontráramos. Mientras tanto, me mostró la casa, de tres plantas. En la segunda estaban los dormitorios, el del padre y el suyo. En la tercera, abuhardillada, el padre tenía un estudio y había también una habitación de invitados. “Esta es la tuya. Cuando hayas dejado tus cosas, baja”.

Cuando lo hice, ya había llegado el padre. Me saludó muy cordial y bromista. “Ya ves que nos vamos a apañar solo hombres”. Pero lo que me dejó sin habla fue el aspecto que tenía. Bastante entrado en los cincuenta y bien robusto, me resultó atractivo a más no poder. Dijo a continuación: “Con vuestro permiso, estoy deseando darme un chapuzón… Y dirigiéndose a mí: “Aunque la piscina es comunitaria, suele estar muy tranquila. Si alguien se apunta…”. Sin esperar respuesta, subió las escaleras y al poco apareció en bañador y con una toalla en la mano. Aún lo encontré más espectacular, con sus redondeces y sus recios miembros velludos. Lo seguí con la vista a través de la cristalera. Me sacó de la distracción mi amigo. “Si te apetece ¿por qué no vas también a bañarte? Así te familiarizas… Yo prepararé la comida”.
 
No me costó decidirme a subir a mi habitación, deshacer el equipaje y proveerme también de bañador y toalla. Pero cuando llegué a la piscina el padre ya estaba saliendo del agua. Me saludó. “Soy de chapuzones rápidos… Aprovecha, que está riquísima”. Entonces se ciñó la toalla a la cintura y, con habilidad, extrajo por debajo el bañador. “¡Qué molesta es la ropa mojada! ¡Lástima que la piscina no sea privada! Pero haré pronto una en mi jardín”. Todo ello me dio mucho morbo y me supo mal que él ya se marchara. Pero ya que había ido, tendría que darme un remojón, aunque fuera rápido.
 
Comimos en la terraza, los tres en pantalón corto. Yo no perdía ocasión de mirar las fornidas piernas del jefe de familia. Me decepcionó que advirtiera: “Hoy aún tengo cosas que hacer y volveré tarde, así que no me esperéis para cenar. Pero mañana, que hago fiesta, estaré con vosotros”. Así que el resto del día lo pasamos solos mi amigo y yo. Salimos a dar una vuelta y charlamos sobre nuestras vivencias. Aunque yo no expliqué detalles sobre mis últimas experiencias. Sin embargo, él se mostró tremendamente sincero. “¡Mira que me gustabas entonces! Pero ya me di cuenta de que tú en quien te fijabas era en ese profesor de literatura gordo”. Quedé estupefacto, pues no podía imaginar que hubiera podido detectar esas inclinaciones mías tan secretas. Ante mi rubor, me tranquilizó: “Estas cosas las captamos los que estamos en el ajo… Algún día te presentaré a mi novio”.  No faltaron alusiones al padre. “Siento que hoy no haya podido quedarse… Ya verás como te cae bien”. No dije que ya me había caído de maravilla. Pero no dejaba de intrigarme ese interés por fijar mi atención en su padre, máxime después de haberme hecho saber que conocía mis gustos. ¿Daría todo ello sentido a la invitación misma?
 
Por la noche, nos fuimos cada uno a  nuestros dormitorios. Entre extrañar la cama y las incógnitas de la situación, no podía conciliar el sueño. De modo que opté por leer un rato. Ya tarde oí unos tenues ruidos provenientes del estudio próximo. Supuse que se trataría del padre y ya mi cabeza empezó con elucubraciones tórridas. Al poco rato sonaron unos golpecitos en mi puerta. “¡¿Sí…?!”, fue lo único que me salió con voz temblona. Abrió lentamente lo justo para asomar la cabeza y una franja del cuerpo, aunque no la parte central, pero lo suficiente para ver que estaba desnudo. Sonriente dijo: “He visto luz… Te debe costar dormir la primera noche. Mañana nos vemos”. Cerró sin más y me dejó con el corazón acelerado.
 
Al día siguiente, encontré desayunando a padre e hijo, el primero ya en bañador. Enseguida me preguntó: “¿Te apetecerá acompañarme a la piscina?”. No esperó respuesta. “Cuando acabes de desayunar  te cambias, que te espero”. Fuimos pues los dos, porque el hijo prefirió quedarse, y esta vez había ya alguna gente. “Ocupemos estas dos tumbonas con un poco de sombra”. Dejamos en ellas las toallas y nos lanzamos al agua. Yo no dejaba de admirar lo atractivo que me resultaba en sus desenfadados movimientos. Después de los iniciales chapuzones, se me acercó y empezamos una charla en remojo. Entre preguntas sobre mi familia y sobre cómo me iba, habló de su hijo. “¿Ya te ha dicho que tiene novio?”. Asentí algo cortado, pero él siguió: “Así es la vida… Él con pareja y yo divorciado”. Para colmo de mi turbación, al estar tan cerca, en esas fluctuaciones de brazos y piernas que se tienen dentro del agua, nos íbamos rozando de vez en cuando. Al fin salimos de la piscina y nos tendimos en las tumbonas. Yo quedé boca arriba, pero él pronto se giró hacia mí de costado y apoyó la cabeza en una mano. “¿Te ha contado también mi hijo la causa de mi divorcio?”. Ante mi respuesta negativa, añadió: “Bueno, mejor así. Ya la sabrás cuando me tomes más confianza”. Lo cierto es que, entre padre e hijo, me tenían cada vez más intrigado. El colmo de la sesión de mañana fue que, al cabo de un rato, se levantó. “Empieza a apretar el calor, así que me retiro… Si quieres, quédate un poco más”. Entonces repitió el gesto del día anterior de rodearse la cintura con la toalla y sacarse el bañador mojado. Pero ahora, al estar yo tumbado en bajo y permanecer él frente a mí, por la abertura que se hizo en la toalla, pude verle el sexo nítidamente. Y estuve seguro de que era consciente de ello por el guiño que me dirigió en cuanto levanté la mirada. Me quedé pues solo, elucubrando con lo que se me iba apareciendo como una estrategia de seducción y anhelando que ésta llegara pronto a plenos resultados.
 
Después de comer, el hijo se excusó: “Voy a la ciudad para ver a mi amigo. Está preparando unas oposiciones y solo tiene un rato libre… Espero que os apañéis bien sin mí”. Una vez más su táctica de quitarse de en medio. Fue el padre quien contestó: “No creo que te echemos en falta… Al menos yo”. Luego se dirigió a mí: “Si me dejas que haga una breve siesta, después quedaré a tu disposición”. Eso querré yo, me dije, imaginando lo que podía ser esa disposición. Completó la explicación: “La hago en la hamaca del estudio, que es más fresco. Pero no me importa tener compañía… si no prefieres hacer otra cosa”. Se fue para arriba y yo me quedé con el hijo para ayudarlo a recoger. Éste al fin se despidió con un enigmático: “¡Suerte!”, que me dejó más confuso, si cabe. Subí sigiloso la escalera y empecé a oír unos suaves resoplidos. Estaba allí, tumbado boca arriba y solo cubierto por un sutil chal blanco sobre el vientre. Yo estaba que explotaba de excitación y me senté en una butaca desde donde podía contemplarlo. Creyéndome a resguardo por su sueño, empecé a tocarme y a meter la mano por la pernera del pantalón. Cuál no sería mi sorpresa cuando observé que algo movía el chal, no pudiendo ser más que una erección.
 
De pronto abrió los ojos y me miró sonriente. “¡Ven aquí!”, me dijo con voz insinuante. Me puse a su lado y alargó una mano para tocarme donde yo acababa de tocar. “¡Vaya, vaya, lo que hay aquí! ¡Anda, quítate eso!”, y tiró del pantalón para ayudar a sacármelo. Entonces, como la altura coincidía, se giró de lado y tomó mi pene con la boca. Su succión me resultó deliciosa y aproveché para deslizar el chal. El grueso miembro erecto fue un imán para mí y me incliné para chuparlo a mi vez. Él se asía a mis muslos para que no me soltara y yo, con el cuerpo volcado, intensificaba la mamada. Eran tal mi excitación y tan sabias sus chupadas que, casi sin darme cuenta, me vacié en su boca. Me sentí avergonzado por no haber avisado siquiera. Pero él, una vez hubo tragado y relamido, me tranquilizó. “¡Cuánto me ha gustado! ¿Podrás acabar conmigo?”. No deseaba otra cosa. Así que tomé una posición menos forzada y me afané en darle tanto placer como el que acababa de darme él. Tuvo más aguante, pero resoplaba y me alentaba. “¡Así, cariño! ¡Qué bien, qué bien!”. Al fin casi rugió y, con sacudidas de todo el cuerpo, me fue llenando la boca. Me sacó de mi embeleso. “¿No era esto lo que querías?”. “Pero cuando viene no sabía que iba a pasar”, repliqué. Y soltó una carcajada.
 
“¡Vaya siesta que me has dado!”, bromeó. “Ponte aquí y durmamos un poquito, ¿te parece bien?”. Me hizo sitio en la ancha hamaca y quedamos muy juntos. Abrazado a él, percibía la cadencia de su respiración llevándolo al sueño y, poco a poco, acabé dormido yo también. Debimos pasar así bastante tiempo porque nos despertaron ruidos en la planta baja y, enseguida, la voz del hijo por el hueco de la escalera. “¡Ya estoy aquí! ¿Todo bien?”. Nos levantamos y vestimos. Yo nervioso, pero el padre muy tranquilo. Al bajar, nos recibió el hijo muy sonriente. “Os voy a hacer una cena de chuparse los dedos ¿Por qué no os despejáis un poco en la piscina?”. La idea no nos pareció nada mal, y a mí me sirvió para calmar un vago sentimiento de culpabilidad ante el hijo. La piscina estaba desierta a esa hora, por lo que mi acompañante, en un gesto provocador, se quitó el bañador dentro del agua y salió así a buscar su toalla.
 
La cena, desde luego, resultó exquisita y dimos cuenta de ella con gran camaradería y buen humor. Todo como si nada hubiera pasado, aunque ya no me cabía duda de que el hijo estaba al corriente. Yo no dejaba de pensar de que aún quedaba una noche  ¿Me aguardaría una nueva sorpresa? Acabamos algo tarde y llegó el momento en que, en apariencia, cada mochuelo había de ir a su olivo. Pero entré en mi habitación con la esperanza de que algo ocurriera. Me tendí desnudo en la cama y, pensando en lo ocurrido y en lo que todavía deseaba que ocurriera, tuve una nueva y potente erección. No quedé defraudado. La puerta se abrió poco a poco y asomó la cara del padre. Sonreía pícaramente. “¡Vaya forma de recibirme! ¿Eso es que me esperabas?”. Fue entrando todo el cuerpo, completamente desnudo. Ahí de pie ante mí pude contemplarlo en toda su madura virilidad y la cabeza me daba vueltas. Se acercó a la cama y se puso a acariciarme. Yo me fui incorporando, asido a su cuerpo. “Haz conmigo todo lo que quieras. Bésame, chúpame, cómeme y, sobre todo, poséeme”, iba diciendo con voz ansiosa. Esta exaltada entrega en un hombre como él me encendió. Me lancé sobre él y, con manos y boca, recorrí todo su cuerpo. Él se dejaba hacer dócilmente y solo emitía leves quejidos si estrujaba o mordía con más fuerza. Cuando me creyó suficientemente desfogado, exclamó: “¡Me has puesto al rojo vivo! ¡Ahora necesito tenerte dentro!”. Él mismo se echó en la cama boca abajo y sus glúteos suavemente velludos fueron para mí toda una incitación. Los sobé y luego cubrí de besos y lamidas. Adentré la lengua por la raja y él gemía. “¡Pon mucha saliva!”, pidió. “¡Entra ya, por favor!”, exclamó después con voz cargada de deseo. Inicié la penetración y me iba diciendo: “¡Poco a poco! ¡Poco a poco!”. Al estar ya dentro del todo, añadió: “¡Oh, cómo te siento, cariño! ¡Dame placer!”. Me moví con pasión y sus murmullos me enardecían. “¡Me gusta ser tuyo! ¡Dale, dale!”. Esta vez sí que avisé: “¡Estoy a punto!”. “¡Sí, sí, lo quiero todo!”, replicó. En una última arremetida, mi semen se expandió por su interior. Caí sobre su espalda y le oí decir: “¡Te has portado, cariño!”.
 
Me fui apartando y se giró boca arriba. Sonreía satisfecho y empezó a tocarse el pene en descanso. No resistí la tentación de lanzarme a chuparlo y pronto sentí que se endurecía en mi boca. Sin embargo me pidió: “Ponte de pie en la cama. Quiero masturbarme viéndote desde aquí”. Me erguí pues con un pie a cada lado de sus piernas.  Él se frotaba el pene dirigiéndome una mirada cargada de lujuria. Al fin el semen  se desbordó y dio un gran suspiro. Ahora sí que me dejó lamerlo mientras me acariciaba la cabeza. “¡Ha sido todo maravilloso!”, concluyó. Me habría gustado que se quedara a dormir conmigo, pero dijo: “Mañana he de empezar a trabajar temprano y debo descansar. Es mejor que vuelva a mi habitación”. Me besó tiernamente y se marchó.
 
Al día siguiente, que también era el de mi partida, encontré solo al hijo. Añoré no ver de nuevo al padre. Mi compañero parecía contento y me decidí a preguntarle directamente: “¿Cuál ha sido tu papel en este fin de semana?”. Me respondió sin ambages: “Cuando te encontré por casualidad, me acordé de tus gustos y pensé que encajarías bien con mi padre… Pero lo que haya pasado entre vosotros os lo habéis cocinado solitos. Me he limitado a no estorbar”. “Por cierto”, recordé. “Tu padre me preguntó si me habías hablado de la causa de su divorcio”. “Pues fue precisamente que mi madre lo encontró en la cama con un amigo mío”.