Emprendí un viaje de
largo recorrido en autobús, que había de llegar a mi destino de madrugada. El
vehículo era muy moderno y confortable, con buena climatización pese al calor
exterior reinante. El trayecto empezó con bastantes pasajeros. Me correspondió una
plaza en la segunda mitad y, como compañera de asiento, tuve a una señora, de
buena presencia, pero que no era objeto de mi interés. Más bien éste se centró
en un hombretón de la fila de delante, al otro lado del pasillo. Sentado junto
a éste, una pierna le sobresalía por su corpulencia. Como llevaba pantalones
cortos, podía ver cómo de éstos rebosaba un muslo recio y velludo. Parecía que
iba acompañado de una mujer. Pero al menos me distraería la vista e imaginaría el
resto.
Me he aficionado a escribir unos relatos que plasman fantasías sexuales en el ámbito de hombres maduros y robustos. Solo pretendo irlos sacando de mi PC y ofrecerlos a quienes les puedan interesar y disfruten con ellos, como yo lo he hecho escribiéndolos...Los ilustro con alguna imagen de referencia, de las muchas que me han ido atrayendo a lo largo del tiempo.
sábado, 11 de agosto de 2012
Bus nocturno
domingo, 5 de agosto de 2012
Una aventura y sus consecuencias
Entusiasmado con las
oportunidades tan diversas que se me presentaban para dar suelta a mis apetencias
sexuales, me volvía cada vez más atrevido. Hasta el punto de que, confiado en
exceso, me entregué a experiencias que, si bien elevaban a unos niveles
increíbles mi excitación, también daban lugar a que me embargaran unos
sentimientos confusos de estar traspasando los límites de una elemental
prudencia.
El caso es que, ya
anochecido, iba por una calle del barrio antiguo de vuelta de un concierto.
Ante un escaparate iluminado, cuyo contenido ni siquiera recuerdo, había un
hombre que me llamó la atención. Maduro y fornido, pese a su aspecto tosco y
descuidado, tenía un algo de atrayente. Irreflexivamente me detuve también y su
mirada no tardó en repasarme. “¿Qué buscas?”, preguntó con voz campanuda. Y
comprendí que no se refería a los objetos expuestos. Respondió a mi enmudecido
sonrojo: “Yo lo sé”. “Si tú lo dices…”, me atreví a replicar. “Se te nota que
vas buscando pollas”. Lenguaje tan explícito y en aquel lugar podía haber hecho
que me largara asustado, pero me quedé petrificado, mientras él continuaba su
particular seducción. “Yo la tengo gorda y con mucha leche”. Me sentía como
contagiado de su procacidad y le seguí la corriente. “Eso habría que verlo…”.
De pronto se puso serio. “¿Tú eres de los que cobran? Porque si es así no tengo
cuartos…”. El que me pudieran tomar por un prostituto me excitó tremendamente. “También
lo hago gratis si me gusta”. “Chapero rarillo eres tú… ¿y yo te gusto?”. “No
estás mal. Y si tienes lo que dices…”. Fue resolutivo. “Mi casa está aquí al
lado… ¡Vamos!”. Con las piernas casi temblándome y el corazón acelerado, lo
seguí.
miércoles, 25 de julio de 2012
El padre de un compañero
Me encontré con un antiguo compañero del colegio, al que hacía tiempo le había perdido la pista. Me contó que había pasado una época complicada a causa de la separación de sus padres, pero que ya tenía empezados unos estudios técnicos que le gustaban mucho. Al comentarle yo que me estaba tomando un período de reflexión para decidir lo que iba a hacer en el futuro, se interesó en invitarme a un fin de semana en su casa. Él ahora estaba pasando una temporada con su padre, que vivía en una urbanización de las afueras. Al padre lo recordaba vagamente de los tiempos en que los hombres maduros eran fruta prohibida para mí. Acepté la posibilidad que me ofrecía de cambiar de aires, aunque no dejó de sorprenderme sus frases finales: “Mi padre se va a llevar una alegría. Creo que te gustará…”.
Al llegar, me recibió
mi amigo y enseguida dijo: “Mi padre no tardará mucho en venir”. Parecía tener
mucho interés en que nos encontráramos. Mientras tanto, me mostró la casa, de
tres plantas. En la segunda estaban los dormitorios, el del padre y el suyo. En
la tercera, abuhardillada, el padre tenía un estudio y había también una
habitación de invitados. “Esta es la tuya. Cuando hayas dejado tus cosas, baja”.
Cuando lo hice, ya
había llegado el padre. Me saludó muy cordial y bromista. “Ya ves que nos vamos
a apañar solo hombres”. Pero lo que me dejó sin habla fue el aspecto que tenía.
Bastante entrado en los cincuenta y bien robusto, me resultó atractivo a más no
poder. Dijo a continuación: “Con vuestro permiso, estoy deseando darme un
chapuzón… Y dirigiéndose a mí: “Aunque la piscina es comunitaria, suele estar
muy tranquila. Si alguien se apunta…”. Sin esperar respuesta, subió las
escaleras y al poco apareció en bañador y con una toalla en la mano. Aún lo
encontré más espectacular, con sus redondeces y sus recios miembros velludos.
Lo seguí con la vista a través de la cristalera. Me sacó de la distracción mi
amigo. “Si te apetece ¿por qué no vas también a bañarte? Así te familiarizas… Yo
prepararé la comida”.
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