miércoles, 21 de octubre de 2020

El chatarrero

Era yo bastante joven todavía y poco ducho en acceder al tipo de hombres que cada vez me atraían más: maduros y entrados en carnes, a ser posible cargados de experiencia y dotes de seducción. Una tía mía, que tenía un anticuario, me pidió que le buscara unos herrajes para un mueble que quería restaurar. Me dio la dirección de un chatarrero, que estaba en un barrio de las afueras. Pregunté en un bar, donde me señalaron una casa bastante deteriorada. La puerta estaba abierta y accedí a una pequeña entrada. No avancé más y pregunté: “¿Hay alguien?”. Enseguida me contestó una recia voz: “¡Sí, aquí!”. Pasé por una cortina de flecos metálicos y me encontré, en una especie de patinillo, con un hombre de algo más de sesenta de años, tirando a grueso y de rostro afable, que retrepado cómodamente en una butaca de jardín fumaba un pitillo. Pero lo que destacaba sobre todo era que, de su bragueta abierta, le salía una contundente polla volcada hacia un lado. No se inmutó y me dijo: “Tú debes buscar a mi hijo, pero hoy está de ruta con el camión… Yo aquí vigilando el material”. Asombrado, no se me ocurrió más que decir: “Ya veo, ya”. Sin alterarse esbozó una sonrisa y dio una explicación surrealista: “Me gusta que se ventile y, como he oído la voz de un hombre, no me he molestado en guardármela”. Me pareció tan provocador que ironicé: “También habrá hombres que se impresionen por una cosa así”. Replicó con descaro y sin personalizar: “Pues si les gusta, eso tienen ganado… Y si les entran ganas de hacerme una paja o una mamada, aquí la tienen. Que uno no va sobrado de esas cosas”. No sé lo que me dio porque me oí decir: “Ya que estoy aquí…”. No dudó en invitarme: “¡Toca, toca, si quieres! Verás lo dura que se me pone”.

Ante tanto descaro me corté y, para alargar la cosa, se me ocurrió preguntar: “¿Los huevos los tiene tan gordos?”. Él sí que no se cortaba. “¡Ya lo creo! A veces me los saco también, pero si quien viene es una mujer o un chiquillo que no quiero que me vea, tardo más en guardármelo todo”. Como quedé dubitativo, me incitó: “¡Venga, hombre! Si tienes la curiosidad…”. Como la cintura del pantalón la llevaba suelta, tapada por la camisa, solo tuvo que levantar un poco el culo y tirar de él, en ausencia de calzoncillos, hasta las rodillas. Por supuesto, entre los velludos muslos y alzando la polla, tenía una gruesa bolsa peluda en la que se marcaban las dos bolas. “Tampoco están mal ¿no?”, dijo con cierto orgullo. Me di cuenta de que, en todo el tiempo, él no se había tocado ni una sola vez, como si sus genitales tuvieran vida propia. Mi reflexión quedó cortada cuando oí: “¿Tocas o qué?”. Aunque estaba excitado a tope, su desvergüenza me frenaba. Por eso dije: “Es que eso de ir por trozos…”. Como parecía tener tantas ganas como yo, soltó impaciente: “¡Joder! Aún me voy a tener que despelotar”. Y añadió: “¡Anda! Ve a echar el pestillo a la puerta de entrada”.

Estaba tan nervioso que, con torpeza, me enredé en los flecos de la cortina y me hice un lio con el pestillo. Así que, cuando volví, le dio tiempo para que lo encontrara sentado como antes, pero con el pantalón por los tobillos y el resto del cuerpo desnudo. Con los brazos cruzados sobre el pecho y sonrisa irónica, me preguntó: “¿Te gusta más así?”. ¡Vaya si me gustaba! Aunque ya le conocía los bajos, su conjunto de hombre maduro y recio emanaba lujuria. Para alargar el recreo de la vista, todavía le pinché tuteándolo también ya: “¿Das tantas facilidades a todos los que entran por esa puerta?”. Él se rio. “No todos son tan puñeteros como tú… La mayoría se conforman, como te dije, con una paja o una mamada, y se van tan contentos. Pero no creas, que también hay tíos que se la dan de machos y hacen ver que se las trae floja verme la polla”. Como se sentía a gusto viéndose admirado y deseado, y tampoco parecía tener prisa, se dejaba tirar de la lengua. Y no me privé de aprovecharlo, por el morbo que me daba su desenfado. “Pero con ésos te la enfundarás ¿no?”. “¡Qué va!”, contestó rápido, “Si ya me conocen en el barrio… A veces viene alguno, me ve así, y se sienta para echarnos un cigarrito”. “Y tú con la polla al aire…”. “¡Pues claro! Uno hasta me dijo: ‘Con ese buen cipote, te voy a traer a mi mujer a ver si se le pasa la mala leche’. Pero le contesté: ‘¡Quita, quita! Que con la mía, que en paz descanse, ya tuve bastante’”.

En su cháchara, había descruzado los brazos y aunque gesticulaba con parsimonia, sus manos nunca bajaban hacia su entrepierna, que seguía inalterada. Me había quedado de pie frente a él con el codo apoyado en un estante y me encantaba ver cómo sus tetas velludas se agitaban impulsadas por la respiración que le hinchaba la barriga. Cuando movía las piernas, la gorda polla, que reposaba sobre los huevos peludos, se iba desplazando sobre uno u otro muslo. Me miraba con una sonrisa socarrona y me daba cuenta de que esperaba que por fin me decidiera a meterle mano de alguna forma. Sin embargo, pese al ofrecimiento tan evidente, yo seguía como un pánfilo sin atreverme a hacer más que mirar. Lo cual dio ya lugar a que, dejando de lado sus confidencias, me soltara: “Por lo visto lo tuyo va de mirón ¿no?”. Respondí evasivo: “Me divierten las cosas que cuentas… y la vista no está nada mal”. Él se rio de nuevo. “Mira todo lo que quieras… Pero me vas a permitir que haga una cosa que me pide la próstata”. Se echó hacia delante y pataleó para sacarse el pantalón por los pies. Librado de él, se levantó para dirigirse a un cuartito que había detrás. Era un pequeño lavabo y, con la puerta abierta se puso a orinar dándome la espalda y ofreciéndome la perspectiva de su orondo culo también velludo. Se la sacudió ostentosamente y se puso de lado para pasar la polla por el borde de una pileta, abrir el grifo y enjuagársela. Se secó y volvió hacia mí. “Limpia otra vez… por si te animas”, bromeó.

Tanta provocación logró sacudirme el encogimiento y ya no dejé que se sentara. Me encaré a él y lo sujeté tomándolo de los hombros. Me dijo con tono más serio: “Hazme todo lo que quieras, pero yo no te voy a corresponder… No es lo mío”. Lanzado como estaba, no contesté y le llevé las manos a las tetas. Las estrujé y me decidí a chupárselas. Él se dejaba hacer con los brazos caídos. Miré hacia abajo y su polla seguía tal cual. Entonces se la agarré y, ahora sí, noté cómo se iba hinchando en mi mano. “¡Ya era hora!”, soltó de nuevo risueño. “Esto es lo que te gusta ¿eh?”, dije arrebatado por aquella dureza dentro de mi mano. “Ya te lo dije… Y de ahí, lo que quieras”, contestó. Si la polla en reposo ya impresionaba, como estaba ahora daba vértigo, desbordando el grueso capullo cárdeno y brillante. Gozaba frotándola, pero deseaba mucho más. Él lo captó y pidió: “¿Me dejas que me siente? Y ya sigues". Volvió a sentarse en la butaca con las piernas abiertas y separadas, ostentando incitador todo su vigor.

Me arrodillé ante él dispuesto a tomar posesión de aquel pedazo de polla, la más gorda y dura que en mi vida había tenido en las manos. Pero ahora, además, la veía jugosa, con un liquidillo traslúcido que vertía su capullo a medida que la manoseaba. Me debatía entre el deseo intenso y el pavor de meterme aquello en la boca cuando un aporreo en la puerta de la calle me paralizó. A continuación se oyó un vozarrón: “¡Pepe! ¿Qué haces cerrado? Si sé que estás ahí”. El chatarrero no se alteró demasiado: “¡Joder! Es el droguero, que tendrá un calentón…”. Ante mi perplejidad, explicó: “Este viene a darme por el culo… Pero tú tranquilo, que va rápido y luego sigo contigo”. Con la voz temblona pregunté: “¿Qué hago? ¿Me escondo?”. “¡No, hombre!”, rio, “Si es muy campechano y no le importará que estés. Viene a lo que viene y todo lo demás se la sopla”. Pregunté de nuevo incrédulo: “¿Va a hacer eso ahora?”. “¡Claro!”, volvió a reír, “Ya verás la tranca que me mete”. Y para remacharlo añadió jocoso: “Así aprendes… Igual querrás follarme si vienes otra vez”. Como el droguero insistía golpeando la puerta, El chatarrero me dijo: “Anda, ve a abrirle, que va a oírlo todo el barrio… Yo no estoy presentable”.

Sofocado de vergüenza, quité el pestillo a la puerta y casi me golpea con el empujón que le dio el droguero. Me encontré frente a un tiarrón con una bata de trabajo abierta, la camisa medio desabrochada, que mostraba el pelambre del pecho, y con el cinturón de los pantalones que se habría ya soltado para ganar tiempo. Se sorprendió al verme: “¿Qué haces tú aquí?”. “Había venido por un encargo”, contesté con un hilo de voz. “Ya imagino el encargo”, replicó mientras avanzaba decidido hacia el patio. Allí estaba el chatarrero tal como yo lo había dejado, despatarrado y con la polla todavía tiesa. “¡Coño! Ya te estaba trabajando el chico ¿eh?”, le soltó el droguero. “También tengo tiempo para ti”, contestó el chatarrero. “Mejor, porque tengo prisa”, dijo el droguero, “He dejado la tienda con el aprendiz y no me fío”. Mientras hablaba se iba bajando los pantalones y sacando a relucir una polla que no desmerecía frente a la del chatarrero. Lo que menos me podía esperar era que se me encarara para ofrecerme: “Como a este no le gusta tocar, ya que estás, me la puedes poner contenta y así ganamos tiempo”. Con la bata abierta y los pantalones por debajo de las rodillas, se sujetaba a dos manos el borde de la camisa y mostraba la barriga peluda.

Una vez que me había soltado con el chatarrero, pasé de lo surrealista de la situación y no dudé ya en echar mano a aquella soberbia polla que pendulaba insinuante. La notaba caliente y húmeda, e iba endureciéndose con mis frotes. Pero el droguero fue a más: “¡Venga, chúpamela! Que se te está dando muy bien”. Era lo que estaba a punto de hacerle al chatarrero cuando nos interrumpió el droguero y me dije que más valía pájaro en mano… Así que me arrodillé y me metí la polla, dura ya, en la boca ¡Cómo me gustaba ceñirla con mis labios y repasarla con la lengua! Al verme tan afanado, el chatarrero rio: “Eso no me lo había hecho todavía…”. El droguero le replicó: “Ya tendrá tiempo cuando os deje tranquilos… Aprovéchalo porque el chico se esmera”. Luego añadió: “¡Y tú ve poniendo ese culo vicioso que yo lo vea! Enseguida voy a por él”. El chatarrero se levantó con pachorra de la butaca y se acodó en la mesa de al lado. “¡Anda, vamos! Que el chico me había puesto ya cachondo y tengo el culo a punto de caramelo”, le instó. Por mi parte, lanzado como iba, habría estado dispuesto a llegar hasta el final de la mamada. Pero el droguero me apartó ya: “¡Chico, que ya has hecho bastante! Deja algo para el culo de Pepe”. Me quedé sentado sobre los talones, relamiéndome los labios, en espera de presenciar lo que iba a pasar.

Ahora me fijé en el culo del chatarrero que, en la forma en que lo estaba ofreciendo, resultaba lascivamente apetitoso. “Así que no solo se deja hacer pajas y mamadas, sino también que se lo follen”, pensé goloso. Pero pronto se interpuso el droguero, que se había quitado la bata para que no le estorbara. Por debajo del borde de la camisa, lucía también un culo gordo y peludo. Con la polla bien tiesa, se arrimó al chatarrero y le dijo: “Veras lo dura que me la ha dejado tu amiguito”. “¡Venga, métela ya!”, lo urgió el chatarreo, “Y no seas demasiado bestia”. No pareció hacerle demasiado caso el otro, porque se le echó encima y debió clavársela de golpe. “¡Hala, so animal!”, se quejó el chatarrero, “Si no fuera por el gusto que me acabas dando…”. Ya fue todo un ir y venir del culo del droguero, cuyas nalgas se contraían para hacer más fuerza. Nunca podía haber imaginado que vería a dos pedazos de hombre como aquellos entregados a una follada salvaje. El chatarrero, por lo demás, no ocultaba su disfrute y jaleaba al otro: “¡Así, dame hasta el fondo!”, “¡Eso es una polla!”, “¡Más, más!” … El droguero, a su vez, coreaba sofocado: “¡Qué bien tragas, cabrón!”, “Te va a salir la leche por los ojos”, “No tenía ganas yo de esto” … Tuve que hacer esfuerzos para no correrme de manera espontánea. Aún no sabía lo que me aguardaba en aquella visita.

Me traspasó los tímpanos un aullido mientras el corpachón del droguero se erguía todo tenso y bien pegado al culo del chatarrero. Siguió con un jadeo que parecía que se le estuviera escapando el alma. Sacó por fin la polla y pude ver que aún goteaba. “¡La hostia, vaya polvo!”, exclamó. “Como todos los tuyos”, replicó el chatarrero socarrón, que se desentumecía de la tensión que había tenido que mantener por las embestidas del droguero. Este rio mientras se subía ya los pantalones: “¡Anda que no te gustan ni nada!”. “No te digo que no”, dijo el chatarrero con cinismo, “Ya sabes que dejo que me hagan lo que sea… Pero paso de trabajar yo”. El droguero se percató de nuevo de mi presencia, allí encogido en plan mirón. Risueño me preguntó: “¿Qué? ¿Has visto lo que se puede hacer con este cabronazo?”. “¡Uf! Ha sido la leche”, contesté poniéndome a su nivel. “¡Pues hala! A seguir con lo vuestro, que yo me las piro ya”, dijo y, poniéndose la bata de cualquier manera, se dirigió hacia la puerta.

Reinó la calma por unos segundos cuando despareció el droguero. Pero el chatarrero ya se estaba derrengando en su butaca mientras rezongaba: “Cuando menos te lo esperas le ponen a uno el culo como una brasa”. “Pues parecía que te gustaba”, me atreví a comentar, todavía sentado en el suelo. “¡Claro que sí!”, admitió, “Una polla como esa bien metida es para disfrutarla”. Con la calentura que había acumulado, temí que ya habrían pasado mis oportunidades con él. Pareció que me leía el pensamiento porque, para mi sorpresa, me dijo: “¿Por qué no vuelves a echar el pestillo a la puerta? Que no nos interrumpan otra vez… Supongo que querrás seguir con lo que empezaste conmigo”. Me puse de pie como movido por un resorte, aunque, pese a la excitación que me produjeron sus palabras, mostré cierta incredulidad: “¿Todavía te quedan ganas?”. “¡Y tanto que sí!”, contestó rotundo, “Cuando me han llenado de leche por detrás, me va muy bien que luego me la saquen por delante”. Casi corrí a cerrar la puerta y, cuando volví, el chatarrero sonreía picarón, despatarrado y presentando obscenamente sus atributos.

Esta vez ya sabía lo que tenía que hacer. Había tenido un inesperado entrenamiento con el droguero. Pero no quise precipitarme para disfrutar como merecía aquel pedazo de polla se me volvía a ofrecer. Caí de rodillas entre las piernas que el chatarrero abría con lascivia y me puse a sobarla para que recobrara todo su vigor. No tardó mucho en ponerse dura como una piedra y la lubriqué con el juguillo que salía del capullo. Con gran placer me la metí ya en la boca hasta que topó con el fondo del paladar. Enfebrecido, mamaba y chupaba jugueteando con la lengua y, cuando la soltaba para respirar, lamía los huevos entre el pelambre. La inexperiencia en saborear una verga de esas proporciones la suplía con el entusiasmo de un neófito. Me llenó de orgullo que el chatarrero exclamara: “¡Joder, cómo me estás poniendo! Si sigues así me vas a sacar más leche que la que me ha metido el semental del droguero”. No podía desear más que hacerlo correr y desterré cualquier prevención en ingerir ese caudal que se derramaría en mi boca. Puse aún más ahínco en mis chupadas y un gruñido del chatarrero me impulsó a ceñir los labios con más fuerza a la polla tensada al máximo. El gruñido se prolongó en una sucesión de resoplidos mientras que todo el cuerpo del chatarrero se estremecía. Borbotones espesos y agrios fueron llenando mi boca y me veía forzado a ir tragando para darles cabida. Solo relajé la succión cuando lo oí quejumbroso: “Si ya no hay más… ¡Deja, deja!”. Aún relamí el capullo y, al apartar la cara, contemplé el lento desinflado de la polla hasta entonces tan guerrera. Me seguía bombeando el corazón y noté húmedos los calzoncillos.

Hube de apoyarme en las rodillas del chatarrero para ponerme de pie. “¿Te has quedado a gusto?”, le pregunté lleno de morbosa satisfacción. “¡No te digo!”, contestó seguido de un resoplido, “Entre el otro poniéndome el culo a caldo y tú sacándome hasta los hígados me habéis arreglado el día”. Aún le goteaba la polla, que yacía inerte, que no encogida, entre sus muslos. Luego se levantó con calma y echó mano de los pantalones. Fue levantado las piernas con cierto desequilibrio y, una vez subidos, volvió a sentarse. No se molestó en cerrarse la bragueta y dejó la polla fuera. “¡Así! Que siga ventilándose”, comentó. Entonces se me ocurrió preguntarle: “¿Cuándo podré hablar con tu hijo por lo de los herrajes?”. “Tú déjate caer por aquí dentro de unos días… Si mi hijo tampoco está, siempre me puedes encontrar a mí”, contestó con naturalidad. Capté la invitación y repliqué con segundas: “Así tampoco sería un viaje en balde”. Sin embargo, añadió más serio: “Pero ¡ojo! Que mi hijo no sabe lo que hago aquí cuando él no está… Algo se olerá, que en el barrio se sabe todo. Aunque pensará que son cosas de un viejo chocho”. No me contuve de comentar riendo: “Poco tienes tú de eso”. Al fin lo dejé tal como lo había encontrado, con su polla al aire y toda su lúbrica pachorra.

Absorto por la vorágine en que me había visto envuelto desde que puse los pies en el patinillo del chatarrero, solo cuando me senté en el coche pude hacerme una idea cabal de todo lo que, en menos de dos horas, había superado mis más tórridas fantasías. Un hombre maduro como tanto lo había deseado me provoca con la desvergonzada exhibición de su magnífica polla y me incita a que le meta mano cuanto quiera. Para colmo aparece un tío no menos impresionante que también me ofrece ponerle dura la polla con manos y boca, para hacerme presenciar a continuación la follada más salvaje que hubiera podido imaginar. Para acabar con una mamada épica, cuyo sabor aún me duraba. Tuve que detenerme en un área de descanso, por suerte desierta, para hacerme un pajón, porque ya no aguantaba más. La corrida fue tan explosiva que llegó hasta el salpicadero.

Pero el gusanillo del morbo no me daba tregua. No me quitaba de la cabeza la sugerencia que había dejado caer el chatarrero en el sentido de que podía repetir la visita. Y si en tal caso se me volvía a ofrecer, cosa bastante probable dado su peculiar talente, mi deseo se concentró en una idea fija: Si el droguero le había dado por el culo ante mis ojos ¿por qué no iba a poder yo estrenarme en algo que no había llegado a hacer hasta entonces? Imaginarme follando por primera vez nada menos que a un hombre como el chatarrero me tenía obsesionando. De manera que, para evitar que mi tía fuera a decantarse por otras opciones, le mentí descaradamente: “El chatarrero me ha enseñado piezas que estaban bastante bien. Pero me ha dicho que la semana que viene tendrá más y así habría mayor surtido para elegir”.

Convencido de que todo iba a salir tal como deseaba, emprendí el regreso a la casa del chatarrero. La excitación que me embargaba impedía que pudiera prever algo distinto. Sin embargo, tuve ya un primer signo de alarma cuando, al franquear la puerta abierta, oí voces que venían de otra puerta opuesta a la que daba entrada al patinillo. Me asomé y pude ver una especie de almacén que acumulaba objetos de todo tipo. Los que hablaban no eran sino el chatarrero y el que debía ser su hijo. Este era un tipo grandote y casi cuarentón que, dicho sea de paso, tampoco estaba nada mal. Al verme, el chatarrero padre, muy en su papel, me presentó al hijo: “Este chico vino el otro día para hablar contigo, pero no estabas”. “¡Ah, muy bien!”, dijo el otro, “Tú dirás lo que buscas”. Con toda la serenidad que pude, me enzarcé en una explicación del tipo de herrajes que interesaban a mi tía y el hijo entonces me llevó a una zona donde había objetos de esa clase. Mientras me los enseñaba, me puso nervioso que el padre, que nos había acompañado en silencio, me lanzaba sonrisas socarronas cuando el hijo le daba la espalda. No sé con qué criterio, y a riesgo de que mi tía no volviera a confiarme sus encargos, escogí unas cuantas piezas y ajusté el precio con el hijo. Entonces, para mi sorpresa, el padre tuvo una intervención providencial. Le preguntó a su hijo: “¿No habías quedado para vaciar un piso? Te estarán esperando”. El hijo reaccionó: “¡Uy, es verdad! Debería ir enseguida para que no se me adelanten”. Como faltaban por empaquetar los herrajes que había comprado, el padre le dijo decidido: “Pues vete rápido. Ya me encargo de acabar con esto”. El hijo me dio la mano y salió en busca de su furgoneta.

De momento el chatarrero se puso a envolver en plástico de burbujas los herrajes, para hacer luego un paquete con papel de estraza y meterlo en una bolsa. Yo no sabía qué pensar y guardaba silencio. Pero, al alargar la mano para coger la bolsa que me tendía, sin soltarla, dijo sonriente: “Supongo que no habrás venido solo por esto”. Más animado repliqué: “¿Tú qué crees?”.  “Espero que esta vez tengas ya más claro lo que quieres… Aunque me hayas pillado muy tapado”, comentó burlón. Yo iba ya a lo mío y pregunté: “¿Nos vamos a quedar aquí?”. “¿Por qué no?”, contestó, “Esto siempre está cerrado cuando no está mi hijo, que no volverá hasta la noche… Si echo la llave, aunque venga alguien, irá al patio y verá que tampoco estoy”. “Si no prefieres otras visitas…”, repliqué, complacido por que se reservara así para mí. Pareció picarse y echó mano de la ironía: “Como mi hijo ha hecho negocio contigo, tengo que tratarte bien”. Tras lo cual, ostentosamente, echó el pestillo de la puerta.

Llegado el momento de la verdad, lo cierto es que no sabía cómo proceder. El chatarrero entonces me desafió: “Ya conoces cómo funciono yo… No querrás que te lo vuelva a explicar”. Dije tontamente: “Como no estás con la polla al aire…”. Su réplica me impactó: “Me la puedes sacar tú”. Llevaba los tejanos desajustados del otro día y una similar camisa por fuera. Lo miré y ya mi inseguridad se esfumó. Le eché mano a la bragueta y, al encontrarla abierta reí: “Ni siquiera la llevas cerrada”. “¿Para qué?”, contestó, “Así no me da trabajo sacarla”. Enseguida mi mano topó con la polla, flácida pero maciza, y la hice salir. Sopesándola comenté: “Así es como te conocí”. “Pues no te costó ni nada atreverte a tocármela”, ironizó. Entonces expresé el deseo que me asaltó de repente: “Te lo voy a quitar todo”. “Tú mismo. Eso que me ahorras”, dijo confirmando su peculiar actitud pasiva. Dejándole la polla al aire, empecé a desabrocharle la camisa, con el morbo creciente de ir desvelando su torso tetudo y peludo. Dejó que se la quitara y, sin cinturón ni calzoncillos, solo tuve que soltar el botón que sujetaba los pantalones para poder deslizarlos hacia abajo. El muy comodón hasta levantó los pies para que sacara las perneras. Volver a tenerlo desnudo me hizo exclamar: “Así es como me gustas”. “Tú sabrás lo que quieres hacerme”, dijo con su conocida actitud provocadora.

Perdí ya la más mínima contención y le eché los brazos al cuello arrimándome todo lo que podía. Rozar mi ropa con su desnudez me producía una morbosa sensación. Entonces hice algo que ni siquiera pensé. Puse los labios sobre los suyos y presioné. Tras un brevísimo sobresalto por su parte, enseguida noté que los separaba y dejaba penetrar mi lengua. La enredaba con la suya sin importarme que simplemente se dejara hacer. Cuando me aparté, me sonrió: “¡Uf! Esto no me lo esperaba”. “¿Acaso me he pasado?”, pregunté casi disculpándome. Pero contestó tranquilo: “Si te apetecía, ya me va bien”. Su aparente indiferencia la desmentía sin embargo el hecho de que, al bajar una mano, encontré que su polla había adquirido consistencia. Con manos y boca fui palpándolo y chupeteándolo. Me recreaba en sus tetas, cuyos pezones se endurecían. Si mis lamidas y mordiscos le tiraban del vello o le hacían cosquillas, soltaba risitas complacidas. Me agaché para manosearle a gusto la polla y los huevos, que pronto trabajé también con labios y lengua. Bien dura que se le puso ya.

El chatarrero había resistido a pie firme mis vehementes metidas de mano y zamarreos. Pero llegó un momento en que advirtió: “Me canso de seguir de pie… Voy a ponerme más cómodo”. Entre el batiburrillo de objetos que poblaban el almacén, había una cama con un colchón algo ajado, que cubrió con una colcha que estaba doblada en un estante. Se dejó caer bocarriba dando un suspiro y me dijo: “¡Hala! Sigue si quieres”. Hoy ya no se me ofrecía en la sencilla butaca del patinillo, sino en toda una cama con su provocador exhibicionismo. Ante ello, sin embargo, tomé conciencia de que la ropa que, al igual que el otro día, había conservado se convertía en un estorbo para lanzarme sobre la cama. Así que dije: “Voy a desnudarme también ¿Te importa?”. “Tú mismo”, contestó con su habitual indolencia, “No me vas a asustar”. Enseguida me quedé desnudo y, con cierta vergüenza de mostrar mi erección, me eché rápidamente junto a él. No noté la menor reacción por su parte y, ajeno a ello, me entregué a seguir disfrutando de su cuerpo con renovado empeño. Restregarlo con el mío me excitaba sobremanera y, aún más, juntar mi polla con la suya, bien dura ya. Fui bajando hasta poder atraparla con la boca y mamé con toda mi alma. El chatarrero reía satisfecho: “Sí que vas fuerte hoy”.

Tal vez pensaría que estaba dispuesto a seguir hasta el final. Pero yo tenía otra intención. Solté la polla, que penduló bien tiesa, e irguiéndome sobre las rodillas, confesé con el corazón en un puño: “Me gustaría follarte”. No pareció muy sorprendido: “¡Vaya! Sí que aprendiste el otro día con el droguero”. La alusión me impulsó a decir: “Comparado con él, igual mi polla te va a parecer poca cosa”. Tenía salidas para todo: “¡Mira! Casi siempre me dan por el culo tipos como el que conociste. Así que una polla joven es de agradecer para variar”. Con toda naturalidad, él mismo fue dándose la vuelta e incluso alzó el culo flexionando las rodillas. “¿Así te gusta?”, preguntó con un tono socarrón ¡Cómo no me iba a gustar! Ver aquellas nalgas velludas y la oscura raja que me daba entrada me puso la piel de gallina. En un golpe de sinceridad reconocí: “Nunca lo he hecho y tengo muchas ganas de estrenarme contigo”. “Pues adelante con tu primera vez. Todo tuyo”, me animó tan tranquilo reposando la cabeza en las manos cruzadas. Al recordar las expresiones de placer con que acogía las embestidas del droguero superé mis complejos y me propuse hacer todo lo posible para que no disfrutara menos conmigo.

Le excitación que sentía me mantenía la polla bien tiesa y puse toda mi atención en acertar el punto en que meterla. La raja era tan profunda que no dudé en tirar de las nalgas hacia los lados y así poder vislumbrar, entre el pelambre, la más oscura roseta del ojete. Con cálculo, desplace la polla por la raja e hice presión. Se me coló como un cuchillo en la mantequilla, al tiempo que sentía una caliente presión. “¡Oh, qué bien la has entrado!”, masculló el chatarrero, “No te cortes y arrea”. Empecé a moverme recreando la imagen del droguero al hacer fuerza contrayendo las nalgas. De este modo la polla atrapada se deslizaba con unos roces que aumentaban más y más mi placer ¡Qué bueno era esto de dar por el culo! “¡Así…, más, más!”, me guiaba el chatarrero. “¿Voy bien?”, pregunté, más que nada para oírle confirmarlo. “¡De coña! Fina y dura… Me llegas muy a fondo”, alabó. Me agarraba con las manos crispadas a las caderas y tensaba el cuerpo para profundizar. “¡Estoy muy caliente!”, exclamé. “¡Sigue, sigue, que me gusta!”. Poco después avisé: “¡Voy a correrme!”. “¡Sí, sí! No se te ocurra salirte”, advirtió. Traté de aguantar y todavía di unas cuantas embestidas más con tal energía que sonaba mi choque contra el culo. “¡Qué bueno! ¡Estoy ardiendo!”, correspondía así a mi empeño. Pero ya no pude más y un chispazo que me partía del cerebro desembocó en fuertes espasmos de mi bajo vientre. Con la cara congestionada, notaba cómo mi leche se abría paso descontrolada por el estrecho conducto que envolvía mi polla y, mientras el chatarrero la recibía en silencio, me desfogaba con reiterados “¡Oh, oh, oh…!”.

Seguí tan inmóvil con la polla todavía dentro, que el chatarrero bromeó: “¿Te vas a quedar ahí?”. “Es que me ha gustado mucho”, dije obnubilado. “Ya, ya. Pero deja que me pueda estirar”, pidió jovial. Tuve un estremecimiento cuando la polla fue deslizándose hacia fuera y, todavía de rodillas, noté que poco a poco iba perdiendo firmeza. El chatarrero aprovechó mi aturdimiento para cambiar de postura y poder tenderse bocarriba. “¡Qué a gusto me has dejado el culo!”, afirmó. Lo veía de nuevo allí tumbado como si tal cosa con su característico desenfado, cuando yo apenas podía recuperarme de la experiencia, tan nueva para mí, que acababa de vivir dando por el culo a un hombre como él. “¡Cuánto he disfrutado!”, exclamé al fin. “Ya he visto. Te has puesto las botas conmigo”, replicó añadiendo un pronóstico, “No te van a faltar culos para que te los folles”.

Estaba tan pletórico que casi llegué a pensar que ya no cabía más aquel día. Sin embargo el chatarrero no era de la misma opinión. Todavía despatarrado sobre la cama, me soltó una indirecta: “Ya ves… Tú tan satisfecho y yo a medias”. Solo entonces caí en que, después de tomar por el culo, iba a necesitar un alivio complementario. Por más saciado que hubiera quedado yo, su reclamación me activó el deseo de tener de nuevo en mis manos su excitación. Me instalé entre sus piernas y le dije: “De a medias nada. Te voy a dejar tan seco como me he quedado yo. “¡Menos mal!”, exclamó burlón. Le pasé una mano por debajo de los huevos y, con la otra, le fui manoseando la polla hasta hacerle recuperar todo su vigor. “Tienes buenas manos”, murmuró. “Y la boca también ¿no?”, repliqué antes de ponerme a chupar. No obstante, algo fatigado y con la lívido atenuada por la reciente enculada, no lo hacía con la vehemencia glotona que había puesto el otro día, en que estaba con la calentura a tope y sin desfogar. Por ello le daba más juego a las manos y pareció que el chatarrero quería sobre todo que le arrancara una buena corrida, fuera cual fuera el método empleado. Lo confirmó al exclamar: “¡Dale bien y sácamela toda!”. Por lo demás, también me pico la morbosa curiosidad de ver cómo brotaba la abundante leche que, en la anterior ocasión, me había ido llenando la boca en varias rachas. Y no me decepcionó porque, cuando le entraron los temblores mientras profería repetidos “¡Ya, ya, ya!”, el hinchado capullo tuvo una primera explosión que subió en vertical, seguida de una serie de borbotones espesos que se deslizaban por encima de mi mano. Me dio vértigo pensar que todo aquello me lo había tragado el otro día, aunque muy a gusto con la calentura que tenía encima. “¡Uf! ¡Vaya pajón que me has hecho!”, masculló con la respiración agitada. “Ya lo he visto, ya”, dije risueño limpiándome la mano con la colcha, “Parecía que no ibas a acabar nunca”. “Por eso me gusta que me lo hagan… Así no me canso”, replicó con cinismo.

Bien servidos ya los dos, el chatarrero giró las piernas para bajar de la cama y también usó la colcha para limpiarse la leche que le había caído encima. Luego la tiró arrugada a un rincón. Plantándose ante mí con su natural descaro me soltó: “No dirás que has desaprovechado el viaje… Y a última hora no te vayas a olvidar el paquete”. “Lo que he aprendido contigo…”, reconocí. “Ya has visto que yo no hago nada… Solo me dejo hacer”, concluyó confirmando su talante vital.

El pronóstico que me había hecho el chatarrero de que no me iban a faltar culos que follar llegó a cumplirse más o menos con el tiempo. Pero mi estreno con personaje tan curioso que, en aquel momento, me permitió realizar mis tórridas fantasías, no se me olvidará nunca.


 

miércoles, 9 de septiembre de 2020

Dos gordos y señora


Como en los tiempos que corren resulta tan difícil hacer nuevas amistades, y menos todavía con carácter íntimo, a falta de referentes sigo aferrándome a la figura, medio real medio mítica, de mi amigo y amante Javier. Es mi mejor fuente de inspiración y, a través de él, me surgen las más descabelladas historias. Espero que me disculpen los lectores a los que pueda chocarles tanto monotema. Es lo que por ahora me da de sí la imaginación.

También quiero dedicar este nuevo relato a un seguidor especial. Se trata de Tomás, amigo de mi amigo el informático ¡Gracias, guapetón!

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Conocí en la sauna a un tipo gordote de cuarenta y pico de años. Me recordaba a Javier en los comienzos de nuestra relación. Fuimos a una cabina y adoptó una actitud más bien pasiva, dejándose meter mano. Estaba tan bueno que no me importó su inactividad y me lancé a manosearlo, estrujarlo y chupetearlo bien a gusto. Pero él se fue calentando y no tardó en pedirme que me lo follara. No deseé otra cosa y enseguida me dispuse a dar cuenta de su apetitoso culo. Era de los que disfrutan desde el primer momento, con resoplidos e incitaciones que aumentaban mi excitación. Me pidió que siguiera bien adentro hasta el final y, al tiempo que me vaciaba, tuvo también una aparatosa corrida.

Quedamos después para tomar algo en el bar y se mostró muy comunicativo. Me dijo que se llamaba Jorge y que estaba casado. “Pero no creas que como tapadera” explicó, “Me gusta el sexo con mi mujer y ella sabe además que también me va que me den por el culo… No le habría importado verme hoy contigo”. Se me ocurrió preguntarle: “¿Hacéis tríos entonces?”. “Eso lo tenemos más complicado”, dijo Jorge, “A Rosa le atraen los tíos grandes como yo y a mí esos no me dicen gran cosa… Si hemos estado con uno de su gusto, yo no suelo llegar a participar. Y si me va a mí, ella se retrae mientras me folla”. Enseguida pensé en Javier, que precisamente hacía poco me había confesado que, a veces, iba a una masajista cuando le apetecía ponerse en manos de una mujer. Aproveché para hablar a Jorge de Javier y de lo lanzado que era, haciendo hincapié en su bisexualidad. La idea que empezó a surgir en mi cabeza fue el propio Jorge quien la expresó divertido: “No estaría mal que tu amigo se follara a mi mujer y que tú me dieras por el culo… Así todos contentos”. “Si lo dices en serio, no me parece descabellado para nada”, dije, “Conozco bien a Javier y creo que no lo desaprovecharía”. Jorge persistió: “No es porque sea mi mujer, pero Rosa está bastante buena y es muy ardorosa”. “Pues de Javier ni te cuento… Y no va muy sobrado de mujeres últimamente”, añadí.

Se trató entonces de cómo podíamos planear el encuentro a cuatro. A este respecto, Jorge demostró tener una gran inventiva: “La cosa tendría más morbo si ni Rosa ni Javier supieran exactamente el fin último de la cita… Ya lo irían averiguando sobre la marcha”. Con este planteamiento y partiendo de una base común, nos comprometimos a enredar a nuestras respectivas parejas.

En esta línea acordada, en cuanto tuve ocasión, le dije a Javier: “He tenido un encuentro inesperado. Un compañero mío de la época en que íbamos al colegio me ha reconocido y se ha alegrado mucho de verme. Hemos estado charlando y ha sido muy agradable…”. “¿Habéis echado un polvo?”, me interrumpió Javier divertido por mi entusiasmo. “Todavía no”, repliqué como una boutade. Y seguí con mi información: “Está casado y vive en un chalet de las afueras… Quiere que les hagamos una visita”. “¿Hagamos?”, se extrañó Javier. Entonces expliqué: “Es que, cuando dio por supuesto que iría con mi mujer, no quise ocultarle que, en mi caso, se trataría de un hombre… Y aún insistió más, alegando que eran muy abiertos en esas cosas”. “Así que me has liado para quedar bien con ese amiguito tuyo del cole…”, dijo Javier burlón y no demasiado contrariado. Tuve la imprudencia de añadir: “Creo que te lo podrás pasar muy bien”. Javier lo debió cazar al vuelo, porque dijo socarrón: “Sabes que me gusta ponerme en tus manos”. Pero ya no profundizamos en el asunto.

El chalet al que acudimos Javier y yo a tomar café, según lo convenido, era bastante grande y moderno. Jorge fue el que nos abrió, acogiéndonos con cordialidad. Al presentarle a Javier, le dijo sonriendo al darle la mano: “Me alegra que hayas venido…Ya me han hablado de ti”. “Espero que no demasiado mal”, replicó Javier con sorna. Me gustó ver a los dos gordos juntos, aunque en esta ocasión cada uno fuera a ir a su aire. “Enseguida vendrá Rosa… Tiene ganas de conoceros”, anunció Jorge, que me echó una subrepticia mirada. Atravesamos la sala y salimos a la terraza, junto a una piscina en forma de riñón. Ya había un completo servicio de café en una mesa baja y un carrito de bebidas. “Aquí fuera estaremos mejor”, explicó Jorge. Antes de que nos sentáramos en los sofás de exterior enfrentados, apareció Rosa, que traía una cafetera. La dejó en la mesa y Jorge hizo las presentaciones. Rosa nos estampó un par de besos a Javier y a mí, y dijo acogedora: “Estáis en vuestra casa”. Era una mujer despampanante, madura y de formas generosas. No dudé de que le haría tilín a Javier. En el momento de tomar asiento, Jorge decidió con toda la intención: “Deshagamos las parejas”. Tiró de mí para que ocupara con él uno de los sofás, dejando así el otro para Rosa y Javier. Entonces Rosa cogió de un brazo a Javier y dijo divertida: “Ellos ya se conocen. Ahora lo haremos tú y yo”. Lo cual me hizo sospechar que Jorge no habría sido demasiado críptico con su mujer. Por lo demás, a Javier se le veía encantado con el apaño.

Mientras tomábamos el café, tanto Jorge como Javier conectaron muy bien. Hasta el punto de que llegó a parecer que se estuvieran tirando los tejos entre ellos. Pero lo que pasaba en realidad era que, además del parecido físico, los dos se habían puesto a alardear de bon vivants, a partir de la copa de un selecto coñac que Jorge ofreció a Javier. Incluso le dio a escoger un puro de una caja, alabando la elección de Javier. Jorge también tomó uno y ambos los encendieron con ceremonial de entendidos. Entretanto Rosa los observaba divertida, sobre todo a Javier, y también me lanzaba miradas como queriendo decir: “Son como niños”.

Pero Jorge no dejaba de lado su plan y empezó a tirarnos de la lengua: “Así que estáis juntos vosotros dos ¿eh?”. “Desde hace tiempo, como ya te conté”, dije yo. Javier, bien satisfecho con su copa y su puro, no se privó de sentenciar: “Somos muy distintos, pero complementarios”. Me pareció que era ya el momento de dar pie a que quedaran señalados los roles que iban a corresponder a cada uno. Así que aclaré: “Javier siempre ha hecho gala de no hacer distinción en cuestión de sexos. Estoy acostumbrado a ello”. Jorge aprovechó para sincerarse: “Rosa y yo también somos abiertos en ese sentido ¿Verdad cariño?”. La aludida no tuvo reparo en confirmar: “Ya sé que Jorge siente inclinación a hacer ciertas cosas con hombres”. “Me gusta que me penetren”, concretó Jorge. “En eso también coincidimos”, soltó Javier riendo. Quise matizar esta declaración de Javier: “Pero bien que te atraen también las mujeres…”. “¡Por supuesto! Me gusta el sexo en todas sus variantes”, confirmó Javier mirando descaradamente a Rosa. Esta comentó entonces risueña y poniéndole ya una mano en el muslo: “¡Qué hombre tan completito eres!”. Jorge quiso recordarle: “Aparte de esa afición mía, nosotros tenemos muy buen sexo ¿o no?”. “Eso sí”, admitió Rosa, que añadió con inequívoca intención: “Siempre me han gustado los hombres como tú”. “Somos los mejores”, bromeó Javier dándose por aludido y arrimándose más a Rosa. Jorge concluyó satisfecho: “Con esta sinceridad funcionamos de maravilla”. Yo recalqué asimismo: “Igual que nosotros”.

La situación se había aclarado lo suficiente para que Jorge diera un paso más. Como quien no quiere la cosa, comentó: “A esta hora solemos disfrutar un rato de la piscina ¿Os apetecería también?”. Sabía por dónde iba e, intencionadamente, advertí: “No tenemos traje de baño”. No me sorprendió la réplica de Jorge: “Si no os importa hacer como nosotros, que no lo usamos…”. “¡Por supuesto que no!”, intervino Javier, “Es algo que nos encanta”. “Entonces adelante ¿verdad, Rosa?”, dijo Jorge. “¡Claro que sí!”, contestó ella, “Dejemos la ropa aquí mismo… Allí hay toallas”. Señaló, como buena anfitriona, una repisa con varias de ellas.

Con toda naturalidad empezamos a desnudarnos los cuatro y no tardamos en quedarnos completamente en cueros. Por mi parte, me ratifiqué en lo apetitoso que estaba Jorge, tal como lo recordaba de la sauna. Pero no pasé por alto tampoco el cruce de miradas que intercambiaron Rosa y Javier. Ella, de tetas generosas y aún firmes, con anchas caderas, lucía sin pudor un coño depilado. Javier, más grueso y mayor que Jorge, se exhibía como un pavo real.

Pese a la tensión erótica que se mascaba, cada cual abordó a su manera la entrada en la piscina. Jorge, situándose en el borde y, tras tomar un saltarín impulso que agitó sus carnes, se tiró recto para clavarse de pie. Rosa bajó por la escalerilla con estremecimientos al contacto con el agua. Javier correteo hacia la zona más profunda y, estirando los brazos, se lanzó de cabeza y serpenteó en un breve buceo. Deliberadamente me había quedado al final, para ver cómo se apañaban los otros, y ya me decidí a imitar más o menos a Jorge. Todos en el agua, con las exclamaciones típicas de “¡Qué a gusto se está!”, “¡Cómo apetecía!”, “Una temperatura ideal” …, se fueron produciendo acercamientos cada vez menos sutiles. Porque, cuando Jorge se me arrimó para ofrecérseme ya sin tapujos, no dudé en plantarle las manos en las tetas, que resalían del nivel del agua. Javier enseguida supo que tenía carta blanca para abordar a Rosa. Así que braceó hacia ella y le dijo sonriente: “Mira esos ¿Los imitamos?”. Rosa no contestó, pero le acercó la cara con los labios entreabiertos. Y así se morrearon mientras Javier la abrazaba. Yo sabía que Jorge no era mucho de morreos, al menos con hombres. De modo que me puse a chuparle las tetas, y eso sí que lo entonó. También bajé una mano buscándole la polla y noté que se empalmaba. Pero enseguida se giró y buscó apoyarse con los codos en el borde de la piscina. Se alzó lo suficiente para que el suculento culo le quedara fuera del agua. Con él a mi disposición, me lancé a sobarlo, mordisquearlo y lamerlo. Jorge no escatimaba los murmullos de gusto. Entonces Javier condujo a Rosa hasta llegar a nuestro lado y la impulsó para que quedara sentada en el borde con las piernas en el agua. Manteniéndolas separadas, se puso a comerle el coño que, al estar depilado, seguro que excitaba sobremanera a Javier. Los suspiros de Rosa, que acariciaba la cabeza de Javier, se unían a los más sonoros de Jorge.

Pero a Jorge le urgió ya algo más contundente. Así que clamó con un vozarrón imperioso: “¡Aquí no podemos seguir! ¡Vamos adentro!”. Aunque nos cortó el rollo, no dejó de ser compartida su demanda. Todos salimos de la piscina y, con prisas, nos secamos someramente con las toallas. Los tres hombres empalmados y Rosa no menos anhelante. Ni por asomo se planteó que cada pareja se apañara por separado, pues Jorge y Rosa nos condujeron a su habitación, donde la amplia cama podía acogernos a los cuatro. Los dos gordos fueron los primeros en tumbarse y, a continuación, tanto Rosa como yo les entramos por los pies. Ahora Rosa le chupaba con ansia la polla a Javier y yo hacía otro tanto a Jorge. No me esperaba, sin embargo, que este, tal vez contagiado por la actividad de su mujer, me pidiera chupármela él a mí. Antes de que cambiara de idea, realicé un cambio rápido de posición con él y quedé bocarriba junto a Javier. Así el matrimonio se afanaba en mamárnoslas a los dos. Javier, aun estando en pleno disfrute, llegó a dirigirme una mirada sonriente ante la pintoresca situación en que estábamos. Porque además Jorge, a pesar de que lo de chupar pollas no parecía ser lo suyo, se estaba esmerando en darme un gusto tremendo. Por todo ello, Javier y yo íbamos resoplando al unísono.

Sin embargo, por más a gusto que estuviéramos, al menos yo no podía seguir controlándome la calentura sin poner en riesgo lo que tanto deseaba Jorge. Así que le dije: “¿Quieres que te folle ya?”. “¡Claro que sí!”, exclamó Jorge soltándome la polla, bien dura y ensalivada. Inmediatamente se puso de cuatro patas y me presentó el culo. “¡Venga! ¡Métemela ya!”, me apremió. Con no menor celeridad, me alcé sobre las rodillas y, tomando impulsó, me clavé de golpe. Jorge se estremeció, pero enseguida voceó: “¡Oh, sí! ¡Qué buena polla!”. Me lancé ya a arrearle con todas mis fuerzas y entonces oí que Javier le decía a Rosa: “No vamos a ser nosotros menos ¿verdad?”. A la vez tiraba de ella hacia arriba para que rebasara su barriga. Cuerpo sobre cuerpo la hizo girar y quedó sobre ella, los instantes justos para librarla de su peso apoyándose en las manos a cada lado. Así tanteó el coño con la polla y fue metiéndosela mientras Rosa gemía. Enculando al marido y follando a la mujer, Javier y yo llegábamos a coordinar nuestros meneos. Por su parte, Jorge, con la grupa alzada y yo detrás, agarraba con fuerza la almohada, mientras que a Rosa, abierta de piernas y con las rodillas dobladas, se le agitaban las tetas con los embates de Javier metido entre ellas. Asimismo se mezclaban los suspiros, gemidos y expresiones de placer de ambos: “¡Cómo me arde el culo! Me gusta…”, “¡Oh, Javier! ¡Cómo me estás excitando!”.

La visión de Javier, con su corpachón sobre una Rosa arrebolada, subiendo y bajando el culo, que contraía para entrarle más a fondo, me estaba produciendo un doble efecto. Por un lado, al dedicarle inevitablemente parte de mi atención, me hacía alargar la follada de Jorge, para deleite de este. Pero por otro, espoleaba también mi excitación hasta el punto de que podría estallar en cualquier momento. Fue esto último lo que se impuso y tuve que avisar a Jorge: “Ya no resisto más”. “¡Vale, lléname!”, dijo con un punto de resignación. Puse todo mi entusiasmo en la descarga y cuando la polla empezó a aflojárseme, Jorge exclamó: “¡Qué a gusto me has dejado el culo!”. Pero esta vez no se llegó a correr simultáneamente, como le había ocurrido en la sauna. Quizás por mi explosión algo precipitada. Sin embargo, en cuanto se levantó sobre las rodillas, pudo ver en toda su dimensión la jodienda de Javier y Rosa, que aún persistía. Entonces, junto a ellos, se puso a sobarse la polla sin el menor disimulo. El gesto no se le escapó a Rosa que, sonriéndole, declaró exaltada: “¡Qué bien folla este hombre!”. Lo cierto era que Javier, con el rostro sofocado, le daba cada viaje que hacía temblar la cama, a pesar del peso que esta soportaba. Jorge, cada vez más arrimado con la polla dura ya, se pajeaba mientras decía: “¡Disfruta, reina! Yo también lo hago”. Rosa, entre las arremetidas de Javier y la incitación de su marido, llegó al paroxismo y gritó con ganas. Aunque Javier no paraba, hubo de avisar al fin: “¡Ahora me toca a mí!”. Se agitó todo su cuerpo y, entre resoplidos, soltó toda su leche dentro de Rosa. Pero es que, además, Jorge le disparó la suya sobre las tetas. Javier se derrengó ya al costado de Rosa y exclamó: “¡Vaya polvazo!”. Jorge se tendió al otro lado y entonces Rosa, en un arrebato de cariño, sin importarle la leche de su marido que le resbalaba por las tetas ni la de Javier que le rebosaba del coño, se lanzó a besuquear a uno y a otro. Ellos correspondieron volcándose sobre ella y las lenguas de Jorge y Javier se disputaban su boca. Desde mi atalaya de haber sido el primero en correrse, observé divertido que a veces las lenguas se metían también en la boca del otro hombre.

De puro agotamiento, fueron separándose al fin y Rosa, a pesar de todo, tuvo la gracia de comentar: “¡Vaya con los dos gorditos!”. Se zafó de ellos y salió de la cama para ir al baño. Al verme me dijo guasona: “Ahí te los dejo. Todo tuyos”. La verdad era que el tándem de Javier y Jorge, despatarrados y barrigones, con las pollas húmedas y ahítos de sexo, resultaba de lo más sugestivo. Lo suficiente para que mi excitación se reavivara y me impulsara a unirme a ellos. Me arrimé a Jorge y le dije: “Ha funcionado el plan ¿no crees?”. “¡Y de qué manera!”, contestó, “Javier ha sido definitivo”. “Con que amiguitos del cole ¿eh? “, intervino Javier desde el otro lado de Jorge, “Pero me ha encantado la sorpresa”. “Rosa pensará lo mismo”, dijo Jorge, “Y cómo me ha puesto ver las ganas con que te la follabas”. “Es una mujer de bandera”, declaró Javier. “Lo mismo pienso yo”, replicó Jorge ufano, “Por eso no me importa que disfrute con un hombre como tú”. “Al menos le gusta que se sean de tu tipo”, hice notar yo. “¿Tan gordo estoy?”, bromeó Jorge. Javier entonces le dio unas palmaditas en la barriga: “Pues vas por mi camino. Casi me alcanzas”. “Los dos estáis de muy buen ver”, zanjé la cuestión. Me hizo gracia confirmar el buen feeling que, desde el principio, se había dado entre Jorge y Javier. Este, que se iba animando, sacó a relucir otro asunto diciéndole a Jorge: “Lo que no sabía yo era que, mientras me ocupaba de tu mujer, tú estarías tomando por el culo”. “El que esté libre de pecado…”, se rio Jorge. Aproveché para reivindicarme: “Si no se lo hubiera hecho, yo habría estado de más aquí hoy”. “¡Ya! Lo teníais todo previsto”, dijo Javier. “No sabes el gusto que me ha dado”, admitió Jorge. “Si a mí también me gusta”, reconoció Javier, “Además, nuestro común amigo lo borda”. Por alusiones, repliqué: “Tenéis unos culos que valen la pena”. “Pues aún no ha acabado el día…”, dejó caer Javier.

En ese momento reapareció Rosa con aspecto de haber pasado por la ducha. Se había puesto una camisola blanca de gasa muy transparente, a tono con la liberalidad de la situación. Al vernos todavía desparramados por la cama, se burló: “¡Vaya trío tenéis montado! A ver si voy a estar de sobra”. Javier se adelantó a piropearla: “Con eso que llevas cómo vas a sobrar”. Ella lo pasó por alto y nos apremió: “¡Venga! Daos al menos un chapuzón en la piscina… Luego tomaremos unos refrescos”. Con docilidad, salimos de la cama y, en fila india, nos dirigimos a la piscina. Nos zambullimos en ella, cada uno a su manera, y llegamos a confluir en el centro. La simpatía reinante entre Jorge y Javier fue adquiriendo también otras connotaciones. En la charla intrascendente en que nos enzarzamos mientras nos dejábamos mecer en la ligereza que causaba el agua, se daban acercamientos y roces que, yo por supuesto, pero tampoco ellos rehuían, por no decir que buscaban. Yo sabía que Javier, aunque de boquilla afirma que no le van los hombres gordos, si alguno le resulta simpático, deja de lado con facilidad ese prejuicio y no le cuesta nada darle señales de disponibilidad. Era probable que Jorge, en el fondo, tuviera una predisposición similar.

Javier empezó comentando: “Es una delicia tener una piscina como esta… Además libre de miradas indiscretas”. Entonces Jorge tomó de un brazo a Javier y, acercándose, hizo como si le hablara al oído, pero con voz perfectamente audible: “Por lo que me han contado, eso es algo que no te importa demasiado”. Javier me miró enseguida: “Seguro que le habías estado cotilleando sobre mí”. “Bueno”, dije con expresión inocente, “Le conté los numeritos que montas en la sauna y lo que te gusta provocar al personal”. Jorge volvió a coger del brazo a Javier y le dijo riendo: “Me hizo mucha gracia imaginarte tumbado en la sala de vídeos y dejándote hacer una mamada rodeado de gente” …Y ahora que te conozco te creo muy capaz”. Javier soltó una de las suyas: “Se me vuelve a poner dura nada más recordarlo”. Lo que menos me podía esperar era que Jorge, en plan juguetón, soltara el brazo de Javier y bajara la mano para tocarle la polla. “A ver, a ver”, dijo riendo. Javier se dejó hacer y le preguntó: “¿También te han contado lo que me gusta que me toquen?”. Jorge no insistió y sacó las manos del agua con comicidad. En el plan ambiguo en que estaban ya, para provocarlos más, les solté: “Aparte de lo hermosotes que estáis los dos, también tenéis en común lo que os gusta que os den por el culo… De eso puedo dar fe”. Jorge rio y le preguntó a Javier: “¿Has visto antes cómo me follaba? Me ha puesto a tono”. “Hasta envidia me has dado”, bromeó Javier, “Pero me ha compensado ocuparme de tu mujer”. “Venías para eso ¿no?”, alegó Jorge. “No tenía mucha información de lo que me iba a encontrar aquí”, reconoció Javier, “Ya me estaba haciendo falta una sorpresa como Rosa”. Jorge recordó entonces: “¡Vaya pajón que me he hecho viendo cómo te movías encima de ella!”. “¿Me mirabas el culo?”, lo provocó Javier. “Es más gordo que el mío”, replicó Jorge. “Eso habría que verlo”, lo retó Javier, que se dirigió a mí: “¿Tú qué dices?”. No quise comparar y repliqué: “Los dos son perfectamente follables… Y ya me estáis calentando otra vez”.

No supe lo que hubieran dado de sí estos devaneos en remojo porque, cuando ya les estaba sobando los culos bajo el agua, vino Rosa a reclamarnos. “¿Todavía estáis ahí? A saber los que estaréis tramando”. “¡Ya vamos!”, voceó Jorge. Cuando salíamos de la piscina, este aprovechó para darle una palmada en el culo a Javier. “¡Vamos, culo gordo!”, le dijo riendo. Nos secamos antes de acceder a la terraza, pero los tres seguimos en pelotas. Rosa, que conservaba la camisola transparente sin nada más debajo, había dispuesto un pica-pica sobre la mesa. Jorge fue directamente a preparar unos gin-tonics. “Son mi especialidad”, declaró. Entretanto Javier abordó a Rosa: “Así estás muy sexy”. Al parecer, pese a sus flirteos con Jorge, ese día seguía dando preferencia a su vertiente hetero. Halagada, Rosa se le arrimó y lo besó en los labios. Pero Jorge tenía otros planes y, al ver que se acaramelaban, les soltó: “No iréis a follar ahora otra vez ¿verdad? Ya habrá tiempo de eso”. Reclamó a Javier para que cogiera uno de los vasos con el gin-tonic ya listo: “¡Pruébalo! A ver si lo encuentras en su punto”. Javier no se hizo de rogar y, apartándose de Rosa con una sonrisa de excusa, fue junto a Jorge. “¡Venga, a catarlo!”, dijo y dio un sorbo, con expresión de entendido, al vaso que le había tendido Jorge. “¡Insuperable!”, exclamó Javier con gesto ampuloso. No me constaba que fuera experto en gin-tonics. Lo suyo era más bien el coñac y, si acaso, vodka con naranja. Pero su actitud casaba con el coqueteo que se estaba trayendo con Jorge. Y en efecto este, bien ufano, le dio un achuchón, pasándole la mano por la cintura, que casi le hace tirar el vaso, y diciéndole: “Sabía que te gustaría”. Javier le rio la gracia y le dio un golpe de cadera.

Luego Jorge nos alargó también los vasos a Rosa y a mí. Aprovechó para decirme sonriente: “Se pasa bien con tu hombre ¿eh?”. Rosa aguantó la risa, divertida como yo con el comportamiento de los dos gordos. Ya no nos asombró demasiado que, en el momento de sentarnos para tomar con tranquilidad las bebidas, Jorge tirara de Javier diciéndole: “Ahora siéntate conmigo”. Javier bromeó: “¿Cabremos en el sofá?”. Pero se sentó junto a Jorge. Así que Rosa y yo ocupamos esta vez el otro sofá. Ella aprovechó para susurrarme: “Parece que te van a quitar al novio”. Entonces, también en tono bajo, le comenté: “Ya me he desfogado antes con Jorge, que es lo que quería hoy. Y ahora estoy disfrutando de mi afición de voyeur. Siempre me lo paso bien viendo a Javier hacer de las suyas… Y lo de Jorge puede ser toda una sorpresa ¿no crees?”. Rosa rio con mi sinceridad: “Tienes razón. Dejémoslos sueltos y a ver por dónde salen”.

Al menos para mí, era una gozada contemplar a los dos hombretones empotrados en el sofá, con las culatas y los muslos tocándose. Abiertos de piernas sin la menor compostura, las pollas les reposaban sobre los huevos comprimidos entre las ingles. Con tetas pronunciadas, algo más velludo Jorge que Javier, los dos lucían buenas barrigas, más voluminosa la de Javier. Pero, aparte de las similitudes físicas, estaban demostrando una curiosa compenetración, aunque parecía no pasar de una camaradería juguetona. Jorge le tiraba de la lengua a Javier para que contara algunas de sus más rocambolescas aventuras.

Javier quiso implicarme y me consultó: “Tú que te las sabes todas ¿cuáles se te ocurren?”. “Ya le hablé a Jorge de los numeritos que montas en la sauna…”, contesté. Jorge me interrumpió: “¡Son muy buenos! Hace de todo a la vista del público”. Como esto último lo dirigió a Rosa, esta le replicó risueña: “Espero que tú, cuando vas para buscar alguien que te folle, seas más discreto”. Javier rio: “¿También sabes que va a la sauna?”. “¡Por supuesto!”, contestó Jorge por ella, “En ese capítulo tengo carta blanca ¿verdad?”. “No me chupo el dedo”, dijo Rosa con ironía. Retomé las sugerencias y se me ocurrió algo muy adecuado para la situación presente: “¿Por qué no les hablas de cuando te dedicabas a las citas a ciegas?”. “¡Uy, sí!”, exclamó Javier, “Me lo pasaba bomba”. “¡Cuenta, cuenta!”, lo achuchó Jorge. Rosa también puso atención. “Me citaba con matrimonios o parejas que querían emociones fuertes”, empezó Javier, “Ellos habían visto las fotos, bien explícitas, que ponía en mi blog. Donde además aseguraba que me prestaba a cualquier capricho que desearan satisfacer. Yo, en cambio, cuando acudía a la cita, no sabía nada de ellos, ni qué querrían hacer conmigo. Me daba un morbo tremendo, porque lo mismo era un marido que quería ver cómo me follaba a su mujer…”. Hizo un inciso sonriéndole a Rosa: “Algo de lo que ha pasado hoy, por cierto”. Siguió el hilo: “…o una mujer que disfrutaba mirando mientras le daba por el culo al marido… A veces me follaba a los dos”. “¡Qué peligroso eres!”, rio Jorge. Javier completó su catálogo: “Algún marido también me folló… Había de todo. Y si era una pareja de tíos, los dos activos, me la metían uno detrás de otro”.

Jorge saltó entonces: “¡Joder! Si me estoy empalmando”. Mostró riendo con descaro la polla empinada. No menos desvergonzado Javier le soltó: “¡Um! Estás para que me siente encima”. Jorge le desafió con la risa floja: “No te atreverás”. Solo le faltó esto a Javier para que se pusiera de pie, presentara el culo a Jorge y se dejara caer. No se metió la polla todavía y Jorge, que de todos modos había seguido abierto de piernas, le agarró por las caderas como si quisiera levantarlo. Protestó sin perder la risa: “¡Pero si yo no hago eso!”. “Siempre hay una primera vez”, replicó Javier que, ajustándose mejor, metió una mano entre sus muslos para alcanzar la polla de Jorge. Entonces debió apuntarla a su ojete y atinar, porque apoyó las manos en las rodillas para empujar mejor. “¡Uy, qué gusto!”, exclamó. Jorge pareció sorprenderse: “¡Oh, si ha entrado! ¡Cómo me la aprietas! Serás golfo…”. En realidad fue un remedo de follada porque, tal como estaban, la barriga de Jorge y el equilibrio inestable de Javier, solo permitieron a este dar unos breves meneos antes de desengancharse. Al sentarse de nuevo junto a Jorge, cuya polla seguía tiesa, le dijo con guasa: “¿Has visto lo accesible que soy?”. En lugar de replicarle, Jorge se dirigió a Rosa y a mí, con tono compungido, que no dejaba de sonar algo falso: “Ya veis lo que me ha hecho”. Rosa no se inmutó y le dijo a Jorge risueña: “Si se veía venir… Al final vamos a tener los mismos gustos tú y yo”. Por mi parte, me había vuelto a excitar con las maniobras de Javier y Jorge, aunque no sabía si, con el trío perfecto que se veía que acabaría formándose entre ellos dos y Rosa, iba a tener mucho papel. Quedaba por supuesto descartada la opción de que, si los que se liaban eran Javier y Jorge, Rosa y yo nos fuéramos a consolar mutuamente. Ni yo era el tipo de Rosa, ni a mí las mujeres en general me ponían demasiado. De todos modos, no dejaba de ser interesante, e incluso excitante, ver cómo evolucionaba el enredo.  

Tal vez para cambiar de un tema que no dejaba de tenerlo turbado, a Jorge se le ocurrió retomar lo que habíamos dejado pendiente en la piscina. De pronto se levantó del sofá, con la polla más calmada ya, y tiró de una mano de Javier que, remolón, se dejó poner de pie también. Me pilló por sorpresa al dirigirse a mí: “¡A ver! ¿Tú no ibas a hacer, cuando estábamos en la piscina, una comparación entre Javier y yo?”. “Os iba a medir los culos”, contesté riendo. “¡Vale! Eso luego”, admitió Jorge, haciendo extensivo el juicio a Rosa, “Primero tenéis que decir cuál de los dos os parece más gordo”. “¿Con sinceridad?”, preguntó Rosa divertida. “¡Por supuesto!”, contestó Jorge fingiendo seriedad. Tanto él como Javier, que había acogido encantado el juego, se plantaron firmes con poco disimulada comicidad, en un intento frustrado de estilizar sus figuras y meter barriga. Rosa valoró primero: “Sin duda, Javier”. Aunque añadió enseguida: “Pero a ti, Jorge, te falta poco”. “¿Ves? Es lo que te dije”, quiso consolarse Javier. “Yo opino lo mismo que Rosa”, dije por mi parte, “Y haría alguna otra observación… En escala, Jorge tiene las tetas más gordas”. “También es algo más velludo”, añadió Rosa. Sin ahondar más, Jorge propuso: “Vamos ahora a lo de los culos ¿vale?”. Los dos se giraron y, con total desvergüenza, se inclinaron hacia delante apoyando las manos en las rodillas. “¿Tú qué dices?”, me tiró la pelota Rosa, que no se aguantaba la risa. “Visto lo visto, sí que es más gordo el de Javier”, dictaminé. Pero lanzado ya a no limitarme a un simple ojeo, les pedí: “¿Podíais acercaros para hacer más comprobaciones?”. Como movidos por un resorte, ambos recularon tal como estaban hasta ponerse delante de nosotros. Se agitaron inquietos a la espera de mis incursiones, llegando a pegarse uno al otro. No tuve el menor reparo en ir plantando las manos en las nalgas de ambos y dije: “Las tenéis firmes y da gusto tocarlas… Si acaso, Jorge también tiene algo más de vello”. Más aún, aparté las nalgas de uno y de otro, y comenté: “¡Qué buenas rajas tenéis los dos!”. Rosa sin parar de reír soltó: “¡Desde luego! Con lo que les gusta tragar…”. A estas alturas yo ya estaba empalmado de nuevo aunque, al estar sentado hacia delante, se disimulaba.

Ahí no iba a quedar todo, porque Jorge se reservaba la bomba final. Al erguirse ambos, tomó del brazo a Javier, que se dejaba hacer encantado, para volverse de frente los dos, y ahora bien cerca de Rosa y de mí. Imparable, Jorge planteó con forzada formalidad: “Ahora viene ya el punto más delicado, que puede afectar a nuestro amor propio”. Hizo una pausa solemne y soltó: “¿Qué opinión os merecen nuestras pollas?”. De nuevo se pusieron firmes y, con unos gestos rápidos, se recolocaron los huevos y centraron sobre ellos las pollas que, por lo demás, mis toqueteos de los culos habían dejado bastante presentables. Rosa, ante aquella visión tan próxima, trató de escurrir el bulto: “Eso es muy difícil… A cada uno le gustará más la del suyo” “O no…”, alegué para provocar, “Las novedades pueden llamar más la atención”. Javier reaccionó haciéndose el ofendido: “¡Serás traidor!”. De todos modos el juego tendía a ponerse al rojo vivo y quise actuar con la misma naturalidad con que les acababa de sobar los culos. Así que dije: “Vistas así, habría casi un empate… Aunque tal vez las diferencias se aprecien mejor si estuvieran más en forma”. Jorge captó mi insinuación y lanzó una provocación: “¿Nos las vamos a tener que menear ahora o nos vais a ayudar?”. Javier reforzó la idea: “Por mí lo podéis hacer”. Miré a Rosa y me sonrió con picardía. Los dos a la vez echamos mano de la polla que teníamos más cerca: Rosa la de Javier y yo la de Jorge. Los dos entregaron a gusto sus pollas a nuestras manos. Jorge, incluso, pasó un brazo por detrás de la cintura de Javier juntándose así. Se dejaban hacer con murmullos de agrado y poco trabajo nos dieron para que se endurecieran las dos pollas a la vez. Cuando las soltamos, ambas lucían bien turgentes. La de Javier con la piel estirada del todo y el gordo capullo resaltado. En la de Jorge, la piel aún cercaba la base del capullo, algo más puntiagudo. Era difícil, sin embargo, marcar diferencias en cuanto a las dimensiones. Lo poco que podía ganar la polla de Jorge en longitud se compensaba por el grosor de la de Javier. En esta tesitura, Rosa concluyó: “Yo no sabría por cuál decidirme”. Yo zanjé la cuestión: “Habrá que proclamaros ganadores ex aequo”. Javier soltó entonces: “Ex aequo estamos los dos de calientes ya”. Ahora él también ceñía a Jorge por detrás. “Algo habrá que hacer”, farfulló Jorge. Entonces Javier casi suplicó: “¿Por qué no me follas de una vez?”. Jorge lo soltó y le dijo “¡Cómo eres!”. Y luego se dirigió a su mujer con tono compungido: “¡Rosa! Ya oyes lo que quiere que haga”. Rosa demostró una vez más su manga ancha y le dijo risueña: “¡Dale ese capricho, hombre! Con lo bien que te ha caído Javier…”.

Como un hecho consumado, Javier ya estaba arrodillándose de espaldas en el sofá y ponía el culo a disposición de Jorge. Este, dubitativo aún, se tocó maquinalmente la polla y reflexionó en voz alta: “Dura sí que la tengo”. Jorge contempló con más atención el culo de Javier y comentó: “¡Qué gordo lo tienes!”.  Yo lo animé entonces: “¡Venga, anímate! Verás lo bien que te entra”. Pero añadí poniéndome en la reserva: “Si te cansas, te relevo”. Jorge se situó por fin detrás de Javier. Con una mano se sujetó la barriga para acoplarse al máximo y, con la otra, dirigió la polla a la raja de Javier. Dio una arremetida y quedaron firmemente pegados. “¡Ole mi niño!”, lo jaleó Javier, “¡Qué polla más rica tienes! Me gusta tanto como el coño de tu mujer”, soltó Javier como un halago. Rosa dijo divertida: “¡Vaya comparación!”. Pero Jorge se tomó más en serio la jodienda y se puso a bombear: “¡Uf, cómo me entra!”. “¡Así, así!¡Vaya si la siento! Disfruta tú también”, coreaba Javier. Pero Jorge empezó a jadear y a perder fuerzas. De pronto se salió y, tras un fuerte suspiro, declaró: “No he querido acabar”. Mirándome añadió: “¡Sigue tú!”.

No me lo pensé dos veces y, antes de que Javier reaccionara al abandono de Jorge, ocupé su lugar. Javier acusó el cambio de polla: “¡Uy! Mi culo ya parece el coño de la Bernarda”. “Pues no te gusta ni nada”, repliqué clavándome con fuerza. Después de haberme follado antes a Jorge, el culo de Javier me resultaba más familiar, pero no por ello menos excitante. Y ahora además no tenía la distracción de verlo jodiendo con Rosa. Así que puse todo mi entusiasmo y Javier me incitaba con sus salidas: “¡Este es mi hombre!”, “¡Cómo sabes hacerme tuyo!”, “¡Destrózame!”, … A mi espalda, oí que Jorge, que se había sentado junto a Rosa, le comentaba: “¡Vaya fieras! Tendré que practicar más… Javier tiene un culo demasiado gordo”. Rosa le aconsejaba: “Si lo que más te gusta es que te den, no tengas prisa en emular a Javier, que le van igual las dos cosas”. Jorge susurró meloso: “¡Cómo me conoces!”. La segunda corrida se me alargaba y Javier empezó a urgirme: “¡Lléname ya!”, “¡Quiero tu leche en mi culo!”. Por fin me vacié sofocado y anuncié: “¡Ya!”. Cuando se me salió la polla, Javier y yo caímos desmadejados en el sofá.

Frente a nosotros, Jorge y Rosa no habían perdido el tiempo y presentaban una lúbrica escena conyugal. Rosa se recostaba en el sofá, mientras Jorge, de medio lado y con una rodilla subida, le chupaba las tetas y, a la vez, le hurgaba en el coño con una mano. Sin inmutarse porque ya los estuviéramos mirando, Jorge se levantó y le subió las piernas a Rosa hasta apoyar los tobillos en los hombros. Así le dio una buena clavada y se puso a bombear. Veíamos su gordo culo en acción y me fijé en que, a despecho de su preferencia por traseros más delgados, Javier lo miraba con ojos de deseo y se manoseaba la polla para reavivarla después de mi follada. No contento con eso, y una vez tuvo dura la polla, se levantó y fue hacia el otro sofá. Jorge se detuvo saliéndose de Rosa, sorprendido al verlo. Sin embargo le preguntó sonriente: “¿Quieres jugar con nosotros?”. La perspicaz Rosa tuvo la respuesta: “Creo que te la quiere meter”. “¡Oh, si”, aceptó enseguida Jorge, “Me gustará probar tu polla”. Rápidamente se reacomodaron sobre el sofá. Rosa, ya con las piernas bajadas, dejó espacio y se arrellanó hacia un lado. Jorge, encendido, añadió un almohadón al asiento para clavar los codos y mantener el culo alzado. “¿Está bien así?”, preguntó a Javier. “¡Perfecto!”, contestó este 
sobándose la polla. Yo, que había quedado fuera de juego definitivamente, me dispuse a contemplar con morbosa placidez, lo que suponía que iba a ser la traca final. Y no me equivoqué…

Javier, sin embargo, pareció tener un momento de vacilación. Con la polla tiesa, miró a Rosa y le dijo: “¿No querrías que disfrute otra vez contigo?”. Ella rio halagada, pero declinó la oferta: “Ya me lo hiciste pasar muy bien y ahora te espera Jorge”. Este meneó el culo como reclamo y dijo nervioso: “No me vayas a fallar ahora”. Javier ya se le puso detrás y le dio palmadas en las dos nalgas. “¡Prepárate, culo gordo!”, le soltó con humor. Javier le dio una certera y completa clavada. Ya encajado, exclamó: “¡Qué bien se entra! No me extraña que a mi amigo le guste tanto tu culo”. Jorge replicó estremecido: “Tú eres más bruto”. Pero cuando Javier se puso a zumbarle fue entonándose: “Así va mejor… ¡Cómo me dilatas!”. “¡Uuuhhh! Parece que me la chupes”, se recreaba Javier. Por otra parte, a Rosa debía estarle excitando la coyunda entre los dos gordos, porque abiertamente empezó a darse gusto con una mano en el coño. Lo que no pasó desapercibido a Javier que, sin alterar tus arremetidas, le soltó: “¿Te pone que me esté follando a tu hombre?”. “Acaba con él”, musitó Rosa ya medio traspuesta. Javier brindó irónico: “¡Va por ti!”. Y redobló los embates, con incremento de los gemidos de Jorge. Pensé que, para Javier, una vez metida la polla, tanto le valía un culo como un coño. La cuestión era que le fue dando un subidón que congestionaba su rostro y lo hacía bufar. “Estoy a punto”, avisó. “¡Sí, dámela!”, pidió Jorge. Javier se fue ralentizando con unos desmayados “¡Ya, ya, ya!”. Paró de repente y sacó la polla, con un goteo que llegó a salpicar a Rosa. A su vez, Jorge se enderezó y se volvió también hacia Rosa con la polla tiesa. Entonces esta, con la mano que no tenía ocupada en su coño, se la agarró. A pocas pasadas que le dio, la leche de Jorge le fue cayendo encima, al tiempo que ella gemía en su orgasmo masturbatorio. Nada mal como traca final.

Javier fue el primero en correr para tirarse a la piscina y, poco a poco, los demás lo seguimos. Nos hacía falta a todos un remojón. Fue de mero trámite y salimos pronto. Mientras nos secábamos, Javier y yo decidimos que era hora de dejar tranquilos a nuestros acogedores anfitriones. Ya vestidos nosotros, no dejaba de tener su morbo los besos de despedida que intercambiamos con la pareja que seguía desnuda. Encantados todos de habernos conocido, no faltaron promesas inconcretas de reencuentro.

Una vez solos, pregunté con retranca a Javier: “¿No habrías preferido follarte otra vez a Rosa en lugar de darle por el culo al gordo de Jorge?”. Javier replicó decidido: “A lo hecho pecho… Tú siempre me pones por medio a otro gordo como yo y me he acostumbrado ya a adaptarme”. Luego añadió: “De todos modos, me ha venido de perlas tu trama para ponerme a tiro a una mujer como Rosa… Y Jorge me ha caído muy bien”. Como siempre, Javier a lo que le echen.

LOS DOS GORDOS