sábado, 12 de enero de 2019

Una foto sugerente

Una foto de no muy buena calidad me resultó sin embargo especialmente sugerente. En ella, entre matojos de un paraje rural, un hombre menudo y bastante mayor, con aspecto de campesino, iba precedido por un hombretón barbudo de unos cuarenta y pico de años que casi lo doblaba en altura y volumen. Este último iba completamente desnudo y, de su grueso cuello ceñido con un collar de cuero, partía una larga cuerda que, a cierta distancia, enrollaba el primer hombre en una mano ¿Qué sentido cabía dar a la imagen que presentaban? Ni el lugar ni la apariencia cansina y resignada del portador de la cuerda, que contrastaba con la exuberancia del hombre desnudo, hacían pensar en una escena de dominación convencional. Tampoco el hecho de que el atado fuera quien llevaba la delantera dejaba suponer que fuera conducido a la fuerza ¿Se trataría de alguna clase de ritual?


 La foto conservaba todo su misterio y, en mi imaginación, empecé a pergeñar un relato que pusiera en movimiento a tan peculiar pareja y diera sentido a su curiosa ligazón. Por supuesto mis fantasías estaban impregnadas del morbo que me producía la oronda figura del hombre desnudo.

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Para justificar mi entrada en escena, me tomaré la licencia  de no buscarle demasiada verosimilitud. Valga que, como excursionista solitario, fui a parar a un extenso valle encerrado entre agrestes montañas, en el que alternaban cultivos y terrenos irregulares baldíos. Caseríos y granjas, pequeños y muy dispersos, resaltaban aquí y allá.

Mientras deambulaba por los agrestes caminos, me topé con los dos hombres tal como aparecen en la foto. Fue mayor mi sorpresa que la de ellos, que no alteraron su avance hacia donde me había llegado a detener. Ya me había rebasado el hombre desnudo, que parecía absorto sin reparar en mí, cuando el mayor se paró y tiró de la cuerda para hacer que el otro también lo hiciera. Me miró de arriba abajo y dijo: “Usted debe ser forastero ¿verdad?”. Asentí todavía perplejo. Señaló al de delante, que se había girado hacia nosotros al oírlo hablar. “Ese es Tadeo, mi hijo, que lo llevo a hacer una ronda”. No sabía qué me resultaba más extraño, si su completa desnudez, espléndida por lo demás, o el hecho de que lo llevara atado de aquella forma. “¿Por qué va así?”, di a mi pregunta una cierta ambigüedad. “Es para animar a la gente a que venga a la rifa que haremos por la tarde”, contestó el mayor muy serio. “¿Una rifa? ¿De qué?”, volví a preguntar perplejo. “Pensé que usted vendría para eso… También participa algún forastero”, dijo sin aclarar más. “No tenía ni idea”, reconocí. “Pues la hacemos cada semana, tal día como hoy”, siguió sin entrar en materia. “Curiosa manera de celebrar el domingo”, pensé. “¿Pero qué es lo que rifan?”, insistí. “Aquí lo tiene… A mi hijo”. Miré incrédulo al hombre desnudo y el mayor soltó: “¿Qué le parece el muchacho?”. Lo primero que pensé fue: “De muchacho nada. Un tiarrón impresionante”. Pero en cambio contesté más comedido: “Se le ve muy lozano”. Percibí una sonrisa irónica en el aludido. “Ya me cuido de que esté así”, dijo el padre. “Perdone, pero no entiendo nada. Como soy forastero…”, reconocí. “Si quiere, se lo explico… Igual también se decide a ir a la rifa. Cuantos más participen, mejor para nosotros”, propuso el padre. “Si no tienen prisa, me encantaría”, acepté. “¡No, no! Para eso sirve la ronda que hacemos primero… Podemos empezar con usted. Luego ya vamos más rápidos. Los del lugar saben bien de qué va y solo se trata de recordárselo. Viendo así a mi chico siempre se animan”, dijo para mostrar su disposición.

Se sentó en un pedrusco dispuesto ya a rajar y tiró de la cuerda para que Tadeo quedara de pie a su lado. “Aquí ya no queda gente joven. Hay solteros, viudos y las mujeres son ya muy mayores para esos trotes… Mi hijo es lo más joven que se puede encontrar y todavía resulta muy apetitoso. Es lo mejorcito que se puede encontrar”. No pude menos que admitirlo y el padre añadió: “En este sitio tan apartado, los hombres tienen sus necesidades y van muy salidos. Debe ser por el aire de nuestras montañas… Y mi Tadeo me ha salido golfo como el que más. Le encanta revolcarse con cualquiera. A mí no me importaba y lo dejaba hacer a su gusto. Pero cuando se nos murieron todas las cabras, empecé a ir corto de recursos y decidí poner orden. Por eso se me ocurrió lo de la rifa semanal y está teniendo bastante éxito. Hasta viene gente de fuera, como creí que sería su caso”. Empecé a entender lo retorcido del método para explotar las cualidades del hijo y no pude evitar el echar una mirada lujuriosa a su desnudez. No obstante seguía teniendo curiosidad. “¿Para qué va atado con la cuerda? No parece que lo tenga que llevar a rastras. Más bien es él quien tira de usted”. El hombre soltó algo parecido a una risa. “Siempre ayuda un poco de teatro ¿no le parece? Así luce más la ronda y todos recuerdan lo bien que se puede pasar con él. Luego le traspaso la cuerda al ganador de la rifa, que puede disponer de él toda la noche”.

Enterado así del objetivo final de la rifa, me incomodaba no obstante que mi único interlocutor fuera el padre y me atreví a encararme al  hijo. “¿Y tú que dices de todo eso, Tadeo? ¿Te lo pasas bien rondando en pelotas por todo el valle?”. Primero miró al padre pidiendo su venia para hablar y por fin sonó su voz bronca y varonil. “Me divierte que me miren con tantas ganas. Hasta me pone más cachondo”. “¿Y te da igual quién gane la rifa?”, volví a preguntarle. “Si con casi todos me había dado ya revolcones. Cuando le toca a alguno nuevo también me hace gracia la novedad”. “Ya veo que eres muy sincero”, comenté. Él se encogió de hombros confirmándolo. “¿Por qué no? Me gusta follar”.

El padre se lanzó ya a hacerle publicidad con el mayor descaro. “Fíjese en esas tetas, más gordas y firmes que las de muchas hembras… Y del culo para qué le cuento”. Hizo que se diera la vuelta. “¿Qué le parece? Bien gordo y prieto… Y lo que traga”. Quedé totalmente deslumbrado ante aquel culazo espléndido y no podía creer la procacidad con que el padre lo describía. Pero tras su exhibición Tadeo volvió a ponerse de frente y el padre siguió con las loas. “Y de las cosas de macho no piense que se queda corto porque se las vea ahí apretadas por esos muslos tan gordos”.  Para mi estupefacción lo instó. “¡Niño! Arréglate un poco lo de abajo, para que el señor puede acabar de apreciar lo que vales”. Tadeo, con no menos orgullo y clavándome una mirada pícara, se llevó las manos a la entrepierna. Separando ligeramente las piernas hizo resaltar de entre el pelambre unos rotundos huevos pegados a las ingles y, sobre ellos, una polla que empezó a desperezarse. Lo que no me podía esperar fue que el padre me animara. “Como usted es nuevo por aquí, si quiere, puede tocársela un poco… Verá lo dura que se le pone enseguida”. Me quedé cortado sin saber qué hacer, aunque ardía en ganas. Pero me cohibía tanta desfachatez en los dos. Sin embargo, por si mis reservas eran por motivos de higiene el padre precisó: “Sepa usted que para sacarlo de ronda lo dejo antes limpio como una patena. Hasta le restriego los bajos con jabón de olor y en el culo le pongo una lavativa”. Qué iba a hacer ya sino alargar una mano y palpar lo que se me ofrecía. Al instante se le puso tan gruesa y consistente que casi se me escapa de la mano. Para colmo empezó a cimbrearse incitándome a la frotación. Pero el padre lo frenó. “¡Niño, no te pases! Que solo es para que el señor haga una cata”. Aparté ya la mano que me ardía. El padre reanudó la información. “Ya ve cómo es, dispuesto a las primeras de cambio… Pero ahora me ocupo de que no dé tantas facilidades y nos sirva para sacarle un provecho. De ahí lo de la rifa”.

Como en un acuerdo tácito para captarme definitivamente como postor, entre ambos ahora redoblaron la propaganda del producto. “¡Anda! Cuéntale al señor cómo te las apañas para que lo pasen bien los que ganan la rifa”, lo animó. “¡Uf! Es que eso depende de cada cual”, advirtió Tadeo, quien provocativamente se plantó con los brazos en jarra y la polla todavía desafiante, dispuesto a entrar en detalles. “Hay quienes van directos a darse el lote conmigo y bien que los dejo. Me comen las tetas que hasta me quedan marcas de los mordiscos. Me estrujan la polla y los huevos, y como se me pone dura enseguida me pajean a base de bien ¡Menudos chorros me hacen soltar! Que yo de leche, toda la que se quiera. Los que me la chupan casi se ahogan de lo que han de tragar. Y de darme por el culo ni le cuento. Que cuanto más gorda es la polla más la disfruto”. Al tomarse un respiro, maquinalmente bajó un brazo y el dedo con que recogió el juguillo que le abrillantaba el capullo lo subió a la boca para lamérselo. “Otros son más de que yo les haga cosas y les mame hasta que me llenen la boca. Y si se trata de follármelos bien apañados que los dejo… También hay los que se animan con unos azotes y, si lo que les va es dármelos a mí, pues no me parece mal tampoco”. No pude menos que exclamar: “Así no me extraña que haya tantos aspirantes”. Aún añadió para concluir: “Cosas así las he hecho siempre. Pero como ahora  es una vez a la semana y me tienen la noche entera, ahí ya cabe cualquier cosa”. El padre apostilló ufano: “Es que pone el alma en todo lo que hace”.

No faltó nada más para convencerme. Aunque escéptico de que la suerte me sonriera, no pensaba perderme el ceremonial de la rifa, que prometía ser de lo más excitante. Ello suponía que había de alterar mis planes y quedarme más tiempo del previsto en aquel valle, que inicialmente consideré como solo de paso. Así que dije a la pareja: “Pues van a poder contar conmigo”. Me sorprendió que Tadeo correspondiera halagador: “Me gustaría que fueras tú el que ganara”. Pero el padre lo reprendió. “A ver si el señor va a creer que hacemos trampas… Menuda se armaría si los vecinos empezaran a sospechar”. Cambié de tema y pregunté: “Por cierto ¿dónde se hace la rifa?”. El padre me indicó: “Si avanza un trecho más, verá una ermita. Está en ruinas, pero es allí donde hacemos las reuniones de vecinos”. Se puso ya de pie y tiró de la cuerda para que el hijo se pusiera en marcha. “Con su permiso seguiremos con lo nuestro. Espero que nos volvamos a ver más tarde… Y a ver qué pasa”. “No lo duden”, afirmé.  

Henchido de excitación, los contemplé enfilar el camino descendente hacia la zona de cultivos. Trepé hasta un repecho desde el que tenía una visión que me permitió observar a varios labriegos que realizaban en solitario sus labores. En cuanto los veían, saludaban levantando los brazos con gestos de alborozo. Se les acercaban y sentí no poder oír lo que estuvieran diciendo. Supuse que, entre otras cosas comentarían la desnudez del reclamo. Me hizo gracia que, cuando uno, por lo visto más atrevido de la cuenta, intentó meter mano a Tadeo, el padre estiró de la cuerda para apartarlo. Luego los perdí ya de vista y, como había decidido prolongar mi estancia en el valle, busqué un sitio sombreado para matar el tiempo. Recurrí a una barrita energética y un botellín de agua para reconfortarme en la espera y pensé en hacer una siesta. Pero no me quitaba de la cabeza la imagen de aquel pedazo de hombre desnudo y opté por hacerme una buena paja a su salud. Así pude ya dormir un buen rato.

Aunque pensé que me sobraría tiempo, la impaciencia me hizo emprender el camino hacia la ermita. No me fue difícil seguirlo y la subida era suave. En el llano delante del edificio ruinoso estaban ya algunos hombres. Otros más vinieron después. Desde luego debía ser el acontecimiento de la semana para los lugareños. Llegó a haber más de veinte y, al menos en esta ocasión, debía ser yo el único forastero. Se formaban grupos que charlaban animadamente y se percibía cierta expectación. No habían aparecido todavía los protagonistas del evento, pero delante de la ermita había ya una mesa formada por una tabla sobre dos caballetes y, en ella, dos orzas de barro tapadas. De pronto empezó a hacerse silencio y se fue abriendo un pasillo por el que avanzaban, con teatral solemnidad, padre e hijo. Por supuesto Tadeo venía tan en cueros como cuando me encontré con ellos, pero ahora era el padre quien iba delante simulando que tiraba de la cuerda. Llegaron ante la mesa, que quedaba algo elevada facilitando la vista desde todos los lados, y se colocaron juntos frente a la concurrencia. Estallaron ya aplausos y requiebros mayormente soeces dirigidos a Tadeo, que los recibía retador y sonriente con los brazos en jarra. Contrastaba su desvergonzada opulencia con la pequeñez y modestia del padre. Éste sin embargo se impuso y, agitando las manos, mandó callar. Habló con una voz más firme que la que yo le había oído e incluso con dejes de ironía. “Veo que tampoco habéis fallado en esta ocasión, dispuestos a probar suerte una vez más… Y es que el premio siempre vale la pena ¿no es verdad?”. Se desataron asentimientos de tono subido, que no dudó en alentar. “¡Niño! Anímalos como tú sabes a que compren muchos números”. Tadeo, si ya tal como estaba plantado ante la concurrencia era pura provocación, pasó de la quietud a los gestos más lascivos. Con la mirada retándolos de uno en uno, se desperezó levantando los brazos y cruzando las manos tras la nuca. Luego fue bajando para estrujarse las tetas e ir deslizando las manos hasta alcanzar el paquete. Se lo manoseó obscenamente mientras iba girando. Presentó así el culo y, echando el torso hacia delante, estiró de las nalgas para resaltar la raja. Cuando volvió a ponerse de frente, lucía una escandalosa erección. Aunque era algo que ya me había ofrecido en el encuentro de la mañana, que lo reprodujera allí, elevado frente a tanto hombre ansioso, me resultaba tan morboso que hube de apretarme la entrepierna para calmar el ardor que sentía.

El silencio expectante con que se había acogido la exhibición estalló en nuevas proclamas que expresaban un deseo desatado. Impasible, el padre prosiguió. “Pues esta noche uno de vosotros va poder hacer con él algo más que mirar”. Con la emoción del momento, no me había dado cuenta de que se había colocado a mi lado un tipo gordote y cincuentón de rostro risueño. Lo miré cuando le oí comentarme: “Como si no lo hubiéramos catado ya casi todos…”. Me sorprendió su tono sarcástico y le pregunté: “¿Tú también?”. “¡Pues claro! Si ése está siempre dispuesto. Y desde luego es una fiera y se pasa de coña con él… Aunque para mi gusto se sale un poco de gordo. Para eso ya estoy yo… Los prefiero, no digo delgados, pero algo más manejables”. Me lanzó una mirada de lo más expresiva. Pero de momento volvimos a atender al padre que ponía ya en marcha el proceso. “¡Bueno! Si ya habéis hecho boca lo bastante, no perdamos más tiempo. Todos conocéis cómo funciona esto. Total transparencia, sin trampa ni cartón ¡A hacer cola, compañeros! Y con los dineritos a punto para que vaya más rápida”. El método a seguir no era menos original que todo el espectáculo que lograban montar. Padre e hijo pasaron al otro lado de la mesa. Entonces el primero destapó las dos orzas y mostró una de ellas bocabajo para que se viera que estaba vacía. En la otra metió una mano que removió, oyéndose un entrechocar que producían bolitas de madera con números, como las que se usaban en el antiguo juego de la lotería. Se vio cuando sacó una para enseñarla. Tras ello se formó una disciplinada cola, cada cual con la cantidad que pensaba gastarse. Por supuesto me incorporé, junto con el gordito simpático que no se separaba de mí y que me explicó: “En una orza están todos los números que, a medida que se vayan comprando, irán pasando a la otra, donde se jugará la suerte”.

Al llegar a la mesa, cada uno indicaba si quería un número o varios y entregaba el precio correspondiente. El padre sacaba la o las bolas correspondientes, que había de ir pasando a la orza que estaba vacía al principio. La misión de Tadeo era la de tomar la mano del comprador y escribir en la palma con un rotulador el número de la bola. Si eran varios, recurría a las dos manos o incluso subía por el brazo. Y cómo no, en este proceso de manoseo ponía toda su picardía. Además se arrimaba con toda intención al borde de la mesa forzando que los huevos y la polla reposaran bien visibles sobre ella. Lo cual evidentemente encandilaba a los que iba atendiendo, que como al descuido intentaban tocar más de la cuenta, aunque con mayor o menor permisividad según los números que se pedían. La consecuencia de estos escarceos era que el avance se ralentizara, pero entre lo que iba sucediendo en la mesa y la información que no paraba de darme el  gordito, estaba la mar de distraído.

Quise contrastar lo que me había comentado antes con lo que me habían dicho padre e hijo por la mañana, aunque sin entrar en detalles. “Parece que ahora, desde que funciona esto de la rifa, solo se lo lleva al huerto el que tiene suerte cada semana…”. “¡Qué va! Todo es un cuento”, reaccionó enseguida, “Es que el vejete es más listo que el diablo… En cuanto se arruinó, como sabía de largo lo picha brava que es su hijo… y lo salidos que vamos todos aquí, que todo hay que decirlo, se inventó un tinglado para sacarnos los cuartos a los vecinos”. Aumentó mi curiosidad. “Entonces, si el hijo sigue dando las mismas facilidades ¿cómo es que cada domingo se llene esto para comprar números?”. “Parece de locos ¿verdad? Pero aquí hay pocas distracciones y, como un vicio más, nos ha entrado el del juego… Así, aunque el que luego gana en la rifa se lo haya estado cepillando dos días antes, es todo un triunfo de cara a los demás que te toque y podértelo llevar para una noche entera delante de todos, que nos morimos de envidia como tontos”. Añadí mi opinión. “Ya se cuida el tío de tener a todo el mundo babeando tal como se exhibe en puras pelotas desde buena mañana”. “Es que eso le gusta casi tanto como el follar”, afirmó el gordito, “Seguro que es más idea suya que del padre, al que le viene de perlas el éxito de esa clase de reclamo”. Se me agolpaban las preguntas. “¿El padre sabe que, el resto de la semana el hijo sigue haciendo de las suyas y sin beneficio?”. “Ése, mientras le funcione lo de la rifa del domingo, pasa de lo demás. Es lo que ha hecho siempre”. “¿Cómo es que el hijo en su momento no se largó de aquí como han hecho todos los jóvenes? Al parecer, en términos relativos, se ha quedado como el benjamín de todos vosotros y eso contribuye a que sea más apetecible”. “¿Para qué se iba a ir si encuentra aquí lo que más le gusta y encima sin competencia? Tiene a todos los hombres que quiere, y además maduros, que es como le van… ¡El paraíso para él!”. “¿Pero aparte de él, entre los demás hombres no tenéis vuestros rollos también? Porque estoy viendo maduros que hacéis muy buena pinta”. Sonrió ante mi piropo indirecto. “Somos una gente muy rara… Algún lío habrá, pero no se ve con buenos ojos entre hombres ya mayores. Es lo que pasaba en Grecia ¿no? En cambio con los efebos a ponerse las botas… Aunque el de la rifa no sea precisamente un efebo ni se le pueda considerar joven siquiera, al ser el de menos edad, y además tan golfo y provocativo, se tiene un pretexto para satisfacer con él las necesidades de machos salidos. No dejan de ser convenciones que sirven para dormir más tranquilos”. Aún añadió una anécdota al respecto. “Pues resulta que nuestro falso efebo no solo no tiene el menor reparo en ir con todo al aire, sino que tampoco se priva de ventilar secretos de alcoba. Así que un día me contó que uno que está por aquí, y que no quiero señalar, quien según él tiene una verga descomunal, como no ve claro eso de cepillarse a un hombre, le pide que se esconda el paquete entre los muslos para que parezca un coño. Así se pone cachondo metiéndole mano y comiéndole las tetas, para luego darle por el culo tan ricamente”.

Ya quedaba menos para que nos llegara nuestro turno. Pero aún quise saber algo más personal. “¿Te importa que te pregunte si ya te ha tocado alguna vez la rifa?”. “¡Qué me va a importar! Si ya antes te he dicho que había follado con él… Y sí, me tocó hace varias semanas”. No hizo falta que preguntara más porque ya se adelantó él. “Me sentí tan contento y orgulloso como les pasa a todos. Además, tenerlo una noche completa da mucho de sí. No es como un simple revolcón… Realmente valió la pena porque el tío es increíble. No sé la de veces que se corrió de todas las maneras posibles y soltando leche como un toro… Quedé agotado pero en la gloria”.

Cuando estuvimos ante la mesa, el gordito me cedió la vez. Debería querer curiosear cómo me iba la compra. Tadeo me acogió contento. “¡Hola! Me alegro de verte de nuevo… ¿Qué quieres que te dé?”. Siempre insinuante. “Aunque estés con los huevos sobre la mesa, me conformo con un número”, contesté. “¿Tan seguro vas?”. “Es que no creo en la suerte”. “Me gustaría que hoy la tuvieras”. “¿Es lo que le estás diciendo a todos?”. Entretanto me tenía cogida la mano que yo había dejado lacia y, para anotar el número de la bola que había sacado el padre, la bajó casi rozando la polla. “¿Te hago como esta mañana?”, le solté. Rio subiendo la mano. “Ahora no hay privilegios… Pero a lo mejor vas a poder hacerlo toda la noche”. “Dios te oiga”, dije dando ya paso al gordito.

Pronto acabó ya la laboriosa fase y se acercaba el momento clave. Volvió a tomar la palabra el padre. “¡La suerte está echada! En unos instantes sabremos el ganador”. Apartó la orza con las bolas no utilizadas y la puso bajo la mesa para evitar confusiones. Padre e hijo pasaron  delante de la mesa y Tadeo cogió con las dos manos la otra orza y la agitó sacudiéndose todo él como si tocara unas maracas. Me pilló por sorpresa que el padre anunciara: “Como mano inocente propongo la de quien nos vista hoy por primera vez”. Todos miraron hacia mí y el gordito me dio unas palmadas en la espalda. “Te ha tocado”. “Pero no el premio”, repliqué. “¿Quién sabe?”, me animó. Tuve que ir pues hacia la mesa, donde Tadeo había depositado de nuevo la orza. “Remueve bien y saca una bola”, me dijo. Lo hice con mano temblorosa y un gusanillo de débil esperanza. Mostré el número de la extraída a la vez que lo cantaba. Desde luego no era el mío. Se oyó un grito de triunfo. “¡Yo, yo!”. Un tipo sesentón, calvo y barrigudo daba saltos de alegría. Su caminar hacia la mesa se veía ralentizado por las palmadas y las felicitaciones que recibía. El lenguaraz gordito aprovechó el momento. “¡Míralo, como en los Oscars! Ahí donde lo ves es el vaquero. Cada vez que el hijo va a pedirle leche para el padre por la cara, acaban ordeñándose los dos”.

Padre e hijo aguardaban satisfechos. El primero sujetaba ostentosamente la cuerda que había seguido atada al collar de Tadeo. Cuando al fin pudo llegar el agraciado,  el padre hizo un remedo de traspaso simbólico de la cuerda. Pero el tipo no estaba para solemnidades. Se echó la cuerda a un hombro y fue directo a disfrutar de su premio, que lo acogió con los brazos abiertos. La forma en que, ya con licencia absoluta, se restregaron y morrearon, uno en cueros y el otro vestido de domingo, no podía resultar más lúbrica, para exaltación del respetable, que disimulaba su envidia jaleándolos. El paroxismo llegó cuando, al separarse, Tadeo alardeó  de nuevo de una magnífica erección. Y bien orgulloso estaba el premiado de lo que le había tocado en suerte. Ello no fue obstáculo para que el padre, discretamente, instara a éste para una última diligencia, que no era más que quitar a Tadeo el collar junto con la cuerda y entregárselo. Ya lo guardaría para la próxima rifa. Le pregunté al gordito: “¿Qué pasará ahora?”. “Pues que el vaquero se lo lleva corriendo a su casa para aprovechar bien la noche… Si es como una boda de pueblo, pero en la que la novia es siempre la misma y el novio cambia cada semana. Solo falta sacar la sábana al balcón para demostrar que era virgen”. No pude menos que reír por la agudeza irónica del gordito. “¿Y no hay convite de boda?”, pregunté. “El convite se lo montan ellos… Para los demás se acabó la fiesta hasta el domingo que viene”. “Pero por lo que dices entre semana no deja de haber movidas con el mozo”. “Eso sí. Se da por descontado… Mañana mismo ya estará buscando las cosquillas a unos y otros”. “¡Qué fiera!”. “Si le gusta follar más que comer… Y mira lo hermoso que está”. “No me digas que va siempre en pelotas”. “Eso no. Lo reserva para el gancho de la rifa. Pero sus pantalones suben y bajan con facilidad”.

Una vez que la nueva pareja se quitó de en medio muy amartelada, el resto se fue dispersando lentamente con la desgana típica de un fin de fiesta. Pero el gordito seguía a mi lado y me preguntó solícito: “¿Tú qué haces ahora?”. Fue entonces cuando tomé conciencia de que mis planes se habían complicado al enredarme con lo de la rifa. Así lo expresé. “Pues voy a tener que darme prisa para coger el coche… Esta mañana pensaba que estaría por aquí solo de paso y ya se está haciendo de noche”. Dijo alarmado: “¡Dónde vas a ir ahora con lo malas que son estas carreteras y más de noche!”. “Habría de buscar un sitio para dormir”, repliqué. “¿Y no se te ocurre que aquí puedes tenerlo?”. “No me parecía…”, empecé a decir viéndolas venir. Fue rápido. “Soy modesto pero no duermo bajo un árbol”. “¿Me darías cobijo?”, pregunté más relajado. “Ya que no he tenido suerte en la rifa…”, soltó con picardía. “Aquí todos estáis pensando en lo mismo”, dije divertido. “¿Y tú no?”. El gordito, sin la exuberancia del protagonista de la jornada, estaba bastante apetitoso y quedaba claro que desde el principio me había tirado los tejos. Así que acepté. “Entonces me pongo en tus manos”. “Vamos entonces, que mi casa no está lejos”, dijo tomándome del brazo muy contento, “Me llamo Martín”. “¿Vives solo?”, pregunté no obstante. “Como casi todos aquí… Follamos pero no procreamos. Así somos de decadentes”. “Pues lo que llevo visto hasta ahora me resulta muy interesante”. “Espero que siga siendo así”. “¿A qué te dedicas?”, inquirí nuevamente. “Tengo panales de abejas. Dan una miel muy rica… Pero no te preocupes, que no entran en la casa”. “Debes ser muy dulce”, lo piropeé. “Tú mismo podrás comprobarlo”.

Más que una casa, era una cabaña de madera. El interior consistía en un espacio único, modesto pero bastante aseado. Era consciente de que no se iba a tratar solo de dormir y, después de la calentura que había acumulado con el insólito y continuado espectáculo del día, me sentí decididamente dispuesto a un revolcón con el gordito Martín. Éste sin embargo consideró adecuado cumplir primero con sus deberes de anfitrión. “Debes tener hambre… Puedo calentar una sopa y hacer unos huevos”. “¿Habrá miel de postre?”, pregunté risueño. “¡Por supuesto!”. Dimos cuenta rápidamente de sus viandas y Martín aprovechó para preparar el terreno, con una cierta timidez que contrastaba con su agudeza verbal. “No te importará compartir la cama conmigo ¿verdad?”. “Lo estoy deseando”, repliqué.

Después de los insólitos y desmadrados acontecimientos del día, acostarme con mi anfitrión fue todo un remanso de paz. Los dos desnudos en la cama nos examinamos mutuamente, con la vista y también con las manos. Me gustó su timidez, que resultaba extraña en el ambiente que dominaba en el lugar. Tenía formas redondeadas, con un vello suave, que resultaban mullidas al tacto. Se dejaba hacer y le lamí los rosados pezones. Cuando se los succioné, gimoteó estremecido. Tanteé más debajo de su barriga y di con la polla corta y gruesa, que ya estaba dura, sobre unos compactos huevos. De pronto pidió: “¿Puedo yo ahora?”. Conmovido por su delicadeza, me puse bocarriba ofreciéndome. Fue llenándome el cuerpo de dulces lamidas y besos que me electrizaron. Se iba deslizando lentamente hasta llegar ante mi polla, dura del todo ya. La acarició con suavidad y, mirándome a los ojos como pidiéndome permiso, se puso a chuparla. Lo hacía pausado, con una succión y unos pases de lengua alrededor que rozaba la perfección. Tuve que frenarlo y entonces quise hacerle yo lo mismo, pero enseguida me dio otra opción. “¿Por qué no me penetras ya?”. Hasta en eso era fino. Se giró rápidamente y me ofreció el culo. Respingón y suculento como lo vi, no dudé en complacerlo. Me abrí paso entre sus piernas con la polla bien tiesa y me fui dejando caer. Apenas sin forzar la entrada, la polla me quedó cálidamente envuelta. Los murmullos de complacencia que oía aumentaron mi excitación. Empecé a moverme y, a medida que Martín repetía decididos “¡Sí, sí!” llevando mi ritmo, yo aceleraba el bombeo. Me sentí venir el orgasmo y una enérgica sacudida hizo que me vaciara con varios espasmos. Quedé paralizado, pero me extrañó que, tras recibir mi corrida y con la polla todavía aflojándoseme dentro de su culo, Martín siguiera temblando y resoplando. Oí que decía: “¡Espera, no te apartes! Estoy acabando”. Y era que espontáneamente mi follada había hecho que también se corriera. Una vez separados, quiso disculparse. “Perdona… Es que se me escapa enseguida”. Repliqué: “¿Perdonar qué? Si me ha encantado hacerte disfrutar de ese modo”. Como si pensara en voz alta, soltó: “A Tadeo le hace mucha gracia que me pase esto”. No pude menos que admirarme de cómo giraba todo en torno al dichoso Tadeo en este sitio. Fuera como fuera quedé bien saciado y, acunado por los cariños que me dispensaba Martín, me quedé frito entre sus brazos.

Martín me ofreció un desayuno sustancioso y, de nuevo dicharachero, bromeó. “Esta leche es del vaquero… Bueno, de sus vacas. No vayas a creer otra cosa”. Como tenía que cuidar a sus abejas, preferí no acompañarlo y nos despedimos ya con cariñosos besos. “¿Volverás por aquí?”, me preguntó. “Ganas sí que me quedan… Todo son sorpresas”. “Vuelve para otra rifa y, si no tienes suerte, puedes llevarte un premio de consolación”, dijo modesto. “Tú sí que has sido el premio gordo”, lo lisonjeé. “Lo de gordo lo admito”, asintió. “Y lo de premio”, insistí yo. Le di un último beso y ya fui en busca de mi coche.

Pero aquél valle tenía una especie de imán que tiraba de mí haciendo que retrasara la marcha. Así que, sin saber para qué, al menos conscientemente, me entretuve vagando de nuevo por aquellos caminos sin destino fijo. Me dio un vuelco el corazón cuando vi que subía hacia mí nada menos que Tadeo, por lo visto ya cumplido el compromiso de la rifa. Venía solo esta vez y, aunque ya no desnudo, los pantalones cortos que reventaban los gruesos muslos, así como la camiseta que marcaba las formas de su torso y le quedaba por encima del ombligo, parecían ex profeso para la provocación. Enseguida me reconoció. “¡Hombre! ¿Aún por aquí?”. “Ayer se me hizo tarde con la rifa y he pasado aquí la noche”, expliqué. “Seguro que con alguien ¿Tan pronto te olvidaste de mí?”, dijo meloso. “Eso es difícil… Aunque casi no te reconozco al verte con ropa”. “El de esta noche me ha dejado algo para ponerme, que no siempre voy a ir en pelotas”. “Se distraerían demasiado tus vecinos. Sabes dosificarte… Aunque así tampoco estás nada mal”. “¿Tú crees? Me va estrecho”. Se tocó como si necesitara ajustarse el paquete. “Por cierto”, dije cambiando de tema, “¿Cómo te ha ido la noche?”. “¡Uf! ¡Qué manera de follar! Ayer mi padre y yo ya te contamos cómo funciono ¿Te acuerdas?”. “¡Cómo no!”, dije. “Pues imagínate toda la noche dale que te pego, que estos de la rifa, cuando ganan, no quieren perder el tiempo durmiendo”. “Así que estarás agotado”. “¡De eso nada! Ahora mismo, si me la tocas como hiciste ayer, se me vuelve a poner como una piedra… Y si me pajeas, me sale tanta leche como en el primer polvo de anoche”. Casi sin pensarlo, solté: “Sería cuestión de comprobarlo”. Me di cuenta entonces que me estaba dejando enredar por ese magnetismo que le atribuían y me parecía increíble que, después del sexo tan satisfactorio que acababa de tener con el gordito, estuviera sintiendo una pulsión intensa de deseo. Por eso añadí: “Pero ya sé que ahora te reservas para la rifa de los domingos”. Rio con ganas. “A ti te lo puedo confesar. Eso es lo que decimos mi padre y yo… ¿Pero te imaginas que voy a poder quedarme en blanco toda la semana?”. “No te conozco tanto”, me escabullí. Pero él ya tenía puesta la directa. “Me gustaste cuando te conocí ayer ¿No te diste cuenta? Quise que me agarraras la polla, que era lo único que podía hacer en aquel momento”. “Fue tu padre quien me lo ofreció para animarme a ir a la rifa”. “Pero yo te habría dejado seguir”. Me fijé en que la delantera de los ajustados pantalones se le iba tensando, hasta el punto de que la tira de tela que cubre la cremallera se había desplazado y ésta quedaba a la vista. Tadeo captó mi observación y dijo: “Voy a tener que quitarme esto”. Dio un tirón para que bajaran los pantalones, que cayeron al suelo, y en efecto surgió la polla bien tiesa apuntando hacia delante. “¿Ves como no exagero? Ahora no está mi padre”, dijo con un punto de ironía. Era ya demasiado para mí y, como si mi mano no me obedeciera, fue a cerrarse en torno a la gruesa polla. “¡Um! Me encanta el calor de tu mano”, dijo en un susurro. Yo desde luego notaba que me ardía. Pero entonces Tadeo se apartó, pataleó para sacar los pantalones, que cogió con una mano, y con la otra tiró de mí para salirnos del camino. Apenas nos adentramos y dejó los pantalones sobre una rama. Se quitó también la camiseta y se me mostró una vez más en cueros. “¿A que así te gusta más?”. La polla seguía bien tiesa y un impulso irrefrenable me hizo caer de rodillas. No solo volví a manosearla sino que me la metí en la boca. “¡Uy, así me gusta!”, le oí decir. Mamé con ansia hasta que exclamó: “¡Cómo me has puesto ya!”. Pero añadió: “Será mejor que dejes de chupar y sigas con la mano… Pronto sabrás por qué te lo digo”. Pasé pues a frotar y de pronto empezó a lanzar una serie de chorros continuados de una potencia y densidad que me dejaron estupefacto. Cuando el fluido decreció soltó un profundo suspiro. “¡Uuufff! No quería que te ahogaras. Los que me conocen están ya al tanto de lo que pueden llegar a tragar”. Pese a todo quise saborear su leche y lamí goloso la que le goteaba.

Pensé que ahí habría quedado todo y que me llevaría un buen recuerdo de despedida. Pero no había contado con que para Tadeo nunca era bastante. Tiró de mí hacia arriba y me estrechó contra su pecho. “Todavía te queda más por comer… Y a mí también”. Plantó la boca en la mía y directamente me metió la lengua. Se apartó un momento para decir: “Aún te sabe a mi leche”. Mientras reanudaba el intenso morreo, llevó las manos a los bajos de mi camiseta y la subió para sacármela por la cabeza. Como era evidente que no pararía hasta dejarme tan en cueros como él, ayudé bajándome los pantalones. Juntamos tanto los cuerpos que, a pesar de las barrigas, mi erección chocó con la suya, que increíblemente había recuperado la misma firmeza que tenía antes de que se la mamara. Él mismo me movió la cabeza para ofrecerme las tetas. “¡Sigue comiendo!”. Desde luego no podían ser más tentadoras, gordas y consistentes con pezones picudos ¡Con qué ganas las chupé! Pero Tadeo no tenía suficiente. “¡No seas tímido y muerde! Me vuelve loco”. “Ya tienes marcas”, observé. “¡Claro! De esta noche ¡Avívamelas!”. Así que mordí enfebrecido donde unas horas antes lo había hecho el vaquero. Tadeo jadeaba. “¡Aj, cómo me pones!”. Quedé con la boca babeante y entonces Tadeo me impulsó para que me subiera a una elevación del terreno. Así agachado, se dispuso a chupármela ahora él a mí ¡Cómo sabía mamar! Su lengua envolvía el capullo y se tragaba la polla hasta que sus labios topaban con mi pubis. Ralentizaba el proceso sin querer llevarme al éxtasis alternando con lamidas a los huevos.

De pronto Tadeo dijo: “A punto para follarme ¿eh?”. A estas alturas era lo que más deseaba, tanto como parecía ocurrirle a él. Se apresuró a inclinarse sobre la recia rama de un arbusto y me ofreció el culo. “¡Todo tuyo!”. Me eché encima y le entré de golpe a la primera. “¡Sí, qué bien!”, exclamó Tadeo. Yo no podía sino concentrarme en el calor que cercaba mi polla y mi excitación se disparaba con el morbo  de pensar que ahí adentro aún quedaría algo de las corridas que le habrían descargado esa noche. Sin embargo, cuando más entusiasmado estaba en mi follada, y abstraído de todo, me alarmó el sonido de unas voces que comentaban divertidas: “¡Mira! Ahí está otra vez Tadeo poniendo el culo”, “No habrá tenido bastante con el vaquero”, “¿Ese otro no es el forastero?”, “Otro añadido a su lista”. Provenían de dos tipos que, pasando por el camino, del que apenas nos habíamos alejado por las prisas de Tadeo, se habían detenido al vernos. Como me quedé paralizado, Tadeo me incitó: “¡Tú sigue! No les hagas caso”. Estaba tan lanzado que pasando, de ellos, reanudé el bombeo, mientras oía sus risas al alejarse ya. En cierta forma me vino bien la interrupción, porque con ella pude alargar el placer que aquel culo me estaba haciendo sentir y que Tadeo sabía fomentar. “¡Cómo me gusta tener tu polla dentro!”, “¡Zumba, zumba!”. Pero no solo me enardecía con sus palabras, porque también se meneaba hábilmente para encajarme mejor y hacía contracciones que me apretaban la polla. Por más que quise resistir llegó un momento en no pude sino casi gritar: “¡¡Ya!!”. E inicié una descarga que creí que nunca iba a acabar. Me daba vueltas la cabeza mientras notaba la fuerza con que me salía la leche y la tensión de Tadeo al recibirla.

Quedé echado sobre él sin fuerzas para moverme hasta que la polla me fue resbalando y salió goteando. Su impulso al ponerse derecho hizo que yo también me quedara de pie, todavía abrumado por la pasión que había llegado a poner en la consumación. Entonces Tadeo exclamó: “¡Qué buen polvo!”. “Uno más ¿no?”, replique consciente de que aquello para él debía ser plato de cada día. “Todos tienen su qué”, puntualizó. “Pues temí que se me fuera a cortar cuando aparecieron aquellos”, dije pensando en la intrusión de sus amigos. “No pasa nada. No será la primera vez que me ven follando… Si esos dos también me buscan las cosquillas”. Añadió riendo: “Yo no me oculto de nada”. “Eso ya lo tengo comprobado”. Lo que no ocultó ahora fue la tremenda erección que había recuperado. “¿Así estás otra vez?”, le dije. “¿Qué quieres? Cuando me alegran el culo me pongo burro enseguida”. Se agarró la polla y la sacudió. “¿Quieres ver el pajón que me hago?”. “Tú mismo”, me limité a contestar, porque en ese momento había quedado fuera de juego. Tadeo no se lo pensó dos veces y allí de pie se puso a meneársela con entusiasmo. Verlo así, agitando todo el corpachón y con expresión concentrada, reavivó insospechadamente mi excitación. No tardó en empezar a soltar chorros de leche no inferiores en fuerza y cantidad a los ya sacados por mi intervención hacía poco.

Sin embargo, pareció que su poderío sexual fuera contagioso, porque nada más acabar yo estaba empalmado de nuevo. Tadeo se rio. “¡Vaya! Seguro que aún te queda algo en la recámara”. Impulsivo, hizo que me subiera a la elevación del terreno de antes y repitió la mamada. La dominaba con una maestría que noté que me invadía un deseo de correrme tan intenso, si no más, como el que había tenido cuando estaba dentro de su culo. Pero ahora Tadeo no medía los tiempos e iba a por todas. Para qué iba a avisar, si sabía que estaba dispuesto a beberse toda mi leche. Cuando empecé a soltarla, me parecía increíble que en tan poco espacio de tiempo hubiera podido acumular de nuevo tanta cantidad, y que además saliera con tal ímpetu ¿Sería por el aire de aquellas montañas, como había dicho el padre de Tadeo? ¿O era que éste estaba dotado de lúbricos y mágicos poderes? Entretanto él iba sorbiendo con delectación, hasta que levantó la cara hacia la mía con expresión radiante y labios y barba perlados de leche. “¡Qué rica me ha sabido!”, exclamó. Yo estaba sin resuello y me senté en un tronco volcado. Tadeo, sonriente, lo hizo también a mi lado, con la misma frescura con que me lo había encontrado hacía poco.

El hechizo se rompió cuando volvieron a pasar, ahora en dirección contraria, los dos tipos de antes. Como vieron que no estábamos en acción, se acercaron más e interpelaron a Tadeo. “¿Qué, ya has acabado la faena con el forastero?”. Tadeo no se inmutó y divertido les soltó: “¡Anda y largaros de aquí, envidiosos! Que ya os pillaré yo cuando me venga en gana”. Los otros rieron y siguieron su marcha. “Los tienes haciendo cola ¿eh?”, le comenté. “¡No veas! Pero tampoco son tantos y no todos me dan el mismo tute… Algunos están ya viejos y se conforman con toquetearme un poco. Si acaso me hacen una paja o me la hago yo para que miren… Y tan contentos”. Ya empezó a ponerse la poca ropa que había traído. “Tendré que ir a mi casa para ayudar a mi padre con las cuentas de la rifa”. Salúdalo de mi parte”, dije con ironía. “¿Tú qué harás ahora?”, preguntó. “Ya cojo el coche y me largo de aquí, no sea que me encuentre con más sorpresas”. Rio y agarrándome me dio un largo beso con lengua. “No tendrás queja…”, dijo al soltarme. Cuando ya se marchaba, aún se volvió. “Acuérdate de las rifas… Siempre te puede tocar o, al menos, ya estaré yo para compensarte”. Fue alejándose por el camino con su corpachón embutido en aquellas prendas  tan escasas.

“¡Ahora sí que no hay vuelta de hoja!”, me dije a mí mismo. Cuando hube superado la tortuosa carretera de montaña que me alejaba del valle, empecé a preguntarme si no sería que todavía tenía que despertarme ¿Había pasado realmente todo lo que atropelladamente bullía en mi cabeza? ¿Podía haber sido yo capaz de desplegar en tan pocas horas semejante vigor continuado? Porque las piernas me las notaba firmes y se me había abierto tal apetito que ansiaba encontrar un buen sitio donde almorzar.

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Situado ahora fuera ya del relato, puedo plantear: ¿Inverosímil? ¿Disparatado? El caso es que, al hacer volar mi imaginación en torno a aquella foto tan intrigante, es así como me lie al desarrollar la historia, en la que de paso me he permitido regalarme con unos increíbles y diversos disfrutes sexuales. Podía haber sido de otra manera, incluso de muchas otras. Pero tal como me ha salido la doy a conocer.

viernes, 26 de octubre de 2018

Versiones para todos los gustos

Ir a la sauna con mi amigo Javier siempre se presta a nuevas experiencias y anécdotas. Lo he descrito como un gordote, cincuentón ya largo y desinhibido, que va siempre a por todas y sabe explotar el atractivo que ejerce. En esta ocasión, cuando entramos en el vestuario, me fijé en que había un antiguo conocido hablando con otros. Estaba de espaldas y no nos vio, y Javier tampoco se fijó. Al llegar a la zona de nuestras taquillas, que quedaba en el ángulo del fondo, le comenté: “Está por ahí Alberto”. “¿Ah, sí?”, se limitó a contestar, porque en ese momento lo que le acuciaba era despelotarse cuanto antes para lanzarse a la aventura. Así que fuimos a ducharnos y al dirigirnos como de costumbre a la sala de vapor, vi que en la piscina estaba Alberto, que ahora sí que nos vio también.

He de explicar que a Alberto lo había conocido, junto con Emilio, su pareja de entonces, en esa misma sauna hacía ya bastante tiempo. Simpatizamos y le hablé de Javier. Enseguida mostraron interés en conocerlo y les dije que hablaría con él para proponerle que nos encontráremos en mi casa. Se lo comenté a Javier y le describí a la pareja: Alberto, grueso y guapetón, de unos cuarenta años, y Emilio, de cincuenta largos, robusto y de aspecto muy formal. Javier aceptó el encuentro y los citamos a media mañana. Con la desenvoltura que le caracteriza, no quiso esperarlos con la ropa de calle aunque fueran desconocidos para él y se puso cómodo, como hace siempre cuando llega: una vieja camiseta y un eslip más bien pequeño para su volumen. Evidentemente, cuando llegaron los otros, quedaron prendados de Javier y de la forma en que los recibía. Estaba claro, por lo demás, que se trataba de ir al grano y, en los saludos de presentación, aparte de los besos de rigor, Javier fue objeto, muy a su gusto, de algunos achuches. Mientras los recién llegados y yo nos desnudábamos, él ya se había ido al dormitorio y, despelotado, aguardaba bocabajo sobre la cama. No recuerdo si hubo muchos prolegómenos, con la pareja abordándolo por los dos lados, pero sí que la postura provocadora de Javier dio lugar a que uno tras otro se lo follaran con ganas.

Mantuvimos una cierta relación de amistad con Emilio y Alberto, aunque no repetimos el encuentro íntimo. Pero recuerdo que, una vez en que tomé un café con Emilio, no dejó de evocar divertido la impresión que le había causado Javier. “¡Vaya una pieza! Sin conocernos todavía, ya estaba medio en cueros esperándonos”. Javier, por su parte, tuvo algunos contactos en plan profesional con  ellos, y no me consta que llegaran más allá. Luego supimos que la pareja había roto y Javier incluso ofreció algún trabajillo a Alberto. Pero resultó ser poco formal y no continuaron. Javier llegó a comentarme al respecto: “Tenía más interés en follarme que en trabajar”. Si Alberto lo había conseguido o no, nunca lo supe.

Volviendo a nuestra entrada en el vapor, donde aún no había nadie, aprovechamos los que iban a ser breves momentos de intimidad. Javier, pegado de pie a la pared del fondo y dejado el paño de la cintura en un banco, me atrajo hacia él para que nos morreáramos. Me cogió una mano y la llevó a su polla. Le gusta que, antes de que se le ponga tiesa, se la estruje junto con los huevos. Pero enseguida la dureza se afianzó y, sin dejar de sobársela, me puse a comerle las tetas. Ya suspiraba Javier sonoramente cuando entró alguien. Enseguida reconocí a un tipo mayor, alto y delgado, que, como en otras ocasiones, parecía detectar inmediatamente la presencia de Javier. Es un besucón que se le pega, buscándole la boca y manoseándole la polla. Javier, con su adaptabilidad, se dejaba hacer, mientras que yo metía la cabeza entre ellos para seguir chupándole las tetas.

En éstas apareció Alberto que, viendo acaparado a Javier, se colocó discretamente al lado. Pese a que el otro seguía restregándosele, Javier estiró un brazo para atraer al recién llegado. Al reconocerlo, lo saludó besándolo cariñoso y hasta jugueteando con el piercing que llevaba en un pezón. Aproveché para intervenir yo también y pude comprobar que la polla de Alberto se había puesto asimismo dura. No sé cómo se las apañó Javier para zafarse del pegajoso que, no dispuesto a renunciar, se giró y le puso a tiro el culo. Javier no se privó de metérsela y darle varias arremetidas con ostentosos resoplidos. Alberto entonces se le arrimó por detrás y, en cuanto el follado se dio por satisfecho y al fin se largó, se la clavó a Javier. Éste soltó un “¡Uhhh!” complacido mirándome y se dejó zumbar un rato. Pero pronto hubo un cambio de posiciones y fue Javier quien se la metió a Alberto. A mí, que seguía a su lado, me comentó: “Lo tiene de mantequilla” ¿Lo habría comprobado ya antes?  Con la fugacidad de estas folladas en el vapor, Alberto se desenganchó y, ya bien caliente, se la meneó mientras con la otra mano agarraba la polla de Javier. No tardó en correrse y, después de besarnos, salió a ducharse. “¡Sí que ha sido rápido!”, se sorprendió Javier. “Ganas que te tendría”, comenté.

Al entrar más gente, la cosa empezó a desmadrarse. Otro tío alto se pegó a Javier y, aparte de restregarse y manosearlo, se dedicó a susurrarle cosas que Javier, complaciente, le iba contestando sonriente y educadamente. Pero entretanto, un tipo recio y peludete, por lo que pude palpar a su paso ya que apenas pude verlo, se sentó en el banco junto a Javier y se las apañó para echarle mano a la polla y ponerse a chupársela. Parece que lo hacía muy bien porque Javier, a pesar de los acosos que sufría, le daba todas las facilidades y resoplaba de gusto. De pronto Javier, sofocado, se sustrajo de la melé y buscó su paño para salir del vapor. Fui con él y me preguntó: “¿Quién era el que me la estaba mamando?”. “No lo sé… Se metió por allí abajo y quedó tapado por los de alrededor”, contesté. “Pues me la ha chupado que era un gusto, y me daba uno lametones a los huevos…”, se recreó. “¿Te ha hecho correr?”. “No he querido hacerlo todavía. Por eso he salido”. Así que pasamos a las duchas y a continuación nos dispusimos a ir al bar.

Con las bromas habituales de Javier al chico que sirve, pedimos nuestras bebidas. Como la banqueta que hay perpendicular a la barra estaba libre, propuse que nos sentáramos, en lugar de quedarnos de pie o encaramados en los taburetes. Me gustaba de ese modo poder acariciarle la espalda y bajar hasta el comienzo de la raja. Javier correspondía apoyándose cariñoso sobre mí con fugaces besitos. Como tiene por costumbre doblar el paño por la mitad al ceñírselo bajo la barriga, no le importa lo más mínimo, o más bien le gusta, que al sentarse se le suba y deje al aire el paquete para todo el que quiera mirar. Llegaron Alberto y el amigo con el que había venido a la sauna, un tipo alto y barbudo que nos presentó como Pedro, un compañero de trabajo. Acodados en la barra frente a nosotros, charlamos un rato. Alberto habló del nuevo trabajo que tenía y comentó que, después de la ruptura con Emilio, no tenía planes de volver a emparejarse. Por supuesto Javier no corrigió su procaz lucimiento de bajos durante la charla, y los ojos de los otros dos, sobre todo de Pedro a quien le cogía de nuevo, se iban con frecuencia hacia allí.

Cuando terminamos las copas, nos levantamos y, como primera medida, nos volvimos a dirigir al vapor. Se había llenado mucho y a Javier no le apeteció ahora meterse en el barullo. Así que iniciamos un recorrido de inspección por los pasillos y las salas. Me daba la impresión de que a Javier le habría gustado reencontrar, para que lo rematara, al que le había estado haciendo la mamada tan eficiente, pero a falta de más datos no pudimos dar con él. Acabamos recalando en el cuarto oscuro que tiene una gran cama central. Curiosamente no había nadie entonces, pero Javier decidió  tumbarse bocarriba bien despatarrado, con brazos y piernas en cruz. Para hacer boca me pidió: “Ponte para que te la chupe”. Así que me subí con las rodillas a los lados de su cabeza y me sorbió la polla. Intenté volcarme hacia delante para chupársela también, pero el volumen de su barriga me impedía alcanzársela y hube de limitarme a sobársela. Ya empezó a entrar gente, a la que le costaba hacerse la vista en la semioscuridad para vislumbrar el corpachón de Javier en la cama. Tanteaban a ciegas sobre él y llegaban a manosearle la polla, aunque no se decidían a atacar más a fondo. Me pareció ver que entraba Pedro, el amigo de Alberto, que no tardó en identificarme, erguido sobre la cara de Javier. Tampoco le cupo duda de que éste era el que yacía sobre la cama. Me aparté discretamente para dejarle el campo libre y Pedro fue palpando primero por todo el cuerpo de Javier, que ya también lo había reconocido y le susurró un “¡Hola!” invitador. Se besaron ya y Pedro le dijo quedo: “Te voy a comer todo lo que estabas enseñando en el bar”. “¡Todo tuyo!”, contestó Javier. Pedro descendió hasta llegar con la boca a la polla de Javier. Chupaba con entusiasmo y los efectos que producía los ilustraba Javier resoplando con sonoridad y agarrándole la cabeza. Yo cooperé con pellizcos en los pezones, pero también me la iba meneando con la excitación ya desbordada. Cuando Pedro soltó la polla para lamer los huevos a Javier, éste aprovechó para agarrársela y pajearse compulsivamente. Sus estertores denotaban la inminencia de la corrida, que a mí también me iba viniendo. Creo que lo hicimos simultáneamente, y yo casi lo hago sobre Javier. Pedro no se privó de lamer la leche que le brotaba a Javier, lo que provocó a éste temblores y risa floja. Cuando Alberto vio que los tres íbamos en busca de las duchas, comentó divertido: “Veo que también habéis hecho amistad ¿eh?”. Había sido una jornada de sauna muy intensa… aunque, yendo con Javier ¿cuándo no lo era?


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El encuentro con Alberto, del que parecía que  Javier se había desentendido hacía tiempo, tuvo sus consecuencias. Unos días después me dijo: “He ido a casa de Alberto para asuntos de su trabajo”. “¿Cómo es eso? Creía que ya no tenía nada que ver contigo”. “Es así… Pero me llamó para que lo asesorara en lo que hace él ahora y, como lo tiene todo en su ordenador, era más práctico que me pasara por su casa”. Me sonó demasiado explicativo y comenté con retintín: “Así que solo ha sido una visita profesional…”. “Esa era mi intención…”. “¿Era?”, insistí. “Bueno… Es que cuando estábamos acabando apareció su amigo Pedro”. “¿Lo había avisado Alberto?”. “No sé. El caso es que vino”. “Y ya se lio la cosa ¿no?”. “A lo tonto, a lo tonto empezaron a meterme mano…”. “Tú encantado, claro”. “¿Qué querías que hiciera? ¿Hacerme el estrecho?”. “Eso tú nunca”, bromeé. “Me tenían muchas ganas…”, reflexionó Javier muy serio. “Por lo visto no tuvieron bastante con lo de la sauna…”, le pinché. “Les debió parecer solo como un tanteo”. “¡Vaya tanteo! Alberto te dio por el culo y tú a él, y Pedro te hizo una mamada”. “En su casa era más cómodo”, reconoció. “¿Te trataron bien?”. “¡Uf! Me dieron mucha marcha”. “¿Cómo fue? ¡Cuenta, cuenta!”. “¡Mira que eres chafardero! ¿Me vas a hacer entrar en detalles?”. “Ya que me lo perdí… Además, te gustará recrearlo”. “Sí, y hasta me empalmaré”, ironizó. Pero me lo contó tal como yo quería…

“Alberto y yo hablábamos muy tranquilos del asunto de su trabajo. Ni siquiera mencionamos el encuentro en la sauna. De pronto sonó el interfono y Alberto me dijo: “Es Pedro, el compañero que conociste el otro día… No te importa ¿verdad?”. “¡Claro que no!”, contesté creyendo que también estaría interesado en el tema que tratábamos. Así que subió Pedro y puso cara de sorprenderse al verme. “Espero no interrumpir nada”, dijo con cierta intención. “Hoy hacíamos una cosa seria”, le replicó Alberto riendo. “¡Lástima!”, dijo el otro. Y se dirigió a mí. “No me pareciste tú muy serio…”. “Solo cuando conviene”, le seguí la broma. Estábamos los tres de pie, porque Alberto había abierto la puerta y yo me había levantado para saludar a Pedro. Por cierto, con un par de besos, como había hecho con Alberto al llegar. Pedro lo aprovechó para ponerme las manos en los hombros y soltó directo: “Me encantó comerte la polla… Lo estaba deseando desde que nos la enseñabas en el bar”. “¿Eso hice?”, reí, “Pues me dejaste muy a gusto”. “A ver si voy a quedar fuera de juego”, dijo Alberto arrimándose también. Total, que empezaron a morrearme y a meterme mano por todas partes. Tuve que dejarme hacer ¿no crees? Además me empalmé y ellos lo notaron. Enseguida estuvimos los tres en pelotas y con las pollas duras. Pero estaba claro que los dos iban a por mí, por la forma en que me sobaban mientras me llevaban hacia la cama de Alberto. Bien caliente ya me dejé caer y, con cada uno a un lado, siguieron poniéndome a cien. Pedro la tomó con mi polla y mis huevos, chupando, lamiendo y sobando, y Alberto me metió la suya en la boca para que se la mamara. Cuando no podía más, para darme un respiro, no se me ocurrió otra cosa que darme la vuelta y ponerme bocabajo. Y claro, qué iba a pasar sino que me follaron los dos. Primero fue Alberto, que me arreó con tantas ganas que no tardó en correrse. La verdad es que me dio mucho gusto, pero como su follada había sido corta, ya estaba deseando que Pedro también me metiera su polla, que además era enorme. Y el tío lo que hizo fue volver a ponerme bocarriba y levantarme las piernas. Agarrado a las pantorrillas me mantenía subido el culo y me clavó la polla tan fuerte que me hizo ver las estrellas. Menos mal que la leche que me había echado Alberto hacía de lubricante. Pero Pedro se acopló muy bien dilatándome al máximo. Casi no podía respirar de la presión que me hacía la barriga sobre el pecho y mi polla bailaba con las arremetidas que me daba. Además ponía una cara de vicio que no veas y eso me excitaba aún más. Pedro no se corrió dentro sino que, en el último momento, se salió y me roció de leche que me llegó hasta el pecho. Me soltó las piernas, que cayeron a plomo, y por fin pude respirar ansioso…”.

Aquí interrumpí el crudo relato de Javier para decirle con malicia: “Así que te dejaron follado por partida doble, pringado de leche y te tuviste que desfogar por tu cuenta ¿no?”. “¡Qué va! Si aún tenían marcha…”

“De momento estábamos los tres derrengados sobre la cama. Pronto Pedro tuvo el detalle de coger una toalla y ponerse a limpiarme la leche que me había caído por el cuerpo antes de que se secara. Pero también usaba las manos para pellizcarme los pezones y sobarme la polla y los huevos. Me daba tanto gusto que enseguida volvió a ponérseme dura, con unas ganas tremendas de correrme. Empecé a meneármela, aunque entretanto Alberto se había girado dándome la espalda. Vi su culo bien redondo y liso, y no me resistí. Si él me había follado, por qué no aprovechar yo ahora… Lo hice moverse para que quedara bocabajo del todo y tiré de sus caderas para que llegara a elevarse sobre las rodillas. Alberto rezongaba, pero se dejaba hacer. ¡Qué bien me vino meterme en su agujero y cómo se adaptó mi polla! Me abandonó el cansancio y le arreé con fuerza. Acabé echándole una corrida que me supo a gloria…”.

“¡Vaya revolcón más completito tuviste, eh! Ni buscado aposta”, le dije irónico. “Ya te he dicho que me pillaron por sorpresa… Yo no iba en ese plan”, contestó Javier muy serio. “Pero no les ibas a hacer un feo, claro”, seguí pinchándole. “Ya sabes que cuando me tocan me dejo hacer lo que sea”, declaró en un arranque de sinceridad. “¿Y cómo acabó la cosa? ¿Quedasteis para otra ocasión?”. “¡No, no! Me di una ducha rápida, me vestí y me marché… Si con Alberto prefiero mantener las distancias”. “Pues en pocos días os habéis follado mutuamente al menos dos veces…”. “Coincidencias… Si no me llegas a avisar, ni siquiera me entero de que estaba en la sauna”. “Ya te echó el ojo él”. “Y tú hiciste de enlace… Pues no te gusta ni nada que me metan mano ¡Como si no te conociera!”. Me reí y reconocí: “Si en realidad lo que me sabe mal es haberme perdido vuestro revolcón”. “Ya ves que te lo he contado todo… y has hecho que me ponga cachondo”. “Pues yo también lo estoy”. Aquí ya pasamos a los hechos. “Trae que te la chupe un poco y luego me la metes”, propuso. “Si no tienes todavía irritado el culo…”. “Me gusta que me lo irrites tú”… Así van las cosas con Javier.


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Tuve otra versión de la visita de Javier a Alberto por boca de éste. Resultó que unos días más tarde me lo encontré de nuevo en la sauna, a la que había ido yo solo. Me acababan de hacer una buena mamada en el cuarto oscuro y, al pasar por el bar, estaba él. Nos besamos y me invitó a una copa. Le propuse que mejor nos sentáramos. “Me han dejado seco y aún me flojean las piernas”, bromeé. “Pues yo me he follado a un tío hace poco… Así que vamos”, replicó Alberto. La situación era propicia para que pegáramos la hebra y no perdí la ocasión para comentar: “Ya me dijo Javier que estuvo en tu casa…”. El tono en que lo dije le sorprendió. “¿Y qué te ha contado?”. “Todo”, contesté, “Según él, os aprovechasteis de su buena fe”. “¡Será posible! Pues no venía con ganas ni nada…”. Enseguida quiso rectificar su salida espontánea. “Pero a ver si yo ahora estoy metiendo la pata”. “¡No, hombre, no! Si ya lo conozco de sobra… y además me gusta como es. Estoy seguro de que no exageró en lo del folleteo que hubo entre los tres. Pero se hacía demasiado el pillado por sorpresa y me haría gracia saber tu versión”. “Si es así, te cuento como fue la cosa… ¡Joder, es que el tío está cada vez más bueno! ¡Y cómo sabe provocar! ¿Te acuerdas como fue el otro día aquí?”. “No me voy a acordar… Y Javier quedó encantado”. “A mí no cogió demasiado de nuevo… Pero Pedro alucinó y por eso se tiró también a por él”. Noté que se estaba poniendo cachondo evocando a Javier y lo apremié. “¿Y lo de tu casa cómo fue? Me dijo que lo llamaste para que te echara una mano en cosas de tu trabajo”. “Sí que lo llamé, pero le dije que iba a estar con Pedro, el compañero que habíais conocido en la sauna, y si le apetecía pasar por mi casa”. “Así que de trabajo nada”. “No recuerdo que lo mencionáramos…”. “Según él, Pedro apareció por sorpresa”. “¡Qué va! Ya estaba aquí cuando llegó, y Javier lo sabía”. “¡Cómo me lo adornó el muy golfo!”. “Además tenía previsto un numerito…”. “¿Sí? De él me puedo esperar cualquier cosa”. “Llegó, nos besamos ya en la boca y se prestó a que lo toqueteáramos un poco. ‘¿Os gusto?’, preguntaba mimoso y dejando que le sobáramos el culo”. “Eso le encanta… ¿Y el numerito?”. “Enseguida me pidió ir al baño. Pensé que se estaría meando”. “A veces le pasa. Aguanta mientras va de un lado para otro y, cuando llega a casa, ya le urge”. “Esta vez no pareció que fuera por eso”. “¡Uy! ¿Qué tendría in mente?”. “Tardó un poco, pero apareció en pelotas. ‘¿No es esto lo que queríais?’, preguntaba sonriendo”. “Te aseguro que no me sorprende”. “Se vino hacia nosotros, que habíamos quedado sin habla, y se nos ofreció desvergonzado. ‘Todo vuestro… Ya sé que me vais a tratar muy bien. El otro día me disteis un aperitivo’. “Le debió saber a poco lo de aquí”. Alberto ya se puso evocador…

“Por supuesto le metimos mano, sobándole el culo y la polla, que enseguida se le puso dura. Él se iba tocando las tetas y pellizcándose los pezones. Paramos momentáneamente para desnudarnos y, en cuanto estuvimos en cueros, él  nos echó los brazos al cuello. Nos pusimos a morrearnos a tres bandas, con buenas metidas de lengua. Luego Javier bajó las manos para cogernos las pollas que, con la calentura que ya llevábamos, estaban tan duras como la suya. Las palpaba sopesándolas, sobre todo la de Pedro que, reconozco, es más grande que la mía y, para Javier, tenía más novedad. Iba diciendo: ‘Os las voy a comer a los dos ¿Me la comeréis también a mí?’. Dicho y hecho. Impulsó a Pedro para que se sentara en el borde de la mesa y se puso a chupársela. Yo me arrimé por detrás y me restregué contra su culo. Sin soltar a Pedro, llevó una mano atrás y me hacía resbalar la polla por su raja. A continuación ocupé el sitio de Pedro y también me la chupó. Mientras, Pedro se agachó debajo y lo iba mamando. Javier levantó la cabeza y me miró con cara de vicioso. ‘¿Me lleváis a tu cama?’, pidió. ¡Cómo no! Empujándolo por el culo lo llevamos a mi habitación”.

 “Así que no lo llevasteis a rastras”, lo interrumpí. “Más bien se hacía el remolón para que le fuéramos sobando… Y cuando llegamos se tiró bocabajo sobre la cama. ‘Lo tengo hambriento de pollas’, decía removiendo el culo”. “En lo de las folladas creo que fue bastante fidedigno”, dije como si quisiera abreviar. “Pero seguro que no te contó cómo nos iba provocando… Como debes saber, empecé yo. Cuando me clavé decía: ‘¡Qué polla más rica tienes! Ya la conocía… ¡Folla, folla, hazme tuyo! ¡Lléname de leche!’. Me puse tan caliente dentro de ese culo tan magnífico que no tardé mucho en correrme. ‘¡Uy, qué empapado me has dejado!’, soltó apretando y abriendo las nalgas para absorber bien mi leche. Apenas me había salido y ya estaba pidiendo a Pedro: ‘¡Ahora tú! Destrózame con ese pedazo de polla’. Se había dado la vuelta y, bocarriba, separaba las piernas dobladas por la rodilla y se subía la polla y los huevos sobre la barriga. ‘¿Me ves el agujero? ¡Métemela así, que quiero verte mientras me follas!’… Eso ya lo sabrás ¿no?”, se interrumpió. “Sí, y que Pedro se corrió por fuera echándole toda la leche encima”, contesté. “¡Sí que te dio detalles! Pero no te contaría cómo incitaba a Pedro”. “Pues cuéntamelo tú, que me lo estoy pasando bomba con esta versión mejorada”, le pedí. “Aunque casi se ahogaba con la postura, con las piernas por alto y la barriga sobre el pecho, no paraba. ‘¡Así, así, hasta el fondo!’, ‘¡Pedazo de polla tienes, tío!’, ‘¡Eso, bien adentro!’, ‘¡Cómo me estás ensanchando!’… De pronto cambió de tercio: ‘¡Échame toda la leche encima! Quiero ver cómo te sale’. Empujaba la almohada bajo su cabeza para mantenerla levantada y, aunque no le iba a llegar, sacaba la lengua como si quisiera recoger la leche.”. “¡Joder, qué salvaje! Lo que me perdí…”, solté, “Y según él erais vosotros los que casi lo violabais”. “Desde luego estaba desatado. Pero nos ponía cachondos totales”. “¿Y eso de que acabó follándote?”. “Cierto. Ahí sí que podría decir que casi me violó atacándome por sorpresa, aunque me encantó que lo hiciera… Mientras Pedro, apurado por haberlo pringado tanto, lo estaba limpiando un poco, él se puso a meneársela y enseguida la tuvo dura otra vez. Como yo estaba tumbado a su lado, se puso a hacerme arrumacos y a lamerme por el cogote, que me da muchas cosquillas. Le di la espalda para esquivarlo y, antes de que me diera cuenta, ya me la había clavado en el culo. La verdad es que me dio mucho gusto tenerlo dentro. Se puso a bombear bien agarrado a mí y diciendo: ‘¡Qué culito tienes! ¡Cómo me hace chup-chup en la polla! Te voy a devolver la leche que me diste’. Soltó varios bufidos mientras se corría y luego volvió a tumbarse bocarriba. Como si tal cosa, exclamó con una risotada: ‘¡Qué pasada ¿no?!’”. “¡Sí! Eso es muy suyo”, comenté. “Pero lo más curioso fue que, con un tono ya de lo más sosegado, me pidió: ‘Voy a lavotearme un poco ¿vale?’. Se fue al baño y Pedro y yo nos miramos todavía recuperándonos del huracán en nos había envuelto. Volvió secándose. ‘Me visto y ya me voy ¿eh?’. Luego añadió un poco más expresivo: ‘Espero que os haya merecido la pena… Yo desde luego me lo he pasado bomba’. Ya vestido, se despidió con un par de besos convencionales a cada uno. Si no fuera por lo que acababa de pasar, se diría que solo había venido para hablar de cosas de trabajo, como te dijo a ti”. “No te extrañe que se comportara así al final”, le expliqué, “Por muy golfo que haya sido, en cuanto se ha desfogado ya, en la sauna o donde sea, se transforma en un tío de lo más formal… Siempre le digo que parece Doctor Jekyll y Mister Hyde”. “Se le puede perdonar todo”, rio Alberto, “Y mira como me he puesto hablando de él”. Se levantó un poco el paño y me enseñó que estaba empalmado. “Pues yo también estoy cachondo”, repliqué. “¿Vamos a una cabina?”. “Vamos… A la salud de Javier”.


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No perdí la ocasión de comentarle a Javier: “He vuelto a ver a Alberto”. “¿En la sauna otra vez?”. “Sí. Y nos dimos un revolcón a tu salud”. “¡Esta sí que es buena! ¿Qué habré tenido yo que ver?”. “Me contó su versión de tu visita a su casa”. “Ya te la había contado yo ¿no?”. “Pero la de él difiere bastante y me he enterado de muchas cosas…”. “Ya sabes que Alberto es un cantamañanas ¿Te vas a fiar más de él?”. “No es eso. Aunque conociéndote, me casa bastante lo que me ha contado”. “¡Vale! Te habrá dicho que yo sabía que estaba su compañero y que me apeteció estar con ellos… Tú mismo has dicho que me conoces. No te puede extrañar. Solo quise endulzártelo para que no te pensaras que estoy liado con Alberto. Fue una cosa puntual y, después del encuentro en la sauna, me llamó y me hizo gracia lo de su compañero y él”. “Si no te estoy criticando. Me divertí con lo que me contaste y también con lo que he sabido por Alberto. Quedaron fascinados con lo lanzado que estuviste. Les montaste un numerito de los tuyos”. “Una vez que me meto en faena, ya sabes que me gusta ponerle mi salsa. Al final todos acabamos pasándolo mejor ¿no?”. “Por lo visto también estuviste muy suelto de lengua”. “¿A qué te refieres?”. “No hablaba de los morreos y las lamidas de pollas, que creo que los diste con ganas, sino de las guarradas que les ibas soltando… Parecía que a Alberto aún le zumbaban en los oídos”. “Bueno, sí. No me mordí la lengua desde luego. Formaba parte del juego y bien burros que los ponía…”. Javier rio. “Sí que estuve inspirado, sí”. “Lo que me sabe mal es habérmelo perdido. Con lo que me gusta verte en acción…”. “Cuando vamos a la sauna siempre estás en primera fila… Sin ir más lejos los dos trajinamos con Alberto  en el vapor… Y bien que te corriste mientras Pedro me la mamaba en la cama grande”. “Por cierto, que Pedro se puso malo cuando hablábamos en el bar y tú, con el paño encogido, le enseñabas todo”. “¡Je, je! ¿Eso te comentó Alberto?”. “A él también lo pusiste cachondo… Por eso te llamó y tú picaste”. “Alberto siempre me ha tenido ganas, ya lo sabes. Así aproveché y maté dos pájaros de un tiro… ¡Y vaya polla se gasta Pedro!”. “Pues Alberto es muy completo. Te folla y tú te lo puedes follar también”. Algo incómodo porque siguiera hurgando en su relación con Alberto, Javier pasó a preguntarme: “¿Y cómo fue tu revolcón con Alberto?”. “Nos pusimos muy calientes hablando de ti y fuimos a una cabina… Nos las chupamos mutuamente y luego me lo follé pensando en ti”. “¿Te gusta más su culo que el mío?”. “Lo tiene apetitoso y traga muy bien… Ya lo sabes. Pero el tuyo es fuera de serie ¡Puro vicio!”. “La verdad es que me sorprendió que se dejara follar en la sauna… Como la única vez que había estado con él, que fue en tu casa junto a Emilio, me la metieron los dos, no sabía que también le iría poner el culo”. Me abstuve de mostrar mi escepticismo ante esta versión oficial y Javier recordó divertido: “¡Cómo se me tiraron los dos encima!”. “Si tú les pusiste el culo a la primera de cambio…”. “Soy acogedor para los visitantes”. Total, que después de estas evocaciones, me quedé con ambas versiones, que se complementaban para dar una imagen muy completa de la forma de ser de Javier. Sin más conversaciones, me lo follé tan ricamente.


lunes, 8 de octubre de 2018

Consejero ¿espiritual?

Se había extendido el rumor, aunque con mucha discreción, de que un sacerdote tenía mano de santo para resolver a plena satisfacción ciertos problemas que se daban en el seno de las familias. Muchos de ellos tenían una índole sexual compleja, que se prefería mantener oculta. El prestigio del cura, pese a que utilizaba métodos insólitos y poco ortodoxos, daba pie a los afectados a recabar su ayuda. Porque se trataba de un hombre próximo a los sesenta años, grueso y de aspecto bonachón, con un trato cordial y afectuoso que inspiraba confianza. La confidencialidad de las entrevistas quedaba totalmente garantizada, para tranquilidad de los afectados y del propio sacerdote. La efectividad resultaba ser absoluta, el cómo de cada caso era un misterio. Pero los visitantes, tras una primera experiencia, rara vez dejaban de convertirse en asiduos.
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Así se dio la situación de un matrimonio de mediana edad afectado por la rebrotada y cada vez más exclusiva inclinación del marido hacia otros hombres de aspecto similar al suyo. Lo cual causaba que la satisfacción de la esposa fuera quedando prácticamente excluida. Se ha de señalar que el sacerdote, en ningún caso, se proponía suplir al varón para dar a la mujer lo que aquél no era capaz de realizar. Más bien era sobre el hombre, dada su propia tendencia, en quien volcaba sus prácticas. Ello no quitaba que, en su buen hacer, recurriera a ciertos estímulos para propiciar también que ella se entonara. En este caso, pues, se trataba de buscar una fórmula para que se restaurara el débito conyugal, en la que el cura pondría todo su empeño.

El matrimonio llegó a casa del sacerdote con disposición plena a seguir las instrucciones que se les fueran dar, por más impactantes que pudieran parecer. El cura, por su parte, expuso con tono profesoral, pero sin pelos en la lengua, lo que se proponía. “Es evidente el problema de alcoba que se os plantea, al compartir lecho pero no los cuerpos. Tú, mujer, querrías ser complacida por tu esposo. Pero tus deseos, marido, van por otros derroteros. Se trata de una situación más frecuente de lo que parece y es loable que no haya afectado al vínculo de afecto que os une”. La pareja asintió esperanzada y el cura entró más a fondo en su plan. “Nada de lo que os proponga debe perturbaros, pues para hacer de mediador entre vosotros es preciso que se cree entre los tres una total confianza libre de cualquier prejuicio… Y si estamos hablando de problemas de alcoba, nada mejor que desplazarnos a la que tengo preparada para nosotros”.

El sacerdote iba a usar su propio dormitorio, con una ancha cama, para el experimento y allí condujo al matrimonio. “Lo que aquí ocurra queda encerrado en el secreto de estas cuatro paredes que nos acogen y, para calibrar y encauzar los apetitos carnales de cada cual, debemos empezar por activar el sentido de la vista… Es por ello que os pido que sigáis mi ejemplo y os desnudéis por completo, tal como voy a hacer yo mismo”. “¿Quiere decir, padre? ¿Ante usted?”, preguntó la pudorosa esposa. “Nada lujurioso va a pasar por mi mente”, la tranquilizó el cura, “Tened siempre presente que mi función es la de intermediario”. Dicho esto, el sacerdote fue quitándose con decisión una por una las prendas de ropa que lo cubrían. Los otros dos, apoyados en la fe depositada en el sacerdote, superaron su azoramiento y lo imitaron. Una vez desnudos los tres se miraron entre ellos. La pareja, junta, aunque con cierta separación en ellos, y el cura frente ambos. En la mujer, de curvas generosas y mediana edad, destacaban unas gordas tetas y un peludo monte de Venus. El marido era un ejemplar robusto y velludo, bastante bien dotado en la entrepierna. El cura, regordete y con algunas canas en los pelos de cuerpo, tampoco estaba nada mal en cuanto al amueblamiento de los bajos.

“Aquí estamos tal como Dios nos trajo al mundo…, que es nuestro estado natural y en nada debe turbarnos”. Tras este prolegómeno, el cura interpeló a la esposa. “¿Cómo empezaste a notar que la actitud de tu marido cambiaba con respecto a ti?”. La mujer parecía tenerlo muy claro. “Hizo mucha amistad con un compañero de trabajo, que por cierto era de un aspecto parecido al suyo, padre… Desde entonces prefirió la intimidad con él  antes que conmigo”. “Siempre quise ser sincero con ella”, declaró el marido. “Lo cual te honra”, apostilló el cura, “Pero dime ¿En esa relación cuál es la actitud que sueles tener?”.  Antes de que el marido respondiera, el cura quiso precisar: “Por supuesto que no es que los roles de activo y pasivo se excluyan entre sí, pero pude darse una preferencia, que es lo que para el caso me interesa conocer”. El marido se sinceró. “Después de una satisfactoria felación preparatoria, quedo predispuesto para penetrarlo analmente”. “¿Acaso esa preparación no es capaz de dártela tu mujer?”. Fue ella quien contestó: “No le gusta cómo lo hago”. “Le pone poco entusiasmo”, completó el marido. “Los reproches no sirven de nada”, terció el cura, “Vayamos a lo nuestro”.

El sacerdote se encaró al marido. “Según ha explicado tu esposa, tus deseos se proyectaron sobre un hombre de características similares a la mías… Lo cual probablemente sea un factor a nuestro favor”. Se le acercó un poco más. “Así que te pregunto: ¿Te resulto también atractivo desde ese punto de vista?”. El marido respondió azorado: “Bueno, sí… Pero usted, padre…”. “¡Sí, soy vuestro pastor!”, afirmó rotundo el cura, “Pero una cosa ha de quedar clara. En esta ayuda que presto a los que acudís a mí, todo yo me pongo a vuestro servicio, incluido mi cuerpo, y me amoldo a las necesidades de cada cual… dentro de mis posibilidades naturalmente. Tampoco es que pretenda suplir carencias, sino coadyuvar a superarlas”. Durante este excurso el marido había fijado la mirada en las formas virilmente redondeadas del sacerdote, que le iban haciendo ver a un hombre que le atraía y minimizar la consideración reverencial que le infundía hasta entonces. “Me pasa algo parecido a lo que sentí con el otro”, confesó al fin. “Entonces te apetecerá tocarme ¿no?… O prefieres que te lo haga yo”, dijo el cura poniéndose a su alcance. “Es que aquí… con ella”, dudó el marido. “Precisamente para eso estamos… Si ella sabe, ahora también debe ver. Y yo voy a ser el lazo de unión para que ambos os podáis satisfacer”, declaró el cura, que ya directamente le tocaba la polla al marido, “Tendrá que animarse para que esté en condiciones de penetrar”. “¡¿A quién?!”, preguntó sorprendido el marido, quien no obstante ya le estaba tomando gusto al manoseo del cura. Éste respondió muy seguro: “A mí en primer lugar, ya que es eso a lo que tiendes… Lo demás se irá viendo”.

Como paso siguiente el sacerdote dispuso: “Acostaros los dos en la cama… No hace falta que os pongáis muy juntos”. Obedeciendo, cada uno lo hizo por un lado y quedaron bocarriba y separados. El cura entró por los pies y, de rodillas entre ambos, dijo: “Ahora voy a hacer trabajar mis manos”. Con una de ellas se puso a frotar la polla del marido, pero la otra la llevó a la entrepierna pilosa de la mujer, a la que advirtió: “Tú también necesitarás estímulos y es importante que estés lubricada cuando llegue el momento”. Ella se estremeció al contacto de los dedos con su vulva y más todavía cuando uno de ellos jugueteó afinadamente con el clítoris. La sensación no fue menos grata que la que tenía el marido al endurecérsele la polla por las manobras del cura. Así pues la mujer empezó a tensarse y suspirar, llevando instintivamente las manos a las abundosas tetas para estrujárselas. El marido entretanto resoplaba y, henchido de deseo, no apartaba la mirada del cura. Éste por fin apartó la mano del coño y comentó: “Bien mojada que estás ya, mujer”. A continuación soltó la polla del marido y se tendió bocabajo en el hueco que había entre ellos. “Aquí me tienes para que realices tu deseo”. El marido, ya suficientemente excitado, no dudó en montar al sacerdote, clavársele con una ductilidad asombrosa y darle afanosas arremetidas. El cura las recibía con un aguante que no traslucía el placer que sin duda estaba teniendo, mientras que la mujer se reponía del orgasmo alcanzado. Pero de acuerdo con su plan, cuando el sacerdote consideró llegado el momento, hizo parar al marido y, apartándose con rapidez, lo instó: “¡Sigue con tu mujer!”. Para el hombre, en el grado de excitación alcanzado, cualquier agujero era ya bueno para concluir su faena. Así que se abalanzó sobre la mujer y, dentro de ella, continuó la follada. El ímpetu del marido hizo que ella volviera a entonarse y repitiera los suspiros, ahora incluso de mayor intensidad. Bajo la complaciente mirada del cura, el hombre se vació con un orgásmico intercambio de fluidos.

Fue el sacerdote quien rompió el calmado silencio con que se recuperaba la satisfecha pareja. “Creo que puedo sentirme orgulloso de este disfrute de unión conyugal al que he ayudado de todo corazón. Bien sé que tú, hombre, seguirás aferrado a tus inclinaciones y que tú, mujer, no podrás recibir a tu marido como desearías. Sin embargo, siempre podéis contar con el cobijo que sin dudarlo encontraréis en mí cuando queráis regalaros de nuevo con un encuentro como el de hoy”. Desde luego la esposa pensó que un doble orgasmo con el dedo del cura y la polla de su marido merecía repetición. Asimismo el esposo se dijo que no le importaría volver a usar el culo del cura, lo que le compensaba con creces haberse de vaciar luego en el coño de su mujer.
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Otro matrimonio acudió al sacerdote a plantearle una cuestión diferente. Ahora fue el marido quien habló: “Vaya por delante que tenemos unas relaciones sexuales bastante satisfactorias. Pero el problema es que yo soy muy adicto al sexo oral… No sé si será correcto tratar de algo así con usted, padre”. “¡Faltaría más!, lo animó el cura, “Cómo me va molestar que expliques con toda sinceridad esos asuntos que importan a cónyuges tan unidos como se os ve a vosotros… ¡Sigue, hijo, y no tengas apuros!”. Tranquilizado el marido continuó. “El caso es que yo la hago disfrutar de esa forma, pero en cambio ella se resiste a hacérmelo. Entiendo que mi miembro es tan grande que, cuando lo ha intentado, no se lo puede meter bien en la boca y hasta le dan arcadas. Entonces desistimos y yo me quedo frustrado…”. El cura no dejó de pensar: “Si la tienes tan grande como eres todo tú, no me extraña”. Porque el marido era un hombretón que doblaba en volumen a la esposa.

Asimismo, en este caso, el cura utilizó toda su retórica y las argumentaciones rocambolescas que le hacían aparecer ante la embaucada pareja como el intermediario desprendido y necesario. El hecho fue que ambos cónyuges llegaron a quedarse tan en cueros como el propio cura, que había predicado con el ejemplo para darles confianza. Ante la cama que les ofrecía, les dio las pautas a seguir. “Iniciad la relación como si estuvierais en vuestro propio lecho conyugal y despreocupaos de mi presencia, que es puramente asesora. Solo intervendré para evitar esa frustración que os lastra”. Aún titubeaba la pareja sobre cómo proceder y el cura no tuvo inconveniente en dirigir la operación. “Tú, mujer, tiéndete para recibir el placer que tu marido sabe darte con su boca… Y tú, hombre, arrodíllate ante ella e inclínate para alcanzarla. No pienses en nada más que en satisfacerla y verás que eres también recompensado”. El marido procedió pues a comerle el coño a su esposa. Cuando ésta empezó a emitir placenteros gemidos, el cura se sentó a los pies de la cama y fue echándose hacia atrás hasta que su cabeza quedó entre las rodillas separadas del hombre. La espléndida polla ya endurecida le rozó la cara  y, abriendo rápidamente la boca, la engulló. El hombre tuvo un estremecimiento al sentir así atrapado su miembro, pero el gusto que le embargó hizo que prosiguiera con más ahínco trabajando a su mujer. Cuanto más chupaba el cura, los grititos de ella subían de volumen y el marido apretaba los muslos contra la cabeza de aquél. Un orgásmico gemido de la mujer fue seguido de una abundante emisión de semen en la boca del cura.

Éste fue el primero en recuperar una posición más digna. Zafándose de las piernas del marido, se irguió y quedó de pie junto a la cama. La mujer, reponiéndose de su sofoco, no tenía una conciencia precisa de lo que había pasado y le sorprendía la expresión satisfecha y relajada de su marido tras la experta mamada del cura. El esposo por su parte no podía menos que estar encantado con la pericia del sacerdote, cuya boca lo había llevado al séptimo cielo. Que fuera un hombre quien le había chupado la polla en lugar de su mujer, el propio cura quiso sustraerlo de cualquier cuestionamiento. “Tened claro que la suplencia a la que me he prestado por encima de cualquier prejuicio, lejos de ser una intromisión artera en vuestra intimidad, no ha tenido más fin que prestaros un servicio en aras de la harmonía conyugal… Tú, esposa, has disfrutado de los desvelos de tu marido, tal vez con mayor intensidad al haber quedado despejadas en él las nubes de la frustración. Y tú, esposo, has cumplido tu deseo por mi interposición desinteresada”. Fuera como fuera, ambos habían quedado bien a gusto y no descartaban nuevas visitas al sacerdote para recibir sus sabios consejos.
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El matrimonio que acudió a buscar los consejos del sacerdote fue una novedad para él, pues se trataba de dos hombres, ambos robustos y maduros. Uno de ellos empezó a exponer: “Tal vez usted, padre, no apruebe nuestra situación, pues estamos legalmente casados…”. El cura lo interrumpió. “¡En absoluto, hijos! Mi mente es abierta ante el amor que haya surgido entre dos personas. Podéis hablar de lo que os trae ante mí sin que nada os coarte”. Más entonado, el otro siguió. “Pues sí, nos queremos muchísimo y nuestra vida matrimonial es muy satisfactoria… Pero hay una cuestión que afecta a nuestras relaciones íntimas”. El cura lo animó. “Para eso me tenéis aquí, en lo que pueda ayudar”. Como el que había hablado hasta el momento parecía titubear para entrar en el tema, tomó el relevo su marido. “¡Verá, padre! No sé si a usted le resultarán conocidos los papeles de activo y pasivo en una pareja como la nuestra…”. “¡Faltaría más! Nada de lo humano me es ajeno”, afirmó el cura. “Entonces…”, volvió a arrancar el que intervenía ahora, “El problema que tenemos  es que los dos somos de tendencia activa y lo de pasivos nunca lo hemos disfrutado. En todo lo demás funcionamos perfectamente, pero nos abstenemos de esa práctica entre nosotros”. “¡Loable delicadeza la vuestra!”, exclamó el cura. Entró al trapo el primero. “Ya que usted se muestra tan abierto, padre, permita que sea algo crudo en lo que le voy a explicar… El caso es que a los dos nos atrae mucho realizar el coito anal, como activos se entiende, y ahora que estamos casados consideramos que no estaría bien que lo buscáramos fuera del matrimonio”. “Pero la tentación es muy fuerte”, apostilló el otro, “Por eso buscamos su apoyo para que nos ayude a superarla”.

El cura ya se estaba relamiendo de gusto por la oportunidad que se le presentaba. Tras quedar pensativo unos instantes, dijo con gesto serio: “Me complace que hayáis acudido a mí para evitar lanzaros por caminos que habrían puesto en peligro la harmonía de vuestra unión… Pero de qué os valdría yo si no supiera dar respuesta a vuestras inquietudes”. La pareja quedó atenta en espera de dicha respuesta. Aunque el cura fue preparándolos para la exposición de lo que ya tenía en mente. “Muchos matrimonios han desvelado en la intimidad de estas paredes los problemas más sensibles de su relación, casi siempre en el terreno de la sexualidad. Humildemente puedo deciros que, entregándome en cuerpo y alma a hacer de mediador, he podido fortalecer los lazos entre ellos. La de veces que han vuelto agradecidos para les siga alentando… Y lejos de hacer distinciones, lo mismo estoy dispuesto a ofreceros”. A los dos hombres les costaba captar el alcance de esa labor de mediación en lo que planteaban ellos. Por eso uno volvió a destacar: “Nuestra relación es muy buena…”. El cura lo cortó. “Aunque hay un pero ¿verdad? A ambos os corroe un deseo insatisfecho y eso es lo que yo podría subsanar aquí donde estamos”. “Tal vez no nos hemos explicado bien…”, objetó el otro. “Me ha quedado muy claro”, afirmó el cura, “Los dos anheláis realizar coitos anales,  pero no podéis llevarlos a cabo entre vosotros. Y no queréis romper vuestros lazos de fidelidad”. “Así es, padre ¿Cómo puede usted ayudarnos?”.

El cura entró ya a introducirlos en su peculiar método de choque. “Lo que tenéis que preguntaros es cómo intervengo yo para resolver las cuestiones que se me plantean. Y en vuestro caso me va a ser más fácil hablaros con claridad… Tened en cuenta que en las parejas en que hay una mujer es más complejo actuar de enlace entre los cónyuges. Siempre es el marido sobre quien he de operar más incisivamente. En cambio vuestras insatisfacciones son idénticas y os puedo tratar como iguales”. Una vez más la pareja se perdía con estas disquisiciones. “Porque, si lo que subyace en todos los casos es una carencia carnal, es mi propio cuerpo el que entrego para suplirla. Y ello exige que depositéis una plena confianza en mí y aceptéis todo cuanto os proponga sin el menor recelo… Solo me mueve el ánimo de serviros y lo que aquí vaya a suceder quedará entre nosotros”. No se puede negar que el sacerdote conseguía crear un cierto efecto hipnótico en sus presas.

Amablemente hizo que se desplazaran al dormitorio. “Ya veis que os traigo a mi espacio más íntimo, porque es mi intimidad la que voy a ofreceros. Y necesito que también entreguéis la vuestra”. Como los otros dos seguían sin entender del todo a dónde quería llegar el cura, éste expuso: “No seréis lo primeros que aceptan quedar desnudos, como yo también haré… Y no hablo ya en sentido figurado”, aclaró, “Solo cuando nuestros cuerpos estén tal como Dios los ha creado, podré atender a la satisfacción de vuestros anhelos”. “¿Quiere entonces que nos quitemos la ropa?”, preguntó uno precavido por si no lo había entendido bien. “Si esposas pudorosas no han tenido reparos en confiar en mí y han seguido mis instrucciones junto con sus maridos, cuánto más fácil debe sernos ahora al ser hombres los tres”, arguyó el cura. Predicando con el ejemplo, él mismo empezó a despojarse de su ropa, con una solemnidad que lo hacía parecer un ritual. Los otros dos se miraron confusos y encogieron los hombros como tácita aceptación. Así que siguieron la táctica del cura y pronto estuvieron los tres en cueros.

El sacerdote hubo de disimular la mirada de lascivia que proyectó sobre aquellos cuerpos macizos que al fin se mostraban ante él. Tampoco la desnudez del cura resultaba indiferente a la pareja, que aún no asimilaba del todo cómo habían llegado a esa situación. Pero el cura, naturalmente, ya sabía la forma de encauzar sus designios. “Lejos de cualquier ánimo lúbrico estamos aquí para ahondar en los que constituye una falla en vuestros afectos. Y yo, una vez más, os ofrezco mi plena disposición para que la resolváis…”. La pareja debió pensar: “¿Qué seguirá ahora?”. Pues ni más ni menos el precalentamiento que necesitaba el cura para garantizarles su disponibilidad. “Os invito a que toméis posesión de mi lecho y en él, sin que os perturbe mi aséptica presencia, os entreguéis a expresaros vuestro legítimo amor hasta llegar al límite que os resulta difícil franquear”. Temblorosos, tanto por lo insólito de la propuesta como porque, pese a ello, se les había avivado una cierta excitación, ambos se tendieron sobre la cama y, tratando de abstraerse de la extraña supervisión sacerdotal, empezaron a acariciarse y besarse. Su animación fue en aumento y, ya los dos empalmados, evolucionaron hasta entregarse a un experto sesentainueve. El cura se recreó en la mutua mamada, atento al momento en que sería oportuno darles el alto. “Parad ahora ya que no necesitaréis intercambiar así vuestros fluidos”. La pareja se detuvo expectante mirando hacia el cura. Como éste no podía ocultar la manifiesta erección que le habían provocado las actividades amorosas, le dio enseguida una explicación. “Ya veis que me he mimetizado con vosotros para no ser un elemento ajeno a vuestra unión”. Los otros dos, en plena calentura, ya no cuestionaban nada y maquinalmente se fueron apartando mientras el cura, introducido en la cama, se abría paso entre ellos. Tendido bocabajo les presentaba su orondo y tentador culo. Sonó su voz. “Aquí me tenéis para que, sin necesidad de buscarlo al margen de vuestro matrimonio, podáis satisfacer ese anhelo que tanto os inquietaba”. Como a la pareja aún la paralizaba la sorpresa, el cura les instó. “Penetradme ambos sin el menor reparo como más le plazca a cada uno, que yo me ofrezco así para recibir vuestros miembros y lo que de ellos lleguéis a verter”. Con las ganas atrasadas de dar por el culo que acumulaban ambos ¿quién se iba a resistir a tan apetitosa oferta? Y además con todas las bendiciones del generoso sacerdote.

Aunque durante unos segundos trataron de guardar armoniosamente las formas sin decidirse a ser el primero en gozar de aquel regalo, al fin fue el más ágil quien se lanzó a montar al cura. Éste reprimió cualquier manifestación de agrado al sentirse penetrado y tan solo se remeneó ligeramente para facilitar que la polla le entrara entera. El follador bombeó un rato bajo la ansiosa mirada de su marido, al que dadivoso llegó a ceder el puesto. El cura acusó el relevo de vergas y lo alabó. “¡Así me gusta! Que me compartáis como muestra del amor que os une”. Pero, fuera por la excitación de la espera, fuera por una menor capacidad de aguante, los resoplidos del segundo expresaron claramente que ya iba a llegar hasta el final. Tras la aparatosa corrida, el marido no tuvo el menor reparo en meterla de nuevo en el ojete rebosante de leche y tampoco tardó demasiado en vaciarse dentro del cura.

Así saciados, los dos volvieron a estar tendidos a los lados del cura, al que hubieron de ayudar para que quedara asimismo bocarriba. Al igual que las de la pareja, su polla aparecía retraída, aunque hábilmente procuró arrugar la sábana para disimular su propia leche que, en un momento u otro de la doble follada, había disparado. Por supuesto no iba a tardar en hacer su comentario. “Ya habéis visto que, gracias a mi desprendimiento al permitiros usar mi cuerpo, se han cumplido vuestros deseos sin que cada uno haya tenido que buscar por su cuenta su satisfacción alterando vuestra unión”.  Entusiasmado uno de los cónyuges exclamó: “Nunca se nos habría podido ocurrir que llegaríamos a hacer algo así ¡Qué sabio es usted, padre!”. El otro apostilló: “¡Y cómo se ha sacrificado por nosotros!”. El cura aprovechó para garantizarse el futuro. “Pues de ahora en adelante no dudéis en acudir de nuevo a mí cada vez que os acucien las mismas inquietudes”.