lunes, 6 de noviembre de 2017

Padre, hijo y… Miguel

Miguel era un gordito, de veinticinco años, tímido y débil de carácter. Trabajaba en una entidad bancaria y, muy eficiente en sus tareas, le costaba sin embargo relacionarse en el ambiente laboral. Fue Ramón, un compañero diez años mayor que él, quien más se interesó por cultivar su amistad. Fornido y abierto, supo crear un clima de confianza entre ellos que Miguel agradeció. Como Ramón no tuvo inconveniente en reconocer desde el principio su homosexualidad, Miguel llegó a atreverse a contarle las azarosas circunstancias en que había sido iniciado en unas relaciones que, hasta entonces, no había tenido claro que se correspondieran con sus inclinaciones naturales.

Miguel, muy religioso desde niño, había colaborado con entusiasmo en las actividades de catequesis de su parroquia. Hacía ahora unos tres años, llegó un nuevo párroco. Cincuentón, grandote y afable, quedó encantado con el buen hacer de Miguel. Aunque éste no tardó en sospechar que podía haber algo más en el interés del cura hacia él, su buena fe lo impulsaba a descartar algo así. Además se sentía a gusto con el trato afectuoso que le dispensaba, sin llegar a admitir que también se sentía atraído por el sacerdote. Convertido ya en su mano derecha para las tareas sociales de la parroquia, se hizo frecuente que ambos permanecieran en sus dependencias hasta altas horas departiendo sobre lo divino y lo humano. Así el cura supo de la poca incitativa de Miguel para su trato con las chicas, que éste achacaba a su excesiva timidez. Además, en su candidez, incluso le confesó que prefería los ratos que pasaban juntos a salir con los amigos.

Hasta que llegó el momento en que el cura debió estimar que Miguel estaba a punto para pasar a la acción. Con la excusa de repasar unas cuentas, le instó a que se sentara a su lado. El deliberado roce de las piernas tenía desasosegado a Miguel, que apenas podía concentrarse en lo que estaban tratando. El cura aprovechó este despiste para llamar su atención plantándole una mano en el muslo y diciéndole afectuosamente: “¡A ver si espabilas, Miguel!”. Éste se ruborizó y su inquietud se aceleró cuando la mano no solo siguió oprimiéndole el muslo sino que se desplazó hasta rozarle la entrepierna. Dándose cuenta entonces de que estaba empalmado, sintió una gran vergüenza de que el cura lo notara. Desde luego que éste lo notó, ya que no era otra su intención, e incluso palpó descaradamente el miembro endurecido. “Es lo que esperaba encontrar”, dijo el cura persuasivo, “Y no eres el único”. Entonces tomó una mano de Miguel y la llevó a su entrepierna, donde también había una dureza equivalente.

A partir de ese instante Miguel supo que no iba a hacer sino dejarse llevar por la voluntad del sacerdote. Mansamente facilitó que le bajara los pantalones y le toqueteara con avidez. Cuando el cura hizo lo propio y le mostró la inhiesta verga, no rechazó metérsela en la boca y chuparla como le pedía. Sintió algo de temor cuando fue su culo el objeto de intensos manoseos, pero no se resistió a ser impulsado a volcar el  torso sobre la mesa y recibir los embates que lo penetraban. Dolerle sí que le dolía, pero aguantó hasta que el cura se satisfizo dentro de él. Miguel no recuerda más que, cuando estuvo solo, se preguntó si era aquello lo que deseaba y no supo responderse. Sin embargo sintió una urgente necesidad de masturbarse, que resolvió con ansia.

A Miguel le desconcertó que después de ser estrenado por el cura, éste empezara a marcar distancias, como si no quisiera comprometerse más allá de aquel polvo furtivo. Esto supuso tal decepción para él que le hizo abandonar su relación con la parroquia.

Tras haber conocido esta historia, Ramón estuvo seguro de que Miguel iba ser presa fácil para sus propósitos. Por supuesto, le gustaba Miguel, con un cuerpo que intuía muy apetitoso, y no dudaba que éste habría de ser receptivo si le proponía un revolcón. Pero en vista de la disponibilidad con que Miguel había respondido a la seducción del cura, prefirió reservarlo para un plan más complejo.

Aquí entraba en juego la figura del padre del propio Ramón. Éste nunca había tenido problema con su familia para salir del armario. Pero después de que sus padres se separaran, descubrió por casualidad que al padre también le iba el rollo. Se lo encontró en una sauna y, lejos de resultarle violento, tranquilamente le presentó a su ligue del momento, que acabaron compartiendo. Desde entonces se creó entre padre e hijo una relación peculiar. Sin llegar al incesto, pues se tenían ya muy vistos, no hallaban el menor reparo en cepillarse al alimón a cualquiera que les apeteciera a ambos. Precisamente era Ramón, por ser más activo en esos ambientes, quien solía proporcionar materia prima a tan especial entente familiar ¿Y quién mejor que Miguel  para introducirlo en ella?

“A mi padre le encantaría conocerte”, soltó un día Ramón a Miguel. “¿Tú crees?”, preguntó éste alagado. “¡Seguro! …Y a ti también te gustará. Es tan grandote como yo y muy afectuoso”, añadió Ramón. Miguel no llegó a captar la intención de la descripción del padre y Ramón insistió en ir situándolo. “Fíjate que también le van los hombres… Aunque lo descubrió mucho más tarde que yo”, dijo divertido, “En ese sentido nos llevamos muy bien”. Siguió engatusando a Miguel para planear ya un encuentro. “Un día de estos te llevo a su casa y verás lo bien que lo pasamos. Tiene una piscinita y haremos una buena barbacoa… Supongo que no te dará corte que los dos seamos gais”. “Ya conoces mi experiencia…”, dejó caer tímidamente Miguel, al que sí le daba cierto corte la propuesta. Pero dado que Ramón nunca había intentado nada con él, habiendo podido hacerlo, pensó que nada raro podría pasar al estar con padre e hijo.

Llegaron a casa del padre que, por supuesto, estaba ya bien informado por Ramón y acogió a Miguel con gran cordialidad. “Veo que mi hijo sabe escoger a los amigos”. Tenía ya en marcha la barbacoa y los pantalones cortos y la camiseta que llevaba le daba un aspecto juvenil, aunque ya contara los cincuenta largos. Miguel pensó que no había errado Ramón al describirlo como un hombre robusto, de lo que daban fe la barriga abultada y las recias y velludas piernas. Como Ramón y Miguel venían del trabajo, su ropa era demasiado formal, por lo que el padre les dijo: “¿Por qué no vais a poneros algo más cómodo y fresco? En mi habitación encontraréis lo que pueda iros bien… No creo que haya problema de tallas”. Rio señalando cómicamente los volúmenes de los tres.

El primer apuro que pasó Miguel fue el de tener que quedar en calzoncillos y mostrar a Ramón sus formas redondeadas pobladas de un vello casi rojizo. También le impactó la más recia figura de Ramón, bastante similar a la de su padre. Escogieron pantalones cortos y camisetas también, y regresaron al exterior. Allí tuvo una nueva sorpresa, porque el padre, haciendo un alto en su tarea, estaba dentro de la piscina. “No podía más del calor que estaba dando ese trasto”, explicó. Pero enseguida salió fuera, apareciendo completamente en cueros. El rubor de Miguel contrastaba con la naturalidad del padre secándose con una toalla, que se dejó ceñida a la cintura. “La ropa la tenía empapada de sudor”. Mientras el padre sacaba los trozos de carne ya hechos, Miguel ayudó a Ramón a traer todo lo necesario para la comida y disponerlo sobre la mesa.

Miguel apenas podía tragar mientras los ojos se le iban a las velludas tetas del padre y, para compensar, bebía más vino del que tenía por costumbre. Ello ayudó a que no se espantara demasiado cuando Ramón comentó indiscretamente al padre: “¿Sabes que lo desvirgó un cura?”. Miguel incluso se permitió apostillar ufanándose: “Y bien que lo aguanté”. Cuando el padre comentó con toda la intención “Bueno es saberlo”, rio tontamente sin saber todavía lo que se estaba buscando.

Al acabar la comida, Miguel se hallaba ya en una especie de nirvana, encantado de la atención que le prestaban tan amables anfitriones. El padre dijo: “Yo ya he trabajado bastante… Así que, mientras recogéis, me voy adentro a descansar un poco”. Dejó la toalla en la silla y, desnudo, entró en la casa, seguido por la mirada de Miguel fijada en el poderoso culo. Poco tiempo dedicaron Ramón y Miguel a despejar la mesa. Enseguida el primero se dispuso a preparar al incauto para lo que había de venir. Ramón se sacó la camiseta y, al quitarse también el pantalón, dijo: “Vamos al agua”. “¿Ahora?”, preguntó Miguel extrañado. “Si estará tibia con el sol que le cae”, replicó Ramón, que ya estaba en cueros. “¿Sin bañador?”, volvió a preguntar tontamente Miguel. “¿No viste cómo iba mi padre?”, rio Ramón. Ya no le quedaron argumentos a Miguel para no desnudarse también, aunque procuró meterse rápido en la piscina siguiendo a Ramón. Éste, ya con Miguel menos avergonzado, empezó a sondearlo. “¡Bueno! ¿Qué te ha parecido mi padre?”. Miguel midió sus palabras al contestar. “¡Uy! La mar de simpático… y además muy desinhibido”. “Nosotros también lo estamos ahora ¿no te parece?”, siguió Ramón. “¡Sí, sí! Y con lo que he bebido…”, dejó caer Miguel con una sonrisa boba. “Igual te gustaría que nos metiéramos mano…”, lo provocó Ramón. “Hombre, aquí con tu padre…”, alegó Miguel. “Por él no te preocupes… Además nos estará esperando”, concretó ya más Ramón. “¡¿A los dos?!”, exclamó Miguel, con un asomo de escándalo entre sus brumas etílicas. “No follo con mi padre”, aclaró descarnadamente Ramón, “Pero a los dos nos gustará hacerlo contigo”. Era demasiado para que Miguel lo pudiera razonar. “No sé si lo entiendo…”. “Cuando estemos allí verás lo bien que va todo”, lo tranquilizó Ramón, “¿O es que no confías en mí?”. “¡Sí que confío, sí!”, se apresuró a dejar claro Miguel, “Pero también con tu padre…”. Ramón empleó una presión más directa. “Si tan violento te encuentras, vayamos para que al menos te puedas despedir”. Surtió efecto porque Miguel cedió blandengue. “Entonces ya que vamos…”. Ramón lo cazó al vuelo. “¡Estupendo! No lo hagamos esperar”. Salieron de la piscina y se secaron rápidamente. Desnudos tal como estaban, Ramón, para neutralizar la indecisión de Miguel, le pasó un brazo sobre los hombros mientras iban al interior de la casa. Este gesto, con el cuerpo de su amigo pegado al suyo, reconfortó a Miguel en medio de su confusión.

Nada más llegar a la habitación del padre, encontraron a este despatarrado sobre la cama. Por sus ojos cerrados parecía dormido, pero la firme erección que mostraba era toda una provocación. Miguel quedó parado con tembleque en las piernas y Ramón hubo de empujarlo por el culo para hacerlo avanzar. “Mira lo que te está ofreciendo… Quiere que se la chupes”, susurró Ramón persuasivo. Como si estuviera obligado a obedecer, Miguel se inclinó sobre el padre hasta acercar la boca a la polla. La sorbió decidido y mamó ansioso. El padre salió de su fingido letargo y llevó las manos a la cabeza de Miguel para controlar el chupeteo. Entretanto Ramón, desde atrás, se ocupaba del culo de Miguel. Éste notó cómo le untaba la raja con algo resbaloso y refrescante, cuya sensación aumentó al hurgarle los dedos en el ojete.

Cuando más embelesado estaba Miguel, el padre lo apartó y, por sorpresa, fue deslizándose de la cama hasta quedar sentado en el suelo con la espalda apoyada en el borde. Atrajo hacía sí a Miguel y ahora fue él quien se puso a chuparle la polla. Esto lo llevó al sumun, ya que nunca se lo habían hecho. El cura se había limitado a metérsela por la boca y por el culo. Que además Ramón se le pegara por detrás restregándose y llevando las manos a sus tetas, fue más de lo que podía soportar. Miguel gimoteaba levantado los brazos y cruzando los dedos sobre la cabeza.

Poco le faltaba a Miguel para correrse en la boca del padre, cuando éste se puso de pie con admirable agilidad para intercambiar posiciones con su hijo. Ramón ocupó entonces el puesto sobre la cama, ofreciéndole la polla a Miguel que se agachó para chupársela también. Lo que aprovechó el padre para agarrar la culata de Miguel y clavarse en ella con energía. Miguel se estremeció al recibir el impacto, pero no dejó de mamársela a Ramón mientras el padre le arreaba. No perdían el tiempo en hablar. Tan solo se oían los gruñidos que acompañaban las embestidas del padre y los murmullos de placer por la mamada de Miguel, de cuyo cuerpo los únicos sonidos que salían eran el de las lametadas y el del golpeteo del vientre del padre sobre sus nalgas.

El padre no tenía prisa por correrse. Así que le cedió el culo de Miguel a Ramón. Pero el cambio también afectó a la posición de Miguel porque, entre padre e hijo, lo colocaron bocarriba y de través en la cama. Lo cual sirvió para que Ramón, manteniéndole subidas las piernas, tuviera otra forma de acceso al ojete de Miguel. Ya dilatado por el padre, le entró de un solo golpe e inmediatamente se puso a bombear. Miguel apenas tuvo tiempo de emitir un gemido, porque el padre, instalado detrás, ya le estaba metiendo la polla en la boca y se movía follándola al mismo ritmo que Ramón. Miguel, frenético, manoteaba sobre la cama mientras su polla le golpeaba la barriga con cada arremetida de Ramón. Éste no iba a tener tanto aguante como su padre y, tensando el cuerpo, se descargó con todas las ganas dentro de Miguel.

Cuando Ramón se apartó soltando las piernas de Miguel, el padre sacó la polla de su boca. Se puso entonces a meneársela sobre la cabeza entre sus piernas. Miguel sacaba la lengua, ansioso de recibir la inminente emisión de leche, al tiempo que llevaba una mano a su polla para también pelársela. Se le adelantó el padre, que se corrió copiosamente en su cara y lo dejó fuera de juego. Medio cegado por la leche en los ojos, tuvieron que ayudarlo para que pudiera quedar sentado en la cama. Ramón fue el primero que habló para preguntarle: “¿A que no ha estado mal?”. Miguel llegó a tener un conato de fina ironía. “Cuando resucite, te lo diré”.

Ramón sugirió que era un buen momento para que se relajaran los tres en la piscina. Y allá fueron acompasando el paso a la flojera de piernas de Miguel. El remojón entonó a éste, aunque también le hizo tomar conciencia de lo que había pasado en la habitación que acababan de dejar. Le habían estado dando por el culo un padre y un hijo, se las había chupado a ambos… y se lo había pasado de puta madre. Él mismo se asombró de esta conclusión, pero no le dio mucho tiempo de seguir pensando en ello porque sus partenaires ni dejaban de prestarle toda su atención. El primero en abordarlo fue el padre, que se le arrimó para alabarlo. “¡Joder, qué tragaderas tienes! Y eso que eres casi principiante”. Miguel se avergonzaba de que lo consideraran tan facilón y buscó una excusa. “Debe ser anatómico eso de que me entre tan bien”. “Como sea, buen gusto que le sacas…”, insistió el padre. “Eso sí”, se sinceró Miguel, “Me habéis puesto como una moto”. Ramón le hizo entonces una observación. “Por cierto, tú te has quedado como si tal cosa ¿no?”. Miguel reconoció con timidez: “Estaba tan ocupado con vosotros… Pero ganas no me han faltado”. “Eso lo arreglamos ahora mismo”, dijo el padre generoso. Ambos a una, padre e hijo tomaron en volandas a Miguel y lo hicieron quedar sentado en el borde de la piscina. Le dio corte estar tan expuesto, con el paquete ante las caras de los otros dos. Pero Ramón lo persuadió. “Tú déjanos hacer”. Entonces se echó hacia atrás apoyado en las manos y cerró los ojos. El manoseo que empezó a sentir por la entrepierna le puso ya la polla dura como una piedra. Cuando ya eran bocas las que se iban alternado con lamidas y chupadas creyó estar en el cielo. La excitación le fue creciendo  y, al notar que ya no iba a poder aguantar más, cosa que evidenció con gemidos y temblores, tuvo la tentación de mirar quién sería el que estaba dispuesto a llegar a las últimas consecuencias. Se trataba del padre que, en justa compensación por haberse corrido hacía poco en su cara, insistió en recibir en su boca la leche que soltó en abundancia. Miguel quedó tan desmadejado que cayó hacia atrás por completo. Ramón no tardó en tirar de él para hacer que se deslizara de nuevo en el agua. “Te vendrá bien refrescarte”, le dijo risueño.

Todavía le duraba a Miguel la resaca orgiástica cuando Ramón decidió que ya era hora de que se marcharan de la casa de su padre, quien no escatimó achuchones a Miguel en la despedida. En el coche, Ramón comentó: “Nunca había visto a mi padre tan lanzado. Te ha dado un trato muy especial”. Miguel reconoció tímidamente: “Desde luego es un hombre estupendo”. “Estoy seguro de que se ha quedado con ganas de volverte a ver”, afirmó Ramón, “Y ya no va a hacer falta que te haga de introductor”. “¿Tú crees?”, replicó Miguel, al que no le desagradaba la idea.

A partir de entonces Miguel se convirtió en un asiduo visitante del padre de Ramón. Disfrutaba con locura de las folladas que le arreaba y la generosidad con que también lo dejaba satisfecho. Ramón, más promiscuo e inconstante, se desentendió de ellos, aunque se sentía muy satisfecho del apaño que había propiciado entre su padre y su amigo.


lunes, 2 de octubre de 2017

El hombre del carromato

Hace bastantes años, antes de la caída del muro de Berlín, formé parte de un equipo de investigación geológica que iba a estudiar una montañosa zona remota en un país eslavo. Por problemas burocráticos quedé rezagado del grueso de la expedición y tuve que incorporarme por mi cuenta. Ello me supuso calurosos viajes en anticuados trenes. El último que cogí iba a morir en un valle al pie de las montañas en las que iba a trabajar. Bajé con los  otros pocos pasajeros en lo que apenas podía llamarse estación, cargado con mi algo pesado equipaje. Sabía que de allí partía un autobús, de incierto horario, que me subiría a la última población de montaña, donde contactaría con mi equipo.

Frente a mí se desplegaba una mezcla de mercadillo de comestibles y almoneda de trastos viejos. Hacia un lado, me llamó la atención un rudimentario carromato al que se enganchaba un tristón caballo de raza pequeña. Pero lo que verdaderamente atrajo mi mirada fue la figura en escorzo de quien estaba apoyado en él. Un hombre grandote que, entre la gorra y unos pantalones bastante caídos, llevaba el cuerpo desnudo. Resaltaba el contraste entre la piel más clara que había estado protegida por una camiseta imperio y el resto enrojecido por el sol. Echado hacia delante, la raja del culo le asomaba en buena parte y la barriga se le desbordaba generosa por encima de cinturón. Como tengo la costumbre de fotografiar escenas pintorescas que voy encontrando, no dudé en disparar la cámara que llevaba colgada del cuello aprovechando que no me miraba. Es una foto que todavía conservo.

Por suerte, sabía defenderme bastante decentemente en el idioma local. Así que me dirigí al hombre para preguntarle dónde podría tomar el autobús. Me miró sonriendo con simpatía. “¡Uy! Hace un rato que salió… Ya no hay otro hasta mañana”. Tras ese contratiempo, volví a preguntarle si me podía indicar un hotel para pasar la noche. Se rio abiertamente. “¿Hoteles aquí? Ni fonda hay”. Ante mi manifiesto desconcierto, me ofreció: “Si quiere, en el granero de mi casa mi mujer y yo hemos puesto una habitación de huéspedes. A más de uno al que le ha pasado lo que a usted le ha hecho el apaño”. No tenía otra opción salvo pasar la noche al raso y el hombre, aparte de su provocativo aspecto, parecía buena persona. Así que acepté agradecido. “¡Ande! Suba los trastos y usted también, que hay para un rato”. Solo había un estrecho asiento en el que apenas cabían dos personas. Me senté dejando el mayor espacio posible, ya que el hombre también lo habría de hacer para llevar las riendas del caballo. Tras ajustarle las cinchas, saltó con fuertes crujidas del carromato y se acomodó junto a mí, dejándome comprimido. No podía tener más pegado su cuerpo desnudo.

Empezamos a salir del pueblo para tomar un camino cada vez más pedregoso y sinuoso. Los zamarreones que daba el carro eran nefastos para mi precaria estabilidad y me aferraba con fuerza al borde del asiento por el lado sin protección para no precipitarme por él. Al notar mis equilibrios, el hombre me dijo con toda naturalidad: “Páseme el brazo por detrás y así se sujetará mejor”. Seguridad ante todo. De modo que me agarré a sus chichas en un abrazo que me puso la piel de gallina. Acoplados de esa forma, el hombre se puso a perorar con una intencionalidad que de momento se me escapó. “En estos sitios abandonados por el Estado hay que apañarse como se pueda. No somos como ustedes los capitalistas… Ya ve el invento de la habitación para sacarnos unos cuartos de vez en cuando. Pocos, eh, no se asuste”. Se acomodó mi brazo a su cuerpo diciendo: “Así  vamos mejor ¿verdad?”. No me podía esperar lo que vino a continuación.

En un tono persuasivo soltó: “Yo le gusto ¿a que sí?”. Contesté ingenuamente: “Está siendo muy amable conmigo”. “No lo decía por eso… Si ya me he fijado en cómo me miraba el culo”. Mientras enmudecido pedía que me tragara la tierra, continuó: “¡Tranquilo hombre! Si me he alegrado… Ya le dije que aquí uno se apaña como puede y yo tengo un culo que puedo aprovechar”. “No lo sigo”. “¡Sí hombre! Que si a alguno le apetece me la puede meter”. “¿Pagando?”, pregunté perplejo. “¡Pues claro! No lo hago por vicio… Pero pido poco, no crea”. Estaba tan alucinado que me dio por indagar más. “¿Es lo que ofrece a los huéspedes que lleva su casa?”. “No a todos, que tengo buen ojo clínico… Pero éstos son muy pocos y no saco casi nada”. “¿Tiene más clientes?”. “En el pueblo ya me conocen todos… En las afueras hay unas tapias y allí vienen a follarme. Hasta algunos de más lejos. Dicen que disfrutan más que con la mujer… Ahora eso sí, siempre con condón, que no quiero coger una porquería”. ¿Su mujer lo sabe?”. “¡Naturalmente! Es un negocio, como la habitación… Mejor que ella haga de puta ¿no? Que además aquí estaría muy mal visto. Y bastante tiene con el huerto y los hijos”. Esta conversación, abrazado a él, no podía ser más comprometedora y, cuando estábamos llegando a la casa, el hombre concluyó: “Así que ya sabe…”. La verdad es que estaba en sus manos y no sabía lo que depararía mi estancia ¡Qué surrealista podía ser el mundo!

La mujer, una matrona tan oronda como el marido, pareció muy contenta de tener un huésped. Sin hablar apenas nos sirvió una cena modesta pero sustanciosa. Al terminar, el marido le dijo a la mujer: “Tú acuéstate, que yo me encargo de todo”. En ese todo pensé que incluía ‘todo’.

La habitación, que se veía que habían delimitado dentro del cobertizo, constaba tan solo de una cama baja y una lamparita en el suelo, pero las sábanas parecían limpias. “Bueno, lo dejo”, dijo el hombre, “Luego me asomaré por si se anima”. Balbucí una torpe excusa. “Estaré muy cansado…”. “¡Venga, hombre!”, insistió, “Si ese suplemento al alquiler de la habitación nos vendrá muy bien a mi familia y a mí”. “Ya le añadiría algo de todos modos”, concedí. “¡Eso no!”, me atajó, “No queremos caridad… Se paga lo que se hace”. No supe qué añadir ante su peculiar coherencia y ya me dejó solo. Me puse a quitarme la ropa, sin poder sacarme de la cabeza el ofrecimiento del hombre. Como tardaba, pensé que tal vez habría desistido. Pero cuando estaba ya tendido en la cama en calzoncillos, tras unos breves golpecitos en la puerta, la abrió.

Venía completamente desnudo. “He estado dándome un buen lavado”, explicó, “Y he traído esto”. Llevaba en la mano el envoltorio de un condón. Verlo así ante mí, empezó a echar por tierra mis prejuicios. Las tetas abundosas de marcados pezones y la prominente barriga se completaban con unos compactos huevos sobre los que reposaba la polla ancha y corta. El contraste del enrojecimiento de brazos y escote con la casi blancura del resto del cuerpo, que apenas matizaba un vello dorado, le daba un realce de lo más lascivo. Para colmo se dio la vuelta y me mostró el culo separando con las dos manos las gruesas nalgas. “¡Mírelo! Más limpio imposible y hasta untado con mantequilla”, me hizo observar orgulloso. Yo había sacado las piernas de la cama dudando si levantarme y él se fijó en mis calzoncillos. “¡Pero quítese eso! Si estamos entre hombres… O si lo prefiere se los quito yo. Los suplementos del servicio solo le costarán un poquito más”. De su pormenorizado cálculo mercantil  deduje que el precio base era el de darle por el culo. Todo lo que se añadiera, o más bien precediera, iría sumando. No por tacañería sino por bochorno, opté por hacerlo yo mismo y quedar también en cueros.

Aunque mi excitación estaba desatada, lo peculiar de la situación impedía que se reflejara en mi entrepierna. Desde luego no le pasó desapercibido. “Igual va a necesitar que lo ponga a tono. Tengo buena mano para eso… O boca, que no le hago ascos”. Así iba exponiendo sus extras. Como paso intermedio, se me ocurrió preguntar: “¿Puedo tocar?”. “¡Faltaría más! Menos darme de hostias, a su gusto”, dijo poniéndose a mi disposición. Lo primero que me apeteció fue echarle mano a las tetas. Aún frescas por el lavado, redondas y firmes, daba gusto palparlas. Cómo no, hubo la glosa correspondiente. “Gordas ¿eh? Mi mujer dice que más que las suyas”. Para concentrarme mejor en lo que tenía  entre manos habría preferido que hablara menos, pero era una vana pretensión. Bajé una mano al paquete y manoseé huevos y polla. Dejándose tocar advirtió: “¡Uy! Eso de ahí va a su aire… No se esfuerce, que se animará cuando quiera”. En efecto, el sobeo que le daba a la fibrosa polla la dejaba tal cual. Cosa lógica, me dije, tratándose de una transacción comercial.

Por mi parte, ya había empezado a empalmarme, pero no lo suficiente para el fin propuesto. “Ahora me encargo yo de usted ¿Cómo lo prefiere?”. Me dejé caer bocarriba en la cama. “¡Haz lo que se te ocurra”. Se sentó en el borde de la cama y se giró hacia mí. Me agarró la polla y la sopesó expertamente. “Bien hermosa que la tiene”. A dos manos me la frotaba, corriendo la piel y pasando un dedo por el capullo. Lo veía hacer con sus carnes rebosantes y su semblante concentrado. Desde luego me la había puesto dura, pero ofreció tentador: “¿Lo animo un poquito más?”. Sabía a lo que se refería y acepté. Bajó la cabeza y me sorbió directamente la polla. Sus chupadas y revoloteos de lengua eran tan eficaces que, de buena gana, ya me habría dejado ir dentro de su boca. Pero me frenaba el temor a decepcionarlo si le privaba de lo que para él debía ser su prestación estrella y justificante de todo lo demás. Él mismo supo cuándo había de parar. “A punto ya ¿no?”. No olvidó coger el condón. “Yo se lo pongo”. Me lo encajó con precisión mientras calculaba la operación. “Si me subo encima, lo voy a aplastar con lo gordo que estoy. Así que me pondré debajo”.

Con agilidad se tumbó en la cama desplazándome del centro y con el culo realzado. “¡Hala! Aquí lo tiene”. Parecía increíble que, de aquella media raja que había llamado mi atención nada más salir de la estación, hubiera pasado de forma rocambolesca a tenerla ahora entera a mi disposición. Me arrodillé entre sus robustas piernas y, enervado, le di contenidas palmadas a las dos nalgas. “Si eso lo entona, no se prive”, oí, “Que las tengo duras”. Repetí con más energía, pero enseguida tiré de las caderas para poner el culo más elevado. Él cooperó plegándose sobre las rodillas. “Así mejor ¿no?”. Sin dudarlo ya, apunté y me clavé. La fluidez de la mantequilla y la elasticidad de conducto me la engulleron al completo. “¿Ve qué bien?”, dijo sin inmutarse, “¡Arree sin miedo!”. Lo hice con todas las ganas y con breves interrupciones para no precipitarme. Al compás de mis embestidas, creía percibir leves sonidos guturales que no llegaban a gemidos y quise convencerme de que algo debería sentir. Me concentré en lo mío y no tardé en notar que la corrida electrizaba todo mi cuerpo. Me quedé parado y preguntó “¿Ya?”. Como respuesta me derrumbé a su lado. El condón doblaba su extremo lleno de leche. Enseguida se puso de rodillas para quitármelo sin derramar ni una gota.

Me sorprendió ver que, entre sus muslos, la polla estaba bastante más crecida. Captó mi mirada y dijo: “Si es lo que me pasa… Me zumban por detrás y ésta se me llena”. Se la agarró con una mano y la zarandeó. “Si ya está a punto… Ahora va a ver”. ¿Habría otro suplemento? Preventivamente cogió la toalla que había a los pies de la cama y se la puso bajo las piernas. “Luego se la cambio”. Me pareció una verdadera proeza que, sin manos y solo apretando como si fuera a hacer otra cosa, la polla empezara a soltar sucesivos chorros de leche abundante y espesa. Al acabar resopló con fuerza, envolvió la toalla y se limpió los restos de la polla. Ante mi cara de sorpresa, se ufanó: “Cuestión de práctica… No se ríen ni nada los colegas cuando lo hago después de que me hayan follado”. La anécdota no hizo más que aumentar mi asombro.

Bajó de la cama con la toalla arrugada en la mano. “Ahora le traigo otra”. “¡No, no!”, me apresuré a rechazar porque ya necesitaba un poco de tranquilidad, “Ya me la dará mañana”. “Descuide… Lo despertaré temprano para que no pierda otra vez el autobús”, dijo sin salir todavía. “Muchas gracias y buenas noches”, quise cortar ya. “Las gracias a usted… Y ya ajustaremos cuentas”. Al fin me quedé solo y, tal como estaba, me fui adormilando con el insólito polvo dándome vueltas en la cabeza.

El hombre vino a despertarme puntual. Traía la toalla y una jofaina con agua. Al dejarlas no hizo alusión a la desnudez en que me había dormido. Él llevaba el pantalón del día anterior, pero se había puesto la camiseta imperio, tan corta que le dejaba al aire el ombligo. “El desayuno ya está servido”, informó, “Afánese para que vayamos con tiempo”. Ya no vi más a la mujer y desayuné solo, pues el hombre se sentó a mi lado con una hoja de papel en la que había escrito una larga lista. Además del alojamiento y la alimentación, me sorprendió que había pormenorizado con una precisión extrema todos y cada uno de los actos que fueron complementando la follada. Me preguntó: “¿Se lo calculo al detalle o hacemos números redondos?”. Preferí lo segundo para evitar el recordatorio y la verdad es que no salí demasiado mal parado. Me marqué el farol de ofrecerle: “¿En moneda local o en dólares?”. Se le iluminó la cara y contestó en seguida: “Mejor dólares, si puede ser”. Pensar que me había tildado de capitalista…

El viaje de vuelta fue tan ajetreado como el de ida. Ya no tuve el menor reparo en agarrarme cómodamente al cochero. Al fin y al cabo bien que le había pagado. No hablamos mucho, sin aludir para nada a lo sucedido en la habitación. Solo al llegar al pueblo, donde estaba haciendo tiempo el autobús, mientras me estrechaba cordialmente la mano, me hizo un guiño. “Si ha de volver por aquí, ya sabe. Casa y lo otro, si le apetece”. Cuando me encontré por fin con mis colegas, les di una versión, por supuesto censurada, de la amabilidad con que había sido tratado. Al acabar los trabajos, ya fue una marcha organizada y no tuve ocasión de volver a ver al hombre con el carromato. ¿Qué sería de él con los cambios políticos y sociales que al poco tiempo se produjeron en su país? Era una pregunta que me hacía con frecuencia.