martes, 2 de mayo de 2017

Exhibicionismo rural

Paseaba por un paraje solitario entre campos de cultivo y, al ir a pasar por un ajado puente sobre un cauce seco, observé que había alguien apoyado en el pretil. Se trataba de un tipo sesentón con una buena barriga y unos brazos peludos en su camisa de manga corta. Por su aspecto algo rudo, pensé que se trataría de un campesino que se tomaba un descanso. Pero al fijarme mejor y hallarse el hombre un poco de medio lado, pude ver perfectamente que tenía la bragueta abierta y le salía la polla echando un potente chorro. Avancé algo más y me detuve haciendo ver que me interesaba en el paisaje. Pero él me miró y captando mi atención me sonrió. Se dio unas aparatosas sacudidas y se dejó la chorra fuera. Oí que decía: “¿Te gusta?”. “No está mal”, contesté. “¿Te gustaría ver más?”, volvió a provocar. “A nadie le amarga un dulce”, repliqué. Señaló un cobertizo abandonado: “Allí te lo puedo enseñar todo… ¿Vamos?”. Se guardó la polla, pero no se molestó en cerrar la bragueta. Lo seguí y me avisó: “No es que vayamos a echar un polvo. Solo quiero que me mires… sin tocar. Es lo que me pone. Pero si te apetece puedes hacerte una paja conmigo”. Algo rarillo me pareció la cosa, pero me pudo la curiosidad y el tío desde luego estaba muy bueno.

Ya a resguardo me dijo: “Anda, siéntate ahí”. Dejaba claro que mantenía las distancias. Se plantó ante mí y, poniendo voz anhelante, preguntó: “Me lo quieres ver todo ¿verdad?”. Asentí: “Claro”. Muy serio, y con la mirada un tanto perdida, se sacó los faldones de la camisa fuera del pantalón y fue desabrochando los botones. Se quitó la camisa con naturalidad y la dejó a un lado. Aunque lo pareciera, no me daba la impresión de estar ante un striptease convencional. Acompañaba los calmados gestos a los que se entregó, con un punto de lubricidad, de subrayados e incitaciones que no esperaban respuesta, solo mi atenta contemplación. Un vello recio se extendía por gran parte de pecho, barriga y brazos. Todo ello se puso a sobárselo y estrujárselo a dos manos. “Buenas tetas ¿eh? ¿A que las lamerías?”. Dos rosetones cárdenos, de puntas más oscuras, asomaban entre el pelambre. Se chupó los dos índices y los pasó por los pezones. “Me gusta ponerlos duros, estirarlos y pellizcarlos”. Cosa que hizo con recia lascivia, poniéndome los dientes largos. Luego se dio la vuelta, para lucir la espalda también con vello. Se palpaba los michelines de la cintura. “Estoy hermosote ¿a que sí?”. Aproveché para darme unos toques a la entrepierna revuelta. Volvió a ponerse de frente y se soltó el cinturón. “Te estás poniendo cachondo ¿eh?”. Como la bragueta se la había dejado abierta, sujetó los pantalones mientras se quitaba los zapatos moviendo los pies. “Verás lo que viene ahora…”.

Fue bajando los pantalones. Llevaba unos calzoncillos blancos clásicos, de bragueta con abertura delantera. Por lo que, al agacharse e ir levantado las piernas para sacarse los pantalones, le asomaban pelos por ella, e incluso los huevos por las anchas y cortas perneras. Ya solo en calzoncillos, se puso a jugar con ellos. La procacidad de sus manejos y de las expresiones que los glosaban denotaba una creciente agitación, pese a su concentrada seriedad. Los calzoncillos algo arrugados le permitían provocadoras insinuaciones. Se cogía el paquete y lo sacudía. “¡Lo que hay aquí…!”. Subía las perneras hasta las ingles. “¡Mira qué muslos!”. En verdad los tenía rollizos y velludos. “¡Uy lo que asoma!”, al salírsele de nuevo un huevo. Se bajaba la cinturilla  hasta la raíz de la polla, mostrando el rizado pelambre del pubis. “Tengo un bosque aquí”, y moldeaba la tela sobre la polla. “Y vaya tronco ¿eh?”. Una manchita de humedad se formaba en el blanco tejido. “Eso que estoy haciendo esfuerzos para no empalmarme todavía”. Metió la mano en la bragueta haciendo amago de sacársela. “¡Qué ganas debes tener de que te la enseñe! Con lo que te gustó verla mientras meaba…”. Siguió tocándosela por dentro de los calzoncillos. “Pues vuelvo a tener ganas… ¡Vas a tener suerte otra vez!”.

Se puso de perfil y sacó la polla, que se veía bastante más crecida. Sin manos, como había hecho antes, el chorro fue a caer a una lata oxidada con fuerte sonido metálico. Ahora sí que se la cogió para sacudirla con energía. “¡Qué a gusto se queda uno!”. No se molestó en metérsela dentro, pero se puso de espaldas. “Te voy enseñar una buena cosa”. Se bajó los calzoncillos hasta las pantorrillas. Desde luego tenía un culo impresionante. Voluminoso y bien redondeado, el vello se le espesaba en la raja. “¿Qué? ¿Impresionado? …Pues se mira pero no se toca. Que ya imagino lo que querrías hacer con él”. Se agachó para  sacarse los calzoncillos por los pies. “¿Ves lo que me cuelga?”. En efecto entre los muslos se bamboleaban los cargados huevos rojizos. “Gordos ¿verdad? …Luego los verás mejor”. Primero tenía que mostrar con voluptuosidad las excelencias de su culo. Se dio varias palmadas. “Duro como una piedra”. Después se inclinó y alargó los brazos hacia atrás para agarrarse con las dos manos las nalgas. Tiró hacia los lados abriendo todo lo que pudo la raja. Entre los bordes peludos, en una franja cárdena se vislumbraba un botón oscuro. “¿Ves bien el ojete? Seguro que te gustaría follártelo ¿eh, golfo?”. Seguí callado pero, por supuesto, me daban unas ganas locas de lamerlo y clavarme en él. “Pues mira cómo el gusto me lo doy yo”. Soltó un lado y llevó la mano a la boca para chuparse los dedos. Con un forzado e insospechado giro, dado su volumen, logró meterse el índice y lo frotó. “¡Joder, qué rico! Hasta tres dedos me caben”. Dicho y hecho, hurgó en la raja y parecía que tuviera casi la mano entera dentro. “¡Oh, que bruto soy!”, se increpó a sí mismo.

Fue enderezando el cuerpo y ya erguido volví a tenerlo de frente. Bajo la orza que le hacía la barriga, entre un crespo pelaje, el sexo sobresalía en la confluencia de los muslos. Sobre los huevos medio ocultos por los pelos, reposaba la polla. Vista de frente, la vi más ancha y agreste. La piel del prepucio no cubría del todo el capullo, que brillaba más claro y húmedo. Me dejó mirar con los brazos en jarra. Pero pareció que se excusaba. “Meterme los dedos por el culo me ha aflojado. Pero así podrás ver cómo se me llega a poner”. Entretanto levantó la polla y separó las piernas para enseñar los huevos al completo. “¡Qué buenas pelotas! Por detrás parecía que me colgaban ¿a que sí? Pero ya ves que las tengo bien pegadas”. Se los sobó. “No me caben en la mano”. Se soltó la polla y se me acercó peligrosamente. “Ahora sin manos… Ve mirándola con atención y verás cómo se me pone cachonda del todo”. Efectivamente, al conjuro de mis ojos que casi se me salían, la verga iba engordando y alargándose. La piel se retraía y el capullo llegó a asomar entero, romo y mojado. Al irse levantando, llegó a quedar en horizontal. “¿Qué te dije? Cómo se me ha puesto solo con que me la mires”.

Ya se la agarró. “Me voy a hacer un buen pajón… ¿Tú no te animas a acompañarme? Seguro que te he puesto a cien”. Hablé por primera vez. “¿Así quieres que me la saque?”. “Menéatela mirando cómo lo hago yo”, insistió. Para más comodidad, me bajé los pantalones y la polla me saltó liberada. Pero al hombre parecía interesarle tan solo que fijara mi atención en su ritual masturbatorio. Lo cual, por otra parte, sería un estímulo definitivo para mí. Con una mano se la sobaba y con la otra se tocaba los huevos, separadas las piernas. “La tengo que me quema” decía. Unas veces se la restregaba con el puño cerrado alrededor y otra usaba solo el pulgar y el índice. “Variando así alargo el gusto”, explicaba. A mí, casi automáticamente, me contagiaba el método. “¿No ves lo hinchada que la tengo ya?”. Mostraba el capullo enrojecido. “Vaya paja me estoy haciendo ¿eh? Y la hago aguantar”. Pausa y meneo; pausa y meneo. “Seguro que estás deseando ver cómo me sale la leche para sacarte la tuya también”. Se dio con energía ahora. “Ya falta poco. Estoy a punto de estallar”. Estaba sofocado mirando hacia lo alto. “¡Me viene, me viene! … “¡Aaaaajjjj”. Empezó a expulsar chorros de leche en varias oleadas, acompañadas con sacudidas de todo su cuerpo. Cuando los chorros cesaron, aún siguió frotando más lentamente y apretando el capullo para extraer las últimas gotas. Mi excitación funcionó sola y noté que tenía la mano pringada de mi propia leche.

Se limpió la mano en el pelambre de la barriga y se dirigió más directamente a mí. “¿Qué? Te ha puesto cachondo verme ¿eh?”. Y volvió a explicar con toda seriedad. “Me gusta que me mire alguien mientras me toco”. “¡Vaya exhibición que me has hecho!”, dije con la respiración entrecortada. “Ahora te irás con las ganas de haberte dado un revolcón conmigo… Eso también me pone”. “Y cómo has conseguido ponerme a mí…”, concedí y me ajusté los pantalones. Aún me quedé contemplándolo vestirse con parsimonia y expresión de haberse dado un gustazo. Se me ocurrió preguntarle: “¿Haces esto muy a menudo?”. Contestó sin darle importancia: “Alguno del pueblo me lo pide y a veces se juntan varios para pajearse mirándome… Pero con un desconocido me da más morbo”. Logrado su propósito pareció sin embargo que ya le sobraba. Así que dejé que siguiera vistiéndose y me marché. “¡Qué tipos más raros hay por el mundo!”, pensé, “Pero que me den muchos como éste”.






lunes, 3 de abril de 2017

Pintores acalorados

Anselmo y Julián se conocieron en la portería de la finca uno de cuyos pisos desocupados habían de pintar. Los enviaba una empresa de trabajo temporal y, al menos, tendrían faena para varios días. Los dos eran pintores de profesión aunque, rebasados ya los cincuenta años, cada vez les resultaba más difícil tener ocupación. Así que se saludaron y recogieron la llave de la portería. El piso era grande y, después de haber sido vaciado de muebles, necesitaba una buena mano de pintura. Anselmo era más bien bajo y regordete. Muy dicharachero, ya en el ascensor, contó que era soltero pero que tenía a su cargo a los padres ancianos. Así que Julián tuvo que declararse casado y con dos hijos también en el paro. Más parco en palabras, era bastante corpulento y de aspecto forzudo.

En la entrada encontraron todo el material de pintura que la empresa ya había traído, así como los característicos monos blancos con sus gorras. Como estaban en pleno verano, Anselmo comentó: “Con el calor que hace, no me pienso dejar nada debajo… Ni los calzoncillos, para no sudarlos. Además, como no está cortada el agua, hasta nos podremos duchar al terminar y así ponernos nuestra ropa limpia”. Dicho y hecho, rápidamente dejó al desnudo su cuerpo rollizo, de piel clara y poco velluda. Julián, acostumbrado a no andarse con remilgos cuando se trabaja en equipo, hizo otro tanto. Se le vio robusto, aún más grueso de lo que parecía vestido, y de pelambre abundante. Sin embargo, al sorprender la vista de Anselmo clavada en su entrepierna, se sintió incómodo y le soltó: “¿Y tú qué miras?”. “¡Perdona!”, reaccionó enseguida Anselmo con desparpajo, “Es que tienes una polla que lo acompleja a uno”. La vanidad venció al desagrado de Julián, que concedió: “¡Bueno! No me puedo quejar”. Ya se pusieron los monos y empezaron el trabajo.

Anselmo no se quitaba de la cabeza, no solo la polla de Julián, sino a todo él, con ese cuerpazo que solo había podido ver al completo por unos segundos. Por su parte, a Julián le había llegado a hacer gracia el complejo de polla pequeña que había reconocido Anselmo. Llevaban ya un buen rato rascando paredes en silencio, solo alterado por el canturreo que, de vez en cuando, entonaba Anselmo. De pronto Julián exclamó: “¡Joder! ¡Qué calor hace aquí y cómo se suda con este mono de los cojones! Mañana me traigo algo más fresco que ponerme”. Anselmo no perdió la ocasión. “Por mí que me lo quitaba… Total, no va a venir nadie y, al terminar, nos podremos duchar”. Julián rio por la sugerencia. “A ver si lo que quieres es verme otra vez la polla…”. Anselmo se salió por la tangente con humor. “Si comparamos, salgo perdiendo”. “¡Venga, hombre! Si lo importante no es el tamaño, sino saber usarla”, siguió con la broma Julián. “Tú eso sí que debes saberlo…”, replicó Anselmo. “Si yo te contara…”, dejó caer enigmático Julián. Anselmo prefirió callarse lo que tenía en la punta de la lengua –“¡Cuenta, cuenta!”–. Mejor no precipitarse con ese tipo de confidencias; ya saldrían en otro momento en que pudiera sacarles más partido. Lo que hizo fue poner en práctica lo sugerido. “Pues tú haz lo que quieras, pero yo me quito esto… Y no seas mal pensado”. Así que volvió a quedarse desnudo y siguió trabajando tan pancho. Julián encajó con naturalidad la desvergüenza y preguntó con sorna: “¿Haces mucho eso de pintar en pelotas?”. “Si hay confianza…”, se limitó a contestar Anselmo. Sin embargo Julián no lo imitó y siguió con el mono puesto. Cuando terminaron la jornada, usaron el baño por separado. Primero fue Julián, que se llevó la ropa de calle y salió ya vestido. “Si no te importa cerrar tú, me voy pitando. Lo tengo justo para coger el tren”. Anselmo se quedó con las ganas de verlo de nuevo desnudo y, en la ducha, se contuvo de hacerse una paja pensando en él. “Mañana será otro día”, se dijo.

Al día siguiente volvieron a subir juntos. Al quitarse los dos la ropa, Anselmo preguntó: “¿Te has traído algo más fresco que el mono?”. La respuesta de Julián le pilló por sorpresa. “Se me ha olvidado con las prisas. Pero creo que haré como tú… Tienes razón: hay confianza”, medio rio. Anselmo disimuló su satisfacción y procuró tomarlo con naturalidad, sin mirarlo demasiado directamente. “¡Claro que sí! Menos agobios”. Julián se puso en acción sin el menor recato ya y Anselmo iba haciendo recuento mentalmente de las maravillas que se le desvelaban. “¡Qué muslazos y qué culo se gasta el tío! ¡Vaya tetas peludas! Y eso que tiene la polla en calma, porque tiesa tiene que ser la ostia”. Lo que no se esperaba fue que, en un momento en que estaba subido en una escalera, Julián, al pasar por delante, le dijera: “Tampoco la tienes tan pequeña… Debe ser de las que, cuando se ponen en forma, dan la sorpresa”. Por poco se cae de la escalera y tuvo que empotrar el culo entre dos travesaños. Pero se recuperó enseguida. “Si aún tendremos que hacer un concurso”. Julián se alejó riendo.

Anselmo había tenido el detalle de traer unas cervezas en una neverita portátil. Las compartieron haciendo un descanso. Sentados frente a frente sobre unos cajones, Anselmo tenía que controlar su emoción. Julián parecía no sentirse nada incómodo en su desnudez y, bajo la curva de la velluda barriga, lucía sin recato sus magníficos atributos. Claro que Anselmo también enseñaba lo que tenía entre sus rollizos muslos. Puesto que Julián había vuelto a sacar lo de los tamaños, Anselmo se tomó la libertad de comentar sobre la polla de Julián: “Con eso volverás locas a las mujeres”. “No creas”, dijo Julián con más sinceridad de la que Anselmo esperaba, “Mi mujer hace tiempo que no tiene ganas. Además nunca ha querido chupármela porque dice que tan grande le darían arcadas… Ya ves que no todo son ventajas”. “¡Qué desperdicio!”, le salió del alma a Anselmo. Julián rio su espontaneidad y maquinalmente se la tocó. Anselmo aprovechó para dar un paso más. “Tengo una curiosidad… ¿Cómo será cuando se te pone dura?”. “¡Joder, tío! A ver si ahora vas a querer que me empalme”, contestó Julián, más divertido que molesto. Anselmo no se desalentó. “Si lo hacemos los dos, podremos comparar”. Julián se relajó. “Eso lo hacíamos de críos en el pueblo”. En el fondo le halagaba la admiración que Anselmo mostraba por su polla y ahora se la acariciaba más abiertamente. “Cualquiera diría… Pero tanto hablar del tema me está poniendo a tono”. Entonces Anselmo empezó a sobarse la suya y bromeó sobre él mismo para quitarle embarazo a la situación. “A mí me basta con dos dedos”. Cada uno en su medida, no tardaron en estar empalmados. Desde luego la verga de Julián confirmaba con creces lo que Anselmo había imaginado. Se levantaba firme y tiesa, con un grosor y una longitud impresionantes. La de Anselmo, en su modestia, tampoco estaba nada mal. Más corta, le brillaba un capullo romo y rojizo. Julián, algo avergonzado, se puso de pie para mejor lucimiento. “¡Hala, curioso! ¿Qué te parece?”. A Anselmo casi le temblaba la voz. “Lo que yo decía, un pollón de campeonato”. Se le fue la mano y lo palpó. “¡Y qué duro!”. Julián hizo un movimiento de rechazo y Anselmo lo soltó. “¡Perdona! ¿Me he pasado?”. “No, no pasa nada”, contestó Julián sofocado, “Es que si ahora no me hago una paja, quién sigue trabajando”. Anselmo halló una salida a su imprudencia. “También me vendría bien”. No hicieron falta más palabras para cada uno se pusiera a meneársela por su cuenta. Julián cerraba los ojos, pero Anselmo tenía la mirada fija en las manipulaciones del otro. Cuando Julián, con resoplidos y sacudidas de todo el cuerpo, empezó a lanzar unos buenos chorros de leche, Anselmo, menos aparatoso, también se corrió. “¡Uf, vaya guarros estamos hechos!”, exclamó Julián nada arrepentido, “Más vale que volvamos al curro”. Ese día no pasó nada más ni hubo alusiones a lo sucedido. Pero Anselmo estaba eufórico con lo logrado y se hacía cábalas sobre lo que podría pasar en días sucesivos.

En la siguiente jornada, ya asumieron como lo más normal trabajar desnudos, para satisfacción de Anselmo. Sin embargo, veía a Julián algo cabizbajo. Esperó al momento de descanso con las cervezas, que no había descuidado volver a traer y que tanto pie habían dado el día anterior. En efecto Julián no tardó en sacar el tema. “Anoche me puse negro con la manía de mi mujer de no chupármela… Con lo que me gustaría una buena mamada”. Anselmo puso su granito de arena. “Lo bueno que tiene es que te dejas ir y te lo hacen todo”. “¡Uf, sí!”, asintió Julián. Se quedó un rato en silencio y Anselmo lo secundó expectante. Por fin Julián volvió a hablar arrastrando las palabras con dificultad. “Ayer, cuando me tocaste la polla tiesa, estuve a punto de pedirte que siguieras”. Anselmo se hizo el sorprendido. “¿Que te hiciera yo la paja?”. “¿Lo habrías hecho?”, repreguntó Julián. Anselmo se pensó lo que decir. “Si me lo hubieras pedido… Tampoco hay que darle tanta importancia a estas cosas”. “¿Pero te habría gustado?”, insistió Julián. “Creo que ya lo sabes”, se sinceró Anselmo. “¡Eres la ostia, tío! Desde que me soltaste aquello al verme en pelotas por primera vez empecé a pensarlo”, reconoció también Julián. “Uno es como es”, dijo simplemente Anselmo. “No me desagrada en absoluto… Voy tan escaso que un interés como el tuyo se agradece”, aclaró Julián. “Parece que lo estás demostrando…”, dijo risueño Anselmo al fijarse en que la polla de Julián estaba engordando. “Sí que estoy caliente, sí… Tócame si quieres”, ofreció ya Julián. Pero Anselmo vio que podía llegar a más. “Tocar y más… si es lo que quieres tú”. “¿A qué te refieres?”, preguntó Julián. “A eso que te apetece tanto”, contestó Anselmo. “¿Me la chuparías?”, volvió a preguntar Julián. “Lo estoy deseando desde que te la vi”. Anselmo ya iba a por todas. “¡Anda! Échate hacia atrás y déjame hacer a mí”. Julián se tendió bocarriba en el cajón donde había estado sentado. Con las manos sobre el pecho, cerró los ojos. Anselmo no se podía creer que por fin tenía a aquel pedazo de hombre a su disposición. Su excitación se le concentró en la polla, que se le puso dura como una piedra. Pero ahora tenía que saciarse con aquella verga que se bamboleaba tentadora ante sus ojos. Separó un poco los velludos muslos y la sujetó con una mano mientras su lengua buscaba los gordos huevos que imaginó bien cargados. Julián sintió las lamidas que hurgaban entre sus ingles y exclamó: “¡Uf! ¿Qué haces? ¡Me gusta!”. Anselmo no contestó, sino que frotó la verga que, descapullada del todo, destilaba un juguillo incoloro. Anselmo lo sorbió coronando el capullo con sus labios y recorriéndolo con la lengua. Luego fue metiéndose la polla en la boca, con las mandíbulas bien distendidas, hasta que no le cupo más. Julián, acelerando la respiración, empezó a pellizcarse las tetas en un gesto instintivo. Mientras Anselmo chupaba en un sube y baja progresivamente acelerado, cosquilleaba con una mano los huevos y con la otra acariciaba la peluda barriga. “¡Joder, joder! ¡Qué maravilla!”, farfullaba Julián, “Estoy a tope. Creo que me correré pronto”. Anselmo le dio unos cachetitos en el muslo para dar a entender que eso es lo que quería. “¡Oh, oh, ya me viene!”, estalló Julián. A Anselmo se le empezó a llenar la boca de leche e iba tragándola para no acumularla. Tanta era la que soltaba Julián entre espasmos. No se sacó la polla de la boca hasta que noto el primer aflojamiento y que Julián lo apartaba con las rodillas. Ya sus miradas se cruzaron y lo primero que preguntó Julián sorprendido fue: “¿Te la has tragado?”. “¡Entera!”, contestó Anselmo sonriente, y añadió: “Ha merecido la pena ¿no te parece?”. “¡Me has matado, pero de gusto, tío!”, exclamó Julián jadeante. Cuando Anselmo se levantó, Julián, que seguía tumbado, se fijó en la polla dura y enrojecida bajo su barrigón. “¿Y tú qué?”, le preguntó. “No te preocupes. A poco que me dé me corro ya”. Julián, lleno de gratitud por lo que Anselmo le había hecho disfrutar, tuvo una reacción que a éste lo excitó aún más. “Que yo te vea… ¡Échamela encima!”. Le pasó un brazo por detrás de las piernas y lo ciñó a su costado. Así sujeto, Anselmo se masturbó breve pero enérgicamente y se vació sobre las tetas de Julián. Éste hasta bromeó. “Aquí se queda hasta que me duche luego”.

La verdad es que, ese día, el trabajo les cundió poco y hubieron de comprometerse a recuperar el tiempo al día siguiente. No estaban las cosas para arriesgarse a volver al paro. Tan en serio se lo tomó Julián que se trajo unos pantalones cortos de deportes y le dijo a Anselmo con buen humor al ponérselos: “Así no te distraerás tanto”. Anselmo, por el contrario, siguió pavoneándose de un lado para otro con su rollizo cuerpo arrebolado por el calor. Sin embargo, después de haberse afanado los dos en avanzar lo más posible, finalmente no les resultó tan fácil mantenerse firmes en su propósito de abstención. Una vez más fue el hecho de estar subido Anselmo en la escalera lo que provocó el interés de Julián. Estaba de espaldas a media altura y, al acabársele la pintura del envase que tenía colgado de un lateral de la escalera, pidió a Julián que le alargara otro lleno. Mientras Anselmo hacía el cambio, le quedaba a Julián a la altura de la cara su culo, orondo y carnoso, con pelusilla que le sombreaba la raja. Mirándolo tan de cerca, le vino un inesperado brote de deseo. “¡Vaya culazo el tuyo!”, le soltó. A Anselmo no podía menos que halagarle la observación. “¿Hasta ahora no te habías fijado? ¿Te gusta?”. Al ponerlo en pompa, Julián añadió: “Lo tienes como una tía gorda”. Anselmo no se dio por ofendido con la comparación, dada la ambigüedad sexual por la que estaba deambulando Julián. Igual le recordaba al de su mujer. Julián ya le había plantado una mano en cada nalga. “Da gusto tocarlo tan suave”. “¡Uy, qué peligro!”, exclamó Anselmo, al que le estaba encantando. “Si yo te dejé que jugaras con mi polla, déjame ahora esto”. Anselmo se dejó y Julián lo manoseó hasta abrirle la raja. “Debe dar gusto meterla aquí ¿eh?”, comentó. Anselmo entonces se cerró como una almeja y se puso derecho. “¡Oye! No te digo que sea virgen por ahí, pero estoy desentrenado. Y tú tienes una tranca que me haría un destrozo”. “Si me dejaras probar… Mira como me has puesto”. Julián se bajó los pantalones y su polla salió bien tiesa. Anselmo optó por ir descendiendo de la escalera porque, con los temblores que le estaban entrando, corría peligro su integridad física. En su ánimo oscilaba entre el morbo de tener dentro el pollón de Julián y el pánico a los efectos en su culo. Aún probó a darle largas. “Habíamos quedado en que hoy solo trabajaríamos”. Pero Julián insistió. “Hemos adelantado mucho y tú tienes la culpa por no haberte tapado como yo”. “De poco te ha servido”, ironizó Anselmo mirando a Julián ahora tan despelotado como él y verga en ristre.

Anselmo bajó del todo de la escalera más dispuesto ya a ceder a las pretensiones de Julián. “Como no me pongas algo que suavice, van a oír mis gritos todos los vecinos”. “¡Espera!”, dijo Julián, “El gel que usamos en la ducha puede servir”. Fue corriendo a buscarlo y, mientras, Anselmo hizo los preparativos. Sobre el cajón donde el día anterior se la había mamado a Julián hizo un cojín doblando los monos que apenas habían usado y apoyó ahí los codos. Julián se lo encontró con el culo en pompa y las regordetas piernas separadas. “¡Joder, qué provocación!”, exclamó. En Anselmo había una mezcla de deseo y prevención. “¡Venga, ponme un poco de eso! Pero no vaya ser que empiece a echar espuma”. Julián ya le había echado mano. “¡Joder, qué raja tienes!”. “Como todo el mundo, con un agujero en medio”, replicó Anselmo nervioso. Julián echó unas gotas de gel y enseguida pasó un dedo, que se le escurrió por el ojete. “¡Uuuhhh, qué frio está!”, exclamó Anselmo. “Ahora te lo calentaré”, dijo Julián metiendo dos dedos. “¡Ohhh! Más vale que metas ya la polla”, se quejó Anselmo. “¡Pues ahí va!”. Julián apuntó y se clavó. Mientras empujaba, Anselmo iba soltando unos agudos “¡Uy, uy, uy!”. Cuando la tuvo toda dentro pidió: “¡Párate ahí un momento!”. “¡Ostia, qué gusto da esto!”, dijo Julián bien apretado. “¡Muévete ya”, dirigía la operación Anselmo. Julián tomó impulso y se puso a bombear con ganas. “¡Jo, qué bueno! ¡Cómo me la atrapas!”. Anselmo estaba ya a sus anchas. “¡Sí! Casi no me acordaba de lo que me gusta. ¡Dale, dale!”. “¡Cómo me estoy poniendo!”, proclamaba Julián. “¡Aguanta un poco más!”, rogaba Anselmo. “¡Ya me viene, ya!”. “¡Venga, lléname!”. Julián temblaba y resoplaba mientras se corría bien adentro de Anselmo. Julián se detuvo apoyándose en la espalda de Anselmo y su polla fue resbalando hacia fuera. Anselmo habló primero. “¡Uf, cómo me has hecho hervir el culo”. Julián solo pudo decir: “¡Qué a gusto me he quedado!”. Pero le entró la risa al ver que la raja de Anselmo, en efecto, espumeaba por la mezcla de leche y gel. “¡Qué polvo más higiénico te he echado!”, bromeó. Anselmo también se lo tomó con humor. “Más vale que me lave un poco. Si no, voy a estar soltando pompas de jabón”.

Cuando volvió Anselmo, Julián ya se había puesto de nuevo sus pantalones cortos. Anselmo se burló. “¡Míralo! Como el que no ha roto nunca un plato”. Julián dijo muy serio: “Tenemos que recuperar el tiempo perdido”. Anselmo replicó: “¿Te crees que, tal como me has dejado el culo, estoy yo para hacer alpinismo?”. “¡Vale! Ya me subo yo a la escalera… Así no me provocarás tanto”. Se afanaron diligentemente en cumplir lo previsto para la jornada. Al terminar se despidieron. “¡Qué bien voy a dormir esta noche!”, declaró Julián. “Yo me haré un pajón a tu salud”, replicó Anselmo.

El día siguiente era el previsto para la terminación de los trabajos. Había de pasar por allí el supervisor de la empresa y también los propietarios del piso para que quedaran perfilados los últimos detalles. Así que Anselmo y Julián no tuvieron más remedio que usar los calurosos monos y gorras. Especialmente el primero se sentía incómodo y renegaba de vez en cuando. Julián, de mejor talante, le tomaba el pelo. “Si estás la mar de sexy… Pareces un muñeco de nieve”. ¡Sí! Con una zanahoria pinchada en la entrepierna”, respondía Anselmo. Pero, salvo estas expansiones verbales y algún achuchón furtivo, no tuvieron más remedio que guardar las formas y centrarse en que todo quedara a gusto de los jefes.

El joven matrimonio propietario parecía no tener prisa en marcharse y pululaba de una a otra habitación con comentarios acerca del mobiliario y la decoración. Los pintores estaban ya de más y la intimidad de la que habían disfrutado en días anteriores había desaparecido. Dejaron apilado todo el material, que ya recogería una furgoneta, y pidieron permiso para cambiarse de ropa en un cuarto vacío. Como el baño había quedado limpio, no tuvieron ocasión de ducharse. Se quitaron los monos y contemplaron sus respectivas desnudeces con contenido deseo. Pero Anselmo, siempre más lanzado, no pudo resistir la tentación de agachar su regordete cuerpo ante Julián y tomar ansioso con la boca la polla de éste. Julián susurró sorprendido “¡¿Qué haces?!”, aunque la cálida succión de Anselmo lo dejó inerme. Como si con ello compensara la indiscreta osadía de Anselmo, Julián le sujetaba la cabeza con las dos manos mientras su excitación crecía imparable. Poco tiempo bastó para que la corrida inundara la boca de Anselmo, que la tragaba ávido. Julián soltó la cabeza y, con la respiración entrecortada, masculló: “¡Serás cafre!”. Anselmo se levantó sonriente y soltó: “¿No te ha parecido una buena forma de despedirnos?”.

Porque los dos, dadas sus respectivas situaciones personales, eran conscientes de que difícilmente iban a volver a encontrarse en una situación similar a la vivida durante aquellos días, en que habían coincidido al albur de sus precarias situaciones laborales. No obstante, cuando estaban ya en la portería, Julián le dio la mano a Anselmo. “¿Nos volveremos a ver?”. Anselmo le sonrió. “¡Claro, claro!”. Al salir tomaron direcciones opuestas.

martes, 21 de marzo de 2017

Un sastre de la ‘belle époque’ y 2


Ser citados para las pruebas genera expectativas muy diversas en los clientes que ya han disfrutado de la acogedora mamada. Así el primero del que he hablado, que había acudido a encargar un traje ignorante de las habilidades ocultas del sastre, pero a las que acabó entregándose muy gustosamente, duda de si aquello podrá tener repetición. No es que le incomodara ni mucho menos que tal cosa ocurriera y, en ese caso, está dispuesto a dejarse hacer. Con lo que le había gustado… Pero ni imaginar puede que la cosa llegara a tener una dimensión más extrema. Por el contrario los otros dos, que de forma más o menos explícita habían ido buscando lo que realmente ocurrió, fantasean con que el sastre les ofrezca nuevos placeres.

Por su parte el sastre, en este nuevo encuentro con los clientes, sustituye su completa y atildada vestimenta, por prendas más ligeras. Éstas consisten en una liviana camisola de finísimo lino blanco y un pantalón del mismo tejido. Así sus formas redondeadas con suave pilosidad se intuyen con mayor licencia. Desde luego tendrá preparada una motivación excusadora que moldeará en atención a las circunstancias de cada cliente.

Volvamos ahora al primero de ellos, que no las tiene todas consigo acerca del desenlace de esta sesión de prueba. Desde luego lo que le asombra de entrada es el cambio de aspecto del sastre, que éste se apresura a justificar. “Le ruego disculpe que lo reciba con esta ropa informal. Pero es la que suelo usar para mayor comodidad en mi taller, donde estaba dando los últimos toques a su traje para la prueba”. El cliente se apresura a decir: “Nada que disculpar. Su elegancia natural no se altera lleve lo que lleve y añadiría que así inspira mayor confianza”. El sastre se pone en acción. Si me permite, lo ayudaré a quitarse ese traje… Salvo que prefiera hacerlo usted mismo con más intimidad”. “¡No, no!”, contesta el cliente, “Ya sabe que me gusta cómo usa sus manos”. El sastre pues lo va despojando no sólo de la chaqueta, sino también de los pantalones. Y lo hace con sus toques cargados de intención y que empiezan a inquietar al cliente. Esta queda en camisa y calzoncillos blancos. El sastre se lo queda mirando. “Tengo en el taller una camisa de tono más crudo que realzaría mejor el traje que le he de probar… ¿Le incomodaría que le quitara la que lleva puesta?”. “¡Cómo no! Usted ya sabe lo que se hace”, acepta el cliente con una cierta ambigüedad. El sastre le descubre unas marcadas tetas que reposan sobre la redondeada barriga, todo poblado de vello entreverado de canas. “Ahora que puedo admirarlo confirmo con más motivo lo espléndido que resulta su torso ¿Sería mucho atrevimiento si posara mis manos en él?”. “Toque lo que le plazca… Es usted tan persuasivo que nada le puedo negar”, dice el cliente, que ya no se resiste a seguirle el juego. El sastre, con la licencia concedida, palpa con dedos expertos las abultadas tetas y hasta se permite frotar los pezones que se endurecen. “¡Uy, qué sensación me da eso!”, declara el cliente con voz trémula. Pero el sastre avanza en su táctica envolvente. “¿Sería mucho pedir que me deje ver el conjunto?”. “¿Quiere decir dejarme en cueros?”, pregunta el cliente. “Estoy seguro de que lo que me falta por ver y tocar no desmerece de lo que ya me ha dejado disfrutar tan generosamente”, insiste lisonjero el sastre. “Si es su deseo… Pero ya sabe el efecto que me producen sus tocamientos”, consiente el cliente. El sastre va bajando poco a poco los calzoncillos y acaba sacándoselos por los pies. La polla del cliente se yergue endurecida. “Me vienen recuerdos de cuando estuve dentro de su boca”, explica algo azorado. El sastre retrocede unos pasos para admirar la completa desnudez de su cliente. “¡Cuánta belleza irradia su madurez!”, exclama. Se acerca de nuevo y va manoseando mientras glosa: “Estos muslos como columnas que soportan el poblado pubis y flanquean una magnífica virilidad…”, “¡Qué duros testículos  que dan reposo  a tan preciado pene!”, “Yo también recuerdo su exquisito sabor”. Luego hace girar al cliente para contemplar el orondo culo. Planta las manos en las nalgas y acaricia el suave vello. “¡Qué preciosidad, tan recio y firme!”. Pero al tratar de separarle los glúteos, el cliente, que no las tiene todas consigo, avisa: “¡Cuidado con eso!”. “¡Tranquilo señor! Jamás profanaría su insondable misterio”, lo calma el sastre. El cliente vuelve a terreno más seguro poniéndose de frente, pese a la escandalosa erección que exhibe. Sin embargo el sastre, en lugar de ocuparse de ella, dice: “Permita que vaya un momento a mi taller a preparar unas cosas”. Esta ambigua explicación deja al cliente receloso de que en esta ocasión no vaya a ocurrir nada más de lo que tanto ansiaba. No tardó en volver el sastre y, para sorpresa del cliente, se había desnudado por completo también. “No me ha parecido justo seguir ocultándome a su vista cuando usted, tan generosamente, me ha entregado su maravilloso cuerpo… Espero que no le desagrade mi iniciativa”, dice mientras avanza pausadamente. El cliente posa su mirada en la figura regordeta del sastre, con un sexo pequeño medio enterrado entre los  muslos, y sonríe. “Si ya estaba yo teniendo curiosidad”, reconoce. “Pues aquí me tiene para lo que desee”, se ofrece obsequiosamente el sastre. Pero claro, el cliente, poco ducho en estas lides, no sabe qué desear. Solo sabe que la polla le sigue en ebullición. Por decir algo declara: “Nunca he tocado el cuerpo de otro hombre”. El sastre lo rebate: “Tampoco había estado en la boca de un hombre y, al parecer, no le desagradó”. “¡Oh, fue delicioso!”, exclama el cliente, que añade dando un paso más en su liberación de prejuicios: “Creo que nunca es tarde para experimentar cosas nuevas”. Tiende las manos a los hombros del sastre, más bajo que él, y las va resbalando hasta quedar sobre las tetas. “¡Sí que es agradable, sí! Tan gruesas y con este vello suave”, admite. “Sus caricias no me pueden resultar más gratas”, lo incita el sastre, “Estoy listo para proporcionarle nuevos placeres”. Intencionadamente se va dando la vuelta entre los brazos del cliente y realza el orondo culo. “Si el otro día recibí su poderoso miembro en mi boca, ahora le ofrezco mi más oculto orificio”. El cliente queda desconcertado y pregunta: “¿Quiere que lo penetre por ahí? Me resulta muy extraño”. “Me he untado una crema que hará que se deslice placenteramente”, lo incita el sastre, que va a apoyar los codos sobre una mesa y presenta el goloso culo. El cliente, que ya no resiste más la calentura, se acerca sujetándose la polla y el sastre, que se regocija en lo que le espera, lo anima: “Solo tiene que empujar un poco y ya verá…”. El cliente tantea por la raja hasta que la polla se le hunde como atraída por un remolino. “¡Oh!”, se sorprende, “¡Qué caliente presión!”. “¡Cómo lo siento dentro de mí!”, replica el sastre, “Bombee y el placer lo inundará”.  El cliente se le agarra a las caderas e inicia un vaivén cada vez más acelerado. “¡Qué gozo más intenso!”, exclama. “Y yo gozo con usted”, declara el sastre, “Ansío recibir su preciado regalo”. “Pues no va a tardar en tenerlo, porque la excitación se está apoderando de mí”, contesta el cliente con la voz entrecortada. Confirma su previsión con fuertes sacudidas y bramidos hasta detenerse como petrificado. El sastre se escurre por debajo de él y, agachado, encara la recién salida polla goteante. “Permítame recoger lo que aún destila” dice, y lame el mojado capullo. Al cliente lo recorre un escalofrío y se sincera: “Nunca pensé que algo así me gustaría tanto”. “Ya ve lo que se descubre cuando se viene a este sastre”, replica éste con una mezcla de orgullo e ironía. Pero de pronto, como si lo sucedido hubiera sido tan solo un paréntesis a borrar, el sastre desaparece hacia el taller, mientras el cliente, todavía en pelotas y alucinado, se reafirma en que eso de meterla en un culo gordo no está nada, pero que nada mal. Vuelve el sastre ya cubierto y trae las ropas que han de adecentar al cliente, así como el nuevo traje a punto para hacer los ajustes adecuados. Los roces que necesariamente comporta la prueba son ahora de lo más asépticos y lo mismo ocurre cuando el sastre ayuda al cliente a ponerse el traje que llevaba. Éste en realidad agradece la contención, saciado como está de emociones fuertes. Solo cuando se despiden hay un sutil intercambio de intenciones de futuro. “Ya solo falta la prueba final y, si todo está a su gusto, le será enviado su traje”, dice el sastre. “Espero que vaya tan bien como ha ido hoy”, replica el cliente. “No lo dude”, afirma el sastre sonriente.

¿Pero cómo puede el sastre salirse con la suya el día de las pruebas cuando un apetitoso cliente no había llegado a caer en sus redes al tomarle medidas? Ya no escoge el insinuante ropaje usado con el cliente anterior. Pero sí se cuida en aparecer en mangas de camisa, arremangado y con más de un botón desabrochado en la pechera. Finge sofoco. “Perdone el señor que lo reciba tan poco presentable. Pero estaba tan enfrascado en el taller con su traje que se me ha ido el santo al cielo”. El cliente le quita importancia e incluso bromea. “No se preocupe. Al fin y al cabo dentro de poco voy a estar tanto o más desarreglado que usted ¿No es así?”. “¡Claro! Habrá de desprenderse de la chaqueta y los pantalones”, confirma el sastre, “¿Me permitirá que lo ayude?”. La aparente indiferencia del cliente mientras se deja quitar la chaqueta no resulta demasiado esperanzadora para los deseos de sastre. Incluso es él mismo quien se adelanta a soltarse el cinturón y desabrocharse la bragueta. Sin embargo, en el momento de irse a sacar los pantalones, el cliente pide: “Para esto sí que necesito que me eche una mano… Como estoy tan gordo, me cuesta más y temo perder el equilibrio”. “¡De mil amores!”, dice enseguida el sastre, “Para eso está uno aquí”. Se agacha y, mientras el cliente se apoya en su hombro para ir levantando las piernas, él tira de las perneras para sacárselas, encantado de acceder a esta intimidad. Pero sucede que, a consecuencia del pataleo, por la bragueta no demasiado cerrada de los calzoncillos blancos asoma una polla bastante gruesa. El sastre se la encuentra tan cerca de su cara que ha de hacer esfuerzos apretando los labios para no caer en la tentación de sorberla. El cliente solo se da cuenta cuando tiene quitados los pantalones y la polla se mantiene salida. “¡Vaya!”, da un respingo y se la mete para dentro, “Usted perdone”. El sastre se aventura entonces a ser menos discreto. “¡Nada que perdonar! Si tiene usted ahí una bendición”. Al cliente le choca esta alabanza y, pensativo unos segundos, dice al fin: “A ver si va a ser usted el sastre del que se habla por ahí que le hace cosas a los clientes…”. Como usa un tono poco amistoso, el sastre no quiere seguir delatándose. “No sé yo de otro colega…”. Lo que a continuación suelta el cliente lo deja estupefacto. “¡Lástima! Porque también dicen que lo hace muy discreto y muy bien”. El sastre queda pillado en su propia trampa y, en lugar de reconocer de inmediato que él es precisamente a quien se refiere, decide tomarse un poco más de tiempo. Al fin y al cabo este cliente es ya pan comido más tarde o más temprano. Por eso deja pasar el incidente y recurre al truco del cambio de camisa que, con el anterior cliente, había resultado innecesario a la postre. Como si le hubiera surgido una idea mira al cliente en camisa y calzoncillos y le dice: “Tengo en el taller una camisa de tono más crudo que realzaría mejor el traje que le he de probar… ¿Le incomodaría quitarse la que lleva puesta?”. El cliente contesta en tono algo brusco: “¿Ahora me voy a quedar medio en cueros después de que se me haya salido el pajarito?”. Pero ya se ha empezado a desabrochar la camisa. Cuando se la saca, como el sastre se ha detenido con la vista clavada en el cuerpo grueso y peludo, suelta irónico: “Demasiado gordo ¿no?”. El sastre se apresura a rebatirlo. “¡En absoluto, señor! Tiene usted el tipo que más me gusta vestir”. “¿Solo vestir? Creo que sí que es usted el sastre del que me habían hablado. Pero me ha parecido, ya desde el otro día, que no le intereso para otra cosa”, se sincera el cliente. El sastre ya no disimula: “Lo que a mí me pareció fue que usted ponía distancias y yo en eso soy muy discreto”. “Tal vez ha sido por mi carácter algo tosco… Y además, aunque tenga curiosidad, me resulta raro que un hombre como usted me haga ciertas cosas”, explica el cliente. “¿Porque soy bajito y regordete?”, pregunta el sastre devolviéndole la pelota. “Eso no me importa. Hasta me da más confianza”, contesta el cliente. “Entonces estaré encantado de complacerlo”, dice el sastre. El cliente tiene una salida sorprendente: “Es que me da un corte… ¿Por qué no hacemos una cosa? Me pone esa bolsa de tela en la cabeza y así usted tiene vía libre”. El sastre encuentra de lo más morbosa la idea y, decidido, mete la cabeza del cliente en la bolsa hasta la barbilla. “¿Podrá respirar?”. “¡Sí, sí! Así no veo nada, que es lo que prefiero… Usted haga lo que tenga por costumbre”, contesta el cliente con voz emocionada. La primera licencia que se toma el sastre es bajar los calzoncillos, que el cliente ayuda a apartar levantando los pies. “¡Uy! Ya me tiene en pelotas”, farfulla éste ofreciéndose con los brazos caídos. La hermosa polla, que antes había asomado fugazmente, luce ahora bajo el  abultado vientre y en reposo sobre los sólidos huevos, que sobresalen entre los gruesos y velludos muslos. Aunque de buena gana el sastre se lanzaría a sobar y hasta chupetear tan exuberante cuerpo que se le entrega a ciegas, no se fía del todo de las incoherencias de este cliente. Por eso, pensando que tal vez lo encontrará más suelto en otra ocasión, decide ir directamente al grano y ocuparse de la polla, tan apetitosa por lo demás. Así que, agachado, se pone a manosearla y cosquillear los huevos al tiempo que comenta: “Lo que dije antes… Es una bendición lo que tiene usted entre las piernas”. El cliente, que acusa una cierta tensión, pregunta: “¿Me la quiere poner dura?”. El sastre confirma: “Si me lo permite, lo voy a dejar la mar de aliviado”. “¡Vale! Usted sabrá”, replica el cliente, cuyas aprensiones lo hacen mostrarse algo desabrido. Pero el sastre prescinde ya de todo y acaricia con tanta maestría la polla que esta no tarda en engordar… ¡y de qué manera! Al estirarse asoma un grueso y rojizo capullo, por cuya punta el sastre pasa un dedo para extender el juguillo que empieza a brotar. “¡Sí que tiene buenas manos, sí!”, admite el cliente, que se estremece cuando el sastre cambia el dedo por la lengua. Tiene que abrir bien la boca para que le quepa aquel pollón. Y lo engulle con tanto ímpetu que el cliente tiene que apoyarse en su cabeza. “¡Oh, me la va a chupar!”, exclama ante lo obvio. El sastre juega hábilmente con los labios y la lengua, metiéndose la polla hasta el fondo del paladar y sacándola hasta la mitad. “¡Uf, esto es mejor que hacerse una paja!”, afirma el cliente. El sastre le da ritmo a la succión, espoleado por el tembleque que percibe en el voluminoso cuerpo y las expresiones que va oyendo. “¡Cómo me estoy poniendo!”, “¡Me va a venir!”, “Le voy a llenar la boca”. Desde luego se la llena y al sastre apenas le da tiempo a ir tragando la abundante lechada, que le rebosa por los labios. El cliente se echa para atrás sacando la polla que aún gotea. “¡Vaya con el sastre! Lo ha conseguido ¿eh?”, dice como si fuera él quien ha hecho el favor. Se quita la bolsa de la cabeza y añade: “Ahora me puede ayudar a ponerme mis calzoncillos, que no me siento cómodo así… Y si quiere, traiga esa otra camisa de la que ha hablado para seguir con la prueba”. El sastre, que aún se relame, hace lo que pide el cliente y además hace la prueba del traje sin la menor alusión, por parte de ambos, a lo sucedido. Cuando el cliente vuelve a estar vestido con su ropa, el sastre indica: “Ya solo falta la última prueba”. “De acuerdo… Pero sin abusar ¿eh?”, replica el cliente al marcharse. El sastre se dice que, a pesar de las contradicciones y la tosquedad de este cliente, comerse aquel pedazo de polla ha valido la pena.

Viene para la prueba el cliente que, aunque ya en la toma de medidas iba buscando las atenciones especiales del sastre, había optado por disimular y dejarse seducir por sus artimañas. Ahora va a hacer otro tanto, seguro de que el sastre se prestará al morboso juego. Cuando éste lo recibe con su sutil ropaje de lino, alegando que así estaba trabajando en el taller, el cliente le alaba el gusto. “Usted tan creativo como siempre… Además le sienta a las mil maravillas ese atuendo”. “Siempre tan amable el caballero”, agradece el sastre, “¿Pero qué le parece sin empezamos a desvestirnos?”. Al cliente le hace gracia la frase y pregunta jocoso: “¿Los dos?”. El sastre ríe. “No me atrevería yo a tanto”. “Pues no sé yo quién saldría ganando en la comparación”, insiste el cliente. El sastre finge bochorno. “Ahora lo que interesa es que usted se ponga cómodo… ¿Lo ayudo?”. “¡Por supuesto!”, asiente el cliente, “Ya sabe que me agrada dejarme manejar por usted”. El sastre le saca parsimoniosamente la chaqueta y advierte: “Si no le incomoda, procederé a quitarle los pantalones”. “¡Claro! Hay que probarlo todo y usted ya sabe muy bien cómo se abre mi bragueta”, recuerda el cliente. “¡Y vaya lo que encontré!”, lo secunda el sastre. “¡Pues busque, busque, que sigue en su sitio!”, lo invita el cliente, que se ofrece descaradamente de cintura para abajo. El sastre suelta el cinturón y, a medida que va desabrochando la bragueta, sus dedos hurgan y cosquillean. “Ya sabe que soy muy sensible”, le avisa el cliente. El pantalón va bajando y el sastre, para sacarlo, levanta las pesadas piernas, que surgen velludas desde el borde de los calzoncillos. Con éstos y la camisa queda el cliente, todavía demasiado vestido para lo que desearía el sastre. Al cliente no se le escapa su mirada libidinosa y dice: “Si está pensando en quitarme más ropa, por mí no hay inconveniente”. “No sé si así quedaría bien la prueba…”, objeta el sastre, aunque se muere de ganas. “Usted mismo lo dice, es cuestión de hacer la prueba”, juega con la palabra el cliente. “¡Cómo sabe enredarme usted!”, ríe el sastre, “¿Así que quiere que le quite la camisa?”. “Si no se asusta de lo que va a ver…”, lo engatusa el cliente. “Lo que palpé el otro día me encantó”, corresponde el sastre. “¡Pues hala! A palpar y abrir la camisa”. El cliente presenta su abultado busto. “¡Cómo me tienta usted!”, dice el sastre que, primero, contornea las protuberancias por encima de la camisa y luego va desabrochándola con calma. Una vez abierta, el sastre tiene ante sí lo que no llegó a ver el otro día: unas tetas peludas de pronunciados pezones, que se vuelcan sobre la carnosa barriga. Ambos guardan un silencio tenso. El sastre desliza la camisa por los hombros y, como lo hace desde delante, casi queda abrazado al macizo torso del cliente. Al ser más bajo que éste, apenas tiene que inclinar la cara para lamer un pezón. “¡Qué atrevido!”, exclama el cliente estremeciéndose. Pero agarra la cabeza del sastre para ir pasándola de una teta a la otra, y las lamidas se convierten en succiones. “¡Uf, cómo me pone eso!”, masculla en cliente, “¡Muerda sin miedo!”. El sastre va aplicando sus dientes a los endurecidos pezones y arranca gemidos al cliente. Éste hace parar al sastre y avisa: “Creo que se me está poniendo duro algo por ahí abajo”. “Entonces le estorbarán los calzoncillos ¿no es así?”, dice el sastre tirando ya de ellos hacia abajo. En efecto, la gorda polla aparece bien dura y mucho más impresionante que cuando el sastre la había chupado el otro día asomada por la bragueta. Ahora se eleva sobre unos contundentes huevos, que se abren paso entre los rotundos y velludos muslos. “¡Qué maravilla la de sus bajos!”, exclama extasiado el sastre. “Eso se lo dirá a todos”, se burla el cliente. “A cada cual según sus méritos”, precisa el sastre. Éste termina de quitar los calzoncillos y ya tiene al cliente completamente en cueros. “¡Deje que admire su rotunda virilidad!”, exclama. Retrocede unos pasos y gira en torno a él para contemplarlo de espaldas. “¡Que posaderas más hermosas!”. “¿Me está llamando culo gordo?”, bromea el cliente. “Abundancia de dones llamaría yo a todo lo suyo” replica el sastre. “Pues disponga”, lo incita el cliente, “Seguro que por ahí también sabrá darme algún placer”. El sastre planta las manos en las nalgas y acaricia el suave vello. Luego prueba darles unos leves cachetes a los que el cliente reacciona. “¡Um! Creo que eso me va a gustar”, dice y se apoya en una mesa poniendo el culo en pompa. Entonces el sastre se enfrasca en un crescendo de cachetes hasta tortazos más contundentes. “¡Qué calor más agradable me está invadiendo!”, declara el cliente. “También me arden las manos”, añade el sastre. “No malgaste instrumentos tan valiosos… ¿No podría sustituir sus manos por algo más rudo?”, sugiere el cliente. “Si así lo desea…”. El sastre coge una regla de medir y con ella va dando palmetazos a las nalgas con no poca energía. “¡Oh, sí, castígueme! He sido malo ¿verdad?”. “¡Muy malo!”, corrobora el sastre, quien no obstante ha de atemperar sus azotes ante el enrojecimiento que van experimentado los glúteos del cliente. Por eso añade: “Si sigo castigándolo, luego va a tener problemas para sentarse”. “¡Uy, sí!”, comprende el cliente, “Y al salir de aquí tengo que presidir un consejo de administración”. El sastre, que disfruta de lo lindo jugando con tan soberbio culo, ofrece: “Si quiere, puedo calmarle los ardores”. “Se lo agradeceré infinito”, asevera el cliente. El sastre empieza a darle lametones y ensalivar abundantemente la extensa superficie. “¡Oh, que dulce alivio!”, declara el cliente. Pero la lengua del sastre no se limita al exterior, sino que pasa a ahondar en la oscura raja. “¡Qué atrevido es usted!... Pero me gusta cómo sabe despertarme las sensibilidades”, musita el cliente complacido. El sastre sigue adelante y ahora está metiendo el regordete índice por el ojete. El cliente da un respingo. “No tiene límites usted ¿eh?”. “Se me ha ido solo”, se excusa el sastre con el dedo bien adentro. “Pues ya que está ¿por qué no frota un poco?”. El sastre maneja con habilidad las falanges en un masaje que arranca gemidos al cliente. “¡Qué sensación más sublime!”, exclama. Aunque llega a saberle a poco. “Si pudiera introducirme algo más grueso…”. El sastre capta el mensaje pero, siendo más de tomar que de dar, trata de excusarse. “Estoy tan enfrascado en mis alivios manuales que no sé yo si podré complacerlo”. El cliente, sin embargo, no va a resignarse y ofrece: “Con mucho gusto lo ayudaría… Además también yo quiero conocer mejor su cuerpo, si no le perturba”. “¡En absoluto, señor! Es que temo parecerle poca cosa en comparación con sus generosas formas”. “No se minusvalore”, lo reprende el cliente, “O yo mismo lo despojaré de esos ropajes tan sugerentes que se ha puesto hoy”. Como el cliente siempre tiene la razón, al sastre no le cabe sino ponerse a su disposición. “Si es su deseo…”. Poco tarda aquél en arrebatarle la camisola y el liviano pantalón, dejándolo tan desnudo como él. El cuerpo bajito y redondeado, de piel clara y vello suave, no resulta ni mucho menos indiferente al cliente, que lo piropea. “La buena esencia se guarda en frasco pequeño”. El sastre hace como si se ruborizara. Pero el cliente, salido como está, ya le mete mano buscándole la polla. Como el sastre no está en forma, lo aúpa para que se siente en una mesa y le separa los muslos. “¡Qué rico manjar guarda usted ahí!”. Sin dudarlo se amorra a la polla que, aunque corta, llega a adquirir, por efecto de las chupadas, un grosor más que aceptable. El cliente entonces se da la vuelta y acopla su raja al miembro endurecido. Enseguida le queda clavado a tope y el cliente se balancea sacándole gusto. “¡Qué gorda y qué rica!”. Sus meneos acrecientan la calentura del sastre, que llega a avisar: “¡Señor, estoy a punto de vaciarme en su interior!”. “¡No se prive!”, lo incita el cliente que no cesa en su bombeo. “¡Ya, ya! ¡Cuánto placer me ha dado usted!”, exclama el sastre entre resoplidos. “No mayor que el que me acaba de proporcionar”, replica el cliente que, al apartarse, hace salir la polla como el tapón de una botella. “¡Qué encajadita la tenía!”. El sastre baja tambaleante de la mesa y observa la potente erección del cliente. “Ahora va a necesitar aliviarse”, dice solícito. El cliente se muestra comprensivo. “Me sabría mal seguir dándole trabajo”. Pero el sastre, que no le va a hacer ascos a aquella espléndida polla, lo tranquiliza. “Descuide, que uno está para servirlo”. Así que se amorra a la polla y no para de mamar hasta que el cliente, bufando y con temblor de piernas, le da una abundante descarga. El sastre, una vez relamido, afirma: “No podía desperdiciar tan sabroso néctar”. A partir de ese momento, la prueba transcurre en la más absoluta normalidad. El sastre, que no ha perdido el tiempo en cubrirse, va ajustando el traje por aquí y por allá. Una vez que lo deja a punto, ayuda al cliente a ponerse su ropa de calle. “Que le sea grato su consejo de administración”, desea al cliente. “Mis posaderas arderán recordando los deliciosos momentos que me ha hecho pasar”, declara el cliente agradecido.

El cliente que más había avanzado en su osadía, llegando a conseguir que le fueran tomadas las medidas sobre su cuerpo desnudo, con las consecuencias que de ello se derivaron, se toma la informal vestimenta con que lo recibe el sastre como una ofrenda a su persona. “¡Qué agradable sorpresa la de su provocativo atuendo!”. La falsa explicación del sastre, “Me gusta trabajar cómodo en mi taller…”, es cortada de raíz por el entusiasmado cliente. “No se excuse… Si está usted de lo más tentador y capto el mensaje de que hoy sea yo quien le despoje de prendas que usted mismo ha cuidado que sean fáciles de manejar”. El cliente se abalanza sobre el sastre, le saca la camisola por la cabeza y suelta la cinta que le ciñe el fino pantalón. El sastre queda así completamente desnudo y sus mullidas redondeces encantan al cliente. “He soñado yo con esto desde el otro día… ¿Permitirá que lo colme de caricias?”. El cliente, aún vestido de punta en blanco y mucho más grandote que el sastre, manosea a éste a su antojo. Le estruja las tetas, le soba la barriga y el culo… Hasta se agacha para palparle lo que casi se le oculta entre los regordetes muslos. “¡Qué agradable tacto el de sus suaves formas que incitan a saborearlas!”, exclama, “Mi boca ansía reavivar tan deliciosos atributos”. Acuclillándose con sorprendente agilidad, ya está recorriendo con la lengua la polla y los huevos de sastre, que gimotea indefenso. Se pone a mamar consiguiendo que la polla se endurezca. Pero el sastre ya ha tenido bastante por el momento y, apartándolo con delicadeza, le advierte: “Ya ve cómo mi cuerpo responde a sus gratas atenciones. Pero si continúa con ellas mucho me temo que pronto me va dejar fuera de juego, lo que puede perjudicar el celo profesional que deseo poner en las pruebas que he de hacerle”. El cliente reacciona a esta parrafada. “¡Cuánta razón tiene! Pero tenerlo entre mis manos, yo vestido del todo y usted cual juguetón fauno, me lleva al éxtasis”. El sastre insiste. “Permítame recordarle que está aquí para la prueba de su nuevo traje y difícilmente podríamos hacerlo si persiste en conservar su ropa”. Pero el cliente tiene la fantasía desatada y propone: “Si usted, que tan condescendiente se ha mostrado siempre conmigo, accede al capricho que tanto me ilusiona, después muy gustosamente dejaré que me pruebe todo lo que quiera”. “¿Qué capricho es ese? Por si puedo complacerlo”, pregunta el sastre intrigado. “Que tal como estoy ahora deje que lo penetre analmente”, declara el cliente sin ambages. El sastre, a quien te tienta el hecho en sí de acoger en su más íntimo reducto la verga del cliente, cuya magnificencia había saboreado en anterior ocasión, objeta sin embargo: “Me temo que conservar su ropa le incomodaría para una satisfactoria incursión entre mis nalgas”. “¿Acaso no tuvo ya constancia de la envergadura de mi miembro viril? ¿Qué lo podrían frenar unos trozos de tela?”. “Si es así, proceda como estime conveniente”, dice el sastre ajustando los codos sobre la mesa y ofreciendo generosamente su sonrosado trasero. El cliente, henchido de lujuria, se desabrocha la chaqueta, va soltando los botones de la bragueta y su joya oculta emerge con fuerza. Se aproxima al sastre y, con una limpia estocada, la delantera de sus pantalones se adhiere a las nalgas del sastre. Éste emite un sentido “¡Ooohhh!” y el cliente se jacta. “¡¿Qué, me quedo corto?!”. “¡No, señor! Bien adentro que lo tengo”, declara el sastre. El cliente empieza a agitarse en un vaivén que zamarrea al sastre. Su corbata se va deslizando por la espalda de éste, que rumorea gozoso. El cliente ser entusiasma. “¡Qué ardor me está recorriendo!”. El sastre lo incita. “No dude en convertirme en su recipiente”. El cliente descarga al fin toda su energía con fuertes resoplidos, hasta quedar parado e irse desprendiendo del sastre. Recompone su trajeada figura con la polla todavía asomando por la bragueta. “¡Gracias por acceder a tan singular pretensión!”, exclama. Pero el sastre enseguida asume su función. “Ahora espero que podamos llevar a cabo la segunda parte del acuerdo… Si tiene la bondad de aligerarse de ropa, iré entretanto al taller para traer el traje de prueba”. Deliberadamente se retrasa con la morbosa curiosidad de hasta qué punto llevará el insigne varón el aligeramiento de ropa. Cuando vuelve, comprueba que el cliente ha llevado al extremo la idea, ya que se halla provocadoramente en cueros y explica: “Me gustaría sentir sus finos tejidos sobre mi piel desnuda ¿Será ello un problema para usted?”. El sastre, al que subyuga aquel cuerpo robusto y velludo, deja de lado cualquier prejuicio profesional y consiente. “Usted manda y creo que con esa percha la prueba le quedará como un guante”. El cliente se ofrece con descaro y el sastre procede a ponerle los pantalones, con intencionados roces por los muslos. Ajusta la costura y va abotonando la bragueta, con los dedos que tantean la polla recién vaciada y se enredan en el pelambre del pubis. Luego centra la parta de atrás para que la costura coincida con la raja del culo. La chaqueta es encajada al torso desnudo. El sastre amolda las hombreras por dentro y alisa las solapas sobre las prominentes tetas. El cliente se deleita con el trato que recibe. “¡Lo que usted no acople al milímetro…!”. El sastre se muestra satisfecho, pero su desnudez le impide disimular la erección de su polla regordeta. El cliente se fija y pide: “Déjeme concluir lo que antes quedó interrumpido”. Aun a riesgo de desencajar y arrugar el nuevo traje, se agacha y toma con la boca el miembro del sastre. Éste, pensando que no hay nada que no arregle un buen planchado, se entrega a la generosa mamada y pronto la gratifica con sus jugos. El cliente se yergue exultante: “No me dirá que no ha sido una prueba magnífica”. El sastre se recupera rápido y extrae con cuidado las prendas al cliente. “Usted sabe poner las cosas fáciles”. El cliente recupera ya su ropa original y se despide deseoso de vestir pronto el nuevo traje salido de las mágicas manos de tan singular sastre.