domingo, 4 de noviembre de 2012

En la boca del lobo

En la juventud, los inicios en la sexualidad liberada suelen ser tortuosos. Cada aventura llama a una nueva y uno se vuelve cada vez más osado. Así fue como me llegué a entregar a experiencias que, si bien elevaban a unos niveles increíbles mi excitación, también daban lugar a que me embargaran unos sentimientos confusos de estar traspasando los límites de una elemental prudencia.

Este es el caso en que, ya anochecido, iba por una calle del barrio antiguo de vuelta de un concierto. Ante un escaparate iluminado, cuyo contenido ni siquiera recuerdo, había un hombre que me llamó la atención. Maduro y fornido, pese a su aspecto tosco tenía un algo de atrayente. Irreflexivamente me detuve también y su mirada no tardó en repasarme. “¿Qué buscas?”, preguntó con voz campanuda. Y comprendí que no se refería a los objetos expuestos. Respondió a mi enmudecido sonrojo: “Yo lo sé”. “Si tú lo dices…”, me atreví a replicar. “Se te nota que vas buscando pollas”. Lenguaje tan explícito y en aquel lugar podía haber hecho que me largara asustado, pero me quedé petrificado, mientras él continuaba su particular seducción. “Yo la tengo gorda y con mucha leche”. Me sentía como contagiado de su procacidad y le seguí la corriente. “Eso habría que verlo…”. De pronto se puso serio. “¿Tú eres de los que cobran? Porque si es así no tengo cuartos…”. El que me pudieran tomar por un prostituto me excitó tremendamente. “También lo hago gratis si me gusta”. “Chapero rarillo eres tú… ¿y yo te gusto?”. “No estás mal. Y si tienes lo que dices…”. Fue resolutivo. “Mi casa está aquí al lado… ¡Vamos!”. Con las piernas casi temblándome y el corazón acelerado, lo seguí.
 
Llegamos a un edificio muy antiguo y subimos varios pisos por una escalera mal iluminada. Se oían voces y el sonido de televisores. Abrió una puerta y me hizo pasar. Más que un piso era una habitación única, grande y destartalada. Se quitó el chaquetón que llevaba y lo colgó de una percha junto a la puerta. Yo me quité el anorak y quedé indeciso. Se fue acercando a mí mientras se desabrochaba algunos botones de la camisa y se sobaba ostentosamente el paquete. Me pareció la encarnación de la lujuria. Ahora se le veía más grueso y rudo, rebosando por el escote un vello entreverado de canas. Me cogió por sorpresa y, agarrándome la cara, restregó sus labios con los míos y apretó para meterme la lengua. Hurgaba con vehemencia y me rascaba su barba mal afeitada. “¡Tengo ganas de carne fresca! ¡Anda, desnúdate!”. Me ayudó con estirones de la ropa hasta que quedé en cueros. Su brusquedad me excitaba y mostré una fuerte erección. “¡Estás bueno, tío! Cuando me hayas puesto bien cachondo, te voy a dar por el culo. Pero antes te comeré la polla”.
 
No estaba dispuesto a ser un mero juguete en sus manos y ansiaba gozar de él. Así que lo contuve. “Yo también tengo derecho. A ver eso de lo que presumes”. Mi quiebro pareció gustarle y me dejó hacer. “Aquí me tienes. Búscalo tu mismo”. Remedando su brusquedad eché mano a la entrepierna. Me asombró el volumen y la dureza que encontré. Pero quería ir por partes y primero le saqué la camisa. Un torso de una virilidad exuberante me subyugó. Sobre una barriga oronda y peluda, se volcaban unos pechos generosos. Entre el vello destacaban las dos rosetas oscuras y puntiagudas. Hundí la cara en el canalillo intermedio y sentí su olor de macho. Chupé los pezones y él me apretaba la cabeza invitando a morder. “¡Joder, qué saque tienes, niño! Y nada más empezar…”. Entretanto le iba desabrochado el cinturón. Cuando cayeron los pantalones, quedé atónito ante lo que surgió. Una verga tiesa de un grosor y un largo como nunca podía haber imaginado. Me entraron sudores fríos al pensar en los destrozos que aquello podía hacer. “¿Qué te dije? No habrás visto muchas como ésta. …Y unos buenos cojones de contrapeso”. Efectivamente, de entre los peludos muslos se abrían paso dos bolas que parecían castañear. “Ya que estás, pruébala…, si te cabe en la boca”, dijo riendo de mi asombro. Hube de tirar hacia atrás la piel para destapar el capullo. Éste surgió enrojecido y mojado. Lamí y me irritó la garganta su agrio sabor. Lo suavicé con mi saliva y estiré los labios para engullir tamaña pieza. Cuando la punta chocó con el fondo del paladar aún quedaba parte fuera. Succionaba y la sacaba para poder respirar, alternando con lamidas al escroto. Me enardeció que expresara: “¡Vaya mamonazo estás hecho! …Pero ven pa’cá que te voy a comer vivo”. Tiró de mí y me echó boca arriba sobre una mesa. “¡Voy a tocar el piano y la flauta!”. Me sobó y estrujó con sus ásperas manos hasta causarme rojeces en la piel. Luego se volcó sobre mí y me chupeteó como si me aplicara ventosas. Con una mano me apretó los huevos y, con la otra, manoseó mi polla mirándola con ojos lascivos. Acercó la cara al capullo y lo restregó por la barba rasposa. “¡Qué tiernecico! Aún tienes que dar mucho por culo para que le salgan callos”. Dio un lametón a la gota viscosa que me salía por la punta y absorbió de una sola vez la polla entera. Chupaba con tal vehemencia que se me ponía la piel de gallina. Se detuvo dejándomela pringosa de saliva. “No te voy a ordeñar todavía, no sea que te me aflojes demasiado. Y me gusta tenerte así empalmao”. Con un empellón hizo que me diera la vuelta y me dobló las rodillas para que mantuviera el culo levantado. Sus rudas manos jugaban con mi sexo oscilante y me daban fuertes palmadas. Pegó la cara a la raja y sentía restregarse por ella su barba y su nariz. La lengua húmeda hurgaba, alternando con mordiscos en los bordes. Yo temblaba temeroso de lo que había de venir que, sin embargo, morbosamente deseaba. “Esto sí que es un buen pandero. A ver lo que da de sí…”. Varios salivazos me prepararon para ser usado. Me metió sus rechonchos dedos como si fuera a escarbar. Cuando juntó dos y los hizo girar, el dolor me provocó un gemido. “¡Mira el señorito! Cualquiera diría que vas de estreno”. De estreno no, pero aquello estaba superando mi capacidad de aguante.
 
“¡Baja y pónmela dura otra vez, que me has dado mucho trabajo!”. Sin contemplaciones, me vi arrastrado al suelo y encarado de rodillas a la agreste entrepierna. Cogí la verga morcillona y lamí la película densa que destilaba. Me pareció que se hubiera corrido ya, pero debió captar mi perplejidad, porque dijo: “Es solo que soy muy jugoso… La leche te la guardo enterita”. Poco hube de insistir con mi mamada para que aquella pieza, que ahora se me presentaba temible, adquiriera la reciedumbre del acero. Me entraron ganas de huir, pero algo en mi interior y los latidos que repercutían en mi sexo me anclaban a aquel hombre.
 
“¡Joder, ahora sí que te voy a follar!”. Hizo que me echara de bruces sobre la mesa y dándome puntadas de pie en los talones me separó las piernas. “¡Así, aguanta firme!”. Y percibiendo mis temblores: “No tiembles, palomita, que los que me han probado repiten”. “Poco a poco, por favor”, supliqué temiendo un ataque salvaje. Rio y escupió de nuevo en la raja. Los dos dedos que introdujo entraron mejor esta vez. “Tienes un buen canal”. Aguanté la respiración y noté cómo tanteaba el resbaloso capullo. Su gruñido al empezar a apretar me espantó. Sí que iba poco a poco, pero más por la resistencia que encontraba que por delicadeza. Un fuerte tortazo en el culo me avisó: “¡Relájate, coño, que tiene que entrar entera!”. Y vaya si llegó a entrar, pero a costa de sentirme partido por la mitad. Cuando los huevos hicieron de tope, se echó sobre mí. “Toda adentro ¡Qué calorcito!”. Entonces apretó su cuerpo sobre el mío y buscó con una mano mi polla. A pesar de todo seguía tiesa para mi propia sorpresa. “¡Hostia tío, qué vicioso! …Pues vas a ver lo que es correrse con un hombre dentro”. La masturbación era implacable y fui experimentando un extraño subidón de goce que me recorría de atrás para delante. Le llené la mano de leche y cuando me hube vaciado se la limpió con mi espalda. “¡Vaya, vaya, buena descarga! ¡Hasta me la he notado en la polla!”. Si no fuera porque seguía aprisionado y traspasado, habría caído al suelo desmadejado. Pero mi poseedor ya iniciaba su propio disfrute. Se irguió para tomar fuerzas y el ardiente pistón se puso en marcha. Con las manos como garras en mis caderas, el hombre iba removiéndose en todas direcciones. Mi interior parecía volverse elástico y el dolor abría paso a ráfagas de placer. Por su parte, él balbucía: “¡A que te gusta, putón! …¡Pues anda que a mí…! …¡Qué culo más apretado y caliente!”. Yo solo podía emitir estertores. Y él: “¡Huy, huy, huy, huy…, no aguanto más tío! …¡Me voy!”. Un aullido con espasmos brutales y sentí por unos segundos como si la verga se hubiera trocado en una manguera tórrida. Cayó sobre mí con todo su peso y la polla fue resbalando lentamente hacia el exterior.
 
Yo estaba agotado y con sensaciones contradictorias. Mi dolorido cuerpo no impedía una morbosa saciedad. Mientras lo contemplaba limpiándose satisfecho la verga, no podía dejar de admirar su tosca virilidad. Pensé, no obstante, que lo prudente sería dar por acabado el encuentro. Así que dije: “Ha estado muy bien…, aunque me tendría que ir”. Pareció sorprenderse. “¡Anda, si estabas cagao! Pero te has portado legal… Y de largarte nada ¿Te crees que con un polvo tengo yo bastante? Vamos a descansar un rato y nos volvemos a divertir”. Sacó un par de cervezas de una vieja nevera y me pasó una. “¡A morro y salud!”. Se recostó indolente en la cama que había en un rincón y me invitó a sentarme a su lado. No podía quitar la vista de su obscena desnudez. “¿Te gusto, eh? A mí me van los tipos como tú, pero no me mola pagar. Así que cuando tengo ocasión la aprovecho”. Para corroborarlo me echó un brazo por los hombros y me estrechó contra él. Me estremeció gratamente su sudoroso contacto. No pasó mucho tiempo para que dijera: “¡Huy, ya empiezo a ponerme burro otra vez! Anda, juega un poquito con mis tetas”. Se sobó la polla y me ofreció el pecho. Su actitud menos dominante me reconfortó. Hundí la cara en el espeso pelambre y, con labios y lengua, saboreé las prominentes copas. Mis dientes aprisionaban los pezones que se endurecían y él me dejaba hacer con murmullos de placer. “Como sigas así me voy a hacer una paja”. “Sería un desperdicio ¿no?”, repliqué. Entonces se fue girando sobre la cama y volvió a pedir: “Cómeme el culo, venga”. Levantó la grupa doblando las rodillas. Me di cuenta de que, hasta ahora, apenas había tenido ocasión de parar atención en esa parte de su anatomía. Me encontré con un culazo rotundo y peludo, con una oscura raja en la que daba miedo profundizar. Pero ni me planteé la posibilidad de una negativa. Así las agrestes nalgas constatando su firmeza. Estiré hacia los lados y entre la pilosa oscuridad asomó el rugoso botón. Pasé un dedo y oí: “¡Ni se te ocurra meterlo! ¡Ahí no entra nada!”. Acerqué mi cara pues y pronto quedó casi aprisionada por los correosos bordes. Mi lengua lamió con cautela. “Con eso sí ¡Dale, dale!”. Recordé el placer que él me había proporcionado antes con su boca en mi culo y me afané en corresponderle. Chupeteé y mordisqueé, frotando la punta de mi lengua. “¡Huy, qué cachondo me pones!”.
 
Para confirmarlo, volvió a ponerse boca arriba y ya su verga se erguía indómita. Era tal su calentura renovada que prescindía de mí y se la meneaba con fiereza. Yo me limitaba a sobarle los huevos y acariciarle los muslos. “¡Atento, que te aviso para que tragues!”. Lo cual me hizo estar dispuesto cerca del capullo enrojecido, pero sin estorbar su manipulación. “¡Ya!”, fue su orden. Abrí la boca y la leche se disparó dentro. Cerré los labios para ir sorbiendo el denso jugo. Resoplando me apretó la cabeza contra su vientre. Casi no podía respirar y la leche estuvo a punto de salirme por la nariz. Al fin la tragué toda y quedé liberado. “¡Joder, tío, qué desahogo…! Ya te decía yo que aquí había mucha leche”. Desmadejado por la tensión vivida, me estiré a su lado. “Ya ves que has hecho conmigo lo que has querido…”, dije como constatación más que como queja. “¡Anda que no has disfrutado…! Y reconozco que le has echado cojones para atreverte con un tipo como yo”. “Bueno, no ha sido tan fiero el lobo…”, repliqué mientras me vestía mirándolo por última vez.
 
El aire frío al salir a la calle me  reconfortó. Volvían a temblarme las piernas, no solo por el zarandeo que había tenido mi cuerpo sino también por la oscura atracción con la que aquel hombre me había llevado a su guarida.

miércoles, 31 de octubre de 2012

El probador

En una época de mi vida en que pasaba por una situación económica poco boyante, por influencias de un amigo –la relación con el cual no vienen al caso ahora–, fui contratado como dependiente de refuerzo para las rebajas de verano en unos grandes almacenes. Por mi aspecto maduro y mi buena presencia, me asignaron a la planta de ropa para caballeros y, más en concreto, en la sección de artículos para el baño. Frecuentemente, la clientela estaba constituida por matrimonios de mediana edad que, provistos de un surtido de trajes de baño, tomaban posesión de los probadores. Dado el escaso espacio, casi siempre la esposa quedaba fuera y acudía a los requerimientos del marido. A mí, que obsequioso rondaba por allí para atender la solicitud de otra talla o de un nuevo modelo, no se me escapaban ráfagas de piernas desnudas, bultos del paquete o barrigas bajo las camisas arremangadas. Algunas de estas visones no dejaban de resultarme excitantes y de desatar mis fantasías.
 
Un día, a primera hora de la tarde y con escasa clientela, se dirigió a mí un hombre de unos cincuenta años, regordete, no muy alto, de barbita canosa y rostro muy agradable. Con simpatía y desparpajo me interpeló: “A ver si usted me puede orientar para escoger un bañador que me vaya bien”. Como primer paso le pregunté: “¿De que tipo lo querría: bermudas, meyba clásico, eslip…?”. “Más bien este último… ¿No cree que me quedaría mejor?”, replicó con una sonrisa picarona. A lo que añadió: “En realidad solo lo usaría para la piscina del hotel. En la playa a la que iré no necesitaré ninguno”. Ante esta explicación no pedida, no pude menos que experimentar un cierto rubor y casi me temblaban las manos mientras buscaba varios modelos para mostrárselos. Él siguió haciendo gala de su elocuencia: “Ya se habrá fijado en mi talla… Que me ajuste bien”. Desde luego que me había fijado en sus formas redondeadas y en su culo respingón. Le traje de varios colores y se inclinó por uno azul turquesa. “Éste me sentará bien, ¿verdad? ¿Puedo probármelo?”. “Por supuesto”, contesté. “¿Quiere llevarse algún otro color o más de una talla?”. “De momento me llevo éste y ya veremos… No tengo prisa”.

 
Aunque todos los probadores estaban vacíos, se dirigió al más apartado, entró y cerró la puerta. Quedé a la espera con la imaginación excitada ante tan singular cliente. A los pocos minutos abrió y asomó la cabeza. “¿Podría pasar?”, pidió. Debió notárseme cierta expresión de sorpresa cuando vi que no solo se había quitado los pantalones para ponerse el eslip turquesa sino toda la ropa, porque dijo: “Es mejor ver el conjunto, ¿no le parece?”. Su visión, duplicada por el espejo desde el que me sostenía la mirada, me dejó clavado. Estaba tremendamente bueno. También me fijé, ahora que estaba desnudo, que tal vez había calculado a la baja la talla, porque era algo más grueso. Así observé que, por detrás, no llegaba a cubrir la totalidad de la raja. “¿Cómo me ve?”, me sacó de mi reflexión. Me salió sin querer una expresión que podía resultar equívoca: “Lo veo muy bien…”, que maticé inmediatamente: “Quizás un poco pequeño”. “¿Sí? ¿Por qué lo dice?”. Entre aclararle que enseñaba parte de la raja del culo y hacérselo notar de facto opté impulsivamente  por lo segundo. Pasé un dedo por la fracción a la vista: “No le cubre del todo”. Soltó una risa. “¡Vaya! Tengo el culo más gordo de lo que había calculado… Pero tampoco es tan grave, ¿no?”. Y se giró para verse por detrás en el espejo. A renglón seguido volvió a mirarse la delantera. “Por aquí sí que me queda todo sujeto, ¿verdad?”. Lo que forzó que fijara mi atención en las modulaciones del tejido que marcaban el contorno del pene y los testículos. Me sonó casi a una invitación a que también tocara por ahí, pero tal vez se compadeció de mi turbación y me dio una tregua. “De todos modos, no está de más que me pruebe una talla mayor para comparar ¿Le importaría traérmela?”.
 
Salir del probador me sirvió para aliviar la tensión sexual que había acumulado. Sin embargo, al volver, la situación se recrudeció. Despojado del eslip, me aguardaba completamente desnudo con el mayor descaro. Me temblaba la mano cuando le alargué el nuevo traje de baño, sin poder desviar la vista de lo ahora desvelado. Y su misma expresión beatífica y sonriente me descolocaba aún más.
 
Con parsimonia se puso el bañador y se contempló atentamente en el espejo, girándose para una visión completa. Refiriéndose a la parte de atrás dijo socarrón: “Éste me tapa lo que a usted parecía disgustarle que enseñara…”. En efecto, el borde superior llegaba ahora justo al límite del comienzo de la raja. Torpemente repliqué: “Disgustarme, para nada. Solo fue una observación”. El examen de la parte delantera dio lugar, sin embargo, a que objetara: “Pero éste me sujeta menos y además queda flojo por los lados”. Distendió con un dedo el filo que se ajustaba a la ingle, y añadió: “Pruebe y verá”. Lo que no osé hacer antes se me ofrecía ahora explícitamente y no lo desaproveché. Imité su gesto no con un dedo, sino con uno por cada lado. Mientras rozaba la calidez pilosa de las ingles y la rugosa piel del escroto, siguió hablando impertérrito: “Fíjese si tengo una erección y esto se estira. Podría salírseme algo”. De repente, su tono de voz cambió y se volvió susurrante: “¿Quieres probarlo?”. Entonces saqué uno de los dedos acoplados a las ingles y fue mi mano entera la que se puso a acariciar sobre el tejido azul. Su contenido se endurecía y la elástica tela se tensaba. Le saqué los huevos por un lado y, a continuación, salió la polla tiesa y reluciente. Entretanto ya estaba bajándome la cremallera y hurgando en mi bragueta. Sacó mi polla y estrujó el mojado capullo. “¡Humm!”, murmuró goloso. Le bajé el eslip y se lo sacudió por los pies.
 
Las limitaciones del espacio y el sigilo al que obligaba dieron lugar a una especie de mudo pugilato erótico. Yo quise tomar el dominio de la situación, después de las provocaciones que me habían ido enervando, y me alcé frente a su cuerpo desnudo. Le sobé y chupé las ricas tetas que, ensalivadas, pellizqué luego, arrancándole sordos quejidos. Fui bajando y recorriéndolo con la boca hasta alcanzar la polla palpitante. Lo rodeé con mis brazos, firmemente asido a sus glúteos. Sorbí el duro apéndice y todo él se estremeció. Con las manos sobre mi cabeza dirigió el ritmo de la mamada. De pronto tiró de mí hacia arriba y fue él quien se inclinó. Tomó posesión de la polla que me salía por la bragueta y lamió su húmeda superficie. Succionó enérgicamente, dispuesto a no soltarme. Mis piernas temblaban, inundado de placer. Cuando me vacié, sorbió hasta la última gota y no se desprendió de mí hasta que mi polla, completamente saciada y limpia, se fue retrayendo hacia el refugio de mi bragueta. Mi desahogo físico no había extinguido, sin embargo, el deseo que aquel deleitable cuerpo seguía infundiéndome. Lo acorralé contra el espejo y lo cubrí de sobeos y lamidas de arriba abajo. Él se agitaba entre mis embates y liberaba una mano para masturbarse. En el cenit de la excitación, me cogió una  de mis manos y la puso bajo su polla a punto de estallar. La palma se me llenó de leche y él, tras unos relajantes resoplidos, la subió hacia su cara y la lamió hasta no dejar rastro.
 
Quedamos ahítos unos instantes, yo vestido y él desnudo. Empezaron a oírse movimientos en otros probadores. Recompuse pues el gesto y salí con los dos bañadores tan provechosamente comparados. En unos minutos reapareció el cliente tal como había llegado al principio. “Creo que me llevaré el primero”. Y mi hizo un guiño que solo yo percibí. Cuando le entregué la bolsa y el ticket, le dije: “Espero que lo disfrute. Y ya sabe…., aquí estamos para servirle”.

lunes, 29 de octubre de 2012

Una ducha provocativa

Salí de casa para comer y, como no quería andar mucho por el calor reinante, entré en un pequeño restaurante a la vuelta de la esquina. Había escasa clientela y me llamó la atención un hombre que estaba también solo. Instintivamente ocupé una mesa que estaba un poco más atrás y que me permitía tener una visión de él en diagonal. Mi buena impresión inicial se confirmó al observarlo con más detenimiento. De unos cincuenta años y grueso, llevaba un modo de trabajo con peto sobre una camiseta. Un cinturón de cuero gastado, con algunos aditamentos para herramientas, resaltaban su aspecto profesional. No le quitaba ojo al perfil de su firme cabeza, medio calva y de barba rasurada, que me resultaba muy atractiva. Asimismo, su buena barriga y el movimiento de su recio brazo desnudo, de un vello suave, al manejar el cubierto me tenían absorto. Se giró un momento para avisar a la camarera y nuestras miradas se cruzaron. La mía debió resultarle ya muy trasparente, a juzgar por su comportamiento posterior. Desde luego, mi imaginación, como si tuviera rayos X, ya había  funcionado.
 
El hombre acabó antes que yo y se levantó para marcharse. Verlo de pie, con toda su robustez, me sedujo aún más. Aunque ahora me miró más abiertamente y me dirigió un cordial “¡buen provecho!”, pensé con pesar que ahí iba a quedar todo. Sin embargo, cuando salí unos minutos después, me sorprendió verlo en la acera fumando un cigarrillo. Hubo nuevo cruce de miradas, con sonrisas incluidas, y yo me encaminé a casa. Pero resultó que él se puso a andar a pocos pasos de mí. Al llegar al portal e introducir la llave, se paró a mi lado. “¿También viene aquí?”, no pude menos que preguntar. “Si es posible…”, fue su ambigua respuesta. Así que entramos juntos y nos dirigimos al ascensor. “¿A qué piso?”, volví a inquirir. Ya me dejó estupefacto: “Al que tú digas”. Me temblaba la mano cuando pulsé mi botón, con una mezcla de deseo y azoramiento por lo inesperado de la situación. Dejé que él siguiera dominándola y mantuve baja la mirada en el trayecto de varias plantas. Pero la vista se me clavó en la parte baja del mono que, al no tener bragueta, resaltaba el paquete. “No llevo calzoncillos”, musitó, y me cogió una mano que acercó al bulto, que palpé ya más desinhibido. “Supuse que te gustaría, por la forma como me mirabas mientras comía”. Me relajé bromeando: “¿Es que tienes ojos en el cogote?”. “Será un sexto sentido”, y me apretó más la mano.
 
Ya no tenía que preguntar más a dónde iba cuando abrí la puerta del piso. Pero enseguida avisó: “Será mejor que me dejes duchar. He trabajado desde temprano y sudado mucho”. Con desparpajo se soltó los tirantes del mono, que cayó para abajo. Efectivamente no llevaba calzoncillos, aunque el sexo quedaba ahora ofuscado por la solidez de sus muslos. Dejó que le ayudara s sacar la camiseta por la cabeza y así presentó todo su cuerpo, tan apetitoso como había imaginado. Barrigudo y tetudo, su piel era blanca y el abundante vello, claro. De momento no quiso mayor aproximación. Se sentó en una silla y se quitó las botas, para sacarse del todo el mono. “¡Ahora al agua!... Me puedes mirar ¡eh! Y de paso te desnudas”. Le indiqué el baño y preferí ir yo detrás, pues me apetecía verlo de espaldas y admirar su rumboso culo. Se notaba que le gustaba ser contemplado y ese punto exhibicionista me excitaba muchísimo. Lo demostró cuando entró en la ducha. No corrió la mampara y no me importó que el agua salpicara por fuera; el espectáculo lo merecía.
 
Mientras esperaba que el agua alcanzara la temperatura, soltó una potente y larga meada. El perfil que presentó me permitió observar que su polla, que al principio no había destacado en su voluptuosa anatomía, iba adquiriendo un grosor contundente. “¿Te gusta?”, dijo socarrón y la hizo oscilar esparciendo el chorro. “Pero acaba de desnudarte, que quiero ver el efecto que te hago”. Y es que yo, ya sin la camisa, había quedado paralizado con el pantalón a medio quitar.
 
Entró ya bajo el chorro y se encaró hacia mí. Ahora su verga, tersa y descapullada, se erguía desafiante. Aún separó algo las piernas para resaltar los huevos que se abrían paso entre los recios muslos. Al caerle el agua, el vello de todo su cuerpo parecía oscurecerse en contraste con la piel que adquiría un tono más rosado. Me miraba con agudeza y mostró una ladina sonrisa ante la erección que, por fin desnudo, le estaba presentado. “Es lo que esperaba”, dijo ufano. Tuve entonces el impulso de ir a coger el gel, pero me lo impidió de nuevo. “Me apaño solito… Tú ve tocándote, que yo te vea”. Así que cerró el grifo, se echó abundante gel en las manos e inició un enjabonado integral que constituía toda una antología de exhibicionismo provocador. Yo, en mi forzada contención, alcanzaba una excitación casi dolorosa. En la necesidad de ocupar mis manos, me pellizcaba los pezones hasta hacerme daño, me apretaba los huevos y extendía por el capullo el juguillo que expelía. Trataba de moderar las frotaciones de la polla e impedir así una incontrolada  y prematura corrida. Él no me quitaba ojo y se crecía en su descarada lascivia. “¡Cómo te pongo, eh! Ya te gustaría meterte aquí, pero así tiene más morbo”. ¡Joder con el tío! La verdad es que tenía razón, pero yo estaba que me salía. Entretanto se extendía la espuma por las tetas con un calmoso refriegue. “¡Qué duras se me han puesto las puntas!”, y las estiraba relamiéndose los labios. La prominente y velluda panza no se escapó a sus sobeos jabonosos, alardeando de su solidez. Cuando creí que llegaba el turno de su bajo vientre y se me aceleraba el pulso esperando el crescendo de su provocación, prefirió sin embargo hacer una finta y dedicar su atención a piernas y pies, que iba apoyando en el borde de la bañera. Al inclinarse hacia delante, su socarrona mirada se centró en la proximidad de mi polla enhiesta y cárdena. De buena gana me habría abalanzado para metérsela en la boca y llenársela ya con toda mi leche. Pareció leer mi pensamiento. “¡Cómo te gustaría una mamada, eh! Pero tengo que acabar mi toilette…”, riendo burlón.
 
Ahora sí que me ofreció el espectáculo del lavado de su sexo. La endurecida verga se habría paso entre la espuma y se la masajeaba haciendo correr la piel. Con otra mano se toqueteaba los huevos. Todo ello acompañado de suspiros y  resoplidos. “¡Uf, qué caliente estoy! Me voy a tener que enjuagar con agua fría…”. Yo, por un mimetismo mecánico, me la meneaba. “¡Cuidado! A ver si vamos a hacer un cruce de leches… Sería un desperdicio ¿no?”. Sus dotes de calienta-pollas me tenía fuera de mí y la retención de cualquier contacto físico, que solo me dejaba entrever como una dudosa promesa, me mantenía en una excitación extrema. Entonces se fue girando y me presentó su trasero. …Si al menos me hubiera permitido enjabonarle la espalda. Pero él se afanó en manipular lúbricamente su culo como nuevo elemento de provocación. Si ya me había embelesado cuando lo seguía hacia el baño, el lucimiento ahora era tremendo. Marcado por el vello mojado, se lo palpaba y estrujaba deslizando el jabón. Se abría la raja y los dedos se iban hundiendo en ella, provocándole fingidos respingos. No se abstuvo de retarme. “¡Huy, qué dilatado lo tengo,…y ardiendo!”. Como ahora no me miraba, me sujetaba la polla reprimiendo el insoportable deseo de vaciarme. Casi me alegré de que volviera a abrir el grifo y se pusiera a enjuagarse.
 
No me podía creer que, tras cortar el agua y sin salir de la bañera, se plantara y me incitara con su verga. “¡Ven y come, que ya va siendo hora!”. Caí de rodillas por fuera del baño y, aliviando el ardor de mi polla contra el frío del mosaico, dirigí directa mi boca a tan anhelado trofeo. Engullí, lamí y chupé con vehemencia. “¡Ojo, ya me gusta, pero quisiera que me quedara la polla entera!”. Frené algo y él entonces se acomodó llevando con sus manos el ritmo de mi cabeza. “¡Así, así, boca mamona!”. Apenas si lo oía, concentrado con estaba en sacarle todo el jugo después de tan mortificante espera. Los latidos que sentí contra mi lengua y el leve temblor de los muslos a los que me asía anunciaban el éxito. “¡Me viene, me viene! ¡No te apartes ahora!”. Dicho y hecho, borbotones calientes y ácidos inundaron mi cavidad bucal y pugnaban por escurrirse por las comisuras de mis labios. Él resoplaba y aún se mantenía dentro para el goteo final. Pero la quietud duró poco porque inesperadamente me apartó para salir de la bañera al tiempo que cogía una toalla. “Bueno, ¿satisfecho? Lávate un poco, que yo voy a por mi ropa”.
 
Quedé medio aturdido por la frustración y la incredulidad ante un comportamiento tan egoísta, después de haber jugado con mi excitación. A punto estuve de desahogarme haciéndome la paja que tanto había demorado. Pero un punto de indignación me disipó momentáneamente las ganas. Y fue un retardo acertado porque, al dirigirme a la sala, me aguardaba otra sorpresa provocadora. Nada de vestirse, sino que lo encontré recostado boca abajo en el sofá con el culo bien preparado. Para disipar dudas, dijo al sentirme llegar: “Sí que has tardado… ¿Es que no tienes ganas?”. Se removía con toda su habilidad lujuriosa.
 
Inmediatamente me subió la moral y, con ella, la erección recuperada. Me arrimé a él y apunté la polla al deseado agujero. Me fui dejando caer y le entré poco a poco. “¡Oh, qué pollón! ¡Menos mal que me he dilatado en la ducha!”. Su exagerada exclamación me enervó aún más. Obsequioso ahora, me incitaba a la follada. “¡Zúmbame con fuerza, que estoy hirviendo!”. Cada embestida por mi parte la celebraba con apasionamiento. Su enrojecida piel y el tenue vello erizado atraían mis palmadas cada vez más fuertes. “¡Así, fuego por fuera y fuego por dentro! ¡Qué gozada!”. Era tal su alardeo de lascivia que me hacía usar todo mi cuerpo. Me volcaba sobre su espalda y le manoseaba las tetas colgantes con apretones y pellizcos, sin abandonar los enérgicos golpes de cadera. Cambiábamos de posición y se me sentaba encima, clavándose de nuevo mi polla y saltando sobre ella. El parsimonioso exhibicionismo en la ducha había dado paso a la entrega a una enculada increíble. “¡Que me corro!”, medio grité fuera de mí. “¡Venga, venga esa leche!”, y noté que apretaba el ojete para retenerme la polla. Me sacudían los espasmos y él reía como su hubiera alcanzado un triunfo.
 
Aún entrelazados, caímos los dos del sofá al suelo. Se revolvió y buscó con la boca mi polla goteante. “¡Dame un poquito…!”. Chupó los restos de leche con tan ansia que me estremecían los escalofríos. Cuando se hubo calmado, me dijo socarrón: “¿No ha sido más bonito que si hubiéramos follado en la ducha a los tres minutos? ¿A que te he puesto como una moto?”. Tuve que reconocer que, con sus artimañas, había conseguido que echara un polvo inolvidable.