En una época
de mi vida en que pasaba por una situación económica poco boyante, por
influencias de un amigo –la relación con el cual no vienen al caso ahora–, fui
contratado como dependiente de refuerzo para las rebajas de verano en unos
grandes almacenes. Por mi aspecto maduro y mi buena presencia, me asignaron a
la planta de ropa para caballeros y, más en concreto, en la sección de
artículos para el baño. Frecuentemente, la clientela estaba constituida por
matrimonios de mediana edad que, provistos de un surtido de trajes de baño,
tomaban posesión de los probadores. Dado el escaso espacio, casi siempre la
esposa quedaba fuera y acudía a los requerimientos del marido. A mí, que
obsequioso rondaba por allí para atender la solicitud de otra talla o de un
nuevo modelo, no se me escapaban ráfagas de piernas desnudas, bultos del
paquete o barrigas bajo las camisas arremangadas. Algunas de estas visones no
dejaban de resultarme excitantes y de desatar mis fantasías.
Me he aficionado a escribir unos relatos que plasman fantasías sexuales en el ámbito de hombres maduros y robustos. Solo pretendo irlos sacando de mi PC y ofrecerlos a quienes les puedan interesar y disfruten con ellos, como yo lo he hecho escribiéndolos...Los ilustro con alguna imagen de referencia, de las muchas que me han ido atrayendo a lo largo del tiempo.
miércoles, 31 de octubre de 2012
El probador
lunes, 29 de octubre de 2012
Una ducha provocativa
Salí de casa para
comer y, como no quería andar mucho por el calor reinante, entré en un pequeño
restaurante a la vuelta de la esquina. Había escasa clientela y me llamó la
atención un hombre que estaba también solo. Instintivamente ocupé una mesa que
estaba un poco más atrás y que me permitía tener una visión de él en diagonal.
Mi buena impresión inicial se confirmó al observarlo con más detenimiento. De
unos cincuenta años y grueso, llevaba un modo de trabajo con peto sobre una
camiseta. Un cinturón de cuero gastado, con algunos aditamentos para
herramientas, resaltaban su aspecto profesional. No le quitaba ojo al perfil de
su firme cabeza, medio calva y de barba rasurada, que me resultaba muy
atractiva. Asimismo, su buena barriga y el movimiento de su recio brazo
desnudo, de un vello suave, al manejar el cubierto me tenían absorto. Se giró
un momento para avisar a la camarera y nuestras miradas se cruzaron. La mía
debió resultarle ya muy trasparente, a juzgar por su comportamiento posterior.
Desde luego, mi imaginación, como si tuviera rayos X, ya había funcionado.
Inmediatamente me
subió la moral y, con ella, la erección recuperada. Me arrimé a él y apunté la
polla al deseado agujero. Me fui dejando caer y le entré poco a poco. “¡Oh, qué
pollón! ¡Menos mal que me he dilatado en la ducha!”. Su exagerada exclamación
me enervó aún más. Obsequioso ahora, me incitaba a la follada. “¡Zúmbame con
fuerza, que estoy hirviendo!”. Cada embestida por mi parte la celebraba con apasionamiento.
Su enrojecida piel y el tenue vello erizado atraían mis palmadas cada vez más
fuertes. “¡Así, fuego por fuera y fuego por dentro! ¡Qué gozada!”. Era tal su
alardeo de lascivia que me hacía usar todo mi cuerpo. Me volcaba sobre su
espalda y le manoseaba las tetas colgantes con apretones y pellizcos, sin
abandonar los enérgicos golpes de cadera. Cambiábamos de posición y se me
sentaba encima, clavándose de nuevo mi polla y saltando sobre ella. El
parsimonioso exhibicionismo en la ducha había dado paso a la entrega a una
enculada increíble. “¡Que me corro!”, medio grité fuera de mí. “¡Venga, venga
esa leche!”, y noté que apretaba el ojete para retenerme la polla. Me sacudían
los espasmos y él reía como su hubiera alcanzado un triunfo.
jueves, 6 de septiembre de 2012
Obispo & Cía.
Mi vida sexual había
dado un vuelco impensable desde que el Obispo me abrió los ojos. Aun así, la
morbosidad que tuvo esa mi primera seducción había dejado un poso en mí que iba
más allá de sus connotaciones religiosas. Las cuales, por otra parte, cada vez
me eran más ajenas. La curiosidad por averiguar si volvería a ser aceptado,
además del recuerdo del placer obtenido con su magnífico cuerpo, me impulsó a
ponerme de nuevo en contacto con él. Ya sin intermediarios, telefoneé para
solicitar una entrevista y no tardé en recibir una confirmación para unos días
después. La excitación que ello me produjo fue tremenda, pues me cabían pocas
dudas acerca de lo que podría suceder.
Hizo que me apartara y empujó al
Obispo para que se diera la vuelta. Luego se tendió a su lado y quedaron muy
juntos boca arriba. Cuatro recios y velludos muslos, coronados por seductores
sexos, me parecieron un ensueño. Me lancé sobre ellos y, mientras por fin introducía
en mi boca la verga del Canónigo, estimulaba con la mano al Obispo. Mamaba con
ansia al primero y, a veces, cambiaba, para chupar al otro. Pero el Canónigo me
reclamó: “¡No me sueltes ahora, que estoy a punto!”. Sorbí todo el miembro y lo
envolví con la lengua. Tembló todo su cuerpo y me llenó la boca. Todavía sin
haber acabado de tragar, me pasé al miembro del Obispo, ya completamente erecto
y mojado. Me afané con succiones intensas y él me sujetaba la cabeza. Sus
bufidos preludiaron la descarga, que se mezcló con los restos que quedaban de
su predecesor. Tras unos instantes de quietud y de respiraciones serenándose,
el Obispo me miró como si reparara en mí por primera vez. “Por cierto ¿para qué
habías pedido la entrevista?”.
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