jueves, 20 de octubre de 2011

Stripper y mucho más…

Quienes duden de la verosimilitud de este relato, al menos en su primera parte, pueden dar una ojeada a los videos de Gordo Stripper en:

Siempre deseoso de novedades que te permitieran poner en práctica sin la menor inhibición tus fantasías sexuales, me comentaste que habías conseguido que te contrataran para varias actuaciones en un club muy especial y te gustaría que asistiera a una de ellas. No me diste muchos detalles sobre las características del club ni las artes de que te habías servido para que te contrataran, aunque conociéndote algo podía imaginar. Por mi cuenta busqué en Internet y averigüé que se trataba de un club de osos, hombres gordos y admiradores, pudiendo ser estos de cualquier género. Su especialidad era la de ofrecer actuaciones amateurs, aunque cuidadosamente seleccionadas, que podían llegar a un sexo explícito de exhibición. No me hizo falta indagar más para entender lo que cabía esperar si andabas tú de por medio.

La noche en que fui había bastante y variado público. Aunque predominaba el aspecto osuno y voluminoso, también se veían otros tipos de hombres y algunas mujeres, incluso en primera fila. Desde luego todos con ganas de marcha y ánimo participativo. Me hicieron gracia los carteles que te anunciaban como stripper y mucho más… La sala tenía forma semicircular frente a un estrado ligeramente elevado y separado del público por unas barras niqueladas. Iluminación y música típicas de discoteca servían para caldear el ambiente. Como yo iba recomendado pude ocupar un asiento hacia un lado de estrado, desde donde contemplar el espectáculo y las reacciones de los asistentes.

La luz se concentró en la plataforma y cesó la música. Un speaker te anunció con gran alborozo del personal. Pude comprobar luego que su permanencia en escena tenía la misión de animar, pero también controlar la situación. Apareciste muy formalmente vestido de traje y corbata. Me sorprendieron los gritos y ovaciones que levantaste, como si ya tuvieras una cohorte de fans. Algo tópico me pareció la canción que empezó a sonar: “You can leave your hat on”, de Joe Cocker. Aunque muy expresiva del tipo de espectáculo. Te movías con un ritmo insinuante y absolutamente varonil. Te repasabas el cuerpo con las manos y al girarte levantabas con estilo la chaqueta y resaltabas el culo separando las piernas. Los gritos se redoblaron. Cuando estuviste de nuevo de frente ya había caído la corbata y el botón superior de la camisa. Te fuiste despojando a continuación de la chaqueta y, al ir desabrochándote la camisa, se desató el frenesí. Ya eran visibles tu pecho velludo y tu vientre prominente. En ese momento señalaste a dos soberbios ejemplares de osos para que subieran a ayudarte, lo que hicieron con gran entusiasmo. Despojado ya de la camisa, hiciste varios pases acercándote a las barras separadoras, al alcance de algunas manos que no dudaron en sobarte la delantera. Entretanto los ayudantes se habían sentado en sendos taburetes. A ellos te encarabas metiendo sus piernas entre las tuyas abiertas y cogiéndoles las cabezas para pegarlas a tu paquete. Los invitaste a que cada uno tirara de un lado de la cintura del pantalón y se activó el truco de que éste se descompusiera en piezas que cayeron al suelo. Surgió así tu trasero en todo su esplendor, solo cruzado por las finísimas tiras de un tanga de un blanco purísimo y casi traslúcido.
 
Te cimbreabas de esta guisa exhibiendo el culo, cada vez más embravecido el griterío circundante. Fuiste levantando cada pierna sobre las rodillas de los otros dos para que te quitaran zapatos y calcetines, lo que de paso ofrecía un lucimiento mayor de tu anatomía. Ya descalzado, diste un brusco giro que permitió a la concurrencia verte tan solo con el mínimo triángulo que a duras penas contenía tu sexo. Las demandas histéricas de que te acercaras casi eclipsaban la música.
 
Era tu momento de gloria y bien que lo aprovechaste. Sin perder el ritmo y con caricias de lo más explícitas te aproximaste al máximo a la barrera. Manos de hombre, y algunas de mujer, sustituyeron ahora a las tuyas en los tocamientos. Incitador, te dejabas sobar a gusto e incluso hurgar en los límites del tanga. Sin embargo, cuando alguien más atrevido intentaba bajarlo sabías retraerte para que no se anticipara la apoteosis final del número. Para ella escogiste a dos nuevos voluntarios que casi en volandas te apartaron de la masa. Cada uno de un lado fueron bajando la cinta horizontal del tanga y, aunque el culo ya había estado casi totalmente al descubierto, el descenso hasta debajo de las nalgas era de una plasticidad excitante.
 
Te giraste hacia delante y el triángulo del tanga quedaba más flojo, dejando fuera toda la pelambrera del pubis. Con unos sensuales estiramientos hacías además que asomaran parte de los huevos, lo que provocaba una tensión expectante. Vuelta a dar la espalda y caída del tanga hasta el suelo. Hubo unos instantes de suspense, en los que parecía que los dos acompañantes te estuvieran dando los toques finales –aunque pensé que, después de tanto sobeo, no te haría falta mucho estímulo adicional–. Una contundente erección cara al público fue tu novedosa aportación al final del striptease integral. Y como tal novedad fue aclamada por el respetable. Aunque las manos se estiraban pugnando por alcanzarte, ahora te mantuviste a distancia y acompañaste con rítmicas sacudidas de la polla el final de la electrizante canción.
 
En un vertiginoso juego de luces quedó vacío el estrado. Tomó ahora protagonismo el speaker para hacer la presentación de la segunda parte del espectáculo a tu cargo. Sin duda el “mucho más…” que prometían los carteles. Pidió dos voluntarios, dispuestos a todo, para que te hicieran objeto de sus deseos. La rapidez con que se levantaron las dos primeras manos, aunque luego seguidas por otras muchas, y el aspecto de los aspirantes hacía sospechar que había truco e incluso, por la precisión con que se desarrollaría la función, ensayos previos. Los dos afortunados eran una muestra evidente del tipo de hombres a los que rendía culto el club. Uno era un ejemplar de oso fornido, peludo y barbudo, y el otro un gordito maduro de culo respingón. Con ambos habrías de habértelas en vivo y en directo… o ellos habérselas contigo. Pasaron al interior para los preparativos y, mientras el speaker caldeaba el ambiente con sus arengas, del techo se descolgaron unas anillas y un sling. Simultáneamente, del suelo surgió una cama cubierta por una satinada tela y con una ligera inclinación hacia la sala.
 
La luz de hizo más matizada y reapareciste tú entre grandes ovaciones. Esta vez llevabas una bata negra satinada que solo te llegaba hasta las ingles, lo que permitía vislumbrar la mínima pieza que velaba tu sexo. Te acercaste al personal y te dejaste arrebatar la bata. Lo que quedó fue un jock-strap que tapaba algo más por delante, pero que dejaba el culo al aire. No te sustrajiste a algunas caricias más o menos atrevidas, pero pronto volviste al centro del estrado. Surgieron por cada lado los dos partenaires seleccionados, únicamente ya con jock-straps similares a los tuyos. Los tres resultabais a cual más apetitoso, aunque en desinhibición y osadía te llevabas la palma. Formasteis una piña y, sobándoos los culos, os fundisteis en un intenso besuqueo a tres, haciendo bien visible el entra y sale de lenguas. Una tensa expectación dominó el ambiente, pendiente del sexo en vivo que se empezaba a ofrecer. Ello permitió a su vez que pudiera llegar a oírse la música sicalíptica que acompañaba al espectáculo. Sin deshacer del todo el abrazo, te fuiste deslizando hasta quedar de rodillas frente al oso. Te encaraste con la delantera del jock-strap hundiendo el perfil y mordisqueándola. Mientras tanto el gordito aprovechaba para restregarte su paquete por la espalda y  la nuca.
 
Te apartaste de los dos y agarraste las argollas que colgaban. Separando las piernas, en posición de aspa, te removías incitante. El oso te abordó entonces por delante para estrujarte las tetas y morderte los pezones. El gordito aprovechó para ponerse a lamerte el culo y a meter una mano entre tus muslos sobándote la delantera. Haciendo que soltaras las argollas, el oso te sujetó los brazos a la espalada en una llave de lucha libre y te acercó al público. El gordito empezó a sobar y estrujar tu paquete hasta que el elástico tejido fue estirándose a causa de tu empalme. Se oyeron gritos: “¡Fuera! ¡Fuera!”, y no es que pidieran que saliera nadie, sino que animaban al gordito a destaparte. Inmovilizado como estabas, fingiendo vergüenza, parecías resistirte, pero de un tirón el jock-strap cayó hasta el suelo y tu polla apareció tan insolente como al final del striptease. No por ello fue menor el delirio del personal.
 
Cuando lograste desasirte de la llave del oso, el gordito trató de huir, pero, tras una vodevilesca persecución polla en ristre por tu parte, lograste atraparlo y lo tiraste de bruces sobre la cama, que fue moviéndose para una adecuada visión del redondo culo y de lo que había de venir. El oso ayudó manteniéndole sujetos los brazos, mientras dabas palmadas que le arrancaban cómicos quejidos. “¡Que lo folle! ¡Que lo folle!”, surgió del inmisericorde público. No te hiciste de rogar y, blandiendo la polla como si brindaras la faena, la restregaste en varios pases por la raja del culo. Pero el público insistía con mayor vehemencia, así que te clavaste al fin cogido a las caderas del gordito para hacer fuerza. Bombeabas y el inicial lamento del follado se fue tornando en murmullos de gusto. No era cuestión sin embargo de llegar a las últimas, de manera que, cuando la concurrencia pareció darse por satisfecha, sacaste la polla tan tiesa como había entrado.
 
Liberado el gordito, había de tomarse la revancha. Con el oso ahora de nuevo de su parte, te atraparon mientras saludabas. Te voltearon entonces sobre el sling y, entre los dos, levantaron brazos y piernas ligándolos por muñecas y tobillos a las cuatro correas laterales. Quedaste con la cabeza colgando y, por el lado opuesto, con la raja del culo levantada y coronada por los huevos y la polla que seguía inhiesta. El sling iba girando para que pudieran contemplarse bien todas las fases de lo que, sin duda, constituiría el plato fuerte del espectáculo. Se fue produciendo un silencio expectante, cubierto por un redoble de tambores anunciando el más difícil todavía. El gordito, que en ningún momento se llegó a desprender de su jock-strap, se cogió de tus pantorrillas y se puso a mamártela cadenciosamente. A su vez el oso se colocó detrás de ti, se quitó el calzón y, sujetándote la cabeza, te metió la polla en la boca. Cuando estuvo bien encajado, pasó las manos a tus tetas para pinzarte los pezones. Iba moviendo la pelvis y tú chupabas con fruición. Como la polla adquiría la dureza conveniente, el gordito cambió de tarea y se centró en jugar con tu raja, abriéndola y cerrándola en plan demostración y, de paso, dándole lametones. Hubo al fin un intercambio. El gordito se puso detrás para hacer de tope y el oso ocupó el espacio entre tus piernas. Primero, esgrimiendo su polla, la acercó a la tuya como comparando. Lo que la de él tenía de más larga la tuya lo tenía de mas gorda. Pero el momento culminante llegó cuando la fue resbalando y de un solo impulsote la metió entera. Ver a su ídolo así ensartado desató la locura en el público. Contaban coralmente las arremetidas que ibas recibiendo: “una…, dos…, tres…”. Y si el sling no salía disparado era por la firme sujeción del gordito. Tal fue la excitación que embargó a toda la sala que el propio oso, probablemente fuera del guión, dio todos los síntomas de haberse corrido. Al salir, algo atribulado en medio de las ovaciones, recuperó su jock-strap.
 
Desde luego, una vez follado, no te iban a dejar allí colgado. Así que gordito y oso te soltaron y te ayudaron a saltar del sling. Y la gloria fue completa para ti exhibiendo tu cuerpo tan intensamente trabajado. Parecías contagiado de la exaltación reinante y querías elevarla al máximo concentrada en ti. Acercado a las  barras separadoras te ponías de espaldas y te inclinabas luciendo la raja de culo, tan recientemente profanado. No te importó, sino que más bien lo buscabas, que te manosearan, hasta el punto de que tu polla, algo alicaída después de lo sufrido, se volvió a endurecer con tanto contacto cariñoso.
 
Pero aún te faltaba ofrecer un último gesto de entrega. Subido de nuevo al estrado para quedar bien visible, te pusiste a meneártela ostentosamente, lo cual fue acogido como el esperado bis de un recital. Te sobabas el pecho dando al acto una mayor lubricidad y hacías paradas en la masturbación para aumentar la expectación. Resoplabas en una escala ascendente, hasta que el bufido final coincidió con los generosos chorros de leche que disparabas en varios espasmos. Atronaron los aplausos, los gritos y los requiebros, y tú flotabas en una nube.

No sé cómo transcurriría el espectáculo otras noches, pero la vez en que yo asistí fue algo que excedía de cualquier cosa imaginable.

sábado, 15 de octubre de 2011

Experimento futurista

Con frecuencia tengo sueños calientes a tu costa y este que relato me pareció de tanta complejidad interpretativa que, nada más despertarme, me esforcé en transcribirlo de la forma más fiel posible. 

Era un sueño sin sonido. Estabas tendido en una especie de camilla de quirófano bajo un potente foco, desnudo y como dormido. En la penumbra a tu alrededor, sobre un estrado, se encontraban hombres y mujeres de diversas edades y aspectos, cubiertos con batas blancas. Otros dos hombres, con unos pijamas verde claro como de cirujanos, se hallaban junto a ti. Uno maduro y robusto, otro algo más joven y también fornido. El mayor hablaba a la concurrencia, señalándote de vez en cuando. A una indicación suya, el más joven se puso a darte unos suaves cachetes en las mejillas. Parecías reaccionar y abrías los ojos, aunque aturdido por la fuerte luz. Tal vez para evitar esto, el joven te colocó un antifaz negro. A continuación, te cogió cada uno de los brazos y los dejó apoyados por las muñecas en sendas perchas que había a los lados. Te dejaste así poner en cruz con toda docilidad. También te separó las piernas hasta los límites de la camilla.

Al quedar tú dispuesto de esta manera, el mayor empezó a actuar sobre tu cuerpo, sin dejar las explicaciones. Te palpó los brazos levantándolos ligeramente y mostrando los músculos que lo formaban. Al rozarte las axilas, tuviste un leve estremecimiento, que el otro controló sujetándote los pies. El orador  se colocó luego frente a tu cabeza y, casi apoyando la barriga en ella, llevó las manos a tu pecho. Removía el vello que lo cubre y hacía copa en ambas tetas presionándolas. Particular atención le dedicó a los pezones. Frotaba la punta con un dedo y los pellizcaba, hasta hacer que se endurecieran. En ese momento tu pene, hasta entonces inerte, adquirió mayor volumen. Él lo señalaba como si fuera un efecto reflejo. Pasó a manosear el vello de la barriga y metió un dedo en el ombligo. Pero esto, así como los roces por tus costados, te provocó nuevos temblores, que hubo de controlar el que te asía de los pies. Para asegurar mejor las manipulaciones, ahora ya ligó tus muñecas a las perchas, pues iba a ocuparse de tus partes más sensibles. En efecto, llevo las manos a tu pubis y revolvía el encrespamiento piloso, como si comprobara su textura. Cogió con delicadeza la polla, que se hinchaba a ojos vista, y la mantuvo pegada al vientre. Hizo que el ayudante lo sustituyera en la sujeción y él se dedicó a manipular los huevos. Los sopesaba y levantaba para que fueran bien visibles para los observadores. Asimismo estiraba la piel para separarlos y marcar las dimensiones de ambos. Tras este repaso testicular completo, quedó liberada tu polla que, ya del todo tiesa, fue objeto de especial atención. Disertaba sobre ella y la cogía con la mayor soltura. Ceñía los dedos al capullo y lo apretaba para resaltar el orificio. Aunque hasta ahora se te notaba relajado con esas manipulaciones, debía llegar el punto más delicado, pues el joven se volvió a apostar a tus pies para asirlos firmemente. Así inmovilizado, el que se suponía el jefe, sin parar de hablar, empezó a frotar tu polla, primero suavemente y luego con más energía. Tus sacudidas quedaban neutralizadas por las sujeciones mientras él detenía y reanudaba la operación. En un momento dado, con el índice de la mano libre señaló tu capullo e inmediatamente brotó de él un potente chorro de semen. Como si de un exitoso experimento científico se tratara, los asistentes batieron palmas alborozados. Liberadas de nuevo tus piernas pudiste dar ya los últimos estertores.
 
Los circunspectos observadores rodeaban ahora al maestro. Entretanto, el ayudante, tras limpiarte el vientre con unas gasas, soltó las ligaduras de tus brazos, que pudiste alinear con tu cuerpo. Pero, a cambio, pasó las perchas hacia delante, te levantó las piernas y las dejó sujetas por las corvas, como si fueras una parturienta. Lo que quedó entonces expuesto frente al estrado fue tu culo alzado, con la polla y los huevos volcados sobre la barriga. Un foco proyectaba una clara luz sobre la zona. Los preparativos se completaron colocando una banda de parte a parte de la camilla que te dejaba los brazos pegados al cuerpo.
 
Una vez reintegrados al estrado los concurrentes, el oficiante mayor reanudó el discurso al tiempo que manoseaba tu parte expuesta. Presionaba las nalgas y repasaba las zonas más pilosas. Las separaba abriendo la raja y señalaba su punto más oscuro. El colaborador le entregó entonces un guante de látex y lo ayudó a calzárselo. Lentamente fue introduciendo un dedo en el ano y siguió con una frotación interior. Te estremeciste un poco y apretaste los puños. Sacó el dedo y ahora juntó dos metiéndolos con más energía. Los hacía girar y tus temblores y crispación de manos aumentaron. Pero el intenso masaje que te aplicó a continuación llegó a provocarte una nueva erección. Miró a los espectadores satisfecho por el logro obtenido.
 
El subalterno se dirigió hacia una puerta e hizo entrar a un individuo alto y musculoso. Estaba también completamente desnudo, encapuchado y con las manos atadas a la espalda. Fue conducido al centro de las operaciones donde lo mantenía sujeto el ayudante. El conferenciante inició en él unos tocamientos similares a los que te había realizado antes. Palpaba los pechos y la barriga, bastante velludos. Pero pasó con más rapidez a ocuparse de la polla. La levantaba y valoraba sus dimensiones para, a continuación frotarla con decisión, logrando así ponerla dura. Señalaba asimismo hacia la tuya, que se mantenía tiesa, como si las comparara.
 
No obstante, una vez cumplido su objetivo, el recién llegado fue colocado ante tu camilla, en el espacio entre tus piernas alzadas y colgantes. Mientras el más joven lo mantenía sujeto, el mayor le hizo bajar la cabeza hasta que quedó sobre tu polla. Presionó para que le entrara en la boca y, al principio, agarrado por el cabello, forzaba las subidas y bajadas. El sometido llegó a coger su propio ritmo y, a medida que chupaba, tú te ibas agitando. La sujeción de la cabeza volvió a repetirse, cuando diste indicios de máxima tensión. Sólo tras tu nuevo vaciado acabó la presión y la boca se separó de la polla ablandada.
 
La mamada fue observada con gran atención por los asistentes, cuyo interés no decrecía, pendientes de que continuara la demostración. El hombre fue apartado y expuesto otra vez frente al público. Mientras el ayudante accionaba una manivela para ajustar la altura de tu camilla, el jefe volvió  a someter a aquél a una enérgica masturbación. Conseguida la erección deseada, se lo enfrentó con tu culo, cuyo orificio quedaba bien expedito. El manipulador enfiló la punta de la polla y el otro empujó por detrás. Así quedaste ensartado y, agarrado por las caderas el que te había penetrado, era forzado a moverse. Como había ocurrido con la mamada, la arremetida llegó a volverse más espontánea y tú palmeabas sobre la camilla. Al apreciarse un temblor en las piernas del follador, fue obligado a salirse y su leche se derramó sobre tus huevos y tu polla. Cumplida su misión al parecer, el encapuchado despareció por donde había venido. El ayudante, a continuación, te limpió cuidadosamente y dejó que te relajaras.
 
Se creó una gran expectación acerca de lo que había de venir. Tras una consulta a los observadores por parte del maestro, éste dio instrucciones de que se te destaparan los ojos y se te hiciera descender de la camilla. De momento te costaba sostenerte sobre tus piernas y hubo que estabilizarte. Aunque con la mirada como perdida, pareció que el hecho de ser escrutado por aquella concurrencia te produjo efecto. Tu polla empezó a endurecerse, ahora no a causa de manipulación alguna, sino por sí misma. Esto impresionó al personal, y aún más cuando fuiste empujado para que te acercaras al estrado y algunos se atrevieron a palpar su consistencia.
 
Sin duda, que hubieras pasado de la anterior posición yaciente a otra más vivaz y próxima alentó el interés en un escrutinio de mayor calado. Quisieron ahora examinar tu parte trasera que, en vertical, ofrecería una nueva perspectiva. Moviéndote como un autómata, te giraste bien cerca para que pudieran palpar la turgencia de tus glúteos.
 
Cuando te inclinaste hacia delante, les encantó ver que aparecieran las pelotas colgando entre tus muslos. Al apretártelas con la mano uno más osado, dejaste mansamente que se recreara y llegara a alcanzar, pasando entre los muslos, la polla que seguía tiesa.
 
No tardó el director en hacer que te apartaras del grupo y dejarte en un compás de espera mientras conversaba con su ayudante. Los gestos iban siendo cada vez más autoritarios, pues el subordinado parecía disconforme. A su vez los presentes discutían entre sí, hasta que finalmente el interpelado asentía resignado. En consecuencia empezó a despojarse de su verdosa vestimenta, con gran alborozo del personal. Llegó a quedar completamente desnudo, mostrando un cuerpo recio poblado por abundante vello rojizo. Su jefe lo instó entonces a que se encarara a ti. Sin duda se trataba de comprobar tu reacción ante el hombre que se te ofrecía.
 
Aunque con movimientos algo mecánicos no tardaste en aproximarte a él. Retrocedió con temor, pero la indicación imperiosa del jefe le hizo parar sumiso. Entonces pusiste tus manos sobre él y empezaste a palparle todo el cuerpo, que se mostraba tenso. Te entretuviste acariciando el vello dorado del pecho y, al rozar los pezones, tu boca los buscó y se fue acoplando a ellos para succionarlos. Tus manos se deslizaron hacia la polla de tu partenaire, que al firme contacto fue adquiriendo volumen, lo que suscitó expresiones de asombro y admiración en los observadores.
 
Ante la consumada erección, te agachaste para tomar la polla con tu boca. Las chupadas que le dabas hicieron salir de su actitud pasiva al ayudante, quien había posado sus manos sobre tu cabeza y cuyo rostro mostraba el deleite que sentía. No menor era la expectación que la hazaña suscitaba.
 
Cuando el director verificó que la operación inicial había llegado al resultado deseado, te hizo una indicación para que liberaras la polla de tu boca. Como si supieras ya lo que correspondía hacer a continuación, te giraste para dejar bien resaltado el culo, que quedó disponible para la siguiente fase. No le costó nada al de la polla tiesa seguir las instrucciones del su jefe para que te penetrara. Se clavó en ti, quedándose quieto de momento. Tú te pusiste entonces a moverte para alentarlo y ya no dudó en darte cada vez más fuertes acometidas. En un momento dado, quedó rígido y sus piernas temblaron. La intervención se había consumado y, como demostración exhibió su polla goteante a los presentes.
 
Habías restado inmóvil tal y como te dejó el follador. Los asistentes al cónclave abandonaron su contención y rodearon al maestro y su ayudante, quien todavía daba signos de conmoción. El experimento había sido todo un éxito, según el entusiasmo mostrado. Una vez calmados los ánimos e iniciada la dispersión, el director accionó un mando a distancia y te desplomaste blandamente al suelo como un juguete roto.

lunes, 10 de octubre de 2011

Portero y jardinero

Tuve que trasladarme por una temporada a otra ciudad. Alquilé un ático en una finca antigua con una bonita terraza, adornada con muchas plantas. Como no tengo buena mano para cuidarlas, quedé con la dueña en permitir que el portero, de toda confianza –según me dijo–, se encargara de ello en mis ausencias. Que fuera de confianza aún no me constaba, aunque di credibilidad a la valoración de la dueña, pero lo que sí capté desde el primer momento fue la buena pinta del individuo en cuestión: maduro y regordete, pelo canoso y expresión risueña, siempre muy activo y de una gran amabilidad. Ya el día en que me instalé se puso a mi disposición y me ayudó solícito con los bártulos. Con su bata gris que, como empezaba el verano, llevaba sin camisa debajo y arremangada, daba una buena muestra de su robustez y pilosidad.


Pude comprobarlo de forma más viva una mañana en que bajé antes de lo habitual y no lo encontré en su puesto. Como tenía que darle un recado, me atreví a llamar a la puerta de su vivienda anexa y me identifiqué. Contestó que pasara, pues la puerta estaba abierta, y allí lo vi sentado con una camisa abierta y pantalón corto. Como se tomaba un café, me invitó a acompañarlo. Me senté frente a él y no podía evitar que la mirada se me escapara hacia el paquetón que marcaba. Y tenía la sospecha de que él era consciente de mi interés, manteniendo los muslos bien separados para mi solaz. Como debía marcharme, algo nervioso le di mi recado y las gracias por su acogida.
 
Aquel acceso a su intimidad despertó en mí una morbosa curiosidad, hasta el punto de que, si pasaba por delante de su mostrador y él no estaba, procuraba fisgar subrepticiamente por la puerta entreabierta de su vivienda. Con suerte, llegaba a verlo adormilado solo con su sucinto pantalón corto.
 
Con regularidad, una vez que yo me ausentaba, subía a mi piso para regar las plantas. Su celo no quedaba ahí pues, en más de una ocasión, me encontraba la cocina recogida o la cama hecha si, por las prisas, no me había dado tiempo. No dejaba de agradecérselo, aunque le insistía en no tenía que tomarse esas molestias. Pero el me replicaba que ahora, en verano, faltaban muchos vecinos y eso le servía de distracción. La verdad es que me excitaba imaginarlo pululando a su aire por mi piso.

En una ocasión regresé a casa bastante antes de lo habitual. Al pasar por la entrada no estaba el portero, por lo que pensé que tal vez lo encontraría en mi piso. Esa posibilidad me estimuló y opté por actuar con sigilo para sorprenderlo en plena actuación. No era porque no me fiara de él, sino por la retorcida idea de que también estuviera ligero de ropa y así no darle tiempo a recomponerse.  Pero la sorpresa fue mía, y mucho mayor de lo que cabía esperar. Al abrir la puerta, procurando hacer poco ruido, oí sin embargo el de un grifo abierto proveniente del baño. Y al asomarme lo que vi me dejó boquiabierto. Fregoteaba el fondo de la bañera completamente desnudo e inclinado hacia delante, de manera que mostraba en primer plano su culazo, con huevos y polla colgantes incluidos. El sonido del agua le impedía percatarse de mi presencia y su exhibición me dejó paralizado.
 
No obstante, me dio corte hacer notar que lo había pillado de esa guisa, por lo que retrocedí e hice el paripé de volver a entrar, esta vez pulsando el timbre. Me quedé en la sala y, alzando la voz, dije en tono jovial: “¿Qué, de limpieza?”. Oí que cerraba el grifo y al poco apareció ciñéndose con una toalla y, apurado, explicó: “No se piense que estaba usando su baño. Es que para limpiarlo me había puesto cómodo. Pero ya he acabado”. Pensé que más cómodo imposible y me mostré magnánimo: “Puede usarlo como le venga bien. Está usted en su casa”.
 
Halagado me contestó: “Pues muchas gracias. Ya me visto y me marcho”. Volvió hacia el baño y no me resistí a seguirlo con discreción. A través de la puerta entreabierta llegué a verlo de espaldas despojado de la toalla. El espejo, sin embargo, me delató y él miró esbozando una media sonrisa. Me azoré al ser descubierto y me aparté para dejar que se vistiera en paz.
 
Estaba enrabiado por no haberme atrevido a seguir mi impulso de echarle mano al culo, hasta que me percaté de que tardaba más de la cuenta en salir, ya que su ropa de faena debía ser bastante simple de poner. Me decidí a dar una voz: “¿Algún problema?”. Y aquí vino lo inesperado, aunque no menos deseado, pues entró en la sala no solo sin haberse vestido sino también mostrando una evidente erección. Con la mirada baja se me mostraba como invitándome a sacar conclusiones.
 
Para despejar sus dudas, me acerqué y, antes de tocarlo, le cogí una mano y la llevé a mi bragueta. Sonrió al comprobar que algo se endurecía allí y, una vez demostrada la mutua excitación, me agaché para amorrarme a su polla. Se dejó hacer de momento, aunque enseguida tiró de mí para que me levantara. Pensé que querría que me desnudara también, pero aprovechó para escurrirse hacia el baño y vestirse rápidamente. “Será mejor que me vaya”, y sin darme tiempo a reaccionar salió del piso. Me quedé desconcertado y con un calentón frustrado.

No paraba de darle vueltas a la actitud del portero. Estaba claro que se sentía atraído por mí, y su salida del baño desnudo y empalmado era una prueba evidente. Pero a la hora de la verdad se retraía y me dejaba con la miel en los labios. No me pareció buena táctica tratar de abordarlo en su territorio, así que habría de aguardar un encuentro más propicio en mi piso. Ello me exigía paciencia, a pesar de las ganas de meterle mano que me quemaban, y dejar pasar un tiempo prudente.
 
Me tomé un día de vacaciones e hice que coincidiera con uno en que subiera a regar las plantas. Por supuesto no informé a portero. Salí a la terraza y me tendí en una tumbona a tomar el sol desnudo, con la esperanza de que aparecería en algún momento. Y acerté, porque no tardé en oír que abría la puerta y entraba canturreando. Me consumía la intriga por conocer su reacción al encontrarme de esa manera, al tiempo que procuraba fingirme adormecido. Esperaba que acabara de trajinar por el piso y saliera finalmente a la terraza. En efecto, con la discreción que permitían mis gafas oscuras, vi que tiraba de una manguera, vestido solo con un pantalón corto.
 
Seguí inmóvil sin dar la menor señal de haberme percatado de su presencia, pero percibía que, estupefacto, me miraba atentamente. Reaccionó una vez más de forma curiosa. Moviéndose con sigilo, soltó la manguera y se quitó el pantalón. A continuación ocupó una tumbona enfrente de la mía. Se puso a acariciarse la polla y los huevos con gran delectación, y no tardó en tener una fuerte erección.
 
Fue el momento que escogí para simular que me despertaba y, para evitar intimidarlo, dije inmediatamente: “¡Vaya, qué grata sorpresa!”. Se quedó paralizado y sin encontrar palabras, y yo aproveché para empezar a meneármela a mi vez. Poco tardé en tenerla tan tiesa como él pero, cuando vi que él reemprendía su masturbación, tercié: “Mejor acompañados que solos”. Me levanté entonces y me acerqué a él. Aunque ardía en deseos de hacerle una comida, opté por plantarle mi polla delante de su cara. Ahora sí que aceptó el reto y la absorbió como un émbolo. Mientras liberaba mi tensión dentro de su boca, que operaba ansiosamente, le sobaba la verga dura y vibrante.
 
Aunque la terraza quedaba a salvo de miradas indiscretas, como el asunto ya iba en marcha, preferí trasladarnos a un ambiente más recogido. Así que lo levanté y, sin dejar de acariciarlo, lo conduje hacia el interior. Cuando quedó sentado en la cama, aún mostraba perplejidad, pero su excitación no decrecía.
 
Me arrodillé ante él y ya pude disfrutar a placer, con chupadas y lamidas, de tan deseado trofeo. Él gozaba totalmente entregado al fin, hasta llegar a avisarme de que no me asustara porque tenía muchas reservas acumuladas. En efecto, cuando empezó a vaciarse su leche desbordó mi boca y me fue resbalando por el pecho. Tras limpiarme cuidadosamente, su disponibilidad fue ya completa. Por propia iniciativa se tendió boca abajo en una oferta sin palabras. Sobé, saboreé y ensalivé bien su magnífico culo. Lo penetré con gran deleite, arrullado por sus murmullos. Su interior, apretado y caliente, fue haciendo su efecto hasta que experimenté un intenso derrame. Dejé caer todo mi cuerpo sobre el suyo y me correspondió girando la cara con una amplia sonrisa.

Cuando la dueña del piso me hizo una visita, quedó admirada de que nunca las plantas de la terraza habían estado tan frondosas. Y no pude menos que alabar el buen hacer del portero.