jueves, 9 de junio de 2011

Secuestrado en sueños

Seguramente provocado por los mensajes calenturientos que, cuando estamos separados, me mandas con tus fantasías sobre tu disposición a entregarte conjunta y sumisamente a mis amigos, tuve un sueño cuya nitidez aún conservo  y que, a buen seguro, te ha de resultar excitante.

Te vi andando desenfadadamente por una calle bastante concurrida. Lo curioso es que a ratos ibas vestido, con pantalón y camisa de verano claros, y a ratos completamente desnudo, pero sin ningún cambio en tu actitud ni en la de la gente que pasaba por tu lado. De pronto, y de nuevo vestido, te desviabas por un callejón solitario, ahora con un cierto recelo. Avanzabas dubitativo como si no supieras a dónde te conducía. Repentinamente dos sombras surgidas de un portal te abordan por la espalda y, sujetándote los brazos hacia atrás, te cubren la cabeza con una capucha. A empujones te hacían retroceder y entrar en el portal del que habían salido. La ventaja de tratarse de un sueño es que yo veía todo lo que a ti se te ocultaba, así que te encontraste en una especie de bodega iluminada por antorchas. En la zona más oscura se movían varias sombras susurrantes.


Tus captores, aún cubiertos por negras capas, sin soltarte te llevaron al medio de la estancia y ligaron tus manos con unas esposas. Quedaste unos instantes desorientado e indefenso, mientras ellos se despojaban de las capas y mostraban unos cuerpos desnudos, robustos y peludos. A continuación bajaron una maroma acabada en un gancho que se deslizaba por una polea adherida al arco de piedra que delimitaba el espacio. Te colgaron de las esposas y, tirando del otro tramo de la cuerda, fueron subiendo hasta dejarte con los brazos en alto. Fijada la elevación a un soporte lateral, empezaron a arrancarte la ropa. Pronto estuviste tan desnudo como ellos, sólo con la capucha. Pero también manipularon ésta, pues la fueron enrollando para dejarte libres boca y nariz, ajustándola sin embargo para mantenerte privado de la visión.
 
Empezaron entonces a restregarse contra tu cuerpo y a tocarte por todas partes. Uno de ellos, agarrado a tu espalda, apretaba la polla sobre tu culo, mientras el otro te estimulaba por delante. El sobeo surtió efecto por la erección que mostrabas. Concluida su misión se retiraron de repente y quedaron expectantes a un lado, bien excitados también ellos.
 
Los susurros provenientes de la zona oscura aumentaron de intensidad, entremezclados ahora con risitas entrecortadas. Lentamente fueron saliendo a la luz varios hombres que, a medida que se iban desprendiendo de sus capas, lucían cuerpos de los más diversos tipos y edades. Se pusieron a girar alrededor de ti en una especie de danza ritual entonando una confusa melopea. Algunos exhibían ya una fuerte erección y sus caras reflejaban un morboso deseo. Entretanto tú te tensabas desconocedor de lo que se fraguaba en torno a ti. Pronto empezaste a sentir que muchas manos recorrían todo tu cuerpo en un tanteo preliminar traspasándote su calidez. Unas iban subiendo por tus piernas, desde los pies hasta abrazarte los muslos. Otras se arrastraban por tu espalda y se centraban en el culo, amasándolo y abriéndote la raja. No faltaban las que, por delante, te apretaban los pechos y resaltaban los pezones, o bien te circundaban la barriga. Tu bajo vientre era objeto de especial solicitud. Había quien enterraba los dedos en la pelambre, quien sopesaba los huevos y, por supuesto, quien te sobaba la polla que, a pesar de tu desconcierto, se mantenía erecta.
 
Las manos fueron siendo sustituidas por lenguas que te fueron cubriendo de humedad. Las que te pasaban por los sobacos hacían que te estremecieras y los pezones se te endurecían al contacto. Una hurgaba en tu ombligo y las que se afanaban con tu sexo lamían la polla, sin engullirla, y  cercaban los huevos. Simultáneamente tu espalda iba quedando mojada a lametones, que se acentuaban sobre tus glúteos. Una más incisiva profundizaba en la raja y te llenaba de saliva el agujero.
 
Se singularizaron dos tipos, que apartaron al resto. El primero, barrigón y peludo, te agarró por delante y, al tiempo que refregaba su polla con la tuya, metió la lengua en tu boca. En realidad estaba haciendo de tope, ya que el segundo, musculoso y con una verga fina y larga, te ensartó por detrás agarrándote por las caderas. Mientras bombeaba y se removía en tu interior, el primero apretaba su boca contra la tuya ahogando tus gemidos. Cuando al fin salió la polla goteante, se separaron y te derrengaste colgado como seguías.
 
Los dos cancerberos que te habían aprehendido, y que se mantenían expectantes y excitados por el espectáculo, volvieron a entrar en acción. Liberaron la maroma que se deslizó por la polea y te permitió bajar los brazos entumecidos que, con las esposas, se te desplomaron al frente. Aún te tambaleabas cuando, presionándote por los hombros, hicieron que cayeras de rodillas. Así se inició un desfile de pollas en busca de tu boca. Las que estaban bien duras se te metían hasta la garganta y se movían como si te follaran. Eran desplazadas por otras más reblandecidas, que demandaban tu succión e insistían para adquirir consistencia. Algunos repetían y tú no dabas abasto para atenderlos a todos.
 
Pero la ronda cesó y volviste a ser enganchado y alzado. Ahora colocaron ante ti una especie de camilla y te hicieron caer de bruces sobre ella. Las manos esposadas fueron enganchadas a una argolla en la cabecera, de modo que de cintura para abajo quedabas fuera y obligado a mantener las piernas separadas. Para tu sorpresa, un individuo pequeño y gordo se metió bajo la camilla y, como tus órganos sexuales colgaban, se dedicó a lamerlos y chuparlos. Cuando tu polla acusaba los efectos de tales estímulos, una nueva prueba aguardaba a tu culo tan golosamente expuesto. Las vergas más embravecidas de los concurrentes se aprestaban a someterte a sucesivas penetraciones. Si alguno se recreaba más de la cuenta era desplazado ansiosamente por otro. Así ibas recibiendo pollas largas que entraban y salían con facilidad y otras más gruesas que requerían mayor presión. Según fuera la envergadura de ataque, de tu boca salían gemidos o murmullos de placer. Por otra parte, si la turgencia de tu polla se retraía por el dolor causado por algún embate, el que se mantenía bajo la camilla la revivía con sus mamadas.
 
Súbitamente quedabas liberado de ataduras y, recuperadas las fuerzas, te ibas incorporando hasta quedar de pie sobre la camilla. Se formó un corro de tus hasta entonces atacantes, pero ahora con expresiones reverenciales. Erguido sobre sus cabezas, te mostraste en todo tu esplendor viril. Con una manipulación suave al principio pero cada vez más enérgica te masturbabas hasta que un chorro de leche –en una abundancia sólo posible en un sueño– fue derramándose sobre los que te rodeaban.


Me desperté con una excitación tan impresionante que necesité alivio inmediato.

lunes, 6 de junio de 2011

A vueltas con el persianero


Cómo no, tenías que disfrutar también de los efectos secundarios de la renovación de persianas. El caso es que, estando en casa y después de la opípara comida que te esmeraste en preparar, nos calentamos a base de bien en el sofá mientras saboreabas tus imprescindibles copa y puro. Ya nos habíamos despelotado y, aprovechando que tuviste que responder una inoportuna llamada a tu móvil, te hice una mamada que casi provocó que te temblara la voz. Metidos en faena nos desplazamos por fin a la cama, donde fuiste tú quien se abalanzó sobre mí mordisqueándome por todo el cuerpo y rematando con una chupada de polla que me la puso al rojo vivo. Los dos sabíamos lo que vendría a continuación y, para ello, te tendiste bocabajo para ofrecerme tu hambriento trasero. Te extendí aceite de masaje por la espalda e hice resbalar un buen chorro por tu raja. No me costó nada penetrarte  de un solo impulso y bombearte con vehemencia alentado por tus demandas y gemidos de placer. Alargué lo más posible la maniobra de la que te muestras siempre insaciable, hasta que me corrí desplomándome sobre tu espalada. Pero tu excitación también reclamaba un desenlace, así que, ayudándote con mis lamidas, besos y caricias, te masturbaste hasta quedar exhausto.
 
No había pasado ni un minuto y tus resoplidos indicaron que caías en el habitual sopor post-revolcón. Yo también estaba relajado a tu lado cuando, al poco rato, sonó el interfono de la portería, de lo cual ya ni te enteraste. Acudí para averiguar de qué se trataba y resultó ser el de la persiana que preguntaba si no era inoportuno subir un ratito. Por unos instantes dudé entre lo más sensato –que sería decirle que me cogía en  un mal momento, no sólo porque ya estaba en compañía, sino también porque, después de la descarga que acabábamos de tener, iba a ser más complicado hacer frente a la calentura que sin duda  había arrastrado al visitante, totalmente de refresco, hasta mi puerta– y lo más arriesgado de provocar un encuentro inesperado. Me decidí por la segunda opción, dominado por la curiosidad de lo que pudiera resultar del experimento. Le di pues libre acceso, no sin tomar la precaución de dejar algo encajada la puerta de la habitación, donde dormías a pierna suelta desnudo sobre la cama.
 
Me puse los shorts que habían quedado abandonados sobre el sofá para abrir la puerta con un poco de decencia. No esperé a que llamara al timbre y allí estaba él con un indubitado aspecto de salido, ya con la camisa casi desabrochada. Sin mediar palabra me bajó los shorts y se arrodilló para chupármela. Puso tanto énfasis que no tardó en ponérseme contenta, mientras me afanaba en despojarle de la camisa. Me reafirmé en lo bueno que estaba y tiré de él para que se levantara y así poder quitarle los pantalones, dándole de paso un buen sobeo. No me olvidaba, sin embargo, de lo que se ocultaba en el dormitorio, así que traté de proceder con un cierto sigilo. Lo conduje hacia la habitación, lo cual él, en su ignorancia, entendería como el paso directo a la cama. Pero antes de empujar la puerta semicerrada, le dije en un tono tranquilizador: “A ver si te gusta lo que tengo ahí”. Abrí del todo y la visión que ofrecías, despatarrado  bocabajo y casi en diagonal, hizo que casi diera un salto atrás. No obstante, la mirada con que te recorría expresaba de todo menos desagrado, lo que corroboró el gesto instintivo de llevarse una mano a la polla. Para mayor lucimiento tú, que debiste percibir algo extraño, aunque sin recobrar la conciencia, de pronto te giraste presentando el panorama de toda tu delantera. Aproveché entonces para empujar por el culo al sorprendido hacia los pies de la cama. Me miró con ojos cargados de deseo y, con un gesto, lo animé a servirse. Tímidamente fue entonces adentrándose en la cama y, al llegar al nivel adecuado, tomó con la boca tu polla con mucho cuidado. Fue el efecto cálido y húmedo de la mamada lo que te hizo abrir los ojos. Tu creencia inicial de que sería yo quien te hubiera abordado se disipó al verme de pie a vuestro lado. Así que enseguida captaste la sorpresa y me sonreíste complacido. Como confirmación, asiste la cabeza del recién llegado animándolo en su labor.
 
Ante el satisfactorio desarrollo de los acontecimientos, también me entoné, dispuesto a tomar parte en el festín. Después de besarte y pellizcarte los pezones para aumentar tu excitación, pasé a ocuparme del que seguía afanoso alegrándote la polla. Dada la postura que había adoptado, arrodillado sobre la cama y agachado, su apetitoso culo, del que guardaba un grato recuerdo, le quedaba bien resaltado. Cogí aceite del frasco que antes habíamos usado y se lo extendí por toda la grupa. Me volqué sobre él restregándome y agarrándole las ricas tetas. Resbalosa mi polla por su raja, no pude evitar la tentación de empujar hasta tenerlo ensartado. Dio un respingo y paró momentáneamente la felación, pero enseguida afirmó las rodillas y recibió complaciente mi bombeo. Tú y yo nos mirábamos excitados, y pronto comprendí que también querías tener tu oportunidad. Me salí, pues, y apartándolo quedaste liberado para tomar posiciones. Así, tendido él bocabajo, le caíste encima y, con un certero golpe de caderas, lo penetraste. Sus murmullos de satisfacción no dejaban dudas sobre lo a gusto que estaba con la doble follada. Recalentado como ibas por la intensa mamada previa, no tardaste en correrte y quedar tumbado a su lado. Aunque te había cedido el turno, mi animación no había decrecido sino que, al contrario, se había incrementado al verte en acción. Ante la oferta de los dos culos a mi disposición, opté por metértela a ti, tan relajado que estabas. El otro entonces se incorporó y se puso a meneársela frenéticamente mientras nos miraba. Como se le había puesto bien dura y jugosa, lo invité a sustituirme. Algo indeciso –tal vez porque lo suyo era más tomar que dar–, no rehusó sin embargo mi oferta. Una vez sobre ti, te la clavó con precisión –lo que recibiste con gusto– y ya no paró hasta correrse. Me puse a abrazarte y besarte, y entonces él debió tomar conciencia de haber violado cierta intimidad, porque le entró la prisa y se excusó con que ya debería marcharse. Se vistió en un santiamén y lo despedimos con un “hasta la vista”, ¿Por qué no?
 
Mientras nos duchábamos preguntaste: “Este debe ser el de la persiana, ¿verdad?”.

miércoles, 1 de junio de 2011

No solo suben las persianas

Me llevé un susto cuando, al ir a bajar la persiana de la sala, cuyo ventanal es bastante grande, se desplomó con gran estrépito, dejándome sumido de repente en la oscuridad. Rápidamente hice indagaciones para contactar con un profesional que pudiera reparar el entuerto y, tras una llamada telefónica, cité para el día siguiente al que me habían recomendado.

A la hora convenida llegaron persianista y ayudante. Este último, joven y agraciado, sin duda habría hecho las delicias para los que gustan de este tipo de varón. Pero yo quedé impactado por el jefe, que colmaba con creces mis fantasías acerca del desconocido que cruza el umbral de mi puerta. Próximo a la cincuentena, no muy alto y robusto, con el rostro rasurado y cabello muy corto. Los tejanos y la camiseta realzaban su silueta, dejando descubiertos unos brazos fuertes con vello suave. La cordialidad con que se me dirigía, propia de un buen comercial, y el ser ese tipo de persona que se acerca mucho para hablarte, creando una cierta intimidad, contribuían a incrementar la atracción que ejercía sobre mí, con la barriga casi rozándome y la puntita de los pezones bien marcadas. Y sólo atribuí a mi imaginación calenturienta la idea de que él no pareciera insensible a mi interés.


Mientras su subalterno bregaba con la persiana, él lucía de moderno tomándome los datos con su iPad. Además aprovechó la ocasión para sugerirme que, si bien la persiana quedaría ahora arreglada, me convendría una renovación  para más adelante de todas las del piso. Su capacidad de seducción hizo que no me llegara a parecer mal la idea y, quedamos en que, en breve, me enviaría por correo electrónico un presupuesto aproximado. Una vez acabada y pagada la reparación hubo de acabar la visita, que me había resultado tan excitante.

Ya al día siguiente recibí el correo anunciado pero, junto a unos cálculos provisionales,  añadía que, si seguía interesado, le convendría volver a pasar por mi casa para tomar medidas y comprobar con más detalle el montante de las persianas. Así que me llamaría para concertar una nueva cita. Esta propuesta me pareció de lo más atractiva, pues además suponía que, en este caso,  no necesitaría traerse al ayudante. No es que pensara ni por asomo que iba a caer rendido en mis brazos, pero el mero hecho de volverlo a ver, y en solitario, me apetecía muchísimo.

Frenado por mi timidez, me negué a mí mismo la posibilidad de un recibimiento que pudiera insinuar algo más que una mera transacción comercial. Como hacía poco que había vuelto de la calle, ni siquiera me permití cambiarme con ropa más casera. Así que, cuando llamó a la puerta, traté de dejar a un lado cualquier emoción, y fue mucha la fuerza de voluntad que necesité cuando volví a tenerlo ante mí. Su aspecto era similar al del otro día, sólo que, en lugar de la camiseta llevaba una camisa de verano. Si bien no se marcaban tanto las prominencias delanteras, la generosa abertura dejaba entrever el vello de su pecho. Se mostró con igual cordialidad aunque, probablemente por el hecho de venir solo, percibí un tono más confidencial y risueño, pasando incluso al tuteo, al que me adherí con gusto. Pero de ahí a pensar que pudiera tener segundas intenciones era algo que me resultaba artificioso.
 
Después de revisar la persiana que había sido reparada, pasé a enseñarle las de las otras habitaciones. Me tomé la licencia de coger su codo para conducirlo por el pasillo, sin percibir el menor signo de extrañeza (De lo contrario, la vergüenza que habría sentido me hubiera dejado inoperante para los restos). Al entrar en el despacho mostró su admiración por la cantidad de libros que cubrían las paredes, tomó medidas de la ventana y me pidió una escalera para acceder a la caja de la persiana. Al volver, me llamó la atención (y me dio un subidón de adrenalina) que entretanto se había sacado la camisa por fuera del pantalón, y tampoco me escapó que habían quedado desabrochados los últimos botones (No seas iluso, me decía, será sólo para tener más soltura si ha de levantar los brazos). Y en efecto la tenía, pero al encaramarse y empezar a manipular la tapa hizo una exhibición de barriga de lo más seductora. No pude menos que arrimarme lo más posible en un amago de ayuda, que no parecía muy necesaria. La sonrisa que lució cuando, al mirar hacia abajo, sorprendió mi vista fija en su pilosa esfera, hizo que me ardieran las mejillas, por no decir lo que me corría por dentro del cuerpo. Mi imaginación hacía el resto…
 
Todo quedó ahí y, salvada la situación, lo dirigí hacia el dormitorio (Esta vez ni me atreví a rozarlo). Pero hete aquí que, al pasar frente al baño, con la excusa de que llevaba varias horas yendo de un lado para otro, me pidió permiso para usarlo. No se molestó en cerrar la puerta, así que, discretamente desde fuera, oía su larga meada e, incluso, lo veía de espaldas reflejado en el espejo, con enérgica sacudida final incluida.
 
Cuando se puso a lavarse las manos, me habló para comentar lo que le gustaba la nueva ducha que sustituía la clásica bañera. Aproveché ya para entrar y de paso darle una toalla limpia, pero para ello tenía que salvar su culo salido. Y él no hizo el menor gesto de retraerse para facilitarme el paso. Esos segundos de restregar mi bragueta empezaron a agrietar mi forzado escepticismo. Al recibir la toalla, no se limitó a secarse las manos sino que, con lo que se me antojó voluptuosidad, se la fue pasando por el cuello y la parte descubierta del pecho, con el “accidente” de que se soltaran nuevos botones. Sin abandonar la contemplación de la ducha, soltó la frase, no por manida menos insinuante: “Aquí caben más de uno y más de dos…”. Tal vez cortado por su propia osadía (si es que aún tenía dudas acerca de mi receptividad), cambió de tercio y, tras soltar la toalla, entró en el dormitorio con renovado ánimo laborioso.
 
Pero yo no estaba ya dispuesto a echar en saco roto aquello que me parecía rondaba por su cabeza tanto como por la mía. De manera que, mientras él volvía a encaramarse en la escalera y lucía todavía más su apetitosa delantera, dije, como el que no quiere la cosa, que me iba a poner cómodo. Como si estuviera solo, y sin mirar a las alturas, me fui quitando con parsimonia zapatos, pantalón y camisa. Notaba que sus manejos se ralentizaban y me excitaba sentirme observado. Abrí el armario y saqué unos shorts y una camiseta que dejé sobre la cama. Yendo a por todas me desprendí del slip, aunque girándome levemente para disimular lo que resultaba evidente. No me había dado tiempo a coger los shorts, cuando de forma sorpresiva un ruido metálico me obligo a dar la cara –y todo lo demás-. La escalera se estaba tambaleando y hube de acudir en auxilio del que perdía el equilibrio. Sujetándolo por las piernas –con gran placer por mi parte, todo hay que decirlo–, lo ayudé a estabilizarse e irse bajando. Pero el destino aún tenía dispuesto un nuevo percance, pues una presilla de su pantalón se había enganchado en el lateral de la escalera y, al alcanzar el suelo, le produjo un descosido en la parte trasera. Trabado con la camisa, ésta salió afuera y así nos encontramos, yo en cueros y con la polla medio tiesa, y él casi en mis brazos tratando de comprobar la magnitud de la tragedia en su pantalón.
 
Si bien había quedado claro que el hombre tenía ganas de marcha, el incidente un tanto humillante lo había descolocado por el momento. Pero yo no quise desaprovechar la situación creada por el azar y, so pretexto de ver la forma de reparar el desgarro, le sobaba el culo por encima del slip. Le insté a quitarse el pantalón para hacer un arreglo provisional con algunos alfileres imperdibles. Me senté en la cama y miré cómo, dócilmente, se quedaba sólo con el slip. Fue entonces cuando retomó la conciencia de mi desnudez, al clavar la mirada en lo que volvía a crecer entre mis muslos. Por mi parte, con su sobresaliente paquete a un palmo de mis ojos, no pude reprimir el impulso de ir bajándole el slip, mientras su polla iba asomando y tomando la horizontal.
 
Se sacudió la prenda por los pies –para evitar una nueva trabazón inoportuna– y se sentó junto a mí en la cama. Nuestros muslos se rozaban y las manos de los dos se entrecruzaron para acariciar la pierna del otro. De ahí subimos a abrazarnos e ir cayendo poco a poco hacia atrás. Ya relajados, nos besábamos saboreando nuestras salivas. Él restregaba su mejilla contra mi barba disfrutando del cosquilleo. Quise recrearme con el cuerpo que tanto había deseado y le sujeté los brazos para ir repasándolo con mis labios y mi lengua. Degustaba los picudos pezones, ya no velados por la camiseta como el primer día, y resbalaba hacia su vientre velludo. Su polla, centrada sobre unos rotundos huevos, vibraba de excitación. La lamí con ternura y, a medida que la engullía, provocaba murmullos de placer. De repente hizo un gesto para detenerme y se fue girando hasta presentarme el culo. Empecé a acariciar su suave pelusa, pero él me pidió que subiera y me colocara frente a su cabeza. Pasé las piernas sobre sus hombros y ahora fue él quien se afanó con mi polla, sobándola y chupándola para darle la mayor consistencia. El muy pillo ya le había echado el ojo al condón y al tubo de crema colocado discretamente en la mesilla. Alargó un brazo, cogió ambos, abrió el tubo y puso en un dedo un buen pegote. Se lo llevó hacia atrás y se untó con destreza la raja. Acto seguido me calzó el condón.
 
No necesité nada más para volver a mi posición inicial. Le abría la raja bien lubricada y deslizaba por ella mi polla. Él se removía incitador. Enfilé por fin el agujero y con golpes de pelvis fui abriendo camino. Gemía pero al tiempo se alzaba sobre las rodillas para facilitar una penetración más intensa. Hasta que casi me suplicó que parara. Salí y él se giró, meneándosela frenéticamente. Me arranqué el condón y su leche y la mía se esparcieron sobre su barriga. Me desplomé sobre él y nos fundimos en un abrazo. Comentó con sarcasmo que habría preferido llegar a lo mismo sin tantas peripecias. Nos reímos al evocar su pantalón recompuesto con alfileres. Al fin y al cabo se había tratado de un accidente laboral. Entre tanto, nos íbamos recuperando sin dejar los sobos y las caricias.
 
Puesto que antes le había llamado la atención, le propuse que tomáramos juntos una ducha. Y bien que la disfrutó –la disfrutamos–, jugando con los distintos chorros y enjabonándonos mutuamente. Me encantaba que él, ya desinhibido del todo, adoptara poses provocativas e incitadoras. Acumulaba espuma en los bajos e iba asomando la polla bien tiesa de nuevo. Entonces yo se la enjuagaba y le hacía una mamada hasta que le temblaban las piernas. Cambiamos de turno y se afanó en ponerme en forma con sus manoseos jabonosos y chupadas. No desperdició la ocasión de echar mano a un condón y dejarme equipado, ofreciéndome el culo a continuación apoyándose en la pared. Entré con toda facilidad y, abrazado a él, lo masturbé enérgicamente. Al mezclarse en mi mano su leche con la espuma, con una contracción expulsó mi polla. Pero me compensó quitándome el condón y meneándomela mientras se restregaba contra mi cuerpo. Lo besaba con pasión, bajo los chorros de agua, hasta que, vaciado, me derrengué en sus brazos.
 
Una vez secados mano a mano, recuperó su seriedad profesional y tomó rápidamente los datos que le habían faltado por la pintoresca interrupción. El pantalón, incluso con los arreglos, había quedado bastante impresentable, y los míos que hubiera podido dejarle no le iban a cerrar por la cintura. Pero él tenía que hacer aún algunas visitas y se le ocurrió una solución de emergencia. Bajó a su coche y volvió con un mono de trabajo. Le quedaba muy sexy, y me di el gustazo de cerrarle la cremallera, con cuidado de no pellizcarlo.
 
¿Acabaría aceptando el presupuesto que recibí a los pocos días?