lunes, 3 de abril de 2017

Pintores acalorados

Anselmo y Julián se conocieron en la portería de la finca uno de cuyos pisos desocupados habían de pintar. Los enviaba una empresa de trabajo temporal y, al menos, tendrían faena para varios días. Los dos eran pintores de profesión aunque, rebasados ya los cincuenta años, cada vez les resultaba más difícil tener ocupación. Así que se saludaron y recogieron la llave de la portería. El piso era grande y, después de haber sido vaciado de muebles, necesitaba una buena mano de pintura. Anselmo era más bien bajo y regordete. Muy dicharachero, ya en el ascensor, contó que era soltero pero que tenía a su cargo a los padres ancianos. Así que Julián tuvo que declararse casado y con dos hijos también en el paro. Más parco en palabras, era bastante corpulento y de aspecto forzudo.

En la entrada encontraron todo el material de pintura que la empresa ya había traído, así como los característicos monos blancos con sus gorras. Como estaban en pleno verano, Anselmo comentó: “Con el calor que hace, no me pienso dejar nada debajo… Ni los calzoncillos, para no sudarlos. Además, como no está cortada el agua, hasta nos podremos duchar al terminar y así ponernos nuestra ropa limpia”. Dicho y hecho, rápidamente dejó al desnudo su cuerpo rollizo, de piel clara y poco velluda. Julián, acostumbrado a no andarse con remilgos cuando se trabaja en equipo, hizo otro tanto. Se le vio robusto, aún más grueso de lo que parecía vestido, y de pelambre abundante. Sin embargo, al sorprender la vista de Anselmo clavada en su entrepierna, se sintió incómodo y le soltó: “¿Y tú qué miras?”. “¡Perdona!”, reaccionó enseguida Anselmo con desparpajo, “Es que tienes una polla que lo acompleja a uno”. La vanidad venció al desagrado de Julián, que concedió: “¡Bueno! No me puedo quejar”. Ya se pusieron los monos y empezaron el trabajo.

Anselmo no se quitaba de la cabeza, no solo la polla de Julián, sino a todo él, con ese cuerpazo que solo había podido ver al completo por unos segundos. Por su parte, a Julián le había llegado a hacer gracia el complejo de polla pequeña que había reconocido Anselmo. Llevaban ya un buen rato rascando paredes en silencio, solo alterado por el canturreo que, de vez en cuando, entonaba Anselmo. De pronto Julián exclamó: “¡Joder! ¡Qué calor hace aquí y cómo se suda con este mono de los cojones! Mañana me traigo algo más fresco que ponerme”. Anselmo no perdió la ocasión. “Por mí que me lo quitaba… Total, no va a venir nadie y, al terminar, nos podremos duchar”. Julián rio por la sugerencia. “A ver si lo que quieres es verme otra vez la polla…”. Anselmo se salió por la tangente con humor. “Si comparamos, salgo perdiendo”. “¡Venga, hombre! Si lo importante no es el tamaño, sino saber usarla”, siguió con la broma Julián. “Tú eso sí que debes saberlo…”, replicó Anselmo. “Si yo te contara…”, dejó caer enigmático Julián. Anselmo prefirió callarse lo que tenía en la punta de la lengua –“¡Cuenta, cuenta!”–. Mejor no precipitarse con ese tipo de confidencias; ya saldrían en otro momento en que pudiera sacarles más partido. Lo que hizo fue poner en práctica lo sugerido. “Pues tú haz lo que quieras, pero yo me quito esto… Y no seas mal pensado”. Así que volvió a quedarse desnudo y siguió trabajando tan pancho. Julián encajó con naturalidad la desvergüenza y preguntó con sorna: “¿Haces mucho eso de pintar en pelotas?”. “Si hay confianza…”, se limitó a contestar Anselmo. Sin embargo Julián no lo imitó y siguió con el mono puesto. Cuando terminaron la jornada, usaron el baño por separado. Primero fue Julián, que se llevó la ropa de calle y salió ya vestido. “Si no te importa cerrar tú, me voy pitando. Lo tengo justo para coger el tren”. Anselmo se quedó con las ganas de verlo de nuevo desnudo y, en la ducha, se contuvo de hacerse una paja pensando en él. “Mañana será otro día”, se dijo.

Al día siguiente volvieron a subir juntos. Al quitarse los dos la ropa, Anselmo preguntó: “¿Te has traído algo más fresco que el mono?”. La respuesta de Julián le pilló por sorpresa. “Se me ha olvidado con las prisas. Pero creo que haré como tú… Tienes razón: hay confianza”, medio rio. Anselmo disimuló su satisfacción y procuró tomarlo con naturalidad, sin mirarlo demasiado directamente. “¡Claro que sí! Menos agobios”. Julián se puso en acción sin el menor recato ya y Anselmo iba haciendo recuento mentalmente de las maravillas que se le desvelaban. “¡Qué muslazos y qué culo se gasta el tío! ¡Vaya tetas peludas! Y eso que tiene la polla en calma, porque tiesa tiene que ser la ostia”. Lo que no se esperaba fue que, en un momento en que estaba subido en una escalera, Julián, al pasar por delante, le dijera: “Tampoco la tienes tan pequeña… Debe ser de las que, cuando se ponen en forma, dan la sorpresa”. Por poco se cae de la escalera y tuvo que empotrar el culo entre dos travesaños. Pero se recuperó enseguida. “Si aún tendremos que hacer un concurso”. Julián se alejó riendo.

Anselmo había tenido el detalle de traer unas cervezas en una neverita portátil. Las compartieron haciendo un descanso. Sentados frente a frente sobre unos cajones, Anselmo tenía que controlar su emoción. Julián parecía no sentirse nada incómodo en su desnudez y, bajo la curva de la velluda barriga, lucía sin recato sus magníficos atributos. Claro que Anselmo también enseñaba lo que tenía entre sus rollizos muslos. Puesto que Julián había vuelto a sacar lo de los tamaños, Anselmo se tomó la libertad de comentar sobre la polla de Julián: “Con eso volverás locas a las mujeres”. “No creas”, dijo Julián con más sinceridad de la que Anselmo esperaba, “Mi mujer hace tiempo que no tiene ganas. Además nunca ha querido chupármela porque dice que tan grande le darían arcadas… Ya ves que no todo son ventajas”. “¡Qué desperdicio!”, le salió del alma a Anselmo. Julián rio su espontaneidad y maquinalmente se la tocó. Anselmo aprovechó para dar un paso más. “Tengo una curiosidad… ¿Cómo será cuando se te pone dura?”. “¡Joder, tío! A ver si ahora vas a querer que me empalme”, contestó Julián, más divertido que molesto. Anselmo no se desalentó. “Si lo hacemos los dos, podremos comparar”. Julián se relajó. “Eso lo hacíamos de críos en el pueblo”. En el fondo le halagaba la admiración que Anselmo mostraba por su polla y ahora se la acariciaba más abiertamente. “Cualquiera diría… Pero tanto hablar del tema me está poniendo a tono”. Entonces Anselmo empezó a sobarse la suya y bromeó sobre él mismo para quitarle embarazo a la situación. “A mí me basta con dos dedos”. Cada uno en su medida, no tardaron en estar empalmados. Desde luego la verga de Julián confirmaba con creces lo que Anselmo había imaginado. Se levantaba firme y tiesa, con un grosor y una longitud impresionantes. La de Anselmo, en su modestia, tampoco estaba nada mal. Más corta, le brillaba un capullo romo y rojizo. Julián, algo avergonzado, se puso de pie para mejor lucimiento. “¡Hala, curioso! ¿Qué te parece?”. A Anselmo casi le temblaba la voz. “Lo que yo decía, un pollón de campeonato”. Se le fue la mano y lo palpó. “¡Y qué duro!”. Julián hizo un movimiento de rechazo y Anselmo lo soltó. “¡Perdona! ¿Me he pasado?”. “No, no pasa nada”, contestó Julián sofocado, “Es que si ahora no me hago una paja, quién sigue trabajando”. Anselmo halló una salida a su imprudencia. “También me vendría bien”. No hicieron falta más palabras para cada uno se pusiera a meneársela por su cuenta. Julián cerraba los ojos, pero Anselmo tenía la mirada fija en las manipulaciones del otro. Cuando Julián, con resoplidos y sacudidas de todo el cuerpo, empezó a lanzar unos buenos chorros de leche, Anselmo, menos aparatoso, también se corrió. “¡Uf, vaya guarros estamos hechos!”, exclamó Julián nada arrepentido, “Más vale que volvamos al curro”. Ese día no pasó nada más ni hubo alusiones a lo sucedido. Pero Anselmo estaba eufórico con lo logrado y se hacía cábalas sobre lo que podría pasar en días sucesivos.

En la siguiente jornada, ya asumieron como lo más normal trabajar desnudos, para satisfacción de Anselmo. Sin embargo, veía a Julián algo cabizbajo. Esperó al momento de descanso con las cervezas, que no había descuidado volver a traer y que tanto pie habían dado el día anterior. En efecto Julián no tardó en sacar el tema. “Anoche me puse negro con la manía de mi mujer de no chupármela… Con lo que me gustaría una buena mamada”. Anselmo puso su granito de arena. “Lo bueno que tiene es que te dejas ir y te lo hacen todo”. “¡Uf, sí!”, asintió Julián. Se quedó un rato en silencio y Anselmo lo secundó expectante. Por fin Julián volvió a hablar arrastrando las palabras con dificultad. “Ayer, cuando me tocaste la polla tiesa, estuve a punto de pedirte que siguieras”. Anselmo se hizo el sorprendido. “¿Que te hiciera yo la paja?”. “¿Lo habrías hecho?”, repreguntó Julián. Anselmo se pensó lo que decir. “Si me lo hubieras pedido… Tampoco hay que darle tanta importancia a estas cosas”. “¿Pero te habría gustado?”, insistió Julián. “Creo que ya lo sabes”, se sinceró Anselmo. “¡Eres la ostia, tío! Desde que me soltaste aquello al verme en pelotas por primera vez empecé a pensarlo”, reconoció también Julián. “Uno es como es”, dijo simplemente Anselmo. “No me desagrada en absoluto… Voy tan escaso que un interés como el tuyo se agradece”, aclaró Julián. “Parece que lo estás demostrando…”, dijo risueño Anselmo al fijarse en que la polla de Julián estaba engordando. “Sí que estoy caliente, sí… Tócame si quieres”, ofreció ya Julián. Pero Anselmo vio que podía llegar a más. “Tocar y más… si es lo que quieres tú”. “¿A qué te refieres?”, preguntó Julián. “A eso que te apetece tanto”, contestó Anselmo. “¿Me la chuparías?”, volvió a preguntar Julián. “Lo estoy deseando desde que te la vi”. Anselmo ya iba a por todas. “¡Anda! Échate hacia atrás y déjame hacer a mí”. Julián se tendió bocarriba en el cajón donde había estado sentado. Con las manos sobre el pecho, cerró los ojos. Anselmo no se podía creer que por fin tenía a aquel pedazo de hombre a su disposición. Su excitación se le concentró en la polla, que se le puso dura como una piedra. Pero ahora tenía que saciarse con aquella verga que se bamboleaba tentadora ante sus ojos. Separó un poco los velludos muslos y la sujetó con una mano mientras su lengua buscaba los gordos huevos que imaginó bien cargados. Julián sintió las lamidas que hurgaban entre sus ingles y exclamó: “¡Uf! ¿Qué haces? ¡Me gusta!”. Anselmo no contestó, sino que frotó la verga que, descapullada del todo, destilaba un juguillo incoloro. Anselmo lo sorbió coronando el capullo con sus labios y recorriéndolo con la lengua. Luego fue metiéndose la polla en la boca, con las mandíbulas bien distendidas, hasta que no le cupo más. Julián, acelerando la respiración, empezó a pellizcarse las tetas en un gesto instintivo. Mientras Anselmo chupaba en un sube y baja progresivamente acelerado, cosquilleaba con una mano los huevos y con la otra acariciaba la peluda barriga. “¡Joder, joder! ¡Qué maravilla!”, farfullaba Julián, “Estoy a tope. Creo que me correré pronto”. Anselmo le dio unos cachetitos en el muslo para dar a entender que eso es lo que quería. “¡Oh, oh, ya me viene!”, estalló Julián. A Anselmo se le empezó a llenar la boca de leche e iba tragándola para no acumularla. Tanta era la que soltaba Julián entre espasmos. No se sacó la polla de la boca hasta que noto el primer aflojamiento y que Julián lo apartaba con las rodillas. Ya sus miradas se cruzaron y lo primero que preguntó Julián sorprendido fue: “¿Te la has tragado?”. “¡Entera!”, contestó Anselmo sonriente, y añadió: “Ha merecido la pena ¿no te parece?”. “¡Me has matado, pero de gusto, tío!”, exclamó Julián jadeante. Cuando Anselmo se levantó, Julián, que seguía tumbado, se fijó en la polla dura y enrojecida bajo su barrigón. “¿Y tú qué?”, le preguntó. “No te preocupes. A poco que me dé me corro ya”. Julián, lleno de gratitud por lo que Anselmo le había hecho disfrutar, tuvo una reacción que a éste lo excitó aún más. “Que yo te vea… ¡Échamela encima!”. Le pasó un brazo por detrás de las piernas y lo ciñó a su costado. Así sujeto, Anselmo se masturbó breve pero enérgicamente y se vació sobre las tetas de Julián. Éste hasta bromeó. “Aquí se queda hasta que me duche luego”.

La verdad es que, ese día, el trabajo les cundió poco y hubieron de comprometerse a recuperar el tiempo al día siguiente. No estaban las cosas para arriesgarse a volver al paro. Tan en serio se lo tomó Julián que se trajo unos pantalones cortos de deportes y le dijo a Anselmo con buen humor al ponérselos: “Así no te distraerás tanto”. Anselmo, por el contrario, siguió pavoneándose de un lado para otro con su rollizo cuerpo arrebolado por el calor. Sin embargo, después de haberse afanado los dos en avanzar lo más posible, finalmente no les resultó tan fácil mantenerse firmes en su propósito de abstención. Una vez más fue el hecho de estar subido Anselmo en la escalera lo que provocó el interés de Julián. Estaba de espaldas a media altura y, al acabársele la pintura del envase que tenía colgado de un lateral de la escalera, pidió a Julián que le alargara otro lleno. Mientras Anselmo hacía el cambio, le quedaba a Julián a la altura de la cara su culo, orondo y carnoso, con pelusilla que le sombreaba la raja. Mirándolo tan de cerca, le vino un inesperado brote de deseo. “¡Vaya culazo el tuyo!”, le soltó. A Anselmo no podía menos que halagarle la observación. “¿Hasta ahora no te habías fijado? ¿Te gusta?”. Al ponerlo en pompa, Julián añadió: “Lo tienes como una tía gorda”. Anselmo no se dio por ofendido con la comparación, dada la ambigüedad sexual por la que estaba deambulando Julián. Igual le recordaba al de su mujer. Julián ya le había plantado una mano en cada nalga. “Da gusto tocarlo tan suave”. “¡Uy, qué peligro!”, exclamó Anselmo, al que le estaba encantando. “Si yo te dejé que jugaras con mi polla, déjame ahora esto”. Anselmo se dejó y Julián lo manoseó hasta abrirle la raja. “Debe dar gusto meterla aquí ¿eh?”, comentó. Anselmo entonces se cerró como una almeja y se puso derecho. “¡Oye! No te digo que sea virgen por ahí, pero estoy desentrenado. Y tú tienes una tranca que me haría un destrozo”. “Si me dejaras probar… Mira como me has puesto”. Julián se bajó los pantalones y su polla salió bien tiesa. Anselmo optó por ir descendiendo de la escalera porque, con los temblores que le estaban entrando, corría peligro su integridad física. En su ánimo oscilaba entre el morbo de tener dentro el pollón de Julián y el pánico a los efectos en su culo. Aún probó a darle largas. “Habíamos quedado en que hoy solo trabajaríamos”. Pero Julián insistió. “Hemos adelantado mucho y tú tienes la culpa por no haberte tapado como yo”. “De poco te ha servido”, ironizó Anselmo mirando a Julián ahora tan despelotado como él y verga en ristre.

Anselmo bajó del todo de la escalera más dispuesto ya a ceder a las pretensiones de Julián. “Como no me pongas algo que suavice, van a oír mis gritos todos los vecinos”. “¡Espera!”, dijo Julián, “El gel que usamos en la ducha puede servir”. Fue corriendo a buscarlo y, mientras, Anselmo hizo los preparativos. Sobre el cajón donde el día anterior se la había mamado a Julián hizo un cojín doblando los monos que apenas habían usado y apoyó ahí los codos. Julián se lo encontró con el culo en pompa y las regordetas piernas separadas. “¡Joder, qué provocación!”, exclamó. En Anselmo había una mezcla de deseo y prevención. “¡Venga, ponme un poco de eso! Pero no vaya ser que empiece a echar espuma”. Julián ya le había echado mano. “¡Joder, qué raja tienes!”. “Como todo el mundo, con un agujero en medio”, replicó Anselmo nervioso. Julián echó unas gotas de gel y enseguida pasó un dedo, que se le escurrió por el ojete. “¡Uuuhhh, qué frio está!”, exclamó Anselmo. “Ahora te lo calentaré”, dijo Julián metiendo dos dedos. “¡Ohhh! Más vale que metas ya la polla”, se quejó Anselmo. “¡Pues ahí va!”. Julián apuntó y se clavó. Mientras empujaba, Anselmo iba soltando unos agudos “¡Uy, uy, uy!”. Cuando la tuvo toda dentro pidió: “¡Párate ahí un momento!”. “¡Ostia, qué gusto da esto!”, dijo Julián bien apretado. “¡Muévete ya”, dirigía la operación Anselmo. Julián tomó impulso y se puso a bombear con ganas. “¡Jo, qué bueno! ¡Cómo me la atrapas!”. Anselmo estaba ya a sus anchas. “¡Sí! Casi no me acordaba de lo que me gusta. ¡Dale, dale!”. “¡Cómo me estoy poniendo!”, proclamaba Julián. “¡Aguanta un poco más!”, rogaba Anselmo. “¡Ya me viene, ya!”. “¡Venga, lléname!”. Julián temblaba y resoplaba mientras se corría bien adentro de Anselmo. Julián se detuvo apoyándose en la espalda de Anselmo y su polla fue resbalando hacia fuera. Anselmo habló primero. “¡Uf, cómo me has hecho hervir el culo”. Julián solo pudo decir: “¡Qué a gusto me he quedado!”. Pero le entró la risa al ver que la raja de Anselmo, en efecto, espumeaba por la mezcla de leche y gel. “¡Qué polvo más higiénico te he echado!”, bromeó. Anselmo también se lo tomó con humor. “Más vale que me lave un poco. Si no, voy a estar soltando pompas de jabón”.

Cuando volvió Anselmo, Julián ya se había puesto de nuevo sus pantalones cortos. Anselmo se burló. “¡Míralo! Como el que no ha roto nunca un plato”. Julián dijo muy serio: “Tenemos que recuperar el tiempo perdido”. Anselmo replicó: “¿Te crees que, tal como me has dejado el culo, estoy yo para hacer alpinismo?”. “¡Vale! Ya me subo yo a la escalera… Así no me provocarás tanto”. Se afanaron diligentemente en cumplir lo previsto para la jornada. Al terminar se despidieron. “¡Qué bien voy a dormir esta noche!”, declaró Julián. “Yo me haré un pajón a tu salud”, replicó Anselmo.

El día siguiente era el previsto para la terminación de los trabajos. Había de pasar por allí el supervisor de la empresa y también los propietarios del piso para que quedaran perfilados los últimos detalles. Así que Anselmo y Julián no tuvieron más remedio que usar los calurosos monos y gorras. Especialmente el primero se sentía incómodo y renegaba de vez en cuando. Julián, de mejor talante, le tomaba el pelo. “Si estás la mar de sexy… Pareces un muñeco de nieve”. ¡Sí! Con una zanahoria pinchada en la entrepierna”, respondía Anselmo. Pero, salvo estas expansiones verbales y algún achuchón furtivo, no tuvieron más remedio que guardar las formas y centrarse en que todo quedara a gusto de los jefes.

El joven matrimonio propietario parecía no tener prisa en marcharse y pululaba de una a otra habitación con comentarios acerca del mobiliario y la decoración. Los pintores estaban ya de más y la intimidad de la que habían disfrutado en días anteriores había desaparecido. Dejaron apilado todo el material, que ya recogería una furgoneta, y pidieron permiso para cambiarse de ropa en un cuarto vacío. Como el baño había quedado limpio, no tuvieron ocasión de ducharse. Se quitaron los monos y contemplaron sus respectivas desnudeces con contenido deseo. Pero Anselmo, siempre más lanzado, no pudo resistir la tentación de agachar su regordete cuerpo ante Julián y tomar ansioso con la boca la polla de éste. Julián susurró sorprendido “¡¿Qué haces?!”, aunque la cálida succión de Anselmo lo dejó inerme. Como si con ello compensara la indiscreta osadía de Anselmo, Julián le sujetaba la cabeza con las dos manos mientras su excitación crecía imparable. Poco tiempo bastó para que la corrida inundara la boca de Anselmo, que la tragaba ávido. Julián soltó la cabeza y, con la respiración entrecortada, masculló: “¡Serás cafre!”. Anselmo se levantó sonriente y soltó: “¿No te ha parecido una buena forma de despedirnos?”.

Porque los dos, dadas sus respectivas situaciones personales, eran conscientes de que difícilmente iban a volver a encontrarse en una situación similar a la vivida durante aquellos días, en que habían coincidido al albur de sus precarias situaciones laborales. No obstante, cuando estaban ya en la portería, Julián le dio la mano a Anselmo. “¿Nos volveremos a ver?”. Anselmo le sonrió. “¡Claro, claro!”. Al salir tomaron direcciones opuestas.

13 comentarios:

  1. Estupendo relato, como todos los demás. Gracias por tu generosidad.

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  2. Muchas gracias por tan buen relato. Deberías hacer uno con profesores universitarios.

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  3. Yo tengo a alguien como javier.

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  4. hola majo otra vez lo has clavado muchas gracias por los momentos que nos haces pasar un abrazo y no dejes de deleitarnos con mas

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  5. Buenisimo el relato...me encanta...morboso al maximo...No estaria mal que el mas machote y que va un poco de machito, fuese acabado incluso besando a Anselmo, y dandose un morreo con el...Por cierto, ya se que no es importante y que no cambia el argumento del relato...Pero te haces un lio con el nombre del mas alto y mas machote y mas pollon....Julian, Javier, Julian, Javier....etc etc

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  6. Aqui un lector como yo, te hace una sugerencia de que deberias hacer un relato con profresores universitarios. A mi me encantaria ver y poder leer un dia un relato tuyo, de lo mas rural. pastores, cabreros, trashumancia, ganaderos, agricultores, campesinos, o tractoristas. Seria la ostia un relato con gente de este tipo, de fondo. A mis 58 años sigo soñando con liarme con gente de esta clase y estas profesiones

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  7. En mayo queremos pintar la casa. ¿Me puedes dar la dirección y teléfono de los pintores? Sobre todo del que esta en la foto subido a la escalera.

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  8. En la página de ososdereconquista.jimbo.com esta colgado este mismo relato, creo que si te lo han copiado debes de denunciarlos, a no ser que el copiota seas tu.

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    1. Gracias por avisar. Hay mucho geta... Ya he protestado.

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  9. Excelente el relato. Únicamente me pondría más burro una mamada a una polla sin lavar y con olor y hasta requesón y unas axilas y huevos bien sudados. De todas maneras, buenísimo. Sigue escribiendo.

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