domingo, 26 de febrero de 2023

Nuestros amigos franceses

Muchas son las vivencias que, a lo largo de los años, he compartido con mi amigo Javier, tantas veces protagonista de mis relatos. Me suelen surgir recuerdos de las amistades comunes que hemos ido haciendo. Unas que perduran y otras extraviadas en la distancia. En todos esos recuerdos Javier suele destacar con su extrovertida forma de relacionarse con los demás.

Yo había ligado por el chat con Jacques, un francés gordote, y simpatizamos enseguida. Resultó que venía para visitar a unos amigos y quedamos en que, para conocernos, pasaría unos días en mi casa. Nos gustamos en persona y resultó ser muy apasionado, aunque un poco torpón en la cama. Le había hablado bastante de Javier, robusto y muy salido, con el que, hacía ya algún tiempo, tenía una relación intensa, aunque abierta. Aprovechando la visita de Jacques, quise que conociera también a Javier. Cuando este vino a mi casa, se cayeron muy bien y el francés quedó prendado de él. Se dieron un buen revolcón, sin penetraciones, y Javier se mostró muy receptivo de los mimos que le dispensaba, aunque tal vez le resultara demasiado grandote y peludo para su gusto.

Tiempo después Jacques volvió por aquí con su pareja, Pierre, invitados por aquellos amigos a un chalet en la costa. No tardaron en sugerirnos que pasáramos todos un día en una playa nudista cerca de donde estaban sus amigos. A Javier le hizo mucha gracia porque, según me dijo, nunca había estado en ninguna de ellas. Pero en cuanto accedimos en grupo a la playa, fue el primero en despelotarse y tumbarse al sol. Allí conocimos además a Pierre que, para mi gusto, estaba más bueno que Jacques. Algo grueso y no tan peludo como este, era bastante simpático y enseguida congenió también con Javier. Por cierto que los dos franceses y yo nos hinchamos de hacerle fotos a Javier, que posaba sin el menor pudor. Fue una reunión muy amistosa al aire libre, todos en pelotas y sin excesos. Aunque cuando Javier y Jacques fueron a darse un largo baño, se les veía morrearse y, cuando Javier salió del agua, no le importó lo más mínimo venir hacia los demás empalmado desde la orilla. Que diera así la nota presagiaba que más tarde no dejaría de desatarse…

Los anfitriones, después de la jornada de playa, nos invitaron a tomar algo en su casa. Nudismo aparte, era una pareja cerrada, según nos habían informado los franceses, y muy simpáticos y desinhibidos ambos. Marcos era sesentón y grueso, alegre y bon vivant. Alex, el otro, bastante más joven, era un gordito muy pizpireto. Se les veía muy compenetrados. Para salir de la playa y acceder a los coches, todos nos pusimos los bañadores. Pero al llegar a la casa, de nuevo recuperamos la desnudez integral. Había un amplio patio rodeado por un bosque de pinos y en él se aprestó la pareja anfitriona a ofrecernos bebidas y un pica-pica. A pesar de la jornada playera, estábamos todos animados de nuevo, en especial Marcos que se destapó como todo un showman. Había puesto música bailonga y, en puras pelotas como estaba, se lanzó a una danza de lo más sicalíptica y divertida. Movía su sólido cuerpo con mucho estilo y meneos provocativos. Se cimbreaba, subía y bajaba los brazos, se manoseaba, removía el culo y alardeaba de los bamboleos que le daba a la polla. Alex se partía de risa entretanto y explicaba: “Es más fuerte que él. En cuanto puede, monta un numerito así. Hasta tiene ensayados los pasos… Ya le he hecho más de un vídeo”.

Una vez acabado el baile, Marcos, jadeante y con una sonrisa de satisfacción, saludó sin el menor recato a los que le aplaudíamos. Pero en cierta forma la provocativa danza, si bien un mero desahogo como muestra de la liberalidad con que se comportaban los anfitriones, fue el disparadero para que la contención que más o menos se había mantenido en la playa se desbordara. Así, los arrumacos que se habían hecho Jacques y Javier en la playa, y que dieron lugar a que este se nos exhibiera ya empalmado, los iban a retomar ahora mucho más intensos. Mientras Marcos había ido a refrescarse y Alex y yo charlábamos muy divertidos en un sofá, Jacques, que ya le había estado sobando el culo a Javier durante la danza, lo atrajo ahora de frente. Se morrearon abrazados y enseguida Jacques, que conocía bien los puntos débiles de Javier, paso a chuparle las tetas mientras le sobaba la polla. Lo cual acompañó Javier con sonoros suspiros que aguzaban la atención de los que ya los observábamos. Entre los que no faltaba Pierre que, de momento, dejaba hacer a su hombre. Javier, que volvía a mostrarse bien empalmado, buscó más comodidad y se dejó caer despatarrado en una butaca. Entonces el gordote Jacques se arrodilló ante él y se puso a mamársela con fruición. En ese momento volvió Marcos que se quedó mirándolos y exclamó festivo: “Veo que sigue el espectáculo”. Se arrellanó en el sofá junto a mí, que quedé pues empotrado entre los anfitriones. Muy a gusto por cierto, aunque pensé que los roces de nuestras desnudeces no irían a llegar a más.

Imperturbable seguía Jacques mamando a Javier que, entre suspiros y gemidos, no dejaba de mirarnos con descaro. Pero me di cuenta de que no tardó en centrar la vista en Pierre, que los observaba medio sentado en un taburete. La expresión concentrada de este, que contrastaba con lo obsequioso y dicharachero que se había mostrado en la playa, donde por cierto se había hinchado de hacerle fotos a Javier, no podía deberse a celos por cómo Jacques se estaba poniendo las botas. Eran declaradamente una pareja abierta y no les importaba lo que hacía uno u otro. Sin embargo, aunque en la playa había respetado la primicia de Jacques, en cuanto conoció a Javier resultó evidente que le tuvo muchas ganas. Probablemente ahora estaría barajando qué posibilidades tenía de disfrutar al fin de Javier. En cuanto a este, si bien no dejaba de gustarle la forma en que Jacques le mostraba su interés, también conocía sus limitaciones. Al conocer a Pierre en la playa seguro que le pareció como a mí, que estaba más bueno que Jacques. Así que verlo allí mirándolo y, en la postura en que estaba, incluso exhibiendo una cierta erección, le debió surgir un dilema a Javier. O bien seguía tal cual y dejaba que Jacques, que le comía la polla con tanta vehemencia, rematara la faena. Lo cual lo pondría fuera de combate al menos por un tiempo. O le daba una oportunidad a Pierre, y de paso se la daba él mismo, tomando la iniciativa de un acercamiento.

La segunda opción era evidente que se impondría. De manera que, mientras hacía subir y bajar la cabeza de Jacques a dos manos, Javier hizo más incisiva la mirada hacia Pierre, añadiendo una sonrisa y una insinuante relamida de labios. Pierre por supuesto reaccionó de inmediato. Con algo de calma se arrimó a la butaca de Javier al que, retrepado como estaba, le quedaba la cabeza a la altura de la polla de Pierre, que había adquirido aún más volumen. Javier no tuvo más que girar medio cuerpo y entreabrir los labios para atrapar la polla que gustosamente le alcanzó Pierre. Estos movimientos hicieron que Jacques interrumpiera la mamada y algo desconcertado, se levantara a medias. Y sin sentirse desairado, siguió frotando la polla de Javier, bien dura, mientras miraba cómo este se la chupaba a Pierre.

A todo esto los del sofá veíamos regocijados las marrullerías de Javier para hacerse con los dos franceses. Marcos fue muy expresivo: “¡Qué fuerte les ha cogido! ¡Van a ir a por todas!”. “Ya ves lo que has provocado con tu danza”, le repliqué. “Si lo ha hecho adrede para que salten las fieras”, rio Alex. “Ya nos habían hablado de vosotros”, comentó Marcos, “A ti se te ve más tranquilo, pero Javier es la bomba”. “A mí me lo vas a decir… No hay quien lo controle”, reconocí. “Desde esta mañana se veían las ganas que le tenían los otros dos”, observó Alex. “Es que está bien bueno”, soltó Marcos. “A ver si voy a tener que atarte”, amenazó Alex. “Como que tú no piensas lo mismo”, rio Marcos que, confianzudo, se echó sobre mí estirando un brazo para simular que le daba un cachete a Alex. Si ya me estaba excitando el numerito de Javier y compañía, tener a Marcos encima, ni que fuera unos segundos, me aceleró el pulso. Ya me habría gustado que montáramos otro trío… Pero enseguida captó nuestra atención la evolución del espectáculo que teníamos delante.

Porque Javier, todavía con la polla de Pierre en la boca, hizo un gesto con la mano a Jacques para que se pusiera al otro lado. Así que este soltó la polla de Javier, que se balanceó bien tiesa en su entrepierna, y quedó en una posición simétrica a la de Pierre. Javier sustituyó la boca por una mano en la polla endurecida de Pierre y, equitativo, se la chupó un poco a un Jacques encantado. Pero este cambio tenía su truco, ya que Javier, como si así alcanzara mejor la polla de Jacques, se fue girando hasta quedar mostrando el culo. Sin duda Pierre captó el mensaje y enseguida pasó detrás de Javier. Primero le sobaba y hasta le daba palmadas, pero pronto le arrimó la polla, que se le había quedado bien tiesa, y se la restregaba amagando repasarle con ella la raja. Esto arrancó ya gemidos de Javier que, soltándose de Jacques, se movía también con lascivia. Por si Pierre, en aquellas circunstancias, no se lanzaba a lo que ambos deseaban, Javier no dudó en incitarlo. “¿Te atreves?”, susurró con tono persuasivo. “¡Claro que sí!”, exclamó Pierre sobreexcitado. Javier aún tuvo el detalle de preguntar a Jacques: “¿Podemos?”. Este, que ahora se agarraba la polla tras la mamada interrumpida de Javier, se limitó a encogerse de hombros. Pero, como disculpándolos, se dirigió a los del sofá y nos dirigió una media sonrisa: “Ya veis cómo van de lanzados”. Marcos entonces soltó una risotada y me dio una palmada en el muslo: “¡Hala! Que te lo van a pasar por la piedra”. “Y yo que creía que con vosotros estábamos a salvo…”, ironicé. Alex, sin disimulo, ya se tocaba el paquete: “Me están poniendo burro”.

Javier decidió que ya tenían suficientes permisos y, apostado de rodillas en la butaca agarrando el respaldo, presentó el culo a Pierre. Por más que ya estuviera curado de espanto con las acrobacias sexuales de Javier con otro u otros, me embargó una emoción especial al caer en la cuenta de que iba a ser la primera vez en que veía cómo alguien ajeno a nosotros le daba por el culo a Javier. Tenía la falsa idea de que era algo reservado a nuestra intimidad, a pesar de saber que para Javier no contaban esos límites. Y allí estaba ahora, delante de todos, ansioso de que Pierre, a quien había conocido hacía pocas horas, se lo follara. No menos excitado, Pierre lo abordó por detrás con la polla bien tiesa, de muy buen tamaño por cierto y que sin duda haría las delicias de Javier. Con una mano la dirigió a la raja del culo y empujó hasta que un sonoro quejido de Javier dio fe de que se la había metido a fondo. Pierre además, agarrado a las caderas de Javier, lo confirmó: “¡Oh, que bueno!”. Javier enseguida lo alentó pasando de la concurrencia: “¡Sí, folla, folla!”. Y tanto que se lo folló, arreándole con fuerza y arrancándole verbalizados suspiros y gemidos, que exageraba sabiéndose observado por los demás: “¡Así! ¡Dame!”, “¡Qué bien follas!”, “¡Me gusta!”. Se veía cómo el culazo de Pierre se iba contrayendo con los esfuerzos.

Entretanto Jacques, que se había pasado atrás de la butaca, acariciaba a Javier, a la vez que le acercaba la polla que le quedaba a la altura de su cara. Javier no estaba para ponerse a chupársela, pero con los empellones que le iba dando Pierre, en su frenesí llagaba a darle algún que otro lametón. Ni que decir tiene, por otra parte, que nosotros no perdíamos ripio de la escabrosa exhibición. Miré además, sin el menor disimulo, que tanto a Marcos como a Alex se les estaban endureciendo las pollas, como ya me pasaba a mí. Entonces se me ocurrió ofrecerles si querrían ponerse juntos, pero Marcos replicó: “Ya estamos bien así ¿Tú no?”. “Yo encantado”, contesté.

Pierre estaba tan excitado que no tardó en soltar resoplidos. Y Javier, intuyendo que se acercaba el final, quiso aprovecharlo al máximo: “¡No se te ocurra salirte! ¡Dámela toda!”. Al poco Pierre se detuvo jadeante tras las arremetidas finales. A partir de aquí todo se desarrolló en una vorágine. Al apartarse Pierre, Javier cayo desmadejado en la butaca y empezó a avivarse la polla. Entonces Jacques, intuyendo la necesidad de correrse también que acuciaba a Javier, se agachó entre sus piernas y se puso a chupársela. Cuando Pierre fue recuperando el resuello, al vernos a los del sofá en plena acción, comentó entre asombrado y coñón: “También vosotros ¿eh?”. Porque ya lo tres, en sana camaradería, nos las habíamos estado meneando, cada uno la suya, a cuenta de la escabrosa jodienda.

Pero Javier aún estaba ocupado y, en un momento dado, desplazó a Jacques en el dominio de su polla. Ahora era él quien se la meneaba ostentosamente despatarrado en la butaca. Jacques, dócil, estaba de pie a su lado meneándosela a su vez y mirándolo con devoción. Como los tres del sofá seguíamos dándole a nuestras polla, aquello parecía un concurso de cuál se correría primero. Javier, cómo no, era el más explícito en sus resoplidos y suspiros. En este contexto, el que antes sucumbió fue Alex, cuyo gimoteo alertó a los demás, que proseguimos con mayor ahínco. Tal vez por afinidad, lo secundó Marcos, que rugió mientras se vaciaba. Javier al fin se corrió entre resoplidos y, casi simultáneamente, Jacques soltó su leche al lado y yo me pringué la mano en el sofá. El que estaba tan pancho tomándose un refresco era Pierre, satisfecho de haberse llevado al huerto a aquel pedazo de hombre, del que ya le había hablado Jacques y que había podido conocer aquel día en la playa en su desvergonzada desnudez.

Después de tan tórrido fin de jornada, Javier y yo nos tuvimos que marchar. Pero antes Javier, muy espléndido él, se ofreció a Jacques y a Pierre para hacerles una paella, su obra maestra, en mi casa unos días después. Lo que aceptaron encantados. Javier iba a triunfar desde luego en el aspecto culinario, pero lo más memorable de ese día sería la intensa sobremesa que propició con no menor entusiasmo. Con todo ya a punto y erigido en anfitrión, dio una cálida acogida a los invitados. Cálida en el sentido en que él lo entendía, o sea, provocativo y disponible. Después del despelote colectivo del otro día, no era cuestión de repetirse desde el primer momento. Así que llevaba una camiseta que le quedaba corta con uno de sus eslips de talla inferior a la suya. Los recién llegados captaron el mensaje y ya alargaron los besos en la boca que les daba Javier, que se dejaba manosear complaciente por uno y por otro. Los dos venían muy veraniegos, aunque no tan impúdicos como Javier, con pantalones cortos y camisetas. Más o menos como estaba yo.

La paella, y en especial su lucimiento con ella, eran lo primero ahora para Javier. Sentados los demás en torno a la mesa, la presentó orgulloso, recibiendo las alabanzas correspondientes. Él mismo se encargó de ir sirviendo y escoger los tropezones para cada uno. Al ir alargando los platos no se privó sin embargo de arrimarse provocador con comentarios picantes, lo que le valió sobeos al culo o agarradas del paquete. Tuvo que reajustarse el eslip antes de sentarse también. Este modus operandi se repitió con la amplia oferta gastronómica, regada con abundancia de vinos y cava. No faltaron los cafés y las copas, que acabaron de entonarnos a todos. Tanto que ya no hicieron falta más preliminares, porque Javier, sorpresivamente, se levantó, se quitó camiseta y eslip, y soltó: “Me voy a la cama”. Era una invitación cargada de lascivia y, una vez que Javier emprendió la marcha, los otros tres no desnudamos ya con rapidez y fuimos al dormitorio. Y allí estaba Javier en la cama tumbado bocabajo pidiendo guerra. No hicimos exactamente lo que se dice un cuarteto, porque sobre la marcha cada uno fue administrando por su cuenta la excitación común a todos.

En esta ocasión, pareció que Jacques tuvo claro que había de ceder a Pierre el primer ataque a Javier. En efecto Pierre, en cuanto lo vio en ese plan provocador, le entró por los pies de la cama y se echó sobre él. “¡Qué bueno estás!”, le dijo con su marcado acento francés. Javier que había permanecido con la cara oculta en la almohada, al identificarlo, la giró levemente y replicó con tono mimoso: “¿Te gusto como el otro día?”. Como respuesta, Pierre se puso a besuquearlo por el cogote con susurros casi inaudibles. Verlo así encima de Javier nos tenía sobrecogidos a Jacques y a mí, que habíamos quedado de pie junto a la cama. Pierre fue bajando por el cuerpo, que chupeteaba y mordisqueaba, hasta que se irguió sobre las rodillas entre las piernas de Javier, que había separado. Estaba ya vigorosamente empalmado. Lo cual no había dejado de notar Javier, que meneó el culo incitador. Jacques, tenso, me pasó un brazo por la espalda y yo le sobé el culo.

Se percibía el deseo tanto en Pierre como en Javier. El primero, dispuesto a tomar posesión de este, palmeó sobre las nalgas y Javier puso los brazos en cruz en actitud de entrega. Pierre se acopló entre los muslos y empezó a empujar. A medida que iba entrando sonaba un tenue gemido de beneplácito emitido por Javier. Pero cuando Pierre empezó a arrearle ya entró en delirio, crispando las manos sobre las sábanas y agitando la cabeza a un lado y a otro. Por supuesto con sus típicas exclamaciones: “¡Sí, folla!”, “¡Oh, qué buena polla tienes!”, “¡Me gusta!” … Pierre, concentrado, no le hacía demasiado caso e iba a la suya. Entretanto Jacques, arrimado a mí e impactado al ver así a su hombre, se puso instintivamente a sobarse la polla. Yo también estaba excitado, desde luego, con ese morbo que me daba ver a Javier en acción. Pierre le estaba poniendo tanto ahínco que empezó a aflojar poco a poco. Javier lo notó y le preguntó con la voz entrecortada: “¿Te has corrido?”. “Todavía no”, contestó Pierre resoplando. Sacó la polla y quedó sentado en los talones. “Necesitaba un descanso”, reconoció. A Javier tampoco le vino mal un alto en el camino y fue dándose la vuelta para ponerse bocarriba. Sonreía satisfecho y dijo: “Me estabas matando”.

Ya hubo una recomposición de la escena. Pierre se echó hacia un lado, sin dejar de mirar la delantera de Javier. Entonces llegó el momento de Jacques, que ya no se resistió a subirse a la cama y ponerse a acariciar a Javier. Este bromeó mientras se recuperaba: “¿Cómo me has dejado en manos de esta fiera?”. “Aguanta mucho”, confirmó Jacques por propia experiencia. Pierre los miraba sonriendo socarrón. Intuí que no había acabado todavía. Javier, en un estado beatífico, se dejaba hacer por Jacques, que ahora le sobaba con suavidad la polla. Me animé entonces a sacar partido de Pierre. Como este seguía arrodillado junto a los otros dos, me puse detrás. Le planté las manos en los hombros y le susurré: “Creo que lo has dejado con ganas de más”. Giró la cara sonriente: “Ya me lo está volviendo a calentar Jacques”. En efecto, este se había inclinado sobre Javier y le chupaba la polla. Me sorprendió agradablemente que Pierre, en su excitación sostenida, me ofreciera los labios. Por supuesto junté los míos y el morreo me entonó. “Tiéndete al lado”, le dije entonces. Pierre lo hizo y me puse a chupársela. Mientras la polla se endurecía de nuevo en mi boca, hasta me dio morbo que estuviera recién salida del culo de Javier.

El estar tan arrimados Pierre y Javier iba pronto a hacer saltar chispas. Con las pollas entregadas a mi boca y a la de Jacques, Pierre, al que se la había puesto bien dura, le soltó a Javier: “¡Te la metería otra vez!”. Por más ganas que Javier tuviera de correrse ya, por las artes de Jacques o por su propia cuenta, la propuesta de Pierre le resultó tan tentadora que, como si hiciera una concesión, replicó: “¡Venga, fóllame más!”. Hubo entonces un reajuste de posiciones. Jacques y yo nos replegamos a los pies de la cama, mientras Javier ponía de nuevo el culo a disposición de Pierre. Pero esta vez lo hizo más a su gusto, tirando de la almohada y metiéndosela bajo la barriga. Alzado así, se ofrecía para una penetración más a fondo. Este gesto excitó tanto a Pierre que se agarró todavía con más ansias a los costados de Javier y se clavó enérgico. Javier, al que la entrada de la polla de Pierre no le pillaba ya por sorpresa, lanzó un profundo gemido: “¡Ay qué rica!”. La follada se convirtió ya en una explosión de deseo por parte de ambos. Pierre arreaba sofocado y Javier lloriqueaba con la cara aplastada en la sábana. Entretanto Jacques y yo, incapaces de apartarles la vista, nos la meneábamos magnetizados. Pierre aún llegó a articular: “¡Ya no voy a parar!”. Y Javier suplicó: “¡No, sigue, sigue!”. Pierre se corrió al fin entre jadeos y siguió un silencio como si el tiempo se hubiera detenido. Pero pronto acabó derrumbándose exhausto sobre Javier.

Entonces se produjo un revoltijo porque Javier, tras sacarse la almohada de debajo y tratar de volverse bocarriba, casi echa a Pierre de la cama. Este tuvo que agarrarse a Javier y quedaron medio entrelazados. Javier, no menos desfallecido, aún llegó a exclamar: “¡Qué pasada!”. Solo entonces me fijé que Jacques se limpiaba la polla con una esquina de la sábana. Yo no había llegado a tanto. Nadie intervino ya cuando Javier, que seguía despatarrado y como ido, empezó a sobarse la polla. No necesitaba ninguna ayuda para lo que tanto lo acuciaba ahora. Así que nos ofreció el espectáculo de un pajeo continuado que desembocó en una corrida que le llegó más arriba del ombligo.

Los demás empezamos ya a recomponernos. Pierre se bajó tambaleante de la cama y yo, atento, le pasé a Javier una toallita para que se limpiara. Mientras Pierre iba al baño, Javier, que seguía desmadejado en la cama pasándose la toallita por la entrepierna, comentó risueño a Jacques: “¡Vaya con Pierre! Me ha vuelto a dejar muerto”. Jacques, entre la visión de su hombre follándose desaforado a Javier y el pajón que se había hecho a su costa mientras los contemplaba, todavía estaba espeso y exclamó: “¡Qué fuerte!”. Entonces le di un achuchón cariñoso a Jacques y le dije divertido: “Parece que la follada te ha calentado mucho”. “Antes de haber conocido a Javier, no había visto a Pierre hacerlo así con otro hombre”, reconoció. “Javier también se ha destapado con él”, coincidí, “Las dos veces que se han visto ha querido que Pierre se lo folle”. Javier ya había bajado de la cama y también necesitaba usar el baño. Al cruzarse con Pierre que salía se dieron un beso de pasada. Pierre sonreía socarrón mientras acababa de secarse frente a los dos cómplices de su fechoría. “Ha estado bien ¿verdad?”, dijo con cinismo. Ya refrescado también Javier, fuimos a la cocina, donde aún quedaban los restos de la comida. A todos nos apetecían bebidas refrescantes y, mientras las consumíamos, aunque seguíamos en pelotas, charlábamos animados como si no hubiera pasado nada. Fue una de los revolcones a Javier que más me ha excitado. Seguramente por ser en mi cama, en la que, aparte de mí, todavía no se lo había follado nadie más.





jueves, 26 de enero de 2023

El poder de las caricias

Fui a la sauna sobre las cuatro de la tarde de un día festivo y ya había bastante movimiento. Me cambié en el vestuario y, cuando ya estaba acabando, entró un tipo que me llamó la atención. Me quedé remoloneando mientras se desnudaba ante una taquilla a un par de metros de la mía. Tenía muy buena pinta, rostro rasurado agradable y cabello corto, cincuentón y bastante grueso. A medida que se iba quedando en cueros, me iba gustando más. Con un vello suave muy bien repartido por tetas y barriga pronunciadas, llegué a verle un culo delicioso. No insistí en mi observación y fui a ducharme para hacer mi recorrido habitual, convencido de que estaría lejos de mi alcance. Soy algo cenizo y, siempre que veo un hombre que me atrae mucho, pienso que no seré correspondido.  

Tardé en volver a verlo, hasta que, en el revuelo que se forma en el reducido espacio que da acceso a la sala de vídeo y el cuarto oscuro pequeño, lo localicé cuando entraba en este último. Estaba bastante lleno y logré ponerme a su lado. Lo rocé suavemente y, sin rechazarme, no reaccionó tampoco. Tenía la típica actitud de wait and see, sin buscar nada en concreto. Salió y yo pensé que más valía pájaro en mano. Así que, ya que estaba allá dentro, me dejé manosear un poco por un maduro regordete. Pero, con la mente puesta en el otro, no llegué a ponerme a tono y desistí.

Lo encontré de nuevo en la sala de vapor. Estaba cerca de la puerta de espaldas a la pared y uno, que parecía ser joven, se la estaba chupando en cuclillas. Asumí que se confirmaba mi falta de oportunidades con él y salí discretamente.

Pasado un rato y tras dar varias vueltas, me decidí a subir al cuarto oscuro grande. Como suele ocurrir, allí se montan enredos ya al lado de la puerta y, en esta ocasión, había alguien, al que de momento no identifiqué, que estaba siendo atacado por dos tíos al menos. Como parecía bastante tolerante a los sobeos, me animé a meter mano también. Cuando al fin me di cuenta de que se trataba de mi hombre, me animé en mis toqueteos por delante y por detrás, llegando a desplazar a los otros. Mis tácticas resultaron ser bien acogidas y me fue dando preferencia. Me puse las botas manoseándolo y chupeteándolo y se dejaba hacer bien a gusto y empalmado. En este revuelo, decidí proponerle que fuéramos a una cabina para estar mejor que allí en medio. Dudó unos segundos hasta que advirtió: “Solo me gusta que me toquen”. Contesté persuasivo: “Es lo que estoy deseando seguir haciéndote”.

Hubo suerte en encontrar una cabina vacía, y además iluminada. Enseguida nos quedamos desnudos y se me ofreció. Me encantó verlo allí bajo la luz y confirmé que me gustaba de cara, de cuerpo y de todo. Tras unos manoseos preliminares y bastante completos, que recibía con agrado, le propuse que se tendiera en la cama. Lo hizo decidido y allí lo tuve bien estirado esperando mi intervención. Me volví loco y lo repasaba de arriba abajo, con caricias, lamidas y chupeteos. Me excitaba además que no parara de suspirar e ir soltando: “¡Oh, como me gusta!”, “Me encanta lo que haces”, “No me cansaría nunca”. No era de besos en la boca, pero se los daba por el cuello y las orejas. Le mordisqueaba los pezones y, cuando le lamía los huevos y le chupaba la polla, con lo rica que la tenía, se le ponía dura. Desde luego no estaba menos en la gloria que yo. No me importaba demasiado que solo me fuera dando lánguidas caricias de vez en cuando. Mi excitación se concentraba sobre todo en su disfrute.

Al pedirle que se pusiera bocabajo, lo hizo enseguida, poniendo a mi disposición su trasera al completo. Le ataqué la espalda con un intenso masaje, que alababa con nuevos suspiros. Se me ocurrió comentar: “¡Lastima no tener algún aceite para masajearte mejor”. “¡Oh, sí!”, replicó, “Me encantaría eso”. Pese a esta carencia, disfrutaba tanto como yo. Y cómo no, me cebé también con el culo. Le mordisqueaba las nalgas y me encantaba el vello suave que le adornaba la raja. Repasándola con los dedos, llegué a hurgar con uno. Pero hizo una contracción para expulsarlo y no quise insistir. Aunque no dejé de pensar lo que sería meterle otra cosa... Iba alternando mis juegos por el culo con un masajeo a fondo de los muslos y, doblándole las rodillas, llegaba hasta los pies. Le oí decir: “Me gusta que me toquen los pies”. Entonces se los manoseaba y, al pasar los dedos por las plantas, se estremecía por las cosquillas.

Ya ahítos, estábamos sin embargo dispuestos a seguir. Se volvió a tender bocarriba y me dejó espacio para que me tendiera junto a él. La estrechez de la cama me hizo poner de medio lado muy juntos y, con la mano que me quedaba libre, no paré de acariciarlo, con más suspiros por su parte. Reiteró que podría seguir así durante horas. Pero también hablamos. Le pregunté si venía mucho por la sauna y me contestó que no, porque no vivía aquí. Me atreví a comentarle que había visto cómo se la chupaban en el vapor y se limitó a sonreí como si no fuera con él: “Ya ves... Se agachó allí”. Ya que, aparte de sus expresiones de gusto, no se mostraba muy comunicativo, preferir no seguir indagando. Me dio la impresión del típico casado con las ideas poco claras, pero que sabe que gusta a los hombres y que piensa que si solo deja que le hagan no lo compromete tanto.

Resultó que me cansé antes que él de estar allí metidos. Le propuse que fuéramos a tomar algo al bar, pero no le apeteció, en una actitud indolente de seguir tumbado. Entonces alegué que quería ir a ver si tenía alguna llamada en el móvil. Le pregunté si nos veríamos luego y fue algo ambiguo: “Seguiré todavía un rato por aquí”. Así que lo dejé en la cabina y fui a ducharme y refrescarme en el bar. No sé si se le metería dentro de la cabina otro tío.

Luego lo vi yendo de un lado para otro, como si quisiera aprovechar el tiempo al máximo, e intuí que repetir conmigo no debía entrar en sus planes. Cuando nos cruzamos un par de veces, se limitó a sonreírme con timidez. De todos modos, al decidir marcharme ya, quise despedirme y lo abordé. Le dejé claro que me había gustado mucho estar con él y añadí que me quedaba con un muy buen recuerdo. Solo volvió a sonreír... Típicos encuentros de sauna, pero hacía tiempo que no me lo pasaba tan bien y con un tío que me iba tanto.

Por sensatez debía haber asumido que, por mucho que me hubiera impactado aquel hombre, no dejaba de ser un ave de paso nada más, con quien difícilmente volvería a coincidir. Y que, aunque se diera tal coincidencia, ello no significaría que yo fuera a ser escogido de nuevo para sus expansiones. Seguramente preferiría seguir picando de flor en flor. Estas consideraciones no fueron obstáculo sin embargo para que, una vez pasado el encuentro, al recrearme en su recuerdo, me explotara la excitación que tan contenida había mantenido mientras mi placer se volcaba en dárselo a él. Y la canalizaba con lo que más a mano tenía, en ardientes masturbaciones que me permitían fantasear con lo que habría deseado hacerle y que no llegué a hacer.

Pese a todo, y tonto de mí como me califiqué yo mismo, tuve la ocurrencia de llevar un frasquito de aceite cuando volvía a ir a la sauna. Como si hiciera de talismán para invocar al hombre deseado. En esas ocasiones el frasquito quedaba tal cual, pues, aunque hubiera tenido algún que otro escarceo más o menos satisfactorio, en ninguno valió la pena utilizarlo. Aunque mis recónditas esperanzas se iban diluyendo, sin embargo no olvidaba nunca cargar con el dichoso frasquito. Hasta que...

Un día como cualquier otro fui de nuevo a la sauna. No había demasiada gente y prometía ser una jornada poco emocionante. Aunque eso mismo, a veces, da un vuelco inesperado. Por el momento, nada interesante en el vapor o en la sauna. Los que estaban en acción se apañaban por su cuenta. Tampoco los pasillos tenían demasiado movimiento y varias cabinas seguían abiertas. Tuve la curiosidad de subir al cuarto oscuro grande, en el que percibí un espeso silencio. Me propuse hacer una ronda no obstante y tropecé con unos pies de alguien sentado en un extremo del sofá que hay a un lado. Pensé que sería uno que había escogido ese sitio para sestear, pero enseguida noté que manoteaba hacia mí. Me detuve y me agarró de las piernas atrayéndome. Alcanzó mi polla y la sopesó, para enseguida metérsela en la boca. Chupaba bien y me dejé hacer, pero, al endurecérmela, puso demasiada vehemencia dispuesto a hacerme correr. Lo habría conseguido si no fuera porque, recién llegado y con la tarde por delante, me pareció prematuro. Así que me aparté con suavidad y dije: “Todavía no”. Aunque a veces no se vuelve a tener mejor ocasión. Tapé mi erección con el paño y salí sin rumbo definido.

Tal vez había algo más de animación y se me ocurrió asomarme a la sala de vídeo. La gran pantalla, que proyectaba sin interrupción y en silencio convencionales películas porno, emitía una secuencia muy oscura, por lo que la iluminación era escasa. Al principio creí que no había nadie, pero, al ir haciéndose mi vista, percibí actividad en una de las tumbonas. En efecto, había un tipo bien despatarrado con las manos cruzadas detrás de la cabeza y, entre sus piernas, se había metido otro haciéndole una mamada. Además, un indiscreto se había arrimado a un lado y, con la polla tiesa, pretendía que se la chupara el yaciente, aunque este no parecía estar por la labor. Ante el rechazo, el intruso optó por largarse y el tumbado siguió disfrutando tranquilamente de la mamada. De pronto la pantalla pasó a estar más luminosa y tuve un sofocón. Porque allí estaba ni más ni menos que el hombre que tanto había aguzado mis deseos y que no me veía por tener los ojos cerrados con placidez. Entonces me acordé del frasquito talismán y, con sigilo, me coloqué detrás de la tumbona. Estiré los brazos para alcanzar al pecho y lo acaricié suavemente, jugueteando en los pezones con los pulgares. Me dio un vuelco el corazón al oír un suspiro como los muchos que recordaba haberle oído. Acerqué la cara por atrás y susurré: “Hoy he traído aceite”. Dio un brinco que hasta hizo que el de abajo se detuviera. Se giró hacia mí y, reconociéndome, sonrió: “¿Aún te acuerdas de lo que me gusta?”. “¡Cómo no!”, repliqué, “No he dejado de pensar en ello”. Ante su actitud dubitativa, insistí: “¿Quieres que lo aprovechemos?”. El de la mamada, al captar que empezaba a estar de más, se deslizó fuera de la tumbona y optó por dejar la cancha libre.

Solos ahora, dijo enseguida: “¿Vamos?”. Se imponía de nuevo trasladarnos a una cabina. Mientras yo iba a buscar el frasquito, él, previsor, fue a pedir otra toalla grande para proteger la cama. Dimos con una cabina más adecuada, con una amplia cama que ocupaba todo el ancho hasta el fondo, por lo que había que subir por el extremo opuesto. Fue el primero en trepar y extender la toalla. Al hacerlo arrodillándose de espaldas, le vi de nuevo el culo que tanto me había gustado y, en un arranque, me puse a sobarlo e incluso besuquearlo. Oí que preguntaba divertido: “¿Tantas ganas me tenías?”. “¿Tú qué crees?”, repregunté dándole un lametón a la raja. “¡Uf!”, resopló, “¡Pues venga! Todo tuyo”. Dio una voltereta para quedar bocarriba sobre la toalla y ponerse a mi entera disposición. Me gustó que estuviera más dicharachero de lo que recordaba e hiciera evidente su deseo de entregárseme. En esta actitud relajada, llegó a preguntarme mi nombre y, espontáneamente, me dijo que el suyo era Tomás.

Me inventé sobre la marcha una especie de ritual para sacar partido al efecto estimulante del aceite. No es que fuera un experto en masajes oleaginosos, pero, si ya lo había puesto tan caliente solo con mis manos, estaba seguro de que ahora, con este refuerzo, Tomás iba a estar en la gloria. Por lo pronto, aguardaba mi intervención con los ojos cerrados y las manos cruzadas tras la nuca, apoyada la cabeza en un rulo a modo de almohada. Tuve que reprimir el impulso de atacarlo directamente para sobarlo y comerlo entero. Pero el frasquito de aceite al que había echado mano me imponía un ritmo más pausado, que además era lo que sin duda Tomás estaba esperando. Le vertí un par de gotitas en los pezones y, con los dos índices, se los froté con suavidad. “¡Uy, qué bien pinta esto!”, exclamó. Animado, esparcí un poco en una línea entre las tetas hasta el ombligo y, a dos manos, las fui extendiendo con pases circulares. Volvía a amasarle las tetas, con los pezones ya duros, y le repasaba los brazos, que él dejaba caer lacios, desde las axilas hasta los dedos. Tomás gemía: “¡Esto es la gloria!”. Ya se iba empalmando, pero recordé que, en algunos vídeos que había visto, trabajar la entrepierna se dejaba siempre para el final. Así que pasé a masajear las piernas. Desde los muslos hasta los pies no dejaba resquicio sin repasar con las manos aceitosas. Cuando estaba por arriba, no me privaba intencionadamente de algunos roces con el dorso de la mano a los huevos e incluso a la polla bamboleante. Tomás se derretía en suspiros totalmente entregado.

A despecho de su erección no atendida por mí, Tomás preguntó como si también se atuviera a la ortodoxia masajista: “¿Me doy ya la vuelta?”. “¡Perfecto! Seguiré ahora por detrás”, contesté disimulando mi sorpresa. Dejé que se girara y, antes de tenderse del todo, tuvo que elevar un poco el culo para recolocarse la endurecida polla. “¿Así estoy bien?”, casi me provocó. “¡De maravilla!”, repliqué excitado ante lo que ponía a mi disposición. Ya me olvidé de lo aprendido en los vídeos y me lance al masaje, o más bien metida de mano, que me pedía el cuerpo. Más generoso ya con el aceite, le chorreé desde la nuca hasta la rabadilla y mis manos se lanzaron a sobar y amasar toda la espalda. Ya más abajo, me cebé con las nalgas. Me bastaban ya mis manos grasientas para entonarlas con apretones y palmadas. Tomás ululaba pidiendo más: “¡Sí, me encanta!”. Un lento goteo por la raja me abrió las puertas a hurgar por su interior. Con los cantos de las manos y dedos juguetones me deslizaba a fondo. Al llegar abajo topé con los huevos y la punta de la polla que asomaba bajo ellos. Ahora sí que no lo dejé para más tarde y los ungí con aceite. Me recreé palpando y manoseando, hasta alargar los dedos por debajo y notar cómo se volvía a endurecer la polla. Tomás gemía al tiempo que se removía alzando el culo para facilitarme el trabajo. Lentamente fui subiendo por dentro de la raja y tanteé con un dedo en el punto más blando. El aceite facilitó que el dedo fuera entrando y esta vez Tomás, a diferencia del primer día, no hizo el menor gesto de rechazo. Por el contrario, emitía suspiros incitadores de la suave frotación que le daba hundiendo el dedo. Esto ya me dio esperanzas de mi deseo pendiente y, en el colmo de la excitación, me alcé para echarme sobre él. Todo mi cuerpo se impregnaba de aceite mientras lo restregaba por el de Tomás. Mi polla endurecida ya golpeaba entre sus muslos en mis movimientos de vaivén. Entonces Tomás me dio la sorpresa máxima. Aunque me estaba esforzando en controlarme y, por más que lo deseara, no me atrevía a ir más allá de refregarle la polla, él quiso más esta vez. “¿Quieres metérmela?”, oí que susurraba. “¿Lo quieres tú?”, pregunté a mi vez confundido por la novedad. “Hoy sí”, afirmó con un hilo de voz. Más a punto no podía estar y los dos bien lubricados además, Tomás por mis intrusiones aceitosas en su raja y yo por los frotes de mi polla por ella. Eso facilitó que, ya sin más indecisiones y tal como estaba sobre él, con un golpe de caderas me fuera entrando la polla tiesa con extrema suavidad. La mar de a gusto con toda bien adentro, no me hizo dar marcha atrás el prolongado gemido de Tomás. No obstante me mantuve quieto hasta que él, recobrado el aliento, pidió: “¡Sigue, sigue!”. Entonces ya levanté ligeramente el tronco para un mejor ángulo de ataque y, sujetado a sus caderas, fui bombeando a un ritmo creciente. Veía que Tomás crispaba las manos con los brazos doblados a los lados de la cabeza mientras no cesaba de gemir. Sin embargo lo sentía receptivo a mis embestidas y hasta hacía contracciones internas para darme más placer. Entretanto, a tope de excitación, yo estaba viendo que no iba a poder resistir mucho más. Quise avisar: “Me falta muy poco”. Pero Tomás se mostró dispuesto a apurar hasta el final: “¡No pares y sigue dentro!”. Ya me dejé ir y el éxtasis me recorrió de la entrepierna al cerebro. Con estremecimientos y resoplidos me fui vaciando en un intenso orgasmo. Cuando acabé pareció que se detenía el tiempo.

Los dos quedamos inmóviles y silenciosos, hasta que me fui apartando y quedé de rodillas entre sus piernas. Tomás se iba girando lentamente y al estar de nuevo bocarriba, me enterneció que palmeara a su lado diciéndome: “¡Ven aquí!”. Me arrellané todavía obnubilado junto a él y medio abrazados me preguntó sonriente: “¿Te ha gustado?”. “¡Vaya pregunta!”, exclamé, “¿No ves que aún no he bajado del cielo?”. Pero añadí enseguida: “¿Y tú qué?”. “No creía que llegaría a tanto”, contestó, “Y me alegro de cómo ha ido”. Me volqué sobre él y hoy ya no escatimó los besos brindándome los labios que juntó a los míos y abrí con la lengua. Me sentía reconfortado y dije con intención: “No he acabado el masaje”. “¿Qué te falta?”, preguntó guasón. “Ya lo verás”, contesté y me puse encima. “No te voy a decir que no”, rio.

Ahora, sin embargo, no recurrí solo a las manos. Sin importarme que la cara se me manchara con el aceite que todavía le quedaba por el cuerpo, me lancé a chupar y lamer, con gran regocijo por su parte. Protestaba riendo cuando le mordía los pezones y arrastraba la lengua hasta el ombligo. Luego bajé para ocuparme de la asignatura pendiente. Con las primeras caricias ya se le puso dura la polla otra vez. “¿Vas a hacer lo que me temo?”, ironizó lleno de deseo. “No voy a dejar que salgas de aquí en busca del que te la mamaba cuando te encontré”, repliqué en el mismo tono. Ya había empezado a frotarle la polla y manosearle los huevos, todo lubricado todavía. Tomás volvía a suspirar y yo me fui metiendo de nuevo entre sus piernas, pero ahora para tomar posesión de su polla con la boca. Tampoco me importó notar el sabor aceitoso, que pronto se dispersó con mi saliva. Mis chupadas hacían gemir a Tomás, que aún bromeó: “Sí que estás acabando bien el masaje”. Alternaba succiones y lamidas, que hacían temblar los muslos de Tomás.  Cuando mis labios bien aferrados se pusieron a subir y bajar con rapidez, Tomás lloriqueó: “¡Qué me va a salir!”. Persistí con más tesón en la mamada y su leche fue llenando mi boca. Tragué toda bien a gusto y seguí relamiendo las gotas del capullo. Tomás se estremeció por el cosquilleo que le producía y ya alcé la cara y lo miré sonriente relamiéndome los labios. Me devolvió la sonrisa y soltó: “¿Esto ha sido masaje o abuso?”. “Tómatelo como más te guste”, repliqué.

Casi nos daba pereza levantarnos y dejar la cabina. Pero se imponía pasar por la ducha y nos fuimos poniendo en pie con indolencia. Por temor a que se me escapara ya, le propuse tomar luego algo en el bar. Y esta vez aceptó. Así que, un rato después, estábamos sentados en una mesa del rincón después de pedir las bebidas en la barra. Más formales ahora nos veíamos con otra luz y me reafirmé en lo mucho que me gustaba. Después de dar un buen trago a mi refresco, resoplé y dije teatrero: “¡Qué falta me hacía con la mezcla de leche y aceite que tenía en la boca!”. “Tú te lo has buscado dándotelas de masajista”, replicó. “Había visto muchos vídeos y quería practicar”, alegué. “¿Todos acaban así?”, preguntó burlón. “Nosotros lo hemos superado”, afirmé. No llegamos a hablar de nada de nuestras vidas, hasta que Tomás dijo que se tenía que marchar. Comenté: “El otro día me fui yo primero y tú te quedaste todavía buscando más guerra”. “Hoy ya no soportaría ni que me rozaran”, concluyó Tomás. Nos besamos allí mismo en el bar y ya desapareció de mi vista.

Honradamente he de reconocer que, si bien de la primera parte puedo dar fe de que es verídica, en cuanto a la segunda podemos dejarla en un desiderátum... 



viernes, 9 de diciembre de 2022

Ligue anónimo

Para Rafa Cervera, cuya 'Canción para hombres grandes' me ha encantado.


Vi la foto de este hombre desconocido y enseguida me dio un morbo tremendo imaginarlo follándose a otro más o menos como él. La virilidad rampante que trasmite me hace emparejarlos en un encuentro de puro sexo en el que el hombre desfoga todos sus deseos acumulados en tanto que el otro se entrega a un excitante disfrute. Y los sigo llamando así, el hombre y el otro, porque sus identidades son lo de menos... 

El tipo en cuestión vive en un pueblo pequeño y tiene mujer y dos hijos. Allí no tiene posibilidades de satisfacer sus querencias ocultas. Viene a la ciudad por negocios y ha de pasar la noche en un hotel, pues aún le quedan unos asuntos que ultimar a la mañana siguiente. Al terminar a media tarde vuelve al hotel pensando en cómo aprovechar el tiempo libre. Es una ocasión única y enseguida siente el deseo de estar con un hombre. Que ello pudiera ser posible lo excita tanto que le da por desnudarse completamente y contemplarse el espejo con la fuerte erección que tiene ¿Qué otro hombre querría estar con él? Piensa en alguien también maduro y fortachón que se deje poseer y decide poner en práctica lo que ya había previsto. En cuanto supo que iba a estar en la ciudad, se instaló en el móvil una aplicación de contactos. Nunca la había usado, pero era el momento de hacerlo. Ya la eliminará cuando vuelva a casa.

Tal como se le ve en la foto, se pone a manipular el móvil. La aplicación le pide que se registre y no duda en hacerlo, con un nick inventado y una contraseña sencilla. Ya navega cada vez con más soltura.  En la búsqueda va seleccionando: mayores de cincuenta años, que les vayan maduros, que estén cerca... No se olvida de activar su ubicación. Se le abre una lista con algunos tipos que se muestran más o menos descocados: hay fotos solo de cara, de torsos desnudos, en traje de baño y hasta enseñándolo todo. Con casi todos ellos se daría un revolcón, piensa. Pero se da cuenta de que él no ha puesto ninguna foto y, sin ello, poco va a conseguir. Así que, con la prisa que tiene, no duda en hacerse un selfi de la polla, bien tiesa como está. Con esa carta de presentación, se dedica a buscar y le llama en especial la atención uno que, aunque no se le vea la cara, muestra su cuerpo sin el menor pudor, en varias poses de lo más provocativas. Es un tipo gordote, con buenas curvas y algo velludo. Le parece absolutamente deseable, con ese culo que luce con desvergüenza. Se fija que además tiene el punto verde de estar conectado y ya no duda en contactar con él. Como no está para perder el tiempo en galanteos pone la directa y le envía un mensaje:

        - ¡Hola! Estás muy bueno. En cuanto te he visto me han entrado ganas de follarte.

Nada más mandarlo teme haberse pasado. No sabe todavía que el otro tampoco se anda con remilgos y enseguida contesta:

        - Si es con eso que enseñas me dejarías el culo muy contento.

El hombre se entusiasma:

       - Pues así estoy ahora, en un hotel cerca de ti.

El otro no duda:

        - También veo que estamos cerca ¿Me estás invitando a que vaya ahora a tu hotel?

Al hombre casi le tiembla la mano al escribir:

        - Cuanto antes mejor, que estoy muy quemado. Te espero en la habitación.

El otro confirma:

        - No tardo ni media hora.

Concretan hotel y el acuerdo está hecho.

No se han visto las caras, pero el hombre piensa que, con ese cuerpo, no puede ser feo. Y aunque lo fuera, sería lo de menos. Por su parte, el otro ni se lo plantea. Es más pasivo que activo y la polla que ha visto es suficiente carta de presentación. Tampoco se han dicho los nombres. Solo el número de la habitación.

Apenas han pasado veinte minutos y ya están llamando a la puerta. El hombre no se ha preocupado de cubrirse lo más mínimo y abre tal cual está. El otro no puede dejar de contemplar a quien aparece ante él. Ve a un hombre de aspecto recio, no gordo pero fortachón. Tiene la piel curtida y el vello del pecho se le extiende por hombros y espalda. El rostro es moreno y surcado de algunas arrugas que, junto con las entradas del cabello, le dan seriedad. Confirma que la foto no miente ya que el sexo, ahora en descanso, sigue mostrándose potente y resalta bajo el espeso pelambre del pubis. Todo ello le agudiza el deseo de entregársele. Por su parte, y aunque el otro esté vestido todavía, el hombre se reafirma en lo acertado de su elección. Es de aquellos que, al cruzárselos por las calle, se le va la mirada detrás. Con un polo que le ciñe la oronda barriga y le marca las tetas, tiene además un rostro redondeado y vivaracho, con una pronunciada calva y gafas redondas de concha.

El otro dice sonriendo cordial: “Me gusta el recibimiento. Listo para el ataque ¿eh?”. El hombre replica urgiéndole: “Pues a ver si tú te pones ya como en las fotos”. No hay ningún acercamiento previo y el otro accede: “Eso está hecho”. Se quita las gafas, que deja sobre una repisa, y se saca el polo por la cabeza. A continuación, con toda naturalidad y de frente al hombre, se suelta la correa y baja la cremallera del pantalón, que se le desliza hasta las rodillas. Apoyando el culo en la pared para no desequilibrarse, se descalza y acaba de sacar el pantalón. Queda solo con un pequeño eslip que le marca bien el paquete. Para dejar el pantalón sobre una silla, se gira mostrando que el aflojado eslip descubre media raja del culo y, todavía sin ponerse de nuevo de frente, va deslizándolo hasta quedarle por debajo de las nalgas. Sabe que su culo es la joya de la corona para el hombre. Este lo mira con codicia y su polla vuelve a tensarse por las promesas de lo que al fin va a poder disfrutar. Otra vez de frente, el otro acaba de quitarse el eslip y se acomoda ostentosamente la polla sobre los huevos. “Ya estoy como tú”, comenta. Porque además el morbo que le ha dado despelotarse ante el recién conocido le activa la excitación que refleja su polla en pleno engorde. “No podía desear nada mejor que esto”, masculla el hombre soltando un resoplido. Entonces el otro bromea: ¿Tan necesitado vas?”. “¡Cómo te diría...!”, reconoce el hombre, “No tengo precisamente muchas ocasiones de estar con un tío como tú”. “Pues aprovecha, que aquí me tienes”, replica el otro dejándole tomar la iniciativa. Y le mueve un nuevo morbo de no saber si el hombre irá directo a darle por el culo o se recreará antes en una buena metida de mano. Está listo para lo que sea.

Por lo pronto el hombre reacciona al ofrecimiento del otro. “¡No me lo dirás dos veces!”, exclama. Y al parecer está dispuesto a ir a por todas, porque se abalanza sobre el otro y lo atrapa con sus fuertes brazos. Se juntan los cuerpos y se restriegan entrechocando las pollas. Al tenerlo tan cerca, el otro le echa los brazos sobre los hombros y, al enfrentar las caras, el hombre le busca la boca. Abre los labios y mete la lengua. El otro la enreda con la suya y se funden en un morreo a fondo. Cuando el hombre se aparta para respirar, exclama: “¡Joer! Ni me acuerdo de cuándo estuve con un tío tan bueno y tan caliente como tú... Si es que lo he estado alguna vez”. “¿Sí? Pues hoy soy todo tuyo”, musita el otro convencido ya de que va a haber mucho más que una follada. “Te lo voy a comer todo entonces”, afirma el hombre en un alto grado de excitación. Se aparta un poco para poder manosear al otro y, con manos entre temblorosas y crispadas, va recorriendo el abundoso cuerpo del otro, que se deja hacer entre suspiros. Estos se vuelven gemidos cuando al hombre no le bastan ya las manos y se pone a dar chupetones a las tetas del otro. Entretanto el hombre llega a atraparle la polla y exclama: “¡Qué dura la tienes ya!”. Mientras se la soba, el otro busca a su vez la del hombre, no menos tiesa y comenta divertido: “Mira quien habla...”.

En uno de los arrebatos el hombre se pone detrás del otro. Le planta las manos en los hombros y estira los brazos para tomar perspectiva. “A ver ese culo que me tiene cachondo desde que vi las fotos”, reclama. El otro lo menea con lascivia: “¿Te sigue gustando?”. El hombre le da una sonora palmada y exclama: “¡Qué follada tiene!”. Enardecido se le arrima y aprieta la polla en la raja del culo. Hace un torpe amago de metérsela, pero el otro, quien ve que ya ha llegado el momento, propone: “Mejor en la cama ¿no?”. Entonces el hombre tira de él y lo empuja para hacer que se eche. El otro cae bocarriba exhibiendo la polla bien dura. Al verla, el hombre aplaza de momento la follada y se lanza a por ella: “Te la tengo que comer también”. “Come, come”, lo invita el otro. Agarrándola con una mano el hombre le da varios lametones al capullo y enseguida se la mete en la boca. Succiona con ansia haciendo que el otro exclame: “¡Qué bien la chupas!”. El hombre hace una pausa para reconocer: “No será porque tenga mucha práctica... Pero me está encantando”. Aún más, le da un sorbetón a los huevos que estremece al otro. “Y estos también me gustan”, afirma cuando le salen de la boca. “No me vayas a desgraciar”, ironiza el otro.

La improvisada mamada ha calentado lo bastante al otro para que ya le apremie que el hombre le trabaje en culo. Y como le gusta asegurarse de que la polla del hombre vuelva a estar en óptimo estado de turgencia, nada mejor que comprobarlo por sí mismo. Así que pide: “Deja que te la chupe ahora yo”. Explica además: “Así tendrás todavía más ganas de follarme”. Le excita además saborear previamente lo que a continuación le van a meter, y hay pollas, como esta, que merecen un buen trato. Ahora pues es el hombre el que se despatarra en la cama y el otro, a cuatro patas, se aboca sobre la polla que está casi tan dura como al principio. Le entusiasma su buen tamaño, que apenas le cabe en la boca, y la lame y chupetea con fruición. “Me estás poniendo a cien”, advierte el hombre, “¡Dame ya el culo!”. Como es lo que también anhela el otro, este enseguida toma posiciones para el ataque. Calcula que va a necesitar estar lo más firme posible para recibir los embates de aquel pollón. Entonces, arrodillado en la cama, vuelca el torso hasta quedar apoyado en los codos. Ajustando las rodillas, que mantiene todo lo separadas que puede, reclama con emoción: “¡Venga, métemela ya!”.

No ocurre sin embargo lo que el otro espera y desea ya tanto. Nota unos movimientos algo extraños del hombre arrastrándose por la cama. Tras sobarle las nalgas las estira hacia los lados para abrir la raja. Entonces el otro siente la húmeda lengua del hombre que la recorre en profundidad. “¡Uf! ¿Qué haces?”, se estremece. Pero el hombre insiste, mordisquea los bordes y lame el ojete. El otro gime ante el inesperado beso negro. Cuando el hombre se da por satisfecho y levanta la cabeza, recuerda: “¿No te dije que te lo comería todo? Me faltaba esto antes de follarte”. Y añade: “Nunca lo había hecho, pero tienes un culo riquísimo y no lo quiero desaprovechar”. “Tú y tu falta de práctica”, ironiza el otro, “¿Me follarás ya de una vez?”. “¡Ahora sí!”, exclama el hombre que se yergue sobre las rodillas y se mete entre las piernas del otro. Sujeta la polla con una mano y tantea por la raja ensalivada. Una vez que ha atinado en el punto débil, y aunque el otro tiene buenas tragaderas, ha de hacer fuerza para ir entrando. El otro acusa la intrusión con un quejido arrastrado y, a medida que el hombre aprieta, va sintiendo una ardiente dilatación. Una vez que la polla está toda dentro, el hombre da un fuerte resoplido: “¡Joder, qué gusto!”. El otro replica con voz temblona: “¡Uj, qué honda está y qué gorda la noto!”. Al sacarla a medias el hombre para coger impulso, el otro siente el vacío que deja el émbolo de la polla, que pronto se llena de nuevo con la fuerte arremetida que vuelve a recibir. Y el sin parar que sigue es coreado ya por ambos. “¡Qué bien tragas!”, “¡Cómo me caliento!”, va soltando el hombre. “¡Folla así!”, “¡No pares!”, replica el otro. Este ha echado mano de un almohadón en el que hunde la cara y crispa las manos para resistir las embestidas cada vez más desaforadas del hombre. Tan excitado está que a veces se le sale la polla y el otro le reclama: “¡No te salgas! ¡Sigue, sigue!”. El hombre se afianza mejor apoyado en las caderas del otro y ya no para de bombear. “¡Qué bueno!”, va exclamando, “Estoy a cien”. El otro no se queda atrás: “Tu polla me está matando, pero de gusto”. Aunque la follada se alarga, llega un momento en que el hombre avisa jadeando: “Ya no puedo aguantar más”. El otro pide: “Pero sigue dentro y échamela toda”. El hombre entonces crispa las manos en las caderas del otro y se pega al máximo resoplando y temblándole el cuerpo. El otro se tensa recibiendo las descargas que el hombre suelta con cada espasmo. Se detiene ya y queda de momento recostado sobre el otro. Se yergue y, tras un fuerte resoplido, exclama: “¡Vaya polvazo!”.

El otro aplana el cuerpo y hace por zafarse del enredo de piernas. Cuando consigue ponerse bocarriba, dice: “Me has dejado el culo ardiendo”. El hombre se deja caer y se tiende al lado. Mira al otro y le pregunta: “¿Te quieres correr también?”. El otro se lleva una mano a la polla y solo dice: “Estoy muy caliente”. El hombre se fija en que se la está sobando y, sin dar muestras del menor agotamiento, se alza sobre las rodillas y le aparta la mano: “Ya te lo hago yo... Quiero que me des la leche”. “¿También eso?”, replica el otro que lo que desea es correrse cuanto antes. “Hoy no me voy a estar de nada contigo. Te dije que te lo comería todo y ahora también me la tragaré”. Ante la determinación del hombre, al otro lo tranquiliza recordar lo bien que se la había chupado antes de la follada y le da un voto de confianza para que lo deje tan seco como está necesitando. “¡Venga, cómemela ya!”, acepta y se despatarra sin usar ya sus manos.

El hombre manosea la polla del otro que acaba de ponerse dura. Luego se echa hacia delante y la lame, extendiendo los lengüetazos a los huevos. El otro suspira sobrecogido y el hombre se mete ya la polla entera en la boca. Chupa ansioso subiendo y bajando la cabeza. El otro resopla y pide: “¡Sigue así!”. El hombre se anima aún más y da un ritmo vertiginoso a la mamada. “¡Oh, oh, oh!”, va musitando el otro. Y enseguida avisa: “¡Me viene, me viene!”. El hombre aprieta los labios en torno a la polla y va notando cómo la leche le va llenado la boca. Traga sin soltarse hasta que el otro se estremece y reclama: “¡Deja, deja!”. El hombre aparta con cuidado la boca de la polla y aún la sujeta con la mano para lamer las últimas gotas que ve en el capullo. El otro siente cosquillas con la polla tan sensible aún y que ya va retrayéndose. Cuando el hombre lo suelta por fin, declara: “Me has dejado como nuevo”. “Me ha gustado tragar tanta leche como has echado”, comenta el hombre. “No habrá sido más que la que me habías metido por el culo”, ironiza el otro.

El hombre se levanta de la cama y va hacia la mini nevera. “Ni he visto lo que hay”, dice, “Pero algo fresco nos vendrá bien”. Mira dentro y comenta: “Poca cosa... ¿Te hace coca-cola?”. “Lo que sea, que estoy seco”, contesta el otro. El hombre vuelve a la cama con dos latas. Los dos beben de ellas medio recostados. El otro casi se la acaba y comenta: “¡Qué sed tenía!”. El hombre bromea: “Me sabe mal perder el gusto de tu leche”.

Así, al lado uno del otro, se sienten relajados y, como ninguno de los dos tiene prisa, la situación se hace adecuada para las confidencias. El hombre habla del porqué de su urgencia en aprovechar la ocasión y sacarle el máximo partido haciendo de todo lo que le pide el cuerpo. Explica las limitaciones que tiene para satisfacer su atracción hacia hombres hechos y derechos al vivir en una población pequeña con mujer e hijos. Y lo escasas que son las escapadas que puede hacer. Ahora, con los chats de contactos, le es algo más factible estar con un hombre de su gusto. Aunque a veces se lleve una decepción y tenga que dar el tiempo por perdido. “No es tu caso desde luego”, dice sonriendo al otro, “Has sido el mejor acierto que he tenido en mucho tiempo”. El otro se jacta: “Tengo cierta intuición y supe que valía la pena quedar contigo”. Pero también se abre a hablar de él. “Vivo desde hace años con un hombre bastante mayor que yo y estamos muy compenetrados. Por él le cogí tanto gusto a tomar por el culo. Me lo hacía de maravilla. Pero ya no tiene la misma energía para eso, aunque las mamadas siguen siendo estupendas. De todos modos siempre hemos sido muy abiertos, sin pretender tenernos atrapados. Yo soy difícil de controlar... Aunque él también hacía de las suyas. Ahora, que no está en su mejor forma, es todavía más comprensivo con mis aventuras. Fíjate que hoy le he enseñado la foto de tu polla y le he dicho: “Mira lo que me va a poner contento el culo dentro de un rato”. Se ha reído y querrá que luego se lo cuente”. “¡Qué envidia me das!”, piensa en voz alta el hombre arrimándosele más. “A veces se peca también por exceso... Puede llegar a hastiar”, reflexiona el otro. “No parece que ese sea tu caso todavía”, ríe el hombre.

Cuando el otro se gira hacia la mesilla para ver la hora en el móvil, el hombre se le arrima por detrás. El otro nota que la polla se le ha vuelto a poner dura. Se queda inmóvil y pregunta: “¿Así estás otra vez?”. “Oyéndote me ha dado un calentón”, se justifica el hombre, que se aprieta más hasta encajar la polla en la raja del culo del otro. Este pregunta no demasiado extrañado: “¿Quieres follarme de nuevo?”. “Tengo muchas ganas”, reconoce el hombre con tono suplicante. El otro, aunque no era ya su intención, transige. A nadie le amarga un dulce. Se acomoda de lado tal como estaba y realza el culo, pero advierte: “No seas muy brusco, que aún lo tengo irritado”. El hombre lo agarra por la espalda y, con movimientos de cadera, tantea con la polla tiesa por la raja y, como el culo conserva cierta dilatación, la mete con fluidez. El otro acusa el golpe: “¡Uh, cuidado!”. Una vez dentro, el hombre empieza a bombear de medio lado. Y en otro debe estar ya más a gusto porque menea el culo como si quisiera dar frotación a la polla. Lo cual estimula al hombre que, para una mayor penetración le coge una pierna y la mantiene levantada. “¡Qué gusto me da así!”, murmura. El otro insiste en sus meneos incitándolo: “¡Oh, no pares!”. El hombre va ya a por todas y aumenta la regularidad de sus arremetidas. Esta vez no avisa, sino que sus resoplidos y temblores delatan que se está corriendo. Cuando cesa los golpes de cadera, sigue todavía unos segundos dentro. Pero ya es el otro quien, con los mismos meneos del culo de antes, expulsa la polla.

El hombre tiene que desplazarse en la cama para que el otro pueda recuperar la posición supina. En medio de la respiración agitada, dice: “Gracias por haber dejado que te follara otra vez. Me seguía haciendo falta esta última oportunidad a saber en cuanto tiempo”. El otro replica irónico: “No ha sido precisamente un sacrificio”. Pero está cansado de tanto ajetreo y ya no siente la necesidad de correrse también. Entonces dice: “Creo que ya va siendo hora de marcharme”. El hombre calla sin moverse de la cama y con la polla en retracción. Así que el otro se levanta y empieza a vestirse. El hombre saca las piernas de la cama y queda sentado mirando al otro. Con un tono de cierta melancolía susurra: “¡Qué buen recuerdo me va a quedar de ti!”. El otro solo le sonríe y, cuando termina, espera que el hombre lo acompañe a la puerta. Se besan en los labios y el otro, más risueño, ofrece: “Cuando vuelvas por aquí, si te apetece, ya sabes cómo dar conmigo... Conoces mi alias del chat”. No han llegado a decirse los nombres ¿Para qué?

Para el hombre ha sido una intensiva experiencia que le ayuda a sacarse esa espina oculta de su vida convencional en las escasas ocasiones que se le presentan. Para el otro, una entrega más de su cuerpo a quien pueda satisfacer su búsqueda incontrolable de placer.