jueves, 2 de julio de 2020

Divagaciones calenturientas


Presento un experimento que, en estos tiempos tan extraños, me surgió un tanto deslavazado a partir de una serie de fotos que me lo iban inspirando. Hice una mezcla con todo ello y éste es el resultado, que ilustro con las imágenes de referencia.

En los blogs de fotos se recogen con frecuencia las tomadas en manifestaciones, festivas o reivindicativas, en las que, por uno u otro motivo, concurren personas desnudas. Unas de las más características son las de ciclistas. En ellas no es escasa la cantidad de hombres robustos, e incluso bastante gordos. Y se ven algunos ya maduros que quitan el hipo. Son para verlos con el culazo rebosando el sillín y el paquete oscilando con el pedaleo. Pero cuando se lucen a base de bien, es en los descansos y asambleas. Desacomplejados y eufóricos se sienten como peces en el agua, conscientes además de que su corpulencia no pasa desapercibida. Se dejan fotografiar sin el menor pudor mientras charlan y bromean desinhibidos con otros como ellos o más jóvenes.

Hay otro tipo de manifestaciones, como las LGBT, que sin ser nudistas, tampoco faltan individuos que reivindican su desnudez y se muestran así con toda naturalidad. No faltan tampoco los de ese tipo de hombre maduro. En las fotos aparecen dejándose ver, encantados de atraer las miradas de curiosidad o de deseo.

De entre las muchas fotos que hay de ambas clases, me han dado un morbo especial algunas de ellas. Se trata de una secuencia de un ciclista y otra foto suelta de un nudista en una concentración LGBT. Son tipos distintos de maduros robustos, cada uno con su particular atractivo.

El primero es un gordote cincuentón que se muestra, bien sea montado en su bicicleta, bien plantado junto a ella en uno de los recesos. En todas está en una actitud concentrada, exhibiendo con toda naturalidad su opulenta desnudez. Su única indumentaria la constituye un casco pequeño de ciclista, ajustado con un par de cintas sujetas bajo la barbilla, unas pequeñas gafas protectoras y un pañuelo que, a modo de collarín, le ciñe el cuello. El rostro es mofletudo, de nariz pequeña, mentón con cierta papada y barba escasa algo canosa. Un vello abundante, con algunas canas, matiza sus recias formas. Es barrigón y tetudo, de fornidos brazos y piernas. Tiene anchas espaldas y un culo gordo y respingón. Pedaleando de frente, parece que su cuerpo desborde la bicicleta. Sobresaliendo de sillín se percibe una polla regordeta sobre la peluda bolsa de los huevos. Visto desde atrás, se le forman pliegues velludos bajo los carnosos omoplatos y, al descargar su peso sobre el escueto sillín, las orondas nalgas se distienden y dejan vislumbrar la oscuridad de la raja del culo. Cuando está de pie en una parada, rodeado de gente, presenta un perfil de lo más sensual. En las posturas que adopta, bebiendo de una botella de agua o reposando las manos por detrás de la cintura, hace resaltar su prominente barriga, en las que descansan las marcadas tetas con picudos pezones. Más abajo, enmarcado por unos anchos muslos, se le ve ahora el sexo con más nitidez. En realidad lo que resalta es la polla ahora algo arrugada, ya que los huevos, que se intuyen gruesos porque la mantienen semi alzada, se ocultan en un espeso pelambre. En cuanto al culo, pese a que en estas últimas fotos se le ve solo de perfil, no deja de mostrar todo su poderío. Ni que decir tiene que no me canso de mirar las fotos que tengo disponibles de este ciclista y me encantaría que fueran muchas más. Claro que también desearía otras cosas más tangibles con él. 
                                 
 

Luego volveré a hablar de este suculento ciclista, al que pretendo situar en una fantasía fruto de mi imaginación calenturienta. Pero antes comentaré otra foto que, tanto por el personaje como por el contexto, me resulta asimismo muy seductora.

La foto en cuestión está tomada en plena calle y en un ambiente festivo LGBT. Así lo hacen suponer las franjas de las banderas que se exhiben. De cuerpo entero hay un hombre también robusto y de edad similar a la del ciclista. Parece bastante alto en comparación con las personas que tiene cerca. Está completamente desnudo, con tan solo los hombros cruzados por las tiras de una mochila que lleva a la espalda. Debe guardar en ella la ropa que se había quitado. Contrasta su falta de pudor con la expresión seria e indiferente de su rostro. Su cara es ancha y bien rasurada, con una desahogada papada. De cabello oscuro y espeso, ligeramente en pincho sobre la frente, lleva unas gafas pequeñas y redondas. Su mirada parece perdida o, más bien, fija en algo, y aprieta los finos labios resaltando la barbilla. Diríase que se trata de un profesor, y así lo llamaré en adelante. Su torso es ancho y adornado con un vello suave, con unas pronuncias tetas que le caen sobre la voluminosa barriga, haciendo un pliegue sobre ella. El vientre le hace otro pliegue bajo el ombligo para enlazar con el pubis. Hacia la mitad de éste un pelambre más espeso deja resaltar la polla, no muy grande en reposo, simétricamente posada sobre los huevos. Todo ello flanqueado por unos recios muslos. Si ya su imagen en sí resulta sensualmente atractiva, le da un toque de morbo especial el entorno en que se halla. Por detrás de él se ven pasar muy cerca unos jóvenes vestidos. Por un lado, dos chicas sonríen y parecen comentar lo que ven, ante la impasible exposición del cuerpo desnudo. Por el otro, a un chico rubito, más serio, se le va la mirada al culo del hombre que, con un brazo, hacia atrás mantiene subida la mochila a la espalda ¡Lástima no podérselo ver también! A juzgar por su delantera, lo debe tener no menos apetitoso que el resto.

Recalco el morbo que me da siempre que veo fotos de estos maduros robustos que, pasando de cualquier pudor, acuden a mezclarse completamente desnudos con gente, aun mayoritariamente vestida, que, por lo demás, los mira y respeta con la mayor naturalidad ¡Qué sensación de libertad irradian!

Aquí llega el momento de imaginar una confluencia de ambos personajes: el ciclista y el profesor. Se trata de un desfile de ciclistas desnudos en reivindicación del respeto al medio ambiente. Nuestro segundo hombre, el profesor, está plantado, tal como lo vemos en la foto, mostrando así su solidaridad, en la primera fila de la acera mirando el paso de la comitiva. En cuanto al personal del entorno, hay de todo: mucha gente vestida, pero también disfraces más o menos provocativos y algunos desnudos integrales. Cuando está pasando un colectivo en el que abundan banderas y cintas LGBT, hay un parón en la marcha y el ciclista gordo se detiene justo delante del profesor. Baja un pie del pedal y lo apoya en el bordillo de la acera. Suelta un fuerte resoplido y mira sonriendo al profesor. Éste le devuelve la sonrisa y le dice con atrevimiento: “Eres de lo mejorcito que circula por aquí”. Al ciclista le halaga el piropo y le pregunta: “¿Y tú qué haces ahí provocando?”. El otro replica: “Soy muy torpe con los pedales, pero me gusta veros y he querido venir para dar ánimos”. “Pues así como estás desde luego que los das", le dice el ciclista con picardía mirándolo de arriba abajo. “Me alegro de que hayas parado precisamente aquí”, declara el profesor. “He buscado aposta un buen sitio para hacerlo”, confiesa el otro. Parece que se reanuda la marcha y el ciclista ya se prepara para seguir. Mientras sube el pie al pedal, propone: “Luego hay una fiesta en el parque ¿Vendrás?”. “No voy en bicicleta”, objeta el profesor. Pero el ciclista explica: “En ella nos juntamos todos, participantes y animadores”. “Entonces te veré por allí, afirma el profesor. “Eso espero”, le sonríe el ciclista, que empieza a pedalear alejándose. El profesor se fija en su grueso culo desbordando el sillín y se reafirma en el deseo que, desde el momento en que lo vio, le despertó el orondo ciclista.

Entretanto, se me ocurre dar vida, integrándolos en el relato, a los personajes que muestra la foto del hombre que llamo profesor y que sigue mirando el paso de los ciclistas. Resulta que, en la acera de enfrente a la suya, están las dos chicas de la foto cogidas de la mano. Miran hacia el hombre y hacen comentarios divertidas. A su lado está también el chico rubio. En otra parada de los ciclistas, se deciden a cruzar la calle. La más lanzada tira de la otra y, deteniéndose delante de aquél, lo saluda con descaro: “¡Hola, profesor! En la uni parece usted más serio”. El profesor reconoce a una alumna suya y replica didáctico: “Aquí estoy también serio. Es mi forma de expresarme y reivindicar mi cuerpo tal como es ahora… En clase nunca os oculté mi condición sexual”. La chica presenta a su compañera: “He venido con mi novia… Le decía que es usted el profesor más guay”. “Ya lo veo, ya”, ríe la otra. El profesor bromea relajado: “Pero entonces a vosotras verme así no os dará ni frío ni calor”. “¡Qué va, profe! Está usted estupendo y da gusto verlo”, lo adula la alumna. Entonces ésta se dirige al chico, que había permanecido mudo mirando con ojos como platos al profesor: “¿A ti qué te parece verlo así? Siempre decías que te gustaba mucho”. Al chico, aunque avergonzado por la delación, le sale del alma: “¡Sensacional!”. El profesor ríe y reconoce con desenfado: “Ya me fijo en cómo me miras en clase… Me resulta muy estimulante”. El chico se anima y ya no tiene reparo en confesar: “En las clases tan estupendas que usted nos da sobre sexualidad, siempre fantaseo con que las hiciera tal como está ahora”. “¿Y era así como me imaginabas?”, pregunta cada vez más osado el profesor. “La realidad es mucho mejor”, declara el chico. La alumna comenta divertida a su novia: “Estos dos acabarán liándose”. “Igual le da una clase práctica”, ríe la novia. “Estaría bien ver cómo se lo montan dos tíos”, suelta desvergonzada la alumna. El ambiente de libertad que impera, no solo ha disparado la lenguaraz osadía de los jóvenes, sino que también desinhibe al profesor, que no tiene reparo en informar: “Precisamente hace poco he ligado con un ciclista… Hemos quedado en vernos en la fiesta que hay luego”. “¡Uy, los dos en pelotas! ¡Qué morbo!”, ríe la alumna. El chico, algo decepcionado, pregunta no obstante: “¿Cómo es ese ciclista?”. El profesor no duda en responder: “Un tipo como yo… Son los que me van”. Y añade socarrón: “Eso no lo había aclarado en clase”. “¡Qué fuerte!”, exclama la alumna, “Me cuesta imaginar dos tiarrones así metiéndose mano”. “Tampoco os imaginabais que me ibais a encontrar en pelotas aquí”, ríe el profesor. Parece que ya va dispersándose el flujo de ciclistas y la alumna pregunta: “¿Podemos ir también a la fiesta?”. “Creo que es entrada libre”, contesta el profesor, “Aunque cantáis un poco tan vestidos”. Lo de desnudarse no parece tan claro a los chicos, que de momento optan por dejar tranquilo al profesor. “Que lo pase muy bien con su ciclista”, dice la alumna, que sin embargo deja en alto la posibilidad: “Igual lo volvemos a ver”.

Una vez concluida la marcha, los ciclistas se van concentrando en el parque. En un enredo de bicicletas dejadas por tierra, se mezclan descansando sobre la hierba y refrescándose con el agua de los botellines que llevan. Pero no todos son ciclistas los que confluyen allí. Se les unen peatones, la mayoría también desnudos. Entre ellos el profesor, que busca con la mirada al ciclista que lo ha invitado. No tarda en verlo de pie junto a su bicicleta, apoyada en un árbol. Se ha quitado el casco y luce una noble media calva. Con una botella de agua en la mano, charla muy animado con unos chicos medio tumbados ante él. El profesor los observa sin querer interrumpirlos. Le parece que la conversación tiene connotaciones sexuales, porque uno de los chicos alza una mano y acaricia en un muslo al ciclista. Éste ríe y deja que la mano llegue a sobarle el culo. Luego hace el gesto de cogerse la polla flácida y agitarla, como indicando que no le hacen efecto las caricias. En ese momento capta la presencia del profesor y agita una mano para que se acerque. El profesor ha de abrirse paso entre bicicletas caídas y cuerpos recostados. Pero, al llegar al grupo en el que se encuentra el ciclista, con el paquete ante las caras de los chicos, dice: “No querría cortaros el rollo”. El ciclista ríe: “Son unos chavales que se ponen cachondos conmigo… Pero saben que no son mi tipo”. Entonces, uno de los chicos, al ver acercarse al profesor, exclama: “¡Vaya otro tío bueno!”. El ciclista vuelve a reír y, desvergonzado, se da otro toque a la polla: “Con éste sí que se me va a poner dura”. Entretanto empieza a atronar uno de los grupos musicales que participan en el concierto y la mayoría de los que están dispersos por el parque se van concentrando en la plaza central.

El ciclista toma por el brazo al profesor y lo aparta ya del grupito, llevando consigo asimismo su bicicleta. Arrimándose al profesor, lo hace avanzar. “Supongo que no te interesará demasiado el concierto”, le dice. “Ya sabes lo que me interesa”, replica el profesor pasándole un brazo por detrás de la cintura. “Entonces iremos a una glorieta muy discreta que está cerca… Ahora no debe haber nadie por allí”, sugiere el ciclista. “¡Uy, qué peligro!”, exclama riendo el profesor. “Es lo que buscamos ¿no?”, contesta el ciclista, que le suelta el brazo y le pasa el suyo por los hombros. Así enlazados llegan a la glorieta, pequeña y hexagonal, rodeada de celosías cubiertas por enredaderas. “Buen escondite”, comenta el profesor. “No hay que descartar que haya fisgones ¿Te importa?”, advierte el ciclista. “Que sufran de envidia”, responde el profesor. El primero deja apoyada la bicicleta en uno de los bancos y el segundo se desprende de la mochila y la pone al lado. Quedan enfrentados, deseando meterse mano ya. El ciclista comenta risueño: “Es una ventaja que no tengamos que empezar desnudándonos”. Con ello tienen ya vía libre para atacarse mutuamente.

Se acometen a la vez con un choque de las barrigas. Pasan los brazos sobre los hombros del otro y, con las caras muy cerca, el ciclista suelta: “¡Qué ganas te tenía desde que te vi plantado en medio de la calle!”. “Cuando paraste la bicicleta ya quise estar así contigo”, añade el profesor. El ciclista replica: “Así que te van los gordos y peludos ¿eh?”. “Tampoco es que yo sea un alfeñique”, ríe el profesor. Pero el ciclista ya le está tapando la boca con la suya y mete la lengua para abrírsela. Se morrean con pasión.  

Cuando empiezan a palparse, las manos del ciclista caen sobre las mullidas y apetitosas tetas del profesor. “¡Qué ricas las tienes! Te las voy a comer”. “¿Sabes que eso me pone negro?”, dice el profesor ofreciéndoselas, “Luego tendré que comerte también algo”. El ciclista, mientras con una mano estruja una teta, lleva la boca a la otra. La chupetea y lame el picudo pezón. Cuando ya lo mordisquea, el profesor se estremece: “¡Oh, sí! ¡Cómo me gusta!”. El ciclista cambia de teta y le hace lo mismo, mientras el profesor baja una mano buscándole la polla. Hay que señalar que las pollas que en las fotos se ven tan recogidas, ahora se han disparado y, a pesar de las barrigas, llegan a chocarse. Ya el profesor tiene agarrada la del ciclista y, para no tener que arquearse, lo empuja: “¡Súbete al banco!”. El ciclista se ríe de la cómoda idea del profesor, pero hace lo que le pide. Se eleva exhibiendo su contundente figura y, provocador, cruza las manos por detrás de la cintura. La polla le emerge entre el pelambre que cubre los huevos como una gruesa tranca.

Entonces se oyen unas risitas detrás de las enredaderas. “Ya están ahí”, comenta el ciclista sin inmutarse. Sin embargo, el profesor cree reconocer esas risitas como oídas hace poco y dice tan tranquilo: “Me parece que son unos alumnos míos con los que he estado hablando antes… Me habrán seguido”. “¿Les darás una clase práctica?”, pregunta el ciclista riendo. “¿Por qué no? Ahora ya no hay quien me pare”. Dicho y hecho, el profesor agarra las caderas del ciclista, acerca la cara y engulle entera la polla. “¡Qué furia! ¡Cómo me gusta!”, exclama el ciclista. El profesor no para de mamar, sujetándose con una mano en el culo del ciclista y, con la otra sobándole los huevos. Pese a que han debido oír que el profesor los ha identificado, los camuflados no se privan de cuchichear. Aun en susurro, se distingue la voz de la alumna: “¡Jo con el profe! ¡Vaya pedazo de tío también el otro!”. “¡¡Shiss! Que te van a oír”, le riñe el chico. Se sobrepone el vozarrón del ciclista: “¡Hostia, qué bien comes! Me estoy poniendo negro”. El profesor suelta la polla y exclama: “¡Qué ganas tengo de que me folles!”. Pero el ciclista no tiene prisa y dice: “¡Espera! Antes quiero comerte yo también”. Se baja del banco y añade: “Sube ahora tú”.

El profesor trepa al banco y se yergue meneándose la polla, que no desmerece en absoluto con respecto a la del ciclista. Hasta el punto de que la alumna no se reprime y susurra: “¡Cómo se le ha puesto también al profe!”. El ciclista le aparta la mano y se la mete en la boca. Mama con tanta vehemencia que el profesor avisa: “Como sigas así, no voy a poder aguantarme”. El ciclista se aparta: “De eso nada”. Así que hace que el profesor se dé la vuelta y le presente el culo. Le planta las manos en las nalgas y hunde la cara en la raja. Los suspiros del profesor atestiguan la eficacia de las chupadas y lamidas que recibe. “¡Uf, qué fuerte!”, se oye tras las enredaderas. El ciclista levanta la cabeza para respirar y suelta: “Ahora sí que no te libras de que te folle”. El profesor replica: “Lo estoy deseando ya”. Se baja del banco y, mientras se coloca echado hacia delante apoyándose en el respaldo para ofrecer así el culo, el ciclista, sin dejar de entonarse la polla, se encara hacia donde salen las voces y suelta desafiante: “¡Coño, pasad aquí! Nos veréis más cómodos”. El profesor, ya a punto, lo secunda provocador: “A ver si se atreven”. Se siente como un ajetreo que agita las enredaderas. “¡Venga, vamos!”, dice la alumna. “Por mí sí”, la secunda la novia. “No creo que hablen en serio”, objeta el chico. “Si tú eres el que mejor se lo va a pasar”, lo anima la alumna. Al fin se deciden los tres a bordear la glorieta y aparecen por la entrada. El ciclista, desvergonzadamente empalmado, los acoge sonriente: “¡Hala! Sentaos quietecitos, que no quiero hacer esperar más a vuestro profesor”. Éste, sin volverse a mirarlos, agita el culo indicando impaciencia. Los chicos, que a pesar del ambiente, han persistido en conservar toda su ropa, con cierta timidez ocupan el banco más apartado. Sus miradas atentas van de la impresionante figura erecta del ciclista al orondo e incitante culo del profesor.

El ciclista pasa ya de ellos y se coloca detrás del profesor con la polla bien firme. Lo agarra por las caderas y tantea con la polla por la raja. Da una clavada tan fuerte que se le contraen las nalgas peludas. El profesor suelta un bramido, “¡¡Wooouuu!!”, que tiene como eco la exclamación de la alumna: “¡Qué bruto!”. El ciclista se menea encajándose a gusto y proclama: “¡Voy a destrozarte este culo tan tragón!”. El profesor, recuperado del impacto inicial, lo jalea: “A ver si es verdad ¡Folla de una vez!”. “¡Vaya con el profe!”, se asombra la novia. “¡Impresionante!”, farfulla el chico. El profesor no tiene que insistir para que el ciclista se lance a darle unas arremetidas cada vez más enérgicas, que obligan a aquél a sujetarse al respaldo del banco con fuerza. “¡Sí que traga tu culo! ¡Qué gustazo!”, se explaya el ciclista. “¡Qué bueno! ¡Qué bien follas!”, replica el profesor. El ciclista demuestra un buen aguante y no altera su bombeo. “¡Cómo me la aprietas, golfo! ¡Me pones a cien!”, acusa sin embargo las hábiles contracciones del esfínter que hace el profesor. Éste, a su vez, le reclama: “¡Sigue zumbando! ¡No pares!”.

A pesar de la concentración con la que el ciclista está afanándose en el culo de profesor, no deja de extrañarle el silencio que, desde hace un rato, impera en el banco de los alumnos. Les echa una ojeada y capta que las chicas están muy amarteladas. La novia tiene metida una mano, por debajo de la falda, entre los muslos de la otra, que no deja de mirar la jodienda de los dos gordos. Por su parte, el chico, con las piernas estiradas, tiene abiertos los tejanos y se toquetea por dentro. El ciclista no se priva de comentar divertido al profesor: “Tus alumnos ya se apañan por su cuenta”. “¡Ya era hora!”, exclama el profesor, “Qué disfruten, que son jóvenes ¡Y tú sigue conmigo!”.

Al ciclista le ha venido bien la momentánea distracción y retoma la follada con energía renovada. “¡Así, así!”, lo jalea el profesor. Pero el ciclista ya no tarda en avisar entre jadeos: “¡Estoy a tope! ¡Ya me viene!”. “No se te ocurra salirte ¡Lléname de leche!”, exige el profesor. “¡Sí!... ¡Toda!... ¡Toda!”, va salmodiando el ciclista mientras, entre temblores, se aferra con fuerza al culo. “¡Aj, qué a gusto me he quedado!”, exclama por fin. Le hace eco la alumna, a quien la novia he debido dejar también satisfecha: “¡Aaahhh!”. El ciclista saca la polla que aún le gotea y, entonces, el profesor se da un giro y cae de rodillas ante él. Se amorra a la polla y chupetea los restos. Cuando la deja limpia, se relame: “No quería que se desperdiciara ni una gota”.

El profesor se pone de pie y ahora se fija en sus alumnos. Mientras las chicas se morrean, el chico ya tiene los pantalones bajados hacia las rodillas. Pero, al mirarlo el profesor, trata de ocultar lo que tiene entre manos. El profesor lo interpela sonriendo: “¡No te cortes! ¿No son éstas las fantasías que te haces en clase?”. El chico, todavía sin destaparse la entrepierna, tiene un arranque de sinceridad: “Lo de hoy supera cualquier fantasía”. Entonces el profesor se dirige al ciclista, aún obnubilado por la corrida, y, pasándole un brazo por los hombros, lo atrae contra él y le dice: “Me has dejado con una calentura que ya no me aguanto… Así que, con tu ayuda, voy a hacerme un buen pajón”. El ciclista se ríe y acepta: “¡Venga! Ya te iré metiendo mano”. Mientras el profesor empieza a meneársela, el ciclista, sin estorbarlo, se pone a sobarlo y hasta le chupa una teta. Están enfrentados al chico y el profesor lo reta: “Vamos a hacerlo a la vez… A ver quién se corre primero”. Y añade para animarlo: “Así tendrás un buen recuerdo cuando me veas en clase”. Ante la desinhibición con que el profesor se trabaja la polla, enseguida bien dura, el alumno ya pierde también la vergüenza y destapa una polla fina y tiesa, que frota acompasado con el profesor. Las chicas dejan ahora sus arrumacos y observan emocionadas la competición. El ciclista se ha puesto detrás del profesor y coadyuba a su excitación estrujándole las nalgas o pasando las manos hacia delante para pellizcarle las tetas. El profesor extrema sus aspavientos, no solo por la calentura que lleva encima, sino también para incitar al chico, que se la menea con la vista clavada en él: “¡Oh, qué cachondo estoy ya!” … “¡cómo me va viniendo!” ... “Ya me falta poco”. Mira al chico y le pregunta: “¿Cómo vas?”. El chico, congestionado, balbucea: “Cuando usted quiera, profe”. La disponibilidad del alumno no deja de hacer gracia al profesor que, para no ser menos en autocontrol, decide: “¡Vamos entonces!”. De su polla van brotando ya abundantes y seguidos borbotones de leche, que caen al suelo ante sus pies. A su vez, el chico emite un gemido y lanza un chorro que se alza haciendo una curva para descender entre sus piernas estiradas y separadas, con los pantalones caídos hasta los tobillos.

Se hace un silencio que –cómo no– rompe la alumna descarada. Le dice burlona a su compañero: “¡Qué lanzado! Te habrás quedado en la gloria ¿eh?”. Al chico aún le quedan arrestos para replicarle: “A ti ya te ha hecho correr antes tu novia ¿no?”. Los dos mayores pasan de ese pique entre los chicos y el ciclista palpa la polla, ya decreciente, del profesor: “¡Vaya corrida! Has sacado por ahí hasta los sesos”. El profesor ríe: “No habrá sido mayor que la que me has echado tú en el culo”. Aún les quedan ganas de achucharse y besuquearse, aunque ya el ciclista quiere comentar la otra corrida: “Anda que tu discípulo tampoco se ha quedado corto… Los tienes bien adiestrados”. El profesor explica: “Cuando me los he encontrado antes de verte a ti, les ha hecho mucha gracia que estuviera en pelotas en medio de la calle. Sobre todo ellas se han puesto pícaras, aunque son lesbianas –como habrás podido ver–, y le han tirado de la lengua al chico. Ha reconocido que se hace fantasías conmigo…”. Lo interrumpe el ciclista: “Así que también te ligas a alumnos…”. El profesor puntualiza: “Le dejé claro que lo mío no son precisamente los jovencitos… Y a la vista está”. Lo subraya dándole un achuchón. El ciclista pregunta provocador: “¿Le habré gustado yo también?”. “No lo dudes”, ríe el profesor, “Vernos a los dos juntos lo habrá alucinado”. Y añade marrullero: “¡Ven! Que se lo vamos a preguntar”.

Loa chicos, en su banco, se recuperan todavía de las emociones. La alumna, conciliadora ya, pasa unos pañuelos de papel al chico, que se limpia someramente y recompone los pantalones. No les sorprende demasiado que los dos hombretones se dirijan a ellos. A estas alturas hay confianza entre todos… Así se lo toman los mayores, que se plantan tal cual están ante los chicos. Si bien sus pollas lucen ahora calmadas, la desvergüenza con que se muestran sigue punzante. El ciclista, que es quien siente más curiosidad por la peculiaridad de los fisgones, les suelta: “Después de haberle seguido la pista a vuestro profesor, os habéis encontrado con doble ración… ¿Qué os ha parecido?”. La alumna fue la primera en opinar: “Aunque a nosotras dos no nos van los tíos, como sabe el profe, la verdad es que ver a dos tiarrones como vosotros dando y tomando por el culo ha sido toda una experiencia…”. La interrumpe el chico: “Bien cachondas que os habéis puesto”. “No somos de piedra… Y mira quién va a hablar”, replica ella. El ciclista va a lo suyo: “¿Y el ligue de vuestro profesor qué tal?”. La alumna reconoce: “A ti se te ve como más salvajote ¿no?”. El ciclista ríe: “No soy tan fino como vuestro profesor”. El chico quiere dejar claro: “Pero también estás de impresión”. “¡Hombre, gracias”, sigue riendo el ciclista, “Entonces tu corrida ha ido por los dos ¿no?”. “¡Por todo!”, exclama el chico, “Todavía no me lo puedo creer”. El profesor interviene, arrimándose al ciclista y poniéndole una mano en el culo. “A ver si ahora vas a querer llevarte todos los laureles”, le dice burlón.

Este gesto del profesor da pie para que la perspicaz alumna plantee una cuestión con toda desfachatez: “A ver, profe, ilústrenos usted… Acabamos de ver lo bien que se lo ha pasado tomando por el culo ¿Es usted uno de esos que llaman pasivos?”. El profesor ríe: “Sobre eso hay mucho mito… Lo que habéis visto vino rodado. El amigo manifestó su deseo de follarme y me presté muy a gusto… Podría haber sido al revés”. El ciclista corrobora la información: “Por mi parte, no le haría ascos a que me metiera esa polla tan apetitosa que tiene vuestro profe”. El profesor se le restriega por detrás: “No lo digas muy fuerte, que ya me estoy recuperando”. El ciclista, divertido, tantea con una mano hacia atrás: “A ver, a ver”. Luego, apartándose para hacer visible al profesor, mantiene agarrada la polla y dice: “Con una mamadita te la dejo lista”. El profesor sin embargo se muestra remiso: “Va a ser más de lo mismo…”. “¡De eso nada!”, suelta la alumna”, “Ver al profe dando por el culo será toda una gozada ¿No es verdad?”. Como esto último lo dirige al chico, éste, más parco en palabras, confirma: “Desde luego ¡Fabuloso!”.

El ciclista señala al profesor el banco que hace ángulo con el de los chicos: “¡Anda, ponte cómodo! Que te voy a poner a punto”. El profesor, para darle facilidades, se sube, pero se sienta en el respaldo con las piernas abiertas. Su polla ya se muestra bastante cargada. El ciclista se amorra y mama cosquilleándole los huevos. “¡Jo, cómo me estás poniendo!”, exclama el profesor sujetándole la cabeza. El ciclista suelta la polla y mira hacia los chicos: “¿Qué? ¿Lista para que me folle?”. “Tan tiesa como antes de hacerse la paja”, valora el chico. El profesor se baja del banco y el ciclista se pone a su disposición para que elija cómo follárselo. El profesor se muestra creativo, sin duda para dar más emoción al espectáculo. “Túmbate en el banco”, le dice. El ciclista lo hace, extendiendo a lo largo su pesado cuerpo y con las rodillas dobladas en el extremo, sin captar todavía cómo se va a apañar el profesor. Éste entonces le sube la pierna que queda al lado del respaldo para que se le sujete en él. A continuación le levanta la otra pierna y apoya la pantorrilla en su hombro. La culata del ciclista se eleva así y su barrigón, que tira también de la polla, queda en alza comprimiendo las tetas. “¡Uf!”, resopla, “Así me va a entrar hasta que me salga por la boca”. El profesor se le aposta detrás, le sujeta una pierna para que quede bien doblada sobre el respaldo y se agarra con fuerza a la que reposa en su hombro. Tantea con la polla el ojete que tiene a la vista y se clava con energía. “¡Auhhh!”, ulula el ciclista. Se añaden unos sincronizados y sobrecogidos “¡Ooohhh!” de los chicos. El profesor, ya bien afirmado, se ufana dirigiéndose a todos: “Creíais que no iba a poder ¿eh?”. El ciclista le replica forzando la voz: “¡Joder, cómo la siento! ¡Venga, folla!”. El profesor empieza a dar golpes de cadera y su culo se contrae con cada arremetida. “¡Sí, sí! Así me gusta”, lo jalea el ciclista, que se agarra al banco para sujetarse. Pero pronto se suelta de una mano y la lleva a su polla. “¡Qué caliente me pones!”, exclama, y se la va sobando mientras el profesor le zumba sin parar. Hay tensión en el ambiente, con los dos gordos cada vez más sofocados y los chicos sobrecogidos. El profesor ruge: “¡Me está viniendo”. “¡A mí también!”, corea el ciclista. El profesor se aprieta con fuerza y da seguidas acometidas, hasta que suelta: “¡Aaajjj!”. Cuando se detiene, de la polla del ciclista emergen chorros de leche que se le expanden por la barriga, caen en las tetas e, incluso, llegan a alcanzarle la cara.

Profesor y ciclista se desenganchan ya. Al primero, cuando se encara a los chicos, todavía le gotea la polla. El segundo, al que le han caído a plomo las piernas, se desentumece de su retorcida postura y se levanta con pesadez del banco. Cierra un ojo salpicado de leche y le pide a la alumna: “¿Tendrías uno de esos pañuelos?”. La chica se lo alarga solícita y puede limpiarse. “Lo ha bordado, profe”, dice la alumna admirada. Hasta la novia, que es quien ha estado más callada, añade: “Desde luego”. El chico, queriendo ser equitativo, declara: “Otro polvo genial”.

El profesor se dirige a los chicos sonriente: “Bueno… Ya no os falta nada por ver de cómo me manejo en este terreno”. El ciclista se adhiere: “No os podéis quejar del maestro que tenéis… Lo da todo por enseñaros”. Esto último lo ilustra con una risotada, pero añade enseguida suavizándola: “Y yo encantado de haberos conocido y de haber completado la lección”. Entonces el profesor habla por los dos: “Nosotros ahora vamos a incorporarnos a la fiesta, que buena falta nos hace beber algo fresco… ¿Qué haréis vosotros?”. Los chicos ya tienen saciada de sobra su curiosidad y cada uno digiere la crudeza de lo presenciado a su manera. La alumna se erige en portavoz y dice con su desenvoltura ya demostrada: “Creo que ya nos marcharemos… Después de lo visto, no nos quedan ganas de más tíos gordos en pelotas”. No obstante, el chico tiene el detalle de dirigir una sonrisa al profesor: “¡Gracias, profe!”. El profesor los despide cordial: “Ya nos veremos en clase”.

miércoles, 20 de mayo de 2020

Un doble estreno


En estos tristes tiempos de separación forzada, vuelvo a hablar de Javier, mi amigo, amante y compañero de tantas aventuras. En muchas ocasiones he relatado las que he tenido con él, pero también aquéllas suyas de las que he sido testigo directo o indirecto. Le gusta contármelas y las recojo con todo el morbo que me transmite. En su variedad y osadía reflejan el caleidoscopio de su imparable sexualidad. Muy satisfecho con su corpachón de hombre que va madurando y que, por lo demás, le gusta lucir con largueza, sabe hacerse notar y llega a dar la impresión de que está dispuesto a acoger a todo aquel, incluso todos aquellos a la vez, que muestren interés en hacerlo disfrutar. En este sentido, he señalado ya alguna vez que Javier, en cuestión de preferencias, más que escoger él, se deja escoger. Esta actitud, incluso, parece resultarle cómoda y, muestra de ello, es la frecuente petición que me hace, medio en serio medio en broma: “A ver si me entregas a tus amigos”. Y aunque éstos suelan ser de tipo similar al suyo, es decir, tirando a entrados en carnes, Javier no tiene el menor inconveniente en compenetrarse, en el sentido más amplio de la palabra, con ellos muy a gusto. Para no glosar sus desmanes en la sauna, más de una vez materia de mis relatos.

Sin embargo, en la calenturienta imaginación de Javier, hay una fantasía que saca a relucir de vez en cuando y que incluso influye en sus actitudes respecto al tema de la penetración. Los que han seguido los relatos que protagoniza habrán podido constatar la liberalidad con que ofrece el culo y cómo disfruta a tope cuando lo folla una buena polla, y hasta más de una si se tercia. Sin embargo, en el gusto por meterla él, es algo más selectivo. Aunque no se retrae si hay mucho interés de la otra parte, puesto a escoger le atraen más lo culos no muy gruesos ni demasiado peludos. Lo cual él mismo suele expresar con una frase que va en la línea de aquella fantasía: “Como un culito terso y sin pelos no hay nada”.

Ya en un relato anterior (Una sorpresa por partida doble), traté el entusiasmo con que Javier se deja querer por chicos bastante jóvenes si se le presenta la ocasión. Ahora recojo también una de las vivencias más excitantes en que su fantasía se hizo ampliamente realidad.

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Javier tuvo que desplazarse, por asuntos de trabajo, a una ciudad donde había residido hacía ya varios años. Entonces hizo buena amistad con un colega y su esposa, que tenían un hijo pequeño. Muy cordiales y abiertos, conocían las inclinaciones de Javier y, aunque no se habían vuelto a ver, mantenían las relaciones amistosas. Les divertían las desinhibidas crónicas que Javier les enviaba de sus lances amorosos, incluidas fotos de algunos de ellos. Cuando supieron de la visita de Javier, se empeñaron en que se alojara en su casa. Lo cual aceptó de buen grado.

Javier llegó a última hora de la tarde y fue recibido con la esperada afabilidad. Como el tiempo no pasa en balde, los anfitriones bromearon sobre el volumen que había ganado el cuerpo de Javier. Y éste no se mordió la lengua al replicar: “Pues aún tengo más éxito que antes”. Mientras saboreaban una espléndida cena, charlaron animadamente y Javier se interesó por el hijo, Luis. “Aunque tiene muchas ganas de verte de nuevo, se ha disculpado esta noche porque había de hacer un trabajo en casa de un compañero y vendrá tarde a dormir”, explicó la madre. A lo que el padre añadió: “Como ya ha empezado en la universidad, ahora le vemos menos el pelo”. “Debe estar ya enredado en amoríos”, sugirió Javier. “Algo de eso hay”, dijo el padre, quien precisó con toda naturalidad: “Aunque parece que ha salido más de tu cuerda… Ya nos lo ha comentado, pero dice que no tiene prisa”. A Javier no dejó de picarle la curiosidad por esta inesperada información.

Cuando llegó la hora de acostarse, mostraron a Javier la habitación de invitados. Y, como la reunión que tenía Javier sería por la tarde del día siguiente, le dijeron: “No tengas prisa en levantarte. Nosotros nos marcharemos temprano para abrir el comercio y volveremos para comer. Entretanto Luis se encargará de hacerte los honores… Si ves que se le han pegado las sábanas, lo puedes despertar. Se alegrará de verte”. Tras darse las buenas noches, Javier se acostó y pronto se entregó a un sueño apacible.

A la mañana siguiente, Javier se despertó algo tarde, con la casa en completo silencio. Fue al baño que había junto a su habitación y que, según le dijeron, compartiría con el chico de la familia. Desnudo, tal como había dormido, antes de ducharse se puso a repasarse la barba con la maquinilla eléctrica. Poco después, como ni se le había ocurrido echar el pestillo de la otra puerta, Luis irrumpió soñoliento y con unos bóxers tan solo. “¡Ostras, perdón!”, exclamó el chico. Pero Javier no se inmutó lo más mínimo y, soltando la maquinilla, se dirigió hacia él. “No pasa nada, Luis. Tenía ganas de saludarte. No te veía desde que tenías diez años… ¿Cuántos tienes ahora?”. “Diecinueve”, contestó Luis, aún sorprendido por la naturalidad de Javier, que se había ido acercando para estamparle un par de besos. Luego Javier se apartó para mirarlo mejor y le dijo sonriendo: “Pues te has convertido en un chico la mar de guapo”. Pero esta contenida valoración quedaba pálida en comparación con la que en realidad bullía en su mente desde el momento en que vio aparecer a Luis. Aquel niño regordete y juguetón que recordaba se había convertido ahora en el arquetipo de su fantasía. De cuerpo espigado y totalmente lampiño, parecía que se fuera a quebrar en cuanto se le pusieran las manos encima.

Por su parte Luis fue discreto para devolverle el piropo. Sin poder apartar la mirada del cuerpazo de Javier, dijo: “Ya me acuerdo de ti… Eras muy simpático”. Javier, con buen tino para descifrar ese tipo de miradas, echó mano de una provocadora coquetería: “Ahora te debo parecer un carrozón gordo”. Incluso se mostró con más descaro. “¡Qué va!”, exclamó Luis, “Si estás estupendo”. Javier bromeó: “Si tú lo dices… Desde luego me has pillado tal como soy enterito, sin trampa ni cartón”. “Más motivo para lo que he dicho”, replicó Luis con un desenfado que agradó a Javier, dispuesto ya a darle toda la cuerda posible al chico. “Pero tú haz lo que venías a hacer”, le dijo, “Me ducho y, mientras, me vas contando cosas de ti”. “Si no te importa…”, contestó algo cortado Luis, que vio cómo Javier entraba en el plato de ducha abierto y daba al agua. Entonces Luis se bajó los bóxers y se puso a orinar largamente en el wáter. “Tenía muchas ganas”, comentó con un suspiro. Aunque Javier no debió oírlo, porque ya estaba debajo de la ducha.

Cuando Luis terminó, dudó si volver a subirse los bóxers o echarlos a la cesta de ropa sucia, que era lo que solía hacer. Tras mirar a Javier despelotado y en remojo, optó por esto último, decidido a no quedar como un ñoño. Incluso se quedó de pie, apoyado en la encimera del lavabo y, enfrentándose a la ducha, no le importó ya presentar su sexo al escrutinio de Javier. “Si este pedazo de hombre lo enseña todo sin el menor problema, por qué lo iba a tener él”, debió pensar. Javier cortó el agua para poder hablar mejor y se puso a extenderse gel con parsimonia. A su vez había pensado: “Si al chico se le veía encantando con la situación ¿por qué no dejarlo disfrutar?”. Así que, sin apartar la mirada de aquel cuerpo juvenil, que ahora se le ofrecía al completo, mientras se frotaba las tetas, comentó: “Tiene gracia que nos hayamos reencontrado de este modo ¿no te parece?”. Luis pareció demostrar que, pese a su juventud, no se quedaba corto. “Ya has visto que no he salido corriendo al pillarte así”, dijo sonriendo. “Me ha gustado que te quedaras”, declaró Javier, que se vertía gel en una mano para pasarlo por la entrepierna, “Sentía curiosidad por saber cómo serías ahora”. “Poca cosa ¿no?”, dijo Luis provocativo. “Si me lo parecieras ¿crees que estaría haciendo esto?”. Porque Javier ahora se frotaba lascivamente la polla con la mano enjabonada. Luis contempló, con los ojos como platos, el endurecimiento que rápidamente se producía en la polla de Javier. “¿Te pasa eso siempre que te duchas?”, preguntó con una ironía que encantó a Javier. “Si tengo compañía…”, replicó éste, que se giró con tranquilidad para que el agua de la ducha le aclarara la entrepierna. Lo cual dio lugar para que Luis, fijándose en el culo que le mostraba ahora, aprovecha para acariciarse su polla. Entretanto comentó socarrón: “Lo que veo ahora tampoco está nada mal”. “Eso me lo dicen muchos”, replicó Javier con descaro. En ese momento cerró el agua y se volvió hacia Luis.

Ya con el cuerpo enjuagado, Javier presentaba una desvergonzada erección. Sin inmutarse, le pidió: “¿Me acercas esa toalla?”. Este truco para el acercamiento pilló por sorpresa a Luis que, algo descolocado, cogió mecánicamente la toalla sin apartar la vista de la desvergonzada imagen que ofrecía Javier. Además, al dejar su apoyo en la encimera para alargársela, no pudo disimular que la polla se le estaba levantando. La sonrisa traviesa con que Javier lo miró cuando iba a tomar la toalla aceleró el corazón de Luis y le impulsó a mantenerla retenida. Javier dijo entonces: “¿Es que quieres secarme tú?”. Luis ya se descaró: “Lo estoy deseando”. Javier levantó los brazos y se ofreció lascivamente: “¡Todo tuyo!”. Ahora le temblaban las manos a Luis cuando empezó a pasar la toalla por el opulento pecho de Javier. Éste le dirigía elocuentes miradas dejándose hacer. Pero, antes de que Luis siguiera bajando, se dio la vuelta para presentarle sus anchas espaldas de vello suave. Javier ya no impidió que continuara por atrás. Más bien lo incitó resaltando el gordo culo. “¡Uf, cómo provocas!”, exclamó Luis. “Tú sigue secando”, susurró Javier con la voz quebrada. Si Luis estaba excitado a tope, Javier no lo estaba menos por la facilidad de la conquista. Luis repasaba las nalgas mezclando el roce de la toalla con el de sus manos. Al profundizar en la raja, Javier soltó un exagerado “¡Oh, sí!”. Flexionó ligeramente las rodillas y echó el torso hacia delante, lo que dio lugar a que los huevos asomaran entre los muslos. Toalla y manos de Luis los palparon con suavidad, hasta ir a dar con la polla que apuntaba bien dura. Javier entonces, con teatreros “¡Ah, ah!”, fue girándose y quedó medio sentado en la encimera del lavabo exhibiendo la polla tiesa.

Luis dejó caer la toalla y le acarició la polla a dos manos. “¡Cuánto había soñado con poder hacer algo así!”. “¿Te gusto?”, preguntó Javier meloso. “¡Joder! Si eres mi tipo de hombre inaccesible”, explotó Luis. “Pues aquí me tienes ahora”, replicó Javier, que tiró de él para quedar enfrentados. Le pasó los brazos sobre los hombros y le dijo sonriendo: “Tú me gustas mucho”. Se abrazaron y las pollas entrechocaron por primera vez, mientras juntaban los labios y abrían camino con las lenguas. “No se le daba mal al chico”, pensó Javier. Pero Luis, exaltado, se apartó y casi gritó: “¡¿Qué quieres que haga?!”. Javier contestó con énfasis: “¡Cómemelo todo, fóllame…!”. Ante la amplitud de la oferta, Luis titubeó: “Eso último no lo he hecho todavía… y menos a un tío como tú”. Pero en lo de comer no tenía pegas. Así que fue deslizándose para quedar en cuclillas y hacerse con la polla de Javier. “¡Qué hermosura!”, exclamó sopesándola. Ya acercó la boca y ciñó los labios al capullo. Javier gimió mientras la polla iba entrando en la boca: “¡Sí, qué gusto!”. No le excitaba tanto la mamada, no muy experta, como la devoción que le ponía Luis. Y Javier no se iba a conformar con ella. Sujetó la cabeza de Luis y le preguntó: “¿Quieres estrenarte conmigo?”.

La propuesta desconcertó a Luis. No es que no deseara con locura entrar en culo tan espléndido, pero le cortaba su propia impericia. Buscó un subterfugio para darse tiempo: “Yo no me he duchado aún”. Javier sonrió captando la argucia y se avino a darle margen, confiado en sus dotes de seducción: “¡Vale! Te espero en mi habitación”. Dejó abierta la puerta y, muy en su estilo, se lanzó bocabajo sobre la cama. Aunque la ducha de Luis fue rápida y de mero trámite, mientras oía el sonido del agua Javier vibraba de excitación pensando en aquella polla juvenil e inexperta que pronto, sin duda, le iba a penetrar. Cuando el agua cesó, Luis aún tardó unos segundos en aparecer. Javier, con la cara medio hundida en la almohada, solo supo que estaba allí cuando lo sintió suspirar: “¡Uf, qué fuerte es esto!”. Porque Javier no solo ofrecía su exuberante cuerpo despatarrado, sino que removía el culo como si ya tuviera dentro una polla. Sin embargo no quiso concretar lo que tanto deseaba y declaró: “Haz conmigo lo que más te apetezca”.

Pero resultó que los nervios habían jugado una mala pasada a Luis, aflojándole la erección que había alcanzado antes de la ducha. Aunque Javier no había llegado a verlo, captó el apuro de Luis cuando dijo: “No sé si voy a poder”. No dispuesto a frustrar el morbo que ya sentía por adelantado de que se estrenara con su culo polla tan deliciosamente joven, Javier se giró de medio lado y lo llamó: “¡Anda, ven aquí!”. Luis se le acercó avergonzado. Su polla no estaba floja, aunque tal vez no mantenía la firmeza que le habría dado más confianza. Javier tiró de él y se la sobó. “Con lo rica que es… Te la voy a dejar a punto”. ´Sujetó a Luis por el culo y acercó la polla a la boca. Cuando la sorbió de sopetón con avaricia, a Luis se le puso la piel de gallina. Le parecía increíble que un hombretón como Javier se la estuviera chupando. Javier se esmeraba, con relamidas y murmullos de placer. Hasta que, con un sonoro “¡Aj”, soltó la polla, que quedó horizontal, fina pero más larga de lo que le había parecido a primera vista. “¡Mira qué tiesa la tienes ya! Mi culo la desea”, exclamó suplicante.

Ya no había vuelta de hoja y Javier volvió a su posición inicial meneándose con lascivia. Luis, a quien la mamada lo había revitalizado y puesto a cien, trepó por los pies de la cama y se arrodilló entre las piernas de Javier. Éste, incitador, se llevó las manos a las nalgas y las apartó para mostrar la raja. “¡Mira qué abierto estoy!”. “¡Cómo me excitas!”, exclamó Luis. “¡Venga, métemela ya!”, lo instó Javier, que soltó las nalgas y estiró los brazos a los lados. Luis se volcó sobre él, acoplando su cuerpo elástico a las redondeces de Javier. Éste notó cómo, con cierta torpeza, la polla tanteaba por su raja y, cuando sintió que rozaba el ojete, avisó: “¡Ahí, ahí, aprieta!”. No tuvo que forzar mucho Luis para que la polla se le deslizara al completo por las golosas tragaderas. Javier ululó: “¡Oh, sí… Toda, toda”. “¡Uuhh, qué gusto! ¡Ya estoy dentro!”, coreó Luis certificando el logro de su primera follada. Javier quiso lucirse e hizo unas contracciones del esfínter que enloquecieron a Luis. “¡Cómo me aprieta! ¡Me pone muy caliente!”, clamó. “Ahora bombea y aún te pondrás más… Yo estoy ya a cien”, lo alentó Javier. Luis alargó los brazos para asirse con fuerza a los hombros de Javier y empezó a activar las caderas en un sube y baja cada vez más decidido. “¡Así, así!”, clamó Javier, “¡Cómo te siento!”. Y cada vez que Luis se frenaba para tomar aliento, bramaba: “¡No pares! ¡Sigue, sigue!”. Pero Luis ya no tardó en manifestar que estaba al límite: “¡Ya no aguanto más! ¡Me va a venir!”. Y Javier entonces quiso asegurarse: “¡Ni se te ocurra salirte! ¡Quiero toda tu leche!”. Con este exhorto, Luis fue dejándose ir con espasmos saltarines y duraderos, para delicia de Javier. “¡Oh, qué corrida más buena!”, acabó por soltar Luis antes de derrumbarse sobre Javier. Éste, en cuanto notó que la polla le resbalaba fuera del culo, se dio la vuelta y, con una sonrisa de oreja a oreja, abrazó a Javier: “¿Ves qué bien? Me has hecho muy feliz”. “Aún no me lo puedo creer”, replicó Luis hundiendo la cara en el acogedor regazo de Javier.

Si Luis se hallaba saciado, no era ese el caso de Javier, que pronto declaró: “Me has dejado muy caliente”. Luis, que desconocía la imperiosa necesidad de correrse que tenía Javier después de ser enculado, ofreció: “¿Qué quieres que haga?”. “Tú recupérate, que ya me sé apañar”, contestó sonriendo Javier, quien, en tal tesitura, le resultaba más gratificante la autosatisfacción. Aunque la polla se le había ablandado con los embates de Luis, no se cortó lo más mínimo para empezar a sobársela bajo la atenta mirada de Luis, encantado al ver cómo se endurecía. No obstante Luis, espontáneamente y sin estorbar el ritmo de la paja, se puso a acariciarle las tetas. “¡Sí!”, aceptó enseguida Javier, que añadió con la voz entrecortada: “Estrújamelas… Pellízcamelas… Me pone negro”. Cosas que fue haciendo Luis con gusto, aunque con cierto comedimiento para el aguante de Javier, y sin perder de vista lo que ocurría en la entrepierna. Poco más tuvo que frotar Javier para que las piernas se le tensaran y lloriqueara: “¡Me viene, me viene!”. La leche brotó salpicando el vientre y derramándosele sobre el puño hasta los huevos. Luis había detenido el sobeo de tetas y contemplaba la corrida deslumbrado. Javier levantó la mano pringada de leche evitando tocar las sábanas y exclamó: “¡Oh, qué falta me estaba haciendo ya!”. Luis, solícito y para calmar su emoción, le alargó unos pañuelos de papel, que Javier usó para limpiarse.

Javier fue el primero en aterrizar del relajado impase en que flotaban. “Voy a tener que ducharme otra vez”. Se levantó de la cama y dijo con picardía: “¿Vienes?”. No pudo gustarle más a Luis esta invitación y se apresuró para seguir a Javier al baño. Por supuesto se ducharon juntos, con jabonosas caricias y sobeos. Ambos disfrutaban del cuerpo tan diferente del otro. Mientras se secaban, Javier bromeó: “¿En esta casa no se desayuna?”. Luis rio: “¡Uy, sí! Que me habían encargado que hiciera de anfitrión”. Aunque estaban solos en la casa, por prudencia se pusieron al menos unos eslips. Desayunaron con ganas, sobre todo Javier, y a partir de ahí fueron retomando el conocimiento mutuo que se había visto interrumpido por el arrebato de sexo al que se acababan de entregar. Abrió el fuego Javier, que dijo con cinismo: “¡Vaya, vaya! ¡Qué peligro haberse quedado a solas contigo”. Luis le devolvió la pelota certero: “Sabía que eras un tipo de armas tomar, pero no me esperaba esa forma de desplegar tus dotes de seducción”. “A ver si me vas a salir ahora con que me he pasado contigo”, se recochineó Javier, aunque algo a la defensiva. “¡Para nada, hombre! La de fantasías que me había hecho con algo así, que me parecía tan lejano… Y va y se me presenta al abrir la puerta del baño”, aclaró Luis. Javier, que pensaba que la entrada de Luis había sido de todo menos inocente, se interesó más por lo que había dicho al principio: “¿Qué conocías tú de mí, para que supieras que soy de armas tomar?”. Luis rio: “Como te dije, de pequeño te recordaba como un tipo muy simpático. Luego oía a mis padres hablar de ti y, últimamente, con más claridad. Como yo empezaba ya a saber lo que me iba, me interesaste más. Incluso curioseé en tus correos y vi tus fotos. Si hasta había alguna en una playa nudista… Cuando me enteré de que venías, me entraron muchas ganas de conocer cómo serías ahora”. “Y me pillaste en pelotas”, completó Javier divertido. “Pero lo que no sabía era si yo te podía interesar”, reconoció Luis. “A nadie le amarga un dulce”, dijo Javier socarrón, “Y me has follado de maravilla”.

La mañana había ido pasando casi sin que se dieran cuenta y ya no faltaba demasiado para que regresaran los padres de Luis. Así que fueron a arreglar las respectivas habitaciones y vestirse correctamente. Tras este adecentamiento, Javier aprovechó el tiempo que les quedaba para preguntarse: “¿Qué pensaran tus padres de lo que hemos podido estar haciendo los dos solos toda la mañana?”. Luis dijo con desenfado: “Con tus antecedentes, que tan bien conocen, y lo que ya saben de mis inclinaciones, no creo que les fuera a extrañar demasiado que nos hubiéramos liado”. “No sé yo si en sus esquemas mentales entraría que te llegara a atraer un tipo gordo y tan mayor que tú”, argumentó Javier. “Alguna pista ya tienen”, reveló Luis, “Cuando me dijeron que venías y me encargaron que te atendiera esta mañana, me mostré encantado y hasta bromeé con que podías ser un peligro. Mi padre comentó en el mismo tono: ‘A lo mejor te espabila… Qué Javier sabe de eso’. Y mi madre añadió: ‘Igual eres tú más peligroso que él’. Javier rio: “¡Qué razón tiene tu madre!”. No obstante Luis precisó: “De todos modos mejor que no entremos en detalles de lo que ha pasado… Que se imaginen lo que quieran”. “¡Por supuesto!”, confirmó Javier, “Prefiero que no me consideren además como seductor de jovencitos”.

Cuando llegaron los padres de Luis, enseguida se dispusieron a hacer los preparativos de la comida. Los cuatro se concentraron en la cocina, cada uno con su misión. Luis ponía la mesa. El padre preparaba una ensalada. Javier, por supuesto, cooperaba con la madre en las tareas culinarias. Afanados como estaban, no comentaron cómo habría transcurrido la mañana, lo cual se inició una vez estuvieron sentados en la mesa. La madre abrió fuego preguntando a Javier: “¿Qué tal te ha atendido Luis?”. “De maravilla”, contestó Javier, “Un perfecto anfitrión”. “Lo he tratado como se merecía”, añadió Luis risueño. “¡Vaya, vaya!”, intervino el padre con tono irónico, “Habréis tenido ocasión de conoceros a fondo”. “Hemos congeniado mucho”, replicó Luis, “Es un hombre muy abierto”. Javier se sintió obligado a aportar su visión más formal: “¡Cómo ha cambiado Luis desde que lo conocí de crío! Ahora lo he encontrado de una gran madurez”. “Me alegra que digas eso”, replicó la madre, “Seguro que este encuentro contigo le ha venido muy bien para saber lo que quiere”. A Javier le cabía la duda de si los padres solo pensaban que Luis habría debido aprovechar la experiencia de Javier para aclararse en la cuestión de sus inclinaciones hacia los hombres, o si incluso asumían que hubieran llegado a tener una lección práctica.

Aquella tarde Javier ya tenía sus reuniones de trabajo. Además había de asistir a una cena, de la que regresaría algo tarde. Por eso le dejaron una llave para que entrara a dormir. Cuando volvió pasada la medianoche, la casa estaba en silencio. Acalorado, se desnudó enseguida y se metió en la cama sin taparse. Algo desvelado, se puso a evocar lo sucedido aquella mañana y cómo había disfrutado con la entrega de su cuerpo al bisoño, pero ardoroso, Luis. La mano se le fue a la polla y no tardó en ponérsela dura. A punto de masturbarse, lo distrajo sin embargo la luz del baño que se filtró por debajo de la puerta. Ésta no tardó en abrirse y Javier pudo ver la silueta de Luis, también desnudo, que avanzaba hacia la cama. Javier no se mostró demasiado sorprendido y dijo soltándose la polla: “¡Hola! ¿Me estabas esperando?”. La luz del baño resaltaba la oronda figura de Javier, despatarrado y con la polla tiesa. “¿Estás ocupado?”, preguntó a su vez Luis con ironía. “Pensaba en ti”, contestó Javier. “Sería una lástima que te lo hicieras tú solo ¿no?”, dijo Luis. “Ven entonces”, pidió Javier abriendo los brazos.

Luis subió a la cama y se estrechó contra Javier, que lo abrazó. Aunque advirtió: “Ahora no estamos solos”. “El dormitorio de mis padres está en la planta de abajo… No se enteran de nada”, replicó Luis. “Si tú lo dices…”, admitió Javier, cautivado por el atrevimiento de Luis. Éste ya le estaba acariciando la polla y pilló por sorpresa a Javier al declarar: “Quiero que seas tú quien me desvirgue”. Javier se tomó su tiempo antes de contestar: “¿También quieres estrenarte conmigo en eso? ¿No has tenido bastante con darme por el culo?”. “Luis trató de explicarse: “Al encontrarme contigo he sabido lo que buscaré en el futuro y quiero estar preparado para lo que pueda venir… No sé cuándo nos volveremos a ver, pero le he estado dando vueltas todo el día y tengo claro que quiero que seas tú quien me deje listo”. A Javier no dejaba de admirarle la firmeza que mostraba Luis y soltó como desahogo: “¡Vaya encargo el tuyo!”. Y añadió enseguida: “¿Has visto bien lo que quieres que te meta por el culo? No es precisamente de talla pequeña”. Pero Luis siguió impertérrito: “Me encanta lo dura que se te pone y no me aguanto las ganas de tenerla dentro… No me importa que pueda dolerme al principio”. Javier, que ya empezaba a ceder, evocó: “Yo también tuve una primera vez… Fue con un tío que acababa de conocer, aunque me trató bien y acabé disfrutándolo”. Luis tuvo el acierto de dar con el punto flaco de Javier: “Debes estar acostumbrado a follarte culos de más envergadura que el mío… Tal vez te parecerá poca cosa”. Javier rio de la treta: “Eso mismo me dijiste cuando te vi la polla y bien que he disfrutado de ella… Para que lo sepas, los culos jóvenes y firmes como el tuyo son los que prefiero y me excitan más”. “¿Entonces?”, preguntó Luis. “Solo es que temo hacerte daño y que los dos nos quedemos frustrados”, confesó Javier. “Contigo me sentiré más seguro que con cualquier otro. Por muy echado para adelante que seas, sabes tratarme con delicadeza”. Javier calló ya. Porque además Luis se había ido deslizando y ahora le chupaba la polla. Quedó claro que la decisión estaba tomada, también por Javier. Al que, al calentón por la perspectiva de follarse a Luis, se le unían los efectos de la dulce mamada que le estaba haciendo. No obstante, en su papel de entrenador, y para hacer las cosas bien, hizo un encargo a Luis: “En el baño está mi neceser ¿Por qué no vas a buscar un frasquito de lubricante que encontrarás dentro?”. Luis saltó enseguida de la cama para cumplir el encargo y Javier retomó el sobeo de su polla.

Luis reapareció con el frasquito en la mano completamente empalmado. Aunque contemplar la vitalidad de aquella polla juvenil no dejaba de excitar a Javier, ahora no era de ella de lo que se iba a ocupar. Así que pidió: “Échame unas gotas en la punta… Tienes que mimármela”. Luis vertió un poco sobre el capullo con mano temblona, pero enseguida se puso a frotar la polla con suavidad para extender el lubricante. “¡Qué caliente me pone eso!”, murmuró Javier. “Así me entrará mejor ¿no?”, dijo Luis. “Antes te prepararé también”, advirtió Javier, controlando sus propias ganas. Luis se subió ya a la cama e, imitando lo que había hecho Javier por la mañana, se tendió bocabajo ofreciéndose. Pero Javier prefirió una posición más cómoda para sus respectivas anatomías. Se irguió quedándose de rodillas y, andando sobre ellas, se metió detrás de las piernas de Luis. A continuación le tiró de las caderas para hacer que se pusiera a cuatro patas y le instó: “Apoya los codos en la almohada”. “¿Ya vas?”, preguntó nervioso Luis. “He dicho que te voy a preparar”, recordó Javier simulando serenidad ante el apetitoso culo sonrosado y lampiño que tenía ante él. Primero lo acarició como si le tomara las medidas y, al apartar con delicadeza las nalgas, tuvo un subidón de deseo al ver el botón del ojete virginal. “¡Cómo me gusta tu culo!”, exclamó. “¿De verdad?”, preguntó Luis receloso. Javier le dio un cachete cariñoso. “Pronto lo vas a comprobar”. A continuación vertió un poco de lubricante en el comienzo de la raja y lo extendió por de ella con la palma de la mano. “¡Uuhh, qué sensación!”, musitó Luis. Sin hacerle caso, Javier empezó a tantear con el índice y, al ponerlo sobre el ojete, presionó. “¡Aahh!”, se quejó Luis. “¿Lo dejamos?”, lo retó Javier, que aun así, profundizaba con el dedo. “¡No, no! ...Ha sido la sorpresa”, replicó Luis. “Pues relájate, que así te dilato”, explicó Javier retorciendo el dedo. Cuando lo sacó, Luis dio un respingo silencioso.

Llegó ya el momento decisivo y, tras volver a lubricarse la polla, Javier se arrimó más a la trasera de Luis. Se subió la barriga por encima de ella y sujetó la polla con una mano. Tanteó ostentosamente por la raja para que Luis se pusiera en guardia. No obstante le instó: “No te tenses y déjame hacer”. “¡Sí, hazlo ya!”, se oyó en sordina a Luis con la cara empotrada en la almohada. Y es que había una confluencia de emociones. Luis consideraba aquello, con temor y deseo, como el segundo y más decisivo bautismo de fuego, en las últimas veinticuatro horas, con un hombre que colmaba todas sus fantasías. A Javier no solo le embargaba la avidez de poseer aquel culo prieto y juvenil, sino también el morbo de que, con ello, iba a hollar un terreno virgen. Lo que, a su vez, le imponía un especial cuidado para su logro.

Javier guio ya la polla hacia lo más profundo y, cuando la tuvo apostada en el punto justo, se equilibró con las manos en las caderas de Luis para poder empujar. Dio ya una arremetida de tanteo, pero tan certera que el capullo empezó a tomar acomodo. Esperaba el silbido lastimero, aunque contenido, de Luis y se detuvo. “Ahora ya te voy a entrar”, avisó. “¡Sííí…!”, musitó Luis bien agarrado a la almohada. A Javier le pudo ya la excitación que había venido controlando y arreó una fuerte embestida que hizo que la polla se le metiera al completo. Empotrado como estaba pudo evitar que el salto que amagó Luis, con un sentido lamento, lo desplazara. “¡Toda dentro!”, exclamó gozoso Javier. “¡¿Ya?!... ¡Cómo me quema!”, farfulló Luis. “Pues aguanta, que yo estoy en la gloria”, replicó Javier, todavía sin moverse. Javier fue sacando lentamente la polla hasta la mitad y volvió a clavarla a tope. Sin hacer caso al ulular de Luis, le avisó: “Agárrate que vienen curvas”. Ya no cabía vuelta atrás y Javier crispó los dedos en la espalda de Luis para empezar a impulsar su propio culo, que se expandía y contraía mientras bombeaba a un ritmo creciente. “¡Oh… oh… oh!”, iba gimoteando Luis. Lo que Javier interpretó a su manera: “Te va gustando ¿eh?”. Luis se mostró ambiguo al farfullar: “No sé”. Javier redobló ya sus arremetidas y las iba glosando: “¡Qué culo más rico tienes!”, “¡Qué caliente me estoy poniendo!”. A este alboroto se sumaba que, al arrear con tanta energía, a veces llegaba a salirse y tenía que reemprender la follada con nuevas ganas. Porque no mostraba prisas por acabar, mientras Luis, zamarreado, llegó a corear: “¡Qué pedazo de polla!”, “¡Me destroza! …Pero ya va mejor”. Toda resistencia tiene sin embargo un límite y Javier empezó a soltar bufidos, cada vez más sofocado. “Te voy a dar la leche ¿eh?”, farfulló. “¡Sí!”, contestó Luis lloriqueando. Los estertores y resoplidos con que Javier descargó su corrida fueron de antología, tan agarrado a Luis que casi lo levantaba en vilo. Puso punto final con un desgarrado “¡Qué pasada!”. Quedó parado unos segundo, sacó la polla con un sonido de descorche y se derrumbó hacia un lado.

Luis apenas se atrevía a moverse porque, mientras recibía la corrida de Javier, le había pasado algo que no sabía cómo encajar. Las sensaciones que había ido experimentado, con un ardiente dolor que se iba combinando con un progresivo y extraño placer, habían acabado produciéndole un efecto de choque que, casi sin darse cuenta, le había hecho eyacular. La quietud de Luis no dejó de extrañarle a Javier una vez que estuvo más repuesto. “¿Todavía quieres más?”, preguntó sacudiéndolo suavemente. Luis, aún con la cara sobre la almohada, se decidió a confesar: “Es que yo también me he corrido”. Javier rio: “Entonces no hace falta que te pregunte cómo te ha ido”. Luis insistió: “¿Pero eso es normal? …A ti no te pasó”. “Me tuve que hacer enseguida una paja… Eso que te has ahorrado”. Entonces Luis se volvió ya hacia Javier y, abrazándolo, reconoció: “Ha acabado siendo todavía mejor de lo que esperaba de ti”. “Pues por mi parte, ha sido un polvo glorioso”, dijo Javier no queriendo solemnizar la situación.

Relajados los dos y estirados uno junto a otro, Luis soltó de pronto: “Y pensar que mañana tengo un examen…”. “Te refieres a hoy ¿no?”, puntualizó sorprendido Javier, dado que habían sobrepasado la medianoche. “Sí, claro…”, admitió Luis, “No es demasiado difícil”. A Javier le salió un impulso paternalista: “De todos modos, deberías irte a dormir a tu cama y descansar… Ya has tenido bastantes emociones”. “Sí… No me aguanta el cuerpo”, reconoció Luis. Pero también quiso preguntar: “¿Y tú cómo estás?”. Javier soltó una de las suyas: “Con el culo y la polla bien contentos… Y todo gracias a ti”. Luis se enganchó a esto último para estirar su pereza. “Las gracias te las tengo que dar yo. Te has prestado a que haga contigo todo lo que para mí no eran más que fantasías que no sabía si llegaría a realizar alguna vez”. “No ha sido un sacrificio precisamente… Me has puesto en bandeja una perita en dulce”, ironizó Javier. Pero ya lo empujó cariñosamente. “¡Venga, a dormir! No vaya a ser responsable además de que te cateen”. Luis entro ya en razón y dijo, tras besar a Javier en los labios: “Que descanses tú también”. Bajo de la cama y atravesó el baño camino de su habitación. Javier tardó segundos en quedarse frito.

Cuando Javier se despertó, Luis debió haberse ido ya a la universidad. Mientras se duchaba, casi echó en falta que no irrumpiera de nuevo en el baño. Los anfitriones lo esperaban para desayunar, pues habían dejado que el comercio lo abriera el encargado, como deferencia hacia Javier y para despedirse de él, que tenía prevista la marcha para el mediodía. Antes de dejar la habitación, sin embargo, Javier se fijó en la cantidad de leche de Luis que manchaba la cama. Así que hizo un revoltijo con las sábanas y se lo llevó. Al llegar a la cocina, dijo: “Esto es para la lavadora”. La mujer rio asombrada: “¡Qué mirado eres! No hacía falta”.

Durante el desayuno Javier, para despistar, preguntó por Luis. “Hoy tiene un examen”, dijo el padre, que añadió: “Es curioso… Suele ponerse muy nervioso, pero esta vez parecía la mar de contento”. Javier bien que sabía el motivo y amagó una sonrisa. Sentía no haber llegado a despedirse de Luis. Aunque tal vez era mejor así. Ya sabría de él más adelante.