lunes, 15 de mayo de 2017

El vigilante jurado

Cogí el metro y, aunque había asientos libres, como mi trayecto era corto, preferí quedarme de pie en la plataforma. Pero el motivo real de esta opción fue quedar enfrente de un vigilante de seguridad privada que me dejó boquiabierto. Cerca de los cincuenta años, era alto y gordote, con la cabeza rapada, que obviaba una avanzada calvicie, y rostro muy viril. La cazadora, de llamativa combinación naranja y beige, realzaba su robustez y recogía su oronda barriga. Había apoyado el trasero en el respaldo de los asientos que tenía detrás, y los pantalones, también bicolores y que le ceñían los macizos muslos, marcaban una sugestiva protuberancia en la bragueta. Como parecía distraído manejando su teléfono móvil, recreé la vista contemplándolo e imaginando lo que habría bajo su ropa. Hasta la porra que le colgaba a un lado de la cintura tenía para mí un componente erótico. Sin embargo, me llevé un sobresalto cuando, al cerrar el móvil, su mirada se cruzó directamente con la mía y me pareció que esbozaba una leve sonrisa que no supe cómo interpretar. Llegó incluso a echar un poco el cuerpo hacia atrás, lo que acentuó el bulto de la bragueta, como si me indicara que sabía lo que había estado mirando. Cortado, y como mi parada estaba próxima, me giré frente a la puerta y, por el cristal, pude ver que él se me ponía detrás.

Salí sorteando a los que se disponían a entrar y percibí que me seguía. Para colmo oí a mi espalda un susurro: “Mirabas mucho tú ¿eh?”. Fingí sorpresa: “¿Cómo dice?”. “¡Tranquilo! Si me ha gustado”. Ahora estábamos de frente y él sonreía. Pero seguí haciéndome el longuis: “¿El qué?”. “Que me comieras con los ojos… sobre todo lo de abajo”. La cara, a pesar de su aspecto intimidante, derrochaba simpatía. El andén se había despejado y ya me relajé un poco. “No se te escapa nada. Debe ser intuición profesional”. Rio abiertamente. “Será eso. Pero reconoce que estabas deseando bajarme la cremallera”. “Yo respeto a la autoridad… ¿Me vas a llevar detenido?”, pregunté irónico. “Un buen cacheo sí que te mereces…”, contestó. Se creó un cierto impase que enseguida cortó. “¿A dónde ibas ahora?”. “De vuelta a casa… si no tienes inconveniente”, contesté. “Yo he acabado mi turno. Voy a cambiarme al cuartito que tenemos aquí”, dijo. “¡Lástima!”, bromeé, “El uniforme te da más morbo”. Volvió a reír y preguntó: “¿Me acompañas?”. “¿No irá contra el reglamento?”, objeté. “No hay nadie allí. Tengo la llave”. Echó a andar por un pasillo secundario, seguro de que lo seguiría.

El angosto cuartito tenía varias taquillas y una banqueta. Se lo tomaba con calma y no hubo ningún acercamiento físico, aunque dijo: “Mira por dónde vas a tener un poco de striptease”. En mi excitación solo me salió un ambiguo sonido gutural. Con toda naturalidad empezó por quitarse la cazadora. Debajo llevaba una camiseta negra que marcaba las redondeces de tetas y barriga, y que descubría los recios brazos suavemente velludos. Luego desligó la correa que sujetaba la porra y, burlón, me la alargó. “¿Has probado una de éstas?”. La cogí y me quedé con ella en las manos, mientras se descalzaba e iba soltando el cinturón. Se bajó la cremallera con intencionada calma y los pantalones fueron bajando. Antes de que me diera tiempo a visualizar mejor el eslip también negro, levantó una pierna tras otra para sacárselos. Una vez los dejó sobre la banqueta, ya estiró el cuerpo y pude apreciar las piernas robustas y los abultamientos que tensaban el eslip. Por los lados es escapaban algunos pelillos y, al haberle quedado algo subida la camiseta, mostraba el ombligo adornado de vellos. “¡Uf, qué bueno estás!”, me salió al fin del alma. Mientras se reajustaba la camiseta y el eslip, dijo: “Éste no es sitio, pero ¿me podrías invitar a tu casa?”. “Es lo que te iba a proponer”, contesté, aunque en realidad no me había dado tiempo a pensarlo. Se puso rápidamente unos tejanos y otra cazadora. Me extrañó que guardara el uniforme y sus accesorios en una bolsa de deportes, pero me explicó: “El próximo turno lo tengo en otro punto. Me lo he de llevar… Aunque eso será mañana”.

Llegamos enseguida a mi casa y, nada más entrar, nos fundimos en un cálido beso. Pero a continuación pidió: “¿Podría pasar un momento por el baño?”. Se lo indiqué y, como vi que se llevaba la bolsa, aclaró: “No es que no me fíe de ti, eh. Necesito algo”. Me dejó con la duda, aunque intuí de qué se podía tratar. Y, en efecto, cuando salió vestía de nuevo el uniforme. Además llevaba la porra en una mano e iba dando golpecitos con ella en la palma de la otra. “¿No es esto lo que te pone?”, dijo sonriente. Sensualmente se pasó varias veces la porra por entre las piernas  y bromeó: “Siempre va bien tener una de repuesto…”. Pero la soltó y se acercó a mí. “Creo que te voy a cachear”. “¡Oye, que los seguratas no tenéis tantas atribuciones!”, protesté. Pero el morbo que me dio que empezara a meterme mano un uniformado me delató con una irrefrenable erección.

Mientras él se cambiaba, yo me había quitado la cazadora y quedado con la camisa. Me palpó por encima pero enseguida soltó botones para meter la mano y acariciarme el pecho. “Por aquí encuentro unas cosas duritas…”, dijo al sobarme los pezones, lo cual me puso la piel de gallina. “Eso es abuso de autoridad”, comenté dejándome quitar del todo la camisa. Indefectiblemente hubo de ir más abajo y con facilidad pudo agarrarme la polla. “Aquí hay algo mucho más duro… Tendré que ver lo que es”. Me bajó la cremallera y hurgó hasta sacármela, lo que me hizo sentir un poco abochornado. “Esto sí es que contrabando del bueno… Habrá que probarlo”. Con una agilidad que contrastaba con su volumen, se agachó y sin más me lamió el capullo y sorbió la polla entera. Me temblaban las piernas y tuve que contenerlo. Hice que se levantara y, guardándome la polla, me forcé a poner una expresión seria. “Creo que vamos a cambiar los papeles y te voy a cachear yo. Tanto ir y venir con la bolsa me ha dado mala espina”.

Entró rápidamente en el juego y puso las manos detrás de la nuca. Verlo así de disponible me dio no menos morbo que cuando me metía mano él. Llevaba cerrada del todo la cazadora, pero no hice ningún intento de abrírsela. Preferí palparlo primero por encima del uniforme. Pasé las manos por los costados y, al tocarle el pecho, noté el abultamiento de las tetas. Me di el gustazo de recorrerle las piernas tanteando la robustez de sus muslos. Por fin me ocupé de la entrepierna, donde encontré unas tentadoras protuberancias. Me recreé palpándolas y a él se le escapó: “¡Uf, eso me pone!”. Yo, como si no lo oyera, dije: “Tendré que ver si aquí guardas un alijo… Pero vayamos por partes”. Ya volví a la cazadora y, cuando empecé a separar las tiras de velcro, pude comprobar que había desaparecido la camiseta. “Primera sorpresa ¿eh?”, dije palpándole el velludo pecho. Acabé de quitarle la cazadora y el torso tetudo y barrigudo se me ofreció con toda su seducción. Mis dedos se fueron a los pezones cuyas puntas se endurecieron al contacto. “¡Oh, con lo me calienta eso!”, volvió a exclamar. “Pero he de seguir con el resto”, dije deslizándole los tirantes por los hombros. Los pantalones aún se le quedaban ceñidos a la barriga y volví a notar dureza en mis manos mientras le desabotonaba la bragueta. Cuando bajé los pantalones, vi que también había prescindido del eslip. Naturalmente la polla se levantó espléndida sobre los huevos. “Ya sabía yo que en ese paquete había droga”, declaré. Él se dio un meneo que la hizo oscilar. “Igual te la quieres fumar”, dijo provocador. “Sí, te pagaré con la misma moneda”, contesté y me agaché para darle una buena chupada.

Duró poco, porque me apartó. “¡Uf, que me pierde esa boca!”. Aprovechó para sacarse del todo los pantalones y me pidió: “Quítatelos tú también”. Ya los dos desnudos, nos abrazamos restregando los cuerpos. Nuestras bocas se juntaron, enredando las lenguas y libando las salivas. Bajé una mano y atrapé las dos pollas que se entrechocaban. Las froté unidas y él se estremeció de placer. Cuando necesité tomar aire, liberé los labios y los desplacé sobre una de sus tentadoras tetas. Lamí el vello, chupé y mordisqueé el endurecido pezón. Lanzó un vibrante suspiro. “¡Esto sí que me mata!”. Insistí alternando las tetas y él gemía crispando las manos sobre mis hombros. De pronto soltó como pregunta y súplica a la vez: “¿Me vas a follar?”. Me pilló por sorpresa porque todavía no me había planteado cómo irían las cosas en adelante. Desde luego su oferta era sugestiva pero, tal como me estaba dejando disfrutar de su cuerpo, merecía la pena tomárselo con calma. Así que jugué con la idea. “¿Es una orden?”, pregunté a mi vez. “Si hace falta… Pero la quiero dentro”, contestó agarrándome la polla. Caí en la cuenta de que, hasta entonces, solo lo había visto de frente y se me ocurrió decirle: “Tendré que hacerte antes una inspección a fondo… Ya se sabe que hay gente que esconde cosas por ahí adentro”. Se dejó empujar hasta que lo hice abocarse con los codos sobre la mesa.

Conteniendo la excitación que me producía manejar a mi antojo a aquel tiarrón que tanto me había impresionado en el metro, con gesto decidido le separé las piernas, electrizándome al posar las manos en los cálidos y velludos muslos y notar sus temblores de deseo. Las orondas nalgas, de pelusilla que las sombreaba y que se oscurecía al confluir en la raja, parecían vibrar ofreciendo el secreto que protegían. Calmoso, por mi morbosa intención de incrementar su ansia, primero las acaricié con suavidad. Pero pronto no pude resistirme al impulso de darle unas palmadas. Su reacción implorante –“Sí, sí”– me enervó y aumenté la potencia de mis tortazos, arrancándole gemidos complacientes. De pronto me fijé en que, sobre la mesa y a su lado, estaba la corta porra que él había esgrimido. La cogí sin ocultar mi acción a su vista y soltó con tono meloso: ¡Uy, qué peligro eso en tus manos!”. “Así te tendré más dócil”, repliqué. No la usé sin embargo como instrumento agresivo sino intimidatorio. La pasaba por las nalgas y la hacía resbalar por la raja, tanteando el ojete con amagos de meterla. Él temblaba con más excitación que temor. Luego pasé a deslizarle la porra entre los muslos, sobrepasando los huevos y la polla bien erecta. Ya solté la porra y manoseé directamente por ahí abajo. Palpé las cargadas bolas y agarré la verga que estaba mojada. La froté extendiéndole el juguillo hasta que imploró: “¡Deja eso ahora y fóllame de una vez!”. “¡A la orden!”, repliqué burlón, pero con la voz quebrada por el acaloro. Con la mano aún pringosa sobé mi propia polla, que se mantenía dura y también destilaba. La apunté hacia la raja y, sujetándome a las anchas caderas, di en el blanco. Tuve que apretar y pensé que le haría daño, pero a su “¡Ooohhh” inicial siguió: “¡Qué bien, toda dentro!”. Y yo encantado de ello y ajustándome bien a fondo. Porque aquellas interioridades que ceñían mi polla con su calor húmedo me embriagaban. Empecé a bombear crispando los dedos sobre su espalda perlada de sudor. Él me jaleaba: “¡Así, así, cómo me gusta!”. “Pues anda que a mí… Estoy que me salgo”, repliqué. “Aguanta y no pares”, pedía.

A medida que aumentaba mi excitación la capacidad de resistencia se me agotaba y lo previne: “¡Estoy a punto ya!”. Reaccionó entre gemidos: “¡Sí! ¡No te salgas! ¡Échamela!”. Así que, cuando sentí que me venía la descarga, me apreté con fuerza al culo y, con temblores de piernas, me fui vaciando en varios espasmos. Él guardó un tenso silencio hasta que me volqué sobre su espalda con la respiración cortada. Entonces soltó: “¡Vaya follada!”.  “¿No es lo que querías?”, repliqué casi sin voz. Me aparté y fue levantando su cuerpo entumecido. Al ponerse de frente mostró una erección de escándalo. “Ni que te hubiera inyectado viagra…”, comenté. Entonces se tomó la revancha.

Puso las manos sobre mis hombros y me impulsó hacia abajo. Yo, que estaba todavía flojera, fui cayendo hasta quedar de rodillas y sentado en los talones. Sobre mi cabeza se erguía su polla desafiante. “Me has puesto a cien”, corroboró. Empezó a meneársela y, como hipnotizado, levanté la cabeza y abrí la boca. “¿Eso es una provocación?”, preguntó acelerando la frotación. Saqué la lengua en asentimiento y me fue acercando la polla. “¡Pues ahí va!”, exclamó con voz ronca. La leche empezó a salpicarme mientras me introducía la polla en la boca. La cerqué con los labios y fui deglutiendo el abundante y espeso semen. Apoyó las manos hacia atrás sobre la mesa y me dejó que acabara de relamerle la polla. “¡Qué a gusto me he quedado por detrás y por delante!”, comentó jocoso. Tuve que sujetarme en sus muslos para poder incorporarme de la postura genuflexa en que me hallaba. Me rehíce y me eché sobre él. Busqué su boca con la mía, todavía impregnada de leche, y él respondió hurgándomela con su lengua. “Haces lo que quieres conmigo”, dijo al fin burlón. “¡Mira quién habla!”, repliqué, “Lo tuyo sí que ha sido abuso de autoridad”.

Se creó un impase y de pronto me di cuenta de que, llevados por el morbo del uniforme, habíamos ido directamente al grano y mi hospitalidad estaba dejando mucho de desear. Por eso dije: “Ni siquiera se me ha ocurrido preguntarte si te apetecía beber algo”. “¡A buenas horas!”, replicó burlón, “Aunque hemos tenido bastante ocupadas las bocas ¿No te parece?”. Pero aprovechó también para echarme una puya. “Tampoco hemos pasado de aquí”, dijo señalando la sala donde habíamos follado, “Por lo visto tu dormitorio lo reservas para otros”. Reconociendo que tenía razón, salí del paso bromeando: “Como empezaste con el numerito del uniforme pensé que no te hacía falta pijama”. Quise sin embargo mostrarme más acogedor al recordar que, al venir con la bolsa, había dicho que era para el turno del día siguiente. Así que añadí: “Además, ya que te has traído el equipaje, habrá tiempo para que disfrutes del dormitorio…”. “¿Quieres decir que me invitas a pasar la noche aquí?”, preguntó no demasiado sorprendido. “Si no tienes nada mejor que hacer… Estaré encantado desde luego de quedarme tan bien protegido”, afirmé. “Entonces no te quitaré los ojos de encima”, dijo dándome un beso.

Dada la situación, se imponía que tomáramos algo más que una copa. El problema eran mis limitados conocimientos culinarios y, en consecuencia, la precariedad de mi despensa. Hube de reconocerlo al decir: “Lo que no sé es qué te voy a poder ofrecer de cena… Como no pidamos algo por teléfono…”. “¡Déjate de pedidos!”, contestó, “Seguro que me apaño con lo que tengas por ahí”. Ante su buena disposición, le mostré, no sin cierta vergüenza, lo que había en la cocina. Rescató algunas patatas que no se habían florecido todavía y comprobó que había huevos en la nevera. “¡Anda! Pela las patatas, si te atreves”, me dijo con recochineo, “Mientras me daré una ducha, si no te importa”. “¿Otra vez volverás de uniforme?”, pregunté. “Si lo prefieres a seguir viéndome en pelotas…”, me provocó. “¡No, no!”, repliqué, “Un cocinero en bolas me pone cantidad”.

Apenas acababa de pelar y trocear las patatas cuando apareció desnudo y secándose con una toalla. Rápidamente se puso en acción y calentó aceite en una sartén. Mientras freía las patatas, verlo de espaldas luciendo su espléndido culo reavivó mi excitación. “¡Cómo me has puesto otra vez!”, declaré. No se volvió a mirarme, sino que hizo un provocador meneo de caderas. Esto bastó para que me arrimara y restregara la polla endurecida por su raja. Más que inmutarse, lo que hizo fue pasar los dedos por un poco de aceite que había caído en la encimera, llevar la mano hacia atrás, frotarme la polla y conducirla al punto justo. Le entré limpiamente y dijo: “Quédate ahí un ratito, que me gusta… Pero tranquilo, no vayas a provocar un accidente”. Me quedé quieto bien encajado y cogido a sus caderas, y él pícaramente contraía la musculatura anal mientras removía las patatas en la sartén. Lo cual me estaba dando un gusto tremendo.

Hizo una llamada al orden, haciéndome salir de su culo, para abordar las tareas más delicadas de la tortilla. Me aparté y, viéndolo maniobrar, no se me ocultó la erección que él también exhibía ahora. Pero acabó confeccionando una tortilla perfecta de lo más apetitosa. Corté unos tacos de queso y abrí una botella de vino. Con buen saque, fuimos dando cuenta de todo ello sin hablar demasiado.

No nos bastó con acabarnos el vino sino que, para la sobremesa, le ofrecí degustar un buen licor, que de eso sí que estaba mejor surtido. Ocupamos el sofá, muy juntos los dos, y empezamos a darle a una botella de whisky. Se le soltó la lengua y se puso a contarme anécdotas de sus tareas de vigilancia y, en particular, de algunos ligues provechosos. “Así que no he sido el primero ¿eh?”, le dije zalamero. “Que le tenga que hacer una tortilla de patatas, sí”, bromeó. Aunque estábamos relajados, no parábamos de acariciarnos y achucharnos, hasta que me preguntó: “¿Conoceré por fin tu cama?”.

Rápidamente lo conduje al dormitorio y se lanzó en plancha sobre la cama. “¡Qué ganas tenía, con las vueltas que me da ya la cabeza!”, exclamó. Me tendí a su lado y entonces él se puso de lado dándome la espalda. Una vez más me tentó meneando el culo provocativamente. “Eres insaciable”, le dije. “¡Uuummm!”, remugó, “Me gustaría dormirme contigo dentro”. Nada más arrimarme y sentir su calor en la entrepierna note que me venía otra erección. No me costó nada metérsela y quedarme bien abrazado a su espalda. Así nos quedamos dormidos los dos entre efluvios alcohólicos.

No supe cuánto tiempo pasamos así cuando una placentera sensación hizo que me fuera desvelando. Era que mi compañero de cama, bocabajo entre mis piernas, se afanaba en una deliciosa mamada. “¿Qué haces por ahí?”, pregunté medio aturdido. “¡Psss!”, me acalló, “Tú déjate”. Y vaya si me dejé, tan a gusto que soltaba suspiros y sentía cómo la excitación crecía hasta estallar en una liberadora corrida. No me soltó la polla de su boca hasta que empezó a aflojárseme. Ya pudo decir: “Tenía ganas de desayunar”. Aunque me había quedado KO, tiré de él para abrazarlo. Se dejó hacer pero me avisó: “Estoy aquí en la gloria, pero dentro de poco tendré que entrar en el curro… Ya viste que me traje el equipo”.

Mientras se vestía, hice café y añadí unas magdalenas, que no tocó. La despedida fue rápida, pero suficiente para intercambiar teléfonos y promesas de futuro. Porque en verdad aquel encuentro en el metro fue el comienzo de una buena amistad.

martes, 2 de mayo de 2017

Exhibicionismo rural

Paseaba por un paraje solitario entre campos de cultivo y, al ir a pasar por un ajado puente sobre un cauce seco, observé que había alguien apoyado en el pretil. Se trataba de un tipo sesentón con una buena barriga y unos brazos peludos en su camisa de manga corta. Por su aspecto algo rudo, pensé que se trataría de un campesino que se tomaba un descanso. Pero al fijarme mejor y hallarse el hombre un poco de medio lado, pude ver perfectamente que tenía la bragueta abierta y le salía la polla echando un potente chorro. Avancé algo más y me detuve haciendo ver que me interesaba en el paisaje. Pero él me miró y captando mi atención me sonrió. Se dio unas aparatosas sacudidas y se dejó la chorra fuera. Oí que decía: “¿Te gusta?”. “No está mal”, contesté. “¿Te gustaría ver más?”, volvió a provocar. “A nadie le amarga un dulce”, repliqué. Señaló un cobertizo abandonado: “Allí te lo puedo enseñar todo… ¿Vamos?”. Se guardó la polla, pero no se molestó en cerrar la bragueta. Lo seguí y me avisó: “No es que vayamos a echar un polvo. Solo quiero que me mires… sin tocar. Es lo que me pone. Pero si te apetece puedes hacerte una paja conmigo”. Algo rarillo me pareció la cosa, pero me pudo la curiosidad y el tío desde luego estaba muy bueno.

Ya a resguardo me dijo: “Anda, siéntate ahí”. Dejaba claro que mantenía las distancias. Se plantó ante mí y, poniendo voz anhelante, preguntó: “Me lo quieres ver todo ¿verdad?”. Asentí: “Claro”. Muy serio, y con la mirada un tanto perdida, se sacó los faldones de la camisa fuera del pantalón y fue desabrochando los botones. Se quitó la camisa con naturalidad y la dejó a un lado. Aunque lo pareciera, no me daba la impresión de estar ante un striptease convencional. Acompañaba los calmados gestos a los que se entregó, con un punto de lubricidad, de subrayados e incitaciones que no esperaban respuesta, solo mi atenta contemplación. Un vello recio se extendía por gran parte de pecho, barriga y brazos. Todo ello se puso a sobárselo y estrujárselo a dos manos. “Buenas tetas ¿eh? ¿A que las lamerías?”. Dos rosetones cárdenos, de puntas más oscuras, asomaban entre el pelambre. Se chupó los dos índices y los pasó por los pezones. “Me gusta ponerlos duros, estirarlos y pellizcarlos”. Cosa que hizo con recia lascivia, poniéndome los dientes largos. Luego se dio la vuelta, para lucir la espalda también con vello. Se palpaba los michelines de la cintura. “Estoy hermosote ¿a que sí?”. Aproveché para darme unos toques a la entrepierna revuelta. Volvió a ponerse de frente y se soltó el cinturón. “Te estás poniendo cachondo ¿eh?”. Como la bragueta se la había dejado abierta, sujetó los pantalones mientras se quitaba los zapatos moviendo los pies. “Verás lo que viene ahora…”.

Fue bajando los pantalones. Llevaba unos calzoncillos blancos clásicos, de bragueta con abertura delantera. Por lo que, al agacharse e ir levantado las piernas para sacarse los pantalones, le asomaban pelos por ella, e incluso los huevos por las anchas y cortas perneras. Ya solo en calzoncillos, se puso a jugar con ellos. La procacidad de sus manejos y de las expresiones que los glosaban denotaba una creciente agitación, pese a su concentrada seriedad. Los calzoncillos algo arrugados le permitían provocadoras insinuaciones. Se cogía el paquete y lo sacudía. “¡Lo que hay aquí…!”. Subía las perneras hasta las ingles. “¡Mira qué muslos!”. En verdad los tenía rollizos y velludos. “¡Uy lo que asoma!”, al salírsele de nuevo un huevo. Se bajaba la cinturilla  hasta la raíz de la polla, mostrando el rizado pelambre del pubis. “Tengo un bosque aquí”, y moldeaba la tela sobre la polla. “Y vaya tronco ¿eh?”. Una manchita de humedad se formaba en el blanco tejido. “Eso que estoy haciendo esfuerzos para no empalmarme todavía”. Metió la mano en la bragueta haciendo amago de sacársela. “¡Qué ganas debes tener de que te la enseñe! Con lo que te gustó verla mientras meaba…”. Siguió tocándosela por dentro de los calzoncillos. “Pues vuelvo a tener ganas… ¡Vas a tener suerte otra vez!”.

Se puso de perfil y sacó la polla, que se veía bastante más crecida. Sin manos, como había hecho antes, el chorro fue a caer a una lata oxidada con fuerte sonido metálico. Ahora sí que se la cogió para sacudirla con energía. “¡Qué a gusto se queda uno!”. No se molestó en metérsela dentro, pero se puso de espaldas. “Te voy enseñar una buena cosa”. Se bajó los calzoncillos hasta las pantorrillas. Desde luego tenía un culo impresionante. Voluminoso y bien redondeado, el vello se le espesaba en la raja. “¿Qué? ¿Impresionado? …Pues se mira pero no se toca. Que ya imagino lo que querrías hacer con él”. Se agachó para  sacarse los calzoncillos por los pies. “¿Ves lo que me cuelga?”. En efecto entre los muslos se bamboleaban los cargados huevos rojizos. “Gordos ¿verdad? …Luego los verás mejor”. Primero tenía que mostrar con voluptuosidad las excelencias de su culo. Se dio varias palmadas. “Duro como una piedra”. Después se inclinó y alargó los brazos hacia atrás para agarrarse con las dos manos las nalgas. Tiró hacia los lados abriendo todo lo que pudo la raja. Entre los bordes peludos, en una franja cárdena se vislumbraba un botón oscuro. “¿Ves bien el ojete? Seguro que te gustaría follártelo ¿eh, golfo?”. Seguí callado pero, por supuesto, me daban unas ganas locas de lamerlo y clavarme en él. “Pues mira cómo el gusto me lo doy yo”. Soltó un lado y llevó la mano a la boca para chuparse los dedos. Con un forzado e insospechado giro, dado su volumen, logró meterse el índice y lo frotó. “¡Joder, qué rico! Hasta tres dedos me caben”. Dicho y hecho, hurgó en la raja y parecía que tuviera casi la mano entera dentro. “¡Oh, que bruto soy!”, se increpó a sí mismo.

Fue enderezando el cuerpo y ya erguido volví a tenerlo de frente. Bajo la orza que le hacía la barriga, entre un crespo pelaje, el sexo sobresalía en la confluencia de los muslos. Sobre los huevos medio ocultos por los pelos, reposaba la polla. Vista de frente, la vi más ancha y agreste. La piel del prepucio no cubría del todo el capullo, que brillaba más claro y húmedo. Me dejó mirar con los brazos en jarra. Pero pareció que se excusaba. “Meterme los dedos por el culo me ha aflojado. Pero así podrás ver cómo se me llega a poner”. Entretanto levantó la polla y separó las piernas para enseñar los huevos al completo. “¡Qué buenas pelotas! Por detrás parecía que me colgaban ¿a que sí? Pero ya ves que las tengo bien pegadas”. Se los sobó. “No me caben en la mano”. Se soltó la polla y se me acercó peligrosamente. “Ahora sin manos… Ve mirándola con atención y verás cómo se me pone cachonda del todo”. Efectivamente, al conjuro de mis ojos que casi se me salían, la verga iba engordando y alargándose. La piel se retraía y el capullo llegó a asomar entero, romo y mojado. Al irse levantando, llegó a quedar en horizontal. “¿Qué te dije? Cómo se me ha puesto solo con que me la mires”.

Ya se la agarró. “Me voy a hacer un buen pajón… ¿Tú no te animas a acompañarme? Seguro que te he puesto a cien”. Hablé por primera vez. “¿Así quieres que me la saque?”. “Menéatela mirando cómo lo hago yo”, insistió. Para más comodidad, me bajé los pantalones y la polla me saltó liberada. Pero al hombre parecía interesarle tan solo que fijara mi atención en su ritual masturbatorio. Lo cual, por otra parte, sería un estímulo definitivo para mí. Con una mano se la sobaba y con la otra se tocaba los huevos, separadas las piernas. “La tengo que me quema” decía. Unas veces se la restregaba con el puño cerrado alrededor y otra usaba solo el pulgar y el índice. “Variando así alargo el gusto”, explicaba. A mí, casi automáticamente, me contagiaba el método. “¿No ves lo hinchada que la tengo ya?”. Mostraba el capullo enrojecido. “Vaya paja me estoy haciendo ¿eh? Y la hago aguantar”. Pausa y meneo; pausa y meneo. “Seguro que estás deseando ver cómo me sale la leche para sacarte la tuya también”. Se dio con energía ahora. “Ya falta poco. Estoy a punto de estallar”. Estaba sofocado mirando hacia lo alto. “¡Me viene, me viene! … “¡Aaaaajjjj”. Empezó a expulsar chorros de leche en varias oleadas, acompañadas con sacudidas de todo su cuerpo. Cuando los chorros cesaron, aún siguió frotando más lentamente y apretando el capullo para extraer las últimas gotas. Mi excitación funcionó sola y noté que tenía la mano pringada de mi propia leche.

Se limpió la mano en el pelambre de la barriga y se dirigió más directamente a mí. “¿Qué? Te ha puesto cachondo verme ¿eh?”. Y volvió a explicar con toda seriedad. “Me gusta que me mire alguien mientras me toco”. “¡Vaya exhibición que me has hecho!”, dije con la respiración entrecortada. “Ahora te irás con las ganas de haberte dado un revolcón conmigo… Eso también me pone”. “Y cómo has conseguido ponerme a mí…”, concedí y me ajusté los pantalones. Aún me quedé contemplándolo vestirse con parsimonia y expresión de haberse dado un gustazo. Se me ocurrió preguntarle: “¿Haces esto muy a menudo?”. Contestó sin darle importancia: “Alguno del pueblo me lo pide y a veces se juntan varios para pajearse mirándome… Pero con un desconocido me da más morbo”. Logrado su propósito pareció sin embargo que ya le sobraba. Así que dejé que siguiera vistiéndose y me marché. “¡Qué tipos más raros hay por el mundo!”, pensé, “Pero que me den muchos como éste”.






lunes, 3 de abril de 2017

Pintores acalorados

Anselmo y Julián se conocieron en la portería de la finca uno de cuyos pisos desocupados habían de pintar. Los enviaba una empresa de trabajo temporal y, al menos, tendrían faena para varios días. Los dos eran pintores de profesión aunque, rebasados ya los cincuenta años, cada vez les resultaba más difícil tener ocupación. Así que se saludaron y recogieron la llave de la portería. El piso era grande y, después de haber sido vaciado de muebles, necesitaba una buena mano de pintura. Anselmo era más bien bajo y regordete. Muy dicharachero, ya en el ascensor, contó que era soltero pero que tenía a su cargo a los padres ancianos. Así que Julián tuvo que declararse casado y con dos hijos también en el paro. Más parco en palabras, era bastante corpulento y de aspecto forzudo.

En la entrada encontraron todo el material de pintura que la empresa ya había traído, así como los característicos monos blancos con sus gorras. Como estaban en pleno verano, Anselmo comentó: “Con el calor que hace, no me pienso dejar nada debajo… Ni los calzoncillos, para no sudarlos. Además, como no está cortada el agua, hasta nos podremos duchar al terminar y así ponernos nuestra ropa limpia”. Dicho y hecho, rápidamente dejó al desnudo su cuerpo rollizo, de piel clara y poco velluda. Julián, acostumbrado a no andarse con remilgos cuando se trabaja en equipo, hizo otro tanto. Se le vio robusto, aún más grueso de lo que parecía vestido, y de pelambre abundante. Sin embargo, al sorprender la vista de Anselmo clavada en su entrepierna, se sintió incómodo y le soltó: “¿Y tú qué miras?”. “¡Perdona!”, reaccionó enseguida Anselmo con desparpajo, “Es que tienes una polla que lo acompleja a uno”. La vanidad venció al desagrado de Julián, que concedió: “¡Bueno! No me puedo quejar”. Ya se pusieron los monos y empezaron el trabajo.

Anselmo no se quitaba de la cabeza, no solo la polla de Julián, sino a todo él, con ese cuerpazo que solo había podido ver al completo por unos segundos. Por su parte, a Julián le había llegado a hacer gracia el complejo de polla pequeña que había reconocido Anselmo. Llevaban ya un buen rato rascando paredes en silencio, solo alterado por el canturreo que, de vez en cuando, entonaba Anselmo. De pronto Julián exclamó: “¡Joder! ¡Qué calor hace aquí y cómo se suda con este mono de los cojones! Mañana me traigo algo más fresco que ponerme”. Anselmo no perdió la ocasión. “Por mí que me lo quitaba… Total, no va a venir nadie y, al terminar, nos podremos duchar”. Julián rio por la sugerencia. “A ver si lo que quieres es verme otra vez la polla…”. Anselmo se salió por la tangente con humor. “Si comparamos, salgo perdiendo”. “¡Venga, hombre! Si lo importante no es el tamaño, sino saber usarla”, siguió con la broma Julián. “Tú eso sí que debes saberlo…”, replicó Anselmo. “Si yo te contara…”, dejó caer enigmático Julián. Anselmo prefirió callarse lo que tenía en la punta de la lengua –“¡Cuenta, cuenta!”–. Mejor no precipitarse con ese tipo de confidencias; ya saldrían en otro momento en que pudiera sacarles más partido. Lo que hizo fue poner en práctica lo sugerido. “Pues tú haz lo que quieras, pero yo me quito esto… Y no seas mal pensado”. Así que volvió a quedarse desnudo y siguió trabajando tan pancho. Julián encajó con naturalidad la desvergüenza y preguntó con sorna: “¿Haces mucho eso de pintar en pelotas?”. “Si hay confianza…”, se limitó a contestar Anselmo. Sin embargo Julián no lo imitó y siguió con el mono puesto. Cuando terminaron la jornada, usaron el baño por separado. Primero fue Julián, que se llevó la ropa de calle y salió ya vestido. “Si no te importa cerrar tú, me voy pitando. Lo tengo justo para coger el tren”. Anselmo se quedó con las ganas de verlo de nuevo desnudo y, en la ducha, se contuvo de hacerse una paja pensando en él. “Mañana será otro día”, se dijo.

Al día siguiente volvieron a subir juntos. Al quitarse los dos la ropa, Anselmo preguntó: “¿Te has traído algo más fresco que el mono?”. La respuesta de Julián le pilló por sorpresa. “Se me ha olvidado con las prisas. Pero creo que haré como tú… Tienes razón: hay confianza”, medio rio. Anselmo disimuló su satisfacción y procuró tomarlo con naturalidad, sin mirarlo demasiado directamente. “¡Claro que sí! Menos agobios”. Julián se puso en acción sin el menor recato ya y Anselmo iba haciendo recuento mentalmente de las maravillas que se le desvelaban. “¡Qué muslazos y qué culo se gasta el tío! ¡Vaya tetas peludas! Y eso que tiene la polla en calma, porque tiesa tiene que ser la ostia”. Lo que no se esperaba fue que, en un momento en que estaba subido en una escalera, Julián, al pasar por delante, le dijera: “Tampoco la tienes tan pequeña… Debe ser de las que, cuando se ponen en forma, dan la sorpresa”. Por poco se cae de la escalera y tuvo que empotrar el culo entre dos travesaños. Pero se recuperó enseguida. “Si aún tendremos que hacer un concurso”. Julián se alejó riendo.

Anselmo había tenido el detalle de traer unas cervezas en una neverita portátil. Las compartieron haciendo un descanso. Sentados frente a frente sobre unos cajones, Anselmo tenía que controlar su emoción. Julián parecía no sentirse nada incómodo en su desnudez y, bajo la curva de la velluda barriga, lucía sin recato sus magníficos atributos. Claro que Anselmo también enseñaba lo que tenía entre sus rollizos muslos. Puesto que Julián había vuelto a sacar lo de los tamaños, Anselmo se tomó la libertad de comentar sobre la polla de Julián: “Con eso volverás locas a las mujeres”. “No creas”, dijo Julián con más sinceridad de la que Anselmo esperaba, “Mi mujer hace tiempo que no tiene ganas. Además nunca ha querido chupármela porque dice que tan grande le darían arcadas… Ya ves que no todo son ventajas”. “¡Qué desperdicio!”, le salió del alma a Anselmo. Julián rio su espontaneidad y maquinalmente se la tocó. Anselmo aprovechó para dar un paso más. “Tengo una curiosidad… ¿Cómo será cuando se te pone dura?”. “¡Joder, tío! A ver si ahora vas a querer que me empalme”, contestó Julián, más divertido que molesto. Anselmo no se desalentó. “Si lo hacemos los dos, podremos comparar”. Julián se relajó. “Eso lo hacíamos de críos en el pueblo”. En el fondo le halagaba la admiración que Anselmo mostraba por su polla y ahora se la acariciaba más abiertamente. “Cualquiera diría… Pero tanto hablar del tema me está poniendo a tono”. Entonces Anselmo empezó a sobarse la suya y bromeó sobre él mismo para quitarle embarazo a la situación. “A mí me basta con dos dedos”. Cada uno en su medida, no tardaron en estar empalmados. Desde luego la verga de Julián confirmaba con creces lo que Anselmo había imaginado. Se levantaba firme y tiesa, con un grosor y una longitud impresionantes. La de Anselmo, en su modestia, tampoco estaba nada mal. Más corta, le brillaba un capullo romo y rojizo. Julián, algo avergonzado, se puso de pie para mejor lucimiento. “¡Hala, curioso! ¿Qué te parece?”. A Anselmo casi le temblaba la voz. “Lo que yo decía, un pollón de campeonato”. Se le fue la mano y lo palpó. “¡Y qué duro!”. Julián hizo un movimiento de rechazo y Anselmo lo soltó. “¡Perdona! ¿Me he pasado?”. “No, no pasa nada”, contestó Julián sofocado, “Es que si ahora no me hago una paja, quién sigue trabajando”. Anselmo halló una salida a su imprudencia. “También me vendría bien”. No hicieron falta más palabras para cada uno se pusiera a meneársela por su cuenta. Julián cerraba los ojos, pero Anselmo tenía la mirada fija en las manipulaciones del otro. Cuando Julián, con resoplidos y sacudidas de todo el cuerpo, empezó a lanzar unos buenos chorros de leche, Anselmo, menos aparatoso, también se corrió. “¡Uf, vaya guarros estamos hechos!”, exclamó Julián nada arrepentido, “Más vale que volvamos al curro”. Ese día no pasó nada más ni hubo alusiones a lo sucedido. Pero Anselmo estaba eufórico con lo logrado y se hacía cábalas sobre lo que podría pasar en días sucesivos.

En la siguiente jornada, ya asumieron como lo más normal trabajar desnudos, para satisfacción de Anselmo. Sin embargo, veía a Julián algo cabizbajo. Esperó al momento de descanso con las cervezas, que no había descuidado volver a traer y que tanto pie habían dado el día anterior. En efecto Julián no tardó en sacar el tema. “Anoche me puse negro con la manía de mi mujer de no chupármela… Con lo que me gustaría una buena mamada”. Anselmo puso su granito de arena. “Lo bueno que tiene es que te dejas ir y te lo hacen todo”. “¡Uf, sí!”, asintió Julián. Se quedó un rato en silencio y Anselmo lo secundó expectante. Por fin Julián volvió a hablar arrastrando las palabras con dificultad. “Ayer, cuando me tocaste la polla tiesa, estuve a punto de pedirte que siguieras”. Anselmo se hizo el sorprendido. “¿Que te hiciera yo la paja?”. “¿Lo habrías hecho?”, repreguntó Julián. Anselmo se pensó lo que decir. “Si me lo hubieras pedido… Tampoco hay que darle tanta importancia a estas cosas”. “¿Pero te habría gustado?”, insistió Julián. “Creo que ya lo sabes”, se sinceró Anselmo. “¡Eres la ostia, tío! Desde que me soltaste aquello al verme en pelotas por primera vez empecé a pensarlo”, reconoció también Julián. “Uno es como es”, dijo simplemente Anselmo. “No me desagrada en absoluto… Voy tan escaso que un interés como el tuyo se agradece”, aclaró Julián. “Parece que lo estás demostrando…”, dijo risueño Anselmo al fijarse en que la polla de Julián estaba engordando. “Sí que estoy caliente, sí… Tócame si quieres”, ofreció ya Julián. Pero Anselmo vio que podía llegar a más. “Tocar y más… si es lo que quieres tú”. “¿A qué te refieres?”, preguntó Julián. “A eso que te apetece tanto”, contestó Anselmo. “¿Me la chuparías?”, volvió a preguntar Julián. “Lo estoy deseando desde que te la vi”. Anselmo ya iba a por todas. “¡Anda! Échate hacia atrás y déjame hacer a mí”. Julián se tendió bocarriba en el cajón donde había estado sentado. Con las manos sobre el pecho, cerró los ojos. Anselmo no se podía creer que por fin tenía a aquel pedazo de hombre a su disposición. Su excitación se le concentró en la polla, que se le puso dura como una piedra. Pero ahora tenía que saciarse con aquella verga que se bamboleaba tentadora ante sus ojos. Separó un poco los velludos muslos y la sujetó con una mano mientras su lengua buscaba los gordos huevos que imaginó bien cargados. Julián sintió las lamidas que hurgaban entre sus ingles y exclamó: “¡Uf! ¿Qué haces? ¡Me gusta!”. Anselmo no contestó, sino que frotó la verga que, descapullada del todo, destilaba un juguillo incoloro. Anselmo lo sorbió coronando el capullo con sus labios y recorriéndolo con la lengua. Luego fue metiéndose la polla en la boca, con las mandíbulas bien distendidas, hasta que no le cupo más. Julián, acelerando la respiración, empezó a pellizcarse las tetas en un gesto instintivo. Mientras Anselmo chupaba en un sube y baja progresivamente acelerado, cosquilleaba con una mano los huevos y con la otra acariciaba la peluda barriga. “¡Joder, joder! ¡Qué maravilla!”, farfullaba Julián, “Estoy a tope. Creo que me correré pronto”. Anselmo le dio unos cachetitos en el muslo para dar a entender que eso es lo que quería. “¡Oh, oh, ya me viene!”, estalló Julián. A Anselmo se le empezó a llenar la boca de leche e iba tragándola para no acumularla. Tanta era la que soltaba Julián entre espasmos. No se sacó la polla de la boca hasta que noto el primer aflojamiento y que Julián lo apartaba con las rodillas. Ya sus miradas se cruzaron y lo primero que preguntó Julián sorprendido fue: “¿Te la has tragado?”. “¡Entera!”, contestó Anselmo sonriente, y añadió: “Ha merecido la pena ¿no te parece?”. “¡Me has matado, pero de gusto, tío!”, exclamó Julián jadeante. Cuando Anselmo se levantó, Julián, que seguía tumbado, se fijó en la polla dura y enrojecida bajo su barrigón. “¿Y tú qué?”, le preguntó. “No te preocupes. A poco que me dé me corro ya”. Julián, lleno de gratitud por lo que Anselmo le había hecho disfrutar, tuvo una reacción que a éste lo excitó aún más. “Que yo te vea… ¡Échamela encima!”. Le pasó un brazo por detrás de las piernas y lo ciñó a su costado. Así sujeto, Anselmo se masturbó breve pero enérgicamente y se vació sobre las tetas de Julián. Éste hasta bromeó. “Aquí se queda hasta que me duche luego”.

La verdad es que, ese día, el trabajo les cundió poco y hubieron de comprometerse a recuperar el tiempo al día siguiente. No estaban las cosas para arriesgarse a volver al paro. Tan en serio se lo tomó Julián que se trajo unos pantalones cortos de deportes y le dijo a Anselmo con buen humor al ponérselos: “Así no te distraerás tanto”. Anselmo, por el contrario, siguió pavoneándose de un lado para otro con su rollizo cuerpo arrebolado por el calor. Sin embargo, después de haberse afanado los dos en avanzar lo más posible, finalmente no les resultó tan fácil mantenerse firmes en su propósito de abstención. Una vez más fue el hecho de estar subido Anselmo en la escalera lo que provocó el interés de Julián. Estaba de espaldas a media altura y, al acabársele la pintura del envase que tenía colgado de un lateral de la escalera, pidió a Julián que le alargara otro lleno. Mientras Anselmo hacía el cambio, le quedaba a Julián a la altura de la cara su culo, orondo y carnoso, con pelusilla que le sombreaba la raja. Mirándolo tan de cerca, le vino un inesperado brote de deseo. “¡Vaya culazo el tuyo!”, le soltó. A Anselmo no podía menos que halagarle la observación. “¿Hasta ahora no te habías fijado? ¿Te gusta?”. Al ponerlo en pompa, Julián añadió: “Lo tienes como una tía gorda”. Anselmo no se dio por ofendido con la comparación, dada la ambigüedad sexual por la que estaba deambulando Julián. Igual le recordaba al de su mujer. Julián ya le había plantado una mano en cada nalga. “Da gusto tocarlo tan suave”. “¡Uy, qué peligro!”, exclamó Anselmo, al que le estaba encantando. “Si yo te dejé que jugaras con mi polla, déjame ahora esto”. Anselmo se dejó y Julián lo manoseó hasta abrirle la raja. “Debe dar gusto meterla aquí ¿eh?”, comentó. Anselmo entonces se cerró como una almeja y se puso derecho. “¡Oye! No te digo que sea virgen por ahí, pero estoy desentrenado. Y tú tienes una tranca que me haría un destrozo”. “Si me dejaras probar… Mira como me has puesto”. Julián se bajó los pantalones y su polla salió bien tiesa. Anselmo optó por ir descendiendo de la escalera porque, con los temblores que le estaban entrando, corría peligro su integridad física. En su ánimo oscilaba entre el morbo de tener dentro el pollón de Julián y el pánico a los efectos en su culo. Aún probó a darle largas. “Habíamos quedado en que hoy solo trabajaríamos”. Pero Julián insistió. “Hemos adelantado mucho y tú tienes la culpa por no haberte tapado como yo”. “De poco te ha servido”, ironizó Anselmo mirando a Julián ahora tan despelotado como él y verga en ristre.

Anselmo bajó del todo de la escalera más dispuesto ya a ceder a las pretensiones de Julián. “Como no me pongas algo que suavice, van a oír mis gritos todos los vecinos”. “¡Espera!”, dijo Julián, “El gel que usamos en la ducha puede servir”. Fue corriendo a buscarlo y, mientras, Anselmo hizo los preparativos. Sobre el cajón donde el día anterior se la había mamado a Julián hizo un cojín doblando los monos que apenas habían usado y apoyó ahí los codos. Julián se lo encontró con el culo en pompa y las regordetas piernas separadas. “¡Joder, qué provocación!”, exclamó. En Anselmo había una mezcla de deseo y prevención. “¡Venga, ponme un poco de eso! Pero no vaya ser que empiece a echar espuma”. Julián ya le había echado mano. “¡Joder, qué raja tienes!”. “Como todo el mundo, con un agujero en medio”, replicó Anselmo nervioso. Julián echó unas gotas de gel y enseguida pasó un dedo, que se le escurrió por el ojete. “¡Uuuhhh, qué frio está!”, exclamó Anselmo. “Ahora te lo calentaré”, dijo Julián metiendo dos dedos. “¡Ohhh! Más vale que metas ya la polla”, se quejó Anselmo. “¡Pues ahí va!”. Julián apuntó y se clavó. Mientras empujaba, Anselmo iba soltando unos agudos “¡Uy, uy, uy!”. Cuando la tuvo toda dentro pidió: “¡Párate ahí un momento!”. “¡Ostia, qué gusto da esto!”, dijo Julián bien apretado. “¡Muévete ya”, dirigía la operación Anselmo. Julián tomó impulso y se puso a bombear con ganas. “¡Jo, qué bueno! ¡Cómo me la atrapas!”. Anselmo estaba ya a sus anchas. “¡Sí! Casi no me acordaba de lo que me gusta. ¡Dale, dale!”. “¡Cómo me estoy poniendo!”, proclamaba Julián. “¡Aguanta un poco más!”, rogaba Anselmo. “¡Ya me viene, ya!”. “¡Venga, lléname!”. Julián temblaba y resoplaba mientras se corría bien adentro de Anselmo. Julián se detuvo apoyándose en la espalda de Anselmo y su polla fue resbalando hacia fuera. Anselmo habló primero. “¡Uf, cómo me has hecho hervir el culo”. Julián solo pudo decir: “¡Qué a gusto me he quedado!”. Pero le entró la risa al ver que la raja de Anselmo, en efecto, espumeaba por la mezcla de leche y gel. “¡Qué polvo más higiénico te he echado!”, bromeó. Anselmo también se lo tomó con humor. “Más vale que me lave un poco. Si no, voy a estar soltando pompas de jabón”.

Cuando volvió Anselmo, Julián ya se había puesto de nuevo sus pantalones cortos. Anselmo se burló. “¡Míralo! Como el que no ha roto nunca un plato”. Julián dijo muy serio: “Tenemos que recuperar el tiempo perdido”. Anselmo replicó: “¿Te crees que, tal como me has dejado el culo, estoy yo para hacer alpinismo?”. “¡Vale! Ya me subo yo a la escalera… Así no me provocarás tanto”. Se afanaron diligentemente en cumplir lo previsto para la jornada. Al terminar se despidieron. “¡Qué bien voy a dormir esta noche!”, declaró Julián. “Yo me haré un pajón a tu salud”, replicó Anselmo.

El día siguiente era el previsto para la terminación de los trabajos. Había de pasar por allí el supervisor de la empresa y también los propietarios del piso para que quedaran perfilados los últimos detalles. Así que Anselmo y Julián no tuvieron más remedio que usar los calurosos monos y gorras. Especialmente el primero se sentía incómodo y renegaba de vez en cuando. Julián, de mejor talante, le tomaba el pelo. “Si estás la mar de sexy… Pareces un muñeco de nieve”. ¡Sí! Con una zanahoria pinchada en la entrepierna”, respondía Anselmo. Pero, salvo estas expansiones verbales y algún achuchón furtivo, no tuvieron más remedio que guardar las formas y centrarse en que todo quedara a gusto de los jefes.

El joven matrimonio propietario parecía no tener prisa en marcharse y pululaba de una a otra habitación con comentarios acerca del mobiliario y la decoración. Los pintores estaban ya de más y la intimidad de la que habían disfrutado en días anteriores había desaparecido. Dejaron apilado todo el material, que ya recogería una furgoneta, y pidieron permiso para cambiarse de ropa en un cuarto vacío. Como el baño había quedado limpio, no tuvieron ocasión de ducharse. Se quitaron los monos y contemplaron sus respectivas desnudeces con contenido deseo. Pero Anselmo, siempre más lanzado, no pudo resistir la tentación de agachar su regordete cuerpo ante Julián y tomar ansioso con la boca la polla de éste. Julián susurró sorprendido “¡¿Qué haces?!”, aunque la cálida succión de Anselmo lo dejó inerme. Como si con ello compensara la indiscreta osadía de Anselmo, Julián le sujetaba la cabeza con las dos manos mientras su excitación crecía imparable. Poco tiempo bastó para que la corrida inundara la boca de Anselmo, que la tragaba ávido. Julián soltó la cabeza y, con la respiración entrecortada, masculló: “¡Serás cafre!”. Anselmo se levantó sonriente y soltó: “¿No te ha parecido una buena forma de despedirnos?”.

Porque los dos, dadas sus respectivas situaciones personales, eran conscientes de que difícilmente iban a volver a encontrarse en una situación similar a la vivida durante aquellos días, en que habían coincidido al albur de sus precarias situaciones laborales. No obstante, cuando estaban ya en la portería, Julián le dio la mano a Anselmo. “¿Nos volveremos a ver?”. Anselmo le sonrió. “¡Claro, claro!”. Al salir tomaron direcciones opuestas.