sábado, 30 de abril de 2011

Una inesperada visita esperada

Cuando estamos comiendo en casa, frecuentemente me preguntas si aparecerán algunos de mis amigos para que te los “presente”. Y sé el morbo que esa idea te produce. Pero, por cuestiones de horario, me resulta difícil amañar una cita adecuada para darte la sorpresa.

Te había hablado de un antiguo conocido al que reencontré en un bar y lo agradable que me resultó volverlo a ver. Omití decirte que le informé sobre ti y de lo bueno que estás, cosa que avivó su interés en encontrarse con nosotros dos. Asimismo aceptó de buen grado mi propuesta de aparición por sorpresa y las instrucciones que para ello le di.


Así pues el día concertado empezamos con nuestras actividades habituales: compras, cocina, comida…, tratando yo de disimular lo que no tardaría en suceder. Tú, una vez duchado, con el uniforme habitual de camisa abierta y slip, que te queda tan insinuante. Yo, más friolero, portaba un chándal fino. Para no variar el guión tomamos ya el café y tú te dedicaste al ritual imprescindible de la copa generosa y el puro. Mientras los disfrutabas en el sofá, yo sabía que faltaba ya poco para la visita. Sentado a tu lado me afané en los sobos que tanto nos gustan, pero con la intención añadida de irte calentando para la ocasión.
 
Cuando estabas en las últimas caladas, y con la polla tiesa, sonó el interfono en la cocina. Me levanté rápidamente y me limité a pulsarlo. Te dije que no era para aquí, pero ya intuiste que había gato encerrado, porque te levantaste, volviste a ponerte el slip y noté que dudabas si recibir de esa guisa a lo que fuera u optar por cierta discreción. Mi sonrisa también me delató y te dije que no había problema. Al poco llamaron a la puerta y fui a abrirla. Recibí con un beso en la boca al visitante y pasé a la presentación. Os besasteis más tímidamente en la cara, pero era evidente el buen efecto que tu porte e indumentaria le causaba. Él, de tu misma edad, algo más bajo, regordete y afable, también pareció que te caía bien.
 
Para ir tanteando el terreno le ofrecimos un café, que nosotros repetiríamos. Nos sentamos en la cocina y muy obsequioso te pusiste a prepararlo. Esta fue la ocasión para poner en práctica tu  deseo de “conocer a mis amigos”. Al moverte manipulando la cafetera, yo te acariciaba las piernas desnudas y, en una de esas, te bajé el slip por detrás descubriendo tu culo. No te inmutaste, para deleite del visitante, y cuando viniste con las tazas, tu delantera mostraba ya una ostensible erección. Te atraje hacia nosotros y ya los dos la acariciábamos y metíamos los dedos por el borde del slip. Aparentabas mansedumbre, pero bien sabía yo que te ponía de lo más cachondo. Al fin te sentaste y consumimos el café en paz.
 
El visitante manifestó su deseo de darse una ducha. Cuando empezó a quitarse la ropa, te tomaste la revancha y le tirabas del slip para sacarle la polla. Lo acompañamos al baño y mientras él se remojaba, tú y yo nos abrazábamos y besábamos, al tiempo que te quitaba la camiseta y me despojabas del chándal. Él nos miraba y su polla, de muy buen tamaño, destacaba entre la espuma. Le ayudamos a secarse y tú, agachándote, te pusiste a chupársela. Me atrajiste para ponerme a su lado e ibas alternado con las de los dos. Por fin el visitante, te bajó el slip, que picaronamente seguías llevando, y se lanzó a comerte la polla. Yo me puse a tu lado y también recibía. Me encantaban esas mamadas, bien pegado a ti y acariciándote el culo.

Fuimos a parar a la cama y el amigo nos pidió que nos tumbáramos  boca arriba y le dejáramos hacer. No omitía besar y lamer ni una parte de nuestros cuerpos. Se afanaba con los pechos – ¡cómo sé lo que disfrutas con eso! –, se tragaba las pollas y chupaba las entrepiernas. Nos entregábamos encantados, bien juntos y besándonos.

Pero yo tenía preparado un juego, del que previamente había informado a mi compinche. Aprovechando tu tendencia a ponerte boca abajo, sorpresivamente te tapé los ojos con un pañuelo, y entre los dos fuimos poniéndote ataduras en muñecas y tobillos para dejarte inmovilizado en aspa, y la cama arrastrada para que tu boca quedara accesible. No era nuevo para ti, pero sí lo fue el doble ataque. A cuatro manos te íbamos masajeando con aceite, que te extendíamos por todo el cuerpo. Cuando el líquido se deslizaba por tu raja removías el culo pidiendo guerra. Uno iba metiendo los dedos y otro te sobaba huevos y polla, que sobresalía tensa y brillante.
 
Nos sacó sin embargo de nuestra concentración el interfono que volvía a sonar. Yo fui el primer sorprendido, pues no esperaba ninguna otra novedad, pero mi cómplice me hizo un gesto sonriente y me acompañó hacia la entrada, dejándote en el dormitorio sin saber lo que pasaba. Me explicó que se había tomado la libertad de invitar a su amigo, que había tenido que hacer antes unas cosas, a incorporarse a la visita. Ya me lo había presentado en otra ocasión y me pareció también muy agradable: algo mayor que él y más grueso. Cuando entró lo pusimos al corriente de la situación, a la que se dispuso a incorporarse muy gustoso. Tú empezaste a oír una nueva voz fuerte y risueña, que te intrigaba y aumentaba tu excitación, mientras el recién llegado se desnudaba, mostrando un cuerpo bien rotundo y velludo. Le hicimos los honores besándolo y acariciándolo; rápidamente su polla larga y recta se puso en forma. Se sentó a los pies de la cama y apoyado entre tus piernas se echó hacia atrás reposando la cabeza en tu culo, y así se la pudimos chupar cómodamente.
 
Tú te ponías cada vez más nervioso por la ignorancia de lo que pasaba realmente, solo orientado por los tocamientos que sentías; hasta que, con el culo vibrando, estallaste: “¡Folladme de una vez!”. Entonces nos pasamos los tres a la cabecera de la cama y levantándote la cabeza te hicimos saborear nuestras pollas: la gorda y jugosa, que ya habías catado antes; la nueva, larga y poderosa, ignorante de las características de su poseedor, y la mía bien conocida. Te conminamos a que eligieras la primera en intervenir y, para ir sobre seguro, optaste por la mía. Así que tomé posición, te unté de lubricante y caí sobre ti. Era como entrar en casa y tú también tenías ya una referencia; bombeaba y me incitabas con meneos y jadeos. Los visitantes se habían colocado de rodillas a ambos lados; te iban sobando y yo podía darles lametones en las pollas. El último en llegar, muy excitado, me pidió que le cediera el puesto. Pasé a la cabecera y descansé mi polla en tu boca mientras el otro se disponía a follarte. Te tanteó el culo y comprobó la lubricación. Seguidamente comenzó la penetración lenta pero ininterrumpida hasta llegar al tope. Más larga que la mía, la verga llegó bien adentro y tú expresaste el cambio con un bufido. Pero la disfrutabas de pleno con su mete y saca, y los azotes que te propinaba con ella cuando quedaba al exterior. Pero el tercero en discordia reclamaba ya su turno; cariñosamente apartó a su pareja, quien para que también lo chuparas. La gorda polla que ahora te atacó tuvo que forzar más la entrada; yo lo ayudé separándote los glúteos hasta que te penetró por completo. Se quedó quieto abrazado a tu barriga mientras tú te removías para darle acomodo. Le pediste que bombeara y lo ayudabas levantando el culo todo lo que podías para un placer más intenso.
 
Llegaste a quedar exhausto y pediste que te liberáramos de ataduras y antifaz. Pero aún no habíamos acabado la sesión y faltaba alguna sorpresa. Así que, manteniéndote a ciegas, te fuimos desligando, pero solo para darte la vuelta y dejarte sujeto boca arriba. El que había llegado el último te dedicó unas lisonjas al contemplarte así extendido, lo que aumentó tu intriga al no haber conseguido verlo. Así despatarrado, urgía reanimar tu polla chafada con tanto envite. Al contacto de tantas manos que te embadurnaban con aceite, no tardó en recuperar la vertical. Uno te pellizcaba los pezones, lo que te hacía saltar, y los otros te lubricaban la polla y los huevos. No cabía duda de que estabas gozando al máximo.


Tomó la vez el primer visitante y se colocó a bocajarro sobre tus muslos, masajeándote la polla hasta ponerla a su gusto. A continuación se sentó encima y se la clavó en el culo. Subía y bajaba haciéndote resoplar de gusto. Entre tanto, teniéndote así ocupado, te fuimos soltando  los amarres a la vez que recuperabas la visión. La perspectiva que por fin captaste, de un culo regordete saltando sobre tu polla y otros dos tíos, uno de ellos desconocido, rodeándote en pie de guerra, te excitó sobremanera. Así que volteaste al jinete y tomaste el control de la follada. Ya con libertad de movimientos, arremetías con ahínco liberando la tensión acumulada. El otro visitante se tendió boca abajo a vuestro lado en una inequívoca actitud participativa. No quisiste desperdiciar la ocasión  y cambiaste de culo, cayendo sobre ese otro más terso y peludo. Yo disfrutaba a rabiar con el espectáculo, meneándomela y sobándote la grupa. Tu ritmo se fue acompasando hasta que saliste, con la polla goteante. El simpático receptor aprovechó entonces para presentarse, ya que hasta ese momento solo conocías su voz.
 
Más relajados, los cuatro tomamos de nuevo posiciones sobre la cama. Mientras te recuperabas, el primer visitante se ocupó de alegrarme la polla con una mamada magistral y su compañero se excitaba mirándonos; así llegué a tener una corrida de lo más intensa. Como la pareja se afanaba ahora en darse placer mutuamente, me dirigí hacia ti para abrazarte y besarte. Mis caricias y la visión de los otros acabaron provocándote una nueva erección. Seguías caliente y necesitabas desahogarte de nuevo, así que te masturbaste hasta derramar el fluido blanco. Simultáneamente la pareja amiga acabó derramándose sobre nuestros pechos.

Con la promesa de que la próxima vez iríamos a la casa de ellos, los amigos se despidieron encantados. No menos encantado quedaste tú y, aunque ahora relajado, ya estabas deseando una nueva sorpresa.

martes, 26 de abril de 2011

Seducción en el gimnasio

Tardé bastante en tener experiencias con hombres, al menos con los que más me atraían y que, sin embargo, me parecían inaccesibles. Hombres maduros y muy varoniles que pensaba no podrían ser sino heterosexuales y por ello me resignaba a su contemplación, siempre con la mayor prudencia.

Por un problema de salud que había tenido, me recomendaron que asistiera a un gimnasio. Nunca he sido muy dado al ejercicio físico y lo tomé como una obligación. Así que me inscribí en uno que me caía cerca de casa. No era demasiado grande, aunque sí tenía una buena piscina. Como pude comprobar enseguida, la clientela de última hora de la mañana, a la que yo solía ir, era predominantemente de hombres mayores que yo. Para mí constituían una novedad los usos y costumbres de un lugar como ese. No es que detectara “rollo”, como ahora diría, pero me trastocaba la desinhibición dominante en el vestuario y las duchas, precisamente por parte de individuos que yo consideraba fruta prohibida. Mis progresos gimnásticos no eran muchos, pero desde luego no quitaba ojo cada vez que tenía ocasión, sobre todo cuando se trataba de los que me resultaban más atractivos.

En particular, utilizaba una taquilla junto a la mía un hombre de unos cincuenta años, regordete y moderadamente velludo. Era muy jovial y simpatizó conmigo enseguida. Cuando nos cambiábamos de ropa se quedaba completamente desnudo con toda naturalidad. A veces, sentado yo en la banqueta, tenía sus bien dotados genitales a un palmo de mi cara. Ni que decir tiene que había de disimular al máximo lo excitado que llegaba a ponerme.
 
Incluso en una ocasión en que había ya poca gente, se puso a bromear con el monitor, que por cierto estaba bastante bien, y otro conocido suyo, y empujándose en un jugueteo muy viril acabaron los tres desnudos en la piscina. Lo cual desde luego contravenía las reglas del local. De buena gana me habría incorporado a la mêlée, pero me contuvo el temor a que mi calentamiento me delatara.
 
Estaba casado y también vivía por la zona. Pero, como había terminado el período escolar de sus dos hijos adolescentes, la familia se había trasladado a una casa en la costa, a la que él se desplazaba por la noche. Por eso, de vez en cuando, al salir del gimnasio íbamos juntos a comer en un restaurante cercano. Se mostraba muy comunicativo y se explayaba hablándome de su vida profesional y familiar, aunque sin dejar caer la menor alusión de índole sexual, salvo las bromas con el camarero, que tenía una marcada pluma.

Una de estas veces me propuso que lo acompañara a su piso donde tenía que recoger unas cosas. Este gesto de intimidad no dejó de activarme cierta morbosidad. Aunque ya lo tenía conocido físicamente de todas las maneras posibles, que entonces para mí no alcanzaban a llegar a verlo excitado, estar con él en privado y completamente solos cambiaba las perspectivas de nuestros encuentros.
 
Me hizo los honores como anfitrión, mostrándome con orgullo las principales dependencias de la casa. Mientras, iba quitándose americana y corbata y abriendo la camisa. Me dejó un momento solo en el comedor y al poco volvió en calzoncillos. Gestos que no constituían ninguna novedad para mí, lo que no significaba en absoluto que me fueran indiferentes, pero que, en la situación en que estábamos, llegaban a provocarme una gran turbación. “Voy a ponerme cómodo y refrescarme”.
 
Se movía con rapidez y determinación, de manera que volvió a salir dirigiéndose hacia el baño. No me atreví a seguirlo y al poco me llamó. Lo primero que vi fue que, de espaldas a mí, orinaba ya sin los calzoncillos. Me esforzaba en pensar que tanta naturalidad sólo se debía a la falta de pudor que había derivado de nuestra convivencia en el gimnasio, pero a pesar de todo el corazón me bombeaba cada vez con más fuerza.
 
Siguió exhibiendo su desnudez en el lavabo y de repente preguntó y afirmó: “¿Tienes prisa? Yo no”. Y sin esperar respuesta: “Vamos a tomar algo fresco. Pero con el piso cerrado hace mucho calor, así que te recomiendo te pongas también cómodo”. ¿Quería decir que me desnudara tal como estaba él? Mi timidez me lo impedía ahora, aparte de temer que quedara al descubierto mi excitación. Así que, mientras él iba a la cocina para buscar las bebidas, me limité a quitarme la camisa y aproveché para echarme agua a la cara y  paliar mi sofoco.
 
Me lo encontré medio tumbado cómodamente en el sofá con sus atributos bien a la vista y, al reparar en mi pacato aligeramiento de ropa, esbozó una sonrisa. Inquieto como era, se levantó de pronto y dijo: “Verás qué cosa más divertida me regalaron en la empresa cuando cumplí los cincuenta”. Y con cimbreo de su apetitoso culo salió de la sala. Reapareció llevando puesto un boxer negro muy transparente, de manera que apenas sombreaba lo que no llegaba a ocultar. Lo encontré aún más seductor, si cabe, y sólo pude balbucear un tonto “caray”. “Hasta hicieron que me lo probara delante de todos”, echando más leña a mi fuego.
 
Y para avivar la pira que me quemaba por dentro: “Te lo podías probar también tú. Así vería el efecto que hace puesto en otro”.  No podía negarme, pero me horrorizaba que iba a quedar en evidencia la erección que me había producido la exhibición. Me quité pantalones y slip medio girado con la excusa de dejarlos en la butaca. Él ya se había desprendido del boxer y me lo alargaba. Afortunadamente me iba un poco grande y así la tensión no era tan patente. Se limitó a comentar: “Pues sí que es indiscreto el modelito”. “Bueno, quítatelo y vamos ya a seguir con los refrescos”, sin dejarme más opción que quedarme tan en pelotas como él.
 
Se volvió a recostar en el sofá totalmente desinhibido. Yo, en la butaca, cruzando las piernas, seguía obstinado en una ocultación cada vez más imposible de mi polla tiesa. De pronto, con expresión risueña, me dijo: “Te lo estoy haciendo pasar mal, ¿verdad? Pero no hace falta que sigas tratando de disimular. ¿Crees que no me daba cuenta de cómo me mirabas en el gimnasio? Y me gustaba… Anda, ven aquí”. Con un suspiro de desahogo me levanté, ya con mi excitación bien expuesta, y titubeante me acerqué al sofá. Me hizo sitio girándose un poco y mi piel quedó en contacto con la de su espléndido culo. Por fin, al deleite visual se unía el del contacto físico, que me inundó de calor.
 
Mientras lo acariciaba, le confesé que, en mi ignorancia, me parecía impensable que un tipo de hombre como el que él encarnaba pudiera compartir mis deseos. “Pues ya ves que te equivocas”, me contestó, añadiendo: “Lo que pasa es que sabemos controlar mejor las emociones,…menos cuando nos tocan”. Y al girarse presentaba una deliciosa erección.
 
Follamos con apasionamiento y ternura, y aprendí mucho de su experiencia. Pero lo más importante fue que, a partir de ese día, se me derribó el tabú de lo que me parecía una ilusión inalcanzable.

domingo, 24 de abril de 2011

Una gallinita ciega chic

Los relatos de tus andanzas que me haces siempre me ponen a cien y éste, por su sofisticación, desborda todo lo imaginable:

Me solicitaron para que tomara parte en una fiesta que un grupo de ejecutivos de alto nivel celebraban en un salón privado de uno de los hoteles más exquisitos de la cuidad. Nunca me dan muchos detalles sobre la índole del servicio que se espera de mí, pues confían en mi adaptabilidad a las más diversas demandas. Así que lo único que me constaba era la afición de los reunidos por el tipo de hombre que yo represento y que, de una u otra manera, habría sexo de por medio. Como el encontrarme ante retos desconocidos es una de las cosas que más me estimulan, me limité a cumplir con la indicación de presentarme correctamente vestido, como exigía el rango de los anfitriones –Pronto comprendería que este requisito sólo servía para cubrir las apariencias y que acabaría por resultar superfluo–.

Con mis mejores galas acudí, pues, al hotel y pregunté por la fiesta a la que había sido invitado. Como no figuraba en la lista oficial, y dado que todos lo que constaban en ella hacía un rato que estaban ya reunidos, tras unas consultas vino a buscarme un sujeto muy melifluo que se presentó como el organizador del evento. Me pidió que lo acompañara y subimos silenciosos varias plantas en el ascensor. Llegamos a una  pequeña antesala, donde entramos los dos y cerró la puerta. A través de otra puerta en la pared opuesta podía oírse una suave música swing  y rumor de voces y risas. La primera sorpresa fue que mi acompañante, muy circunspecto, me pidió que me desvistiera completamente. Aunque algo extrañado, no tuve inconveniente en despojarme de mi elegante indumentaria, que él iba recogiendo y colocando cuidadosamente en un galán de noche. En un momento quedé ya en total desnudez, que por cierto no le inmutó lo más mínimo, a pesar de que su pluma era evidente –quizás no sería su tipo–. Muy profesionalmente se permitió alisarme el vello del pecho e, incluso, centrarme la polla que había quedado un poco torcida al desprenderme del slip. Cuando abrió una pequeña alacena pensé que sacaría algunas prendas alternativas, pero sólo extrajo un pañuelo rojo de seda. Ante mi asombro, se limitó a enrollarlo y liarme con él una muñeca. Sólo me dijo que ya sabría su utilidad, y añadió que ni siquiera me hacía falta calzado, dada la limpieza del encerado y las alfombras. Así pues, en pelotas como estaba, me había de enfrentar a lo desconocido. Lo cual no se hizo esperar, porque el organizador entreabrió la puerta que daba al salón de la fiesta y discretamente avisó de mi presencia. Susurrando “buena suerte” me hizo pasar y cerró tras de sí.


De momento quedé algo deslumbrado por la iluminación intensa, aunque matizada, que desprendían las arañas del salón. Se hizo el silencio, sólo quebrado, en un segundo plano,  por la voz de Peggy Lee que desgranaba “Black Coffee” (Me acordé de lo mucho que te gusta esta canción). Y yo allí, en mi estado natural, ante un conjunto de quince o veinte hombres, maduros la mayoría y bastantes con sobrepeso, en trajes oscuros, incluso algún smoking, con vasos o copas en la mano. Formaban pequeños grupos y, ante mi aparición, fueron desplegándose en semicírculo, sin duda conscientes de que se trataba de la sorpresa de la fiesta. El efecto que me produjo encontrarme allí completamente desnudo frente a las miradas complacientes de un grupo tan formal fue muy excitante e hizo que recorriera mi cuerpo un agradable calorcillo.
 
Evidentemente estaba abandonado a mis propias dotes de improvisación, por lo que decidí avanzar hacia ellos con la mayor naturalidad. El semicírculo de fue entonces abriendo para formar un estrecho pasillo. Lentamente me fui desplazando por él y la proximidad física ya propició algo más que la mera contemplación. Cuando alguno más osado hacía ademán de tocarme, me detenía para dejarle hacer. Así fui siendo palpado por pecho, barriga y culo, según lo que más atrajera a cada cual. Ni que decir tiene que, a los primeros tocamientos,  mi polla se puso ya contenta y centró el interés en sopesarla, interés que se extendió también a mis huevos. Me entregaba con una agradable complacencia a contactos que se efectuaban con toda delicadeza, como si se tratara de un objeto de valor. Todo mi cuerpo quedó de este modo enardecido por el deseo que suscitaba, lo que me estimuló a dar todo de mí.
 
Una vez concluido el periplo, me mantuve expectante por un momento ante a excitación que denotaba la concurrencia, no menor que la mostrada por mí, expuesto a la vista de todos. Los murmullos y comentarios se cortaron cuando uno de los reunidos –tal vez el anfitrión, de prominente barriga y cabellera y barba canosas– se me acercó para ofrecerme una copa de cava. Pero al tiempo fue soltando el pañuelo rojo ligado a mi muñeca, cuya utilidad pronto capté. Porque con él me vendó los ojos, dejándome sumido en una rojiza penumbra. Me explicó a continuación que íbamos a jugar a una gallinita ciega un tanto peculiar. En lugar de que el atrapado por mí tuviera que sustituirme, lo que ocurriría es que se ganaría el derecho de hacerme o hacer que le hiciera lo que le viniera en gana. Ante mi alegación de que esta variante del juego podría provocar que se formara una cola para ser cogido, me aseguró que las reglas se respetarían escrupulosamente en cuanto a destreza para escabullirse y que quedaría descalificado quien diera excesivas facilidades. No pude menos que admirarme por la sofisticación incorporada al inocente juego infantil, que obligaría a un equilibrio entre el deseo de poseerme y el autocontrol exigido a los participantes.
 
Tras el ritual inicial de hacerme girar varias veces, me puse en acción, tanteando con cuidado para no tropezar con los muebles de la estancia. Al no topar en mi primera batida con ningún ser viviente, me dio la sensación de que la estancia hubiera quedado vacía. Pero tal impresión se neutralizaba por los susurros y arrastres que oía, entremezclados con la suave música que seguía sonando. En todo caso, el deseo de dar alcance a una presa que, sin embargo, me iba a someter a sus caprichos aumentaba mi excitación. La dificultad inicial de mis intentos de caza podría haber sido interpretada por otro menos optimista que yo como falta de interés en solazarse conmigo, pero yo la asumí como un acicate, estimulándome pensar en el efecto que debían producir en tantos ojos atentos mis vacilantes trasiegos, en total desnudez y sin descuidar tocarme de vez en cuando para que no decayera mi vigor.
 
Ya había llegado a rozar algo movible, aunque mi privación de visión dificultaba un agarre más certero y a la presa le daba tiempo de escurrirse. Pero por fin así con fuerza una manga y su poseedor no tuvo más remedio que rendirse. Se quedó inmóvil, lo que me dio ocasión de ir palpando su silueta. Era un cuerpo macizo y barrigón enfundado en lo que intuí como un smoking. Como me dejaba hacer, me aventuré a ir deshaciendo la botonadura. Metí una mano y toqué el vello suave de la barriga. Subiendo topé con unos pechos de marcada redondez cuyos pezones se endurecieron a mi contacto. Ahora fue cuando una mano me agarró con fuerza el paquete, tan accesible como estaba, provocándome un sobresalto. Me atrajo hacia él y, con la camisa ya abierta, hizo que restregara mi pecho por el suyo.
 
No tardó en empujarme hacia abajo para que me arrodillara. Enfrentado a sus bajos, sin duda predispuestos a un repaso bucal, dudé entre limitarme a sacarle la polla por la bragueta o bien bajarle por completo los pantalones. Aunque fuera más trabajosa, opté por la mayor y, mientras me afanaba en ello, no dejaba de pensar en el espectáculo que estarían contemplado los otros, lo que aumentaba mi calentura. Desnudo ya de cintura para abajo mi primer capturado, mi lengua dio pronto con el espolón húmedo que la esperaba. Estiré los brazos para agarrarme al sólido culo tapizado de pelusa y, antes de engullir la dispuesta polla, lamí los huevos en que ésta se asentaba. Me concentré después en una ardorosa mamada que, además del placer que me producía, quería que sirviera de muestra de mis aptitudes. Noté el temblor de piernas del que tenía sujeto y el líquido caliente que me llenaba la boca. Inmediatamente, sin brusquedad pero con determinación, fui apartado y quedé de nuevo aislado en la oscuridad. Al incorporarme, de tan excitado como estaba, de buena gana me habría pajeado ante el público oculto a mis ojos. Pero hube de contenerme y reservar mis energías para otros servicios.
 
Nuevos tanteos en el aire me condujeron al poco rato a mi segundo encuentro. Esta vez toqué la cabeza calva de alguien que debía hallarse encogido entre dos butacas. Se levantó y pude contornear un cuerpo rechoncho y no muy alto. Sorpresivamente se desasió y creí que pretendía escapar. Pero lo que hizo al zafarse de mí fue someterme a un sobeo impresionante. Me tocaba por todas partes, recreándose con presiones y pellizcos donde más le apetecía. Iba añadiendo lamidas y chupadas que me erizaban la piel. Cuando me dio la vuelta se concentró en mi culo. Lo apretaba y abría cadenciosamente, hasta que me restregó por la raja una sustancia viscosa –probablemente procedente de un manjar cuya naturaleza desconocía–. Me hizo apoyar la barriga sobre el brazo de un sillón y oí el sonido de una cremallera que de descorría. Seguidamente algo que no podía ser más que su polla buscaba acomodo en mi agujero. Era gorda y tuvo que apretar, pero no demasiado larga, por lo que enseguida quedó llena mi cavidad y la tirantez que producía me daba un gran placer. Éste se incrementó con el ritmo que imprimió a la follada, a la que yo ayudaba con mis meneos. Cuando, sin ni siquiera haberse desabrochado la chaqueta, se desplomó sobre mí, sentí al mismo tiempo el ardor de su leche en mi interior. Mi follador tuvo el detalle de ayudar a levantarme y recobrar el equilibrio. Pero inmediatamente quedé de nuevo a merced de aleatorias capturas y cada vez más excitado.
 
Sorprendente fue que uno de mis manoteos recayera sobre una espalda descubierta. En efecto, palpé el suave vello que la poblaba y que se extendía, al ir bajando mi mano, sobre un culo poderoso. Por lo visto, alguno o algunos de los participantes en la fiesta habían prescindido radicalmente de la etiqueta dominante a mi llegada. Me aventuré más y, a través de la entrepierna, vine a dar con unos huevos balanceantes y una polla que engordaba al acariciarla. Pero su poseedor sabía ya lo que quería porque, echado hacia delante me tomó una mano y la llevó hasta la raja del su culo. Estaba bien preparado porque, con un dedo, comprobé lo lubricado del agujero. La pretensión era evidente y, para mi alivio, coincidía con lo que ya me estaba pidiendo a gritos el cuerpo. Sin pensármelo dos veces, tomé posiciones, hice que separara bien las piernas, apunté mi polla con precisión y me dejé caer. Respingó firmemente apoyado sobre algo y ya fue un no parar en mis acometidas. No sólo quería satisfacer a quien tan generosamente se me había ofrecido sino también descargar la tensión acumulada en mi travesía a ciegas. Me derramé con fuertes espasmos y él apretaba en culo como para no perderme. Por fin salí y me enderecé. Pero al extender la mano para acariciar la generosa grupa, misteriosamente encontré el vacío.
 
Me tomaron por un brazo y me condujeron para que me sentara en un sofá. Por la voz reconocí al anfitrión que me instaba a tomar un merecido pero breve descanso. Me puso en una mano otra copa de cava y, cuando extendí la que estaba libre tentado por la curiosidad de comprobar si él también había optado por aligerarse de ropa, ladinamente se escabulló con una risita. El resto del personal debía estar asimismo relajándose, pues las conversaciones y carcajadas habían subido de volumen.
 
Sin embargo, al cabo de poco rato –apenas me había dado tiempo a acabar de saborear el cava– se fue apaciguando el ambiente. Entendí que debía ponerme de nuevo en acción y volver a buscar a alguien que disfrutara conmigo. Pero percibí una variación respecto a la situación anterior, pues al ruido de los desplazamientos sigilosos se mezclaban ahora sospechosos jadeos y resoplidos. Pensé que tal vez estaba perdiendo  la exclusiva y de buena gana me habría arrebatado el pañuelo para satisfacer mi curiosidad sobre lo que pudiera estar pasando. Mas el oficio es el oficio y no podía tomar iniciativas por mi cuenta.
 
Extrañamente, ahora no me resultó tan difícil la caza y casi tropiezo con mi próxima pieza. Seguía vestido y, al tantear su anatomía, su cabellera encrespada me permitió reconocer al anfitrión. Lo cual me alegró, pues desde el principio me había resultado atractivo –aparte de que siempre conviene quedar bien con quien parecía ser mi contratante–. Empezó a sobarme voluptuosamente y llegó a hacerme recuperar todo mi vigor. Traté a continuación de aligerarlo de ropa y él dejaba hacer a mis cuidadosas manos. Una vez liberado el busto me complací en acariciar y besar los bien formados pechos y la curva del estómago. Enredaba mi legua en el vello que adivinaba canoso y me abrazaba cuando le hacía cosquillas.
 
Como no ponía límites, me ocupé de las prendas inferiores. Pronto cayó el pantalón, que ayudé se sacara para mayor comodidad. Un boxer ajustado apenas contenía la protuberancia que se le había formado. Con delectación la contorneaba con mis dedos y la lamía, incrementado su dureza. Fui bajando poco a poco la prenda y, cuando la polla surgió liberada, la engullí de un solo golpe. Entonces él, con un rápido movimiento de piernas, se deshizo del boxer por los pies y me arrastró consigo hasta caer los dos sobre un sofá. En ese momento me liberó del pañuelo que me había privado de la visión.
 
Aunque atenazado por los brazos de mi pareja, no pude menos que dar una ojeada al espacio por el que me había estado moviendo a ciegas. En torno a nuestro sofá había varios individuos, desnudos o medio vestidos, dispuestos a contemplar el espectáculo que sin duda esperaban de nosotros, y que se entonaban manualmente sin el menor recato. No menos desinhibidos retozaban algunos dúos y tríos por otras zonas de la sala. Tal exhibición de sexo, desterradas ya las formas que había parecido exigir tan elegante reunión, me enardeció enormemente y ya me volqué en el placer con el que había sido mi última presa. Verlo allí a mi lado en espléndidas desnudez y excitación, confirmó la atracción por él que desde el principio había sentido.
 
A nuestro abrazo añadimos besos profundos, que extendimos mutuamente por todo el cuerpo. Metíamos la cara entre los muslos del otro y comíamos todo lo que alcanzaran nuestras bocas. Al fin se sentó en el borde del sofá y yo lo hice sobre su polla endurecida, que me entró llenándome de calidez. Un impulsivo espectador no se contuvo y arrodillándose ante mí se puso a mamármela. Así, entre los golpes de pelvis del mi follador, que me frotaban el interior, y el ardor que labios y lengua trasmitían a mi polla, me retorcía de placer. Y, como si se tratara de vasos comunicantes, al sentir el chorro que me inundaba por detrás, solté el mío en la boca receptora.
 
De nuevo abrazados, entramos en la fase de dulce reposo, mientras a nuestro alrededor seguían desahogándose las calenturas de diversas maneras. Felicité al anfitrión por lo imaginativo y sofisticado de la planificación del encuentro, y le agradecí la participación que me había correspondido, cargada de emoción y placer. Él también se mostró muy satisfecho de mi actuación, que había colmado todas sus expectativas.

Más allá de tan corteses argumentos, y puesto que la transacción comercial correspondía directamente a mi agencia, no se abstuvo de entregarme una tarjeta personal con el deseo que de volviéramos a tener un encuentro más privado.