martes, 11 de junio de 2019

El ‘chico’ del super

Con frecuencia veía en el supermercado cerca de mi casa a un chico que me llamó la atención desde el principio. Hablo de él como un chico sobre todo por su apariencia, y por el comportamiento del que más adelante tuve ocasión de percatarme. Desde luego los cuarenta los debía rebasar, con un  corpachón recio y compacto. De cabello muy corto y barba cerrada bien rasurada, mantenía siempre una expresión seria y concentrada. Vestía de manera informal, con pantalones de chándal y zapatillas. La verdad es que me resultaba asilvestradamente atractivo y me gustaba encontrármelo por allí. Incluso observaba que, al salir del super, no tenía más que cruzar la calle para entrar en un portal. También lo había visto a veces junto a un matrimonio bastante mayor, que debían ser sus padres. Por las distintas horas en que hacía sus compras, me dio la impresión de que no trabajaba. En resumen, lo catalogué como un caso típico de hombre ya no joven que seguía viviendo con sus padres.

Cuando llegaron los calores del verano, su indumentaria me lo hacía aún más apetitoso. El pantalón era ya corto, casi traje de baño, y le marcaba el orondo culo, con la costura central que se le metía por la raja. Mostraba unas piernas recias y  bastante velludas, como eran asimismo sus brazos, que sobresalían de una camiseta que resaltaba las redondeces de la barriga y el pecho. Así que me fijaba todavía más en él y hasta me recreaba siguiendo sus pasos calmados por los recovecos del super con los respectivos carritos. Porque además, cuando se agachaba para coger algo, el precario pantalón se le bajaba y enseñaba parte de la raja, bordeada de vello suave.

Me hacía sentir tanta curiosidad, y algo más, que calculaba la forma de abordarlo con alguna excusa. Me retenía sin embargo su permanente actitud como ausente, que me hacía pensar que podría ser algo rarillo, aunque su correcto trato con la cajera pareciera de lo más normal. Me decidí a salir de dudas e ingenié una treta para entrar en contacto con él. Cuando vi que se dirigía sin prisas a la caja, lo sobrepasé por otro pasillo para llegar justo antes. Hecha mi compra me entretuve en la salida recolocando las cosas en las dos bolsas que había llenado. Al pasar él, forcé la caída de una lata de conservas. Solícito, se agachó para cogerla y entregármela. “¡Hombre, muchas gracias!”, le dije. “De nada”, contestó muy serio. Ya hubo ocasión de que saliéramos juntos y aproveché que ambos no detuvimos en el semáforo para comentar: “Hemos coincidido varias veces en este super…”. Me desarmó su réplica en tono pausado y algo monocorde. “Sí, ya he visto que usted me miraba”. Salí del paso con desenfado. “No me hables de usted que no soy tan viejo”. “¡Vale!”, se limitó a contestar. Cruzamos ya y señaló su portal. “Yo vivo aquí”. Me abstuve de reconocer que ya lo sabía. “Yo, en aquella esquina”, le indiqué. Se quedó parado como si no diera el encuentro por zanjado. “Voy a dejar esto arriba”, dijo al fin. Me pareció su forma de despedirse y lo hice yo también. “Bueno, ya nos veremos”. No me esperaba en absoluto su salida. “Puedo bajar enseguida”. “¿Para qué?”, pregunté desconcertado. “Te acompaño para que no se te vaya a caer algo otra vez ¿Me esperas?”. Dudé qué responder y él ya estaba dentro del portal. Quedé allí parado y pensé que no era cuestión de largarme, intrigado por las reacciones del chico. Tardó muy poco en aparecer de nuevo e insistió en llevarme una de las bolsas. “Yo voy a mi casa”, advertí. “¡Claro! Así te ayudo”. Se me ocurrió preguntarle: “¿Había alguien en tu casa?”. “Mis padres”, contestó, “Les he dicho que voy a dar un paseo”.

Llegamos a mi portal y me detuve. Como él seguía aferrado a la bolsa, dije vacilante: “Yo vivo solo… ¿Quieres subir?”. “¿Tú quieres?”, preguntó. “Si a ti te apetece…”, ofrecí sin intención concreta. Su nueva pregunta me dejó estupefacto. “¿Querrás tocarme?”.”¿Por qué piensas eso?”, quise ganar tiempo. “Me miras mucho siempre”, contestó. “¿Te dabas cuenta?”. “¡Claro! Me gustaba”. “Entonces lo que quieres es que te toque en mi casa ¿es así?”, quise aclarar. “Si tú quieres… También tocarte yo a ti”. Me di cuenta de que estábamos como pasmarotes delante de la puerta con tanto ‘quieres’ ‘quiero’ y lo hice entrar ya. Subimos callados en el ascensor y el corazón me bombeaba con fuerza, mientras él parecía muy tranquilo.

En el piso pasamos directamente a dejar las bolsas en la cocina. Allí lo tenía con su pantalón tan provocativo y la camiseta resaltando las tetas. Vino el gato que tenía entonces a husmear y  se le restregó por las piernas. El autoinvitado se agachó para acariciarlo y, como de costumbre, el pantalón se le bajó mostrando un trozo de la raja del culo. Hice un esfuerzo de contención y decidí situarme mejor ante individuo tan particular. Así que volví al interrogatorio. “¿Tus padres saben que estás aquí?”. “¡Qué va! No les gustaría… Siempre me dicen que me busque una chica, pero a mí no me interesan”. “¿Y esto lo haces muchas veces?”. “¿Lo de tocarse y eso? Muy poco… Alguna vez en el cine, pero casi siempre voy con mis padres”. “Al menos no es primerizo”, pensé. “Así que vives con tus padres…”. “Sí, los cuido. Son ya mayores”. “¿Haces alguna otra cosa?”. “¿Trabajar o así? No sirvo para eso… Vivimos bien los tres”. Me empezaban a crispar sus respuestas simples y rotundas, y no quise profundizar más. Me faltaba sin embargo algo más directo. “¿Cómo es que has querido venirte conmigo?”. “Ya te dije que me gustaba cómo me mirabas… ¿No era para esto?”. Noté un punto de alarma en su última pregunta y aclaré: “Es por saber si yo también te gusto”. “¡Claro! Me das confianza… No me van más jóvenes”.

Parecía que el chico no se chupaba el dedo ni mucho menos y tenía muy claro lo que quería. Así que pasé ya de sus circunstancias personales y lo conduje a la sala de estar tomándolo de un brazo. Me produjo un escalofrío el contacto de su cálida vellosidad. “Tienes un piso muy bonito… Y para ti solo”. Pero enseguida soltó con cierta impaciencia: “Ahora me tocarás ya ¿no?”. Habría que ver qué entendía él por lo de tocar… Me quedé mirándolo y dije: “Te será fácil quitarte la poca ropa que llevas”. No se inmutó. “¿Quieres que me la quite?”. “Si no te importa…”. “¡Qué va! Estoy acostumbrado a que mis padres me vean desnudo”. La comparación no me hizo gracia, pero me centré en la rapidez con que se sacó la camiseta y se echó abajo los pantalones, quedando en el acto desnudo. “Con este pantalón no me pongo calzoncillos”, explicó. Era la imagen del gordote perfecto, de carnes prietas y un vello abundante y muy bien repartido. Su entrepierna mostraba una polla encogida sobre los huevos que resaltaban entre los muslos. Se plantó ante mí con una absoluta desinhibición, que me hizo exclamar: “¡Sí que me gustará tocarte!”. Pero él me hizo notar: “¿Tú no lo haces?”. Se refería evidentemente a desnudarme. Procedí a cumplir su deseo algo cohibido por su impasible mirada. Tampoco fue muy complicado y pronto quedé tan desnudo como él. “Mejor así ¿no?”, dijo con naturalidad, aunque pude fijarme que su polla no estaba ya tan encogida.

No quise dejar que siguiera tomando la iniciativa. Así que me acerqué a él y le puse las manos sobre los hombros algo velludos. “Estás muy bueno”, le dije. “¿Sí?”, replicó con ingenuidad, “¿Puedo?”. Sin esperar respuesta pasó los brazos bajos los míos y me asió por las caderas. “Así nos tocamos los dos”, dije casi rozándonos ya. Me sorprendió de nuevo cuando declaró: “Me gusta porque nunca había estado tan así”. “¿Cómo tan así?”, pregunté. “Con otro hombre… Los dos desnudos”. Así que su única experiencia debían ser toqueteos furtivos en un cine… Lo atraje aún más y avisé: “Te voy a besar”. Automáticamente cerró los ojos y me ofreció la boca. No me esperaba que, nada más juntar los labios, su lengua ya se me estuviera metiendo en la boca ¡Sí que sabía morrear, sí! Lo abracé con fuerza y nuestras lenguas se alternaban. Ya me estaba empalmando y, al apretarme contra él aplastando las barrigas, mi polla rozaba la suya que notaba bien dura. Separamos las bocas y no me resistí a manosearlo a conciencia. Palpaba las redondeadas tetas y acariciaba la barriga. Se dejaba hacer con la respiración algo acelerada. Llegué a la polla, regordeta y muy dura, reteniéndola en la mano. “¿Te gusta?”, preguntó como si buscara mi aprobación. “¡Mucho!”, supe responder solamente. Y añadí: “Aún me falta algo”. Lo hice girar y pude confirmar las fantasías que me había hecho con su culo respingón. Un vello fino salpicaba la espalda hasta las nalgas, sobre las que planté las manos acariciando y estrujando. De nuevo me sorprendió. “¿Me la quieres meter ya?”. “No hay prisa”, dije, “¿Te lo habían hecho ya?”. No tuvo empacho en  exponer: “En el cine un hombre me bajó los pantalones por detrás e hizo que me sentara encima. La tenía muy grande y me entró toda. Estuvo bien, aunque acabó enseguida”. Ante mi aplazamiento, volvió a encararme. “Te toco ahora yo ¿no?”. “¡Todo lo que quieras!” exclamé cada vez más caliente. Me sobó con cierta torpeza hasta que me agarró la polla. “Lo que más hago en el cine es chuparla”. Me picó la curiosidad por sus actividades en ese lugar de referencia. “¿A ti no te lo hacen?”. “Sí, también, pero menos”. “Eso que se pierden”, bromeé, aunque el sentido del humor no parecía ser lo suyo.

“¿Por qué no te sientas?”, dije señalándole el sofá. Lo hizo pero en el borde y con el cuerpo hacia delante, mostrando su disposición. “Para que te la chupe ¿verdad?”. No tuve más que acercarme y ya me estaba sobando la polla y los huevos. “A ver si te gusta”, dijo y me la engulló decidido ¡Qué arte tenía el muy golfo! Mamaba con tal manejo de labios y lengua que enseguida me puso a cien. Tuve que frenarlo. “¡Para ahora!”. Se soltó y miró hacia arriba. “Si no me importa que me la eches”. “No es eso”, dije, “Es que no quiero todavía”. “¡Claro! Me lo querrás hacer en el culo”, entendió a su manera. Para marcar una transición hice que se echara hacia atrás y me arrodillé entre sus piernas. “Ahora te la chuparé yo”. Miré su polla que en plena tensión se hallaba descapullada y mojada. Le di un lametón y luego le repasé los huevos con la lengua. Notaba su leve estremecimiento silencioso. Ya sorbí la polla y la chupé alternando suavidad y energía. Me confié demasiado en su capacidad de aguante porque, sin previo aviso y con un relajado “¡Sí, sí!”, empezó a llenarme la boca de leche ¡Y vaya cantidad que soltaba! Me pilló por sorpresa y tuve que ir tragando para no atorarme. Él se limitó a soltar lo que podía ser disculpa: “¡Uy! Me ha salido de pronto”.

Más que nada temí que se diera ya por satisfecho y me dejara en la estacada tan caliente como estaba. Pero mostró una facilidad de recuperación asombrosa. Todavía  no había acabado de levantarme, cuando dijo: “Ahora me la meterás ¿no?”. Desde luego estaba dispuesto a tomarle la palabra. Sin embargo, al verme de pie, debió pensar que mi polla, con el ajetreo precedente, tal vez necesitaría un reforzamiento. “Te la chuparé un poco antes ¿eh?”. Esta vez se arrodilló él ante mí y me la mamó con la maestría que había exhibido antes. Aunque me cuidé muy mucho de que no se pasara de rosca. Ya a punto hice que se levantara y, obsequioso, me preguntó: “¿Lo vas a  hacer como el del cine?”. No me apeteció que se la clavara él aplastándome con todo su peso. De modo que lo manejé para que se arrodillara de espaldas sobre el sofá. “Así te gustará más”, le dije. Durante unos segundos contemplé aquel culo tan goloso y luego separé las nalgas para echarle un poco de saliva en la raja. Cuando le metí un dedo para suavizarlo, oí: “¡Uy, qué gusto!”. Así que no tuve el menor reparo en clavarle la polla con decisión. Apenas necesité hacer fuerza para tenerla toda dentro. Suspiró suavemente y afianzó las piernas. Me puse a arrearle bien a gusto y mi polla se deslizaba de maravilla, mientras él se aferraba al respaldo del sofá para resistir mis embates. La visión de su cuerpo entregándose así me excitaba más y más. Aunque traté de refrenarme para no ser tan rápido como él, llegó el momento en que no pude sino dejarme ir. Fue una reconfortante descarga y, al ir aquietándome, preguntó: “¿Ya está?”. “¿Le habría sabido a poco al muy golfo?”, pensé, aunque respondí: “Eso parece”. De momento no entendí muy bien que añadiera: “Yo también otra vez”. Pero cuando se movió para quedar sentado en el sofá, pude ver una gran mancha viscosa en el cojín del respaldo. También le goteaba la polla. Aunque tuviera que llevar la funda a la tintorería, no pude menos que admirar la efervescencia sexual del chico, que no se privó de hacer una comparación. “Ha estado mejor que lo del cine… y ha durado más”.

No tardó sin embargo en tocar la realidad. “¡Uy! Voy a tener que irme, porque a mis padres no les gusta que llegue tarde a comer”. “No los vayas a preocupar”, dije comprensivo. También advirtió: “Que no se enteren de que hemos hecho todo esto”. “No seré yo quien se lo vaya a contar”, lo tranquilicé. Rápidamente se vistió y calzó. “Bueno, pues me voy”, dijo con su recuperada imperturbabilidad. Lo acompañé hasta la puerta y salió con prisas. Al cerrar caí en el detalle de que no lo había visto sonreír ni una sola vez. Pero estaba tan bueno y tenía tanta marcha a su manera que se le podía perdonar. También quise descartar la mala conciencia que podía sentir de haberme aprovechado en cierta forma de un tipo tan peculiar, porque claramente tenía tantas ganas como yo y la ocasión le vino al pelo para hacer que me lo trajera a casa.

No obstante se me planteaba una cuestión de futuro ¿Qué pasaría cuando volviéramos a coincidir en el super? Si para el chico venir a mi casa había supuesto, al parecer, una experiencia bastante más grata que las del cine, podría ser que le hubiera quedado la intención de repetir en cuanto pudiera. Y en tal caso, dada la frescura con que se había autoinvitado, me arriesgaba a que buscara cualquier excusa para venir conmigo. No es que me arrepintiera ni mucho menos del buen polvo que le eché, pero resultaba demasiado imprevisible y, una vez satisfecha la curiosidad que me había hecho sentir, llegaba a ser un amante excesivamente inexpresivo. Aparte de que no me parecía prudente implicarme  más de la cuenta en sus circunstancias personales y familiares un tanto extrañas.

Pocos días más tarde volví a encontrar al chico en el supermercado. Mi hice el escurridizo retardándome en mis compras. No dio la menor muestra de que me llegara a ver y esperé a que cruzara la calle para entrar en su casa. Me tranquilizó pensar que tal vez él se lo tomaba con calma también. En esta confianza me desentendí un poco del tema, aunque no descartaba que más adelante pudiéramos volver a tener un revolcón más controlado por mí.

Sin embargo, una tarde en que, sin pensar siquiera en ello, pasaba por la acera en que estaba el portal donde vivía el chico, me surgió éste de pronto acompañado de sus padres. No tenía escapatoria, pero supuse que se haría el longuis. Por el contrario se dirigió hacia mí y, con algo parecido a una sonrisa, explicó a sus padres: “Éste es el señor tan amable del que os hablé el otro día”. Quedé de piedra mientras el matrimonio me escrutaba. De una sibilina manera encaminada a que yo supiera la versión que les había dado, el hijo les recordó: “Ya os conté que, al salir del super, el señor llevaba un carrito muy cargado y, al ir a cruzar los dos la calle, se le salió una rueda. Como me ofrecí a ayudarlo para llegar a su casa que está aquí cerca y subir hasta su piso, me dio las gracias y estuvimos mucho rato charlando… Es muy simpático”. Adopté una expresión beatífica mientras los padres, más distendidos, me daban su aprobación. “Esperemos que no lo importunara. Cuando se pone a hablar…”. “¡En absoluto! Es muy agradable su hijo” ¿Qué iba a decir atrapado como estaba? “Encantado de conocerlo”, se despidieron. “Igualmente”, contesté educado. El chico añadió: “Hasta la vista”. Me contuve de no fulminarlo con la mirada. Tanto pedirme discreción y él no se había  privado de montar una historia a su gusto.

Al día siguiente de este encuentro, había comido en casa y me puse un rato a ver la televisión. Me había quedado adormilado y de pronto me sobresaltó que llamaran a la puerta. No esperaba a nadie y supuse que sería algún vendedor pesado. Observé por la mirilla y vi la cara seria del chico. Qué iba a hacer sino abrir y enseguida explicó: “Le he dicho a mis padres que esta mañana te había visto en el super y me habías invitado a merendar… No te molesta ¿verdad?”. “¡Anda, pasa!”, dije resignado. Llevaba una bandeja envuelta en papel de seda. “Mi madre me ha dado este bizcocho para la merienda”. Esta vez llevaba un pantalón largo y un polo recién planchado. En cambio ahora era yo quien iba en pantalón corto y camiseta. Al notar que lo miraba volvió a explicar: “Mi madre ha querido que viniera más arreglado… Pero enseguida me lo puedo quitar”. Pasé por alto su insinuación y preferí alargar la situación en plan formal. “Siéntate, que voy a hacer café”. “El mío con leche y descafeinado, por favor”, pidió. “Será por los nervios”, pensé irónico. Opté por café soluble y calenté leche. Cuando volví a la sala, el chico ya había quitado el papel que envolvía el bizcocho. “Como no estoy en mi casa no me he atrevido a buscar unos platitos para repartirlo” dijo sentado muy recto en el sofá. Los saqué de un armario junto con unos cubiertos y le tendí un cuchillo. “¡Anda! Haz tú los honores”. Mientras cortaba muy cuidadoso las porciones, serví el café y me senté también en el sofá dejando cierta distancia. No falló con sus ocurrencias. “Creo que será mejor que me quite el polo, no vaya a mancharlo… No te importa ¿verdad?”. Ni contesté porque ya se había puesto de pie para dejar el torso desnudo. “Y también esto, por si me caen migas”, añadió sacándose con cuidado los pantalones. Se quedó con un eslip blanco bastante ajustado y no pude dejar de volver a pensar en lo buenísimo que estaba. No obstante lo frené. “Eso te lo dejas, que vamos a comer”. “Como quieras”. Se sentó de nuevo bien estirado. Se zampó buena parte del bizcocho y le puse leche varias veces. Concentrado en comer, con un infantilismo de niño bien educado, se mantuvo silencioso.

Una vez cumplido el ritual social de la merienda ya me imaginaba lo que iba a seguir. El chico se mostró obsequioso. “¿Quieres que te ayude a recoger todo esto?”. Como de costumbre no esperó respuesta y se hizo con la bandeja que yo había traído rumbo a la cocina. Lo seguí con lo poco que había dejado del bizcocho. La verdad es que me estaba poniendo negro cimbreándose con aquel eslip que apenas le cubría las nalgas. De todos modos lo sondeé. “¿No tendrías que volver a tu casa?”. “¡Qué va!”, contestó, “Tengo toda la tarde libre”. Por si no resultaba lo bastante claro para mí, añadió: “Podrás tocarme todo lo que quieras”. “Es que no te esperaba hoy”, dije para hacerle ver, un tanto inútilmente, que no era él quien llevaba la batuta y, de paso, ganar tiempo. “¡Qué más da! Ya me tienes aquí”. Y para sentar sus reales se echó abajo el eslip. “Me lo quito porque me estaba apretando mucho”. La carne es débil y aquello era ponerme la miel en los labios. Así que ya rendido me dio por introducir una variante. “¿Por qué no me ayudas a ponerme como tú?”. “¡Eso está bien!”. Se lanzó sobre mí y decidido me despojó de la camiseta y el pantalón. “Sin calzoncillos ¿eh?”, comentó. “Para estar cómodo en casa”, repliqué como si tuviera que disculparme.

Con los dos en cueros y él allí delante empezando a empalmarse, no me apeteció repetir la escena del sofá, incluso por motivos de higiene. Escogí pues otra opción. “Podríamos ir a mi habitación…”. Las sábanas son más fáciles de lavar que las fundas del sofá. “¡Uy, a tu cama! Me gusta eso”, exclamó encantado. Inspeccionó el dormitorio y comentó: “¡Vaya cama más grande! Yo tengo la misma desde que era pequeño”. El gato huyó molesto ante la invasión de su terreno, porque el chico una vez más tomó la iniciativa y se sentó en el borde. “Ven para que te la chupe y así te animas”. El recuerdo de cómo manejaba la boca me hizo acceder. Enseguida me la puso dura pero, en parte porque quería desahogarme y en parte para ver si lo asustaba, adopté un comportamiento más agresivo. Saqué la polla y, empujándolo por los hombros, hice que cayera hacia atrás sobre la cama. Sin que reaccionara por la sorpresa, me introduje entre sus piernas dobladas por las rodillas de forma que mi polla chocaba con la suya. Le planté las manos en las tetas, que sobé y estrujé estirando del vello. Cuando me puse a pellizcarle los pezones soltaba quejosos “¡Ay, ay, ay!”, pero no mostraba resistencia. Me eché hacia delante para chupárselos y mordisquearlos. “¡Uy lo que haces!”, dijo más asombrado que molesto. Porque, al insistir yo con más crudeza, declaró: “¡Pues me gusta, oye! ¡Qué caliente me pone!”.

Entonces me enderecé y le agarré las piernas subiéndolas para pasar los tobillos por encima de mis hombros. Su ojete me quedó a tiro y me clavé de golpe. “¡Uf, vaya postura!”, comentó con la respiración comprimida. “¡Sí! Otra forma de follarte ¿No la conocías?”, repliqué altivo. “¡Qué va! En el cine no se puede así”, reconoció aludiendo a su único punto de referencia. Me estimuló su desconcierto y di varias arremetidas enérgicas que le sacudían todo el cuerpo. Él se sujetaba con los brazos a los lados. Pero yo no tenía prisa y, en un ejercicio de precaria estabilidad, me aferré a una de sus piernas y, con la mano que dejé libre, alcancé su polla. Me puse a meneársela y anuncié: “Te vas a correr otra vez conmigo dentro”. “¡Seguro que sí!”, afirmó dejándose hacer. Menos mal que lo hizo pronto, porque estaba a punto de que se me derrumbara mi difícil asidero. La leche le salió a chorros que le salpicaron hasta la cara. No le di tregua y saqué la polla de su culo. Me subí a la cama y me arrodillé junto a su cara. Le cogí la cabeza y la giré para enfrentarle mi polla. La sorbió con ansia y mamó con su habilidad demostrada. Pero lo que quería era follarle la boca. Así que le mantuve sujeta la cabeza y era yo el que se movía entrando y saliendo. “Ahora podrás probar mi leche”, le dije e imprimí más energía a mis arremetidas. Desde luego no se arredró sino que, por el contrario, llevó una mano a su polla y la frotó volviendo a endurecerla. Me excité aún más y, sin avisar, me corrí bien adentro de su boca. Mientras tragaba se la siguió meneando hasta soltar un buen chorro. Por lo visto la marca del chico era como mínimo correrse dos veces casi seguidas.

Tantas acrobacias hicieron que me derrengara exhausto a su lado. El chico, que por su cuenta se limpiaba con la sábana la leche que le corría por el cuerpo, comentó: “Sí que has estado bruto hoy…”. “Tú te lo has buscado”, repliqué, aunque dudaba que eso le afectara. Por el contrario dijo: “Si he aprendido mucho… Le pones mucha emoción”. “¿Ah, sí?”, le desafié, “Pues aún puedo ser más bruto”. Si así pretendía asustarlo, no pareció que fuera a lograrlo sino que más bien me confirmó que de tonto no tenía un pelo y se las sabía todas. “En internet veo algunas cosas que vaya… Menos mal que mis padres no saben usarlo”, dejó caer. Me picó la curiosidad. “¿Qué clase de cosas?”. “¡Uy! Hay tíos que tienen que hacer de perro, los atan, les dan azotes y les hacen cosquillas… Es muy divertido, pero eso solo se hará para las películas ¿no?”. “No creas”, dije tirando del hilo, “Hay gente que se lo pasa muy bien así”. “¿A los que se lo hacen también les gusta?”, preguntó cada vez más interesado. “Es su forma de disfrutar”, aclaré. “¡Vaya! Igual soy yo de esos porque, cuando hoy me has tratado mal me calentaba más”. Al menos yo no estaba ya esa tarde para seguir con los experimentos. Más adelante ya se vería. Cambiando de tema le ofrecí: “¿Querrás darte una ducha antes de irte?”. “¡Uy, no!”, contestó, “Prefiero bañarme en casa, que mi madre me lo prepara todo”. “¿Jugará con patitos?”, me pregunté.

Me quedé con morbosos interrogantes ¿Cuánto daría de sí esa aparente disponibilidad del chico para que le diera marcha? ¿Querría realmente experimentar esas prácticas masoquistas que había visto en internet? Dado el saco de sorpresas que iba mostrando ser, cualquier hipótesis podía quedar abierta. Por mi parte, ya que iba a plantarse de nuevo en mi casa en cuanto le apeteciera, tantear con él ese terreno podría darle aliciente al revolcón más o menos intenso que siempre acabábamos teniendo. Por ello me vino bien que llegara a avisarme, a su modo tan imaginativo, de su intención de hacerme otra visita. “Le he dicho a mis padres que me has pedido que, esta tarde, te ayude a descolgar unas cortinas para llevarlas a lavar. Te da miedo hacerlo solo, por si te caes… Así también tendré que volver para que puedas colgarlas otra vez”. Aproveché entonces para tantearlo. “Creo que igual te gustaría que hiciéramos algo de lo que ves en internet”. Di en el clavo. “¡Uy! ¿Cómo hacer de perro y eso? Será divertido”. “Ya veremos… Hay también otras cosas”, dejé en el aire.

No tenía yo muy claro cómo iba a enfocar el asunto. Sin embargo el chico, al aparecer en mi casa, ya venía preparado. Traía una bolsa y se puso a buscar en su contenido. “¡Mira! He buscado estas cosas de un perro grandote que se nos murió”. Sacó un collar bastante ancho unido a una cadena rematada en un asa de cuero. “Tenía una fuerza… Creo que me quedará bien”. También llevaba un comedero. “Aquí podrás echarme cosas para que me las coma”. “Me temo que vas a ser un perro muy rebelde”, le seguí la corriente con malévola intención. La pilló al vuelo: “¿Así me tendrás que castigar?”. Sin contestar a esto, me puse serio. “¡Venga, desnúdate y ponte tú mismo el collar y la correa!”. Obedeció raudo y observé impasible sus dificultades para ajustarse el collar al cuello. “Casi no me coge”. Al fin lo consiguió bastante apretado y la cadena le colgaba por delante. Me fijé en que se había empalmado. “¿Así estás ya?”. “Es que estoy muy emocionado”, explicó. Me dio el capricho y le rodeé la polla con la cadena. “¡Uy, me haces cosquillas!”, dijo retorciéndose. Entonces dejé caer la cadena y quise imponer mi autoridad. “Si te lo vas a tomar en coña, te vistes y te vas”. Reaccionó asustado. “¡No, no, por favor! Haré lo que me digas”. “Pues haz el perro, que es lo que eres ahora”. Enseguida se agachó y quedó a cuatro patas. “¿Así?”. Le pasé hacia atrás la correa y la enganché a la manilla de una puerta. Era larga y podía dar juego. El chico estaba expectante con la mirada baja. Resultaba tentador verlo en esa posición, con el gordo culo alzado. Aproveché para desnudarme también y hasta me descalcé. Colocado delante de él pude constatar que virtualmente se había convertido en perro. Se revolvía levantando una u otra mano del suelo, y hasta emitía un leve jadeo. Le acerqué un pie y no dudo en lamérmelo. “Me estás dando coba ¿eh?”, dije inclinándome para rascarle la cabeza. Agradecido, fue subiendo sus lametones por las piernas, lo que me dio escalofríos. Llegó a quedar sobre los cuartos traseros y los brazos plegados en el pecho. Al alcanzar mi polla, que había empezado a endurecerse, no se privó de lamerla también, sin dejar de repasar tampoco los huevos. Parecía que, en su transformación, la lengua le hubiera crecido y la manejaba con gran soltura. Casi temí meterle la polla en la boca. No obstante, no resistí la tentación y se la ofrecí. “¡Ojo, que no es una salchicha!”. La sorbió y succionaba como si estuviera mamando de una ubre. Esta variante en su consumado estilo de chupar me puso la piel de gallina. Tan embelesado estaba que tuve que hacer un esfuerzo para ponerme en el papel de duro. Lo aparté con brusquedad. “¡Baja de ahí!”. Dócil, volvió a apoyar las manos en el suelo.

Solté la correa y tiré de ella haciéndolo avanzar hacia la cocina. Cogí un cruasán  y le arranqué un pedacito, que le lancé. “¡Toma, perrito!”. Alzándose lo atrapó al vuelo con la boca. Seguí así hasta acabar el cruasán  y los trozos con lo que no atinaba los recogía en el suelo de un lengüetazo. Luego llené de leche el comedero que había traído y, a sorbetones y lamidas, lo dejó limpio. Me di cuenta, sin embargo, de que el chico se lo estaba pasando mejor que yo con esta pantomima, que tenía más de lúdica que de sumisión. Así que quise tomar más control de la situación.

Cogí la correa y lo paseé por el piso en dirección al dormitorio. Me había cansado ya de las perrerías, por lo que me agaché y, como si lo tocara con una varita mágica, le di una fuerte palmada en el culo. “¡Ya está bien de hacer el perro!”. Como por un resorte, se puso enseguida de pie. “¿Y ahora qué?”, soltó con la pretensión de seguir con los juegos. Estuve a punto de echarlo de casa cuando, sin dejarme hablar soltó: “He traído otras cosas… Unas cuerdas, por eso que vi en internet”. “¿También quieres que te ate?”, pregunté resignado sin embargo. “Me dijiste que hay gente a la que le gusta. Quiero probarlo”. Antes de que reaccionara, fue corriendo a buscar en su bolsa. Volvió trayendo unas cuerdas y ya con todo previsto. “Para que tú no tengas que agacharte, ya las sujetaré yo a las patas de la cama y las dejaré subidas. Luego no tienes más que atármelas a mí”. Así recorrió las cuatro patas con toda diligencia, medio reptando por el suelo. Probaba la consistencia y dejaba los cabos sueltos sobre la cama. “¿Cómo me pongo?”, preguntó con todo listo. Yo también quería mandar en algo, así que, mientras me pensaba qué hacer con él, le dije: “Antes aparta la almohada y empuja el somier más al centro, para que quede paso por todas partes”. “¡Uy, sí! Más emocionante”, dijo al cumplir mis instrucciones. Al menos me dejó decidir que primero se pusiera bocarriba. Me serviría de precalentamiento para follármelo luego.

Se subió a la cama como si fuera a jugar a las cuatro esquinitas y, emocionado, se despatarró con brazos y piernas en aspa. Se las até lo más firmemente posible con las cuerdas que me había dejado listas. Se apresuró a probarlas. “¡Uy! No me puedo mover”, dijo divertido. La verdad es que verlo así me estaba poniendo cachondo y, para tener una iniciativa propia, se me ocurrió adornarlo. “Ahora vengo”, dije. Fui a la cocina y cogí dos pinzas de tender la ropa. Cuando volví, le enseñé las pinzas. “¿Has visto esto en internet?”. Nada le venía de nuevo. “Para las tetas ¿verdad?”. “Tienes unas buenos pezones”, comenté. “¿A que sí?”, se ufanó. Me decidí a pillárselos por las buenas y soltó un silbante ulular. “¡Uy, qué duele!”. Casi me supo mal, pero enseguida añadió: “¡Fíjate! Se me está poniendo dura y todo”. Me dio un arrebato y me lancé sobre la polla que iba subiendo en vertical. La manoseaba y le estrujaba los huevos. Él reía. “Me estás haciendo cosquillas”. Pasé ya a frotársela con más energía, lo que no dejó de sorprenderle. “¿Quieres que me corra ya?”. Como no contesté y seguí meneándosela, admitió: “¡Vale! Pero luego me meterás la tuya igual ¿no?”. Sin previo aviso, el puño con el que tenía agarrada la polla empezó a llenarse con la leche que le brotaba. “¡Uf, qué caliente me ha puesto que me lo hagas así”. No se tomó un respiro para reclamar: “Ahora me darás la vuelta ¿verdad?”.

Me limpié la mano en el pelo de su barriga y me hube de afanar en un engorroso proceso de desatarlo y proceder al giro. Él se divertía. “Ahora no veré lo que me hagas”. “¡Ni falta que te hace!”, repliqué abrupto. Sin embargo, al echarse bocabajo, las pinzas se le soltaron de los pezones, lo cual le provocó un estremecimiento. “¡Uy, uy, uy! Si duele más que al ponerlas”, gimoteó. “¿No querías emociones?”, le recordé. “Esto les debe pasar también a los de los vídeos ¿no?”, se consoló a su manera. Quedó bien atado de nuevo y lo que presentaba era su  gordo culo indefenso. Yo estaba ya deseando follármelo de una vez y que acabara su incansable juego. Pero por supuesto el chico no agotaba sus sugerencias. “Tienes pepinos en la nevera ¿verdad?...Los vi cuando la abriste antes".  “¿Para qué los quieres?”, me hice el ingenuo. “Un tío se lo metía por el culo y lo pasaba la mar de bien”, me informó. Intenté zafarme: “Ahora tú no podrías”. “Me lo haces tú. Es por probar. Seguro que también me gustará”. Como un zombi fui a por el pepino y escogí uno bien hermoso. “¿A ver si puede con este?”, pensé. Y al volver junto a la cama se lo enseñé. “¿Te sirve este?”. Giró la cara que tenía aplastada sobre el colchón. “¡Sí! Es como el del vídeo… Y allí lo chupaba antes”. Se esforzó para levantar la cabeza y le acerqué el pepino a la boca. Lo chupeteó y sorbió. “Está fresquito”. Y añadió: “¿Me lo metes tú?”. Como siempre se aprende algo nuevo, me puse detrás de él, que meneaba el culo impaciente.

Apunté el extremo más picudo del pepino al ojete, que parecía latir de avidez. Lo empujé y resbalaba hacia dentro con tal facilidad que hube de sujetarlo para que quedara algo fuera. Ni gemidos ni quejas, solo un jocoso “¡Uuuhhh! Qué bien me entra ¿verdad?”. Me enervó la plasticidad de sus tragaderas y me dominó ya un deseo imperioso de sustituir la fruta por mi polla. Pero con tanto trasiego no estaba suficientemente en forma y entonces volví a plantarme ante su cara. “¡Chúpamela ahora!”, ordené. “¡Uy, sí! Y luego me follas ¿no?”, dijo atrapándomela con la boca. Mamó con la eficacia que solía y me resultaba excitante además la perspectiva del pepino asomándole. Se me ocurrió desafiarlo. “A ver si te lo puedes sacar tú solo”. No dudó en ponerse a dar contracciones de las nalgas y el pepino no tardó en salir disparado”. Entonces soltó mi polla y dijo divertido: “¡Lo he hecho!”. Yo estaba ya a punto y exclamé: “¡Ahora voy yo!”. Me pasé por atrás y me tiré encima. Me clavé con facilidad en el ojete dilatado y follé con ansia desatada. “¡Qué fiera! Me gusta más que el pepino”, soltó, no sé si para alagarme. Porque, cuando me corrí con ganas, le pregunté por algo que le solía pasar: “¿Lo has hecho tú también?”. Y contestó: “Lo hice antes con el pepino dentro”.

Menos mal que se dio ya por satisfecho con los juegos del día y, creyéndose sus mentiras, dijo: “Ya volveré para que colguemos otra vez las cortinas”. Pero no volvió… Por mi parte, me propuse superar de una vez la excitación culpable que me hacía ceder a sus descabellados caprichos. Para evitar caer en la tentación rehuí durante unos días  el supermercado en que podría llegar a encontrármelo y opté por hacer mis compras en otro más alejado del barrio. Claro que siempre, con la confianza tomada, podía aparecer por mi casa en cualquier momento aun sin cita previa. Tendría que mantenerme firme en no abrir la puerta si quien llamaba no era alguien que esperara. Sin embargo, todas estas precauciones resultaron innecesarias después de todo. Días más tarde, con el sigilo que había adoptado para moverme por los alrededores de mi vivienda, vi de lejos al chico. No iba solo, sino que, empujando un carrito de la compra, acompañaba a un hombre bastante mayor. Ambos entraron en un portal, lo cual me hizo ya intuir que me habría encontrado un sustituto. La confirmación completa de ello la tuve una vez normalicé  mis visitas al super de marras. Si alguna vez coincidíamos, no es que me rehuyera, sino que hacía como si no existiera, sin mostrar el menor interés hacia mí. Para ser sincero, he de reconocer que durante un tiempo experimenté sentimientos contradictorios. Si veía como un alivio haber superado una relación tan extraña y de consecuencias inciertas, también  me perturbaba cierta añoranza de su desinhibida entrega y, por qué no, de los buenos polvos que le acababa echando.

A modo de colofón, añadiré un hecho posterior:

Había conocido en un bar de osos a un tipo muy agradable, algo mayor que yo, y me invitó a ir a su casa. “¡Vaya! Si yo vivo casi al lado”, me asombré de la coincidencia. Aunque no es tema de este relato mi relación con él, sí diré que seguimos viéndonos de vez en cuando y solíamos desayunar en un café cercano. En una de estas ocasiones, a través del ventanal, vi que pasaba el chico en cuestión. “¿Conoces a ese?”, se me ocurrió preguntarle. Se rio de buena gana. “¿No me digas que a ti también te ha echado una mano?”. Para sacarle más información, jugué al despiste. “¿A qué te refieres?”. “Es especialista en mostrarse obsequioso con hombres maduros del barrio haciéndose el ingenuo, pero va más caliente que una mona”, explicó. “Ya se me metía en casa, ya”, reconocí, “Por lo visto se las sabe todas”. “Y que lo digas”, añadió, “No solo se aprovecha de sus padres que, encantados de que su niño siga en casa, lo llevan en bandeja. También se las ingenia para satisfacer su voracidad sexual haciéndose el cándido y embaucando a todo incauto que se deja atrapar por su infantilismo forzado”. “Yo he sido una de esos incautos”, admití. “¡Toma, y yo!”, rio mi informante, “Pero no me negarás que tiene un buen polvo”.

He de señalar, por lo demás, que el personaje en cuestión es real, aunque todo lo que le atribuyo es pura invención calenturienta, sin que hayamos tenido el menor contacto. Me conformo con alegrarme la vista al coincidir con él en el super.

sábado, 25 de mayo de 2019

Lecciones de informática


Hacía poco que me había instalado en la finca y apenas conocía a los vecinos. Coincidí varias veces en el ascensor con uno de ellos, muy amable y dicharachero. De cincuenta años largos, era un gordito de pelo ralo y canoso. Me dije que no estaba nada mal… Siempre se le ocurría hacer algún cometario más o menos intrascendente, desde el tiempo a problemas de la finca. A veces incluso nos deteníamos en el portal para completar la charla. Un día, tras preguntarle convencionalmente qué tal le iba, se explayó en un asunto que parecía tenerle muy alterado. “Resulta que me he decidido a instalarme internet y he comprado un portátil. Creía que sería más fácil ponerme al día, pero la verdad es que hay cosas con las que no me aclaro”. Dudó un poco y al fin me preguntó: “¿A ti se te da bien ese tema?”. Respondí: “Hombre, no soy un experto, pero he conseguido apañarme, al menos para lo que me puede interesar”. Dudó de nuevo y entonces me adelanté. “Si quieres, podría echarte una mano”. Se le iluminó la cara. “Si no es una molestia para ti…”. “En absoluto… Yo también necesité que me dieran un empujón”. Así que quedamos en que me pasaría más tarde por su casa.

Tenía cierta curiosidad por conocer al vecino en su intimidad, pero la forma en que me recibió resultó impactante. Al estar en pleno verano, su única indumentaria era un pantalón corto de pijama, de modo que lucía sus redondeces poco velludas y de una piel lisa y sana de las que invitan al tacto, con pechos pronunciados y ornados de finos pelillos canosos. “Perdona que te reciba así”, se disculpó, “Hace tanto calor…”. “¡Faltaría más! Estás en tu casa”, dije disimulando que me encantaba. Pasada por alto la cuestión de su atuendo, me hizo pasar. “El trasto ya lo tengo encendido. A ver lo que me enseñas”. Pensé que, de momento, el que me estaba enseñando era él. El piso estaba atestado de objetos heterogéneos y el orden no debía ser su fuerte. Tenía el portátil, entre una maraña de cables, instalado sobre una mesita baja y, para manipularlo, se debía sentar casi de lado en una butaca también baja. Acercó otra igual para mí mientras me explicaba: “En la tienda estuve probando otro como éste y luego vinieron a conectármelo. Pero ya sabes que esa gente va muy deprisa y cuesta asimilar sus explicaciones”.

Ocupó su butaca y yo me senté de costado a él. Quise observar hasta qué punto llegaban sus habilidades y, todo nervioso, se puso a darle a iconos y accesos. “Conectado a internet sí que está ¿no?”, dijo. En efecto, al abrir el navegador se cargó la página de inicio. Tuve que hacer un esfuerzo para mirar la pantalla, pues, en su ajetreo sobre la baja butaca, la pernera del corto pantalón, retraída hacia las ingles, iba dejando asomar fragmentos de huevos y hasta la punta de la polla. Él no parecía darse cuenta y seguía con sus interrogantes. “Yo lo que quiero es poder buscar cosas que me interesen,…y también fotos y vídeos”. Hice que fuera a un buscador y le expliqué los rudimentos. “¿Así se puede escribir cualquier palabra y te encuentra lo que hay sobre ella?”. “A veces se ha de afinar un poco, pero básicamente sí”, contesté sin entrar en más detalles. A pesar de las excitantes vistas, decidí tomar el mando del ordenador y acerqué  más mi butaca. “Voy a ver qué programas tienes, por si te falta alguno que te sea útil”. Como el aparato era algo pequeño y le tapaba la pantalla, se puso de pie para ver detrás de mí. Yo notaba que se me iba arrimando progresivamente y, a veces, aunque ahora no lo veía, lo sentía rozando mi brazo o mi espalda al querer acercar la cara. “¿Tienes una cuenta de correo?”, le pregunté haciendo un esfuerzo para dominarme. “No ¿Me puedes poner una?”. Aproveché para cederle el sitio. “Escribe un nombre, el tuyo o uno inventado, y una contraseña”. “Me llamo Ramiro, pero mejor inventado”, decidió. Me aparté por discreción. “¿Con esto podré también hablar con alguien y verlo?”. “Sí, porque tienes webcam ¿Quieres que la probemos?”. “¡Claro, claro!”. Ahora estábamos sentados muy juntos y su pierna se pegaba a la mía. Lamenté no llevar también pantalón corto; seguro que él se me habría frotado con el mismo desenfado. Aparecimos los dos en pantalla. “¡Mira qué guapos!”, dijo. Y añadió: “Por aquí la gente hace cochinadas y todo ¿no?”. “Eso va a gustos…”, respondí, y se me ocurrió ofrecerle: “Si quieres, cuando vaya a casa nos conectamos y podemos probar”. “¿Hacer cochinadas?”, preguntó en tono de broma y le respondí en el mismo tono: “Si te empeñas…”. Le puse mi dirección y quedó ahí la cosa. “¡Uf, me has ayudado mucho! Al menos le he perdido el miedo”, concluyó. Antes de irme le dije: “Si necesitas que vuelva a echarte una mano, yo encantado”. “Desde luego, si no te importa. Aún estoy en pañales”… Nunca mejor dicho, pensé.


Al entrar en mi casa sentí la necesidad de darme una ducha y calmar el sofoco que me había provocado el vecino. Cuando me estaba secando, oí el aviso de contacto. Miré y no podía ser otro que él, con su busto tetudo y sonriente. Me senté y le dije: “¡Hola! Veo que te manejas bien”. Pero él ya me había captado al acercarme. “¡Uy, si te he visto en cueros!”. Sin darle importancia expliqué: “Me acabo de duchar y me has cogido por sorpresa”. “¡Esto tiene su gracia! No es como el teléfono, aquí te pillan tal como estés”, dijo riendo. Le di más información: “Esa webcam que tienes la puedes orientar hacia donde quieras”. “A ver, a ver…”. Le dio un meneo y acabó enfocándose la entrepierna”. “¿Así qué ves?”. “Pues que se te ha salido algo”, contesté con descaro. Volvió a subirla, pero siguió divertido. “¡Ja, ja, ja, esto es la monda! Habrá que tener cuidado”. Ya se limitó a hacerme una petición genérica. “Cuando vuelvas te tengo que consultar bastantes cosas,…si no te cansa”. “Para nada. Hay que cumplir lo de enseñar al que no sabe”, bromeé. Cortamos la charla y me dejó pensando que el asunto prometía.

Como había dejado abierta la posibilidad de que volviera a su casa, me decidí a tomar la iniciativa. Al día siguiente fui a la playa y, al regresar, me quedé tal como iba. Un pantalón corto y amplio, sin calzoncillos porque me había quitado el traje de baño mojado, y una camisa muy fina y medio desbrochada. Cogí mi portátil con algún pendrive y me presenté allí a primera hora de la tarde. Me pareció buena señal que, antes de abrir, observara por la mirilla. Porque en efecto, al reconocerme, ya no tuvo dudas en recibirme tan escasamente vestido como el día anterior. “¡Qué bien! ¡Entra, entra!”. “He estado en la playa y se me ha ocurrido pasar por si aún quieres que te eche una mano… Pero si es mal momento para ti…”, me expliqué. “¡En absoluto! Precisamente estaba pensando en llamarte”, replicó encantado. Al ver que traía mi portátil, comentó: “Vienes equipado… Así me podrás pasar cosas interesantes que tengas ahí”. “No sé si te interesarán las mismas cosas…”, dejé caer un tanto enigmático. “Seguro que sí. Soy muy curioso”, afirmó.

Como en el piso hacía mucho calor, me sirvió de excusa para decir: “Si no te importa, me quitaré también la camisa… Todavía llevo el sofoco de la playa”. “¡Faltaría más! Como si estuvieras en tu casa”, contestó sin dejar de otear lo nuevo que veía de mí. “¡Vaya barriguita te gastas!”, bromeó. “Mira quién habla”, repliqué. “Tú eres más velludo”, observó. Pero enseguida sacó el tema al que le había hecho referencia un par de veces. “Así que has estado en la playa… Hace tiempo que no voy, y no creas que no me gusta”. “Suelo ir a la nudista”. Le mentí pues precisamente aquella mañana la playa había sido convencional, porque me apeteció darme un chapuzón y era la que me pillaba más cerca. “¿Ah, sí? Nunca he estado”, dijo interesado. “Si no te da corte, podíamos ir algún día”, le ofrecí. “Pues no es mala idea… Debe tener su gracia”, dijo con una sonrisa traviesa. Una vez abierta esa sugerente posibilidad de futuro, volví al tema que me reclamaba en su casa.

“¿Y con la informática cómo te vas apañando?”. “¡Hombre! Voy haciendo mis pinitos… Pero hay una cosa que no tengo clara”. Pareció titubear algo azorado. “Es que para ver y hablar con gente supongo que habrán de estar también por aquí y no sé con quiénes podría hacerlo”. “Páginas  de contactos las hay a miles y para todos los gustos” dije generalizando. Su pregunta fue muy directa. “A ver ¿tú sigues algunas?”. No quise delatarme todavía y contesté con cierto rubor fingido. “Eso es algo privado ¿no te parece?”. “¡Uy, sí, perdona! Es que me gustaría conocer gente más o menos como yo… o como tú”. Su indiscreción la pagué con otra. “¿Cuándo hablas de gente te refieres a hombres?”. Su piel clara acusó enseguida en rubor. “Bueno sí… ¿Te molestaría?”. Me divertía ver sus apuros y mantuve con cierto regodeo la ambigüedad. “¡Qué va! Soy muy amplio de miras en ese aspecto”. Como se había quedado un tanto desasosegado, le di una tregua y le dije: “¡Mira! Teclea en el buscador”. Le indiqué la dirección de una página muy conocida de osos y demás especies. En el inicio aparecían fotos que ilustraban las distintas categorías. “¡Uy! Casi todos están despechugados”, comentó interesado. “Como nosotros ahora”, bromeé. Su curiosidad iba en aumento. “¿Eso de ‘bear’, ‘chubby’, ‘daddy’… a qué se refiere?”. “Son hombres grandes y peludos, gordos, maduros…”, aclaré. “¡Vaya, vaya! ¿Y se puede hablar con ellos?”. Estaba cada vez más inquieto y movía las piernas con el breve pantalón medio desencajado. Seguí con mi pedagogía. “No es tan simple. Para empezar tendrías que crearte un perfil, con una foto tuya. También puedes añadir más, para hacerte más visible…”. “¿Hasta desnudo?”. “Si te atreves… Tendrías más éxito”. Para que no preguntara tanto completé la información. “Te enviarán mensajes y tú puedes mandarlos a quien te guste. Si os caéis bien, ya charlaréis y hasta usaréis la webcam”. Pero su curiosidad estaba disparada. “¿Como hicimos el otro día?”. “Más o menos”. “¿Tú tienes perfil aquí?”. “Sí. Aunque no podrás verlo hasta que estés dado de alta”. Reflexionó unos segundos. “Tendría que ver de dónde saco las fotos”. “La webcam te sirve y las puedes poner directamente”. Puso cara preocupada. “No sé si las sacaría bien… Seguro que me hago un lío”. Se me ocurrió una solución. “Si quieres, te las hago con el móvil y te las mando a tu correo. Escoges las que más te guste”. “¡Oye, estupendo! ¿No te importa?”. “Será un placer”, respondí con retranca.

Me puse inmediatamente en acción. “¡Mira! Así tanteando con el ordenador quedarás muy bien”. “¿No se me ve poco?”. “Para la primera foto es perfecto”. Disparé y se la enseñé. “¡Qué gordito se me ve!”. Se la envié a su correo y ya la tuvo disponible. “¡Venga! Crea tu perfil ya. Es muy sencillo”. Lo guie y hasta le busqué un nick. “¡Ya está! Mira cómo queda”. Estaba impresionado. “No está mal… ¿Ya me puede ver todo el mundo?”. “Verás cómo empiezas a recibir mensajes”. Pero de momento tuvo un interés específico. “Puedo ver el tuyo ¿no?”. Le dejé buscarme, aunque advertí: “Me va a dar vergüenza”. Porque mi primera foto era del busto, pero las otras… “¡Anda, si lo enseñas todo!”, exclamó divertido. “Ya me has pillado”, dije fingiendo estar cortado. “¡Muy bien, muy bien!...Y dices que te gustan los gorditos maduros”, siguió riendo. “Tú también puedes poner los que te gustan…”, lo desafié. Pero desvió el tema. “Primero podía añadir más fotos ¿no te parece?”. “Todas las que quieras”, ofrecí. “No voy a ser menos”, dijo jocoso, “Me quito esto ¿eh?”. “Por mí encantado, gordito maduro”, le solté sonriente. Se puso de pie y se bajó el pantalón. La polla regordeta se veía algo empinada sobre los compactos huevos. “Parece que todo esto te ha emocionado… Las fotos van a ser de lo más sexy”, comenté burlón. No perdía su sentido del humor. “A ti te quisiera ver sin esos pantalones…”. “Como no has llegado a decir cuáles son tus gustos, no me atrevo”, continué la chanza. “Seguro que estás mejor que en las fotos”, afirmó. Le di largas para mantener el devaneo, porque en verdad mis intimidades aún ocultas estaban bastante excitadas. “¡Vamos con tus fotos!”, y sugerí: “Una quedará bien parecida a la que ya te he hecho, pero ahora con la entrepierna más visible”. Ahora el paquete le surgía muy bien colocado entre los muslos. “¿Me pongo de pie?”. “Sí, pero con naturalidad… De frente y de espaldas”. Quedaba muy fotogénico con un pie subido a la butaquita, y luego se giró apoyado en un estante. “Tienes un culo muy atractivo”, le piropeé. “Si tú lo dices…”. Incorporadas las nuevas fotos al perfil, éste quedó de lo más presentable. “¿Tú crees que gustará?”, me preguntó interesado. “Si no te hubiera visto antes, enseguida te habría mandado un mensaje”. Le gustó la lisonja y tuvo una idea. “¡Hala! Conéctate a tu PC que voy a mandártelo yo… Así practico”.

A los pocos segundos me llegó. “¡Hola! Me encantan tus fotos. Seguro que al natural estás de rechupete”. Me hizo gracia el desparpajo con que lanzó su indirecta directa y le contesté. “Estás buenísimo ¿Podríamos jugar en vivo sin pantallas por medio?”. Sin levantar la cabeza escribió: “Si dejas que te lo vea todo, igual me animo”. “Mira tu webcam”, le puse, y me coloqué ante la mía. Me bajé poco a poco los pantalones y aparecí empalmado. Me chocó que siguiera con la vista fija en su PC aunque me tuviera enfrente. “¡Anda, si tienes empinado el cachirulo”, escribió riendo. Ya me cabreó que me siguiera ignorando en vivo y le mandé un mensaje. “Vas a preferir que me vaya a mi casa y seguir chateando desde allí, que es lo que te da morbo”. Se puso serio y alzó la vista para mirarme al fin en directo. “¡Uy, perdona!”, se excusó, “Es que todo esto me da mucho corte”. Realmente se le notaba fuera de juego, a pesar de las apariencias, y me di cuenta de que era alguien con quien no se podía correr. Aunque fuera involuntariamente, se comportaba como un ‘calienta braguetas’ que se acobarda en el vivo y en directo. “No pasa nada”, le dije, “Si estaba bromeando porque te veía muy lanzado con esto de los contactos… Cuando empieces a recibir mensajes te irás acostumbrando”. Vi que no sabía que decir y pensé que lo más oportuno era dar la visita por acabada. Así que dije sin denotar la menor incomodidad: “Hoy has hecho muchos progresos… Pero te aconsejo que te lo tomes con calma, que esto engancha mucho. Ahora me voy a casa a darme una buena ducha”.

Lo primero que me encontré nada más entrar fue un mensaje suyo que acompañaba una captura de su polla empalmada: “No creas que no me has gustado”. Solo contesté aséptico: “Buena foto”. Estuvimos un par de días sin tener contacto, hasta que al volver por la tarde me lo encontré en el vestíbulo. Me dio toda la impresión de que me estaba esperando. Me saludó nervioso y algo cortado, y le pregunté: “¿Qué tal te va con internet?”. “De eso quería hablarte”, contestó, “¿Tendrías tiempo ahora?”. Se me ocurrió cambiar de escenario y, en vez de acompañarlo a su casa, le dije: “No hay problema… Ya iba a mi casa para ponerme cómodo ¿Por qué no vienes conmigo y hablamos allí?”. “No querría ser pesado, pero si no te molesta…”. Así le daría paso a mi intimidad y vería si con ello lograba ir venciendo sus resistencias mentales. Pareció encantarle este gesto por mi parte y al entrar comentó: “Eres más ordenado que yo”. Con toda naturalidad dije: “Traigo la ropa empapada de sudor… Si no te importa, me daré una ducha rápida”. “¡Claro, claro! Ve, no hay prisa”, contestó recatado. Repliqué desenfadado: “Ven también… Y así me cuentas”. “¿No te importa?”, preguntó sorprendido. “¡Si ya nos lo hemos visto todo, hombre!”, le solté. Camino del baño ya me fui quitando la ropa y él mi siguió disciplinado. Ya en pelotas me encaré: “¡A ver! ¿Qué es lo que te pasa ahora?”. Estaba tan turbado que no supo de qué la hablaba. “¿Me pasa?”. “Sí, con internet”, le recordé, y entré bajo el chorro de agua. “¡Ah, claro!... Pero dúchate tranquilo, que me gustará mirarte ¿vale?”. “Todo lo que quieras”, contesté agradeciendo su retorcida sinceridad. Cuando salí de la ducha me puse a secarme someramente y me preguntó: “¿Vas a volver a vestirte?”. “Me gusta estar desnudo por casa… Más o menos como tú ¿no es cierto?”, contesté atento a por dónde me fuera a salir. “Entonces debería hacerlo yo también… Así estaremos más en confianza”. “¡Desde luego!”, lo animé, “Encantado de que lo hagas”. Tardó poco en quedarse en cueros, y ver de nuevo su apetecible cuerpo me animó.

Tenía mi ordenador portátil también en una mesa baja ante el sofá. Nos sentamos muy juntos para poder verlo los dos y lo animé: “Tú dirás ¿Cuál es el problema?”. Se enzarzó en una explicación un tanto atropellada. “Es que me pasa que he empezado a hablar con gente que contacta conmigo… No creas, algunos están muy bien… Insisten en que les gustaría conocerme y me piden que les enseñe cosas por la webcam. Como es así desde lejos, hago lo que me piden y me dicen cochinadas para calentarme. Pero ellos lo que hacen es mirar y casi nunca me dejan verles más que las fotos del perfil… No sé si lo estoy haciendo bien”. Como estaba compungido, le pasé un brazo por los hombros, disimulando la hilaridad que me causaba constatar lo pardillo que era. “¡No le des tanta importancia, hombre! Eso hay que tomarlo como una diversión… Aunque te aconsejaría que vayas con cuidado con lo que vas enseñando”. Hice una pausa y remé a mi favor. “Tienes razón en que la gente se comporta bastante frívolamente… Sin ir más lejos tú has hecho algo parecido conmigo”. Dio un respingo. “¿Yo contigo?”. Intenté ser claro. “Me piropeas chateando, pero cuando me tienes delante escurres el bulto”. Se quedó callado, pero se apretó conmigo. Su voz al fin sonó de nuevo en un susurro. “No sabía si meterte mano yo o esperar a que tú lo hicieras”. “¡Será liante!”, pensé, “Ahora va a resultar que el pardillo he sido yo”. Entonces no me contuve ya. Giré el cuerpo hacia él y busqué su boca con la mía. Al principio le costó abrirla del todo, pero forcé con la lengua y conseguí enredarla con la suya. El morreo duró un rato hasta que me cogió una mano y la llevó sobre su polla. “¿Ves como sí que me gustas?”, dijo al apartar la boca. La tenía deliciosamente dura y le repliqué: “Verás que tú a mí también”. Fue el quien me buscó la polla, no menos firme que la suya. “¡Uy, sí!”, exclamó.

Quise recuperar el tiempo perdido y fui deslizándome para hacerme con su cuerpo. Le restregué la cara por el suave vello de sus redondeadas tetas y chupé los pezones. Él emitía entrecortados suspiros. Luego recorrí con la lengua su barriga y al llegar a la polla le di un chupetón, para pasar a lamerle los huevos. Sobreexcitado notaba el temblor de sus muslos. Cuando al fin me concentré en chuparle la polla su cuerpo entero vibraba de placer. Con voz temblona pidió: “¿Te lo puedo hacer yo también?”. Entonces fui yo quien se retrepó en el sofá. “¡Todo tuyo!”. Imitó lo que le había hecho yo y, aunque con cierta torpeza, me resultó de lo más excitante. Su entrecortada mamada, sin embargo, por más voluntad que le ponía, no iba a lograr llevarme al clímax. Y tampoco era cuestión de ponerme a meneármela. Así que lo sujeté. “Para ahora”. Preguntó algo desconcertado: “¿No quieres correrte?”. “¿Qué prisa hay?”, contesté, “Ya lo haremos los dos”. Aún tenía que trabajarlo más… No me equivoqué porque noté en él un cierto alivio ante el aplazamiento.

Recibí un mensaje en el ordenador. “¿Te va bien que pase por tu casa?”. Pensé que tal vez se había decidido a continuar lo que habíamos empezado. “¡Claro que sí!”, contesté. Apareció enseguida, pero era para involucrarme en otro de sus dilemas. “Tengo que pedirte un favor”. “Si está en mi mano…”, dije. Se enzarzó en una explicación un tanto atropellada. “Me contaste que ibas con frecuencia a la playa nudista ¿verdad?... Pues resulta que estuve hablando con un tipo y me dijo que él también iba. Nos enseñamos cosas y el tío está muy bien… Seguro que también te gustaría… El caso es que propuso que nos encontráramos allí…”. “¡Ah, estupendo! ¿No?”, lo interrumpí viéndolo venir. “Ya sabes que yo no he ido nunca... Ni sé dónde está… Se me había ocurrido si podríamos ir los dos, como me habías ofrecido”. “Sí que te lo ofrecí, y muy a gusto”, contesté, “Pero hacer de carabina no sé yo…”. “¡Qué va, hombre! Si solo es para conocernos… Ya le dije que seguramente iría con un amigo y le pareció muy bien”. Vi que lo tenía todo bien hilvanado. “¿Y cuándo habéis quedado?”, pregunté. “Hablamos de mañana ¿Te irá bien?”. No había hecho planes todavía, pero los enredos de este hombre me resultaban tan curiosos… y, por qué no, cada vez  más excitantes, que me mostré dispuesto a acompañarlo y hasta a hacerle de guía. “No sabes cómo te lo agradezco… Es que yo en estas cosas…”. Bien lo tenía comprobado.

A media mañana pasé a recogerlo y ya estaba esperándome con pantalón corto y una camiseta de Snoopy, algo infantil pero que le pegaba. Nervioso, como suponía, me preguntó: “No hará falta llevar mucha cosa ¿verdad?”. “Con una toalla vas de sobra… Y en tu caso una crema para el sol, que estás muy blanco”. “Ya la compré ayer”. Lo llevé en mi coche y no costó demasiado encontrar aparcamiento. El acceso más directo iba a la zona más amplia de la playa. Había ya bastante gente y nada más ver el panorama quedó boquiabierto. “¡Ahí va! Si hay familias con chiquillos y todo”. “Y algunos papás que quitan el hipo”, añadí provocándolo. “¿Qué hacemos?”, preguntó. “Pues  adelante… Pero mejor que nos quitemos ya la ropa. No vamos a ir pasando por en medio vestidos”, le aclaré. “¿Toda?”, dudó. “¿Tú qué crees? No ves cómo están todos”. Me hizo gracia que, bajo el pantalón llevara un traje de baño. Se justificó: “Por si acaso”. Al fin quedamos los dos en cueros, sin dejar de mirarnos de reojo, aunque ya nos habíamos visto de sobra así. Avanzamos sorteando a los que ocupaban sus espacios y él ponía los ojos como platos. “¡Uf! Nunca había visto tanta gente desnuda”. De todos modos denotó una cierta decepción cuando preguntó: “¿Y aquí qué se hace?”. “No seas impaciente, hombre. La zona más interesante está detrás de esas rocas”, le informé.

En efecto, tras trepar un poco por un promontorio rocoso, se abría una cala más pequeña protegida por un pinar. “¿Qué te parece ahora?”, le pregunté en cuanto descendimos y vimos la nutrida concurrencia de hombres de diversas edades y tipos. Se le iluminó el rostro. “¡Vaya! Solo hay tíos”. “¿No es lo que querías?”, dije, “Mira a ver si distingues a tu ligue”. “Bueno, me dijo que vendría un poco más tarde”. No parecía tenerlas todas consigo. “Entonces vamos a aprovechar el tiempo ¿no?”, propuse, “Buscamos un sitio y nos relajamos”. Deliberadamente escogí la cercanía de un grupo de osotes que estaban en amistosa convivencia. Nos sentamos en las toallas, con las entrepiernas de los pasantes a la altura de nuestras caras, lo que no dejaba de alelar a Ramiro.

Enseguida se pudo apreciar el contraste de color de nuestra piel. Así que le aconsejé: “Deberías ponerte crema desde ahora. Si no, te vas a cocer como una gamba”. Sacó el tubo y, con todo su cuerpo vulnerable, no sabía por dónde empezar. “¿Quieres que te lo haga yo?”, ofrecí generoso. “¿Aquí?”, pregunto vergonzoso. “¡Anda que se van a asustar esos! ¿No ves cómo se meten mano tan panchos?”. Tomé posesión de la crema y dije: “Empezaré por detrás”. Se tumbó bocabajo y le embadurné la espalda hasta llegar al culo. Redondito y suavemente velludo, lo manoseé a gusto con la excusa de la crema. “¿Por ahí también?”, se alarmó. “Es la zona más sensible”, expliqué apurando los restos en la raja, “Ahora bocarriba”. Se giró, pero señalando: “Esto podría hacerlo yo…”. “¡Deja, hombre! Ya tengo las manos untadas y quedarás mejor”. Cedió y me recreé con sus tetitas y su oronda barriga. Llegué hasta el pubis y noté que tenía un escalofrío. Pasé a las piernas y fui subiendo por los muslos sin esquivar los roces a los huevos. Aprecié que se le estaba apuntando una erección y no me contuve de darle un frote en la polla. Solo exclamó: “¡Uy, qué vergüenza!”. Sin hacerle caso, le di una palmadita. “¡Hala! Vamos al agua”. Me siguió tratando de disimular, con poco éxito, la turgencia en su entrepierna, que más de una sonrisa irónica provocaba.

En el agua Ramiro no demostró ser demasiado buen nadador y procuraba no perder pie. Di unas brazadas y, cuando volví hacia él, comentó divertido: “¡Qué gracia! Ha pasado buceando uno y me ha tocado el pito”. “¿Así?”, dije, y se lo toqué a mi vez. “¡Uy, que ya te conozco!”, rio. Al salir le propuse: “¿Qué te parece si, mientras esperamos, tomamos algo fresco?”. En el límite entre la playa y los pinos, había un chiringuito sombreado. Ramiro preguntó: “¿También en cueros?”. “¡Pues claro!”, contesté, “¿No ves que hasta el que sirve lo está?”. Nos quedamos apoyados en la barra y, mirando en derredor, Ramiro comentó: “Me alegro de que me hayas traído aquí… Es toda una experiencia”. “Pero no solo has venido por eso…”, dejé caer. Se mostró escéptico. “No sé si llegará a venir”. De todos modos estábamos a gusto allí más fresquitos y me dije que casi mejor que siguiéremos solos, para así hacer más avances frente a las reservas mentales de Ramiro. Sin embargo el que este esperaba no aparecía y su desilusión fue patente. “Con lo lanzado que parecía… ¿Suele pasar esto con la gente del chat?”. Le quité importancia. “Hombre, no siempre… Pero hablar por ahí es muy fácil y algunos se marcan faroles”. Añadí con toda la intención: “Ya sabes lo de que más vale malo conocido que bueno por conocer”. Lo captó y sonrió. “Tú de malo, nada ¡eh!”, dijo dándome una palmadita.

Asumido el fracaso de la cita, decidí usarlo a mi favor. “Todavía te faltan por conocer cosas de esta playa… ¿Te has fijado en el pinar que hay  detrás?”. Yo sabía por propia experiencia que, perdiéndose por allí, se conseguía una cierta intimidad que era muy aprovechable. Me miró con curiosidad. “¿También se puede entrar desnudo?”. “¡Naturalmente! Y más cosas… ¿Quieres que vayamos?”, ofrecí. Se puso en mis manos. “Tú eres el que conoce esto”. Al poco de adentrarnos entre los pinos, tuvimos ya una muestra de impacto de lo que su cobijo propiciaba. En un pequeño recodo, yacía sobre una toalla un tipo gordote bocabajo y sobre él otro no menos grande le daba por el culo con total entrega. No se inmutaron cuando llegamos cerca y Ramiro, sobrecogido, me susurró al oído: “¿Aquí se puede hacer eso?”. “¡Y más!”, afirmé y, como ralentizaba el paso con la vista fija en la follada, lo empujé por el culo para que siguiera avanzando. El bosquecillo estaba todo menos solitario, porque pronto volvimos a topar con otra escena. Un tío robusto y peludo, con el culo apoyado en una rama caída, se pinzaba los pezones mientras dos agachados se la iban mamando. Al vernos nos llegó a sonreír y Ramiro preguntó de nuevo: “¿No les importa que los miren?”. “Ya ves que no”, contesté, “Hasta les da más morbo”. Me fijé en que se había empalmado y le dije: “Igual te apetece participar”. “¡Uy, no! Es que nunca había visto algo así”, replicó tratando en vano de disimular su erección.

Al llegar a un claro algo más apartado, decidí que ya estaba bien de contemplaciones. Como llevábamos las toallas, le dije con tono imperioso: “¡Anda, estíralas y tiéndete encima!”. “¿Para hacer cosas de esas?”, preguntó, aunque cumplió lo que le había dicho. “Si quieres…”, admití. Su respuesta no dejó de ser curiosa, como todo en su comportamiento. “Con lo que llevo visto hoy, me he excitado mucho más que con el ordenador”. Era su forma de decir adelante. Se tendió mansamente bocarriba en su toalla, con la polla corta y ancha en una renovada erección. Con esta posición parecía pedir una mamada. Pero se me ocurrió introducir una variante para impactarlo. Me arrodillé tras su cabeza y me incliné hacia delante hasta alcanzarle la polla con la boca. Al encontrarse con la mía sobre su cara, con un “¡Uy!” de sorpresa no vaciló en sorberla. Se la chupé con ganas y, para compensar su inexperiencia, me puse a dar golpes de cadera en una follada de su boca. No iba mal la cosa y el calentamiento era mutuo. Cuando sentí que estaba a punto, pensé que tal vez sería demasiado traicionero por mi parte correrme sin previo aviso. Sin embargo, puesto que él, llegado su momento, no tuvo el menor reparo en vaciarse en mi boca, ya me dejé de reparos e hice otro tanto, mientras él seguía bien amorrado a mi polla. Me erguí sobre las rodillas con un resoplido y, al mirar hacia abajo, vi que se relamía los labios. Le pregunté: “¿Te ha ido bien?”. Soltó una de sus frases ambiguas. “Si tú lo has hecho, yo también ¿no?”.

Nos sentamos en las toallas para reponernos. “¿Nos habrá visto alguien?”, preguntó. “¿Por qué? ¿Te habría dado más morbo?”, le pinché. “Como yo no podía ver contigo encima, no me habría enterado”, zanjó. Quedó pensando unos segundos y al fin dijo: “Cuando tendimos aquí las toallas pensé que irías a hacerme lo mismo que aquellos que hemos visto nada más entrar entre los pinos”. “¿Te habría gustado?”, me sorprendí de que lo dijera tan tranquilo. “No sé”, contestó, “Es que los que hablan conmigo en el chat siempre dicen que querrían follarme… Me da vergüenza reconocerles que nunca me lo han hecho”. Como me pilló de trasmano solo se me ocurrió: “¡Hombre! No es que sea obligatorio”. Pero no queriendo pasarme de pusilánime añadí enseguida: “Aunque siempre se puede probar”. Al parecer, entre sus cuitas con los interlocutores del chat y la enculada en vivo que acabábamos de presenciar, parecía que tuviera una asignatura pendiente. “¿A ti te gusta meterla?”. Contesté con la ambigüedad que él solía usar. “Desde luego hay culos muy apetitosos…”. “¿Como el  mío?”, saltó. “Creo que te lo he dicho en más de una ocasión”, repliqué.

Como los dos nos habíamos desfogado ya, no era cuestión de seguir dándole vueltas al tema. Aunque tomé buena nota para la primera ocasión que se presentara. Así que se me ocurrió sugerir: “Podíamos volver al chiringuito… No vaya a ser que tu ligue se haya retrasado y te esté buscando”. “¿Tú crees? Ese ya no aparece”, dijo escéptico. “De todos modos nos vendrá bien beber algo… Todavía me sabe la boca a tu leche”, declaré. “Eso sí”, reconoció algo avergonzado.

Cuando estábamos tomándonos nuestras cervezas, a Ramiro se le trasmutó el semblante en un momento en que dirigió la mirada hacia el panorama de la playa. Instintivamente volvió la espalda y dijo con voz temblorosa: “Creo que es aquel que se acerca”. Aunque sabía que Ramiro, una vez hecho a la idea de que su ligue había quedado en nada, estaba deseando ahora que se lo tragara la tierra, repliqué con cinismo: “Qué bien ¿no?”. Incluso me aparté un poco de él para dejarlo solo ante el peligro. No me privé de echar un vistazo al que venía y me quedé estupefacto. Resultaba ser un tío grandote, peludo y con una pinta de ogro excesiva incluso para mis gustos. Como Ramiro seguía de espaldas disimulando, el otro lo abordó por detrás y le posó en los hombros sus robustos brazos. “Creías que no iba a venir ¿eh?”, dijo como si le leyera el pensamiento. Y acto seguido bajó una mano y le acarició el culo. “¿Me dabas la espalda para enseñarme lo que más me gusta de ti?”. Ramiro, cobarde, recurrió a mí. “Este es el amigo que te dije que me traería”. El recién llegado me miró de arriba abajo y soltó: “¡Mira qué bien! Con guardaespaldas y todo”. Pese a que me repateó la gracia, me limité a sonreír con cara de circunstancias.

A continuación el tipo se apartó para buscar el monedero en la bolsa que había dejado en el suelo. “Ya que estamos, me apunto a otra cerveza… E invito yo por la espera”. Con ello, al inclinarse, dio ocasión de lucir un culo contundente y velludo. Vista que, al volver hacia nosotros, completó con el bamboleo de una polla que destacaba entre el pelambre del pubis y que no se la saltaba un galgo. No dudó en ir al grano y, tras dar unos tragos, achuchó a Ramiro con un brazo sobre los hombros soltando: “Aquí se está muy bien ¿pero por qué no nos metemos por los pinos y nos conocemos mejor?”. Ramiro y yo cruzamos rápidamente las miradas y quedó claro que ni uno ni otro íbamos a decir que precisamente volvíamos de allí. Dadas las circunstancias, sin embargo, intuí que uno sobraba y le dije a Ramiro: “Ya que os habéis encontrado, será mejor que os deje a vuestro aire”. Pero Ramiro no pareció dispuesto a salir de mi protección. “Tengo que volver contigo”. El otro se cargó su coartada: “He venido en moto y tengo dos cascos… Te llevo yo de vuelta”. “¡Uy, en moto!”, se limitó a comentar Ramiro con voz casi inaudible. Renuncié ya a seguir siendo su tabla de salvación e incluso me divirtió maliciosamente imaginar al gordito de Ramiro, que seguro nunca habría ido de paquete en una moto, agarrándose cagado a aquel pedazo de tío.

El ligue de Ramiro, que enganchado a él le restregaba desenfadadamente la barriga y las tetas peludas, consideró zanjada la cuestión. Como aperitivo, y sin prisas para deshacerse de mí, le dio una agarrada al culo de Ramiro y me interpeló: “¡Qué buen culo se gasta el tío ¿eh?! Seguro que ya le habrás arreado unas buenas  folladas”. “Sí que lo tiene rico, sí”, me limité a confirmar. Entonces le soltó a Ramiro: “¿Te acuerdas de lo que dije que te haría cuando le enfocabas la webcam?”. Ramiro, como de costumbre, se fue por la tangente y, dejándose sobar, preguntó a su vez sin mirarlo: “¿Te gusta más ahora?”. El otro no se anduvo por las ramas pues le pasó los dedos por la raja y debió meterle uno más adentro porque Ramiro soltó un sonoro “¡Uy!”. “Esto es lo que me va a gustar”, afirmó el ligue insistiendo con el dedo, sin que Ramiro diera muestras de rechazo. “¿Sí?”, fue solo su lastimera interrogación.

Perdida cualquier esperanza de sacar partido de este encuentro inesperado, me alarmé además al darme cuenta de que, al paso que llevaban, el mosquita muerta de Ramiro le estaba poniendo en bandeja el desvirgue que tan cuidadosamente había ido yo preparando. Así que no solo me había convertido en una vergonzante carabina, que se debía quitar de en medio cuando empezara a sobrar, sino que me podía perder la primicia que con tantos esfuerzos pedagógicos me había ganado. Me quedaba el vengativo consuelo de que, si su ligue se lo follaba de malas maneras y le hacía ver las estrellas, Ramiro se lo tenía merecido. Aunque al menos me habría dado un morbo tremendo verlos en acción: el gordito ingenuo –aunque no tanto como parecía– y el  tiarrón decidido a darle por el culo. De todos modos sabía que, pasara lo que pasaba, acabaría enterándome.

A Ramiro no le quedaban argumentos para retenerme, así que me despedí por las buenas. “¡Vale! Os dejo ya tranquilos… Me doy un chapuzón y me largo ya”. “Te veré luego ¿no?”, preguntó suplicante Ramiro. “Llámame cuando vuelvas a casa… Si no sigues ocupado”, contesté con retintín. Pero también quise dejarle claro que no pensaba quedarme de guardia por si salía despavorido de entre los pinos. Aunque no pude evitar sentir cierta ansiedad, que no era incompatible con el cabreo porque se me hubiera adelantado aquel tío, al ver a Ramiro casi arrastrado cogido por el cogote camino del follaje.

Cuando llegué a casa no podía quitarme de la cabeza a Ramiro y su ligue del chat. No solo sentía curiosidad por conocer hasta dónde habían llegado, sino que también me producía una morbosa excitación imaginarme a Ramiro con aquel gorila dándole caña. Casi me arrepentía de no haberme quedado para espiarlos escondido tras el ramaje. ¿Para esto me había servido tanto gradualismo por mi parte…? Traté de distraerme y me puse a ver la tele. Ya a última hora de la tarde, sonó el timbre de mi puerta. No tuve dudas de que sería Ramiro. Al abrirle vi que venía tal como había ido a la playa. Ni había pasado antes por su casa. Su expresión era de desconsuelo culposo, aunque era difícil saber si se debía a lo que le había sucedido o, más improbable, mala conciencia hacia mí. “Perdona que haya venido directamente ¿No es un poco tarde? Pero es que estoy hecho un lío”, soltó de un tirón. “¡Pasa, hombre, pasa!”, le dije, “Si ya quería saber de ti”. Pero no me privé de preguntarle con retranca: “¿Ta han traído en moto?”. “¡Uy, sí! Se me han puesto de corbata”, reconoció, “Pero eso es lo de menos…”. “¡Venga! Nos sentamos y me cuentas”, dije conciliador. Agradecido, soltó la bolsa y nos pusimos frente a frente. La verdad era que enrojecido por el sol, con sus pantalones cortos y la camiseta de Snoopy, estaba riquísimo.

Como Ramiro no atinaba por dónde empezar, le eché un cable con tono desenfadado. “¿Te lo has pasado bien? Tenías mucho interés en esa cita…”. “Bueno, según se mire”, fue su típica respuesta ambigua. Aunque enseguida admitió: “La verdad es que no me esperaba un tío así”. “Bien que lo reconociste cuando se acercó. Lo habrías visto por el chat”, repliqué. “En realidad solo había visto alguna foto de cara… Cuando yo conectaba la webcam decía que la suya no funcionaba. Así que él sí que me veía…”. “Te había advertido de eso”. “Lo sé. Pero me iba diciendo unas cosas, con guarradas y todo, que me ponían muy caliente y le enseñaba todo lo que me pedía”. Dejé que siguiera. “Cuando me propuso lo de la playa, pensé que así mataba dos pájaros de un tiro. Conocería una playa nudista y tendría mi primer ligue”. Protesté: “Lo de la playa te lo había ofrecido yo y que fuera tu primer ligue no sé cómo tomármelo”. “Lo tuyo es distinto”, soltó muy rotundo. Como me interesaba que siguiera con la historia, aparqué este punto. “Bueno, esto me lo explicas luego… O sea, que el tío no te gustó y aun así te fuiste con él a los pinos”. “No, si gustarme sí que me gustó”, puntualizó, “Era un pedazo de hombre que lo tenía todo grande… Pero quedarme solo con él ya no lo tuve tan claro”. “Mi papel de acompañante acabó ahí”, precisé dulcificando mi papelón. “Ya, ya… No podías hacer otra cosa”, reconoció. Quise ir al grano ya. “¡Vale! ¿Pero lo de los pinos cómo fue?”.

Ante lo directo de mi pregunta, a Ramiro pareció costarle arrancar. Para incitarlo dije muy serio: “Si no quieres entrar en detalles lo entenderé”. “¡No, no!…A ver cómo te lo cuento”. Optó por un vía indirecta. “Te darías cuenta de lo que quería de mí desde que llegó ¿verdad?”. Yo sí que fui directo. “¡Desde luego! Darte por el culo”. “Dicho así…”, se sonrojó Ramiro. “¡Vale! Cuéntalo a tu modo”, frené para dejar que hablara. “No hacía más que tocármelo, en el bar y mientras subíamos hacia los pinos”. “Eso aún lo vi”, afirmé. “Pues una vez que entramos me pegó un sobeo que no veas… No es que me desagradara, ya que estábamos, aunque yo quería que diéramos una vuelta para ambientarnos. Pero a él ya se le había puesto la polla bien tiesa ¡Qué cosa más grande! Aunque no me cabía la camisa en el cuerpo, pregunté si quería que se la chupara. No por nada, pero pensé que, si se lo hacía bien, igual se corría como te pasó a ti y se tranquilizaba. Él se rio. ‘¡Vaya con el gordito vicioso! Con hambre de polla ¿eh?’, decía. Me hizo caer de rodillas. ‘¡Venga, cómemela! A ver cómo lo haces’. Cuando tuve aquello delante me dio vértigo, aunque me armé de valor y me la metí en la boca. Como no me cabía entera, a veces la sacaba y la iba lamiendo hasta los huevos. Le llegué a coger gusto y parece que funcionaba porque él dijo ‘¡Qué boca te gastas, tío! Se nota que sabes’. Me esforcé para ver si me echaba la leche, aunque me podría ahogar con toda la que le saldría. Pero no resultó, porque de pronto me apartó. ‘¡Para, para! Que estoy ya a punto’. Para que quedara más claro añadió ‘Si tienes el culo tan tragón, hoy va a ser un día grande’… ¿Qué iba a hacer yo si en el chat, cada vez que me veía el culo, me decía lo que le gustaría follarme? Yo me animaba y venga a enseñárselo, sin decirle que no me lo habían hecho nunca y haciéndole creer que era algo que me encantaba”.

Ramiro estaba tan exaltado que, aunque me moría de ganas por saber de una vez si le había dado por el culo, dejé que se explayara en su autojustificación. “Y claro, entonces no era el momento de decirle que de eso nada. Así que a seguirle el juego y procurar no pensar en ese pollón descomunal”. Ramiro tomó aire y siguió. “Hizo que extendiera la toalla y me pusiera a cuatro patas. Se arrodilló detrás y empezó a darme escupitajos en la raja del culo. Luego me la trabajaba con los dedos. Me metió uno, dos o no sé cuántos, porque ya no podía apreciarlo del miedo que tenía. Me sorprendió que comentara ‘¡Qué ancho tienes el ojete! Se nota que te han metido de todo por ahí’. Ya ves, tú que me conoces y sabes que de eso nada…”. Me mordí la lengua para no decirle que, en realidad, era un pozo de sorpresas y aguardé, con una creciente excitación, la confesión final.

Ramiro largó ya de un tirón: “Empezó a pasarme por la raja la polla que estaba como una piedra y, sin avisarme siquiera, me arremetió con todas sus ganas. No sé cómo no me estampé contra el pino que tenía delante… Lo que sí sé es que aquello nunca terminaba de entrar quemándome que no veas, y sin resuello para decir ni mu. Casi sentí alivio cuando noté que los muslos le chocaban contra mis nalgas. Encima el tío va y suelta ‘¡Como cuchillo en la mantequilla! ¡Qué buenas tragaderas tienes!’. Tan encajado estaba que temí que le iba a costar el ir para afuera. Pero ya se apañó para salirse al menos hasta la mitad y otra vez para adentro. Ya fue un constante adelante y atrás como si me hiciera un favor, porque decía ‘Esto es lo que te gusta ¿eh?’. Y yo, para no provocarlo, contestaba ‘¡Sí, sí!’. Lo cierto es que iba sintiendo por dentro un chupchup rarísimo que me llegaba hasta el cerebro y casi que me iba entonando… Hasta que avisó ‘Me va a venir ¿La quieres dentro?’. ‘Vale’, contesté ¿Dónde iba a ser? Pero el tío empezó a agitarse y la polla me hacía un remolino en el culo. Se puso a dar unos berridos que se debían oír hasta en la playa. Estuvo así un rato y noté que se iba saliendo ¡Qué vacío sentía! Luego se echó a mi lado y yo me quedé ya extendido. ‘¡Qué buen polvo, tío!’, me dijo. Y pensé que al menos no había quedado en mal lugar…”.

No pude resistirme. “O sea, que te ha gustado tomar por el culo”. Ramiro se sobresaltó por mi crudeza. “¡Hombre! Ha sido todo un poco bestia y allí en medio que podía venir cualquiera. Si hubiera sido contigo…”. Aunque con él nunca se estaba seguro, quise interpretar esta última frase como que habría preferido que lo desvirgara yo. Tomándola así dije: “Conmigo habrías pasado menos miedo… Aunque tal vez yo no pueda competir con lo bien armado que estaba tu ligue”. Ramiro reaccionó vehemente. “¡Qué va! Si aquello era excesivo… Tú me tratas mejor”. “Preferiste correr la aventura”, repliqué severo, “Lo hecho, hecho está”. Preguntó compungido: “¿Quieres decir que ya no te hará ilusión hacerme esas cosas?”. “¡No, hombre, no!”, condescendí, “Así estarás ya mejor preparado”. “Estoy en deuda contigo”, dijo esbozando una sonrisa no exenta de picardía.

Pareció que había quedado todo dicho en aquella singular jornada. Pero Ramiro aún me había de deparar una sorpresa. Se mostró indeciso como si le costara levantarse para marcharse a su casa. De pronto preguntó en un tono suplicante: “¿Podría quedarme hoy a dormir contigo?”. La verdad es que no me lo esperaba y no quise indagar cómo era que le había surgido esa idea, tan osada en él. Simplemente le dije: “¡Por supuesto! Estarás cansado… y yo también”. Lo que fuera a pasar en la cama quedaba en una incógnita.

Nos acostamos y yo adopté una actitud neutra. Pero al buscar Ramiro mi contacto me gustó el calor que desprendía su cuerpo tras la exposición al sol. Le besé levemente en los labios y le dije: “Anda, duerme ahora”. Lo cierto es que no le costó nada hacerlo bien abrazado a mí. Yo tardaba en conciliar el sueño al darme vueltas en la cabeza las peculiaridades del personaje, con esa mezcla de ingenuidad y atrevimiento. Al fin me amodorré y no sé cuánto tiempo pasamos así. Cuando desperté, pareció que Ramiro lo estuviera esperando. Se fue apartando de mí y giró el cuerpo hasta ponerse bocabajo. Me vino de repente una fuerte excitación, que se tradujo en rápida erección. Ramiro separó las piernas invitándome tácitamente a que me metiera entre ellas. No dudé en hacerlo y dejándome caer con suavidad le fui entrando con una gran fluidez. No pude menos de acordarme que me había contado lo dicho por su ligue sobre que su culo era de mantequilla. Ramiro susurró entonces: “¡Oh, esto es mucho mejor!”. Animado empecé a bombear y Ramiro añadió: “¡Qué bien te siento dentro!”. Tardé poco en avisar: “Estoy ya muy caliente”. “Haz lo que quieras”, me invitó. Tuve una corrida deliciosa y por mi mente desfiló, como en una secuencia, desde los escarceos con el ordenador hasta el polvo que me acababa de ganar. Nunca es tarde si la dicha llega.