jueves, 6 de octubre de 2011

El tendero reciclado

Uno de mis primeros relatos –“El tendero de la esquina”– terminaba con que no lo había vuelto a ver solo en la tienda. Así parecía quedar cerrada la estructura clásica de presentación, trama y desenlace. Efectivamente no volví a verlo en la tienda ni solo ni acompañado. Pero…

Al cabo del tiempo estaba yo haciendo unas gestiones en la oficina de Correos y me pareció verlo entrar. Lo encontré más guapo y apetitoso si cabe, lo me movió a intentar aprovechar la casualidad. No obstante, por si le podía poner en una situación violenta, obré con mucha cautela. Me acerqué a donde estaba, fingiendo ignorar su presencia pero, en una mirada furtiva, capté que él también me había reconocido. Lo saludé discretamente con la cabeza y se me acercó de forma más abierta. Mi dio la mano y parecía que el encuentro le agradaba. Me acordé que se llamaba Enrique y le pregunté qué era de su vida, pues no había vuelto a verlo por el barrio. Respondió que dejó de tener relación con el negocio y que se había divorciado no mucho después de mi visita a la tienda. Esto último lo dijo con sorna y bromeé con que esperaba que no hubiera sido por mi causa. No dio más detalles, pero añadió que había dado un cambio radical. Ahora vivía en pareja con otro hombre quien, por cierto, se parecía mucho a mí, precisó. Aunque me hizo gracia lo del parecido, también pensé que la noticia restaba posibilidades a un nuevo ligue. Sin embargo, y para mi sorpresa, comentó que, ya que se había producido este reencuentro, sin duda a su amigo le haría gracia conocerme, pues le había hablado de nuestra aventura. Me hizo saber además, algo enigmático, que la relación que mantenían era un tanto especial y dejó caer, como para darme una pista: “¿Te acuerdas lo que te pedí que me hicieras con la tablilla?”. Enseguida me vinieron a la mente los azotes que tanto había disfrutado. Así que la invitación que a continuación me hizo para que un día fuera a su casa despertó en mí una curiosidad morbosa, unida al deseo de volvérmelas a tener con mi antiguo vecino.

Cuando llegué me extrañó que estuviera solo el amigo esperándome cubierto por un batín de estar por casa. Se presentó como Ignacio y enseguida me aclaró que Enrique había salido a un recado y no tardaría en volver. Desde luego éramos bastante semejantes, los dos con barba canosa, aunque él algo más grueso. Me preguntó si me apetecería un güisqui, pero preferí esperar a que estuviéramos todos. Me hablaba de su pareja con una condescendencia cariñosa e ironizó con que ya sabía que yo había sido uno de sus corruptores gracias a los cuales había acabado cayendo en sus manos. Pero de momento solo sus expresivas miradas y las aberturas al descuido de su batín daban a entender la deriva sexual que tendría la cita.

A los pocos minutos efectivamente apareció Enrique. Lo primero que me sorprendió fue que la actitud decidida y vitalista que lo había caracterizado había cambiado por completo a otra de sumisión. Pues, tras un tímido saludo, se quedó parado ante nosotros indeciso. Hice el gesto de levantarme para corresponder al saludo, pero Ignacio me retuvo y ordenó: “Anda, bésanos y sé complaciente con nuestro invitado”. Me chocó el tono imperativo, pero ya intuí de qué iba la “relación especial”. Obediente, Enrique primero besó en la boca a Ignacio, quien le metió largamente la lengua, y luego se me ofreció y actué de igual manera. Pero aún se recreó echándome los brazos al cuello y yo me ceñí a su cintura desde el sillón donde me encontraba, ante la mirada complaciente de Ignacio. Cuando nos soltamos y Enrique se incorporó, Ignacio le metió mano en la entrepierna: “Seguro que ya se te ha puesto dura”. Me integré en el juego y también toqué. En efecto, noté la tensión que se marcaba en la bragueta, pareja a la que yo empezaba a sentir en la mía. Todavía me daba corte actuar por mi cuenta, así que miré a Ignacio, quien tácitamente otorgó. Bajé la cremallera a Enrique y le saqué mi antigua conocida, ya en todo su esplendor. Así quedó de momento, porque Ignacio intervino: “Estás a punto para traernos unos tragos”. Como un autómata y dejándose la polla fuera, Enrique fue hacia la cocina. Ignacio me dijo entontes: “¿Qué te parece si nos desnudamos? Yo lo tengo fácil. Luego se lo haremos a él”. Se quitó la bata y mientras yo me desvestía me observó atentamente. Pude confirmar la buena impresión que me había causado, y más al ver que su bastante considerable verga se le iba alegrando. Como la mía ya apareció en buena forma, no se abstuvo de darme, divertido, unos toquecitos.
 
Regresó Enrique portando una bandeja con dos vasos de güisqui con hielo. Seguía con la polla asomando por la bragueta y era evidente que le excitaba la situación. Pregunté si él no bebía, pero Ignacio replicó que tenía mejores cosas que hacer. Se nos acercó y, manteniendo la bandeja en alto, se ofreció para que le abriéramos la camisa y le bajáramos los pantalones. Confirmé lo buenísimo que estaba y aproveché para sobarlo un poco. Ignacio sin embargo tenía otros planes: “Danos los vasos… y ya sabes lo que tienes que hacer”. Una vez dejada la bandeja, Enrique acabó de quitarse la camisa y los pantalones y, arrodillándose ante nosotros, se puso a mamárnoslas alternativamente mientras saboreábamos el güisqui. El morbo que me daba aquello era tremendo y no dejaba de admirarme de la transformación que había experimentado el antiguo tendero. “Ya que estás agachado enseña el culo. Seguro que a nuestro amigo le trae buenos recuerdos”, intervino Ignacio. A cuatro patas se giró y mostró su generoso trasero; solo que revelaba una poco natural coloración bajo la suave pelusilla. Evidentemente tenía arraigado el gusto por los azotes. No me resistí a acariciarlo y palpar los huevos colgantes.
 
“Ya va siendo hora de que participes en algunos de nuestros juegos favoritos”, me dijo Ignacio. Los tres nos dirigimos a una habitación con aspecto de trastero y con un gran espejo en una de las paredes. Como precalentamiento, nos metimos mano y besamos un rato, ahora sin hacer distinciones. A continuación pusieron en marcha su numerito. Enrique, mansamente, se dejó colocar unas esposas forradas de piel e Ignacio tomó el extremo de una gruesa cuerda que corría por una polea sujeta al techo y lo enganchó al medio de las esposas; fue tirando del otro tramo de la cuerda hasta dejar suspendido a Enrique solo apoyado en el suelo por el antepié. Lo curioso era que su expresión denotaba satisfacción y que su erección se mantenía firme. Ignacio, cuya manipulación también lo había alterado, pues su verga no estaba menos peleona, me atrajo entonces y dijo: “¿Te parece que lo pongamos cachondo metiéndonos mano tú y yo? Luego nos ocuparemos de él”. La verdad es que, además del deseo que me inspiraba Enrique en su estado de entrega, también me apetecía catar la voluminosa polla de Ignacio. Así que, tomándole la palabra, lo agarré de las caderas y se la atrapé con la boca, donde apenas me cabía entera. Me sujetó la cabeza controlando mis chupadas, hasta que me hizo subir y cambiamos posiciones. Ahora me excitaba aún más al ver cómo Enrique se tensaba con el espectáculo y las gotitas en la punta de su polla humedecida. Realmente lo habíamos puesto a tono y estaba a la espera de que nos ocupáramos de él.
 
Reconfortados con la mutua mamada, dimos ya rienda suelta a nuestros juegos con el colgado. Ignacio me cedió la delantera y se puso detrás para sujetarlo. Pero lo sujetó hasta tal punto que, por el estremecimiento en el cuerpo de Enrique, tuve claro que, sin más preámbulo, le había clavado el pollón en el culo y así se quedó, agarrado de la cintura, como un buen tope para facilitar mis manejos. Ahora pude liberar las ganas que le tenía a Enrique quien, acomodado ya a la intrusión trasera, se ofrecía a mis sevicias. Quise hacerle un repaso general con manos y boca. Le estrujaba las ricas tetas arremolinándole el vello y disfrutaba endureciéndole los pezones con mis succiones. Jugueteaba con la lengua sobre la oronda barriga y la metía en el ombligo provocándole cosquillas. Su bajo vientre, que enmarcaban los recios muslos tensados por el equilibrio que había de hacer sobre la punta de los pies, se me aparecía como una delicia. Con una mano sujetaba la polla dura y mojada, mientras con la otra apretaba los huevos. Por fin me la metí en la boca saboreándola con fruición. Que Ignacio siguiera ahí detrás, con ligeros movimientos de bombeo, daba más emoción a mis chupadas. Enrique se agitaba al recibirlas y, aunque de buena gana tanto él como yo hubiéramos llegado al final, una vez más terció Ignacio: “Vamos a salirnos y que se quede con las ganas. Aún lo necesitamos enterito”. Se apartó del culo con un sonido de descorche y Enrique se derrengó, con lo que lo solté de mi boca.
 
Ignacio hizo girar a Enrique y me lo presentó de espaldas: “¿Te apetece trabajarlo? El muy vicioso lo está deseando y así descanso yo”. Sacó una tablilla mucho más profesional que la que yo había utilizado en aquella lejana ocasión pues, aparte de la forma de raqueta alargada, la madera estaba cubierta por una capa de caucho con rugosidades. Si no hubiera sido porque recordaba que él mismo me instó a que lo azotara, ahora me habría apiadado de ese hermoso culo ya señalado por recientes asaltos. Pero como entonces, la forma en que, pese a su equilibrio inestable, se esforzó para resaltar su trasero poniéndomelo disponible me libró de cualquier miramiento. Bajo la libidinosa observación de Ignacio, comencé las descargas. Enrique se balanceaba emitiendo suspiros. Sin embargo, a medida que subía la rojez de los cachetes e incluso aparecían puntitos aún más marcados, flaquearon mis fuerzas y no pude continuar. El incorregible Ignacio terció riendo: “Me temo que te gusta demasiado su culo y preferirías follártelo”. En verdad me había adivinado el pensamiento. “Pues entonces vamos a cambiar de ambiente. Ya hemos estado aquí bastante. Además todos hemos cargado mucho el depósito y necesitamos una buena corrida”. Entre tanta verborrea Ignacio iba descolgando y liberando de las esposas a Enrique quien, tambaleándose, buscó apoyo en mí.
 
Con los últimos acontecimientos yo me había aflojado bastante, cosa que no le escapó a Ignacio cuando llegamos al dormitorio y enseguida hizo su planificación: “Verás qué pronto te animas”. Enrique hubo de ponerse boca arriba en la cama con medio cuerpo fuera, en tanto que yo también subido pero erguido y con un pie a cada uno de sus lados le mantenía levantadas las piernas sujetando los tobillos. Todo para que Ignacio tuviera a su alcance a la vez el culo de Enrique y mi polla. No tardé en volver a excitarme al ver cómo Ignacio se ponía a frotar su potente verga sobre los huevos y la polla de Enrique, que también empezó a animarse. A su vez, con un decidido gesto dio alcance con la boca a la mía, que respondió a su húmedo calor. Deslizó su tranca hasta alcanzar el agujero de Enrique donde se clavó de golpe, como ya había hecho antes. Al mismo tiempo que bombeaba me iba chupando la polla y, entre las succiones y ver como entraba y salía del culo de Enrique, llegó a ponerme a cien. Viendo el resultado, Ignacio me indicó que soltara las piernas de Enrique, que por la inercia siguieron levantadas dobladas por la rodilla, y que bajara de la cama. Se salió del culo y me cedió el puesto. “Te lo he dejado calentito”. Yo iba tan salido que no dudé en meter la polla, con unas ganas enormes de correrme ya. Ignacio, a mi lado, se la meneaba, excitado viendo cómo me follaba a su hombre, que a su vez parecía disfrutar con tanto trasiego en su culo. Con mi cabeza entre los muslos de Enrique en los que me apoyaba, mientras su polla y sus huevos saltaban por mis arremetidas, me vacié sintiendo un gran alivio. Nada más terminar yo, Ignacio hizo girar a Enrique para que quedara boca abajo y volvió a clavarse en él. Tras un enérgico bombeo ya no tardó en correrse.
 
¡Pobre Enrique!, pensé, con el culo dolorido por fuera y lleno de leche por dentro merecía una compensación. Y se la dimos. Tumbado como seguía en la cama, Ignacio se subió y arrodillado detrás de su cabeza se inclinaba para morrearlo y comerle las tetas. Entretanto yo tomé posesión de su polla que, al entrar en mi boca, se fue dilatando. Alterné chupadas y masturbación, hasta que le salió un chorro que se expandió sobre su barriga.
 
Lo curioso del fin de fiesta fue que, una vez los tres desfogados, Enrique se reconvirtió en el hombre afable y echado para adelante que había conocido, incluso cuando le encontré en Correos. Reponiéndonos los tres sobre la cama, radiante de satisfacción me susurró: “Ya ves cómo Ignacio realiza mis fantasías. Por eso lo quiero tanto”.

martes, 27 de septiembre de 2011

Una familia nada convencional

Un antiguo colega más joven que yo, al que había ayudado en sus comienzos profesionales, se puso en contacto conmigo. Habíamos perdido la relación hacía tiempo, pues él pronto estuvo trabajando en otro  país, aunque yo guardaba un grato recuerdo. Me gustaba mucho, pero entonces no se daban las condiciones para llegar a conocer sus inclinaciones. Me contó que se había casado allí y precisamente habían regresado para pasar el verano con un tío de ella  que tenía una gran casa en la playa. Me propuso que aprovechara para pasar al menos un fin de semana con ellos. Como me hacía gracia volver a verlo, no dudé en aceptar.

Me había dado la dirección en una zona costera que no conocía y mi primera sorpresa fue llegar a una urbanización que se anunciaba como nudista. Al adentrarme con el coche buscando la casa, efectivamente comprobé que las personas que iban por la calle prescindían de cualquier vestimenta. Llamé a la puerta intrigado por lo que podía encontrar. Me abrió una mujer bastante joven y de buen cuerpo que mostraba su completa desnudez con toda naturalidad y me dio un par de besos. “Te estábamos esperando, pasa”. Ante mi expresión de perplejidad, añadió riendo: “No me digas que Rafa no te había dicho nada… Pues voy a llamarlos”. Ni se me ocurrió soltar la bolsa de equipaje en el suelo pensando en lo que iba a venir. Enseguida volvió ella flanqueada por los dos hombres tan desnudos como ella. En escasos segundos constaté la catadura de ambos. Rafael era ahora mucho más atractivo que como lo recordaba, claro que nunca antes lo había visto así. La madurez le había sentado muy bien y había redondeado sus formas que se mostraban generosas.


En cuanto al tío de su mujer, más o menos de mi misma edad, también exhibía un aspecto harto saludable y lo que llegó a llamarme la atención en mi visión fugaz fue una polla que, aún flácida, superaba en mucho la media. Rafael me abrazó como si nada y se me puso la piel de gallina al sentir la suya contra mí, aunque yo estuviera vestido. “Perdona que no te haya puesto al corriente, pero pensé que te gustaría la sorpresa… Ya sabes que en el extranjero se cogen costumbres raras”, bromeó. Lógicamente hice como el que está de vuelta de todo. Me presentaron al dueño de la casa, quien muy cordialmente también me estampó un par de besos. Ganas me dieron de estrecharle no precisamente la mano.

Una vez superado el impacto inicial, mientras Gerta y Erik preparaban la comida, Rafael me acompañó a la planta superior para colocar mis cosas y si quería refrescarme un poco. De paso también aprovecharía para ilustrarme sobre las costumbres de la casa. Una nueva sorpresa fue que se trataba de un espacio único, presidido por dos grandes camas juntas tipo americano. A un lado se hallaba la zona de baño, con una amplia ducha y un sofisticado jacuzzi. Mi expresión provocó otra vez una sonrisa a Rafael: “Ya ves que aquí lo compartimos todo sin tapujos… Te acabará gustando”. Me dejó para que me acomodara y bajara cuando estuviera listo. Me pareció bastante claro lo que significaba ese “listo” y, bajo una rápida ducha, hice mi composición de lugar: Mi problema no era de pudor, sino que, por la falta de costumbre, se me descontrolara alguna reacción física a causa la vista y el contacto con los dos varones, en contraste con la naturalidad reinante. Claro que, al haber también una mujer, la cosa podría tener una cierta ambigüedad y, en todo caso, serían comprensivos. Bajé pues y, como era de esperar, no produje ningún impacto. La comida, al estar la mesa de por medio, transcurrió con bastante tranquilidad. Desde luego, pese a la animada charla, no dejaba de valorar en mi interior la buena pinta de lo que se me ofrecía a la vista, sobre todo cuando se levantaban para traer alguna cosa.
 
Para tomar el café la situación varió. Erik, el tío, puso una música suave y se repantigó en el que sin duda era su sillón favorito. Rafael y Gerta ocuparon el sofá contiguo y yo, una butaca frente a todos. Preventivamente crucé las piernas aparentando relajación y dispuesto a arrostrar los peligros. Y vaya si los hubo… Para empezar Erik  cerró los ojos y su sobrina lo disculpó: “Siempre da unas cabezadas, pero le gusta que haya gente hablando”. Pero el casó fue que, en su plácido sueño, se le produjo una  creciente erección que, en su caso, resultaba ostentosa. Mi inevitable mirada solo dio lugar a una sonrisa de los otros dos, como diciendo que son cosas que pasan.


Procuré desviar la vista y concentrarme en ellos. Pero ahí la cosa también tuvo su qué, porque cuando me contaban cómo se conocieron se pusieron de lo más cariñosos. Si con ropa ya habrían resultado expresivos, al desnudo eran toda una exhibición. No solo se daban besos, sino que se toqueteaban a la brava. Si él le acariciaba a ella un pecho, ésta le correspondía pellizcándole un pezón –bien apetitoso, por cierto–. No se privaban de tocarse mutuamente la entrepierna y, claro, el efecto en él era más vistoso. Se me llegaron a hinchar las pelotas –en el sentido figurado y en el real– y ya no tuve el menor reparo en descruzar las piernas y no ocultar los estragos provocados en mi anatomía. “Pobre… Nos estamos pasando antes de tiempo”, fue el comentario risueño de Gerta. Remachando lo enigmático de la alusión temporal con un “todo se andará”, Rafael se puso de pie y cambió de tema. Con la polla morcillona aún casi frente a mis ojos, planificó la tarde. 
 
Como Gerta y su tío tenían clase de música –él era profesor en la urbanización y ella aprovechaba para no perder la práctica con el piano–, me propuso que diéramos una vuelta por la playa. Equipados tan solo con unas chanclas y una toalla al hombro, Rafael y yo enseguida estuvimos cerca de la orilla. Nada que reseñar de lo típico de una playa nudista, salvo el recreo que siempre supone para la vista y más con lo bien acompañado que estaba. No dejaba de asombrarme la transformación que se había operado en la forma de vida del joven tímido –aunque ya entonces muy atractivo– que había conocido. Después del chapuzón nos tendimos en las tollas uno al lado del otro. Me explicó que estaba muy satisfecho de haber ido a parar a una familia tan libre y espontánea, sin tabúes de ninguna clase entre ellos. Añadió que esperaba que, aunque fuera por unos días, yo disfrutara con ellos, manifestándome tal como me sintiera. ¿Era esto último una pista de que intuía mis inclinaciones? Desde luego, si me hubiera dejado llevar por mis instintos, allí mismo la habría hecho una mamada. Pero al no ser el momento ni el lugar, me conformé con recordar su anterior expresión de “todo se andará”. Para llenar el tiempo me llevó a un bar con una muy bonita decoración, donde por supuesto todo el mundo iba desnudo y pude ojear, por cierto, a más de un tipo impresionante. 
 
Cuando volvimos a la casa ya estaban Gerta y Erik con la temprana cena preparada. Todo transcurrió de forma similar a la comida y yo me empezaba a sentir más relajado. Al terminar salimos a tomar una copa a la terraza y contemplamos la puesta de sol junto a un faro. Aún me gustó más retroceder con la excusa de ir a coger algo y poder contemplar los hermosos culos de los apoyados en la balaustrada. Erik fue luego a poner una música bailable y el matrimonio no tardó en aprovecharla. Me resultaba curioso y a la vez excitante verlos bailar así con los sexos muy pegados. Me sorprendió que Erik, con una especie de parodia versallesca, me reclamara como pareja. Le seguí el juego ya dispuesto a asumir las consecuencias. Porque era inevitable que así abrazados nuestras pollas se llegaran a tocar. Pero no dejó de tranquilizarme, a la vez que ponerme cachondo, que ambas se fueran endureciendo al unísono. ¡Y vaya si el espadón de Erik se apretaba contra mí, presionando para entrar en la entrepierna y levantándome los huevos! Así que al menos el tío era de mi cuerda…, o se amoldaba a lo que tuviera entre manos.

Hubo un cambio de parejas y me correspondió Gerta. Como todavía me duraban los efectos del fregoteo con su tío, no quedé en mal lugar, pues también ella se ceñía estrechamente a mí. Sentía curiosidad por observar qué pasaba con los otros dos, pero salvo que bailaban también muy juntos, no pude captar la reacción en los bajos de Rafael. Por fin me tocó tenerlo en mis brazos y, al acercárseme, se me aceleró el corazón, al ver que venía empalmado. Con toda naturalidad se pegó a mí y nuestras pollas entrechocaban al ritmo de la música. En mi embeleso me musitó al oído: “Así es como funcionamos… ¿no te parece maravilloso?”.

Tras este tórrido preludio, la noche se presentaba abierta a cualquier género  peripecias. Excitados evidentemente los cuatro, cada uno a su manera, subimos al dormitorio. La unión de las dos anchas camas prometía de todo menos reposo inmediato. Supuse que una nos correspondería a Erik y a mí, como así fue en un principio, pues luego se volvió todo mucho más fluido. Nada más tomar posiciones, de nuevo Gerta y Rafael marcaron la pauta. De los abrazos y besos revolcándose no tardaron en pasar a la jodienda. Rafael, erguido sobre las rodillas y subidas las piernas de Gerta sobre sus hombros la follaba entrando y saliendo con vehemencia, al tiempo que nos dirigía miradas de complicidad. Distraído como estaba yo a dos palmos de la pareja, no había prestado atención a los movimientos de Erik, a quien de repente sentí amorrado a mi polla. Chupaba de una forma magistral y, para completar mi placer, alargué una mano para acariciar el culo basculante de Rafael. Entonces éste, tan complaciente, cedió su puesto a Erik, cuya gran polla se encajó en el coño de Gerta, y me ofreció la suya, que saboreé húmeda y salada. Con una contorsión de cuerpos, el pollón de Erik pasó a la boca de Gerta, cuyo coño era lamido por el tío. Rafael a su vez, sin abandonar mi mamada, se volcó sobre mi polla meneándola y chupándola. Me sumieron en tal frenesí que ya no sabía qué polla entraba en mi boca, que también encontraba un chocho para libar. Mi sexo asimismo iba siendo trabajado con diversos estilos. Llegué a tal nivel de excitación que tuve que avisar que ya no aguantaría más. Comprensivos ante lo que tal vez para ellos era una rendición prematura, se calmaron y se regocijaron con mi frenética masturbación. Cuando me hube vaciado me acariciaron con mimo. Vencido por el cansancio y la emoción, acabé dormido como un tronco, ajeno a lo que siguiera aconteciendo a mi alrededor.
 
A la mañana siguiente, aunque me desperté temprano, me encontré solo en el dormitorio. Pero oí actividad en la planta baja y supuse que eran los preparativos del desayuno. Así que bajé sin preocuparme por la erección matutina que lucía. “Parece que has dormido bien”, fue el saludo de Rafael. Aquel día tenían previsto que lo pasáramos en la ciudad, para que la conociera y así desintoxicarme de tanto naturismo, dijeron. La verdad es que ya le había cogido gusto – ¡y qué gusto!–, pero tenían razón en que no íbamos a estar todo el día dale que te pego y resultaba muy adecuada la visita cultural. Así que nos turnamos en el aseo, todo a la vista por supuesto, y vergonzantemente tuvimos que cubrirnos para adentrarnos en el mundo textil.
 
Regresamos al anochecer cansados y sudorosos. Y a estás alturas ya no me sorprendió a propuesta lúdica de compartir el jacuzzi. Recuperada nuestra desnudez nos fuimos introduciendo y el cálido burbujeo resultó de lo más estimulante. Al borde de la gran bañera había diversos objetos: velas de cera perfumada, aceites, los típicos patitos amarillos de goma…, pero también algún que otro consolador. Gerta, juguetona, cogió uno de estos de regular tamaño y lo lanzó al agua. El artefacto navegó por la tempestad burbujeante hasta que Rafael lo atrapó. Se puso a recorrer con él el cuerpo de Gerta y, ya en las profundidades, sin duda se lo metió, a juzgar por los movimientos de ambos.
 
Erik se desplazó hacia ellos para participar. Se enzarzó en una lúdica lucha con Rafael hasta que, en los intercambios, éste quedó sentado sobre aquél. Rafael se restregaba divertido pero, en un momento dado, llegaron a algo que me produjo un morboso asombro. Porque, por la forma en que Erik se movía y la quietud en que quedó Rafael, no me cupo la menor duda de que lo había penetrado. Me lo confirmó aún más la mirada pícara que me dirigió Rafael, expresiva de la liberalidad de sus comportamientos. Pero el espectáculo no había hecho más que comenzar, para mi deleite y excitación. Gerta –quien ya debía tener asumido que del invitado no le cabía esperar más que contactos de cortesía– se sentó en el borde del yacuzzi con las piernas abiertas, lo que provocó que Rafael se levantara también y, afanoso, le comiera el coño. Como para ello quedó con el culo en pompa por fuera de las aguas, Erik, erguido con su falo a punto, retomó el enculamiento de Rafael. Me maravillaba contemplar cómo aquella imponente verga entraba y salía con total complacencia del receptor.
 
Esto ya me puso como una moto, de manera que me deslicé bajo el arco que formaba el cuerpo de Rafael y lo sobé y lamí a discreción. Mi amigo no fue insensible a mis desvelos y, tras zafarse de la presa de Erik con un meneo del culo, tuvo la deferencia de invitarme a catarlo también. No me lo pensé dos veces y, a punto como estaba, me clavé en el agujero tal vez demasiado dilatado, para mi gusto, a causa de la perforación previa. Pero estaba realizando mi fantasía recurrente desde que volví a verlo de poseer a aquel colega tímido y ya entonces apetitoso de antaño. Él ponía todo de sí y removía el culo incitándome. Entretanto Gerta, sujetando la cabeza de Rafael sobre su regazo con una mano, se auto complacía con la otra. Erik, erguido sobre nosotros y enardecido, se exhibía meneándosela. Era toda una apoteosis de sexo, pero me resistía a ser otra vez la primera baja. Así que frené, desalojé el culo de Rafael y me dejé caer sobre él abrazándolo. En mis caricias di con su polla, con la que empecé a jugar. La presionaba pegándola a su vientre y me encantaba notar cómo iba endureciéndose. Tiré de él para que se irguiera y Gerta, condescendiente, lo soltó. Ahora tenía a mi disposición su magnífica delantera. La tranca de Erik, que se puso al lado, animaba aún más el cuadro. Atrapé la polla de Rafael con la boca y tomé con una mano la de Erik. Chupaba asiendo los huevos y Rafael se entregaba voluptuoso. No descuidaba la frotación en Erik, con la morbosa curiosidad de cuál se correría antes. Pero casi hubo empate, pues nada más sentir mi boca llena, la leche de Erik me cayó sobre los hombros. Yo estaba excitado al límite y, alentado por los manoseos de los dos varones, acabé vaciándome dentro de Gerta, como tributo a su hospitalidad.
 
Fue una noche de dulces caricias colectivas. A la mañana llegó la hora de mi marcha y, tras mostrarnos el mutuo afecto que se había fraguado en tan intensa estancia, me di el gusto de conducir desnudo hasta los lindes de la urbanización, con la mente repleta de ardorosos recuerdos.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Seguridad ante todo

Fui víctima de un incidente bastante ridículo. Resultó que, al bajar del autobús en el que me había desplazado al centro, di un mal paso y en el intento de recuperar el equilibrio se me enganchó una presilla del pantalón y se produjo un considerable desgarro de la costura lateral. Procurando disimularlo, me dirigí directamente a unos grandes almacenes cercanos. Me probé unos pantalones y le expliqué al dependiente la necesidad de llevármelos puestos. Así que puso en una bolsa los averiados y cortó la etiqueta que colgaba para hacer el pago. Cuando me disponía a descender por la escalera mecánica, el arco detector pitó escandalosamente. Enseguida apareció un fornido guarda de seguridad –que por cierto ya me había llamando la atención cuando llegué– y me requirió. Desde luego, llevar en la bolsa un pantalón usado era de lo más sospechoso y tuve que mostrarle el tique de compra. Pero lo que pitaba no era la bolsa sino yo mismo, por lo que su desconfianza no de disipó. Al borde de la indignación por la presunción de infractor, se me ocurrió sin embargo espetarle: “¡Igual me quiere cachear!”. Me ablandó el rubor que apareció en su cara, más llamativo en un tipo de su envergadura. Al fin y al cabo, para él tampoco era un plato de gusto tener que cumplir con su deber. Casi susurrando me dijo: “Cachear no, pero me temo que hay un problema. Y si no los solucionamos ahora va a ir pitando cada vez que pase por cualquier arco”. El caso era que el dependiente había olvidado que tenía que quitar la pieza de detección que estaría enganchada al pantalón por dentro, y yo, con la ofuscación del momento, tampoco había notado nada. “¿Y qué se le ocurre?, porque no me voy a quitar los pantalones aquí en medio”, tercié yo. “Si le parece, podemos ir a un despacho de esta planta”. No dejaba de darme cierto morbo: los dos a puerta cerrada y yo bajándome los pantalones. Lo seguí y no se me escapaba lo cortado que iba el hombre. Pero también me fijé en el cimbreo de su culo con el realce que le daba el uniforme. Abrió con una llave y me di cuenta de que cerraba por dentro. Quise desplegar toda  mi amabilidad y dije con tono jocoso: “Vamos allá”. No me recaté en absoluto al soltar el botón de la cintura y bajar la cremallera. Incluso remangué los faldones de la camisa para que no estorbaran. Justo al desplegarse hacia los lados las dos partes delanteras apareció el dichoso artilugio grapado junto a la cremallera hacia la mitad de ésta y resaltando sobre mi slip blanco. “Ya pensaba yo que estos pantalones se me ajustaban de una forma muy rara”, se me ocurrió bromear. Mi acompañante soltó una risita nerviosa con la mirada clavada en mi delantera y me atreví a retarle con una voz neutra: “¿Me lo podrá quitar aquí? Me pongo en sus manos”. Su sonrojo iba en aumento, pero cogió una especie de tenacillas de las usadas para desbloquear esos controles y se inclino con ella ante mis bajos. Para sujetar la pieza a quitar tuvo que estirar el trozo de tela en que estaba adherida y el dorso de su manaza me presionó la polla. Nervioso como estaba no atinaba y los roces se acentuaban. Debió notar que mi endurecimiento era ahora el que presionaba sobre sus nudillos, porque detuvo sus maniobras, dio un resoplido y clavando la vista en la protuberancia de mi slip dijo, como disculpándose: “Así va estar difícil”.


Convencido de que ya lo tenía en el bote, opté por cambiar la estrategia. “Será mejor que me quite los pantalones”. Lo hice apoyándome en su brazo velludo para mantener el equilibrio. Mi slip, desencajado con tanto movimiento, a duras penas sujetaba mi erección. Extendió la prenda sobre una mesa y parecía no tener prisa en el uso de la tenacilla. Me arrimé por detrás para mirar lo que hacía y restregué mi dureza sobre su culo respingón. Se quedó como paralizado con los brazos levantados y aproveché para pasar una mano hacia delante y tocarle el paquete. Me encantó que lo tuviera no menos hinchado que el mío. Se giró bruscamente y casi temí que se hubiera sentido ofendido –la gente a veces hace cosas raras, como amagar y no dar–, pero tiró hacia abajo mi slip y miró mi polla liberada. No le di tregua y me lancé a desabrocharle el pantalón ajustado que bajé junto con el slip negro. Como activado por un resorte, se levantó un pollón de capullo húmedo sobre unos gordos huevos bien apretados a la entrepierna.
 
Se había puesto tan excitado que se me adelantó y arrinconándome contra la pared me agarró la polla y se inclinó para metérsela en la boca. En su frenesí casi se atraganta y tuve que sujetarle la cabeza para controlarlo. Como se mostraba algo torpón, decidí apartarlo delicadamente y ocuparme de su aprendizaje. Di unos suaves pases manuales a su instrumento, cada vez más mojado, al tiempo que le acariciaba y presionaba los huevos. Él arqueaba las peludas piernas por el gusto, que llegó al colmo cuando abrí bien la boca para dar cabida a su cilindro; y aún no me cupo entero. Todo su cuerpo se cimbreaba con mis chupadas y, para mayor precisión, estiré los brazos y me agarré a su culo. Me encantó tantear su volumen y su tacto piloso, hasta el punto que deseé contemplarlo en todo su esplendor. Así que detuve la mamada y lo forcé a girarse. Mereció la pena encararme a aquella apetitosa parte de su anatomía. La cubrí de lamidas y mordidas, que él soportaba ronroneando. Luego me incorporé y me ceñí con fuerza. Mi polla quedó encajada en su raja, pero sin penetrarlo. Con las manos hacia delante le fui desabrochando la camisa para poder asir sus tetas pronunciadas y juguetear con el vello que las poblaba. Parecía que se volvía loco y de una revolada me levantó en vilo y acabé sentado sobre la mesa.
 
Ahora sí que su boca dominó con destreza mi polla y la intensidad de sus chupadas no cesó hasta que me hube vaciado. Sin interrupción se irguió y meneándosela frenéticamente se me corrió encima. Tuve que limpiarme con mi slip que, empapado, eché a una papelera. Entretanto, el motivo de nuestro encierro quedó solucionado en un periquete, con un simple pase de la tenacilla. Recuperé entonces los pantalones, aunque con cuidado al subir la cremallera por haberme quedado a pelo. Él recompuso su uniforme, salimos con discreción y me acompañó hasta el dichoso arco, que atravesé sin la menor señal de alarma.