Me encontraba en
Múnich en plena Oktoberfest. Por la
noche, las inmensas carpas de las cervecerías bullían de animación y también de
borrachos hasta el culo. Pero daba gusto ver tantos tiarrones dando tumbos con
los muslos rebosando por sus cortos pantalones de cuero y las vistosas camisas de cuadros, con las que
muchos iban ya medio despechugados. No podían faltar grandes mingitorios,
asiduamente frecuentados por efecto de la cerveza. Largas hileras de hombres se
aliviaban sin ninguna separación entre los urinarios. Yo también hube de acudir
más de una vez pues, además de la necesidad física, me encantaba ver el surtido
de pollas de todas las tallas que, sin el menor recato, soltaban con satisfacción
sus chorros. Había encontrado un hueco al lado de un hombretón impresionante
que apenas se podía tener de pie. Me di cuenta de que batallaba sin éxito con
su complicado pantalón de cuero. Era de los clásicos, sin bragueta y con una
tapa abrochada a los lados. Así que para orinar había que soltar los botones y
bajarla. Tarea que resultaba imposible al tipo por la curda que llevaba encima.
Me miró con cara de angustia por la urgencia a la que no lograba dar cauce,
girándose hacia mí en inequívoca demanda de ayuda ¿Qué podía hacer ante tal
emergencia? No me daba corte lo que estaba a punto de abordar, pues allí todos
iban a la suya y pasaban de lo que fuera, y el morbo de la obra de caridad era
indudable. Así que no dudé en echar mano a los botones que, al ser de hueso
labrado, resultaban algo enrevesados de soltar. Por fin eché abajo la tapa,
pero el hombre seguía de brazos caídos en su beoda indolencia. Si era lo que
esperaba… Hurgué para buscar una ranura en los calzoncillos, tarea que por lo
demás también le habría resultado dificultosa. Di con la polla y tiré de ella
hacia fuera ¡Y vaya hermosura de polla, gorda y grande! Para colmo vi que, si
la dejaba caer por su propio peso, se iba a mear en los pies. Tuve pues que
mantenerla sujeta entre mis dedos mientras soltaba a presión un chorro
interminable. Ya puesto, cuando acabó se la sacudí con energía y me costó
bastante volver a ponerla bajo cubierto, mientras el tío no hacía más que
sonreír beatíficamente con cara de descanso.
Sin embargo, cuando
pensaba que el hombretón se alejaría dando tumbos y que el suceso de la polla
que me había caído en suerte quedaría como anécdota para el recuerdo, él no se
movió de mi lado. Apoyado con una mano en la pared parecía estar en espera.
Supuse que, en su nebulosa mental, debía pensar que si yo estaba allí sería por
algo, es decir, para mear también, y que si no lo había podido hacer todavía
por haberle atendido tan eficazmente, justo era al menos no abandonarme. Aunque
tal vez fuera que no se sentía con fuerzas para salir andando. El caso es que
me la saqué y pude desahogarme ante su mirada vidriosa.
Cuando terminé, para
mi sorpresa me echó un brazo sobre los hombros. Nos tambaleamos debido a su
inerte mole y a punto estuvimos de ir a parar al suelo. Hasta ahora no había
hecho más que balbucir sonidos ininteligibles, pero al recuperar un precario
equilibrio gracias a mi apoyo, dijo con claridad: “¡Ven conmigo!”. Casi me
arrastraba probablemente con la intención de buscar más cerveza. Como me
pareció que ya llevaba bastante en el cuerpo, y yo tampoco contaba con beber
más, le dije: “Será mejor que te vayas a casa”. Como si le hiciera gracia la
sugerencia, replicó muy decidido: “¡Llévame!”. Me daba cuenta de que no era
prudente dejar que se valiera por sí mismo, aparte de que su caluroso abrazo me
estaba llegando a resultar muy acogedor. “¿Dónde vives?”, le pregunté. Se
limitó a señalarme la cartera que le asomaba de un bolsillo trasero del
pantalón. La saqué, teniendo ocasión de apreciar su consistente culo, y en su documento
de identidad había una dirección. “¿Es ésta?”, le pregunté. Asintió dando
cabezazos. Pudimos conseguir un taxi y, en el trayecto, se quedó frito con la
cabeza en mi pecho, ante la indiferencia del taxista, acostumbrado a estos
traslados.
Al llegar lo zamarreé
y lo empujé para que bajara. Mi intención era ya abandonarlo a su suerte y
seguir en el taxi hasta mi casa. Pero vi que solo llegó a caer sentado en una
jardinera que había en la acera. Entonces pagué el taxi y salí para
acompañarlo. En el interfono del portal figuraban los nombres de los vecinos y
uno coincidía con el de su carnet. Le pregunté: “¿Vives solo?”. Y remugó:
“Contigo”. Por lo visto había creado un lazo sólido respecto a mí. Tuve que
buscar las llaves en los bolsillos y como pude lo hice avanzar y entrar en el
ascensor. “A casa…”, murmuraba. “Ya estamos”, le decía. Abrí la puerta y
encendí la luz. Sentí alivio cuando cayó desmadejado en un sofá. Pese a las
circunstancias no pude dejar de admirar ese pedazo de hombre, con unos muslos como
columnas de vello rojizo y un recio barrigón. Le pregunté: “¿Estás mejor?”.
Pensaba que ya había hecho bastante y que lo adecuado sería irme ahora. Pero
como respuesta soltó: “¡Vámonos a la cama!”. “Bueno, allí puedes ir”, dije
invitándolo a apañarse. E insistió: “¡No, no, tú conmigo!”. Se me ocurrió
hacerle una broma. “Que te la haya sacado no quiere decir que tengamos que
dormir juntos”. Siguió sorprendiéndome. “Me gustó mucho… Quiero más”. “¿Otra
vez te estás meando?”. “No, quiero que me la toques”. Me dieron sudores. Por
una parte me decía que no hay que creer nada de un borracho, pero por otra, la
tentación era tan fuerte, teniendo en cuenta además que yo también estaba algo
trompa, que decidí seguirle la corriente un poco más.
Lo ayudé de nuevo a levantarse
y a llegar a la habitación. Fui a dejarlo caer sobre la cama, pero se resistió
y buscó la pared, sobre la que se apoyó de espaldas. “¡Quítame todo esto
primero!”. Obviamente se refería a su folklórica vestimenta. Maniobró en un
equilibrio inestable para deshacerse de los zapatones. Como llevaba unos
gruesos calcetines hasta arriba de las pantorrillas, mantuvo levantado un pie
tras otro para que se los quitara. Lo hice y ya supe qué iba a seguir. Le eché
hacia los lados los tirantes y desabroché un par de botones laterales del
pantalón. Tiré de él y se lo saqué por los pies. Con la camisa y los
calzoncillos, me pareció prudente decirle: “Venga, a la cama. Así estarás ya
cómodo”. Pero insistió: “¡No, no, todo, todo!”. “¿Quieres que te deje en cueros?”.
“¡SÍÍÍ, y tú también!”. “¿Qué hago?”, me pregunté. Porque estaba allí con todo
su corpachón dejándose hacer como un niño. Le fui abriendo la camisa y me
temblaban las manos ante lo que iba apareciendo. La gran barriga cervecera
remataba en dos gruesas tetas que se expandían hacia los lados. Un vello de oro
viejo adornaba la espléndida delantera y hacía resaltar los rosetones oscuros
de los pezones. Tiré de las mangas y la camisa cayó al suelo. Los calzoncillos
tenían los rombos azules y blancos de la bandera bávara y, solo con ellos, le
daban un aspecto chistoso… si no fuera por lo que guardaban. “Son muy bonitos”,
le comenté. “¿Te gustan? Te los regalo ¡Cógelos!”. No era mi intención
quedármelos como trofeo, pero sin control sobre lo que hacía ya los había
bajado hasta el suelo. Me di de cara con aquel pollón que, si cuando lo tuve en
mis manos, me impactó, resaltando en el rojizo pelambre y sobre unos huevos que
no le iban a la zaga en contundencia, hizo que mi corazón se pusiera a palpitar
desbocado. El conjunto completo de aquél hombretón, cimbreándose en su ebria
obscenidad, me nublaba la vista. Cuando, conseguido lo que quería, me volvió a
echar un brazo por encima y, bien apretado a mí, nos dirigimos hacia la cama,
era yo a quien le temblaban las piernas. Me invadía todo su calor y su teta
apretada contra mi hombro me electrificaba.
Cayó a plomo sobre la
cama, todo despatarrado. Era la imagen del exceso lujurioso. Pero no me soltó,
sino que me agarraba la camisa. “¡Fuera! ¡Quítatelo todo también! ¿Es que no me
quieres?”. Más que quererlo me tenía cachondo total. “¡Vale, suéltame!”. Y lo
que hice fue quedarme también en pelotas. Tiró de mí y, casi en volandas, me
pasó al otro lado de la cama, muy arrimado. “Te gusta mi polla ¿eh?”, dijo, y
se puso a sacudírsela. “¡Tócala y pónmela dura! Verás lo grande que es”. “Ya la
tienes gorda, ya”. “Pero verás, verás…”. Me cogió una mano y la llevó a la
polla. La sobé sin poderme resistir y el exceso de alcohol no fue impedimento
para que se fuera dilatando dentro de mi puño y doblara su dimensión. “¡Uy, qué
bien lo haces! ¿Me vas a hacer una paja?”. “Si ni te ibas a enterar…”, me
autocontrolé. “¡Pues entonces chúpamela!”, dio como alternativa. Aquella verga
ejercía sobre mí un efecto de imán. La descapullé y di un lametón. El agrio
sabor que noté me retuvo y opté por meneársela. “¡Sí, sí, cuánto me quieres!”.
“¿Te vas a correr?”. “No sé… ¡Sigue, sigue!”. Me pillaron por sorpresa los
borbotones espesos que empezó a expulsar. “¡Oh, qué bien! ¡Te quiero!”.
Se dio media vuelta y
sus anchas espaldas, así como el gordo culo, todo tapizado de vello dorado,
eran tentadores. “¡Abrázame fuerte!”, pidió para colmo. Yo llevaba rato
empalmado y, al apretarme a él, lo notó. Tanteó con una mano hacia atrás y me
atrapó la polla. “¿Me la vas a meter?”. “No, tranquilo…”, replique prudente,
porque temía que, en su estado, aquello podría rozar la violación. “¡Pero yo lo
quiero…!”. Él mismo me la dirigió para encajarla en la honda raja. “¡Entra,
entra!”, me incitó. Solo tuve que apretar un poco y ya la tuve entera dentro de
aquel pozo elástico y caliente. “¡Uuuhhh, qué bruto!”, exclamó, aunque con tono
jocoso. De todos modos hice amago de retirarme, pero el añadió: “¡Dale, dale,
que me gusta!”. Ya necesité poco para que toda la excitación acumulada me
estallara en una corrida espectacular. Mi hombretón permaneció en silencio y a
los pocos segundos empezó a roncar estentóreamente.
No quise dejarme
vencer por el sueño, aunque era lo que me pedía el cuerpo, abrazado a aquel
pedazo de hombre. Pero la perspectiva de despertarme allí, con su sobriedad
recuperada, me pareció sumamente peligrosa. A saber cuál sería su reacción al
encontrarse en la cama en pelotas con un tío del que quizás ni se acordaba. Así
que esperé un rato para confirmar su sueño profundo. Con sigilo me levante de
la cama y recogí mi ropa para vestirme en la entrada. No sin antes dedicarle
una larga mirada de insaciable deseo. Con cuidado abrí la puerta y la cerré
detrás de mí. Me enfrenté a la noche ya solitaria y silenciosa.
hola majo buenísimo y morboso como siempre muchas gracias sigue asi que nos das mucha vida un besazo majo
ResponderEliminarMaravilla de cuento !!!
ResponderEliminar:-P
Como siempre, morboso y excitante relato. Las fotos ya las buscaremos, pero tu sigue, que nos tienes encantados. Gracias.
ResponderEliminarGenial, como siempre. ¿Ves?, no se pierde un ápice de morbo por no poner imágenes.
ResponderEliminarSabes encontrar el punto justo entre la caricatura y la posible realidad.
Yo me habría quedado a dormir con el borracho.
Sigue escribiendo lo haces estupendamente
ResponderEliminarMe alegro de que os sigan gustando, aunque sea sin fotos. Trabajo que me ahorro...
ResponderEliminarHermoso relato como siempre.. Esperamos mucho por esto.. Basta de fotos.. Q vuele nuestra imaginación
ResponderEliminarVaya tío que me has dejado bien caliente! desearía que me pasará algo similar! Escribe más por favor, un fuerte abrazo y un gran beso! Desde México!
ResponderEliminarExelente relato me dejas exitadicimo con fotos o sin ellas haces que vuele la imaginación... Saludos desde Guatemala un fuerte abrazo
ResponderEliminarGracias y saludos a todos
ResponderEliminarEres un tío de aquellos! Cada relato es impresionante!
ResponderEliminarQue buena.. No, que excelente cuento! Pocas lecturas me mantienen tan cautivador está y el del sacerdote con el ayudante son mía favoritas hasta el momento
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