viernes, 22 de abril de 2016

Naturalidad para todo


(Inspirado en el vídeo Hot Grandpa in speedos:

Llegué a la sauna de hombres maduros que frecuento y, después de ducharme, me senté en una banqueta para observar cómo se presentaba el panorama. No tardó en sentarse frente a mí un tipo que enseguida atrajo mi atención. Debía rondar los sesenta años y era robusto tirando a grueso, con un vello canoso por sus marcadas tetas y barriga. El paño de la cintura le había quedado algo tensado, por lo que dejaba ver una tentadora polla sobre los huevos recogidos entre los sólidos muslos. Se dio cuenta de que lo miraba, separó un poco más las piernas y me dirigió una sonrisa que iluminaba su agradable rostro, que evocaba un busto romano. Correspondí a su sonrisa y entonces se levantó para dirigirse a la zona de cabinas. Entró en una y lo seguí cerrando la puerta. Se quitó el paño y, mientras lo extendía sobre la cama, pude acariciarle el orondo culo con su suave pelusilla. Se tendió bocarriba, ofreciéndome relajadamente su cuerpo entero. De pie a su lado, no dudé en empezar a acariciarle el pecho y la barriga, lo que hizo que la polla se le fuera endureciendo. Él había estirado  un brazo para arrancarme el paño y manosearme la entrepierna, que también se me iba animando. Llevé las manos a su polla, que acabé de descapullar, y extendí con un dedo el juguillo que le salía. Entonces se puso de medio lado y tiró de mí. Impulsivamente se metió mi polla en la boca. Su deliciosa mamada me tenía paralizado, pero él, al tiempo que chupaba con fruición, se la iba meneando. “Si sigues así, harás que me corra”, avisé. Y siguió, hasta que me derramé sacudido por una corriente eléctrica. Apenas pude darme cuenta de que él también se había corrido. En cuanto liberó la boca, me dijo: “Perdona que haya ido tan rápido… Es que tenía muchas ganas”.

Lo que precede podría considerarse como un mero ligue de sauna, donde es frecuente el ‘aquí te pillo, aquí te mato’, si no fuera por lo que se derivó de este encuentro y que es lo que merece la continuidad del relato.

A pesar de su acelerado desfogue, no pareció tener prisa para marcharse. Me invitó a tomar algo en el bar, donde nos sentamos en una mesita con nuestras bebidas. No tuvo el menor reparo en hablarme de él. Estaba casado y vivía en un chalet de las afueras con su mujer, una hija abandonada por el marido y dos niñas a su cargo. “Ya ves que estoy rodeado de mujeres… Echar mano de vez en cuando a una buena polla me equilibra”, dijo con desenvoltura. Al reconocer que yo no tenía esos problemas, se le ocurrió algo que me dejó parado. “Entonces te podías pasar este fin de semana por allí… Tendremos un día muy agradable”. “¿Con toda tu familia?”, pregunté. “¿Por qué no? Otro hombre de refuerzo me vendrá bien”. “Pero no me conocen de nada”, objeté. “¡Mira! Yo actúo siempre con naturalidad”, explicó, “Cuanto más natural hagas las cosas, menos resquemores suscitas y mejor provecho puedo sacar de las situaciones”. La argumentación no dejó de resultarme un poco peregrina, pero su simpatía y lo bueno que estaba me decidieron a aceptar. “Pues no se hable más… El sábado a mediodía te esperamos”. Confirmada la cita, se levantó: “Ahora ya me ducharé y me vestiré para marcharme… Que uno tiene sus obligaciones”. “Creo que yo haré lo mismo”, dije. “Entonces, vamos”, añadió con picardía. Aún tuvimos algunos escarceos en dos duchas adjuntas y ya me quedé con su fornida imagen y las incógnitas que me suscitaba la visita a la que me había comprometido.

Fácilmente di con el chalet de mi anfitrión. Era grande y bastante moderno. Llamé al timbre que había en el acceso a un jardín delantero. Con una botella de vino y una caja de bombones en cada mano, me quedé sorprendido al ver que mi nuevo amigo acudiera a abrirme en traje de baño. Era un eslip negro y ajustado, que le quedaba de maravilla. Tras darme dos efusivos besos, dijo: “Se me olvidó avisarte de que podríamos bañarnos en la piscina”. “Pues no he traído traje de baño”, dije yo. “Eso lo arreglamos enseguida… Vamos a la parte de atrás”. Bordeamos un costado del edificio y accedimos a una amplia zona ajardinada, con una magnífica piscina, en cuya zona menos profunda chapoteaban dos niñas. En una terraza estaban la mujer y la hija, a las que mi anfitrión me presentó simplemente como un amigo. Me saludaron cordialmente, aunque me dio la impresión de que daban por sentado que era al padre de familia a quien correspondía hacerme los honores. En efecto éste dijo enseguida: “Vamos a solucionar lo de tu bañador”. Me condujo a un cobertizo junto a la piscina y le faltó tiempo para insinuarse. “¿Qué? ¿Te gusta como me queda?”, dijo refiriéndose a su eslip, cuya cintura aflojó para bajárselo y subírselo rápidamente. “¡Qué provocador eres, puñetero!”, le solté. Él rio y me ofreció: “¿Te atreves con uno como éste o prefieres unos bermudas?”. Opté por los segundos, que me parecieron más discretos por las alteraciones que, dado el atrevimiento de que hacía gala el amigo, pudieran sufrir mi entrepierna. Me cambié ante él y, al verme desnudo, se relamió con comicidad. “¡Uy, lo que vamos a disfrutar!”. Mostré mis dudas. “¿Tú crees? ¿Aquí en tu casa?”. “Tú déjame hacer a mí”, contestó. Como muestra, antes de salir, cogió una cámara de vídeo: “Esto vamos a dejarlo a mano. Quiero que me graves y así saldrán más picantes… Te mandaré los mejores, para que tengas buenos recuerdos”.

En el exterior ya no se veían a las mujeres en la terraza. Él se acercó primero a donde estaban las nietas, que alborotaban enredadas en flotadores y pelotas. Bromeó con ellas y volvió hacia mí. “Éstas van a su bola y no se enteran de nada. El resto de la piscina es nuestro”. De un salto limpio se arrojó al agua. Yo lo imité y enseguida se zambulló para bucear a mi encuentro. Se metió entre mis piernas y me hizo perder el equilibrio. Intencionadamente se retorció conmigo bajo el agua en un juego sin el menor disimulo pese a la indiscreta transparencia de la piscina. Cuando salimos, enseguida me pasó la cámara. “¡Venga! A ver qué tal me sacas”. Paseó por el borde de la piscina mirando sonriente hacia mí. Con su reducido eslip, iba luciéndose a base de bien. Se paraba para ponerse en jarras con las piernas separadas, o levantaba los brazos como si se fuera a tirar al agua. Luego se sentó en el borde con los pies en remojo. Echándose hacia atrás apoyado en las manos, estiraba el cuerpo al sol. Se había colocado la polla hacia arriba por lo que marcaba ostentosamente el mojado bañador. Y bien que hacía él que se notara separando los muslos. No omitió ponerse de cuatro patas y enfocarme el culo con el trazo de la raja. Me obligué a dejar de pensar si podían estar viéndonos las mujeres. Si esa era la naturalidad de la que había hablado… Con un histriónico “¡Corten!” me indicó que parara.

Pronto hube de reanudar la grabación para seguir su garbosa marcha hacia el cobertizo. Había allí una pequeña nevera y, al agacharse para sacar una botella grande de cerveza y levantar los brazos para buscar unas jarras en un armarito elevado, fui haciéndole un barrido completo de su cuerpo con primeros planos muy morbosos incluidos, que él facilitaba con lúbrica parsimonia. Mientras bebíamos las cervezas, se quitó el bañador y se puso a secarse con una toalla. Ni que decir tiene que lo hizo con toda la provocación de que era capaz. Lo miraba embelesado y él se rio. “Primero lo he hecho para que me mires con esa cara de salido que pones. Ahora me puedes filmar un poco”. Repitió la operación posando con más malicia todavía. “Como siga así me voy a empalmar”, comentó. Se puso otro eslip, casi más pequeño, de color azul. “No me gusta comer mojado. Con éste cumplo también con la decencia ¿No te parece?”. “Si tú lo dices…”. Contesté. Luego me ofreció que cambiara mi bañador por otro seco y ya fuimos a la terraza donde estaba dispuesta la comida.

Ésta transcurrió con cierta normalidad, ya con la familia al completo. Las niñas alborotaban bastante y las mujeres iban y venían trayendo platos. Pese a que el elemento femenino era mayoritario, dominaba una concepción patriarcal y el anfitrión y yo nos dejábamos servir. Lo más llamativo fue que, cuando hubimos acabado, él dijo: “A mí me apetece hacer una siesta ¿Querrás acompañarme?”. Me quedé de una pieza por el desparpajo con que había hecho la propuesta delante de todos y solo pude responder con un tímido “¡Vale!”. Así que nos levantamos y lo seguí al interior de la casa. Entramos en una habitación y cerró la puerta empujándola tan solo. Ver el tipo de cama y alguna prenda femenina me hizo preguntar: “¿Éste es vuestro dormitorio?”. “Sí, claro. No nos íbamos al ir al de las niñas”, contestó haciendo gala de su naturalidad. Aunque añadió: “No te molestará ¿verdad?”. “A mí no”, dije, “Estás en tu casa”. Él ya se había quitado el bañador y yo también lo hice. Tiró de mí para echarnos en la cama. “Te prometo que esta vez no iré tan rápido como en la sauna”, dijo abrazándome. Me cohibía que fuéramos a hacer lo que parecía mientras se oían voces de las niñas y pasos por el corredor. Él notó mi tensión. “No te preocupes. Saben que no han de molestar”. “Como es natural”, dije con cierta ironía. Ya me olvidé de todo y dejé que me metiera mano ¡Y cómo lo hacía! Con energía y suavidad a la vez, me iba recorriendo el cuerpo con manos y boca. Cuando se metió mi polla en la boca, lo frené. “Para, que ya sé cómo las gastas”. Delicadamente lo aparté y me aboqué sobre él. Ahora fui yo quien se puso a devorar su cuerpo. Lo apretujaba y lamía con ansia, arrastrando la lengua por sus velludas tetas. Bajé hasta su sexo que se henchía retador. Sorbía sus huevos al tiempo que le sobaba la polla. Cuando me la metí en la boca, gimió tan fuerte que temí que se oyera en toda la casa. Mamé sin saber si me dejaría llegar al final. Pero él me detuvo con voz fuerte. “¡Fóllame ahora!”. Se puso bocabajo y levantó un poco el cuerpo para meterse un almohadón bajo la barriga. Su culo orondo y velludo se me ofreció en toda su contundencia. Aunque mi erección se mantenía firme, temí que lo precario de nuestra intimidad y las sonoras indiscreciones del dueño de la casa me jugaran una mala pasada. No obstante me arrodillé tras él y apunté la polla hacia la raja. Me apremió. “¡Clávate sin miedo!”. Lo hice sin apenas dificultad y, cuando estuve bien adentro, toda la excitación se me reavivó. Había soltado un estrepitoso aullido pero inmediatamente añadió: “¡Sí, sí, fóllame!”. Como no dejaba de sentirme algo tenso, me iba a costar alcanzar el clímax, lo cual hacía que se alargara su disfrute, que manifestaba sin rodeos. “¡Oh, cómo me está gustando!”, “¡Joder, qué bien lo haces!”, “¡Qué follada más buena!”. Yo resoplaba intensificando el bombeo cuando me sorprendió. “No te corras dentro. Quiero beberme tu leche”. Así que me desenganché y él se dio una vuelta rápida. Desplazándome sobre las rodillas quedé frente a su cara. Abrió la boca para que le metiera la polla. Ahora sí que, con su intensa succión, sentí el latigazo del orgasmo y me vacié notando cómo iba sorbiendo mi leche. Al soltarme, exclamó sonriente: “¡Qué rica estaba!”. Despatarrado y feliz, la polla se le volvía a levantar y endurecer. A pesar de mi agotamiento, me lancé sobre ella para chuparla. Me dejó hacer unos instantes hasta que dijo: “Ya acabo yo”. Se masturbó con delectación y no tardó mucho en empezar a resoplar, ralentizando la frotación, y borbotones de abundante semen fueron brotando del capullo y resbalando sobre su puño. Sacudió la mano pringosa y exclamó: “¡Uou, qué a gusto me he quedado!”. Se limpió las manos y el vientre con la misma sábana sobre la que habíamos yacido. Di por inútil ya hacerle notar que se quedaría manchada.

Se levantó de la cama y, desnudo como estaba, abrió la puerta. “Vamos a darnos un bañito”. “¿Así?”, pregunté. “Están viendo la tele”, dio como pretexto. De todos modos cogí mis bermudas para al menos cubrirme la delantera mientras lo seguía. Antes de acceder a la piscina, pasó por el cobertizo para traer la cámara. “Así me podrás volver a grabar en pelotas”. La dejó al alcance en el borde. “Antes vamos a remojarnos”. Nos tiramos al agua y él comentó: “¡Qué bien viene esto después del polvazo que hemos echado!”. No tardó en señalarme la cámara. “Aprovecha ahora”. Hizo el muerto resaltando las protuberancias de tetas y barriga, mientras se tocaba ostentosamente la polla. Bocabajo evolucionaba para poner el culo en pompa fuera del agua. No se privó de salir y repetir, solo que ahora desnudo, las poses que ya había hecho por la mañana, echándose hacia atrás con las piernas separadas, o a cuatro patas mostrando el culo y los huevos colgantes. Yo grababa inquieto y miraba de reojo continuamente hacia la casa. Se dio por satisfecho y yo salí ya de la piscina. Me fui rápido hacia el cobertizo. Me siguió riendo. “Ni que fuera tan grave que te vean el culo”. Manifesté que ya debía vestirme para marcharme. Mientras lo hacía, me dijo: “Lo he pasado estupendamente contigo. Espero que tú también… Aunque me parece que has sufrido un poco”. “Es que tienes una jeta…”. Volvió a reír. “¿Qué te dije de la naturalidad? No pasa nada”. “Tú sabrás… Pero sí que me ha encantado estar aquí contigo”. No olvidó tomar nota de mi correo electrónico para mandarme lo filmado.

Volvimos a la casa para que me despidiera de la familia. Él se limitó a ceñirse una toalla a la cintura. Me trataron tan cordialmente como a la llegada, sin la menor sombra de suspicacia. Incluso la mujer me dijo: “Confío en que hayas tenido un día agradable. Mi marido es muy acaparador”. Les di las gracias y él me acompañó a la salida. Me besó en los labios y me dijo: “Cuando veas las películas, igual te entran ganas de volver”.

Al cabo de unos días me llegó una serie de archivos de vídeo. Me apresuré a irlos viendo y entonces, sin los nervios que tuve en su grabación, pude apreciar toda la voluptuosidad de sus poses. Y no solo la que les ponía él, sino en la forma en que yo mismo hacía su seguimiento. Acompañaba un texto: “¿Ves cómo con naturalidad se puede hacer casi de todo? Espero que mirándolos te animes a venir otro día. Mi culo te lo agradecerá”.

miércoles, 30 de marzo de 2016

Mala conciencia


Cuando pasaba por un chaflán cerca de mi casa, veía con frecuencia un hombre que se sentaba en el escalón de entrada de un comercio clausurado y ponía a su lado una serie de libros. Todos bastante viejos y usados, normalmente novelas antiguas. Era una forma de pedir caridad con un remedo de venta ambulante. El hombre era robusto y próximo a los sesenta años, con ropa muy gastada pero limpia. Yo me acercaba de vez en cuando y, tras echar una ojeada a los libros, que solían ser siempre los mismos, sin comprar ninguno le daba unas monedas. La verdad es que, con independencia del sentido de solidaridad, el hombre me resultaba atractivo, con su corpachón allí medio encogido. Él tomó la costumbre de saludarme con afabilidad aunque no me detuviera, lo que me producía un cierto sinsabor.

Un día en que llevaba una bolsa de cruasanes para desayunar, tuve el impulso de acercarme a él. Le pregunté: “¿Ha desayunado usted?”. “Más bien poca cosa”, respondió mirando la bolsa. Me pareció algo humillante sacar un cruasán y dárselo en medio de la calle y se me ocurrió proponerle: “¿Por qué no sube a mi casa y nos tomamos esto con un café con leche?”. El hombre titubeó sorprendido pero, sin decir nada, metió los libros en una bolsa y se vino conmigo.

Como parecía muy reservado, no me atreví a preguntarle sobre sus circunstancias personales. Solo cuando hubimos desayunado, comentó de pronto: “Usted sí que vive bien… Le debe sobrar de todo”. Entonces se me ocurrió: “Si le viene bien, le puedo dar alguna ropa. Más o menos tenemos la misma talla”. “Me viene bien”, y añadió: “Si le sobraran también unos calzoncillos y unos calcetines, ya me podría ir de limpio”. Esta referencia a la limpieza me llevó a ofrecerle: “Si quiere, puede darse una ducha antes”. Lo que dijo a continuación me dejó estupefacto. “Y usted me mirará ¿no?”. “¿Cómo dice?”, pregunté abochornado porque probablemente habría captado algo en mí. Por si tenía dudas, añadió con tranquilidad: “Usted debe ser de los que les gustan los hombres como yo”. La expresión me pareció ambigua y quise que la aclarara. “¿En qué sentido lo dice?”. Entendió perfectamente mi pregunta. “No porque sea un pobretón, sino por mi aspecto físico”. “¿De dónde saca eso?”, insistí. “Hay miradas que dicen más que las palabras… Y usted siempre me ha mirado así ¿no cree?”. La verdad es que tenía razón, pero pensé que debía aclarar la situación. “No lo invité a venir con esa intención… “No, si a mí me da igual… Usted se porta bien conmigo y yo lo hago con lo que puedo”. “Eso que dice me suena algo cínico”. “Cada uno usa lo que tiene para sobrevivir ¿no le parece?”. “¿Ha hecho esto más veces?”. Lo pregunté no tanto por morbo, como porque me sorprendía esa larvada prostitución a su edad. Pero nada más hacerlo, me di cuenta de lo impertinente que sonaba. Contestó con ironía. “Eso es secreto profesional ¿no?”. Pero enseguida añadió. “A mí tampoco me desagrada. Si no, no podría hacerlo”. Ante mi perplejidad precisó: “Yo no exijo nada, lo dejo a voluntad”. Me sentía ridículo mirándolo sin saber que decir. Pero él ya empezó a quitarse la ropa y dejarla en el suelo con parsimonia. “Luego me la llevo en una bolsa. La tiro… o se la paso a otro”. Quedó completamente desnudo y me dieron escalofríos. Lo que había intuido se me revelaba ahora con creces. Un torso tetudo y barrigudo, poblado de abundante vello con algunas canas, cargaba sobre unos muslos robustos entre los cuales resaltaba un sexo contundente. Se limitó al decir: “¿Vamos al baño?”.

Me puse en movimiento mecánicamente y al llegar al baño le señalé la ducha. Dudé si salir y cerrar la puerta, en un gesto de dignidad. Él se me adelantó. “Se quedará ¿no?”. Me debatía entre impulsos contradictorios, pero me quedé apoyado en el lavabo. “Orinaré primero, para no hacérselo en la ducha ¿Le importa?”. Hice un gesto con la mano, pero procuré no mirar. Cuando entró en la ducha, pronto empezó a comentar: “¡Qué gusto de agua tan calentita!... Y este jabón ¡qué bien huele!”. Se remojaba y enjabonaba con naturalidad, sin actitudes de provocación. Aunque no me hacía falta para estar cada vez más excitado. Cuando pasó a lavarse la polla y los huevos, dijo: “¿Por qué no se desnuda también? Eso nos animará”. Hice un esfuerzo para decir: “No necesito tanta animación”. Se detuvo como extrañado con toda la entrepierna enjabonada. “Como quiera”. Sin embargo, al enjuagarse, me di cuenta de que mostraba una delatora erección. “El agua tan caliente…”, quiso explicar. Casi no lo oí cuando pidió: “¿Puedo coger esta toalla?”. “¡Sí claro!”, respondí confuso. Salió de la ducha y se me acercó. “Se la puedo chupar ¿No es eso lo primero que se hace?”. Se agachó e hizo el gesto de manipular en mis pantalones. Pero tiré de él hacia arriba. “¡No, levántate!”, y pasé a tutearlo sin darme cuenta. Entonces, encontré su cuerpo desnudo tan pegado al mío, que las manos se me fueron a sus tetas peludas. “Si es lo que le gusta, puede pellizcar y morder”. Me irritó su insistencia en ofrecerse tan fríamente, lo que contrastaba con el ardor que irradiaba y que me transmitía. Dejé caer las manos y me separé. “Será mejor que vaya a buscar la ropa”.

Removiendo por el armario me temblaban las manos por la excitación que aún me invadía, mezclada con el malestar por la actitud cínica del hombre. Saqué un chaquetón que usaba poco, un jersey, un par de pantalones, unas botas gruesas y lo otro que me había pedido. Al volver me lo encontré guardando en una bolsa lo que se había quitado. “Espero que todo esto le quede bien”. Ahora me arrepentía de haber dado paso antes al tuteo. “Me vendrá de coña”, dijo. Pero se le notaba algo avergonzado. Procuré no mirarlo directamente mientras se vestía, aunque tenía que reconocer lo mucho que me atraía. Dudé si darle algo de dinero, pero no quería que se entendiera como pago por sexo. “¿Algo más?”, opté por preguntar tímidamente. Zanjó la cuestión. “Si me voy cargado…”. Pero añadió: “Me habría gustado chupársela al menos”. Lo cual me volvió a mortificar.

Durante unos días esquivé el lugar donde sabía que estaría. Hasta que pensé que no tenía por qué esconderme. Así que pasé cerca de él y no pude evitar fijarme en que llevaba puesto mi chaquetón. Antes de que me decidiera a darle algunas monedas, fue él quien me llamó. “¡Señor!”. Me detuve y me preguntó: “¿No me invitaría a subir a su casa?”. Me inquietó el dilema entre que debería decirle que no y el tentador recuerdo de su cuerpo desnudo. Pero se me adelantó. “Ya sé que el otro día me porté de una forma desvergonzada. Me confundí con usted… Pero me gustaría explicarle por qué lo hice”. Esta inesperada actitud me sorprendió e inclinó la balanza a aceptar que viniera conmigo.

Nos sentamos en la cocina y le ofrecí un café con leche y unos bollos, que despachó muy a gusto. Entonces me contó una experiencia que lo había alterado sobremanera. “Hace unos meses se me acercó un señor de aspecto no demasiado agradable. Se puso a ojear los libros, pero me di cuenta de que se fijaba más en mí que en ellos. Al fin me dijo: “¿Querrías ganarte unos dineritos?”. Cómo no, si estaba en una situación desesperada. “Acompáñame al despacho que tengo aquí cerca”. No había nadie más y el señor sacó unos billetes de la cartera. Los puso en alto sobre un estante y me dijo: “No sé si eres maricón o no. Si no lo eres, todavía más morbo… Pero de todos modos me la vas a chupar para empezar,…si es que quieres lo que hay ahí”. A punto de que me echaran de la pensión por deber varias semanas, necesitaba ese dinero. Ya sabe usted que sí soy maricón, como él dijo, pero esa forma de tratarme me humillaba. Aparte de que era un tipo seboso y malcarado; más que atracción inspiraba rechazo. Interpretó mi silencio como barra libre. “¡Empieza por bajarte los pantalones!”. ¿Qué iba a hacer? Así que solté el cinturón y los dejé caer. “Buenas piernas ¿pero crees que con eso tengo bastante?”. Sabía que me tendría que bajar también los calzoncillos y quedé expuesto ante su mirada viciosa. “Lo que yo digo: Gallina vieja hace buen caldo”, soltó mientras él mismo me abría la camisa. “¡Cómo me ponen estas tetas gordas y peludas! Verás como estoy cuando me la saque”, decía estrujándomelas. Estaba salido y se apartó para abrirse la bragueta. Su polla asomó pequeña y arrugada. “¡Hala, a chupar! ¡De rodillas!”. Hice un esfuerzo y me plegué a sus deseos. Chupé pero apenas se entonaba, aunque él hacía grandes aspavientos. “¡Para, que te voy a dar por culo!”. A estas alturas me daba igual todo, aparte de que con aquello poco podría hacer. Me di la vuelta y me eché sobre una mesa. “¡Vaya culo! ¡Lo que debe haber tragado!”. Se arrimó pero apenas si pasó de frotarse por la raja. Se corrió enseguida, dejándome todo pringado. Para concluir me dijo: “No le has puesto mucho entusiasmo, pero cumplo mi palabra ¡Ahí tienes eso!”.

El hombre contó su incidente con gran sentimiento. Permanecí callado y dejé que siguiera. “Cuando usted me invitó a su casa, temí que se iba a repetir la historia y me puse a la defensiva tomando la delantera. Me equivoqué e hizo muy bien en pararme los pies. Demasiado bien se portó conmigo… Porque desde luego usted no es como ese otro”. Pareció aliviado y, entonces, puse una mano sobre la suya. “No, no soy como ese individuo… Aunque no voy a negar que me gustaras, nunca me aprovecharía de tu situación… Todavía me avergüenzo de que estuviera a punto de caer en la trampa al principio”. Entonces él dijo: “Lo que me ofrecí a hacerle lo habría hecho muy a gusto, aunque le diera esa cobertura de cinismo”. Traté de atajar lo que se me presentaba como una nueva oferta. “¿Crees que puedo prescindir de que estás en la esquina pidiendo limosna?”. Me replicó con otra pregunta. “¿Y eso me priva del derecho a relacionarme con una persona que me atrae?”. Ahora fue él quien me cogió una mano con las dos suyas. Yo había perdido la capacidad de contrargumentarle y ya no me sorprendió que pidiera: “¿Sería un nuevo abuso que me dejaras duchar?”.

Esta vez no lo acompañé al baño y quedé a la espera con el corazón palpitante. No tardó en volver con una toalla a la cintura, que apenas velaba el deseable cuerpo tal como lo recordaba. Yo estaba sentado en una butaca baja y se acercó a mí. No pude resistir el impulso de echar abajo la toalla. Apareció su sexo poderoso aunque en calma. Mi boca se fue sola hacia la polla y, con la lengua, la atraje hacia dentro. Crecía y se endurecía mientras asía sus muslos. Pero él me tomó de los hombros. “¡Espera! ¿No te vas a desnudar?”. Preferí hacerlo sin la presión de su mirada, por lo que le dije: “Ve al dormitorio y espérame ahí”. Él sonrió. “Me gusta que confíes en mí”. Me desnudé con la conciencia de que aquello ya no había quien lo parara.

Me lo encontré sobre la cama. Había apartado la colcha y yacía bocabajo, luciendo el contundente culo como una tentadora oferta. Me quedé algo indeciso y él giró la cara hacia mí. “Tengo ganas de que me folles… Pero antes échate a mi lado. Ahora no te libras de que te la chupe”, dijo sonriente. Hice lo que me pedía y se puso a acariciarme la polla, a la que poco le faltaba para estar bien dura. Luego la chupó con una dulce calma, que me ponía la piel de gallina. “¿Me lo harás ahora? Estoy deseando sentirte dentro de mí”, me incitó. Se puso bocabajo y me ofreció de nuevo el espléndido culo. Me avisó con un tono pícaro: “Ya me puse en el baño un poco de aceite que vi. Así entrarás mejor”. El deseo que tantas veces me había inquietado se desbocó y ya me eché encima resbalando la polla por la generosa raja. Presioné y le penetré con facilidad. Él emitió un gemido: “¡Uuhh!”. Pero le añadió: “¡Está bien! Muévete sin miedo”. Lo hice ansioso y mi excitación se aceleró por la cálida elasticidad de su interior. “¡Cómo me gusta! ¿A ti también?”, decía. Repliqué: “Estoy ya negro… Creo que me falta poco”. Un chispazo me partió del cerebro y me sacudió. Me corrí con varios espasmos hasta caer sobre su espalda. “¡Uf, me has dejado seco!”, exclamé agotado. “Pues yo me he quedado en la gloria”, replicó él. Recompusimos nuestras posiciones uno al lado del otro. Pude ver que empezaba a tener una poderosa erección. “Imagino lo que estarás necesitado…”, le dije. “Tú descansa, que ya me apaño yo”. Se puso a meneársela mientras le acariciaba suavemente los muslos y los huevos. Luego, para dejarle el terreno despejado, me dediqué a chuparle las tetas. “¡Lo que me faltaba!”, agradeció él. No tardó en ir derramando abundante leche, que le escurría entre los dedos y empapaba el pelambre del pubis.

Nos quedamos un rato los dos relajados y en silencio sobre la cama. Hasta que él habló: “Estoy muy a gusto aquí, pero ya es hora de que me marche”: No dije nada y añadió: ¿Te importa que pase un momento por el baño para limpiarme todo esto?”. “¡Claro que no! …Yo ya lo haré luego”, contesté. Cuando estuve solo me vino de golpe la inquietud ante nuestras situaciones personales tan diferentes y me sentí bloqueado para ver las cosas claras en ese momento. Por eso pensé en dejarme un margen de tiempo y, mientras se vestía, le mentí. Como era viernes y él no ocupaba su puesto los fines de semana, le dije: “El lunes salgo de viaje por trabajo al menos por una semana… Así que tardaremos un poco en volver a vernos”. Él se limitó a replicar: “Por mí no tienes que preocuparte… Ya has hecho bastante”. Esta vez ni me pidió ni le ofrecí ropa, y se marchó dejándome con mala conciencia por la falsedad de mi excusa.

Durante los días de reflexión que me había tomado volví a eludir acercarme por donde él pudiera estar. Pero apenas pasada la semana sentí un poderoso deseo de buscarlo. Me sorprendió no encontrarlo en el lugar habitual y pensé que tal vez ese día habría tenido algo que hacer. Pero en dos días más obtuve el mismo resultado. Así que me decidí a preguntar por él al portero de la finca junto a la que estaba la tienda cerrada donde se colocaba. El hombre me informó enseguida: “¡Ah, sí! Resulta que ha tenido la suerte de que le han dado trabajo como vigilante nocturno en un parking… Me alegré porque es muy buena persona”. No supo decirme dónde se hallaba ese parking.


martes, 15 de marzo de 2016

El instalador


Eugenio era un gordito tímido y acomplejado. Ya cumplidos los cuarenta, todo lo que había tenido siempre de empollón y trabajador lo neutralizaba su incapacidad para hacerse valer, tanto en el ámbito laboral como en el vital. Así, sus esfuerzos en cumplir con creces cuantas tareas le encomendaban los desaprovechaba él mismo al preferir pasar desapercibido. Este era el caso de su empleo en una entidad bancaria, a donde, con su obsesión por el perfeccionismo, muchas veces acudía fuera del horario laboral para tener todo a punto, a salvo de la presión del entorno. Siempre pulcro y atildado, ni siquiera en estos momentos de soledad, aligeraba su indumentaria de traje y corbata.

En una de estas situaciones se hallaba cuando, inesperadamente, irrumpió en la sala, donde Eugenio se concentraba en su mesa ante el ordenador, un operario portando una escalera y una caja de materiales. “¡Uy, perdone! No sabía que hubiera alguien aquí”, dijo el hombre sorprendido. “No se preocupe. Pase, pase”, contestó Eugenio. El hombre entonces se explicó más: “Estoy haciendo el cambio de las cámaras de seguridad y me dijeron que a esta hora no habría nadie”. Eugenio quiso justificarse: “Es que estoy adelantando en un informe y he venido sin saber eso… Haga usted su trabajo. Procuraré no estorbarle”. El hombre sonrió: “Muy amable, joven. Ninguno tiene que molestar al otro”. A Eugenio le sonrojó que lo consideraran un joven. Y es que el operario era un tipo de cerca de sesenta años, robusto y barrigón. Lo resaltaba el mono azul enterizo y abotonado de abajo arriba, aunque con los últimos botones desabrochados, que mostraban el vello del pecho. Llevaba un casco de protección amarillo, que enmarcaba su redonda y afable cara. Instaló la escalera en una esquina enfrente de donde estaba Eugenio para acceder al techo y trepó por ella. Primero tenía que desmontar la cámara antigua y a Eugenio empezó a distraerle la visión de aquel hombre en equilibrio, con la barriga apoyada en los travesaños. Para colmo el operario no parecía que fuera a mantener estrictamente su promesa de discreción porque, a los sonoros resoplidos que iba dando, añadía comentarios para él mismo que, sin embargo, eran bien audibles. A Eugenio le sorprendió que, más que sentirse molesto, la forma en que el hombre se hacía notar, si quiera involuntariamente, le llevaba a estar cada vez más pendiente del instalador. De lo que no se había dado cuenta todavía era que éste sentía también curiosidad por aquel muchacho, desde su punto de vista, tan correctamente vestido que trataba de concentrarse en su trabajo sin demasiado éxito. Y empezó a imaginarse cosas poco decorosas…

Cuando el operario tuvo desmontada la antigua cámara, al enredarse con los cables que salían del falso techo, estuvo a punto de perder el equilibrio y la escalera se tambaleó. “¡Me cag’en!”, soltó. Eugenio se sobresaltó y se puso de pie. Pero el hombre ya se había estabilizado. “¡Tranquilo! Son gajes del oficio”. Bajo con calma de la escalera cargado con el material y, por lo visto, el incidente le sirvió de excusa para destarar su verborrea. “Si es lo que yo digo… Lo mandan a uno para que se apañe solo y pasa lo que pasa”. Una vez soltada su carga sobre una mesa, retomó su cháchara. “¡Joder! Hasta los huevos se me han encogido”. Subrayó su declaración dándose un toque a los bajos sueltos del mono, para turbación de Eugenio, que trató de volver a lo suyo. Pero al instalador ya no había quien lo parara. Se puso a desembalar la nueva cámara. “Y ahora veremos si la puedo encajar en el mismo sitio. Seguro que tendré que hacer otros agujeros… Y sin un puto ayudante que me eche una mano”, se quejó. Aunque Eugenio se encerraba en su mutismo, el hombre ya se tomó la licencia de entrar en lo personal y en plan confianzudo. “¿Qué hace un chico como tú metido aquí toda la tarde? Con la de cosas que podéis encontrar por ahí los jóvenes…”. Eugenio no sabía si sentirse ofendido o halagado porque se empeñara en considerarlo tan joven ¿Tan poca cosa lo vería? Trató de darse ánimos a sí mismo. “Tengo muchas responsabilidades”. “¡Va, papeleo! Pues aquí tengo uno que no veo muy claro ¿Tú sabes inglés?”, preguntó el hombre agitando una hoja de instrucciones. “Sí, un poco”, contestó Eugenio, pese a que tenía varios diplomas. El hombre se le acercó decidido con el papel en la mano. “Es que no quiero meterla por donde no debo”, bromeó con intención. Mientras Eugenio iba traduciendo concienzudamente, el operario se fijó en las regordetas manos, con un poco de vello en los nudillos, que delimitaban los puños de la camisa blanca, lo que le resultó excitante por lo que intuía del resto del cuerpo. Se arrimó más y forzó que se rozara con su muslo el codo de Eugenio. Notó que éste se iba poniendo nervioso sin atreverse a apartarse. “¡Tú sí que sabes! De no ser por ti monto aquí un cortocircuito”, dijo dándole un cariñoso apretón en el hombro.

Una vez aclarado todo, el operario se decidió: “¡Bueno, vamos allá! A hacer equilibrios encaramado en la escalera”. Entonces Eugenio dijo algo a lo que ni él mismo creyó que llegaría a atreverse. “Si quiere, se la puedo sujetar, no vaya a tener otro tropiezo”. Desde luego el hombre aceptó encantado. “Ya sabía yo que haríamos buena pareja… Por cierto, me llamo Alfonso ¿y tú?”, añadió para dar más confianza. “Eugenio”. “Pues mucho gusto… y deja de hablarme de usted, que ya somos colegas”. A Alfonso cada vez le iba poniendo más cachondo aquel gordito que se le estaba mostrando tan dócil. Le habría debido decir que, al menos se quitara la chaqueta para que estuviera cómodo, pero le daba más morbo que siguiera así de atildado para lo que se proponía conseguir. Alfonso se colgó unos cables al cuello y subió varios peldaños. Le dio instrucciones a Eugenio: “La escalera está firme. Será mejor que me vayas sujetando de las piernas”. Eugenio, tímidamente, puso las manos a la altura de las pantorrillas, pero Alfonso lo corrigió: “¡Más arriba, hombre! Tendrás más agarre”. Eugenio subió hasta los muslos y palpar sus recias formas empezó a provocarle palpitaciones. Además tenía de frente el orondo culo cuya raja quedaba marcada por la costura central del mono. Hay que decir que Eugenio, con una experiencia sexual más bien escasa y poco apasionada, estaba sintiendo un ardor inusitado por todo su cuerpo en la tesitura en que se hallaba. Para colmo Alfonso, mientras trajinaba por arriba, no perdía ocasión de ir soltando frases equívocas: “Así, así, agárrame bien”, “Contigo ahí trabaja uno más a gusto”. Por otra parte, con disimulo, se había ido desabrochando más el mono hasta la barriga e incluso soltó el botón inferior que se correspondía con la bragueta. Como no llevaba calzoncillos, algún movimiento indiscreto podía resultar revelador…

Alfonso estaba conectando cables en el orificio del techo y de pronto dijo: “Esto lo haré mejor si me giro… Tú me estás aguantando muy bien”. Fue dándose la vuelta hasta quedar apoyado en los talones y con el culo sobre otro travesaño. Eugenio lo ayudaba pasando las manos temblorosas de atrás a delante de los muslos. Fue cuando se dio cuenta de los cambios que se habían producido en el mono de Alfonso. Tontamente comentó: “¡Uy! Se te está desabrochando”. Alfonso replicó con descaro: “Así me estira menos y muevo mejor los brazos… Además me está entrando calor. No sé cómo resistes tan vestido”. “Estoy bien”, contestó Eugenio, aunque sudaba con su chaqueta y corbata. Pero es que por nada del mundo podía ahora dejar de sujetar de la forma en que lo estaba haciendo el cuerpo de Alfonso. Casi lo tenía abrazado y, ante su cara, percibía el abultamiento que iba mostrando la entrepierna, tan inestablemente protegida, de Alfonso. Éste, que vio llegado el momento de lanzarse, simuló dificultades con los cables y, con los brazos en alto, fue tensando el cuerpo hacia atrás. “¡Jodidos empalmes!”, maldijo. Pero la que realmente estaba empalmada era su polla, que poca resistencia tuvo que vencer para ir asomando ante la cara de Eugenio, que puso los ojos como platos y se le llenó la boca de saliva. Alfonso hacía como si no se diera cuenta y la polla ya estaba completamente fuera, mientras a Eugenio le iban entrando unas irrefrenables ganas de metérsela en la boca. Pero eso habría sido una osadía impensable para él y, en su lugar, optó por un torpe aviso: “Le ha pasado algo…”. Ni siquiera se atrevió a usar el tú. Alfonso miró hacia abajo y, sonriente, soltó: “¡Uy, sí! Se me ha salido ¿Te has asustado?”. “¡No, no!”, balbució Eugenio. “Entonces te gusta ¿no?”, se descaró Alfonso. Eugenio no contestó, pero su expresión, sofocado y con la boca medio abierta, lo decía todo. Alfonso lo animó: “¡Venga, hombre! No te prives. Yo también lo estoy deseando”. Eugenio, fuera de sí, sentía cómo le latía el corazón y el cerebro. Esto no le estaba pasando a él… Sin embargo, acercó la lengua al capullo y lamió el juguillo que lo abrillantaba. “¡Adentro!”, lo incitó Alfonso, que ya se había desabrochado del todo el mono. Ver sobre su cabeza aquel cuerpo rotundo y velludo excitó aún más a Eugenio. Se amorró a la polla y la chupó con un ansia nueva para él. La corbata se le había manchado de la saliva goteante y a Alfonso le daba un morbo tremendo que lo mamara con la chaqueta bien ajustada.

Todavía quiso disfrutar más del contraste entre su mono ya caído y la rígida vestimenta de Eugenio. Además no era cuestión de correrse todavía, lo que ocurriría si no lo paraba a tiempo. “¡Espera, que me bajo!”. Le encantó restregar su desnudez con los tejidos que envolvían a Eugenio. “¿Te gusto? Pues cómeme lo que quieras”, ofreció al verlo desbocado. Eugenio no se resistió a sobarlo por todas partes, acariciando el vello, para enseguida llevar la boca a las gordas tetas y chupar los pezones. “¡Uy, lo que me pone esto!”, exclamó Alfonso, que decidió que ahora sí que Eugenio no se libraba de lo que le exigía su deseo. “¡Bájate los pantalones!”, lanzó perentorio. Eugenio quedó parado y preguntó temeroso: “¿Para qué?”. “También tengo derecho a catarte ¿o no?”, respondió Alfonso poniéndole las manos sobre los hombros. Eugenio, nervioso,  se soltó el cinturón y los pantalones cayeron- Alfonso le echó mano a los calzoncillos para bajárselos también, pero lo encontró húmedos y pringosos. “¡Joder, si te has corrido!”. Eugenio musitó compungido: “No lo he podido evitar”. “Bueno, da igual”, dijo Alfonso, “A ver ese culo”. Eugenio se dejó dar la vuelta y Alfonso le levantó el faldón de la chaqueta. “De lo más apetitoso, como me imaginaba”. En efecto, el culo bien orondo y algo peludo asomaba haciendo estallar el deseo de Alfonso. “Échate sobre la mesa”. “¿Qué va a hacer?”, preguntó Eugenio trémulo. “¿Tú qué crees?”, replicó Alfonso, que ya lo estaba poniendo doblado sobre la mesa. “Eso no me lo han hecho nunca”, avisó Eugenio, que sin embargo se dejaba manejar dócilmente. “Pues ya va siendo hora”, insistió Alfonso, que le estaba sobando el culo. “¡Qué raja tienes más golosa!”. “Pero me va a doler…”, protestó Eugenio. “No es para tanto… Te va a gustar”. Alfonso ya hurgaba por la raja y tanteaba el ojete con un dedo. Presionó y lo metió entero. “¡Ostia, qué agujero más caliente!”. Pero Eugenio temblaba. “¡Ay, ay, uh, uh!”. Una palmada en el culo lo acalló. Alfonso apuntó la polla y apretó. “¡Joder, qué bien entra!”. “¡Sí, sí, pero me quema!”, gimoteó Eugenio. “¡Calla, quejica! Verás cuando me menee”, lo atajó Alfonso. Y vaya si se meneó, bombeando cada vez con más fuerza. Eugenio aguantaba la respiración, hasta que dejó de lamentarse. “¡Oy, si me está gustando!”, exclamó como si no pudiera creérselo. “Si tienes un culo para ser follado ¡Qué cachondo me estoy poniendo!”, dijo Alfonso cada vez más excitado, “Ya me falta poco”. Las últimas arremetidas fueron seguidas de un parón, con varios espasmos que confirmaron el vaciado de Alfonso. “¡Vaya corrida!”. Se apartó y Eugenio siguió sobre la mesa. “Parece que te ha sabido a poco”, ironizó Alfonso ayudándolo para que se levantara. Casi avergonzado, Eugenio mostró lo tiesa que tenía la polla. “Me he calentado mucho”. Alfonso se rio. “No hay nada como ser joven… Mira el tío otra vez empalmado”. Hizo que Eugenio se apoyara de espaldas en la mesa. “¡Venga, que te voy a premiar!”. Se agachó y se puso a chupar la polla. Eugenio resoplaba, pero pronto se contrajo y le dio toda la descarga en la boca. Alfonso la aguantó y, al soltarse, con los labios llenos de leche dijo: “¡Coño, esto se avisa!”.

Alfonso se volvió a poner el mono y Eugenio, pese a lo tiesos que le habían quedado los calzoncillos, se subió éstos y los pantalones. Alfonso comentó: “Se me ha quedado sin conectar la cámara… Pero ya se ha pasado el horario. Mejor que vuelva mañana”. Eugenio no se lo pensó: “¿Querrá que esté yo también aquí?”. “Si al señorito le ha quedado el culo hambriento…”, rio Alfonso.