miércoles, 22 de febrero de 2017

En casa de mi tío unos años después


Seis años más tarde de los hechos que había contemplado furtivamente en casa de mi tío, su mujer, mi tía, me invitó de nuevo a pasar unos días de mis vacaciones de verano con una propuesta muy concreta. Yo estaba a punto de acabar una serie de cursos de hostelería y tenía buenas perspectivas de ser contratado para la cocina de un buen hotel. Por eso mi tía me dijo cuando me llamó: “Tengo pensado viajar para estar un tiempo con mi madre que, como sabes está muy delicada. Como tu tío se queda solo, había pensado que tú, que tienes tan buena mano para la cocina, podías ocuparte de que coma como dios manda. Él es un trasto para eso y acabaría apañándose con porquerías que no le sientan nada bien”. No había vuelto a ver a mi tío desde entonces y la idea de estar solo con él me provocó una gran conmoción. Por mi parte en ese tiempo había engordado bastante y hasta el vello del cuerpo se me había espesado. Eso me daba un aspecto más maduro, pero pensaba que, de ninguna manera, podía compararme a los tiarrones con los que, como pude ver, se desfogaba mi tío. No sabía si ello me tranquilizaba o me desesperanzaba.

MI tía me recibió encantada y enseguida, antes de marcharse, me puso al día sobre las cosas de su cocina y las comidas que no le convenían a mi tío. En cuanto a éste, me pareció que le causé una buena impresión. “¡Vaya, qué cambiazo!”, dijo al saludarme, “Dónde ha quedado el muchachito tímido de la otra vez que viniste”. Él estaba como lo recordaba. Tal vez algo más grueso y con algunas canas de más. Mi dio un vuelco el corazón al verlo de nuevo y darnos un par de besos. Porque, como entonces, vestía un ancho pantalón corto y una camisa de verano medio desabrochada. Se mostró muy divertido con mi aportación culinaria. “A ver si me vas a matar de hambre a base de nouvelle cuisine”. “Seguro que te chuparás los dedos”, repliqué. Mi tía se rio: “Quien parece que va a estar de más soy yo”. Ya se despidió de nosotros. “Que os cuidéis el uno al otro”.

Esa noche preparé una cena muy correcta con lo que había dejado mi tía. Los otros días debería hacer mis compras. Pero ya tuve un primer motivo de sofoco a cuenta de mi tío. Curioso de verme maniobrar en la cocina, sacó una cerveza del frigorífico y se dispuso a observarme. Había una isla con taburetes y se sentó en uno de ellos subiendo los talones al reposapiés. Eso hacía que las piernas le quedaran abiertas y ¡cómo no! por una pernera se le podía ver el capullo sobre un huevo. No podía evitar que la mirada se me fuera ahí cada vez que me acercaba para poner cosas sobre la isla. Como ya me inquietaba en aquel tiempo, o no se daba cuenta o no le importaba.

Cuando tuve todo preparado, me señaló el taburete que estaba al lado del suyo. “¡Ven, siéntate aquí!”. Lo cual provocó que continuamente me rozara con su pierna desnuda. Para colmo preguntó: “¿Te molesta que me quite la camisa? Esta cocina es un horno”. Me salió contestar: “Quítate lo que quieras”. Se rio. “¡Qué espabilado te has vuelto!”. Allí al lado lo tenía con sus tetas velludas reposándole sobre la oronda barriga. No pude evitar decirle: “Me parece que voy a ponerte la dieta”. “Mira quien habla”, replicó dándome unas palmaditas en mi barriga, que tampoco era modélica. Enseguida me arrepentí de no haberle hecho otro tanto.

Por decir algo le pregunté: “¿Qué tal la tía?”. Me miró como si quisiera captar la intención de la pregunta. “Bueno, ya se te puede hablar de ciertas cosas… Nos llevamos bien, pero es lo que pasa con los matrimonios que duran mucho. A veces uno cambia de aficiones”. Se cortó ahí y dio un giro. “¿Y tú qué? ¿Cómo andas de novias?”. “No me he planteado eso”, contesté. Se creó un vacío que él llenó sonriendo: “Pues me alegro de tenerte de cocinero”. Me ofreció tomar una copa en la sala, pero antes me reprendió: “¿Cómo puedes estar todavía con la ropa que traías del viaje? ¡Anda! Mientras sirvo ve a ponerte algo más cómodo. Pronto nos iremos a la cama”. Fui a mi habitación y, por lo que había dicho, decidí ponerme ya un pijama corto. Al volver, me miró sonriente. “Veo que aún usas eso… Yo duermo desnudo”. Pero ahora, arrellenado en su butacón, con un tobillo subido sobre la rodilla, era como si ya lo estuviera. Desde el sofá donde me había sentado se le veía todo. Degustamos un excelente coñac sin hablar demasiado, pero su vista no se apartaba de mí, como si leyera mis pensamientos. De pronto comentó: “Creo que vamos a estar bien los dos solos”. Cuando terminamos, nos dirigimos ya a nuestras habitaciones. Como despedida me dijo: “Te aconsejo que no cierres la puerta. Es una noche muy calurosa”.

Apenas pude pegar ojo. No por el calor, sino por la inquietud que me embargaba. ¿Había cambiado su percepción de mí y me enviaba mensajes? Oía su fuerte respiración, que a veces llegaba al ronquido, y me enervaba imaginarlo desnudo sobre la cama. Yo desde luego me había quitado el pijama.

Al final llegué a dormirme, pero me desperté muy temprano. No aguantaba más en la cama y decidí darme una ducha. Sigilosamente pasé ante su puerta, desde la que no veía su cama. Pero no me atreví a asomarme. Tras la ducha me puse a afeitarme desnudo. Inesperadamente apareció mi tío. Iba en cueros y con cara de sueño. “Sí que has madrugado”, dijo. “Perdona, no quería despertarte”, me disculpé a punto de hacerme un corte. “¡Tranquilo! Tú sigue, que me ducharé”. Veía por el espejo su espléndido corpachón recibiendo el agua con agrado y después enjabonándose. El corazón me latía con fuerza. Ni siquiera me di cuenta de que estaba teniendo una erección. Pero él si que la vio al ir a secarse. “¡Qué bien se te pone de buena mañana, eh!”, comentó jocoso”, “Lo que hace ser joven”. Traté de salir del paso. “Enseguida preparo el desayuno”. Lo que dijo me desazonó más todavía. “Pero no te molestes en vestirte… Total, ya nos hemos visto bastante. Aprovechemos que estamos solos”.

Dudé si hacerle caso, no tanto por pudor como por la indefensión que me producía su ambiguo comportamiento. Seguro que no me libraba de alguna puya si me encontraba con algo de ropa. Así que me fui en cueros a trajinar en la cocina. Mi tío apareció tal cual lo había dejado en el baño. Como me notó nervioso, me dijo: “Oye, no sé si pensarás que me estoy tomando demasiadas confianzas…”. Lo interrumpí: “¡No, no! Solo es falta de costumbre. Pero te lo agradezco de verdad”. Mientras desayunábamos, uno junto a otro en los taburetes,  mi tío no dejaba de mirarme socarrón. Para aliviar la tensión dije: “Ahora voy a salir a comprar ¿Qué te apetecerá para hoy?”. Su respuesta aún me turbó más. “Sorpréndeme, como estás haciendo desde que llegaste”. “¿Yo?”,  pregunté como tonto. “Con el cambiazo que has dado… Si estás hecho un hombretón”, contestó. “Tú sí que sigues estupendo”, me salió casi sin pensar. Se rio y ya fui a vestirme para salir.

Al regresar, mi tío estaba en el pequeño jardín delantero y acababa de regar. Al menos se había puesto su característico pantalón corto. Me cambié de ropa y también me puse como él para no desentonar. Me lo encontré en la sala llevando una escalera. Habían cambiado la antigua lámpara por otra más moderna, de esas que llevan acoplado un ventilador de aspas. “¡Venga, que me vas a ayudar! Hay un cable que se ha soltado y roza con las aspas”. Se me ocurrió decirle: “¿Te acuerdas de que también te ayudé a cambiar bombillas y me cargué una caja entera?”. “¡Vaya si me acuerdo!”, contestó enseguida, “Estabas muy apijotado entonces”. Abrió la escalera debajo de la lámpara y empezó a subirse. Yo ya daba por supuesto lo que le iba a ver desde abajo. Pero en el segundo peldaño se le enganchó el pantalón. Bruscamente lo soltó, bajó y se lo quitó. “¡Fuera estorbos, que aún me caeré!”. Volvió a subir y alargó los brazos para acceder al ventilador. Yo sujetaba la escalera con su polla delante de mi cara. Me alegré de tener puesto el pantalón, porque me empalmé irrefrenablemente. El arreglo era sencillo; bastaba con sujetar mejor el cable. MI tío entonces miró hacia abajo y sin duda pudo leer en mi cara el sofoco que me embargaba. “¿Te gusta?”, preguntó. “¿El qué?”, le devolví la pregunta pretendiendo disimular. “¡Qué va a ser! Lo que tienes delante”, replicó algo brusco. Aparté la vista de la polla y entonces añadió más suave: “¡Tranquilo, hombre! Si a mí me gusta que te guste”. La polla de mi tío, si bien no había alcanzado la dureza oculta de la mía, había empezado a adquirir volumen y, allí subido ante mí, me pareció más de lo que podría resistir. Pero el recuerdo de su revolcón con aquellos amigos tan semejantes a él me paralizó. No había llegado a tener experiencias con hombres así y temí que mi tío estuviera jugando conmigo. Opté por la fuga. “Será mejor que vaya a preparar la comida”, dije con un hilo de voz. Y apartándome, me refugié en la cocina.

Mi tío no tardó en aparecer. Se había puesto los pantalones y, muy serio, me dijo: “Preferiría que dejaras ahora eso… Luego nos podremos apañar con cualquier cosa”. Me detuve avergonzado de mi anterior reacción. Pero él, poniéndole un poco de humor, añadió: “Este es tu terreno. Mejor que vayamos a otro más neutral y hablemos”. Lo seguí a la sala y, esta vez, se sentó a mi lado en el sofá. Me dijo cariñoso: “Soy un brutote ¿verdad?”. “Es que me siento confundido”, reconocí. “Y lo entiendo”, admitió, “Voy por ahí provocándote todo el tiempo pensando que así te lo ponía más fácil…”. Volví a adentrarme en el pasado. “Ya lo hacías en cierta forma la otra vez que estuve aquí”. Sonrió. “Entonces se debía a mi forma de ser, tan poco pudorosa, pero sin otra intención… Eras demasiado joven para otra cosa”. Pensó unos segundos y continuó: “Aunque algo sospeché cuando lo relacioné con que te mataras a pajas”. “¿Cómo lo sabías?”, pregunté sorprendido. Rio. “Más visitas de lo normal al baño, echar a veces la llave de la habitación… Soy perro viejo”. Para enlazar con la actualidad dije: “Ahora también soy joven…”. “Comparado conmigo, desde luego”, replicó, “Pero ya te dije que te veía muy distinto… La madurez no se mide solo en años”. Me quemaba mi secreto que, en gran medida, podía explicar mis indecisiones presentes. Me armé de valor. “Una vez te vi”. “¿A qué te refieres?”, preguntó intrigado. “En tu taller, desde la despensa”. Reaccionó divertido. “¡Mira que eras pillo ya, eh!… ¿Qué es lo que viste?”. Me costó, pero lo solté: “Tú con un hombre… Y luego se os unió otro”. “¿Lo viste todo?”, volvió a preguntar mi tío. “De principio a fin”, contesté. “¡Vaya experiencia tuviste!... ¿Qué te pareció?”, seguía su interrogatorio, más curioso que incómodo. “Nunca me había excitado tanto… Desde entonces he tenido claro que los hombres como vosotros son los que me atraen”, me sinceré. “¿Y has tenido suerte con eso?”. “Más bien no… Además me parecen inaccesibles”.  Mi tío se puso ya más serio. “¡Vaya complejo el tuyo! ¿Crees que todo es compartimentos estancos?... Si en este mundo hay para todos los gustos… A nosotros nos viste tan semejantes porque hace tiempo que nos conocemos, tenemos situaciones parecidas y nos apañamos de ese modo”. Me quedé callado, avergonzado de mi papanatismo. Mi tío se mostró ya más relajado y hasta divertido. “Así que, ahora que nos hemos quedado solos, veo que te has puesto la mar de apetitoso y, con las sospechas que me habían quedado de tu anterior visita, me dedico a provocarte descaradamente, y tú sigues encerrado en tus prejuicios”. Me decidí a ponerle tímidamente una mano en el muslo, como disculpándome. Aunque su gesto pareció de rechazo, lo que en realidad hizo fue moverse para quitarse el pantalón al tiempo que decía: “¡Venga, saquémonos esto! Te deseo tanto como tú a mí… Y ya viste que soy muy ardiente”. No pude menos que quedarme desnudo también.

Me abrió los brazos acogedor y reposé a cabeza en su pecho velludo y cálido. Me susurró: “¿Sabes que hace tiempo que no hago nada?”. Contesté en el mismo tono: “Pues anda que yo…”. Fui resbalando una mano desde el pecho hacia la barriga y la dejé en reposo sobre la entrepierna. Noté cómo la polla de mi tío se iba endureciendo y la cerqué con los dedos. Él entonces movió un brazo para buscar mi polla, que encontró ya tiesa. “¡Déjame hacer!”, pidió. Giró su voluminoso cuerpo sobre el sofá hasta alcanzármela con la boca. Unos dulces escalofríos me invadieron cuando me sentí dentro de ella. Chupaba mientras me palpaba y cosquilleaba los huevos, y el placer que me embargaba era tan intenso que no quise precipitarme. “¿Puedo hacértelo yo?”, pregunté. Se apartó de mí. “¡Pues claro!”. Se sentó separando los muslos y me ofreció su gruesa polla también erecta. Me deslicé del sofá y quedé arrodillado ante él. Primero acaricié la polla asentada sobre unos sólidos y peludos huevos, como para convencerme de que aquello estaba allí para mí. El capullo estaba ya fuera y acerqué mi boca. Lo lamí y fui cercándolo con los labios. Temí no hacerlo con la pericia que él había demostrado, pero chupé con ansia y noté su estremecimiento. MI tío quiso moderarme y llevó las manos a mi cabeza. Con suavidad me apartaba a veces y la llevaba más abajo. Entonces lamía los huevos para, enseguida, volver a sorber la polla. MI tío tampoco iba a correrse todavía, pero lo que hizo a continuación me resultó de lo más excitante. Se tendió a lo largo del sofá y me indicó que me subiera del revés sobre él. Fácilmente nuestras pollas quedaron al alcance de la boca del otro y nos pusimos a mamar al unísono. El placer se me duplicó y supe que no iba a poder resistir mucho. Atrapado por sus labios noté cómo me vaciaba explosivamente. Pero ello no hizo que dejara de chupar la polla de mi tío, que me recompensó llenándome la boca de su leche. Quedamos quietos unos segundos, hasta que lo libré de mi presión. Ya sentados los dos, mi tío me miró sonriente. “Bien ¿no?”. “Mucho mejor que verlo de lejos”, me permití bromear lleno de satisfacción.

A partir de ese momento nuestra vida en común se normalizó. Yo me esmeraba en la cocina, para lo que había de salir a comprar, y a ratos completaba mis estudios con libros de gastronomía. Mi tío salía poco y pasaba bastante tiempo con su bricolaje en el taller. A veces me gustaba sentarme allí para observarlo. Los dos disfrutábamos mutuamente de nuestros desnudos y, por supuesto, volvíamos a meternos mano, con deliciosas felaciones mutuas. Yo recordaba lo que mi tío le había hecho a sus amigos, pero él nunca me lo pidió.

Mi tío no dejó de interesarse por mi asimilación de la nueva situación, después de las inseguridades con que yo había llegado a ella. Por eso no tuvo reparos en hablarme con toda sinceridad. “Entre nosotros se ha producido una atracción sexual que estamos pudiendo satisfacer en esta situación excepcional en que nos encontramos. Yo ya tengo mi vida hecha y a ella estoy adaptado, con los eventuales desahogos que tan pillamente observaste. Y tú tienes toda una vida por delante, en la que estoy seguro que encontrarás relaciones que colmen tus gustos, aunque hasta ahora te hubieran parecido inaccesibles. Todo es más fluido de lo que crees y no te vayas a enganchar a lo que estás disfrutando hoy”. Me quedó muy claro que mi tío me prevenía de estar imaginando una relación de pareja o similar con él.

Abundando en su idea mi tío me sorprendió con una propuesta. Primero preparó el terreno. “¿Te acuerdas de los dos amigos con los que me viste en el taller?”. “¡Cómo no me voy a acordar, con el impacto que me produjisteis!”, contesté ingenuo. “Pues se me ha ocurrido, ya que tienes tan buena mano con la cocina, que podíamos invitarlos a una comida”, dejó caer. Me quedé estupefacto. “¿Vosotros tres… y yo?”. “Se van a llevar una sorpresa cuando vean cómo estás ahora”. “¿Pero en qué plan sería?”, pregunté temeroso. “¿Tú que crees? ¿No te gustó tanto lo que hacíamos?”. “Si me ha costado tanto destaparme contigo, imagina lo que sería con dos más”, objeté. “Lo más difícil ya lo has hecho y ellos te van a tratar tan bien como yo”, insistió mi tío. Decidido ya el encuentro, quise distraerme del morboso pavor a lo que se me venía encima pensando en lo que ofrecería para la comida, dispuesto a que, al menos en este aspecto, mi pabellón quedara bien alto. Cuidé todos los detalles y, para tener libertad de movimientos en la cocina, dispuse una elegante mesa en la sala.

De momento me tranquilizó que mi tío se hubiera puesto una camisa sobre el pantalón, corto eso sí. Yo lo imité, aunque en la cocina me movía con un gran delantal para dar los últimos toques. Llegaron juntos los dos amigos, a los que recibió mi tío, que enseguida me llamó para presentarme. Me deshice del delantal y acudí a la sala con temblor en las piernas. Enseguida los reconocí aunque, al igual que mi tío, los dos habían ganado algo de peso. Eran el más rubio que apareció primero en el taller y el recio que vino después. El primero iba también con pantalón corto y el segundo llevaba tejanos. “Este es mi sobrinito del que ya os he hablado, que es un genio para la cocina”, dijo mi tío. El rubio me estampó un par de besos y, como al parecer recordaba haberme visto en mi anterior visita, comentó: “¡Vaya con el sobrinito! ¡Qué hermoso te has puesto!”. El otro también me besó y dijo: “Espero que no solo disfrutemos de tu comida ¿eh, majo?”. Estaba pues claro que sabían a lo que venían y, aunque no dejó de halagarme que me miraran con tan buenos ojos, no por ello dejé de estar menos inquieto. Me excusé para volver a la cocina a dar los últimos toques y los dejé departiendo amigablemente mientras mi tío abría una botella de vino.

No tardé en volver con mi especialidad y dejar sobre la mesa la bandeja que llevaba. Me senté al lado de mi tío, con los otros dos enfrente. Fui sirviendo en plan profesional y uno comentó: “Esto huele que alimenta”. Mi tío no se privó de glosar: “Este chico es una joya”. La comida transcurrió con buena gana y frecuentes alabanzas a mi arte culinario, aunque me daba cuenta de que, en la atención a mi persona, había un punto de morbo que por el momento se mantenía latente.

Ya en los postres, con la animación a la que contribuyó la abundante libación de vino, mi tío me echó cariñosamente un brazo sobre los hombros y sacó el ‘tema’, para mi sonrojo. “¿Sabéis que aquí donde lo veis nos conocía mejor de lo que pensábamos?”. Los invitados mostraron su curiosidad y mi tío siguió. “Nos estuvo espiando desde la despensa que hay detrás del taller y no pilló con las manos en la masa”. “¿A nosotros tres?”, preguntó el de los tejanos. “Al completo”, se divertía mi tío, “Y no se perdió ni un detalle”. El rubio se dirigió a mí: “¿Qué te pareció?”. “Impresionante”, declaré, “Tres tíos tan buenos haciendo todo aquello…”. “Gracias por lo de buenos”, dijo el rubio, que le preguntó a mi tío: “¿Cómo lo hiciste confesar después de tanto tiempo?”. “Le tiré los tejos y vaya si cantó ¿verdad?”, mi tío me achuchó con cariño. “¡Bueno, ya está bien!”, solté sonriendo, “Fue un pecado de juventud”. “Pues no se te ve muy arrepentido”, bromeó el rubio. “Eso no”, aclaré.

Habíamos tomado el café y llegó el momento de las copas. Para ello abandonamos la mesa y mi tío no tardó en aprovechar para proponer a sus amigos: “¿Qué os parece si repetimos para mi sobrino lo que tanto le gustó hace años”. El rubio contestó enseguida: “¡Hombre, ya era hora! Pensaba que todo iba a quedar de boquilla”. Y el de los tejanos preguntó: “¿Pero él se va a quedar mirando?”. Mi tío rio mirándome. “Puede ser como lo de los tres mosqueteros, que en realidad fueron cuatro ¿verdad?”. Con esto mi tío parecía darme una simbólica entrada al club. Entonces, al quedarse los tres en pelotas, al complejo comparativo que no me había sacudido del todo lo fue solapando la lascivia que destilaban aquellos tres magníficos ejemplares con desvergonzada naturalidad. Además el sentirme como uno más inmerso en un deseo colectivo fue despejando todos mis miedos y, aunque de momento parecieron prescindir de mí, no dudé en seguir su ejemplo y desnudarme también.

Los dos amigos habían empezado a meterle mano con ganas a mi tío. Uno le echaba un brazo por los hombros y lo morreaba mientras le acariciaba las tetas. El otro le sobaba la polla para endurecérsela. Entonces mi tío se apartó levemente y me tendió una mano invitándome a incorporarme. Varios brazos se alzaron en refuerzo de mi tío y me dejé alcanzar. Quedé rodeado por aquellos tres robustos cuerpos que desprendían un sugestivo calor. Cerré los ojos y me dejé sobar por sus manos expertas que recorrían mi pecho y espalda, bajaban hasta palparme el culo y asirme la polla que se me había endurecido. Ya más activo, busqué con mi boca las suyas que se me iban uniendo y hurgaban con las lenguas. También mis manos iban tocando todo lo que alcanzaban y, cuando di con las erectas pollas, me fui escurriendo hacia abajo hasta quedar de rodillas. Chupaba alternándome mientras ellos por arriba se besaban y se trabajaban las tetas, Las palabras habían quedado sustituidas por murmullos de placer. Pero de pronto el rubio soltó: “¡Vamos a por él!”. Casi en volandas me llevaron a la mesa, que yo había dejado despejada después de la comida, y me tendieron en ella. Mientras una boca se apoderaba de mi polla, los otros acariciaban el vello de mi pecho y mi. Luego se pusieron a chuparme las tetas, con mordisquillos que acentuaban los escalofríos que me recorrían. Hubo cambios de posiciones, sin que yo distinguiera ya quién era cada cual.

No pretendían agotarme ni mucho menos y tampoco dejar de lado sus prácticas habituales. Así, el rubio acaparó a mi tío y se agachó para chupársela. Yo me había sentado en la mesa con las piernas colgando para recuperar el aliento. El rubio dejó de chupar y volcó el torso a mi lado ofreciéndole el culo a mi tío. Éste no dudó en clavarle la polla y ponerse a zumbar enérgicamente. Me dirigió una mirada cargada de picardía.
Pero el tercero aprovechó para buscarme la polla entre los muslos, comprobó que estaba bien tiesa y me hizo bajar de la mesa. Se colocó al lado del rubio en la misma posición y me pidió: “¡Fóllame también!”. Nunca había dado por el culo antes, pero el ejemplo de mi tío y la atracción de aquellas jugosas nalgas que me invitaban a entrar me decidieron a hacerlo. Me sorprendió la facilidad con que mi polla se clavó a tope y la cálida presión que sentía me embriagó. Me moví con soltura, estimulado por la pasión que mi tío, a mi lado, le ponía a su tarea. Traté de adaptarme a su ritmo, mientras los follados intercambiaban exclamaciones. “¡Oh, qué gusto!”, “¡Qué buena polla!”. Noté que no podría aguantar tanto como mi tío y me dejé ir con una corrida sobrecogedora. Pero aún no había acabado de sacudirme y mi tío resopló con fuerza agitando el cuerpo. Nos salimos casi a la vez y cruzamos unas miradas complacidas. Los otros dos levantaron los cuerpos de la mesa. “¡Uf, vaya follada!”, soltó el rubio. “Pues el sobrino la ha bordado”, comentó el mío. Me callé que era mi primera vez.

Nos dejamos caer los cuatro muy juntos en el sofá, todos necesitados de descanso, aunque éste iba a durar poco. Yo tenía a mi lado al rubio y el roce caliente de su vello dorado me avivó el deseo. Él, tras la enculada de mi tío, se manoseaba la polla para avivarla de nuevo. Me arrimé aún más y sustituí su mano por la mía al tiempo que llevé los labios a una de sus tetas. Se le endurecían el pezón con mi chupada y la polla con mis caricias. Me había rodeado con su brazo inmovilizándome para que siguiera así. Le mordisqueaba el pezón y él gemía, estirando las piernas para facilitar mi frotación de la polla. Cuando el cuerpo se le puso tenso, subió mi cara e introdujo la lengua en mi boca. La removía al ritmo de su creciente excitación, hasta que la leche fue desbordando mi mano. Deshicimos el abrazo y me dijo sonriente: “¡Me has dado el remate!”. Solo entonces me di cuenta que mi tío se la estaba chupando al que yo me había follado y que estaba sentado en el respaldo del sofá. Al levantarse el rubio para limpiarse la entrepierna y de paso darme una servilleta de papel para mi mano, mi tío me reclamó con un gesto. Nos pusimos a repartirnos la polla entre él y yo, con friegas y chupadas. El otro resoplaba y gemía con los cambios, hasta que me escogió a mí para sujetarme la cabeza con la polla en mi boca y vaciarse en ella. Pensé que aquella tarde había hecho un cursillo acelerado de lujuria.

Loa amigos se marcharon la mar de satisfechos, y seguro que no había sido solo por la comida. Mi tío estaba no menos encantado y me dijo: “¡Anda que te has puesto las botas, eh!”. Le repliqué: “He tenido un buen maestro… que por cierto tampoco ha estado quieto”. Él insistió en su pedagogía particular: “Ya has visto que aquello que hace años te pareció tan inaccesible lo has tenido ahora con toda naturalidad”. “MI tío mediante”, bromeé. “¡Déjate de puñetas!”, se exaltó, “Como los que te hemos metido a mano aquí, que por lo visto somos tu referencia en gustos, vas a encontrarlos a cientos ¡Espabila”. Se fue al baño y me dejó deseando que tuviera razón.

Ya no hubo ocasión de repetir el encuentro con los amigos de mi tío, porque su mujer regresó del viaje. Me agradeció que le hubiera hecho el favor de cuidar de su marido y, para que viera lo bien que había ido todo, me esmeré para ofrecerle una buena comida de bienvenida. MI tío volvió ser el que era de costumbre y yo me marché con el recuerdo de lo vivido con él. Mi estado de ánimo era mucho más sereno y optimista que al final de mi visita anterior.


miércoles, 4 de enero de 2017

El poder del hipnotismo


Una vez más se me ha ocurrido escribir una historia en la que doy el protagonismo a ese amigo imaginario –o no tanto– al que atribuyo las cualidades más extremas de hombre maduro, robusto, a gusto con su cuerpo y de una sexualidad desbordante. Ello me permite involucrarlo en aventuras rocambolescas, en las que a veces mi implico yo también… He aquí una muestra:

Cada año con más éxito se celebra un Salón Erótico. En las sucesivas ediciones había ido aumentando la variedad y libertad de las propuestas. Mi amigo y yo no nos las perdíamos, pero él ya fue fraguando la idea de tener una participación activa en eventos similares. No tardó en presentarse la ocasión cuando se anunció otro festival de teatro y variedades experimentales de amateurs, también de carácter erótico y, como no dejó de informarse, abierto a cualquier manifestación sexual y sin ningún tipo de censura. Sería el público que acudiera libremente a los espectáculos quien diera su veredicto.

Ahorraré todas las vueltas que le dimos al proyecto hasta plasmar lo que iba a constituir nuestra aportación, por supuesto a mayor gloria de las apetencias histriónicas y exhibicionistas de mi amigo. El festival estaba muy animado y, con una mezcla de curiosidad y morbo, atraía al más variado tipo de visitantes. Nosotros teníamos asignado un teatro-bombonera muy adecuado para presentar nuestro show. Éste, con el rimbombante título “EL HIPNOTIZADOR DE LA DESVERGÜENZA”, hizo pues su estreno…

Con la sala ya bastante llena de un público al que, más que fe en los poderes del hipnotismo, le interesaba hasta dónde podía llegar eso de la desvergüenza, aparecí en el pequeño escenario, en el papel de hipnotizador, para dar a conocer la efectividad de mis dotes. Severa y algo anticuadamente vestido, con barba y peluca postizas, expliqué que, con mis técnicas especiales, perfeccionadas a lo largo de años, podía lograr que cualquier persona obedeciera mis órdenes, por más contrarias que estas fueran a su sentido de la dignidad y de la moral.

Cuando informaba de que, tras unos instantes de concentración, iba a pedir la colaboración del público, un airado espectador me interrumpió (con muy pocos visos de espontaneidad). “¡Patrañas! Está científicamente probado que el hipnotismo no puede inducir actos que una persona lúcida rechazaría”. Aparenté calma y respondí: “Respeto su escéptico punto de vista, pero por ello mismo lo invitaría a que se prestara a someterse al experimento”. Decidido, mi amigo avanzó hacia el escenario y subió en plan retador. “Verá como fracasa conmigo”. El público aplaudió divertido y mi amigo no pudo resistir la tentación de saludar con una reverencia, que me pareció algo impropia. Iba impecablemente vestido de traje y corbata, lo cual, dada su envergadura corporal, le otorgaba un aspecto de ejecutivo agresivo impresionante. Le señale un sillón en que debía sentarse y me puse delante oscilando un péndulo. “Fije la mirada en él y pronto empezará a sentir sueño”, le indiqué. Él sonreía desafiante, pero poco a poco fue poniéndose serio. “Algo de sueño sí que me está entrando”, dijo. Pero le reprendí. “No hable y mantenga la concentración”. No tardó en cerrar los ojos. La cabeza la cayó hacia delante y su cuerpo se relajó. Entonces cogí una banda de seda negra y le tapé los ojos. Expliqué al público: “Ahora que está completamente dormido, conviene que en su mente no entre más influencia que la que le he insuflado”.

Tras unos instantes de suspense, di una fuerte palmada. Mi amigo levantó la cabeza. “¡Hola! ¿Dónde estoy?”. Respondí: “Estás aquí conmigo y vas a obedecer todas las órdenes que recibas”. “¡Sí!”, se limitó a declarar mi amigo. “Para empezar quiero que te quites los zapatos y los calcetines”. Se echó hacia delante y maniobró hasta quedar descalzo. Hubo risitas entre el público. “¡Levántate!”. Mi amigo se puso de pie y tanteó en el vacío, pero enseguida se quedó relajado. “¿Cómo te sientes?”, “Muy bien”. “Te está viendo mucha gente”. “Me gusta”. “La chaqueta y la corbata te están dando calor ¡Quítatelas!”. Así lo hizo y yo se las recogí para dejarlas en el sillón. “¿Cómo estás así?”. “Más fresco”. La blanca camisa, ya algo sudada, se amoldaba a las protuberancias de pecho y barriga.

En este momento avancé en el plan. “Ahora vas a recibir órdenes de las personas que te están mirando ¿Las obedecerás?”. “¡Sí!”. Me dirigí al público. “Pueden mandar lo que se les ocurra… No se corten”. Estábamos convencidos de que el contexto del festival sería propicio a lo deseado por mi amigo y que los asistentes explotarían al máximo la desvergüenza prometida. Pronto sonó una voz. “¡Que se quite la camisa!”. No hizo falta que yo trasmitiera la orden para que mi amigo empezara a desabrocharla y finalmente dejarla caer. Los comentarios, amparados por la penumbra del local y que también eran válvulas de escape de la tensión morbosa, se sucedieron, en voces mayoritariamente masculinas, pero sin faltar algunas femeninas: “¡Vaya tetas!”, “¡Barrigón!”, “¡Peludo!”, etc. Mi amigo permanecía impasible y le pregunté: “¿Oyes lo que te dicen? ¿Te molesta?”. “No, me gusta”, respondió. “¡Demuéstralo!”, le ordené. Empezó a acariciarse el pecho y la barriga, y hasta se pinzaba los pezones. Concluyó cruzando los dedos tras la nuca en actitud provocadora.

“¡Ahora los pantalones!”, se pidió. De inmediato se puso a soltar el cinturón y hube de prestarle un brazo de apoyo para que se los sacara sin accidentes. Habíamos escogido cuidadosamente los calzoncillos a llevar. Mi amigo habría optado por un tanga o similar bien atrevido pero, dado que pasaba por un señor espontáneo de conducta intachable, nos decidimos por un eslip blanco ordinario; eso sí, que le quedara muy ajustado. Se mostró pues ya solo con él y le dije: “Ponte que te vean bien”. Se acercó al borde del escenario y se plantó con las robustas piernas un poco separadas. “¡Buen paquete gasta el tío!”, soltó alguien. “¿Sabes a lo que se refiere?”, le pregunté. “Sí, lo que tengo aquí”, y se lo agarró. “¿No te está dando vergüenza que te vean en calzoncillos?”. “No me importa”.

Habíamos llegado a un momento álgido del espectáculo, que se tenía que rodear de la mayor expectación. Por eso me dirigí al público. “Han visto ustedes la obediencia ciega con que nuestro voluntario, pese a su escepticismo inicial, ha ido cumpliendo peticiones cada vez más comprometedoras. Él mismo no podrá creer hasta dónde ha llegado y es el momento de decidir si nos damos por satisfechos y lo despierto ahora, o bien seguimos adelante para comprobar que el poder de la sugestión no tiene límites… Ustedes tienen la última palabra”. Habría sido una decepción para mi amigo que el espectáculo hubiese acabado aquí. Pero enseguida surgieron voces: “¡Que siga!”, “¡Sí, que se despelote!”, “A ver si se empalma”. Pese a la rotundidad de las peticiones, aún advertí: “Así pues,  a partir de este momento el conocido ‘más difícil todavía’ puede llegar a acciones de lo más escabrosas. Por ello, invitaría a los que no se sientan con ánimos de soportarlas a que abandonen la sala. Nadie se movió, ni ahora ni más adelante. Ya me dirigí a mi amigo. “¿Sabes lo que te han pedido?”. “Sí, que me quite los calzoncillos”. “¿Lo quieres hacer?”. “¡Claro! No me importa”. Dicho y hecho, se los sacó por un pie detrás del otro y, para mayor inri, los sostuvo en una mano para que se los recogiera. Se puso firmes encarado al público. “¡Uf!”, “¡Vaya!”, “Lo ha hecho”, eran los comentarios comedidos en el silencio que se creó. Volví a preguntarle: “¿Sabes cómo estás ahora?”. “Sí, desnudo”. “¿Y qué te parece?”. “Me gusta”. Entonces le cogí una mano y la levanté para remedar un saludo al público.

Sonaron aplausos y unas voces más sueltas, como la femenina “¡Qué bien dotado está!”, u otras más bastas: “Si yo tuviera eso, también lo enseñaría”, “¡Que le veamos el culo!”. Esto último fue captado por mi amigo, al que le faltó tiempo para darse la vuelta y ponerlo en pompa. “¡Culo gordo!”. Pero me apresuré a poner coto a tanta espontaneidad por su parte, que hacía peligrar el guión. Volví a ponerlo de frente y derecho, para dirigirme de nuevo al respetable. “En este momento, en que todos han podido comprobar cómo se nos ha ido mostrando sin que el pudor  haga la menor sombra, la sugestión opera con tanta intensidad que, sin que se despierte, voy a arriesgarme a devolverle la visión”.

Quité la banda que tapaba los ojos de mi amigo, que primero parpadeó cegado por la súbita luminosidad y luego miró alrededor con sensación de desorientación. “¿Me conoces?”, le pregunté. “No”. “¿Y tú cómo te ves?”. Miró hacia abajo. “Desnudo”. “¿Te gusta?”. “Sí”. “¿Al frente qué ves?”. “Creo que mucha gente a oscuras”. “Ellos te ven muy bien”. “Lo sé. Estoy delante de ellos”. “¿Qué efecto te hace que te vean desnudo?”. “Me excita”. Puse cara de asombro. “¿Qué quieres decir?”. “Que me estoy empalmando”. En efecto, la polla de mi amigo se endurecía de forma manifiesta.  Aún volví a preguntar: “¿Y eso te gusta?”. “Mucho”. Me dirigí de nuevo al público. “Les puedo asegurar que es la primera vez que me pasa, en que la inducción de conductas exhibicionistas llegue a ser vivida tan placenteramente por el hipnotizado… Lo cual dice mucho del subconsciente de este señor”. “¡Vaya pollón que se te ha puesto!”, “A ver si te la vas a menear”, le lanzaba el público. Porque, mientras yo hablaba, mi amigo había empezado a tocarse descaradamente la polla.

Pero el guión preveía, para antes de esta autosatisfacción, algo que, aun habiéndome resignado a ello, no dejaba de preocuparme, ya que corría el riesgo de implicarme directamente. Por ello le mandé que se detuviera, cosa que obedeció al instante y que no dejó de levantar alguna protesta, que traté de calmar. “Todo a su tiempo, señores… Pues antes de dejar que se desfogue y mengüe la desinhibición sexual que está mostrando, nos va a interesar averiguar si ésta se circunscribe a su propia persona o bien es proyectable hacia otros”. Se creó una tensa espera mientras miraba seriamente a mi amigo. “¿Ese placer que deseas obtener se lo darías igualmente a otra persona?”. “Si me lo pide…”. “Vamos a ver ¿Le harías una felación?”. Aquí mi amigo puso cara de duda. “¿Eso qué es?”. “Si le chuparías el pene a otro hombre”. “¡Ah, eso! Si él quiere…”. “¿Recuerdas haberlo hecho antes?”. “No, nunca”.

Habíamos quedado, muy a mi pesar, en que, para que no decayera el espectáculo, si no lograba levantar a un voluntario, sería yo mismo quien me la dejaría mamar en público. Por eso traté de poner la voz más serena y firme que pude al lanzar al público. “Ya ven a qué extremos llega la disponibilidad de nuestro amigo. Creo que todos agradeceríamos que alguno de ustedes, venciendo el natural pudor, se ofreciera para experimento tan singular”. Se me hizo eterno el tenso silencio de la sala, pero respiré aliviado cuando alguien dijo: “Si él no se entera de lo que está haciendo, no me importa subir a que me la chupe”. Vino al escenario un tipo de aspecto brutote, arropado por aplausos entusiastas. Ufano del protagonismo adquirido, quiso justificarse ante el público. “Total, una chorra más al aire no va a asustar nadie”. Nos miró a mi amigo y a mí. “¿Cómo lo hacemos?”. “Déjeme que controle esta situación tan delicada”, le dije. Y luego a mi amigo: “Este señor quiere que le chupes el pene”. “Sí, pero como está vestido no se lo veo”. “Entonces lo vas a desnudar tú”. Esto le pilló por sorpresa al hombre, que probablemente solo pensaba abrirse él mismo la bragueta y sacarse la polla. Pero no se atrevió a poner objeciones en público. MI amigo se fue a él y muy serio, sin mirarle a la cara, empezó por sacarle por la cabeza el polo que llevaba. El hombre tenía un torso robusto y velludo. A continuación, soltó el cinturón y bajó la cremallera de los pantalones, que cayeron seguidos de los calzoncillos. El hombre algo cortado se quedó así en cueros y le pregunté a mi amigo: “¿Qué te parece ahora?”. “Me gusta y quiero chuparle el pene”. Pero se quedó quieto con la mirada fija en la frondosa entrepierna del hombre. Éste se impacientó. “¿Me la chupas de una puta vez o qué?”. “No está empalmado como yo”, dijo impasible mi amigo. “Tú ve tocando que ya crecerá”, le mandó el hombre. Mi amigo se agachó y se puso a sobar la polla y los huevos. “¿Qué, te gusta?”, le preguntó el hombre que empezaba a calentarse. “Sí, mucho. Ya está más dura”. “Pues chúpala ya”. Mi amigo se arrodilló para mayor comodidad y, de un sorbetón, se metió entera la polla en la boca. Agarrado a los muslos mamó con constancia. “¡Jo, qué boca tienes! ¡Sigue, sigue!”, exclamaba el hombre, que había puesto los brazos en jarra. “Ya me viene ¿Te la vas a tragar?”. Mi amigo no se inmutó, en tácita aceptación. El cuerpo del hombre tembló y al poco apartó la polla de la boca de mi amigo. “¡Uf, qué a gusto me he quedado!”. El hombre saludó a los que aplaudían y ovacionaban, se subió los pantalones y, con el polo en la mano, bajó corriendo del escenario.

Mi amigo, ya de pie, mostraba una expresión satisfecha. “¿Te ha gustado?”. “Sí, mucho”. Pero empezó a tocarse la polla que volvía a estar dura. “¿Te ha excitado?”. “Mucho”. “¿Tienes ganas de correrte ahora?”. “Muchas”. “¿Lo harías aquí mismo delante de la gente?”. “¡Claro!”. “¡Hazte una paja ya!”, intervino un impaciente. Mi amigo acogió rápidamente la orden y se puso a meneársela cara al público. No tardó en empezar a soltar chorros de leche y el público no ahorró aplausos. “¿Te has quedado a gusto?”. “¡Sí, sí”, reconoció sacudiéndose la polla todavía.

Lo grueso del espectáculo había llegado a su fin con bastante éxito. Pero aún quedaba rematar adecuadamente la pantomima. Por eso hablé a la concurrencia. “No olvidemos que nuestro amigo ha hecho todo lo que hemos presenciado sumido en un profundo sueño que, para él, ha sido solo de unos segundos. Si tienen un poco de paciencia, podremos conocer el final de este experimento”. Aunque algunos se marcharon ya, la mayoría permaneció en sus asientos. Ordené a mi amigo: “Ahora vístete tal como subiste aquí”. Se vistió y calzó lo más rápido posible para no aburrir al personal, pero cuidando de que todo le quedara perfectamente colocado. Solo dejó de ponerse la corbata. Le dije que se sentara relajado en el sillón y cerrara los ojos. Pedí atención al público y palmeé las manos con energía al tiempo que ordenaba “¡Despierta!”. Mi amigo abrió los ojos y se mostró desconcertado. “Parece que he dado una cabezada… ¿Este era el sueño profundo en que decía que iba a caer?”, dijo con sorna. Repliqué contrito: “Bueno, ha sido solo unos segundos”. “¡Vaya tontería! Lo que yo decía…”. Se tocó el cuello. “Por cierto ¿Qué ha sido de mi corbata?”. Se la entregué con gesto humilde. “Es lo único que he conseguido que se quitara”. Giré la cara para lanzar un guiño al público, que estalló en aplausos riendo. Mi amigo puso cara de no entender nada, bajó airado del escenario y se perdió por el pasillo.

Desde luego parecía que la gente se lo había pasado en grande. Y no precisamente porque hubiera colado el truco del hipnotismo que, debíamos reconocer, era bastante chapucero. Pero que un hombre como mi amigo, maduro y robusto, hiciera todo aquello en un escenario con tanta desvergüenza no se veía todos los días. Por eso, aunque el espectáculo se daba por acabado y parte de los asistentes habían salido ya, un grupo nada pequeño se quedó y persistía en los aplausos. No cabía duda de que reclamaban la presencia de mi amigo para tributarle el merecido reconocimiento. Les hice gestos de que había captado el mensaje y fui corriendo en su busca. Estaba en el camerino donde nos habíamos preparado. Sofocado y sudoroso, lo primero que había hecho era desprenderse del estirado traje. Así que lo encontré ya despelotado de nuevo. “¿No oyes cómo te reclaman?”, le dije. “Entonces debería salir ¿no crees?”,  contestó henchido de satisfacción. “No deberías haberte cambiado tan rápido”, objeté. “¿Tú crees que me quieren vestido?”, replicó burlón. “¡Tú mismo! Pero al menos ponte esto de momento”. Consideré que al menos había que mantener una cierta teatralidad y le entregué una vistosa capa roja de prestidigitador que encontré colgada en el camerino. Así, con la capa precariamente cruzada, volvimos al escenario. Hubo entusiasmo en el grupo, algo más reducido, y mi amigo primero hizo una reverencia, pero enseguida abrió la capa con las puntas en alto. Le gritaron como a una estrella de rock y observé con cierta prevención la expresión de júbilo de mi amigo, que podía llevarle a montar un nuevo y desaforado espectáculo. Revoleó la capa con un pase torero y exhibió su desfachatada desnudez. “Parece que ya no va a hacer falta que me duerman”, dijo provocando risas nerviosas. Pero también me pidió: “¿Puedes ir a cerrar la puerta de la sala, para que solo quedemos los buenos?”. ¡Lo que estaría dispuesto a hacer en su fiesta privada…!