martes, 18 de noviembre de 2014

Los profesores van de congreso


Julio, el protagonista del relato “Un profesor cum laude”, siguió recibiendo esporádicamente al director del Departamento en su angosta buhardilla, pero, por obligada discreción, no se habían repetido las noches completas. Sin embargo les surgió una oportunidad que no dejaron de aprovechar. Porque el director había sido invitado a un congreso en Munich y, al tratarse una materia en la que Julio había colaborado estrechamente, no resultó nada forzado que lo acompañara. Así que ambos formalizaron encantados la inscripción y las reservas.

En principio les habían asignado habitaciones individuales en el hotel y, aunque por supuesto solo pensaban utilizar una, no dejaba de ser un engorro, al estar rodeados de congresistas. Sin embargo, al llegar, pareció que en el hotel se había dado un cierto problema de overbooking, que los empleados estaban tratando de solucionar. Una de las habitaciones asignadas a ellos estaba ya ocupada y entonces el director, mostrándose conciliador, manifestó que no tenía inconveniente en compartir habitación con el profesor acompañante. Otra cuestión era que la habitación solo disponía de una cama grande, lo cual evidentemente no disgustaba a la pareja, pero aceptaron la oferta de añadir otra cama individual, que estaría instalada en cuanto volvieran de la sesión inaugural. Así solo tendrían que acordarse de dejar arrugada la ropa de la cama pequeña cada mañana…

Esa primera noche estaban deseando que acabara la cena ofrecida por la organización del congreso para disfrutar de su intimidad. Por primera vez dispondrían de un gran lecho para retozar a gusto, en una habitación por lo demás bastante lujosa y con un magnífico baño, lo que no dejaba de añadir encanto. Ello influyó en que, nada más entrar, se besaran apasionadamente, como si fuera la noche de bodas. Ansiaban entregarse uno a otro y se desnudaron mirándose mutuamente pues, aunque ya conocían bien sus cuerpos, este proceso les excitaba. Al fin se revolcaron en la gran cama que, con sus suaves sábanas y mullidos almohadones, representaba para ellos una deliciosa novedad. Sus erecciones estaban al completo, enredados en un amasijo de manoseos y chupadas. Ni siquiera hubo de pedírselo el director para que Julio lo montara con decisión. “¡Así me gusta! ¡Bien adentro!”, lo estimuló aquél. Julio folló con un ardor que las excepcionales circunstancias extremaban. “¡Qué fiera! ¡Qué bien te ha sentado el cambio de aires”, murmuraba el director entregado. La corrida de Julio fue explosiva y, a continuación, se dejó caer agotado sobre la cama buscando las caricias del director. Pero éste se irguió con las rodillas a los lados de la cabeza de Julio. “¡Qué caliente me has llegado a poner, golfo! ¡No me aguanto más!”. Se masturbó frenético y llegó a rociar la cara y el pecho de Julio, que se relamió vicioso. Ya abrazados de nuevo y agotados por los trajines del día, se deslizaron en un dulce sopor… Aún había más noches por delante.

En las sesiones del congreso, el director se encontró con un colega al que abrazó afectuosamente y quiso presentárselo a Julio. Era de edad y aspecto muy similares a los del director, que se deshizo en alabanzas. “Este es Fritz, un gran amigo, que me acogió y ayudó mucho cuando vine a hacer estudios aquí siendo como tú. Me abrió los ojos sobre muchas cosas…”. Esto último lo dijo con un tono que no dejó de llamar la atención de Julio, y más cuando Fritz comentó: “Esta vez te has traído muy buena compañía…”.

Estando ya solos, el director contó con más detalle su relación con Fritz. “La verdad es que él hizo que me empezaran a gustar los hombres y hasta fue el primero que me penetró”. Julio recibió la confidencia con cierta ironía: “Como los dos os pareceríais a mí ahora…”. “Ya ves, mismos gustos en distintas épocas…”, celebró el director la perspicacia de Julio, “Y ahora él te puede gustar también”. Pero el director expuso además su plan: “Mañana, después de la cena del congreso, podíamos invitarlo a tomar una copa y recordar viejos tiempos ¿No te parece?”. Julio, que no llegó a captar el alcance que podía tener lo de “recordar viejos tiempos”, expresó su conformidad.

Desde luego Fritz aceptó encantado y los acompañó al hotel cuando quedaron libres de compromisos. Aunque el hotel disponía de un bar amplio y acogedor, tanto el director como su amigo dieron por supuesto que la reunión sería más íntima en la habitación. Todo muy normal para Julio en este encuentro de viejos camaradas y en el que él suponía que debería mantenerse en un segundo plano. Sin embargo, el hecho de que compartieran habitación, y pese a la arrumbada a todas luces cama supletoria, ya daba pie a Fritz para confirmar lo que había entre ellos, más allá de la relación académica. Nada de particular tuvo que el director propusiera en primer lugar que se pusieran cómodos, sin las chaquetas y corbatas de rigor. El minibar les surtió de bebidas, que se añadían a las ya tomadas durante la cena. Julio se dio cuenta pronto de que, mientras los dos amigos hablaban, Fritz no le quitaba ojo. Además la conversación se fue introduciendo en derroteros cada vez más desenfadados, desde el momento en que el director hizo saber a Fritz que ya había  puesto al día a Julio de su aventura con él. “¡Cómo me rondaste hasta que te entregué mi virginidad!”, recordaba. “Si es que tú no me quitabas ojo”, replicaba Fritz. “Pues desde entonces me ha quedado el vicio”, confesaba el director con malicia. “Así que ese es el trabajo que le darás a tu colaborador”, dio por hecho Fritz. Julio se ruborizó ante aquella alusión. Pero eso era solo el primer paso de los aprietos en que se iba a ver envuelto. “Yo diría que Julio se parece a ti cuando eras más joven”, dijo el director. “Estaba pensando lo mismo de él y de ti”, contestó Fritz. A Julio le vinieron resonancias del truco que ya había usado el director para seducirlo. Se le ocurrió meter baza. “Vosotros seguís pareciéndoos ahora”. “¿Quieres decir que somos intercambiables?”, bromeó Fritz. Julio casi deseó haberse tragado la lengua, pero aún le desconcertó más oír al director. “Podríamos hacer mejor las comparaciones si nos quitamos las ropa ¿no os parece?”. “¡Magnífica idea!”, respondió Fritz que ya contaba con ello. Julio comprendió que estaba incluido en la pregunta, pero solo dijo: “No sé yo…”. Porque lo de un tercero metido en faena no encajaba en su restringida experiencia. Aunque no iban a perder el tiempo en darle explicaciones y los dos profesores empezaron ya a quitarse camisas y pantalones. Como Julio no se decidía, Fritz lo instó. “A ver si es que necesitas ayuda”. Con lo cual se apresuró a ponerse a la altura de los otros dos.

Julio se turbó enormemente al ver el conjunto que formaban los dos seniors. Fritz lucía tan carnoso y velludo como el director, aunque más rubicundo, y la novedad le añadía un componente de voluptuosidad. A su vez, la escrutadora mirada en que aquél lo envolvía le hacía sentirse más desnudo de lo que ya estaba. El director los sacó del impase. “¿Nos vamos a quedar todos mirándonos como pasmarotes?”. Entonces le pasó un brazo por los hombros a Julio y así arrimados provocó a Fritz. “¿Qué, hacemos buena pareja?”. Fritz sonrió y se les acercó. “Supongo que se podrá tocar ¿no?”. Con ambas manos les acarició las pollas. A Julio le produjo un excitante sofoco este sobeo de un ajeno a la pareja en la que habían mantenido hasta entonces su intimidad. Pero notó en su hombro la presión de la mano del director que lo incitaba a corresponder. Alargó una mano y tomó la polla de Fritz, cuyo calor y tensión lo sobrecogió. El director lo soltó y se lanzó ansioso a chupar una teta de Fritz. Éste se retorció por el gusto que le producía el doble acometimiento y los retó. “Así que vais los dos a por mí ¿eh?”. Retrocedió hasta echarse hacia atrás sobre la cama exhibiendo su polla ya erecta. No se lo pensó dos veces el director para ponerse a chuparla con fruición. Pero además agarró por un brazo a Julio para que se sumara a la mamada. Así entre los dos se la repartían, lamiéndola a la vez o pasándola de una boca a otra. Fritz gemía de placer mientras se tocaba y estrujaba las tetas. Prefirió tascar el freno y estiró de los dos que se pusieron a su altura a cada lado. Las chupadas y mordiscos a los endurecidos pezones que le daban lo volvían loco. Julio entonces vio con sorpresa, y no sin cierta desazón, que el director se arrastraba sobre la cama poniéndose bocabajo. Porque estaba incitando lúbricamente a Fritz para que usara la polla que tan dura le acababan de dejar. Mientras éste se colocaba entre las piernas del director y las separaba para tener más accesible el culo que se disponía a penetrar, el director se dio cuenta de que ver cómo se lo follaban, por muy viejo amigo que fuera Fritz, iba a impresionar a Julio, que se había apartado algo confuso. “Tú ven aquí a mi lado y no tengas suspicacias, que hay confianza entre nosotros”. Fritz entonces tuvo un detalle de cortesía para con Julio. “¿Querrías hacérselo tú primero?”. “¡No, no, faltaría más!”, correspondió Julio avergonzado. El director medió, con el culo ya ansioso. “Él me la meterá después, que la tiene más gorda”. Lo dijo con un tono que, por una parte alagara a Julio, y por otra Fritz lo tomara como broma sin ánimo de comparar.

Al fin pudo Fritz clavarse con toda precisión en el ojete del director. Julio, ya más adaptado, no se perdía ni un detalle de la operación, arrodillado junto a ellos. Oyó decir al director: “¡Uy, sí, cómo la reconozco!”. Fritz, vibrante de excitación, empezó a darle tales embestidas que el follado exclamó: “¡Tan bestia como entonces…! ¡Pero qué rico!”. Entonces Fritz, tal vez para retardar la corrida introduciendo una variante, echó mano de la polla de Julio que se había puesto la mar de cachondo. Éste se sobresaltó por lo inesperado, pero agradeció la caricia. Fritz ya se concentró en lo que cada vez iba siendo más incontrolable, pero no se privó de alardear. “Todavía soy capaz de dejarte bien lleno”. “¡Eso, eso!”, remugaba el director exaltado. Fritz no tardó en llegar pronto al culmen, con fuertes sacudidas durante la descarga. Julio los contemplaba atónito y sobándose la polla mecánicamente. Fritz se dejó caer al lado del director, que empezó a enderezarse. “Igualito que en los viejos tiempos”, comentó. Y Julio entendió mejor ahora a lo que se refirió el director cuando le habló de recordar los viejos tiempos.

Fritz pareció recuperarse pronto y pudo seguir dando suelta a su concupiscencia. “Ahora os las voy a chupar a los dos, que esta ocasión no se presenta todos los días”. Se dirigió a Julio. “Empezaré por ti, pobre, que aún no te has comido una rosca… Con el permiso de tu jefe”. El aludido emitió unas risitas. “Anda, tiéndete, que verás lo bien que te trato”. Julio así lo hizo, deseoso de saciar su excitación. Fritz pudo entonces ocuparse a placer de cuerpo tan apetitoso. “Deja que juegue con estas tetas tan ricas”, y las amasaba y chupaba provocando estremecimientos a Julio, cuya polla oscilaba erguida entre sus muslos. Bajó resbalando la lengua hasta llegar al bajo vientre. Pero primero acarició la polla, de cuya punta brotaba juguillo incoloro. La succión que Fritz le dio hizo saltar a Julio, con un gemido placentero. A estas alturas al director le entró la premura con que solía reaccionar a una buena follada. Se la meneaba impaciente y todavía se calentaba más viendo la mamada entre Fritz y Julio. Se corrió sobre la espalda del primero, quien no pudo reaccionar porque estaba en el punto crítico de sacarle la leche a Julio. Cuando éste se vació con intensos temblores, ya pudo increparlo Fritz. “¡Serás cochino! ¿No te podías esperar?”. Pero se apresuró a dar una chupada a la polla goteante del director. “Al menos me das los restos”. Julio, encantado con el trato recibido, se mantuvo al margen del juego entre los dos amigos.

Como tuvieron un fin de semana libre, quisieron disfrutar de la encantadora ciudad, que el director ya conocía, pero no Julio, recorriendo monumentos, museos y restaurantes. Pero se les añadió un guía, Fritz, que les animó a que no se perdieran la vida nocturna. Él los llevaría a un club privado que no los iba a decepcionar. Para acceder al local, con una sólida puerta, había que llamar a un timbre y Fritz se identificó a través de una rejilla. Los recibió un hombre grandote, tipo oso, con tan solo un exiguo suspensorio. La primera sorpresa, en particular para Julio, fue que los hicieran acceder a una especie de vestuario con armaritos donde debían guardar toda su ropa. Las normas de la casa permitían, como máximo, conservar los calzoncillos. Ya se veían algunos tipos fornidos enseñando el culo. El director y Fritz optaron sin más por el desnudo integral, mientras que Julio prefirió no quitarse el eslip. Lo malo para él fue que, como era blanco, al acceder a la sala, la tamizada iluminación daba a su prenda una fluorescencia azulada; lo que lo hacía destacarse más.

Fritz hizo de guía en una primera inspección de conjunto. Tuvieron que adaptar la visión para apreciar la ya nutrida concurrencia que pululaba de un lado para otro. La mayoría de los tíos iban la mar de felices en pelotas y abundaban los gordos de distintos niveles de madurez, para satisfacción de los recién llegados. Hacia un lado había una barra de bar, donde, en taburetes o de pie, lucían bastantes buenos ejemplares. Al lado, una pequeña pista de baile y una tarima, en la que un aficionado al karaoke remedaba con voz atiplada I will survive. Lo más llamativo era que se trataba de un gordo peludo en puras pelotas que, en su dramática actuación, agitaba toda su anatomía. Algunas parejas bailaban restregándose a base de bien. Pero lo más fuerte era la zona de desmadre, no demasiado recoleta, con que se toparon. En dependencias sin puertas, gracias a una iluminación tenue pero suficiente, pudieron observar variados y desinhibidos intercambios sexuales. Más espectacular aún era una sala equipada con varios instrumentos de bondage. Vieron en un sling a un gordo despatarrado, al que un oso arrodillado le comía el culo y la polla, mientras otros dos, de pie a los lados, jugaban con sus tetas. Visto lo visto Fritz sugirió: “Por falta de marcha no os podéis quejar… Vamos primero al bar para coger fuerzas y después… ¡a desmadrarse el que quiera!”.

La barra estaba bastante repleta, atendida por un gordote en excitante tanga. Para buscar un hueco y alcanzar el pedido, tenían casi que restregarse con los cuerpos desnudos que hacían de barrera, que por lo demás no se privaban de meter mano entretanto. El director y Fritz se dejaban tocar y tocaban a su vez divertidos. Julio no se quiso quedar atrás y acabó con el eslip por las rodillas. El ambiente se iba caldeando y ya el sexo más o menos explícito no se limitaba a la zona más discreta, mientras el gordo del karaoke seguía cantando, ahora Over the rainbow bastante distorsionada. Por lo visto, el romanticismo de la canción le había provocado una erección, que se tocaba de vez en cuando, para regocijo de algunos admiradores. “¡Qué cosas!”, se decía Julio…

Fritz y el director estaban ya dispuestos a buscar cosas más fuertes. Julio por su parte decidió prescindir de los calzoncillos pues, dadas las circunstancias, iba a quedar más discreto sin ellos y, como era muy cuidadoso, llevarlos al armarito para guardarlos. Aparte de que así se tomaba un respiro, por el miedo que le daba el aventurerismo al que parecían querer lanzarse los otros dos. Así que les dijo: “Id vosotros, que luego os busco”. Al dejar el vestuario, se entretuvo observando el ajetreo en torno al bar, que le parecía menos peligroso que la zona donde estarían los profesores. Hubo de reconocer que el cantante, que ahora se tomaba un descanso despanzurrado en una butaca, tenía una buena metida de mano, que si él se hubiese atrevido, tal vez no rechazaría, dada la relajación imperante. De todos modos no consideró correcto desentenderse de sus acompañantes y, armándose de valor, fue a buscarlos.

No le costó demasiado a Julio vislumbrar al director encajado en un sling con las piernas por alto. Pero lo que más le impactó fue que ya un tiarrón de pinta fiera se lo estaba follando y dándole un enérgico balanceo. Para colmo, aunque intentó pasar desapercibido, el director lo vio y le hizo una seña para que se acercara. Julio tuvo el impulso de no hacerle caso, porque le estaba entrando un cabreo por la actitud disipada de su amante. Pase que se lo hubiera cepillado su antiguo amigo, pero esto… Aunque reconociendo su pusilanimidad, se dijo que era una más de las cosas inesperadas con que se estaba encontrando en este viaje. Así que se aproximó y el director, en uno de sus balanceos y con sonrisa beatífica, pretendió justificarse. “¡Un día es un día y este chisme es fabuloso para follar! Luego me lo haces tú…”. Julio pensó: “Estás listo si pretendes que te la meta con todo lo que ese te va a echar ahí dentro”. Pero se limitó a decir: “¡Sigue, sigue!”.  Y se fue a buscar por dónde andaría Fritz.

A Julio le llamó la atención un tipo parecido de cuerpo al cantante, aunque encapuchado, que colgaba del techo con brazos y pies en aspa. Los primeros, sujetos a unas argollas por las muñecas, y los segundos, que apenas podían posarse en el suelo, separados por una barra. Y detrás de él apareció Fritz dándole azotes en el culo con una especie de raqueta. Acogió a Julio con toda naturalidad. “Éste quiere que le caliente el culo antes de que me lo folle”. Cada vez que golpeaba, al azotado se le ponía cara de gusto y la polla bien tiesa se le agitaba. Julio creía que ya no le quedaba capacidad de asombro, pero a la vez el desenfado lujurioso de que hacían gala sus superiores en teoría estaba horadando  su buenismo. La visión de aquel tío, que tanto le recordaba al cantante, le dio una subida de excitación que le llevó a pedir a Fritz: “¿Me lo cedes?”. “¡Todo tuyo! Luego me lo cepillaré yo también”, y Fritz le ofreció la raqueta. Pero Julio la rechazó para concentrarse en el culo que mostraba su enrojecimiento entre el vello. Se restregó contra él y la erección fue automática. Agarró con firmeza el gordo cuerpo para que no se balanceara y le clavó la polla descargando todo la tensión que había acumulado. Bombeaba frenético y alargó una mano hacia delante para alcanzar la polla dura del otro. Lo pajeaba al tiempo que lo zumbaba y, cuando le vino la corrida, la mano se le llenó de leche. Fritz, que entretanto había estado observando y estimulándose, comento: “¡Joder, te has superado a ti mismo! ¡Cómo lo has dejado…! Tendré que buscarme a otro”. Julio tuvo un ramalazo de ironía. “A lo mejor encuentras a tu amigo con el culo libre”. Aún consideró tener un detalle con el colgado y le preguntó: “¿Quieres que te suelte?”. El otro contestó con un desmayado “¡Sí!”.

Julio ya no se preocupó de lo que los otros pudieran estar haciendo. Hubo de reconocer que él mismo había echado por tierra sus prejuicios. Se acercó a la barra y hasta disfrutó del calor de los cuerpos que lo asediaban. A lo lejos vio al cantante que ahora se la chupaba a un hombre mayor. “Lo que se han perdido mis acompañantes”, se dijo Julio con sarcasmo. Ellos al fin aparecieron muy risueños, pero con aspecto de cansados. A saber cómo habían acabado la juerga ¿Se habría vuelto a follar Fritz al director? Decidieron que era hora de marchar. Se vistieron y Fritz los despidió en la puerta. Volvieron al hotel dando un paseo para respirar aire puro. Fue la primera noche en Munich en que no hubo sexo entre ellos, aunque sí durmieron abrazados en una expiatoria unión.

martes, 11 de noviembre de 2014

Bar de carretera


Conducía por una carretera secundaria y salí hacia una gasolinera para repostar. Pensé en tomar algo y, antes de reemprender la marcha, dejar aliviada la vejiga. Entré en el desangelado bar anexo y en una bandeja deposité mi pedido. Tenía mesas para elegir y me puse en una cerca de las ventanas. No fue deliberado pero me alegré de la elección porque, a cierta distancia, se sentaba un hombre solo que inmediatamente atrajo mi atención. De una gran robustez, los tejanos apretaban los gruesos muslos. Completaba su vestuario una camiseta que contorneaba la barriga y las pronunciadas tetas, hasta marcando los pezones. Llevaba las mangas cortas enrolladas sobre los hombros, mostrando los anchos y velludos brazos. Su rostro, de barba recia mal afeitada y enmarcado por un cabello espeso y corto, parecía con la mirada perdida. Haraganeaba pese a haber acabado su consumición y llegó a parecerme que se daba cuenta de que lo observaba. Pero estas situaciones suelen quedar ahí y solo dejan el recuerdo posterior. Ni me atrevía a abordarlo con cualquier pregunta tonta ni me podía eternizar en su contemplación. Así que me levanté y me dirigí a los servicios.

Acababa de orinar y me disponía a lavarme las manos, cuando me llevé la sorpresa de que entraba el hombre. Por el espejo vi que se metía en uno de los retretes. Pensé que o bien iría a hacer aguas mayores, o bien era un gesto de pudibundez. Sin embargo solo dejó la puerta entornada, y ésta era de las desequilibradas que tienden a volver a abrirse. El caso es que el hombre, para mayor comodidad de la meada, se había echado abajo el pantalón y hasta los calzoncillos. Así que me vino un sofoco con la exhibición de los recios muslos y buena parte del culo. Alargué el lavatorio y él tampoco parecía tener prisa, sin afectarle la indiscreción de la puerta. Al fin, tras unas sacudidas ostentosas, se recompuso la ropa. Vino hacia donde yo estaba y le cedí el lavabo para poner en marcha el secador de manos. Entre el ruido del aparato casi no entendí la primera frase que pronunció con voz cavernosa. “¿Te he gustado, verdad?”. Me quedé parado, pero continuó. “¿Querrías chupármela?”. No me sonaba a burla, pues me miraba muy serio, y su oferta se me convirtió en un deseo irrefrenable. Lo que me daba cierta aprensión era tener que meternos en uno de los retretes, pero él arreglo eso. Ante mi silencio desconcertado añadió: “Vamos afuera. Hay un rincón donde lo podremos hacer”.

Una puerta daba directamente a la parte trasera y me llevó a un hueco muy discreto. Trasegó con cinturón y cremallera, y forzó el deslizamiento de los pantalones por sus velludos muslos para que le quedaran debajo de las rodillas. Se subió la camiseta por encima de las tetas y la mantuvo sujeta con las manos, con actitud de provocación. Y lo conseguía, porque aquellas tetas peludas cargando sobre la barriga me volvían loco. Pero más abajo el eslip oscuro contenía un abultado paquete que quedó a mi disposición. Con manos temblorosas se los bajé. En la espesura del pubis, unos rotundos huevos daban apoyo a la verga ancha y a medio desplegar. Caí de rodillas y, agarrado a los muslos, la sorbí y sentí su agrio sabor, haciendo emerger el capullo con la lengua. “¡Poco a poco, eh! Que quiero que dure”, avisó ante mi vehemencia. Atemperé mis ardores a duras penas al notar cómo la polla se iba endureciendo, hasta llegar a propiciar un deslizamiento fluido de labios y lengua, entrándomela hasta el fondo del paladar o bien ciñendo el capullo. Empezó a resoplar y apoyó la espalda en la pared. “¡Tío, qué bueno!”, “¡Sigue así!”, iba exclamando. Pero también me avisó. “Que no se te ocurra sacártela cuando empiece a correrme”. Negué con la cabeza aunque, para asegurarse, me la sujetó con las dos manos. “¡Dale, dale, que ya me viene!”. Aún tardó un poco y por fin, con temblores del cuerpo y bufidos contenidos, me fue llenando la boca en varias descargas. Tragué todo lo que pude, pero también me rebosaba leche y se escurría por la barbilla. Una vez separados, tuve que limpiármela con un pañuelo. Entumecido me puse de pie y él todavía seguía medio traspuesto, con la polla en retracción. “¡Qué gusto me has dado, joder, con la falta que me hacía!”. No tenía por qué darme las gracias…
Creí que aquí se acababa la aventura, aunque mi calentura seguía punzante. Pero él pareció que se quedaba reflexionando. Me sorprendió con una pregunta directa. “¿A ti se te pone bien dura?”. No dudé en responder: “¡Cómo no se me va a poner con un tío tan bueno como tú!”. Pensó de nuevo unos instantes. “Es que me gustaría que me follaras… Yo no suelo dar por culo porque la tengo demasiado gorda y entro mal; prefiero una boca. Pero que me metan una buena polla me chifla… En la cabina del camión me lo podrías hacer”. El ofrecimiento no podía ser más tentador, pero aún pregunté: “¿No estarás un poco desganado después de la corrida que te acabas de pegar?”. “¡Qué va, mejor! Así me concentro en el gusto del culo y tengo tranquilo lo de delante”. El argumento era concluyente y, por si me quedaban dudas, antes de subirse los pantalones se giró. “¿No te gusta?”. Dejó que acariciara la oronda y peluda superficie y luego añadió: “¡Anda, vamos!”.

Lo que más me estaba excitando de este hombre, aparte de su cuerpo soberbio en todo los sentidos, era que, pese a su aparente tosquedad inicial, iba mostrando una actitud alejada del aquí te pillo y aquí te mato. Apreciaba en él el gusto de sentirse deseado y de fomentar ese deseo. Como pude confirmar en la forma en que pasamos a mayores intimidades cuando me llevó a su camión, que era un tráiler bastante grande, con una cabina muy amplia. Detrás de los asientos delanteros había un espacio que incluía una cama al fondo. El hombre dijo al mostrármela: “Para mí esto es como una habitación de hotel”. Echó el seguro de las puertas y corrió las cortinillas. Como el sol ya estaba bajo, se filtraba una luz dorada. Consciente de su potencial erótico, quiso asegurarse de que yo estuviera al máximo de excitación. “Si me desnudo del todo te pondrás más cachondo ¿a que sí?”. “¡Cómo te digo!”, respondí dudando de que pudiera estarlo más todavía. Lo hizo con precisión, quitándose hasta el calzado y los calcetines. Luego  se me encaró rebosando lujuria. “¡Toca, si quieres!”. Vaya si toqué, y no solo eso, pues con manos y boca disfruté de sus tetas carnosas y peludas, así como del sobeo de todo su cuerpo. “¡Coño, así me vas a poner burro otra vez!”, protestaba, pero me dejaba hacer.

De repente me hizo parar. “¡Oye, que a todo esto todavía no he visto lo que tienes ahí abajo!”. Me llevó la mano a la entrepierna. “Duro sí que parece… ¡Pero venga, que se vea!”. Precipitadamente me saqué la camiseta y me quité los pantalones. Me apetecía estar desnudo también. Ahora sí que me cogió la polla y su mano caliente me produjo un subidón. “No está nada mal. Veremos cómo se porta dentro de mi culo”. Todavía hizo más para poner a punto la follada. “¡Anda, súbete a la cama y ponte de rodillas, que te la voy a trabajar un poco!”. Me la sobó de nuevo y pasó los dedos por el capullo. “¡Qué mojado lo tienes, tío!”. Cuando vi que acercaba la boca, decidí hacer un esfuerzo de aguante. “Te la chupo un poco para dejártela firme”. Sus labios y lengua carnosos me dieron un repaso que, aunque de buena gana me habría gustado que durara hasta hacerme correr, mejor si lo cortaba a tiempo para no frustrar su pretensión principal. Así lo hizo y ya fuimos al grano. “¡Anda, déjame sitio!”. Subió su corpachón a la cama y se tendió bocabajo con las piernas separadas. “¿Así está bien?”. “¡De maravilla!”, no pude menos que exclamar. Porque el culo se me ofrecía espléndido, orondo y sombreado de vello. “En tus manos me pongo”, dijo él  con total entrega cruzando las manos bajo la barbilla, “Con energía, pero sin prisas”. Di un aviso previo. “Te voy a suavizar”. Lo que hice fue manosear aquellas masas firmes en que clavaba los dedos y abrirle la raja oscurecida. Hundí la cara en ella enredando la lengua en el vello y buscando el ojete. Lo lamí segregando abundante saliva. “¡Uy, eso me gusta!”, dijo él. “¿Te la meto ya?”, pregunté para darle cuerda. “¡Para eso estamos!”, replicó ansioso. Entrar en aquel culo jugoso y a la vez prieto era una delicia. Lo fui haciendo poco a poco esperando su reacción. “¡Así, así, y cuando la tengas toda dentro no pares de bombear!”. Llegué al tope con la polla bien apretada en su calor y me entusiasmó frotarla para arrancarle placer. Al moverme mi polla se deslizaba con una presión deliciosa y exclamé: “¡Qué culo tienes, tío!”. Él replicó: “¿Te gusta? ¡Pues sigue poniéndome a tono!”. Aceleraba y frenaba, y él disparaba voluptuosos “¡Ah, ah, ah…! ¡Me matas!”. “¡No te mueras todavía, que tengo que zumbarte más!”, contesté yo. “¡Sí, sí, aguanta todo lo que puedas!”. Me agarraba a sus anchas caderas y le palmeaba las lujuriosas nalgas. Cuando ya no pude retener más la excitación que me recorría, casi grité: “¡Ya me viene!”. “¡Lléname! ¡No se te ocurra salirte!”. Me apreté fuerte para  dominar las sacudidas de la eyaculación y fui sintiendo un dulce alivio de mi tensión. Me mantuve dentro hasta que la polla fue aflojándose. El camionero enmudeció por unos instantes y al fin dijo con voz entrecortada: “¡Qué bueno ha sido!”. “No pegarle una buena follada a este culo sería delito”, musité con las manos todavía sobre él.

Cuando nuestras respiraciones se normalizaron, y estirados uno al lado de otro, él me preguntó: “¿Qué haces tú ahora?”. “Debería coger mi coche y seguir camino”, contesté con cierta desgana. “Pues yo, ahora que ya ha oscurecido, me voy a quedar aquí a pasar la noche… El tráiler lo llevo vacío porque ya entregué la carga, y no vuelvo a llevar otra hasta dentro de unos días. Así que no tengo prisa”. Yo sopesé si en realidad me urgía el viaje y dije: “No me gusta mucho conducir de noche”. “¿Por qué no te quedas conmigo?”. La propuesta, aun deseada, no dejó de sorprenderme. Él la remachó. “Ya ves que en la cama cabemos los dos y, para otras cosas, tenemos el bar y los servicios…”. Acepté encantado, por supuesto.

La gasolinera y el bar cerraban por la noche, así que quedamos en total soledad. Como el camión estaba aparcado detrás de los edificios, solo se oía muy de tarde en tarde el motor de un vehículo que pasaba por la carretera. Por eso me sobresaltó que de pronto el haz de una linterna se proyectara hacia una ventanilla de la cabina. Llegué  temer que se tratara de un agente de tráfico que nos iba pillar allí dentro en pelotas. Pero el camionero dijo enseguida: “Tranquilo que es el vigilante que viene por las noches. Es un tipo mayor y muy servicial conmigo. Me abre el bar siempre que necesito algo. Además la chupa de coña… Dicho sin ánimo de hacer comparaciones”. Como el otro insistía con la linterna, no tuvo inconveniente en abrir la puerta. Un tipo grandote de cabello canoso se asomó. “Como he visto luz en la cabina, he venido a mirar”, se explicó. No le extrañó lo más mínimo que el camionero estuviera en pelotas, pero cuando se fijó más ya me vio. “¡Vaya! Así que estás acompañado… Y de juerga, supongo”. “¿Tú que crees?”, le largó el camionero. El otro no se daba por vencido. “Con lo caliente que venía yo…”. “Te vas tener que conformar con mirar”. “Ya miro, ya ¡Joder, cómo estáis!”. El camionero se reía despatarrándose impúdicamente. Insistió el vigilante. “Yo igual chupo una que dos… Y luego me hago una doble paja tan ricamente”. El camionero me miró como para pedir mi opinión. No me parecía demasiado buen momento para intromisiones, pero no pude hacer más que encogerme de hombros. El vigilante ya estaba subiendo pesadamente a la cabina. El camionero le advirtió: “¡Vale! Pero unas mamadas discretas, que no queremos quedarnos sin reservas”. “¡A la orden! Lo justo para ponerme yo cachondo”. Ya con tres quedaba el espacio un poco apretado y tuvimos que hacerle hueco.

Conociendo las preferencias eróticas del camionero, no me extrañó demasiado que el vigilante le dijera: “A ti te gusta más cuando te lo hago en pelotas ¿verdad?". Empezó a quitarse la ropa y surgió un cuerpo recio y con un vello salpicado de canas. Lo cierto es que el hombre imponía. Al ver que lo repasaba, me dijo como disculpándose: “Tengo poca cosa yo por ahí abajo, pero con la mano aún le saco el jugo”. Ya se entusiasmó. “¡A ver cómo os pongo esas pollas bien duras!”. Le hice un gesto al camionero para que empezara con él y así yo miraría, porque el espectáculo iba a valer la pena y de paso me entonaría después de la follada. El camionero se dejó caer hacia atrás sobre la cama y el vigilante le manoseó la polla hasta endurecerla. Luego se agachó y empezó a mamársela agarrado a los muslos. Desde luego era un numerito porno de lo más excitante el de los dos tiarrones en ese trance. Pero el camionero avisó: “¡Eh, para, que lo que hay dentro no es para ti!”. El vigilante se apartó y dejó la polla tiesa y humedecida de saliva. Sentí gratitud hacia el camionero por reservarse para mí. La verdad es que yo, recién descargado en el camionero, no necesitaba demasiado una mamada ahora. Pero me supo mal decepcionar al vigilante con su mirada obsequiosa. Así que le dejé hacer echándome junto al camionero. El detalle de éste de ponerse a acariciarme el pecho contribuyó, junto a la competente boca del otro, que mi erección se vigorizara. El vigilante no insistió demasiado, sabiendo que yo tampoco quería llegar a más. Modestamente dijo: “Bueno, espero haberos dado gusto. Yo lo he tenido y por partida doble”. Pero aún le faltaba algo. “Ahora me vendría bien hacerme una paja con vuestra ayuda… Me basta con que os pueda mirar”. El camionero me explicó en un susurro: “Siempre acaba así para conseguir excitarse”. Fijó la vista en nosotros y se afanó en meneársela. “¡Joder, que buenos estáis! Si yo fuera más joven…”. Le costó bastante, pero al fin, con sonoros resoplidos, detuvo su mano. “¡Qué a gusto me he quedado!”. Ya fue prudente y recogió su ropa. “No os incordio más y os dejo que disfrutéis… Vosotros que podéis”. Abrió la puerta y saltó del pescante. “¡Hasta la vista!”.

Nos quedamos un poco descolocados por la pintoresca interrupción, hasta que el camionero dijo: “¿Sabes que eso de quedarme a medias me ha dejado chungo?”. Me salió del alma: “¿Quieres que remate la faena?”. “Si no es mucho pedir…”. No tuve más que girarme un poco y encararme con aquella verga que mantenía su turgencia para desear beberme otra vez todo de ella. Me la metí en la boca y él dijo halagador: “Contigo da más morbo”. Le faltaba poco y no tardó en llenarme la boca de nuevo con su leche, que tragué con glotonería. Saciado, se removió remolón y me dijo con una sonrisa: “Vamos a dormir un rato, que mañana hay que coger la carretera”. Me dio la espalda y dejó en el aire un provocador: “¿Podrá resistir mi culo hasta el amanecer?”. Me arrimé fuerte a él y disfruté del calor que desprendía su pilosa humanidad. Mi polla, de momento, solo buscó acoplarse a la raja, profunda y mullida. Él la acogía, con murmullos a mitad de regañina y a mitad de incitación. Me mantuve así un rato, hasta que no me resistí a empujar poco a poco. Estaba dentro y el camionero soltó un “¡Ummm!” de perezosa complacencia. Me limité a quedarme así sin apenas moverme, agradablemente atrapado en su cavidad. De este modo nos quedamos dormidos y la luz del amanecer nos despertó. Su primer impulso fue tantear en busca de mi polla. “¿Acabarás lo que empezaste antes de dormirte?”. “Si te empeñas…”, respondí zalamero. Entonces se giró y me dio unas chupadas tan deliciosas que enseguida me empalmé a tope. Se echó bocabajo y su culo volvió a encandilarme. Entré sin dificultad mientras él emitía u prolongado “¡Ohhhhhhhh!”. Fue una follada más calmada que la de la víspera pero, por eso mismo, más prolongada. El camionero se ahorraba exclamaciones para concentrarse en el goce. Que no era menor en mi caso, que sentía cómo poco a poco me iba llegando un irrefrenable orgasmo. Esta vez no hubo aviso y solo cuando me dejé caer sobre él, el camionero preguntó: “¿Ya?… ¡Qué rico ha sido!”.

Aún estaba cerrados la gasolinera y el bar, aunque accedimos a éste, así como a los lavabos, con la complicidad del vigilante. Resultaba extraño vernos ya vestidos, listos para poner en marcha nuestros vehículos. El camionero dijo al fin: “Si vuelves a pasar por aquí ¿mirarás si me encuentras otra vez?”. “¡Vaya pregunta! Si esta va a ser mi ruta favorita a partir de ahora…”. Él se rio. “Mi culo se alegrará”.

Pasé más de una vez por delante de la gasolinera, pero no llegué a tener suerte. Ni rastro del camión. Incluso en una ocasión, en que ya había anochecido, vi al vigilante que rondaba por allí. Me detuve por si me podía dar información. “Sí que lo he visto algún día…”, recordó. Se me ocurrió preguntarle con una morbosa envidia: “¿Y qué, se la chupaste?”. Se rio algo azorado. “Siempre se deja… Es un buen hombre”. Imaginar la escena del camionero despatarrado ofreciéndose a la mamada me produjo un subidón de excitación. No le escapó al sagaz vigilante, que apoyó los codos en la ventanilla abierta. “¿No te vendría bien un alivio?”, preguntó con toda intención. Ni me lo pensé y abrí la puerta. Él ya lo dio por hecho y me dijo: “Mejor vamos dentro ¿no?”. Me dejé guiar y entramos en el bar, solo con las luces exteriores. El vigilante se ocupó de bajarme los pantalones y me senté sobre una mesa. “Échate hacia atrás”, me pidió. Así lo hice y me entregué a la habilidad de sus manos y de su boca. Iba recorriendo con la mente el cuerpo magnífico del camionero que tan generosamente me había hecho disfrutar. Tuve una corrida electrizante de la que el vigilante dio buena cuenta. Cuando volví al coche, me dijo como despedida: “Ya le diré que has estado por aquí”.
Por el momento no ha habido suerte y estoy llegando a admitir que aquello fue una aventura irrepetible.

martes, 4 de noviembre de 2014

Esos suegros picarones…


Enrique era un gordito cuarentón, tranquilo y tímido, que llevaba casado varios años con Cristina. Ésta, de carácter más enérgico, solía llevar la voz cantante en el hogar, a lo cual Enrique se adaptaba por comodidad y su apocado modo de ser.

Resultó que la madre de Cristina contrajo una enfermedad, no especialmente grave, pero que requería cuidados constantes. Dado que el padre era un hombre ya mayor y de poco sentido práctico en este situaciones, Cristina y Enrique decidieron desplazarse a la casa de aquéllos para atender a la madre. En el domicilio paterno había la habitación del matrimonio y otra de dos camas. Esta segunda se consideró la adecuada para la mayor comodidad de la enferma, ocupando la hija otra cama para su cuidado nocturno. En cuanto a la de matrimonio, pese a que Enrique se resistió a aceptar, insistieron en que quedara para él, después de su buena disposición a acompañar a su esposa y echar una mano para lo que hiciera falta en la situación de emergencia surgida. En cuanto al suegro, pese a su corpulencia, se apañaría en el sofá-cama de la sala.

La primera noche transcurrió con bastante tranquilidad. Cristina estuvo atenta a cualquier necesidad de su madre y los varones ocuparon sus respectivos lechos. Aunque Enrique no durmió demasiado bien, extrañando la cama y por la soledad. Por lo que respecta al suegro sufrió bastante la rigidez del sofá y la estrechez del mismo para su volumen, aunque educadamente no expresara después queja alguna.

Sin embargo, a la noche siguiente, hubo un cambio que cogió por sorpresa a Enrique. Éste, que aún no había conciliado el sueño, observó sobresaltado que la puerta del dormitorio se abría lentamente. Recortada en la tenue luz del pasillo apareció la rolliza figura del suegro embutida en un albornoz. “¡Psss! No pasa nada”, susurró mientras cerraba la puerta. “Es que no soporto ese dichoso sofá”. Se acercaba a la cama y Enrique ofreció: “Ya me iré yo allí”. “¡De ninguna de las maneras! En esta cama estaremos bien los dos”. Hecha ya la vista a la atenuada claridad que se filtraba por la ventana, Enrique percibió con estupefacción cómo el suegro se despojaba del albornoz y lo dejaba sobre una silla. “Estoy acostumbrado a dormir desnudo”, explicó con toda naturalidad. Enrique lamentó que, dado que las noches eran calurosas y sintiéndose más libre al ocupar en solitario la cama, también hubiera desechado el habitual pijama. El suegro, impertérrito, levantó una esquina de la sábana y se sentó en la cama. “Quédate al otro lado, que éste es el mío”, dictaminó recostándose con todo su cuerpo. Enrique se desplazó tembloroso, dando la espalda al intruso, hasta llegar casi a caerse del borde de la cama. Cosa que el suegro aprovechó, al encontrar terreno despejado, para repantigarse a su gusto. Enrique, todo encogido, empezó a sentir en la espalda el cosquilleo del abundante vello del brazo del otro, así como el roce de la pierna en la suya. Pero aún más, el suegro no tardó en girarse hacia él. Ahora lo que notaba era ya el calor que despedía la peluda barriga que se iba acoplando a su rabadilla. Inmóvil, apenas se atrevía a respirar. Pero cuando la sudorosa mano del suegro empezó a sobarle descaradamente el culo, dio un respingo que a punto estuvo de tirarlo al suelo. “¡¿Qué haces?!”, susurró con voz casi inaudible. “Tienes un culete redondito y con pelusilla que da gusto tocar”. “¡A ver si me tengo que ir al sofá!”, reconvino Enrique confuso. “No seas tonto, que no es nada malo… Tu suegra hace mucho tiempo que no me deja hacerlo”. La perplejidad de Enrique le impidió cualquier gesto de rechazo. Pero el suegro, tomándola como consentimiento, subió la mano y la acopló a uno de los abultados pechos de Enrique. “¡Um, qué tética más rica, con sus pelitos y este pezón tan picudo!”. El caso era que, con el frote, Enrique experimentó un nada ingrato endurecimiento. “¡Fíjate cómo se te ha puesto!”. Pero su atención quedó desviada ahora hacia algo bastante más grande y duro que iba presionando la zona alta entre sus muslos. Temiendo un ataque a su virilidad, llevó una mano hacia atrás para apartarlo. “No te asustes… Es solo que me he puesto contento”, avisó el suegro para tranquilizarlo. Pero con la maniobra disuasoria resultó que Enrique se encontró agarrado a la caliente verga del suegro. En su confusión, ya no sabía si se trataba tan solo de mantenerla controlada frente a cualquier agresión o si se le estaba imbuyendo una morbosa avenencia en tenerla empuñada. “¡Tócala, tócala, que me gusta”, oyó decir. Para colmo, la anómala circunstancia en que se hallaba le estaba produciendo un involuntario ardor en su propia entrepierna, que hacía que la polla se le empezara a desperezar. Así, cuando la mano del suegro fue desplazándose desde el pecho hacia la oronda barriga y hasta más abajo, topó con lo que ya estaba no precisamente flácido, “¡Si estás también empalmado!”, exclamó triunfante. La vergüenza de Enrique no podía ser más punzante. “Si es que con el calor que me estás dando…”, trató de excusar lo evidente. “¿Calor o calentura?”, ironizó el suegro. Enrique se sentía ya desvalido y sumido en una pasividad paralizante. ¿Qué extrañas sensaciones estaban dominando todo su cuerpo? No dejó de aprovecharlo el suegro, a quien se le ocurrió un ofrecimiento. “Te voy a hacer un regalito que mi hija, que debe ser tan gazmoña como su madre, no te habrá hecho nunca”. Asió a Enrique, cuya voluntad se hallaba anulada, para que quedara bocarriba. Él mismo tomó posiciones para, sin más contemplaciones, meterse en la boca la polla de Enrique, que estaba ya bien tiesa. La hábil mamada hizo que a éste le recorriera una especie de corriente eléctrica irresistible. “¿Te gusta, eh?”, preguntó el suegro en una breve interrupción. Enrique no contestó, pero con toda su alma deseaba ya que aquello continuara. Y el suegro desde luego estaba dispuesto a llegar hasta las últimas consecuencias. Aceleraba la succión y a Enrique lo iba dominando un acelerado frenesí. La descarga que le estalló en la boca del suegro la sintió como una liberación de energías que lo dejó exhausto. Apenas podía soportar ya el roce de la lengua recogiendo hasta la última gota de lo que acababa de depositar. Al fin el suegro, liberando la polla tan bien comida, llegó a exclamar: “¡Vaya cantidad de leche tenías acumulada!”. “¿Te la has tragado toda?”, preguntó el inexperto Enrique. “¿Tú que crees? Las cosas hay que hacerlas bien”. “Nunca podría haber imaginado que llegara a pasar esto…”. “No me dirás que no lo has disfrutado”. Ya Enrique no dijo más aquella noche.

Porque el suegro, tal vez considerando que por esta vez ya había provocado, para su satisfacción, bastante movida, no tardó en quedarse dormido. Por el contrario Enrique se sentía incapaz de pegar ojo, con la mente hecha un lío por las circunstancias en que había experimentado tan insólito placer. Pero ya no le turbaba el contacto del otro cuerpo que con frecuencia se le arrimaba trasmitiéndole su cálida vitalidad. No obstante, al empezar a clarear el día, tuvo un momento de lucidez que le llevó a considerar lo inadecuado, y de difícil explicación, de la situación en que se hallaban. Así que optó por ponerse su pijama y pasar a ocupar el sofá-cama abandonado por el suegro. Cuando Cristina salió de su habitación, no pudo menos que extrañarse de encontrar allí a su marido. Pero éste ya tenía preparada la explicación. “Me levanté a media noche para beber un poco de agua y me supo mal ver lo incómodo que parecía estar tu padre. Así que hice que se fuera a su cama… Yo me apaño mejor que él en este sofá”. Con ello hasta llegó a marcarse un tanto de generosidad, que le encantó a Cristina. Pero a su vez marcó ya una pauta en lo sucesivo, que el suegro aceptó de buen grado.

La siguiente noche Enrique se hallaba más o menos acomodado en el rígido sofá. Pero no tardó en sentir un gusanillo de concupiscencia que le llevó a plantearse: ¿Por qué no dar el mismo paso que el suegro la noche anterior? Temblando de excitación se adentró pues en la habitación de matrimonio. Se quitó el pijama y se deslizó con sigilo en la cama, pues parecía que el suegro no se hubiera percatado de su presencia. Pero, mientras dudaba si atreverse a arrimársele, oyó decir: “Te estaba esperando”. Al mismo tiempo el suegro se giró poniéndose frente a él. A Enrique entonces le entró un delirio que le impulsó a besar y lamer las peludas tetas que halló ante su cara. El suegro se dejaba hacer lleno de satisfacción, no solo por el placer que  recibía, sino también al comprobar cómo tenía ya en el bote al yerno. Ante la agitación de éste no dudó en preguntar: “¿Te atreverías a hacerme lo que te hice ayer?”. “No he pensado en otra cosa en todo el día”, replicó Enrique con sinceridad de converso. La verdad era que la impresionante entrepierna del suegro, con los gruesos testículos rebosantes entre los muslos y la verga dura y retadora a través del entrecano vello púbico, lo había llegado a obsesionar, y ahora se la ofrecía para extraerle todo el placer que él había podido disfrutar como una novedad la noche anterior. El suegro, no obstante, consciente de su inexperiencia, prefirió ser él quien dirigiera la operación, para que no se quedara en un torpe e insustancial chupeteo. Colocado ya bocarriba a disposición del yerno, le instó a comenzar con suaves manoseos de la verga para que adquiriera consistencia, seguidos luego de cosquilleantes lamidas por todo el entorno y delicadas succiones de los huevos. Enrique, pese a su ansiedad por engullir aquel falo cada vez más terso y húmedo, siguió al dedillo las instrucciones del suegro, recompensado por los murmullos de gusto que éste emitía. “¡Toda tuya! Y no pares hasta que te haya llenado la boca”. Enrique engulló al fin la verga y procuró recordar los manejos de labios y lengua que con tanta maestría habían trabajado su propia polla. “¡Así, así. Lame y sorbe… Me estás poniendo negro!”. La voz entrecortada del suegro mostró a Enrique que iba por el buen camino. Resoplidos y suplicantes “¡No pares, no pares ahora!”, fueron el preludio de lo que tanto deseaba Enrique. La boca se le fue llenando de leche espesa y agridulce, que iba lamiendo para saborearla y luego tragarla. Nunca había degustado tanto semen, salvo alguna vez que había pasado un dedo por lo que goteaba de su capullo y lo había chupado por curiosidad. Mantuvo los labios aferrados a la verga que se iba ablandando a la espera de instrucciones. Fueron las manos del suegro las que, con suavidad, le fueron apartando la cabeza. “¡De maravilla, hijo! Nadie diría que no lo habías hecho nunca”. Pero lo que ahora dominaba a Enrique era una erección lacerante. Empezó a tocarse y el suegro comprensivo, aunque sin ánimo ahora para mamarlo, le ofreció una alternativa. “Arrodíllate a mi lado y córrete sobre mi pecho”. No podía ser mejor aliciente para Enrique la contemplación de aquel torso grandote peludo, que enardecía la masturbación a que se entregó. El suegro cooperaba cosquilleándole los huevos y la entrepierna, hasta que la leche se dispersó resbalando por tetas y barriga. Enrique, en un arrebato de gratitud, se lanzó a lamer cuanto había quedado atrapado en el abundante vello.

Prudentemente Enrique repitió su vuelta al sofá. Sin embargo aquel día Cristina le informó: “Creo que hoy va a ser la última noche que pases tan incómodo. Mi madre está muy mejorada e insiste en volver a dormir en su cama con mi padre. Así que, si todo va bien, mañana haríamos el traslado. Tú y yo pasaríamos a la habitación de dos camas, y podrás descansar mejor… que ya te lo tendrás ganado”.

Pero para Enrique, la perspectiva de una última ocasión de compartir lecho con el suegro clandestinamente, hizo que la espera de que la casa entrara en la suficiente tranquilidad nocturna le pareciera una eternidad. Al fin se introdujo en el dormitorio y lo tranquilizó percibir el cuerpo desnudo del suegro, que sin duda estaba tan ansioso como él. Se abrazaron, pero el suegro enseguida fue al grano. “Ya sabes que probablemente ésta va a ser la última ocasión de pasar la noche juntos…”. Hizo una pausa y prosiguió. “Me gustaría que me dejaras penetrarte”. La propuesta cogió por sorpresa a Enrique, en cuya mente se entremezcló el pánico que tal acción le infundía y su deseo de satisfacer en todo al hombre que le había abierto la puerta a insospechados placeres. “Eso me asusta”, confesó. “Lo haré con cuidado y estoy seguro de que lo llegarás a disfrutar ¿O acaso no ha sido así en todo lo que hemos hecho?”. Con actitud persuasiva el suegro lo ciñó desde atrás y Enrique recordó el gesto de la primera noche de apartar temeroso la verga que sentía amenazante. Pero ahora lo inundaba una mayor confianza, que se incrementó cuando el suegro indicó: “Ponte bocabajo, que primero te voy a dilatar”. Enrique puso ya su culo a disposición del suegro, no sin un cierto desasosiego. “He traído una crema que te irá muy bien”. Enrique noto que una pastosidad refrescante se deslizaba por su raja y los dedos del suegro la extendían. Uno de ellos se centró en el ojete y fue entrando embadurnado en la crema. Enrique dio un respingo, que sin embargo no arredró al suegro, quien siguió haciendo girar el dedo. “¿A que no es para tanto?”, preguntó conciliador. “Bueno… Esto es solo el dedo”, admitió Rafael, aunque sin dejar de pensar en que lo que vendría después sería más contundente. En efecto, sacado ya el dedo, la polla del suegro, bien dura ya, hizo un tanteo inicial. Lo resbaloso del conducto permitió que el capullo fuera entrando, si bien la dilatación empezó a resultar dolorosa. “¡Uy, uy!” temblequeó Enrique. “Lo más gordo ya está dentro”, avisó el suegro empujando un poco más. Enrique sentía quemazón en las entrañas, que se esforzó en resistir. “Voy a moverme y verás que todo va mejorando”. El bombeo del suegro fue progresivamente en aumento y, para asombro de Enrique, el dolor fue cediendo el paso a una desconocida sensación cada vez más placentera. “¡Sí, sí, tenías razón”, llegó a reconocer. Con lo cual el suegro se concentró en su propio placer con fuertes embestidas. “¿Me lo echarás dentro?”, preguntó Enrique cada vez más arrebatado. “Por supuesto…, y ya no tardaré. Estrenar este culo me vuelve loco”. Unos estertores y un apretarse contra las nalgas de Enrique fueron indicadores de que la enculada había quedado culminada. “¡Uff, qué a gusto me he vaciado!”, exclamó el suegro todavía volcado sobre Enrique. “¡No te salgas hasta que eches la última gota!”, pidió éste exaltado. Pero la verga del suegro fue retrayéndose hasta posarse sobre los huevos de Enrique, quien reconoció: “¡Qué cosa más extraña pero cómo me ha acabado gustando!”. “Parece que en estas noches te has convertido en un hombre nuevo”, ironizó el suegro. “Lo que me pregunto es cómo te las apañas para conseguir esta clase de seducción”. “Con el tiempo agudiza uno la intuición y contigo no me falló”.

Los dos eran conscientes de que, a la noche siguiente, probablemente cada uno ocuparía la cama que le correspondería debido a la mejora del estado de salud de la suegra. Asimismo, la estancia en casa de los padres de Cristina tocaría pronto a su fin. Todo ello desasosegaba en especial a Enrique quien, habiendo conocido un mundo nuevo de sexualidad, se veía abocado de nuevo a su rutinario redil matrimonial. Por lo demás, imposibilitados ya de sus escarceos nocturnos, las relaciones entre suegro y yerno se mantuvieron dentro de la más estricta formalidad. A Enrique casi le parecía que lo ocurrido no hubiese sido más que una calenturienta ensoñación. El suegro, sin embargo, gato viejo en el asunto, veía las cosas desde otra perspectiva. Si bien la comodidad de “meta a un yerno en su cama” estaba pasando a mejor vida, él ya tenía sus experiencias y recursos que, tras el éxito de la seducción de Enrique,  se disponía a compartir con éste. Los padres de Cristina vivían en una población cercana a la ciudad de residencia de Cristina y Enrique, y so pretexto de acudir por su cuenta a dicha ciudad para alguna competición deportiva, en realidad lo que hacía el suegro era frecuentar una sauna especializada en hombres maduros y robustos. No tuvo pues inconveniente en dar a conocer a Enrique este posible lugar de encuentro donde, por una parte, pudieran citarse los dos y, por otra, con una liberalidad nada exclusivista, también Enrique podía encontrar otras opciones para desfogar sus recién descubiertas apetencias.

Lógicamente Enrique, algo pardillo para lances aventureros, necesitó unos inicios tutelados por el experimentado suegro. Así, en su primera incursión en la sauna, a la que acudieron juntos, se adaptó, con corazón palpitante, al ritual de desnudarse en el vestuario ante las miradas calibradoras de otros congéneres, para dejarse guiar a continuación, ya solo con el sucinto paño a la cintura, por las dependencias y vericuetos del lugar. Enrique seguía al más experimentado suegro, cuya rolliza figura, apenas velada por el provocativo taparrabos, le hacía rememorar los placeres vividos. Aunque él, gordito y apetitoso, además de constituir una novedad, no desmerecía en absoluto como objeto de deseo. Las duchas, pese a hallarse casi a la vista del público, dieron lugar ya unos primeros y jabonosos toques por parte del suegro, que provocaron una vergonzante erección en Enrique, quien se apresuró a ocultarla con el paño.

 “Uno buen sitio para empezar es el vapor”, indicó el suegro, y allí le acompañó Enrique, adentrándose ambos en la humosa penumbra. La vista de Enrique apenas podía distinguir alguna que otra silueta móvil o bien encaramada en los distintos niveles de la bancada. El suegro optó por quedarse de pie y con la espalda pegada a la pared en un rincón. Se desprendió del paño, y Enrique pensó que tenían la suficiente intimidad para lanzarse al disfrute de tan deseado cuerpo. Se amorró a una teta y, mientras su lengua jugueteaba con el pezón, notó que una cabeza ocupaba la otra teta. Al suegro no le pareció extrañar esta anónima incursión, pues emitía gemidos de placer por el doble chupeteo. Al descender la mano de Enrique a la busca de la verga del suegro, descubrió que ya se le habían adelantado a manosear el duro miembro. No solo esto, pues también otra mano le estaba sobando su propia polla. Pronto las manos fueron sustituidas por una boca que iba chupando alternativamente. El suegro recibía encantado la mamada y a Enrique, sorprendido por el subrepticio abordaje compartido, le subió al máximo la excitación. El calor húmedo, sin embargo, le llegó a resultar insoportable, por lo que susurró al suegro: “Yo me salgo”. “Vale, espera fuera que no tardaré”. Así que lo dejó, entregado aún a los ávidos depredadores.

Enrique fue a aliviarse el sofoco bajo la ducha y el suegro, en efecto, no tardó en sumársele. “¿Te han hecho correr?”, le preguntó ingenuo Enrique. “¡Qué va, hombre! ¡Si esto no ha hecho más que empezar!”. La siguiente visita fue a la sauna seca. Aquí había algo más de luz y solo otro hombre estaba sentado en la bancada alta del fondo. Era un tipo mayor y gordote que, separados los anchos muslos, se exhibía sin el menor recato. En cuanto vio que la pareja se situaba en su proximidad, inició un descarado manoseo de la polla. “Ése quiere que se la comas”, avisó el suegro en voz baja. “¿Yo? ¿Y qué hago?”, preguntó Enrique confuso. “¡Aprovecha, que tiene una buena tranca!”. La tentación era fuerte y Enrique se decidió a acercarse al gordo, que incrementó la provocación. Enrique apoyó las rodillas en el banco inferior y dirigió la boca a la polla bien dura que el otro le ofrecía. Era la segunda mamada de su vida y el hecho de que el suegro lo observara complacido le daba aún más morbo. Le debía salir bien porque el gordo resoplaba y le guiaba la cabeza para darle ritmo. Aunque el suegro no iba a permanecer ocioso. Enardecido por el espectáculo y captando la insinuante postura de Enrique, se le acercó por detrás y, echándose saliva en los dedos, le clavó uno en el culo. Enrique se sobresaltó y a punto estuvo de morder la polla que tenía en la boca. Pero se recompuso e intuyó lo que vendría a continuación. En efecto, la verga del suegro le fue entrando por detrás y, pese al impacto, Enrique no desatendió su tarea. Sin embargo, con la fugacidad propia de estos encuentros sauneros, llegó un punto en que el gordo hizo parar a Enrique. Probablemente no quería que éste llegara al final y así darse más tiempo para el disfrute de otras bocas. Así que el engarce de cuerpos se fue deshaciendo, a lo que contribuyó la llegada de más personal. Enrique, que ya se había ilusionado con una doble irrigación láctea en la boca y en el culo, hubo pues de amoldarse a los vaivenes propios de lugar.

El suegro captó la frustración de Enrique y quiso aleccionarlo. “Aquí las cosas hay que tomárselas con calma y no quemar todos los cartuchos a la primera”. Propuso hacer un descanso en el bar, donde de paso tantearían nuevos contactos. A la luz menos tamizada de la sala, a Enrique le encandiló el conjunto de hombres, más o menos apetitosos, subidos a los taburetes o sentados en butacas, con la única cobertura de los paños ya humedecidos, que a veces dejaban asomar con despreocupación el sexo.
Algunos charlaban animadamente y, si se terciaba, no escatimaban caricias y toqueteos. A diferencia de él, novato en estos ambientes, el suegro mostraba desenvoltura como el que más, con su peluda  y oronda barriga que dificultaba el cruce del paño. No tardó en hacer que se fijara en un individuo que venía del vestuario. “¿Qué te parece ése?”. Era un tipo de unos cincuenta y pico de años, algo más grueso que Enrique, pero menos que el suegro; de piel clara y vello abundante pero suave. “No está nada mal”, contestó Enrique. “¿Te gustaría follártelo?”. “Yo preferiría que me follaras tú”, fue la respuesta. “¡Todo se andará, hombre! No seas impaciente, que te reservo para el final… A éste lo conozco. No se le llega a poner dura, pero tiene el culo tragón y sabe ponerte a punto. Te gustará probarlo”. Dócil a las sugerencias del suegro, Enrique aún objetó: “¿Pero querrá estar con los dos?”. “¡Uff! Le volverá loco… Ya verás, ya”. Hizo un gesto a modo de saludo para llamar la atención del interfecto, quien enseguida se acercó sonriente. “Dichosos los ojos”, le dijo al suegro. “Y bien acompañado, por lo que veo”. “Nos lo podríamos pasar bien los tres ¿no te parece?”, lo cogió al vuelo el suegro. “¡Cómo no! Voy a ducharme y vosotros buscad una cabina. Ya os encontraré”. Les dio un cariñoso toque a ambos y se marchó. “¿Qué te dije? Pan comido”, proclamó el suegro triunfante.

Accedieron a una cabina libre con una amplia cama, dejando la puerta entornada. El suegro quiso levantar la moral de Enrique en la espera metiéndose mano a conciencia, ya desnudos. No tardó en asomar el recién duchado, quien comentó al entrar a la vista de la doble erección: “¡Cómo os habéis puesto los dos…, dejad algo para mí!”. Enrique pudo constatar, ahora más en detalle, que aquel tío estaba muy bueno y se dispuso a entrar en el ritual que sabiamente el suegro tenía previsto. “¡Venga, que te vea mi amigo ese culo, que te he hecho mucha publicidad!”. El otro no tuvo reparo en poner el culo en pompa y en separarse los cachetes con impudicia. Era resaltón y redondeado, con una suave pelusa. “Es que mi amigo es virgen en esto del folleteo”, explicó el suegro. “¡Uy, ya verás cómo disfrutas clavándome ese cacho de polla! Te pondré a punto”. Como primera fase, el suegro arrastró a Enrique para tumbarse ambos en la cama, y el otro se afanó con maestría en ponerlos bien cachondos. Con manos y boca iba recorriendo los dos cuerpos, y su habilidad para activar los puntos más sensibles era inmejorable. Las pollas fueron objeto de especial atención, con mamadas cuidadosamente calculadas para que no alcanzaran el clímax final. Pero eso sí, las dejó bien duras y dispuestas. “¡Empiezas tú, que así me tendrás menos dilatado!”, avisó a Enrique. Se puso bien a tiro de éste, que se fue dejando caer y sintió como si una cálida ventosa lo absorbiera. El otro se removía, dándole un gusto in crescendo,  pero con calculadas variaciones para hacerlo durar. El suegro entonces se arrimó delante del follado para que le siguiera trabajando la verga con la boca. Enrique empezó a hallarse fuera de sí, cada vez más estimulado a vaciarse. “¡Me corro, me corro!”, casi gritó. “¡Sí, cariño, sí! ¡Échamela toda!”, lo animó el otro incrementando los últimos meneos. “¡Uff, qué pasada!”, exclamó al fin Enrique exhausto. Entonces el otro se desacopló y, dándose la vuelta, lamió la polla aún tremolante de Enrique. Circunstancia que aprovechó el suegro para tomar posiciones sobre la grupa. “¡Ahora me toca a mí!”, reclamó ansioso y clavó la verga en el recién desalojado culo. Se movía con energía, aplastando la barriga y dando palmadas a los cachetes. “¡Cómo me pone este culo!”. Sin embargo, después de unas arremetidas más, se detuvo. “¡Ya está! Por hoy ya has tenido bastante…”, dijo sacando la verga y haciendo un guiño a un Enrique que los miraba todavía obnubilado. “¡Qué raro que tú me dejes a medias! ¿Te reservas para algo mejor?”, protestó el rechazado. “A ti ya te pillaré otro día…”, replicó el suegro sin mayor explicación. “Entonces os dejo, tortolitos. Me ha encantado teneros dentro”, se despidió el otro besando a los dos para mostrar que no se sentía ofendido.

Una vez solos, el suegro le dijo burlón a Enrique: “¿Ves como todo llega? Con el precalentamiento que llevo te voy a dar una buena follada”. Lo tomó por su cuenta y, bocarriba, le sujetó las piernas en alto. Poco le costó volver a clavársele y darle unas arremetidas que agitaban la barriga de Enrique. Éste las disfrutaba, encantado de que el suegro le dedicara por fin su atención preferente. “¿Te correrás ya?”, preguntó deseando ser él el final de trayecto del suegro. “¡Claro, no ves que me he reservado para ti! …Pronto te va a llegar”. Enrique empezó a oír los fuertes resoplidos que anunciaban la culminación y el suegro se agarró con fuerza a sus piernas para soportar la descarga. Los dos bien satisfechos dieron por terminada la sesión de sauna. Tras ducharse y vestirse, el suegro aleccionó a Enrique. “Ya has podido comprobar que aquí tienes un buen sitio para desfogarte, sin que te haga falta esperar a que yo te traiga… Más de una vez coincidiremos y podremos montar buenos números”. Así que Enrique, después de haber sido seducido por su suegro, quedaba encaminado por la senda que transitan tantos hombres de su misma condición.