martes, 14 de octubre de 2014

El cortador de jamones


En el supermercado donde solía proveerme para el día a día tenían una sección de charcutería muy bien surtida. No hacía mucho que a los dependientes que la servían se incorporó uno nuevo, cuya especialidad parecía ser el corte de jamón. De unos cincuenta años, no muy alto, regordete y aspecto muy viril. Daba gusto verlo con su chaquetilla roja y un gorrito a juego, aunque a veces éste se lo quitaba, blandiendo el impresionante cuchillo. Incluso en días de más concurrencia de clientes, para promocionar alguna marca, montaba una paradita delante del mostrador, donde ufano exhibía su maestría, cortando pequeñas lonchas que ofrecía para degustación. Los recios brazos velludos en movimiento y el pelo que le asomaba por el escote le daban un atractivo especial. Además presentaba la característica peculiar de poner mucha atención a su apariencia, con frecuentes cambios de aspecto. A veces se dejaba crecer la barba con distintos tipos de arreglo, pero siempre muy cuidada. Otras, iba completamente rasurado. También su cabeza, algo calva, experimentaba cambios en el cabello, que llegaba a tener casi rapado.

Todo ello provocó que nunca antes hubiera consumido tanto embutido y queso, para desgracia de mi dieta. Porque se mostraba muy amable y, en cuanto me veía, se apresuraba a servirme. Le llegué a tomar confianza y un día le comenté: “Hay veces que me cuesta reconocerte con tanto cambio de look”. Se rio y replicó: “Caprichos que tiene uno”. Aún me atreví a añadir: “Pero hay cosas que nunca te cambian…”. Pilló la indirecta y sonrió picarón: “¡Cómo eres…!”. En otra ocasión en que estaba en su parada distribuyendo lonchitas de jamón, en lugar de tomarla con la mano abrí la boca. No dudó en depositármela en ella, con un risueño gesto de reconvención.

Yo tenía por costumbre llevarme directamente solo los productos frescos, como era el caso de los de charcutería, y el resto dejarlo para el reparto domiciliario por algún empleado, que solía recibir a última hora de la tarde. Una vez, además del jamón y los embutidos cortados, quise comprar un queso entero, que encontraba muy bueno, para hacer un regalo. Por eso le dije al charcutero: “El queso lo pones aparte para que me lo lleven en el reparto”. “Tomo nota”, dijo.

Esa tarde, cuando llamaron a la puerta de casa, me llevé la gran sorpresa de que quien traía el pedido era ni más ni menos que el jamonero. “¿Qué haces tú aquí?”, pregunté incrédulo. “Nada. Que al llevar el queso para añadirlo al reparto, los chicos estaban muy atareados y decidí echarles una mano. No me costaba nada”. Su sonrisa era traviesa. “Pues pasa, pasa a la cocina”. Diligente arrastró el carrito tras de mí. “Ya que estoy aquí, como no tengo prisa, en lugar de dejarte todo esto aquí amontonado te puedo ayudar a guardar las cosas”. “¡Cuánta amabilidad!”, exclamé encandilado. “¿Tú crees?”, replicó socarrón. Ya no llevaba el equipo de trabajo, sino una camiseta que le quedaba algo ceñida y marcaba sus formas. O sea, que estaba más bueno si cabía. No faltaron los roces al trajinar los dos entre el frigorífico y las alacenas. De pronto soltó: “¿A qué te referías cuando dijiste que,  aunque cambie tanto de look, había cosas que nunca me cambiaban?”. Me hizo gracia que recordara tan bien mi frase, pero sobretodo lo percibí como una provocación en toda regla. “¿Tú qué crees?”, repregunté para ganar tiempo. “Yo he preguntado primero”. No me escapaba y declaré: “Me refería a lo que tienes de la cabeza para abajo”. “¿Piensas que eso también lo debería cambiar?”, siguió provocando. “Yo diría que está perfecto”. “Pero si has visto muy poco…”. “Entre lo que se ve y lo que se adivina…”. “Podrías dejar de adivinar”, cortó y se puso a subirse provocadoramente la camiseta., mientras añadía: “¿Te dije antes que no tengo prisa? ¿Y tú?”. “Sería un idiota si la tuviera”. Llevé una mano sobre su pecho, cálido y ligeramente sudado. Mis dedos se enredaban en el abundante vello. “¿Demasiado peludo?”, preguntó. “Ni te sobra ni te falta”. Apreté la mano sobre una teta de generosa carnosidad y un dedo dio con el pezón picudo y maleable. “Sabes lo que me gusta ¿eh?”, dijo. “Otra intuición”, respondí.

Hacía poco que me había duchado y, como no pensaba salir, llevaba tan solo un pijama ligero. Así que no le costó nada agarrarme el paquete entero. “Seguro que dentro de poco ya no me cabrá en la mano”, dijo ejerciendo una presión moderada. Pero no insistió, porque dijo: “¡Oye! Llevo todo el día trabajando y no me gusta oler a jamón. Me sentiré más cómodo si dejas que me dé una ducha”. “Yo lo acabo de hacer”. “Puedes hacerme compañía… Y hasta echarme una mano”, ofreció provocador. Ya sin camisa, se puso a soltarse el cinturón y a bajarse la cremallera con parsimonia. Cayó el pantalón y quedó con un eslip bastante pequeño, que le marcaba bien el paquete. Se apoyó en mi brazo para descalzarse y sacarse el pantalón. Al erguirse no pude menos que exclamar al contemplar sus formas redondeadas y velludas: “¡Joder, qué bueno estás!”. Se rio. “¡Esos modales! Yo creía que eras todo un señor”. Se volvió de espaldas con picardía para bajarse a medias el eslip y surgió un culo grueso pero firme, también tapizado de vello. Emitía un musical “Tariro, tariro…”. En los segundos en que lo exhibió, aprovechó con coquetería para colocarse bien el paquete. “Se le queda a uno todo pegado”, explicó. Ya sacó sin recato la polla y los huevos que mostró, enmarcados por el pelambre del pubis. Desde luego no desmerecían del conjunto, sino que eran la joya de la corona. Ante mi alelamiento, preguntó: “¿Te sigo pareciendo tan bueno?”. “¡Cómo te diría…!”, repliqué.

Antes de adentrarse en la ducha, me interpeló: “¿Te piensas quedar así con todo tapado mientras yo enseño mis vergüenzas?…Mira que te lo quito yo, eh”. “No me resistiría”, lo reté. Mirándome a los ojos me fue desbrochando entonces la chaqueta del pijama, que se deslizó por mis hombros, y estiró hacia abajo el pantalón. “A ver lo que encuentro por aquí”. Ya me ojeó al completo. “Lo que me temía… No soporto que me hagan la competencia”. No entendí de momento la broma. “Que estás jamón tío…Y yo de eso entiendo”. El vello más fino de mi cuerpo y mi anatomía también llena pero más moderada contrastaba con su exuberancia. “No será para tanto”, dije algo ruborizado. “Te lo contaré cuando me haya duchado”. Ahora sí que entró en la ducha y abrió el grifo. Advirtió: “No mires mucho, que voy a orinar mientras sale el agua caliente, si no te importa”. Claro que no me importaba porque yo también suelo hacerlo. De todos modos lo hizo sin ostentación. Ya bajo los chorros exclamó: “¡Uy, qué bien me viene!”. El agua le resbalaba por el cuerpo y formaba canalillos entre el vello. Como si estuviera solo, se llevaba las manos a la polla y los huevos para remojarlos bien. Se daba la vuelta y resaltaba el culo haciendo correr el agua por la raja. Ya empapado todo él cortó el agua. “Me acercas el gel, por favor”. Estaba perfectamente a su alcance, pero así iniciaba el juego. Juntó las manos en forma de cuenco y le vertí un poco. Empezó a frotarse desde los hombros hacia abajo. Yo entré en la ducha y también me eché gel en las manos. “¡Abusón!”, exclamó. Me ocupé de la espalda y jugué con los dedos por el vello, no tan denso como el del pecho. Él separaba los brazos, dándome opción a acceder a las axilas y, aún más, a rodearlo con mis brazos y repasarle las tetas. Los pezones duros se me resbalaban por el jabón. Se puso de frente y sus manos se deslizaban por la barriga. No me resistí a ocuparme del bajo vientre y él se dejaba hacer. Llené de jabón los huevos, que se escurrían entre mis dedos y, cuando repasé la polla frotando el capullo, la tenía ya bien tiesa. “¡Coño, cómo te pones!”, comenté. “¡Mira quién habló!”. Porque yo tenía tres cuartos de lo mismo. Rehuyó mis excesos de fricción y me dio la espalda. El culo se me ofrecía tentador, con los pelillos mojados y la raja oscurecida. Enjaboné haciendo círculos y me atreví con la raja. “¡Umm, cuidado con eso!”, advirtió. “¡Lástima que no tenga una pastilla de jabón que se caiga al suelo!”, bromeé. “Para que yo la recoja ¡eh, golfo!”. Pero completó la provocación. “Tendría que hacerlo así ¿no?”. E hizo el gesto de agacharse como si hubiera un  jabón real. Entonces me eché sobre él y mi polla resbalaba por la raja. Hice algunos remedos de follada pero, en uno de ellos, la espuma ayudó a que se me colara. “¡Tú, violador!”, me increpó, pero sin cambiar de postura. Ahora sí que le di varias arremetidas auténticas, aunque me frenó. “¡Para, para! Que si no luego me voy a aburrir contigo”. Ya erguidos, el agua volvió a correr sobre los dos, eliminando los rastros de gel. El jamonero comentó: “¡Anda, que has tenido doble remojón!”. “Con un tiburón como tú, lo que haga falta”, repliqué.

Secados, la ruta natural iba ser la del dormitorio. El jamonero se sentó en el borde de la cama y me atrajo entre sus piernas. “Tú ya te has aprovechado bastante de mí. Ahora me toca el desquite”. Se fue directo a sobar y chuparme la polla. Le ponía tanto entusiasmo que me llevaba al séptimo cielo. Se la sacó de la boca y me estrechó contra él, poniéndomela entre sus tetas, al tiempo que me agarraba el culo. Me dio un buen tute de sobeos, hasta que lo empujé por los hombros e hice que quedara tumbado. El recorrido completo por su cuerpo lo hacía patalear y tratar de defenderse falsamente. Le mordisqueaba las tetas y me encantaba tener que abrir paso a la lengua entre el poblado vello. La metía en el ombligo y le hacía cosquilla. Le sujeté hacia arriba la polla tiesa y me dedique a chuparle y meterme en la boca los huevos. Al fin me puse a hacer una mamada a esa verga gruesa y dura, con un capullo que le desbordaba la piel. El juguillo que destilaba se mezclaba con mi saliva. Quise insistir, pero me frenó. “¡Para, para, que siempre vas por la brava! ¿No tenemos la noche por delante?”. “¿Te piensas quedar?”, pregunté sorprendido. “Si me dejas… Así por la mañana llevo directamente el carro al super”. Su autoinvitación, con la promesa de disfrutar de su cuerpo cálido y confortable, me encantó y acepté su propuesta de tomarnos un respiro.

Nos recostamos cómodamente entre caricias más calmadas. Entonces se me ocurrió: “¿Te cuento un sueño que tuve la otra noche a tu costa?”. “¡Qué importante soy, hasta sueñas conmigo! ¡Cuenta, cuenta!”. “Estabas en el super, con tu chaquetilla roja y el gorrito, como te pones algunas veces en medio del público cortando jamón y ofreciendo lonchitas de degustación. Yo me acercaba y sacaba la lengua para que me dieras una de ellas. Pero te sorbía también un dedo, que me parecía más sabroso que él jamón. Tú te reías e hiciste un gesto para que me agachara. Entonces quedé de rodillas ante ti y de un tirón te eché abajo los pantalones. Apareció tu polla pidiendo guerra y te la chupé mientras tú seguías como si tal cosa repartiendo jamón a la gente, que miraban mis maniobras  curiosos o indiferentes”. “¿Y cómo acabó?”, preguntó el jamonero divertido. “No lo sé… Como pasa con los sueños, que me desperté. Pero estaba tan empalmado que me hice un pajón a tu salud”. “Pues si quieres, un día te monto el numerito aquí, con jamón y todo”. “Así tendría menos gracia…”. “¡Serás pervertido! A ti lo que te ponía era que la gente mirara”. “Como te ha puesto a ti que te lo contara…”, repliqué echándole mano a su polla tiesa. “¡Quieres dejarla en paz!”, me reconvino marrullero. “¡Joder, tío, ni que fuera de cristal! En el sueño eras más generoso…”, protesté. “Es que antes igual prefieres esto otro…”, y se giró para quedar bocabajo.

La exhibición de su culo gordo y velludo era una incitación irresistible. “Ya en la ducha me di cuenta de por dónde me ibas a llevar…”, dije dándole un repaso manual. “Soy así de sacrificado”, replicó meneándose lúbricamente. Hice que subiera las rodillas y le abrí la raja. Hundí la cara en ella y la lamí ansioso, enredando la lengua en el vello. “¿Estarás en forma?”, preguntó provocador. Le golpeé con la polla que desde luego tenía ya bien tiesa. “¿Tú qué crees?”. “¡Pues ataca!”. Directamente apunté la polla y se la fui clavando. “¡Así, así, qué buena polla!”, me incitó. El culo lo tenía caliente y resbaladizo, y él le daba unas contracciones que me ponían a cien. Para colmo se removía para aprovechar mejor las embestidas. “¡Dale, dale! ¡Cómo me gusta!”. Lo dejaba imprecar porque estaba concentrado en aguantar las oleadas de placer que me iban dominando. Avisé: “¡Me voy a correr!”. “¡Sí, sí, lléname de leche!”. Al tiempo que expulsaba resoplando el aire de los pulmones, me descargué con un gusto tremendo. “¡Joder, cómo me has calentado!”, exclamé cuando recuperé el resuello. “Y a mí me ha quedado el culo aplaudiéndome por dentro”, replicó con un giro de lo más expresivo.

Una vez bocarriba, en tanto yo me recuperaba, se puso a sobarse la polla. “Ahora el que se ha puesto cachondo soy yo”, declaró. “Espera, que te la trabajo”, ofrecí yo. “Prefiero que me comas las tetas mientras me hago un buen pajón… Así me dará más morbo”. No me desagradó la perspectiva y me lancé a lamidas y chupadas por todo el apetitoso pecho, enredando la lengua por el vello y endureciendo los picudos pezones, que pronto mordisqueé con deleite. Él se iba masturbando con voluptuosidad, gimiendo tanto por el placer que se iba dando como por los ataques de mi boca y mis manos sobre su torso. Pese a ocupación tan grata, no dejaba yo de echar ojeadas a ese capullo cada vez más encabritado que surgía de su puño. “¡Ajjj, qué gusto me estás dando! ¡Muerde sin miedo, que aguanto!”. Mis dientes rechinaban entonces sobre los pezones y él se retorcía de un placentero dolor. “¡Verás el chorro que voy a soltar!”. No fue uno, sino varios chorros que se dispersaron en varias direcciones, dándome algunos en la cara que aún le trabajaba el pecho. “¡Joder, si pareces una vaca!”, protesté. “¡Trae, que te la lameré!”, replicó soltando la polla goteante y echándose sobre mí. Con su lengua recogió lo que me había salpicado y me hacía tantas cosquillas que hube de apartarlo. “¡Lo que dije, talmente una vaca!”.

Procedía una nueva ducha que, aunque también conjunta, fue mucho más pacífica y refrescante. Secados lo indispensable, pusimos rumbo a la cocina. “¡Cómo se me ha abierto el apetito con la jodienda!”, exclamó el jamonero. “Con todo lo que has traído nos podremos apañar… ¡Lástima que el jamón ya lo tenga cortado!”, comenté. “¡Tú y tu obsesión de verme cortar jamón en pelotas!”, replicó. “Es que con tu pinta de ogro y esgrimiendo un cuchillo jamonero quedarías gore total”. “¡Ya tendrás gore cuando haya repuesto fuerzas…!”, amenazó. Dejé que preparara un piscolabis frío, en el que demostró su maña, y abrí una botella de vino. Zampamos de buen grado, despelotados y recreándonos en las promesas de nuevos revolcones. “Este vinillo se sube… ¡Qué lanzado me voy a poner!”, avisó el jamonero. “¿Más todavía? Una “habitación del pánico” me va a hacer falta”. “Tú no te resistas, que será peor”. Entre lindezas provocadoras de este género quedamos bien saciados de comida y bebida. No me sorprendió ya a estas alturas que la verga engordada empezara a oscilar por su entrepierna. Claro que yo también me estaba poniendo burro, pero no era esto lo que le interesaba ahora. Me rodeó y plantó las dos manos sobre mi culo. “¿No me ofrecerás tu virginidad?”, preguntó con lascivia. “¡Oye, que ya soy mayorcito!”, me defendí. “Mayorcito pero tembloroso cual doncella”. La verdad es que aquella verga gruesa y nervuda me daba pánico. Pero ya me estaba arrinconando hacia la encimera entre arrumacos. “¿Después del zambombazo que me has arreado te vas a hacer el tiquismiquis? Si acabarás dándome las gracias,…como hacen todos”, presumió. Así que quedé echado hacia delante con el culo en pompa. “¡Mira qué suavecito te voy a poner!”. Echó mano a la aceitera y me vertió unas gotas al inicio de la raja. Con la mano me untó y un dedo se deslizó por el ojete. “¡Y tú dándotelas de estrecho! Si te entra hasta un obús…”, exclamó dejándome bien engrasado. “¡No hables tanto y fóllame! No me vaya a arrepentir”, lo conminé para no retardar más lo inevitable. Algo más grueso que un dedo resbaló entonces por mi raja y dio en el blanco con una clavada que me hizo saltar las lágrimas. “¡Bestia!”, me salió del alma. Bien encajado empezó a menearse. “Ya sabía yo que este culito merecía la pena”, mascullaba. “No te entusiasmes y ve poco a poco, que me quema”, pedía yo. “¡Calla, llorica! Pronto pedirás que no pare”. La polla era muy gorda y me dolía, hasta que llegué a adaptarme. Ya me fue mejor y empecé a cogerle el gusto, aunque no quise animarle para que no se pusiera cafre. “El que calla otorga ¿eh, tragón?”, pareció leerme el pensamiento. “¡Calla tú y folla!”, exclamé al fin. Y vaya si le puso empeño, calentándome por dentro y por fuera. “Te voy a hacer un regalo ¿vale?”, avisó. “¡Vale, picha floja!”, lo provoqué. No tuvo tiempo de  devolvérmela, porque le dieron unas sacudidas que sentí en lo más adentro. “¡Ay qué a gusto me he quedado!”, proclamó dejándose caer sobre mi espalda. Noté que la polla le resbalaba hacia fuera, aunque el culo aún me latía. “No ha estado mal…”, dije con tono de burlona suficiencia. “¡Anda y que te den!”, respondió dándome una palmada. “¡Eso, eso!”, me reí, pero estaba agotado. 

Las horas habían ido pasando y el jamonero dijo: “Yo no sé tú, pero a mí me toca madrugar para ir al trabajo. Y aún habré de devolver el carro… ¿Por qué no nos encamamos y así por la mañana nos da tiempo para alguna cochinada más?”. Le provoqué: “¿Podré fiarme mientras duermo contigo al lado? Deberé hacerlo con un ojo abierto…”. “El ojo abierto ya lo tienes y no está en la cara… Ya verás que soy mimoso y me gusta dormir bien arrimadito”. “Eso me temo”, sentencié. Efectivamente nos echamos en la cama y me cayó encima uno de sus brazos como una zarpa. No me desagradaba desde luego, pero me iba a ser difícil conciliar el sueño. Porque su respiración paso de resoplidos a ronquidos, que me vibraban en el cogote. Pero el cansancio me pudo y, con algún cambio de postura más relajado, caí roque.

Al despertarme, tuve que hacerme a la idea de que compartía la cama con el jamonero. Aunque eso debió influir en que estuviera empalmado. De pronto noté que su mano buscaba mi polla. “¡Joder, cómo estás!”. Se me ocurrió explicar: “¡Claro! Anoche me quedé sin segunda corrida… No como tú, que me dejaste follado”. “Pues me estás contagiando”, y se agarró también la suya. “¡Ahora lo arreglo!”. Se puso a cuatro patas en dirección contraria a la mía y me dio un sorbido a la polla que me electrificó. Mamaba dulce pero persistente y yo tiré de una de sus piernas para que la pasara por encima de mí. Tenía así ante mi cara el culo peludo, los huevos colgantes y la polla a medio cargar. Usé labios y lengua para chupar y lamer todo lo que alcanzaba, hasta atrapar la polla que se endureció en mi boca. Acompasé mi ritmo de mamada al suyo y, como no podíamos hablar, los temblores en nuestros cuerpos indicaban el progreso del a doble excitación. Cuando noté que me iba, simultáneamente se me llenó la boca de leche. Quedamos tragando quietos unos instantes, hasta que el jamonero se derrumbó a mi lado. “¡La tercera!”, exclamó ufano. “Siempre me tienes que ganar tú ¿no?”, repliqué como si se tratara de una competición.

Me quedé remoloneando en la cama mientras veía al jamonero asearse en el baño y vestirse para marchar. Fue a coger el carro vacío y se asomó ya a punto. Me dijo irónico: “Siento que no me dé tiempo a traerte el desayuno a la cama”. Me levanté entonces y nos dimos un buen morreo de despedida.

Desde entonces nunca han faltado en mi casa los buenos embutidos.

martes, 7 de octubre de 2014

La casa rural


Un verano alquilé una casita en una zona apartada de una población rural. Mi intención era recluirme para dar un empujón definitivo a un libro cuyo compromiso de entrega estaba a punto de vencer. Con un hermoso arbolado por la parte de atrás, mi única vecindad era una finca algo destartalada que, al principio, pensé que estaba deshabitada. Pero esa primera impresión se desvaneció pronto cuando, a los pocos días, oí el ruido machacón de un motor que quebraba la placidez del lugar. Miré por la ventana de mi estudio y pude observar que un potente vehículo segador iba cortando la hierba del prado que abarcaba gran parte de la finca. Pero la molestia auditiva quedó compensada por la visión de su conductor. Se trataba de un hombre próximo a los sesenta años bastante gordo. Solo vestido con unos viejos calzones cortos, su pecho tetudo y velludo reposaba sobre la prominente barriga. Para protegerse del sol cubría su cabeza con un tosco sombrero de paja, que dejaba entrever una barba canosa. No me resulto indiferente, desde luego, el inesperado vecino, aunque tal vez fuera tan solo un operario que había venido para un trabajo puntual.

Sin embargo, no tardé en constatar que se trataba del residente en la finca, al parecer tan solitario como yo, pues no daba señales de vida nadie más. Me mantuve discreto y no creía que se hubiera percatado de mi existencia, o al menos le era indiferente. Pero a mí me entró el gusanillo de curiosear sus movimientos, sobre todo por la generosidad con que exhibía su robusta anatomía, apenas velada. Me da vergüenza reconocer que incluso recurrí a unos prismáticos para no perderme detalle. De todos modos mi disimulo no debió serlo tanto porque, al cabo de unos días, me sorprendió una llamada a la puerta. ¿Y quién podía ser sino el vecino? Yo todavía llevaba únicamente el pantalón corto del pijama y pensé en subir para ponerme la parte de arriba. Pero si tardaba, podría creer que no estaba en casa o, peor, que no quería abrirle. En efecto era él y, tal vez como deferencia, había a añadido a su escasa vestimenta una camisa completamente abierta, aunque no dejó de captar, con una mirada que me pareció complaciente, mi sucinta indumentaria. Se presentó muy cordial. “Ya he visto que no estoy tan solo por aquí y me ha parecido que era hora de conocernos… Espero no importunarte”, dijo al percibir mi inapropiado atuendo. “Por supuesto que no, si era yo el que debía haberte saludado”. Lo invité a entrar y se mostró muy extrovertido. “La verdad es que me temí que se tratara de una familia, con críos alborotando… Yo me paso aquí la mayor parte del año. Me encanta esta tranquilidad y me distraigo manteniendo la finca y haciendo arreglos en la casa, que es muy antigua”. “Desde luego es un lugar en el que se respira paz… Y el bosque de atrás me parece magnífico, aunque todavía no he llegado a explorarlo”, dije para animarlo a que se explayara. “¡Uy, los paseos que me doy por él! Y mis buenas siestas. Seguro que le coges gusto”. Titubeó como si temiera resultar indiscreto. “Por cierto, me ha parecido verte arriba oteando el cielo con unos prismáticos. ¿Eres aficionado a las aves? Por aquí hay mucha variedad”. Me entró sofoco porque el único pájaro que había oteado era él y dudé si su alusión a los prismáticos era una indirecta. Eludió mi falta de respuesta y prestó su atención al ordenador y la cantidad de libros y papales que se amontonaban sobre la mesa del comedor, que había convertido en mi despacho. “¡Vaya! Veo que debes ser un escritor… Espero que aquí encuentres motivos de inspiración”. “De eso se trata”, respondí sin dar más explicaciones. “Bueno, no te entretengo más… Para cualquier cosa, ya sabes dónde estoy. En cualquier caso pásate por mi casa cuando quieras… Si no me ves por ahí fuera, me buscas dentro. Sin cumplidos”.

No me atreví a devolverle la visita demasiado pronto. De todos modos, y pese a la alusión que había hecho al respecto, no me sustraje al curioseo de sus actividades, prismáticos incluidos, aunque con algo más de disimulo. Porque además me pareció percibir una mayor relajación en su forma de actuar en el exterior, tal vez al saber que su vecindad se limitaba a un hombre solo. Alguna vez salía a tender ropa completamente desnudo, y ver su sexo en libertad, así como su apetitoso culo, me ponía de lo más revuelto. Pero cuando se me ocurrió vigilar si lo sorprendía en alguno de los paseos por el bosque de los que me había hablado, tuve una  morrocotuda recompensa. El corazón me dio un vuelco cuando lo vi merodeando no muy lejos de mi casa. Iba con su pantalón corto y una toalla grande colgada de un hombro. Buscó un espacio sombreado, donde extendió la toalla. Se tumbó acomodándose sobre ella y, para mi pasmo, se sacó el pantalón, lo enrolló y se lo puso a modo de reposacabeza. De este modo quedó despatarrado con la entrepierna bien al aire. Lo que me daba que pensar era que precisamente hubiera escogido un emplazamiento tan a la vista de mi casa. Porque además, dormido, o simulándolo, se daba de vez en cuando unos toques a la polla que me ponían negro. No me pude despegar del espectáculo hasta que se levantó y, para colmo, echó una buena meada medio empalmado.

Ya no me resistí más a aprovechar su invitación y poder conocerlo en su intimidad. Así que, al día siguiente, no viéndolo merodear por el exterior, me dirigí a la casa. Llamé a la puerta principal, pero no recibí respuesta. No creía sin embargo que mi vecino estuviera ausente, ya que el coche permanecía allí al lado. Entonces, rodeando el edificio, fui a dar a una zona que parecía estar en obras. Un portalón se hallaba desmontado y me asomé al hueco. “¡¿Hay alguien?!”, grité. “¡Pasa, pasa! Estoy aquí encaramado”. Efectivamente me lo encontré subido en un tosco andamiaje desde el que alcanzaba a rebozar unas grietas del techo. “Es que estoy acondicionando esta parte de la casa que está muy deteriorada”, explicó al acoger mi llegada. Mi interés por observar su trabajo desde abajo disimuló el impacto que me causó lo que también se ofrecía a mi vista. Porque, vestido únicamente con uno de sus viejos calzones cortos con los que solía trajinar, sus anchas y cortas perneras brindaban la indiscreta perspectiva del turbador sexo. “En cuanto deje alisado este yeso estaré por ti”, avisó. “Me sabe mal interrumpirte…”, dije encandilado con mi morboso curioseo. “Para una vez que tengo buena compañía… Esto no corre prisa”. Dio sus últimos repasos con la rasqueta y comenzó a bajar por los travesaños del andamio. “Pero mira como estoy de pegotes de yeso… ¡Anda, que me vas a echar una mano!”. Salimos al exterior y puso en mis manos una manguera. Abrió el grifo de la pared y me instó: “¡Dame unos buenos manguerazos antes de que se seque esto!”. Se plantó presentándome su robusto cuerpo en espera de que lo remojara. Me resultó de lo más excitante verlo recibir el agua con deleite mientras se frotaba para eliminar las salpicaduras de yeso. Para colmo, al empaparse, el liviano calzón se pegaba a la piel y casi trasparentaba la raja y el vello aplastado del trasero. No menos incitante resultaba la forma en que se traslucían los rotundos atributos delanteros. Todo ello no le causaba a mi vecino más que un placentero cosquilleo, si bien llegó a comentar jocoso: “¡Cuidado a dónde apuntas el chorro, no me vayas a desgraciar!”. Y es que yo no sabía ya ni lo que hacía con tan sicalíptico remojón. Una vez concluido el lavatorio, él mismo cerró el grifo y, para mi pasmo, se sacó el calzón con toda naturalidad y, tras exprimirlo, lo colgó de un gancho. Yo no le quitaba ojo a su espléndida desnudez, que ahora tenía tan cerca y con la que él parecía sentirse muy a gusto. Echó mano de una toalla con la que se dio unos rápidos frotes, para ponérsela luego ceñida a la cintura. “Has empezado conociendo la parte más cochambrosa de la casa… Pero no te vayas a creer que vivo como un salvaje. Ahora verás el resto”, comentó invitándome a que siguiera sus pasos.

A través de un pasillo ya más lustrado, una recia puerta dio entrada a la cocina. Ésta era amplia y rústica, pero bien equipada. “¿A que va estando mejor la cosa?”, comentó orgulloso. Todo seguido propuso: “¿Qué te parece si desayunamos? Yo todavía no lo he hecho… Café, leche y unos bizcochos que yo mismo hago y que me salen riquísimos”. No era cuestión de rechazar su oferta, así que se puso rápidamente manos a la obra. Para ello empezó despojándose de la toalla, que sustituyó por un delantal de peto que, sin embargo, le dejaba el culo al aire. “Saca los bizcochos de ese armario, que yo haré el café y calentaré la leche. También puedes poner tazas y platos”, me instó dándome confianza. Pero yo estaba tan alucinado con la visión de su culo tan garboso que apenas si atinaba a cumplir con sus indicaciones. Finalmente se sentó frente a mí y los recios pezones le salían por los lados del peto entre el pelambre de su pecho. Mi permanente turbación desde el manguerazo no le debió pasar desapercibida porque, dirigiéndome una mirada incisiva, me preguntó: “¿No te hará sentir violento mi falta de pudor moviéndome por la casa?”. No dudé en responder: “¡Por supuesto que no! No soy tan timorato… Si me encanta tu espontaneidad”. Lo que no añadí fue que ya había sido testigo de esa falta de pudor en sus andanzas por el exterior. Aunque estaba muy a gusto allí con él, pensé que ya era hora de acabar la visita. Sin embargo, acordándome de cómo lo había encontrado al llegar, me vino una idea: “Si te va bien que te eche una mano en tus trabajos de albañilería puedes contar conmigo. Me convendrá un poco de actividad y no estar siempre encerrado entre papeles”. Acerté con mi ofrecimiento. “Pues mira, será estupendo. Porque estar solo encaramado en el andamio tiene su riesgo. Además, cada vez que necesito algo, tengo que ir bajando y subiendo. Así que tu ayuda será muy de agradecer. Nos servirá también de distracción a los dos”. “Entonces, mañana a primera hora me tendrás aquí”. El recuerdo de las vistas bajo el andamio y del morbazo del juego con la manguera me tuvo alterado todo el día.

Equipado con pantalón corto y camiseta me presenté puntual a la cita. Me pareció más correcto probar primero por la puerta de entrada. Tardó un poco en abrir y se mostró sorprendido. “¡Vaya, qué madrugador has sido! ¡Adelante!”. Iba ya tan solo con uno de sus ajados calzones. “Aún podremos tomar un café ¿no te parece?”. Pasamos pues a la cocina y, mientras dábamos cuenta del café, comentó mirándome: “Muy limpio has venido tú para trajinar ahí dentro”. Se dirigió a un cajón y sacó un par de sus calzones. “Será mejor que te pongas uno de éstos. Prueba el que mejor te vaya, aunque sean un poco grandes… De todos modos tú también estás llenito”. Opté ya por quitarme primero la camiseta y, a continuación, echar abajo el pantalón que, como era de deporte, llevaba la braga incluida. El vecino no se inmutó ante mi despelote integral, pero no quitaba ojo a mis sucesivas pruebas. “Mejor el primero ¿no?”, dictaminó. Yo no había notado mucho la diferencia, pero no tuve inconveniente en quitarme el que llevaba y cambiar al otro. “¿Ves como no te sobra tanto?”. Si él lo decía…, pero tuve que ceñírmelo bien bajo la barriga.

Nos dirigimos a la zona en rehabilitación donde se alzaba el rudimentario andamio. Mirándome sonriente comentó: “No haces tú pinta de tener mucha experiencia en esto…”. Hube de reconocer que no, aunque le podía servir para irle pasando cosas y estar atento si daba algún traspié. “En cualquier caso me va bien tu compañía”. Con estas expresiones de buenos deseos, nos pusimos en acción, o más bien se puso mi vecino. Me gustó que usara mi hombro de apoyo para impulsar su pesada figura hacia arriba del andamio. Me quedé abajo en disposición de atender sus demandas. Pero de lo que más me ocupé fue otear el asomo de la polla y los huevos que coronaban los robustos muslos bajo las anchas perneras del calzón. Tan alelado estaba que tuvo que advertirme. “Si te quedas ahí debajo, te va a caer encima de todo”. El vecino iba repellando las grietas hasta que dijo: “Me viene bien que estés aquí porque así me ayudarás a correr el andamio y podré seguir por otra zona”. Fue bajando por la escalera adosada y, en los últimos peldaños, le vaciló un pie y me precipité a sujetarlo por el culo. Al pisar el suelo sano y salvo, hizo un amago de descargar su peso con las manos sobre mis hombros, y el roce de nuestras barrigas me dio escalofríos. “¿Ves? Gracias a ti no me he dado una ostia”. Empujamos el artefacto codo con codo. “¡Cuidado, no se nos vaya a caer encima!”, advirtió. Una vez emplazado, me retó risueño. “¿Te atreverías a subir y repasar aquella grieta que es pequeña?”. No las tenía todas conmigo, pero quedaría en ridículo si no lo hacía. Ahora fue él quien me empujó por el culo mientras ascendía. Hice lo que pude con la grieta y me di cuenta de que, a pesar de haberme llamado la atención por ponerme tan debajo, él hacía lo mismo. Y bien que miraba, porque mi ancho calzón se abría como si fuera una falda escocesa. “Bueno, ya has tenido tu bautizo de fuego… Será mejor que bajes y lo dejemos por ahora. Esto ya ha quedado cambiado de sitio y habrá tiempo de continuar”. Con precaución fui pisando los travesaños y al llegar a su alcance me fue sujetando protectoramente por la cintura. “No te vaya a pasar como a mí”.

“Bien, ya sabes lo que toca ahora… Los dos estamos bien enharinados”. Así que no me iba a perder el ritual de la manguera, pero esta vez compartido. El vecino se lo tomó en plan jocoso, me entregó el extremo y abrió el agua. “¡Hala, enchúfame!”. Volví a disfrutar remojando su cuerpo y haciendo que el calzón se le pegara, dejando traslucir sus partes más íntimas. Aunque ya las tuviera bien vistas al aire, el morbo era igual. Antes de cambiar de bando, el vecino se quitó el calzón, lo exprimió y colgó en un gancho. Me quitó la manguera y me regó a placer. “¡Venga, fuera eso también!”, se refirió a mi calzón prestado. Menos mal que el agua fría me mantenía atemperada la calentura y no di la nota, como habría pasado minutos antes. Nos secamos, pero las toallas quedaron colgadas y pasamos a la cocina en cueros. “¡Qué bien se está así ¿verdad?!”. “¡De maravilla!”. “Desde luego te quedas a comer… Tengo carne para hacer a la brasa y buen vino”. Se puso su delantal con el culo al aire y yo, con la excusa de ayudarle, le pedí otro; más que nada para prevenir indiscreciones. Porque, pese a que las miradas con que me envolvía parecían bastante descaradas, me sorprendía que su actitud, aunque desinhibida, se mantuviera en la sana camaradería. Cosa que a mí me resultaba más difícil de sobrellevar. Pero el vecino iba a la suya y no tenía más que dejarme llevar. “Luego nos vamos al bosque detrás de tu casa y verás qué buena siesta nos vamos a pegar”. Después de recoger y lavar los platos, puso en marcha su plan. Como se limitó a echar mano de una toalla enrollada, le pregunté: “¿Vamos a ir así?”. “¡Pues claro! Si por aquí no hay nadie y es una delicia vagar desnudo por el bosque. Ya verás… Además esta toalla es bastante grande para nuestra siesta”.

Desde luego, parecíamos dos faunos en nuestro medio natural. Y verlo bajo la luz tamizada del follaje me exaltaba el ánimo. Paseamos un buen rato mientras me glosaba el encanto del silencio, solo roto por los pájaros y alguna rama quebrada, así como los olores que desprendían las plantas. Toda una égloga en contraste con su voluptuosa estampa. “¿Qué te parece este rellano sombreado para extender la toalla?”. No esperó respuesta y la desplegó. Sí que era grande pero, con nuestros respectivos volúmenes, no es que fuéramos a estar muy separados. Se dejó caer con un volteo de piernas y quedó panza arriba en impúdica exhibición. Dio unos golpecitos a su lado invitándome a imitarlo. Por supuesto lo hice y era tan justo el espacio que necesariamente nos rozábamos de continuo. El encuentro de su brazo velludo con el mío, que él no hurtaba, me ponía la piel de gallina. Pero mi vecino parecía pasar de mí y yo, descaradamente, me coloqué de costado para mirarlo a gusto. Había cerrado los ojos, aunque yo diría que fingía dormir. Su pulsión exhibicionista era lo más claro que tenía hasta el momento. De pronto se giró también hacia mí y dejó caer la mano a lo tonto llegando a rozarme la polla. No me moví pese a que se me estaba endureciendo y él siguió con la mano muerta. Me sorprendió que abriera un ojo y me mirara a la cara. Sin apartarse ni un milímetro, preguntó: “¿Te estás empalmando?”. Respondí cínicamente: “Con este calor y la molicie…”. Como si tal cosa dijo: “A mí me está pasando igual”. Desde mi quieta posición, su muslo un poco subido no me permitía ver lo que ocurría tras él. Así que, pagándole con su misma desfachatez, dejé que me resbalara una mano y di con el capullo que se abría paso. Con igual tono neutral comenté: “Eso parece”. Como pasmarotes, quedamos quietos los dos sin pasar del roce mutuo. En esa actitud me di cuenta de que, al deseo punzante de tener de una vez un revolcón en toda regla, se le sobreponía el morbo retardatario que, con su falsa indiferencia sexual, mi vecino le estaba poniendo a la situación. Así que dejé que él siguiera pautando el tempo. “Se está bien así ¿verdad?”, dijo con voz calmada. No contesté, pero hice un casi imperceptible movimiento de aproximación. Me sorprendió al añadir enigmático: “Probablemente no vamos por el mismo camino…”. “No te entiendo”. “Tú no eres tan mayor como yo y, aunque lo disimules educadamente, te desconcierta mi forma de comportarme. Presumo que, si fuera por ti, ya nos habríamos liado”. No lo negué y pregunté: “¿Cuál es el problema contigo?”. “Es una historia un poco larga…”. “¿No me la contarías?”.

Entonces se apartó un poco de mí y se colocó bocarriba, con la mirada hacia los árboles y el cielo. Estaba espléndido en su pose relajada, manteniendo sin pudor la erección que a veces acariciaba impensadamente mientras hablaba. Ni que decir tiene que mi excitación no era menor. “Durante varios años vivió aquí conmigo el que podría decirse que fue el amor de mi vida. Todo nos iba de maravilla hasta que las cosas se fueron torciendo. Mi compañero llegó a sentirse ahogado en esta existencia tan bucólica y empezó a hacer frecuentes viajes a la cuidad. Resumiendo, llegó a decirme que había encontrado algo mejor y desapareció de mi vida. Algo muy vulgar ¿no? El caso es que quedé destrozado y se acentuó mi misantropía. Desde entonces no había vuelto a estar con nadie… Pero cuando apareciste tú, que encima eres de un tipo muy parecido al suyo, se me revolvieron todos los recuerdos”. Se interrumpió y me miró para comprobar si lo seguía. “Así que irrumpí como un fantasma…”, dije afectado. “¡Para nada!”, replicó y, para confirmarlo me dio una afectuosa palmada en un muslo. “Si me puse la mar de contento… ¿No ves las piruetas infantiloides y exhibicionistas que hago por el afán de sentirme deseado de nuevo?”. “Y lo has conseguido”, confesé sin ambages. “Pero hay más ¿no?”, añadí. “Después de tanto tiempo resulta que la idea de tener otra vez sexo me aterroriza y me hace poner el freno”. Quiso quitar trascendencia a su declaración. “O sea, que a mis años me estoy comportando como un calientapollas… Para darme de ostias ¿no?”. “No es eso precisamente lo que te daría…”, dije apuntándome a su tono desenfadado, aunque añadí: “Pero respeto tu posición”. Me pilló completamente por sorpresa su rotundo “¡No lo hagas!”. La postura entregada de su cuerpo, con las piernas ligeramente separadas, me impulso entonces a pegarme a él y tomarle la polla con mi mano. Con los ojos cerrados, emitió un profundo suspiro. Acaricié su dureza y fui acercando la boca. Primero lamí el capullo, recogiendo el trasparente elixir que la excitación le hacía destilar. Tembló todo él y, cuando me entré la polla entera en la boca, sus piernas se tensaron. Mientras chupaba, mis manos acariciaban los recios muslos velludos, que empezaban a temblar. Sin embargo de pronto me detuvo, llevando las manos a mis hombros para que me alzara. “¡No sigas!”. Quedé desconcertado ¿Lo habría dominado su tabú del sexo?

Pero lo que hizo fue incorporarse para darse la vuelta. Arrodillado y echado hacia delante sobre los codos, no hicieron falta palabras para saber lo que me ofrecía. En esa posición, el culo dilatado y salpicado de vello dejaba la raja tan abierta que era posible vislumbrar el punto oscuro del ojete, mientras los huevos colgaban entre los muslos. Aun así pregunté: “¿Estás seguro de que es eso lo que quieres?”. “¡Completamente!”. Primero, no resistí la tentación de plantar las manos a cada lado y acercar la cara para lamerlo y ensalivarlo. Sus murmullos me enardecían. Luego ya me froté la polla bien tensa y la apunté con precisión. Fui dejándome caer lentamente y apreté para traspasar la barrera. A medida que iba entrando, mi vecino emitía un siseo similar al de un globo que se deshincha. Ya del todo dentro, afirmé los brazos en torno a sus anchas caderas. Cuando inicié el bombeo, murmuró: “¡Oh sí, cómo me gusta!”. Yo no puede decir nada de la excitación que me invadía. Quería aguantar para prolongar tanto su placer como el mío y hacía cambios en la cadencia de mi movimiento. Pero ni por esas logré controlar la corriente que me sacudía. “¡Voy a correrme!”, casi grité. “¡Claro, disfruta tú también!”, replicó generoso. Y ahí me vacié quedándome bien adentro. Fui deslizándome hasta caer a su lado y él se tendió de costado. “¡Qué bien has estado!”, comentó satisfecho. “Con las ganas que tenía…”, reconocí. Tras unos instantes de recuperación, mi vecino dijo con sentido del humor: “¿No te parece que deberíamos dar por terminada esta siesta tan idílica? Esto es un poco incómodo para ciertos meneos”. “Mi casa está más cerca y eres bienvenido”, propuse porque el meneo merecía continuidad. “¡Uy, qué miedo me das!…Pero vamos”, aceptó sonriente.

No tardamos en llegar y, pese a que tenía muchas ganas de meterle mano ya sin trabas, como mi vecino parecía tomárselo con más calma, no lo atosigué. Ofrecí tomar algo fresco, que buena falta nos hacía. Mi escaso mobiliario solo disponía de un par de sillones enfrentados, con una mesita baja en medio. Nos acomodamos en ellos mientras calmábamos nuestra sed. Aunque su desinhibida desnudez ya no era novedad, el que ahora pudiera disfrutarlo mucho más que con la vista, reavivaba mi excitación. Por su parte, el descaro con que había desplegado su exhibicionismo, al que también me había arrastrado, lo mantuvo con una provocación más explícita. Mientras saboreaba su bebida, se acariciaba la polla, llegándola a tener de nuevo en plena forma. Ante mi intento de lanzarme sobre ella, interfirió con expresión y voz voluptuosas. “Espera un poco… Me gusta que me mires”. “¡Serás provocador!”, exclamé atrapado. “De eso se trata ¿no?”. Se la meneaba mientras acariciaba sus tetas con una extrema lubricidad. Yo había empezado a masturbarme a mi vez y él lo celebró. “¡Así me gusta! ¡Provócame tú también!”. Pero sabía lo que yo deseaba y añadió: “¡Tranquilo! Cuando me falte poco te aviso para que me remates”. Me puse en guardia y me bastó la expresión de su cara para lanzarme entre sus piernas. Apartó la mano y cedió a mi boca la polla a punto de ebullición. Recibí su descarga con glotonería mientras él resoplaba. Aún relamía yo cuando comentó: “¡Vaya, vaya! Follado y mamado después de tanto tiempo…”.

Cuando me puse de pie, no le escapó mi erección lacerante. Me atrajo hacia él y me pasó un brazo por la cintura. “Todavía puedo con esto”. Su boca tomó posesión de mi polla y la chupó con dulzura y constancia. “Como sigas así un ratito más me voy a volver a correr”, avisé con la excitación in crescendo. No me soltó, sino que me dio unas palmadas al culo, expresivas de que era precisamente lo que pretendía. Y desde luego que lo iba a complacer, porque la boca cálida y el juego de su lengua me tenían ya a punto de ebullición. “¡Oooooh, que me viene!”, y afirmó los labios para recibirme. Succionaba y tragaba lo que me iba saliendo, hasta que, con las piernas flojas me dejé caer sobre él. Su cara de libidinosa satisfacción era patente. “¡Para ir con recelos, vaya marcha que llevas!”, comenté encantado. “Una vez que empiezas…”, dijo con sorna, añadiendo: “Y ve con cuidado porque, cuando menos te lo esperes, te haré algo que todavía me falta…”. “A este paso no tardarás mucho”. “¡Hombre, dame un respiro, que eso requiere estar en plena forma!”.

Dijo que volvería a su casa. Me habría gustado que se quedara a pasar la noche, pero respeté su decisión. Probablemente, aunque había superado la barrera de sexo, aún no entraba en sus esquemas mentales una convivencia más estrecha. No obstante, avisó al despedirse: “Espero tu visita ¿eh?”. “¡Claro! Tenemos que acabar lo de techo ¿no?”. “Bueno, eso será lo de menos…”.

Dejé pasar un par de días, porque yo también tenía mi trabajo, demasiado descuidado por los encuentros con el vecino. Cuando no resistí más me presenté en su casa. Su satisfacción al abrirme era patente. “¡Qué bien! Temía haberte decepcionado”. “¡Tú y tus temores!”. Y para demostrarle que de eso nada, me acerqué y llevé una mano directamente a su paquete por encima del habitual calzón. “Con la joya que guardas aquí…”. Se rio dejándose acariciar. “¡Sí que vienes fuerte!”. “Vengo a ponerme a tu disposición…”. “¡Uy, uy, uy! Serás provocador…”. “También me toca serlo a mí”, dije sin dejar de sobarlo. La polla se le había puesto muy tiesa y lo desafié. “¿No me llevarías a la piedra del sacrificio?”. “Mi cama no es tan dura como eso, pero puede valer”. Por si tenía dudas, me bajé el pantalón y le enseñé el culo. “Todo para ti”. Me dio una palmada y me empujó. “¡Anda, que me pierdes!”.

Ya en el dormitorio, me eché bocarriba sobre la cama, mostrándole mi excitación y dispuesto a entregarme para lo que quisiera. No se privó, desde luego, de tomar mi polla con su boca, pero no iba ser esa su dedicación preferente. Porque mientras chupaba, hizo que subiera los pies hasta ponerlos arriba y su lengua pasó a lamerme los huevos y de ahí a buscarme el ojete. Su inquieto recorrido me producía oleadas de placer. Insistía ensalivándome y me metió un dedo cuidadosa pero firmemente. Estiró de mis piernas para dejarme el culo justo al borde de la cama y las mantuvo elevadas. Noté que su polla rastreaba la raja y, por un momento, soltó una de mis piernas para ayudarse con la mano a apuntar en el blanco. La primera penetración me dolió, porque hacía tiempo que no me la hacían. Pero crispé las manos sobre las sábanas, deseando que su placer fuera también mío. Porque mi vecino bombeaba y resoplaba bien agarrado a mis pantorrillas; su barriga me golpeaba los huevos. “¡Uff, cómo me está gustando! ¿Y a ti?”. “¡Sí, sí, sigue así!”. Su ardor se me trasmitía y me embargaba. “Voy a correrme fuera ¿quieres?”. “¡Claro, échala sobre mí!”. Tras las últimas y fuertes arremetidas, su polla rebotó al exterior y la leche se dispersó por mi vientre. Me soltó las piernas, que cayeron desplomadas. “¡Gracias, cómo he disfrutado!”, exclamó todavía trémulo. “Y con malabarismos y todo”, dije en referencia a su forma de salirse en el último momento. “¿No te ha gustado? ¡Espera y verás!”. Sin dejarme mover, se inclinó sobre mí y se puso a lamer lo que acababa de expulsar. El recorrido de su lengua me fue excitando tanto que mi polla se fue endureciendo y él, una vez acabada la limpieza, la engulló. Se aplicó en una morbosa mamada, aún con el sabor de su propio semen en la boca, que me puso a cien. Con la marcha que llevaba, sabía que no pararía hasta haberme vaciado. Así que me entregué a sus dulces pero constantes succiones y lamidas. Ni siquiera avisé cuando sentí que me vaciaba, aunque había notado mi tensión y apretó los labios para no perder ni una gota. Con la misión cumplida se deslizó sobre la cama a mi lado, con la mirada brillante de satisfacción. “¡Qué guardado te tenías que eras tan vicioso!”, afirmé. “¿No te había dado ya bastantes pistas?”, dijo riendo.

Entre similares efusiones amatorias trascurrieron los días que restaban de mi estancia en el lugar. Cuando llegó el momento de mi partida, quedó claro que ni él ni yo podíamos convertir nuestro encuentro en una relación estable. Ello no fue obstáculo sin embargo para que yo, aprovechando cualquier ocasión que se me presentara, le hiciera una visita. Ya no me hacía falta alquilar ninguna casa del entorno, pues era recibido en la suya con cordialidad… y mucho más.