lunes, 30 de marzo de 2015

El diácono


Diego, acabados sus estudios en el Seminario, había llegado a ser ordenado como diácono, paso previo a su consagración al sacerdocio. Era un joven regordete y risueño que aparentaba menos de los veintiséis años que tenía. De una sólida vocación, se mantenía fiel al voto de castidad que su estado comportaba. Con tesón se había mantenido alejado de las tentaciones derivadas del contacto con el sexo femenino. El apego que había sentido por algunos de sus superiores los vivía más bien como muestra de respeto y deseo de imitación, sin apreciar en ello ninguna connotación de otro orden.

Por su parte, el padre Emilio era párroco en la iglesia de una población mediana. Grueso y superados los cincuenta años, su carácter extrovertido y campechano le había hecho acreedor de mucho predicamento entre sus feligreses. Con el propósito de lograr alguna ayuda en sus tareas de culto y pastorales, acudió al obispo de la diócesis. Le fue asignado precisamente el recién ordenado diácono Diego, que cayó muy bien al padre Emilio nada más conocerlo.

Ambos congeniaron enseguida y, además de sus tareas en la iglesia, compartían la casa parroquial. Ésta era antigua y necesitada de reformas, pendientes del siempre aplazado presupuesto. Como era lógico, el padre Emilio siguió ocupando la habitación más confortable y Diego se instaló en otra más pequeña y algo incómoda. Lo cual no le importó dado su espíritu humilde.

Aparte de esas relaciones cordiales, a un nivel más personal, Diego fue experimentando hacia Emilio, quien pronto le pidió que lo tuteara, la veneración que siempre había sentido por sus superiores. En cuanto a Emilio, la lozanía e incluso candidez de Diego empezaron a remover en su interior ciertas pulsiones poco ortodoxas, que además se hacían cada vez más intensas.

En esta línea, Emilio empezó a desplegar un cierto espionaje de la intimidad de Diego. Más de una vez, cuando oía el sonido de la ducha, había irrumpido en el baño y tras la falsa excusa de “¡Perdona, no sabía que estuvieras aquí!”, aprovechaba para echarle una ojeada antes de volver a cerrar la puerta. Maliciosamente se llegó a alegrar el día en que, tras volver Diego de una excursión con los niños de la catequesis, mostrara un desgarro sangrante en una pierna, producido por una piedra a consecuencia de una caída. Poder decirle “Quítate los pantalones, que eso habrá que limpiarlo y desinfectarlo”, le produjo un gran alboroto interior. De este modo Diego quedó en calzoncillos y se sentó en una silla con la pierna estirada. Emilio pudo aprovechar sus desvelos curativos para palpar la recia y suavemente velluda pierna. Ante la visión del bulto que hacían los calzoncillos enterrados entre los muslos, tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para resistir el impulso de echarlos abajo y desvelar su contenido. Diego, ante lo que podía parecer un exceso de celo en el manoseo de Emilio, solo lo interpretó como una muestra de afecto.

Llegó el invierno, que en aquella comarca solía ser bastante frío. Resultaba que a la habitación de Diego no llegaba la calefacción y el pobre había de soportar resignadamente las desapacibles noches. Fue entonces cuando Emilio tuvo una idea, que le trasmitió a Diego. “Esta dichosa casa es un desastre… Me sabe mal que tu dormitorio sea tan gélido. Se me ocurre que podías pasarte al mío, si no te importa. Hay un catre donde al menos no pasarías frío”. Diego, al que en un principio le daba un cierto corte, acabó aceptando la oferta, agradecido por la generosidad de Emilio. Pero resultaba que el catre era duro y demasiado estrecho para el rollizo Diego quien, si bien no tuvo frío, apenas pudo dormir y amaneció con el cuerpo baldado. Emilio tampoco pegó mucho el ojo, pero por otro motivo. Oír la respiración y los movimientos inquietos de Diego, tan cerca de él, lo mantuvo en un intenso desasosiego. Por la mañana le comentó: “Me parece que no has estado muy cómodo…”. Diego reconoció: “Al menos no he tenido frío… Pero igual te he estado molestando”. “En absoluto”, replicó Emilio.

La noche siguiente cada uno volvió a ocupar su cama en la habitación de Emilio. Pero éste, al cabo de un rato, se decidió a dar el paso que llevaba barruntando todo el día. Así que dijo: “Anda, entra en mi cama que estarás mejor… Es lo suficientemente ancha para que quepamos los dos”. Esto sí que sorprendió a Diego, que no se atrevía a hacerlo. Emilio insistió: “¡Venga! No tengas reparos, que te lo pido yo”. Diego ya no pudo menos que corresponder a  ese gesto de confianza. Salió del catre y, con su casto pijama, se deslizó dentro de la cama de Emilio. Se mantuvo lo más apartado posible, pero lo turbó sentir unas palmaditas en el muslo. “Veras qué bien estamos los dos”, decía Emilio. Azorado, a Diego solo se le ocurrió contestar: “Gracias… Buenas noches”. Optó por ponerse de lado dando la espalda a Emilio e intentó conciliar el sueño.

Emilio había quedado preso de una gran excitación, que se le mostraba en la entrepierna con una fuerte erección. Pero asimismo se hallaba sumido en total confusión. Porque estos primeros pasos que había dado lo arrastraban a dar más, y cada vez más descarnados ¿Cuánto podría dar de sí la buena fe de Diego? ¿Y si éste llegaba a plegarse a sus deseos o incluso también los tenía ocultos? Sin poder salir del atolladero mental, se giró acercándose al cuerpo del Diego. Oír su plácida respiración lo enervaba, pero a la vez indicaba que estaba sumido en el sueño. Se atrevió entonces a posarle una mano en el culo, lo que le hizo sentir una especie de descarga eléctrica. Se quedó así hasta que un movimiento inconsciente de Diego lo hizo apartarse. Esa primera noche en que compartían cama no intentó nada más. Mejor aguardar a que Diego asumiera con más confianza la intimidad que así se creaba.

Emilio había conseguido dormirse tardíamente y, cuando despertó, Diego ya se había levantado y sonriente le dijo: “Espero no haberte dado una mala noche”. Emilio respondió: “¡Qué va! ¿Y tú qué tal estás?”. “Estupendamente… Eres muy amable conmigo”. Emilio quiso entender esto como una confirmación por parte de Diego de que no rehuía seguir compartiendo cama.

Esa noche Emilio se fue antes a la habitación sin esperar a que Diego acabara de recoger en el cocina. Se limitó a decirle: “No tardes”. Deseando volver a tenerlo en la cama, le vino además la lasciva ocurrencia de no ponerse el pantalón del pijama. Le satisfizo que Diego ya no dudara en meterse a su lado. Para colmo, agradecido de que compartiera la confortable y abrigada cama, le dijo: “Te portas tan bien conmigo…”. Hasta se atrevió a ser el que le diera una cariñosa palmadita en el muslo. Le extrañó el roce directo de la piel velluda y retiró enseguida la mano. Algo turbado, ya solo dio las buenas noches y se giró de espaldas.

Emilio estaba de nuevo excitado al máximo y llevó una mano hacia la desnudez de sus bajos. Se acarició el pene erecto y de buena gana se habría masturbado de no ser por la agitación de la cama que ello hubiese provocado. Además estaba decidido a un tanteo más osado de Diego. Esperó a que la respiración de éste indicara que se había sumergido en un sueño profundo. En esta ocasión subió con cuidado la chaqueta de pijama y metió una mano por la cintura del pantalón para acariciar el suave culo. De pronto oyó: “¿Qué haces?”. “Nada. Sigue durmiendo”, y siguió con el manoseo. Diego llevó una mano hacia atrás para apartarlo y fue a dar con la polla tiesa de Emilio. Sobresaltado dijo: “Eso que haces no está bien”. Emilio sacó la mano pero se arrimó más y vio llegado el momento de desplegar la argumentación que venía construyendo desde que decidió no seguir reprimiendo su deseo. Dijo con todo cinismo: “Son necesidades que uno tiene”. Diego, desconcertado, se dio la vuelta  de cara a Emilio y le replicó sin mostrar enfado: “Pero nosotros no podemos dejarnos llevar por ellas… y menos así”. Emilio contraatacó: “Precisamente así es como puedo hacerlo yo”. A Diego le sorprendió tanto esto último que se incorporó para quedar sentado. “No entiendo  de qué hablas”. Emilio, sin inmutarse, se dispuso entonces a hacer una pedagogía que resultara convincente para sus intereses. “Veo que eres más inocente de lo que esperaba. Sabes poco de la realidad de la vida eclesiástica…”. Diego no pudo estar más intrigado. Emilio prosiguió: “El voto de castidad se impuso para que los clérigos no formaran familias y procrearan hijos que dificultaran sus tareas. Pero lo que sí se permitió, y se sigue permitiendo, es que las necesidades que tiene todo hombre se satisficieran discretamente entre los propios eclesiásticos ¿Cuáles crees que son las funciones de un diácono?”. “Ayudar y asistir al sacerdote”, recitó Diego. “Pues ahí puede entrar también lo que yo necesito de ti”, añadió Emilio. “Nadie me había hablado antes de eso”, replicó Diego escéptico. “Precisamente por la discreción que lo rodea… Es el sacerdote el que puede hacerlo, si cree que el diácono es adecuado”, siguió fabulando Emilio. Cuando Diego preguntó: “¿Y tú crees que yo lo soy?”, supo que había allanado el camino. “¡Claro que sí! Sabes que te encuentro muy agradable”. A Diego le costaba asimilar que aquello se le planteara como un deber para con su superior. Por otra parte, Emilio ejercía sobre él un sentimiento de adhesión semejante al que le habían inspirado otros prelados y que, en las actuales circunstancias, podía tener una manifestación que hasta entonces había eludido. Por eso su actitud de rechazo inicial se fue debilitando. “Es que me va a resultar muy difícil…”. “Tal vez te parezco demasiado mayor y gordo”, dejó caer Emilio. “¡No, qué va! Eso nunca me provocaría rechazo”. “¿Entonces te atrae?”. “No te diría que no… Pero llegar al sexo…”. Le resultó raro pronunciar esta palabra, aunque era la que planeaba en toda la conversación. “Ya te he explicado por qué está justificado… Para ti sería un acto de servicio”, le recordó Emilio, que veía cada vez más cerca la meta. “No querría tomármelo solo así”, replicó Diego. Pero esta casi definitiva aceptación dio un giro inesperado, porque Diego dijo con tono de súplica: “Te pediría que esta noche nos limitemos a dormir… Necesito poder asimilar algo tan inesperado para mí”. Así pues durmieron, más o menos, pero desde luego sin tocarse.

Al día siguiente se comportaron con total normalidad, sin la menor alusión al tema. Al llegar la noche, Emilio volvió a irse antes a la habitación. Solo dijo: “Mi cama sigue abierta para ti”. Pese a las dudas sobre el comportamiento de Diego, decidió acostarse sin el pijama, pero con la ropa de cama subida hasta el cuello. Le dio un vuelco el corazón cuando Diego abrió la puerta. Sin embargo éste, ya cambiado con el pijama como de costumbre, hizo amago de volver a ocupar el catre. Emilio le preguntó extrañado: “¿No vienes a la cama?”. Diego titubeó y al fin dijo: “Sigo creyendo que no está bien”. Emilio exageró su expresión de asombro y personalizó. “¿Tan desagradable te resulto?”. “No es por ti… Si te agradezco tu sinceridad”. “Entonces no te entiendo…”, insistió Emilio. “Es todo tan extraño… Nunca había tenido dudas sobre lo que consideraba correcto”. Porque en realidad a Diego le inquietaba darse cuenta de que había algo más que veneración y respeto hacia el sacerdote que lo acogía, por más que se lo hubiera negado a sí mismo. Emilio no estaba dispuesto a desaprovechar la actitud dubitativa de Diego. Al fin y al cabo había llegado a ir a su habitación, pese a saber lo que se esperaba de él. En un gesto de osadía apartó la ropa de la cama, desvelando sin pudor su rollizo y peludo cuerpo, en el que destacaba una patente excitación. “¿No ves cómo estoy?”, exclamó en un tono algo irritado. Diego no pudo evitar recorrerlo con la mirada, pero guardó silencio. Emilio pidió entonces: “Al menos podías dejar que te vea yo también…”. La firmeza de Diego se tambaleó y al fin dijo: “Si es lo que necesitas…”. Con manos temblorosas se fue quitando las dos piezas del pijama hasta dejar completamente desnudo su cuerpo relleno y algo velludo. Emilio lo contempló ardiendo de deseo. “Necesito algo más…”, dijo y le tendió una mano. “¿Por qué no vienes a mi lado?”. Diego, en la indefensión que acrecentaba su desnudez, y más allá de su voluntad, le tomó la mano y dejó que Emilio tirara de él hasta hacerlo caer sobre la cama. Diego, no obstante, se mantuvo con un cierto recato, procurando no rozarse con Emilio. A éste, aun ardiendo de deseo, le quemaba también la actitud meramente resignada de Diego. “¿Solo te mueve la obediencia?”, le preguntó. Diego fue ya sincero. “No lo sé. Enséñamelo tú”.

Emilio, una vez que la seducción de Diego había quedado consumada, pensó que, pese a la urgencia de su excitación, no debería abrumarlo con su lujuria. Por ello se volvió hacia él, sin arrimarse demasiado, y se puso a acariciarlo con delicadeza. Por lo demás, el cuerpo redondeado y de piel limpia poblada de un vello suave lo merecía. Repasaba con los dedos los pechos turgentes para irlos resbalando luego por la barriga, donde el vello se aclaraba. Llegó con contención a la zona más íntima, que primero bordeó para rozar los fornidos muslos, en uno de los cuales quedaba la sombra del rasguño que había curado. Diego se dejaba hacer respirando profundamente. Ya Emilio palpó el inerte pene y cosquilleó los testículos. Notó el estremecimiento de Diego, que lo alentó a manosear con más decisión. Le encantó percibir que el miembro acusaba un efecto endurecedor. Por su parte a Diego, cuyo cerebro había quedado lavado a fondo en el rechazo al sexo, le resultaba difícil comprender la revuelta que se estaba produciendo en todos sus sentidos. La hinchazón de su pene, inicialmente estimulada por las caricias de Emilio, se consolidaba ahora con total autonomía y le provocaba una extraña sensación, casi dolorosa, en los testículos. Se oyó a sí mismo preguntar con lengua pastosa: “¿Debo tocarte yo también?”. Nada mejor podía desear Emilio que, no obstante, inquirió: “¿Lo quieres tú?”. “Creo que sí”, respondió Diego, que miraba ahora con nuevos ojos aquel cuerpo más grueso y maduro que el suyo y con vello más poblado y oscuro, que lo atraía con una intensidad desconocida para él. Emilio se tendió complaciente y Diego empezó a remedar las caricias que él mismo había recibido. Se detuvo ante la verga erecta, cuyo capullo rojizo y húmedo desbordaba la piel. “Dime qué he de hacer…”, consiguió pedir para que Emilio le marcara la línea a seguir. “Quiero que tus manos me den calor… Yo te lo daré también a ti”. Como Diego se hallaba erguido sobre las rodillas, Emilio, apoyado sobre un codo, tomo con la mano libre la polla de aquél para frotarla. “Hazme lo mismo”, dijo ofreciéndose a su vez. Diego entonces palpó la verga de Emilio imitando la cadencia. “¡Acércate más!”, exigió Emilio y, por sorpresa, alcanzó con la boca la polla de Diego. “¡¿Qué haces?!”, exclamó éste sobresaltado. Pero Emilio se reafirmó en su mamada y la oleada de placer que recorrió a Diego la equilibró intensificando el manoseo de la verga de Emilio. Diego sintió que se vaciaba de una forma irrefrenable y, casi simultáneamente, su mano quedó desbordada por el semen de Emilio. Diego tuvo que buscar apoyo con la mano limpia y dejarse caer junto a Emilio, quien, con la respiración entrecortada, llegó a decir: “Esto es lo que te daba tanto miedo… ¿Tan malo te ha parecido?”. Diego se limitó a responder: “Será mejor que ahora durmamos”. Emilio aún pidió: “¿Te molestará que te abrace?”. “Claro que no”.

Cuando Emilio despertó, Diego ya no estaba. Se levantó de la cama y lo encontró en la cocina preparando el desayuno. Ante su semblante taciturno, le preguntó: “¿Cómo estás?”. Diego, rehuyendo su mirada, respondió: “Debería estar bien ¿no? He cumplido con mi obligación, según tú”. Emilio reaccionó: “Yo no te obligué… Podías haber seguido negándote y lo habría tenido que aceptar”. “Eso es lo malo, que no me negué…”. “Dejaste libre a tu instinto y ahora sientes herido tu orgullo”, replicó Emilio. “Pareces conocerme mejor que yo”, añadió Diego más calmado. “Son los muchos años de diferencia que nos llevamos…”. “Quizás deberías haber buscado otro diácono”, dijo Diego con un punto de ironía. “Estoy muy a gusto contigo… ¡Ven aquí!”. Emilio tendió los brazos y Diego se le acercó dejándose rodear por ellos. Lo labios de Emilio buscaron los de Diego que se entreabrieron. Las salivas se mezclaron en el choque de lenguas y el cuerpo de Diego se estremeció. Al separarse Emilio preguntó: “¿Lo tomamos como un beso de paz?”. “Si quieres llamarlo así, lo admito”, contestó Diego ya entregado. Desayunaron ahora tranquilamente y se dedicaron a sus tareas del día.

Los dos esperaban con ansiedad la noche, en que no habría lugar para el desencuentro. Igualmente Emilio se adelantó mientras Diego acababa de recoger. Se echó desnudo sobre la cama con un deseo más tranquilo. Disfrutó viendo cómo se desvestía también Diego y se tendía junto a él. Aún no se habían tocado y ya sus erecciones eran firmes. Diego dijo entonces: “Quiero hacerte lo mismo que me hiciste anoche”. “¿Te atreves?”, previno Emilio. “¿Por qué no? ¿Eres más venenoso que yo?”. Tomó posiciones y, primero, sujetando la polla, lamió el capullo. Luego fue succionando hasta llegar casi a atragantarse. “Poco a poco”, le recomendó Emilio. Con más decisión ya chupó y lamió simultáneamente. Se interrumpió para preguntar: “¿Así está bien?”. “¡De maravilla!”. Contestó Emilio, que no tardó mucho en avisar: “Estoy a punto ¿Quieres seguir?”. Diego asintió con la cabeza y dio más impulso a la mamada. Emilio resopló y notó como su leche se expandía en la boca de Diego. Éste apretó los labios para recogerla y tragarla con su sabor desconocido para él. Se había excitado tanto que casi se marea. Se derribó junto a Emilio, que lo abrazó. “¡Qué feliz me estás haciendo!”, exclamó éste. “¿Es verdad eso?”, aún preguntó Diego. “No vuelvas a las andadas”. Emilio, sin deshacer del todo el abrazo, llevó una mano a la polla de Diego y se puso a acariciarla. “Esto te vendrá bien”. “Haz conmigo lo que quieras”, asintió Diego. Mientras lo masturbaba, sin embargo, esta frase de Diego despertó en Emilio un deseo que no dudaba que podría satisfacer también…

A la noche siguiente Emilio le dijo a Diego: “Cuando vengas a la habitación trae un vasito con un poco de aceite”. “¿Vas a encender alguna lamparilla?”, preguntó Diego extrañado. “Tú tráelo y ya te explicaré…”. Al llegar Diego al cuarto, con el vasito en la mano, Emilio lo esperaba en cueros sentado en el borde de la cama. “Deja eso en la mesilla y desnúdate”, le dijo. Diego hizo lo que le pedía con total candidez y Emilio lo atrajo hasta ponerlo entre sus piernas. Le acarició la polla, que pronto empezó a responder. Aunque enseguida le asió de las caderas para que se diera la vuelta. “Tienes un culo precioso”. Se puso a acariciarlo y darle besos, lo cual hizo reír a Diego, quien bromeó: “Me alegro de que te guste”. Pero los dedos de Emilio iban más allá, hurgando por la raja y tratando de profundizar. Diego se contrajo. “¿Qué haces?”, preguntó alarmado. “Tienes ahí una joya que podría hacerme aún más feliz…”. A la mente de Diego acudió la palabra que siempre había relacionado con el calificativo de nefanda: sodomía. Sabiendo que Emilio lo entendía, se limitó a preguntar: “¿Serías capaz?”. Emilio lo desafió. “¿Lo serias tú?”. No había dejado de manosear el culo de Diego y éste tampoco se había apartado. Diego no contestó, sino que hizo otra pregunta: “¿Para eso querías el aceite?”. “Así no te haría daño…”. “Parece que tienes experiencia”. “¡Qué más da eso ahora! Es algo entre tú y yo… Bien que dijiste que hiciera contigo lo que quisiera”. “Y pensaste en esto…”. Diego estaba tan conmocionado que no reaccionaba al hecho de que los dedos de Emilio se le hubieran adentrado osadamente por la raja. Solo la sensación que le produjo la suave presión en el ojete le indujo a decir: “No pararás hasta que lo consigas ¿eh? …Como haces siempre”. Emilio insistió: “Lo deseo tanto… Deja al menos que pruebe con el dedo”. Ya había metido el índice en el aceite. Diego seguía encajonado de espaldas entre los muslos de Emilio, y se debatía entre el rechazo y la morbosidad que lo acababa plegando a las instigaciones de Emilio. Cuando el dedo resbaloso tanteó en el ojete aguantó la respiración. Sintió cómo le entraba sin demasiada presión y un escalofrío lo sacudió. Emilio giró el dedo y notó que movía la punta. No era tanto dolor como sensación extraña. Emilio sacó el dedo y empujó sus caderas hacia abajo. “¡Siéntate!”. Entonces la verga gruesa y ardiente le produjo un efecto de desgarro interior. “¡Aaahhh!”, se lamentó. “¡Sí, aguanta ahí!”, exclamó Emilio que se había echado hacia atrás. Diego no se atrevía a moverse, pero Emilio ordenó: “¡Ahora ponte sobre la cama!”. Al desacoplarse Diego experimentó un brusco vacío y no se resistió a obedecer. Se tumbó bocabajo con las manos crispadas sobre la almohada y Emilio le vertió un poco de aceite por la raja. Los dedos hurgaron y, a continuación,  la polla se abrió paso de nuevo, mucho más a fondo. La quemazón que sentía Diego le impedía hasta quejarse. Fue Emilio quien dijo con una gran excitación: “¡Oh, cuánto lo deseaba!”. Empezó a moverse y a bombear cada vez con más energía. Los gemidos de Diego todavía lo enervaban más. Porque éste, junto al dolor, sentía una especie de conmoción interior que no sabía cómo definir. Ansiaba que aquello terminara y, a la vez, saberse poseído por Emilio, que acabaría llenándolo con su semen, lo arrebataba. Emilio resoplaba con fuerza en sus arremetidas. “¡Qué caliente estoy! ¡Me voy a correr!... ¡Ya, ya!”. Sus temblores sacudieron a Diego, que notó los latidos de la polla al vaciarse. Luego, un efecto de ventosa inversa fue liberando su ano, con Emilio derrumbado sobre él. “¡Cómo me has hecho disfrutar!”, declaró Emilio con voz entrecortada levantándose del cuerpo de Diego. “Lo conseguiste…”, replicó éste al darse la vuelta poco a poco.

Las relaciones entre ambos se desenvolvieron ya con una sexualidad sin tabúes. Emilio se sentía satisfecho con la forma plena en que Diego se le entregaba. Y éste iba dejando atrás sus prejuicios para disfrutar de la vía que Emilio le había abierto. Pero el tiempo corría rápido para ellos, y a Diego le llegó el momento de ser ordenado sacerdote. Emilio asistió emocionado a la ceremonia, aunque apenado por la separación que ello fuera a suponer. ¿Seguirían visitándose al menos? ¿Le asignarían a Emilio un nuevo diácono? La vida puede dar muchas vueltas…

domingo, 22 de marzo de 2015

La campaña electoral


El alcalde de una capital de provincia se enfrentaba a una durísima campaña electoral. Aunque había sido reelegido varias veces, la pujanza de una oposición renovada y algún asunto urbanístico poco claro ponían difícil en esta ocasión su permanencia en el cargo. De carácter extrovertido y vitalista, su aspecto de bon vivant, que a punto de cumplir los sesenta reflejaba su oronda figura, había suscitado desde siempre la simpatía de sus conciudadanos.

En el plano personal, sus ambiciones políticas habían condicionado considerablemente sus más íntimas inclinaciones. Cuando era estudiante universitario, había tenido una relación clandestina y de traumático desenlace con un profesor bastante mayor que él. Pero desde entonces había mantenido reprimida esa faceta de su sexualidad. Incluso para dar a su vida pública un lustre de respetabilidad, había llegado a contraer un matrimonio más o menos de conveniencia. Aparentemente compensaba la inanidad de su mundo afectivo con la vorágine del poder e influencia social.

Pero ahora corría el riesgo de que su carrera política, en la que tanto entusiasmo había puesto, se viera truncada prematuramente. Por supuesto la situación preocupaba de manera especial a su partido, que decidió poner toda la carne en el asador para asegurar su candidatura. Entre los recursos dispuestos a tal efecto, se acudió a un asesor de imagen que planificara la campaña centrada en la persona del alcalde. El contratado para ello era un experto con un largo currículo de éxitos, que había de hacer un seguimiento constante y milimétrico desde las intervenciones y actos públicos hasta la apariencia física. El alcalde, que siempre había confiado en su espontaneidad y sus dotes personales de seducción, aceptó a regañadientes esta imposición de su partido. Sin embargo se llevó una sorpresa al conocer al asesor asignado. Supuso que se trataría de un joven moderno, puesto al día en las últimas estrategias. Pero resultó ser de pocos años menos que él y parecida exuberancia corporal. Eso sí, dotado de un savoir-faire y de una capacidad de inventiva extraordinarios. En particular hubo algo que removió los más recónditos sentimientos del alcalde, ya que el asesor le trajo inesperadamente remembranzas del profesor con el que había tenido su único y oculto romance de juventud.

Pasado el desconcierto inicial, hubo enseguida muy buena compenetración entre el alcalde y el asesor. Éste desde luego, con sus dotes de persuasión, supo crear un clima de confianza, empezando por el tuteo inmediato, ya que, siendo ambos de edad e incluso aspecto similares, el trato como colegas facilitaba las cosas. Aunque, razones profesionales aparte, el alcalde le había caído muy, pero que muy bien…

A fin de no perder tiempo con desplazamientos, se escogió un céntrico hotel como cuartel general de la campaña. Al alcalde se le ubicó en una suite con antecámara y dos habitaciones, una de las cuales ocuparía el asesor personal para garantizar su permanente presencia junto a aquél. Allí se instalarían una semana antes del comienzo oficial de la campaña, que habían de aprovechar para adaptar al candidato a las exigencias del marketing electoral.

Cuando el alcalde entró en su suite, tuvo un sobresalto al ver que parte de la antecámara estaba convertida casi en una sala de fitness, con bicicleta estática, cinta de correr y hasta una camilla de masajes. El asesor, muy persuasivo, le explicó que el buen estado físico era esencial para afrontar un reto como el que les aguardaba y que no tenía de qué preocuparse porque él mismo se ocuparía de dosificarle unos ejercicios muy suaves, que le harían sentirse en forma.

El asesor estaba dispuesto a desplegar inmediatamente sus competencias. El alcalde, aunque vestía siempre con corrección, se sentía cómodo con sus trajes usados y no se preocupaba demasiado de su renovación. Ésta era la cuestión que el asesor iba a abordar enseguida. “Desde luego hay que actualizar ese vestuario… Vamos a tu habitación y te enseñaré lo que he preparado”. Abrió el armario donde había varios elegantes trajes, así como camisas, corbatas, y hasta zapatos y ropa interior. “Por estos detalles empezarás a ser un hombre nuevo… Espero haber acertado con tus medidas”. El alcalde estaba asombrado y aún lo estuvo más cuando el asesor le sugirió: “Deberías probártelo, por si hay que hacer algún cambio”. “¿Aquí? ¿Ahora?”, preguntó el alcalde desconcertado. “¡Pues claro! Ya que estamos, aprovechemos”. El alcalde se quitó la chaqueta y fue a ponerse la de uno de los trajes. “¡Eso solo no!”, lo interpeló el asesor, “El traje completo… y una camisa que combine. Luego elegiremos la corbata”. El alcalde, cada vez más nervioso, transigió pero, dando por supuesto que el otro se ausentaría, dijo: “Me cambio y ya saldré”. “¡No, hombre, no! Si voy a ser tu sombra todos estos días no te importe que siga aquí”, replicó el asesor como un aviso de que quedaba descartada cualquier pretensión de privacidad.

El alcalde se resignó a mostrarse en paños menores a su asesor. Lo cual le producía sin embargo cierto desasosiego, no tanto por un exceso de pudor como por el gusanillo de turbación que aquel hombre le causaba, acrecentada por la intimidad que le imponía. Ya en calzoncillos tan solo, fue rápido a coger una camisa para cubrirse cuanto antes. Pero el asesor lo retuvo. “¡Espera! Deja que vea cómo estás de físico”. El alcalde quedó parado, con su torso barrigudo y tetudo, bastante poblado de vello. No sabía a dónde mirar, pero el asesor sí que lo sabía. “Estás mejor de lo que me pensaba… Grueso, pero no fofo”. “¿Puedo vestirme ya?”, casi suplicó el alcalde, al que empezaban a temblarle las piernas. El asesor siguió implacable. “¡Venga! Verás lo elegante que vas a estar”. Hasta le ayudó a ponerse la camisa, ya que el alcalde, nervioso, se liaba con los botones. Con el traje completo, el asesor se mostró satisfecho. “He tenido buen ojo. Es tu talla clavada ¿Te queda cómodo?”. El alcalde no pudo menos que asentir. “Ahora elegiremos una corbata ¿Cuál crees que irá mejor?”, dijo el asesor. “No sé… La que te parezca”. “¡Pues ésta! Pero ya te la pondré yo, porque el nudo que te haces es un poco anticuado”. Los toqueteos que a tal fin le prodigó el asesor, tan cerca y emanando un limpio y suave perfume varonil, enervaron sobremanera al alcalde, haciéndole experimentar sensaciones ya casi olvidadas.

Después de una agitada jornada de reuniones y diseño de estrategias, recalaron en el hotel para descansar un poco y prepararse para la cena prevista. Cada uno fue a su habitación y el alcalde decidió tomar una ducha. Se desnudó y pasó al baño compartido. Estaba disfrutando de los reconfortantes chorros cuando se abrió la puerta que daba a la habitación del asesor. Éste entró sin inmutarse por el estado del alcalde, mojado y en pelotas, solo separado por una mampara completamente transparente. “Buena idea, porque después te va a venir muy bien un masaje que te rebajará la tensión”, dijo el asesor, insensible a la vergüenza del alcalde, quien preguntó un tanto ingenuamente: “¿Vas a traer ahora un masajista?”. “¡Qué va! Eso es cosa mía. Soy diplomado en varias técnicas de relajación”, contestó el asesor, que añadió: “Cuando te seques, te puedes poner este paño a la cintura… Yo voy a ir preparándolo todo”. Le señaló una tela blanca y volvió a su habitación. El alcalde tuvo que acabar la ducha con agua fría para atemperar su desconcierto ante el crescendo tan turbador que estaba tomando su relación con el asesor.

Salió tímidamente de su habitación, con el paño bien sujeto, y se llevó una gran impresión al ver que el asesor también se había desnudado entretanto y solo se cubría con un paño similar ceñido a la cintura. No le escapó la sorpresa del alcalde y enseguida explicó: “Yo también he de estar cómodo para dar el masaje”. “¿Cómodo?”, pensó el alcalde, “…Lo que estás es de provocación absoluta”. Porque el asesor, así presentado, respondía con creces a lo que ya había intuido. Algo menos grueso que él y de carnes más firmes, con un vello suave bien repartido, evocaba recuerdos de otro cuerpo que tanto lo había subyugado en su juventud.

“Vamos a echarte primero bocabajo en la camilla”, decidió el asesor y el alcalde se dejó ayudar para acomodar su voluminosa figura a la horizontal. Los toques a brazos y piernas desnudos empezaron a ponerle la piel de gallina. Para colmo el asesor, con su característico desparpajo, le soltó y  arremangó el paño, que quedó cubriendo precariamente el orondo culo. “Así está mejor”, se limitó a decir. El alcalde, con la barbilla clavada en una toallita, se abstenía de cualquier comentario, resignado a dejarse hacer, aunque con temor a la reacción de su cuerpo a tanto manoseo. Porque el asesor, con habilidad profesional, iba recorriéndolo desde los pies hasta la nuca con las manos untadas de olorosa crema. “Cada músculo debe ir quedando suelto y relajado”, explicaba. Y entre esos músculos no podía faltar un cuidado específico de los glúteos, que el asesor sobó y estrujó dejando resbalar el paño. Estas manipulaciones llevaron ya al alcalde al borde del desmayo.

Sintió alivio cuando oyó decir: “Esto ya ha quedado bien por ser la primera vez”. Pero poco le duró, pues el asesor añadió: “Ahora bocarriba, que no podemos dejarlo a medias”. El alcalde agarró el paño medio caído para preservar tapadas las vergüenzas mientras se giraba. Por suerte para él, la presión a que había tenido sometida la entrepierna la mantenía de momento controlada. Sin embargo, los pases de manos resbalosas sobre sus tetas lo empezaron a poner fuera de control. El paño iba marcando un delator abultamiento y, cuando el asesor se puso a sobarle los muslos pasando por debajo de aquél, la erección era ya escandalosa. Ante ello, el asesor dijo con toda naturalidad: “Eso es muestra de buena circulación de la sangre por la relajación. No te preocupes”. Como los dedos que se movían bajo el paño llegaron a rozar los huevos del alcalde, el asesor se lo quitó con una descarada excusa. “Será mejor que vea por donde toco ¿no te parece?”.

Lo que desde luego pudo ver el alcalde fue su firmísima erección, que sobrepasaba la curva de su barriga. Optó por cerrar los ojos y limitarse a sentir el cosquilleo de dedos por su bajo vientre, que hacían oscilar su polla. De ningún modo podía esperarse sin embargo que el asesor llegara a ofrecerle: “¿Quieres que te relaje un poco más? Te vas a quedar en la gloria…”. Arrebatado como estaba y sin pensar demasiado el alcance de la propuesta, el alcalde se limitó a decir: “¡Haz lo que quieras…!”. Pero lo que había aceptado fue que el masaje se centrara directamente en la polla, con un hábil manoseo, suavizado por la resbalosa crema, que puso al alcalde en el disparadero. “¡Me voy a correr!”, acabó exclamando entre resoplidos. “De eso se trata”, dijo el asesor esmerándose en los toques finales. Una leche espesa fue saliendo de la polla enrojecida. “¡Qué barbaridad!”, farfulló el alcalde ofuscado por lo que acababa de ocurrir. “No me dirás que no te has quedado a gusto…”, dijo el asesor con todo descaro. “¿Esto forma parte siempre de tu asesoramiento?”, preguntó el alcalde con un punto de ironía. “Si intuyo que va a haber receptividad… Y en tu caso estoy seguro de que tienes bastante escasez de estos desahogos”. “¿Cómo te diría…? ¡Años que no me tocan así!”, reconoció el alcalde. “Eso que se han perdido…”, dejó caer el asesor. “Con esta facha que tengo…”, recalcó el alcalde, todavía despatarrado en pelotas sobre la camilla. “Yo diría que ni te sobra ni te falta”, replicó el asesor mientras le limpiaba con el paño la entrepierna. “Eso suena muy profesional…”, comentó el alcalde. “Si prefieres considerarlo así…”, repuso el asesor con pillería.

El asesor ayudó a bajarse de la camilla al alcalde, que todavía estaba temblón. “Date un repaso por la ducha, que luego lo haré yo… ¡Y como nuevos para la cena!”. El alcalde ya no necesitaba taparse nada y agradeció el agua refrescante. Aunque el asesor le obsequió de nuevo con su desfachatez. Se había quitado el paño de la cintura y esperaba tan tranquilo su turno en la ducha. Si al alcalde ya le había trastornado su visión con el paño, sin él se le reprodujo la taquicardia. Porque además la polla que el asesor exhibía sin recato no estaba precisamente en su lugar descanso. Menos mal que su reciente descarga lo tenía más calmado. Por ello se permitió comentar: “Igual habrías necesitado relajarte también…”. El asesor, riendo, se limitó a replicar: “Ya habrá tiempo para eso…”.

El alcalde se fue adaptando a las imposiciones de su asesor. No se resistía al uso moderado de la bicicleta estática o de la cinta de correr ni, por supuesto, a los masajes. Para éstos, tanto uno como otro llegaron a prescindir de los paños y el alcalde agradecía que sus erecciones solieran ser calmadas con una eficaz masturbación. Lo cierto era que los peculiares métodos del asesor le estaban elevando considerablemente la moral. No obstante, parecían existir unos límites tácitos por parte del propio asesor. Si bien usaba su desnudez como estímulo y no dejaba incluso de empalmarse cuando sus tocamientos eran más lúbricos, impedía hábilmente que al alcalde se le fuera a ir la mano. Y éste se sentía obligado a respetarlos en la idea de que formarían parte de su estrategia en cuanto asesor. Por eso, en un papel meramente receptivo, reprimía cualquier manifestación de deseo. Ni siquiera cuando la polla endurecida del asesor, en los procesos del masaje, se arrimaba a su mano extendida sobre la camilla, se atrevía a propasarse. Y bien que le costaba resistirse desde luego…

Este distanciamiento se mantenía por supuesto en las noches, que cada uno pasaba en su habitación. Sin embargo, cuando un día se recogieron después de haber conocido una encuesta algo desfavorable, el alcalde comentó: “Me temo que esta noche no voy a pegar ojo”. Esperaba que el asesor tratara de animarlo, pero no en la forma en que lo hizo. Porque dijo: “Si quieres puedo acostarme contigo”. La novedad sorprendió al alcalde, que tampoco sabía el alcance que podía tener el ofrecimiento. De todos modos le salió del alma: “Sí que me gustaría, sí”.

Así pues ambos se metieron desnudos en la cama del alcalde y el asesor se le puso bien arrimado, transmitiéndole su calor. Las preocupaciones que perturbaban a aquél no fueron obstáculo para que se le fuera endureciendo la polla. Porque además el asesor, mientras comentaban los avatares de la campaña, no dejaba de darle toques por las zonas más sensibles de su cuerpo. Al fin anunció: “Creo que te va a convenir un tratamiento especial”. Le instó a relajarse con los ojos cerrados y, cuando lo que esperaba el alcalde era la ya habitual masturbación, sintió la húmeda boca del asesor tomando posesión de su polla. Emitió un profundo suspiro de placer. No podía recordar cuándo había experimentado algo semejante, si es que alguna vez lo había hecho. La cálida mamada le provocaba oleadas de delicia cada vez más intensas. “¡¿Qué estás haciendo?!”, exclamó, aunque bien que sabía lo que era. El asesor, en lugar de responder, intensificó las succiones. El alcalde se dejaba ir y la idea de que aquella boca estuviera dispuesta a recoger el semen que buscaba salida lo enervaba en extremo. Porque el asesor mantenía los labios bien ceñidos aguardando la descarga. El alcalde ni siquiera avisó cuando se saltaron todas las barreras y solo se retrajo cuando el miembro hipersensibilizado no soportó más la prisión de la boca tragona. “¿Qué tal?”, preguntó el asesor con toda tranquilidad. “¡Demasiado!”, contestó el alcalde con el resuello agitado. “He hecho lo que creía que te convenía”, replicó el asesor aparentemente impasible. Esa noche el alcalde logró dormir plácidamente con el cuerpo del asesor a su lado.

A la siguiente noche fue el alcalde quien se levantó de su cama y se desplazó a la habitación del asesor. La desazón que lo impulsaba a ello se debía a que cada vez le resultaba más difícil entender la actitud de éste. Sin reparos a la hora de darle placer, parecía que todo lo hiciera con una dosificada estrategia. Aunque tampoco ocultaba la excitación que revelaba su cuerpo, se mantenía firme en no darle salida. Y la contención del deseo de reciprocidad estaba volviéndose insoportable para el alcalde. Así, cuando el asesor, sin extrañarse de la visita, le ofreció cobijo diciendo “¿Necesitas que te vuelva a relajar?”, en la aséptica terminología que usaba, el alcalde se mantuvo de pie junto a la cama y contempló con fijeza la espléndida desnudez de asesor. “No es solo eso…”, contestó. El asesor demostró ser consciente de los sentimientos del alcalde y, sin recatarse lo más mínimo, dijo: “Sabía que llegaríamos a este momento…”. El alcalde lo interrumpió. “¿También lo tenías calculado?”. “Mira, no soy de piedra… Creo que lo has podido ver de sobras”, replicó el asesor, “Pero no era cuestión de liarnos desde el primer momento. Ante todo yo tenía que estimularte… Y no dudes de que me ha costado mantener las distancias”. “¿Entonces vas a seguir así?”, preguntó el alcalde confuso. El asesor se puso a acariciarse descaradamente la entrepierna mientras decía: “Mañana empieza la campaña oficial y vamos a estar muy ocupados… y cansados. No estaría mal que nos demos un gusto los dos ¿Te parece bien?”. Palmeó el lado vacío de la cama invitando al alcalde. Éste se dejó caer lleno de excitación y ya no tuvo freno para disfrutar del cuerpo del asesor, que se entregaba definitivamente. “¡Ahora el masaje te lo voy a dar yo!”, exclamó. Pero no fue solo las manos lo que usó, pues su boca también se cebó con las apetecibles tetas y todas las velludas redondeces del asesor. Tanto estrujaba y chupaba que éste lo tuvo que frenar riendo. “Lo tuyo no es sexo, sino venganza…”. “Es que me has tenido muy hambriento”, se justificó el alcalde. “Si quieres comer, ya sabes…”. La invitación no hizo dudar al alcalde en amorrarse a la jugosa polla del asesor. Sus lamidas pasaban del capullo a los huevos, y todo era objeto de succiones que estremecían al receptor. De pronto el alcalde se interrumpió para preguntar: “¿Me quieres follar?”. “¡Vaya!”, exclamó el asesor, “Esa afición no te la conocía”. “Me lo han hecho pocas veces y hace mucho tiempo… Pero me gustaba ¿Lo harás?”. El asesor estaba dispuesto. “Con ese culazo que tienes quién se negaría…”. El alcalde se puso bocabajo ofreciendo su orondo trasero. “Pero hazlo con cuidado que estoy muy estrecho”, advirtió. “¿Cuándo he sido bruto contigo?”, protestó con profesionalidad el asesor. De su surtido de cremas escogió un frasco. “Esto te va a dejar como la seda”. Untó con precisión la raja y el índice se deslizó fácilmente por el ojete. “¡Uh, esto es mejor que un masaje! ¿Estoy a punto ya?”, dijo el alcalde excitado e impaciente. “El que está a punto soy yo”, replicó el asesor apuntando la verga. Empujó y la crema surtió su efecto. Quedó clavado a tope. “¡Wow, eso es una polla!”, exclamó el alcalde. “¿Te trae buenos recuerdos?”, bromeó el asesor acomodándose. “¡Calla y folla!”, lo instó el alcalde. El asesor lo hacía cambiando los ritmos para hacer durar el gusto que sentía. “¡Joder, cómo me gusta! ¡Dale, dale!”, pedía el alcalde. El asesor estaba ya al borde de la resistencia. “¡Me voy a correr bien adentro!”. “¡Sí, sí, quiero toda la leche!”. Y fue lo que le dio el asesor en sus últimas arremetidas. Los dos se derrumbaron respirando acelerados. “¡Vaya culo más tragón! Y eso que lo has usado poco…”,  glosó el asesor. “Por eso tenía tantas ganas”, aclaró el alcalde. Una vez repuestos, el asesor dijo: “Ahora a dormir, que mañana empieza el no parar”. Lo hicieron juntos, enredándose uno en el otro.

La campaña fue viento en popa. Alcalde y asesor apenas llegaban a quedarse a solas. Por las noches estaban demasiado agotados para permitirse expansiones. Además cada uno volvió a ocupar su habitación ya que, en cualquier momento, podía irrumpir alguien con las últimas noticias. Pero por fin el alcalde revalidó su cargo. ¿Llegaría el asesor de imagen a convertirse en asesor personal para todo el mandato?


sábado, 14 de marzo de 2015

Una iniciación


(Inspirado muy, pero que muy, libremente en El jilguero de Donna Tartt)

Cuando murió mi madre en un accidente de tráfico acababa de cumplir dieciocho años. Vivíamos solos, porque mi padre también había muerto siendo yo muy pequeño. El  único allegado próximo que me quedaba era un hermano de mi madre, con el que ésta apenas tenía relación y al que yo ni siquiera conocía. Nunca había llegado a saber cómo era ni a qué se dedicaba, pues mi madre eludía cualquier pregunta sobre él. Yo había olvidado prácticamente su existencia.

Al mazazo que supuso la pérdida de mi madre se unían los desasosiegos que por aquel entonces me abrumaban a cuenta de mi sexualidad. Me había ido dando cuenta de la atracción que me hacían sentir los hombres hechos y derechos, cuya inaccesibilidad me resultaba atormentadora. No podía imaginarme que ese tipo de hombre, maduro y con una vida ya hecha, pudiera sentir lo mismo que yo. Por ello, si ya mi homosexualidad me resultaba algo anómalo, la forma en que se manifestaba en mí me desconcertaba aún más.

Entre tanta zozobra, la lectura del testamento de mi madre iba a deparar una gran sorpresa. Si bien me dejaba una fortuna suficiente para encauzar mi vida, como si tuviera un presentimiento de su desaparición temprana, preveía unas cautelas frente al temor de una dilapidación de aquélla debido a mi inmadurez. Así que confiaba su custodia y administración, hasta que hubiera cumplido los veinticinco años, al único pariente que tenía, es decir, a su hermano. Declaraba asimismo su afecto al mismo, a pesar de lo distanciados que habían vivido, y confiaba plenamente que sabría orientarme en mis estudios y desarrollo vital. Yo quedaba así sin recursos propios y con el problema añadido de que el abogado de mi madre hubo de afanarse a fondo para dar con mi tío, ya que desconocíamos su paradero.

Hasta que por fin un día me comunicó que habían venido a buscarme. Temblando por el desasosiego, me encontré ante un desconocido que me dijo con una forzada sonrisa: “Aunque no nos conocemos, soy el hermano de tu madre. No habíamos tenido ninguna relación pero, dadas las circunstancias, ahora me tengo que hacer cargo de ti y, como estás en periodo de vacaciones, lo mejor será que vengas a vivir conmigo”. Fue así como me vi vinculado a un hombre maduro y robusto al que me costaba considerar como mi tío. Más bien encajaba en el tipo masculino que tanto me turbaba.

Su trato formalmente cordial, pero circunspecto, se mantuvo en el largo vuelo que emprendimos hacía una ciudad del sur. Hablamos poco y apenas me informó sobre la vida que me aguardaba. Tan solo me advirtió: “Procuraré darte todo lo que te haga falta y que habrías tenido de no haber muerto tu madre… Espero que no te cueste adaptarte a mi forma de vida”. No tenía ni idea de cuál podía ser ésta y me sentía intimidado por su corpachón sentado junto a mí, cuyo calor y olor viril percibía tan cerca.

Su coche estaba en el aparcamiento del aeropuerto y condujo un buen rato hasta una urbanización nueva, en la que la mayoría de casas mostraban aún carteles de venta o alquiler. La luminosidad y el calor eran intensos cuando descendimos ante un chalet bastante aislado y no demasiado ostentoso en cuya parte trasera se intuía, protegida por un vallado, una piscina. No se percibía la menor actividad en las cercanías. “Aquí se vive tranquilo”, comentó mi tío y me hizo entrar en la casa. Ésta era amplia y despejada, con mobiliario escaso. “Ya tendrás tiempo de deshacer el equipaje. Ahora seguro que te apetecerá estrenar la piscina… Yo desde luego me voy a dar un buen baño”. Dicho esto, mi tío empezó a quitarse la ropa y, para mi asombro, llegó a quedarse completamente desnudo. Se le veía aún más grueso, con oronda barriga y tetas que cargaban sobre ella. El vello le cubría buena parte del cuerpo y se adensaba en la entrepierna, donde resaltaba insolentemente el sexo. Mi turbación no le pasó desapercibida, por lo que me espetó: “¿Qué pasa? ¿No habías visto nunca a un hombre desnudo? Siempre protegido por las faldas de tu madre ¿no? Pues solo me faltaba tener que ir tapándome en mi propia casa”. Ante mi parálisis, me instó: “¡Venga, no seas mojigato y desnúdate también! En esta piscina no nos ve nadie”. Obedecí mecánicamente mientras él buscaba unas toallas sin prestarle atención a mi avergonzado proceder. Lo seguí hacia la piscina sin poder apartar la vista de su atractivo culo.

Y allí estábamos, tío y sobrino en cueros, bajo la hiriente claridad del día. Solo entonces se fijó más en mí. Yo apuntaba a una cierta gordura y el vello, abundante ya en el pubis, se insinuaba por mi pecho y mis pernas. “Veo que sales a la rama materna, porque tu padre era bastante escuálido… Y te estás haciendo todo un hombre”, comentó sonriendo. Se tiró de cabeza a la piscina y, por unos segundos, lo vi deslizándose bajo el agua. Al sacar la cabeza me reprochó mi inmovilidad. “¿Te vas a quedar ahí sudando?”. Al fin me lancé torpemente cayendo en plancha. No sé si hubo deliberación por su parte, pero el caso es que, al restablecer mi equilibrio, me tropecé con él. Mi tío dijo entonces sin apartarse: “Creo que aún no te había dado un abrazo…”. Me estrechó entre sus fornidos brazos y sentí la presión de su cuerpo contra el mío como una descarga eléctrica. Hasta nuestros sexos se entrechocaban con el balanceo en el agua. “Me alegro de que estés aquí”, afirmó apartándose por fin. Nadó un rato, eufórico, por encima y por debajo del agua. Yo lo imité para calmar mi desazón pero, cuando a veces volvíamos a rozarnos, el corazón se me aceleraba. “No me digas que tener esto en casa no es un privilegio… y más con este clima. Pero tendremos que pensar en comer algo ¿No te parece?”. Desechando la escalerilla, saltó a pulso fuera de la piscina y me tendió una mano para que yo pudiera salir.

Nos secamos con las toallas, que dejamos sobre un tendedero,  y entramos en la casa. La cocina estaba bastante bien equipada y mi tío demostró ser un buen cocinero. Se limitó a ponerse un delantal de peto sobre su cuerpo desnudo, que lo hacía resultar casi más excitante. Yo había echado mano de mis calzoncillos, por temor a una vergonzante reacción fisiológica, pero al ver mi gesto me reprendió: “¿Te vas a poner ahora eso que has llevado todo el viaje? ¿Tanto te avergüenza que te vea otro hombre? Luego, cuando hayas sacado ropa limpia, podrás taparte todo lo que quieras…”. Había improvisado una comida sustanciosa y original, que consiguió relajarme algo. Aunque se había quitado el delantal, la mesa entre los dos hacía de elemento de distensión. Sin embargo, cada vez que se levantaba para traer algo o cambiarme un plato rozándome con toda naturalidad se me erizaba la piel. Comimos en bastante silencio, pues ambos teníamos apetito. Cuando acabamos me dijo: “Ahora te toca recoger y lavar los platos ¿Te parece justo? A ver qué tal se te da”. Me vino bien esta actividad en la que mi tío me había dejado solo.

Al terminar lo busqué en el salón. “¿Puedo ir ya a deshacer mi equipaje?”, pregunté. Pero él se había servido una copa de coñac y encendía un cigarrillo. “¡Espera, hombre! Tengamos tranquila la sobremesa… Además, antes de enseñarte las habitaciones, quiero hablar contigo”. Se dejó caer medio tumbado en el sofá y me indicó que ocupara una butaca frente a él. Expulsando el humo y esgrimiendo  la copa dijo irónico: “Tú de esto nada por ahora ¿eh?”. Su actitud desenfadada, con una pierna subida en el sofá y el pene colgándole hacia un lado, me estaba resultando una pura provocación. Inconscientemente llevé las manos para ocultar mi sexo. Su comentario me dejó helado. “A ver si es que te estás empalmando…”. No supe qué hacer, si seguir tapándome o levantar las manos. Pero mi tío se puso a hablar en tono reposado. “Si te pasa, no me voy a asustar… Yo también podré estarlo en cualquier momento, porque me gusta la forma en que me miras, mayor y gordo como soy”. Yo estaba cada vez más asustado y él acentuó su entonación tranquilizadora. “Es que no he tardado en darme cuenta de que te pareces a mí en algo más que en el físico. Y eso va a facilitar las cosas entre tú y mi forma de ser, que tan complicadas temía que fueran antes de ir a por ti”. La intriga fue  sobreponiéndose a mi miedo a medida que él continuaba. “De pronto te has encontrado con un hombre que te resultaba completamente desconocido, por mucho que se identificara como el hermano de tu madre y que, para colmo, no ha tenido el menor reparo en mostrarse desnudo ante ti. No he necesitado ser psicólogo para reconocer tu mirada. No lo necesito porque es idéntica a la mía hace ya mucho tiempo. ¿Por qué crees si no que opté por poner tierra de por medio para librarme de la presión familiar y social que me hubiese ahogado? Pues mientras estés conmigo eso no te va a suceder…”.

Su descarnada confesión me sumió en un mar de sentimientos confusos, viéndonos desnudos uno frente al otro mucho más allá que en el plano puramente físico. Por una parte era la primera vez que alguien me hablaba tan a las claras de sus sentimientos, que también eran los míos, y por otra, el reconocimiento del deseo que me despertaba, y que él mismo fomentaba con su actitud, me turbaba enormemente. Al fin me atreví a preguntar: “¿Quieres decir que es normal lo que me pasa?”. “Tan normal como que estemos tú y yo aquí… Y parece que bastante a gusto ¿No crees?”. Todavía me costaba hacerme a la idea de que aquello fuera posible. “Pero tú eres un hombre mayor… “, constaté tontamente. “¿Qué pasa? ¿Qué los mayores hemos aparcado el sexo?”. “¡Claro que no! Pero yo…”. Me interrumpió. “Tal vez te hubiera sido más fácil si te gustaran las chicas o incluso chicos de tu edad… Pero no es así ¿verdad?”. Asentí. “En cambio resulta que los hombres como yo son los que te atraen… Yo lo veo como una feliz coincidencia, porque ni tú sabías como era yo, ni yo conocía tus inclinaciones, que fueran como fueran habría respetado en cualquier caso”. Lo miraba mientras hablaba y casi se me nublaba la vista ante su desinhibida exhibición, que culminó al decir: “¿Y si nos dejamos de palabras? Si quieres venir, aquí me tienes”.

Solo al levantarme me di cuenta de que todo el tiempo había estado con las manos crispadas sobre mis genitales y, al soltarlas, sentí un gran alivio. Le cogí la mano y me atrajo hacia él. Su abrazo era más cálido que el de la piscina. Ya no me avergonzó la erección que sentía y tanteé con una mano buscando la suya, que encontré rotunda y ardiente. Instintivamente mis labios se posaron sobre los suyos, que se entreabrieron para dejarme entrar. Mi lengua encontró la carnosidad de la suya y ambas se entrelazaron. La mezcla de sabores a tabaco y alcohol, que en otras circunstancias me habría desagradado, en él me embriagaba. Era consciente de este primer beso a un hombre como los que habían poblado mis fantasías en una inalcanzable altura, pero que ahora me ofrecía su espléndida corporeidad. Parecía que mi tío quisiera comprobar la volada de mi inmadura lujuria y cómo era capaz de satisfacerla. Yo palpaba sus carnosas redondeces enredando mis dedos en el vello que las poblaba. Pero también quise probarlas con mi boca y pronto mis labios y mi lengua succionaban y lamían. Los pezones se endurecían en mi boca y el viril perfume de las axilas me invitaba a restregar la cara por ellas. Me tomé un respiro irguiéndome sobre las rodillas juntadas entre sus piernas. Yo desconocía qué se trataba de seguir haciendo en semejante lance, pero mi tío me dio una pista al llevar su mano a mi pene erecto. Lo acarició con suavidad provocándome placenteros escalofríos. Me habría dejado ir si él no hubiera parado a tiempo, porque además su verga endurecida me rozaba los muslos y reclamaba mi atención. Llevé mis manos a ella y la froté imitando los toques que me acababa de dar. Me embriagaba la solidez del tacto mientras descubría el capullo brillante y húmedo. Un deseo que, en mi bisoñez, no me atrevía a realizar me estaba invadiendo. Pero él lo había captado y, con un gesto inequívoco, me incitó a cumplirlo. Me estiré bocabajo entre sus piernas y mi boca se abrió para recibir el miembro tentador. Dudaba de que mis chupadas y lamidas fueran demasiado torpes, pero los murmullos de agrado que empezó a emitir mi tío me animaron. No había pronunciado palabra en todo el tiempo, aunque ahora advirtió: “Ya sabes lo que va a salir si continúas ¿Lo quieres?”. Como respuesta intensifiqué la mamada. Él, por su parte, había introducido un pie bajo mi cuerpo y, con los dedos, iba rozando mi polla aún encabritada. El caso es que, cuando mi boca se fue llenando del jugo denso y de sabor desconocido, el contacto con el pie de mi tío hizo que me corriera irrefrenablemente. Él quiso atajar enseguida mi evidente vergüenza por mi incontinencia. “Eso es señal de que has disfrutado. No le des más vueltas… Ya lo haremos con más calma”. Pero aún añadió más serio: “Espero que no te sientas culpable por lo que hemos hecho. Yo no me siento… Dos hombres que han cumplido lo que deseaban, así de simple”.

Al fin mi tío dijo: “Bien, ya va siendo hora de que lleves tus cosas a tu habitación”. Ésta era sencilla y bastante amplia. “Podrás ir poniéndola a tu gusto”, me sugirió. Pero aún me tenía reservada una nueva sorpresa. Mientras deshacía mi equipaje, se sentó en un lado de la cama y la fue desgranando. “En realidad no vivo solo. Comparto la casa, y algo más, con otro hombre. Lo que ocurre es que, al ser piloto de una línea aérea, continuamente va y viene. De todos modos es una relación peculiar. Digamos que, como los antiguos marinos, tiene un novio en cada puerto… Pero siempre acaba recalando aquí, y me encanta que lo haga”. Curioso pregunté: “¿Entonces no sois pareja?”. “Si por pareja entiendes fidelidad y esas cosas, no lo seríamos exactamente. Pero los lazos que nos unen son lo bastante sólidos para que no nos preocupe lo que cada uno hace con su cuerpo”. Me costaba asimilar una filosofía de la vida tan distinta de la que me habían inculcado. Pero al fin y al cabo, todo lo que estaba sucediendo desde el encuentro con mi tío estaba siendo extraordinario. Así que seguí preguntando: “¿Ya sabe que estoy aquí?”. “Le daremos la sorpresa”, respondió mi tío muy decidido, “Seguro que le gustarás, y a ti te gustará también”. Esto último lo dijo con un tono pícaro que me dejó desconcertado.

Justo al día siguiente estábamos bañándonos en la piscina cuando oímos el alegre repiqueteo de un claxon. “¡Ahí está!”, exclamó risueño mi tío. Yo, cortado por el estado de desnudez en que estábamos, tuve el impulso de salir al menos por la toalla. “¡Tranquilo!”, me detuvo mi tío, “Deja que lleve yo la sorpresa”. No tardó en aparecer un tiarrón, de edad similar a la de mi tío, cuyo rostro rubicundo y su cabello pelirrojo contrastaban con el oscuro uniforme. Al vernos, sin perder la sonrisa, se limitó a decirle a mi tío: “¿Desde cuándo te traes jovencitos a casa?”. Mi tío replicó en tono jocoso: “¡Anda, quítate los galones y ven a refrescarte, que te tengo que poner al día!”. El piloto volvió a entrar en la casa y, en menos de un minuto, resurgió ya desnudo, dejándome estupefacto. Tan corpulento o más que mi tío, su piel clara se cubría de un suave vello que, al condensarse en el pubis, se volvía rojizo. Fue rápido en lanzarse de un salto justo en el espacio entre mi tío y yo, con gran alboroto del agua. Primero besó a mi tío en la boca y luego, mirándome socarrón, le instó: “Ya me dirás”. Mi tío no se anduvo por las ramas. “Te presento a mi sobrino. Vivirá aquí”. El piloto se quedó perplejo de momento, pero enseguida reaccionó. “¡Vaya, pues mucho gusto! …Ya veo que se ha adaptado a tus costumbres”. Mi tío no estaba dispuesto a ocultar nada, aunque yo me sentía un tanto abochornado. “Es que resulta que el chico ha salido a mí en muchas cosas y, como no nos habíamos visto nunca, nos hemos caído muy en gracia”. “¿Pero en gracia, gracia?”, preguntó el piloto nada escandalizado. “Gracia total… Ya me entiendes”, contestó mi tío sin tapujos. El piloto entonces se me acercó y rozándome con su cuerpo me besó también en la boca. “¡Bienvenido al manicomio! Espero que nos llevemos bien”. Me limité a sonreír con cara de tonto, pues la verdad es que la situación me desbordaba. Aunque, cuando me rozó la polla con una mano, tuve una inmediata erección. “¡No hay nada como ser joven!”, comentó risueño, pero no pasó a mayores.

Comimos las delicias que mi tío preparó, a las que también contribuyó su amigo. Me alucinaba ver a dos hombretones como ellos haciéndose arrumacos con toda naturalidad, de los que yo de momento quedaba al margen. Cuando terminamos, el piloto le dijo a mi tío: “Voy a echarme un rato, que tengo sueño atrasado. Pero no tardes ¿eh?”. Mi tío y yo nos quedamos recogiendo, lo que él aprovechó para sonsacarme. “¿Qué te ha parecido? También es de los que te gustan ¿no?”. Asentí ruborizado y añadió: “No pienses que te vamos a dejar de lado. Lo mejor es disfrutar todos de todos… Si a ti te apetece, claro”. Cómo no me iba a apetecer, por más insólita que me resultara tal cascada de sensaciones.

Al cabo de un buen rato mi tío dijo: “Creo que ya habrá hecho su siesta y tengo ganas de él”. Pensé que debía respetar su intimidad de amantes, pero mi tío añadió: “¡Anda! ¿Quieres venir?”. Lo seguí con las pernas temblonas. El piloto yacía adormilado en su espléndida desnudez. Mi tío casi se le echó encima y aquél susurró mimoso: “¡Sí que has tardado!”. Se besaron bien a fondo y luego mi tío dijo: “No he venido solo…”. Yo había quedado inmóvil junto a la puerta. “¡Oh, qué bien! Que venga aquí entre nosotros”, replicó el piloto. Entonces avancé hacia la cama y quedé arrodillado a los pies sin saber qué hacer. Pero ellos tiraron de mí y me pusieron entre los dos. Empezaron a acariciarme y por encima de mí se tocaban también ellos. Me sentía en la gloria encastrado entre sus robustos y velludos cuerpos. Estiré los brazos y atrapé las endurecidas pollas. Exaltado, tuve el impulso de girarme y me afané en frotarlas y chuparlas moviendo la cabeza de un lado a otro. Mi propia polla estaba tan tensa que temí una nueva descarga espontánea. “¡Vaya con el chaval! ¡Que arte le pone!”, oí que decía el piloto. De pronto mi tío me apartó diciendo: “Ahora vamos a hacer cosas de mayores… Tú observa y aprende”. Se puso bocabajo y ofreció el orondo culo a su amante. Éste aún advirtió burlón: “Eso quieres tú, que aprenda ¿eh?”. “¡Venga ya, que me muero de ganas!”, le instó mi tío. El piloto tomó posición entre sus piernas separadas y empezó a deslizar la polla por la raja. El corazón me bombeaba enloquecido ante la perspectiva de presenciar lo que solo de oídas  conocía como dar por el culo. El piloto empujó y su vientre quedó pegado a las nalgas. Mi tío dio un respingo y exclamó: ¡Ay cariño, cuánto deseaba tenerte dentro!”. El piloto se afianzó y, tras proclamar “¡Y yo lo echaba de menos!”,  empezó a bombear. Mi tío murmuraba: “Así, así, pero no tengas prisa”. Entonces el piloto me reclamó, para mi sorpresa: “¡Ven que te la chupe!”. Me puse de pie y pasé las piernas a los lados de las ancas de mi tío. El piloto alcanzó mi polla con la boca y chupaba mientras daba golpes de cadera. Desde luego me corrí bastante antes que él, que tragó toda mi leche. Tuve que sobreponerme para poder apartarme y no caer sin fuerzas sobre mi tío. “¡Qué rica la leche de tu chaval! ¡Ahora te voy a dar la mía!”, avisó el piloto. Mi tío parecía sollozar. “¡La quiero, la quiero!”. El piloto se estremecía entre fuertes resoplidos hasta que se dejó caer también. “¡Vaya follada más buena!”. No supe si lo dijo él o mi tío. Éste se fue volviendo bocarriba lentamente. Su barriga subía y bajaba por la respiración acelerada. Se llevó la mano a la polla, que estaba floja después del asalto, pero dijo pronto a su amante: “Ya sabes lo que necesito ahora”. Fui reclamando de nuevo. “Vamos a hacerlo correr entre los dos”. Mientras él cosquilleaba los huevos, me invitó a chupar la polla. “Lo haces muy bien”, dijo. Mi tío se estrujaba las tetas resoplando. No tardó sin embargo el piloto en pedir un cambio. “Deja que te saque la leche. Hace tiempo que no bebía de mi hombre”. Me resultó hasta romántico ver con qué cariño buscaba el placer de mi tío, que no tardó en agitarse resoplando. Cuando el piloto se apartó, tuve el impulso de limpiar la polla con la lengua y mi tío se rio por las cosquillas que ahora sentía. Muy juntos y sudorosos los tres en la cama, el piloto sentenció: “¡Qué polvazo! ¡Y el chico ha estado fenomenal!”. Halagado me atreví a decir: “Veros follar ha sido increíble”. El piloto le dio una palmada afectuosa a mi tío. “Éste podrá consolarte en mis ausencias ¡eh, golfo!”. Me dio escalofríos imaginarme follando a mi tío.

Luego de este trío, alucinante para mí, la convivencia siguió de lo más normal, salvo la ausencia absoluta de pudor. Ellos no escatimaban las efusiones amorosas, que yo respetaba manteniéndome en un discreto segundo plano. Bastante excitación me procuraba la visión casi constante de sus voluptuosos cuerpos en acción. Por la noche, dormían juntos y yo lo hacía en mi habitación. Ni que decir tiene que me masturbaba en mi ardor juvenil pensando en lo que estarían haciendo.

El piloto, como tenía por costumbre, iba a estar pocos días y querían aprovecharlos bien. Ya no me extrañaba que, en cualquier momento, les diera un arrebato que culminaba dándole por el culo el piloto a mi tío, bien fuera en la encimera de la cocina, en el borde de la piscina o en el sofá. Parecía que les estimulaba que yo los mirara meneándomela. Mi tío, muy excitado tras la enculada, a veces recurría a mi boca para descargarse. Todo encajaba con tanta naturalidad en nuestras vidas que se convirtió en lo normal para mí.

Un día, después de comer, quisieron irse a su habitación. Pero el piloto me dijo: “Ven con nosotros, que voy a comprobar si dejo a mi hombre en buenas manos”. Cuando estábamos los tres sobre la cama, me preguntó: “¿Te atreves a follarte a tu tío?”. Yo, que ya había intuido de lo que se trataba, me puse tan nervioso que no estaba en la mejor de mis formas. Pero ellos se colocaron para darme unas chupadas, pasándose mi polla del uno al otro. Aun así objeté: “Pero yo no la tengo tan grande como la tuya…”. El piloto me replicó: “No todo es cuestión de tamaño… Ahora ya estás a punto”. Mi tío se puso bocabajo ofreciendo el culo con meneos voluptuosos y animándome. “Entra con ganas y me harás feliz”. A su vez el piloto manoseaba el culo y separaba los cachetes para incitarme con la visión del oscuro ojete que palpitaba entre el vello. Excitadísimo apunté la polla y fui empujando. Me abría paso hasta llegar al tope de mi vientre. Sentía una cálida presión que me daba un gusto tremendo. Mi tío exclamó: “¡Cómo te siento! ¡Muévete sin miedo!”. Ver al piloto a mi lado sobándose la dura polla, casi me acomplejaba. Pero no podía fallar y puse todas mis energías en un bombeo a conciencia. “¡Así, así, no pares!”, me jaleaba mi tío, y el piloto me sonreía. Deseaba no irme demasiado pronto, pero sentía que la marejada estaba siendo irrefrenable. “¡Me corro!”, casi grité. “¡Sí, sí, lléname!”, aceptó mi tío. El orgasmo con la polla atrapada fue increíble y me sacudió todo el cuerpo. Caí sobre mi tío y me fui saliendo poco a poco. Él bromeó: “¿Estás vivo todavía? Porque le has puesto toda el alma”. “Pero he durado poco ¿no?”, dije buscando el veredicto. “¿Qué esperabas la primera vez? ¿Batir un record? Me has hecho disfrutar y es lo importante”. El piloto intervino. “Dejaos de romances, que me habéis puesto negro… ¡Voy a mezclar las leches!”. Ocupó mi lugar y se clavó por la brava. “¡Umm, qué abierto te ha dejado!”. Follaba como en terreno conocido y tuve que reconocer que aguantó más que yo. Mi tío recibía las embestidas acostumbrado a ellas. El piloto se corrió al fin con fuertes bufidos. “¡Hala, bien apañado te quedas hoy!”, dijo luego a mi tío. Éste declaró: “Me habéis dejado para el arrastre… ¡pero qué a gusto!”. Sin embargo, había quedado tan exhausto en esta ocasión que ni siquiera le quedaron fuerzas para querer aliviarse.

A la mañana siguiente, mi tío me dijo: “Nuestro amigo se ha marchado a primera hora… A saber cuándo estará aquí otra vez”. La naturalidad con que habló, tan acostumbrado a ello, no impidió que me pesara su ausencia. Sin embargo, pronto nos bastamos los dos. Me follaba a mi tío con una seguridad creciente, para complacencia de ambos, y él me dedicaba deliciosas caricias y mamadas.

No obstante, mi curiosidad estaba insatisfecha en una cuestión. Con la confianza absoluta que me brindaba mi tío, no me costó preguntarle al respecto. “Cuando está aquí tu amigo, siempre te folla él a ti y ahora te lo hago yo ¿Cómo es que tú no lo haces nunca?”. Me habló con claridad. “Es una cuestión de preferencias. Mi amigo es un follador irrefrenable y a mí me encanta que lo sea. Me deja tan entonado que no siento la necesidad de poseerlo también a él. Y eso se acaba convirtiendo en una costumbre. Pero no creas que no me lo haya cepillado alguna vez,…a él y a otros. Estas cosas del sexo vienen como vienen”. Me quedé pensativo y volví a preguntar: “¿Entonces conmigo qué pasa?”. “Tú me follas cada vez mejor y, en este sentido, has sido todo un hallazgo… Ya has visto como me pongo a tiro”. Fui directo: “¿Cómo podré saber si también me gusta?”. Se rio. “Ya veo que quieres quemar etapas… Si es por eso, no me costará nada hacértelo probar”. Pero añadió: “Te advierto que al principio resulta un poco duro, aunque se acabe reconociendo que ha merecido la pena la iniciación”. Dije adulador, porque ya ansiaba probarlo: “¿Quién me lo iba a hacer mejor que tú?”. Volvió a reír. “¡Sabes ser zalamero, eh! Pues no se va a poner contento nuestro amigo cuando se encuentre dos culos a su disposición…”. La cosa quedó ahí, pues no era cuestión de “¡Hala, ponte que te follo!”. Ya habría el momento adecuado…

El momento llegó cuando, en uno de nuestros frecuentes calentones, nos la estábamos mamando mutuamente en su cama y yo, a continuación, hice el gesto de disponerme a montarlo. Mi tío entonces me retuvo y solo me dijo: “¿Lo hacemos al revés?”. Supe a lo que se refería y, aunque lo deseaba ardientemente, por curiosidad y por considerar que era un paso en mi progreso sexual, me dio pánico en ese momento. No le escapó mi reacción a mi tío, quien me quiso tranquilizar: “No temas que te lo vaya a hacer tan a la brava como mi amigo. Habrá que prepararte antes”. Cogió un frasco que tenía en la mesilla de noche. “Tú decides”. Tembloroso me tendí bocabajo y la delicadeza con que mi tío me untaba la raja hasta resbalar un dedo dentro del ojete me tranquilizó. “Ahora va lo de verdad”, me avisó. Noté que la blandura inicial del capullo se volvía lacerante rigidez a medida que me entraba lentamente. “Respira hondo y aguanta hasta que esté toda dentro”. Su guía me hacía soportar la quemazón que sentía. Se quedó quieto para permitir que el maleable conducto se me fuera adaptando. Sentirme poseído de esta forma me excitaba y me hacía desear el placer que aún se me hurtaba. Mi tío empezó a moverse bombeando poco a poco. Su fricción me masajeaba las entrañas y llegó a un punto en que el dolor se combinó con un grato latido. Mi tío debió notar el relajo de mi tensión. “¿Cómo vas?”. “Creo que mejor”, repuse todavía dubitativo. Le dio más rapidez y la frotación se hizo más intensa, lo que repercutió en el efecto placentero. Éste llegó a un crescendo que parecía llevar a un extraño orgasmo. Solté un prolongado “Ohhhhh”, que hizo decir a mi tío: “He estado resistiendo para oírte eso… Ahora me correré ya”. Se agitó y a mi placer, que se sobreponía al ardor que aún sentía, se añadió el de habérselo proporcionado a él. Cuando mi tío se desasió con un fuerte suspiro, quedamos los dos juntos, sudorosos y palpitantes. Con voz todavía entrecortada  y cierta sorna dijo: “Ya no eres virgen”. Repliqué: “Me alegro de que hayas sido tú”.

Esta forma de vida, que tan insólitamente me había hecho madurar, cambió cuando, pasado el verano, tuve que ir a la universidad, que estaba algo distante de la casa de mi tío. Claro que volvía a ella algunos fines de semana y en las vacaciones, coincidiendo a veces también con el piloto. Pero pronto empecé a volar por mi cuenta.