miércoles, 10 de febrero de 2016

El eslip


Estaba pasando yo solo unos días del verano en un hotel. A media tarde, con horas de luz por delante, vi la piscina tan solitaria que me apeteció ocupar una tumbona con un buen libro. Cuando estaba disfrutando de la tranquilidad, irrumpieron de pronto tres niños de distintas edades con intención de jugar en la piscina. Para colmo no se les ocurrió más que venirse cerca de donde estaba yo. Empezaba a lamentarme del contratiempo, que me iba a obligar a abandonar el lugar, cuando apareció tras ellos el que debía ser su padre. Aunque venía diciendo “Niños, no molestéis”, ya se sabe que ese es un mantra paterno nunca atendido. Pero la mirada hostil que estaba a punto de dirigirle se trocó en una sonrisa de simpatía. Y es que el padre era un tipo que me dejó pasmado. Casi cincuentón, lucía un cuerpo grandote, grueso pero nada fofo y muy bien contorneado en pecho y barriga, con una pilosidad ni escasa ni excesiva. Para colmo llevaba un eslip con motivos geométricos de fuertes colores, de una pequeñez sobrecogedora para su talla. Por delante apenas recogía el abultamiento de la entrepierna, desbordado por el prominente vientre y enmarcado por los robustos y velludos muslos. Por detrás, el final de la rabadilla aún dejaba fuera el oscurecido comienzo de la raja y la elasticidad del tejido tenía tendencia a atraer los bordes hacia el centro, descubriendo parte de los glúteos. Él acogió mi sonrisa como una muestra de que en absoluto me molestaban los juegos infantiles y se unió a éstos con dedicación.

 Me vino bien dar esa impresión ya que pude dejar el libro abierto sobre mi barriga y hacer ver que me distraía con el espectáculo en general, aunque desde luego era el del padre el que absorbía toda mi atención. Porque en movimiento estaba resultando aún más seductor. Tras equipar a los niños con flotadores, todos se lanzaron al agua y el padre jugó como uno más. También usaban una pelota y un mal lanzamiento la sacó fuera de la piscina, delante de donde estaba yo. El padre se alzó a pulso sobre el borde y salió para cogerla. Con el esfuerzo el eslip, que en seco se veía tan ajustado, al mojarse parecía que se hubiera distendido y desencajado. Más bajo aún por delante, le quedaba fuera el vello púbico y hasta la raíz de la polla, y por un lado asomaba parte de un huevo. El caso es que el hombre no hizo el menor gesto de ajustárselo al ir a por la pelota. La devolvió al agua y se acuclilló al borde para dar instrucciones. En esa postura el eslip se le bajaba escandalosamente hasta más de medio culo, con la sombreada raja al aire. El juego al que se entregaron ahora iba a mantener al padre en el exterior, recogiendo la pelota que le lanzaban los niños y devolviéndosela. La actividad de saltos, agachadas, giros y contorsiones llego a ponerme a cien. Porque si contemplar aquel cuerpazo en acción era una gozada, la inestabilidad del eslip le añadía más morbo. Hasta tal punto llegaba su exhibición que me hizo dudar entre si se había olvidado por completo de mi presencia o si me la estaba dedicando intencionadamente. Una de las veces la pelota cayó al pie de mi tumbona. El padre se acercó con parsimonia y, ahora sí, aprovechó para reajustarse el eslip, pero de una forma que supuso un desajuste previo. Estiró del borde y lo llevó hacia abajo, destapando el paquete casi entero, para subirlo a continuación y dejarlo más o menos colocado. Esto lo hizo mirándome sonriente, como si me lo brindara. Recogió la pelota y prosiguieron los juegos, con sus meneos seductores y el eslip volviendo a hacer de las suyas.

Dio orden de retirada y consiguió que los niños salieran de la piscina. Secándose con las toallas marcharon hacia el hotel, aunque el padre se rezagó. Buscó un ángulo que lo ocultaba del edificio, pero no de mí. Se bajó el eslip y se lo sacó por los pies. Se desplazó para alcanzar una toalla dejada en una tumbona cercana a la mía y se secó ligeramente. Se ciñó la toalla a la cintura y marchó tras los niños. En este espléndido desnudo integral no me miró ni una sola vez, pero al irse levantó una mano como saludo, que yo correspondí.

Me quedé un rato aplatanado en la tumbona recapitulando lo que había presenciado. Cuando decidí marcharme y me levanté, me di cuenta de que el eslip le había quedado en el suelo. Lo recogí con una cierta pulsión fetichista y lo mantuve en las manos pensando en lo que hacía poco había contenido. Como no aparecía nadie, lo mejor que podía hacer era llevármelo y tratar de devolverlo. El acceso a la piscina estaba alejado de la entrada principal, así que atravesé la planta baja para llegar a la recepción. Pregunté si podían decirme cómo localizar a un señor con tres niños, pero el recepcionista, un tanto impertinente, me dijo: “Lo siento, señor. Pero si no me da más detalles… En este hotel tan grande y en temporada alta, padres con niños los hay a montones”. Así que conservé el eslip y me lo llevé a mi habitación. Lo extendí en el baño para que se secara y cada dos por tres me daba  a mí mismo una excusa para volver a mirarlo e imaginarlo puesto en su dueño.

Al día siguiente no conseguí ver al padre por ninguna parte y, a la tarde, se me ocurrió volver a la piscina. Tampoco pensaba usarla, pero decidí ir en traje de baño, para no parecer un mojigato, y escogí el eslip más pequeño que tenía, aunque no tan vistoso como el que dejé en mi habitación. Ritualmente repetí zona y hasta tumbona, con un libro que no lograba leer, por la de veces que miraba hacia la salida del hotel. Cuando, al cabo de un buen rato, vi que los tres niños venían corriendo a la piscina, me dio un vuelco el corazón. Esta vez se detuvieron más alejados de mí, soltaron sus trastos y quedaron a la espera. Probablemente el padre les habría dicho que no empezaran a jugar hasta que él llegara. Al fin apareció, medio corriendo y sofocado. “¡No hay quien os siga, niños!”, se quejó con voz potente. Esta vez llevaba unos shorts muy cortos y ajustados de un amarillo claro. No pareció percatarse de mi presencia y quise pensar que, tal vez por ello, sus juegos con los niños eran más pausados que el día anterior. Se bañaron y chapotearon hasta que, dejando a los niños con sus flotadores, dio unas brazadas hasta más cerca de donde estaba yo. Allí salió de la piscina apoyándose en el borde y se giró para mirar hacia aquéllos. Pude ver entonces que los shorts mojados, que no debían llevar forro interno, se habían vuelto casi transparentes y marcaban claramente la raja del culo.

Entonces hice un esfuerzo para que no me temblara la voz y lo llame. “¡Eh, oiga!”. Se volvió hacia mí y se fue acercando sonriente. Por delante, la transparencia de los shorts dejaba apreciar el sombreado de la peluda entrepierna y el contorno de la polla ladeada y pegada a la tela. “¡Ah, hola! Eres el de ayer ¿no? Al principio no te había reconocido”, dijo en evidente alusión a mi cambio de indumentaria. Procuré mirarle solo a la cara y le expliqué apuntándome también al tuteo: “Ayer te olvidaste aquí el eslip. Lo recogí y, como no pude encontrarte, me lo llevé a mi habitación para que se secara. Expresó su alegría. “¡Estupendo, muchas gracias! Es el único que he traído y lo daba por perdido… Hoy me he tenido que poner esto y ya ves cómo me queda”. Me salió de alma un “¡Muy bien!”, que podía entenderse como lo que realmente pensaba o como una simple expresión de que entonces todo quedaba resuelto. Él, en cualquier caso, amplió su sonrisa y enseguida añadí: “Pues cuando te vaya bien lo puedes recuperar…”. Se quedó pensando unos instantes y dijo: “Si te parece, cuando suba y deje a las fieras en la ducha, me paso por tu habitación ¿Estarás?”. “Sí, ya me iba a ir de aquí”, improvisé sobre la marcha para dar facilidades, aunque me hubiese gustado apurar más la contemplación de su nuevo atuendo no menos provocador. Pareció quererme compensar, porque pinzó con los dedos el escaso y mojado tejido de los shorts y, reajustándoselos, hizo subir y bajar la polla. “Mientras seguiré con esto”, explicó gratuitamente. Le dije mi número de habitación y ya se lanzó al agua nadando hacia los niños. Aproveché para recoger mis cosas y bordeé la piscina en su dirección. Me entretuve un poco como si me divirtiera el juego de los niños para tener ocasión de volver a ver al padre salir del agua. Cuando lo hizo pude constatar de nuevo que entre llevar bañador y estar en cueros había tan solo un papel de fumar. Ya me despedí. “¡Hasta luego! No te olvides…”.

Esperé en mi habitación con el corazón bombeando a tope. Encendí el televisor, pero ni me enteré de lo que hacían. Por supuesto seguí con el eslip tan solo, aunque siempre tiendo a pensar que ‘el otro’ está mucho más bueno que yo y, por eso, me sentía algo acomplejado ante la opulencia de aquel hombre. Por otra parte, la concentración con que, en la piscina, trataba de no perderme ni un detalle de sus exhibiciones no me había dejado espacio para captar el nivel de su posible interés hacia mí. Pero, si no fuera lo que yo quería esperar ¿a qué venía tanto esfuerzo en metérseme por los ojos? En estas elucubraciones casi me sorprendí cuando oí llamar a la puerta y me tembló la mano al abrirla ¿Cómo aparecería?

Pues apareció como lo había dejado en la piscina, aunque, al estar menos mojados los shorts, su transparencia era menos escandalosa. Pareció justificarse. “Si estamos aquí al lado…”. “¡Pasa, pasa!”, le dije. Y añadí poniendo una entonación jocosa: “Ahora podrás recuperar tu bonito eslip”. Entré al baño para recogerlo y, al salir, casi se me cae de las manos. Para ganar tiempo se había quitado los shorts y lucía su desnudez con toda naturalidad. Por decir algo comenté: “Sí que vas con prisas…”. “Me pareció que no te molestaba”, replicó desenfadado. Le devolví la puya. “Ya me tienes acostumbrado”. Se puso ya el eslip. “¿Ves? Este me queda más cómodo”. “Es muy llamativo”, comenté. “¿Lo dices por los dibujos?”. “Por todo”. Rio. “Pues el tuyo tampoco está mal”. Me pareció como si fuera la primera vez que me miraba a conciencia. “Es más soso”, dije. “Eso depende de quien lo lleve”. Dejado caer esto, hizo un gesto de acordarse de algo. “Oye. Si no vuelvo enseguida a la habitación, los críos pueden hacer un desastre”. Aun así le pregunté: “¿Cómo es que estás solo con ellos?”. “Divorciado, estos días de vacaciones me toca hacerme cargo”. De pronto pareció venirle una idea. “Mañana temprano se irán de excursión con unos monitores ¿Te apetece que nos veamos en el desayuno?”. “¡Perfecto!”, contesté con entusiasmo no disimulado. Ya se despidió, dejándome la visión de casi media raja del culo que salía del errático eslip.

Al día siguiente, cuyo amanecer esperé con ansia, tuve que controlarme para no presentarme en el comedor antes de que lo abrieran para el desayuno. Me puse pantalones cortos con mi mejor polo, dejé pasar un buen rato y, de todos modos, llegué primero. Casi temí que a última hora hubiese tenido que ir con los niños. Pero por fin apareció, también de corto, con una camisa estampada medio desabrochada y desbordando vitalidad. “Eres madrugador”, saludó. Se sentó a mi mesa y añadió: “No sabes qué alivio descansar por unas horas de esos diablillos… Tú no debes tener esos problemas”. “Esos no”, repliqué con calculada ambigüedad. “Se te nota”, me devolvió la pelota. Yo estaba ya acabando y él desayunó con apetito. Lo cual no le impidió entrar en materia. “Tengo la impresión de que llevas dos días pasándotelo bien a mi costa”. “¿Se me notó?”. “Hice todo lo posible para que así fuera…”. “¡Y de qué manera! Tú y tus famosos bañadores”, dije ya sin tapujos. “Me di cuenta de cómo me mirabas y tal vez me pasé un poco ¿no crees?”. “Si lo que querías era provocar, lo conseguiste”. “Reconozco que tengo un punto de exhibicionista, si se me presenta la ocasión…”. “En eso no caí”, repliqué burlón. Se veía la piscina y los primeros huéspedes que se disponían para el baño matutino. Así que pregunté: “¿Te apetecerá bañarte?”. “¿Hoy que no tengo que hacer de socorrista? ¡Ni lo sueñes!”. “Pues cuando me vio bajar, la chica de servicio se ocupó de mi habitación. Ya debe de estar lista”, comenté. “La mía la dejan los críos hecha unos zorros”. “¿Entonces…?”, propuse tácitamente. “Paso un momento por mi habitación y voy a la tuya”. “No tardes…”.

Decidí quitarme al menos el polo y apenas me hizo esperar. Pero la sorpresa, aunque no tanto dados sus antecedentes, fue que se presentó con el dichoso eslip tan solo. Dejándose mirar, dijo: “He dudado si preferirías éste o el que llevaba ayer”. “La gracia del otro es cuando está mojado… Pero con éste me conformo”, afirmé. Hizo uno de esos reajustes que tan provocadores me resultaron el primer día. Me debatía entre el deseo de arrancarle de una vez el eslip o de disfrutar un poco más de su morbosa exhibición. Entonces se me ocurrió soltarle: “Eres lo más parecido a un boy de despedidas de solteras”. “¿Tan gordo y carrozón?”, preguntó insinuante. “¡Quita, quita! Más vale que sobre que no que falte”, repliqué. “Ahora solo me interesa animar a este solterón”, dijo arrimándose. Me di el gustazo de pasar la mano por encima del eslip y contornear la dureza que lo tensaba. “¿Me dejas que te lo quite?”, pedí. Se apartó zalamero. “Yo te he ido enseñando ya todo… y tú con tus pantaloncitos ¿Qué habrá ahí abajo?”. “No me he puesto calzoncillos”, avisé. “¡Tanto mejor!”, y me dio un tirón hacia abajo. La polla me salió disparada. “Así que esto es lo que escondías ¿eh?”, dijo mirándola. “Siento decepcionarte…”, contesté con cierto complejo. “¡Anda ya! Pues no tenía yo ganas de echarle mano desde que te vi en la tumbona…”.

Me empujó para hacerme caer sobre la cama y, en uno de sus habilidosos quiebros, se metió mi polla en la boca. “Eso es algo más que echar mano ¡eh!”, protesté, aunque estaba encantado porque chupaba que daba gusto. Se la sacaba y daba lamidas a los huevos sorbiéndolos. No dejaba de soltar su verborrea. “¡Qué ganas tenía de comerme un huevera!”. “Ya lo noto, ya. Pero no te los vayas a tragar y me desgracies”, le avisaba. Al fin dijo: “Paro porque te quiero enterito todavía”. Pero seguía manteniéndome inmovilizado con su cuerpo sobre el mío y restregándose. Su cálido peso y el arrastre del vello me ponían la piel de gallina. El eslip sin embargo persistía interponiéndose entre nuestras pollas y su roce sedoso no dejaba de causarme una agradable sensación. De todos modos me quejé: “¿Pretendes quedarte con ese taparrabos? ¡Qué cariño le has cogido!”. Se apretó aún más y contestó con comicidad: “¿Cómo no, si me ha dado suerte? Es el causante de que estemos ahora aquí”. “¡Menos lobos!”, repliqué, “Estás aquí por lo putón verbenero que eres”. Se enderezó y fingió sentirse ofendido. “¿Cómo dices eso a un honrado padre de familia?”. Pero se meneó con exagerada lubricidad y se metió la mano por dentro del eslip. “Así que es esto lo  único que quieres ¿eh?”. Desde luego sabía provocar. “Te quiero a ti entero ¿Pero tendré que meterte algún billete antes?”, contesté sin dejar de admirarlo, divertido y medio reclinado en la cama. Después de todo, no había prisa y merecía la pena disfrutar de su provocativa extroversión. Él lo entendía así, porque conectó el canal musical y sonó una pieza disco. “Espera, que te bailo”. Se marcaba unos pasos que dejaba en pañales a los boys con los que lo había comparado antes. Aunque en realidad me recordaban los juegos con que había atraído mi atención el primer día en la piscina, y que ahora sabía que no habían tenido nada de inocentes. Le daba un desenfrenado juego al dichoso eslip, estirándolo, bajándolo, subiéndolo y enseñándolo todo, en unos flashes que se me gravaban en la retina.

Eché una mirada a la mesilla de noche para ver si había algún billete, pero solo encontré la tarjeta de crédito. La cogí de todos modos y le pregunté: “¿Acepta Visa?”. “Compruébalo tú mismo”. Se bajó el eslip por detrás y me mostró el  magnífico culo. Hice el gesto de pasarla por la raja y quedó atrapada unos instantes por las nalgas apretadas. “Tendrás que marcar el pin”, dijo riendo. Ya tiré de él, lo puse de frente y le agarré la polla que, con tanto meneo, estaba solo morcillona. Pero al fin pude chupársela y enseguida se endureció en mi boca. Sin embargo, como el eslip había quedado trabado en medio muslo, yo pugnaba por quitárselo de una vez y el muy puñetero tiraba hacia arriba para dejarlo bajo los huevos. “Me gusta el roce que me da mientras mamas”, dijo para justificar su capricho. Pronto se olvidó de él y le empezaron a temblar las piernas. “¡Para, para, que me vas a dejar fuera de juego!”, pidió. Saqué la polla de mi boca, pero todavía seguí acariciando su mojada textura y palpando los contundentes huevos, ya soltados del eslip. “Es que me corro enseguida”, aclaró.

Se echó bocabajo sobre la cama, pero todavía tuvo tiempo de volver a subirse el eslip. Casi me crispó su manía. “¿Lo usas también como cinturón de castidad o qué?”. “¡Calla, soso!”, replicó, “Es que me da morbo que me lo bajes para follarme”. “Así queda más en plan violación ¿no?”, dije irónico, y añadí: “Aunque ¿de dónde has sacado que pretenda follarte?”. “No seas cínico”, contestó, “Que ya he visto que te comes mi culo con los ojos”. “Eso se llama visión en 360 grados… Habré de ir con más cuidado de dónde miro”, dije alargando este diálogo de besugos que no dejaba de tener una función de precalentamiento. Pues entretanto me la iba meneando para afirmármela, con el aliciente de aquel culo que parecía latir bajo el fino tejido multicolor.

Sin previo aviso me lancé sobre él y, como primera medida, le eché hacia abajo el eslip fetiche. Tuvo un estremecimiento e incluso hubo de levantar un poco el culo para desenganchar la polla. Se lo acabé sacando por los pies y lo lancé delante de su cabeza. “¡Ya no te protege su amuleto!”. “¡Oh, me vas a follar por fin!”, declaró. Manoseé las orondas nalgas con su vello suave y le abrí la raja. Cosquilleé en el ojete y exclamó: “¡Uuuyyy! Ponme al menos saliva”. Lo que hice fue darle intensos lametones que lo hicieron gemir. “¡Venga, entra!”. Lo hice poco a poco, pero sin parar de apretar hasta tenerla entera dentro. Él emitía una especie de silbido quejumbroso. “Si no te gusta, la saco”, ofrecí falsamente. Tuve la respuesta adecuada. “Como te salgas ahora no te hablo más”. Ya me moví con más soltura y él me jaleaba. “¡Así, así, cómo me gusta! ¿Y a ti?”. “¡Cómo no, con este culo tan tragón que tienes”, contesté. Pero procuraba concentrarme en el delicioso bombeo y hasta la daba tortazos en las nalgas. “¡Eso, pégame! Pero lléname pronto”. Esto último no hacía falta que me lo pidiera, porque ya me dominaba la sacudida del orgasmo. Me descargué con un gusto tremendo y no pude menos que reírme cuando al mirarlo tenía la cara sobre el eslip.

Caí a su lado y él fue girando el cuerpo hasta ponerse de lado hacia mí. Su humor no había decrecido. “Lo que me has hecho lo cargas también a la Visa”. “Creo que estamos compensados: Yo te pago por el baile y tú a mí por dejarte contento el culo”, afirmé. Me achuchó cariñosamente. “¡Oye, que yo aún tengo algo que hacer! No me irás dejar colgado”. Con la follada la polla le había quedado algo inerte y le dije: “Pues habrá que animar esto”. “¡Coño, déjame un respiro! Las ganas van por dentro”. Pero el respiro consistió en escabullirse y no se le ocurrió otra cosa que ponerse rápidamente el eslip de nuevo. “¿Con eso ya te quedas contento?”, le pregunté extrañado por tanta insistencia con la prenda. Él volvió entonces a la cama y se colocó de rodillas a mi lado. Solo dijo: “Tú espérate y veras”. Se puso a sobarse la entrepierna de la forma más lúbrica y la polla empezó a tensar el tejido, hasta el punto de que le salió por un lado. Por mucho que hubiera renegado por su obsesión con el eslip, me dio un morbo tremendo su peculiar método de excitación. Tuve el impulso de darle una lamida al húmedo capullo y seguí sorbiendo la polla. Él me la ofrecía risueño y mamé con ansia. “¡Uf, qué bien me lo haces!”, exclamó facilitándome la tarea. Yo insistía y él anunció: “Te voy a devolver lo que me has metido por el culo”. ¡Y vaya si lo hizo! Me fue llenando la boca de su caliente leche.

Se quedó inmóvil, con los brazos caídos y la respiración acelerada. “¡Oh, me has dejado seco!”, exclamó. La polla se le fue aflojando y solo tuvo que hacer un leve movimiento de caderas para que volviera a metérsele dentro del eslip. “Ya estás tal como entraste. Se diría que no ha pasado nada”, comenté. Se agachó y me beso. “¡Um! La boca te sabe a leche”, dijo pasándome la lengua por los labios. “¿De quién será?”, apostillé. “Ahora tendré que ir a recoger a los niños”, recordó sus deberes, y añadió: “Espero verte luego en la piscina”.

Naturalmente que fui por la tarde a la piscina. El grupo familiar ya estaba allí y pude escoger una tumbona estratégicamente situada, aunque en esta ocasión había algunas personas más por los alrededores. Sin embargo el padre lucía – ¡cómo no!– el famoso eslip y no se abstuvo de dedicarme alguna de sus provocadoras poses, ahora adornadas con una sonrisa sardónica. Rebobinando mi moviola mental, apenas podía creer que esa misma mañana hubiésemos tenido aquel desenfadado revolcón.

Al día siguiente no supe nada de ellos. De modo que, la otra mañana, me decidí a indagar en recepción. Esta vez pude ser más concreto, pues sabía el número de la habitación. El recepcionista, tras consultar el registro, dijo: “Se marcharon ayer”. Sin embargo, añadió: “Por cierto, hay un paquete para usted”. Era algo pequeño, blando y cuidadosamente envuelto. Antes de abrirlo ya supe lo que contenía.


miércoles, 3 de febrero de 2016

Una peli porno


En este relato hago el experimento de adaptar, de forma más o menos libre, una película (Grandpa's Toy Bear) que me resulta tremendamente excitante, al estar protagonizada por un actor que va ganando en su madurez y que se entrega, con gran morbo y realismo, a dos individuos, que le hacen, y él les hace a ellos, de todo… Para pasarla a texto recurro una vez más a ese amigo imaginario, o no tanto, también maduro, robusto y velludo, que he implicado, como paradigma de una sexualidad desinhibida y explosiva, en muchas aventuras… Veremos cómo resulta:

Añadir en mi perfil del chat un par de fotos de mi amigo tuvo sus consecuencias. Eran  de desnudos, aunque discretas, pero lo suficiente para dar una idea de sus apetitosas formas. Una pareja de hombres mayores contactó conmigo, más interesados en mi amigo que en mí. Tampoco es que fueran de mi tipo, por  demasiado delgados para mi gusto. Pero en algunas fotos exhibían unas pollas largas y nervudas. Me hacían preguntas sobre mi amigo y nos enzarzamos en un chat de lo más provocativo a su costa: “¿Está tan bueno como parece?”. “Si os van gordos y viciosos, lo tiene todo”. “¿Le gustaríamos nosotros?”. “Con esas pollas que tenéis, seguro que sí”. “Así que traga…”. “Si le metéis mano con decisión, hace lo que queráis”. “¡Joder! Ya nos gustaría estar con él...”. Yo tenía también mis preguntas, porque me parecían mayores para esas pollas tan firmes: “¿Se os siguen poniendo así de duras las pollas?”. “¡Claro que sí! Tomamos una cosa que nos la deja tiesas durante horas”. “Como en las pelis porno…”. “Alguna hemos hecho ya”. Esto me dio un morbo tremendo y dije: “Pues a mi amigo le haría gracia que lo filmara”. “¿Tú sabes de eso?”. “Tengo una buena cámara y me defiendo con vídeos domésticos”.  “¡Qué bien nos lo pones! Los dos con tu amigo… ¿Pero él querrá sin conocernos?”. “Le gustan las sorpresas y, cuando sepa que os voy a grabar, se os entregará por completo”. “A ver si quedamos pronto, que ya estamos negros solo de pensarlo”. “Dejadlo de mi cuenta y os avisaré”.

En cuanto vi a mi amigo, lo preparé: “Hay dos tíos que quieren follar contigo…”. “¿Así, por las buenas?”. “Han visto alguna foto tuya y les vas mucho… Tienen unas pollas que te encantarán”. “Ya sabes que me ponen los encuentros a ciegas”. “Además han hecho algunas pelis porno y yo podría gravaros…”. “¡Qué fuerte!…Pero todo real ¿no?”. “Por supuesto. Tienen experiencia y ganas…”. “Pues diles que vengan”. “Sabía que te apuntarías”. “¿Tan golfo me crees?”. “Eso y más…”.

Sugerí a la pareja que acudieran trajeados y con corbata, para que el contraste que tenía previsto para el encuentro inicial fuera mayor. Yo los recibiría y les iría preguntando cosas al tiempo que iba filmando. Mientras mi amigo, ya preparado, los escucharía oculto para irse enterando del cariz de la charla y, en su momento, se harían las presentaciones. Confié en la experiencia de la pareja y en la espontaneidad de mi amigo.

Llegaron los dos convocados, cuya vestimenta oscura y elegante acentuaba su delgadez. En cuanto los enfoqué con la cámara iniciaron la representación. Venían como si no supieran para qué se les había citado: “Nos han avisado de que aquí hay algo para nosotros”, dijo uno dirigiéndose a mí. “Al parecer se trata de un juguete…”, añadió el otro. “¿No sabéis qué clase de juguete?”, pregunté yo. “Se supone que es bastante voluminoso…” contestó uno en tono burlón. “¿Tenéis ganas de jugar con él?”, volví a preguntar. “Para eso hemos venido ¿no?”. “¿Traéis las armas preparadas?”. “¡Por supuesto! ¿Quieres comprobarlo?”. “Yo bastante tengo con que no me tiemble la cámara…”. “¿A qué esperamos entonces?”. “¡El juguete ya viene!”, declaré yo.

Era la contraseña para que mi amigo se mostrara. Y apareció haciendo honor a su desvergüenza. Completamente desnudo, su condición de juguete erótico se limitaba a una corbata negra de pajarita ceñida al cuello por una cinta. Aunque le sugerí que procurara no empalmarse por adelantado, oír nuestra conversación le había animado algo la polla. Desde luego, a efectos de imagen quedaba de impacto. La sorpresa de los dos hombres no fue fingida, ya que no se esperaban una presentación como aquélla. “¡Joder, qué tío!”. “Las fotos no engañaban”. Eran sus cometarios espontáneos. Pero enseguida asumieron su papel e interpelaron a mi amigo, que sonreía procaz. “Con que tú eres el juguete”. “Con muy poca vergüenza, por lo visto”. Mi amigo llevó las manos a la pajarita. “Me he vestido de gala para vosotros”. “¿Y ese otro pájaro que enseñas?”. Mi amigo miró hacia abajo, como si él mismo se sorprendiera. “Ya veis. Se pone contento de veros ¿Os gusta?”. Uno de ellos le tendió un paquete alargado atado con una  brillante cinta roja. “Te hemos traído un regalito”. Mi amigo lo tomó contento y, tras deshacer el lazo, se colgó la cinta del cuello. El paquete contenía un consolador que imitaba un pepino de buen tamaño. “¡Oh, me encanta!”, exclamó mi amigo recorriéndolo con la mano. A continuación se puso a chuparlo con lascivia. “¡Cómo conocéis mis gustos!”. “¿Te crees que es de chocolate?”, rieron ellos. “¿Ah, no se come? Entonces será para esto”. Mi amigo empezó a pasárselo por la entrepierna. Lo juntaba a su polla y lo pasaba hacia atrás. Se giró hacia la cámara, mostrando por primera vez el orondo culo. Pasaba el pepino por la raja y llegó a meterse la punta. Con aspavientos y gemidos, se apoyó en una mesa y lo llevó hacia atrás para apretar mejor. El pepino entraba y salía con ritmo intensivo, y las expresiones de placer de mi amigo crecían. Desde luego quedaba de lo más cinematográfico y no escatimé primeros planos de la penetración. “A ver si vamos a estar de más…”, comentó burlón uno de los hombres. Pero mi amigo le replicó. “Esto es para dilatar, que me han dicho que las tenéis muy grandes”.

Corté la filmación para que la pareja se desnudara. Mi amigo entabló con ellos una amena conversación mientras se la iba meneando con la naturalidad que lo caracteriza. “Así que vosotros sois los que habéis dicho a mi colega que me queréis follar… Espero que valga la pena”, decía con curiosidad ante lo que iba sacando a la vista la pareja. Eran realmente bastante mayores y altos. Uno, de cuerpo fibroso, algo velludo y cabello canoso, tenía un rostro amable. El otro, enjuto, lampiño y calvo total, parecía un sátiro. Pero ambos, sobre todo el segundo, disponían de unos badajos considerables que les oscilaban entre los muslos. Casi me dio vértigo imaginar cómo serían cuando llegaran a estar erectos. Mi amigo debió pensar lo mismo, aunque con lasciva complacencia.

Una vez despelotados se le acercaron. “¿Empezamos tocar?”, preguntaron listos para la filmación. Mi amigo había puesto ya los brazos en alto y separado un poco las piernas. “¡Claro que sí! Soy todo vuestro” los invitó. Con morbosidad, y bien expuestos a la cámara,  lo palpaban y sobaban, arrancando a mi amigo murmullos de placer. Iban comentando: “Buenas tetas”, “Barrigón y peludo”, “Qué dura se te pone”, “A ver ese culo”. Mi amigo se dio la vuelta y puso el culo en pompa. “Os está esperando”. Pero antes iban a tener un morboso precalentamiento, para el que empujaron a mi amigo hasta hacerlo caer sobre el confortable sofá que había en medio de la sala. El canoso se agachó primero para chupársela a mi amigo, quien frotó la verga del calvo, de pie a su lado, y que se puso ya descomunal. Ambos se turnaron a continuación para morrearlo intensamente, con aparatosos juegos de lenguas, mientras las manos de mi amigo iban estimulándoles las pollas. Éstas pronto se alzaron buscando su boca y él las fue chupando con deleite. Ponía especial empeño en la larga y tiesa verga del calvo. La frotaba a dos manos y la sorbía en todo lo que le cabía en la boca. El canoso, mientras, se la mamaba a mi amigo.

Éste, de pronto, ya con la fogosidad a tope, se levantó y, arrodillándose en el sofá, volcó el cuerpo sobre el respaldo. Separó las rodillas y llevó las manos a las nalgas estirándolas hacia los lados, con los huevos y la polla colgantes entre los muslos. El ojete parecía una boca sedienta y el calvo se agachó para darle profundas lamidas. Mi amigo seguía estirando las nalgas y gemía de gusto.  Cuando el calvo se puso de pie,  apuntó la enorme verga y la fue metiendo poco a poco. La lisura de su vientre permitía ver cómo llegaba a tope y enseguida empezó a bombear rítmicamente. Su flaco cuerpo se cimbreaba en el mete y saca, y alardeaba de su potencia cruzando las manos a la espalda. Yo alternaba esta toma con las de mi amigo que, agarrado al cojín del respaldo y agitando la cabeza, gimoteaba y a la vez alentaba las embestidas. El calvo llegó a trepar ágilmente sobre el sofá y continuó la follada desde arriba, con lo que las penetraciones se hacían más profundas e incrementaban las exclamaciones de mi amigo, cuyos brazos colgaban tras el sofá.

Se tomaron un respiro, aunque el calvo no daba la menor muestra de agotamiento. Antes bien se echó bocarriba sobre una alargada banqueta, con la verga tan tiesa como al principio. Mi amigo no resistió la tentación de sentase encima e ir saltando con la verga bien metida. Por su parte el canoso le entró al calvo por la cabeza y le clavó la polla en la boca para follarla. Mi amigo dándose gusto ansiosamente con la verga en el culo y el calvo mamando al canoso, formaban una estampa de lo más lujuriosa.

Ninguno de los tres daba muestras de cansancio, así que les propuse cambiar al dormitorio. Enseguida el calvo, en plan dominante, se tumbó bocarriba y exhibió la turgencia de su verga. Mi amigo se dejó llevar por el reclamo y, tendido a su lado, se puso a frotarla y chuparla con una lascivia espectacular mientras el calvo, de costado, removía la pelvis incitándolo. Luego mi amigo se elevó sobre las rodillas y se echó hacia delante para proseguir la mamada. Esta postura fue aprovechada por el canoso para atacarlo por detrás sin previo aviso. Mi amigo, enardecido, intensificó el chupeteo al tiempo que removía el orondo culo para gozar de la follada. Frenético, empezó a exclamar: “¡Dámela, dámela!”. No se sabía si se refería a la leche del calvo o a la del canoso. En cualquier caso fue este último el que dio síntomas de estar pegándole una intensa descarga. Cuando sacó la polla, la lefa rebosaba del ojete de mi amigo y le resbalaba por los huevos.

Antes de que mi amigo llegara a reaccionar, el calvo tiró de él para hacerlo quedar de lado. Utilizaba la leche del canoso a modo de lubricante e introducía los dedos con una fuerte frotación. Mi amigo gemía, pero se aprestaba a un nuevo ataque. La verga, que en ningún momento había perdido su dureza, le entró limpiamente. La flexibilidad que el delgado cuerpo del calvo le permitía dotaba a la follada de una vistosa variedad. Las carnosas formas de mi amigo, que mantenía con esfuerzo levantada una pierna, eran sacudidas por las arremetidas del calvo. Si era éste el que le sujetaba la pierna y se metía casi debajo, las manos de mi amigo pasaban de sobarse la polla a pellizcarse los pezones con febriles aspavientos. Cuando parecía que mi amigo daba síntomas de sofocación por lo retorcido de las posturas, su excitación pudo más y, en un impulso alocado, se apoyó sobre las rodillas y enrolló una almohada bajo su barriga. El calvo no se inmutó con el cambio y reanudó la jodienda ahora desde atrás. Se agitaba como una culebra y se agarraba a la cabeza o a los hombros de mi amigo, que clamaba de dolorido placer. Los tortazos que el calvo se puso a darle en la culata lo llevaron ya al paroxismo. “¡Córrete!”, imploraba. Pero el calvo aún quería rizar el rizo. Manejando a mi amigo como a un fardo, lo hizo quedar bocarriba de través sobre la cama con la cabeza casi colgando en el borde. Él se puso de pie y se entregó a una masturbación frenética sobre la cara de mi amigo, que le asía por los flacos muslos. La leche empezó a brotar y a dispersarse por labios, nariz y ojos. Mi amigo se fue enderezando poco a poco, alucinado y medio cegado. El fuerte resoplido que lanzó hizo que salpicaran gotas de leche.

Interrumpí la grabación para que mi amigo pudiera limpiarse la cara. “¡Qué pasada!”, fue su único comentario. Quedó despanzurrado sobre la cama, flanqueado por los otros dos. No tardó en empezar a sobarse la polla para volver a endurecerla. Pero el canoso le apartó la mano y se puso a chupársela y lamerle los huevos, mientras el calvo se dedicaba a pellizcarle los pezones. Mi amigo gemía de nuevo en su deseo de desfogarse por fin. Le urgía ya tanto que desplazó al canoso para meneársela él mismo. Cuando la leche fue brotando a borbotones, el canoso arrimó la lengua para lamerla.

Mi última toma fue la de la cara sonriente y satisfecha de mi amigo. Sin embargo, increíblemente, al calvo se le estaba poniendo tiesa la verga otra vez. Pero mi amigo la miró ahora con distanciamiento. Se daba por servido, y bien servido. De modo que salió de la cama en busca de una imprescindible ducha. Me fui con él y allá dejamos al insaciable calvo follándose a su compañero. “¿Cómo te ha quedado el culo?”, pregunté socarrón a mi amigo. Pero él, enjabonándoselo, exclamó radiante: “¡Qué peliculón habrá salido ¿no?!”.

jueves, 21 de enero de 2016

Viajando al norte


Tenía previsto un viaje a un país nórdico, en el que pretendía mezclar trabajo y placer. Un amigo muy cosmopolita, que hacía poco había estado allí, me hizo una sugerencia. “Déjate de hoteles y haz como yo, que me alojé en una casa particular que encontré por internet, para convivir con sus dueños e integrarme en sus costumbres”. A esto último le dio una entonación que no dejó de picarme la curiosidad. Él mismo me ayudó a buscar la web con la que había contactado. Vi las fotos de un loft muy bonito y otra de los dueños, un matrimonio de mediana edad típicamente nórdico, ambos robustos y rubicundos, de nombres Erik y Helka. Me llamó la atención que, aunque la foto era de cara, aparecían con los hombros desnudos. No obstante, objeté que eso de que fuera un matrimonio no me hacía demasiada gracia. Pero mi amigo insistió. “No te imaginas las sorpresas que te vas a llevar… Tú hazme caso y no me pidas más detalles”. Para convencerme añadió: “Ahora mismo voy a mandarles un mensaje hablándoles de ti… No te arrepentirás”. Ya no me fijé demasiado en las explicaciones que acompañaban la oferta, porque además la traducción era deficiente, y me decidí a mandar mis datos personales con una foto. Al poco tiempo recibí la confirmación, en que también acusaban recibo de la recomendación de mi amigo. Así pues me lancé a la aventura, intrigado por las sorpresas anunciadas.

Tomé un taxi en el aeropuerto que me llevó a la dirección de mis anfitriones. La primera sorpresa fue que me abriera la puerta una mujer en cueros vivos. “¿Helka?”, pregunté. Asintió sonriente, me hizo pasar, me besó efusiva y, en nuestra conversación en inglés, empecé a hacerme cargo de las peculiaridades que me aguardaban. Resultó que se trataba de una familia que practicaba el nudismo y esperaba que quien hospedara se adhiriera a esa costumbre. Fingí estar al tanto de la situación y me mostré dispuesto a cumplir las normas en cuanto me indicara dónde dejar mi equipaje y mi ropa. Helka, que era algo llenita, tetuda y de piel tersa, empezó a enseñarme la vivienda y pude hacerme una idea de cómo iba a ser la convivencia en ella. Era un loft amplio y diáfano, que constaba de un absoluto ambiente único. Hasta las piezas del baño estaban a la vista casi todas, con un confortable jacuzzi. La zona de dormir estaba formada por dos camas bastante amplias y situadas a distinto nivel, sin demasiada concesión a la intimidad. En la sección de vestidor se me indicó el armario donde podía colocar mis cosas. Ya no tenía excusa, ni falta que me hacía, para no ponerme a tono con las costumbres familiares. Así que me desnudé por completo y me dirigí hacia el espacio de cocina, donde estaba ahora Helka. Me miró de arriba abajo sonriente y comentó: “Creo que eres el tipo de huésped que nos gusta. Le causarás muy buena impresión a Erik y a nuestros amigos”. Me pareció muy bien que quisieran integrarme en su vida social.

Helka me ofreció beber algo y me invitó a sentarme en uno de los cómodos sofás. Ella ocupó otro enfrente del mío, sin el menor reparo en lucir el coño entre un pelambre rojizo. Me informó de que vivían en un estilo muy libre, del que solo era una muestra su afición por el nudismo. Le quise dejar claro que yo me adaptaba a todo y no tenía tabúes. No hubo tiempo para entrar en más detalles, porque se abrió la puerta y apreció el que debía ser Erik. Lógicamente iba vestido de calle y bastante abrigado, más alto y voluminoso que yo. En cuanto me vio se fue hacia mí, que me puse de pie. Abrazó con energía mi cuerpo desnudo y me dio un par de besos. “¡Cuánto me alegro de que hayas venido! …Enseguida estoy con vosotros”. Se fue rápido a la zona de vestidor y, en un periquete, volvió completamente desnudo también. Era un hombretón tipo vikingo, con abundante vello dorado y una poblada barba. Pude observar que la entrepierna, algo más oscurecida, estaba muy bien equipada. La esposa ya le había preparado su bebida y se sentaron juntos en el sofá frente a mí. Erik pasó un brazo por los hombros de Helka y la atrajo cariñosamente. Ella posó una mano en el robusto muslo de Erik. Éste me miró ahora con más detenimiento. Yo por supuesto se lo facilitaba, relajado con las piernas separadas para demostrar que era de los suyos. Y parecía que también le causaba buena impresión. Aunque de momento todo parecía muy ortodoxo. Salvo el nudismo, claro.

Helka dijo: “Antes de la cena nos gusta estar un rato en el jacuzzi ¿Querrías acompañarnos?”. No me iba a negar y los tres nos metimos en él, con su agua borbotante y buena temperatura. En el jacuzzi podían caber tres o cuatro personas pero no dejaban de producirse roces de piernas dejadas mecer por las corrientes. Llegué a notar más de un tanteo de pies por mi polla y mis huevos. Dada la mayor longitud de sus extremidades, no me cupo duda de que eran los de Erik, lo cual me provocó una agradable erección. Entre tanto Helka, que era la más parlanchina, decía: “Nuestro común amigo nos ha hablado muy bien de ti ¿Verdad, cariño?”. Erik asintió con una pícara sonrisa. “Suponemos que él también te habrá hablado de nosotros…”. Lo dijo con un tono que, pese a que contesté “¡Claro, claro!” haciéndome el enterado, aumentó mis dudas sobre el terreno que pisaba. Cuando se dio por terminado el remojón, me demoré un poco en salir para que mi polla no diera demasiado la nota. Pero quedé desconcertado cuando, al ponerse Erik de pie, lucía con toda naturalidad una erección gloriosa. Ya me preocupé menos por mi propio aspecto, aunque me preguntaba si habría sido yo el motivo de tanta alegría.

Una vez secados nos dispusimos a cenar y me alegré de que no fueran vegetarianos. Erik y Helka se repartieron las tareas entre la cocina y la mesa. Mientras comíamos me contaron que Erik era marino mercante, ya retirado, y Helka hacía un teletrabajo comercial desde casa. “Lo demás ya lo debes conocer…”, añadió Helka risueña. Pasamos luego a los sofás y me ofrecieron un reconfortante licor. Mientras Helka recogía por la cocina, Erik se sentó a mi lado, provisto de un plano de la ciudad, para orientarme en mis primeros pasos. Pero se arrimaba tanto que el roce de su muslo velludo con el mío hacía que me costara trabajo seguir sus instrucciones. Debió darse cuenta de mi inquietud porque, de pronto, su mano pasó del plano a la parte alta de mi muslo; me la presionó y me dio unos golpecitos. A continuación dijo mirándome: “Me gustas mucho ¿sabes?”. Me descolocó el alto tono de voz con que hizo esta declaración, dada la poca intimidad del espacio, aunque no pude menos que contestar: “Tú también me gustas”. A continuación me echó un robusto brazo por los hombros y, estrechándome contra él, me dio un morreo, metiéndome a fondo una lengua gruesa y mojada. En ese momento se nos acercó Helka sin dar la menor muestra de asombro. Yo, sin embargo, hice un movimiento instintivo de apartarme, pero ella dijo sonriente: “¡Tranquilo, que no me asusto!”. Ante mi expresión de desconcierto, se sentó frente a nosotros. “Parece que nuestro amigo español no te ha contado todo sobre nosotros… Somos una pareja muy libre en lo sexual… Erik, en su madurez, se ha aficionado a los hombres como él y me gusta que disfrute con ellos… Ya conocerás al amigo que tiene ahora. Seguro que te  gustará”. Hizo un mohín divertido, como si le ruborizara lo que iba a declarar a continuación. “Yo me entiendo con una chica joven… Mañana vendrán los dos. Los hemos invitado a cenar en tu honor”. Tratando de ponerme en situación, sobrepuse la cortesía al morbo: “Será un placer, desde luego”.

Se mostraron comprensivos con que yo estuviera bastante cansado por el largo viaje y propusieron que nos fuéramos a dormir. La cama que me asignaron no estaba demasiado independizada de la de ellos, pese al original sistema de distintos niveles. Aunque para mí era una novedad pernoctar en la proximidad de un matrimonio, la comodidad de la amplia cama y la tenue luz azulada con que crearon ambiente facilitaron que no tardara en conciliar el sueño. Sin embargo, no sé en qué momento noté un movimiento por mis pies. Miré sorprendido y vislumbré la voluminosa figura de Erik que avanzaba a cuatro patas y apartaba la liviana sábana, que bastaba por la fuerte calefacción. Antes de que me diera tiempo a reaccionar, ya estaba sorbiendo mi polla. Me quedé quieto y me hizo una mamada habilísima que culminó en una corrida deliciosa. Tras tragarlo todo, me susurró: “¡Gracias! Vuelve a dormirte”. Con el mismo sigilo con que había llegado se deslizó hacia su cama y se acostó junto a Helka.

El día siguiente lo tuve muy atareado con mis gestiones, que incluyó un almuerzo de trabajo. Así que hasta avanzada la tarde no pude regresar al loft. En espera de que llegaran los invitados a la cena, agradecí el relax del jacuzzi después de mi ajetreada jornada. Poco tiempo llevábamos los tres en remojo cuando se abrió la puerta y apareció una chica que no tendría muchos más de veinte años. Se acercó con toda naturalidad al jacuzzi y saludó. “Veo que ya estáis haciendo los honores al nuevo huésped… Enseguida me uno a vosotros…, si es que me hacéis un hueco”. Entretanto Helka me informó: “Es Taina. Ahora somos muy amigas ella y yo, como te dije”. Taina reapareció desnuda, con un cuerpo delgado y casi andrógino. Se introdujo entre nosotros, nos besó a Erik y a mí, y dio un intenso morreo a Helka…, para que las cosas estuvieran claras. Al quedar juntas las dos mujeres, Erik se me arrimó y no tuvo el menor reparo en echar mano a mi polla, encantado con el estado en que la encontró. No fui menos y busqué también la suya, que se endureció dentro de mi mano. Estábamos en estos escarceos cuando Helka avisó: “Deberíamos empezar a preparar la cena… Jarkko no tardará en llegar”. Supuse que se trataba del otro amante y me dio morbo pensar  en cómo sería.

Ya salimos del jacuzzi y, al secarnos, se fueron calmando los excesos de las entrepiernas. Pero la puerta volvió a abrirse y entró, con cierta precipitación, el que debía ser el tal Jarkko. “Perdonad que me haya retrasado… Ahora mismo estoy con vosotros”. Como si saludar vestido fuera una falta de educación, corrió a quedarse sin ropa. En el primer repaso visual que pude darle, me causó una excelente impresión. Casi tan robusto como Erik y de vello más oscuro, debía tener unos cincuenta años, y sus atributos eran para alardear. Cuando me besó efusivamente, en nuestras desnudas circunstancias, me estremeció el choque de su verga contra mi polla.

La cena, opípara y regada con generosos vinos, transcurrió en el marco de una corrección absoluta, salvando claro está el estado de adanismo en que todos seguíamos, y casi me ruborizaban las atenciones que tenían conmigo. Desde luego el recién llegado Jarkko no dejaba de mirarme y dirigirse a mí con simpatía, aunque yo no dejara de pensar si estaría escrutando el grado de intimidad que había tenido ya con su amante. En el zenit del ágape, no faltaron los brindis en mi honor, deseándome una muy grata estancia y una amistad perdurable. Se encargó de ello Erik, pero también quiso sumarse Jarkko, ya algo achispado. Lo más curioso del caso era que, al ponerse ambos de pie para sus cariñosos parlamentos y dadas sus tallas, el paquete al completo les quedaba justo por encima del nivel de la mesa. Aunque yo me vi en situación similar cuando me tocó expresar mi agradecimiento.

Se preveía una larga sobremesa de cafés y licores. La sorpresa fue que Helka y Taina excusaron no acompañarnos ya que tenían su abono a la ópera. Helka lo adornó: “Así los hombres estarán a sus anchas… No nos van a echar en falta”. De manera que se emperifollaron con cierta rapidez y se marcharon alegremente. Yo me sentí, a partes iguales, excitado e intimidado al verme a solas con aquellos dos vikingos tan en cueros como yo, aunque de momento la degustación de licores pareció imponerse a cualquier deriva lujuriosa. Pude confirmar el tópico de que los nórdicos son esponjas para esta afición y reconozco que yo tampoco quedé indemne al emularlos. No dejaba de extrañarme, sin embargo, que, en contraste con el deseo que me embargaba de lanzarme a chupar aquellas apetitosas pollas tan a la vista, pareciera que los otros dos se conformaran con las libaciones y risotadas propias de una convencional reunión de hombres solos. Me preguntaba qué había sido del furor de Erik metiéndome mano en cuanto tenía ocasión delante de quien fuera. Porque además Jarkko, cuya relación con Erik había sido aireada con tanta naturalidad por Helka, no tenía menos pinta de salido. A no ser que, tan liberales ellos, quisieran mantener entre sí una apariencia de fidelidad pese a todo.

Entonado como iba, decidí romper el hielo. Aprovechando que Erik había ido a la cocina, me senté en el sofá junto a Jarkko con la excusa de que me explicara la composición de una extraña y fuerte bebida que habíamos catado. Ello propició un rozamiento de muslos muy grato para los dos. Al volver Erik, se quiso sentar a mi otro lado en el no muy amplio sofá, lo que provocó un cómico reajuste de culos y que yo quedara confortablemente emparedado. Expresando una relajante felicidad, levanté los brazos y los pasé por los macizos hombros de los vikingos. Acerté en mi paso al frente, porque los dos a la vez juntaron sus caras a la mía y nos enredamos en un besuqueo a tres, enlazando lenguas e intercambiando salivas. Ya tuve vía libre para poner en práctica el deseo que me venía punzando y me deslicé hasta el suelo para tomar el mando, con las manos y la boca, de las dos pollas que tan alegres se estaban poniendo. Se despatarraban dejándome hacer mientras ellos se fundían sobándose por encima de mi cabeza. No me limitaba a chupar las pollas que iban engordando en mi boca, pues metía la lengua por debajo para lamer los gordos huevos. Hasta les subía una pierna sobre mi hombro y llegaba al ojete. Cuando se dieron por satisfechos por el momento, tiraron de mí  para que me pusiera de pie. Metido entre sus piernas, se inclinaban para chuparme ahora ellos la polla, que tenía tiesa y mojada. Se la pasaban de una boca a otra y a veces las juntaban enredando las lenguas sobre ella. Yo les iba sobando las peludas tetas y estirando los pezones.

Cuando el juego en el sofá no daba más de sí, a Erik se le ocurrió preguntar: “¿Qué os parece si vamos al jacuzzi? Helka lo ha dejado caliente”. No era una mala idea que nos serviría, entre otras cosas, para despejar algo las brumas del alcohol. Mientras nos dirigíamos a él, Erik me tomó de un brazo y me preguntó educadamente si era activo o pasivo. Le indiqué mi preferencia por lo primero. “¡Tranquilo!”, me dijo, “Nosotros hacemos de todo”.

NI que decir tiene que las cálidas aguas burbujeantes estimularon nuestra voluptuosidad. Nos dejábamos arrastrar por los remolinos formando revoltillos de cuerpos. El impulso de una mano bajo mi culo me hacía flotar y mi polla emergente se volvía  objeto de dulces chupadas, cuando no era yo quien impulsaba o chupaba. Como el jacuzzi no era muy profundo, al ponerse alguno de pie, el nivel de agua quedaba rebasado por su polla erecta, que enseguida era atrapada con sobeos y succiones. En este revuelo, de pronto Erik volcó medio cuerpo por fuera del borde redondeado y presentó su culo gordo y peludo. Aunque sentí un intenso deseo de penetrarlo, el morbo de ver antes a Jarkko en acción me llevó a incitar a éste para que procediera. Como estaba tan dispuesto a ello como yo, no dudó en abordar a Erik con la seguridad que les daba la costumbre. Dejándome mecer por los remolinos, contemplé excitado el acoplamiento de aquellos dos hombretones en una sabia combinación de lujuria y delicadeza. Erik gemía con cada embate de Jarkko, que se balanceaba rítmicamente. Noté que iba frenando y se detenía, lo que me hizo pensar que se habría corrido sin aspavientos. Pero en realidad se trataba de ofrecerme el relevo y así lo confirmó Erik: “Ven tú ahora”. Entré con facilidad en el ano que había quedado bien abierto y enseguida aprisionó mi polla con su calidez. “¡Uuummm!”, murmuró Erik complacido, mientras Jarkko sonreía generoso. Pese a que bombeé con mesura, muy pronto sentí que no podría aguantar. Avisé: “¡Estoy ya muy caliente!”. “¡Sigue, sigue!”, me animó Erik. Me corrí bien a gusto y me dejé caer sumergiéndome en el agua. Cuando refloté, ya estaban Jarkko y Erik besándose abrazados. Parecía que no tuvieran la urgencia que yo acababa de aliviar. Pero lo que sucedió fue que Jarkko, de un impulso, se sentó en el borde del jacuzzi con los muslos separados y la polla endurecida. Erik se le fue acercando en un remedo de natación y se la metió en la boca. Ahora la mamada iba a ser definitiva, porque la constancia de Erik la reforzaba Jarkko sujetándole la cabeza. Éste acabó sacudiendo su rotundo cuerpo y dejó libre a Erik, que lamió ya los restos de leche que aún salían del capullo. En fase de recuperación, me acerqué a ellos que me echaron los brazos al cuello como afectuoso descanso.

Ya no me sorprendí demasiado cuando se abrió la puerta. Helka venía sola y se acercó como si tal cosa al jacuzzi. “¿Aún estáis así?”, comentó risueña. “Ya íbamos a salir”, dijo Erik con la misma naturalidad. Mientras nos secábamos, ella no dejó de cumplir el ritual de desnudarse. Al volver explicó: “He llevado a su casa a Taina, porque mañana temprano tiene que coger un avión”. Educadamente le pregunté: “¿Qué tal la ópera?”. “Preciosa, pero seguro que no tan emocionante como la velada que habréis tenido aquí”, contestó divertida.

Mientras tomábamos un reconfortante caldo caliente, se dio por hecho que Jarkko se quedaría a dormir. Vivía algo lejos y no podía coger el coche después de lo que habíamos bebido. Al haber solo dos camas, aunque amplias, Helka me preguntó si tendría inconveniente en que aquél la compartiera conmigo. Por supuesto que me pareció muy bien y Jarkko me lanzó una cálida mirada. Llegó la hora de acostarse y los dos nos metimos en la cama. Jarkko me dio un cariñoso beso de buenas noches y se giró de espaldas. No pude resistirme a acariciar su recia y suavemente velluda espalda, …y algo más abajo. Entonces él buscó mi mano y tiró del brazo para que le ciñera el pecho. Abrazado así a su cuerpo, y con el calor que desprendía, empecé a excitarme de nuevo. Al notar el roce de mi polla endurecida, llevó una mano hacia atrás y la palpó. A continuación estiró una nalga para darme acomodo en su raja. Qué iba a hacer yo sino empujar poco a poco hasta tener la polla firmemente clavada. Removió el culo incitándome a que me activara. Lo follé con ansias renovadas, en silencio los dos, y me corrí por segunda vez aquella noche. Sin embargo, mi capacidad de asombro todavía no se había agotado en esa casa porque, al tiempo en que estábamos en acción, pude percibir nítidamente, y supongo que Jarkko también, que en la otra cama no muy apartada, Erik se estaba follando a Helka ¿Se consolarían así mutuamente de no poder estar haciéndolo con sus respectivos amantes?

Qué más decir de los días en que me aloje aún con ellos que no resulte ya reiterativo. Solo añadir que tuve más encuentros con Erik y Jarkko, juntos o por separado, y sin obstáculos ni ocultación, como imperaba en aquel loft tan peculiar. Si los negocios que sirvieron de excusa para el viaje no resultaron demasiado fructíferos, a quién le importa…