sábado, 1 de julio de 2017

Porno duro y sus consecuencias

Un amigo que trabaja en un estudio fotográfico  como encargado de la iluminación me contó que, de vez en cuando,  tenían sesiones con modelos para revistas y webs, algunas especializadas en osos y hombres maduros. Cuando le comenté que me encantaría poder asistir a alguna, me aseguró que ya lo arreglaría. “No te puedes imaginar la de gente que interviene en el equipo. No será difícil camuflarte por allí”. A los pocos días me avisó. “Vas a estar de suerte, porque mañana es un día de mucha actividad. Aparte de las fotos, se van a rodar algunos vídeos cortos. Así que habrá bastante movimiento… Tú vienes conmigo y pasarás desapercibido echándome una mano de vez en cuando con los focos”.

Llegamos a un gran  loft  y aquello, más que un estudio fotográfico, parecía una feria. Técnicos, creativos, ayudantes…, incluida una maquilladora. Todos se movían de un lado para otro, dando instrucciones o sugiriendo cambios. Había telones intercambiables y hasta un jacuzzi que parecía en funcionamiento real. En lo que a mí me interesaba, traté de adivinar quiénes serían los modelos. Porque tíos buenos había bastantes, unos bien trajeados y otros en plan más informal. Mi amigo me susurró: “Prepárate porque los de hoy son de sobrepeso, como a ti te gustan”.

Mi primera sorpresa fue que, entre tanto trasiego, apareciera de pronto de detrás de un telón un tipo ya completamente en cueros ¡Y vaya tipo! Próximo a los cincuenta años, alto, entrado en carnes y velludo, no tenía desperdicio. Lo que más morbo me daba era la naturalidad con que se movía por allí, curioseando en los preparativos. “¿Ya estás tú así?”, le dijo un técnico. “Para irme ambientando…”, replicó el otro. “Pero no te la vayas a poner dura todavía, eh. Que aún te falta”, le advirtió el técnico. El hombre siguió por allí tan tranquilo entre todos los que estábamos vestidos. Se acercó a una nevera en que había bebidas, cogió una lata y, con el culo apoyado en el borde de la mesa, quedó a la espera.

Me distrajo la atención el que debía ser el jefe del cotarro, un gordo hiperactivo y con ropa algo estrafalaria, quien dio unas palmadas y llamó al orden. “¡Venga, vamos a empezar! ¿Cuál es el primero?”. Se adelantó hacia la zona fuertemente iluminada un individuo que nunca hubiera pensado que se dedicara a estos menesteres. Con aspecto de alto ejecutivo de una multinacional, por su porte de cincuentón macizo y canoso y el impecable traje que lucía, prometía delicias fuera lo que fuera a hacer. Rodeado por varios individuos provistos de cámaras y hasta otro con una de vídeo –seguramente para el making of–, se dejó fotografiar en estudiadas posturas, hasta que el director dijo: “Ahora ya te vas quitando cosas… Y ponle morbo ¿de acuerdo?”. El proceso fue largo y desde luego morboso porque, como si se desnudara en su dormitorio, iba haciendo aparecer una maravilla de cuerpo, con buenas tetas sobre una barriga generosa, todo con un vello de perfecta distribución. Llegó a quitarse el eslip con estudiada calma y, aun sin estar empalmado, lucía un conjunto de huevos y polla que me hizo entender por qué se dedicaba a estas tareas. La excitación que me estaba produciendo el ir viéndolo se mantuvo hasta que se interrumpió la sesión. Una vez que llegó al desnudo integral, se le concedió una pausa. El director le dijo: “Vas estupendo… Descansa ahora un rato para la segunda parte, en la que vas a tener que estar en forma”. El modelo comentó muy profesional: “Igual me cuesta empalmarme”. “Eso ya lo arreglaremos”, contestó el director.

Aquí fue cuando empezó lo que me resultó todavía más curioso. El modelo, en cueros tal como había quedado, salió del set y, con total desinhibición, se dedicó a circular por el loft hablando animadamente con el personal. “¡Uf! Qué calor he pasado vestido bajo los focos”. Parecía que la fotogenia de sus  bajos le preocupaba, porque le preguntó al jefe: “¿Tú crees que daré bien en los primeros planos?”. “¡Sí, hombre, sí! Cuando te animas se te ve preciosa”. “¿Me la pondré a tono yo o tendré ayuda?”. “De todo habrá… Ya iremos viendo”. Más tranquilo se dirigió a la maquilladora. “¡Ven guapa! Dame con algo para quitar el sudor”. La chica, muy profesional, se puso a frotarle por todas partes con una toallita. Él presentaba su estupendo cuerpo levantando los brazos y girándose. Envidié a la maquilladora con inquina, viéndola restregar aquel pecho velludo, aquellos sobacos, aquella espalda recia, aquel culo esplendido, aquellos muslos rotundos..., e indiferente al paquetón ante sus narices. El desparpajo con que un hombre así, maduro y robusto, alternaba en pelotas entre tanta gente vestida, que lo veía tan natural, era lo que más cachondo me ponía.

Casi me había olvidado del primer tío desnudo que había aparecido, que no desmerecía en absoluto y ahora estaba despatarrado sobre una butaca junto a la nevera. El que acababa de ser fotografiado se acercó a él y yo, con los ojos como platos y el oído atento, no quise perderme su encuentro y pululé con disimulo cerca de ellos. Se saludaron muy amistosos. “¿Qué tal te ha ido el striptease?”, preguntó el sentado. “Un poco coñazo quitarme tanta ropa… Luego solo aprovecharán unas pocas”, contestó el que seguía de pie sacando una bebida de la nevera. “Pues a mí me acaban de avisar que el tío al que me tenía que follar está con gripe”. “¿Entonces hoy no haces nada?”. “Algo se les ocurrirá. Éstos quieren aprovechar el tiempo”. “A mí me toca enseguida la segunda parte… Me costará más porque tendré que empalmarme y hasta correrme”. “Pues a mí, en cuanto me pongo ante los focos, se me pone dura enseguida”. “Tú tienes más costumbre… A mí se me encoje”. A esta conversación sobre tan peculiares cuestiones profesionales de los dos hombretones en pelotas se añadieron el director gordo y un técnico. El primero preguntó al que había posado: “¿Qué, estás listo para la segunda parte?”.

El modelo buenorro se dirigió disciplinadamente a un nuevo decorado que le habían preparado. En un sofá iba poniendo variadas posturas, sentado, estirado, vuelto de espaldas…, que adornaba tocándose voluptuosamente las tetas, el culo y, sobre todo, la entrepierna. El director ordenó un “¡Corten!” para detener a filmación y le preguntó al modelo: “¿Podrás ponerte en forma ya?”. El hombre empezó a meneársela pero, a pesar de sus esfuerzos, solo llegó a ponérsela morcillona. “No tengo el día”, se disculpó. Entonces el director soltó en tono algo airado: “Si no fuera por ese cuerpazo que tienes…”. Y con decisión se fue hacia el modelo. “Ya me encargo yo”. Con todo su volumen se agachó ante el otro y avisó en general: “¡Esto no lo vayáis a filmar, eh!”. Pero yo sí que no quitaba ojo. El director, con manos expertas, frotaba la polla y cosquilleaba los huevos. “Mejor así ¿no?”. El otro asentía. Pero, para asegurar la faena, el director, sin la menor vacilación, cambió las manos por la boca y chupó unos segundos la verga que, cuando se apartó, había dejado bien dura y brillante. “Mira que guapa te ha quedado”, dijo satisfecho, “Ahora sigue tú”. Se levantó y mandó que siguieran las tomas. El modelo, espléndidamente empalmado, se exhibió ya a base de bien, manoseándose la polla con voluptuosidad y siguiendo con una enérgica masturbación, que culminó en una abundante y vistosa emisión de leche. El director lo alabó: “Es que cuando te pones eres único”. La maquilladora acudió rápida con unas toallitas húmedas para que el modelo se limpiara.

Al parecer no había vestuarios, por lo que el hombretón, una vez acabada su faena se dirigió a un colgador de perchas ambulante donde, al lado del traje completo que antes había usado, estaba la que debía ser su ropa más informal. Sin embargo no pudo echarle mano porque el director fue corriendo hacia él. “Espera un momento… Es que tenemos un problema y vamos a ver cómo lo arreglamos”. El modelo puso una expresión contrariada, pero el director siguió con tono que pretendía ser persuasivo: “Es por tu compañero de ahí…”, dijo señalando al primer modelo que había visto yo al llegar y que seguía pacientemente en la butaca, “El que tenía que hacer el vídeo con él está enfermo y no podemos dejarlo colgado… Habría que volver otro día para montar todo el follón… con el gasto que eso supone”. El modelo que, al igual que yo, sabía ya no solo lo de la gripe sino también el papel que le hubiese correspondido al enfermo, anticipándose a la propuesta del director objetó: “Yo ya he cumplido con lo mío”. “Lo sé, cariño”, lo aduló el director, “Desde luego cobrarás aparte y, además, el sexo en vivo a dos se paga mejor”. Por mi parte era una delicia observar esta transacción laboral entre un gordo vestido y un tío buenísimo en pelotas. Éste alegó de nuevo: “Es que hoy no creo que vaya a poder funcionar otra vez”. “Ni falta que hace”, replicó el director dándole un cariñoso toque en la barriga, “Quien tiene que estar en forma es el otro… y ya sabes que no le cuesta lo más mínimo”. “O sea, que me van a dar por el culo ¿no?”, resumió el modelo. “Eso no será un problema para ti ¿verdad?”, contestó el director ahora más severo, “Los que os dedicáis a esto no podéis ir con remilgos”. El modelo pareció transigir y, viendo ganada la partida, el director volvió a los halagos: “Si casi te prefiero al que no ha venido… Lo vais a bordar”. Llamó con un gesto de la mano al que estaba esperando, que se unió rápido a ellos cimbreando su no menos apetitoso corpachón desnudo. El director se desplazó con los dos modelos cogidos del brazo y, en una breve alocución que ya no alcancé a oír, les debió dar instrucciones sobre el guión previsto.

Los actores se tomaron una pausa mientras los técnicos ponían a punto el jacuzzi, que sería donde se llevaría a cabo la acción. Como habían vuelto a sacar bebidas de la nevera, pude espiarlos de nuevo. “Al final me ha tocado a mí remplazar a tu compañero”, comentó el que ya se había corrido. “Creo que contigo voy a estar más motivado, con ese culo tan bien puesto que tienes”, reconoció el otro. “No es que me importe que me folles, pero este director pide demasiado para una sola sesión”, se quejó el que tenía que hacer doblete. “Solo piensan en aprovechar el tiempo, pero al menos no me voy hoy de vacío”, dijo el que había estado inactivo. “¿Ya sabes cómo te correrás?”. “A ver qué le gusta al jefe, si dentro o fuera, para que resulte más vistoso”.

Ya fueron reclamados para entrar en acción, que se desarrollaría en torno al jacuzzi, ya en plena ebullición. Para mi suerte, el amigo que me había traído, y que regulaba la iluminación, se las apañó para hacer el paripé de que le sujetara un foco, con lo que pude tener una visión privilegiada del rodaje. Mientras, los actores se habían puesto sendos albornoces con una marca de hotel. Para la filmación había dispuestas dos cámaras que captarían el plano general y los detalles en zoom. Una vez que el director dio la orden de empezar el rodaje, el que iba a tener el papel  más pasivo entró en el encuadre, se quitó el albornoz, mostrándose en todo su esplendor, y se acercó al jacuzzi. Descendió unos escalones y se detuvo como si comprobara la temperatura con la mano. Al echarse hacia delante dio ocasión para que su orondo culo se resaltara. Bajó más y se detuvo en el centro todavía de pie. El nivel del agua era el justo para que las burbujas hicieran bailotear la polla, de lo más vistosa aun estando sin erección. Al fin se sentó y expresaba su relajada satisfacción acariciándose las tetas y luego dejando las manos cruzadas tras la nuca. Así, cerró los ojos, momento en el que entró en juego su compañero de rodaje. También se desprendió del albornoz, dando una imagen no menos impresionante que el otro. Miró al que estaba en remojo, quien pareció no haberse dado cuenta de su llegada, y en lugar de entrar en el jacuzzi, lo que hizo fue sentarse hacia dentro en el borde con las piernas en el agua y encarado de este modo al otro, que de momento seguía adormilado. Con los muslos bien abiertos, dejaba que las borbollas le juguetearan con los huevos y la polla, mientras miraba sonriente al relajado que por fin abrió los ojos percatándose de no estar solo. Miró a su vez al recién llegado con curiosidad, que se trocó en admiración cuando la polla exhibida –y esto debía ser una de las virtudes de ese actor– se fue poniendo dura por sí misma. El provocador persistió echando el cuerpo hacia atrás apoyado en las manos. Con lo cual la polla se le empinaba más ostensivamente. El que estaba dentro del agua sonrió a su vez y fue desplazándose lentamente para cruzar el jacuzzi. Solo con la cabeza fuera del agua, ya entre las piernas del sentado, sacó una mano y la llevó a la polla que se erguía ante él. Palpó su dureza y el otro se estremeció con complacencia. La manoseaba y pinzaba el capullo, hasta que se decidió a tomarla con la boca. La chupaba con deleite, pero también la sacaba de vez en cuando para que se captara el efecto de la mamada. La frotaba y volvía a chuparla, mientras recibía caricias en la cabeza y los hombros. Me temblaban las piernas mientras fingía estar concentrado en la sujeción del foco. Aunque también vi que el director, atento a la acción, se manoseaba sin disimulo la entrepierna.


De pronto la situación dio un vuelco, que sería conforme al guión establecido. El sentado se deslizó dentro del jacuzzi y echó los brazos al otro. Con medio cuerpo fuera del agua se abrazaban y sobaban, fundiéndose asimismo en besos ardorosos, en los que procuraban hacer visibles los enredos de lenguas. El que había bajado, con un movimiento brusco, hizo girar a su compañero que se alzó sobre las manos en el borde del jacuzzi e, impulsado por detrás, quedó con medio cuerpo volcado al exterior. El culo objeto de deseo quedó así expuesto a la lujuria del empalmado. Éste previamente agarró las nalgas y las separó. Acto seguido hundió la cara en la raja y se afanó en una comida de culo de antología. Daba intensos chupetones y estiraba la lengua para profundizar más. Luego se puso a meterle dedos y el otro se agitaba y contraía con mezcla de placer y dolor. Seguramente sus suspiros y gemidos, que no parecían fingidos, serían captados por la grabación. Debía haber un truco en el fondo del jacuzzi que permitió que el de atrás pudiera tener la polla  justo a la altura del punto más crítico de la raja recién lamida. Certeramente la clavó y el atacado se estremeció  muy espontáneo. La follada no se quedó atrás en espectacularidad, con un mete y saca bien visible que zamarreaba las orondas carnes de que la recibía y cuyos gimoteos hacían de música de fondo. Sin embargo, en pleno fragor de la jodienda, el atacante se detuvo y levantó una mano. El director ordenó “¡Corten!” y prestó atención. “¿Cómo quieres que me corra?”. Era un punto que no debía estar claro en el guión. “Mejor que se vea salir la leche… Tú ya sabes hacerlo”, contestó el director. Se reanudó la acción donde había quedado y, tras unas enérgicas arremetidas finales, la polla salió del culo y, posándose en la rabadilla, expelió chorros de leche que se dispersaron sobre las anchas espaldas del follado. Quedaron los dos quietos mientras la polla se iba retrayendo y el director pronunció el “¡Corten!” final. Se levantó entusiasmado. “¡Joder! Lo habéis bordado… El montaje va a quedar de maravilla”. Los dos actores chapoteaban ya en el jacuzzi con la satisfacción del deber cumplido. Al salir recuperaron los albornoces, más que nada para secarse. El director se mostró magnánimo: “¡Hala! Podéis marcharos. Ha sido una sesión muy completa… Ya haremos las cuentas”.

Si la película había acabado, no fue así para mí. Resultó que, obnubilado como estaba, olvidé toda discreción y seguí como un autómata detrás los dos hombres sin ser capaz de perderlos de vista. Ellos ni repararon en mí cuando, desprendidos de los albornoces, cambiaron impresiones mientras recuperaban su ropa de calle en el colgador ambulante. “Al final no ha resultado nada mal ¿verdad?”, dijo el que había follado. “No. Me lo has hecho muy bien, como siempre”, contestó el otro. Aunque añadió algo de lo más inesperado. “Lo malo es que me voy a llevar una bronca de mi mujer. Tenía que llevarla a un sitio y mira lo tarde que se me ha hecho”.

El que sí que reparó ahora en mí fue el director, que me pillo en pleno espionaje indiscreto. De pronto, poniéndome una mano en el hombro por atrás, dijo: “¡Oye, tú!”. Me volví sobresaltado, aunque su expresión era más de curiosidad que de enfado. ”Tú eres nuevo por aquí ¿no?”, me preguntó. Farfullé una explicación: “Bueno, he venido a echar una mano con la iluminación”. Comentó irónico: “Pues más bien me ha parecido que ibas todo el rato como alma en pena”. El que me hubiera estado observando me puso todavía más nervioso y traté de excusarme: “Es que todo esto es muy nuevo para mí…”. Rio y afirmó astuto: “Yo diría más bien que te has colado y no me niegues que te lo has pasado en grande”. Desarmado, no pude más que sincerarme: “La verdad es que tenía muchas ganas de ver algo así en vivo y he aprovechado el ofrecimiento de un amigo”. “¡Vaya, vaya!”, siguió divertido, “Va a resultar que tenemos gustos parecidos”. Declaré casi sin pensarlo: “¡Qué tíos más increíbles trabajan aquí! …Y todo auténtico”. Rio con ganas  y volvió a ponerme una mano en el hombro, ahora por delante. Propuso algo que no me podía esperar. “Si no tienes prisa ¿te importaría acompañarme a mi despacho? …Me gustaría que habláramos con más tranquilidad”. No podía sino aceptar e, intrigado, fui con él, mientras los técnicos y demás personal parecía que iban plegando velas, incluido mi amigo, que no podría entender lo que pasaba.

Así pues entramos en el despacho, más bien un cubículo, y el director se cuidó de cerrar bien la puerta. Por la forma en que había ido pasándome la mano por detrás al guiarme, no me pudo sorprender demasiado que, sin más preámbulos, directamente me echara mano al paquete. “Lo debes tener todavía muy alborotado”. Podía pensar que, en el comportamiento del director, había un cierto acoso, al aprovecharse de haberme pillado en falta, pero la verdad era que la situación no me estaba desagradando. Por eso me descaré también, aunque sin tocarlo todavía. “No más que tú… Ya te vi poniéndote orden por ahí abajo mientras tus actores se desfogaban”. Su risa volvió a brotar. “Me halaga que aún tuvieras ojos para mí con lo interesado que estabas por lo que pasaba en el jacuzzi”. Quise aclarar: “Lo que no sé es qué pinto yo aquí con la de tíos buenos que te comerán en la mano”. Fue muy claro. “Digamos que prefiero no mezclar el trabajo con el placer… Además me gustan las novedades y tú me has caído bien”. Calculé que a mí, cuarentón y algo llenito, bien podría considerarme dentro de la gama de hombres que le atraían. No en vano habría dicho lo de que teníamos gustos parecidos. Por mi parte, aunque al principio me había chirreado la camisa chillona y el collar étnico de abalorios que lucía con su gordura el director, cada vez empecé a encontrarlo más apetitoso, sin que desmereciera en absoluto en comparación con los actores. Pareció adivinarme el pensamiento porque añadió: “Tal vez yo no te haga tilín después de lo que has visto”. Repliqué en tono de broma pero con toda la intención: “Aún no te he visto desnudo, que es lo propio de esta casa”. “Si es por eso…”, dijo satisfecho por el avance de sus planes, “No tengo prejuicios precisamente”. Pero cuando empezó a desabrocharse la camisa, se detuvo de pronto. “Supongo que se tratará de un quid pro quo ¿no?”. En respuesta empecé a quitarme también la ropa.

Nos mirábamos excitados por el descubrimiento progresivo de nuestros cuerpos sin tapujos, ansiosos de llegar al dictamen final. El director no vaciló al quitarse la última prenda, unos bóxers floreados que casi tapaba con su barriga. Se desprendió hasta del collar y así, en su rotundidad de hombre maduro, algo pasado de carnes, pero compacto y velludo, supe que conseguiría de mí lo que quisiera. Asimismo, en su mirada escrutadora, percibí una aprobación que confirmaría su intuición inicial que le llevó a traerme hasta aquí. Quise darme el gusto de devolverle el descarado recibimiento que me había hecho nada más entrar en el despacho y le eché mano al sexo, ahora sin protección de ropa. Se encogió sin rechazarlo. “¡Uy! No compares con lo que has visto antes”. Estaba yo tan subido que me lancé a empujarlo para hacer que se echase sobre una especie de sofá bajo. “No comparo, sino que imito”. El director reía divertido y se dejaba hacer. Seguramente pensaba que yo sería más tímido.

Me agaché y empecé a manosearle los huevos, gruesos y bien encajados entre el pelambre. La polla, corta y ancha, respondía a mis estímulos y, cuando me la metí en la boca, se fue endureciendo. Chupé con ansia y el director habría pataleado si no le sujetara los muslos. “¡Uy! ¡Vaya con el intruso!”. Pronto pidió con un tono casi infantil: “¡Vale! Que yo también quiero la tuya”. Cedí y me erguí a su lado. Echado hacia delante encontró mi polla tiesa ya al máximo. La chupaba tan bien que muy a gusto me habría dejado ir. Pero el director no tardó en soltármela y casi exigió: “¡Fóllame ahora!”. Exaltado se giró rápidamente para quedar a cuatro patas. Tenía un culazo velludo, con una de esas rajas poco profundas que dejan entrever el ojete rojizo. Recordé el proceso seguido en la filmación y me lancé a sobar y lamer. “¡Oh, qué lengua!”, gimoteaba. Ya cambié de posición y me dispuse a clavársela. La saliva me facilitó la entrada y se la metí de golpe. “¡Aaahhh; bestial!”. No sabía si protestaba o me alababa, pero me daba igual. Bombeé con toda mi energía, encantado de la masa carnosa y velluda que me permitía agarrarme. Tan sobrado iba que me permití preguntar: “¿La quieres dentro o con surtidor?”. No estaba para bromas sin embargo y contestó: “¡Has lo que te dé la gana!”. Así que me ahorré las acrobacias y me corrí sin sacarla. Al apartarme, me vino de golpe la descarga de la tensión y quedé tambaleante, sin capacidad de reacción ante lo que el director hizo inmediatamente. Se dio la vuelta para quedar bocarriba y se puso a meneársela frenéticamente con la mirada fijada en mí. Pronto fue él quien lanzó un copioso surtidor. Con respiración entrecortada, pareció disculparse: “No me aguantaba más”. “Yo también me alegro de que hayas disfrutado”, repliqué irónico. Se limpió con un paño la leche que le resbalaba por la barriga y tuve que tenderle una mano para ayudarlo a levantarse.

Había sido un polvo increíble y en unas circunstancias que todavía me costaba asimilar. ¡Follarme nada menos que a un director de cine porno… y qué clase de porno además! Seguro que mi amigo, intrigado por mi desaparición, no se lo podría creer. Pero allí estaba el director  exhibiendo su oronda figura y con expresión de satisfacción. “¡Uf!”, resopló, “Este sí que ha sido un día completo”. “A mí me lo vas a decir…”, contesté aún sofocado. “Aunque apostaría a que has tenido más de un fin de fiesta así”, añadí. “Bueno, no te diré que desaprovecho las ocasiones…”, reconoció con picardía, “Y ésta ha sido de las buenas”. “Yo que temí que acabaría expulsado por los guardias de seguridad…”, comenté empezando a vestirme. No sabía qué plan tendría el director, que aún seguía en pelotas, pero preferí conservar esa imagen de él antes de que la tapara con su exagerada ropa. Así que di a entender que me marchaba. Mi dio un par de besos deteniéndose en los labios de paso. “Cuando esté montado el vídeo le daré una copia a tu amigo para ti”. “Pero si no sales tú, ya no me hará tanta gracia”, dije adulador. “¡Anda ya! Menudas pajas te vas a hacer mirándolo”. Lo último que oí fue su risa tras puerta cerrada a mi espalda.

jueves, 15 de junio de 2017

Un sumiso con clase

Había tenido un ligue que se fue a vivir a otra cuidad. Era un tipo maduro, algo más que yo, gordote y vitalista, con el que me lo pasaba en grande. Pasado un tiempo me invitó a visitarlo y retomamos con gusto nuestros revolcones. También quiso mostrarme el ambiente de la ciudad, más grande y cosmopolita que la mía. Para empezar fuimos a un bar de osos que había abierto hacía poco. Era un poco pronto y ocupamos una mesa para tomar una copa con tranquilidad y, de paso, observar la fauna que iba llegando. No tardé en fijarme en un individuo que estaba ya en la barra y que me pareció arrebatadoramente bueno. También maduro, se le veía robusto y muy viril y la indumentaria que llevaba realzaba sus encantos. Con una fina camisa medio desabrochada y pantalones cortos, los camales se le subían sobre los recios muslos, que separaba al subir los talones en el reposapiés del taburete. De cabellos escasos y barba bien rasurada, parecía sofocado y con frecuencia metía una mano por dentro de la camisa para tocarse el pecho. Mi amigo se dio cuenta de mi interés. “¿Te gusta ese tío, eh?”. “¡Uf! Está de muerte”, contesté. Se rio. “Opino lo mismo… Ya lo conozco”. “¡Que suerte!”, exclamé. “Pues ahí donde lo ves, le pone muy neurótico lo complicado que le resulta ligar como a él le gusta”, me explicó. “¿Con esa pinta? ¡Si debe tener tíos haciendo cola!”, me sorprendí. “Es un poco complejo… Tiene una afición muy marcada por la sumisión, la humillación y hasta algunas cochinadas que pide que le hagan. Como no tiene pelos en la lengua, es lo que plantea a cualquiera que se le acerque… Y claro, casi todos se asustan”. “¿Es para tanto?”. “¡Cómo te diría…!”. Pregunté con cierto morbo: “¿Te has enrollado con él?”. Algo azorado admitió: “Pues sí… No me asustan esas cosas y el tío merece la pena”. “Desde luego”, reconocí. Se produjo un silencio que rompió mi amigo: “¿Quieres que te lo presente?”. “¿Por qué no? Tampoco soy asustadizo”. “Verás cómo se alegra… Le gustan las novedades. Y seguro que te invita a su casa”. “¿Yo solo? ¿No vendrías tú?”, pregunté un poco apurado. “¡Claro, hombre! Le pone que haya más de uno… Y no me lo pienso perder”.

Nos acercamos a él y mi amigo lo saludó: “¡Hola! ¿Cómo te va?”. Le dio un par de besos y le puso una mano en el muslo desnudo. “Pues ya ves… Aquí más solo que la una”, contestó. “Este amigo mío tiene interés en conocerte… Le he hablado de ti”. Me dirigió una mirada neutra. “¡Ah! ¿Sí? Seguro que cosas malas”, dijo irónico. “¡Malísimas!”, replicó mi amigo con picardía. Ya intervine yo: “Y a mí no me desagradan”. “¡Qué bien! Mucho gusto”. Me sonrió y me animé a darle también un par de besos y, de paso, ponerle una mano en el otro muslo. No le incomodó pero, nervioso, se frotó otra vez el pecho. Pensó unos segundos y dijo: “Si quisierais venir a mi casa…”. Mi amigo contestó: “Podemos ir los dos, si te va bien”. Me di cuenta de que le daba un apretón al muslo. “Para vosotros tengo todo el tiempo del mundo”, dijo solemne. “¡Muchas gracias!”, repliqué jocoso y le di otro apretón. “Soy yo quien os las tiene que dar”, declaró poniéndose en situación. Sin embargo añadió: “Lo que os pediría es que dejéis que primero vaya yo y os espero dentro de un rato… Tú ya sabes mi dirección”, dijo a mi amigo. Bajó del taburete y aprovechamos para restregarnos un poco con él, lo que nos dejó hacer azorado. “¡Hasta pronto!”, se escabulló al fin.

Volvimos a pedir otra copa para entonarnos. “De cerca está todavía más bueno”, comenté. “Pues lo verás aún mejor… Y no solo ver”. “¡Joder! Casi me acojona lo que vayamos a hacer”. “Tú mantén la mente abierta y entra en el juego… Yo te haré de introductor, pero enseguida él se encargará de que te enganches”. “¿Por qué habrá querido irse él primero”. “Tiene que hacer sus preparativos. Para él es un día grande y nunca deja de sorprender”. Para matar el tiempo, mi amigo me contó más: “Es un tío con mucha pela. Ya verás qué piso tiene, adaptado a su gusto… Aunque sus aficiones le complican la vida”.

Nos pusimos en marcha y pronto llegamos a destino. La primera sorpresa vino por cómo nos abrió la puerta. Vestía un elegantísimo traje completo, camisa blanca y corbata discreta. Todo un señorón de lo más atractivo. “¡Pasen, pasen, señores!”, comenzó con un tratamiento respetuoso, “¿Puedo ofrecerles algo de beber?”. Mi amigo contestó con tono seco: “Ya venimos bastante cargados del bar”. Él bajo la mirada y mi amigo siguió: “Te has puesto muy guapo para recibirnos”. “Usted y su acompañante merecen lo mejor de mí”. “No hemos venido precisamente a un desfile de modelos… Pero ya le he advertido al que tú llamas mi acompañante que eres un provocador”. Se dirigió avergonzado a mí. “¡Disculpe, señor! No he pretendido ofenderlo… Me siento muy honrado de que esté en mi casa”. Entré en el juego: “Cuando te vi en el bar, me pareciste interesante… Pero ahora te veo demasiado estirado”. Mi amigo me dijo: “No te preocupes, que le vamos a bajar los humos y lo dejaremos bien fresco”. Aún no entendí el significado de esto último.

Conocedor del ritual, mi amigo agarró por los hombros al sumiso, le hizo dar la vuelta hacia el pasillo y lo empujó: “¡Venga, en marcha!”. “¿A dónde vamos?”, preguntó el otro como si no lo supiera. “A donde haya agua”, contestó mi amigo, que añadió mientras avanzábamos hacia el baño: “A partir de ahora te llamaremos Bobby, como un perro que tuve”. Contestó: “Es lo que ven que soy ¿verdad? Un perro sumiso”. “¡Adentro, Bobby! Ya sabes cuál es tu sitio”, lo instigó mi amigo. El baño era grande y bien equipado, destacando una amplia ducha con diversos adminículos. El bautizado como Bobby entró, vestido como estaba y quedó expectante de espaldas a la pared. Mi amigo descolgó la ducha flexible y los dos nos quedamos por fuera del perímetro. “¡Dale al agua y ábrete la chaqueta!”. Mientras Bobby obedecía y deslizaba a medias la prenda por los hombros, mi amigo ya había enfocado la ducha hacía él. Cuando el agua completó su recorrido por el tubo, se proyectó sobre toda la delantera de Bobby. Su ropa fue quedando empapada, mientras él soportaba estoicamente el riego. “Cierra el agua y acércate al borde de la ducha”, ordenó mi amigo. La camisa mojada se le pegaba al busto y se transparentaban los vellos aplastados, así como la curva de las tetas y los pezones punzantes.

Al verlo ante mí, me entró un irrefrenable deseo de palpar aquel cuerpo que la calada vestimenta insinuaba morbosamente. “Así me vas gustando más”, le dije, “Hasta me apetece tocarte…”. Bobby, sujetando aún la chaqueta medio caída a los costados, contestó: “¡Cómo no! Aquí me tiene”. Me arrimé al borde de la ducha, le eché a un hombro la deslucida corbata y recorrí con manos golosas la chorreante delantera. La respiración de Bobby estaba acelerada y notaba cómo su barriga subía y bajaba. Le marqué las tetas bajo el tejido y le pincé los pezones. “¡Todo esto me lo quiero comer!”, exclamé. “Todo es suyo, señor”, dijo con voz temblona. Mi amigo intervino divertido: “¿Y yo qué?”. “¡Claro, claro! De usted también… Pero como el señor es la primera vez que viene…”, se excusó Bobby. “¡Cómo te gustan las novedades, putón!”, replicó mi amigo. “Perro putón”, soltó Bobby como un eco. Le eché mano sin contemplaciones a la entrepierna. Pude sopesar el conjunto de huevos y polla bajo el pantalón mojado. “¿También esto es mío?”, pregunté agarrando con más fuerza. “¡Desde luego! Espero que no le decepcione”. Y rectificó diplomático: “Es de los dos señores, naturalmente”.

Satisfecho de mi primer capricho, cedí la vez a mi amigo. “Con lo fachoso que estás ahora, será mejor que te quites todos esos trapos mojados”. Con una voz medio abrumada, medio ansiosa, preguntó: “¿Tengo que desnudarme aquí delante de ustedes?”. Mi amigo lo increpó: “¡Por supuesto! Demasiado estás tardando”. Sin salir de la ducha, dejó que se le escurriera la chaqueta sobre el suelo mojado. Me chocó que maltratara de esa forma ropa tan exquisita. Muestra de que efectivamente tenía mucho dinero… o mucho vicio. Hizo otro tanto con la corbata y luego se apoyó en la pared para quitarse zapatos y calcetines. Los apartó y empezó a soltarse y bajarse los pantalones. Cuando cayeron, también los desplazó. Quedó con la camisa, cuyos faldones cubrían a medias unos finos calzoncillos blancos que le llegaban a medio muslo. Dando muestras de pudor, fue desabrochándose la camisa, que también acabó en el suelo. Lo que había intuido en el bar y en los toques después del remojón se me confirmó con creces. El tío estaba de un bueno que no podía ser más. Un torso bastante lleno, con marcadas prominencias de barriga y tetas, y un vello distribuido equilibradamente. Que se nos estuviera entregando con tanto servilismo me daba un morbo tremendo. Las manos parecían temblarle cuando las llevó a la cintura de los calzoncillos. Se detuvo y  preguntó con aparente vergüenza: “¿También debo quitármelos?”. Aquí mi amigo inició una peculiar vía de humillación que fue llevándome de sorpresa en sorpresa.

“¿A qué vienen esos remilgos si lo que te gusta es exhibirte como un guarro? ¿Quieres hacerte la virgen pudorosa delante del invitado que me he tomado la molestia de traerte?”. Bobby quedó como si lo hubieran abofeteado, pero mi amigo aumentó la presión: “Mereces un nuevo castigo… Ya que te cuesta quitarte los calzoncillos, vas a mearte encima ahora mismo”. “Como usted diga”. Bobby, con los brazos caídos, hizo esfuerzos y los calzoncillos, que habían quedado más protegidos del remojón previo, se fueron empapado, al tiempo que los orines se escurrían por las fornidas piernas. “¿Qué? ¿Te los quitarás ahora que  están hechos un asco?”, inquirió mi amigo. “¡Sí, sí! Lo que usted diga”. Ya los echó abajo y los sacó por los pies. Al fin completamente desnudo, se mostró tan bien dotado como el conjunto de su cuerpo. La llamativa polla reposaba sobre compactos huevos que se abrían paso entre los rotundos muslos; coronado todo por un recio vello púbico. No sabía qué hacer con las manos, como si, temeroso de un nuevo correctivo, estuviera resistiendo el impulso de cubrirse las vergüenzas. Pero mi amigo le ordenó: “¡Date la vuelta y enséñanos también ese culo vicioso que tienes!”. Se fue girando para mostrar  unas fuertes espaldas rematadas por un culo orondo y prieto, ornado de suave pelusa. Mi amigo aprovechó para susurrarme: “Pedazo de tío ¿no?”. Pero apenas me dio tiempo para recrearme en su contemplación.

Al volver a ponerse de frente Bobby, como arrebatado, cayó de rodillas en el suelo mojado y meado de la ducha. Quedé aún más asombrado cuando, en tono suplicante, preguntó: “¿No necesitarán los señores aliviarse también? ¿Querrán hacerlo sobre mí?”. Aunque no contaba con ello, supuse que formaba parte del ritual. Lo confirmó mi amigo que enseguida se abrió la bragueta y se sacó la polla. “Es lo que te gusta ¿eh, cerdo?”. Un potente chorro se proyectó sobre Bobby, que presentaba el pecho para recibirlo. Cuando subió dándole en la barbilla, apretó los labios y cerró los ojos para recibir los orines en su cara. Pero al acabar, mi amigo se le acercó más. “¡Déjamela limpia!”. Bobby le chupó entonces la polla con fruición, hasta que aquél se apartó. “¡Para ya! Que no quiero que me hagas ahora una mamada”. Bobby, chorreando, me dirigió entonces una mirada inquisitiva. La escena me había alterado y casi me hacía menos apetitosos los contactos lujuriosos que había deseado tener con él. Por otra parte, los mismos nervios me habían provocado unas ganas tremendas de orinar. Así que ya puestos, vencí mis escrúpulos y me saqué también la polla. Bobby, tal vez por la novedad que era yo, puso si cabe más devoción en enfrentar mi meada. Y como no le apuntaba demasiado alto, él mismo se agachó para que le cayera también en la cara. Luego ya no dudé en ofrecerle la polla para que me la chupara. Y tanto gusto me dio que, aunque a imitación de mi amigo la saqué enseguida, ya me había empalmado.

Mi amigo, con su iniciativa de conocedor del terreno, me sacó de la duda que me perturbaba al preguntarme qué pasaría tras aquellas tan particulares aficiones de Bobby. Lo miró con desprecio. “Ni se te ocurra acercarte a nosotros con lo asqueroso que estás… ¡Venga! Dúchate a conciencia mientras nosotros vamos a ponernos cómodos”. Bobby se levantó en su lamentable estado y dijo: “¡Gracias, señores! Me quedaré limpio como una patena para ustedes”. Mi amigo añadió: “Y no se te ocurra aparecer disfrazado otra vez”. “No, señor. He aprendido la lección”. Se puso a recoger la ropa mojada y sucia dispersa por la ducha, y nosotros salimos ya del baño.

Al llegar al salón, mi amigo dijo: “Ahora ya nos despelotamos y esperamos cómodamente que venga”. Pero yo quería aclarar mis dudas. “¿Va a seguir todo así?”. “Te ha chocado lo de las meadas para empezar ¿no? Tiene esa manía, que parece que lo entona… Ahora verás como la cosa va más normal… dentro de lo que cabe con él”. Y añadió: “De todos modos, no me digas que no ha tenido su morbo mearse a un tiarrón como ese”. Tuve que reconocer que morbo sí que me había dado. Ya nos quedamos en cueros y nos sentamos en el confortable sofá a la espera.


Bobby no tardó en reaparecer. Avanzaba por el pasillo desnudo y andando a gatas. Cuando llegó a la puerta de salón, dijo: “Aquí está vuestro perro”. Mi amigo le indicó: “Puedes acercarte”. Siguió a cuatro patas hasta quedar ante nosotros. Nos miraba con ojos brillantes y olía a jabón perfumado, lo cual me congració de nuevo con él. Mi amigo continuó: “¿Qué hace a sus amos un perro fiel?”. Agachándose todavía más, Bobby se puso a besar y lamernos los pies, que estaban desnudos. Pasaba de uno a otro desplazándose por la alfombra, y a mí me entraban escalofríos. Bobby se animó a subir sus lamidas hasta las rodillas y, como mi amigo separara provocadoramente las piernas, pidió: “¿Puedo?”. “¡Venga, chúpamela un poco!”. Mi amigo se repantingó para facilitar la mamada y no tardó en tener dura la polla. Me echó un brazo por los hombros y me atrajo hacia él. Yo lo acariciaba y le lamía las tetas, y ya me había vuelto a empalmar cuando mi amigo apartó a Bobby. “Todavía no vas a tener leche… Ocúpate del otro señor”. Bobby vino ante mí y le ofrecí la polla tiesa. Su mamada era deliciosa y, además mi amigo era ahora quien me sobaba por arriba.

De buena gana me habría dejado ir, aunque admití que sería mejor reservarme para más adelante. Pero un poco enervado por el guión de sumisión que seguía a rajatabla tanto Bobby como mi amigo, decidí guiarme ya por mis apetencias. “¡Suelta ya mi polla!”, casi le grité a Bobby, “Deja de arrastrarte y ponte de pie ante mí”. Sorprendido por mi reacción se levantó tembloroso y pareció turbado de mostrárseme en pelotas. Lo confirmó al decir: “¡Qué vergüenza, señor!”. Me mantuve firme. Si había que darle órdenes, se las daría, pero no iba a contener más mi irrefrenable deseo de meter mano a fondo a un tío tan bueno. “¡Déjate de falsos remilgos, que bien a gusto me has comido la polla!”. Me eché hacia delante en el asiento, alargué una mano para cogerle una suya y tiré de él. “Vas a dejar que te toque todo lo que quiera ¿no es así?”. Intuí que mi severidad lo estimulaba, porque dijo reverente: “Es usted tan amable, señor. Haga conmigo lo que desee”.

Lo que deseaba desde luego, para empezar, era manosearlo sin telas mojadas por en medio. Me encantó tomarlo por las caderas y tener su entrepierna ante mi cara. Le sobé los muslos y, por sorpresa, le agarré el sexo con toda la mano. Apreté y Bobby se estremeció. Luego le palpé los huevos y con la otra mano le cogí la polla. De buen tamaño, ancha, recta y a medio descapullar me pareció de lo más apetitosa. Descorrí del todo la piel y la froté. A medida que adquiría volumen empezó a humedecérsele la punta. “¿Qué hace, señor?”, preguntó con la respiración acelerada, pero sin ningún ademán de  rechazo. “¡Vas a poder tú chuparnos las pollas y no voy a poder yo hacer lo que me dé la gana con la tuya!”, le reproché. “Si no me quejo, señor… ¡Haga como guste, haga!”, dijo enseguida. Ya me lancé a metérmela en la boca y la mamaba excitado. Mi amigo, al lado, se divertía mientras se la meneaba acompasadamente. Asido a las robustas piernas de Bobby, noté que empezaban a temblarle. “¡Me está matando, señor!”. Pero mi amigo intervino jocoso: “¡Será de gusto! Aunque mejor que le perdones la vida ahora, no lo vayas a dejar fuera de juego”. Tenía razón y solté la polla que estaba como una piedra.

MI amigo aprovechó entonces para atraer hacia él a Bobby y me dijo: “¿No te has fijado antes en el culo tan apetitoso que tiene?”.”¡Venga, que te lo veamos!”, ordenó a Bobby. Éste, ya sin quejarse, se puso de espaldas ante nosotros dócilmente. Los dos llevamos las manos a las nalgas, desde luego magníficas, gruesas y suavemente velludas, que daba gusto acariciar. “¡Échate hacia delante!”, volvió a mandar mi amigo. Bobby dobló el tronco y apoyó las manos en las rodillas. Así el culo estaba todavía más provocador. “¡Mira, esto le gusta”, dijo mi amigo y le dio una fuerte palmada, que sonó seca e hizo tambalear a Bobby, que sin embargo soltó: “¡Gracias, señor!”. “¡Anímate, que ya ves cómo lo agradece!”, me incitó mi amigo. Era tan tentador, que acepté que nos repartiéramos las nalgas con tortazos que iban arrebolando la piel y que Bobby recibía impasible. “¡Uf, si me duele la mano!”, fanfarroneó mi amigo. Ya paramos y Bobby siguió en la misma postura. El muy golfo seguía pidiendo guerra… Porque ahora nuestra atención se centró en la raja marcada por el vello. “¡Veamos lo que esconde aquí!”, dijo mi amigo, y entre los dos les separamos las nalgas. En la piel más oscura se perfilaba el ojete. Mi amigo ironizó: “Es un agujero negro. Se lo traga todo ¿verdad, Bobby?”. Éste contestó desde su forzada postura: “Si usted lo dice, quién soy yo para contradecirle”. Mi amigo se chupó el índice para ensalivarlo y lo clavó de golpe en el ojete. “¡Uuhhh!”, se oyó emitir a Bobby. Mi amigo metía y sacaba el dedo en una enérgica frotación. Me hizo un gesto para que mirara entre los muslos de Bobby, donde asomaba, sobrepasando los huevos, la polla bien tiesa. Mi amigo me cedió la vez y con gusto le metí también mi dedo, sin que Bobby acusara el cambio. “Te gusta ¿eh?”, le dije. “¡Sí, señor! Son ustedes muy generosos conmigo”. Mi amigo se burló: “Pues más generosos vamos a ser todavía con tu culo”.

A mí lo de la sumisión ya me daba morbo, pero lo que me apetecía más que nada era seguir dándome un buen lote con aquel tío tan fuera de serie. Como pareció que había dado resultado antes, decidí tener otro gesto de autoridad por mi cuenta. Así que me levanté y con un tirón enérgico hice que se pusiera derecho. Al encontrarme frente a él me miró sorprendido. Me arrimé hasta el punto de que su polla erecta dio con la mía, no menos tiesa de nuevo. Con las barrigas pegadas le solté a la cara: “De tu culo ya nos ocuparemos luego, pero ahora lo que me pide el cuerpo es meterte mano a base de bien ¿Algo que objetar?”. Me contestó balbuciente: “¡No, señor! Soy todo suyo”. Me conformé de momento y ya le planté las manos en las tetas. Abultadas, velludas y cálidas, me excitaba sobándolas, estrujándolas y pellizcándole los pezones. El buen olor que desprendía me estimuló  a chupar y morder con vehemencia. “¡Uy, señor, qué impulsivo es usted!”. Me dejaba hacer con una pasividad que pretendía disimular el placer que le hacía sentir. Sus suspiros lo traicionaban. Mis manos lo palpaban y achuchaban hasta que me salió del alma, olvidándome de sus particulares circunstancias: “¡Cómo me gustas! Desde que te vi en el bar”. “Lo celebro, señor”, replicó en su papel. Me enervé y le pregunté: “¿Yo te gusto?”. Fue rápido en la respuesta: “No tengo gustos, señor. Me entrego a quien me desea”. Oí una risita de mi amigo, divertido con la tozudez de los dos.

Entonces tuve un brote de irritación  y casi le grité: “¡Pues te ordeno que te comportes como si yo te gustara tanto como tú me gustas a mí!”. Aunque reaccionó en su estilo  con un “Como usted mande, señor”, se produjo en él una transformación para seguir cumpliendo mis órdenes que no habría podido imaginar. Me abrazó con decisión y, para empezar, buscó mi boca con la suya y me obsequió con un morreo de lo más ardiente. Su lengua empujaba la mía e, inquieta, me recorría toda la cavidad, para luego chupármela cuando yo se la introducía. Paró para respirar e inmediatamente se abocó sobre mis tetas, devolviéndome todo lo que le había hecho yo con anterioridad. Abrazado y manejado por sus recios brazos, me hacía sentir en la gloria. Cuando preguntó con un deje de ironía “¿Es lo que deseaba el señor?”, solo pude contestar: “¡Sigue, sigue!”. Cayó de rodillas y se puso a chuparme la polla, pero sin querer insistir. Metía la lengua por debajo para lamerme los huevos y hasta me hizo girar para juguetear pasándomela por la raja del culo. Me fallaban las piernas de la emoción, no solo por los variados placeres que me proporcionaba, sino porque provinieran de alguien como él. Si esto lo hacía por sumisión, merecía la pena.

El apodado Bobby, todavía arrodillado ante mí, levantó la cara con la barbilla brillante de saliva y me miró. “Disculpe, señor. Pero me atrevo a sugerir que, tal como está ya de excitado, o bien lo alivio aquí mismo con mi boca, o bien, si lo prefiere, se desfoga con otra parte de mi cuerpo”. No olvidó dirigirse enseguida a mi amigo: “Por supuesto hago extensible a usted mi sugerencia”. Mi amigo volvió a entrar en juego. “¡Anda Bobby, llévanos a tu cama!…Si no la tienes meada también”. “Está impecable para ustedes… si tienen la bondad de acompañarme”. Seguimos su sólido cuerpo con las nalgas moviéndosele tentadoras al andar.

El exquisito gusto con que estaba decorado el dormitorio no desmerecía por supuesto del resto de la casa. Destacaba una gran cama de sábanas blanquísimas que parecían recién planchadas. La colcha de brocado había sido cuidadosamente doblada sobre un escabel. Bobby nos señaló la cama con un gesto humilde. “Aquí la tienen, para que dispongan de ella como deseen”. “De quien vamos a disponer es de ti, perrito”, le soltó mi amigo y lo empujó. “¡Hala! Despatárrate ahí encima mientras decidimos cómo repartirnos el pastel”. Bobby obedeció y se echó bocarriba en medio de la cama con brazos y piernas en aspa. El muy golfo sabía excitar al más pintado con esa postura, y la polla tiesa además, sobre la blancura de las sábanas. Desde luego mi amigo y yo estábamos calientes como verracos y ansiosos de desfogarnos como fuera con él. Mi amigo propuso: “Como yo me lo he follado otras veces, hoy se lo haré en la boca, y así te dejo su culo todo para ti”. Oír esta obscena componenda hizo que Bobby, conociendo el ritual, le cediera espacio a mi amigo, quien subió a la cama y se acomodó hacia la cabecera medio sentado sobre almohadones. Bobby se colocó a cuatro patas encarando su entrepierna. Yo subí a mi vez y me arrodillé detrás de Bobby. Montado el cuadro, hubo una doble acción. Bobby se puso a sobar y cosquillear los huevos y la polla de mi amigo, mientras yo manoseaba el espléndido culo y hurgaba en el ojete. No dejó de sorprenderme que, antes de las penetraciones definitivas, Bobby se atreviera a plantear: “Los señores procederán conmigo como crean conveniente ¡Faltaría más!...Pero si accedieran a derramarse simultáneamente dentro de mí, sería el hombre ¡perdón, el perro! más feliz”. Mi amigo me hizo un guiño, conocedor del capricho, y ya pasamos a la siguiente fase.

Mi amigo cogió la cabeza de Bobby para que se pusiera ya a chuparle la polla. Al inclinarse, el culo le quedó bien en pompa, perfecto para que se la clavara previamente. Al hacérselo con energía, dio un leve respingo, que motivó a mi amigo para darle un tortazo: “¡A ver si me la vas a morder!”. Todo quedó en orden y me entregué a un bombeo delicioso. Bobby gimoteaba sin dejar de mamársela a mi amigo, lo cual me excitaba aún más. El muy golfo además hacía unas contracciones en torno a mi polla que me volvían loco. Tuve en cuenta la petición de Bobby y, cuando ya estaba al límite, avisé: “¡Me viene ya!”. Mi amigo replicó con voz quebraba: “¡A mí también!”. Mientras me descargaba, el cuerpo de Bobby temblaba. Pronto se supo el motivo. Cuando me salí y su boca soltó la polla de mi amigo, se levantó sobre las rodillas y  con una mano intentaba controlar la  fuerte corrida que le había provocado la doble follada por boca y culo. Ahora era su leche la que se vertía abundante sobre la blancura de las sábanas.

Creí que tras esta conjunción astral Bobby se relajaría y  cambiaría la onda sumisa por una actitud más normal. Pero no. En cuanto se limpió la mano con la misma sábana, peroró: “Espero que lo señores sepan perdonar mi exceso y lo tomen como muestra de mi gratitud”. Mi amigo no dejó de pincharlo. “Muy fino tú, pero has echado más leche que nosotros dos juntos”. Yo fui más blando. “Los tres lo hemos hecho muy bien”. Bobby me dirigió una mirada de humilde reconocimiento y se animó para proponer: “Si a los señores les apetece tomar una ducha después de tantos ajetreos, muy a gusto los asistiré”. Mi amigo siguió sacando punta: “Tú lo que quieres es volver a meternos mano ¡Si serás vicioso!”. Bobby bajó dolido la cabeza y yo volví a interceder. “Por mí encantado. Nos irá muy bien”.

Volvimos al baño que ya conocíamos y mi amigo y yo entramos en la amplia ducha. Mientras nos remojábamos, Bobby observó expectante desde fuera. Pero enseguida ofreció: “Si quieren, puedo repasarlos con un gel suave”. Ya contábamos con ello, pero mi amigo no se privó: “Mientras no nos mees…”. Bobby entró en la ducha y se puso a frotarnos con delicadeza, y también con morbo, sin saltarse los bajos, que trataba con dedicación. Y bien a gusto que nos dejábamos hacer… Yo me animé a echarme en las manos un poco de gel y se lo apliqué a él. “¡Venga, que también te hace falta!”. “¡Qué vergüenza, señor!”, protestó. Pero no me privé de manosearlo por todas partes, incluidos tetas, polla, huevos y ojete. Enjuagados, repartió toallas y, apurado, dijo: “Permitirán que vaya a disponer un piscolabis. Pienso que ahora sí les apetecerá después de tanto trasiego”. Apresurado, salió secándose. Mi amigo ironizó: “Es el anfitrión perfecto”.

Cuando fuimos al salón, Bobby ya estaba disponiendo un pica-pica de apetitosas delicatessen. Nosotros nos sentamos en el sofá, y él iba y venía de la cocina púdicamente cubierto con un pequeño delantal. Obsequioso nos ofreció bebidas y siguió de pie en plan servicial con el rostro brillante de satisfacción. Mi amigo no se privaba de levantarle el delantal cada vez que se le ponía a mano y, cómo no, no tardé en imitarlo. No obstante le pregunté: “¿Tú no nos acompañas?”. “Ya tomaré algo en la cocina, señor”, contestó muy en su sitio. Así pues, una vez reconfortados, y puesto que parecía imposible hacer bajar a nuestro anfitrión de su nebulosa de sumisión, llegó la hora de despedirnos. Nos vestimos y Bobby, como último detalle, se quitó el delantal  y nos obsequió hasta el final con su magnífica desnudez. Pude abrazarlo y toquetearlo mientras me decía: “Si el señor vuelve por aquí, será bien recibido”. MI amigo intervino: “A mí me seguirás viendo. No lo dudes”.

Al recogernos ya, no pude menos que comentar a mi amigo: “Si no lo veo no lo creo ¡Qué morbo le pone el tío!”. “Y eso que él se queja de que es un incomprendido”, añadió mi amigo. “¿Ese ritual lo repite cada vez?”, pregunté. “Más o menos… Pero yo en cuanto puedo me apunto”. “Pues no dudes en pedirme cita la próxima vez que venga por aquí”, concluí.


jueves, 1 de junio de 2017

El alcalde se desmadra en la sauna

En el chat de osos y maduros que frecuento, entré en contacto con un tipo de lo más peculiar. Vi la única foto de su perfil en la que, si bien ocultaba la cara, mostraba un torso grueso y velludo que hacía adivinar un cuerpo de los que resultan ideales para los adictos a hombres maduros y robustos como aquél, entre los que desde luego me encuentro. Asimismo la edad que hacía constar, de cincuenta y seis años, aunque probablemente alguno más, completaba su atractivo. Le envié un mensaje y enseguida me contestó. En las charlas que a partir de entonces mantuvimos, se reveló tremendamente extrovertido y simpático. Se llamaba Samuel, residía en una pequeña población del interior, de la que pronto confesó ser el alcalde, y casado para más señas. Sublimaba la represión a la que se veía obligado con unas fantasías eróticas, centradas en hombres más o menos de su tipo, que exponía con todo lujo de detalles. El hecho de que yo viviera en una gran ciudad, con oportunidades de ligue y, sobre todo, la posibilidad de acudir a bares y saunas donde encontrar hombres así, lo llenaba de envidia. Le pinchaba hablándole en concreto de la sauna de clientela más bien granada a la que suelo ir y de todo lo que allí puede pasar.

Un día me comunicó con gran alborozo que vendría a pasar unos días a mi ciudad con su mujer y, aprovechando que ésta dedicaría una tarde a ir de compras, estaba dispuesto a echar una ansiada cana al aire, en un lugar donde nadie lo conocería. Lo que más ilusión le hacía era precisamente que lo llevara a la sauna de la que tanto le había hablado. Como ya nos habíamos visto las caras, y algo más también, por el chat privado, no fue difícil reconocernos. Nos habíamos citado en el centro comercial de la ciudad y no lejos de la deseada sauna. En cuanto me echó el ojo me saludó con la mano, sonriente y con muestras de inquietud. En vivo me impresionó no menos que por lo que ya conocía de él. Alto y de una espléndida robustez, destacaba entre la masa de viandantes. “¡Uf, qué ganas tenía de esto!”, fue su saludo y comprendí que lo decía no tanto por mí como por lo que dentro de poco le aguardaba. Ya en el corto trayecto me avisó: “Espero que no te asustes conmigo, pero lo quiero aprovechar a tope”. Desde luego no me cupo duda de que su desinhibición iba ser total y que, pese a lo novedoso del lugar para él, se iba a mover como pez en el agua.

Nada más coger las llaves de las dos taquillas y pasar al vestuario, donde siempre hay cierto movimiento de los que se desvisten o visten y de los oteadores de las novedades, empecé a no perderlo de vista. Me resultaba de lo más morboso verlo desnudarse integralmente, porque además parecía regodearse de las miradas que recaían sobre él. Miradas que por lo demás no eran nada de extrañar, empezando por la mía, dados su viril corpulencia y lo bien equipado de sus bajos. Ya en cueros, tomó el paño para la cintura que había en la taquilla y preguntó: “¿Hay que ponerse esto?”. “En principio es la costumbre”, dije con ambigüedad. Pero resultó algo corto para su circunferencia. Entonces dijo: “Voy a ver si me lo cambian por un taparrabos más largo”. Y tan solo con él en la mano se dirigió sin el menor pudor a la recepción para la permuta. Volvió con el nuevo ya puesto y nos dirigimos a las duchas. Escogimos dos juntas y, mientras se enjabonaba, no resistí ya la tentación de acariciarle el culo y sobarle la polla espumante. “¡Uf! Mira como me estás poniendo”, dijo al apuntarle una  buena erección. A pesar de ella no se molestó en ceñirse el paño cuando salimos al espacio común, para solaz de los que allí había… Si no hacía estas exhibiciones a propósito, lo parecía. “¿A dónde se va ahora?”, me preguntó. Y para hacer boca lo dirigí a la sala de vapor.

Entró decidido en las brumas vaporosas, donde hay que habituar la vista para empezar a captar las formas que hay por allí. Avanzó tanteando la pared hasta que dio con una bancada sobre la que soltó el paño. Indeciso siguió de pie con la espalda pegada a la pared. Como yo lo seguía, me puse ante él y nos pusimos a besarnos. “Esto me va a gustar”, murmuró. Luego bajé la boca hacia sus tetas, que chupé y mordisqueé, a la vez que le manoseaba la polla y los huevos. Este precalentamiento, que Samuel acompañaba de sonoros murmullos placenteros, tuvo también un efecto de reclamo. Porque enseguida, uno que ya estaba dentro se le acercó y lo tanteó. Yo le cedí espacio, aunque no dejé de seguir chupando una teta para darle pistas. El otro se amorró también y  Samuel exageró sus gemidos declarando: “¡Cómo me gusta esta comida de tetas!”. Pero el otro no dejó tampoco de llevar las manos a la polla endurecida y, cuando se agachó y se puso a chupársela, lo llevó al paroxismo. Entretanto, no habían tardado en entrar al vapor más tíos, sin duda atraídos por lo que ya habían visto en el exterior de Samuel. Quien, por si fuera poco, mostraba su disponibilidad extendiendo los brazos para atraerlos. De este modo, sobado y chupado arriba y abajo por varios a la vez, parecía estar en la gloria en esa penumbra, sin importarle cómo fueran los que se afanaban con su cuerpo. Sensatamente no quiso sobrepasar todavía el límite de calentamiento y, para librarse de las mamadas, no se le ocurrió otra cosa que darse la vuelta y ponerse frente a la pared, sin privarse desde luego de provocar poniendo el culo en pompa. Dejaba que se lo sobaran y hasta que se restregaran por él, sin que faltaran amagos de penetración, que a veces debieron dar brevemente en el clavo, según los sobresaltos que le provocaron.

Después de este completísimo repaso inicial, y agobiados por el calor de los vapores, conseguí que saliéramos para tomar una ducha. Le propuse que, para descansar y cambiar impresiones, fuéramos a tomar algo al bar. Su entusiasmo por supuesto era tremendo. “¡Joder, cuántos tíos metiéndome mano! ¡Esto es Jauja!”. “Es que tú estás muy bueno y los atraes como moscas”, aclaré. Pero su provocador exhibicionismo tampoco cesó en el bar. Aunque llevaba puesto el paño, lo había enrollado de forma que, con su corpulencia, le tapara lo justo. Así, al apoyarse en la barra para pedir las bebidas, por detrás le asomaba medio culo. Luego se encaramó de medio lado a un taburete con los talones sobre el reposapiés, lo que le hacía mantener las piernas separadas. Con el paño estirado casi al nivel de las ingles, mostraba lo que le colgaba a todo el que quisiera verlo. Desde luego, los ojos también se le iban tanto a los que pasaban por allí como a los que ocupaban alguna mesa. Si el cruce de miradas era más directo, correspondía con pícaras sonrisas. Por mi parte, me llegué a contagiar de su desvergüenza y ya no me privé de darle algunas caricias en las tetas e incluso en los provocadores colgantes, que recibía complacido incluso marcando una impúdica erección. Aprovechamos para comentar lo que le apetecería hacer a continuación. Y pareció tenerlo claro. “Después de tanto manoseo, me gustaría que pudiéramos estar con un tío de esos que nos van… A ver si me das la sorpresa”. Decidí que lo mejor era darnos una vuelta por la zona de cabinas. Ésta también le encantó. “¡Qué morbo meterse en una a ver quién entra!”. Quise aclarar: “¿Es eso lo que quieres?”. “¡No, no!  Prefiero que me busques a alguien”. Le sugerí que entrara en una cabina que estaba abierta y así lo hizo tumbándose desnudo sobre la cama. Entorné la puerta para que no quedara demasiado visible y pudiera entrometerse alguien. Al avanzar por el pasillo, tuve la suerte de ir a dar enseguida con un conocido, que me pareció perfecto para lo que Samuel deseaba.

Era un tipo, llamado Jaime, con el que había pasado muy buenos momentos y que precisamente tenía un aire a Samuel, casi tan gordo y solo algo más joven. Además se mostraba muy calentorro y hacía unas mamadas de fábula. Se alegró de verme y yo le dije que había venido con un amigo. Discreto dijo: “Entonces hoy te dejaré con él”. Pero yo enseguida repliqué señalando la cabina: “No, si está ahí. Ven a verlo”. Se acercó a la puerta y, nada más vislumbrarlo, exclamó: “¡Jo, que pedazo de tío!”. Lo invité a avanzar. “¡Pasa, pasa! Serás bien recibido”. Entramos los dos y Samuel, obscenamente despatarrado, saludó al ver a contraluz al que me acompañaba: “¡Hola!”, lo saludó. Yo le dije: “Este es Jaime, un conocido mío”. “¡Um!”, masculló Samuel, “¿Qué tal?”. “Yo bien… y tú estás buenísimo”, contestó Jaime arrimándose a la cama. “¿Te gusto?”, volvió a preguntar Samuel con voz zalamera y le alargó una mano. Jaime se la cogió y con la otra suya le acarició un muslo. “Si sigues así me voy a empalmar”, dijo Samuel. “Eso me gustará”, replicó Jaime, que ahora a dos manos intensificó el manoseo por las piernas, acercándose estratégicamente al sexo. Samuel entonces le estiró del paño, que cayó al suelo. “A ver qué hay por aquí”. De sobra sabía yo que Jaime estaba no menos bien dotado. Ante lo fluido del encuentro, ya cerré la puerta y me despojé igualmente de mi paño, dispuesto a tomar parte.

Lanzado ya Samuel, se giró de costado para ver de cerca y sobar la polla de Jaime, que a su vez tenía agarrada la de aquél. Las dos desde luego se fueron poniendo duras y Samuel no se privó de anticiparse para darle una chupada a la de Jaime. Pero éste ya tenía sus planes y me pidió que me tendiera al lado de Samuel. Nos entró por los pies y, en medio de los dos, no iba frotando y chupando alternativamente las pollas. Yo, enseguida la tuve a punto también. Lo hacía tan hábilmente como ya me constaba y Samuel empezó a manifestar su agrado. “¡Uy, Jaime, qué boca tienes!”. Yo estaba no menos encantado, cuando Jaime, ya en pleno dominio de la situación, me pidió que lo abordara por detrás. Así que, totalmente excitado, bajé de la cama y me arrodillé tras él, que alzó la grupa y, sin detener la mamada a Samuel, me ofreció su apetitoso culo. Le entré sin apenas esfuerzo y su cuerpo se tensó brevemente por la penetración. Lo follaba cada vez más encendido y que se la siguiera chupando al mismo tiempo a Samuel, que resoplaba y le sujetaba la cabeza, me aumentaba la calentura. “¡Me voy a correr!”, avisé ya. Jaime asintió con la cabeza sin soltar la polla de Samuel. Me descargué bien a gusto y no me salí hasta que empecé a aflojarme. Une vez liberado por detrás, Jaime se dio un hábil giro para quedar con el culo sobre la polla de Samuel, en la que se dejó caer. Samuel exclamó admirado: “¡Uf, eres insaciable!”. Jaime, bien encajado, se removía con pericia. “¡Joder, tío, cómo te meneas! Estoy ya a cien”, mascullaba Samuel que, con un fuerte jadeo, se vació a su vez. Jaime se levantó y, algo tambaleante por el esfuerzo, bajó de la cama. “No ha estado nada mal ¿verdad?”, dijo con una sonrisa radiante. Ante lo agotados que nos había dejado a Samuel y a mí, le pregunté no obstante: “¿Y tú qué?”. “Yo ya me apañaré. Hay tiempo ¿no? … Ahora pasamos por la ducha y os invito a tomar algo”, propuso. Quedó claro el feeling que se había creado entre mis dos acompañantes y daba gusto estar sentado entre ellos, con sus paños mal ajustados que tapaban más bien poco.

Samuel, a pesar de su desfogue y de la segunda visita al bar, parecía no tener ninguna prisa. Se quedó mirando a Jaime, que ocultaba apenas la polla sin usar, y de pronto le preguntó a la brava: “¿Me follarías ahora?”. Jaime rio. “Si tienes ese capricho ¿por qué no? Ganas no me faltan”. De modo que volvieron a la cabina, y yo desde luego me apunté, no dispuesto a perdérmelo. Samuel se tiró de bruces sobre la cama, con el culo bien expuesto. Jaime se lo tomó con calma. Se puso detrás y, primero, se dedicó a sobar las nalgas gordas y suavemente velludas, metiendo también el canto de las manos por la raja. Samuel tensaba ansioso el cuerpo. Luego el otro se inclinó para acercar la cara. Las intensas lamidas y los mordisqueos por los bordes de la raja hacían estremecer a Samuel. “¡Uy, cómo me estás poniendo!”. Mientras tanto Jaime se la iba meneando para afianzarla y, cuando estuvo a punto, apuntó la polla y se dejó caer. “¡Ooohhh!”, soltó Samuel al sentirla dentro. “¿Te gusta?”, preguntó el otro. “¡Cómo te digo! ¡Sigue, sigue!”. Jaime empezó a arrear con ganas y Samuel se explayaba de gusto. “¡Qué polla más buena tienes! ¡Cómo me gusta!”. El compenetrado disfrute que se traían dando y tomando era todo un espectáculo. Jaime jugaba a retardarse, con salidas por sorpresa y bruscas clavadas. Lo cual volvía loco a Samuel, que gemía y lo alentaba a la vez. “¡Qué bruto! ¡No pares! ¡Folla, folla!”. “¡Qué culo tienes más caliente!”, replicaba Jaime, cada vez más excitado. “Entre los dos me habéis dejado antes lleno de leche. Ya te voy a dar la mía ahora”, avisó. “¡Sí, córrete!”, lo alentó Samuel. Jaime incrementó con vehemencia el mete y saca hasta que, con todo el cuerpo en tensión, se apretó para descargarse en varios espasmos. “¡Joder, todo lo que me ha salido!”, exclamó. “¡Uf, cómo me has dejado el culo!”, coreó Samuel. La polla de Jaime salió brillante de humedad y empezó a amorcillarse. Ayudó a Samuel a ponerse bocarriba e intuí que la cosa no había acabado. Porque la follada activó de nuevo la líbido de Samuel y, pese a haberse corrido ya poco antes, lo que le había arreado Jaime le avivó el deseo. Así que siguió despatarrado y se puso a manosearse la polla con evidente intencionalidad. Jaime se rio. “Aún te quedan reservas ¿eh?”. “¡Uy, sí! Me has vuelto a poner muy caliente”, afirmó Samuel. “Vamos a ayudarte”. Jaime me invitó a cooperar y, entre los dos, fuimos dando chupadas y mamadas a la polla de Samuel, que ya estaba endurecida de nuevo. También íbamos acariciándolo y estrujándole las tetas. “¡Oh, qué gusto me dais!”, decía él. Pero ya le urgía  el desfogue y desplazó nuestras bocas para tomar el dominio manual de su polla. Se la meneó con energía y, cuando brotó el primer borbotón de leche, Jaime arrimó la lengua para irla recogiendo. Samuel se estremeció con el roce pero lo dejó sorber hasta que limpió la polla. “¡Uf, qué buen remate!”, exclamó Samuel que, mientras se levantaba, dijo a Jaime haciéndose la víctima: “Has hecho conmigo lo que has querido”. El otro rio con ganas. “¡Anda que no os lo habéis pasado bien los dos…!”.

Jaime nos dejó ya solos. “Si volvemos a encontrarnos, ya sabéis…”. Y Samuel no daba el menor síntoma de cansancio. Seguro que, de buena gana, habría empalmado hasta el cierre de la sauna. Pero se acercaba la hora en que tenía que recoger a su mujer y el deber era el deber. No obstante se lo pensó y, para mi sorpresa, hizo un intento de disculparse: “¿No te parece que me he desmadrado un poco?”. “Ya contaba con eso… Venías con muchas ganas”, contesté. “Y el poder hacer de todo sin importarme que me vean me pone la mar de burro”, completó. “Eso se ha notado… Sabes exhibirte a base de bien”. “Para une vez que puedo… Nunca había estado en un sitio así”. “¡Bien hecho! Hay que enseñar lo que se tiene”. Samuel hizo una pausa y, sonriendo, se le ocurrió: “Todavía podríamos hacer algo tú y yo…”. “¿Aún te quedan ganas?”, me admiré. “¡Claro que sí! No ves que llevo atraso… Además me he ocupado poco de ti. Ni siquiera te la he chupado”. “No te voy a dejar con ganas”, dije encantado. Todo este rato habíamos estado con la puerta de la cabina abierta, sin hacer caso a los que se asomaban a mirar. Pero, cuando fui a cerrarla para atender sus deseos, Samuel sugirió: “Podríamos ir a otro sitio ¿no?”. “¿Con publicidad?”, bromeé. “¿Por qué no?”, replicó sonriente.

Recorrimos el pasillo con cabinas y cuartos de achuche más o menos oscuros. Como Samuel se había limitado a echarse el paño al hombro, disfrutó con los toqueteos y hasta palmadas al culo que le caían. Llegamos a la sala en cuya pared de fondo se proyectan en gran tamaño películas porno, que suelen ser de jovenzuelos folla que te folla. No suscitan demasiado interés, por lo que no suele haber más de dos o tres personas, bien sentados en el banco de atrás, bien sesteando en alguna de las dos tumbonas que hay juntas en el centro. Todo queda crudamente iluminado por la película en proyección y por el acceso se van asomando los que quieren ver no tanto la película como lo que se pueda cocer allí dentro. Si hay alguna marcha interesante, en el banco o en las tumbonas, los más descarados se quedan a mirar o tratan de participar. Las tumbonas, que estaban desocupadas, atrajeron enseguida la atracción de Samuel. “Vamos ahí”. Nos echamos en ellas, Samuel despatarrado en cueros y yo aún con el paño a la cintura. Los dos tíos que ya estaban en el banco se pusieron a la expectativa.

Estaba claro que tampoco era la película lo que interesaba a Samuel, sino entregarse a la más desinhibida provocación. Por lo pronto empezó a manosearse la polla que, para mi admiración, no tardó en endurecérsele otra vez. Sin soltársela llevó la otra mano hacia mí, tiró del paño descubriéndome y me agarró la polla. Su mano hábil enseguida me la puso tiesa otra vez. Cuando ya se habían asomado varios mirones, que se quedaban deslumbrados por el sicalíptico espectáculo, y con algunos que se la meneaban con más o menos disimulo, Samuel se dio un giro. Moviendo el cuerpo pesadamente se colocó sesgado a cuatro patas sobre su tumbona. Con la boca sorbió mi polla y se puso a mamármela. Yo, encantado y contagiado de su desvergüenza, lo disfrutaba acariciándole el costado y metiéndole un mano bajo su barriga para sobarle la polla. El gordo culo en pompa de Samuel resultó suficientemente tentador para que unos de los espectadores, gordote y maduro, superando cualquier prevención, se le arrimara. Primero le manoseaba las nalgas y repasaba la raja con los dedos. Pero pronto se agachó y acercó la cara. Lamía y el efecto que hacía en Samuel se transmitía con vehemencia a su mamada. Todo ello hacía que mi excitación estuviera a punto de estallar. “¡Me viene ya balbucí!”. Samuel insistió hasta ir tragándose toda mi leche, mientras yo veía entre brumas a todos los que estaban mirando. Pero Samuel no había acabado todavía. Volvió a quedar tumbado bocarriba, dejando momentáneamente descolocado al gordo que le había estado comiendo el culo. Aunque Samuel quiso compensarlo porque, subiendo las piernas y manteniéndolas sujetadas por los muslos, le ofreció una nueva perspectiva. El gordo la aprovechó y, sobándole la polla con una mano, le metió un dedo de la otra en el ojete humedecido de saliva. Lo frotaba cada vez con más intensidad y hacía bramar de gusto a Samuel. Hasta el punto de que llegó a provocarle una corrida que se desbordó sobre la mano del gordo. Éste quedó la mar de satisfecho por su buen hacer. “¡Eres un fiera, tío!”. Y Samuel dio por fin síntomas de agotamiento, sonriendo orgullosamente al público boquiabierto.

Samuel volvió a la realidad y me dijo: “¡Oye, tú! Vamos a ducharnos, que aún llegaré tarde y me llevaré una bronca”. Aunque, cuando estábamos bajo el agua, matizó: “Igual quieres quedarte un rato más”. “Desde luego que no”, contesté, “Contigo me lo he pasado de fábula y ya no necesito más”. Lo miré con cierto pesar mientras nos vestíamos rápidos ¿Hasta cuándo no volvería a repetirse aquello? Ya en la calle, Samuel me dio un abrazo. “No puedes imaginarte lo que he disfrutado hoy gracias a ti”. Y añadió como en respuesta a mi duda: “Verás cómo me las apaño para que no sea la última vez”. Ya nos separamos y a mí todavía me flaqueaban las piernas al caminar.

Samuel no tardó en dar señales de vida a través del chat. También aprovechó para rememorar la increíble tarde que había pasado en la sauna. “Nunca pensé que llegara a estar tan a mano darse el lote con aquellos tíos”. Incluso reconoció haber descubierto nuevas facetas de su personalidad. “Y cómo me molaba hacer de todo bien a la vista… Mira por dónde me va eso del exhibicionismo ¡Ja, ja, ja!”. Yo alimentaba su morbo contándole cosas de la sauna, que a veces adornaba para que quedaran más escabrosas. “Jaime me da siempre recuerdos para ti… Por cierto, que nos hemos dado unos buenos revolcones a tu salud”… Así Samuel disfrutaba alimentado su mente, que no el cuerpo. Aunque ni él ni yo perdíamos las esperanzas de pasar juntos nuevos ratos en aquella sauna.