jueves, 18 de septiembre de 2014

Profesor cum laude

Julio era un profesor universitario que, después de un laborioso doctorado y ya cumplidos los treinta años largos, había conseguido una plaza adecuada a sus estudios en una universidad pequeña. Era gordito, algo velludo y muy tímido, con unas ideas con respecto al sexo que no había llegado a clarificar. En su época de estudiante había salido con algunas chicas, más por imitación de sus compañeros que por una atracción especial, y con las que no había pasado de caricias y besos nada apasionados. Tampoco es que tuviera definida una inclinación clara hacia otros hombres, desde luego no los de más o menos su edad. Lo que lo sumía en la confusión eran las fantasías que le suscitaban ciertos varones bastante maduros y de aspecto robusto, sobre todo si encarnaban algún tipo de autoridad.

En cierta forma había quedado marcado por la vivencia con un tío abuelo, militar retirado, quien, siendo él apenas adolescente, los visitaba durante unos días en las vacaciones de verano. No se trababa de ningún abuso por su parte, pero lo solía reclamar para que hicieran la siesta juntos. Como el tío se quedaba solo con los calzoncillos, estar al lado del cuerpo grande y peludo, que le trasmitía su calor, lo turbaba enormemente. Incluso en alguna ocasión, se le marcaba una erección que le tensaba el calzoncillo y el tío no se privaba de hacérselo notar. “¿Ves los macho que sigo siendo a pesar de mi edad?”. A Julio le subían todos los colores.

El caso era que su pobre vida sexual y afectiva, solo entreverada por alguna que otra masturbación sin inspiración concreta, Julio la compensaba a base de trabajo y docencia. Por eso la obtención de la plaza le permitía cierto sosiego, aparte de una mejora económica, aunque había tenido que desplazarse a una ciudad desconocida para él. Su timidez y deficiente sociabilidad le disuadió de aceptar la posibilidad de alojarse en una residencia para jóvenes profesores y decantarse por una pequeña buhardilla en el casco antiguo.

Desde luego, la recepción en el departamento universitario al que se había incorporado no pudo ser más cordial. Sus no muchos colegas, casi todos del género femenino, lo acogieron con simpatía y deseos de facilitarle su adaptación. Pero quien le impactó sobremanera fue el director del departamento. De unos sesenta años, no muy alto pero de aspecto recio, denotaba un carácter extrovertido y enérgico. Por lo que pudo captar Julio, su trato con el personal era amable e incluso socarrón a veces, pero dejando siempre bien claro cómo quería que las cosas funcionaran. Sin embargo a él, desde el primer momento, le dispensó un trato la mar de acogedor. Nada más presentarse Julio en el departamento, lo hizo pasar a su despacho y, en lugar de ocupar su butaca, se sentaron los dos frente a frente en las de visitas, menos solemnes que aquélla. Previamente, haciendo gala de su fogosidad, el director se había desprendido de la chaqueta y se remangaba la camisa hasta medio brazo. A despecho de la seriedad de la conversación sobre temas académicos, Julio no dejaba de sentir revoloteos en las tripas ante aquel hombre de brazos velludos y cuya camisa demasiado justa para el volumen de su barriga, por un par de resquicios entre la botonadura, dejaba asomar epidermis pilosa, que enlazaba con su barba canosa. No pudo evitar el pensar que se hallaba ante la encarnación de sus fantasmas.

Lo que no podía prever Julio era que el comportamiento del director con respecto a él iba a mantener en carne viva un sentimiento que estaba dispuesto a mantener en lo más oculto de su conciencia. Tal vez por ser casi el único varón del equipo –ya que el otro era un taciturno y flaco profesor próximo a la jubilación–, se tomaba con Julio unas confianzas, atribuibles a su modo de ser expansivo, que sobre las féminas habrían sido consideradas algo más que inadecuadas. Así, cuando lo llamaba a su despacho para comentar algún tema, lo hacía pasar a su lado de la mesa y, muy juntos, miraban los papeles o el ordenador. Sus brazos se rozaban y se acercaban tanto las cabezas que Julio podía captar su aliento. Frecuentemente, cuando el director se acercaba a la mesa que ocupaba Julio, no dejaba que se levantara y se ponía a hablarle colocándole una mano en el hombro y arrimándole la barriga. A Julio estos contactos le producían taquicardias.

El director era un investigador incansable y solía ser el último en dejar el departamento. Cuando supo que Julio vivía en el centro, no muy lejos de su propia casa, se ofrecía para llevarlo en su coche y así ahorrarle el largo trayecto en autobús. De este modo se quedaban los dos solos, al esperar Julio que el director acabara sus tareas. Esta situación creaba un clima de intimidad que enervaba a Julio. Porque el director entonces se mostraba además de lo más desinhibido. Al dar la jornada por acabada, mientras Julio ya estaba listo para la marcha, el director, al que en su trasiego se le había ido saliendo de la cintura parte de la camisa, no tenía el menor recato en soltarse el cinturón y abrir la cremallera del pantalón, que le bajaba hasta mostrar el eslip. Tranquilamente se recolocaba éste, estiraba los faldones de la camisa y los remetía en el pantalón. “¡Listos!”, iniciaba el camino poniéndose la chaqueta.

Durante los desplazamientos en el coche, el director empezó a interesarse por los asuntos personales de Julio. Éste tuvo que reconocer que, hasta su incorporación a aquella universidad, siempre había vivido con su familia y que le costaba adaptarse a apañarse solo. Por lo demás, apenas conocía a nadie en la ciudad y llevaba una vida bastante solitaria. Estas circunstancias hicieron que el director llegara a comentar medio jocoso: “¡A ver si voy a tener que ser yo el que te distraiga!”. Porque el director, casado y padre de familia, no mostraba sin embargo demasiadas prisas para estar en su casa y a veces alargaba la charla con el coche parado delante de la de Julio. Éste se sorprendió cuando en una ocasión el director le dijo: “Me gustaría que alguna vez me invitaras a subir a tu casa”. Desde luego Julio no lo iba a hacer en aquel momento, horrorizado por el aspecto poco cuidado de su buhardilla, así que trató de salir del paso. “Si me daría vergüenza, con lo poca cosa que es…”. “¡Ay, cómo eres! Como si eso me importara”. Pero Julio sabía que, después de la amabilidad del director al traerlo en su coche, no podía dar largas a su petición. De modo que un día en que se había afanado en limpiar y ordenar su modesta morada, hizo el esfuerzo de decidirse. “¿Le va bien a usted subir hoy?”. “¡Hombre, ya era hora!”, respondió el director encantado. Y para asombro de Julio sacó una botella de vino de la guantera. “Mira lo que tenía reservado para la ocasión”. Aún añadió: “Pero pongo una condición: que dejes de hablarme de usted”. “Si todos lo hacemos…”, objetó Julio. “Al menos cuando estamos solos quiero que te lo ahorres”. “Lo intentaré…”, masculló Julio.

En este clima de confianza entraron en el edificio de la buhardilla. El primer bochorno para Julio fueron el mal estado y la escasa iluminación de la escalera. Él ya conocía bien los tramos y escalones, y el director se lo tomó con humor. “Ve tú primero y lleva la botella, que irá más segura. Yo te sigo”. Pero la seguridad de la botella entró en cuestión cuando a Julio le empezaron a temblar las piernas al sentir las manos del director agarrarse a su cintura. Al fin llegaron a destino y los nervios de Julio le jugaron una mala pasada. Al abrir la puerta no muy ancha, y queriendo ceder el paso al director, sin haber sacado todavía la llave de la cerradura, los dos voluminosos cuerpos quedaron atascados juntos por unos instantes. El director salvó la situación riendo mientras daba un impulso para liberarse. Desde luego la buhardilla era minúscula. En un solo espacio, con un pequeño baño aparte, se resolvía todo. El director no obstante le vio el lado positivo. “Resulta muy romántica”. Enseguida dispuso. “Saca unos vasos, que yo, con tu permiso, voy a ponerme cómodo”. Se quitó chaqueta y corbata, que dejó sobre la silla junto al escritorio. Único asiento aparte de la cama camuflada de diván por algunos cojines. La camisa no solo fue objeto del consabido arremangado, sino que además el director sacó los faldones por fuera del pantalón y desabrochó unos cuantos botones. “¡Qué coñazo tener que ir todo el día vestido en plan formal!”, justificó. “Y los zapatos tampoco los aguanto”, añadió descalzándose. Con todo ello a Julio le costó dar con los vasos y aún se lio más cuando el director pidió: “Algo tendrás para picar ¿no?”. A duras penas atinó a encontrar un bote de aceitunas y dos bolsas de patatas y cacahuetes. Entretanto el director, sentado en la cama, abría la botella y servía los vasos sobre una mesita auxiliar, en la que Julio puso también el exiguo pica-pica. Pero ante su gesto de sentarse al lado, el director lo detuvo. “¿Te piensas quedar así?”. Porque no le se había ocurrido quitarse ni siquiera la chaqueta. “Es que estoy un poco atolondrado…”, confesó Julio cándidamente. El director aún lo incitaba. “¡Anda, ponte al menos como yo! Si estás en tu casa… Además te diría que te pareces mucho a mí cuando era joven. Ya estaba llenito como tú”. Y le dio unas palmadas ligeras en la barriga. Julio, ofuscado, lo había imitado en todo, hasta en sacarse la camisa por fuera del pantalón y quitarse los zapatos. “¿Ves qué bien? Siéntate que vamos a brindar”. Julio lo hizo y tomó el vaso que le ofrecía. “¡Por nuestra amistad!”, proclamó el director. Como estaban sentados uno al lado del otro, para hablar con más comodidad el director levantó una pierna flexionada por la rodilla y la subió sobre la cama, quedando de cara a Julio. Al confluir los dos cuerpos, la antepierna del director tocaba el muslo de Julio, para mayor sofoco de éste. Y el director quiso insistir en el parecido físico. “Como te decía, eres clavado a mí de joven. Fíjate que tenemos la misma curva de la barriga… Claro que la mía ahora está más hinchada y desparramada”. Entonces se subió la camisa mostrando la velluda esfera, para pasmo de Julio. “Seguro que tú también eres peludo ¿Me dejas?”. Alargó decidido una mano y llevó hacia arriba la camisa de Julio. “¿Ves? La tienes bastante poblada”. Cuando además se permitió repasarla con la mano, Julio no pudo reprimir un sonoro “¡Uy!”. El director se retrajo. “Quizás me estoy tomando demasiadas confianzas…”. “No, si yo… ¡Haga, haga!”, farfulló Julio. Y ante la expresión de reconvención del director, rectificó. “¡Haz, haz!”. Pero el director ya se contuvo. “Si es que me estoy acabando yo la botella. Que tú casi no bebes”, comentó como justificándose. “Pero me ha gustado estar aquí… Aunque ahora voy a tener que irme ¿Puedo usar el lavabo?”. “¡Claro, claro! Es ahí”. El director abrió la puerta, pero no la cerró. Desde donde había quedado, Julio podía verlo de espaldas ante el váter. Para colmo, el director había dejado caer pantalones y calzoncillos, y como se sujetaba con una mano la camisa enrollada a la cintura, mostraba unos muslos y un culo bien rollizos y peludos. A Julio casi se le paró la respiración. El director salió brevemente de su vista para lavarse las manos y, cuando reapareció, aunque de frente, ya se había subido los calzoncillos. Con toda naturalidad se ajustó la camisa y los pantalones. Dijo con socarronería: “Espero que en próximas ocasiones no te impresione tanto tenerme aquí”. Julio se armó de valor y replicó: “Siempre será, serás, bien recibido”. La pícara sonrisa del director, quien se echó al brazo la chaqueta y abrió la puerta, desarmó aún más a Julio, si es que ya era posible. “¡Cuidado con la escalera!”, avisó. “No he bebido tanto…”, fue lo último que oyó.

La visita del director dejó a Julio no solo excitadísimo, sino sobre todo desconcertado. Era consciente de que había sido blanco de una constante provocación ¿pero con qué objeto? ¿Se estaría burlando el director de su irremisible timidez o tendría otra clase de intenciones? En su inexperiencia, esto último le resultaba casi inconcebible en un hombre como aquél, con su edad y sus circunstancias personales. Aunque lo de querer subir a su buhardilla no tenía visos de quedarse en algo anecdótico y aislado, a juzgar por la despedida del director. Sin poder encontrar salida a su confusión, lo único que tuvo claro esa noche es que necesitaba una liberadora masturbación, con una fantasía ahora sí perfectamente personalizada.

El director no alteró la costumbre de llevar a Julio a su casa y, en los días que siguieron a su visita, no mostró intenciones de repetirla, lo que para Julio, todo y desearla pese a sus temores, supuso un respiro. Sin embargo la tregua fue efímera. Cuando menos se lo esperaba, una vez detenido el coche, el director le soltó: “¿Sería abusar de tu hospitalidad si te pido que me dejes pasar esta noche en tu casa?”. Julio no se lo podía creer. “¿Pero qué dices?”. “He tenido unos problemillas familiares y dije que hoy no me esperaran”. “Si ya viste que apenas hay sitio para mí…”. Pero Julio no tenía escapatoria. “En el maletero tengo una colchoneta y una manta que servirán”. Julio ya se rindió. “En este caso te cederé mi cama muy a gusto”. “Bueno, eso ya lo veremos cuando estemos arriba”. Además el director lo tenía todo previsto. “Como sabía que no me ibas a dejar en la calle, tampoco quiero aparecer como un gorrón. He traído una bandeja de canapés y vino para la cena”. Así que, cargados con todo ello subieron haciendo equilibrios la angosta escalera. Julio creía alucinar.

Por supuesto el director tomó las riendas de la intendencia, no sin antes lanzar su andanada provocadora, que Julio temía y deseaba a partes iguales. “Lo primero ponerse cómodos…”. En esta ocasión fue más allá, porque llegó a sacarse los pantalones y se quedó en calzoncillos y con la camisa desabrochada. “Como luego no tengo ya que salir…”, justificó descaradamente. “¿Tú no lo vas a hacer?”. Julio, al que se le salían los ojos ante las formas rollizas y velludas que dejaba ver el director, sabía que no le cabía sino imitarlo, pues las puyas que sin duda le lanzaría si se mostraba timorato lo avergonzarían aún más de lo que ya lo estaba ahora. De manera que a quedarse también en calzoncillos y con la camisa desabrochada. No se abstuvo el director de clavarle la mirada. “Si es lo que te dije el otro día… Verte a ti y me reconozco cuando tenía tu edad”. Desde luego, salvando las distancias de la diferencia de edades, la constitución de ambos era bastante coincidente y hasta la distribución de vello corporal, más denso y canoso en el director, se asemejaba. “Lo que pasa es que también compruebo cómo cambia uno, se le pone todo más fofo”. Se abrió aún más la camisa y, con ambas manos, se sacudió las tetas que reposaban sobre la prominente barriga. “Te conservas muy bien”, terció Julio ante la poco indulgente reflexión. “¿Eso te parece?”, replicó el director con una sonrisa que expresaba a las claras que era lo que quería oírle decir.
Hubo una tregua mientras disponían sobre la mesita la bandeja de canapés y la bebida. El director se sentó en la cama y Julio optó por hacerlo en la silla que colocó enfrente. El primero daba cuenta del refrigerio con ganas, pero a Julio apenas si le pasaba nada por la garganta ante la visión del paquete que moldeaba el eslip, comprimido entre los muslos y la barriga. Su desazón aumentaba al ser consciente de que las miradas del director tampoco dejaban de tenerlo a él como objetivo. Lo sacó de su ensimismamiento aquél. “¡Qué bien nos estamos apañando, eh! Y aunque tú bebes tan poco, hoy no me va a importar si acabo un poco piripi”. Ya había iniciado la segunda botella. Como si hubiera quedado saciado de un gran banquete, el director se tumbó hacia atrás sobre la cama. “¡Anda, recoge eso y ven a sentarte aquí a mi lado!”, dijo palmeando el espacio junto a él. Julio, nervioso, veía que el director estaba cada vez más lanzado. Hizo lo que le pedía y se sentó en el sitio indicado. La cálida mano del director se cambió entonces a posarse sobre su muslo desnudo, lo que le puso la piel de gallina. “¿Sabes que estoy muy a gusto contigo?”. Como el director hablaba sin que Julio le viera el rostro, aunque sí su corpachón despatarrado y solo velado por los calzoncillos algo desajustados, sacó fuerzas para decir: “Te debe estar haciendo efecto el vino…”. “¿Tú crees que es solo por eso?”. Y el director le presionó el muslo. No hubo respuesta y continuó. “Aunque no lo parezca, soy tan solitario como tú. Claro que conozco a mucha gente y tengo más vida social, pero eso llena poco”. “Tienes también a tu familia…”, replicó Julio intrigado por saber a dónde querría llegar el director. “¡No me hables! Ya ves lo que les importa que esta noche no esté allí”. “¿Tan mal te va?”. “Digamos que un fracaso. Ya solo se guardan las apariencias”. “¡Vaya, pues lo siento! No lo podía imaginar”. El director cambió de tema sin rodeos. “¿Y tú qué? ¿Te incomoda que me tome tantas confianzas?”. “En absoluto… Me encanta toda la que me das”. Porque Julio, una vez dominada su timidez, era de fino razonamiento. “Es lo que me parecía, pero había de preguntártelo”. Entonces tiró del brazo de Julio para que también se recostara y, como su camisa enredada le estorbaba los movimientos, acabó por quitársela del todo. “Tiéndete aquí conmigo”, decía. Julio, al dejarse caer, se oyó decir algo que ni siquiera había pensado. “Lo que quieras…”. “¿Estás seguro?”. Pero el director ya le estaba ayudando a quitarse también la camisa. Julio solo supo repetir: “Lo que quieras…”. Porque sentir aquellos brazos robustos y calientes rozando su cuerpo le dio vértigo. El director, no obstante, no lo atosigó y dejó pasar unos instantes de calma, tendidos los dos uno junto al otro. Pero no tardó en tomar una mano de Julio y llevarla delicadamente sobre la zona más abultada de sus calzoncillos. “¿Esto te dice algo?”. Entonces Julio, con una determinación que a él mismo le sorprendió, desvió la mano del director hacia su propia entrepierna. “¿Y a ti esto?”. El director no había perdido su sentido del humor, que le hizo soltar: “¡Va a resultar que hasta en eso nos parecemos!”.
La frase repetida por Julio, “Lo que quieras…”, no solo contenía un deseo de entrega, sino que también era expresiva, ahora que veía realizada su fantasía del hombre inalcanzable, de su ignorancia acerca de lo que se haría en aquellas circunstancias, más allá de estar tendidos en calzoncillos y empalmados. Pero el director sí que sabía cómo había de tratar a Julio. Fue moviendo su cuerpo hasta quedar de rodillas sentado sobre los talones y exhibiendo el provocador abultamiento. Llevó sus manos al eslip de Julio y se detuvo. “¿Puedo?”. Un ronroneo gatuno lo invitó a proceder. Fue bajándolo hasta que la polla de Julio, regordeta y húmeda, se irguió como impulsada por un resorte. Acabó de despojarlo del eslip y contempló la excitada desnudez. Julio, con los ojos cerrados, sintió las caricias en sus huevos y los frotes en la polla. Cuando fue la boca del director la que sustituyó la mano creyó desfallecer. Levantó un brazo y tanteó la culata del director, tirando del eslip para acceder a la velluda redondez. Peligró su capacidad de aguante a la mamada y, aunque lo deseara intensamente, sabía que no era todavía el momento de dejarse ir. Impulsó al director para que se alzara y ahora le bajó del todo el eslip. No lo había hecho nunca antes, pero no dudó en tomar con su boca la jugosa polla de aquél. Sintió vértigo al notar como se endurecía y destilaba un jugo que, al principio, lo confundió. Pero aquello no podía ser semen sino expresión de deseo. Lamió con fruición hasta que fue ahora el director quien puso freno a su entrega y planteó un tema más práctico. “Me parece que podíamos habernos ahorrado subir la colchoneta y la manta…”. Julio aún objetó al considerar el volumen de ambos cuerpos: “¿No es demasiado estrecha la cama para que durmamos los dos?”. “¿Tanto te molestará que estemos bien arrimados?”, replicó el director con sorna. Para Julio, la idea de dormir abrazado al director superaba cualquiera de sus fantasías. “Todo es cuestión de probar…”. Dicho esto, el director tomó posición y se colocó de costado a lo largo de la cama, dándole la espalda a Julio. Éste no tuvo más que acoplársele ciñéndolo con un brazo. El íntimo contacto con el cálido cuerpo velludo no pudo menos que dispararle a Julio una fuerte erección que se encajó entre los mullidos glúteos. “Si empujas un poco más, me encontrarás abierto para ti”, lo incitó la susurrante voz del director. La explícita oferta de penetración inflamó la calentura de Julio, quien irreflexivamente apretó con fuerza hasta vencer una no muy ardua resistencia, que sin embargo hizo exclamar al director: “¡Uy, no tan a lo bruto!”. La queja por su impetuosidad avergonzó a Julio, que quedó paralizado. Pero el director lo animó inmediatamente: “¡Ya estás adentro! ¡Ahora fóllame a gusto… para los dos!”. Julio empezó a activar su pelvis con golpes cada vez más certeros y con una creciente excitación propiciada por el choque de los ardorosos cuerpos. Su falta de experiencia quedaba compensada por el instinto desatado. “¡Así, así! ¡Hazme tuyo!”, lo arengaba el director, cuyas insospechadas expresiones de entrega hacían rodar la cabeza de Julio. Éste casi se disculpó: “¡No podré aguantar más…!”. “¡Descárgate y lléname!”, replicó el director con una provocadora agitación del culo. Lo cual ya dio la puntilla a Julio que, recorrido todo él por culebrillas eléctricas, se vació entre estertores. Por unos segundos quedaron ambos inmóviles y aún acoplados, hasta que el director se fue deshaciendo del abrazo y se le encaró con una arrebolada sonrisa. “Espero que hayas disfrutado tanto como yo…”. Los temblores que aún sacudían a Julio fueron la mejor respuesta.
Permanecieron abrazados trasmitiéndose el calor de los velludos torsos. Pero Julio no tardó en notar que la polla del director se iba endureciendo al rozar con la suya ahora en declive. Bajo una mano para asirla al tiempo que con la otra impulsaba el cuerpo del director para que quedara bocarriba. Su reciente desfogue no fue obstáculo para que lo inflamara un nuevo deseo de posesión. No fue ajena a ello la provocación que el  no menos excitado director la lanzó. “Si aún te quedan ganas de comer, no seré yo quien te lo impida…”. Y Julio se lo tomó casi literalmente porque, sin abandonar el sobeo de la polla, proyectó su boca sobre las opulentas tetas para chuparlas a placer. Su lengua resbaló luego por la oronda barriga hasta enredarse en el pelambre del pubis, mientras el director se dejaba hacer entre arrumacos lascivos. Antes de pasar la polla de su mano a su boca, Julio se lanzó a pedir enardecido: “¿Dejarás que me la beba toda?”. Procazmente el director afirmó: “Con la lechada que me has metido en el culo justo es que te dé la mía…, si es que sabes sacármela”. A Julio le picó esta puesta en duda de su habilidad, pero decidió tomársela como un reto. Así que primero libó con la lengua el jugo trasparente, que ya enriqueció su propia saliva. Deslizó los labios sobre el capullo que dejó liberado de cobertura y los fue apretando sobre el tronco hasta el fondo del paladar. El murmullo de placer que oyó le dio ánimos y su lengua no paró de moverse en torno a la polla engullida, ensalivándola abundantemente. Inició una succión rítmica, al tiempo que acariciaba los huevos y jugueteaba con los dedos por el pelambre. Cuando, entre resoplidos, las manos del director se posaron sobre su cabeza como queriendo controlarlo, Julio supo que iba por buen camino. “¡Wow, vaya mamada!”, confirmó aquél tensando todo el cuerpo. “¡Sigue así, sigue así!”. Y tanto que iba a seguir, dispuesto Julio a no cejar hasta llenar su boca del deseado semen. “¡Me viene!”, avisó el director con voz temblona. Julio no tuvo más que ir recibiendo el espeso líquido de fuerte sabor, que tragaba con deleite. El director ya no pudo resistir el cosquilleo de los últimos lametones y apartó risueño a Julio. “¡Canalla, vaya si has sabido sacármela!”, afirmó en rectificación de su anterior duda. “Así que lo he hecho bien ¿eh?”, aún quiso precisar Julio. “¡Cómo te diría! ¡Cum laude!.

Siguieron abrazados –lo que en todo caso era necesario para que ninguno de los dos se cayera de la cama–, pero ahora era el director quien se encajó a la espalda de Julio rodeándolo con sus brazos. Éste se hallaba en la gloria y acercaba la cara para sentir su cálida vellosidad, a la que propinaba tiernos besos. Pronto empezó a sentir en el cogote el airecillo de los resoplidos algo ruidosos que ya lanzaba el director. Julio no deseaba que lo venciera el sueño, temeroso de que lo que estaba viviendo no fuera más que una ensoñación. Pero la misma intensidad de sus emociones acabaron por hacerle perder también la consciencia.

Julio se despertó tremendamente excitado y con una extraña sensación en la entrepierna. Al abrir los ojos vio que el director, agachado entre sus piernas, le daba suaves chupadas  a su erecta polla. “Estabas tan empalmado que no he podido resistir la tentación”, le explicó. “Ha sido el mejor despertar de mi vida”, declaró Julio. “Pero no te hagas ilusiones… Solo te estoy preparando”, aclaró socarrón el director. Cuando éste apreció que la polla estaba a punto, bien dura y ensalivada, giró su pesada anatomía y, en cuclillas, se separó los glúteos con ambas manos para dejarse caer poco a poco. Julio sintió que la penetración superaba el ojete caliente y se le puso la piel de gallina. El director, a continuación, se puso a dar pequeños saltitos a un ritmo cada vez más acelerado. “¡Me gusta, me gusta!”, se jaleaba él mismo. Julio dejaba que le trasmitiera su placer, admirado de la agilidad con que el director practicaba su lúbrica gimnasia. Ver la robusta espalda y cómo su polla se perdía en la velluda raja extremaba su excitación. Las manos se le disparaban hacia las caderas del director, más para encontrar asidero que para prestar una ayuda innecesaria, porque aquél se bastaba a sí mismo en su cabalgada, apoyado con fuerza en sus rodillas. “¡Voy a hacer que te corras bien adentro!”, pronosticaba. Y Julio expresaba con suspiros la crecida de su éxtasis. Sin ningún control por su parte, fue entregándose a un dulce derrame, que el director captó y ralentizó su meneo. Al fin se echó hacia delante cayendo de bruces. "¡Uf estas posturas a mis años me matan!”. “Pero si parecías el enano saltarín…”, bromeó Julio eufórico en su satisfacción. “¡Gracias por lo de enano!”, devolvió el director divertido por la ocurrencia.

“Habrá que prepararse para ir a la Facultad ¿no te parece?”, dijo el director volviendo a la realidad. “Sí, lástima”, contestó Julio cariacontecido. “No te vayas a volver un gandul ahora ¡eh!”. Compartir la ducha era imposible dadas sus reducidas dimensiones. Pero Julio aprovechó para afeitarse mientras disfrutaba la intimidad del director en remojo. Éste comentó al observar a Julio: “¿Ves? Eso que me ahorro al llevar barba”. Julio tomó su turno de ducha y el director, secándose, dijo: “Ahora voy a tener que repetir camisa y ropa interior”. A lo que Julio replicó: “Te puedo dejar algo de lo mío,…si te entra”. “¿Me estás llamando gordo? …Tú lo que quieres es que te lo tenga que devolver”. “¿No pensabas verme más?”. “¿Tú que crees…?”.

¿Continuará…?

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Nota informativa


En breve retomaré la publicación de nuevos relatos que se me han ido ocurriendo y que he conseguido acabar. La novedad, que tal vez no guste a muchos, es que renuncio a adornarlos con imágenes, tarea casi más dificultosa y mareante que escribirlos. Si acaso caerá alguna que otra ilustrativa. De todos modos, en el listado de los blogs que sigo, podéis encontrar cantidades ingentes de fotos seductoras con los tipos a los que me refiero en mis historias. Espero que, a los que os interesa sobre todo la lectura, encontréis en ella materia suficiente para hacer volar vuestra imaginación.

Agradezco los cometarios y correos que me han seguido llegando entretanto, y pido disculpas por no haberlos atendido. Aunque a los que sienten curiosidad sobre mi persona, les digo que lo que importa son los relatos y no tanto quien los escribe. Prefiero quedarme en la nebulosa de si soy mayor o joven, gordo o delgado. Pero tened por seguro que no he hecho ni mucho menos todo lo que les pasa a mis personajes.

Hasta pronto, un abrazo.

jueves, 12 de junio de 2014

A mis lectores

Durante un  tiempo he estado desconectado de este blog y del correo asociado. Veo ahora que se han acumulado varios mensajes preguntado por la razón de mi silencio y pidiéndome nuevos relatos, lo cual agradezco mucho. La verdad es que quedé bastante saturado de escribir sobre los mismos temas y, además, la búsqueda de las fotos adecuadas me llevaba demasiado tiempo. Por eso decidí tomarme un descanso y, sinceramente, no sé cuándo reanudaré la publicación de nuevas historias. Reitero mi agradecimiento a todos los que me habéis ido siguiendo y os mando un abrazo.

Para dejaros con un buen sabor de boca, ahí va un par de apetitosas imágenes: