Con alguien que había conocido
en circunstancias que no vienen al caso, mantuve un intercambio de anécdotas sobre la época en
que estábamos obligados a servir a la patria. Yo me animé a contarle mi
historia con el sargento y él me correspondió con la suya propia. Me he
atrevido a transcribirla, procurando ser lo más fiel posible a su relato:
Me correspondió
cumplir el servicio militar en el cuartel de una población de montaña. Entonces
era un gordito ya algo peludo y, aunque tenía clara mi atracción por los
hombres, apenas contaba con experiencia al respecto. Torpe para las labores
castrenses, era lo suficientemente avispado como para adaptarme a las
circunstancias y tratar de escabullirme de las tareas más rudas de la milicia.
Por ello, al conocer al capellán castrense, pensé que simular un interés por los
asuntos religiosos podría serme de utilidad. A ello se unía que el capellán,
hombre campechano y más cerca de los cincuenta que de los cuarenta, tenía un
aspecto que no me desagradaba en absoluto. Tirando a grueso y muy viril, la
sotana que siempre vestía, con sus ribetes rojos propios del cargo, le daba un
empaque muy atractivo. Así que me esforcé en hacerme notar, mostrándome de lo
más servicial y abordándolo para hacerle consultas de moral, más o menos
abstractas. No me costó mucho caerle en gracia y pronto me llegué a convertir
en su asistente. Me ocupaba de tareas de sacristía y hasta ayudaba en la misa.
Aunque hacía tiempo que tenía abandonada la práctica religiosa, el recuerdo de
haber hecho de monaguillo en el colegio me sirvió para desenvolverme con
acierto.
Por otra parte, empecé
a descubrir que la intimidad que suponía auxiliar al capellán a revestirse de
sus ornamentos de celebración me provocaba una cierta turbación. Sobre todo
porque el eclesiástico se prestaba a ello con una aparente complacencia y
propiciaba los acercamientos y roces a su oronda figura. Poco a poco se fue
creando, por lo demás, una relación cada vez más estrecha entre ambos, hasta el
punto de que llegué a quedar relevado de casi todas las otras obligaciones para
estar prácticamente al servicio del sacerdote. A éste le encantaba la imagen de
fiel devoción que como modoso soldadito no descuidaba mostrarle.
El capellán, por su
jerarquía, disponía de unas dependencias confortables, compuestas de
dormitorio, salita y cuarto de baño. Con frecuencia acudía yo a ellas para
conversar e, incluso, ayudar al mosén a preparar sus sermones. Le ordenaba las
fichas y buscaba referencias bíblicas. Eran las únicas ocasiones en que solía
prescindir de su rigurosa sotana, para quedar con el pantalón negro y una
camisa blanca. Fogoso por su robustez, acostumbraba a llevar la camisa con más
de un botón desabrochado y las mangas recogidas hasta el codo. El abundante
vello que de este modo mostraba no dejaba de impresionarme, y si además llegaba
a algún roce accidental me producía estremecimientos.
En una ocasión en que acudí
a las habitaciones del capellán, tal como habíamos quedado, no recibí respuesta
al llamar. Abrí con cautela la puerta y entonces sí que oí: “¡Pasa, hombre,
pasa!”. Salía del baño recién duchado y medio envuelto en una toalla. Me
sobresalté y balbuceé una disculpa. “¡Perdone, ya vuelvo más tarde!". “Si
estoy enseguida… ¡Siéntate!”. Con la toalla a la cintura se trasladó al
dormitorio. El cuerpo rollizo y peludo que pude ver me dejó boquiabierto. Para
colmo, la silla que yo habitualmente ocupaba quedaba frente a la puerta del
dormitorio, que el capellán no cerró. Así llegué a tener una visión fugaz del
orondo culo, ya sin toalla, cuando el capellán abrió el armario de puerta con
espejo para sacar ropa. No tardó en reaparecer vestido y con la camisa
arremangada. El húmedo arrebol de la ducha reciente en su piel completó el efecto
turbador que me había causado. Hasta el punto de que, una vez abordamos lo que
habíamos de hacer, el capellán llegó a advertirme: “¿Qué te pasa hoy, que estás
como en Babia?”.
Un día el capellán me propuso
acompañarlo a dar un paseo por la montaña. A pesar del calor reinante no
prescindió de su sotana y tan solo se cubrió la cabeza con una gorra. El camino
era ascendente, aunque no difícil, y el capellán demostró ser un buen
caminante. Yo a duras penas me adaptaba a su marcha. Después de una buena
subida, dimos con un torrente que formaba una balsa de aguas cristalinas. Allí
hicimos un alto y aprovechamos para beber de las cantimploras que llevábamos.
El capellán se mostraba encantado con aquel remanso de paz y, de pronto, tuvo
una ocurrencia. “Nos podíamos dar un baño ¿no te parece?”. Ingenuamente objeté.
“Lo malo es que no hemos traído traje de baño”. La réplica me dejó pasmado. “Ni
falta que nos hace ¿Quién nos va a ver por aquí?”. El laborioso desabotonar de
la sotana me dio tiempo a quedarme de momento en calzoncillos. En espera de
los pasos siguientes del capellán, me
debatía entre no perderme ni un detalle de los mismos y que mi interés no
resultara demasiado descarado. Pero el observado no dejaba de atraer la
atención sobre su persona. Tras doblar la sotana sobre unas matas, mostró la
blanca camisa empapada de sudor. “¡Mira, mira cómo estaba!”. Al tersar con las
manos la tela mojada sobre el pecho, se transparentaron los pezones rodeados de
vello aplastado. “Irá bien que se seque”. Se la quitó y la extendió al sol.
Ahora, a la cruda luz del día, pude contemplar de nuevo aquel torso en toda su
peluda rotundez. Se desprendió del pantalón y, ya ambos en calzoncillos, el
capellán decidió: “¡Venga, los dos a la vez! ¡No te dé vergüenza, hombre!”.
Desnudos frente a frente, sentí vértigo ante aquel cuerpazo desprovisto de
cualquier connotación sacra. Pero el capellán se desenvolvía con la mayor
naturalidad. “No me digas que no se está bien así, con el aire y el sol por
todas partes”. Farfullé un asentimiento, con la mente fija en el empeño de que mi
entrepierna no me jugara una mala pasada. El mosén, sin embargo, estaba
dispuesto a prolongar sus reflexiones. “Fíjate en el contraste entre tu cuerpo
joven y el mío…”. ¡Y vaya si me fijaba! “Aunque al paso que llevas vas a acabar
pareciéndote a mí”, añadió como una jocosa reconvención. “Tampoco está usted
tan mal…”, se me escapó. El piropeado se rio. “¡Anda ya! No hace falta que en
esto también me hagas la pelota…”. Añadió dando por concluidas las comparaciones: “¡Menos
cháchara y al agua!”. Ya descalzados, nos dirigimos a la balsa con andares
cuidadosos para no dañarnos con las piedras. Yo iba extasiado por el cimbreo
del culo peludo que me precedía.
El capellán se tiró en
plancha, se sumergió unos segundos y emergió. Yo, más timorato opté por entrar
poco a poco. “Con lo fría que está lo pasarás peor”, me advirtió. Desde luego
el agua, proveniente de los deshielos, estaba gélida, lo cual por otra parte me
venía bien para calmar los ardores. Chapoteamos y nadamos para desentumecernos.
El capellán no se privó de hacer el muerto, con la barriga emergida y la polla
oscilante por los vaivenes del agua. “¡Esto es vida, chico!”. No nos movíamos alejados
el uno del otro, y en una de las aproximaciones, el capellán se permitió una
licencia que me sorprendió. Me pasó fugazmente una mano por debajo de los
huevos y comentó jocoso: “¡Qué encogidos se te han quedado con el frío!”. En una
irreflexiva reacción, intenté devolverle la broma, pero el capellán se apartó.
“¡Un respeto…!”. Y ahí quedó la cosa.
Salimos buscando el
calor del sol, que aún nos resultaba ahora débil para compensar el enfriamiento
sufrido. “No tenemos ni toallas… Habremos de hacer como los lagartos”, comentó
el capellán. Ante mi tiritar, bromeó: “Pareces un pollo desplumado”. A continuación
volvió a sorprenderme. “¡Ven, que te frotaré un poco…, aunque sea con las
manos!”. Me entregué gustoso a las manos del capellán, que con energía me friccionaban
la espalda llegando casi al culo. “¿Qué, vas entrando en calor?”. Desde luego yo
estaba en la gloria y, aunque no dejé de desearlo, no me atreví ya a ofrecer
una frotación similar.
No dejaba de asombrarme
la ausencia total de pudor con que el capellán, recostado en un tronco caído,
disfrutaba de los rayos del sol. Entre sus robustos muslos, el sexo aparecía
bien a la vista y, como parecía mantener los ojos cerrados, yo, enfrente de él,
no le quitaba los ojos de encima. Incluso algunas veces, en un gesto mecánico,
se daba toques a la polla, no del todo retraída, para recolocarla sobre los
huevos. Confiado en que no era mirado, me permití acariciar la mía, con una
rodilla levantada para ocultarla por si acaso. Pero los párpados del capellán
debían estar solo entrecerrados, pues no se le escapó la furtiva maniobra. “A
ver si es que el calorcito te está haciendo efecto…”, advirtió. Retiré la mano avergonzado. Mas el capellán
añadió con tono tranquilizador: “Si es natural…, mientras no se deje uno llevar
por la concupiscencia”. Y aún más: “No tienes que ocultarte… Si a mí también me
pasa…, ya ves”. A mí, ofuscado por creer que había sido pillado en falta, me
había pasado por alto la erección que ahora presentaba el capellán. “¡Anda,
relájate aquí un rato, que pronto tendremos que volver!”. Me invitaba a
compartir el tronco, donde quedamos el uno junto al otro, cándidamente empalmados y en silencio, disfrutando
de los últimos minutos. Pero yo estaba sumido en un mar de confusiones.
Pronto hubimos de
ponernos en marcha y, al levantarnos llevábamos adheridas en las partes
traseras briznas de hierba y restos de tierra. Antes de vestirnos nos
sacudíamos llevando las manos hacia atrás, pero la dificultad inherente a la
operación fue subsanada decididamente por el capellán. “Espera, que te ayudo”.
Fue limpiándome con sus manos espalda, culo y piernas. Esta vez sí que tuve
permiso para actuar a la recíproca, y por primera vez pude deslizar mis manos
por el velludo reverso, experimentando nueva excitación.
La vuelta al cuartel,
ya cuesta abajo, fue mucho más cómoda. Yo estaba tomando conciencia a marchas
aceleradas de que mi interesado y utilitario acercamiento al capellán estaba
evolucionando a un fuerte atractivo sexual, que se exacerbaba con las licencias
desinhibidas que aquél prodigaba. Incluso me asaltaba la duda de si podría
estar siendo objeto también de una sutil maniobra de seducción o de si todo no
eran más que erróneas interpretaciones producto de mis fantasiosos deseos. Me
atreví a aprovechar la caminata para plantearle al capellán, bajo la capa de
cuestiones morales, reflexiones que me habían asaltado a raíz de lo acontecido
en la excursión. “Padre, con motivo del bienestar sentido tras el baño, me
asaltó un fuerte deseo de masturbarme”. “¿Te crees que no me di cuenta? Pero no
lo hiciste…”. “Padre, delante de usted cómo lo iba a hacer…”. “De todos modos
es un impulso muy humano y, a fuerza de ser sinceros, te reconoceré que yo
también lo experimenté”. Me arriesgué un poco más. “Tal vez influyó estar los
dos como estábamos…”. El capellán guardó silencio unos segundos, aunque no
pareció sorprendido. “La naturaleza humana va como va… y los dos estábamos a
gusto ¿no?”. La conversación iba por buen camino para mí ¿O mejor aún para el
capellán, que llevaba las riendas?”. “Con usted me siento muy bien, padre, y
con toda la confianza que me tiene”. “Bueno, la confianza es mutua ¿no te
parece?”.
En éstas habíamos
llegado al cuartel y el capellán dijo: “Ahora lo que nos hace falta es una
buena ducha”. Hice amago de irme a la zona de reclutas, pero el sacerdote me
retuvo. “No, hombre, no. Puedes usar mi baño cada vez que quieras… Pero no lo
digas por ahí”. “Pues se lo agradezco… Y por supuesto con discreción”. En las
dependencias privadas ya no tuvimos ningún reparo en desnudarnos los dos. “Usa
tú primero la ducha”, ofreció el capellán. “Yo voy a afeitarme para la misa de
esta tarde”. Así que estábamos en una escena de lo más íntima: yo bajo la ducha
sin cortina y el capellán al lado, con la barriga apoyada en el lavabo,
repasándose con la maquinilla. Acabó él primero y aguardó sonriente mis últimos
enjuagues. “Te ha cogido mucho el sol. Tienes la piel enrojecida”. Me alargó
una toalla. “Sécate. Voy a ver si tengo algo por aquí”. Cogió un pote de crema
y se untó las manos. “Esto te irá bien”. Empezó a extendérmela por los hombros
y la parte alta de la espalda, pero al llegar al culo me dio un cachetito y
dijo: “Aquí no te ha dado casi el sol. Como estabas boca arriba”. Entonces pasó
adelante. Sus manos me recorrían el pecho lubricándome el vello y bajaban por
la barriga. Eludió el sexo, pero untaba los muslos ahondando en la entrepierna.
“¡Huy, padre, que ya sabe lo que pasa!”, previne ante la inevitable erección
que iba teniendo. Ni en las más locas de mis fantasías habría imaginado que un
cura en cueros, gordo y peludo me iba a estar tocando así. “Si aún voy tener
que hacer la buena acción del día…”, fue la réplica imprevista, mirándome con
ojos brillantes. Con una mano grasosa tomo posesión de la polla para irla
frotando. “Si no lo hago yo, lo acabarás haciendo tú”, fue su curiosa
justificación. El ritmo que le daba a la mano, me sacaba de mis casillas, con
las piernas temblándome. No paró hasta que el semen brotó en varios tiempos.
Sacudiendo la mano, el capellán comentó: “Ves qué bien ¿A que te has quedado
más tranquilo?”. “No me lo esperaba,
padre… Pero en la gloria”.
“¡Venga, que aún me
tengo que duchar yo!”, zanjó el capellán entrando en la bañera. Me senté sobre
la tapa del wáter, para reponerme y tratar de procesar en mi mente todo lo
sucedido hasta entonces. Aunque aliviados mis ardores, el deseo de aquel cuerpo
que se remojaba se mantenía incólume. “¿Querrá que le ponga crema también,
padre?”, dije con todo el doble sentido que la pregunta encerraba. La respuesta
fue clara. “Yo tengo la piel más dura. Pero ya puestos, si quieres
enjabonarme…”. La propuesta era seductora, así que di un salto para hacerme con
el jabón. No hubo zona del cuerpo que no recorriera con mis manos, enredando
los dedos en el abundante vello y ahondando en los recovecos. La pasividad
complaciente del mosén me incitaba aún más. Habría sido insólito que la verga
de éste no se llegara a alzar brabucona. No pude menos que preguntar: “¿Le hará
bien un alivio, padre?”. “¡Ay, la carne es débil!”, me replicó como si hiciera
una cesión. Puse en juego todas mis artes masturbadoras, ayudado por la fluidez
jabonosa. El capellán resoplaba y crispaba las manos como garras en mis
hombros. La descarga fue abundante y explosiva. Toda su humanidad acabó
teniéndose que apoyar en la pared de baño para que las piernas no le fallaran.
Cuando recobró el resuello sentenció: “Ya ves las consecuencias de la excursión
de esta mañana…”. “¿Tan malas han sido?”, pregunté desorientado. “¡En absoluto,
hijo, en absoluto!”. Celebramos poco después la misa en la mayor compenetración
y casi solos.
Durante unos días
pareció que el capellán marcaba distancias conmigo. No me reclamaba a sus
habitaciones ni me daba oportunidades de hablar en privado. Ya no es que
temiera perder sus favores y, con ellos, los privilegios de que disfrutaba,
sino que sobre todo me apesadumbraba el cambio de actitud del capellán por la
fuerte atracción que por él sentía, por no llamarlo enamoramiento. Llegué casi
a culpabilizarme del desarrollo de los acontecimientos y no veía la forma de
enmendarlo. Abrumado por el desasosiego, decidí buscar al menos una
explicación. Me armé de valor y llamé a la puerta del capellán. De momento me tranquilizó
ser recibido con una naturalidad cordial. “Tú dirás…”, dando pie al diálogo. “Es
que tengo mala conciencia por si, por mi culpa, llegamos a una situación
incómoda para usted…”. Me interrumpió. “Siento que te hayas hecho esa idea, que
no puede ser más equivocada. Si sabes perfectamente que era yo quien te
provoqué con descaro hasta llegar a aquello…, que por cierto fue estupendo. La
cuestión es algo más complicada. Tu inclinación me resultó evidente desde el
principio, así que no es que me pese haberte corrompido. Pero también me queda
claro que tu experiencia sexual es aún muy limitada…”. Se tomó un respiro para
medir bien sus palabras. “. Mira: fue muy bonito jugar con nuestros cuerpos y
llegar a esa doble masturbación; no lo niego. Pero al venir culpabilizándote,
no me queda más remedio que serte sincero. Lo que me ha frenado es precisamente
que, en lo más profundo, desearía hacer mucho más contigo. Con más crudeza lo
diré: ir recorriendo todas las modalidades del sexo entre hombres. Y me abrumaría
la responsabilidad de interferir en la evolución natural de tu sexualidad siendo
aún tan joven”. Pareció haberse descargado de un gran peso. Entonces yo,
conmovido por tan sincera confesión, traté de contrarrestar los reparos del
capellán con toda mi capacidad de argumentación. “No sabe cómo le agradezco que
se haya abierto de esa forma ante mí. Pero si conoce que mi inclinación sexual
es tan clara para mí como la suya misma, también debería admitir que no me
perjudicaría en absoluto, sino todo lo contrario, avanzar en mi experiencia de
su mano, de mucha más garantía para mí que los bandazos que pueda depararme a
vida”. Respiré a fondo, asombrado yo mismo de lo que acababa de soltar. El
capellán entonces, mirándome con ternura, me cogió una mano. “¡Mira que eres
listo, muchacho!”, exclamó rebajando la tensión. Enseguida sin embargo volvió a
ponerse serio. “¿Pero, y mi profesión y el lugar en que estamos?”. También se
me ocurrió una respuesta. “Para lo segundo, la discreción que estamos sabiendo
mantener y, para lo primero, ¿hacemos daño a alguien?”. “¡Hijo, no hay quien te
gane en dialéctica!”. “¡Sí, padre!”. Lo que provocó un falso y cariñoso gesto
de darme un tortazo.
La entrevista quedó
sellada con un cálido y profundo beso. Pero en aquel momento no había tiempo
para más y la prudencia era ley para ambos. No cabía ya duda de que, tanto uno
como otro, ardíamos en deseos de consumar un encuentro ya sin subterfugios, en
el que me entregaría a cuantas experiencias me abriera mi querido maestro. La
ocasión se presentó a los pocos días. El capellán notificó que tenía previsto
pasar la jornada clasificando y poniendo al día sus archivos. Para ello
necesitaba contar con mi ayuda, ya imprescindible. Acudí a la hora fijada con
el corazón latiéndome fuertemente. Ya no era, como otras veces, “a ver qué
pasaba”, sino con la certeza de que mi vida iba a entrar en un camino que
anhelaba más que nada. Nos aseguramos de que nada ni nadie pudiera sorprendernos,
cosa por lo demás bastante improbable, pues todos en el cuartel estaban ya
acostumbrados a los retiros del capellán, que no debían ser perturbados.
Tras fundirnos en un
abrazo inicial, fue toda una delicia para mí ser ahora quien desabrochara la
solemne sotana. A partir de ahí nos turnamos para quitar el uno al otro el
resto de la ropa, como si fuéramos a descubrir por primera vez nuestros
cuerpos. Ya desnudos, fue el capellán quien quiso tomar la iniciativa de
nuestro encuentro. Con manos sabias y boca ansiosa me fue recorriendo,
arrancándome gemidos de placer. Aprendida la lección, tomé el relevo para
imitarlo, con tanta vehemencia, que el capellán, risueño, tenía que frenarme.
Para la siguiente fase amatoria, me dejé conducir al dormitorio y allí ser
echado sobre la cama. Con delicadeza el capellán se inclinó sobre mí y, previas
lamidas por el entorno púbico y los testículos, tomó con su boca mi pene erecto
y húmedo. La calidez de las succiones que recibía en nada se parecía a la de alguna
que otra furtiva mamada que me habían hecho en la sordidez de un cine. A punto
de estallar mi placer, deseé ante todo dárselo yo también al capellán. Éste
dejó que conmutáramos las posturas y así tuve mi cara frente al admirado sexo
de hombre maduro. Chupé y lamí con tanta energía, que el capellán, riendo, hubo
de apaciguarme. “¡Para ya, que serías capaz de dejarme fuera de juego!”. Quedamos
los dos tumbados y, entre besos y abrazos, el capellán me susurró: “¿Te
gustaría penetrarme?”. No me lo esperaba, o tal vez no tan pronto, y la disponibilidad
que me ofrecía me emocionó. “Si crees que lo haré bien…”, repliqué en los
primeros tuteos de nuestra intimidad. “Con eso tan duro que tienes ahí me
volverás loco”, y el capellán me sobó la tiesa polla. A continuación se giró colocándose
boca abajo y resaltando el trasero. “¡Cómo me calienta este culo desde la primera
vez que lo vi!”, exclamé goloso. “Pues ahora es todo tuyo. Disfruta de él y
pónmelo a punto”. El primer impulso que sentí fue el de acariciar y comer
aquella oronda y velluda bóveda, simétricamente dividida en dos por la oscura
raja. Mis manos recorrían y estrujaban ambas medias esferas, y mi cara buscaba
el cosquilleo de los pelos. Con la lengua repasé la raja, primero por su
contorno exterior, pero luego ahondando cada vez más. Intuía la utilidad de la
saliva que expelí con profusión. “¡Muy bien, muy bien!”, oí decir orgulloso. Me
animé a usar un dedo que, tanteando, dio con el ojete. Le cosquilleé y luego se
lo entré. “¡Huy, huy, me estás abriendo!”. Y al poco: “¡Venga, atrévete ya!”. Comprobé
primero la dureza de mi polla y la dirigí a la oscuridad de la raja. Sentí que
la resistencia inicial cedía y me dejé caer hasta que mi vientre hizo de tope.
“¡Huy, cariño, cómo me has traspasado!”. Yo me había quedado inmóvil. “¿Lo he
hecho bien?”. “¡Dentro te tengo…, ahora bombea!”. Empecé a moverme cada vez con
más decisión y el frote en el cálido conducto me fue arrancando un intenso
placer. “¡Sigue, sigue, eres un hacha!”. “¿Te gusta?”. “¡Cómo te digo, estoy
ardiendo!”. Con los ánimos que me daba y la excitación que me invadía, sentí
que el placer me desbordaba. “¡Ya me viene!”. “¡Pues vacíate a gusto, que te
recibo!”. Tensado todo mi cuerpo, noté entre espasmos la rociada que pasaba de mí
a las profundidades del capellán. Caí de golpe sobre el generoso cuerpo y
enseguida inquirí: “¿Te he satisfecho?”. “¡Vaya con el novato! ¡Ha sido
maravilloso!... ¡Ven aquí!”. Me atrajo entre sus brazos y nos besamos con
dulzura. No pude abstenerme de querer saciar una morbosa curiosidad. “¿Habías
hecho esto muchas veces?”. “No creas… Y mi iniciación fue mucho menos grata.
Fui violado en el seminario”.
Yo sabía que todavía
no habíamos acabado. Llevé una mano hacia la verga del capellán y, en mis
caricias, noté cómo se endurecía. “Todavía te falta algo ¿verdad? ¿Querrías
tomarme?”. El capellán me besó. “No hay que ir tan rápido. Ya llegaremos a eso
y, si lo deseas realmente, probaremos”. La delicadeza con que me trataba me emocionó.
Entonces me fui deslizando hasta acercar mi cara a su verga. “De ésta sí que
puedo ocuparme ¿no?”. “No deseo otra cosa…”. Pasé de las caricias a las lamidas,
y de ellas a sorber desde el capullo a la base. “No corras mucho, que me has
dejado muy cargado y quiero disfrutarlo”. El capellán posó las manos en mi
cabeza y fue acompasando el sube y baja de la mamada. El delicioso saboreo del
que disfrutaba, comprobando la tensión de la verga en mi boca, hizo que mi
energía se reforzara. “¡Uf, cómo chupas, niño! ¡Estoy que me salgo!”. El aviso me
puso en guardia para recibir lo que tanto ansiaba. Pero el capellán de nuevo
mostró su prudencia. “¿Seguro que lo quieres en la boca?”. Mi cabeceo
afirmativo sin soltar la presa, dio paso a que, en pocos segundos, el denso
semen me anegara. Lo degustaba mientras tragaba, lleno de satisfacción. “¡Qué
barbaridad… y eso que no tenías práctica!”, se desahogó el capellán. “Con cariño
se aprende rápido…”, repliqué lleno de satisfacción.
Los dos tumbados muy
juntos íbamos transitando de la agitación a una dulce relajación. El capellán
declaró complacido: “Has sido una fiera… Me has dejado para el arrastre”. Sin
embargo yo me estaba inflamando de nuevo de deseo. “Pues mira como estoy yo
otra vez”, alardeé de la erección recuperada. “Así que vuelves a estar en pie
de guerra… No hay nada como ser joven”, comentó el capellán, él sí exangüe. “Tú
descansa”, le propuse, “Pero deja que me masturbe mirándote”. Me elevé sobre
las rodillas a su lado y él lánguidamente me iba acariciando. Contemplar su
cuerpo explayado ante mí era añadido estímulo para la excitación que me iba
dominando. Al dar signos de estar a punto de correrme, el capellán me incitó.
“¡Anda, échamela encima!”. Así que rocié el vientre de mi mentor y éste se
extendió lentamente la leche con su mano.
Aquí concluyó el
relato de mi confidente, en lo que para él constituyó una maravillosa ceremonia
de iniciación. También me contó que sus discretos encuentros habían tenido una
continuidad cada vez más satisfactoria en todo el tiempo que le restó de
estancia en el cuartel. Pero lo más emocionante fue el desenlace de la
historia. Al poco tiempo de ser licenciado y retomar sus estudios de derecho, el
capellán tomó a su vez importantes decisiones. Dejó el ejército y se
secularizó. Se puso a ejercer como abogado, puesto que tenía también la
licenciatura en derecho. Cuando mi interlocutor acabó la carrera, vivieron y
trabajaron juntos. En cuanto tuvieron la posibilidad legal se casaron, y así es
como siguen.

























