lunes, 2 de octubre de 2017

El hombre del carromato

Hace bastantes años, antes de la caída del muro de Berlín, formé parte de un equipo de investigación geológica que iba a estudiar una montañosa zona remota en un país eslavo. Por problemas burocráticos quedé rezagado del grueso de la expedición y tuve que incorporarme por mi cuenta. Ello me supuso calurosos viajes en anticuados trenes. El último que cogí iba a morir en un valle al pie de las montañas en las que iba a trabajar. Bajé con los  otros pocos pasajeros en lo que apenas podía llamarse estación, cargado con mi algo pesado equipaje. Sabía que de allí partía un autobús, de incierto horario, que me subiría a la última población de montaña, donde contactaría con mi equipo.

Frente a mí se desplegaba una mezcla de mercadillo de comestibles y almoneda de trastos viejos. Hacia un lado, me llamó la atención un rudimentario carromato al que se enganchaba un tristón caballo de raza pequeña. Pero lo que verdaderamente atrajo mi mirada fue la figura en escorzo de quien estaba apoyado en él. Un hombre grandote que, entre la gorra y unos pantalones bastante caídos, llevaba el cuerpo desnudo. Resaltaba el contraste entre la piel más clara que había estado protegida por una camiseta imperio y el resto enrojecido por el sol. Echado hacia delante, la raja del culo le asomaba en buena parte y la barriga se le desbordaba generosa por encima de cinturón. Como tengo la costumbre de fotografiar escenas pintorescas que voy encontrando, no dudé en disparar la cámara que llevaba colgada del cuello aprovechando que no me miraba. Es una foto que todavía conservo.

Por suerte, sabía defenderme bastante decentemente en el idioma local. Así que me dirigí al hombre para preguntarle dónde podría tomar el autobús. Me miró sonriendo con simpatía. “¡Uy! Hace un rato que salió… Ya no hay otro hasta mañana”. Tras ese contratiempo, volví a preguntarle si me podía indicar un hotel para pasar la noche. Se rio abiertamente. “¿Hoteles aquí? Ni fonda hay”. Ante mi manifiesto desconcierto, me ofreció: “Si quiere, en el granero de mi casa mi mujer y yo hemos puesto una habitación de huéspedes. A más de uno al que le ha pasado lo que a usted le ha hecho el apaño”. No tenía otra opción salvo pasar la noche al raso y el hombre, aparte de su provocativo aspecto, parecía buena persona. Así que acepté agradecido. “¡Ande! Suba los trastos y usted también, que hay para un rato”. Solo había un estrecho asiento en el que apenas cabían dos personas. Me senté dejando el mayor espacio posible, ya que el hombre también lo habría de hacer para llevar las riendas del caballo. Tras ajustarle las cinchas, saltó con fuertes crujidas del carromato y se acomodó junto a mí, dejándome comprimido. No podía tener más pegado su cuerpo desnudo.

Empezamos a salir del pueblo para tomar un camino cada vez más pedregoso y sinuoso. Los zamarreones que daba el carro eran nefastos para mi precaria estabilidad y me aferraba con fuerza al borde del asiento por el lado sin protección para no precipitarme por él. Al notar mis equilibrios, el hombre me dijo con toda naturalidad: “Páseme el brazo por detrás y así se sujetará mejor”. Seguridad ante todo. De modo que me agarré a sus chichas en un abrazo que me puso la piel de gallina. Acoplados de esa forma, el hombre se puso a perorar con una intencionalidad que de momento se me escapó. “En estos sitios abandonados por el Estado hay que apañarse como se pueda. No somos como ustedes los capitalistas… Ya ve el invento de la habitación para sacarnos unos cuartos de vez en cuando. Pocos, eh, no se asuste”. Se acomodó mi brazo a su cuerpo diciendo: “Así  vamos mejor ¿verdad?”. No me podía esperar lo que vino a continuación.

En un tono persuasivo soltó: “Yo le gusto ¿a que sí?”. Contesté ingenuamente: “Está siendo muy amable conmigo”. “No lo decía por eso… Si ya me he fijado en cómo me miraba el culo”. Mientras enmudecido pedía que me tragara la tierra, continuó: “¡Tranquilo hombre! Si me he alegrado… Ya le dije que aquí uno se apaña como puede y yo tengo un culo que puedo aprovechar”. “No lo sigo”. “¡Sí hombre! Que si a alguno le apetece me la puede meter”. “¿Pagando?”, pregunté perplejo. “¡Pues claro! No lo hago por vicio… Pero pido poco, no crea”. Estaba tan alucinado que me dio por indagar más. “¿Es lo que ofrece a los huéspedes que lleva su casa?”. “No a todos, que tengo buen ojo clínico… Pero éstos son muy pocos y no saco casi nada”. “¿Tiene más clientes?”. “En el pueblo ya me conocen todos… En las afueras hay unas tapias y allí vienen a follarme. Hasta algunos de más lejos. Dicen que disfrutan más que con la mujer… Ahora eso sí, siempre con condón, que no quiero coger una porquería”. ¿Su mujer lo sabe?”. “¡Naturalmente! Es un negocio, como la habitación… Mejor que ella haga de puta ¿no? Que además aquí estaría muy mal visto. Y bastante tiene con el huerto y los hijos”. Esta conversación, abrazado a él, no podía ser más comprometedora y, cuando estábamos llegando a la casa, el hombre concluyó: “Así que ya sabe…”. La verdad es que estaba en sus manos y no sabía lo que depararía mi estancia ¡Qué surrealista podía ser el mundo!

La mujer, una matrona tan oronda como el marido, pareció muy contenta de tener un huésped. Sin hablar apenas nos sirvió una cena modesta pero sustanciosa. Al terminar, el marido le dijo a la mujer: “Tú acuéstate, que yo me encargo de todo”. En ese todo pensé que incluía ‘todo’.

La habitación, que se veía que habían delimitado dentro del cobertizo, constaba tan solo de una cama baja y una lamparita en el suelo, pero las sábanas parecían limpias. “Bueno, lo dejo”, dijo el hombre, “Luego me asomaré por si se anima”. Balbucí una torpe excusa. “Estaré muy cansado…”. “¡Venga, hombre!”, insistió, “Si ese suplemento al alquiler de la habitación nos vendrá muy bien a mi familia y a mí”. “Ya le añadiría algo de todos modos”, concedí. “¡Eso no!”, me atajó, “No queremos caridad… Se paga lo que se hace”. No supe qué añadir ante su peculiar coherencia y ya me dejó solo. Me puse a quitarme la ropa, sin poder sacarme de la cabeza el ofrecimiento del hombre. Como tardaba, pensé que tal vez habría desistido. Pero cuando estaba ya tendido en la cama en calzoncillos, tras unos breves golpecitos en la puerta, la abrió.

Venía completamente desnudo. “He estado dándome un buen lavado”, explicó, “Y he traído esto”. Llevaba en la mano el envoltorio de un condón. Verlo así ante mí, empezó a echar por tierra mis prejuicios. Las tetas abundosas de marcados pezones y la prominente barriga se completaban con unos compactos huevos sobre los que reposaba la polla ancha y corta. El contraste del enrojecimiento de brazos y escote con la casi blancura del resto del cuerpo, que apenas matizaba un vello dorado, le daba un realce de lo más lascivo. Para colmo se dio la vuelta y me mostró el culo separando con las dos manos las gruesas nalgas. “¡Mírelo! Más limpio imposible y hasta untado con mantequilla”, me hizo observar orgulloso. Yo había sacado las piernas de la cama dudando si levantarme y él se fijó en mis calzoncillos. “¡Pero quítese eso! Si estamos entre hombres… O si lo prefiere se los quito yo. Los suplementos del servicio solo le costarán un poquito más”. De su pormenorizado cálculo mercantil  deduje que el precio base era el de darle por el culo. Todo lo que se añadiera, o más bien precediera, iría sumando. No por tacañería sino por bochorno, opté por hacerlo yo mismo y quedar también en cueros.

Aunque mi excitación estaba desatada, lo peculiar de la situación impedía que se reflejara en mi entrepierna. Desde luego no le pasó desapercibido. “Igual va a necesitar que lo ponga a tono. Tengo buena mano para eso… O boca, que no le hago ascos”. Así iba exponiendo sus extras. Como paso intermedio, se me ocurrió preguntar: “¿Puedo tocar?”. “¡Faltaría más! Menos darme de hostias, a su gusto”, dijo poniéndose a mi disposición. Lo primero que me apeteció fue echarle mano a las tetas. Aún frescas por el lavado, redondas y firmes, daba gusto palparlas. Cómo no, hubo la glosa correspondiente. “Gordas ¿eh? Mi mujer dice que más que las suyas”. Para concentrarme mejor en lo que tenía  entre manos habría preferido que hablara menos, pero era una vana pretensión. Bajé una mano al paquete y manoseé huevos y polla. Dejándose tocar advirtió: “¡Uy! Eso de ahí va a su aire… No se esfuerce, que se animará cuando quiera”. En efecto, el sobeo que le daba a la fibrosa polla la dejaba tal cual. Cosa lógica, me dije, tratándose de una transacción comercial.

Por mi parte, ya había empezado a empalmarme, pero no lo suficiente para el fin propuesto. “Ahora me encargo yo de usted ¿Cómo lo prefiere?”. Me dejé caer bocarriba en la cama. “¡Haz lo que se te ocurra”. Se sentó en el borde de la cama y se giró hacia mí. Me agarró la polla y la sopesó expertamente. “Bien hermosa que la tiene”. A dos manos me la frotaba, corriendo la piel y pasando un dedo por el capullo. Lo veía hacer con sus carnes rebosantes y su semblante concentrado. Desde luego me la había puesto dura, pero ofreció tentador: “¿Lo animo un poquito más?”. Sabía a lo que se refería y acepté. Bajó la cabeza y me sorbió directamente la polla. Sus chupadas y revoloteos de lengua eran tan eficaces que, de buena gana, ya me habría dejado ir dentro de su boca. Pero me frenaba el temor a decepcionarlo si le privaba de lo que para él debía ser su prestación estrella y justificante de todo lo demás. Él mismo supo cuándo había de parar. “A punto ya ¿no?”. No olvidó coger el condón. “Yo se lo pongo”. Me lo encajó con precisión mientras calculaba la operación. “Si me subo encima, lo voy a aplastar con lo gordo que estoy. Así que me pondré debajo”.

Con agilidad se tumbó en la cama desplazándome del centro y con el culo realzado. “¡Hala! Aquí lo tiene”. Parecía increíble que, de aquella media raja que había llamado mi atención nada más salir de la estación, hubiera pasado de forma rocambolesca a tenerla ahora entera a mi disposición. Me arrodillé entre sus robustas piernas y, enervado, le di contenidas palmadas a las dos nalgas. “Si eso lo entona, no se prive”, oí, “Que las tengo duras”. Repetí con más energía, pero enseguida tiré de las caderas para poner el culo más elevado. Él cooperó plegándose sobre las rodillas. “Así mejor ¿no?”. Sin dudarlo ya, apunté y me clavé. La fluidez de la mantequilla y la elasticidad de conducto me la engulleron al completo. “¿Ve qué bien?”, dijo sin inmutarse, “¡Arree sin miedo!”. Lo hice con todas las ganas y con breves interrupciones para no precipitarme. Al compás de mis embestidas, creía percibir leves sonidos guturales que no llegaban a gemidos y quise convencerme de que algo debería sentir. Me concentré en lo mío y no tardé en notar que la corrida electrizaba todo mi cuerpo. Me quedé parado y preguntó “¿Ya?”. Como respuesta me derrumbé a su lado. El condón doblaba su extremo lleno de leche. Enseguida se puso de rodillas para quitármelo sin derramar ni una gota.

Me sorprendió ver que, entre sus muslos, la polla estaba bastante más crecida. Captó mi mirada y dijo: “Si es lo que me pasa… Me zumban por detrás y ésta se me llena”. Se la agarró con una mano y la zarandeó. “Si ya está a punto… Ahora va a ver”. ¿Habría otro suplemento? Preventivamente cogió la toalla que había a los pies de la cama y se la puso bajo las piernas. “Luego se la cambio”. Me pareció una verdadera proeza que, sin manos y solo apretando como si fuera a hacer otra cosa, la polla empezara a soltar sucesivos chorros de leche abundante y espesa. Al acabar resopló con fuerza, envolvió la toalla y se limpió los restos de la polla. Ante mi cara de sorpresa, se ufanó: “Cuestión de práctica… No se ríen ni nada los colegas cuando lo hago después de que me hayan follado”. La anécdota no hizo más que aumentar mi asombro.

Bajó de la cama con la toalla arrugada en la mano. “Ahora le traigo otra”. “¡No, no!”, me apresuré a rechazar porque ya necesitaba un poco de tranquilidad, “Ya me la dará mañana”. “Descuide… Lo despertaré temprano para que no pierda otra vez el autobús”, dijo sin salir todavía. “Muchas gracias y buenas noches”, quise cortar ya. “Las gracias a usted… Y ya ajustaremos cuentas”. Al fin me quedé solo y, tal como estaba, me fui adormilando con el insólito polvo dándome vueltas en la cabeza.

El hombre vino a despertarme puntual. Traía la toalla y una jofaina con agua. Al dejarlas no hizo alusión a la desnudez en que me había dormido. Él llevaba el pantalón del día anterior, pero se había puesto la camiseta imperio, tan corta que le dejaba al aire el ombligo. “El desayuno ya está servido”, informó, “Afánese para que vayamos con tiempo”. Ya no vi más a la mujer y desayuné solo, pues el hombre se sentó a mi lado con una hoja de papel en la que había escrito una larga lista. Además del alojamiento y la alimentación, me sorprendió que había pormenorizado con una precisión extrema todos y cada uno de los actos que fueron complementando la follada. Me preguntó: “¿Se lo calculo al detalle o hacemos números redondos?”. Preferí lo segundo para evitar el recordatorio y la verdad es que no salí demasiado mal parado. Me marqué el farol de ofrecerle: “¿En moneda local o en dólares?”. Se le iluminó la cara y contestó en seguida: “Mejor dólares, si puede ser”. Pensar que me había tildado de capitalista…

El viaje de vuelta fue tan ajetreado como el de ida. Ya no tuve el menor reparo en agarrarme cómodamente al cochero. Al fin y al cabo bien que le había pagado. No hablamos mucho, sin aludir para nada a lo sucedido en la habitación. Solo al llegar al pueblo, donde estaba haciendo tiempo el autobús, mientras me estrechaba cordialmente la mano, me hizo un guiño. “Si ha de volver por aquí, ya sabe. Casa y lo otro, si le apetece”. Cuando me encontré por fin con mis colegas, les di una versión, por supuesto censurada, de la amabilidad con que había sido tratado. Al acabar los trabajos, ya fue una marcha organizada y no tuve ocasión de volver a ver al hombre con el carromato. ¿Qué sería de él con los cambios políticos y sociales que al poco tiempo se produjeron en su país? Era una pregunta que me hacía con frecuencia.

sábado, 1 de julio de 2017

Porno duro y sus consecuencias

Un amigo que trabaja en un estudio fotográfico  como encargado de la iluminación me contó que, de vez en cuando,  tenían sesiones con modelos para revistas y webs, algunas especializadas en osos y hombres maduros. Cuando le comenté que me encantaría poder asistir a alguna, me aseguró que ya lo arreglaría. “No te puedes imaginar la de gente que interviene en el equipo. No será difícil camuflarte por allí”. A los pocos días me avisó. “Vas a estar de suerte, porque mañana es un día de mucha actividad. Aparte de las fotos, se van a rodar algunos vídeos cortos. Así que habrá bastante movimiento… Tú vienes conmigo y pasarás desapercibido echándome una mano de vez en cuando con los focos”.

Llegamos a un gran  loft  y aquello, más que un estudio fotográfico, parecía una feria. Técnicos, creativos, ayudantes…, incluida una maquilladora. Todos se movían de un lado para otro, dando instrucciones o sugiriendo cambios. Había telones intercambiables y hasta un jacuzzi que parecía en funcionamiento real. En lo que a mí me interesaba, traté de adivinar quiénes serían los modelos. Porque tíos buenos había bastantes, unos bien trajeados y otros en plan más informal. Mi amigo me susurró: “Prepárate porque los de hoy son de sobrepeso, como a ti te gustan”.

Mi primera sorpresa fue que, entre tanto trasiego, apareciera de pronto de detrás de un telón un tipo ya completamente en cueros ¡Y vaya tipo! Próximo a los cincuenta años, alto, entrado en carnes y velludo, no tenía desperdicio. Lo que más morbo me daba era la naturalidad con que se movía por allí, curioseando en los preparativos. “¿Ya estás tú así?”, le dijo un técnico. “Para irme ambientando…”, replicó el otro. “Pero no te la vayas a poner dura todavía, eh. Que aún te falta”, le advirtió el técnico. El hombre siguió por allí tan tranquilo entre todos los que estábamos vestidos. Se acercó a una nevera en que había bebidas, cogió una lata y, con el culo apoyado en el borde de la mesa, quedó a la espera.

Me distrajo la atención el que debía ser el jefe del cotarro, un gordo hiperactivo y con ropa algo estrafalaria, quien dio unas palmadas y llamó al orden. “¡Venga, vamos a empezar! ¿Cuál es el primero?”. Se adelantó hacia la zona fuertemente iluminada un individuo que nunca hubiera pensado que se dedicara a estos menesteres. Con aspecto de alto ejecutivo de una multinacional, por su porte de cincuentón macizo y canoso y el impecable traje que lucía, prometía delicias fuera lo que fuera a hacer. Rodeado por varios individuos provistos de cámaras y hasta otro con una de vídeo –seguramente para el making of–, se dejó fotografiar en estudiadas posturas, hasta que el director dijo: “Ahora ya te vas quitando cosas… Y ponle morbo ¿de acuerdo?”. El proceso fue largo y desde luego morboso porque, como si se desnudara en su dormitorio, iba haciendo aparecer una maravilla de cuerpo, con buenas tetas sobre una barriga generosa, todo con un vello de perfecta distribución. Llegó a quitarse el eslip con estudiada calma y, aun sin estar empalmado, lucía un conjunto de huevos y polla que me hizo entender por qué se dedicaba a estas tareas. La excitación que me estaba produciendo el ir viéndolo se mantuvo hasta que se interrumpió la sesión. Una vez que llegó al desnudo integral, se le concedió una pausa. El director le dijo: “Vas estupendo… Descansa ahora un rato para la segunda parte, en la que vas a tener que estar en forma”. El modelo comentó muy profesional: “Igual me cuesta empalmarme”. “Eso ya lo arreglaremos”, contestó el director.

Aquí fue cuando empezó lo que me resultó todavía más curioso. El modelo, en cueros tal como había quedado, salió del set y, con total desinhibición, se dedicó a circular por el loft hablando animadamente con el personal. “¡Uf! Qué calor he pasado vestido bajo los focos”. Parecía que la fotogenia de sus  bajos le preocupaba, porque le preguntó al jefe: “¿Tú crees que daré bien en los primeros planos?”. “¡Sí, hombre, sí! Cuando te animas se te ve preciosa”. “¿Me la pondré a tono yo o tendré ayuda?”. “De todo habrá… Ya iremos viendo”. Más tranquilo se dirigió a la maquilladora. “¡Ven guapa! Dame con algo para quitar el sudor”. La chica, muy profesional, se puso a frotarle por todas partes con una toallita. Él presentaba su estupendo cuerpo levantando los brazos y girándose. Envidié a la maquilladora con inquina, viéndola restregar aquel pecho velludo, aquellos sobacos, aquella espalda recia, aquel culo esplendido, aquellos muslos rotundos..., e indiferente al paquetón ante sus narices. El desparpajo con que un hombre así, maduro y robusto, alternaba en pelotas entre tanta gente vestida, que lo veía tan natural, era lo que más cachondo me ponía.

Casi me había olvidado del primer tío desnudo que había aparecido, que no desmerecía en absoluto y ahora estaba despatarrado sobre una butaca junto a la nevera. El que acababa de ser fotografiado se acercó a él y yo, con los ojos como platos y el oído atento, no quise perderme su encuentro y pululé con disimulo cerca de ellos. Se saludaron muy amistosos. “¿Qué tal te ha ido el striptease?”, preguntó el sentado. “Un poco coñazo quitarme tanta ropa… Luego solo aprovecharán unas pocas”, contestó el que seguía de pie sacando una bebida de la nevera. “Pues a mí me acaban de avisar que el tío al que me tenía que follar está con gripe”. “¿Entonces hoy no haces nada?”. “Algo se les ocurrirá. Éstos quieren aprovechar el tiempo”. “A mí me toca enseguida la segunda parte… Me costará más porque tendré que empalmarme y hasta correrme”. “Pues a mí, en cuanto me pongo ante los focos, se me pone dura enseguida”. “Tú tienes más costumbre… A mí se me encoje”. A esta conversación sobre tan peculiares cuestiones profesionales de los dos hombretones en pelotas se añadieron el director gordo y un técnico. El primero preguntó al que había posado: “¿Qué, estás listo para la segunda parte?”.

El modelo buenorro se dirigió disciplinadamente a un nuevo decorado que le habían preparado. En un sofá iba poniendo variadas posturas, sentado, estirado, vuelto de espaldas…, que adornaba tocándose voluptuosamente las tetas, el culo y, sobre todo, la entrepierna. El director ordenó un “¡Corten!” para detener a filmación y le preguntó al modelo: “¿Podrás ponerte en forma ya?”. El hombre empezó a meneársela pero, a pesar de sus esfuerzos, solo llegó a ponérsela morcillona. “No tengo el día”, se disculpó. Entonces el director soltó en tono algo airado: “Si no fuera por ese cuerpazo que tienes…”. Y con decisión se fue hacia el modelo. “Ya me encargo yo”. Con todo su volumen se agachó ante el otro y avisó en general: “¡Esto no lo vayáis a filmar, eh!”. Pero yo sí que no quitaba ojo. El director, con manos expertas, frotaba la polla y cosquilleaba los huevos. “Mejor así ¿no?”. El otro asentía. Pero, para asegurar la faena, el director, sin la menor vacilación, cambió las manos por la boca y chupó unos segundos la verga que, cuando se apartó, había dejado bien dura y brillante. “Mira que guapa te ha quedado”, dijo satisfecho, “Ahora sigue tú”. Se levantó y mandó que siguieran las tomas. El modelo, espléndidamente empalmado, se exhibió ya a base de bien, manoseándose la polla con voluptuosidad y siguiendo con una enérgica masturbación, que culminó en una abundante y vistosa emisión de leche. El director lo alabó: “Es que cuando te pones eres único”. La maquilladora acudió rápida con unas toallitas húmedas para que el modelo se limpiara.

Al parecer no había vestuarios, por lo que el hombretón, una vez acabada su faena se dirigió a un colgador de perchas ambulante donde, al lado del traje completo que antes había usado, estaba la que debía ser su ropa más informal. Sin embargo no pudo echarle mano porque el director fue corriendo hacia él. “Espera un momento… Es que tenemos un problema y vamos a ver cómo lo arreglamos”. El modelo puso una expresión contrariada, pero el director siguió con tono que pretendía ser persuasivo: “Es por tu compañero de ahí…”, dijo señalando al primer modelo que había visto yo al llegar y que seguía pacientemente en la butaca, “El que tenía que hacer el vídeo con él está enfermo y no podemos dejarlo colgado… Habría que volver otro día para montar todo el follón… con el gasto que eso supone”. El modelo que, al igual que yo, sabía ya no solo lo de la gripe sino también el papel que le hubiese correspondido al enfermo, anticipándose a la propuesta del director objetó: “Yo ya he cumplido con lo mío”. “Lo sé, cariño”, lo aduló el director, “Desde luego cobrarás aparte y, además, el sexo en vivo a dos se paga mejor”. Por mi parte era una delicia observar esta transacción laboral entre un gordo vestido y un tío buenísimo en pelotas. Éste alegó de nuevo: “Es que hoy no creo que vaya a poder funcionar otra vez”. “Ni falta que hace”, replicó el director dándole un cariñoso toque en la barriga, “Quien tiene que estar en forma es el otro… y ya sabes que no le cuesta lo más mínimo”. “O sea, que me van a dar por el culo ¿no?”, resumió el modelo. “Eso no será un problema para ti ¿verdad?”, contestó el director ahora más severo, “Los que os dedicáis a esto no podéis ir con remilgos”. El modelo pareció transigir y, viendo ganada la partida, el director volvió a los halagos: “Si casi te prefiero al que no ha venido… Lo vais a bordar”. Llamó con un gesto de la mano al que estaba esperando, que se unió rápido a ellos cimbreando su no menos apetitoso corpachón desnudo. El director se desplazó con los dos modelos cogidos del brazo y, en una breve alocución que ya no alcancé a oír, les debió dar instrucciones sobre el guión previsto.

Los actores se tomaron una pausa mientras los técnicos ponían a punto el jacuzzi, que sería donde se llevaría a cabo la acción. Como habían vuelto a sacar bebidas de la nevera, pude espiarlos de nuevo. “Al final me ha tocado a mí remplazar a tu compañero”, comentó el que ya se había corrido. “Creo que contigo voy a estar más motivado, con ese culo tan bien puesto que tienes”, reconoció el otro. “No es que me importe que me folles, pero este director pide demasiado para una sola sesión”, se quejó el que tenía que hacer doblete. “Solo piensan en aprovechar el tiempo, pero al menos no me voy hoy de vacío”, dijo el que había estado inactivo. “¿Ya sabes cómo te correrás?”. “A ver qué le gusta al jefe, si dentro o fuera, para que resulte más vistoso”.

Ya fueron reclamados para entrar en acción, que se desarrollaría en torno al jacuzzi, ya en plena ebullición. Para mi suerte, el amigo que me había traído, y que regulaba la iluminación, se las apañó para hacer el paripé de que le sujetara un foco, con lo que pude tener una visión privilegiada del rodaje. Mientras, los actores se habían puesto sendos albornoces con una marca de hotel. Para la filmación había dispuestas dos cámaras que captarían el plano general y los detalles en zoom. Una vez que el director dio la orden de empezar el rodaje, el que iba a tener el papel  más pasivo entró en el encuadre, se quitó el albornoz, mostrándose en todo su esplendor, y se acercó al jacuzzi. Descendió unos escalones y se detuvo como si comprobara la temperatura con la mano. Al echarse hacia delante dio ocasión para que su orondo culo se resaltara. Bajó más y se detuvo en el centro todavía de pie. El nivel del agua era el justo para que las burbujas hicieran bailotear la polla, de lo más vistosa aun estando sin erección. Al fin se sentó y expresaba su relajada satisfacción acariciándose las tetas y luego dejando las manos cruzadas tras la nuca. Así, cerró los ojos, momento en el que entró en juego su compañero de rodaje. También se desprendió del albornoz, dando una imagen no menos impresionante que el otro. Miró al que estaba en remojo, quien pareció no haberse dado cuenta de su llegada, y en lugar de entrar en el jacuzzi, lo que hizo fue sentarse hacia dentro en el borde con las piernas en el agua y encarado de este modo al otro, que de momento seguía adormilado. Con los muslos bien abiertos, dejaba que las borbollas le juguetearan con los huevos y la polla, mientras miraba sonriente al relajado que por fin abrió los ojos percatándose de no estar solo. Miró a su vez al recién llegado con curiosidad, que se trocó en admiración cuando la polla exhibida –y esto debía ser una de las virtudes de ese actor– se fue poniendo dura por sí misma. El provocador persistió echando el cuerpo hacia atrás apoyado en las manos. Con lo cual la polla se le empinaba más ostensivamente. El que estaba dentro del agua sonrió a su vez y fue desplazándose lentamente para cruzar el jacuzzi. Solo con la cabeza fuera del agua, ya entre las piernas del sentado, sacó una mano y la llevó a la polla que se erguía ante él. Palpó su dureza y el otro se estremeció con complacencia. La manoseaba y pinzaba el capullo, hasta que se decidió a tomarla con la boca. La chupaba con deleite, pero también la sacaba de vez en cuando para que se captara el efecto de la mamada. La frotaba y volvía a chuparla, mientras recibía caricias en la cabeza y los hombros. Me temblaban las piernas mientras fingía estar concentrado en la sujeción del foco. Aunque también vi que el director, atento a la acción, se manoseaba sin disimulo la entrepierna.


De pronto la situación dio un vuelco, que sería conforme al guión establecido. El sentado se deslizó dentro del jacuzzi y echó los brazos al otro. Con medio cuerpo fuera del agua se abrazaban y sobaban, fundiéndose asimismo en besos ardorosos, en los que procuraban hacer visibles los enredos de lenguas. El que había bajado, con un movimiento brusco, hizo girar a su compañero que se alzó sobre las manos en el borde del jacuzzi e, impulsado por detrás, quedó con medio cuerpo volcado al exterior. El culo objeto de deseo quedó así expuesto a la lujuria del empalmado. Éste previamente agarró las nalgas y las separó. Acto seguido hundió la cara en la raja y se afanó en una comida de culo de antología. Daba intensos chupetones y estiraba la lengua para profundizar más. Luego se puso a meterle dedos y el otro se agitaba y contraía con mezcla de placer y dolor. Seguramente sus suspiros y gemidos, que no parecían fingidos, serían captados por la grabación. Debía haber un truco en el fondo del jacuzzi que permitió que el de atrás pudiera tener la polla  justo a la altura del punto más crítico de la raja recién lamida. Certeramente la clavó y el atacado se estremeció  muy espontáneo. La follada no se quedó atrás en espectacularidad, con un mete y saca bien visible que zamarreaba las orondas carnes de que la recibía y cuyos gimoteos hacían de música de fondo. Sin embargo, en pleno fragor de la jodienda, el atacante se detuvo y levantó una mano. El director ordenó “¡Corten!” y prestó atención. “¿Cómo quieres que me corra?”. Era un punto que no debía estar claro en el guión. “Mejor que se vea salir la leche… Tú ya sabes hacerlo”, contestó el director. Se reanudó la acción donde había quedado y, tras unas enérgicas arremetidas finales, la polla salió del culo y, posándose en la rabadilla, expelió chorros de leche que se dispersaron sobre las anchas espaldas del follado. Quedaron los dos quietos mientras la polla se iba retrayendo y el director pronunció el “¡Corten!” final. Se levantó entusiasmado. “¡Joder! Lo habéis bordado… El montaje va a quedar de maravilla”. Los dos actores chapoteaban ya en el jacuzzi con la satisfacción del deber cumplido. Al salir recuperaron los albornoces, más que nada para secarse. El director se mostró magnánimo: “¡Hala! Podéis marcharos. Ha sido una sesión muy completa… Ya haremos las cuentas”.

Si la película había acabado, no fue así para mí. Resultó que, obnubilado como estaba, olvidé toda discreción y seguí como un autómata detrás los dos hombres sin ser capaz de perderlos de vista. Ellos ni repararon en mí cuando, desprendidos de los albornoces, cambiaron impresiones mientras recuperaban su ropa de calle en el colgador ambulante. “Al final no ha resultado nada mal ¿verdad?”, dijo el que había follado. “No. Me lo has hecho muy bien, como siempre”, contestó el otro. Aunque añadió algo de lo más inesperado. “Lo malo es que me voy a llevar una bronca de mi mujer. Tenía que llevarla a un sitio y mira lo tarde que se me ha hecho”.

El que sí que reparó ahora en mí fue el director, que me pillo en pleno espionaje indiscreto. De pronto, poniéndome una mano en el hombro por atrás, dijo: “¡Oye, tú!”. Me volví sobresaltado, aunque su expresión era más de curiosidad que de enfado. ”Tú eres nuevo por aquí ¿no?”, me preguntó. Farfullé una explicación: “Bueno, he venido a echar una mano con la iluminación”. Comentó irónico: “Pues más bien me ha parecido que ibas todo el rato como alma en pena”. El que me hubiera estado observando me puso todavía más nervioso y traté de excusarme: “Es que todo esto es muy nuevo para mí…”. Rio y afirmó astuto: “Yo diría más bien que te has colado y no me niegues que te lo has pasado en grande”. Desarmado, no pude más que sincerarme: “La verdad es que tenía muchas ganas de ver algo así en vivo y he aprovechado el ofrecimiento de un amigo”. “¡Vaya, vaya!”, siguió divertido, “Va a resultar que tenemos gustos parecidos”. Declaré casi sin pensarlo: “¡Qué tíos más increíbles trabajan aquí! …Y todo auténtico”. Rio con ganas  y volvió a ponerme una mano en el hombro, ahora por delante. Propuso algo que no me podía esperar. “Si no tienes prisa ¿te importaría acompañarme a mi despacho? …Me gustaría que habláramos con más tranquilidad”. No podía sino aceptar e, intrigado, fui con él, mientras los técnicos y demás personal parecía que iban plegando velas, incluido mi amigo, que no podría entender lo que pasaba.

Así pues entramos en el despacho, más bien un cubículo, y el director se cuidó de cerrar bien la puerta. Por la forma en que había ido pasándome la mano por detrás al guiarme, no me pudo sorprender demasiado que, sin más preámbulos, directamente me echara mano al paquete. “Lo debes tener todavía muy alborotado”. Podía pensar que, en el comportamiento del director, había un cierto acoso, al aprovecharse de haberme pillado en falta, pero la verdad era que la situación no me estaba desagradando. Por eso me descaré también, aunque sin tocarlo todavía. “No más que tú… Ya te vi poniéndote orden por ahí abajo mientras tus actores se desfogaban”. Su risa volvió a brotar. “Me halaga que aún tuvieras ojos para mí con lo interesado que estabas por lo que pasaba en el jacuzzi”. Quise aclarar: “Lo que no sé es qué pinto yo aquí con la de tíos buenos que te comerán en la mano”. Fue muy claro. “Digamos que prefiero no mezclar el trabajo con el placer… Además me gustan las novedades y tú me has caído bien”. Calculé que a mí, cuarentón y algo llenito, bien podría considerarme dentro de la gama de hombres que le atraían. No en vano habría dicho lo de que teníamos gustos parecidos. Por mi parte, aunque al principio me había chirreado la camisa chillona y el collar étnico de abalorios que lucía con su gordura el director, cada vez empecé a encontrarlo más apetitoso, sin que desmereciera en absoluto en comparación con los actores. Pareció adivinarme el pensamiento porque añadió: “Tal vez yo no te haga tilín después de lo que has visto”. Repliqué en tono de broma pero con toda la intención: “Aún no te he visto desnudo, que es lo propio de esta casa”. “Si es por eso…”, dijo satisfecho por el avance de sus planes, “No tengo prejuicios precisamente”. Pero cuando empezó a desabrocharse la camisa, se detuvo de pronto. “Supongo que se tratará de un quid pro quo ¿no?”. En respuesta empecé a quitarme también la ropa.

Nos mirábamos excitados por el descubrimiento progresivo de nuestros cuerpos sin tapujos, ansiosos de llegar al dictamen final. El director no vaciló al quitarse la última prenda, unos bóxers floreados que casi tapaba con su barriga. Se desprendió hasta del collar y así, en su rotundidad de hombre maduro, algo pasado de carnes, pero compacto y velludo, supe que conseguiría de mí lo que quisiera. Asimismo, en su mirada escrutadora, percibí una aprobación que confirmaría su intuición inicial que le llevó a traerme hasta aquí. Quise darme el gusto de devolverle el descarado recibimiento que me había hecho nada más entrar en el despacho y le eché mano al sexo, ahora sin protección de ropa. Se encogió sin rechazarlo. “¡Uy! No compares con lo que has visto antes”. Estaba yo tan subido que me lancé a empujarlo para hacer que se echase sobre una especie de sofá bajo. “No comparo, sino que imito”. El director reía divertido y se dejaba hacer. Seguramente pensaba que yo sería más tímido.

Me agaché y empecé a manosearle los huevos, gruesos y bien encajados entre el pelambre. La polla, corta y ancha, respondía a mis estímulos y, cuando me la metí en la boca, se fue endureciendo. Chupé con ansia y el director habría pataleado si no le sujetara los muslos. “¡Uy! ¡Vaya con el intruso!”. Pronto pidió con un tono casi infantil: “¡Vale! Que yo también quiero la tuya”. Cedí y me erguí a su lado. Echado hacia delante encontró mi polla tiesa ya al máximo. La chupaba tan bien que muy a gusto me habría dejado ir. Pero el director no tardó en soltármela y casi exigió: “¡Fóllame ahora!”. Exaltado se giró rápidamente para quedar a cuatro patas. Tenía un culazo velludo, con una de esas rajas poco profundas que dejan entrever el ojete rojizo. Recordé el proceso seguido en la filmación y me lancé a sobar y lamer. “¡Oh, qué lengua!”, gimoteaba. Ya cambié de posición y me dispuse a clavársela. La saliva me facilitó la entrada y se la metí de golpe. “¡Aaahhh; bestial!”. No sabía si protestaba o me alababa, pero me daba igual. Bombeé con toda mi energía, encantado de la masa carnosa y velluda que me permitía agarrarme. Tan sobrado iba que me permití preguntar: “¿La quieres dentro o con surtidor?”. No estaba para bromas sin embargo y contestó: “¡Has lo que te dé la gana!”. Así que me ahorré las acrobacias y me corrí sin sacarla. Al apartarme, me vino de golpe la descarga de la tensión y quedé tambaleante, sin capacidad de reacción ante lo que el director hizo inmediatamente. Se dio la vuelta para quedar bocarriba y se puso a meneársela frenéticamente con la mirada fijada en mí. Pronto fue él quien lanzó un copioso surtidor. Con respiración entrecortada, pareció disculparse: “No me aguantaba más”. “Yo también me alegro de que hayas disfrutado”, repliqué irónico. Se limpió con un paño la leche que le resbalaba por la barriga y tuve que tenderle una mano para ayudarlo a levantarse.

Había sido un polvo increíble y en unas circunstancias que todavía me costaba asimilar. ¡Follarme nada menos que a un director de cine porno… y qué clase de porno además! Seguro que mi amigo, intrigado por mi desaparición, no se lo podría creer. Pero allí estaba el director  exhibiendo su oronda figura y con expresión de satisfacción. “¡Uf!”, resopló, “Este sí que ha sido un día completo”. “A mí me lo vas a decir…”, contesté aún sofocado. “Aunque apostaría a que has tenido más de un fin de fiesta así”, añadí. “Bueno, no te diré que desaprovecho las ocasiones…”, reconoció con picardía, “Y ésta ha sido de las buenas”. “Yo que temí que acabaría expulsado por los guardias de seguridad…”, comenté empezando a vestirme. No sabía qué plan tendría el director, que aún seguía en pelotas, pero preferí conservar esa imagen de él antes de que la tapara con su exagerada ropa. Así que di a entender que me marchaba. Mi dio un par de besos deteniéndose en los labios de paso. “Cuando esté montado el vídeo le daré una copia a tu amigo para ti”. “Pero si no sales tú, ya no me hará tanta gracia”, dije adulador. “¡Anda ya! Menudas pajas te vas a hacer mirándolo”. Lo último que oí fue su risa tras puerta cerrada a mi espalda.