jueves, 15 de junio de 2017

Un sumiso con clase

Había tenido un ligue que se fue a vivir a otra cuidad. Era un tipo maduro, algo más que yo, gordote y vitalista, con el que me lo pasaba en grande. Pasado un tiempo me invitó a visitarlo y retomamos con gusto nuestros revolcones. También quiso mostrarme el ambiente de la ciudad, más grande y cosmopolita que la mía. Para empezar fuimos a un bar de osos que había abierto hacía poco. Era un poco pronto y ocupamos una mesa para tomar una copa con tranquilidad y, de paso, observar la fauna que iba llegando. No tardé en fijarme en un individuo que estaba ya en la barra y que me pareció arrebatadoramente bueno. También maduro, se le veía robusto y muy viril y la indumentaria que llevaba realzaba sus encantos. Con una fina camisa medio desabrochada y pantalones cortos, los camales se le subían sobre los recios muslos, que separaba al subir los talones en el reposapiés del taburete. De cabellos escasos y barba bien rasurada, parecía sofocado y con frecuencia metía una mano por dentro de la camisa para tocarse el pecho. Mi amigo se dio cuenta de mi interés. “¿Te gusta ese tío, eh?”. “¡Uf! Está de muerte”, contesté. Se rio. “Opino lo mismo… Ya lo conozco”. “¡Que suerte!”, exclamé. “Pues ahí donde lo ves, le pone muy neurótico lo complicado que le resulta ligar como a él le gusta”, me explicó. “¿Con esa pinta? ¡Si debe tener tíos haciendo cola!”, me sorprendí. “Es un poco complejo… Tiene una afición muy marcada por la sumisión, la humillación y hasta algunas cochinadas que pide que le hagan. Como no tiene pelos en la lengua, es lo que plantea a cualquiera que se le acerque… Y claro, casi todos se asustan”. “¿Es para tanto?”. “¡Cómo te diría…!”. Pregunté con cierto morbo: “¿Te has enrollado con él?”. Algo azorado admitió: “Pues sí… No me asustan esas cosas y el tío merece la pena”. “Desde luego”, reconocí. Se produjo un silencio que rompió mi amigo: “¿Quieres que te lo presente?”. “¿Por qué no? Tampoco soy asustadizo”. “Verás cómo se alegra… Le gustan las novedades. Y seguro que te invita a su casa”. “¿Yo solo? ¿No vendrías tú?”, pregunté un poco apurado. “¡Claro, hombre! Le pone que haya más de uno… Y no me lo pienso perder”.

Nos acercamos a él y mi amigo lo saludó: “¡Hola! ¿Cómo te va?”. Le dio un par de besos y le puso una mano en el muslo desnudo. “Pues ya ves… Aquí más solo que la una”, contestó. “Este amigo mío tiene interés en conocerte… Le he hablado de ti”. Me dirigió una mirada neutra. “¡Ah! ¿Sí? Seguro que cosas malas”, dijo irónico. “¡Malísimas!”, replicó mi amigo con picardía. Ya intervine yo: “Y a mí no me desagradan”. “¡Qué bien! Mucho gusto”. Me sonrió y me animé a darle también un par de besos y, de paso, ponerle una mano en el otro muslo. No le incomodó pero, nervioso, se frotó otra vez el pecho. Pensó unos segundos y dijo: “Si quisierais venir a mi casa…”. Mi amigo contestó: “Podemos ir los dos, si te va bien”. Me di cuenta de que le daba un apretón al muslo. “Para vosotros tengo todo el tiempo del mundo”, dijo solemne. “¡Muchas gracias!”, repliqué jocoso y le di otro apretón. “Soy yo quien os las tiene que dar”, declaró poniéndose en situación. Sin embargo añadió: “Lo que os pediría es que dejéis que primero vaya yo y os espero dentro de un rato… Tú ya sabes mi dirección”, dijo a mi amigo. Bajó del taburete y aprovechamos para restregarnos un poco con él, lo que nos dejó hacer azorado. “¡Hasta pronto!”, se escabulló al fin.

Volvimos a pedir otra copa para entonarnos. “De cerca está todavía más bueno”, comenté. “Pues lo verás aún mejor… Y no solo ver”. “¡Joder! Casi me acojona lo que vayamos a hacer”. “Tú mantén la mente abierta y entra en el juego… Yo te haré de introductor, pero enseguida él se encargará de que te enganches”. “¿Por qué habrá querido irse él primero”. “Tiene que hacer sus preparativos. Para él es un día grande y nunca deja de sorprender”. Para matar el tiempo, mi amigo me contó más: “Es un tío con mucha pela. Ya verás qué piso tiene, adaptado a su gusto… Aunque sus aficiones le complican la vida”.

Nos pusimos en marcha y pronto llegamos a destino. La primera sorpresa vino por cómo nos abrió la puerta. Vestía un elegantísimo traje completo, camisa blanca y corbata discreta. Todo un señorón de lo más atractivo. “¡Pasen, pasen, señores!”, comenzó con un tratamiento respetuoso, “¿Puedo ofrecerles algo de beber?”. Mi amigo contestó con tono seco: “Ya venimos bastante cargados del bar”. Él bajo la mirada y mi amigo siguió: “Te has puesto muy guapo para recibirnos”. “Usted y su acompañante merecen lo mejor de mí”. “No hemos venido precisamente a un desfile de modelos… Pero ya le he advertido al que tú llamas mi acompañante que eres un provocador”. Se dirigió avergonzado a mí. “¡Disculpe, señor! No he pretendido ofenderlo… Me siento muy honrado de que esté en mi casa”. Entré en el juego: “Cuando te vi en el bar, me pareciste interesante… Pero ahora te veo demasiado estirado”. Mi amigo me dijo: “No te preocupes, que le vamos a bajar los humos y lo dejaremos bien fresco”. Aún no entendí el significado de esto último.

Conocedor del ritual, mi amigo agarró por los hombros al sumiso, le hizo dar la vuelta hacia el pasillo y lo empujó: “¡Venga, en marcha!”. “¿A dónde vamos?”, preguntó el otro como si no lo supiera. “A donde haya agua”, contestó mi amigo, que añadió mientras avanzábamos hacia el baño: “A partir de ahora te llamaremos Bobby, como un perro que tuve”. Contestó: “Es lo que ven que soy ¿verdad? Un perro sumiso”. “¡Adentro, Bobby! Ya sabes cuál es tu sitio”, lo instigó mi amigo. El baño era grande y bien equipado, destacando una amplia ducha con diversos adminículos. El bautizado como Bobby entró, vestido como estaba y quedó expectante de espaldas a la pared. Mi amigo descolgó la ducha flexible y los dos nos quedamos por fuera del perímetro. “¡Dale al agua y ábrete la chaqueta!”. Mientras Bobby obedecía y deslizaba a medias la prenda por los hombros, mi amigo ya había enfocado la ducha hacía él. Cuando el agua completó su recorrido por el tubo, se proyectó sobre toda la delantera de Bobby. Su ropa fue quedando empapada, mientras él soportaba estoicamente el riego. “Cierra el agua y acércate al borde de la ducha”, ordenó mi amigo. La camisa mojada se le pegaba al busto y se transparentaban los vellos aplastados, así como la curva de las tetas y los pezones punzantes.

Al verlo ante mí, me entró un irrefrenable deseo de palpar aquel cuerpo que la calada vestimenta insinuaba morbosamente. “Así me vas gustando más”, le dije, “Hasta me apetece tocarte…”. Bobby, sujetando aún la chaqueta medio caída a los costados, contestó: “¡Cómo no! Aquí me tiene”. Me arrimé al borde de la ducha, le eché a un hombro la deslucida corbata y recorrí con manos golosas la chorreante delantera. La respiración de Bobby estaba acelerada y notaba cómo su barriga subía y bajaba. Le marqué las tetas bajo el tejido y le pincé los pezones. “¡Todo esto me lo quiero comer!”, exclamé. “Todo es suyo, señor”, dijo con voz temblona. Mi amigo intervino divertido: “¿Y yo qué?”. “¡Claro, claro! De usted también… Pero como el señor es la primera vez que viene…”, se excusó Bobby. “¡Cómo te gustan las novedades, putón!”, replicó mi amigo. “Perro putón”, soltó Bobby como un eco. Le eché mano sin contemplaciones a la entrepierna. Pude sopesar el conjunto de huevos y polla bajo el pantalón mojado. “¿También esto es mío?”, pregunté agarrando con más fuerza. “¡Desde luego! Espero que no le decepcione”. Y rectificó diplomático: “Es de los dos señores, naturalmente”.

Satisfecho de mi primer capricho, cedí la vez a mi amigo. “Con lo fachoso que estás ahora, será mejor que te quites todos esos trapos mojados”. Con una voz medio abrumada, medio ansiosa, preguntó: “¿Tengo que desnudarme aquí delante de ustedes?”. Mi amigo lo increpó: “¡Por supuesto! Demasiado estás tardando”. Sin salir de la ducha, dejó que se le escurriera la chaqueta sobre el suelo mojado. Me chocó que maltratara de esa forma ropa tan exquisita. Muestra de que efectivamente tenía mucho dinero… o mucho vicio. Hizo otro tanto con la corbata y luego se apoyó en la pared para quitarse zapatos y calcetines. Los apartó y empezó a soltarse y bajarse los pantalones. Cuando cayeron, también los desplazó. Quedó con la camisa, cuyos faldones cubrían a medias unos finos calzoncillos blancos que le llegaban a medio muslo. Dando muestras de pudor, fue desabrochándose la camisa, que también acabó en el suelo. Lo que había intuido en el bar y en los toques después del remojón se me confirmó con creces. El tío estaba de un bueno que no podía ser más. Un torso bastante lleno, con marcadas prominencias de barriga y tetas, y un vello distribuido equilibradamente. Que se nos estuviera entregando con tanto servilismo me daba un morbo tremendo. Las manos parecían temblarle cuando las llevó a la cintura de los calzoncillos. Se detuvo y  preguntó con aparente vergüenza: “¿También debo quitármelos?”. Aquí mi amigo inició una peculiar vía de humillación que fue llevándome de sorpresa en sorpresa.

“¿A qué vienen esos remilgos si lo que te gusta es exhibirte como un guarro? ¿Quieres hacerte la virgen pudorosa delante del invitado que me he tomado la molestia de traerte?”. Bobby quedó como si lo hubieran abofeteado, pero mi amigo aumentó la presión: “Mereces un nuevo castigo… Ya que te cuesta quitarte los calzoncillos, vas a mearte encima ahora mismo”. “Como usted diga”. Bobby, con los brazos caídos, hizo esfuerzos y los calzoncillos, que habían quedado más protegidos del remojón previo, se fueron empapado, al tiempo que los orines se escurrían por las fornidas piernas. “¿Qué? ¿Te los quitarás ahora que  están hechos un asco?”, inquirió mi amigo. “¡Sí, sí! Lo que usted diga”. Ya los echó abajo y los sacó por los pies. Al fin completamente desnudo, se mostró tan bien dotado como el conjunto de su cuerpo. La llamativa polla reposaba sobre compactos huevos que se abrían paso entre los rotundos muslos; coronado todo por un recio vello púbico. No sabía qué hacer con las manos, como si, temeroso de un nuevo correctivo, estuviera resistiendo el impulso de cubrirse las vergüenzas. Pero mi amigo le ordenó: “¡Date la vuelta y enséñanos también ese culo vicioso que tienes!”. Se fue girando para mostrar  unas fuertes espaldas rematadas por un culo orondo y prieto, ornado de suave pelusa. Mi amigo aprovechó para susurrarme: “Pedazo de tío ¿no?”. Pero apenas me dio tiempo para recrearme en su contemplación.

Al volver a ponerse de frente Bobby, como arrebatado, cayó de rodillas en el suelo mojado y meado de la ducha. Quedé aún más asombrado cuando, en tono suplicante, preguntó: “¿No necesitarán los señores aliviarse también? ¿Querrán hacerlo sobre mí?”. Aunque no contaba con ello, supuse que formaba parte del ritual. Lo confirmó mi amigo que enseguida se abrió la bragueta y se sacó la polla. “Es lo que te gusta ¿eh, cerdo?”. Un potente chorro se proyectó sobre Bobby, que presentaba el pecho para recibirlo. Cuando subió dándole en la barbilla, apretó los labios y cerró los ojos para recibir los orines en su cara. Pero al acabar, mi amigo se le acercó más. “¡Déjamela limpia!”. Bobby le chupó entonces la polla con fruición, hasta que aquél se apartó. “¡Para ya! Que no quiero que me hagas ahora una mamada”. Bobby, chorreando, me dirigió entonces una mirada inquisitiva. La escena me había alterado y casi me hacía menos apetitosos los contactos lujuriosos que había deseado tener con él. Por otra parte, los mismos nervios me habían provocado unas ganas tremendas de orinar. Así que ya puestos, vencí mis escrúpulos y me saqué también la polla. Bobby, tal vez por la novedad que era yo, puso si cabe más devoción en enfrentar mi meada. Y como no le apuntaba demasiado alto, él mismo se agachó para que le cayera también en la cara. Luego ya no dudé en ofrecerle la polla para que me la chupara. Y tanto gusto me dio que, aunque a imitación de mi amigo la saqué enseguida, ya me había empalmado.

Mi amigo, con su iniciativa de conocedor del terreno, me sacó de la duda que me perturbaba al preguntarme qué pasaría tras aquellas tan particulares aficiones de Bobby. Lo miró con desprecio. “Ni se te ocurra acercarte a nosotros con lo asqueroso que estás… ¡Venga! Dúchate a conciencia mientras nosotros vamos a ponernos cómodos”. Bobby se levantó en su lamentable estado y dijo: “¡Gracias, señores! Me quedaré limpio como una patena para ustedes”. Mi amigo añadió: “Y no se te ocurra aparecer disfrazado otra vez”. “No, señor. He aprendido la lección”. Se puso a recoger la ropa mojada y sucia dispersa por la ducha, y nosotros salimos ya del baño.

Al llegar al salón, mi amigo dijo: “Ahora ya nos despelotamos y esperamos cómodamente que venga”. Pero yo quería aclarar mis dudas. “¿Va a seguir todo así?”. “Te ha chocado lo de las meadas para empezar ¿no? Tiene esa manía, que parece que lo entona… Ahora verás como la cosa va más normal… dentro de lo que cabe con él”. Y añadió: “De todos modos, no me digas que no ha tenido su morbo mearse a un tiarrón como ese”. Tuve que reconocer que morbo sí que me había dado. Ya nos quedamos en cueros y nos sentamos en el confortable sofá a la espera.


Bobby no tardó en reaparecer. Avanzaba por el pasillo desnudo y andando a gatas. Cuando llegó a la puerta de salón, dijo: “Aquí está vuestro perro”. Mi amigo le indicó: “Puedes acercarte”. Siguió a cuatro patas hasta quedar ante nosotros. Nos miraba con ojos brillantes y olía a jabón perfumado, lo cual me congració de nuevo con él. Mi amigo continuó: “¿Qué hace a sus amos un perro fiel?”. Agachándose todavía más, Bobby se puso a besar y lamernos los pies, que estaban desnudos. Pasaba de uno a otro desplazándose por la alfombra, y a mí me entraban escalofríos. Bobby se animó a subir sus lamidas hasta las rodillas y, como mi amigo separara provocadoramente las piernas, pidió: “¿Puedo?”. “¡Venga, chúpamela un poco!”. Mi amigo se repantingó para facilitar la mamada y no tardó en tener dura la polla. Me echó un brazo por los hombros y me atrajo hacia él. Yo lo acariciaba y le lamía las tetas, y ya me había vuelto a empalmar cuando mi amigo apartó a Bobby. “Todavía no vas a tener leche… Ocúpate del otro señor”. Bobby vino ante mí y le ofrecí la polla tiesa. Su mamada era deliciosa y, además mi amigo era ahora quien me sobaba por arriba.

De buena gana me habría dejado ir, aunque admití que sería mejor reservarme para más adelante. Pero un poco enervado por el guión de sumisión que seguía a rajatabla tanto Bobby como mi amigo, decidí guiarme ya por mis apetencias. “¡Suelta ya mi polla!”, casi le grité a Bobby, “Deja de arrastrarte y ponte de pie ante mí”. Sorprendido por mi reacción se levantó tembloroso y pareció turbado de mostrárseme en pelotas. Lo confirmó al decir: “¡Qué vergüenza, señor!”. Me mantuve firme. Si había que darle órdenes, se las daría, pero no iba a contener más mi irrefrenable deseo de meter mano a fondo a un tío tan bueno. “¡Déjate de falsos remilgos, que bien a gusto me has comido la polla!”. Me eché hacia delante en el asiento, alargué una mano para cogerle una suya y tiré de él. “Vas a dejar que te toque todo lo que quiera ¿no es así?”. Intuí que mi severidad lo estimulaba, porque dijo reverente: “Es usted tan amable, señor. Haga conmigo lo que desee”.

Lo que deseaba desde luego, para empezar, era manosearlo sin telas mojadas por en medio. Me encantó tomarlo por las caderas y tener su entrepierna ante mi cara. Le sobé los muslos y, por sorpresa, le agarré el sexo con toda la mano. Apreté y Bobby se estremeció. Luego le palpé los huevos y con la otra mano le cogí la polla. De buen tamaño, ancha, recta y a medio descapullar me pareció de lo más apetitosa. Descorrí del todo la piel y la froté. A medida que adquiría volumen empezó a humedecérsele la punta. “¿Qué hace, señor?”, preguntó con la respiración acelerada, pero sin ningún ademán de  rechazo. “¡Vas a poder tú chuparnos las pollas y no voy a poder yo hacer lo que me dé la gana con la tuya!”, le reproché. “Si no me quejo, señor… ¡Haga como guste, haga!”, dijo enseguida. Ya me lancé a metérmela en la boca y la mamaba excitado. Mi amigo, al lado, se divertía mientras se la meneaba acompasadamente. Asido a las robustas piernas de Bobby, noté que empezaban a temblarle. “¡Me está matando, señor!”. Pero mi amigo intervino jocoso: “¡Será de gusto! Aunque mejor que le perdones la vida ahora, no lo vayas a dejar fuera de juego”. Tenía razón y solté la polla que estaba como una piedra.

MI amigo aprovechó entonces para atraer hacia él a Bobby y me dijo: “¿No te has fijado antes en el culo tan apetitoso que tiene?”.”¡Venga, que te lo veamos!”, ordenó a Bobby. Éste, ya sin quejarse, se puso de espaldas ante nosotros dócilmente. Los dos llevamos las manos a las nalgas, desde luego magníficas, gruesas y suavemente velludas, que daba gusto acariciar. “¡Échate hacia delante!”, volvió a mandar mi amigo. Bobby dobló el tronco y apoyó las manos en las rodillas. Así el culo estaba todavía más provocador. “¡Mira, esto le gusta”, dijo mi amigo y le dio una fuerte palmada, que sonó seca e hizo tambalear a Bobby, que sin embargo soltó: “¡Gracias, señor!”. “¡Anímate, que ya ves cómo lo agradece!”, me incitó mi amigo. Era tan tentador, que acepté que nos repartiéramos las nalgas con tortazos que iban arrebolando la piel y que Bobby recibía impasible. “¡Uf, si me duele la mano!”, fanfarroneó mi amigo. Ya paramos y Bobby siguió en la misma postura. El muy golfo seguía pidiendo guerra… Porque ahora nuestra atención se centró en la raja marcada por el vello. “¡Veamos lo que esconde aquí!”, dijo mi amigo, y entre los dos les separamos las nalgas. En la piel más oscura se perfilaba el ojete. Mi amigo ironizó: “Es un agujero negro. Se lo traga todo ¿verdad, Bobby?”. Éste contestó desde su forzada postura: “Si usted lo dice, quién soy yo para contradecirle”. Mi amigo se chupó el índice para ensalivarlo y lo clavó de golpe en el ojete. “¡Uuhhh!”, se oyó emitir a Bobby. Mi amigo metía y sacaba el dedo en una enérgica frotación. Me hizo un gesto para que mirara entre los muslos de Bobby, donde asomaba, sobrepasando los huevos, la polla bien tiesa. Mi amigo me cedió la vez y con gusto le metí también mi dedo, sin que Bobby acusara el cambio. “Te gusta ¿eh?”, le dije. “¡Sí, señor! Son ustedes muy generosos conmigo”. Mi amigo se burló: “Pues más generosos vamos a ser todavía con tu culo”.

A mí lo de la sumisión ya me daba morbo, pero lo que me apetecía más que nada era seguir dándome un buen lote con aquel tío tan fuera de serie. Como pareció que había dado resultado antes, decidí tener otro gesto de autoridad por mi cuenta. Así que me levanté y con un tirón enérgico hice que se pusiera derecho. Al encontrarme frente a él me miró sorprendido. Me arrimé hasta el punto de que su polla erecta dio con la mía, no menos tiesa de nuevo. Con las barrigas pegadas le solté a la cara: “De tu culo ya nos ocuparemos luego, pero ahora lo que me pide el cuerpo es meterte mano a base de bien ¿Algo que objetar?”. Me contestó balbuciente: “¡No, señor! Soy todo suyo”. Me conformé de momento y ya le planté las manos en las tetas. Abultadas, velludas y cálidas, me excitaba sobándolas, estrujándolas y pellizcándole los pezones. El buen olor que desprendía me estimuló  a chupar y morder con vehemencia. “¡Uy, señor, qué impulsivo es usted!”. Me dejaba hacer con una pasividad que pretendía disimular el placer que le hacía sentir. Sus suspiros lo traicionaban. Mis manos lo palpaban y achuchaban hasta que me salió del alma, olvidándome de sus particulares circunstancias: “¡Cómo me gustas! Desde que te vi en el bar”. “Lo celebro, señor”, replicó en su papel. Me enervé y le pregunté: “¿Yo te gusto?”. Fue rápido en la respuesta: “No tengo gustos, señor. Me entrego a quien me desea”. Oí una risita de mi amigo, divertido con la tozudez de los dos.

Entonces tuve un brote de irritación  y casi le grité: “¡Pues te ordeno que te comportes como si yo te gustara tanto como tú me gustas a mí!”. Aunque reaccionó en su estilo  con un “Como usted mande, señor”, se produjo en él una transformación para seguir cumpliendo mis órdenes que no habría podido imaginar. Me abrazó con decisión y, para empezar, buscó mi boca con la suya y me obsequió con un morreo de lo más ardiente. Su lengua empujaba la mía e, inquieta, me recorría toda la cavidad, para luego chupármela cuando yo se la introducía. Paró para respirar e inmediatamente se abocó sobre mis tetas, devolviéndome todo lo que le había hecho yo con anterioridad. Abrazado y manejado por sus recios brazos, me hacía sentir en la gloria. Cuando preguntó con un deje de ironía “¿Es lo que deseaba el señor?”, solo pude contestar: “¡Sigue, sigue!”. Cayó de rodillas y se puso a chuparme la polla, pero sin querer insistir. Metía la lengua por debajo para lamerme los huevos y hasta me hizo girar para juguetear pasándomela por la raja del culo. Me fallaban las piernas de la emoción, no solo por los variados placeres que me proporcionaba, sino porque provinieran de alguien como él. Si esto lo hacía por sumisión, merecía la pena.

El apodado Bobby, todavía arrodillado ante mí, levantó la cara con la barbilla brillante de saliva y me miró. “Disculpe, señor. Pero me atrevo a sugerir que, tal como está ya de excitado, o bien lo alivio aquí mismo con mi boca, o bien, si lo prefiere, se desfoga con otra parte de mi cuerpo”. No olvidó dirigirse enseguida a mi amigo: “Por supuesto hago extensible a usted mi sugerencia”. Mi amigo volvió a entrar en juego. “¡Anda Bobby, llévanos a tu cama!…Si no la tienes meada también”. “Está impecable para ustedes… si tienen la bondad de acompañarme”. Seguimos su sólido cuerpo con las nalgas moviéndosele tentadoras al andar.

El exquisito gusto con que estaba decorado el dormitorio no desmerecía por supuesto del resto de la casa. Destacaba una gran cama de sábanas blanquísimas que parecían recién planchadas. La colcha de brocado había sido cuidadosamente doblada sobre un escabel. Bobby nos señaló la cama con un gesto humilde. “Aquí la tienen, para que dispongan de ella como deseen”. “De quien vamos a disponer es de ti, perrito”, le soltó mi amigo y lo empujó. “¡Hala! Despatárrate ahí encima mientras decidimos cómo repartirnos el pastel”. Bobby obedeció y se echó bocarriba en medio de la cama con brazos y piernas en aspa. El muy golfo sabía excitar al más pintado con esa postura, y la polla tiesa además, sobre la blancura de las sábanas. Desde luego mi amigo y yo estábamos calientes como verracos y ansiosos de desfogarnos como fuera con él. Mi amigo propuso: “Como yo me lo he follado otras veces, hoy se lo haré en la boca, y así te dejo su culo todo para ti”. Oír esta obscena componenda hizo que Bobby, conociendo el ritual, le cediera espacio a mi amigo, quien subió a la cama y se acomodó hacia la cabecera medio sentado sobre almohadones. Bobby se colocó a cuatro patas encarando su entrepierna. Yo subí a mi vez y me arrodillé detrás de Bobby. Montado el cuadro, hubo una doble acción. Bobby se puso a sobar y cosquillear los huevos y la polla de mi amigo, mientras yo manoseaba el espléndido culo y hurgaba en el ojete. No dejó de sorprenderme que, antes de las penetraciones definitivas, Bobby se atreviera a plantear: “Los señores procederán conmigo como crean conveniente ¡Faltaría más!...Pero si accedieran a derramarse simultáneamente dentro de mí, sería el hombre ¡perdón, el perro! más feliz”. Mi amigo me hizo un guiño, conocedor del capricho, y ya pasamos a la siguiente fase.

Mi amigo cogió la cabeza de Bobby para que se pusiera ya a chuparle la polla. Al inclinarse, el culo le quedó bien en pompa, perfecto para que se la clavara previamente. Al hacérselo con energía, dio un leve respingo, que motivó a mi amigo para darle un tortazo: “¡A ver si me la vas a morder!”. Todo quedó en orden y me entregué a un bombeo delicioso. Bobby gimoteaba sin dejar de mamársela a mi amigo, lo cual me excitaba aún más. El muy golfo además hacía unas contracciones en torno a mi polla que me volvían loco. Tuve en cuenta la petición de Bobby y, cuando ya estaba al límite, avisé: “¡Me viene ya!”. Mi amigo replicó con voz quebraba: “¡A mí también!”. Mientras me descargaba, el cuerpo de Bobby temblaba. Pronto se supo el motivo. Cuando me salí y su boca soltó la polla de mi amigo, se levantó sobre las rodillas y  con una mano intentaba controlar la  fuerte corrida que le había provocado la doble follada por boca y culo. Ahora era su leche la que se vertía abundante sobre la blancura de las sábanas.

Creí que tras esta conjunción astral Bobby se relajaría y  cambiaría la onda sumisa por una actitud más normal. Pero no. En cuanto se limpió la mano con la misma sábana, peroró: “Espero que lo señores sepan perdonar mi exceso y lo tomen como muestra de mi gratitud”. Mi amigo no dejó de pincharlo. “Muy fino tú, pero has echado más leche que nosotros dos juntos”. Yo fui más blando. “Los tres lo hemos hecho muy bien”. Bobby me dirigió una mirada de humilde reconocimiento y se animó para proponer: “Si a los señores les apetece tomar una ducha después de tantos ajetreos, muy a gusto los asistiré”. Mi amigo siguió sacando punta: “Tú lo que quieres es volver a meternos mano ¡Si serás vicioso!”. Bobby bajó dolido la cabeza y yo volví a interceder. “Por mí encantado. Nos irá muy bien”.

Volvimos al baño que ya conocíamos y mi amigo y yo entramos en la amplia ducha. Mientras nos remojábamos, Bobby observó expectante desde fuera. Pero enseguida ofreció: “Si quieren, puedo repasarlos con un gel suave”. Ya contábamos con ello, pero mi amigo no se privó: “Mientras no nos mees…”. Bobby entró en la ducha y se puso a frotarnos con delicadeza, y también con morbo, sin saltarse los bajos, que trataba con dedicación. Y bien a gusto que nos dejábamos hacer… Yo me animé a echarme en las manos un poco de gel y se lo apliqué a él. “¡Venga, que también te hace falta!”. “¡Qué vergüenza, señor!”, protestó. Pero no me privé de manosearlo por todas partes, incluidos tetas, polla, huevos y ojete. Enjuagados, repartió toallas y, apurado, dijo: “Permitirán que vaya a disponer un piscolabis. Pienso que ahora sí les apetecerá después de tanto trasiego”. Apresurado, salió secándose. Mi amigo ironizó: “Es el anfitrión perfecto”.

Cuando fuimos al salón, Bobby ya estaba disponiendo un pica-pica de apetitosas delicatessen. Nosotros nos sentamos en el sofá, y él iba y venía de la cocina púdicamente cubierto con un pequeño delantal. Obsequioso nos ofreció bebidas y siguió de pie en plan servicial con el rostro brillante de satisfacción. Mi amigo no se privaba de levantarle el delantal cada vez que se le ponía a mano y, cómo no, no tardé en imitarlo. No obstante le pregunté: “¿Tú no nos acompañas?”. “Ya tomaré algo en la cocina, señor”, contestó muy en su sitio. Así pues, una vez reconfortados, y puesto que parecía imposible hacer bajar a nuestro anfitrión de su nebulosa de sumisión, llegó la hora de despedirnos. Nos vestimos y Bobby, como último detalle, se quitó el delantal  y nos obsequió hasta el final con su magnífica desnudez. Pude abrazarlo y toquetearlo mientras me decía: “Si el señor vuelve por aquí, será bien recibido”. MI amigo intervino: “A mí me seguirás viendo. No lo dudes”.

Al recogernos ya, no pude menos que comentar a mi amigo: “Si no lo veo no lo creo ¡Qué morbo le pone el tío!”. “Y eso que él se queja de que es un incomprendido”, añadió mi amigo. “¿Ese ritual lo repite cada vez?”, pregunté. “Más o menos… Pero yo en cuanto puedo me apunto”. “Pues no dudes en pedirme cita la próxima vez que venga por aquí”, concluí.


jueves, 1 de junio de 2017

El alcalde se desmadra en la sauna

En el chat de osos y maduros que frecuento, entré en contacto con un tipo de lo más peculiar. Vi la única foto de su perfil en la que, si bien ocultaba la cara, mostraba un torso grueso y velludo que hacía adivinar un cuerpo de los que resultan ideales para los adictos a hombres maduros y robustos como aquél, entre los que desde luego me encuentro. Asimismo la edad que hacía constar, de cincuenta y seis años, aunque probablemente alguno más, completaba su atractivo. Le envié un mensaje y enseguida me contestó. En las charlas que a partir de entonces mantuvimos, se reveló tremendamente extrovertido y simpático. Se llamaba Samuel, residía en una pequeña población del interior, de la que pronto confesó ser el alcalde, y casado para más señas. Sublimaba la represión a la que se veía obligado con unas fantasías eróticas, centradas en hombres más o menos de su tipo, que exponía con todo lujo de detalles. El hecho de que yo viviera en una gran ciudad, con oportunidades de ligue y, sobre todo, la posibilidad de acudir a bares y saunas donde encontrar hombres así, lo llenaba de envidia. Le pinchaba hablándole en concreto de la sauna de clientela más bien granada a la que suelo ir y de todo lo que allí puede pasar.

Un día me comunicó con gran alborozo que vendría a pasar unos días a mi ciudad con su mujer y, aprovechando que ésta dedicaría una tarde a ir de compras, estaba dispuesto a echar una ansiada cana al aire, en un lugar donde nadie lo conocería. Lo que más ilusión le hacía era precisamente que lo llevara a la sauna de la que tanto le había hablado. Como ya nos habíamos visto las caras, y algo más también, por el chat privado, no fue difícil reconocernos. Nos habíamos citado en el centro comercial de la ciudad y no lejos de la deseada sauna. En cuanto me echó el ojo me saludó con la mano, sonriente y con muestras de inquietud. En vivo me impresionó no menos que por lo que ya conocía de él. Alto y de una espléndida robustez, destacaba entre la masa de viandantes. “¡Uf, qué ganas tenía de esto!”, fue su saludo y comprendí que lo decía no tanto por mí como por lo que dentro de poco le aguardaba. Ya en el corto trayecto me avisó: “Espero que no te asustes conmigo, pero lo quiero aprovechar a tope”. Desde luego no me cupo duda de que su desinhibición iba ser total y que, pese a lo novedoso del lugar para él, se iba a mover como pez en el agua.

Nada más coger las llaves de las dos taquillas y pasar al vestuario, donde siempre hay cierto movimiento de los que se desvisten o visten y de los oteadores de las novedades, empecé a no perderlo de vista. Me resultaba de lo más morboso verlo desnudarse integralmente, porque además parecía regodearse de las miradas que recaían sobre él. Miradas que por lo demás no eran nada de extrañar, empezando por la mía, dados su viril corpulencia y lo bien equipado de sus bajos. Ya en cueros, tomó el paño para la cintura que había en la taquilla y preguntó: “¿Hay que ponerse esto?”. “En principio es la costumbre”, dije con ambigüedad. Pero resultó algo corto para su circunferencia. Entonces dijo: “Voy a ver si me lo cambian por un taparrabos más largo”. Y tan solo con él en la mano se dirigió sin el menor pudor a la recepción para la permuta. Volvió con el nuevo ya puesto y nos dirigimos a las duchas. Escogimos dos juntas y, mientras se enjabonaba, no resistí ya la tentación de acariciarle el culo y sobarle la polla espumante. “¡Uf! Mira como me estás poniendo”, dijo al apuntarle una  buena erección. A pesar de ella no se molestó en ceñirse el paño cuando salimos al espacio común, para solaz de los que allí había… Si no hacía estas exhibiciones a propósito, lo parecía. “¿A dónde se va ahora?”, me preguntó. Y para hacer boca lo dirigí a la sala de vapor.

Entró decidido en las brumas vaporosas, donde hay que habituar la vista para empezar a captar las formas que hay por allí. Avanzó tanteando la pared hasta que dio con una bancada sobre la que soltó el paño. Indeciso siguió de pie con la espalda pegada a la pared. Como yo lo seguía, me puse ante él y nos pusimos a besarnos. “Esto me va a gustar”, murmuró. Luego bajé la boca hacia sus tetas, que chupé y mordisqueé, a la vez que le manoseaba la polla y los huevos. Este precalentamiento, que Samuel acompañaba de sonoros murmullos placenteros, tuvo también un efecto de reclamo. Porque enseguida, uno que ya estaba dentro se le acercó y lo tanteó. Yo le cedí espacio, aunque no dejé de seguir chupando una teta para darle pistas. El otro se amorró también y  Samuel exageró sus gemidos declarando: “¡Cómo me gusta esta comida de tetas!”. Pero el otro no dejó tampoco de llevar las manos a la polla endurecida y, cuando se agachó y se puso a chupársela, lo llevó al paroxismo. Entretanto, no habían tardado en entrar al vapor más tíos, sin duda atraídos por lo que ya habían visto en el exterior de Samuel. Quien, por si fuera poco, mostraba su disponibilidad extendiendo los brazos para atraerlos. De este modo, sobado y chupado arriba y abajo por varios a la vez, parecía estar en la gloria en esa penumbra, sin importarle cómo fueran los que se afanaban con su cuerpo. Sensatamente no quiso sobrepasar todavía el límite de calentamiento y, para librarse de las mamadas, no se le ocurrió otra cosa que darse la vuelta y ponerse frente a la pared, sin privarse desde luego de provocar poniendo el culo en pompa. Dejaba que se lo sobaran y hasta que se restregaran por él, sin que faltaran amagos de penetración, que a veces debieron dar brevemente en el clavo, según los sobresaltos que le provocaron.

Después de este completísimo repaso inicial, y agobiados por el calor de los vapores, conseguí que saliéramos para tomar una ducha. Le propuse que, para descansar y cambiar impresiones, fuéramos a tomar algo al bar. Su entusiasmo por supuesto era tremendo. “¡Joder, cuántos tíos metiéndome mano! ¡Esto es Jauja!”. “Es que tú estás muy bueno y los atraes como moscas”, aclaré. Pero su provocador exhibicionismo tampoco cesó en el bar. Aunque llevaba puesto el paño, lo había enrollado de forma que, con su corpulencia, le tapara lo justo. Así, al apoyarse en la barra para pedir las bebidas, por detrás le asomaba medio culo. Luego se encaramó de medio lado a un taburete con los talones sobre el reposapiés, lo que le hacía mantener las piernas separadas. Con el paño estirado casi al nivel de las ingles, mostraba lo que le colgaba a todo el que quisiera verlo. Desde luego, los ojos también se le iban tanto a los que pasaban por allí como a los que ocupaban alguna mesa. Si el cruce de miradas era más directo, correspondía con pícaras sonrisas. Por mi parte, me llegué a contagiar de su desvergüenza y ya no me privé de darle algunas caricias en las tetas e incluso en los provocadores colgantes, que recibía complacido incluso marcando una impúdica erección. Aprovechamos para comentar lo que le apetecería hacer a continuación. Y pareció tenerlo claro. “Después de tanto manoseo, me gustaría que pudiéramos estar con un tío de esos que nos van… A ver si me das la sorpresa”. Decidí que lo mejor era darnos una vuelta por la zona de cabinas. Ésta también le encantó. “¡Qué morbo meterse en una a ver quién entra!”. Quise aclarar: “¿Es eso lo que quieres?”. “¡No, no!  Prefiero que me busques a alguien”. Le sugerí que entrara en una cabina que estaba abierta y así lo hizo tumbándose desnudo sobre la cama. Entorné la puerta para que no quedara demasiado visible y pudiera entrometerse alguien. Al avanzar por el pasillo, tuve la suerte de ir a dar enseguida con un conocido, que me pareció perfecto para lo que Samuel deseaba.

Era un tipo, llamado Jaime, con el que había pasado muy buenos momentos y que precisamente tenía un aire a Samuel, casi tan gordo y solo algo más joven. Además se mostraba muy calentorro y hacía unas mamadas de fábula. Se alegró de verme y yo le dije que había venido con un amigo. Discreto dijo: “Entonces hoy te dejaré con él”. Pero yo enseguida repliqué señalando la cabina: “No, si está ahí. Ven a verlo”. Se acercó a la puerta y, nada más vislumbrarlo, exclamó: “¡Jo, que pedazo de tío!”. Lo invité a avanzar. “¡Pasa, pasa! Serás bien recibido”. Entramos los dos y Samuel, obscenamente despatarrado, saludó al ver a contraluz al que me acompañaba: “¡Hola!”, lo saludó. Yo le dije: “Este es Jaime, un conocido mío”. “¡Um!”, masculló Samuel, “¿Qué tal?”. “Yo bien… y tú estás buenísimo”, contestó Jaime arrimándose a la cama. “¿Te gusto?”, volvió a preguntar Samuel con voz zalamera y le alargó una mano. Jaime se la cogió y con la otra suya le acarició un muslo. “Si sigues así me voy a empalmar”, dijo Samuel. “Eso me gustará”, replicó Jaime, que ahora a dos manos intensificó el manoseo por las piernas, acercándose estratégicamente al sexo. Samuel entonces le estiró del paño, que cayó al suelo. “A ver qué hay por aquí”. De sobra sabía yo que Jaime estaba no menos bien dotado. Ante lo fluido del encuentro, ya cerré la puerta y me despojé igualmente de mi paño, dispuesto a tomar parte.

Lanzado ya Samuel, se giró de costado para ver de cerca y sobar la polla de Jaime, que a su vez tenía agarrada la de aquél. Las dos desde luego se fueron poniendo duras y Samuel no se privó de anticiparse para darle una chupada a la de Jaime. Pero éste ya tenía sus planes y me pidió que me tendiera al lado de Samuel. Nos entró por los pies y, en medio de los dos, no iba frotando y chupando alternativamente las pollas. Yo, enseguida la tuve a punto también. Lo hacía tan hábilmente como ya me constaba y Samuel empezó a manifestar su agrado. “¡Uy, Jaime, qué boca tienes!”. Yo estaba no menos encantado, cuando Jaime, ya en pleno dominio de la situación, me pidió que lo abordara por detrás. Así que, totalmente excitado, bajé de la cama y me arrodillé tras él, que alzó la grupa y, sin detener la mamada a Samuel, me ofreció su apetitoso culo. Le entré sin apenas esfuerzo y su cuerpo se tensó brevemente por la penetración. Lo follaba cada vez más encendido y que se la siguiera chupando al mismo tiempo a Samuel, que resoplaba y le sujetaba la cabeza, me aumentaba la calentura. “¡Me voy a correr!”, avisé ya. Jaime asintió con la cabeza sin soltar la polla de Samuel. Me descargué bien a gusto y no me salí hasta que empecé a aflojarme. Une vez liberado por detrás, Jaime se dio un hábil giro para quedar con el culo sobre la polla de Samuel, en la que se dejó caer. Samuel exclamó admirado: “¡Uf, eres insaciable!”. Jaime, bien encajado, se removía con pericia. “¡Joder, tío, cómo te meneas! Estoy ya a cien”, mascullaba Samuel que, con un fuerte jadeo, se vació a su vez. Jaime se levantó y, algo tambaleante por el esfuerzo, bajó de la cama. “No ha estado nada mal ¿verdad?”, dijo con una sonrisa radiante. Ante lo agotados que nos había dejado a Samuel y a mí, le pregunté no obstante: “¿Y tú qué?”. “Yo ya me apañaré. Hay tiempo ¿no? … Ahora pasamos por la ducha y os invito a tomar algo”, propuso. Quedó claro el feeling que se había creado entre mis dos acompañantes y daba gusto estar sentado entre ellos, con sus paños mal ajustados que tapaban más bien poco.

Samuel, a pesar de su desfogue y de la segunda visita al bar, parecía no tener ninguna prisa. Se quedó mirando a Jaime, que ocultaba apenas la polla sin usar, y de pronto le preguntó a la brava: “¿Me follarías ahora?”. Jaime rio. “Si tienes ese capricho ¿por qué no? Ganas no me faltan”. De modo que volvieron a la cabina, y yo desde luego me apunté, no dispuesto a perdérmelo. Samuel se tiró de bruces sobre la cama, con el culo bien expuesto. Jaime se lo tomó con calma. Se puso detrás y, primero, se dedicó a sobar las nalgas gordas y suavemente velludas, metiendo también el canto de las manos por la raja. Samuel tensaba ansioso el cuerpo. Luego el otro se inclinó para acercar la cara. Las intensas lamidas y los mordisqueos por los bordes de la raja hacían estremecer a Samuel. “¡Uy, cómo me estás poniendo!”. Mientras tanto Jaime se la iba meneando para afianzarla y, cuando estuvo a punto, apuntó la polla y se dejó caer. “¡Ooohhh!”, soltó Samuel al sentirla dentro. “¿Te gusta?”, preguntó el otro. “¡Cómo te digo! ¡Sigue, sigue!”. Jaime empezó a arrear con ganas y Samuel se explayaba de gusto. “¡Qué polla más buena tienes! ¡Cómo me gusta!”. El compenetrado disfrute que se traían dando y tomando era todo un espectáculo. Jaime jugaba a retardarse, con salidas por sorpresa y bruscas clavadas. Lo cual volvía loco a Samuel, que gemía y lo alentaba a la vez. “¡Qué bruto! ¡No pares! ¡Folla, folla!”. “¡Qué culo tienes más caliente!”, replicaba Jaime, cada vez más excitado. “Entre los dos me habéis dejado antes lleno de leche. Ya te voy a dar la mía ahora”, avisó. “¡Sí, córrete!”, lo alentó Samuel. Jaime incrementó con vehemencia el mete y saca hasta que, con todo el cuerpo en tensión, se apretó para descargarse en varios espasmos. “¡Joder, todo lo que me ha salido!”, exclamó. “¡Uf, cómo me has dejado el culo!”, coreó Samuel. La polla de Jaime salió brillante de humedad y empezó a amorcillarse. Ayudó a Samuel a ponerse bocarriba e intuí que la cosa no había acabado. Porque la follada activó de nuevo la líbido de Samuel y, pese a haberse corrido ya poco antes, lo que le había arreado Jaime le avivó el deseo. Así que siguió despatarrado y se puso a manosearse la polla con evidente intencionalidad. Jaime se rio. “Aún te quedan reservas ¿eh?”. “¡Uy, sí! Me has vuelto a poner muy caliente”, afirmó Samuel. “Vamos a ayudarte”. Jaime me invitó a cooperar y, entre los dos, fuimos dando chupadas y mamadas a la polla de Samuel, que ya estaba endurecida de nuevo. También íbamos acariciándolo y estrujándole las tetas. “¡Oh, qué gusto me dais!”, decía él. Pero ya le urgía  el desfogue y desplazó nuestras bocas para tomar el dominio manual de su polla. Se la meneó con energía y, cuando brotó el primer borbotón de leche, Jaime arrimó la lengua para irla recogiendo. Samuel se estremeció con el roce pero lo dejó sorber hasta que limpió la polla. “¡Uf, qué buen remate!”, exclamó Samuel que, mientras se levantaba, dijo a Jaime haciéndose la víctima: “Has hecho conmigo lo que has querido”. El otro rio con ganas. “¡Anda que no os lo habéis pasado bien los dos…!”.

Jaime nos dejó ya solos. “Si volvemos a encontrarnos, ya sabéis…”. Y Samuel no daba el menor síntoma de cansancio. Seguro que, de buena gana, habría empalmado hasta el cierre de la sauna. Pero se acercaba la hora en que tenía que recoger a su mujer y el deber era el deber. No obstante se lo pensó y, para mi sorpresa, hizo un intento de disculparse: “¿No te parece que me he desmadrado un poco?”. “Ya contaba con eso… Venías con muchas ganas”, contesté. “Y el poder hacer de todo sin importarme que me vean me pone la mar de burro”, completó. “Eso se ha notado… Sabes exhibirte a base de bien”. “Para une vez que puedo… Nunca había estado en un sitio así”. “¡Bien hecho! Hay que enseñar lo que se tiene”. Samuel hizo una pausa y, sonriendo, se le ocurrió: “Todavía podríamos hacer algo tú y yo…”. “¿Aún te quedan ganas?”, me admiré. “¡Claro que sí! No ves que llevo atraso… Además me he ocupado poco de ti. Ni siquiera te la he chupado”. “No te voy a dejar con ganas”, dije encantado. Todo este rato habíamos estado con la puerta de la cabina abierta, sin hacer caso a los que se asomaban a mirar. Pero, cuando fui a cerrarla para atender sus deseos, Samuel sugirió: “Podríamos ir a otro sitio ¿no?”. “¿Con publicidad?”, bromeé. “¿Por qué no?”, replicó sonriente.

Recorrimos el pasillo con cabinas y cuartos de achuche más o menos oscuros. Como Samuel se había limitado a echarse el paño al hombro, disfrutó con los toqueteos y hasta palmadas al culo que le caían. Llegamos a la sala en cuya pared de fondo se proyectan en gran tamaño películas porno, que suelen ser de jovenzuelos folla que te folla. No suscitan demasiado interés, por lo que no suele haber más de dos o tres personas, bien sentados en el banco de atrás, bien sesteando en alguna de las dos tumbonas que hay juntas en el centro. Todo queda crudamente iluminado por la película en proyección y por el acceso se van asomando los que quieren ver no tanto la película como lo que se pueda cocer allí dentro. Si hay alguna marcha interesante, en el banco o en las tumbonas, los más descarados se quedan a mirar o tratan de participar. Las tumbonas, que estaban desocupadas, atrajeron enseguida la atracción de Samuel. “Vamos ahí”. Nos echamos en ellas, Samuel despatarrado en cueros y yo aún con el paño a la cintura. Los dos tíos que ya estaban en el banco se pusieron a la expectativa.

Estaba claro que tampoco era la película lo que interesaba a Samuel, sino entregarse a la más desinhibida provocación. Por lo pronto empezó a manosearse la polla que, para mi admiración, no tardó en endurecérsele otra vez. Sin soltársela llevó la otra mano hacia mí, tiró del paño descubriéndome y me agarró la polla. Su mano hábil enseguida me la puso tiesa otra vez. Cuando ya se habían asomado varios mirones, que se quedaban deslumbrados por el sicalíptico espectáculo, y con algunos que se la meneaban con más o menos disimulo, Samuel se dio un giro. Moviendo el cuerpo pesadamente se colocó sesgado a cuatro patas sobre su tumbona. Con la boca sorbió mi polla y se puso a mamármela. Yo, encantado y contagiado de su desvergüenza, lo disfrutaba acariciándole el costado y metiéndole un mano bajo su barriga para sobarle la polla. El gordo culo en pompa de Samuel resultó suficientemente tentador para que unos de los espectadores, gordote y maduro, superando cualquier prevención, se le arrimara. Primero le manoseaba las nalgas y repasaba la raja con los dedos. Pero pronto se agachó y acercó la cara. Lamía y el efecto que hacía en Samuel se transmitía con vehemencia a su mamada. Todo ello hacía que mi excitación estuviera a punto de estallar. “¡Me viene ya balbucí!”. Samuel insistió hasta ir tragándose toda mi leche, mientras yo veía entre brumas a todos los que estaban mirando. Pero Samuel no había acabado todavía. Volvió a quedar tumbado bocarriba, dejando momentáneamente descolocado al gordo que le había estado comiendo el culo. Aunque Samuel quiso compensarlo porque, subiendo las piernas y manteniéndolas sujetadas por los muslos, le ofreció una nueva perspectiva. El gordo la aprovechó y, sobándole la polla con una mano, le metió un dedo de la otra en el ojete humedecido de saliva. Lo frotaba cada vez con más intensidad y hacía bramar de gusto a Samuel. Hasta el punto de que llegó a provocarle una corrida que se desbordó sobre la mano del gordo. Éste quedó la mar de satisfecho por su buen hacer. “¡Eres un fiera, tío!”. Y Samuel dio por fin síntomas de agotamiento, sonriendo orgullosamente al público boquiabierto.

Samuel volvió a la realidad y me dijo: “¡Oye, tú! Vamos a ducharnos, que aún llegaré tarde y me llevaré una bronca”. Aunque, cuando estábamos bajo el agua, matizó: “Igual quieres quedarte un rato más”. “Desde luego que no”, contesté, “Contigo me lo he pasado de fábula y ya no necesito más”. Lo miré con cierto pesar mientras nos vestíamos rápidos ¿Hasta cuándo no volvería a repetirse aquello? Ya en la calle, Samuel me dio un abrazo. “No puedes imaginarte lo que he disfrutado hoy gracias a ti”. Y añadió como en respuesta a mi duda: “Verás cómo me las apaño para que no sea la última vez”. Ya nos separamos y a mí todavía me flaqueaban las piernas al caminar.

Samuel no tardó en dar señales de vida a través del chat. También aprovechó para rememorar la increíble tarde que había pasado en la sauna. “Nunca pensé que llegara a estar tan a mano darse el lote con aquellos tíos”. Incluso reconoció haber descubierto nuevas facetas de su personalidad. “Y cómo me molaba hacer de todo bien a la vista… Mira por dónde me va eso del exhibicionismo ¡Ja, ja, ja!”. Yo alimentaba su morbo contándole cosas de la sauna, que a veces adornaba para que quedaran más escabrosas. “Jaime me da siempre recuerdos para ti… Por cierto, que nos hemos dado unos buenos revolcones a tu salud”… Así Samuel disfrutaba alimentado su mente, que no el cuerpo. Aunque ni él ni yo perdíamos las esperanzas de pasar juntos nuevos ratos en aquella sauna.

lunes, 15 de mayo de 2017

El vigilante jurado

Cogí el metro y, aunque había asientos libres, como mi trayecto era corto, preferí quedarme de pie en la plataforma. Pero el motivo real de esta opción fue quedar enfrente de un vigilante de seguridad privada que me dejó boquiabierto. Cerca de los cincuenta años, era alto y gordote, con la cabeza rapada, que obviaba una avanzada calvicie, y rostro muy viril. La cazadora, de llamativa combinación naranja y beige, realzaba su robustez y recogía su oronda barriga. Había apoyado el trasero en el respaldo de los asientos que tenía detrás, y los pantalones, también bicolores y que le ceñían los macizos muslos, marcaban una sugestiva protuberancia en la bragueta. Como parecía distraído manejando su teléfono móvil, recreé la vista contemplándolo e imaginando lo que habría bajo su ropa. Hasta la porra que le colgaba a un lado de la cintura tenía para mí un componente erótico. Sin embargo, me llevé un sobresalto cuando, al cerrar el móvil, su mirada se cruzó directamente con la mía y me pareció que esbozaba una leve sonrisa que no supe cómo interpretar. Llegó incluso a echar un poco el cuerpo hacia atrás, lo que acentuó el bulto de la bragueta, como si me indicara que sabía lo que había estado mirando. Cortado, y como mi parada estaba próxima, me giré frente a la puerta y, por el cristal, pude ver que él se me ponía detrás.

Salí sorteando a los que se disponían a entrar y percibí que me seguía. Para colmo oí a mi espalda un susurro: “Mirabas mucho tú ¿eh?”. Fingí sorpresa: “¿Cómo dice?”. “¡Tranquilo! Si me ha gustado”. Ahora estábamos de frente y él sonreía. Pero seguí haciéndome el longuis: “¿El qué?”. “Que me comieras con los ojos… sobre todo lo de abajo”. La cara, a pesar de su aspecto intimidante, derrochaba simpatía. El andén se había despejado y ya me relajé un poco. “No se te escapa nada. Debe ser intuición profesional”. Rio abiertamente. “Será eso. Pero reconoce que estabas deseando bajarme la cremallera”. “Yo respeto a la autoridad… ¿Me vas a llevar detenido?”, pregunté irónico. “Un buen cacheo sí que te mereces…”, contestó. Se creó un cierto impase que enseguida cortó. “¿A dónde ibas ahora?”. “De vuelta a casa… si no tienes inconveniente”, contesté. “Yo he acabado mi turno. Voy a cambiarme al cuartito que tenemos aquí”, dijo. “¡Lástima!”, bromeé, “El uniforme te da más morbo”. Volvió a reír y preguntó: “¿Me acompañas?”. “¿No irá contra el reglamento?”, objeté. “No hay nadie allí. Tengo la llave”. Echó a andar por un pasillo secundario, seguro de que lo seguiría.

El angosto cuartito tenía varias taquillas y una banqueta. Se lo tomaba con calma y no hubo ningún acercamiento físico, aunque dijo: “Mira por dónde vas a tener un poco de striptease”. En mi excitación solo me salió un ambiguo sonido gutural. Con toda naturalidad empezó por quitarse la cazadora. Debajo llevaba una camiseta negra que marcaba las redondeces de tetas y barriga, y que descubría los recios brazos suavemente velludos. Luego desligó la correa que sujetaba la porra y, burlón, me la alargó. “¿Has probado una de éstas?”. La cogí y me quedé con ella en las manos, mientras se descalzaba e iba soltando el cinturón. Se bajó la cremallera con intencionada calma y los pantalones fueron bajando. Antes de que me diera tiempo a visualizar mejor el eslip también negro, levantó una pierna tras otra para sacárselos. Una vez los dejó sobre la banqueta, ya estiró el cuerpo y pude apreciar las piernas robustas y los abultamientos que tensaban el eslip. Por los lados es escapaban algunos pelillos y, al haberle quedado algo subida la camiseta, mostraba el ombligo adornado de vellos. “¡Uf, qué bueno estás!”, me salió al fin del alma. Mientras se reajustaba la camiseta y el eslip, dijo: “Éste no es sitio, pero ¿me podrías invitar a tu casa?”. “Es lo que te iba a proponer”, contesté, aunque en realidad no me había dado tiempo a pensarlo. Se puso rápidamente unos tejanos y otra cazadora. Me extrañó que guardara el uniforme y sus accesorios en una bolsa de deportes, pero me explicó: “El próximo turno lo tengo en otro punto. Me lo he de llevar… Aunque eso será mañana”.

Llegamos enseguida a mi casa y, nada más entrar, nos fundimos en un cálido beso. Pero a continuación pidió: “¿Podría pasar un momento por el baño?”. Se lo indiqué y, como vi que se llevaba la bolsa, aclaró: “No es que no me fíe de ti, eh. Necesito algo”. Me dejó con la duda, aunque intuí de qué se podía tratar. Y, en efecto, cuando salió vestía de nuevo el uniforme. Además llevaba la porra en una mano e iba dando golpecitos con ella en la palma de la otra. “¿No es esto lo que te pone?”, dijo sonriente. Sensualmente se pasó varias veces la porra por entre las piernas  y bromeó: “Siempre va bien tener una de repuesto…”. Pero la soltó y se acercó a mí. “Creo que te voy a cachear”. “¡Oye, que los seguratas no tenéis tantas atribuciones!”, protesté. Pero el morbo que me dio que empezara a meterme mano un uniformado me delató con una irrefrenable erección.

Mientras él se cambiaba, yo me había quitado la cazadora y quedado con la camisa. Me palpó por encima pero enseguida soltó botones para meter la mano y acariciarme el pecho. “Por aquí encuentro unas cosas duritas…”, dijo al sobarme los pezones, lo cual me puso la piel de gallina. “Eso es abuso de autoridad”, comenté dejándome quitar del todo la camisa. Indefectiblemente hubo de ir más abajo y con facilidad pudo agarrarme la polla. “Aquí hay algo mucho más duro… Tendré que ver lo que es”. Me bajó la cremallera y hurgó hasta sacármela, lo que me hizo sentir un poco abochornado. “Esto sí es que contrabando del bueno… Habrá que probarlo”. Con una agilidad que contrastaba con su volumen, se agachó y sin más me lamió el capullo y sorbió la polla entera. Me temblaban las piernas y tuve que contenerlo. Hice que se levantara y, guardándome la polla, me forcé a poner una expresión seria. “Creo que vamos a cambiar los papeles y te voy a cachear yo. Tanto ir y venir con la bolsa me ha dado mala espina”.

Entró rápidamente en el juego y puso las manos detrás de la nuca. Verlo así de disponible me dio no menos morbo que cuando me metía mano él. Llevaba cerrada del todo la cazadora, pero no hice ningún intento de abrírsela. Preferí palparlo primero por encima del uniforme. Pasé las manos por los costados y, al tocarle el pecho, noté el abultamiento de las tetas. Me di el gustazo de recorrerle las piernas tanteando la robustez de sus muslos. Por fin me ocupé de la entrepierna, donde encontré unas tentadoras protuberancias. Me recreé palpándolas y a él se le escapó: “¡Uf, eso me pone!”. Yo, como si no lo oyera, dije: “Tendré que ver si aquí guardas un alijo… Pero vayamos por partes”. Ya volví a la cazadora y, cuando empecé a separar las tiras de velcro, pude comprobar que había desaparecido la camiseta. “Primera sorpresa ¿eh?”, dije palpándole el velludo pecho. Acabé de quitarle la cazadora y el torso tetudo y barrigudo se me ofreció con toda su seducción. Mis dedos se fueron a los pezones cuyas puntas se endurecieron al contacto. “¡Oh, con lo me calienta eso!”, volvió a exclamar. “Pero he de seguir con el resto”, dije deslizándole los tirantes por los hombros. Los pantalones aún se le quedaban ceñidos a la barriga y volví a notar dureza en mis manos mientras le desabotonaba la bragueta. Cuando bajé los pantalones, vi que también había prescindido del eslip. Naturalmente la polla se levantó espléndida sobre los huevos. “Ya sabía yo que en ese paquete había droga”, declaré. Él se dio un meneo que la hizo oscilar. “Igual te la quieres fumar”, dijo provocador. “Sí, te pagaré con la misma moneda”, contesté y me agaché para darle una buena chupada.

Duró poco, porque me apartó. “¡Uf, que me pierde esa boca!”. Aprovechó para sacarse del todo los pantalones y me pidió: “Quítatelos tú también”. Ya los dos desnudos, nos abrazamos restregando los cuerpos. Nuestras bocas se juntaron, enredando las lenguas y libando las salivas. Bajé una mano y atrapé las dos pollas que se entrechocaban. Las froté unidas y él se estremeció de placer. Cuando necesité tomar aire, liberé los labios y los desplacé sobre una de sus tentadoras tetas. Lamí el vello, chupé y mordisqueé el endurecido pezón. Lanzó un vibrante suspiro. “¡Esto sí que me mata!”. Insistí alternando las tetas y él gemía crispando las manos sobre mis hombros. De pronto soltó como pregunta y súplica a la vez: “¿Me vas a follar?”. Me pilló por sorpresa porque todavía no me había planteado cómo irían las cosas en adelante. Desde luego su oferta era sugestiva pero, tal como me estaba dejando disfrutar de su cuerpo, merecía la pena tomárselo con calma. Así que jugué con la idea. “¿Es una orden?”, pregunté a mi vez. “Si hace falta… Pero la quiero dentro”, contestó agarrándome la polla. Caí en la cuenta de que, hasta entonces, solo lo había visto de frente y se me ocurrió decirle: “Tendré que hacerte antes una inspección a fondo… Ya se sabe que hay gente que esconde cosas por ahí adentro”. Se dejó empujar hasta que lo hice abocarse con los codos sobre la mesa.

Conteniendo la excitación que me producía manejar a mi antojo a aquel tiarrón que tanto me había impresionado en el metro, con gesto decidido le separé las piernas, electrizándome al posar las manos en los cálidos y velludos muslos y notar sus temblores de deseo. Las orondas nalgas, de pelusilla que las sombreaba y que se oscurecía al confluir en la raja, parecían vibrar ofreciendo el secreto que protegían. Calmoso, por mi morbosa intención de incrementar su ansia, primero las acaricié con suavidad. Pero pronto no pude resistirme al impulso de darle unas palmadas. Su reacción implorante –“Sí, sí”– me enervó y aumenté la potencia de mis tortazos, arrancándole gemidos complacientes. De pronto me fijé en que, sobre la mesa y a su lado, estaba la corta porra que él había esgrimido. La cogí sin ocultar mi acción a su vista y soltó con tono meloso: ¡Uy, qué peligro eso en tus manos!”. “Así te tendré más dócil”, repliqué. No la usé sin embargo como instrumento agresivo sino intimidatorio. La pasaba por las nalgas y la hacía resbalar por la raja, tanteando el ojete con amagos de meterla. Él temblaba con más excitación que temor. Luego pasé a deslizarle la porra entre los muslos, sobrepasando los huevos y la polla bien erecta. Ya solté la porra y manoseé directamente por ahí abajo. Palpé las cargadas bolas y agarré la verga que estaba mojada. La froté extendiéndole el juguillo hasta que imploró: “¡Deja eso ahora y fóllame de una vez!”. “¡A la orden!”, repliqué burlón, pero con la voz quebrada por el acaloro. Con la mano aún pringosa sobé mi propia polla, que se mantenía dura y también destilaba. La apunté hacia la raja y, sujetándome a las anchas caderas, di en el blanco. Tuve que apretar y pensé que le haría daño, pero a su “¡Ooohhh” inicial siguió: “¡Qué bien, toda dentro!”. Y yo encantado de ello y ajustándome bien a fondo. Porque aquellas interioridades que ceñían mi polla con su calor húmedo me embriagaban. Empecé a bombear crispando los dedos sobre su espalda perlada de sudor. Él me jaleaba: “¡Así, así, cómo me gusta!”. “Pues anda que a mí… Estoy que me salgo”, repliqué. “Aguanta y no pares”, pedía.

A medida que aumentaba mi excitación la capacidad de resistencia se me agotaba y lo previne: “¡Estoy a punto ya!”. Reaccionó entre gemidos: “¡Sí! ¡No te salgas! ¡Échamela!”. Así que, cuando sentí que me venía la descarga, me apreté con fuerza al culo y, con temblores de piernas, me fui vaciando en varios espasmos. Él guardó un tenso silencio hasta que me volqué sobre su espalda con la respiración cortada. Entonces soltó: “¡Vaya follada!”.  “¿No es lo que querías?”, repliqué casi sin voz. Me aparté y fue levantando su cuerpo entumecido. Al ponerse de frente mostró una erección de escándalo. “Ni que te hubiera inyectado viagra…”, comenté. Entonces se tomó la revancha.

Puso las manos sobre mis hombros y me impulsó hacia abajo. Yo, que estaba todavía flojera, fui cayendo hasta quedar de rodillas y sentado en los talones. Sobre mi cabeza se erguía su polla desafiante. “Me has puesto a cien”, corroboró. Empezó a meneársela y, como hipnotizado, levanté la cabeza y abrí la boca. “¿Eso es una provocación?”, preguntó acelerando la frotación. Saqué la lengua en asentimiento y me fue acercando la polla. “¡Pues ahí va!”, exclamó con voz ronca. La leche empezó a salpicarme mientras me introducía la polla en la boca. La cerqué con los labios y fui deglutiendo el abundante y espeso semen. Apoyó las manos hacia atrás sobre la mesa y me dejó que acabara de relamerle la polla. “¡Qué a gusto me he quedado por detrás y por delante!”, comentó jocoso. Tuve que sujetarme en sus muslos para poder incorporarme de la postura genuflexa en que me hallaba. Me rehíce y me eché sobre él. Busqué su boca con la mía, todavía impregnada de leche, y él respondió hurgándomela con su lengua. “Haces lo que quieres conmigo”, dijo al fin burlón. “¡Mira quién habla!”, repliqué, “Lo tuyo sí que ha sido abuso de autoridad”.

Se creó un impase y de pronto me di cuenta de que, llevados por el morbo del uniforme, habíamos ido directamente al grano y mi hospitalidad estaba dejando mucho de desear. Por eso dije: “Ni siquiera se me ha ocurrido preguntarte si te apetecía beber algo”. “¡A buenas horas!”, replicó burlón, “Aunque hemos tenido bastante ocupadas las bocas ¿No te parece?”. Pero aprovechó también para echarme una puya. “Tampoco hemos pasado de aquí”, dijo señalando la sala donde habíamos follado, “Por lo visto tu dormitorio lo reservas para otros”. Reconociendo que tenía razón, salí del paso bromeando: “Como empezaste con el numerito del uniforme pensé que no te hacía falta pijama”. Quise sin embargo mostrarme más acogedor al recordar que, al venir con la bolsa, había dicho que era para el turno del día siguiente. Así que añadí: “Además, ya que te has traído el equipaje, habrá tiempo para que disfrutes del dormitorio…”. “¿Quieres decir que me invitas a pasar la noche aquí?”, preguntó no demasiado sorprendido. “Si no tienes nada mejor que hacer… Estaré encantado desde luego de quedarme tan bien protegido”, afirmé. “Entonces no te quitaré los ojos de encima”, dijo dándome un beso.

Dada la situación, se imponía que tomáramos algo más que una copa. El problema eran mis limitados conocimientos culinarios y, en consecuencia, la precariedad de mi despensa. Hube de reconocerlo al decir: “Lo que no sé es qué te voy a poder ofrecer de cena… Como no pidamos algo por teléfono…”. “¡Déjate de pedidos!”, contestó, “Seguro que me apaño con lo que tengas por ahí”. Ante su buena disposición, le mostré, no sin cierta vergüenza, lo que había en la cocina. Rescató algunas patatas que no se habían florecido todavía y comprobó que había huevos en la nevera. “¡Anda! Pela las patatas, si te atreves”, me dijo con recochineo, “Mientras me daré una ducha, si no te importa”. “¿Otra vez volverás de uniforme?”, pregunté. “Si lo prefieres a seguir viéndome en pelotas…”, me provocó. “¡No, no!”, repliqué, “Un cocinero en bolas me pone cantidad”.

Apenas acababa de pelar y trocear las patatas cuando apareció desnudo y secándose con una toalla. Rápidamente se puso en acción y calentó aceite en una sartén. Mientras freía las patatas, verlo de espaldas luciendo su espléndido culo reavivó mi excitación. “¡Cómo me has puesto otra vez!”, declaré. No se volvió a mirarme, sino que hizo un provocador meneo de caderas. Esto bastó para que me arrimara y restregara la polla endurecida por su raja. Más que inmutarse, lo que hizo fue pasar los dedos por un poco de aceite que había caído en la encimera, llevar la mano hacia atrás, frotarme la polla y conducirla al punto justo. Le entré limpiamente y dijo: “Quédate ahí un ratito, que me gusta… Pero tranquilo, no vayas a provocar un accidente”. Me quedé quieto bien encajado y cogido a sus caderas, y él pícaramente contraía la musculatura anal mientras removía las patatas en la sartén. Lo cual me estaba dando un gusto tremendo.

Hizo una llamada al orden, haciéndome salir de su culo, para abordar las tareas más delicadas de la tortilla. Me aparté y, viéndolo maniobrar, no se me ocultó la erección que él también exhibía ahora. Pero acabó confeccionando una tortilla perfecta de lo más apetitosa. Corté unos tacos de queso y abrí una botella de vino. Con buen saque, fuimos dando cuenta de todo ello sin hablar demasiado.

No nos bastó con acabarnos el vino sino que, para la sobremesa, le ofrecí degustar un buen licor, que de eso sí que estaba mejor surtido. Ocupamos el sofá, muy juntos los dos, y empezamos a darle a una botella de whisky. Se le soltó la lengua y se puso a contarme anécdotas de sus tareas de vigilancia y, en particular, de algunos ligues provechosos. “Así que no he sido el primero ¿eh?”, le dije zalamero. “Que le tenga que hacer una tortilla de patatas, sí”, bromeó. Aunque estábamos relajados, no parábamos de acariciarnos y achucharnos, hasta que me preguntó: “¿Conoceré por fin tu cama?”.

Rápidamente lo conduje al dormitorio y se lanzó en plancha sobre la cama. “¡Qué ganas tenía, con las vueltas que me da ya la cabeza!”, exclamó. Me tendí a su lado y entonces él se puso de lado dándome la espalda. Una vez más me tentó meneando el culo provocativamente. “Eres insaciable”, le dije. “¡Uuummm!”, remugó, “Me gustaría dormirme contigo dentro”. Nada más arrimarme y sentir su calor en la entrepierna note que me venía otra erección. No me costó nada metérsela y quedarme bien abrazado a su espalda. Así nos quedamos dormidos los dos entre efluvios alcohólicos.

No supe cuánto tiempo pasamos así cuando una placentera sensación hizo que me fuera desvelando. Era que mi compañero de cama, bocabajo entre mis piernas, se afanaba en una deliciosa mamada. “¿Qué haces por ahí?”, pregunté medio aturdido. “¡Psss!”, me acalló, “Tú déjate”. Y vaya si me dejé, tan a gusto que soltaba suspiros y sentía cómo la excitación crecía hasta estallar en una liberadora corrida. No me soltó la polla de su boca hasta que empezó a aflojárseme. Ya pudo decir: “Tenía ganas de desayunar”. Aunque me había quedado KO, tiré de él para abrazarlo. Se dejó hacer pero me avisó: “Estoy aquí en la gloria, pero dentro de poco tendré que entrar en el curro… Ya viste que me traje el equipo”.

Mientras se vestía, hice café y añadí unas magdalenas, que no tocó. La despedida fue rápida, pero suficiente para intercambiar teléfonos y promesas de futuro. Porque en verdad aquel encuentro en el metro fue el comienzo de una buena amistad.