viernes, 18 de enero de 2019

¡Viva la tolerancia!

A mi amigo Javier, protagonista de muchos de mis relatos, por supuesto le encantan las playas nudistas. Como es tan altote y grueso, y ya maduro, no pasa desapercibido y le gusta atraer las miradas. Pero cultiva una morbosa preferencia por las que son mixtas, es decir, aquéllas en las que hay una convivencia entre textiles y nudistas. Él mismo lo explica así: “Estar todo el mundo en pelotas deja de tener gracia. En cambio moverse entre gente vestida da mucho más morbo. Además los que van allí y no se desnudan se sienten muy liberales y no chistan por mucho que te pavonees ante ellos”. Una de estas playas era precisamente la del pueblo en que pasaba unos días. Aparte de la playa, en la que los lugareños, normalmente cubiertos, ya se habían acostumbrado a compartirla con los veraneantes nudistas, había un chiringuito que en realidad era el bar del pueblo. Para no desentonar lucía un cartel que rezaba “VESTIDO OPCIONAL”. Aquí es donde mi amigo disfrutaba de su exhibicionismo. Porque además, si bien muchos bañistas nudistas, cuando iban al chiringuito, solían mostrar cierto pudor y se tapaban de alguna forma, no era éste el caso de Javier, que se acogía sin recato a la tolerancia. Entraba siempre en el recinto muy decidido, solo con un monedero en la mano, y hasta le satisfacía si, en ese momento, era él el único despelotado. Se tomaba su cerveza en la barra y desde luego se hacía ver con su voluminosa presencia. Contrastaba en especial su impudicia con el grupo de jubilados que charlaban con su café o su carajillo, o con las amas de casa que hacían un receso tras la compra. Se volvió tan asiduo que ya lo conocían y él, con su afabilidad natural, los iba saludando. Se acercaba a los que jugaban al dominó y los hacía reír con sus chascarrillos. Su polla bien a la vista era mirada con envidia o con deseo. Las señoras cuchicheaban entre ellas y soltaban risitas nerviosas cuando mi amigo las saludaba con la mano o les hacía un guiño. Estaba seguro de que chismorreaban entre ellas picardías a cuenta de su ostentoso culo o de su desvergonzada delantera. No había la menor provocación en las actitudes de Javier, tan solo se sentía a gusto con la incongruencia entre su desnudez integral y la normalidad cotidiana de los parroquianos del bar.

En una ocasión el alcalde, que ya había coincidido más de una vez con Javier en el bar y habían departido amigablemente, apareció acompañando a una comitiva de corpulentos colegas extranjeros que precisamente habían venido para comprobar in situ la fama de tolerancia de la población. Encontrar allí a Javier le vino de perlas como ejemplo indiscutible de ello. Pero además, como no era muy ducho en el manejo del inglés, Javier le pudo echar una mano. Con entusiasmo cantó las alabanzas a la libertad que se respiraba, superados los tabúes en una comunidad tan pequeña. Los observadores lo escuchaban atentos y dos de ellos lo miraban con algo más que interés. El alcalde, animado, invitó a unas cervezas. Entonces los dos admiradores de Javier se mostraron proclives a experimentar ellos mismos la alabada libertad. Divertidos y algo nerviosos se quedaron también en pelotas, compitiendo con Javier en corpulencia y pilosidad. Se sentaron todos en torno a una mesa redonda, donde también se les sirvió un pica-pica. Los dos simpatizantes de Javier se las apañaron para colocarse a ambos lados de éste. Encantados con sus bromas y contagiados de euforia, le arrimaban las piernas y hasta le daban palmadas en los muslos.

Como Javier vio que la cosa se ponía tentadora, les propuso dar una vuelta por la playa. Así que los tres despelotados pasearon un rato disfrutando del aire y el sol por todos sus cuerpos. Desde luego el conjunto de voluminosas figuras debía causar impacto. Darse un remojón se impuso y se adentraron en el agua con juguetonas zambullidas. Aprovechaban la flotación para arrimarse a Javier, que muy a gusto lo facilitaba. El roce de cuerpos hizo que a éste se le empezara a producir una erección. Porque ya se miraban y acercaban más que hablaban, con un deseo cada vez más indisimulado. El vaivén de agua propició que una mano fuera a dar con la polla de Javier y ahí se quedó. Él buscó también y encontró una verga dura y otra en camino. El de esta última hizo entonces una inmersión y Javier sintió que su polla pasaba del manoseo a una succión, que duró poco por la necesidad de salir a flote para respirar. Pero ya estaba todo claro entre ellos y antes de reintegrarse al grupo del bar, acordaron una visita de Javier esa misma tarde al hotel en que los dos fichajes se alojaban.

Tras ese precalentamiento, Javier ardía en deseos de entregarse a aquellos dos tiarrones en los que tantas ganas había despertado. Le gustaban los tríos en que él era la novedad en que cebarse. El hotel era convencional, sin anuncio de “VESTIDO OPCIONAL”, por lo que se puso el mínimo de ropa, que se pudiera quitar pronto: un pantalón corto que apenas le cubría los muslos, sin calzoncillos, y una camisa liviana. Ya en el ascensor empezó a empalmarse. Los dos que lo esperaban con ansiedad, reunidos en la habitación de uno de ellos, ya estaban en pelotas. Javier lo hizo en segundos y se les ofreció con su lujuriosa erección. En contraste con la luminosidad de la tarde, habían creado una morbosa penumbra que a Javier le excitó aún más. Los dos se lanzaron sobre él y casi lo inmovilizaron con sus achuchones y sobeos. Le estrujaban las tetas y se las chupaban, arrancándole gemidos cuando mordían los pezones. Le hacían subir los brazos para lamerle los sobacos y luego buscaban su boca para meterle las lenguas. Uno de ellos se acuclilló pata trabajarle la polla, mientras el otro, por detrás, le manoseaba las nalgas y le repasaba la raja metiendo los dedos. Dejarse manejar, chupado y baboseado por aquellos hombretones tanto o más corpulentos que él, llevaba a Javier al mayor arrebato, que lo hacía desear ser poseído por ellos en lo más íntimo. El dolor en los pezones y el escozor en el ojete lo enervaban y las succiones a los huevos y a la polla le aflojaban las piernas. Hacía esfuerzos para no correrse todavía porque quería que lo penetraran con todo su vigor íntegro. Pese a lo trabado de sus movimientos, con las manos tanteaba en busca de las vergas de los acosadores. Su tacto era tan firme y húmedo que, sin poder aguantar más, gritó suplicante: “¡Folladme ya!”.

Entonces lo fueron empujando hasta hacerle caer de bruces sobre la cama. Cuando Javier puso el culo en pompa esperando el ataque, el que le había chupado la polla se tomó su tiempo. Como si tuviera que macerarlo, palmeó las nalgas para a continuación llevar la boca a la raja. La lamía y mordisqueaba los bordes, mientras Javier emitía gemidos de gusto e impaciencia. Pero de la boca aún iba a pasar a los dedos, que hurgaban despiadados ensanchando el ojete. Javier sintió casi alivio cuando fue la verga la que empezó a abrirse paso. “¡Sí, sí, adentro, adentro!”, exclamaba, “¡Folla, folla!”. Le ardía el interior placenteramente y a cada embestida sentía un lujuriante latigazo. El que estaba sobre Javier no llegó a correrse, sino que cedió la presa al otro. La polla más gruesa que ahora le entró con brusquedad redobló las sensaciones de dolor y goce. “¡Me matas!”, “¡Soy tuyo!”, “¡Lléname!”, se explayaba Javier con cada arremetida. El hombretón le daba palmadas en el culo y en los muslos, resoplando en una excitación creciente. Éste sí que se corrió entre espasmos, para morbosa complacencia de Javier.

Bien satisfecho con la doble follada Javier se había de recuperar. Pero poca tregua le iban a dar en cuanto logró ponerse bocarriba. El que no se había corrido, con la verga tiesa, se colocó con la cabeza de Javier entre las rodillas. Se la meneaba restregándole los huevos por la cara y, cuando Javier entreabría la boca para respirar, le metía la verga hasta atragantarlo. Entretanto el otro manoseaba la polla de Javier, que no tardó en vigorizarse. La frotaba con energía con una mano y con la otra mantenía cogidos los huevos. Javier daba palmadas a los costados, indefenso ante el doble ataque, aunque arrebatadamente excitado. La persistente masturbación que soportaba hacía sus efectos y una incontrolable necesidad de vaciarse lo dominaba. El que se meneaba la verga sobre su cara se tensó de pronto y empezó a disparar la leche, que le cegaba los ojos y corría por su nariz y sus labios. El sabor del semen alentaba los jadeos de Javier, que al fin se dejó ir. Su corrida desbordó la mano del masturbador, que la extendió por la velluda barriga. Los dos hombres rieron satisfechos del lujurioso festín que les había proporcionado Javier. Éste buscó a tientas algo para limpiarse y le alargaron una toalla. Cuando recuperó el resuello, exclamó sonriente: “Sois unos salvajes… Pero me ha encantado”.

Al día siguiente el alcalde fue a buscar a Javier al bar. Lo encontró como de costumbre en pelotas sobre un taburete bebiendo una cerveza. Quería darle las gracias por la contribución que había prestado a la promoción del pueblo. La comisión, que había marchado por la mañana, había quedado encantada y aseguraron que difundirían en sus respectivos países la excelente acogida desprejuiciada que se deparaba tanto a nudistas como a textiles. Javier pensó que la follada del día anterior, que tan salvajemente habían disfrutado los dos comisionados, era un elemento importante del éxito de la visita.

sábado, 12 de enero de 2019

Solo una buena amistad

Tengo un compañero de trabajo que está buenísimo. Pedro, con cerca de sesenta años, luce su madura robustez con gran extroversión y simpatía. Conoce desde hace tiempo mis inclinaciones y, aunque nunca lo he explicitado, quiero suponer que intuye que me gusta. Lo cual no afecta lo más mínimo a la amistad que nos profesamos, firme él en su heterosexualidad. Su familia por lo demás está dominada por el elemento femenino. Vive en una gran casa en la que se juntan, además de su mujer, su madre, una hija separada con una niña de pocos años y otra hija más joven. Además pasan largas temporadas su suegra, una tía y una prima, coincidiendo todas ellas a veces. Pedro lleva con muy buen talante ser el gallo del gallinero y cuando me invita a comer con ellos un sábado o un domingo, siempre hace la broma de que así hago un poco de equilibrio.

A Pedro, buen gourmet, le encanta además la cocina y, en esos días festivos, quiere siempre lucirse con sus platos. Es divertido ver cómo se disputa el dominio del terreno y trata de evitar, no siempre con total éxito, la interferencia femenina. En verano las comidas tienen lugar en una carpa que montan junto a la piscina, y es cuando más me gusta ir de invitado. Después de verlo habitualmente vestido al completo, me causa una emoción tremenda poder disfrutar de su visión en traje de baño, que ya luce desde el primer momento, incluso cuando se está afanando en la cocina. Aprovecha para darse algún que otro chapuzón para compensar los calores que desprenden los guisos en marcha. No solo me solazo contemplando su corpachón barrigudo, tetudo y velludo, que mueve con desenfado, sino también por el eslip pequeño para su envergadura que utiliza. Siempre igual, aunque lo tiene de varios colores. Le marca un buen paquetón, sobre todo cuando está mojado y, por detrás, le siluetea las gruesas nalgas dejando asomar a veces el origen de la raja del culo. En alguna ocasión me ha comentado que su mujer le insta para que use unos bermudas, y hasta le compra algunos. “Dice que voy muy provocativo”, explica Pedro riendo, “¿Pero a quién voy a provocar yo? Además me molestan los trapos mojados… Y porque no puedo ir sin nada”. Evito confesar que desde luego a mí sí que me provoca.

Pero aparte de esa, poco insistente por lo demás, objeción conyugal, la desinhibición de Pedro al moverse con su escueto eslip como macho alfa entre sus mujeres es asumido con naturalidad e incluso indiferencia. Por el contrario, a mí me causa un morbo especial ver pulular entre aquellas mujeres vestidas a un hombre como aquél con su sucinto taparrabos. Porque, mientras los demás ya estamos sentados en torno a la mesa atacando los entremeses, Pedro, que acaba de darse el último chapuzón de la mañana, acude a la cocina para dar los últimos toques al plato fuerte de su responsabilidad. Pero antes de dejarlo en reposo y poder sentarse también a la mesa, de paso que se seca, va y viene para picotear de pie de todo lo que abarca haciéndose hueco entre las sillas ya ocupadas, pidiendo cómicas disculpas y soltando bromas. Arrima así su espléndido corpachón y yo me muero de ganas para que escoja algo que tenga que alcanzar rozándome. Así hace más de una vez y me pone la piel de gallina el contacto de sus muslos con mis brazos.

Por fin, más que nada para no mojar el cojín, Pedro se aparta ligeramente, se ciñe una toalla a la cintura y se saca el eslip por los pies. Como yo soy el invitado, se sienta a mi lado para continuar con los entremeses. Me encanta tener junto a mí su torso desnudo. Luego ya va a traer de la cocina su obra maestra, sea una paella, una caldereta o un asado. Ha sustituido la toalla por un pantalón de chándal corto y avanza con festiva comicidad. Va sirviendo los platos, que nos vamos pasando hasta el último suyo. Con falsa modestia acoge las alabanzas a su labor.

Después de los postres y el café, las mujeres siguen en la mesa de animada conversación. Pedro me invita a apartarnos a un velador pequeño para tomar una bebida y poder encender él un buen puro sin molestar. Saboreando copa y puro, Pedro se relaja y, sentados frente a frente, vamos charlando, mientras yo, con disimulo, no dejo de observar los movimientos que va dando a sus piernas. Las perneras del corto pantalón se le encaraman a los gruesos muslos y, al doblar las rodillas hacia atrás, hace que el paquete le quede bien marcado. Cuando inclina el busto hacia delante, resalta asimismo sus pronunciadas tetas. A veces se estira todo él echándose hacia atrás con una mano tras la nuca y la otra sujetando el puro que succiona con delectación. No faltan cruces de piernas con un tobillo sobre la rodilla. El desajuste de las perneras permite en alguna ocasión que le asome parte de un huevo o incluso la punta de la polla. Todos estos cambios de postura los hace de forma impensada por simple relajación. Estoy seguro de que no hay el más mínimo ánimo de provocación hacia mí y que ni siquiera imagina la excitación que me pueda estar haciendo sentir. Típica actitud, por lo demás, del heterosexual íntegro que, siendo además mayor y grueso, piensa que poco atractivo puede resultar ya para nadie. Así que, aun conociendo mis inclinaciones, ni se le ocurre que éstas pudieran proyectarse sobre él ¡Qué equivocado estaba!

De pronto noto que algo cambia. Se ha cortado la cháchara de las mujeres y miro alrededor. No hay nadie más que Pedro y yo. En la mirada que me dirige percibo un brillo especial. Entonces Pedro deja el puro a medio consumir en el cenicero y da el último sorbo a su copa. Se estira en su butaca separando las piernas, con la vista fija en mí y una sonrisa cargada de una intencionalidad lejos ya de la espontaneidad mostrada hasta entonces. Por si su gesto no fuera suficientemente claro, lleva una mano a la entrepierna y se la acaricia con voluptuosidad. Me parece captar que el bulto está más hinchado. Pedro levanta la mano y se pone a abrir y cerrar las piernas con un ritmo lúbrico. Ello provoca que, por una pernera aflojada, empiece a asomar el capullo hinchado. Por fin Pedro dice con voz suave: “De sobra sé lo que te gusta… ¿Te apetece tocarme?”. No dudo en echarme hacia delante y alargar una mano. Tanteo con los dedos lo que asoma brillante y húmedo. Pedro se estremece como si sintiera cosquillas y dice: “Espera”. Se pone de pie y hace caer el pantalón. Exhibe una magnífica erección, pero yo digo con una voz que no reconozco: “No es solo tu polla lo que me gusta”. Pedro ríe. “Me tienes entero para ti”. Ahora sí que lo contemplo en completa desnudez y exclamo: “¡Cuánto he deseado esto!”. “¿Crees que yo no?”, replica Pedro, “Todo tiene su momento”. Me levanto ante él y precipitadamente me quito toda la ropa. “¡Uy, qué furia!”, bromea Pedro. Pero me abraza y me da un morreo de labios y lenguas que me deja traspuesto. Sin soltarme todavía me larga como si propusiera un juego: “Si me la chupas un poco, luego te dejará que me des por el culo”. Por supuesto me apunto, con el calentón que me ha entrado. Pedro vuelve a sentarse en la butaca y, con las piernas separadas, me ofrece lo que tanto deseo. Caigo de rodillas y me pongo como loco a lamer y chupar aquella magnífica polla, que solo suelto para repasar con la lengua los huevos bien prietos. Noto el disfrute de Pedro, que me deja hacer entre suspiros. Hasta que me hace parar y tira de mí para que me levante. “¿A ver cómo estás tú?”, dice acercando la cara a mi entrepierna. Me acaricia la polla, que ya está dura y palpitante, y se la mete en la boca. Mama de forma tan deliciosa que, de no ser por la oferta que me había hecho, me habría dejado ir muy a gusto. Él mismo decide que ya estoy a punto. Sube de rodillas a la butaca y, apoyándose en el respaldo, me presenta el culo en pompa. “¡Hala! ¡Todo tuyo!”. Ante aquellas nalgas gruesas y velludas, mi primer impulso es el de hundir la cara en la tentadora raja y lamerla a fondo. Pedro resopla, hasta que pide: “¡Fóllame ya!”.

Oigo un chasquido de dedos muy cerca que me sobresalta. Abro los ojos y encuentro muy cerca el sonriente rostro de Pedro. “¡Que te has quedado traspuesto!”. “¿Mucho rato?”, pregunto con la cabeza llena de lo que acabo de vivir. “No. Has dado una cabezada… Te debo estar aburriendo”, bromea Pedro. “He bebido mucho y con la copa final…”, me excuso tontamente. No puedo concebir que, en un microsueño de segundos, haya cabido toda aquella aventura. Pero el día aún me reserva una sorpresa. Pedro dice: “Luego cuando ellas se vayan a pasar la tarde a casa de un familiar, nos damos un bañito y nos despejamos”. Supongo que esperar a quedarnos solos se debe a que, antes del baño, habrá que aguardar a las despedidas. Efectivamente, la mujer de Pedro no tarda en avisar: “Ya os dejamos tranquilos… Nos vamos a casa de la tía que es su santo”. Pedro responde: “Ya me disculparéis con ella”. La mujer se dirige a mí irónica: “¡Qué bien le sirves de escusa!”. Tras unas cariñosas despedidas, ya que me habré marchado cuando vuelvan, solo quedamos Pedro y yo.

“¡Lo dicho! A quitarnos la modorra en el agua”, dice Pedro levantándose. Pero lo inesperado para mí es que se echa abajo el pantalón y se queda en cueros. “Como estamos solos…”, explica tan tranquilo. Y añade al notar mi desconcierto: “¡Venga, tú también!”. Dominando mi turbación, y sin atreverme a mirarlo de frente, me quito mi escasa ropa de verano y me quedo tan desnudo como Pedro. No puedo evitar el pensar que ahora ya no se trata de un sueño, sino que Pedro está ahí con todo su deseado cuerpo a mi vista. Él no le da la menor importancia a la situación, confirmándome en mi idea de que, por mucho que sepa que me atraen los hombres, está convencido de que eso no le alcanza a él. Se lanza desde el borde de la piscina y yo, más cauto, prefiero entrar por la escalinata. “No me digas que estar así no es una gozada”, me dice cuando ya estoy dentro del agua. Con brazadas más o menos expertas y zambullidas disfrutamos un rato del frescor del agua. Me viene muy bien por lo demás para calmar los ardores que me había provocado la desnudez de Pedro. Éste sale primero y, sin recurrir a una toalla, se queda de pie al borde de la piscina escurriendo el agua frente al ya declinante sol. Prefiero seguir en remojo un poco más, ya que me sirve para disimular mi alelada contemplación de lo que Pedro muestra con toda naturalidad. Lo bien amueblado de su entrepierna y la solidez de sus nalgas completan un cuerpo que me subyuga. Sé que ya no estoy en un sueño y que no voy a poder pasar a la acción, si bien interrumpida, como ocurría en aquél. Pero también siento gratitud por el regalo que hoy me hace, sin cuestionárselo, mi amigo Pedro. Subo ya por los escalones y voy en busca de mi toalla. Pedro también se seca ahora, sin prisa para cubrirse. “Ha estado bien ¿verdad?”, dice satisfecho. “¡Genial!”, es lo único que se me ocurre contestar. Me visto al completo allí mismo y Pedro se pone su pantalón de chándal.

Llega el momento en que he de dar mi visita por concluida y Pedro me acompaña a la verja desde donde accedo a mi coche aparcado cerca. Nos despedimos con el par de besos que ya se han hecho habituales entre nosotros y, en mi vuelta a casa, se van entremezclando en mi cabeza las imágenes de lo soñado y lo vivido. Cuando volvemos a encontrarnos en el trabajo, Pedro y yo nos seguimos comportando con la afabilidad de siempre. La confianza con la que se me había mostrado en su piscina no parece haber dejado la menor huella en él. Sin embargo yo sigo saboreando el regalo de su cuerpo desnudo, aunque sé que es lo máximo que puedo tener de Pedro… Salvo lo que me deparen los sueños.

Una foto sugerente

Una foto de no muy buena calidad me resultó sin embargo especialmente sugerente. En ella, entre matojos de un paraje rural, un hombre menudo y bastante mayor, con aspecto de campesino, iba precedido por un hombretón barbudo de unos cuarenta y pico de años que casi lo doblaba en altura y volumen. Este último iba completamente desnudo y, de su grueso cuello ceñido con un collar de cuero, partía una larga cuerda que, a cierta distancia, enrollaba el primer hombre en una mano ¿Qué sentido cabía dar a la imagen que presentaban? Ni el lugar ni la apariencia cansina y resignada del portador de la cuerda, que contrastaba con la exuberancia del hombre desnudo, hacían pensar en una escena de dominación convencional. Tampoco el hecho de que el atado fuera quien llevaba la delantera dejaba suponer que fuera conducido a la fuerza ¿Se trataría de alguna clase de ritual?


 La foto conservaba todo su misterio y, en mi imaginación, empecé a pergeñar un relato que pusiera en movimiento a tan peculiar pareja y diera sentido a su curiosa ligazón. Por supuesto mis fantasías estaban impregnadas del morbo que me producía la oronda figura del hombre desnudo.

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Para justificar mi entrada en escena, me tomaré la licencia  de no buscarle demasiada verosimilitud. Valga que, como excursionista solitario, fui a parar a un extenso valle encerrado entre agrestes montañas, en el que alternaban cultivos y terrenos irregulares baldíos. Caseríos y granjas, pequeños y muy dispersos, resaltaban aquí y allá.

Mientras deambulaba por los agrestes caminos, me topé con los dos hombres tal como aparecen en la foto. Fue mayor mi sorpresa que la de ellos, que no alteraron su avance hacia donde me había llegado a detener. Ya me había rebasado el hombre desnudo, que parecía absorto sin reparar en mí, cuando el mayor se paró y tiró de la cuerda para hacer que el otro también lo hiciera. Me miró de arriba abajo y dijo: “Usted debe ser forastero ¿verdad?”. Asentí todavía perplejo. Señaló al de delante, que se había girado hacia nosotros al oírlo hablar. “Ese es Tadeo, mi hijo, que lo llevo a hacer una ronda”. No sabía qué me resultaba más extraño, si su completa desnudez, espléndida por lo demás, o el hecho de que lo llevara atado de aquella forma. “¿Por qué va así?”, di a mi pregunta una cierta ambigüedad. “Es para animar a la gente a que venga a la rifa que haremos por la tarde”, contestó el mayor muy serio. “¿Una rifa? ¿De qué?”, volví a preguntar perplejo. “Pensé que usted vendría para eso… También participa algún forastero”, dijo sin aclarar más. “No tenía ni idea”, reconocí. “Pues la hacemos cada semana, tal día como hoy”, siguió sin entrar en materia. “Curiosa manera de celebrar el domingo”, pensé. “¿Pero qué es lo que rifan?”, insistí. “Aquí lo tiene… A mi hijo”. Miré incrédulo al hombre desnudo y el mayor soltó: “¿Qué le parece el muchacho?”. Lo primero que pensé fue: “De muchacho nada. Un tiarrón impresionante”. Pero en cambio contesté más comedido: “Se le ve muy lozano”. Percibí una sonrisa irónica en el aludido. “Ya me cuido de que esté así”, dijo el padre. “Perdone, pero no entiendo nada. Como soy forastero…”, reconocí. “Si quiere, se lo explico… Igual también se decide a ir a la rifa. Cuantos más participen, mejor para nosotros”, propuso el padre. “Si no tienen prisa, me encantaría”, acepté. “¡No, no! Para eso sirve la ronda que hacemos primero… Podemos empezar con usted. Luego ya vamos más rápidos. Los del lugar saben bien de qué va y solo se trata de recordárselo. Viendo así a mi chico siempre se animan”, dijo para mostrar su disposición.

Se sentó en un pedrusco dispuesto ya a rajar y tiró de la cuerda para que Tadeo quedara de pie a su lado. “Aquí ya no queda gente joven. Hay solteros, viudos y las mujeres son ya muy mayores para esos trotes… Mi hijo es lo más joven que se puede encontrar y todavía resulta muy apetitoso. Es lo mejorcito que se puede encontrar”. No pude menos que admitirlo y el padre añadió: “En este sitio tan apartado, los hombres tienen sus necesidades y van muy salidos. Debe ser por el aire de nuestras montañas… Y mi Tadeo me ha salido golfo como el que más. Le encanta revolcarse con cualquiera. A mí no me importaba y lo dejaba hacer a su gusto. Pero cuando se nos murieron todas las cabras, empecé a ir corto de recursos y decidí poner orden. Por eso se me ocurrió lo de la rifa semanal y está teniendo bastante éxito. Hasta viene gente de fuera, como creí que sería su caso”. Empecé a entender lo retorcido del método para explotar las cualidades del hijo y no pude evitar el echar una mirada lujuriosa a su desnudez. No obstante seguía teniendo curiosidad. “¿Para qué va atado con la cuerda? No parece que lo tenga que llevar a rastras. Más bien es él quien tira de usted”. El hombre soltó algo parecido a una risa. “Siempre ayuda un poco de teatro ¿no le parece? Así luce más la ronda y todos recuerdan lo bien que se puede pasar con él. Luego le traspaso la cuerda al ganador de la rifa, que puede disponer de él toda la noche”.

Enterado así del objetivo final de la rifa, me incomodaba no obstante que mi único interlocutor fuera el padre y me atreví a encararme al  hijo. “¿Y tú que dices de todo eso, Tadeo? ¿Te lo pasas bien rondando en pelotas por todo el valle?”. Primero miró al padre pidiendo su venia para hablar y por fin sonó su voz bronca y varonil. “Me divierte que me miren con tantas ganas. Hasta me pone más cachondo”. “¿Y te da igual quién gane la rifa?”, volví a preguntarle. “Si con casi todos me había dado ya revolcones. Cuando le toca a alguno nuevo también me hace gracia la novedad”. “Ya veo que eres muy sincero”, comenté. Él se encogió de hombros confirmándolo. “¿Por qué no? Me gusta follar”.

El padre se lanzó ya a hacerle publicidad con el mayor descaro. “Fíjese en esas tetas, más gordas y firmes que las de muchas hembras… Y del culo para qué le cuento”. Hizo que se diera la vuelta. “¿Qué le parece? Bien gordo y prieto… Y lo que traga”. Quedé totalmente deslumbrado ante aquel culazo espléndido y no podía creer la procacidad con que el padre lo describía. Pero tras su exhibición Tadeo volvió a ponerse de frente y el padre siguió con las loas. “Y de las cosas de macho no piense que se queda corto porque se las vea ahí apretadas por esos muslos tan gordos”.  Para mi estupefacción lo instó. “¡Niño! Arréglate un poco lo de abajo, para que el señor puede acabar de apreciar lo que vales”. Tadeo, con no menos orgullo y clavándome una mirada pícara, se llevó las manos a la entrepierna. Separando ligeramente las piernas hizo resaltar de entre el pelambre unos rotundos huevos pegados a las ingles y, sobre ellos, una polla que empezó a desperezarse. Lo que no me podía esperar fue que el padre me animara. “Como usted es nuevo por aquí, si quiere, puede tocársela un poco… Verá lo dura que se le pone enseguida”. Me quedé cortado sin saber qué hacer, aunque ardía en ganas. Pero me cohibía tanta desfachatez en los dos. Sin embargo, por si mis reservas eran por motivos de higiene el padre precisó: “Sepa usted que para sacarlo de ronda lo dejo antes limpio como una patena. Hasta le restriego los bajos con jabón de olor y en el culo le pongo una lavativa”. Qué iba a hacer ya sino alargar una mano y palpar lo que se me ofrecía. Al instante se le puso tan gruesa y consistente que casi se me escapa de la mano. Para colmo empezó a cimbrearse incitándome a la frotación. Pero el padre lo frenó. “¡Niño, no te pases! Que solo es para que el señor haga una cata”. Aparté ya la mano que me ardía. El padre reanudó la información. “Ya ve cómo es, dispuesto a las primeras de cambio… Pero ahora me ocupo de que no dé tantas facilidades y nos sirva para sacarle un provecho. De ahí lo de la rifa”.

Como en un acuerdo tácito para captarme definitivamente como postor, entre ambos ahora redoblaron la propaganda del producto. “¡Anda! Cuéntale al señor cómo te las apañas para que lo pasen bien los que ganan la rifa”, lo animó. “¡Uf! Es que eso depende de cada cual”, advirtió Tadeo, quien provocativamente se plantó con los brazos en jarra y la polla todavía desafiante, dispuesto a entrar en detalles. “Hay quienes van directos a darse el lote conmigo y bien que los dejo. Me comen las tetas que hasta me quedan marcas de los mordiscos. Me estrujan la polla y los huevos, y como se me pone dura enseguida me pajean a base de bien ¡Menudos chorros me hacen soltar! Que yo de leche, toda la que se quiera. Los que me la chupan casi se ahogan de lo que han de tragar. Y de darme por el culo ni le cuento. Que cuanto más gorda es la polla más la disfruto”. Al tomarse un respiro, maquinalmente bajó un brazo y el dedo con que recogió el juguillo que le abrillantaba el capullo lo subió a la boca para lamérselo. “Otros son más de que yo les haga cosas y les mame hasta que me llenen la boca. Y si se trata de follármelos bien apañados que los dejo… También hay los que se animan con unos azotes y, si lo que les va es dármelos a mí, pues no me parece mal tampoco”. No pude menos que exclamar: “Así no me extraña que haya tantos aspirantes”. Aún añadió para concluir: “Cosas así las he hecho siempre. Pero como ahora  es una vez a la semana y me tienen la noche entera, ahí ya cabe cualquier cosa”. El padre apostilló ufano: “Es que pone el alma en todo lo que hace”.

No faltó nada más para convencerme. Aunque escéptico de que la suerte me sonriera, no pensaba perderme el ceremonial de la rifa, que prometía ser de lo más excitante. Ello suponía que había de alterar mis planes y quedarme más tiempo del previsto en aquel valle, que inicialmente consideré como solo de paso. Así que dije a la pareja: “Pues van a poder contar conmigo”. Me sorprendió que Tadeo correspondiera halagador: “Me gustaría que fueras tú el que ganara”. Pero el padre lo reprendió. “A ver si el señor va a creer que hacemos trampas… Menuda se armaría si los vecinos empezaran a sospechar”. Cambié de tema y pregunté: “Por cierto ¿dónde se hace la rifa?”. El padre me indicó: “Si avanza un trecho más, verá una ermita. Está en ruinas, pero es allí donde hacemos las reuniones de vecinos”. Se puso ya de pie y tiró de la cuerda para que el hijo se pusiera en marcha. “Con su permiso seguiremos con lo nuestro. Espero que nos volvamos a ver más tarde… Y a ver qué pasa”. “No lo duden”, afirmé.  

Henchido de excitación, los contemplé enfilar el camino descendente hacia la zona de cultivos. Trepé hasta un repecho desde el que tenía una visión que me permitió observar a varios labriegos que realizaban en solitario sus labores. En cuanto los veían, saludaban levantando los brazos con gestos de alborozo. Se les acercaban y sentí no poder oír lo que estuvieran diciendo. Supuse que, entre otras cosas comentarían la desnudez del reclamo. Me hizo gracia que, cuando uno, por lo visto más atrevido de la cuenta, intentó meter mano a Tadeo, el padre estiró de la cuerda para apartarlo. Luego los perdí ya de vista y, como había decidido prolongar mi estancia en el valle, busqué un sitio sombreado para matar el tiempo. Recurrí a una barrita energética y un botellín de agua para reconfortarme en la espera y pensé en hacer una siesta. Pero no me quitaba de la cabeza la imagen de aquel pedazo de hombre desnudo y opté por hacerme una buena paja a su salud. Así pude ya dormir un buen rato.

Aunque pensé que me sobraría tiempo, la impaciencia me hizo emprender el camino hacia la ermita. No me fue difícil seguirlo y la subida era suave. En el llano delante del edificio ruinoso estaban ya algunos hombres. Otros más vinieron después. Desde luego debía ser el acontecimiento de la semana para los lugareños. Llegó a haber más de veinte y, al menos en esta ocasión, debía ser yo el único forastero. Se formaban grupos que charlaban animadamente y se percibía cierta expectación. No habían aparecido todavía los protagonistas del evento, pero delante de la ermita había ya una mesa formada por una tabla sobre dos caballetes y, en ella, dos orzas de barro tapadas. De pronto empezó a hacerse silencio y se fue abriendo un pasillo por el que avanzaban, con teatral solemnidad, padre e hijo. Por supuesto Tadeo venía tan en cueros como cuando me encontré con ellos, pero ahora era el padre quien iba delante simulando que tiraba de la cuerda. Llegaron ante la mesa, que quedaba algo elevada facilitando la vista desde todos los lados, y se colocaron juntos frente a la concurrencia. Estallaron ya aplausos y requiebros mayormente soeces dirigidos a Tadeo, que los recibía retador y sonriente con los brazos en jarra. Contrastaba su desvergonzada opulencia con la pequeñez y modestia del padre. Éste sin embargo se impuso y, agitando las manos, mandó callar. Habló con una voz más firme que la que yo le había oído e incluso con dejes de ironía. “Veo que tampoco habéis fallado en esta ocasión, dispuestos a probar suerte una vez más… Y es que el premio siempre vale la pena ¿no es verdad?”. Se desataron asentimientos de tono subido, que no dudó en alentar. “¡Niño! Anímalos como tú sabes a que compren muchos números”. Tadeo, si ya tal como estaba plantado ante la concurrencia era pura provocación, pasó de la quietud a los gestos más lascivos. Con la mirada retándolos de uno en uno, se desperezó levantando los brazos y cruzando las manos tras la nuca. Luego fue bajando para estrujarse las tetas e ir deslizando las manos hasta alcanzar el paquete. Se lo manoseó obscenamente mientras iba girando. Presentó así el culo y, echando el torso hacia delante, estiró de las nalgas para resaltar la raja. Cuando volvió a ponerse de frente, lucía una escandalosa erección. Aunque era algo que ya me había ofrecido en el encuentro de la mañana, que lo reprodujera allí, elevado frente a tanto hombre ansioso, me resultaba tan morboso que hube de apretarme la entrepierna para calmar el ardor que sentía.

El silencio expectante con que se había acogido la exhibición estalló en nuevas proclamas que expresaban un deseo desatado. Impasible, el padre prosiguió. “Pues esta noche uno de vosotros va poder hacer con él algo más que mirar”. Con la emoción del momento, no me había dado cuenta de que se había colocado a mi lado un tipo gordote y cincuentón de rostro risueño. Lo miré cuando le oí comentarme: “Como si no lo hubiéramos catado ya casi todos…”. Me sorprendió su tono sarcástico y le pregunté: “¿Tú también?”. “¡Pues claro! Si ése está siempre dispuesto. Y desde luego es una fiera y se pasa de coña con él… Aunque para mi gusto se sale un poco de gordo. Para eso ya estoy yo… Los prefiero, no digo delgados, pero algo más manejables”. Me lanzó una mirada de lo más expresiva. Pero de momento volvimos a atender al padre que ponía ya en marcha el proceso. “¡Bueno! Si ya habéis hecho boca lo bastante, no perdamos más tiempo. Todos conocéis cómo funciona esto. Total transparencia, sin trampa ni cartón ¡A hacer cola, compañeros! Y con los dineritos a punto para que vaya más rápida”. El método a seguir no era menos original que todo el espectáculo que lograban montar. Padre e hijo pasaron al otro lado de la mesa. Entonces el primero destapó las dos orzas y mostró una de ellas bocabajo para que se viera que estaba vacía. En la otra metió una mano que removió, oyéndose un entrechocar que producían bolitas de madera con números, como las que se usaban en el antiguo juego de la lotería. Se vio cuando sacó una para enseñarla. Tras ello se formó una disciplinada cola, cada cual con la cantidad que pensaba gastarse. Por supuesto me incorporé, junto con el gordito simpático que no se separaba de mí y que me explicó: “En una orza están todos los números que, a medida que se vayan comprando, irán pasando a la otra, donde se jugará la suerte”.

Al llegar a la mesa, cada uno indicaba si quería un número o varios y entregaba el precio correspondiente. El padre sacaba la o las bolas correspondientes, que había de ir pasando a la orza que estaba vacía al principio. La misión de Tadeo era la de tomar la mano del comprador y escribir en la palma con un rotulador el número de la bola. Si eran varios, recurría a las dos manos o incluso subía por el brazo. Y cómo no, en este proceso de manoseo ponía toda su picardía. Además se arrimaba con toda intención al borde de la mesa forzando que los huevos y la polla reposaran bien visibles sobre ella. Lo cual evidentemente encandilaba a los que iba atendiendo, que como al descuido intentaban tocar más de la cuenta, aunque con mayor o menor permisividad según los números que se pedían. La consecuencia de estos escarceos era que el avance se ralentizara, pero entre lo que iba sucediendo en la mesa y la información que no paraba de darme el  gordito, estaba la mar de distraído.

Quise contrastar lo que me había comentado antes con lo que me habían dicho padre e hijo por la mañana, aunque sin entrar en detalles. “Parece que ahora, desde que funciona esto de la rifa, solo se lo lleva al huerto el que tiene suerte cada semana…”. “¡Qué va! Todo es un cuento”, reaccionó enseguida, “Es que el vejete es más listo que el diablo… En cuanto se arruinó, como sabía de largo lo picha brava que es su hijo… y lo salidos que vamos todos aquí, que todo hay que decirlo, se inventó un tinglado para sacarnos los cuartos a los vecinos”. Aumentó mi curiosidad. “Entonces, si el hijo sigue dando las mismas facilidades ¿cómo es que cada domingo se llene esto para comprar números?”. “Parece de locos ¿verdad? Pero aquí hay pocas distracciones y, como un vicio más, nos ha entrado el del juego… Así, aunque el que luego gana en la rifa se lo haya estado cepillando dos días antes, es todo un triunfo de cara a los demás que te toque y podértelo llevar para una noche entera delante de todos, que nos morimos de envidia como tontos”. Añadí mi opinión. “Ya se cuida el tío de tener a todo el mundo babeando tal como se exhibe en puras pelotas desde buena mañana”. “Es que eso le gusta casi tanto como el follar”, afirmó el gordito, “Seguro que es más idea suya que del padre, al que le viene de perlas el éxito de esa clase de reclamo”. Se me agolpaban las preguntas. “¿El padre sabe que, el resto de la semana el hijo sigue haciendo de las suyas y sin beneficio?”. “Ése, mientras le funcione lo de la rifa del domingo, pasa de lo demás. Es lo que ha hecho siempre”. “¿Cómo es que el hijo en su momento no se largó de aquí como han hecho todos los jóvenes? Al parecer, en términos relativos, se ha quedado como el benjamín de todos vosotros y eso contribuye a que sea más apetecible”. “¿Para qué se iba a ir si encuentra aquí lo que más le gusta y encima sin competencia? Tiene a todos los hombres que quiere, y además maduros, que es como le van… ¡El paraíso para él!”. “¿Pero aparte de él, entre los demás hombres no tenéis vuestros rollos también? Porque estoy viendo maduros que hacéis muy buena pinta”. Sonrió ante mi piropo indirecto. “Somos una gente muy rara… Algún lío habrá, pero no se ve con buenos ojos entre hombres ya mayores. Es lo que pasaba en Grecia ¿no? En cambio con los efebos a ponerse las botas… Aunque el de la rifa no sea precisamente un efebo ni se le pueda considerar joven siquiera, al ser el de menos edad, y además tan golfo y provocativo, se tiene un pretexto para satisfacer con él las necesidades de machos salidos. No dejan de ser convenciones que sirven para dormir más tranquilos”. Aún añadió una anécdota al respecto. “Pues resulta que nuestro falso efebo no solo no tiene el menor reparo en ir con todo al aire, sino que tampoco se priva de ventilar secretos de alcoba. Así que un día me contó que uno que está por aquí, y que no quiero señalar, quien según él tiene una verga descomunal, como no ve claro eso de cepillarse a un hombre, le pide que se esconda el paquete entre los muslos para que parezca un coño. Así se pone cachondo metiéndole mano y comiéndole las tetas, para luego darle por el culo tan ricamente”.

Ya quedaba menos para que nos llegara nuestro turno. Pero aún quise saber algo más personal. “¿Te importa que te pregunte si ya te ha tocado alguna vez la rifa?”. “¡Qué me va a importar! Si ya antes te he dicho que había follado con él… Y sí, me tocó hace varias semanas”. No hizo falta que preguntara más porque ya se adelantó él. “Me sentí tan contento y orgulloso como les pasa a todos. Además, tenerlo una noche completa da mucho de sí. No es como un simple revolcón… Realmente valió la pena porque el tío es increíble. No sé la de veces que se corrió de todas las maneras posibles y soltando leche como un toro… Quedé agotado pero en la gloria”.

Cuando estuvimos ante la mesa, el gordito me cedió la vez. Debería querer curiosear cómo me iba la compra. Tadeo me acogió contento. “¡Hola! Me alegro de verte de nuevo… ¿Qué quieres que te dé?”. Siempre insinuante. “Aunque estés con los huevos sobre la mesa, me conformo con un número”, contesté. “¿Tan seguro vas?”. “Es que no creo en la suerte”. “Me gustaría que hoy la tuvieras”. “¿Es lo que le estás diciendo a todos?”. Entretanto me tenía cogida la mano que yo había dejado lacia y, para anotar el número de la bola que había sacado el padre, la bajó casi rozando la polla. “¿Te hago como esta mañana?”, le solté. Rio subiendo la mano. “Ahora no hay privilegios… Pero a lo mejor vas a poder hacerlo toda la noche”. “Dios te oiga”, dije dando ya paso al gordito.

Pronto acabó ya la laboriosa fase y se acercaba el momento clave. Volvió a tomar la palabra el padre. “¡La suerte está echada! En unos instantes sabremos el ganador”. Apartó la orza con las bolas no utilizadas y la puso bajo la mesa para evitar confusiones. Padre e hijo pasaron  delante de la mesa y Tadeo cogió con las dos manos la otra orza y la agitó sacudiéndose todo él como si tocara unas maracas. Me pilló por sorpresa que el padre anunciara: “Como mano inocente propongo la de quien nos vista hoy por primera vez”. Todos miraron hacia mí y el gordito me dio unas palmadas en la espalda. “Te ha tocado”. “Pero no el premio”, repliqué. “¿Quién sabe?”, me animó. Tuve que ir pues hacia la mesa, donde Tadeo había depositado de nuevo la orza. “Remueve bien y saca una bola”, me dijo. Lo hice con mano temblorosa y un gusanillo de débil esperanza. Mostré el número de la extraída a la vez que lo cantaba. Desde luego no era el mío. Se oyó un grito de triunfo. “¡Yo, yo!”. Un tipo sesentón, calvo y barrigudo daba saltos de alegría. Su caminar hacia la mesa se veía ralentizado por las palmadas y las felicitaciones que recibía. El lenguaraz gordito aprovechó el momento. “¡Míralo, como en los Oscars! Ahí donde lo ves es el vaquero. Cada vez que el hijo va a pedirle leche para el padre por la cara, acaban ordeñándose los dos”.

Padre e hijo aguardaban satisfechos. El primero sujetaba ostentosamente la cuerda que había seguido atada al collar de Tadeo. Cuando al fin pudo llegar el agraciado,  el padre hizo un remedo de traspaso simbólico de la cuerda. Pero el tipo no estaba para solemnidades. Se echó la cuerda a un hombro y fue directo a disfrutar de su premio, que lo acogió con los brazos abiertos. La forma en que, ya con licencia absoluta, se restregaron y morrearon, uno en cueros y el otro vestido de domingo, no podía resultar más lúbrica, para exaltación del respetable, que disimulaba su envidia jaleándolos. El paroxismo llegó cuando, al separarse, Tadeo alardeó  de nuevo de una magnífica erección. Y bien orgulloso estaba el premiado de lo que le había tocado en suerte. Ello no fue obstáculo para que el padre, discretamente, instara a éste para una última diligencia, que no era más que quitar a Tadeo el collar junto con la cuerda y entregárselo. Ya lo guardaría para la próxima rifa. Le pregunté al gordito: “¿Qué pasará ahora?”. “Pues que el vaquero se lo lleva corriendo a su casa para aprovechar bien la noche… Si es como una boda de pueblo, pero en la que la novia es siempre la misma y el novio cambia cada semana. Solo falta sacar la sábana al balcón para demostrar que era virgen”. No pude menos que reír por la agudeza irónica del gordito. “¿Y no hay convite de boda?”, pregunté. “El convite se lo montan ellos… Para los demás se acabó la fiesta hasta el domingo que viene”. “Pero por lo que dices entre semana no deja de haber movidas con el mozo”. “Eso sí. Se da por descontado… Mañana mismo ya estará buscando las cosquillas a unos y otros”. “¡Qué fiera!”. “Si le gusta follar más que comer… Y mira lo hermoso que está”. “No me digas que va siempre en pelotas”. “Eso no. Lo reserva para el gancho de la rifa. Pero sus pantalones suben y bajan con facilidad”.

Una vez que la nueva pareja se quitó de en medio muy amartelada, el resto se fue dispersando lentamente con la desgana típica de un fin de fiesta. Pero el gordito seguía a mi lado y me preguntó solícito: “¿Tú qué haces ahora?”. Fue entonces cuando tomé conciencia de que mis planes se habían complicado al enredarme con lo de la rifa. Así lo expresé. “Pues voy a tener que darme prisa para coger el coche… Esta mañana pensaba que estaría por aquí solo de paso y ya se está haciendo de noche”. Dijo alarmado: “¡Dónde vas a ir ahora con lo malas que son estas carreteras y más de noche!”. “Habría de buscar un sitio para dormir”, repliqué. “¿Y no se te ocurre que aquí puedes tenerlo?”. “No me parecía…”, empecé a decir viéndolas venir. Fue rápido. “Soy modesto pero no duermo bajo un árbol”. “¿Me darías cobijo?”, pregunté más relajado. “Ya que no he tenido suerte en la rifa…”, soltó con picardía. “Aquí todos estáis pensando en lo mismo”, dije divertido. “¿Y tú no?”. El gordito, sin la exuberancia del protagonista de la jornada, estaba bastante apetitoso y quedaba claro que desde el principio me había tirado los tejos. Así que acepté. “Entonces me pongo en tus manos”. “Vamos entonces, que mi casa no está lejos”, dijo tomándome del brazo muy contento, “Me llamo Martín”. “¿Vives solo?”, pregunté no obstante. “Como casi todos aquí… Follamos pero no procreamos. Así somos de decadentes”. “Pues lo que llevo visto hasta ahora me resulta muy interesante”. “Espero que siga siendo así”. “¿A qué te dedicas?”, inquirí nuevamente. “Tengo panales de abejas. Dan una miel muy rica… Pero no te preocupes, que no entran en la casa”. “Debes ser muy dulce”, lo piropeé. “Tú mismo podrás comprobarlo”.

Más que una casa, era una cabaña de madera. El interior consistía en un espacio único, modesto pero bastante aseado. Era consciente de que no se iba a tratar solo de dormir y, después de la calentura que había acumulado con el insólito y continuado espectáculo del día, me sentí decididamente dispuesto a un revolcón con el gordito Martín. Éste sin embargo consideró adecuado cumplir primero con sus deberes de anfitrión. “Debes tener hambre… Puedo calentar una sopa y hacer unos huevos”. “¿Habrá miel de postre?”, pregunté risueño. “¡Por supuesto!”. Dimos cuenta rápidamente de sus viandas y Martín aprovechó para preparar el terreno, con una cierta timidez que contrastaba con su agudeza verbal. “No te importará compartir la cama conmigo ¿verdad?”. “Lo estoy deseando”, repliqué.

Después de los insólitos y desmadrados acontecimientos del día, acostarme con mi anfitrión fue todo un remanso de paz. Los dos desnudos en la cama nos examinamos mutuamente, con la vista y también con las manos. Me gustó su timidez, que resultaba extraña en el ambiente que dominaba en el lugar. Tenía formas redondeadas, con un vello suave, que resultaban mullidas al tacto. Se dejaba hacer y le lamí los rosados pezones. Cuando se los succioné, gimoteó estremecido. Tanteé más debajo de su barriga y di con la polla corta y gruesa, que ya estaba dura, sobre unos compactos huevos. De pronto pidió: “¿Puedo yo ahora?”. Conmovido por su delicadeza, me puse bocarriba ofreciéndome. Fue llenándome el cuerpo de dulces lamidas y besos que me electrizaron. Se iba deslizando lentamente hasta llegar ante mi polla, dura del todo ya. La acarició con suavidad y, mirándome a los ojos como pidiéndome permiso, se puso a chuparla. Lo hacía pausado, con una succión y unos pases de lengua alrededor que rozaba la perfección. Tuve que frenarlo y entonces quise hacerle yo lo mismo, pero enseguida me dio otra opción. “¿Por qué no me penetras ya?”. Hasta en eso era fino. Se giró rápidamente y me ofreció el culo. Respingón y suculento como lo vi, no dudé en complacerlo. Me abrí paso entre sus piernas con la polla bien tiesa y me fui dejando caer. Apenas sin forzar la entrada, la polla me quedó cálidamente envuelta. Los murmullos de complacencia que oía aumentaron mi excitación. Empecé a moverme y, a medida que Martín repetía decididos “¡Sí, sí!” llevando mi ritmo, yo aceleraba el bombeo. Me sentí venir el orgasmo y una enérgica sacudida hizo que me vaciara con varios espasmos. Quedé paralizado, pero me extrañó que, tras recibir mi corrida y con la polla todavía aflojándoseme dentro de su culo, Martín siguiera temblando y resoplando. Oí que decía: “¡Espera, no te apartes! Estoy acabando”. Y era que espontáneamente mi follada había hecho que también se corriera. Una vez separados, quiso disculparse. “Perdona… Es que se me escapa enseguida”. Repliqué: “¿Perdonar qué? Si me ha encantado hacerte disfrutar de ese modo”. Como si pensara en voz alta, soltó: “A Tadeo le hace mucha gracia que me pase esto”. No pude menos que admirarme de cómo giraba todo en torno al dichoso Tadeo en este sitio. Fuera como fuera quedé bien saciado y, acunado por los cariños que me dispensaba Martín, me quedé frito entre sus brazos.

Martín me ofreció un desayuno sustancioso y, de nuevo dicharachero, bromeó. “Esta leche es del vaquero… Bueno, de sus vacas. No vayas a creer otra cosa”. Como tenía que cuidar a sus abejas, preferí no acompañarlo y nos despedimos ya con cariñosos besos. “¿Volverás por aquí?”, me preguntó. “Ganas sí que me quedan… Todo son sorpresas”. “Vuelve para otra rifa y, si no tienes suerte, puedes llevarte un premio de consolación”, dijo modesto. “Tú sí que has sido el premio gordo”, lo lisonjeé. “Lo de gordo lo admito”, asintió. “Y lo de premio”, insistí yo. Le di un último beso y ya fui en busca de mi coche.

Pero aquél valle tenía una especie de imán que tiraba de mí haciendo que retrasara la marcha. Así que, sin saber para qué, al menos conscientemente, me entretuve vagando de nuevo por aquellos caminos sin destino fijo. Me dio un vuelco el corazón cuando vi que subía hacia mí nada menos que Tadeo, por lo visto ya cumplido el compromiso de la rifa. Venía solo esta vez y, aunque ya no desnudo, los pantalones cortos que reventaban los gruesos muslos, así como la camiseta que marcaba las formas de su torso y le quedaba por encima del ombligo, parecían ex profeso para la provocación. Enseguida me reconoció. “¡Hombre! ¿Aún por aquí?”. “Ayer se me hizo tarde con la rifa y he pasado aquí la noche”, expliqué. “Seguro que con alguien ¿Tan pronto te olvidaste de mí?”, dijo meloso. “Eso es difícil… Aunque casi no te reconozco al verte con ropa”. “El de esta noche me ha dejado algo para ponerme, que no siempre voy a ir en pelotas”. “Se distraerían demasiado tus vecinos. Sabes dosificarte… Aunque así tampoco estás nada mal”. “¿Tú crees? Me va estrecho”. Se tocó como si necesitara ajustarse el paquete. “Por cierto”, dije cambiando de tema, “¿Cómo te ha ido la noche?”. “¡Uf! ¡Qué manera de follar! Ayer mi padre y yo ya te contamos cómo funciono ¿Te acuerdas?”. “¡Cómo no!”, dije. “Pues imagínate toda la noche dale que te pego, que estos de la rifa, cuando ganan, no quieren perder el tiempo durmiendo”. “Así que estarás agotado”. “¡De eso nada! Ahora mismo, si me la tocas como hiciste ayer, se me vuelve a poner como una piedra… Y si me pajeas, me sale tanta leche como en el primer polvo de anoche”. Casi sin pensarlo, solté: “Sería cuestión de comprobarlo”. Me di cuenta entonces que me estaba dejando enredar por ese magnetismo que le atribuían y me parecía increíble que, después del sexo tan satisfactorio que acababa de tener con el gordito, estuviera sintiendo una pulsión intensa de deseo. Por eso añadí: “Pero ya sé que ahora te reservas para la rifa de los domingos”. Rio con ganas. “A ti te lo puedo confesar. Eso es lo que decimos mi padre y yo… ¿Pero te imaginas que voy a poder quedarme en blanco toda la semana?”. “No te conozco tanto”, me escabullí. Pero él ya tenía puesta la directa. “Me gustaste cuando te conocí ayer ¿No te diste cuenta? Quise que me agarraras la polla, que era lo único que podía hacer en aquel momento”. “Fue tu padre quien me lo ofreció para animarme a ir a la rifa”. “Pero yo te habría dejado seguir”. Me fijé en que la delantera de los ajustados pantalones se le iba tensando, hasta el punto de que la tira de tela que cubre la cremallera se había desplazado y ésta quedaba a la vista. Tadeo captó mi observación y dijo: “Voy a tener que quitarme esto”. Dio un tirón para que bajaran los pantalones, que cayeron al suelo, y en efecto surgió la polla bien tiesa apuntando hacia delante. “¿Ves como no exagero? Ahora no está mi padre”, dijo con un punto de ironía. Era ya demasiado para mí y, como si mi mano no me obedeciera, fue a cerrarse en torno a la gruesa polla. “¡Um! Me encanta el calor de tu mano”, dijo en un susurro. Yo desde luego notaba que me ardía. Pero entonces Tadeo se apartó, pataleó para sacar los pantalones, que cogió con una mano, y con la otra tiró de mí para salirnos del camino. Apenas nos adentramos y dejó los pantalones sobre una rama. Se quitó también la camiseta y se me mostró una vez más en cueros. “¿A que así te gusta más?”. La polla seguía bien tiesa y un impulso irrefrenable me hizo caer de rodillas. No solo volví a manosearla sino que me la metí en la boca. “¡Uy, así me gusta!”, le oí decir. Mamé con ansia hasta que exclamó: “¡Cómo me has puesto ya!”. Pero añadió: “Será mejor que dejes de chupar y sigas con la mano… Pronto sabrás por qué te lo digo”. Pasé pues a frotar y de pronto empezó a lanzar una serie de chorros continuados de una potencia y densidad que me dejaron estupefacto. Cuando el fluido decreció soltó un profundo suspiro. “¡Uuufff! No quería que te ahogaras. Los que me conocen están ya al tanto de lo que pueden llegar a tragar”. Pese a todo quise saborear su leche y lamí goloso la que le goteaba.

Pensé que ahí habría quedado todo y que me llevaría un buen recuerdo de despedida. Pero no había contado con que para Tadeo nunca era bastante. Tiró de mí hacia arriba y me estrechó contra su pecho. “Todavía te queda más por comer… Y a mí también”. Plantó la boca en la mía y directamente me metió la lengua. Se apartó un momento para decir: “Aún te sabe a mi leche”. Mientras reanudaba el intenso morreo, llevó las manos a los bajos de mi camiseta y la subió para sacármela por la cabeza. Como era evidente que no pararía hasta dejarme tan en cueros como él, ayudé bajándome los pantalones. Juntamos tanto los cuerpos que, a pesar de las barrigas, mi erección chocó con la suya, que increíblemente había recuperado la misma firmeza que tenía antes de que se la mamara. Él mismo me movió la cabeza para ofrecerme las tetas. “¡Sigue comiendo!”. Desde luego no podían ser más tentadoras, gordas y consistentes con pezones picudos ¡Con qué ganas las chupé! Pero Tadeo no tenía suficiente. “¡No seas tímido y muerde! Me vuelve loco”. “Ya tienes marcas”, observé. “¡Claro! De esta noche ¡Avívamelas!”. Así que mordí enfebrecido donde unas horas antes lo había hecho el vaquero. Tadeo jadeaba. “¡Aj, cómo me pones!”. Quedé con la boca babeante y entonces Tadeo me impulsó para que me subiera a una elevación del terreno. Así agachado, se dispuso a chupármela ahora él a mí ¡Cómo sabía mamar! Su lengua envolvía el capullo y se tragaba la polla hasta que sus labios topaban con mi pubis. Ralentizaba el proceso sin querer llevarme al éxtasis alternando con lamidas a los huevos.

De pronto Tadeo dijo: “A punto para follarme ¿eh?”. A estas alturas era lo que más deseaba, tanto como parecía ocurrirle a él. Se apresuró a inclinarse sobre la recia rama de un arbusto y me ofreció el culo. “¡Todo tuyo!”. Me eché encima y le entré de golpe a la primera. “¡Sí, qué bien!”, exclamó Tadeo. Yo no podía sino concentrarme en el calor que cercaba mi polla y mi excitación se disparaba con el morbo  de pensar que ahí adentro aún quedaría algo de las corridas que le habrían descargado esa noche. Sin embargo, cuando más entusiasmado estaba en mi follada, y abstraído de todo, me alarmó el sonido de unas voces que comentaban divertidas: “¡Mira! Ahí está otra vez Tadeo poniendo el culo”, “No habrá tenido bastante con el vaquero”, “¿Ese otro no es el forastero?”, “Otro añadido a su lista”. Provenían de dos tipos que, pasando por el camino, del que apenas nos habíamos alejado por las prisas de Tadeo, se habían detenido al vernos. Como me quedé paralizado, Tadeo me incitó: “¡Tú sigue! No les hagas caso”. Estaba tan lanzado que pasando, de ellos, reanudé el bombeo, mientras oía sus risas al alejarse ya. En cierta forma me vino bien la interrupción, porque con ella pude alargar el placer que aquel culo me estaba haciendo sentir y que Tadeo sabía fomentar. “¡Cómo me gusta tener tu polla dentro!”, “¡Zumba, zumba!”. Pero no solo me enardecía con sus palabras, porque también se meneaba hábilmente para encajarme mejor y hacía contracciones que me apretaban la polla. Por más que quise resistir llegó un momento en no pude sino casi gritar: “¡¡Ya!!”. E inicié una descarga que creí que nunca iba a acabar. Me daba vueltas la cabeza mientras notaba la fuerza con que me salía la leche y la tensión de Tadeo al recibirla.

Quedé echado sobre él sin fuerzas para moverme hasta que la polla me fue resbalando y salió goteando. Su impulso al ponerse derecho hizo que yo también me quedara de pie, todavía abrumado por la pasión que había llegado a poner en la consumación. Entonces Tadeo exclamó: “¡Qué buen polvo!”. “Uno más ¿no?”, replique consciente de que aquello para él debía ser plato de cada día. “Todos tienen su qué”, puntualizó. “Pues temí que se me fuera a cortar cuando aparecieron aquellos”, dije pensando en la intrusión de sus amigos. “No pasa nada. No será la primera vez que me ven follando… Si esos dos también me buscan las cosquillas”. Añadió riendo: “Yo no me oculto de nada”. “Eso ya lo tengo comprobado”. Lo que no ocultó ahora fue la tremenda erección que había recuperado. “¿Así estás otra vez?”, le dije. “¿Qué quieres? Cuando me alegran el culo me pongo burro enseguida”. Se agarró la polla y la sacudió. “¿Quieres ver el pajón que me hago?”. “Tú mismo”, me limité a contestar, porque en ese momento había quedado fuera de juego. Tadeo no se lo pensó dos veces y allí de pie se puso a meneársela con entusiasmo. Verlo así, agitando todo el corpachón y con expresión concentrada, reavivó insospechadamente mi excitación. No tardó en empezar a soltar chorros de leche no inferiores en fuerza y cantidad a los ya sacados por mi intervención hacía poco.

Sin embargo, pareció que su poderío sexual fuera contagioso, porque nada más acabar yo estaba empalmado de nuevo. Tadeo se rio. “¡Vaya! Seguro que aún te queda algo en la recámara”. Impulsivo, hizo que me subiera a la elevación del terreno de antes y repitió la mamada. La dominaba con una maestría que noté que me invadía un deseo de correrme tan intenso, si no más, como el que había tenido cuando estaba dentro de su culo. Pero ahora Tadeo no medía los tiempos e iba a por todas. Para qué iba a avisar, si sabía que estaba dispuesto a beberse toda mi leche. Cuando empecé a soltarla, me parecía increíble que en tan poco espacio de tiempo hubiera podido acumular de nuevo tanta cantidad, y que además saliera con tal ímpetu ¿Sería por el aire de aquellas montañas, como había dicho el padre de Tadeo? ¿O era que éste estaba dotado de lúbricos y mágicos poderes? Entretanto él iba sorbiendo con delectación, hasta que levantó la cara hacia la mía con expresión radiante y labios y barba perlados de leche. “¡Qué rica me ha sabido!”, exclamó. Yo estaba sin resuello y me senté en un tronco volcado. Tadeo, sonriente, lo hizo también a mi lado, con la misma frescura con que me lo había encontrado hacía poco.

El hechizo se rompió cuando volvieron a pasar, ahora en dirección contraria, los dos tipos de antes. Como vieron que no estábamos en acción, se acercaron más e interpelaron a Tadeo. “¿Qué, ya has acabado la faena con el forastero?”. Tadeo no se inmutó y divertido les soltó: “¡Anda y largaros de aquí, envidiosos! Que ya os pillaré yo cuando me venga en gana”. Los otros rieron y siguieron su marcha. “Los tienes haciendo cola ¿eh?”, le comenté. “¡No veas! Pero tampoco son tantos y no todos me dan el mismo tute… Algunos están ya viejos y se conforman con toquetearme un poco. Si acaso me hacen una paja o me la hago yo para que miren… Y tan contentos”. Ya empezó a ponerse la poca ropa que había traído. “Tendré que ir a mi casa para ayudar a mi padre con las cuentas de la rifa”. Salúdalo de mi parte”, dije con ironía. “¿Tú qué harás ahora?”, preguntó. “Ya cojo el coche y me largo de aquí, no sea que me encuentre con más sorpresas”. Rio y agarrándome me dio un largo beso con lengua. “No tendrás queja…”, dijo al soltarme. Cuando ya se marchaba, aún se volvió. “Acuérdate de las rifas… Siempre te puede tocar o, al menos, ya estaré yo para compensarte”. Fue alejándose por el camino con su corpachón embutido en aquellas prendas  tan escasas.

“¡Ahora sí que no hay vuelta de hoja!”, me dije a mí mismo. Cuando hube superado la tortuosa carretera de montaña que me alejaba del valle, empecé a preguntarme si no sería que todavía tenía que despertarme ¿Había pasado realmente todo lo que atropelladamente bullía en mi cabeza? ¿Podía haber sido yo capaz de desplegar en tan pocas horas semejante vigor continuado? Porque las piernas me las notaba firmes y se me había abierto tal apetito que ansiaba encontrar un buen sitio donde almorzar.

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Situado ahora fuera ya del relato, puedo plantear: ¿Inverosímil? ¿Disparatado? El caso es que, al hacer volar mi imaginación en torno a aquella foto tan intrigante, es así como me lie al desarrollar la historia, en la que de paso me he permitido regalarme con unos increíbles y diversos disfrutes sexuales. Podía haber sido de otra manera, incluso de muchas otras. Pero tal como me ha salido la doy a conocer.