martes, 27 de marzo de 2018

El comisario se lo busca

Para Jacinto, el comisario, el singular club había supuesto todo un hallazgo para satisfacer su retorcida sexualidad recién descubierta. Porque cada vez tenía más claro que su entrega a las prácticas vejatorias e, incluso, brutales de desconocidos le infundía una vitalidad que, por su edad y aspecto físico, creía desaparecida. Necesitaba sentirse objeto de una lujuria desatada y ser él quien la atrajera. Le enardecía que le dieran por el culo cuantos quisieran, hasta dejarlo abierto, dolorido y goteando sus leches. Y tampoco había tardado en comprobar que su boca también podía ser usada como instrumento de placer y receptáculo del agrio semen, que ansiaba saborear. Ni siquiera concebía ya la masturbación si no era obligado a ella o, aún mejor, estimulada por manos enérgicas. Sujetado y forzado, ese era el estado en que hallaba la plenitud. Qué lejos había quedado el Jacinto homófobo hasta la agresividad y al que, por otra parte, más de una mujer, incluso prostituta, había rechazado por sus maneras autoritarias y abusivas.

Jacinto había guardado en un bolsillo de la gabardina el formulario de inscripción como socio en el club. Pocos días después de su última experiencia en él, tuvo que pasar cerca ya de noche y tanteó el papel ya arrugado. Aunque había de volver a la comisaria porque le tocaba guardia, decidió entrar. Llamó a la puerta y quien le abrió fue el dueño. “¡Hombre, qué pronto te han entrado ganas de volver!”, lo saludó. Jacinto replicó muy serio sacando la hoja: “Hoy no puedo quedarme, pero quería saber cómo hago esto”. “Por lo pronto te doy otro formulario”, contestó el dueño al ver el estado del que enseñaba, “Solo tienes que poner dónde te cobraremos las cuotas mensuales y ya serás miembro de pleno derecho”. Jacinto aún preguntó: “¿Y cómo funcionará esto entonces?”. El dueño le explicó con detalle: “La mayor parte de los días solo pueden acceder los socios. Pero dos sábados al mes la entrada es abierta… Tú precisamente viniste una de esos días libres y por eso pudiste pasártelo tan bien, al parecer. Son en los que se encuentra más gente de todo tipo…”. Jacinto lo interrumpió con un golpe de sinceridad. “Eso es lo que me va mejor a mí ¿no?”. “Bueno… Entre los socios suele haberlos de aficiones, digamos, más sofisticadas. Además tienen acceso a una sala VIP que puede resultar muy interesante”, le vendió el producto el dueño. “¿Qué pasa en esa sala?”, inquirió de nuevo Jacinto. “Solo lo conocerás cuando vengas como socio”, lo intrigó el dueño sonriente. Jacinto acabó de convencerse. “¡Vale! ¿Pongo los datos y ya está?”. “Así de fácil… por tratarse se ti”, lo aduló el otro. Jacinto cumplimentó el formulario y recibió una tarjeta bastante discreta. “Con esto ya tienes acceso libre… y hasta barra libre”, concluyó el dueño. “Ahora tengo prisa… Ya vendré en cuanto pueda”, se despidió Jacinto.

Esa noche en la guardia, por suerte bastante tranquila, Jacinto estuvo dándole vueltas al asunto. A la vista de las explicaciones del dueño del club, dudaba si realmente merecía la pena haberse hecho socio ¿No sería mejor para él limitarse a ir los días de entrada libre? Le vez en que estuvo le habían dado un buen tute, que era lo que buscaba. Y le parecía que encajaba mejor en esa mayor variedad de hombres ¿Le iría a él eso de los socios más sofisticados y lo de la sala VIP? A saber de qué se trataría. Pero lo hecho estaba hecho y ya lo probaría… Siempre se podía dar de baja. Por el momento prefirió dejar aparcadas las novedades y esperar al próximo sábado de entrada libre… y comprobar si le iba como la primera vez. El único inconveniente de su opción era el de haber de amoldarse a esos días tasados y eso pudo llevarle a dejarse arrastrar por situaciones imprevistas…

Jacinto había tenido un día muy pesado y, ya anochecido, volvía de la comisaría por una calle del barrio antiguo. Aunque estaba cansado, se le ocurrió entrar en el primer bar que vio para tomarse una copa. Era un local destartalado y con pocos parroquianos. Jacinto se colocó en la parte más despejada de la barra y el camarero, que estaba de charla con dos tipos, se le acercó lo justo para servirle y volver enseguida con los otros. Con su copa en la mano, Jacinto, por puro prurito observador, se giró para echar una ojeada al resto del establecimiento. En una mesa estaba sentado un individuo maduro y fornido que lo miraba. Su aspecto tosco y la expresión burlona que a Jacinto le pareció percibir, hicieron que le sostuviera la mirada. No era consciente de que estaba enviando un mensaje que el otro, más ducho en esas lides, captó. Por ello le sorprendió que se levantara de la mesa y se pusiera a su lado. Pero lo que en otros tiempos le habría causado incomodidad, ahora le estaba produciendo una inquietud distinta. Muy seguro en cambio pareció ir el hombre cuando le preguntó: “¿Te va el rollo?”. Jacinto, en lugar del exabrupto que le habría soltado en otras circunstancias, se oyó preguntar a su vez: “¿De qué clase?”. “Que te trabaje una buena polla”, contestó el otro sin morderse la lengua. “¿Y por qué yo?”, quiso asegurarse Jacinto. “Por ese culo gordo que tienes”. Jacinto aún miró al descarado individuo de arriba abajo y, provocadoramente, se le ocurrió comentar: “Igual no tengo bastante contigo”. “Si tanta hambre de pollas tienes, mi vecino se apuntará encantado… Pero te aviso de que es todavía más bruto que yo”, replicó el hombre. “Eso me vale”, afirmó decidido Jacinto. “Mi casa está aquí al lado… ¡Vamos!”, resolvió ya el otro. Jacinto lo siguió con el corazón bombeándole.

Llegaron a un edificio muy antiguo y subieron varios pisos por una escalera mal iluminada. Se oían voces y el sonido de televisores. El hombre abrió una puerta e hizo pasar a Jacinto. Más que un piso era una habitación única, grande y destartalada. El tipo se quitó el chaquetón que llevaba y lo colgó de una percha junto a la puerta. Jacinto se sacó la gabardina y quedó indeciso. El hombre se le fue acercando mientras se desabrochaba algunos botones de la camisa y se sobaba ostentosamente el paquete. Ahora se le veía más grueso y rudo, rebosando por el escote un vello espeso. Le dijo burlón: “¿Te piensas quedar con chaqueta y corbata?”. Jacinto empezó a quitárselas y el otro aprovechó para meterle mano en el culo. “Aquí hay chicha”. Se dispuso a salir. “Enseguida vuelvo”, y añadió: “Mejor te quedas en pelotas y así nos das la sorpresa a mi vecino y a mí”. Jacinto reconoció que le excitaba el tono mandón que usaba el hombre y, con manos temblonas, no dudó en desnudarse por completo. Había perdido la vergüenza de mostrarse tal cual era. Quedó en espera y no tardó en oír voces por el pasillo. “¿Dices que es un gordo ya mayor?”. “Pero tiene toda la pinta de que le va la marcha”.

Se abrió la puerta y Jacinto pudo ver también al acompañante. Iba en pijama y, algo mayor que el otro, era aún más grandote y de aspecto bravío. Al encontrarse ya desnudo a Jacinto, cuyo cuerpo, para nada refinado, contrastaba no obstante con la rudeza del de los otros dos, se fue directo a palparlo. “Así que tú eres el que no se conforma con una sola polla… A ver si cuando acabemos contigo sigues diciendo lo mismo”, iba largando mientras manoseaba a Jacinto por delante y por detrás, “Buen culo sí que tienes”. El primer hombre se rio. “Si estás haciendo que se empalme…”. Porque a Jacinto los groseros sobeos se la empezaban a poner dura. Como se dejaba hacer pasivamente sin emitir ningún sonido, el del pijama le cogió con brusquedad la cara y la acercó a la suya. “No serás mudo ¿verdad?”. Antes de que Jacinto llegara a reaccionar, le apretó los labios y empujó con la lengua para metérsela en la boca. Jacinto se sorprendió, algo asqueado porque era la primera vez que un hombre como aquél lo besaba así, pero se sintió impelido a dar cabida a la punzante lengua y envolverla con la suya. El tío lo soltó. “¡Di algo coño! ¿Te ha gustado el morreo?”. “Sí… Todo lo que me hagáis me gustará”. Jacinto era consciente de que así incitaba a aquellos dos brutos a descargar su lujuria sobre él.

Mientras el recién llegado le daba el tanteo previo a Jacinto, el otro se había ido quedando en cueros. La primera impresión de él que había tenido Jacinto se  reafirmó ante su virilidad exuberante, subrayada por un sexo de gran envergadura que se balanceaba entre los muslos. Ahora fue éste quien echo mano de Jacinto apartando a su colega. “¡Trae y no lo acapares!”. Lo agarró por el cogote para forzarle la cabeza y que le mirara la entrepierna. “¿Qué? ¿Te parece poca cosa?”. “¡No! Me gusta mucho”, respondió Jacinto. “Pues ya verás cuando me la pongas dura”. El otro le arrebató a Jacinto sin contemplaciones. “¡Venga, culo gordo! ¡Búscame la mía!”. Le tiró de un brazo para acercarlo a la bragueta del pijama. Jacinto palpó unos buenos volúmenes. “Quieres verlos ¿eh? Pues quítame el pijama”. Jacinto, cada vez más excitado por la prepotencia del trato de los hombres, se puso a desabrochar la chaqueta. Para deslizarla por los hombros tuvo casi que abrazar el abultado torso, que olía a sudor. El tipo le cogió la cabeza y le encajó la cara en el peludo canalillo entre las tetas. “¡Chúpamelas! A ver si sabes ¡so putón!”. Jacinto no vaciló en sacar la lengua y lamer uno de los picudos pezones. El hombre no tuvo bastante y le apretó la cabeza. “¡Amórrate y mama!”. Jacinto sorbió y notó en la boca los ásperos pelos que cubrían la teta. “¡Sí, venga, la otra!”. Le cambió la posición y Jacinto repitió la operación. El hombre se dirigió a su compañero. “Tiene vicio la putilla… Me ha puesto burro”. Pero enseguida instó a Jacinto: “¡Quítame ya lo de abajo y podrás mamar a gusto, zorra!”. Jacinto sintió una sacudida de humillación al oír cómo lo feminizaban, pero… ¿acaso no se lo merecía al ofrecerse de aquella forma a semejantes hombres?

Sumiso, Jacinto soltó el botón que sujetaba el pantalón  del pijama, que cayó al suelo. Una verga enorme y ya de impresionante dureza se levantaba sobre los huevos medio cubiertos de pelos. Jacinto solo tuvo tiempo de intentar no perder el equilibrio, porque el hombre le estaba presionando con fuerza por los hombros para hacerle caer de rodillas. “¿No te dije que ya me habías puesto burro?  A ver cómo me la comes”. Antes de que Jacinto se animara a meterse en la boca aquella enormidad, el colega, que ya se había empalmado y esgrimía una tranca solo ligeramente menos grande, se le puso también delante. “Aquí tienes las dos, si no te basta con una”. Sentado incómodo sobre los talones, Jacinto llevó primero una mano a cada polla. Ya sabía lo que le tocaba hacer, pero dos a la vez se lo ponía más difícil. Las frotó para ganar tiempo y, al descapullar la del que la tenía más grande, le alarmó una sucia película blanquecina que desprendía un fuerte olor. Optó por empezar chupando la otra, mientras con la mano trataba de quitar algo de aquella porquería. Mamó lo mejor que pudo y, cuando el chupado le sujetó la cabeza para entrarle a fondo, el otro tiró de Jacinto. “¡No lo acapares!”. Se resignó pues a meterse en la boca aquella verga enorme y sucia que le sabía a rayos. Pero se lo había buscado… Este último además tomó el dominio de la situación y le soltó al compañero: “Tú luego te lo follas… Que yo voy muy quemado y  quiero echarle ya la primera descarga”. Controlaba la cabeza de Jacinto, al tiempo  que le avisaba: “No creas que así te libras de que te dé por el culo… Si a ti, mala puta, no te basta con una polla, yo puedo correrme más de una vez”. Enseguida Jacinto recibió en la boca borbotones de leche espesa y agria, que le rebosaba los labios y se le escurría por la barbilla. El hombre lo rechazó ya, con una violencia que hizo tambalear a Jacinto. “¡Uaj! ¡Qué a gusto me he quedao”.

Pero el inquilino del piso, que se había quedado a medias en la mamada de Jacinto, tenía ya prisa. Extendió una mugrienta colchoneta en el suelo e instó a Jacinto: “¡Venga, culo gordo, a cuatro patas!”. Jacinto, que solo tuvo tiempo de pasarse la mano por la barbilla para que no se le quedara pegada la leche, se colocó dócilmente en el centro de la colchoneta como se le pedía. Enseguida sintió que un dedo despiadado del hombre que se había arrodillado detrás le entró por el ojete retorciéndose. Jacinto contuvo su queja para no provocar y deseó que ya fuera la polla lo que le metiera. Pero la clavada que siguió le hizo ver las estrellas, no solo por el tamaño de la verga sino también por la brusquedad empleada. Que se mantuvo en las violentas arremetidas que siguieron y que obligaban a Jacinto a apretar los codos en la colchoneta. “¡Cómo traga la maricona!”, le hirió los oídos, “Me está poniendo negro”.

El otro hombre tampoco se estaba quieto. Se arrodilló también, pero delante de Jacinto, y se puso a golpearle la cabeza con la polla ahora morcillona. Enseguida dijo: “¡Trae esa boca! Que me la vas a alegrar otra vez”. Jacinto tuvo que hacer un esfuerzo para levantar la cabeza y entonces recibió los pollazos en la cara. Para evitarlos abrió la boca y chupó como pudo, mientras le daban las últimas embestidas por detrás. Que por fin concluyeron en una corrida con fuertes estertores. “¡La hostia, qué polvazo!”. Jacinto quedó con el culo vacío y cayó desplomado soltando la polla que había empezado a endurecerse en su boca. Le entraron escalofríos cuando oyó: “Te lo he dejado bien abierto… Se la vas a poder meter hasta doblada”. La amenaza del que había tragado ya tanta leche se iba a cumplir.

El que estaba de nuevo empalmado tomo posición arrodillado junto a Jacinto. Pero ahora hizo que se pusiera bocarriba. Manejándolo como a un pelele le subió las piernas y encajó los talones sobre sus hombros. Jacinto quedó con medio cuerpo elevado y la barriga cortándole la respiración. La enorme verga del hombretón bailaba entre los muslos de Jacinto y chocaba con su polla encogida. “¿Qué te dije, cacho puta? Doble ración”. Pegó un estirón de Jacinto y se dejó caer sobre su culo levantado. Jacinto creyó que lo abrían en canal. La dilatación que había sufrido antes le sirvió de poco. El ahogo le impedía gritar y todo él se zarandeaba con los meneos de la brutal follada. Y el tipo aún se permitió alardear. Porque, cuando ya estaba a punto, sacó la verga y volvió a ponerla sobre Jacinto. Chorros de leche inundaron su barriga con una risotada. “Creías que no podría correrme otra vez tan seguido ¿eh?”. Las piernas de Jacinto se desplomaron y quedó tendido agotado y con la mente en blanco.

Poco a poco Jacinto fue tomando conciencia de su cuerpo dolorido y ardiendo por dentro. Levantó la vista y dio con los hombres que, ya desfogados, lo miraban sonrientes desde arriba. Uno le dio con el pie. “¡Joder! Parecías traspuesto”. Jacinto respondió con voz débil: “Descansaba”. El otro rio. “Demasiado hombres para ti ¿eh?”. Pero Jacinto, incomprensiblemente para él mismo, se sintió fuerte. “¡No! Es lo que quería”, soltó. El más bruto se burló. “¡Ja! Aún querrás darnos por culo a los dos”. Pero el otro fue más comedido y le tendió una mano: “¡Anda, levántate!”. Jacinto se la cogió y fue poniéndose en pie trabajosamente. El brutote no cejaba sin embargo en sus bromas y dio unos toques con la mano a la polla de Jacinto. “¿Se te ha muerto la minga?”. A Jacinto le salió del alma: “¡No! Y me gustaría correrme”. “Por nosotros no te prives”, dijo divertido el del piso. “Igual pretende que le hagamos la paja”, rio el otro. “Lo haré yo… ¿Puedo?”, pidió Jacinto anhelante. “¡Venga! Que te veamos”, lo animó uno. Jacinto, para no flaquear, apoyó la espalda en la pared y se puso a manosearse la polla. “A lo mejor no sabes… ¡Mira! Se hace así”, siguió su mofa el otro, que se puso a menear ostentosamente su gran verga. Todo ello sin embargo excitaba aún más a Jacinto y, para su propia sorpresa, consiguió ponérsela dura. Ya se frotó ansiosamente y, con lastimeros suspiros, empezó a soltar varios chorros de semen. “¡Eso! Echando lo que te hemos metido antes”, se mofó el que no había parado de sobarse obscenamente. Jacinto se limpió la mano en su barriga, donde ya tenía otra leche secándose entre el vello, mientras recobraba el resuello.

Los dos hombres habían sacado unas cervezas y ofrecieron a Jacinto. Pero éste solo quería salir ya de allí y lo rechazó. “Ya me visto y me voy”. Sin importarle la mugre pegajosa que llevaba encima, empezó a ponerse la ropa de cualquier manera. La gabardina lo taparía todo.  “¡Qué prisas, tío! ¿Es que no te lo has pasado bien?”, se extrañó el del piso. Y se dirigió al otro: “Nosotros sí ¿verdad?”. “¡De puta madre!”. “Yo también”, dijo escuetamente Jacinto. Pero cuando iba a coger la puerta para salir, el más bruto lo retuvo. “¿No nos vas a dar algo por las molestias?”. Jacinto quedó sorprendido. No obstante preguntó: “¿Cómo qué?”. “Con lo que lleves nos conformamos”. Jacinto buscó su cartera y, al abrirla, le saltó a la vista su placa profesional. La miró unos segundos, ocultándola a los otros, con una mezcla de nostalgia e ironía y sacó los billetes que tenía. Los tendió sin decir nada al hombre, que los recogió con brusquedad y soltó: “¡Hala, a tomar el fresco!”. Jacinto salió ya sin mirarlo. Bajó la escalera con las piernas flaqueándole y, al llegar a la calle, no se sentía con fuerzas para seguir andado y pensó en parar un taxi. Pero recordó que se había quedado sin dinero. Hubo pues de continuar su camino renqueando.  

Al entrar en su casa Jacinto se derrumbó en el primer sillón que encontró a mano. Su ropa desencajada y la suciedad que notaba adherida a su cuerpo, unida al dolor y la irritación que aún le ardía, eran testimonio de la realidad que había vivido. Por su mente desfilaron la zafiedad de los dos hombres a los que se había entregado y la  agresividad de sus desahogos sobre él. Todo lo había soportado sin que se planteara siquiera resistirse ni enfrentarse. El interrogante que le surgió fue tremendo: ¿Era porque en realidad lo había disfrutado? ¿Ya no le iban a bastar los lances, después de todo más controlados, del club?




9 comentarios:

  1. Los mejores relatos, como siempre, traen buenos recuerdos de situaciones ligeramente similares

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  2. Muy buen relato, algo corto en comparacion a los otros dos, pero no deja de ser muy bueno. Me saco mucha pre. Sigue asi.

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  3. Muy buen relato, algo corto en comparacion a los otros dos, pero no deja de ser muy bueno. Me saco mucha pre. Sigue asi.

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  4. Muy buenos los tres relatos del comisario, te animo a seguir en esta linea de relatos novelados de un protagonista en situación de sexo extremo. Espero más y más fuerte.

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  5. No esta mal el relato....pero no me gusta la actitud chulesca, burlona, posesiva autoritaria....y ya para colomo lo de sacarle el dinero.. Esas coas no me gustan nada, ni las consivo en el sexo....

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  6. menudo puton el comisario,tantos años reprimido es lo que tiene,pero me encamtan sus aventuras

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  7. como acabara el comisario? Se encontrara con algún colega?
    Seria el colmo, que morbo.....

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  8. ¿Y cuando vas a seguir publicando?. Venga, que ya tenemos ganas de leer mas. No importa si es del comisario (lo cual por cierto seria genial).

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  9. Me gustaría ver al comisario follar duro en un intento de desahogo por tanta humillación recibida...solo para darse cuenta que lo suyo es solo recibir.

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