lunes, 4 de diciembre de 2017

El conductor de autobús

Después de esperar un rato en la parada, tomé un autobús urbano de regreso a mi casa. Nos habíamos ido acumulando algunas personas y ya venía bastante lleno. Al subir por la puerta de delante, me impresionó el conductor. Ya cincuentón, le resaltaba una barriguita muy bien puesta y, como al ser verano, llevaba la camisa reglamentaria de manga corta, lucía unos brazos vigorosos y velludos. Para colmo, correspondió a mi educado saludo con una sonrisa tan encantadora que de buena gana le habría dado un morreo allí mismo. Como los que subían detrás empujaban, hube de avanzar y abrirme paso para picar el billete. Casi perdí de vista al conductor, pero el efecto que me había causado se mantenía vivo. A medida que el autobús avanzaba en su ruta ya iba subiendo menos gente de la que bajaba y el personal se fue esponjando. Así que pude volver a estar más cerca y verlo mejor. Confirmé lo bueno que estaba  y observaba por el retrovisor su rostro viril de rasgos carnosos y bien rasurados. Tenía la mirada tan fija que me pareció que se daba cuenta. Cuando quedó libre el asiento inmediato a la puerta, no dudé en ocuparlo. Así tenía su visión en diagonal lo más cercana posible y cada vez que movía los brazos me dejaba embelesado, con la pequeña mancha de sudor que destilaban sus sobacos. Además, por los grandes retrovisores verticales de los lados, alcanzaba a verle casi toda la delantera. Llevaba un par de botones desabrochados, asomando el vello del pecho. Nuestras miradas se cruzaban con frecuencia y ya no me cupo duda de que era consciente de mi interés… Y yo me iba haciendo la fantasía de que fuera conduciendo desnudo.

El autobús se fue vaciando y ya solo quedaban unos pocos pasajeros por el fondo. Hacía rato que yo había dejado pasar mi parada. De pronto el conductor hizo unos gestos que me conmocionaron. Se soltó otro par más de botones de la camisa y metió una mano con la que se acarició el pecho. No era algo meramente mecánico, pues se  notaba a las claras que se iba apretando las tetas. Me estaba calentando cosa fina y había perdido la noción del tiempo. Ya había oscurecido cuando, al detenerse en una parada, el conductor proclamó con voz sonora: “¡Final de trayecto!”. Además de mí, solo había una ancianita que descendió enseguida. Me mantuve dubitativo, sin poder creer que allí se fuera a acabar todo. Entonces el conductor dijo mirándome por el retrovisor: “A no ser que quieras venir a las cocheras”. Me limité a seguir sentado, pues me pareció ridícula cualquier cosa que pudiera decir. El conductor se giró para verme en directo, me regaló una de sus acogedoras sonrisas y reemprendió la marcha.

Yo estaba más cortado de lo hubiese querido y sabía que seguir callado me hacía parecer un pusilánime. A pesar de todo no me venía a la cabeza nada que fuera a sonar elocuente,  así que opté por los hechos. Como circulábamos por una carretera poco iluminada y sin tránsito, me levanté y puse las manos sobre sus hombros. El gesto fue bien recibido porque se removió para sentir mejor mi contacto y pude percibir su calidez a través de la camisa. “¡Vaya miradas que me has venido echando!”, dijo risueño. “Me pareció que me las devolvías”, repliqué en el mismo tono. “Mira que si mañana aparece en la prensa: Autobús robado y conductor asesinado”, bromeó. “Como mucho, violado”, corregí. “¡Uy, muy fuerte vas tú!”. “La verdad es que no sé a dónde me llevas”, reconocí. “El que ofrece lo que puede…”, dijo él. Entonces pasé una mano hacia delante y la metí por dentro de la camisa. Di con el recio pezón de una carnosa y peluda teta. “¿Es esto lo que ofreces? Me gusta”. “Algo así… Pero no te pases ahora que ya falta poco”, contestó pidiendo tregua.

Llegamos a las cocheras donde había varios autobuses ya cerrados. El conductor me dijo: “Espera aquí un momento, que echaré una ojeada”. Solo había otro compañero que estaba subiendo a su coche particular para marcharse. Se saludaron y arrancó. El conductor volvió. “Estamos de suerte. Ya no quedan moros en la costa”. Así que bajé y me llevó hacia el fondo del hangar. Abrió una puerta y encendió una luz. “Verás que estamos bien equipados”. Accedimos a una especie de comedor de cantina, con nevera, microondas y máquina de café. “Antes la flota de autobuses era más grande y aquí siempre había actividad. Ahora ya ves… Aunque mejor para nosotros ¿no te parece?”, explicó el conductor.

Parecía tomarlo con calma y me preguntó: “¿No tendrás prisa, verdad?”. “Aquí estoy en tus manos… Si no me llevas tú, no sé cómo iba a poder largarme”, contesté. “Pues entonces vamos a tomar algo fresco”. Abrió la nevera. “¿Cerveza te va?”. “Vale”. Ahora pude verlo a plena luz y sin retrovisores de por medio. No muy alto, era macizo y llenaba bien la ropa con sus redondeadas formas, velludas en los brazos y el escote de la camisa que había dejado medio desabrochada. Pero lo que más me atrajo en ese momento fue de nuevo su provocadora sonrisa. Así que, cuando después de un trago sus labios quedaron perlados por espuma de la cerveza, no resistí el impulso de llevar mi boca sobre la de él, que se abrió para recibir mi lengua. La suya no quedó inactiva e intercambiamos durante un buen rato el amargo sabor de la cerveza. Ya habíamos dejado los botellines y nuestras manos palpaban e iban quitando las camisas. Su piel estaba caliente y algo sudada. Pero era un sudor limpio, que desprendía una varonil fragancia. “¡Qué buenísimo estás, oye!”, me salió del alma. Se rio. “Tú lo que quieres es aprovechar el ticket del autobús”.

Pero cuando iba a soltarle el cinturón, un ruido hizo que me parara en seco. “¿Qué es eso?”, pregunté alarmado. El conductor no se alteró mucho. “¡Vaya, hombre! Ya está ahí ese”. “¿Quién? ¿Esperabas a alguien?”, pregunté alarmado. “Es un jubilado que vive aquí cerca y toda su vida ha sido vigilante nocturno. Aunque ahora ya ves que no hay vigilancia, el gerente de las cocheras, que es sobrino suyo, le deja que de vez en cuando haga una ronda por aquí, que le hace mucha ilusión… Como ya estuvo ayer, no creía que hoy viniera también”, explicó. “Entonces nos va a pillar…”, dije inquieto. El conductor quiso tranquilizarme. “Es inofensivo y, además, ya me conoce… No es la primera vez que me ve con alguien y luego le doy una propina. “¡Jo, qué corte!”, solté contrariado. “Eso sí, es un mirón”, añadió. “Mejor me lo pones”, dije yo. Más sorprendente todavía fue que reconociera: “La verdad es que a mí no me importa… Incluso me pone ver cómo disfruta”. “O sea, me estás diciendo que follas aquí con el tío mirando… ¿Cómo quieres que me lo tome?”, repuse perdiendo la paciencia. Adulador se me arrimó, poniendo las manos en mis hombros, y como para engatusarme amplió los detalles. “Aunque mayorcete, el tío está muy bien. Tiene una buena polla, que aún se le pone muy dura, y hace unas mamadas increíbles”. No me aparté, pero dije: “Entonces ¿qué pinto yo aquí?”. “¿Qué más te da, hombre? La cuestión es pasarlo bien ¿no crees?”, insistió abrazándome más. La cabeza empezó a hervirme. Estaba en un sitio del que no podía largarme por mis propios medios; me apetecía muchísimo el revolcón con el conductor, y recordé que, después de todo, cuando iba a la sauna, no me solía importar la falta de intimidad. Así que aplaqué mi incomodidad. “No sé yo…”. El conductor, ante mi apaciguamiento, me provocó: “¿No me ibas a quitar los pantalones?”. Me cogió las manos y las llevó a su cinturón. Neutralizada mi reticencia, solté la hebilla y tiré hacia abajo de pantalón y calzoncillo juntos. Lo que se descubrió no era menos de lo imaginado. Una contundente polla a medio descapullar sobre unos compactos huevos que se habrían hueco entre los recios y velludos muslos. Sin que llegara a tocarle aún, él mismo se apresuró a acabar se sacarse la ropa, mientras me decía: “Quítate también lo tuyo… Que nos pille despelotados cuando aparezca ese”. Obedecí como un autómata, pero mi expresión de nuevo adusta le llevó a soltar para quitar hierro: “En mi pueblo hay un refrán, aunque un poco macabro, que dice ‘Lo que han de comer los gusanos, que lo vean los cristianos’.

Los ruidos se oían más cerca y era evidente que la luz de donde estábamos sería un polo de atracción. Desnudos ya nosotros dos, el conductor me abrazó con fuerza y llevó los labios sobre los míos. Los abrí con el deseo renacido y nuestras lenguas se enredaron. Asimismo las pollas se rozaban e iban engordando simultáneamente. De repente se abrió la puerta y asomó el intruso. Los dos miramos hacia él, aunque el conductor siguió abrazándome. A él se dirigió el recién llegado con la mayor naturalidad. “¡Vaya, otra vez de caza!...Y buena pieza te has traído”. Me miraba evaluándome. “Pero ya sabes que por mí santas pascuas… No me voy a asustar a estas alturas”. Esto parecía ir dirigido sobre todo a mí. Por mi parte, yo también lo examinaba. Y tuve que reconocer que tenía razón el conductor: el hombre no estaba nada mal. Regordete, de expresión simpática y ojos muy vivos, iba con un mono de trabajo enterizo y la cremallera bajada hasta el ombligo revelaba un torso redondeado y velludo. Señaló una puerta que debía ser un lavabo. “Con vuestro permiso, voy a refrescarme un poco”. Pasó junto a nosotros y con mirada pícara dijo: “Vosotros a lo vuestro, que ya se ve que estáis en forma”.

En cuanto desapareció, le reproché al conductor: “Me cuesta creer que esto no lo tuvieras ya previsto”. “¿Cómo iba a saber que ligaría contigo?”, intentó hacerme razonar. Siguió persuasivo: “Para qué darle más vueltas. La cuestión es que lo pasemos bien… y si hay un poco de morbo añadido por sorpresa se aprovecha y ya está”. En el fondo estaba dispuesto a aceptarlo y no sería la primera vez que hacía un trío. El conductor aprovechó que ya no volví a replicar y pasó ya a la acción. “Anda, ponte ahí”. Me echó hacia atrás para que me sentara encima de la mesa. Me separó los muslos y me sobó la polla. “Ésta se va a poner contenta otra vez”. Decidido empezó a chupármela y lo hacía tan bien que me olvidé del que estaba en el baño. Me había echado hacia atrás apoyado en las manos y estaba en pleno disfrute, cuando se abrió la puerta y el hombre pasó sigiloso por detrás de mí. No quise mirarlo y me concentré en disfrutar la mamada. Pero no pude evitar verlo cuando se dirigió a la nevera para sacar una cerveza. Para colmo se había quedado en calzoncillos y me di cuenta de que me estaba excitando más. Porque su cuerpo maduro, con velludas redondeces, tenía un particular atractivo. Tuve que pedir con voz temblona al conductor que parara para no correrme todavía.

Entonces me dejé caer de la mesa y, en cuclillas, atrapé con la boca la polla del conductor. La chupé con ansia, ya que la aparición del tercero había retrasado mi deseo de hacerme cuanto antes con la magnífica verga. Cómo no, el otro se plantó a escasa distancia y, con la botella de cerveza en una mano, con la otra se iba toqueteando por encima de los calzoncillos primero y luego por dentro, con la mayor desfachatez. “¡Qué buen saque tiene tu amigo, eh!”, le soltó al conductor. Éste, que me sujetaba la cabeza, no se abstuvo de darle cuerda: “¡No veas! Igual te gustaría chupárnoslas también”. Sin parar de meterse mano en los bajos, el hombre replicó muy serio: “A quién le amarga un dulce… Pero ya sabes que no soy de meterme donde no me llaman”. Al oír eso pensé: “Si lo llegas a ser…”. Y al mismo tiempo, aun con la polla del conductor en la boca, me vino un brote de risa, que casi me atraganta. El conductor lo notó y, soltándose de mí, comentó jocoso: “A éste parece que no le ha sonado mal la idea”. Me puse ya de pie sin saber cómo tomarme el curso que estaba tomando la situación, aunque reconociendo que no dejaba de tener su gracia. Y desde luego el hombre no daba tregua. Agarrándose la polla por encima de la tela de los calzoncillos, marcó un volumen considerable. “No será que no me esté poniendo burro, que uno no es de piedra”. Entonces, para no quedarme rezagado en lo que ineludiblemente estaba por venir, me descaré. “Como no te quites eso vas a hacerle un agujero”.

¿Para qué le diría nada? Porque inmediatamente el hombre echó para abajo los calzoncillos e hizo que me diera un vuelco el corazón. Le colgaba una polla descomunal, sin que ni siquiera hubiera alcanzado todavía el máximo de erección. “¡Pos aquí está!”, dijo cogiéndosela, “Que uno no anda con vergüenzas”. El conductor se tronchaba de risa. “No me dirás que no es un fenómeno el tío”. Pero en mí se produjo un cruce de cables que rozaba la esquizofrenia. Si ya estaba suficientemente caliente a cuenta del impresionante conductor, la sexualidad salvaje que irradiaba ese hombre trastocaba todos mis esquemas. Al conductor no le escapó mi desorientación y, divertido, echó leña al fuego. “¡Ven para acá!”, le dijo al hombre, invitándolo a entremeterse con nosotros. Por supuesto al otro le faltó tiempo para poner la directa y arrimársenos con toda vehemencia. Lo cual aumentó mi desconcierto, dudando entre agarrar al conductor como tabla de salvación o hacerlo directamente a aquella verga enorme que ya embestía en su máxima dimensión.

El conductor dio con una salida. Había una banqueta alargada y tiró de mí. “Vamos a subirnos aquí y que nos meta mano… A ver si se calma”. Nos plantamos los dos con las pollas tiesas y al hombre le brillaban los ojos de excitación al acercarse. “Calmarme no sé, pero os voy a dejar a punto de caramelo”. A dos manos, recias y calientes, se puso a palparnos los cuerpos. Lo hacía como un ciego que quisiera captar nuestras formas. Pero de ciego nada, porque su mirada pícara no dejaba de recorrernos. Me ponía a cien y estaba seguro de que al conductor también. Cuando nos agarró las pollas, las sobaba como si las amasara amorosamente, transmitiendo una calentura que llegó al colmo al ponerse a chuparlas pasando de una a otra. Su irrefrenable verborrea lo llevaba a irse parando para soltar de las suyas y, de paso hacerse publicidad. “Con la porra que tengo entre las piernas, pocos se atreven a metérsela en la boca”. Nos estaba poniendo negros y de pronto se apartó. “Me freno porque, si no, os voy a dejar sin salsa. Pero así quedáis a punto para seguir con lo vuestro. Que uno no es de entrometerse… Mi tranca y yo nos apañamos solos”. Dada la marcha que llevaba el tío era un detalle por su parte.

El conductor y yo nos miramos como tontos encima de la banqueta. Pero mi excitación había llegado a tal punto que, enfebrecido, y tirando de él por sorpresa, los dos bajamos a trompicones y, en el revuelo, lo empujé hasta hacerle quedar de bruces sobre una mesa. Ahora sí que no se me iba a escapar… Tampoco él se resistió sino que, por el contrario, afianzó los codos y las piernas para entregarme su espléndido culo, al que hasta entonces no había tenido ocasión de prestarle la debida atención. Cargado de excitación, le arreé una clavada que le hizo soltar un bramido. Cómo no, el que se había erigido en espectador privilegiado, despatarrado sobre una silla, dio su opinión. “¡Que no es para tanto! Ni que te hubiera metido lo que tengo yo aquí…”. Y era que, con el pollón escandalosamente tieso entre los muslos, se lo iba frotando a dos manos con obsceno deleite. Aunque su imagen no dejaba de impactarme, procuré concentrarme en la activación de mi propia polla, bien atrapada por el caliente culo del conductor. Empecé a bombear a un ritmo acelerado y el ardor que me invadía se incrementaba con los murmullos de aceptación del follado. “¡Uh, sí! ¡Qué gusto me das! ¡Sigue, sigue!...”. Irremediablemente me sacó de mi abstracción la enésima intervención del observador. “Avisa cuando te venga, que te quiero acompañar”. Como era lo que estaba a punto de ocurrir, casi sin darme cuenta me puse a exclamar: “¡Ya, ya”. No pude evitar, mientras me descargaba con fuerza, mirar por el rabillo del ojo al que al mismo tiempo resoplaba con estruendo y soltaba potentes chorros de su verga hinchada.

Tan alucinado estaba tras mi corrida y la visión de la del hombre que quedé inmovilizado todavía dentro del conductor. Hasta el punto de que éste llegó a preguntar no sin ironía: “¿Has acabado?”. Me aparté ya con la polla en retracción y el conductor pudo ponerse derecho. Comentó sonriente: “¡Qué a gusto me ha quedado el culo!”. Y mirándonos divertido añadió: “¡Anda que vosotros dos también habréis quedado a gusto!”. Por supuesto el hombre tuvo que decir la suya. “Con esa follada me he puesto burro total y he tenido que soltar el grifo”. Seguía abierto de piernas sobre la silla y la verga que se iba plegando aún goteaba.

Yo había quedado exhausto, pero el hombre mantenía intacta su lujuriante energía. Por ello, dándome por fuera de juego, no dudó en mostrarse dispuesto a atender las necesidades del conductor. Éste, efectivamente, tras apoyar el culo en la mesa y empezar a manosearse la polla, manifestó: “¡Qué ganas tengo de correrme yo también!”. Y el hombre lo cazó al vuelo. “A ti lo que te hace falta es una mamadas de las mías… que ya las conoces”. Dicho y hecho, se fue hacia el conductor y lo impulsó a sentarse sobre la mesa. “Veras qué contento te voy a dejar”. Pero antes de entrar en faena, se acordó de mí. “¡Y tú a mirar! Que igual se te vuelve a poner cachondo el nabo y tengo que darle un repaso”.

El conductor, rendido a la vehemencia del individuo, se echó hacia atrás sobre la mesa, con las piernas colgando desde las rodillas. Si las expertas mamadas que el hombre nos había hecho subidos a la banqueta fueron de mero calentamiento, ahora se disponía a dar un repaso completo a los bajos del conductor hasta llevarlo a las últimas consecuencias. Para empezar le levantó las piernas y las puso por encima de sus hombros. Con tal dominio del terreno, se afanó en un morboso chupeteo por la parte interior de los muslos y en lengüetazos a los huevos y bajo éstos. “Todavía queda leche de tu amigo”, comentó. La polla del conductor se iba elevando mientras sus resoplidos se hacían más sonoros. La lengua del hombre relamía el capullo y, cuando al fin engulló el miembro entero, emitía sonidos como de gargarismo. Las manos del conductor iban pasando frenéticas de dar palmazos en la mesa a agarrar la cabeza del hombre. “¡Cómo me estás poniendo, cabrón!”, imprecaba.

Por mi parte, la forma en que el buenorro del conductor era sometido a tan lascivos manejos me estaba haciendo perder la calma consiguiente al polvazo que acababa de arrearle. Para colmo, la voluptuosidad que irradiaba aquel hombre volcado sobre él, y que parecía devorarlo, me infundía los más morbosos deseos. Éstos se proyectaban sobre todo en el gordo culo, peludo y de raja tentadora, que iba meneando en su agitada tarea. Obedeciendo a un impulso irrefrenable me fui arrimando para plantarle las manos y sobarlo, mientras mi polla iba recuperando la rigidez. El hombre ni se inmutó, aunque mostró su receptividad poniendo el culo aún más en pompa. Como ya le hurgaba en la raja y hasta hundía dedos en su ojete, se interrumpió unos instantes para invitarme. “Arréame si te han vuelto las ganas… Así me metéis leche por partida doble”. Es lo que me faltaba para darle una embestida en que pareció que la polla era succionada a tope. “¡Buenas tragaderas que tengo, eh!”, declaró orgulloso. Pero ya reanudó sin hablar más la mamada del conductor, aunque no descuidaba aplicarme unas lúbricas contracciones que incrementaban mi excitación. El conductor gemía más fuerte mientras yo resoplaba, y el hombre debía sentirse en la gloria con tanto protagonismo. Llegó un momento en que los clamores del conductor y míos se unificaron y, como en un licencioso flashmob, los tres cuerpos pegados quedaron inmovilizados.

Empezamos a adoptar posturas más definidas. El conductor yacía desmadejado sobre la mesa. Yo tuve que apoyarme en el respaldo de una silla para no perder el equilibrio. Pero el hombre nos miró con una sonrisa brillante de babas y leche mientras se sobaba la verga morcillona. “¡Vaya pareja de la ostia! Si me la llego a perder…”. Ni al conductor ni a mí nos quedaba capacidad de respuesta. Más aún cuando el hombre soltó tan pancho: “Bueno, no me gusta interrumpir. Así que os dejo tranquilos… Igual luego en casa me hago otro pajón a vuestra salud”. Se vistió rápidamente y se despidió. “¡Hala! A aprovechar, que la noche es corta”. Me fijé en que el conductor no hizo el menor gesto de darle una propina al hombre. Desde luego había quedado bien pagado y desapareció tal como había llegado.

Al faltar la contundente presencia del intruso, se palpó un vacío en el espacio solitario. “¡Al fin solos!”, exclamó el conductor bajando de la mesa. “Y exprimidos hasta el tuétano”, apuntillé yo. Lo que los dos teníamos claro era que ya no nos quedaba nada más que hacer allí, después del tornado que nos había pasado por encima. Maquinalmente nos pusimos a vestirnos y el conductor esbozó una especie de excusa. “Es que cuando aparece ese tío se hace el amo de la situación”. Repliqué irónico: “Esa impresión me ha dado”. El conductor se picó. “No te quejes que nos has dado por el culo a los dos… Y bien entusiasmado que estabas”. “Contigo sí que tenía ganas desde que me subí al autobús… Con el otro se me ha desatado la bestia”, distinguí. El conductor rio de mi sinceridad. “Otro día me invitas a tu casa y allí espero que no tengamos sorpresas”. “No lo dudes. Un revolcón tú y yo solos ¡Qué maravilla!”, contesté.

En su coche volvimos a la civilización. Me dejó en casa, donde caí agotado en la cama. Pero con un compromiso firme de un nuevo encuentro… sin gato encerrado.

8 comentarios:

  1. Ufff... excelente relato. Y justo leyendolo en el bus. Ya quisiera que me toque uno así! Mis respetos a ti

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  2. Guauuuuuu....buenisimo....exelente relato..morboso y caliente al maximo. Pero mi duda es, cuando te refieres al camionero....¿quien es?....Me imagino que quieres decir el conductor....Por que uno es el conductor, el otro el pasajero, y el otro el mayor ex vigilante

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  3. hola majo muchas gracias me ha encantado que morbo joder te has superado una vez mas sigue deleitándonos mas y mas gracias majo un besico

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  4. Que buen polvo me heche al leerlo, por favor segui escribiendo que me encanta.

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  5. la pena que no dejen conducir desnudo en verano. Porque hay cada conductor que....

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  6. Magnifico, como siempre nos sorprendes, quien pillara un viaje asi.

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