sábado, 1 de julio de 2017

Porno duro y sus consecuencias

Un amigo que trabaja en un estudio fotográfico  como encargado de la iluminación me contó que, de vez en cuando,  tenían sesiones con modelos para revistas y webs, algunas especializadas en osos y hombres maduros. Cuando le comenté que me encantaría poder asistir a alguna, me aseguró que ya lo arreglaría. “No te puedes imaginar la de gente que interviene en el equipo. No será difícil camuflarte por allí”. A los pocos días me avisó. “Vas a estar de suerte, porque mañana es un día de mucha actividad. Aparte de las fotos, se van a rodar algunos vídeos cortos. Así que habrá bastante movimiento… Tú vienes conmigo y pasarás desapercibido echándome una mano de vez en cuando con los focos”.

Llegamos a un gran  loft  y aquello, más que un estudio fotográfico, parecía una feria. Técnicos, creativos, ayudantes…, incluida una maquilladora. Todos se movían de un lado para otro, dando instrucciones o sugiriendo cambios. Había telones intercambiables y hasta un jacuzzi que parecía en funcionamiento real. En lo que a mí me interesaba, traté de adivinar quiénes serían los modelos. Porque tíos buenos había bastantes, unos bien trajeados y otros en plan más informal. Mi amigo me susurró: “Prepárate porque los de hoy son de sobrepeso, como a ti te gustan”.

Mi primera sorpresa fue que, entre tanto trasiego, apareciera de pronto de detrás de un telón un tipo ya completamente en cueros ¡Y vaya tipo! Próximo a los cincuenta años, alto, entrado en carnes y velludo, no tenía desperdicio. Lo que más morbo me daba era la naturalidad con que se movía por allí, curioseando en los preparativos. “¿Ya estás tú así?”, le dijo un técnico. “Para irme ambientando…”, replicó el otro. “Pero no te la vayas a poner dura todavía, eh. Que aún te falta”, le advirtió el técnico. El hombre siguió por allí tan tranquilo entre todos los que estábamos vestidos. Se acercó a una nevera en que había bebidas, cogió una lata y, con el culo apoyado en el borde de la mesa, quedó a la espera.

Me distrajo la atención el que debía ser el jefe del cotarro, un gordo hiperactivo y con ropa algo estrafalaria, quien dio unas palmadas y llamó al orden. “¡Venga, vamos a empezar! ¿Cuál es el primero?”. Se adelantó hacia la zona fuertemente iluminada un individuo que nunca hubiera pensado que se dedicara a estos menesteres. Con aspecto de alto ejecutivo de una multinacional, por su porte de cincuentón macizo y canoso y el impecable traje que lucía, prometía delicias fuera lo que fuera a hacer. Rodeado por varios individuos provistos de cámaras y hasta otro con una de vídeo –seguramente para el making of–, se dejó fotografiar en estudiadas posturas, hasta que el director dijo: “Ahora ya te vas quitando cosas… Y ponle morbo ¿de acuerdo?”. El proceso fue largo y desde luego morboso porque, como si se desnudara en su dormitorio, iba haciendo aparecer una maravilla de cuerpo, con buenas tetas sobre una barriga generosa, todo con un vello de perfecta distribución. Llegó a quitarse el eslip con estudiada calma y, aun sin estar empalmado, lucía un conjunto de huevos y polla que me hizo entender por qué se dedicaba a estas tareas. La excitación que me estaba produciendo el ir viéndolo se mantuvo hasta que se interrumpió la sesión. Una vez que llegó al desnudo integral, se le concedió una pausa. El director le dijo: “Vas estupendo… Descansa ahora un rato para la segunda parte, en la que vas a tener que estar en forma”. El modelo comentó muy profesional: “Igual me cuesta empalmarme”. “Eso ya lo arreglaremos”, contestó el director.

Aquí fue cuando empezó lo que me resultó todavía más curioso. El modelo, en cueros tal como había quedado, salió del set y, con total desinhibición, se dedicó a circular por el loft hablando animadamente con el personal. “¡Uf! Qué calor he pasado vestido bajo los focos”. Parecía que la fotogenia de sus  bajos le preocupaba, porque le preguntó al jefe: “¿Tú crees que daré bien en los primeros planos?”. “¡Sí, hombre, sí! Cuando te animas se te ve preciosa”. “¿Me la pondré a tono yo o tendré ayuda?”. “De todo habrá… Ya iremos viendo”. Más tranquilo se dirigió a la maquilladora. “¡Ven guapa! Dame con algo para quitar el sudor”. La chica, muy profesional, se puso a frotarle por todas partes con una toallita. Él presentaba su estupendo cuerpo levantando los brazos y girándose. Envidié a la maquilladora con inquina, viéndola restregar aquel pecho velludo, aquellos sobacos, aquella espalda recia, aquel culo esplendido, aquellos muslos rotundos..., e indiferente al paquetón ante sus narices. El desparpajo con que un hombre así, maduro y robusto, alternaba en pelotas entre tanta gente vestida, que lo veía tan natural, era lo que más cachondo me ponía.

Casi me había olvidado del primer tío desnudo que había aparecido, que no desmerecía en absoluto y ahora estaba despatarrado sobre una butaca junto a la nevera. El que acababa de ser fotografiado se acercó a él y yo, con los ojos como platos y el oído atento, no quise perderme su encuentro y pululé con disimulo cerca de ellos. Se saludaron muy amistosos. “¿Qué tal te ha ido el striptease?”, preguntó el sentado. “Un poco coñazo quitarme tanta ropa… Luego solo aprovecharán unas pocas”, contestó el que seguía de pie sacando una bebida de la nevera. “Pues a mí me acaban de avisar que el tío al que me tenía que follar está con gripe”. “¿Entonces hoy no haces nada?”. “Algo se les ocurrirá. Éstos quieren aprovechar el tiempo”. “A mí me toca enseguida la segunda parte… Me costará más porque tendré que empalmarme y hasta correrme”. “Pues a mí, en cuanto me pongo ante los focos, se me pone dura enseguida”. “Tú tienes más costumbre… A mí se me encoje”. A esta conversación sobre tan peculiares cuestiones profesionales de los dos hombretones en pelotas se añadieron el director gordo y un técnico. El primero preguntó al que había posado: “¿Qué, estás listo para la segunda parte?”.

El modelo buenorro se dirigió disciplinadamente a un nuevo decorado que le habían preparado. En un sofá iba poniendo variadas posturas, sentado, estirado, vuelto de espaldas…, que adornaba tocándose voluptuosamente las tetas, el culo y, sobre todo, la entrepierna. El director ordenó un “¡Corten!” para detener a filmación y le preguntó al modelo: “¿Podrás ponerte en forma ya?”. El hombre empezó a meneársela pero, a pesar de sus esfuerzos, solo llegó a ponérsela morcillona. “No tengo el día”, se disculpó. Entonces el director soltó en tono algo airado: “Si no fuera por ese cuerpazo que tienes…”. Y con decisión se fue hacia el modelo. “Ya me encargo yo”. Con todo su volumen se agachó ante el otro y avisó en general: “¡Esto no lo vayáis a filmar, eh!”. Pero yo sí que no quitaba ojo. El director, con manos expertas, frotaba la polla y cosquilleaba los huevos. “Mejor así ¿no?”. El otro asentía. Pero, para asegurar la faena, el director, sin la menor vacilación, cambió las manos por la boca y chupó unos segundos la verga que, cuando se apartó, había dejado bien dura y brillante. “Mira que guapa te ha quedado”, dijo satisfecho, “Ahora sigue tú”. Se levantó y mandó que siguieran las tomas. El modelo, espléndidamente empalmado, se exhibió ya a base de bien, manoseándose la polla con voluptuosidad y siguiendo con una enérgica masturbación, que culminó en una abundante y vistosa emisión de leche. El director lo alabó: “Es que cuando te pones eres único”. La maquilladora acudió rápida con unas toallitas húmedas para que el modelo se limpiara.

Al parecer no había vestuarios, por lo que el hombretón, una vez acabada su faena se dirigió a un colgador de perchas ambulante donde, al lado del traje completo que antes había usado, estaba la que debía ser su ropa más informal. Sin embargo no pudo echarle mano porque el director fue corriendo hacia él. “Espera un momento… Es que tenemos un problema y vamos a ver cómo lo arreglamos”. El modelo puso una expresión contrariada, pero el director siguió con tono que pretendía ser persuasivo: “Es por tu compañero de ahí…”, dijo señalando al primer modelo que había visto yo al llegar y que seguía pacientemente en la butaca, “El que tenía que hacer el vídeo con él está enfermo y no podemos dejarlo colgado… Habría que volver otro día para montar todo el follón… con el gasto que eso supone”. El modelo que, al igual que yo, sabía ya no solo lo de la gripe sino también el papel que le hubiese correspondido al enfermo, anticipándose a la propuesta del director objetó: “Yo ya he cumplido con lo mío”. “Lo sé, cariño”, lo aduló el director, “Desde luego cobrarás aparte y, además, el sexo en vivo a dos se paga mejor”. Por mi parte era una delicia observar esta transacción laboral entre un gordo vestido y un tío buenísimo en pelotas. Éste alegó de nuevo: “Es que hoy no creo que vaya a poder funcionar otra vez”. “Ni falta que hace”, replicó el director dándole un cariñoso toque en la barriga, “Quien tiene que estar en forma es el otro… y ya sabes que no le cuesta lo más mínimo”. “O sea, que me van a dar por el culo ¿no?”, resumió el modelo. “Eso no será un problema para ti ¿verdad?”, contestó el director ahora más severo, “Los que os dedicáis a esto no podéis ir con remilgos”. El modelo pareció transigir y, viendo ganada la partida, el director volvió a los halagos: “Si casi te prefiero al que no ha venido… Lo vais a bordar”. Llamó con un gesto de la mano al que estaba esperando, que se unió rápido a ellos cimbreando su no menos apetitoso corpachón desnudo. El director se desplazó con los dos modelos cogidos del brazo y, en una breve alocución que ya no alcancé a oír, les debió dar instrucciones sobre el guión previsto.

Los actores se tomaron una pausa mientras los técnicos ponían a punto el jacuzzi, que sería donde se llevaría a cabo la acción. Como habían vuelto a sacar bebidas de la nevera, pude espiarlos de nuevo. “Al final me ha tocado a mí remplazar a tu compañero”, comentó el que ya se había corrido. “Creo que contigo voy a estar más motivado, con ese culo tan bien puesto que tienes”, reconoció el otro. “No es que me importe que me folles, pero este director pide demasiado para una sola sesión”, se quejó el que tenía que hacer doblete. “Solo piensan en aprovechar el tiempo, pero al menos no me voy hoy de vacío”, dijo el que había estado inactivo. “¿Ya sabes cómo te correrás?”. “A ver qué le gusta al jefe, si dentro o fuera, para que resulte más vistoso”.

Ya fueron reclamados para entrar en acción, que se desarrollaría en torno al jacuzzi, ya en plena ebullición. Para mi suerte, el amigo que me había traído, y que regulaba la iluminación, se las apañó para hacer el paripé de que le sujetara un foco, con lo que pude tener una visión privilegiada del rodaje. Mientras, los actores se habían puesto sendos albornoces con una marca de hotel. Para la filmación había dispuestas dos cámaras que captarían el plano general y los detalles en zoom. Una vez que el director dio la orden de empezar el rodaje, el que iba a tener el papel  más pasivo entró en el encuadre, se quitó el albornoz, mostrándose en todo su esplendor, y se acercó al jacuzzi. Descendió unos escalones y se detuvo como si comprobara la temperatura con la mano. Al echarse hacia delante dio ocasión para que su orondo culo se resaltara. Bajó más y se detuvo en el centro todavía de pie. El nivel del agua era el justo para que las burbujas hicieran bailotear la polla, de lo más vistosa aun estando sin erección. Al fin se sentó y expresaba su relajada satisfacción acariciándose las tetas y luego dejando las manos cruzadas tras la nuca. Así, cerró los ojos, momento en el que entró en juego su compañero de rodaje. También se desprendió del albornoz, dando una imagen no menos impresionante que el otro. Miró al que estaba en remojo, quien pareció no haberse dado cuenta de su llegada, y en lugar de entrar en el jacuzzi, lo que hizo fue sentarse hacia dentro en el borde con las piernas en el agua y encarado de este modo al otro, que de momento seguía adormilado. Con los muslos bien abiertos, dejaba que las borbollas le juguetearan con los huevos y la polla, mientras miraba sonriente al relajado que por fin abrió los ojos percatándose de no estar solo. Miró a su vez al recién llegado con curiosidad, que se trocó en admiración cuando la polla exhibida –y esto debía ser una de las virtudes de ese actor– se fue poniendo dura por sí misma. El provocador persistió echando el cuerpo hacia atrás apoyado en las manos. Con lo cual la polla se le empinaba más ostensivamente. El que estaba dentro del agua sonrió a su vez y fue desplazándose lentamente para cruzar el jacuzzi. Solo con la cabeza fuera del agua, ya entre las piernas del sentado, sacó una mano y la llevó a la polla que se erguía ante él. Palpó su dureza y el otro se estremeció con complacencia. La manoseaba y pinzaba el capullo, hasta que se decidió a tomarla con la boca. La chupaba con deleite, pero también la sacaba de vez en cuando para que se captara el efecto de la mamada. La frotaba y volvía a chuparla, mientras recibía caricias en la cabeza y los hombros. Me temblaban las piernas mientras fingía estar concentrado en la sujeción del foco. Aunque también vi que el director, atento a la acción, se manoseaba sin disimulo la entrepierna.


De pronto la situación dio un vuelco, que sería conforme al guión establecido. El sentado se deslizó dentro del jacuzzi y echó los brazos al otro. Con medio cuerpo fuera del agua se abrazaban y sobaban, fundiéndose asimismo en besos ardorosos, en los que procuraban hacer visibles los enredos de lenguas. El que había bajado, con un movimiento brusco, hizo girar a su compañero que se alzó sobre las manos en el borde del jacuzzi e, impulsado por detrás, quedó con medio cuerpo volcado al exterior. El culo objeto de deseo quedó así expuesto a la lujuria del empalmado. Éste previamente agarró las nalgas y las separó. Acto seguido hundió la cara en la raja y se afanó en una comida de culo de antología. Daba intensos chupetones y estiraba la lengua para profundizar más. Luego se puso a meterle dedos y el otro se agitaba y contraía con mezcla de placer y dolor. Seguramente sus suspiros y gemidos, que no parecían fingidos, serían captados por la grabación. Debía haber un truco en el fondo del jacuzzi que permitió que el de atrás pudiera tener la polla  justo a la altura del punto más crítico de la raja recién lamida. Certeramente la clavó y el atacado se estremeció  muy espontáneo. La follada no se quedó atrás en espectacularidad, con un mete y saca bien visible que zamarreaba las orondas carnes de que la recibía y cuyos gimoteos hacían de música de fondo. Sin embargo, en pleno fragor de la jodienda, el atacante se detuvo y levantó una mano. El director ordenó “¡Corten!” y prestó atención. “¿Cómo quieres que me corra?”. Era un punto que no debía estar claro en el guión. “Mejor que se vea salir la leche… Tú ya sabes hacerlo”, contestó el director. Se reanudó la acción donde había quedado y, tras unas enérgicas arremetidas finales, la polla salió del culo y, posándose en la rabadilla, expelió chorros de leche que se dispersaron sobre las anchas espaldas del follado. Quedaron los dos quietos mientras la polla se iba retrayendo y el director pronunció el “¡Corten!” final. Se levantó entusiasmado. “¡Joder! Lo habéis bordado… El montaje va a quedar de maravilla”. Los dos actores chapoteaban ya en el jacuzzi con la satisfacción del deber cumplido. Al salir recuperaron los albornoces, más que nada para secarse. El director se mostró magnánimo: “¡Hala! Podéis marcharos. Ha sido una sesión muy completa… Ya haremos las cuentas”.

Si la película había acabado, no fue así para mí. Resultó que, obnubilado como estaba, olvidé toda discreción y seguí como un autómata detrás los dos hombres sin ser capaz de perderlos de vista. Ellos ni repararon en mí cuando, desprendidos de los albornoces, cambiaron impresiones mientras recuperaban su ropa de calle en el colgador ambulante. “Al final no ha resultado nada mal ¿verdad?”, dijo el que había follado. “No. Me lo has hecho muy bien, como siempre”, contestó el otro. Aunque añadió algo de lo más inesperado. “Lo malo es que me voy a llevar una bronca de mi mujer. Tenía que llevarla a un sitio y mira lo tarde que se me ha hecho”.

El que sí que reparó ahora en mí fue el director, que me pillo en pleno espionaje indiscreto. De pronto, poniéndome una mano en el hombro por atrás, dijo: “¡Oye, tú!”. Me volví sobresaltado, aunque su expresión era más de curiosidad que de enfado. ”Tú eres nuevo por aquí ¿no?”, me preguntó. Farfullé una explicación: “Bueno, he venido a echar una mano con la iluminación”. Comentó irónico: “Pues más bien me ha parecido que ibas todo el rato como alma en pena”. El que me hubiera estado observando me puso todavía más nervioso y traté de excusarme: “Es que todo esto es muy nuevo para mí…”. Rio y afirmó astuto: “Yo diría más bien que te has colado y no me niegues que te lo has pasado en grande”. Desarmado, no pude más que sincerarme: “La verdad es que tenía muchas ganas de ver algo así en vivo y he aprovechado el ofrecimiento de un amigo”. “¡Vaya, vaya!”, siguió divertido, “Va a resultar que tenemos gustos parecidos”. Declaré casi sin pensarlo: “¡Qué tíos más increíbles trabajan aquí! …Y todo auténtico”. Rio con ganas  y volvió a ponerme una mano en el hombro, ahora por delante. Propuso algo que no me podía esperar. “Si no tienes prisa ¿te importaría acompañarme a mi despacho? …Me gustaría que habláramos con más tranquilidad”. No podía sino aceptar e, intrigado, fui con él, mientras los técnicos y demás personal parecía que iban plegando velas, incluido mi amigo, que no podría entender lo que pasaba.

Así pues entramos en el despacho, más bien un cubículo, y el director se cuidó de cerrar bien la puerta. Por la forma en que había ido pasándome la mano por detrás al guiarme, no me pudo sorprender demasiado que, sin más preámbulos, directamente me echara mano al paquete. “Lo debes tener todavía muy alborotado”. Podía pensar que, en el comportamiento del director, había un cierto acoso, al aprovecharse de haberme pillado en falta, pero la verdad era que la situación no me estaba desagradando. Por eso me descaré también, aunque sin tocarlo todavía. “No más que tú… Ya te vi poniéndote orden por ahí abajo mientras tus actores se desfogaban”. Su risa volvió a brotar. “Me halaga que aún tuvieras ojos para mí con lo interesado que estabas por lo que pasaba en el jacuzzi”. Quise aclarar: “Lo que no sé es qué pinto yo aquí con la de tíos buenos que te comerán en la mano”. Fue muy claro. “Digamos que prefiero no mezclar el trabajo con el placer… Además me gustan las novedades y tú me has caído bien”. Calculé que a mí, cuarentón y algo llenito, bien podría considerarme dentro de la gama de hombres que le atraían. No en vano habría dicho lo de que teníamos gustos parecidos. Por mi parte, aunque al principio me había chirreado la camisa chillona y el collar étnico de abalorios que lucía con su gordura el director, cada vez empecé a encontrarlo más apetitoso, sin que desmereciera en absoluto en comparación con los actores. Pareció adivinarme el pensamiento porque añadió: “Tal vez yo no te haga tilín después de lo que has visto”. Repliqué en tono de broma pero con toda la intención: “Aún no te he visto desnudo, que es lo propio de esta casa”. “Si es por eso…”, dijo satisfecho por el avance de sus planes, “No tengo prejuicios precisamente”. Pero cuando empezó a desabrocharse la camisa, se detuvo de pronto. “Supongo que se tratará de un quid pro quo ¿no?”. En respuesta empecé a quitarme también la ropa.

Nos mirábamos excitados por el descubrimiento progresivo de nuestros cuerpos sin tapujos, ansiosos de llegar al dictamen final. El director no vaciló al quitarse la última prenda, unos bóxers floreados que casi tapaba con su barriga. Se desprendió hasta del collar y así, en su rotundidad de hombre maduro, algo pasado de carnes, pero compacto y velludo, supe que conseguiría de mí lo que quisiera. Asimismo, en su mirada escrutadora, percibí una aprobación que confirmaría su intuición inicial que le llevó a traerme hasta aquí. Quise darme el gusto de devolverle el descarado recibimiento que me había hecho nada más entrar en el despacho y le eché mano al sexo, ahora sin protección de ropa. Se encogió sin rechazarlo. “¡Uy! No compares con lo que has visto antes”. Estaba yo tan subido que me lancé a empujarlo para hacer que se echase sobre una especie de sofá bajo. “No comparo, sino que imito”. El director reía divertido y se dejaba hacer. Seguramente pensaba que yo sería más tímido.

Me agaché y empecé a manosearle los huevos, gruesos y bien encajados entre el pelambre. La polla, corta y ancha, respondía a mis estímulos y, cuando me la metí en la boca, se fue endureciendo. Chupé con ansia y el director habría pataleado si no le sujetara los muslos. “¡Uy! ¡Vaya con el intruso!”. Pronto pidió con un tono casi infantil: “¡Vale! Que yo también quiero la tuya”. Cedí y me erguí a su lado. Echado hacia delante encontró mi polla tiesa ya al máximo. La chupaba tan bien que muy a gusto me habría dejado ir. Pero el director no tardó en soltármela y casi exigió: “¡Fóllame ahora!”. Exaltado se giró rápidamente para quedar a cuatro patas. Tenía un culazo velludo, con una de esas rajas poco profundas que dejan entrever el ojete rojizo. Recordé el proceso seguido en la filmación y me lancé a sobar y lamer. “¡Oh, qué lengua!”, gimoteaba. Ya cambié de posición y me dispuse a clavársela. La saliva me facilitó la entrada y se la metí de golpe. “¡Aaahhh; bestial!”. No sabía si protestaba o me alababa, pero me daba igual. Bombeé con toda mi energía, encantado de la masa carnosa y velluda que me permitía agarrarme. Tan sobrado iba que me permití preguntar: “¿La quieres dentro o con surtidor?”. No estaba para bromas sin embargo y contestó: “¡Has lo que te dé la gana!”. Así que me ahorré las acrobacias y me corrí sin sacarla. Al apartarme, me vino de golpe la descarga de la tensión y quedé tambaleante, sin capacidad de reacción ante lo que el director hizo inmediatamente. Se dio la vuelta para quedar bocarriba y se puso a meneársela frenéticamente con la mirada fijada en mí. Pronto fue él quien lanzó un copioso surtidor. Con respiración entrecortada, pareció disculparse: “No me aguantaba más”. “Yo también me alegro de que hayas disfrutado”, repliqué irónico. Se limpió con un paño la leche que le resbalaba por la barriga y tuve que tenderle una mano para ayudarlo a levantarse.

Había sido un polvo increíble y en unas circunstancias que todavía me costaba asimilar. ¡Follarme nada menos que a un director de cine porno… y qué clase de porno además! Seguro que mi amigo, intrigado por mi desaparición, no se lo podría creer. Pero allí estaba el director  exhibiendo su oronda figura y con expresión de satisfacción. “¡Uf!”, resopló, “Este sí que ha sido un día completo”. “A mí me lo vas a decir…”, contesté aún sofocado. “Aunque apostaría a que has tenido más de un fin de fiesta así”, añadí. “Bueno, no te diré que desaprovecho las ocasiones…”, reconoció con picardía, “Y ésta ha sido de las buenas”. “Yo que temí que acabaría expulsado por los guardias de seguridad…”, comenté empezando a vestirme. No sabía qué plan tendría el director, que aún seguía en pelotas, pero preferí conservar esa imagen de él antes de que la tapara con su exagerada ropa. Así que di a entender que me marchaba. Mi dio un par de besos deteniéndose en los labios de paso. “Cuando esté montado el vídeo le daré una copia a tu amigo para ti”. “Pero si no sales tú, ya no me hará tanta gracia”, dije adulador. “¡Anda ya! Menudas pajas te vas a hacer mirándolo”. Lo último que oí fue su risa tras puerta cerrada a mi espalda.

6 comentarios:

  1. Muy bueno, me pongo ha hacerne una buena paja que me he ouesto burro

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  2. ¿Habrá alguna nueva grabación con un "nuevo" protagonista?

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