miércoles, 14 de diciembre de 2016

Senadores caídos en desgracia


En la antigua Roma, cuando un senador caía en desgracia, si no se le asesinaba directamente, era castigado vendiéndolo, junto con su mujer, en el mercado de esclavos. La subasta se convertía en todo un espectáculo, al que acudía una muchedumbre ansiosa de diversión. Porque el acto se revestía de gran solemnidad y el senador era conducido ataviado todavía con su toga distintiva. Se le obligaba a desprenderse de ella y quedar completamente desnudo, sometido a las burlas y los insultos del populacho. La mujer no corría mejor suerte. Sin embargo, a diferencia de ésta, por la que se solía conseguir un buen precio, ya que se consideraba un signo de distinción tener una esclava de alta alcurnia, no era así en el caso del varón. Para él resultaba difícil alcanzar un precio aceptable. No solo solía ser de una edad avanzada, sino que también se consideraba excesivamente caro su sustento y, sobre todo, se temía una actitud altanera para el servicio de amos a los que siempre habría considerado inferiores a él. Con la pretensión de contrarrestar esa posible insumisión, se le ofrecía al comprador entregárselo castrado y que, además, la mutilación tuviera lugar in situ, lo cual se convertía en regocijo añadido para el público. Dándole sobre todo un carácter de humillación, con las manos atadas a la espalda y una barra de hierro pasada bajo los codos, se pinzaba el escroto con unas tenazas, o bien se ataba fuertemente con un cordel. En su caso, ya se encargaría el nuevo amo de asegurar la emasculación con métodos más efectivos.

En una época de turbulencias políticas, dos senadores sobrevivientes fueron sin embargo puestos en venta. La muchedumbre estaba enfebrecida, al ser un espectáculo poco habitual, y hasta hubo algún que otro disturbio para acceder al mercado de esclavos. La exposición de los dos hombres despojados de sus honores y avergonzados ante masas vociferantes resultaba catártica.

Celio, un rico comerciante, había logrado abrirse paso en las primeras filas y observaba con atención la peculiar oferta de los deshonrados senadores. Rondaban en torno a los cincuenta años más o menos y eran rollizos con diverso tipo de vellosidad corporal. A uno de ellos el pánico le hacía que el sexo se les encogiera entre los gruesos muslos, mientras que el otro lo lucía con cierto orgullo. Él mismo era de edad y aspecto similares, y seguía unos criterios muy especiales para la elección de los esclavos a su servicio. Mayor sentido práctico en los que se ocupaban de los trabajos más rudos, pero de características específicas en los que destinaba a colmar sus aficiones estéticas. Las que por otra parte cultivaba con discreción de cara al exterior. Conocedor de que, pese al alboroto de los que abarrotaban el mercado, poca competencia iba a tener en la puja, se tomó con calma el desarrollo de la venta. Porque, dado que ésta tenía pocos visos de prosperar, los tratantes que los exhibían divertían a la masa con obscenas vejaciones. Con las manos atadas y los pies encadenados, sin poder dar más que pasos cortos, se los hacía desfilar a golpe de látigo como su fueran luchadores. Sus ridículos saltitos eran objeto de mofa: “¡Cómo se le mueven las tetas al gordo!”, “Pues a ese lo que le baila es la polla”, “¿Cómo te follabas a tu mujer con esa barriga?”, “Cualquiera alimenta a estos dos”. Luego los hacían ponerse de espaldas y agacharse  con el culo en pompa, lo cual incrementaba la hilaridad: “¡Vaya panderos!”, “Ese tiene más pelos en el culo que en la cabeza”, “¡Mirad los huevos que les cuelgan!”, “Deben cagar como vacas”.

Celio aprovechó para hacer una oferta a la baja por el lote. Como había imaginado, le fue otorgado fácilmente. Su renuncia a la castración fue recibida con protestas y abucheos. Pero él era ya el amo y, protegida por soldados, su compra le fue entregada. Con toda la dignidad propia de su categoría, Celio fue recogido por los portadores de una litera y recorrió las calles seguido por los dos nuevos esclavos, encadenados entre sí en completa desnudez y recibiendo los insultos y el lanzamiento de hortalizas y despojos.

Llegados a la lujosa villa de Celio, salió a recibirlos un esclavo grueso y fortachón que, pese a estar próximo a los sesenta años, lucía unos velludos brazos y piernas impresionantes sobresaliendo de su corta túnica. Celio le dijo: “Marcio, mira lo que he adquirido en el mercado”. “¿Son los senadores?”, preguntó Marcio. “¿Acaso no los delata su aspecto? ¿Cuándo habías visto esclavos tan lozanos y bien cebados? Aunque ahora aparezcan en tan lamentable estado”, contestó Celio, mostrando la suciedad que los impactos habían  dejado en sus cuerpos. A continuación se dirigió a los dos ya no senadores. “Éste es Marcio, mi esclavo de más confianza. Él se encargará de vosotros”. Todos entraron ya en la villa y los nuevos esclavos fueron conducidos a los aposentos donde se instalarían. Para su sorpresa, era un lugar que para nada se parecía a los que solían destinarse a esclavos. Por el contrario, estaba amueblado con un cierto lujo, con un amplio lecho y triclinios confortables, e incluso con unos baños. Los dos, todavía encadenados, quedaron frente a Celio y Marcio. Éste comentó: “Veo que, afortunadamente, no tengo que ocuparme en curar ninguna castración”. Celio entonces se adelantó y palpó los sexos de ambos. “Habría sido una lástima estropear estas cosas ¿No te parece? Pero claro está que me reservo ese castigo si se hace necesario”. Ellos no podían hacer otra cosa que soportar la vejación. Celio dio instrucciones a Marcio. “Trae los collares que habrán de llevar siempre y luego los podrás desencadenar”.

Al quedarse solo con los esclavos Celio les informó. “Habéis tenido suerte con que os comprara yo. Permaneceréis recluidos en estos aposentos, pero bien cuidados y alimentados. Marcio se encargará de que no os falte de nada. Eso sí, no necesitaréis vestidos… Me gusta veros así y pronto os acostumbraréis. Cuando vuelva Marcio se ocupará de vuestro aseo”. Los dos escuchaban en silencio y cabizbajos, sabiendo que cualquier gesto de altivez no podía sino empeorar su situación. Marcio apareció de nuevo portando los correspondientes collares. Pero a diferencia de los usuales de basto metal, éstos eran de oro y fina orfebrería. Igualmente, sin embargo, fueron quedando sujetados con firmeza a los cuellos de los esclavos. Celio les explicó: “Ya veis que os dispenso un trato exquisito al distinguiros con estas joyas. Así no añoraréis tanto vuestros lujos perdidos y a mí me gusta veros bien adornados”. Luego ordenó a Marcio: “Ya puedes quitarles las cadenas”. Cuando estuvieron liberados, se desentumecieron los miembros y, desconcertados, se mantuvieron juntos, a pesar de que cuando eran senadores se profesaban una profunda enemistad.

“Lo primero que vais a hacer es quitaros esa mugre que os ha caído en vuestros cuerpos tan bien cuidados hasta ahora… Marcio se encargará de que quedéis inmaculados”, dijo Celio. Aquél añadió con un cierto tono irónico: “Así lo haré, señor, tal como te gusta”. Su primera medida fue despojarse de la túnica y quedar tan desnudo como los otros esclavos. La robustez de su corpachón la completaban unos portentosos atributos viriles. Celio lo contempló con la morbosa admiración que siempre le producía. Marcio hizo que los atribulados ex senadores se colocaran sobre una pileta. Había en torno grandes jarras llenas de agua y los instó a que se las vertieran encima uno a otro. Pero eran tan pesadas que apenas las podían levantar. Marcio rio sonoramente y, entonces, él mismo fue cogiendo las jarras sin el menor esfuerzo y vertiéndolas sobre ellos. Ya mojados por completo, Marcio se hizo con dos grandes esponjas. “Habrá que frotaros bien… De eso me encargo yo”. Con energía, pero también con lasciva delectación, para lo que no dudaba en usar directamente sus recias manos, restregaba y manoseaba todo el cuerpo a los avergonzados esclavos. Éstos, sin atreverse a reaccionar, soportaban con mansedumbre que Marcio se recreara obscenamente en palparle loe sexos y hasta adentrarles las manos en la raja trasera. Su pánico llegó al colmo al observar la tremenda erección de que hacía gala Marcio. En su ofuscación, no habían llegado a darse cuenta de que Celio se había desnudado también y, recostado en un triclinio, se acariciaba la entrepierna mientras contemplaba el baño. Riendo dijo: “Ya se ve que Marcio os ha tomado afecto… Ahora no serán precisamente efebos los que os den placer”. Añadió a continuación: “Pero no te precipites, Marcio. Déjalos bien limpios, que quiero compartir con ellos el baño”.

Celio se introdujo pausadamente y con aire solemne en la pequeña piscina y ordenó a los recién lavados que lo secundaran. Éstos lo hicieron aliviados por alejarse así de la amenazante lujuria de Marcio. Volvieron a juntarse en una esquina, como si de este modo se autoprotegieran olvidados del pasado, y Celio, sentado en un repecho, los miró sonriente y les habló con voz suave. “Los dos erais hombres públicos y bien que os admiraba cuando os hacíais ver ufanos conducidos en ricas literas o esgrimiendo vuestro verbo afilado en el senado. Quién me iba a decir que ahora, y no por mucho precio, ibais a ser mis esclavos ¡Qué cruel puede llegar a ser la vida! Pero ya visteis que rechacé el ofrecimiento de que me fuerais entregados ya privados de vuestra hombría. De poca cosa más habríais servido que como inútiles juguetes de la lujuria de Marcio… Sin embargo yo he aprovechado la oportunidad de compraros íntegros porque me gusta cual sois. No solo hombres cultos y refinados, sino de una madurez física que está a mi altura”. Dicho esto se dirigió a uno de ellos. “¡Tú, Flavio Valerio, acércate! …Aunque ya solo serás Flavio, uno  más de mis esclavos”. Asombrado de que supiera su nombre,  llegó ante Celio, que le instó a subir un par de escalones para que el agua le quedara por debajo de las rodillas. Era el más grueso, de carnes rosadas y vello claro. Hizo un gesto de taparse con las manos el sexo encogido. “No ocultes lo que gracias a mí conservas”, dijo Celio. Flavio dejó caer los brazos. “¡Y tú, Licinio, ven a este otro lado!”. El llamado se acercó y por sí solo subió ya los escalones. Era más alto, pero no menos rollizo, y su vello, más abundante. No intentó cubrirse el sexo, que destacaba consistente.

Mirándolos a uno y a otro, Celio les dijo: “Sabéis que ya no vais a tener nunca más esposas y las echaréis mucho en falta… Aunque tal vez añoraréis más a las danzarinas y efebos que alegraban vuestras famosas fiestas. Todo eso se os ha acabado… Sin embargo veo que hacéis la pareja perfecta y como tal quiero que os comportéis, si no queréis convertiros en el capricho de Marcio”. Ante la reiteración de esta amenaza, Flavio, que no había cesado de temblar desde que llegó a la casa, se atrevió a hablar temeroso por primera vez. “¿Cómo podemos servirte, amo?”. Celio completó la exposición de sus planes. “Vais a empezar una nueva vida como matrimonio. Ya veis que solo hay un lecho, aunque suficiente para los dos… Estoy seguro de que, privados de los recursos con que desahogabais vuestra líbido, pronto os azuzará el deseo de satisfaceros entre vosotros. De todos modos, solemnizaremos vuestra unión con una ceremonia nupcial que yo mismo oficiaré y en la que habrá de consumarse el encuentro carnal. En cuanto a quién asumirá la correspondiente condición, pienso que tú, Flavio, de carnes más blancas y sexo más débil, te adecuas más a ser la esposa, mientras que tú, Licinio, de aspecto más viril y mejor dotado, serás el esposo”.

A Flavio le horrorizó la idea de ser sodomizado por su enemigo acérrimo, pero también pensó que, si se resistía, sería aún peor caer en las garras del temible Marcio. Así que se apresuró a decir: “Seré lo que tu decidas, amo”. A Licinio, por su parte, le repugnaba tener tratos carnales con aquel odiado gordo, y siendo de carácter más recio, se aventuró a preguntar: “¿Y si no acepto a éste como esposa?”. “Tal vez prefieras ser la puta de Marcio”, contestó Celio tajante. El espantajo de tan brutal esclavo intimidaba a cualquiera y también lo hizo a Licinio, que se apresuró a humillarse. “Solo deseo lo que tú desees, amo”. Celio continuó irónico: “No esperaba otra cosa de vuestra inteligencia… Pero por ésta misma también entenderéis que el vuestro va a ser un matrimonio tutelado, cuyo progreso yo mismo dirigiré y velaré. Todo ello con un fin último, que no es otro que, una vez hayáis adquirido soltura en vuestros tratos sexuales, ya estéis preparados para mi propio placer… Solo esto os mantendrá preservados de las sevicias y castigos de Marcio, que os servirá en cuanto yo le ordene”. Observó la actitud contrita de los nuevos esclavos y añadió: “Ahora os dejo, pues tengo asuntos que atender. Quedaréis solos para que os vayáis adaptando el uno al otro. Aunque antes Marcio os traerá alimentos… Y no os asustéis de su presencia, ya que obedecerá mis instrucciones de respetaros”. Dicho esto se cubrió con un paño, golpeó la puerta, que le fue abierta, y desapareció.

En cuanto estuvieron solos, entre Flavio y Licinio resurgió su tradicional enemistad, lo que hizo que se miraran con hostilidad. Pero todo quedó aplazado al aparecer Marcio portando los alimentos anunciados. Se limitó a dejarlos ante ellos y se fue sin decir palabra. Se quedaron asombrados al ver que aquellos manjares no tenían nada que ver con los que ellos habían suministrado a sus propios esclavos. Éstos eran apetitosos y abundantes, acompañados además de un buen vino. Estaban hambrientos y se lanzaron a engullirlos con ansia.

Una vez saciados pareció que sus ánimos se apaciguaron para dar prioridad a afrontar con realismo su situación, que irremisiblemente les obligaba a dejar atrás el pasado. Licinio se decidió a hablar: “Me temía que todo esto fuera mucho peor”. Flavio replicó: “Pero a qué precio…”. “Mejor que una castración a manos de Marcio”, afirmó Licinio. La reacción de Flavio desató de nuevo las rencillas. “¡Claro! A ti te tocaría lo más sencillo”. Licinio contestó airado: “¡¿Crees que no me repugna, gordo seboso, tener que tratarte como mi esposa?!” Flavio quiso calmarlo. “Enfrentarnos también ahora no nos lleva a ninguna parte… Somos esclavos y, si no cumplimos los deseos del amo, todo lo que nos pueda ocurrir será mucho peor”. Licinio se avino a razonar: “Hasta pretende hacer una ceremonia y habremos de estar entrenados para lo que imagino quiere que hagamos allí…”. “Y no sabemos si será pronto”, completó Flavio.

Después de un angustiado silencio, Flavio volvió a hablar. “Quizás deberíamos empezar cuanto antes a acostumbrarnos…”. Licinio observó ya sin acritud: “Tú dices que yo lo tengo más sencillo… Pero dime cómo me voy a poner en forma contigo”. Flavio buscó salidas: “¡Vamos a ver! ¿Cómo lo hacías con los efebos?”. “Con ellos me podía excitar”, replicó Licinio rechazando la equiparación de un efebo con Flavio. Éste no se dio por aludido y siguió indagando: “Pero también te harían otras cosas ¿no?”. “¿Chupármela? ¡Claro! A ti también te lo harían”. “Esa no es la cuestión… Pero si así se te pone firme…”, dijo Flavio con rubor. “¿Me la quieres chupar?”, se alarmó Licinio. Flavio fue a lo práctico. “No es que te la quiera chupar… Pero si al final voy a tener que aceptar que me la metas por el culo, qué más me da ya tenerla antes en la boca”. Licinio no supo alegar nada más y eludió la cuestión. “Más vale que ahora descansemos un rato… Ya veremos luego”.

Se echaron los dos en el único lecho, en el que, pese a ser ancho, sus voluminosos cuerpos llegaban a rozarse. Aunque estaban muy fatigados con todo lo que les había caído encima ese día, la extrañeza de su situación los mantenía desvelados. No paraba de darles vueltas a las cabezas lo que de ellos se exigía y empezaron a pensar en voz alta. “Una vez yací con una esclava casi tan gorda como tú”, confesó Licinio. “¿Estás comparando?”, preguntó Flavio algo molesto. “Tal vez ayude…”, dijo Licinio sin mucha convicción. Tras un largo silencio, el que habló fue Flavio: “¿Le dabas por el culo a algún esclavo?”. Licinio reconoció: “A algún efebo… Y le gustaba mucho”. “¿Lo dices para que me tranquilice?”. “¡No, no! Al principio se resistía y tuve que forzarlo, pero luego disfrutaba como loco”. “¡Uf! Me dan mareos…”. “Aquél era muy joven y estaba muy cerrado… Tú tendrás el culo más abierto”. “Nunca me han dado por el culo ¡eh!”. “Solo con las cagadas que debes echar…”. Flavio cambió de tema. “¿Con la esclava gorda cómo te calentaste?”. “Daba gusto tocarla y, además, la chupaba muy bien”.

Tras un nuevo silencio, Flavio se decidió. “¿Quieres tocarme ahora?”. “En algún momento tendremos que empezar…”, dijo Licinio, que se le arrimó más. “Tienes unas buenas tetas”, comentó al decidirse a palpárselas. Aunque añadió: “¡Lástima que tengan pelos!”. “¡Mira quién habla!”, replicó Flavio. “Pero yo soy el hombre”, se atrevió a soltar Licinio. Flavio, airado, se giró dándole la espalda. “¡No vengas con esas!”. “Es que si no me hago a esa idea me va a costar animarme”, se justificó Licinio quien, como Flavio se había puesto a tiro, aprovechó para manosearle el culo. Flavio, ya calmado, avisó: “Ve con cuidado, eh!”. “Sí, pero deja que me familiarice con él”, dijo Licinio haciendo que se pusiera bocabajo. Con las dos manos abrió la raja y descubrió el ojete sonrosado. “¡Lástima que seas tan viejo y tan gordo!”, se quejó Licinio. “Si fuera un efebo no estaría aquí… Así que o te conformas o nos espera Marcio”, advirtió Flavio. “¡A ver! Voy a probar si me excito algo”. Licinio se apretó contra Flavio. Llevó las manos hacia delante para agarrarle las tetas y deslizó la polla flácida por la raja del culo. Se meneó estrujando y restregándose. “Eres bastante suave… y desprendes calorcillo”. “¿Pero notas algo tú?”, se impacientó Flavio. “Un poco sí”, reconoció Licinio, “Pero de ahí a que se me ponga dura para poder follarte…”.

“¿Probamos lo de chupártela?”, propuso Flavio, que sobre todo temía las consecuencias de un fracaso. “¡Venga, va! Procura hacerlo bien”, dijo Licinio poniéndose bocarriba. “Nunca había chupado una polla”, advirtió muy digno Flavio. Como su gorda barriga dificultaba sobre el lecho una posición adecuada para el fin propuesto, se bajó y abordó de lado la entrepierna de Licinio. Ver tan de cerca el abundante pelambre y lo bien dotado que estaba impresionó a Flavio. Levantó con dos dedos la polla que estaba ligeramente hinchada y, al tirar de la piel un poco hacia abajo, asomó todo el capullo. “¡Qué grande la tienes!”, exclamó, admirado y asustado a la vez. Licinio pensó, aunque se abstuvo de expresar: “Por eso el amo quiere que yo sea el esposo”. Flavio se armó de valor y sorbió toda la polla que le cupo en la boca. Con los ojos cerrados se puso a arrastrar los labios arriba y abajo. “¡Oye! Lo haces muy bien ¡eh!”, admitió Licinio. Flavio siguió chupando y pronto notó que la polla crecía y se endurecía considerablemente. “¡Sigue, sigue! Que vas muy bien”, lo animó Licinio, al que se le ocurrió deslizar una mano bajo la barriga de Flavio y dio con la rechoncha polla de éste. Al manosearla, sintió que se estaba poniendo dura. “¡Cómo estás tú también!”, exclamó Licinio. Flavio se detuvo ya y pudo hablar. “Todo esto me pone muy nervioso”, quiso explicar.

Licinio propuso decidido: “Pues vamos a aprovechar que estamos los dos entonados”. “¡¿Ahora?!”, se espantó Flavio. “Cuanto antes practiquemos mejor… ¡Sube al lecho!”. Como Flavio, tembloroso, al auparse quedó a cuatro patas, Licinio lo retuvo: “¡Quédate así! Me pondré detrás”. De rodillas, miró el sonrosado culo en pompa de Flavio, que suplicó: “¡Ponme aunque sea saliva!”. Entonces Licinio le abrió la raja y escupió en ella. Enseguida pasó un dedo por la saliva y lo dirigió al ojete. Al meterlo, Flavio se estremeció: “¡Uuuhhh!”. “¡Si me ha entrado solo!, Tienes un buen agujero”, lo amansó Licinio. “Pero tu polla es mucho más gorda…”, lloriqueó Flavio. “¡Pues ahí va!”. Licinio le dio una buena clavada. “¡Aaahhh!”, bramó Flavio. “¡Uf, toda dentro”, se enorgulleció Licinio. “¡Oh, como me quema! …Ya hemos visto que podemos ¡Sácala!”, pidió Flavio. “¡Ni hablar! Tengo que hacerlo bien… Es lo que querrá el amo”.

Lo que realmente le ocurría a Licinio era que, con la polla atrapada por aquel orondo culo, le estaba subiendo un calentón que no iba a cortar ahora. Así que, desoyendo al quejoso Flavio, lo agarró de las anchas caderas y se puso a zumbarle con gran excitación. “¡Oye, que no soy un efebo cualquiera!”, protestó Flavio. “Hay que apañarse con lo que se tiene y tu culo me está poniendo negro”, reconoció Licinio, que hasta le daba palmadas. A Flavio aquello le estaba resultando muy raro. Le dolía, pero una vez encajada la polla, su fricción le producía como un alivio. “¡Me voy a correr!”, avisó Licinio sofocado. “¿Ya?”, preguntó Flavio al notar que dejaba de embestirle. “Ya”, balbució Licinio, que sacó la polla goteante. Flavio se derribó y pataleó para ponerse bocarriba. Su corta y gruesa polla estaba dura como una piedra. Pidió con muy poca fe: “Ahora me la deberías chupar tú”. “¡Sí, hombre, sí! Como no llames a Marcio…”, contestó despiadado Licinio, que no estaba ya para más experimentos. Entonces Flavio, con el cuerpo ardiendo, tuvo que conformarse con meneársela por su cuenta.

Finalmente cayeron rendidos por el sueño. Por la mañana los despertó una diabólica carcajada. Era Marcio que, portador de la colación matutina, reía al verlos abrazados sobre el lecho. “El amo tiene prisa para celebrar vuestras nupcias… Así que bañaos, porque pronto habréis de ser preparados como corresponde”. Al quedar solos Flavio y Licinio se miraron preocupados. “¿Tan ponto?”, dijo éste. “Con lo irritado que tengo todavía el culo…” se lamentó Flavio. “Por la cuenta que nos trae hemos de hacerlo bien delante del amo”, consideró Licinio, “Y a ti te basta con poner el culo, pero yo necesito que se me ponga dura”. Flavio, que ya iba asumiendo el papel que le tocaba encarnar, reflexionó: “Pues no sé yo si quedará muy propio que una recién casada tenga que chupársela al marido para que éste pueda consumar el acto…”. Licinio aventuró: “Bueno, ya trataré de calentarme metiéndote mano a las tetas y al culo… que los tienes muy femeninos”. Flavio prefirió no darse por ofendido. Al fin y al cabo, y dadas las circunstancias, era casi mejor que Licinio lo viera así.

Marcio vino de nuevo portando una gran cesta. Por lo visto era él el único encargado de preparar a los contrayentes. Primero le tocó a Licinio, para quien sacó una túnica blanca que le pasó por la cabeza. Era de un tejido finísimo, casi transparente, sin mangas y hasta encima de las rodillas, y Marcio la ciñó a la ancha cintura de Licinio con una cadena dorada. Para Flavio traía otra túnica de iguales características, aunque de más vuelo y larga hasta los pies, ciñéndola también con una cadena, pero por debajo de las gordas tetas. El atuendo se completó con una corona de sarmientos de vid para Licinio y otra de pequeñas flores para Flavio. A continuación Marcio cubrió el lecho con un manto de brocado y esparció por él pétalos que iba extrayendo de un cuenco. Les ordenó que permanecieran ocultos tras una cortina hasta que el amo, que no tardaría en llegar, los llamase.

Aguardaron nerviosos y sin atreverse a mirarse. Sobre todo Flavio se sentía de lo más avergonzado. Al cabo de un rato oyeron que se abría la puerta y unos pasos solemnes. La voz sonora del amo los reclamó. “¡Licinio y Flavio, presentaos ante vuestro señor!”. Loe esclavos avanzaron lentamente para quedar ante Celio. Éste vestía una amplia toga púrpura sobre una túnica blanquísima y una corona de laurel dorada. Hasta Marcio, de guardián ante la puerta, vestía una túnica menos tosca que la habitual. Con una mano cargada de anillos, Celio indicó a Licinio que se le acercara. “Te sonríe la fortuna Licinio. No solo te acojo como a un pariente, sino que te concedo una virginal esposa”. Dicho esto, Celio llevó la mano bajo la túnica de Licinio y le manoseó la polla. “Estás generosamente dotado por los dioses. Espero que tu esposa sepa apreciar tu virilidad”. A continuación reclamó a Flavio: “Tú serás a partir de ahora Fabiola… Deja que aprecie tus encantos antes de que te entregue a tu esposo”. Le palpó las tetas por encima de la túnica. “Hermosas ubres que harán las delicias  de tu hombre”. Luego le subió las faldas por delante y puso un gesto de desagrado al ver el sexo encogido de Flavio. “Tal vez debería haberte castrado antes de asignarte tu condición… Pero hay cosas que más vale conservar. Nunca se sabe qué utilidad podrán tener”. Hizo girarse a Flavio y le descubrió el gordo culo. “Aquí está la maravilla que vas a ofrecer a tu esposo. De buena gana sería yo mismo quien te desvirgara…”. Se paró de pronto y, con tono más severo, los interpeló: “No habréis osado fornicar esta primera noche que habéis pasado solos y antes de que yo os declare casados ¿verdad?”. A los esclavos se les cortó la respiración, pero Licinio se apresuró a mentir. “No lo dudes, amo. Si bien hemos yacido juntos, el respeto a tus designios nos ha hecho mantenernos castos”. No se le escapó, sin embargo, la sonrisa sardónica de Marcio.

Celio, que ya tenía prisa en que la cosa se animara, procedió con sencillez a realizar el acto formal del casamiento. “Tomaos de las manos”, ordenó. Marcio se adelantó para entregarle una banda bordada con hilos de oro. Celio dio varias vueltas con ella a las manos juntas de los esclavos y proclamó: “Ante los dioses y ante mí, vuestro señor, os declaro unidos en matrimonio”. Aún no había acabado de soltar la banda y ya estaba dando órdenes. “¡Marcio, despoja de sus vestiduras a Licinio y Fabiola y condúcelos al lecho de flores para que puedan consumar su unión”. Una vez desnudos los esclavos, temblorosos, se dejaron llevar dispuestos a dar todo de sí para complacer a su amo.

Los dominaba el temor a que, bajo las miradas libidinosas de Celio y Marcio, la coyunda no fuera a ser tan lograda, si es que la conseguían, como en el ensayo de día anterior. Era mucho lo que se jugaban para su integridad física e incluso su vida. Descartada la mamada previa, por poco propia de una recién casada virginal, Licinio se abalanzó sobre Flavio y se concentró en el sobeo y chupeteo de sus tetas. Éste, para alentarlo, decidió asumir su papel teatralizándolo. “¡Sí, esposo mío, goza de mis encantos! ¡Hazme tuya!”, clamaba. Entretanto Celio había pedido a Marcio que lo desenvolviera de la toga y le quitara la túnica. Así, con su regordete y velludo cuerpo, iba rondando en torno al lecho para no perder detalles, mientras se acariciaba lascivamente el sexo. Flavio había aprovechado para bajar una mano a la polla de Licinio y estimularla disimuladamente. Pareció que la cosa empezaba a funcionar y la erección de Licinio se hacía realidad. Más animado, hizo que Flavio se diera la vuelta y se encaró con su orondo culo. Con no menos teatralidad exclamaba: “¡Esposa mía, deja que te arrebate tu virginidad!”. Estrujaba, lamía y mordisqueaba las nalgas, y hasta introdujo la cara en la raja para ensalivar el ojete. Flavio, a quien aquel trato no dejaba de excitarlo, correspondía. “¡No deseo otra cosa! ¡Penétrame con todo tu vigor!”. Licinio, ya enardecido por la dureza de su polla, se clavó con todas sus fuerzas en el culo de Flavio. Éste disimuló el agresivo impacto. “¡Oh, qué dulce dolor!”. Licinio folló con ganas, viendo que se disipaban las siniestras sombras que los habían amenazado, pero también disfrutando del placer que encontraba en ello. “¡Te voy a sembrar, esposa!”, anunció. “¡Sí, fecúndame!”, agradeció Flavio. Todavía no habían concluido los estertores de la corrida de Licinio y la rijosidad de Celio se desbocó, regando con su leche a los cónyuges.

“¡Magnífico! ¡Perfecto!”, exclamaba Celio, “Sois la pareja ideal… Me lo voy a pasar muy bien con vosotros”. A continuación ordenó a Marcio: “Hoy les traes una colación especial y abundancia de vino para que celebren sus nupcias”. Tras ello, Marcio abandonó el lugar, seguido de Marcio que no olvidó dejarlos encerrados. Licinio y Flavio decidieron tomar un baño para reponerse física y anímicamente. Solazándose en el agua, Flavio dijo: “Nos ha salido bien ¿no?”. “Sí, hemos pasado la prueba… Lo que no sé es qué nos espera a partir de ahora”, comentó Licinio. “¿Vamos a seguir con lo nuestro?”, preguntó Flavio tímidamente. “¡Claro! Si ya eres mi esposa ¡Fabiola!”, se burló Licinio. “Al menos entre tú y yo sigue llamándome Flavio, por favor”, pidió éste. “¡Tranquilo! Pero tu culo es ahora mío”, afirmó Licinio triunfante.

En cuanto al futuro inmediato de los dos esclavos, no tardaron en despejar su incertidumbre. Marcio apareció para sustituir el lecho por otro bastante más grande. No les costó adivinar el motivo. Celio se acostumbró a visitarlos con frecuencia para desfogar sus ardores con ellos. Si bien el nuevo lecho era el centro de operaciones, también le gustaba que se bañaran los tres juntos. Pronto entendieron Flavio y Licinio que la pantomima de las nupcias no había sido más que un adiestramiento para poder luego disponer de ellos, libres ya de prejuicios. Si entre ellos no habían tenido más remedio que superarlos, eso que ganaba Celio. Éste, según sus apetencias, podía hacer que se la mamara uno u otro, o conjuntamente. Le encantaba follarse a Flavio, con el culo ya habituado. Pero tampoco le hacía ascos a que Licinio se lo follara a él. Si estaba más desganado, se limitaba excitarse con una exhibición de la pareja.

En estas condiciones Flavio y Licinio, aunque privados de libertad, no podían quejarse de la vida regalada que su servicio a Celio les ofrecía. Habían dejado atrás las antiguas rencillas y el sexo entre ellos, o para complacer al amo, ya no les suponía ni mucho menos una carga pesada.

Pero todo llega a su fin y Celio empezó a cansarse de ellos y a estimar excesivamente costosa su manutención. Además había llegado a Roma una remesa de esclavos galos y esperaba poder comprar algunos ejemplares robustos y rubicundos. Sin embargo se mostró magnánimo y, en lugar de venderlos por un precio que no sería elevado, les concedió la libertad. Flavio y Licinio decidieron trasladarse a una población alejada de Roma y, hábiles para los negocios como siempre habían sido, pronto se enriquecieron. Eso sí, secretamente siguieron considerándose esposos y como tales vivieron.


(La inspiración para iniciar esta historia me vino de una imagen del curioso blog “cinema in your head” (http://chubbies-at-an-exhibition.tumblr.com/), con el breve comentario que la acompaña. También me he permitido adaptar dicha imagen para la ilustración final)

3 comentarios:

  1. Great story! There's a lot of potential to tell of orgies the slaves were brought into, or play with Marcio and Celio. I'd pay to see the movie, too!

    Dave

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  2. hola majo como siempre muy buen relato y morboso como el anterior eso de que experimentan a la fuerza pero sin reparos y les acaba gustando morboso total un besazo majo

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