miércoles, 24 de febrero de 2016

El acoso (Primera parte)


El señor Onofre, que era como todo el mundo le conocía, dueño de un restaurante mediano, pero que gozaba de cierta fama, se había quedado sin maître o jefe de camareros. El que desempeñaba esa función, tras algunas desavenencias que no vienen al caso, se había despedido con una buena indemnización. Onofre era un hombre en mitad de la cincuentena, grueso y hosco en el trato, salvo con su cuidada clientela. Siempre había vivido pendiente de su restaurant, aunque hubiera dejado hacía tiempo de atender personalmente la cocina. Nada escapaba a su supervisión y control, y era muy estricto con el personal a su servicio.

A la hora de contratar un nuevo maître, Onofre acudió a una agencia especializada. Su idea era que se tratara de un hombre no mucho más joven que él y que le diera prestancia al cargo. Por supuesto, aparte de experiencia y buenas referencias. No había muchos candidatos con esas características y Onofre solo pudo escoger entre dos o tres. Se entrevistó con ellos y hubo uno que le pareció el más adecuado. En su fuero interno habría debido reconocer que, además de corresponder al perfil deseado, una cierta atracción por aquel hombre fornido, de poco más de cincuenta años y muy buena presencia, había influido en inclinar la balanza a su favor. Pero Onofre se guiaba por su intuición y rápidamente aparcó este aspecto en su subconsciente.

El elegido fue Gregorio, que había trabajado durante años en un hotel de categoría, pero que, al haber pasado éste a manos de otra propiedad, que impuso una renovación completa, se quedó sin su empleo. Abocado al paro y con muy pocas perspectivas de salir de él a su edad, se hallaba en una situación angustiosa. Su anterior buena situación económica, ahora truncada, le había llevado a contraer deudas, como una hipoteca y préstamos para los estudios de sus hijos, a las que apenas podía hacer frente. De ahí que la oferta de Onofre llegó para él como caída del cielo.

Acordaron un contrato temporal a prueba, que podía convertirse en indefinido si todo resultaba como ambos esperaban. La retribución era buena y Gregorio confiaba en que, con ella, podría ir arreglando sus problemas. Por su parte Onofre deseaba que el funcionamiento del restaurant se normalizara, con los camareros debidamente coordinados. Por ello la incorporación de Gregorio sería inmediata, una vez puesto al día de sus funciones y, aunque asunto menor pero también importante, contara con la ropa adecuada a su talla. En este último proceso hubo que comprobar si alguno de los smokings de sus antecesores, bien conservados y pasados por la tintorería, se adaptaba al cuerpo de Gregorio. Onofre lo acompañó al vestuario del personal y el ambiente de intimidad en que aquél se iba probando las chaquetas, le provocó un punto de desasosiego, pues el robusto torso de Gregorio, moldeado por la blanca camisa, atraía irrefrenablemente su mirada. Una de las chaquetas pareció quedarle bastante bien y Gregorio señaló: “Debería probarme también los pantalones”. Daba por supuesto que, para ello, Onofre tendría la discreción de dejarlo solo. Pero éste se mostró remolón, limitándose a decir: “Sí, a ver qué tal”. No dejó de chocarle a Gregorio haber de quedarse en calzoncillos ante su jefe, pero no le dio mayor importancia. Sin embargo a Onofre se le aceleró el pulso con la visión de sus recias piernas. Los pantalones finalmente resultaron aceptables y Gregorio volvió a quitárselos para vestirse de nuevo con su ropa. Onofre no perdió tampoco la ocasión de recrear la vista. “Ha habido suerte y así podrá empezar mañana mismo”, dijo satisfecho.

Gregorio se volcó en desempeñar el trabajo con entusiasmo y profesionalidad. Le interesaba sobre todo que cuanto antes se consolidara su empleo. Se sentía, no obstante, observado constantemente por Onofre, aunque lo atribuía al celo y la minuciosidad con que llevaba todo lo relacionado con el funcionamiento del restaurant y a que, por ello, le interesaba calibrar su valía. Todo ello era cierto en lo que respectaba a Onofre, pero en la mente de éste también se iba asentando un sentimiento que estaba más allá de lo laboral. Gregorio le resultaba cada vez más atractivo y un deseo carnal hacia él le punzaba insistentemente. Este impulso y su despótica concepción de ‘el que paga manda’ lo iba a llevar a desplegar todo un acoso, gradual pero persistente, en torno a la persona de Gregorio.

Onofre vivía en un piso encima del restaurant y pasaba el día en éste desde primera hora de la mañana. Aparte del personal de cocina, Gregorio llegaba siempre bastante antes que los demás camareros para planificar las reservas y la distribución de mesas. Onofre no perdía la oportunidad de dejarse caer por el vestuario y entretenerse en comentar algunas cuestiones mientras Gregorio se cambiaba de ropa. Éste, que al principio lo encontraba algo embarazoso, se llegó a acostumbrar a mostrarse en paños menores en presencia de Onofre, aunque no le quitara ojo de encima cada vez con mayor descaro. En cualquier caso no iba a hacer una cuestión de eso. Y Onofre se conformaba de momento con esta intrusión en la intimidad de Gregorio.

En una de estas ocasiones, A Onofre se le ocurrió preguntar: “¿Usted cuida adecuadamente su higiene? Ya sabe que, en un sitio como éste, es algo fundamental”. A Gregorio le cogió por sorpresa y se sintió molesto porque se pusiera en duda su pulcritud. Pero contestó con calma: “Vengo recién duchado de casa, como supongo que hace todo el personal”. Aún más sorprendente fue la insistencia de Onofre. “Me quedaría más tranquilo si lo hiciera aquí antes de ponerse el smoking… Para eso tenemos duchas”. Desde luego era algo que a Gregorio le constaba que no se exigía a los otros camareros. Sin embargo, tampoco en este caso su todavía precaria situación laboral le permitía elevar una protesta. Por lo que se contuvo y se plegó al a todas luces despropósito. “Si lo cree necesario…”. “Vaya, vaya”, lo instó Onofre, quien por ahora se conformó con sentar el caprichoso precedente.

Así, durante varios días, Onofre se limitó a comprobar que Gregorio, una vez en ropa interior, se avenía a seguir la costumbre impuesta. Pero no tardó mucho en poner en práctica lo que era el verdadero objetivo de su ofensiva y arbitraria regla. Aprovechando que había surgido un problema de proveedores y, como Gregorio tuviera prisa en estar a punto para el servicio, Onofre, con la excusa de dejar aclarada cuanto antes la cuestión, que por lo demás no parecía ser tan urgente, lo siguió a donde se hallaban las duchas. Una vez entraron los dos, Gregorio, en calzoncillos y camiseta, se detuvo algo más que extrañado y avisó: “Me tendría que duchar ¿No es eso lo que quiere?”. Onofre lo miró como si el sorprendido fuera él. “No se irá a andar con puñetas… Estamos entre hombres”. Gregorio desechó lo que tenía en la punta de la lengua –“Por eso mismo no debería mirarme tanto”– y, una vez más, se resignó a no enfrentarse a su jefe. No es que fuera especialmente pudoroso, pero la intencionalidad cada vez más evidente de las imposiciones de Onofre le producía una gran desazón. Se desnudó pues ante él y fue enseguida a ponerse bajo la ducha. Pero Onofre, insensible a su incomodidad, se asomaba manteniendo una cháchara innecesaria y repetitiva. Con ella, en realidad, pretendía enmascarar su excitación mientras miraba aquel cuerpo robusto y viril en completa desnudez.

A partir de este momento quedaron clarificadas las posiciones de ambos. Onofre, cada vez más poseído por su deseo y envalentonado por el dominio al que parecía plegarse su subordinado, no iba a frenar en sus actos de acoso. Por su parte Gregorio, al que ya pocas dudas le cabían sobre las pretensiones de su jefe, se debatía entre el impulso de pararle los pies y la necesidad de consolidar el puesto de trabajo que, dada la forma de ser tan despótica de aquél, podía poner en peligro. Por ello procuraba infundirse calma y decirse, no sin cierta desconfianza: “Mientras solo se trate de mirar…”.

Ya más de una vez Onofre había repetido el seguimiento a las duchas, sin apenas molestarse en buscarse una excusa. Contemplaba lascivo la figura bajo el agua de Gregorio, que intentaba evadirse rehuyendo su mirada. Pero de pronto Onofre dio un paso más en su actitud. Apenas aquél había cerrado el grifo, cogió una toalla y se fue hacia él. “¡Deje que le seque!”, dijo con tono imperioso. Gregorio comprendió al instante que ya Onofre no se iba a conformar con verlo desnudo e instintivamente le arrebató la toalla. “¡Gracias! Puedo hacerlo yo”. Onofre, soberbio, no se esperaba tal rechazo y, pasando a tutearlo, cosa que nunca había hecho antes, le soltó: “Si no eres tonto, te habrás dado cuenta del interés que tengo por ti. Desde luego, provocarme sí que sabes”. Tanto cinismo dejó sin palabras a Gregorio y Onofre lo aprovechó para irse todo airado.

Gregorio acabó su aseo y se vistió sumido en una gran confusión. Hasta pensó si debía buscar a Onofre para disculparse. Pero ¿y si éste lo tomaba como que estuviera jugando con él? Estaba así cayendo en la paradoja del acosado que se siente culpable y trata de buscar una ilusoria paz. Onofre, por su parte, se lo quería poner difícil y todo el día mantuvo una actitud huidiza. A la mañana siguiente, no lo acompañó al vestuario, pero le dijo: “Cuando esté listo, quiero hablar con usted”. Gregorio se desnudó y duchó en soledad, temeroso de las consecuencias de su rechazo. Sabía además que Onofre siempre se cuidaba de que nunca hubiera testigos de sus inapropiadas confianzas y, ante los demás, mantenía con él un comportamiento que llegaba ser distante. Si las cosas venían mal dadas, siempre sería la palabra de aquél frente a la suya.

Onofre adoptó una actitud solemne. “Siento que unas muestras de confianza mías hacia usted hayan dado lugar a un malentendido entre nosotros”. Estas formas tan educadas cogieron a Gregorio con el pie cambado y le forzaron a ser él quien se disculpara. “Reconozco que tuve una reacción desmedida y es natural que usted se mostrara ofendido”. Onofre se sintió en su terreno y entró en la vía de los sentimientos. “Ha de comprender que soy un hombre muy solitario en el fondo y tal vez me apego en exceso si una persona me cae bien… como es su caso”. Nuevo giro desconcertante para Gregorio, que trató de corresponderle. “No sabe cómo le agradezco ese afecto y quisiera ser digno de él. Tal vez los problemas en que he estado sumido me han vuelto desconfiado… Cuando precisamente voy a poder salir de ellos gracias a usted”. Onofre ahora no hiló tan fino. “No crea que no soy consciente de ello. Pero también por eso agradecería una mayor entrega por su parte”, dejó caer con deliberada ambigüedad. Y qué podía hacer Gregorio sino utilizar una frase hecha para estas ocasiones. “Por supuesto que puede contar conmigo para lo que necesite”. Verdaderamente no tenía muy claro a qué se estaba ofreciendo. Pero Onofre no dejó de tomar nota. “Eso espero”.

Gregorio casi agradeció que Onofre retomara la costumbre de acompañarlo al vestuario. Ya consideraba un mal menor sus descaradas miradas y esperaba que siguiera limitándose a ellas después del incidente de la toalla. Incluso se mantuvo en esa esperanza cuando Onofre se le volvió a colar en las duchas. Pero éste iba a cambiar de táctica para dedicarse a las alusiones más o menos directas, en las que volvió a introducir el tuteo para un mayor acercamiento. Resignado Gregorio a mostrar su desnudez completa bajo la ducha, Onofre comentó: “Tienes un cuerpo magnífico y muy bien conservado para tu edad”, Gregorio hizo como si no lo hubiera oído por el ruido del agua. “Ya me he fijado en las miradas que atraes cuando circulas por el comedor… de mujeres y de hombres”. Nuevo silencio de Gregorio y mayor insidia de Onofre. “Me pregunto si aún te satisfarás con tu mujer”. Esta referencia tan íntima no pudo menos que provocar una detención momentánea en las abluciones de Gregorio. Onofre entonces reculó tácticamente: “Perdona… Solo pensaba en voz alta”. Cuando Gregorio fue a salir de la ducha, Onofre cogió la toalla, pero solo se la alargó con el brazo estirado, como dando a entender: “¿Ves cómo sé contenerme?”.

Estaba claro, y también para Gregorio, que Onofre iba consiguiendo minar su moral a base de arrancarle pequeñas concesiones. Resultó patente al día siguiente en el ritual de la  ducha. Onofre ya no hizo comentarios y se limitó a mirarlo con avidez. Pero esta vez su maniobra con la toalla consistió en abrirla para acoger el cuerpo mojado. Con sonrisa cínica le pidió: “Acepta una muestra de afecto”. Gregorio se sintió desarmado y se dejó envolver y frotar el torso. Solo cuando Onofre iba a pasar más abajo, le quitó suavemente la toalla y continuó él. “¡Desconfiado!”, protestó irónico aquél.

Pero a Onofre ya no le bastaban las migajas que iba obteniendo para colmar su posesivo deseo. Así que, volviendo al trato formal, le dijo a Gregorio: “Esta noche me gustaría que habláramos sobre su situación en el restaurant… He pensado que, cuando cerremos, podríamos subir a tomar una copa en mi piso. Así descansamos de este ambiente… Espero que no tenga inconveniente”. Gregorio, una vez más, se encontró entre la espada y la pared, consciente de lo comprometido del encuentro, en cuya propuesta Onofre había mezclado arteramente la búsqueda de mayor intimidad con su situación laboral. Solo pudo responder: “Le agradezco la confianza, señor Onofre”.

Onofre estuvo pendiente de los últimos movimientos de Gregorio para la clausura del local y, cuando éste le sugirió que, antes de subir, dejaría colgado el smoking y se pondría su ropa, lo apremió: “¡No perdamos el tiempo! Coja la ropa y ya se cambiará arriba”. Onofre lo tenía todo previsto. Nada más entrar en el piso los acogió una bocanada de aire cálido. “¡Uf!”, exclamó Onofre, “Ha quedado puesta todo el día la calefacción y esto es un horno". Fue la excusa perfecta para añadir: “Como usted de todos modos iba a quitarse el smoking, aproveche y póngase más fresco”. Ante la expresión intranquila de Gregorio, dijo burlón: “No será la primera vez que charlamos en paños menores ¿verdad? Además, ahora lo voy a hacer yo también”. Con lo que pretendió dar por zanjada la cuestión. Predicó con el ejemplo y enseguida se quedó en calzoncillos tipo eslip y camiseta imperio. A Gregorio le sobrecogió la visión del cuerpo de una gordura algo fofa y escaso vello, que desbordaba las escuetas prendas. Pero a él no le cupo más que imitarlo, aunque ya estaba acostumbrado a mostrársele de ese modo. “¿A que estamos mejor los dos así?”, preguntó Onofre con tono pícaro. Como había un carrito con botellas de licor y vasos, le vino bien a Gregorio cambiar de tema. “¿Le parece que sirva lo que a usted le apetezca?”. “¡Lo que nos apetezca a los dos!”, lo corrigió Onofre, “Seguro que al whisky de esa botella no le haces ascos”. Mientras Gregorio servía, aprovechó para comentar: “Te habrás dado cuenta de que, cuando estamos en la intimidad, me sale hablarte de tú… Me gustaría que hicieras lo mismo conmigo”. Gregorio replicó: “No sé si me saldrá”. “¡Joder!”, reaccionó Onofre, “¿También eso te cuesta… como otras cosas?”. Gregorio captó la puya. Onofre hizo que se sentara en un sofá a su lado. Con un vaso en la mano y rozando como al descuido una pierna con el velludo muslo de Gregorio, habló con un tono afable. “En primer lugar quería decirte que estoy muy satisfecho con tu trabajo como maître. Enseguida has tomado las riendas del comedor y sabes mantener la categoría que nos caracteriza. Hasta le das prestancia con tu buen aspecto… Aunque eso ya lo sabes”. Se interrumpió para darle una palmadita en el brazo. Cambió a un tono más severo. “También sabes que tu contrato es provisional y a prueba, y que necesitas consolidarlo de forma más estable ¿No es así?”. Gregorio asintió con el corazón en un puño por lo que pudiera seguir, y que con seguridad Onofre no le iba a ahorrar. “Sin embargo, hay aspectos personales que también he de tener en cuenta. Y ahí surge el problema…”. Gregorio quiso intervenir. “Por mi parte…”. Pero Onofre lo cortó. “Yo no te oculto que me resultas muy atractivo y tú estás siempre a la defensiva. Eso para mí está siendo molesto y hasta humillante, lo que me hace dudar en la conveniencia de tu continuidad”. Gregorio sudaba. “Es que hay cosas que no pueden ser…”. “¿Ves? A eso me refiero, a la barrera que levantas frente a mí, como si te repeliera”, insistió Onofre. Gregorio protestó: “¡En absoluto! Si le estoy muy agradecido y haría cualquier cosa por usted. Pero…”. “¡Siempre hay un pero! Ni siquiera aceptas la confianza que te doy de tutearme”, iba enredándolo Onofre. “¡Perdona! Si has visto que no me ha importado desnudarme ante ti…”, fue aflojando Gregorio. “Y si me acerco reaccionas como un puercoespín…”, ironizó Onofre. “¿Qué más quieres? Son cosas que no me van”, reiteró Gregorio con voz trémula. “Si falta buena voluntad… A veces pienso en lo de muerto el perro se acabó la rabia”, sonó amenazante Onofre. “¿Qué quieres decir?”, se espantó Gregorio. “Si me haces sentir incómodo…”, remachó Onofre. “Eso que insinúas es injusto… Yo trabajo bien y lo necesito”, suplicó Gregorio. “Al que algo quiere, algo le cuesta”, volvió Onofre al refranero. Gregorio estaba desalentado al máximo hasta el punto de ofrecer: “Si quieres, me desnudo aquí ahora…”. Onofre simuló desinterés. “¿Para sentirte incómodo…?”. “¡No, no! ¡Mira!”. Gregorio se puso de pie y tembloroso se despojó de camiseta y calzoncillos. Onofre, aunque tener allí mismo, y no ya con el subterfugio de la ducha, aquel cuerpo robusto y velludo, con un apetitoso sexo, lo excitaba tremendamente, quiso disimularlo mostrándose distante. “No es mucha novedad…”. Pese a ello, el latigazo del deseo lo dominó y le hizo exclamar: “Al menos deja que me desahogue”. Con un movimiento brusco, levantó un poco el culo y se echó abajo el eslip. Su polla rechoncha apareció mojada entre sus gruesos muslos y empezó a masturbarse ante el inerte cuerpo de Gregorio, que optó por desviar la vista al vacío. Resoplidos seguidos de una respiración agitada le indicaron que Onofre se había corrido. Una vez desfogado, y en cierta manera con su orgullo herido, decidió que por ahora ya había tenido bastante y le dijo sin ocultar su sinsabor final: “Será mejor que te vistas y te vayas a tu casa”. Gregorio no supo qué decir e hizo todo eso en silencio, con el corazón en un puño.

Gregorio llegó a su casa de madrugada, mucho más tarde de lo habitual. Su mujer, a la que no había sido infiel en sus largos años de matrimonio, dormía. Pero estaba tan alterado e inquieto que la despertó. Ella se asustó al verlo en ese estado y Gregorio se derrumbó y decidió contarle la encrucijada en que se encontraba. No le ahorró las secuencias más escabrosas y a lo que se exponía si le hacía frente a Onofre. “Si pierdo este trabajo ya no podré evitar la ruina para todos nosotros”, declaró lloroso. La mujer quiso consolarlo y al fin le dijo: “Si te sientes con fuerzas para hacerlo, no te juzgaré si cedes a las pretensiones de ese hombre. Sé que de lo contrario nunca te perdonarás tu fracaso y será fatal para todos. Al fin y al cabo no actuarás por vicio sino para el bien de tu familia”. Tras este pragmático consejo, Gregorio comprendió que debía hacer de tripas corazón y cambiar su actitud hacia Onofre.

(Continuará)

3 comentarios:

  1. nada de sexo aun de ponermela dura, pero un relato morboso ...y sobre todo interesante en el tema...Esto sucede mas veces de lo que nos creemos...

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  2. Me recuerda a experiencia vivida con 24-25años en empresa de aceituna con el jefe de personal bastante maduro

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