jueves, 21 de enero de 2016

Viajando al norte


Tenía previsto un viaje a un país nórdico, en el que pretendía mezclar trabajo y placer. Un amigo muy cosmopolita, que hacía poco había estado allí, me hizo una sugerencia. “Déjate de hoteles y haz como yo, que me alojé en una casa particular que encontré por internet, para convivir con sus dueños e integrarme en sus costumbres”. A esto último le dio una entonación que no dejó de picarme la curiosidad. Él mismo me ayudó a buscar la web con la que había contactado. Vi las fotos de un loft muy bonito y otra de los dueños, un matrimonio de mediana edad típicamente nórdico, ambos robustos y rubicundos, de nombres Erik y Helka. Me llamó la atención que, aunque la foto era de cara, aparecían con los hombros desnudos. No obstante, objeté que eso de que fuera un matrimonio no me hacía demasiada gracia. Pero mi amigo insistió. “No te imaginas las sorpresas que te vas a llevar… Tú hazme caso y no me pidas más detalles”. Para convencerme añadió: “Ahora mismo voy a mandarles un mensaje hablándoles de ti… No te arrepentirás”. Ya no me fijé demasiado en las explicaciones que acompañaban la oferta, porque además la traducción era deficiente, y me decidí a mandar mis datos personales con una foto. Al poco tiempo recibí la confirmación, en que también acusaban recibo de la recomendación de mi amigo. Así pues me lancé a la aventura, intrigado por las sorpresas anunciadas.

Tomé un taxi en el aeropuerto que me llevó a la dirección de mis anfitriones. La primera sorpresa fue que me abriera la puerta una mujer en cueros vivos. “¿Helka?”, pregunté. Asintió sonriente, me hizo pasar, me besó efusiva y, en nuestra conversación en inglés, empecé a hacerme cargo de las peculiaridades que me aguardaban. Resultó que se trataba de una familia que practicaba el nudismo y esperaba que quien hospedara se adhiriera a esa costumbre. Fingí estar al tanto de la situación y me mostré dispuesto a cumplir las normas en cuanto me indicara dónde dejar mi equipaje y mi ropa. Helka, que era algo llenita, tetuda y de piel tersa, empezó a enseñarme la vivienda y pude hacerme una idea de cómo iba a ser la convivencia en ella. Era un loft amplio y diáfano, que constaba de un absoluto ambiente único. Hasta las piezas del baño estaban a la vista casi todas, con un confortable jacuzzi. La zona de dormir estaba formada por dos camas bastante amplias y situadas a distinto nivel, sin demasiada concesión a la intimidad. En la sección de vestidor se me indicó el armario donde podía colocar mis cosas. Ya no tenía excusa, ni falta que me hacía, para no ponerme a tono con las costumbres familiares. Así que me desnudé por completo y me dirigí hacia el espacio de cocina, donde estaba ahora Helka. Me miró de arriba abajo sonriente y comentó: “Creo que eres el tipo de huésped que nos gusta. Le causarás muy buena impresión a Erik y a nuestros amigos”. Me pareció muy bien que quisieran integrarme en su vida social.

Helka me ofreció beber algo y me invitó a sentarme en uno de los cómodos sofás. Ella ocupó otro enfrente del mío, sin el menor reparo en lucir el coño entre un pelambre rojizo. Me informó de que vivían en un estilo muy libre, del que solo era una muestra su afición por el nudismo. Le quise dejar claro que yo me adaptaba a todo y no tenía tabúes. No hubo tiempo para entrar en más detalles, porque se abrió la puerta y apreció el que debía ser Erik. Lógicamente iba vestido de calle y bastante abrigado, más alto y voluminoso que yo. En cuanto me vio se fue hacia mí, que me puse de pie. Abrazó con energía mi cuerpo desnudo y me dio un par de besos. “¡Cuánto me alegro de que hayas venido! …Enseguida estoy con vosotros”. Se fue rápido a la zona de vestidor y, en un periquete, volvió completamente desnudo también. Era un hombretón tipo vikingo, con abundante vello dorado y una poblada barba. Pude observar que la entrepierna, algo más oscurecida, estaba muy bien equipada. La esposa ya le había preparado su bebida y se sentaron juntos en el sofá frente a mí. Erik pasó un brazo por los hombros de Helka y la atrajo cariñosamente. Ella posó una mano en el robusto muslo de Erik. Éste me miró ahora con más detenimiento. Yo por supuesto se lo facilitaba, relajado con las piernas separadas para demostrar que era de los suyos. Y parecía que también le causaba buena impresión. Aunque de momento todo parecía muy ortodoxo. Salvo el nudismo, claro.

Helka dijo: “Antes de la cena nos gusta estar un rato en el jacuzzi ¿Querrías acompañarnos?”. No me iba a negar y los tres nos metimos en él, con su agua borbotante y buena temperatura. En el jacuzzi podían caber tres o cuatro personas pero no dejaban de producirse roces de piernas dejadas mecer por las corrientes. Llegué a notar más de un tanteo de pies por mi polla y mis huevos. Dada la mayor longitud de sus extremidades, no me cupo duda de que eran los de Erik, lo cual me provocó una agradable erección. Entre tanto Helka, que era la más parlanchina, decía: “Nuestro común amigo nos ha hablado muy bien de ti ¿Verdad, cariño?”. Erik asintió con una pícara sonrisa. “Suponemos que él también te habrá hablado de nosotros…”. Lo dijo con un tono que, pese a que contesté “¡Claro, claro!” haciéndome el enterado, aumentó mis dudas sobre el terreno que pisaba. Cuando se dio por terminado el remojón, me demoré un poco en salir para que mi polla no diera demasiado la nota. Pero quedé desconcertado cuando, al ponerse Erik de pie, lucía con toda naturalidad una erección gloriosa. Ya me preocupé menos por mi propio aspecto, aunque me preguntaba si habría sido yo el motivo de tanta alegría.

Una vez secados nos dispusimos a cenar y me alegré de que no fueran vegetarianos. Erik y Helka se repartieron las tareas entre la cocina y la mesa. Mientras comíamos me contaron que Erik era marino mercante, ya retirado, y Helka hacía un teletrabajo comercial desde casa. “Lo demás ya lo debes conocer…”, añadió Helka risueña. Pasamos luego a los sofás y me ofrecieron un reconfortante licor. Mientras Helka recogía por la cocina, Erik se sentó a mi lado, provisto de un plano de la ciudad, para orientarme en mis primeros pasos. Pero se arrimaba tanto que el roce de su muslo velludo con el mío hacía que me costara trabajo seguir sus instrucciones. Debió darse cuenta de mi inquietud porque, de pronto, su mano pasó del plano a la parte alta de mi muslo; me la presionó y me dio unos golpecitos. A continuación dijo mirándome: “Me gustas mucho ¿sabes?”. Me descolocó el alto tono de voz con que hizo esta declaración, dada la poca intimidad del espacio, aunque no pude menos que contestar: “Tú también me gustas”. A continuación me echó un robusto brazo por los hombros y, estrechándome contra él, me dio un morreo, metiéndome a fondo una lengua gruesa y mojada. En ese momento se nos acercó Helka sin dar la menor muestra de asombro. Yo, sin embargo, hice un movimiento instintivo de apartarme, pero ella dijo sonriente: “¡Tranquilo, que no me asusto!”. Ante mi expresión de desconcierto, se sentó frente a nosotros. “Parece que nuestro amigo español no te ha contado todo sobre nosotros… Somos una pareja muy libre en lo sexual… Erik, en su madurez, se ha aficionado a los hombres como él y me gusta que disfrute con ellos… Ya conocerás al amigo que tiene ahora. Seguro que te  gustará”. Hizo un mohín divertido, como si le ruborizara lo que iba a declarar a continuación. “Yo me entiendo con una chica joven… Mañana vendrán los dos. Los hemos invitado a cenar en tu honor”. Tratando de ponerme en situación, sobrepuse la cortesía al morbo: “Será un placer, desde luego”.

Se mostraron comprensivos con que yo estuviera bastante cansado por el largo viaje y propusieron que nos fuéramos a dormir. La cama que me asignaron no estaba demasiado independizada de la de ellos, pese al original sistema de distintos niveles. Aunque para mí era una novedad pernoctar en la proximidad de un matrimonio, la comodidad de la amplia cama y la tenue luz azulada con que crearon ambiente facilitaron que no tardara en conciliar el sueño. Sin embargo, no sé en qué momento noté un movimiento por mis pies. Miré sorprendido y vislumbré la voluminosa figura de Erik que avanzaba a cuatro patas y apartaba la liviana sábana, que bastaba por la fuerte calefacción. Antes de que me diera tiempo a reaccionar, ya estaba sorbiendo mi polla. Me quedé quieto y me hizo una mamada habilísima que culminó en una corrida deliciosa. Tras tragarlo todo, me susurró: “¡Gracias! Vuelve a dormirte”. Con el mismo sigilo con que había llegado se deslizó hacia su cama y se acostó junto a Helka.

El día siguiente lo tuve muy atareado con mis gestiones, que incluyó un almuerzo de trabajo. Así que hasta avanzada la tarde no pude regresar al loft. En espera de que llegaran los invitados a la cena, agradecí el relax del jacuzzi después de mi ajetreada jornada. Poco tiempo llevábamos los tres en remojo cuando se abrió la puerta y apareció una chica que no tendría muchos más de veinte años. Se acercó con toda naturalidad al jacuzzi y saludó. “Veo que ya estáis haciendo los honores al nuevo huésped… Enseguida me uno a vosotros…, si es que me hacéis un hueco”. Entretanto Helka me informó: “Es Taina. Ahora somos muy amigas ella y yo, como te dije”. Taina reapareció desnuda, con un cuerpo delgado y casi andrógino. Se introdujo entre nosotros, nos besó a Erik y a mí, y dio un intenso morreo a Helka…, para que las cosas estuvieran claras. Al quedar juntas las dos mujeres, Erik se me arrimó y no tuvo el menor reparo en echar mano a mi polla, encantado con el estado en que la encontró. No fui menos y busqué también la suya, que se endureció dentro de mi mano. Estábamos en estos escarceos cuando Helka avisó: “Deberíamos empezar a preparar la cena… Jarkko no tardará en llegar”. Supuse que se trataba del otro amante y me dio morbo pensar  en cómo sería.

Ya salimos del jacuzzi y, al secarnos, se fueron calmando los excesos de las entrepiernas. Pero la puerta volvió a abrirse y entró, con cierta precipitación, el que debía ser el tal Jarkko. “Perdonad que me haya retrasado… Ahora mismo estoy con vosotros”. Como si saludar vestido fuera una falta de educación, corrió a quedarse sin ropa. En el primer repaso visual que pude darle, me causó una excelente impresión. Casi tan robusto como Erik y de vello más oscuro, debía tener unos cincuenta años, y sus atributos eran para alardear. Cuando me besó efusivamente, en nuestras desnudas circunstancias, me estremeció el choque de su verga contra mi polla.

La cena, opípara y regada con generosos vinos, transcurrió en el marco de una corrección absoluta, salvando claro está el estado de adanismo en que todos seguíamos, y casi me ruborizaban las atenciones que tenían conmigo. Desde luego el recién llegado Jarkko no dejaba de mirarme y dirigirse a mí con simpatía, aunque yo no dejara de pensar si estaría escrutando el grado de intimidad que había tenido ya con su amante. En el zenit del ágape, no faltaron los brindis en mi honor, deseándome una muy grata estancia y una amistad perdurable. Se encargó de ello Erik, pero también quiso sumarse Jarkko, ya algo achispado. Lo más curioso del caso era que, al ponerse ambos de pie para sus cariñosos parlamentos y dadas sus tallas, el paquete al completo les quedaba justo por encima del nivel de la mesa. Aunque yo me vi en situación similar cuando me tocó expresar mi agradecimiento.

Se preveía una larga sobremesa de cafés y licores. La sorpresa fue que Helka y Taina excusaron no acompañarnos ya que tenían su abono a la ópera. Helka lo adornó: “Así los hombres estarán a sus anchas… No nos van a echar en falta”. De manera que se emperifollaron con cierta rapidez y se marcharon alegremente. Yo me sentí, a partes iguales, excitado e intimidado al verme a solas con aquellos dos vikingos tan en cueros como yo, aunque de momento la degustación de licores pareció imponerse a cualquier deriva lujuriosa. Pude confirmar el tópico de que los nórdicos son esponjas para esta afición y reconozco que yo tampoco quedé indemne al emularlos. No dejaba de extrañarme, sin embargo, que, en contraste con el deseo que me embargaba de lanzarme a chupar aquellas apetitosas pollas tan a la vista, pareciera que los otros dos se conformaran con las libaciones y risotadas propias de una convencional reunión de hombres solos. Me preguntaba qué había sido del furor de Erik metiéndome mano en cuanto tenía ocasión delante de quien fuera. Porque además Jarkko, cuya relación con Erik había sido aireada con tanta naturalidad por Helka, no tenía menos pinta de salido. A no ser que, tan liberales ellos, quisieran mantener entre sí una apariencia de fidelidad pese a todo.

Entonado como iba, decidí romper el hielo. Aprovechando que Erik había ido a la cocina, me senté en el sofá junto a Jarkko con la excusa de que me explicara la composición de una extraña y fuerte bebida que habíamos catado. Ello propició un rozamiento de muslos muy grato para los dos. Al volver Erik, se quiso sentar a mi otro lado en el no muy amplio sofá, lo que provocó un cómico reajuste de culos y que yo quedara confortablemente emparedado. Expresando una relajante felicidad, levanté los brazos y los pasé por los macizos hombros de los vikingos. Acerté en mi paso al frente, porque los dos a la vez juntaron sus caras a la mía y nos enredamos en un besuqueo a tres, enlazando lenguas e intercambiando salivas. Ya tuve vía libre para poner en práctica el deseo que me venía punzando y me deslicé hasta el suelo para tomar el mando, con las manos y la boca, de las dos pollas que tan alegres se estaban poniendo. Se despatarraban dejándome hacer mientras ellos se fundían sobándose por encima de mi cabeza. No me limitaba a chupar las pollas que iban engordando en mi boca, pues metía la lengua por debajo para lamer los gordos huevos. Hasta les subía una pierna sobre mi hombro y llegaba al ojete. Cuando se dieron por satisfechos por el momento, tiraron de mí  para que me pusiera de pie. Metido entre sus piernas, se inclinaban para chuparme ahora ellos la polla, que tenía tiesa y mojada. Se la pasaban de una boca a otra y a veces las juntaban enredando las lenguas sobre ella. Yo les iba sobando las peludas tetas y estirando los pezones.

Cuando el juego en el sofá no daba más de sí, a Erik se le ocurrió preguntar: “¿Qué os parece si vamos al jacuzzi? Helka lo ha dejado caliente”. No era una mala idea que nos serviría, entre otras cosas, para despejar algo las brumas del alcohol. Mientras nos dirigíamos a él, Erik me tomó de un brazo y me preguntó educadamente si era activo o pasivo. Le indiqué mi preferencia por lo primero. “¡Tranquilo!”, me dijo, “Nosotros hacemos de todo”.

NI que decir tiene que las cálidas aguas burbujeantes estimularon nuestra voluptuosidad. Nos dejábamos arrastrar por los remolinos formando revoltillos de cuerpos. El impulso de una mano bajo mi culo me hacía flotar y mi polla emergente se volvía  objeto de dulces chupadas, cuando no era yo quien impulsaba o chupaba. Como el jacuzzi no era muy profundo, al ponerse alguno de pie, el nivel de agua quedaba rebasado por su polla erecta, que enseguida era atrapada con sobeos y succiones. En este revuelo, de pronto Erik volcó medio cuerpo por fuera del borde redondeado y presentó su culo gordo y peludo. Aunque sentí un intenso deseo de penetrarlo, el morbo de ver antes a Jarkko en acción me llevó a incitar a éste para que procediera. Como estaba tan dispuesto a ello como yo, no dudó en abordar a Erik con la seguridad que les daba la costumbre. Dejándome mecer por los remolinos, contemplé excitado el acoplamiento de aquellos dos hombretones en una sabia combinación de lujuria y delicadeza. Erik gemía con cada embate de Jarkko, que se balanceaba rítmicamente. Noté que iba frenando y se detenía, lo que me hizo pensar que se habría corrido sin aspavientos. Pero en realidad se trataba de ofrecerme el relevo y así lo confirmó Erik: “Ven tú ahora”. Entré con facilidad en el ano que había quedado bien abierto y enseguida aprisionó mi polla con su calidez. “¡Uuummm!”, murmuró Erik complacido, mientras Jarkko sonreía generoso. Pese a que bombeé con mesura, muy pronto sentí que no podría aguantar. Avisé: “¡Estoy ya muy caliente!”. “¡Sigue, sigue!”, me animó Erik. Me corrí bien a gusto y me dejé caer sumergiéndome en el agua. Cuando refloté, ya estaban Jarkko y Erik besándose abrazados. Parecía que no tuvieran la urgencia que yo acababa de aliviar. Pero lo que sucedió fue que Jarkko, de un impulso, se sentó en el borde del jacuzzi con los muslos separados y la polla endurecida. Erik se le fue acercando en un remedo de natación y se la metió en la boca. Ahora la mamada iba a ser definitiva, porque la constancia de Erik la reforzaba Jarkko sujetándole la cabeza. Éste acabó sacudiendo su rotundo cuerpo y dejó libre a Erik, que lamió ya los restos de leche que aún salían del capullo. En fase de recuperación, me acerqué a ellos que me echaron los brazos al cuello como afectuoso descanso.

Ya no me sorprendí demasiado cuando se abrió la puerta. Helka venía sola y se acercó como si tal cosa al jacuzzi. “¿Aún estáis así?”, comentó risueña. “Ya íbamos a salir”, dijo Erik con la misma naturalidad. Mientras nos secábamos, ella no dejó de cumplir el ritual de desnudarse. Al volver explicó: “He llevado a su casa a Taina, porque mañana temprano tiene que coger un avión”. Educadamente le pregunté: “¿Qué tal la ópera?”. “Preciosa, pero seguro que no tan emocionante como la velada que habréis tenido aquí”, contestó divertida.

Mientras tomábamos un reconfortante caldo caliente, se dio por hecho que Jarkko se quedaría a dormir. Vivía algo lejos y no podía coger el coche después de lo que habíamos bebido. Al haber solo dos camas, aunque amplias, Helka me preguntó si tendría inconveniente en que aquél la compartiera conmigo. Por supuesto que me pareció muy bien y Jarkko me lanzó una cálida mirada. Llegó la hora de acostarse y los dos nos metimos en la cama. Jarkko me dio un cariñoso beso de buenas noches y se giró de espaldas. No pude resistirme a acariciar su recia y suavemente velluda espalda, …y algo más abajo. Entonces él buscó mi mano y tiró del brazo para que le ciñera el pecho. Abrazado así a su cuerpo, y con el calor que desprendía, empecé a excitarme de nuevo. Al notar el roce de mi polla endurecida, llevó una mano hacia atrás y la palpó. A continuación estiró una nalga para darme acomodo en su raja. Qué iba a hacer yo sino empujar poco a poco hasta tener la polla firmemente clavada. Removió el culo incitándome a que me activara. Lo follé con ansias renovadas, en silencio los dos, y me corrí por segunda vez aquella noche. Sin embargo, mi capacidad de asombro todavía no se había agotado en esa casa porque, al tiempo en que estábamos en acción, pude percibir nítidamente, y supongo que Jarkko también, que en la otra cama no muy apartada, Erik se estaba follando a Helka ¿Se consolarían así mutuamente de no poder estar haciéndolo con sus respectivos amantes?

Qué más decir de los días en que me aloje aún con ellos que no resulte ya reiterativo. Solo añadir que tuve más encuentros con Erik y Jarkko, juntos o por separado, y sin obstáculos ni ocultación, como imperaba en aquel loft tan peculiar. Si los negocios que sirvieron de excusa para el viaje no resultaron demasiado fructíferos, a quién le importa…

12 comentarios:

  1. Hola soy pakoso, excelente relato y muy morboso. Ya quisiéramos esa misma naturalidad sexual. En Verá, donde pasamos las vacaciones de verano en una urbanización naturista también nos montamos buenos rolletes sexuale

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    1. No he ido nunca. A ver si este verano me animo...

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    2. ¿Y dónde los montáis? ¿Al aire libre, como en Cap D'Agdè?

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  2. Excelente relato,puede que eche de menos mas implicacion de ella,mi fantasia es esa,estar entre una paraja de maduros mmmmmm

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  3. Qué buen relato, como todos los tuyos. Gracias por compartirlo. Siempre resulta muy excitante leer e imaginar las situaciones que describes tan magistralmente.

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  4. Una vez más, muchas gracias. Lo paso realmente bien con tus relatos, imaginándome ser el protagonista... Además, el relato de esta vez, me resulta absolutamente verosímil...
    Y muy elocuente la foto ;-)

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  5. Muchas gracias por vuestros comentarios. Eso anima

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  6. muchas gracias majo un relato morboso donde los haya que bueno tu siempre nos haces felices y haces que nos pongamos muy burros leyéndolos gracias de nuevo un abrazo

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  7. Muy bueno el relato has logrado que mi polla se ponga un poco tonta

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  8. Me da corte provocar tantas calenturas...

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