jueves, 14 de enero de 2016

Mi serie de televisión


Sigo una serie de televisión de acción y bastante distraída. Pero un aliciente añadido para mí es un personaje que, sin tener un papel esencial, aparece con frecuencia como guardaespaldas fiel de una pérfida liante. Robusto y siempre elegantemente vestido, al estilo gánster, se muestra devoto de su jefa, con una sonrisa medio perversa medio sensual. En alguna ocasión aparece en mangas de camisa, que lleva arremangadas y permite ver unos brazos fuertes y velludos.

Tras una persecución por los sótanos de un edificio, logra poner a salvo a su jefa y, en una actitud heroica, planta cara a los pistoleros sicarios que tienen el encargo de eliminarlos. Allí está él con su elegante traje siempre bien abrochado, las piernas separadas en actitud desafiante y la pistola ya sin balas. Los pistoleros lo acorralan. Son tres tipos imponentes y de aspecto patibulario. El que lleva la voz cantante dice a los otros: “¿Debemos matarlo ya o se lo llevamos al jefe?”. Se pasa a otra secuencia y en pocos minutos acaba el capítulo.

Aunque evidentemente la pretensión será la de arrancarle por las malas dónde está su jefa, mi imaginación vuela por otros derroteros aún más retorcidos y me monto mi propia película, dándome permiso para cualquier fantasía…

Mi actor aparece en otro sótano suspendido de una tubería por las esposas y con los pies que apenas puede apoyar en el suelo. Lleva la boca tapada por una cinta adhesiva, pero su traje se mantiene impoluto. Con ojos desafiantes mira a los sicarios que lo rodean, ya sin armas. El que manda le dice fanfarrón: “Debes agradecernos el estar aún con vida, pero no sé si te compensará… Son muchas las cuentas que has acumulado con nuestro jefe y se va a querer divertir contigo”. Los sicarios intercambian miradas burlonas y otro interviene. “Es una lástima  que tu jefa se haya gastado tanto en llevarte siempre tan bien vestido… Pero ahora, ahí colgado, no te debe resultar  muy cómodo ¿verdad?”. Es la señal para ponerse a despojarle de su correcta vestimenta. Primero le arrancan lo más accesible: corbata, zapatos y hasta calcetines. Luego, a desgarros e incluso esgrimiendo una temible cizalla, van apedazando chaqueta, chaleco y camisa hasta dejar al desnudo el robusto y velludo torso del que se agita indefenso. También los pantalones son objeto de un encarnizado troceo, que hasta afecta al cinturón. Finalmente los calzoncillos son asimismo desgarrados. El hombre pende ya de lo alto en completa desnudez, con los restos de su ropa desperdigados por el suelo.

(Desde luego me imagino al actor tal como desearía verlo, truculencias aparte. Como en esos recortables que, quitando sucesivas capas, se le va desnudando. Fortachón y con sobrepeso, que se manifiesta en la redondeada barriga, que sustenta unas moldeadas tetas. Brazos y piernas macizos, como su orondo culo. El vello se le distribuye por el cuerpo con simetría y realzando las zonas más eróticas. El sexo, con sus huevos bien cargados y una polla que, aun en reposo, resulta desafiante y promete delicias)

Mi actor queda solo y hace grandes esfuerzos para tratar de liberarse. En su agitación, el cuerpo se le cimbrea y pone en movimiento sus carnosas formas, con la polla golpeando en uno y otro muslo. Todo inútil porque pronto entra en escena otro personaje conocido. Es el gran capo, cuya hegemonía peligraba por la traición de su colaboradora más estrecha. Hombre de unos sesenta años y cabello plateado, casi tan robusto como mi actor, viste con no menos elegancia. Observa en silencio y con sonrisa sardónica al colgado que, pese a su humillante estado, le sostiene la mirada desafiante. Al fin habla el capo mientras se le acerca. “Yo te saqué del arroyo y te hice el hombre que eres. Siempre habías sido mi favorito, por tu fidelidad pero también por otros motivos… Pero no me gusta mezclar el trabajo con las pasiones, así que te respeté ¿No es cierto?”. Ante el obligado silencio de mi actor, continúa: “Sin embargo la lagarta traicionera te sedujo y caíste bajo su dominación, pasando por alto todo lo que me debes”. Casi rozándolo ya, lo toma por el mentón. “¡Mira cómo te ves ahora! No vales nada y mis esbirros te van a torturar luego hasta que confieses dónde se esconde tu jefa…”. De pronto la mano baja del mentón para agarrarle con fuerza el paquete. “Pero antes me gusta tenerte así y ya no tengo ningún motivo para respetarte ¿No es así?”. Aprieta más y desliza la otra mano por el pecho. “¿Por qué no voy a disfrutar de ti, como siempre había deseado, antes de que te conviertan en una piltrafa?”.

El capo se separa y, tomando cierta distancia, empieza a quitarse la ropa con parsimonia. “¡Quién sabe! Si en su momento no hubiese tenido tantos escrúpulos y hubiera hecho lo que ahora voy a hacer contigo, tal vez seguirías siendo un perro fiel para mí”. Provocador, el capo ya ha dejado al descubierto un torso que casi me haría cambiar de preferencias. Tetudo y barrigudo, el vello que lo puebla se adorna de algunas canas. Se descalza antes de dejar caer los pantalones, que se saca apoyándose en una mesa. Queda tan solo con un eslip de un blanco impoluto bajo la desbordante barriga y que ciñe los robustos y velludos muslos. Se gira para desprenderse del eslip y, en sus manejos, para sacárselos por los pies, si yo fuese el cámara estaría enfocando el orondo culo en pompa, también velludo y  de oscura raja, de la que cuelgan unos lustrosos huevos. Completamente desnudo se encara a mi actor y hace alarde de una gruesa polla semierecta. Mi actor se agita tratando de descargar el peso en los pies sobre el suelo. Pero el capo se le acerca y le palpa descaradamente las tetas. “¡Qué gordo te has puesto con la buena vida! Pero hasta me gustas más… Mira lo cachondo que me pones”. Se arrima más y, juntando su polla, que ya está tiesa, a la decaída de mi actor, las frota con una mano. “Lo notas ¿verdad?”. Sin soltarlas,  se restriega contra él todo lo que permiten las barrigas. “No me importa que estés sudando… Me gusta tu olor a macho”. Le llega a dar un lametón en el  peludo sobaco. “Todavía se nota el perfume que la zorra te compra”, comenta. Por sorpresa le arranca la cinta adhesiva y le da un beso en los labios. Entonces mi actor reacciona escupiéndole. Pero el capo ríe y relame la saliva. “Es un detalle por tu parte”, ironiza.

Ahora se aparta y mira la polla inerte de mi actor. “No me darás una alegría ¿verdad?”. Decidido, le pone una mano bajo los huevos y, con la otra, manosea la polla y le descubre el capullo. Mi actor, que sigue sin decir una palabra –nunca lo he visto demasiado elocuente en toda la serie–, se mueve convulso tratando de zafarse. Pero el capo le hace separar las piernas y el tirón de su cuerpo colgante lo deja inerme. El capo vuelve a agarrarle la polla. “¡Cómo podríamos haber disfrutado!”, exclama, “Pero nunca es tarde y me vas a dar tu leche como sea”. De nada le sirven a mi actor sus intentos de resistirse, porque el capo lo sujeta fuertemente pasándole un brazo por detrás y usa la mano libre para frotar la polla. Solo el calor desprendido por el persistente manoseo logra que la flacidez se altere ligeramente. Introduzco aquí una morbosa licencia, consistente en que mi actor, como medida defensiva, empieza por sorpresa a lanzar un potente chorro de orines. El capo se aparta, pero no se arredra en su lujurioso designio. “¡Mea, mea, que aún te tiene que salir otra cosa!”, se burla.

Mi actor parece momentáneamente relajado, pero cuando el chorro cesa, el capo reanuda su intento de masturbación. Sin embargo, al no conseguir el engorde de la polla, impaciente y enfebrecido, se agacha en cuclillas y, con las manos sobre los muslos de mi actor, presiona para mantenerlo pegado a la pared. Entonces acerca la boca a la polla y la sorbe. El capo chupa ansioso y de forma constante. El cuerpo de mi actor tiembla inmovilizado y su rostro se congestiona; encoge los ojos y resopla. El ritmo de la mamada va decreciendo hasta detenerse y quedar la cabeza del capo fijada en la entrepierna de mi actor. Al fin se aparta y levanta la cara con una sonrisa de triunfo y leche resbalándole de los labios. Al levantarse el capo, se ve la espléndida polla de mi actor todavía tiesa y goteante.

Ahora el capo, ya de pie, exhibe una magnífica erección y se encara a mi atribulado actor. “¿Creías que ibas a poder negarme este tributo? …Pues ya ves que de ti puedo conseguir todavía lo que quiera”. Se agarra la polla y la sacude obscenamente. “Me queda algo por hacer ¿no te parece?”, dice desafiante. Mi actor, instintivamente, busca protección en la pared de ladrillos que tiene detrás, como si ésta lo fuera a proteger del ataque que teme. Pero el capo se le abalanza y, manipulando la cadena que liga las esposas a la tubería, consigue retorcerla y así poner de espaldas a mi actor. El capo contempla con lujuria el gordo y velludo culo, que muestra enrojecimiento por el roce de la pared. “¡Qué a gusto te lo voy a desvirgar!”, exclama el capo, “Porque eres virgen por ahí ¿verdad?”. Soba y da tortazos a las orondas nalgas, que mi actor contrae para mantener cerrada la raja. Pero el capo se la recorre con la palma de la mano. “¡Ya puedes apretar, ya, que no te libras!”. El capo se sujeta la endurecida polla y la proyecta hacia la raja. Da un fuerte golpe de pelvis y se clava despiadadamente. Mi actor aplasta una mejilla contra la pared con el rostro contraído por el esfuerzo de ahogar un grito. Ahora queda eclipsado el culo de mi actor por el orondo del capo quien, para afirmar el bombeo en el que se afana, se sujeta con las manos a los flancos de aquél. Más que hablar, brama: “¡Sí, traidor, traga! ¡Qué caliente me pones! ¡Te voy a inundar!”. Mi actor crispa los dedos sobre la pared por encima de las esposas y su expresión es de una mezcla de dolor y rabia por la violación que está sufriendo. El capo se agita aún más y ruge con unas descargas violentas. Se separa de mi actor y su polla cae a plomo. Queda a la vista el cuerpo derrengado de mi actor y de su raja cuelga un hilillo lechoso.

El capo se sacude la polla, ya en retracción, y dice irónico: “Espero que te haya gustado tanto como a mí… ¡Lástima que probablemente sea la primera y última vez!”. Mi actor ya no puede verlo, de espaldas como está y aún más en tensión por el retorcimiento de la cadena de la que cuelga. El capo empieza a recoger su ropa. “Ahora vendrán mis muchachos para hablar contigo…”. Tras una risotada, y dándole una fuerte palmada en el culo, añade: “En la postura que haces, seguro que les apetece meterte algo menos agradable que mi polla”.

A este nivel de mi invención, no puedo menos que apiadarme de mi actor. Por lo demás, sé que en la serie le queda todavía papel. Así que, al poco de quedarse solo, se oye un estruendo de disparos cruzados. No tarda en irrumpir un grupo de agentes especiales de la policía, con sus impresionantes uniformes negros y armados hasta los dientes. Probablemente ha habido un chivatazo interesado en el juego de traiciones. Ya solo encuentran a mi desvalido actor y cortan con una cizalla la cadena que lo mantiene colgado. La escena siguiente es en la calle, donde, en un barullo de coches policiales y camillas con cadáveres, mi actor está sentado, envuelto con una manta térmica, en la trasera de una ambulancia. Lo flanquean dos fornidos agentes y el poli protagonista, de paisano, le dice con un tono irónico: “Creo que vas a tener mucho que contarnos”.

12 comentarios:

  1. https://bearmythology.files.wordpress.com/2009/06/drew-powell-shirtless-24.jpg

    https://s3.amazonaws.com/movieswithfriends-dev/cast/173995movie.jpg

    Lo saqué, no????

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    1. Creo que sí. La serie es Gotham y el actor al que me refiero aparece más maduro y gordo.

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  2. Si ese es el actor... ¡Está buenísimo! y la escena que escribes no puede ser más tórrida.

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  3. Este ?

    Alex Corrado - http://goo.gl/5qAYaD

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  4. Eres el amo del relato, Víctor, tu imaginación es retorcida y maravillosa. No tengo palabras más que para felicitarte.

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    1. Muchas gracias. Así me ahorro el psicólogo...

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  5. Totalmente de acuerdo con las alabanzas de los comentarios anteriores. Y te diré que me has puesto el pantalón chorreando de líquido preseminal...

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  6. Sadico el capo pero de vez en vez es buena un poco de dominacion sexual, tener a un hombre asi indefenso para saciar todas mis fantasías sexuales o viceversa, ser uno la presa de un hombre asi que sacie todos sus impulsos sexuales, es una hermosa y herotica fantasía mientras la leia y escribia esto sentia un cosquilleo muy intenso en mi entrepierna y como que se humedece, que remedio hay que hacerse una paja pensando en ese gordito apetecible y el capo no se queda atras. Qué es más herotico dominacion o sumisión, si que me quede cachondo como dije anteriormente deliciosamente placentero atte. Carlos

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  7. Me pasas el link de la serie me gusto mucho

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