miércoles, 10 de febrero de 2016

El eslip


Estaba pasando yo solo unos días del verano en un hotel. A media tarde, con horas de luz por delante, vi la piscina tan solitaria que me apeteció ocupar una tumbona con un buen libro. Cuando estaba disfrutando de la tranquilidad, irrumpieron de pronto tres niños de distintas edades con intención de jugar en la piscina. Para colmo no se les ocurrió más que venirse cerca de donde estaba yo. Empezaba a lamentarme del contratiempo, que me iba a obligar a abandonar el lugar, cuando apareció tras ellos el que debía ser su padre. Aunque venía diciendo “Niños, no molestéis”, ya se sabe que ese es un mantra paterno nunca atendido. Pero la mirada hostil que estaba a punto de dirigirle se trocó en una sonrisa de simpatía. Y es que el padre era un tipo que me dejó pasmado. Casi cincuentón, lucía un cuerpo grandote, grueso pero nada fofo y muy bien contorneado en pecho y barriga, con una pilosidad ni escasa ni excesiva. Para colmo llevaba un eslip con motivos geométricos de fuertes colores, de una pequeñez sobrecogedora para su talla. Por delante apenas recogía el abultamiento de la entrepierna, desbordado por el prominente vientre y enmarcado por los robustos y velludos muslos. Por detrás, el final de la rabadilla aún dejaba fuera el oscurecido comienzo de la raja y la elasticidad del tejido tenía tendencia a atraer los bordes hacia el centro, descubriendo parte de los glúteos. Él acogió mi sonrisa como una muestra de que en absoluto me molestaban los juegos infantiles y se unió a éstos con dedicación.

 Me vino bien dar esa impresión ya que pude dejar el libro abierto sobre mi barriga y hacer ver que me distraía con el espectáculo en general, aunque desde luego era el del padre el que absorbía toda mi atención. Porque en movimiento estaba resultando aún más seductor. Tras equipar a los niños con flotadores, todos se lanzaron al agua y el padre jugó como uno más. También usaban una pelota y un mal lanzamiento la sacó fuera de la piscina, delante de donde estaba yo. El padre se alzó a pulso sobre el borde y salió para cogerla. Con el esfuerzo el eslip, que en seco se veía tan ajustado, al mojarse parecía que se hubiera distendido y desencajado. Más bajo aún por delante, le quedaba fuera el vello púbico y hasta la raíz de la polla, y por un lado asomaba parte de un huevo. El caso es que el hombre no hizo el menor gesto de ajustárselo al ir a por la pelota. La devolvió al agua y se acuclilló al borde para dar instrucciones. En esa postura el eslip se le bajaba escandalosamente hasta más de medio culo, con la sombreada raja al aire. El juego al que se entregaron ahora iba a mantener al padre en el exterior, recogiendo la pelota que le lanzaban los niños y devolviéndosela. La actividad de saltos, agachadas, giros y contorsiones llego a ponerme a cien. Porque si contemplar aquel cuerpazo en acción era una gozada, la inestabilidad del eslip le añadía más morbo. Hasta tal punto llegaba su exhibición que me hizo dudar entre si se había olvidado por completo de mi presencia o si me la estaba dedicando intencionadamente. Una de las veces la pelota cayó al pie de mi tumbona. El padre se acercó con parsimonia y, ahora sí, aprovechó para reajustarse el eslip, pero de una forma que supuso un desajuste previo. Estiró del borde y lo llevó hacia abajo, destapando el paquete casi entero, para subirlo a continuación y dejarlo más o menos colocado. Esto lo hizo mirándome sonriente, como si me lo brindara. Recogió la pelota y prosiguieron los juegos, con sus meneos seductores y el eslip volviendo a hacer de las suyas.

Dio orden de retirada y consiguió que los niños salieran de la piscina. Secándose con las toallas marcharon hacia el hotel, aunque el padre se rezagó. Buscó un ángulo que lo ocultaba del edificio, pero no de mí. Se bajó el eslip y se lo sacó por los pies. Se desplazó para alcanzar una toalla dejada en una tumbona cercana a la mía y se secó ligeramente. Se ciñó la toalla a la cintura y marchó tras los niños. En este espléndido desnudo integral no me miró ni una sola vez, pero al irse levantó una mano como saludo, que yo correspondí.

Me quedé un rato aplatanado en la tumbona recapitulando lo que había presenciado. Cuando decidí marcharme y me levanté, me di cuenta de que el eslip le había quedado en el suelo. Lo recogí con una cierta pulsión fetichista y lo mantuve en las manos pensando en lo que hacía poco había contenido. Como no aparecía nadie, lo mejor que podía hacer era llevármelo y tratar de devolverlo. El acceso a la piscina estaba alejado de la entrada principal, así que atravesé la planta baja para llegar a la recepción. Pregunté si podían decirme cómo localizar a un señor con tres niños, pero el recepcionista, un tanto impertinente, me dijo: “Lo siento, señor. Pero si no me da más detalles… En este hotel tan grande y en temporada alta, padres con niños los hay a montones”. Así que conservé el eslip y me lo llevé a mi habitación. Lo extendí en el baño para que se secara y cada dos por tres me daba  a mí mismo una excusa para volver a mirarlo e imaginarlo puesto en su dueño.

Al día siguiente no conseguí ver al padre por ninguna parte y, a la tarde, se me ocurrió volver a la piscina. Tampoco pensaba usarla, pero decidí ir en traje de baño, para no parecer un mojigato, y escogí el eslip más pequeño que tenía, aunque no tan vistoso como el que dejé en mi habitación. Ritualmente repetí zona y hasta tumbona, con un libro que no lograba leer, por la de veces que miraba hacia la salida del hotel. Cuando, al cabo de un buen rato, vi que los tres niños venían corriendo a la piscina, me dio un vuelco el corazón. Esta vez se detuvieron más alejados de mí, soltaron sus trastos y quedaron a la espera. Probablemente el padre les habría dicho que no empezaran a jugar hasta que él llegara. Al fin apareció, medio corriendo y sofocado. “¡No hay quien os siga, niños!”, se quejó con voz potente. Esta vez llevaba unos shorts muy cortos y ajustados de un amarillo claro. No pareció percatarse de mi presencia y quise pensar que, tal vez por ello, sus juegos con los niños eran más pausados que el día anterior. Se bañaron y chapotearon hasta que, dejando a los niños con sus flotadores, dio unas brazadas hasta más cerca de donde estaba yo. Allí salió de la piscina apoyándose en el borde y se giró para mirar hacia aquéllos. Pude ver entonces que los shorts mojados, que no debían llevar forro interno, se habían vuelto casi transparentes y marcaban claramente la raja del culo.

Entonces hice un esfuerzo para que no me temblara la voz y lo llame. “¡Eh, oiga!”. Se volvió hacia mí y se fue acercando sonriente. Por delante, la transparencia de los shorts dejaba apreciar el sombreado de la peluda entrepierna y el contorno de la polla ladeada y pegada a la tela. “¡Ah, hola! Eres el de ayer ¿no? Al principio no te había reconocido”, dijo en evidente alusión a mi cambio de indumentaria. Procuré mirarle solo a la cara y le expliqué apuntándome también al tuteo: “Ayer te olvidaste aquí el eslip. Lo recogí y, como no pude encontrarte, me lo llevé a mi habitación para que se secara. Expresó su alegría. “¡Estupendo, muchas gracias! Es el único que he traído y lo daba por perdido… Hoy me he tenido que poner esto y ya ves cómo me queda”. Me salió de alma un “¡Muy bien!”, que podía entenderse como lo que realmente pensaba o como una simple expresión de que entonces todo quedaba resuelto. Él, en cualquier caso, amplió su sonrisa y enseguida añadí: “Pues cuando te vaya bien lo puedes recuperar…”. Se quedó pensando unos instantes y dijo: “Si te parece, cuando suba y deje a las fieras en la ducha, me paso por tu habitación ¿Estarás?”. “Sí, ya me iba a ir de aquí”, improvisé sobre la marcha para dar facilidades, aunque me hubiese gustado apurar más la contemplación de su nuevo atuendo no menos provocador. Pareció quererme compensar, porque pinzó con los dedos el escaso y mojado tejido de los shorts y, reajustándoselos, hizo subir y bajar la polla. “Mientras seguiré con esto”, explicó gratuitamente. Le dije mi número de habitación y ya se lanzó al agua nadando hacia los niños. Aproveché para recoger mis cosas y bordeé la piscina en su dirección. Me entretuve un poco como si me divirtiera el juego de los niños para tener ocasión de volver a ver al padre salir del agua. Cuando lo hizo pude constatar de nuevo que entre llevar bañador y estar en cueros había tan solo un papel de fumar. Ya me despedí. “¡Hasta luego! No te olvides…”.

Esperé en mi habitación con el corazón bombeando a tope. Encendí el televisor, pero ni me enteré de lo que hacían. Por supuesto seguí con el eslip tan solo, aunque siempre tiendo a pensar que ‘el otro’ está mucho más bueno que yo y, por eso, me sentía algo acomplejado ante la opulencia de aquel hombre. Por otra parte, la concentración con que, en la piscina, trataba de no perderme ni un detalle de sus exhibiciones no me había dejado espacio para captar el nivel de su posible interés hacia mí. Pero, si no fuera lo que yo quería esperar ¿a qué venía tanto esfuerzo en metérseme por los ojos? En estas elucubraciones casi me sorprendí cuando oí llamar a la puerta y me tembló la mano al abrirla ¿Cómo aparecería?

Pues apareció como lo había dejado en la piscina, aunque, al estar menos mojados los shorts, su transparencia era menos escandalosa. Pareció justificarse. “Si estamos aquí al lado…”. “¡Pasa, pasa!”, le dije. Y añadí poniendo una entonación jocosa: “Ahora podrás recuperar tu bonito eslip”. Entré al baño para recogerlo y, al salir, casi se me cae de las manos. Para ganar tiempo se había quitado los shorts y lucía su desnudez con toda naturalidad. Por decir algo comenté: “Sí que vas con prisas…”. “Me pareció que no te molestaba”, replicó desenfadado. Le devolví la puya. “Ya me tienes acostumbrado”. Se puso ya el eslip. “¿Ves? Este me queda más cómodo”. “Es muy llamativo”, comenté. “¿Lo dices por los dibujos?”. “Por todo”. Rio. “Pues el tuyo tampoco está mal”. Me pareció como si fuera la primera vez que me miraba a conciencia. “Es más soso”, dije. “Eso depende de quien lo lleve”. Dejado caer esto, hizo un gesto de acordarse de algo. “Oye. Si no vuelvo enseguida a la habitación, los críos pueden hacer un desastre”. Aun así le pregunté: “¿Cómo es que estás solo con ellos?”. “Divorciado, estos días de vacaciones me toca hacerme cargo”. De pronto pareció venirle una idea. “Mañana temprano se irán de excursión con unos monitores ¿Te apetece que nos veamos en el desayuno?”. “¡Perfecto!”, contesté con entusiasmo no disimulado. Ya se despidió, dejándome la visión de casi media raja del culo que salía del errático eslip.

Al día siguiente, cuyo amanecer esperé con ansia, tuve que controlarme para no presentarme en el comedor antes de que lo abrieran para el desayuno. Me puse pantalones cortos con mi mejor polo, dejé pasar un buen rato y, de todos modos, llegué primero. Casi temí que a última hora hubiese tenido que ir con los niños. Pero por fin apareció, también de corto, con una camisa estampada medio desabrochada y desbordando vitalidad. “Eres madrugador”, saludó. Se sentó a mi mesa y añadió: “No sabes qué alivio descansar por unas horas de esos diablillos… Tú no debes tener esos problemas”. “Esos no”, repliqué con calculada ambigüedad. “Se te nota”, me devolvió la pelota. Yo estaba ya acabando y él desayunó con apetito. Lo cual no le impidió entrar en materia. “Tengo la impresión de que llevas dos días pasándotelo bien a mi costa”. “¿Se me notó?”. “Hice todo lo posible para que así fuera…”. “¡Y de qué manera! Tú y tus famosos bañadores”, dije ya sin tapujos. “Me di cuenta de cómo me mirabas y tal vez me pasé un poco ¿no crees?”. “Si lo que querías era provocar, lo conseguiste”. “Reconozco que tengo un punto de exhibicionista, si se me presenta la ocasión…”. “En eso no caí”, repliqué burlón. Se veía la piscina y los primeros huéspedes que se disponían para el baño matutino. Así que pregunté: “¿Te apetecerá bañarte?”. “¿Hoy que no tengo que hacer de socorrista? ¡Ni lo sueñes!”. “Pues cuando me vio bajar, la chica de servicio se ocupó de mi habitación. Ya debe de estar lista”, comenté. “La mía la dejan los críos hecha unos zorros”. “¿Entonces…?”, propuse tácitamente. “Paso un momento por mi habitación y voy a la tuya”. “No tardes…”.

Decidí quitarme al menos el polo y apenas me hizo esperar. Pero la sorpresa, aunque no tanto dados sus antecedentes, fue que se presentó con el dichoso eslip tan solo. Dejándose mirar, dijo: “He dudado si preferirías éste o el que llevaba ayer”. “La gracia del otro es cuando está mojado… Pero con éste me conformo”, afirmé. Hizo uno de esos reajustes que tan provocadores me resultaron el primer día. Me debatía entre el deseo de arrancarle de una vez el eslip o de disfrutar un poco más de su morbosa exhibición. Entonces se me ocurrió soltarle: “Eres lo más parecido a un boy de despedidas de solteras”. “¿Tan gordo y carrozón?”, preguntó insinuante. “¡Quita, quita! Más vale que sobre que no que falte”, repliqué. “Ahora solo me interesa animar a este solterón”, dijo arrimándose. Me di el gustazo de pasar la mano por encima del eslip y contornear la dureza que lo tensaba. “¿Me dejas que te lo quite?”, pedí. Se apartó zalamero. “Yo te he ido enseñando ya todo… y tú con tus pantaloncitos ¿Qué habrá ahí abajo?”. “No me he puesto calzoncillos”, avisé. “¡Tanto mejor!”, y me dio un tirón hacia abajo. La polla me salió disparada. “Así que esto es lo que escondías ¿eh?”, dijo mirándola. “Siento decepcionarte…”, contesté con cierto complejo. “¡Anda ya! Pues no tenía yo ganas de echarle mano desde que te vi en la tumbona…”.

Me empujó para hacerme caer sobre la cama y, en uno de sus habilidosos quiebros, se metió mi polla en la boca. “Eso es algo más que echar mano ¡eh!”, protesté, aunque estaba encantado porque chupaba que daba gusto. Se la sacaba y daba lamidas a los huevos sorbiéndolos. No dejaba de soltar su verborrea. “¡Qué ganas tenía de comerme un huevera!”. “Ya lo noto, ya. Pero no te los vayas a tragar y me desgracies”, le avisaba. Al fin dijo: “Paro porque te quiero enterito todavía”. Pero seguía manteniéndome inmovilizado con su cuerpo sobre el mío y restregándose. Su cálido peso y el arrastre del vello me ponían la piel de gallina. El eslip sin embargo persistía interponiéndose entre nuestras pollas y su roce sedoso no dejaba de causarme una agradable sensación. De todos modos me quejé: “¿Pretendes quedarte con ese taparrabos? ¡Qué cariño le has cogido!”. Se apretó aún más y contestó con comicidad: “¿Cómo no, si me ha dado suerte? Es el causante de que estemos ahora aquí”. “¡Menos lobos!”, repliqué, “Estás aquí por lo putón verbenero que eres”. Se enderezó y fingió sentirse ofendido. “¿Cómo dices eso a un honrado padre de familia?”. Pero se meneó con exagerada lubricidad y se metió la mano por dentro del eslip. “Así que es esto lo  único que quieres ¿eh?”. Desde luego sabía provocar. “Te quiero a ti entero ¿Pero tendré que meterte algún billete antes?”, contesté sin dejar de admirarlo, divertido y medio reclinado en la cama. Después de todo, no había prisa y merecía la pena disfrutar de su provocativa extroversión. Él lo entendía así, porque conectó el canal musical y sonó una pieza disco. “Espera, que te bailo”. Se marcaba unos pasos que dejaba en pañales a los boys con los que lo había comparado antes. Aunque en realidad me recordaban los juegos con que había atraído mi atención el primer día en la piscina, y que ahora sabía que no habían tenido nada de inocentes. Le daba un desenfrenado juego al dichoso eslip, estirándolo, bajándolo, subiéndolo y enseñándolo todo, en unos flashes que se me gravaban en la retina.

Eché una mirada a la mesilla de noche para ver si había algún billete, pero solo encontré la tarjeta de crédito. La cogí de todos modos y le pregunté: “¿Acepta Visa?”. “Compruébalo tú mismo”. Se bajó el eslip por detrás y me mostró el  magnífico culo. Hice el gesto de pasarla por la raja y quedó atrapada unos instantes por las nalgas apretadas. “Tendrás que marcar el pin”, dijo riendo. Ya tiré de él, lo puse de frente y le agarré la polla que, con tanto meneo, estaba solo morcillona. Pero al fin pude chupársela y enseguida se endureció en mi boca. Sin embargo, como el eslip había quedado trabado en medio muslo, yo pugnaba por quitárselo de una vez y el muy puñetero tiraba hacia arriba para dejarlo bajo los huevos. “Me gusta el roce que me da mientras mamas”, dijo para justificar su capricho. Pronto se olvidó de él y le empezaron a temblar las piernas. “¡Para, para, que me vas a dejar fuera de juego!”, pidió. Saqué la polla de mi boca, pero todavía seguí acariciando su mojada textura y palpando los contundentes huevos, ya soltados del eslip. “Es que me corro enseguida”, aclaró.

Se echó bocabajo sobre la cama, pero todavía tuvo tiempo de volver a subirse el eslip. Casi me crispó su manía. “¿Lo usas también como cinturón de castidad o qué?”. “¡Calla, soso!”, replicó, “Es que me da morbo que me lo bajes para follarme”. “Así queda más en plan violación ¿no?”, dije irónico, y añadí: “Aunque ¿de dónde has sacado que pretenda follarte?”. “No seas cínico”, contestó, “Que ya he visto que te comes mi culo con los ojos”. “Eso se llama visión en 360 grados… Habré de ir con más cuidado de dónde miro”, dije alargando este diálogo de besugos que no dejaba de tener una función de precalentamiento. Pues entretanto me la iba meneando para afirmármela, con el aliciente de aquel culo que parecía latir bajo el fino tejido multicolor.

Sin previo aviso me lancé sobre él y, como primera medida, le eché hacia abajo el eslip fetiche. Tuvo un estremecimiento e incluso hubo de levantar un poco el culo para desenganchar la polla. Se lo acabé sacando por los pies y lo lancé delante de su cabeza. “¡Ya no te protege su amuleto!”. “¡Oh, me vas a follar por fin!”, declaró. Manoseé las orondas nalgas con su vello suave y le abrí la raja. Cosquilleé en el ojete y exclamó: “¡Uuuyyy! Ponme al menos saliva”. Lo que hice fue darle intensos lametones que lo hicieron gemir. “¡Venga, entra!”. Lo hice poco a poco, pero sin parar de apretar hasta tenerla entera dentro. Él emitía una especie de silbido quejumbroso. “Si no te gusta, la saco”, ofrecí falsamente. Tuve la respuesta adecuada. “Como te salgas ahora no te hablo más”. Ya me moví con más soltura y él me jaleaba. “¡Así, así, cómo me gusta! ¿Y a ti?”. “¡Cómo no, con este culo tan tragón que tienes”, contesté. Pero procuraba concentrarme en el delicioso bombeo y hasta la daba tortazos en las nalgas. “¡Eso, pégame! Pero lléname pronto”. Esto último no hacía falta que me lo pidiera, porque ya me dominaba la sacudida del orgasmo. Me descargué con un gusto tremendo y no pude menos que reírme cuando al mirarlo tenía la cara sobre el eslip.

Caí a su lado y él fue girando el cuerpo hasta ponerse de lado hacia mí. Su humor no había decrecido. “Lo que me has hecho lo cargas también a la Visa”. “Creo que estamos compensados: Yo te pago por el baile y tú a mí por dejarte contento el culo”, afirmé. Me achuchó cariñosamente. “¡Oye, que yo aún tengo algo que hacer! No me irás dejar colgado”. Con la follada la polla le había quedado algo inerte y le dije: “Pues habrá que animar esto”. “¡Coño, déjame un respiro! Las ganas van por dentro”. Pero el respiro consistió en escabullirse y no se le ocurrió otra cosa que ponerse rápidamente el eslip de nuevo. “¿Con eso ya te quedas contento?”, le pregunté extrañado por tanta insistencia con la prenda. Él volvió entonces a la cama y se colocó de rodillas a mi lado. Solo dijo: “Tú espérate y veras”. Se puso a sobarse la entrepierna de la forma más lúbrica y la polla empezó a tensar el tejido, hasta el punto de que le salió por un lado. Por mucho que hubiera renegado por su obsesión con el eslip, me dio un morbo tremendo su peculiar método de excitación. Tuve el impulso de darle una lamida al húmedo capullo y seguí sorbiendo la polla. Él me la ofrecía risueño y mamé con ansia. “¡Uf, qué bien me lo haces!”, exclamó facilitándome la tarea. Yo insistía y él anunció: “Te voy a devolver lo que me has metido por el culo”. ¡Y vaya si lo hizo! Me fue llenando la boca de su caliente leche.

Se quedó inmóvil, con los brazos caídos y la respiración acelerada. “¡Oh, me has dejado seco!”, exclamó. La polla se le fue aflojando y solo tuvo que hacer un leve movimiento de caderas para que volviera a metérsele dentro del eslip. “Ya estás tal como entraste. Se diría que no ha pasado nada”, comenté. Se agachó y me beso. “¡Um! La boca te sabe a leche”, dijo pasándome la lengua por los labios. “¿De quién será?”, apostillé. “Ahora tendré que ir a recoger a los niños”, recordó sus deberes, y añadió: “Espero verte luego en la piscina”.

Naturalmente que fui por la tarde a la piscina. El grupo familiar ya estaba allí y pude escoger una tumbona estratégicamente situada, aunque en esta ocasión había algunas personas más por los alrededores. Sin embargo el padre lucía – ¡cómo no!– el famoso eslip y no se abstuvo de dedicarme alguna de sus provocadoras poses, ahora adornadas con una sonrisa sardónica. Rebobinando mi moviola mental, apenas podía creer que esa misma mañana hubiésemos tenido aquel desenfadado revolcón.

Al día siguiente no supe nada de ellos. De modo que, la otra mañana, me decidí a indagar en recepción. Esta vez pude ser más concreto, pues sabía el número de la habitación. El recepcionista, tras consultar el registro, dijo: “Se marcharon ayer”. Sin embargo, añadió: “Por cierto, hay un paquete para usted”. Era algo pequeño, blando y cuidadosamente envuelto. Antes de abrirlo ya supe lo que contenía.


10 comentarios:

  1. Yo he tenido un folleteo parecido hace años en un Hotel que no recuerdo el nombre que esta en Tarragona entre la pinilla y Salou. Yo estaba casado y con mis hijas y el igual. Las mujeres y los críos en la piscina y nosotros en su habitación follandonos a tope. No pudimos seguir la relación después de aquel verano, yo en Madrid y el en Barcelona. Pero cuando recuerdo los muchos polvazos que nos hechamos se me pone tiesa y me hago un pajote

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    1. La realidad imita a veces la ficción. O al revés...

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  2. Gracias tanto por compartir este cuento (sea escrito por imaginacion, o verdadero). Muy caliente, quisiera estar con ellos.

    Dave

    PS M'encanta esta foto.

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    1. Gracias por tu comentario. Estoy seguro de que tú habrás vivido historias muy interesantes...

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  3. Dichoso slips!!!

    Je je je

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  4. Víctor... otro de tus exuberantes relatos que me hacen sentir que estaba yo allí viendo lo que pasaba. También soy divorciado y me ponía pensar vivir una situación así con un osote como el de tu relato.
    Por favor, sigue permitiendo que nuestras mentes vuelen al mundo de tus fantasías plasmadas en tan hermosos y eróticos relatos!

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  5. Si esto es realidad o un cuento me puso caliente como quisiera cumplir mi fantasia con un gordito igual al de la foto

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  6. Maravilloso relato. De lo que más he disfruta en tu blog. Sigue escribiendo, no pares, que nos encanta tu narrativa. Muchos saludos desde Centroamérica.

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  8. Hola tío ,soy padre casado con dos hijos me llamo alex 44 años ,me pongo súper caliente con tus relatos jadeando como un perro !, pufff lo que daría por sentir a un cincuenton pegado a mi cuerpo ! Me encantaría que hicieses uno que este yo dentro de tu relato con un oso maduro pufff o que me enviases un correo con algunas palabras excitantes dedicadas hacia mi ,!! Muchas gracias y continúa escribiendo para nosotros !! Nuestra imaginación vuela !! alextripode40@hotmail.com

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