jueves, 10 de diciembre de 2015

La sauna del hotel


Me alojaba en un hotel y una tarde me apeteció ir a la piscina cubierta. Sobre el traje de baño me puse un albornoz y me dirigí a ella. Sin embargo un conserje me avisó: “Siento decirle que hemos tenido una avería en el calefactor y el agua estará todavía bastante fría”. Desde luego no me apetecía un chapuzón en esas condiciones, pues era pleno invierno. Pero ya que estaba, pregunté: “¿Funciona la sauna?”. “Eso sí. Sin problema”. Así que bordeé la piscina desierta y pensé que la sauna también lo estaría. Antes de entrar colgué el albornoz y sustituí el bañador por uno de los paños para la cintura que había en una repisa, como era lo habitual. Entré casi seguro de que no habría nadie, pero me llevé la sorpresa de que no era así. Y más que sorpresa, porque me encontré con un hombre completamente desnudo que, de pie y de espaldas a la puerta, en ese momento bebía agua de un botellín. Era uno de esos cincuentones regordetes, ancho de espaldas y culo prieto, con una suave pilosidad. Pronuncié un tímido “Buenas tardes”. Él paró de beber y contestó sin mirarme con un casi inaudible “Buenas…”. Ya no siguió bebiendo y se entretuvo en enroscar el tapón del botellín.

El nivel inferior de los bancos de madera era más ancho que el superior, y yo subí al primero para sentarme en el segundo, de los que hacían ángulo con los que parecía ocupar el hombre. Conservé el paño a la cintura. Sin fijarse en mí, había dejado la botella y ahora extendía el paño sin usar a lo largo del banco inferior. Con toda tranquilidad se tumbó bocarriba orientado hacia el ángulo. Y aún más, dobló la rodilla que daba a la parte interior y estiró los brazos por encima de su cabeza. Su delantera tan libremente exhibida no desmerecía en absoluto de la trasera. Con más vello, que se espesaba en el pubis, su desinhibida postura hacía que los huevos y la polla, muy bien colmados, se volcaran sobre el muslo de la pierna extendida. Tanto descaro empezó a enervarme y, como el parecía tener los ojos cerrados, los repasé a conciencia con la vista. Embelesado estaba cuando oí que decía. “No está muy fuerte hoy ¿verdad?”. Eso, aunque su piel brillaba por el sudor. Contesté lo más sereno que pude. “Como ha estado averiado el calefactor de la piscina, tal vez haya afectado también a la sauna”. Le vio el lado positivo. “Bueno, así se resiste más tiempo”. Esta toma de contacto me animó a abrirme el paño y dejarlo extendido hacia los lados, por si se decidía a mirarme. Se me ocurrió añadir. “Pensé que no habría nadie aquí”. Su comentario me sonó algo sugerente. “Ya no vendrá nadie más a esta hora. Estarán cenando… Mejor, más tranquilos ¿no?”. “Desde luego”, dije sin atreverme a ahondar en las sugerencias. Pero, como si esta expresión mía tan intrascendente fuera una incitación a la voluptuosidad, bajó un brazo y lo llevó directamente a la polla. La tocaba con suavidad como en un gesto inconsciente. Pero pronto empezó a sobarla y levantarla de forma ya inequívoca. “Este calorcillo…”, dejó caer con voz tenue. “Sí, relaja mucho”, dije yo. La polla se le había ido endureciendo, convirtiéndose en una pieza aún más deseable. Por primera vez levantó la cabeza para mirarme y su vista fue a mi entrepierna que, como se me había ido animando, había tenido el cuidado de enfocarla hacia él. Pero volvió a echar para atrás la cabeza, sin dejar de manosearse la polla y, ahora también los huevos. Aproveché para cambiarme al asiento de abajo  y casi junto al ángulo. Fingió sin duda sorpresa ante mi movimiento. “¿Qué haces?”. “Aquí hay más calor”, contesté. Soltó una risita cínica y se movió de forma que la pierna que mantenía recta le resbalara fuera del asiento. La polla se veía aún más tiesa. Pero diciendo “Aún me voy a caer…”, se enderezó y se puso de pie.

Justo sobre el ángulo había un receptáculo con brasas incandescentes y, a su lado, un cubo con agua y un cazo. Para alcanzar éste, se echó hacia delante, teniendo que rozar su pierna con la mía, y con la polla tiesa muy cerca de mi cara. Impasible sacó agua y la vertió poco a poco sobre las brasas, haciendo elevarse un vapor perfumado. Yo estaba ya acariciándole un muslo, pues no me atreví todavía a agarrarle por las buenas la polla. Pero su  sutil “¡Uuuum!” y que siguiera arrimado una vez soltado el cazo, me alentaron para acariciársela. Él repitió el “¡Uuuum!”, y añadió: “¿Te gusta?”. Contesté: “Me gustas todo tú”. Emitió otra risita y dijo algo que no me esperaba, al menos tan pronto. “Anda, súbete”. Me senté pues en el banco superior y echó mano a mi entrepierna. “Hay que animarte también”, dijo. Después de unas breves caricias a mi polla se la metió sin más en la boca. Chupaba de maravilla, pero hice que parara a tiempo porque no quería correrme todavía. Bajé del banco y me quedé de pie frente al él. “¿Me follas?”, preguntó de sopetón. Sin esperar respuesta, se acodó en el banco de arriba y removió insinuantemente el apetitoso culo. “¿Así, sin lubricar?”, previne. “Ya estoy sudado. Tú empuja y verás como entra… Me gusta sentirla apretada”. De modo que apunté la polla con una mano y presioné con fuerza”. La cerrazón fue cediendo y él exclamó: “¡Aaajjj, me gusta este dolor! ¡Métela toda!”. Esto me excitó más; me agarré a sus caderas y llegué a tope. “¡Qué gusto de polla! ¡Arrea fuerte!”. Empecé a darle enérgicas arremetidas y el frotar de mi polla en aquel interior caliente que la atrapaba me enervaba. “¡Así, así! ¡Me gusta!”, pregonaba él su placer. “¿Te viene ya? ¡La quiero toda dentro!”. Esta incitación agotaba mi capacidad de aguante y me corrí como si se me escapara el alma. Mi parón le llevó a decir: “¿Ya? ¡No te salgas todavía, que no se escurra nada!”. Me mantuve bien apretado hasta que mi polla decreciente fue resbalando al exterior. “¡Uf, qué follada! ¡Qué falta me hacía!”, declaró al incorporarse. “Yo también la he disfrutado” añadí.

Cuando vi que recogía su toalla, le pregunté: “¿No quieres correrte?”. “Prefiero no hacerlo”, y explicó con toda naturalidad, “Mi mujer estará arriba esperando que cumpla y, si me corro ahora, luego no se me levantará”. “Así que esto te ha servido para cargar pilas”, dije irónico. “No lo dudes… Seguiré sintiendo tu polla quemando en mi culo”. Sonrió y fue a ducharse.

8 comentarios:

  1. gracias majo muchas gracias por ponernos todo burros con estos maravillosos y morbosos relatos un besazo majo sigue entreteniéndonos e ilusionándonos por favor

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  2. Hola soy pakoso. Delicioso relato y tan realista que yo he sido casado con mujer y muchas veces me han follado para cargar pilas y luego cumplir con ella.

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    1. Gracias. He conocido bastantes casados y me inspiran historias como ésta.

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  3. Estupendo relato, como todos los tuyos. Gracias por compartirlo

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  4. Una vez mas gracias por el relato que me dejó a mil. Soy casado y espero que me pase esto del relato.

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