miércoles, 11 de noviembre de 2015

Confesión de un casado


Un cura sesentón, ardoroso y libertino si se terciaba, se hallaba sentado en su confesionario a la espera de que apareciera algún alma atormentada. Para matar el aburrimiento, leía una novela picante que camuflaba bajo las tapas de su breviario. De pronto vio que un hombre se arrodillaba en un banco próximo. Era no muy alto y regordete, más próximo a los cincuenta que a los cuarenta años. Su rosto, de rasgos viriles, afables y arrebolados, denotaba preocupación. El cura soltó el breviario y corrió la cortinilla delantera. El penitente se levantó y fue a arrodillarse ante la celosía lateral. “Te escucho, hijo”, dijo el cura. En lugar de una rutinaria confesión, el hombre expuso directamente: “De un tiempo a esta parte me acosa un problema, padre”. “Puedes contármelo, hijo”. “Verá. Soy un hombre casado y, últimamente, no consigo apartar pensamientos malsanos”. “¿Sobre otra mujer?”. “Peor todavía. Sobre un hombre”. El cura se interesó más. “¿Solo pensamientos?”. “Desde luego… Es que se trata de mi suegro… Bueno, no exactamente. Mi suegra era viuda y hace poco se volvió a casar”. “¿Y qué te ha pasado entonces, hijo?”. El hombre fue explayándose: “Cuando lo conocí me causó una impresión extraña. Pero este verano estuvimos en su casa y verlo en la piscina, y hasta una vez desnudo en la ducha, me trastornó. Desde entonces no consigo quitármelo de la cabeza”. Al cura se le aguzó la curiosidad y preguntó algo que no venía mucho al caso: “¿Cómo es tu suegro?”. “No sabría decirle…”. Pero el hombre añadió cándidamente: “Más o menos como usted”. Al cura se le encendió la lujuriosa lucecita de presa a la vista. Como ya revoloteaban algunas beatas que esperaban su turno, el cura dijo: “Me hago cargo de tu preocupación y me gustaría que lo habláramos con más calma… ¿Por qué no vienes esta tarde a mi despacho para poder atenderte cuanto sea preciso?”. El hombre quedó más tranquilo. “Así lo haré, padre. Es usted muy amable”. “Es mi deber, hijo… Llama directamente a mi casa, que está aquí al lado”.

El cura por supuesto no se enteró de lo que confesaban las beatas, distraído como estaba acariciándose la entrepierna mientras maquinaba la mejor manera de seducir al atribulado varón. Una vez liberado de la tediosa carga, se dedicó a calcular al milímetro la puesta en escena. Primero se cuidó de dejar abierta la puerta que comunicaba el despacho con su habitación, de forma que se viera la cama, que dejó a medio deshacer. Nada de mesa de despacho por medio para la entrevista. Colocó dos butacas casi enfrentadas y no demasiado separadas. En cuanto al atuendo, la asociación con el suegro era fundamental. A falta de poder mostrarse desnudo, ni siquiera en bañador, acentuaría el desenfado. Desde luego quedaba descartada la sotana. En su lugar, viejo pantalón de andar por casa, casi de pijama, sin calzoncillos y con algún botón suelto de la bragueta, por si su prominente vientre se encargaba de dejar asomar alguna pizca de piel velluda. Los pies sin calcetines y con unas simples chanclas aumentaban la sensación de confianza y daban una cierta nota erótica. La camisa bien arremangada y por fuera del pantalón, estaría deficientemente abotonada.

El cura esperó impaciente y con una calentura incrementada por su deseo de seducción. Cuando sonó el timbre de la puerta, tardó un poco en abrir. Lo hizo entonces con fingida premura y aspecto apurado. “¡Perdona, hijo! Me había echado para una siesta, porque últimamente duermo muy mal, y se me ha ido el santo al cielo”. El visitante se disculpó. “¡Oh, lo siento! Puedo volver en otro momento”. “¡De ninguna manera! ¡Pasa, pasa!”. Conduciéndolo al despacho, el cura comentó: “Mira cómo me has pillado… Me debería dar vergüenza”. “Para nada”, replicó el hombre educado, “Está usted en su casa”. En el despacho el cura dijo: “Sentémonos aquí. Será más cómodo… Por cierto ¿cómo te llamas?”. “Carlos, padre”. “Bienvenido, Carlos”. Ocuparon sus butacas que, al no ser muy altas, les hacía mantener las piernas separadas y las rodillas algo subidas. Orondos como eran los dos, las llenaban bastante. El cura puso su cara más afable y, en silencio durante unos segundos, miró a Carlos intensamente, al tiempo que se hacía mirar. Sabía que el paquete le había quedado bien marcado al borde de la butaca y la camisa, con los faldones hacia los lados y el botón de abajo suelto, mostraba el triángulo del ombligo sombreado por el vello. Comprobó que la inquieta vista de Carlos no sabía dónde posarse, y entonces habló. “Decías que la imagen de tu suegro de este verano te atormentaba… ¿No te había pasado antes algo semejante?”. “Ahora comprendo que he vivido en una cierta confusión… Siempre he sentido admiración por los hombres mayores y de presencia rotunda, pero esto…”. El cura afirmó más que preguntó: “Es deseo carnal ¿no?”. Carlos se ruborizó. El cura prefirió no incidir más en ese tema de momento. En un gesto tranquilizador se echó hacia delante y puso una mano en la rodilla de Carlos. “¿Cómo llevas tu matrimonio?”. “Al principio bien, en todos los sentidos. Pero poco a poco, como no llegábamos a tener hijos, fuimos abandonando el sexo. Desde hace años simplemente nos llevamos bien”. “Eso pasa en los matrimonios más de lo que te imaginas”, dijo el cura con autoridad. Enseguida volvió al tema que le interesaba. “¿Por qué dijiste antes que tu suegro era como yo?”. Carlos volvió a sentirse cortado. “Bueno… Son de edad similar y los dos bastante robustos”. “Viejos y gordos”, bromeó el cura. “Yo no lo diría así”, replicó Carlos. “Tú también tienes sobrepeso”, dijo el cura en el mismo tono alegre y presionándole la rodilla. Carlos asintió con un nuevo acceso de rubor.

El cura entró en una nueva fase y, echándose hacia atrás, dijo como hablando para sí: “Habremos de ver cómo te libramos de esas inquietudes”. Pero, como si la intensidad de sus reflexiones le hicieran desligarse de los movimientos de su cuerpo, al estirase sus rodillas llegaron a rozar las de Carlos y la camisa dejó ver aún más porción de barriga. Se incorporó levemente para mirar a Carlos y, en cierta contradicción con su postura desenfadada, le dijo ya directamente: “La verdad es que ahora veo incorrecto haberte recibido con esta pinta tan poco sacerdotal…”. “No se preocupe. Ha sido una actitud de confianza”, trató de transmitirle Carlos una tranquilidad que él mismo no tenía. El cura insistió. “Al saber que me encuentras parecido con tu suegro…”. “¿Qué quiere decir?”, preguntó Carlos algo alarmado. El cura contestó como si le costara expresarse. “Que ese deseo carnal del que hemos hablado puede surgir cuando menos se espera”. Carlos quedó callado unos instantes hasta que llegó a decir: “Creo que no lo entiendo…”.

El cura quiso aflojar la presión sobre Carlos. Pero se echó hacia delante y volvió a propiciar que el paquete rebasara el borde de la butaca. Como la barriga le presionara el vientre, la bragueta dejó alguna abertura por el que salió algunos pelos del poblado pubis, que precisamente resaltaban por el color claro del pantalón. “Vamos a reflexionar…”, dijo con voz conciliadora. “Piensa en cuál habría sido tu reacción en el caso de que tu suegro también se hubiera sentido atraído por ti o incluso te hubiera provocado”. “Es que estoy seguro de que eso no podría haber ocurrido…”, protestó Carlos. “Pero haz el esfuerzo de ponerte en la hipótesis y no te engañes a ti mismo ¿Te habrías dejado llevar por el deseo?”, insistió el cura. “Menudo problema familiar…”, desvió el tema Carlos. “Prescinde de eso ahora, por favor. Ponte en la situación de una persona que desea y es deseado”. Con dificultad y voz débil, Carlos acabó reconociendo: “Es posible que me hubiera dejado llevar”. El cura volvió a apretarle las rodillas para darle ánimos y dijo: “Sería una reacción natural, no se puede negar”. La sorpresa de Carlos superó su incomodidad. “Que sea usted quien me diga eso…”. “¿Porque soy sacerdote? Muchas veces se dicen cosas que no son las que se piensan, y eso pasa también entre nuestra casta”. “Vuelvo a no seguirlo, padre”, se quejó Carlos.

Entonces el cura se puso de pie diciendo: “¡Deja ahora eso de ‘padre’!”. Inició un discurso yendo lentamente de un lado para otro y llegando a pasar por detrás de Carlos, que lo escuchaba cabizbajo. “Aunque seas un hombre casado, me has dicho que el sexo ya no forma parte de tu matrimonio. Sin embargo, sigues estando en la plenitud de tus facultades. ¿Es tan insólito que en un momento dado de tu vida hayas sentido una atracción nueva por otra persona? Claro que era tu suegro. Pero eso lo ha propiciado la cercanía. Y resulta que se trata de un hombre. Eso es algo que no se escoge. Negártelo a ti mismo es lo que te ha sumido en la angustia. ¿Se ha de vivir con ella? Sinceramente te digo que no”. En una de sus vueltas puso las manos por detrás sobre los hombros de Carlos y los presionó suavemente. “Dime qué efecto te produce esto”. Carlos musitó: “Agradable”. “Pues a mí también me agrada hacerlo”. Carlos entonces llevó una mano a un hombro y estrechó la mano del cura. “Gracias”, dijo tenuemente.

El cura se decidió a dar un paso definitivo. Se plantó ante Carlos y dijo: “Estoy dispuesto a hacer un experimento que te puede parecer osado y hasta escandalizarte”. Hizo una pausa creando expectación y añadió: “No tengo el menor reparo en desnudarme ahora aquí mismo”. Carlos no pudo menos que sorprenderse, pero permaneció callado. El cura entendió que no había rechazo y, tras decir: “Quiero saber tu reacción sincera”, fue quitándose la camisa, que dejó sobre la butaca, y todo seguido echó abajo los pantalones, de los que se deshizo con los pies descalzos. Su pulsión exhibicionista estaba colmada y, para completarla, se agachó para recoger los pantalones dándole la espalda a Carlos y luciendo el gordo culo. Volvió al frente y allí estaba, tetudo, barrigón y velludo, con el contundente sexo emergente de la intersección del poblado pubis y los robustos muslos. “Ya me ves… ¿Encuentras algo malo en ello?”. A Carlos le parecía que le iba a salir el corazón por la garganta, pero aún pudo decir: “Desde luego que no”. El cura se permitió ironizar. “¿Me sigues comparando con tu suegro?”. “No sabría decirle… Usted me parece más real”. “Y más disponible”, agregó el cura. “¿En qué sentido?”. “Eso lo decides tú”.

Carlos se puso ya de pie y se acercó al cura. Llevó las manos a los brazos de éste y los acarició lentamente. “Nunca pude imaginar que llegaría a hacer esto”. “Es una de las cosas hermosas que nos depara la vida”, replicó el cura. Las caricias se extendieron al pecho y el cura noto que empezaba a excitarse. Pero no quería todavía presentar por las buenas una erección. Por eso dijo: “¿No deberías seguir mi ejemplo?”. “¿Quiere decir que me desnude?”. “Sería lo justo a estas alturas ¿no te parece?”. “Temo decepcionarlo”. “Estoy seguro de que no lo harás”. Carlos se separó y se quitó la cazadora que llevaba sobre un polo. Éste se lo sacó por la cabeza y mostró un torso bastante lleno con unos pechos pronunciados. Su piel era clara y el vello, nada escaso, tiraba a rojizo. Titubeó al ir a sacarse los pantalones tras descalzarse, pero al fin se los bajó arrastrando con ellos los calzoncillos. Se lo había quitado todo con más agilidad de la que mostró el cura. El vello algo más oscuro del pubis enmarcaba una polla regordeta que elevaban los huevos bien pegados. Toda su piel se sonrosó cuando se situó ante el cura y dijo: “Aquí me tiene también”.

El cura puso las manos sobre los hombros de Carlos, con los brazos estirados para contemplarlo bien. “Hazte a la idea de que te deseo, hijo”, declaró. Carlos bajó la mirada azorado. El cura añadió: “Me gustaría oírte si tú me deseas también”. “Creo que empecé a sentirlo desde que me abrió la puerta”, confesó Carlos. El cura se congratuló por la eficacia de su provocación y la neutralización de los prejuicios de Carlos, aunque no pensaba enseñar todas sus cartas. Ahora había que pasar ya a la acción. Así que preguntó: “¿Ya sabes lo que pueden hacer dos hombres que se desean?”. “No mucho, pero enséñemelo usted, que sabe de todo”, contestó Carlos mostrando su disponibilidad. El cura sujetó la cabeza de Carlos y pegó los labios a los suyos. Apretó con la lengua que ocupó la boca de Carlos. Hubo enredo de lenguas, más activa la del cura. El choque de barrigas dificultaba que los bajos se acoplaran. El cura se inclinó luego para llevar la boca a una de las ricas tetas, mientras con una mano estrujaba y pellizcaba la otra. Carlos tuvo un subidón de placer, más electrizante cuanto más fuerte era la succión. Pensó que, en un tiempo ya lejano, su mujer tal vez se las había besado, pero nada comparable a esta intensidad.

Embelesado como estaba, no se dio cuenta de que, al pasar la boca del cura a chupar la otra teta, también había bajado una mano, y se sorprendió al sentirla asiendo su polla erecta. Emitió un suave jadeo y a su vez buscó la verga del cura. La dureza y gordura que notó en la mano le dieron vértigo ¿La tendría así su suegro? Pero el cura acaparó enseguida su atención. “Ya ves que me entrego por completo a ti… ¿Qué deseo ha sido el primero que te ha venido ahora a la cabeza?”. Carlos presionó la verga del cura. “Me da vergüenza decirlo… pero querría besarla”. Al cura le excitó aún más la idea de la ansiosa boca de Carlos bajándole a la entrepierna. “¡Pues claro! Yo deseo hacer lo mismo contigo”. Pero antes quiso darle una lección práctica al inexperto Calos. Tiró de él para llevarlo ya al dormitorio. Lo empujó suavemente hasta hacerle echarse sobre la cama. La polla de Carlos se elevaba en vertical. El cura se inclinó mientras decía: “Ésta es mi otra forma de besarte”. Cerró los labios en torno al capullo y los fue resbalando hasta tener la polla casi entera en la boca. Todo el cuerpo de Carlos se estremecía con cada succión. Pero el cura no quería ni mucho menos que Carlos, en su excitación, se fuera a correr anticipadamente. Por lo que soltó la polla y ofreció: “Ahora puedes tener la mía también”. Carlos resbaló de la cama y se arrodillo ante el cura. Cogió la verga con veneración y, primero, la fue cubriendo de besos. Luego se decidió a hacer lo que acababa de aprender.

Al cura, más que la eficiencia de la mamada, lo que lo henchía de excitación era comprobar cómo Carlos se iba amoldando a sus designios, lo que le incitaba a avanzar hacia la posesión total. Detuvo a Carlos y lo levantó. Lo abrazó de nuevo con ardor y buscó su boca, fundiéndose en un intercambio de saliva con sabor a sexo. “¡Vamos a unirnos cada vez más!”, declaró. Carlos, enfebrecido, no quería ya sino dejarse llevar por donde el cura lo condujera. “¡Sí, es lo que deseo!”. Pero cuando el cura lo puso bocabajo sobre la cama diciendo: “Así es como culmina el amor entre dos hombres”, lo recorrió un escalofrío de pavor al intuir de qué se trataba. “No sé si estoy preparado…”, se atrevió a expresar. El cura, sin embargo, no tenía ya freno y le estaba sobando las nalgas que separaba para recrearse en la raja. “Es el sacrificio que me debes”, proclamó. Varios salivazos corrieron por el canal y Carlos sintió con sobresalto que un grueso dedo se le removía en el ano. Aguantó ofuscado por lo que vendría a continuación. Que en efecto fue la verga del cura penetrándolo con toda su envergadura. Su respeto reverencial hacía que ahogara los gemidos que le llenaban la garganta. El cura impulsaba ahora la verga con ahínco y la quemazón que traspasaba a Carlos se intensificaba.

Fue la propia lujuria desatada del cura lo que, para alivio de Carlos, hiciera que cambiara de tercio. Mejor que correrse dentro del culo de Carlos, el cura prefirió un acto de dominación aún más lascivo. Blandiendo la verga recién sacada, buscó la cara de Carlos. “¡Abre la boca, que te voy a dar todo lo que está a punto de salirme!”. Carlos, aturdido,  se amorró a la verga y, en pocos segundos, fue recibiendo borbotones de ácida leche. El cura le sujetaba la cabeza obligándolo a tragar hasta que la verga empezó a aflojarse. Antes de que Carlos asimilara todo lo ocurrido, el cura dio cobertura solemne a su arrebato. “He hecho por ti todo lo que estaba en mi mano”. Carlos balbució: “¡Sí! Creo que es lo que deseaba”. El cura hurgó en la herida desencadenante de la situación. “¿Habrías preferido hacer todo esto con tu suegro?”. Carlos suspiró rendido. “Pienso que ya me olvidaré de él… Con usted ha sido todo tan intenso…”. “Sabes que siempre puedes acudir a mí para reconfortarte”, ofreció cínicamente el cura, aunque ya empezaba a tener ganas de desembarazarse del neófito.

Sin embargo Carlos todavía se atrevió a reconocer: “Sigo muy excitado… Si no me desfogo reviento”. “¡Claro, claro! Es lo que te conviene”, dijo el cura desentendiéndose ya, “Alíviate tú mismo sin vergüenza”. “¿Podré mirarlo mientras?”, pidió Carlos que ya se había echado mano a la polla. “Aquí me tienes… Yo también quiero ver cómo te vacías para mí”, respondió el cura, que no se ofrecía para más. Carlos, con un cierto desamparo, se la meneó con ansia y la vista clavada en el cuerpo que, con su obscena exuberancia, se había plantado ante él. No tardó en resoplar al tiempo que su polla lanzaba chorros de leche sobre su barriga. El cura aún tuvo un detalle lujurioso. Pasó una mano por el mojado vientre de Carlos y le extendió la leche hasta el pecho. Luego le metió los dedos pringados en la boca. “Une tu semen al mío que acabas de beber”.

El cura ni siquiera ofreció ducharse a Carlos y pareció dar la visita por acabada. Carlos se vistió lentamente, todavía con la cabeza dándole vueltas. El cura no siquiera de molestó en cubrirse, ufano del impacto que su desnudez causaba a aquél. No obstante reiteró su ofrecimiento, pero obviando el contenido sexual del encuentro. “Cuando necesites hablar conmigo, llámame por teléfono y te daré cita”, dijo escuetamente, ocultándose tras la puerta que cerró en cuanto la traspasó Carlos. En realidad ya pensaba que, dado el caso, le iría dando largas. Precavidamente prefería que estos penitentes de sexualidad confusa no se le engancharan. Con sarcasmo se dijo que si el suegro no aprovechaba lo a punto de caramelo que le había dejado a Carlos, él se lo perdía.

7 comentarios:

  1. Impresionante muy bueno. Gracias por volver a escribir, hacia tiempo que nos tenías abandonado.

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  2. Los curas parece que dan mucho juego... Gracias. Saludos

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  3. Gracias por llenarnos de fantasias con una prosa excelente siempre!
    Es bueno volver a leerte! A no parar

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  4. Gracias, muchas gracias por haber vuelto, tu audiencia te lo agradece. Este relato es genial. Decía mi abuela: "los curas o casados o capados" y que verdad tenia.
    Deberías escribir una segunda parte con la venganza del malfollado sobre la marica mala del cura, donde le dejara el culo como el túnel del metro y la polla seca para un mes.

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