martes, 14 de octubre de 2014

El cortador de jamones


En el supermercado donde solía proveerme para el día a día tenían una sección de charcutería muy bien surtida. No hacía mucho que a los dependientes que la servían se incorporó uno nuevo, cuya especialidad parecía ser el corte de jamón. De unos cincuenta años, no muy alto, regordete y aspecto muy viril. Daba gusto verlo con su chaquetilla roja y un gorrito a juego, aunque a veces éste se lo quitaba, blandiendo el impresionante cuchillo. Incluso en días de más concurrencia de clientes, para promocionar alguna marca, montaba una paradita delante del mostrador, donde ufano exhibía su maestría, cortando pequeñas lonchas que ofrecía para degustación. Los recios brazos velludos en movimiento y el pelo que le asomaba por el escote le daban un atractivo especial. Además presentaba la característica peculiar de poner mucha atención a su apariencia, con frecuentes cambios de aspecto. A veces se dejaba crecer la barba con distintos tipos de arreglo, pero siempre muy cuidada. Otras, iba completamente rasurado. También su cabeza, algo calva, experimentaba cambios en el cabello, que llegaba a tener casi rapado.

Todo ello provocó que nunca antes hubiera consumido tanto embutido y queso, para desgracia de mi dieta. Porque se mostraba muy amable y, en cuanto me veía, se apresuraba a servirme. Le llegué a tomar confianza y un día le comenté: “Hay veces que me cuesta reconocerte con tanto cambio de look”. Se rio y replicó: “Caprichos que tiene uno”. Aún me atreví a añadir: “Pero hay cosas que nunca te cambian…”. Pilló la indirecta y sonrió picarón: “¡Cómo eres…!”. En otra ocasión en que estaba en su parada distribuyendo lonchitas de jamón, en lugar de tomarla con la mano abrí la boca. No dudó en depositármela en ella, con un risueño gesto de reconvención.

Yo tenía por costumbre llevarme directamente solo los productos frescos, como era el caso de los de charcutería, y el resto dejarlo para el reparto domiciliario por algún empleado, que solía recibir a última hora de la tarde. Una vez, además del jamón y los embutidos cortados, quise comprar un queso entero, que encontraba muy bueno, para hacer un regalo. Por eso le dije al charcutero: “El queso lo pones aparte para que me lo lleven en el reparto”. “Tomo nota”, dijo.

Esa tarde, cuando llamaron a la puerta de casa, me llevé la gran sorpresa de que quien traía el pedido era ni más ni menos que el jamonero. “¿Qué haces tú aquí?”, pregunté incrédulo. “Nada. Que al llevar el queso para añadirlo al reparto, los chicos estaban muy atareados y decidí echarles una mano. No me costaba nada”. Su sonrisa era traviesa. “Pues pasa, pasa a la cocina”. Diligente arrastró el carrito tras de mí. “Ya que estoy aquí, como no tengo prisa, en lugar de dejarte todo esto aquí amontonado te puedo ayudar a guardar las cosas”. “¡Cuánta amabilidad!”, exclamé encandilado. “¿Tú crees?”, replicó socarrón. Ya no llevaba el equipo de trabajo, sino una camiseta que le quedaba algo ceñida y marcaba sus formas. O sea, que estaba más bueno si cabía. No faltaron los roces al trajinar los dos entre el frigorífico y las alacenas. De pronto soltó: “¿A qué te referías cuando dijiste que,  aunque cambie tanto de look, había cosas que nunca me cambiaban?”. Me hizo gracia que recordara tan bien mi frase, pero sobretodo lo percibí como una provocación en toda regla. “¿Tú qué crees?”, repregunté para ganar tiempo. “Yo he preguntado primero”. No me escapaba y declaré: “Me refería a lo que tienes de la cabeza para abajo”. “¿Piensas que eso también lo debería cambiar?”, siguió provocando. “Yo diría que está perfecto”. “Pero si has visto muy poco…”. “Entre lo que se ve y lo que se adivina…”. “Podrías dejar de adivinar”, cortó y se puso a subirse provocadoramente la camiseta., mientras añadía: “¿Te dije antes que no tengo prisa? ¿Y tú?”. “Sería un idiota si la tuviera”. Llevé una mano sobre su pecho, cálido y ligeramente sudado. Mis dedos se enredaban en el abundante vello. “¿Demasiado peludo?”, preguntó. “Ni te sobra ni te falta”. Apreté la mano sobre una teta de generosa carnosidad y un dedo dio con el pezón picudo y maleable. “Sabes lo que me gusta ¿eh?”, dijo. “Otra intuición”, respondí.

Hacía poco que me había duchado y, como no pensaba salir, llevaba tan solo un pijama ligero. Así que no le costó nada agarrarme el paquete entero. “Seguro que dentro de poco ya no me cabrá en la mano”, dijo ejerciendo una presión moderada. Pero no insistió, porque dijo: “¡Oye! Llevo todo el día trabajando y no me gusta oler a jamón. Me sentiré más cómodo si dejas que me dé una ducha”. “Yo lo acabo de hacer”. “Puedes hacerme compañía… Y hasta echarme una mano”, ofreció provocador. Ya sin camisa, se puso a soltarse el cinturón y a bajarse la cremallera con parsimonia. Cayó el pantalón y quedó con un eslip bastante pequeño, que le marcaba bien el paquete. Se apoyó en mi brazo para descalzarse y sacarse el pantalón. Al erguirse no pude menos que exclamar al contemplar sus formas redondeadas y velludas: “¡Joder, qué bueno estás!”. Se rio. “¡Esos modales! Yo creía que eras todo un señor”. Se volvió de espaldas con picardía para bajarse a medias el eslip y surgió un culo grueso pero firme, también tapizado de vello. Emitía un musical “Tariro, tariro…”. En los segundos en que lo exhibió, aprovechó con coquetería para colocarse bien el paquete. “Se le queda a uno todo pegado”, explicó. Ya sacó sin recato la polla y los huevos que mostró, enmarcados por el pelambre del pubis. Desde luego no desmerecían del conjunto, sino que eran la joya de la corona. Ante mi alelamiento, preguntó: “¿Te sigo pareciendo tan bueno?”. “¡Cómo te diría…!”, repliqué.

Antes de adentrarse en la ducha, me interpeló: “¿Te piensas quedar así con todo tapado mientras yo enseño mis vergüenzas?…Mira que te lo quito yo, eh”. “No me resistiría”, lo reté. Mirándome a los ojos me fue desbrochando entonces la chaqueta del pijama, que se deslizó por mis hombros, y estiró hacia abajo el pantalón. “A ver lo que encuentro por aquí”. Ya me ojeó al completo. “Lo que me temía… No soporto que me hagan la competencia”. No entendí de momento la broma. “Que estás jamón tío…Y yo de eso entiendo”. El vello más fino de mi cuerpo y mi anatomía también llena pero más moderada contrastaba con su exuberancia. “No será para tanto”, dije algo ruborizado. “Te lo contaré cuando me haya duchado”. Ahora sí que entró en la ducha y abrió el grifo. Advirtió: “No mires mucho, que voy a orinar mientras sale el agua caliente, si no te importa”. Claro que no me importaba porque yo también suelo hacerlo. De todos modos lo hizo sin ostentación. Ya bajo los chorros exclamó: “¡Uy, qué bien me viene!”. El agua le resbalaba por el cuerpo y formaba canalillos entre el vello. Como si estuviera solo, se llevaba las manos a la polla y los huevos para remojarlos bien. Se daba la vuelta y resaltaba el culo haciendo correr el agua por la raja. Ya empapado todo él cortó el agua. “Me acercas el gel, por favor”. Estaba perfectamente a su alcance, pero así iniciaba el juego. Juntó las manos en forma de cuenco y le vertí un poco. Empezó a frotarse desde los hombros hacia abajo. Yo entré en la ducha y también me eché gel en las manos. “¡Abusón!”, exclamó. Me ocupé de la espalda y jugué con los dedos por el vello, no tan denso como el del pecho. Él separaba los brazos, dándome opción a acceder a las axilas y, aún más, a rodearlo con mis brazos y repasarle las tetas. Los pezones duros se me resbalaban por el jabón. Se puso de frente y sus manos se deslizaban por la barriga. No me resistí a ocuparme del bajo vientre y él se dejaba hacer. Llené de jabón los huevos, que se escurrían entre mis dedos y, cuando repasé la polla frotando el capullo, la tenía ya bien tiesa. “¡Coño, cómo te pones!”, comenté. “¡Mira quién habló!”. Porque yo tenía tres cuartos de lo mismo. Rehuyó mis excesos de fricción y me dio la espalda. El culo se me ofrecía tentador, con los pelillos mojados y la raja oscurecida. Enjaboné haciendo círculos y me atreví con la raja. “¡Umm, cuidado con eso!”, advirtió. “¡Lástima que no tenga una pastilla de jabón que se caiga al suelo!”, bromeé. “Para que yo la recoja ¡eh, golfo!”. Pero completó la provocación. “Tendría que hacerlo así ¿no?”. E hizo el gesto de agacharse como si hubiera un  jabón real. Entonces me eché sobre él y mi polla resbalaba por la raja. Hice algunos remedos de follada pero, en uno de ellos, la espuma ayudó a que se me colara. “¡Tú, violador!”, me increpó, pero sin cambiar de postura. Ahora sí que le di varias arremetidas auténticas, aunque me frenó. “¡Para, para! Que si no luego me voy a aburrir contigo”. Ya erguidos, el agua volvió a correr sobre los dos, eliminando los rastros de gel. El jamonero comentó: “¡Anda, que has tenido doble remojón!”. “Con un tiburón como tú, lo que haga falta”, repliqué.

Secados, la ruta natural iba ser la del dormitorio. El jamonero se sentó en el borde de la cama y me atrajo entre sus piernas. “Tú ya te has aprovechado bastante de mí. Ahora me toca el desquite”. Se fue directo a sobar y chuparme la polla. Le ponía tanto entusiasmo que me llevaba al séptimo cielo. Se la sacó de la boca y me estrechó contra él, poniéndomela entre sus tetas, al tiempo que me agarraba el culo. Me dio un buen tute de sobeos, hasta que lo empujé por los hombros e hice que quedara tumbado. El recorrido completo por su cuerpo lo hacía patalear y tratar de defenderse falsamente. Le mordisqueaba las tetas y me encantaba tener que abrir paso a la lengua entre el poblado vello. La metía en el ombligo y le hacía cosquilla. Le sujeté hacia arriba la polla tiesa y me dedique a chuparle y meterme en la boca los huevos. Al fin me puse a hacer una mamada a esa verga gruesa y dura, con un capullo que le desbordaba la piel. El juguillo que destilaba se mezclaba con mi saliva. Quise insistir, pero me frenó. “¡Para, para, que siempre vas por la brava! ¿No tenemos la noche por delante?”. “¿Te piensas quedar?”, pregunté sorprendido. “Si me dejas… Así por la mañana llevo directamente el carro al super”. Su autoinvitación, con la promesa de disfrutar de su cuerpo cálido y confortable, me encantó y acepté su propuesta de tomarnos un respiro.

Nos recostamos cómodamente entre caricias más calmadas. Entonces se me ocurrió: “¿Te cuento un sueño que tuve la otra noche a tu costa?”. “¡Qué importante soy, hasta sueñas conmigo! ¡Cuenta, cuenta!”. “Estabas en el super, con tu chaquetilla roja y el gorrito, como te pones algunas veces en medio del público cortando jamón y ofreciendo lonchitas de degustación. Yo me acercaba y sacaba la lengua para que me dieras una de ellas. Pero te sorbía también un dedo, que me parecía más sabroso que él jamón. Tú te reías e hiciste un gesto para que me agachara. Entonces quedé de rodillas ante ti y de un tirón te eché abajo los pantalones. Apareció tu polla pidiendo guerra y te la chupé mientras tú seguías como si tal cosa repartiendo jamón a la gente, que miraban mis maniobras  curiosos o indiferentes”. “¿Y cómo acabó?”, preguntó el jamonero divertido. “No lo sé… Como pasa con los sueños, que me desperté. Pero estaba tan empalmado que me hice un pajón a tu salud”. “Pues si quieres, un día te monto el numerito aquí, con jamón y todo”. “Así tendría menos gracia…”. “¡Serás pervertido! A ti lo que te ponía era que la gente mirara”. “Como te ha puesto a ti que te lo contara…”, repliqué echándole mano a su polla tiesa. “¡Quieres dejarla en paz!”, me reconvino marrullero. “¡Joder, tío, ni que fuera de cristal! En el sueño eras más generoso…”, protesté. “Es que antes igual prefieres esto otro…”, y se giró para quedar bocabajo.

La exhibición de su culo gordo y velludo era una incitación irresistible. “Ya en la ducha me di cuenta de por dónde me ibas a llevar…”, dije dándole un repaso manual. “Soy así de sacrificado”, replicó meneándose lúbricamente. Hice que subiera las rodillas y le abrí la raja. Hundí la cara en ella y la lamí ansioso, enredando la lengua en el vello. “¿Estarás en forma?”, preguntó provocador. Le golpeé con la polla que desde luego tenía ya bien tiesa. “¿Tú qué crees?”. “¡Pues ataca!”. Directamente apunté la polla y se la fui clavando. “¡Así, así, qué buena polla!”, me incitó. El culo lo tenía caliente y resbaladizo, y él le daba unas contracciones que me ponían a cien. Para colmo se removía para aprovechar mejor las embestidas. “¡Dale, dale! ¡Cómo me gusta!”. Lo dejaba imprecar porque estaba concentrado en aguantar las oleadas de placer que me iban dominando. Avisé: “¡Me voy a correr!”. “¡Sí, sí, lléname de leche!”. Al tiempo que expulsaba resoplando el aire de los pulmones, me descargué con un gusto tremendo. “¡Joder, cómo me has calentado!”, exclamé cuando recuperé el resuello. “Y a mí me ha quedado el culo aplaudiéndome por dentro”, replicó con un giro de lo más expresivo.

Una vez bocarriba, en tanto yo me recuperaba, se puso a sobarse la polla. “Ahora el que se ha puesto cachondo soy yo”, declaró. “Espera, que te la trabajo”, ofrecí yo. “Prefiero que me comas las tetas mientras me hago un buen pajón… Así me dará más morbo”. No me desagradó la perspectiva y me lancé a lamidas y chupadas por todo el apetitoso pecho, enredando la lengua por el vello y endureciendo los picudos pezones, que pronto mordisqueé con deleite. Él se iba masturbando con voluptuosidad, gimiendo tanto por el placer que se iba dando como por los ataques de mi boca y mis manos sobre su torso. Pese a ocupación tan grata, no dejaba yo de echar ojeadas a ese capullo cada vez más encabritado que surgía de su puño. “¡Ajjj, qué gusto me estás dando! ¡Muerde sin miedo, que aguanto!”. Mis dientes rechinaban entonces sobre los pezones y él se retorcía de un placentero dolor. “¡Verás el chorro que voy a soltar!”. No fue uno, sino varios chorros que se dispersaron en varias direcciones, dándome algunos en la cara que aún le trabajaba el pecho. “¡Joder, si pareces una vaca!”, protesté. “¡Trae, que te la lameré!”, replicó soltando la polla goteante y echándose sobre mí. Con su lengua recogió lo que me había salpicado y me hacía tantas cosquillas que hube de apartarlo. “¡Lo que dije, talmente una vaca!”.

Procedía una nueva ducha que, aunque también conjunta, fue mucho más pacífica y refrescante. Secados lo indispensable, pusimos rumbo a la cocina. “¡Cómo se me ha abierto el apetito con la jodienda!”, exclamó el jamonero. “Con todo lo que has traído nos podremos apañar… ¡Lástima que el jamón ya lo tenga cortado!”, comenté. “¡Tú y tu obsesión de verme cortar jamón en pelotas!”, replicó. “Es que con tu pinta de ogro y esgrimiendo un cuchillo jamonero quedarías gore total”. “¡Ya tendrás gore cuando haya repuesto fuerzas…!”, amenazó. Dejé que preparara un piscolabis frío, en el que demostró su maña, y abrí una botella de vino. Zampamos de buen grado, despelotados y recreándonos en las promesas de nuevos revolcones. “Este vinillo se sube… ¡Qué lanzado me voy a poner!”, avisó el jamonero. “¿Más todavía? Una “habitación del pánico” me va a hacer falta”. “Tú no te resistas, que será peor”. Entre lindezas provocadoras de este género quedamos bien saciados de comida y bebida. No me sorprendió ya a estas alturas que la verga engordada empezara a oscilar por su entrepierna. Claro que yo también me estaba poniendo burro, pero no era esto lo que le interesaba ahora. Me rodeó y plantó las dos manos sobre mi culo. “¿No me ofrecerás tu virginidad?”, preguntó con lascivia. “¡Oye, que ya soy mayorcito!”, me defendí. “Mayorcito pero tembloroso cual doncella”. La verdad es que aquella verga gruesa y nervuda me daba pánico. Pero ya me estaba arrinconando hacia la encimera entre arrumacos. “¿Después del zambombazo que me has arreado te vas a hacer el tiquismiquis? Si acabarás dándome las gracias,…como hacen todos”, presumió. Así que quedé echado hacia delante con el culo en pompa. “¡Mira qué suavecito te voy a poner!”. Echó mano a la aceitera y me vertió unas gotas al inicio de la raja. Con la mano me untó y un dedo se deslizó por el ojete. “¡Y tú dándotelas de estrecho! Si te entra hasta un obús…”, exclamó dejándome bien engrasado. “¡No hables tanto y fóllame! No me vaya a arrepentir”, lo conminé para no retardar más lo inevitable. Algo más grueso que un dedo resbaló entonces por mi raja y dio en el blanco con una clavada que me hizo saltar las lágrimas. “¡Bestia!”, me salió del alma. Bien encajado empezó a menearse. “Ya sabía yo que este culito merecía la pena”, mascullaba. “No te entusiasmes y ve poco a poco, que me quema”, pedía yo. “¡Calla, llorica! Pronto pedirás que no pare”. La polla era muy gorda y me dolía, hasta que llegué a adaptarme. Ya me fue mejor y empecé a cogerle el gusto, aunque no quise animarle para que no se pusiera cafre. “El que calla otorga ¿eh, tragón?”, pareció leerme el pensamiento. “¡Calla tú y folla!”, exclamé al fin. Y vaya si le puso empeño, calentándome por dentro y por fuera. “Te voy a hacer un regalo ¿vale?”, avisó. “¡Vale, picha floja!”, lo provoqué. No tuvo tiempo de  devolvérmela, porque le dieron unas sacudidas que sentí en lo más adentro. “¡Ay qué a gusto me he quedado!”, proclamó dejándose caer sobre mi espalda. Noté que la polla le resbalaba hacia fuera, aunque el culo aún me latía. “No ha estado mal…”, dije con tono de burlona suficiencia. “¡Anda y que te den!”, respondió dándome una palmada. “¡Eso, eso!”, me reí, pero estaba agotado. 

Las horas habían ido pasando y el jamonero dijo: “Yo no sé tú, pero a mí me toca madrugar para ir al trabajo. Y aún habré de devolver el carro… ¿Por qué no nos encamamos y así por la mañana nos da tiempo para alguna cochinada más?”. Le provoqué: “¿Podré fiarme mientras duermo contigo al lado? Deberé hacerlo con un ojo abierto…”. “El ojo abierto ya lo tienes y no está en la cara… Ya verás que soy mimoso y me gusta dormir bien arrimadito”. “Eso me temo”, sentencié. Efectivamente nos echamos en la cama y me cayó encima uno de sus brazos como una zarpa. No me desagradaba desde luego, pero me iba a ser difícil conciliar el sueño. Porque su respiración paso de resoplidos a ronquidos, que me vibraban en el cogote. Pero el cansancio me pudo y, con algún cambio de postura más relajado, caí roque.

Al despertarme, tuve que hacerme a la idea de que compartía la cama con el jamonero. Aunque eso debió influir en que estuviera empalmado. De pronto noté que su mano buscaba mi polla. “¡Joder, cómo estás!”. Se me ocurrió explicar: “¡Claro! Anoche me quedé sin segunda corrida… No como tú, que me dejaste follado”. “Pues me estás contagiando”, y se agarró también la suya. “¡Ahora lo arreglo!”. Se puso a cuatro patas en dirección contraria a la mía y me dio un sorbido a la polla que me electrificó. Mamaba dulce pero persistente y yo tiré de una de sus piernas para que la pasara por encima de mí. Tenía así ante mi cara el culo peludo, los huevos colgantes y la polla a medio cargar. Usé labios y lengua para chupar y lamer todo lo que alcanzaba, hasta atrapar la polla que se endureció en mi boca. Acompasé mi ritmo de mamada al suyo y, como no podíamos hablar, los temblores en nuestros cuerpos indicaban el progreso del a doble excitación. Cuando noté que me iba, simultáneamente se me llenó la boca de leche. Quedamos tragando quietos unos instantes, hasta que el jamonero se derrumbó a mi lado. “¡La tercera!”, exclamó ufano. “Siempre me tienes que ganar tú ¿no?”, repliqué como si se tratara de una competición.

Me quedé remoloneando en la cama mientras veía al jamonero asearse en el baño y vestirse para marchar. Fue a coger el carro vacío y se asomó ya a punto. Me dijo irónico: “Siento que no me dé tiempo a traerte el desayuno a la cama”. Me levanté entonces y nos dimos un buen morreo de despedida.

Desde entonces nunca han faltado en mi casa los buenos embutidos.

13 comentarios:

  1. cada dia te superas , muchas gracias por tan esplendidos relatos

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    1. Gracias, espero ir poniéndolos para todos los gustos.

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  2. muy bueno.... me encantan tus relatos. cada vez que hay uno nuevo me hago unas pajas que flipas.... sigue asi

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    1. menos mal que dejo pasar una semana como mínimo entre uno y otro...

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    2. ja ja ja ja
      Por mi no te preocupes, y sigue publicando relatos asi de buenos.
      Gracias por tus relatos y los buenos momentos

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  3. Hay segunda parte? Volvería el jamonero ? Se cumplirá el sueño?

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    1. Demasiado jamón se puede indigestar. Mejor ir cambiando de menú.

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  4. Jopee que rico el jamonero y tu abriendote de piernas es culico mas bien puesto! A mi no me importaría que ni tu y el jamonero me pusierais a mirar a la meca

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    1. Con la imaginación se puede hacer de todo...

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  5. Que buenos relatos, me hacen pasar momentos muy agradables.
    sigue asi que lo haces muy bien.
    saludos

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