domingo, 1 de septiembre de 2013

Una historia de camping (Segunda parte)


Continuación…………………………………………………

Mientras hablábamos, nuestros cuerpos habían ido acercándose imperceptiblemente  y ya sentía su calor delicioso. Vueltos el uno hacia el otro, ya no había recato en gozar de la visión mutua. Como para compensar la incertidumbre a la que me había sometido, se volcó sobre mí y buscó mi boca con la suya. Nos fundimos en un beso ansioso y profundo de lenguas enredadas al tiempo que nuestras manos recorrían los cuerpos entrelazados. Las furtivas miradas y roces que me habían atormentado hasta entonces se convertían ahora en disfrute mutuo. Nuestras erecciones eran ya potentes y, una vez sincerados, recuperó su talante alegre. “¡Mira, como esta mañana!”. “Pero ahora no tenemos la excusa del despertar”, repliqué añadiendo: “Y me voy a desquitar comiéndote entero”. Mimoso se me entregó. “¡Uy, con lo que me gusta!”. Con manos y boca recorrí esos volúmenes que tanto había deseado. Él por su parte, cuando podía liberar un brazo, me tanteaba la polla como prometiendo un próximo cambio de turno. Pero yo estaba dispuesto a hacer un recorrido completo y libar de sus tetas jugueteando con la lengua por los pezones y el vello que los circundaba. Al arrastrarla por la barriga y los costados le hacía cosquillas y él se retorcía melindroso. Al fin accedí a su bajo vientre, pero antes lamí los muslos y manoseé los huevos. La polla se le levantaba brillante y húmeda. Acaricié con mis manos su consistencia y él ya se puso en tensión ansiando mi boca. Usé ésta para chupar y relamer golosamente. Los efectos que le hacía mi mamada lo impulsó a sujetarme la cabeza. “¡Para, cariño, para, que te lo vas a llevar todo nada más empezar!”. Tiró de mí y rodeándome con sus brazos me puso bocarriba. Se sentó a horcajadas sobre mis piernas y jugó juntado las dos pollas. A continuación se echó sobre mí y, tras cubrirme la cara de besos, trabajó con su boca mi pecho. Como se iba escurriendo hacia atrás, mi polla pasó desde delante a erguirse contra su culo. Al notarla se removió voluptuosamente. “¿Querrás follarme?”, preguntó con sonrisa pícara. “Solo si te portas bien”, condicioné. “Pues verás cómo te pongo a punto”, y se entregó a una mamada minuciosa que me fue subiendo al séptimo cielo. Tuvo la suficiente contención para frenar y dejarme listo para la carga.

“¿Cómo lo hacemos?”, pregunté. “Me gusta que nos podamos mirar”. Colocándose supino, mostró una gran agilidad, pese a su corpulencia, para levantar las piernas y mantenerlas sujetas por las corvas. Me arrodillé detrás y, desde luego, aumentó mi excitación la perspectiva que me ofrecía, con la verga y los huevos volcados sobre el vientre, y distendida la raja mostrando el ojete entre el vello. Tampoco deje de reparar en la expresión de su rostro deseosa de ser poseído. Me agaché, ensalivé un dedo y probé. “¡Uy, uy, uy…!”, oí que decía. Pero entró y aun así puse más saliva con la lengua. “¡Lo tienes para comérselo!”, comenté demorándome. “¡Lo que tienes que hacer es follártelo ya!”, replicó enervado. Tomé posiciones y el soltó las piernas que reposaron sobre mis hombros. Asido a ellas fui dejándome caer y logrando una paulatina penetración. Él cerró los ojos con una mueca de concentración. “¿Va bien?”, pregunté. “¡De maravilla, y más cuando empieces a moverte!”. Al clavársela completa se contrajo a la expectativa. Me afané con un vaivén in crecendo que fue acelerando el clímax de ambos. “¡Oh, oh, qué gusto me das!”, farfullaba él. “Pues anda que el que tengo yo…”, le espetaba. “No te des prisa, que esto no lo tengo todos los días”. Aguanté lo más posible hasta que noté la irresistible sacudida que me dominaba. “¡Que lo vea, que lo vea!”, pidió. Así que en el último instante me salí y le salpiqué la barriga y las tetas comprimidas. Caí sobre él, cuyas piernas se desplomaron, y buscó mi cara para besarme. Me eché a un lado para dejar libre su polla, que volvía a crecer. La acaricié y dijo con voz entrecortada: “Me has puesto a tope de caliente… Con poco que me toques me correré”. Lo masturbé con suavidad chupándole un pezón mientras me echaba un brazo por encima. Empezó a resoplar tenuemente y fue aumentando la cadencia. Sus últimos jadeos impregnaron mi mano de su leche.

Hombre práctico, propuso tras recuperar el aliento unos segundos: “Mejor que no demos un baño… Mira cómo estamos de sudor y otras cosas”. Entramos en el agua pero ahora no hubo juegos infantiles. Solo caricias y masajes como si nos laváramos uno al otro. Al salir volvimos a nuestro rincón sobre las toallas. Quería saber de él y me dispuse a tirarle de la lengua. “Yo que me creía que habría de resignarme a desearte en secreto…”. “Ya ves, hay que aprovechar las ocasiones”. “Supongo que es la historia de los casados… ¿Cómo lo llevas tú?”. Empezó a abrirse: “Me casé ya mayor por temor a la soledad ¿No ves la edad de mis hijos? No es que con mi mujer haya habido mucha pasión; solo follábamos de vez en cuando. Pero tenía una gran facilidad para quedarse preñada… Me sirvió de excusa para parar”. “Y así te apañas para cazar a un ingenuo vecino como yo”, dije para quitar trascendencia. “¿Ingenuo tú?  Si desde que llegué no has parado de enviarme mansajes…”. Reímos y nos abrazamos de nuevo. “¿Volverás a dormir conmigo esta noche?”, pregunté solícito. “Tampoco hay que pasarse… Pero seguro que, en una o dos noches, mis hijos me vuelven a echar”. “Ronca con todas tus fuerzas”, le sugerí. “No te preocupes, que se nos ocurrirá algo… Y ya va siendo hora de que regresemos al camping”. Recuperamos los bañadores, que ahora me parecían extraños a nuestros cuerpos. Sin embargo, a pesar de que acababa de gozar del de él en toda su desnudez, el verlo otra vez tratando de ajustarse el eslip resucitó mi morbo.

A la mañana siguiente vino a buscarme a los servicios muy eufórico. “Mi mujer y los niños quieren que vayamos otra vez a bañarnos a aquel sitio… No le he dicho que estuvimos ayer”. “¡Vaya!”, exclamé con un deje de nostalgia. “Le he preguntado si no le importa que te invitemos y le parece bien”. “Pero…”. “Sí, todos desnudos. En ese aspecto somos muy liberales… No será lo mismo que ayer, pero lo pasaremos bien y jugaremos con los críos. Verás qué padrazo soy”. Me hizo un guiño y sus dotes de persuasión me desarmaron. Porque para colmo, aprovechando que estábamos solos, en un rápido y audaz gesto, se sacó la polla con una mano y con la otra sacó la mía. Les dio un fugaz frote, como recordatorio de lo habido entre nosotros, y se largó corriendo para los preparativos.

Nos pusimos en marcha todos juntos y, una vez allí, la familia se desnudó completamente con toda naturalidad. Yo no pude menos de hacer otro tanto, aunque algo cortado. No es que fuera mojigato, pero en este caso concreto me pesaban las circunstancias. La vista de la mujer y los niños no me decía nada, pero el padre volvía a mostrárseme aureolado  de deseo. Mientras ella tomaba el sol, los demás corrimos al agua. El padre era todo un animador de los juegos con los niños, hoy con su impronta de inocencia.

Me sumé tímidamente a ellos y no faltó algún toqueteo furtivo entre adultos. Desde luego me maravillaba el entusiasmo paterno, que era observado con indolencia por la mujer, quien apenas se bañó. Salidos del agua se enzarzaron en un juego de pelota, en una anárquica mezcla de futbol, balonmano y rugby. Me mantuve discretamente al margen, ya que no soy muy dado al deporte. Pero no dejaba de encandilarme con la ágil e incansable actividad del cuerpo del padre.

Llegó un momento en que los niños se independizaron y se pusieron a recoger ramas y cañas para construir un remedo de cabaña. El padre decidió volver al agua para librarse del sudor y me hizo un gesto para que lo acompañara. Sin tener ahora el cuidado de los niños, nos adentramos más y confluimos en un recodo a resguardo de vistas. No perdió tiempo para ceñirse a mí y besarme apasionadamente. Enseguida se sumergió y buceando buscó con la boca mi polla. Ésta, que ya había empezado a animarse, se acabó de poner tiesa con la mamada sorpresiva. Al emerger del agua el muy pícaro me dio la espalda y se me arrimó. Tanteó con una mano hasta presentar mi polla contra la raja. Solo tuve que apretar un poco y ya estaba dentro. “¡Um, qué rico!”, murmuró meneándose lascivo. Todo quedó ahí, porque el agua dificultaba movimientos más contundentes. Además tampoco debíamos prolongar nuestro ocultamiento. Aproveché sin embargo para preguntarle: “¿Has roncado mucho esta noche?”. “¡Con toda mi alma!”, contestó riendo. “Entonces…”. “Ya sé por dónde vas… Protestas ya han habido. Así que tal vez tengamos suerte”. Salí rezagado tras él para contemplar su goloso culo.

Pero la situación había de dar un cambio radical. Amenazadores nubarrones de tormenta veraniega se acercaban, por lo que hubimos de acelerar nuestro regreso al camping. La descarga sin embargo comenzó cuando estábamos a medio camino y, al llegar, era ya un auténtico aguacero. Pasando de largo por mi tienda –a la que eché una rápida mirada descorazonada–, corrimos al refugio de la caravana. Todo lo que llevábamos, la escasa ropa, las toallas y demás objetos, estaban empapados. Puesto que hacía poco lo habíamos hecho, volvimos a quedarnos desnudos y, tras secarnos, permanecimos así con naturalidad en ese ámbito privado. Como regla de la familia,  enseguida pensaron en comer. Al igual que otras veces, no perdió ocasión el padre de sentarse de forma que lo pudiera ver bien. Sabía que me encantaba mirarlo y a él le gustaba observarlo. Pero hoy ya no era un paquete más o menos provocativo lo que exhibía sino el sexo libre entre sus muslos. Nuestros ojos intercambiaban mensajes de deseo.

La madre se interesó por el estado de mi tienda y llegamos a la conclusión que con aquella lluvia sería inhabitable. Aunque dije educadamente que ya me apañaría, padre y madre al unísono replicaron que de ninguna manera. “Nos apañaremos para que pases la noche aquí”. La cuestión era cómo. El matrimonio disponía de una cabina aparte y los niños dormían en las banquetas reconvertidas en camas. Como éstas eran cuatro pensé que me tocaría la sobrante. Sin embargo la solución que ofreció la madre me sorprendió. “Mejor que yo duerma con los niños y que vosotros dos compartáis la cabina… Ya lo hicisteis la otra noche y no es más pequeña que la tienda”. Aunque la idea me resultó perturbadoramente sugestiva, me sentí obligado a insistir. “Me sabe mal…”. Me interrumpió: “¡Nada, nada! Así estaremos todos más cómodos”. ¿Sería porque a los niños no les gustaría dormir con un desconocido o porque ya le iba bien que yo me ocupara de su marido? Éste, que había asentido al reparto con un regocijado silencio, concluyó con ojos chispeantes: “¡Ya ves, todo arreglado!”.

De manera que la idea de tenerlo de nuevo en mi tienda se trocaba de forma rocambolesca en compartir con él su lecho conyugal. Por un lado el morbo de la situación no podía ser mayor pero, por otro, me temía que habríamos de ser aún más prudentes que la noche en mi tienda. Con el agravante de que ahora nuestra sexualidad era más incontrolable. El caso fue que, una vez los padres se encargaron de dejar dormidos a los niños y la mujer declarara encontrarse cansada, el padre abrió la puerta corredera de la cabina. Pude ver, boquiabierto, que el espacio estaba ocupado por una única cama y no demasiado ancha. Me invitó a subirme y a continuación lo hizo él, cuidándose de dejar bien cerrada la puerta. Y allí estábamos los dos como enjaulados, desnudos y ardiendo de deseo reprimido. Pero pronto dejó claro con un quiebro elocuente que la discreción no iba a estar reñida con un silencioso disfrute de nuestros cuerpos. Afortunadamente la cama no hacía ruido, y los besos y caricias eran mudos...

Nuestras manos y bocas no cesaban en el lenguaje de la pasión al que, como si fuéramos expertos en ello, depurábamos de cualquier estridencia. En esta ocasión quise extraerle su jugo y degustarlo sin que se desperdiciara, antes de verter el mío en su interior. Me escurrí por la cama hasta encararme con su sexo y aprisioné la polla con mi boca. Ya estaba dura y mojada, y mis labios y lengua la trabajaron con deleite. Él se entregaba y, astutamente, disimulaba sus irreprimibles jadeos enmascarándolos con algo parecido a ronquidos. No le di tregua y pronto una tensión en sus muslos previno el derrame que engullí con voracidad. Cuando levanté la mirada me premió su sonrisa beatífica. Poco le duró el sosiego pues la excitación de mi entrepierna nos ofrecía un nuevo goce. Bien se encargó de avivarla recorriendo con la lengua mis puntos más sensibles. Cuando comprobó que la tensión de mi verga era extrema, se giró de costado y él mismo la dirigió a las profundidades de su culo. Así, de lado, con acompasados impulsos de mi pelvis iba creciendo de forma paulatina el placer mutuo. De nuevo sus resoplidos sonaron a perturbaciones del sueño y yo tampoco reprimí una exhalación cuando el orgasmo se culminó.

Quedamos exhaustos y con la respiración entrecortada, pero muy juntos y abrazados. Al poco me susurró con un hilo de voz: “¿Probamos dormir?”. Se puso bocabajo extendiendo un brazo por encima de mis hombros. Yo todavía tenía el pulso demasiado acelerado para poder conciliar el sueño. Además, la situación en que me encontraba me resultaba surrealista, con nuestra relación amatoria incrustada subrepticiamente en el seno familiar. Me distrajo de mis cávalas que los soplidos del padre fueran derivando en ronquidos auténticos. Yo entonces los iba atemperando a base de suaves besos y caricias a la nuca, que, si bien no los cortaban, los reducían considerablemente.

La luz del alba y la agitación que provenía de los niños señalaron el fin de la insólita cohabitación. Con gestos divertidos señalamos nuestras sendas erecciones… ¡Lástima no poder aprovecharlas! Tras un último beso, el padre abrió la puerta. Nada más vernos la madre preguntó: “¿Qué tal habéis dormido?”. Me apresuré a decir: “Bastante bien… Y muchas gracias por vuestra acogida”. Con un tono que me pareció de una cierta ironía ella añadió: “No sé cómo lo habrás conseguido, pero mi marido apenas ha roncado”. A éste casi se le cae el agua que estaba bebiendo, pero enseguida me echó un capote con una salida zumbona. “Es que soy muy considerado con los invitados”.

La tormenta había pasado y se imponía comprobar sus consecuencias en el exterior. En particular me inquietaba el estado de mi tienda. Nos pusimos los bañadores ya secos y salimos. El panorama era desolador y a lo lejos se veían otros campistas valorando la magnitud de la tragedia. Pude constatar lo temido: mi tienda había quedado prácticamente inservible. He ahí cómo bruscamente se truncaba mi estancia en el camping. Porque en esas condiciones era inviable mi permanencia. Así lo hice saber a la familia y, pese al destello de decepción en los ojos del padre, no pudieron sino darme la razón. Bien sabía yo que no era plan que me adoptaran y seguir como la noche anterior. Había sido una emergencia y, como tal, irrepetible. Así que me despedí cordialmente y el padre me ayudó a recoger mis pertenencias salvables. Garrapateé mi número de teléfono en un papelito y se lo di como última tabla de salvación. Lo cogió y, en su mirada y su agridulce sonrisa, había todas las incógnitas del mundo. Aún al emprender mi marcha y volver la vista atrás, me hizo un último regalo. Asomado a la puerta de la caravana se despidió con la exhibición su espléndido cuerpo.


8 comentarios:

  1. Me ha encantado. ... gracias, papi!!!! si algún día te animas a ir de camping, avísame!

    ResponderEliminar
  2. Que pena que una inoportuna tormenta impidiera una "avalancha" de experiencias erótica-festivas.

    ResponderEliminar
  3. Es mi sueño... disfrutar a un hombre como el del relato. Y estoy idiotizado con un muy amigo mìo (ambos casados), el es de cuerpo grande, 1.88, 135 kgs, antes fue lanzador de bala y martillo, tiene el cuerpo fuerte, grueso y con panza, velludo y una cara de niño bueno que me vuelve loco. Pero nunca me he animado a sugerir algo por respeto a la amistad de mas de 15 años.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Joder qe pinta tiene que tener tu amigo, mmmmmmmmm
      Yo también soy casado y me pasa lo mismo qe a ti, noto muxas veces qe me miran algunos tios pero no se si quieren algo o no.
      Un saludo

      Eliminar
  4. por cierto... en 10 mins. viene a mi ofna y acabo de leer este relato, harè un esfuerzo sobrehumano por controlarme y en cuanto se vaya irè al baño a derramar lo que traigo dentro. :(

    ResponderEliminar
  5. ¿Algún consejo? como detectar si pudiera haber algo. Me detiene la vergüenza ante un posible rechazo, pero si hubiera aceptación, sería algo increíble por lo que he soñado tantos tiempo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Comprendo tu problema y agradezco que lo expongas. Pero aconsejar en este asunto es muy delicado... Solo invento historias. Suerte

      Eliminar
  6. ya tenia un rato que no leia un relato tuyo, recien lei este y me resulto impresionante, altamente erotico y sentimental a la vez, me parecio que se complementaban muy bien como pareja y crearon una relacion muy trascendental y profunda con mucha emotividad!! muchas gracias por tus relatos!!

    ResponderEliminar