domingo, 1 de julio de 2012

El Obispo


La adolescencia fue para mí un mar de confusiones. En el ambiente en que me crie, tanto familiar como escolar, todo lo relacionado con el sexo tenía el tufo de pecado y aún más abominable, y casi innombrable, era cualquier atisbo de homosexualidad. Sin embargo, a medida que me iba desarrollando, experimentaba unas sensaciones que no alcanzaba a comprender y me sumían en una tremenda turbación. Porque me habría sido más fácil de entender, aunque me obligara a un virtuoso rechazo, si hubiera sentido atracción por otros jóvenes más o menos de mi edad. Pero el que mi mirada quedara prendida y el corazón se me acelerara ante hombres maduros y fornidos, era algo que no sabía interpretar. En lugares en que la visión era más propicia, como en la playa, las formas recias y el vello corporal me provocaban gran desasosiego. 

En esta tesitura, y puesto que la llamada del sexo opuesto no me espoleaba,  pensé que debía optar por una vida sacerdotal. Y así lo comuniqué a mis padres, con gran agrado por su parte. De manera que, recién cumplidos los dieciocho años y una vez acabados mis estudios, barajamos las posibilidades que se ofrecían. Mis padres, que tenían muchas relaciones en el mundo eclesial, conocían al Obispo y, muy orgullosos, quisieron darle la noticia de mi decisión. Entonces éste hizo una propuesta: “Como estas cosas se han de meditar bien, me gustaría conocer al chico y hablar detenidamente con él. ¿Por qué no viene a verme una tarde?”. Pareció una idea muy acertada y una ocasión que debía aprovechar. Yo no lo conocía y, no sin cierta timidez, me dispuse a obedecer.

Cuando llegué al Palacio arzobispal, un clérigo bastante anciano me condujo a las dependencias del Obispo. Me miró de una forma algo extraña, mientras me repasaba de arriba abajo. Me dijo que debía esperar en el despacho, pues Su Eminencia no tardaría en llegar de un acto al que había asistido. Se marchó y quedé allí a la espera. A través de una puerta abierta pude ver lo que debía ser el dormitorio.

La entrada del Obispo me produjo un gran impacto. No solo por la prestancia de su solemne vestimenta, sino sobre todo por su presencia física. Alto y robusto, con un vientre prominente, me dirigió una vivaz mirada en su redondo rostro –y esto me sorprendió– con cuidada y corta barba canosa. Cuando me ofreció su mano para que le besara el anillo, el roce del vello que la poblaba me provocó escalofríos. Me trató con cordialidad. “Así que tú eres el joven que tengo que examinar ¡Estupendo!”. Me hizo pasar directamente a su habitación y se mostró muy campechano, lo que interpreté como una forma de darme confianza. “Pues me viene la mar de bien tener un asistente… ¡Anda, ayúdame a quitarme las galas, que me tienen frito con este calor!”. Mientras se quitaba el collar con la cruz  y el fajín, ante mi titubeo dijo: “Puedes empezar con los botones desde abajo, que me cuesta más agacharme. Ya ves que hay cantidad”. Casi me arrodillé y, con manos temblorosas, empecé a soltarle los pequeños botones forrados. Mi nerviosismo iba en aumento a medida que subía, procurando no llegar a rozarlo. Él se desabrochaba por el pecho y me chocó que, cuando llegó al  nivel de la barriga, ralentizó sus movimientos para dejar que yo acabara. Finalmente, en el último botón, nuestras manos se juntaron y cogió brevemente las mías. “Lo has hecho muy bien”. Una vez abierta, lo ayudé a quitarse la sotana. Quedó con unos pantalones negros y una camisa blanca, que empezó a remangarse. Mis ojos quedaron fijados en sus brazos fuertes y peludos, pero a continuación se desplazaron al cuello de la camisa, que se había abierto y por donde le asomaba rizado vello. Deseé con todas mis fuerzas que no se diera cuenta de mi turbación. Dijo con toda naturalidad: “Espera, que me estoy orinando”. Se dirigió a una puerta, que dejó abierta. Me quedé inmóvil oyendo el sonoro chorro de su micción. Cuando acabó me llamó: “¡Ven, hombre, ven!”. Se estaba lavando las manos y yo, por hacer algo, le alcancé una toalla. Me dirigió una mirada risueña. “Aunque bien pensado, tomaré una ducha… He pasado mucho calor. No tardo nada”. Solo dejó medio entornada la puerta.

Respiré aliviado por la necesidad que tenía de controlar mis emociones. ¿Qué me estaba pasando? Esas sensaciones que tanto me hacían cavilar se reduplicaban ahora nada menos que a cuenta del Obispo, que con tanta intimidad me estaba tratando. Pero desde donde me hallaba, el ruido de la ducha machacaba mi cerebro y no pude evitar verlo por el rabillo del ojo reflejado en el espejo. Mis pensamientos se interrumpieron cuando, tras unos minutos, reapareció el Obispo enfundado en un albornoz. “Chico, si no te importa, yo voy a descansar en la cama… El acto de hoy me ha dejado agotado… Así charlaremos más relajadamente”. Al observar mi sofoco, añadió socarrón: “Anda, pasa mientras al baño y refréscate un poco… Y quítate la chaqueta y la corbata, que te va a dar algo”.
 
Seguí su consejo y cerré la puerta. Notaba una descontrolada erección y pensé que, si orinaba, igual bajaba. Pero al terminar, vi unos calzoncillos tirados en el suelo y no pude resistir el impulso de cogerlos. Los olí y el aroma que percibí me trastocó. Un par de pelos acaracolados contribuyeron a aumentar mi desvarío. Con todo ello mi erección aún fue más punzante. Debí tardar más de la cuenta porque oí su voz: “¡Puedes venir, eh!”. Salí de baño con andares un tanto forzados para que no se me notara el bulto en la entrepierna  y lo que encontré me dejó paralizado. Estaba en la cama con la espalda apoyada en un almohadón. La sábana la cubría apenas un poco más arriba de la cintura y le quedaba descubierto el torso desnudo. Unos pechos abultados reposaban sobre la oronda barriga; todo ello poblado de abundante vello, entreverado de canas. “Con este calor no hay quien aguante el pijama ¿No te molesta, verdad?”. Qué me iba a molestar, aunque todo el cuerpo me dolía de la excitación.
 
“Anda, siéntate ahí”. Me señaló una silla junto a la cama. Aliviado la ocupé y crucé la piernas, pese a no resultar una postura muy adecuada. Me miró fijamente y dijo: “Te estoy notando muy nervioso ¿Tanto te impresiono?”. “Bueno…, es una situación nueva para mí”, balbuceé. “¿Para qué crees que te he hecho venir?”. “Usted quería conocerme y examinar mi vocación”. “Pero hay muchas formas de conocerse… ¿No te parece?”. Ante mi creciente confusión, remachó: “Y creo que a los dos nos ronda por la cabeza la misma forma… ¿Me equivoco?”. Mi sonrojo y agitación eran más delatadores que cualquier cosa que hubiera podido decir. “¡Ven aquí!”. Golpeó con la mano el borde de la cama. Como movido por un resorte, obedecí y me senté donde me indicaba. “Vamos a hablar de hombre a hombre”. Me puso la mano sobre un muslo, lo que me produjo unos intensos escalofríos, y sentí que mi pene latía. “Aunque no lo parezca, llevo una vida muy solitaria y vacía de calor humano. Tú podrías darme un poco ahora”. “No lo entiendo…”. “Me entiendes perfectamente. ¿Crees que no te he observado desde que llegamos aquí?”. Corrió suavemente la mano y rozó mi pene. “Esto es más que una respuesta”. “Yo no quería…”, dije tembloroso. “No se trata de querer o no querer. El cuerpo dicta sus propias leyes”. Yo estaba sentado de espaldas a su cuerpo, girado lo justo para hablar con él. Pero cuando noté que tiraba de la sábana que lo cubría y la desplazaba hacia un lado, me dominó el impulso de mirarlo. Su completa desnudez me pareció majestuosa. Bajo su oronda barriga, el pubis oscurecido por el pelo remataba en un sexo, centrado entre sus gruesos y velludos muslos, como nunca antes había visto, pese a estar en reposo. “¿Ves algún mal en esto?”. Desde luego que no, aunque fui incapaz de responder. “Entonces debes ser generoso y mostrarte tú también”.
 
Como un autómata me puse de pie. Él me atrajo, me desabrochó el cinturón e hizo caer el pantalón. “Anda, acaba tú…”. Me quité la camisa y evidentemente mi erección había alcanzado el máximo nivel al tensar el calzoncillo. “¡Ay el vigor juvenil! A mí ya me cuesta más conseguirlo. Necesitaré tu ayuda”. “¿Cómo debo hacerlo?”, pregunté ansioso. “Hazme lo mismo que te hago yo a ti…”. Alargó una mano, echó abajo el eslip y me asió el pene, frotándolo suavemente. Creí que el corazón me iba a estallar en el pecho. Cuando iba a mi vez a estirar el brazo para tocarlo, me detuvo sin embargo. “Espera, no corras”. Entonces se giró hacia mí y, para mi estupefacción, acercó la boca a mi sexo. Su lengua salió y fue lamiendo desde la punta a la base para continuar con los testículos. Las sensaciones que me hacía experimentar eran indescriptibles. Pero cuando introdujo el pene entero en su boca y empezó a succionar, creí que iba a desmayarme. Se detuvo no obstante y mirándome desde abajo, dijo: “Hay que tomarlo con calma… ¿Sabrás hacérmelo a mí?”.
 
Nada podía desear más en aquel momento. Torpemente me precipité sobre la cama y él facilitó que me colocara separando las piernas. El cobijo entre ellas y el calor que trasmitían a mis mejillas me pusieron en un estado casi febril. Mis manos se posaron en el pubis y enredé mis dedos en los pelos. Toqué reverencialmente el miembro y sopesé los testículos. Por fin entró en función mi boca, colmando de besos cuanto encontraba. “¡Muy bien, muy bien!”, oí. Luego usé la lengua en lamidas intensas, hasta que engullí el pene y procuré chupar tal como recordaba que acababa de hacer él. Notar cómo se endurecía y crecía en mi boca me llenó de orgullo, y así me habría quedado eternamente. “¡Chico, qué rápido aprendes!”. Me sorprendió que me tomara por los hombros y tirara de mí. Me arrastró sobre su barriga hasta que mi cara quedó a la altura de su pecho y mi pene tropezó con el suyo. Con una mano dirigió mi cabeza hacia uno de sus pechos y dijo: “Chupa y mordisquea..., pero con cuidado”. Acaté con deleite esta nueva instrucción. Despejé con la lengua el vello que invadía la areola rosada y rocé el pezón, más cárdeno. Emitió un murmullo que me enardeció. Chupé primero y con mi mamada noté un picudo endurecimiento. Delicadamente rodeé la protuberancia con los dientes y poco a poco fui mordiendo. Arranqué gemidos, pero sin rechazo, aunque no dejaba de estar asustado. ¿Cómo podía querer una cosa así, que le debía doler? No tardó, sin embargo, en volver a cogerme la cabeza y llevarla hacia el otro pecho. Repetí pues la operación y él, sin duda intuyendo mi perplejidad, explicó: “No sabes cómo me entona esto… Misterios de la naturaleza humana”. Dicho lo cual, acercó su cara y juntó sus labios con los míos. Su lengua se abrió paso punzante y recorrió toda mi cavidad bucal.
 
“Aún has de aprender más…”. Me apartó hacia un lado y se incorporó, arrodillado sobre la cama y dándome la espalda. A continuación se inclinó hacia delante. Pude ahora contemplar su espléndido trasero, tan abundoso como todo él y ornado de un vello más suave. Acaricié con delicadeza la oronda superficie y sentí un impulso irrefrenable de lamerla. “Parece que te gusta…”, bromeó. Concentré mi atención en la anatomía que se me ofrecía, deleitándome con la simetría de los glúteos y la oscuridad de la raja que los separaba. Asimismo, los testículos se balanceaban entre los muslos. Parecía anticipar mis deseos, porque añadió: “A ver si sabes ocuparte de mi zona oculta”. Entendí que se refería a la raja y a ella me dediqué con todo mi ardor. Primero la manoseé y distendí, pasando los dedos cada vez más osadamente. Al notar un punto más blando, reaccionó: “¡Huy, lo que has encontrado, pillo! ¡Sigue jugando, sigue!”. Esta incitación me  volvió más osado. Era ya mi cara la que profundizaba y mi lengua la que hurgaba. Salivaba seducido por lo que oía: “¡Así, así!”. Volví a probar con un dedo, que se hundió fácilmente. “¡Este sí que es un alumno aventajado! …Acércate un momento”. Me desplacé hacia un lado y pudo palpar mi pene erecto. “Estamos los dos a punto ¡Penétrame!”. Quedé confundido e indeciso. “Te gustará, ya veras. Y yo lo deseo”.
 
Volví detrás de él y, arrodillado, mi pene alzado se hallaba justo a la altura del punto en que acababa de tantear. Me acerqué más y la punta se perdió en la raja. “¡Empuja, empuja!”. Volqué todo el cuerpo y noté cómo iba entrando. Un calor  húmedo cercaba mi miembro. “¡Bien, muy bien! ¡Ahora muévete y bombea!”. A medida que lo hacía, un ardor placentero crecía en mi sexo. “¡Sigue, sigue!”. Y ponía mis cinco sentidos en ello. De repente, una chispa prendió en mi cerebro y, como una corriente eléctrica, fue recorriéndome hasta llegar al extremo de mi pene. Una serie de sordas explosiones me dejó vacío. Nada que ver con las poluciones nocturnas, ni siquiera con las pecaminosas masturbaciones en las que a veces había caído. La posesión de aquel cuerpo tan deseado había ido más allá de lo imaginable. Me sacó de mi ensueño su voz: “¡Te has portado! ¡Lástima que no hayas durado más! Pero si ha sido tu primera vez…”. Dándose cuenta quizás de que podía haber sonado como minusvaloración, se dio la vuelta y me tomó entre sus brazos. “Me estás haciendo muy feliz”. Me entregué con gusto a sus caricias mientras se aquietaban mis palpitaciones.
 
“Ve calmándote, que también he de darte lo que tú me has dado”. Aunque estaba dispuesto a aceptar cuanto él deseara, atajó cualquier temor por mi parte. “Tranquilo, que no tengo el vigor suficiente para penetrarte… Pero, si quieres, podrás saborear lo que bulle en mi interior”. Se cogió el miembro flácido y me invitó. “¡Avívalo y disfrutemos los dos!”. Me reanimé al instante para ese cometido. Acaricié el pene con suaves masajes, subiendo y bajando la dúctil piel. No tardé en tomarla con mi boca y volví a experimentar el placer de su crecimiento. Mis succiones ahora eran más decididas. Él entonces sujetó mi cabeza y la dirigía para acompasar mis movimientos. Sentía en mi lengua una especie de latidos y, en un momento dado, inmovilizó mi cabeza y la apretó hasta que la punta del miembro me presionó el fondo del paladar. Se agitó con sonoros suspiros y la boca se me fue llenando de un espeso magma que se escurría por mi garganta. Tragué y relamí goloso, hasta que me apartó. “Dentro de ti ya hay algo mío, como también he tenido algo tuyo en mí… ¿No es hermoso?”. De nuevo me refugié en la calidez de sus brazos, que me estrechaban contra su pecho.
 
Tras unos minutos de quietud y silencio, al fin dijo: “Ya va siendo hora de que te marches”. El tiempo me había pasado muy rápido, así que repliqué: “Pero aún no hemos hablado…”. Su contrarréplica  me dejó perplejo. “Después de lo que ha pasado esta tarde creo que podrás empezar a saber lo que quieres hacer con tu vida… Aviso de que sales”.

9 comentarios:

  1. guauuu, con el obispo. Que maquina eres escribiendo relatos tio. Un saludo

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  2. tzzz me cae que me calente mas que viendo porno!!! te felicito por tus relatos eres muy bueno

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  3. Pues, me trae muchos recuerdos, ya que a mi me sucedió algo similar.

    similar por que en mi experiencia, los sacerdotes y los obispos en especial, si obtienen lo que quieren, pero no son reciprocos, estan acostumbrados a que les obedezcan y a hacer poco

    no mentiré que el relato es cierto, ver como un sacerdote se quita la sotana y muestra un poco del cuerpo, aunque sea lo mas minimo, es hermoso y espeluznante por que no sabe que pasará

    yo tuve un acercamiento con el obispo de mi comunidad a una edad mas allá de los 18 asi que no fue pecado, pero no fue lo que yo esperaba, si obtuve satisfaccion sexual, pero no una calidez

    pero bueno

    visitarme a mi phlog

    speedochubby.tumblr.com

    saludos

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  4. Ya lo sigo. Buenas fotos, alguna he usado

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  5. si, he visto dos que tres

    gracias por ello

    saludos y seguí asi !

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  6. me gusto mucho el relato.
    me gustan mucho los maduros gordos
    soy de medellin colombia
    mi msn cannissa24@hotmail.com

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  7. Dios mio me has ganado mi sueño ese obispo es perfecto así como lo describes mi mas oscura fantasía es hacerlo con un sacerdote y valla que conosco a muchos que son los indicados pero lastima que no e tenido oportunidad TE FELICITO POR TAN HERMOSO ACTO :D

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  8. Soy un amante de los gordos maduros y velludos, ,me encantaria uno así como el obispo, estos elatos me gustan y me ponen cachondo

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