domingo, 18 de marzo de 2012

Un ligue con trampa

Una mañana, salí un momento de casa para recoger la prensa en el quiosco de enfrente. Como estoy suscrito no llevaba dinero encima. Al esperar en el semáforo, se me acercó un hombre con una petición curiosa: “Me puede dar algo para el metro. Se me ha acabado la tarjeta”. No pude hacer más que la típica negativa con la cabeza, en este caso justificada, al no tener nada. Pero el individuo me llamó la atención. De unos cuarenta años cuerpo ancho y redondo, no mal parecido, con tejanos y sudadera, asomando algo de vello por el cuello. Cruzó antes que yo y pude ver que repetía la petición con otros transeúntes, igualmente sin éxito. Resultó, por otra parte, que, más allá del quiosco, se había instalado una especie de mercadillo y tuve la curiosidad de pasarme para ver lo que había. Por allí andaba él y pude observarlo con más detenimiento. Llegó a verme y me reconoció con una triste medio sonrisa. Me decidí a abordarlo: “Antes no te he podido ayudar porque, de verdad, he bajado sin dinero”. “No pasa nada. No ha sido usted el único”, respondió. Tuve una ocurrencia: “Si estás un rato por aquí, vuelo y traigo algo”. Vino la sorpresa: “Vale, pero si me da un poco más puedo hacerle una mamada”. Me quedé pasmado y aprovechó para añadir: “Por la forma en que me miraba, pensé que le gustaría”. Ahora repliqué: “No es mi costumbre pagar por esas cosas”. “Si no estuviera necesitado, yo tampoco lo ofrecería”, aclaró. Estaba hecho un mar de dudas, porque encontraba al hombre muy atractivo, aunque una relación así me parecía demasiado fría. “Mira: me gustaría ayudarte”, le dije, “pero eso de sacarme la polla en cualquier rincón y que me la chupes no me hace mucha gracia”. “He dicho eso porque es lo más fácil. Lo que me gustaría es despelotarnos, meternos mano y, si quiere, que me diera por el culo”. “¿Te gustaría, dices...?”. “Claro, me va el rollo. Pero si puedo sacarle algún provecho...”. Me iba calentando e imaginaba lo que habría más allá de esos pelos que asomaban por el cuello, pero llevarlo a mi casa y luego pagarle me seguía dando reparos. Pareció leer mis pensamientos: “Entiendo que no se fíe de meterme en su casa, ni que le jure que soy una persona honrada, y menos después de haberle pedido dinero. Tal vez será mejor dejarlo estar... No soy muy hábil para estas cosas”. Este desenlace no me convencía, así que hice una propuesta algo hipócrita: “Podemos hacer una cosa: nos olvidamos por ahora del dinero; hacemos como que hemos ligado y que te invito a casa; luego me cuentas tus problemas y haré por ayudarte”. Rió ante la retorcida ocurrencia: “Si me tengo que fiar de usted, usted también se fiará de mí”.
 
Así que me lo subí a casa. Nada más entrar me dijo: “Me encanta entregarme en  todo y le aseguro que no es fingido”. “Ya se verá, pero para que empiece a creérmelo, puedes aparcar el usted”. “Vale, pero me daba morbo”. El morbo me lo dio él cuando se plantó ante mí en un voluptuoso ofrecimiento. Olvidé cualquier reparo cuando empecé a palpar por encima de la sudadera y di con el volumen de sus pechos. Metí las manos por debajo y se lo subí; el ayudó sacándoselo por la cabeza. Encontré una camiseta donde se marcaban unos picudos pezones y surgían unos brazos torneados y peludos. Mientras él se la quitaba también, posé una mano en la bragueta, donde encontré una prometedora dureza. Pero volví a concentrarme en su torso que, desnudo, era mucho más carnoso y abundante de lo que parecía vestido. El vello ya intuido desde el principio lo poblaba con generosidad, suavizándose en la transición hacia la espalda. Tomé entre mis manos las resaltadas tetas y no pude resistir llevar también mi boca lamiendo los duros pezones. Resbalé la lengua hasta el ombligo y entonces me detuvo cogiéndome de los brazos. “Ahora me toca a mi”.

Me dejé hacer como un muñeco mientras me abría la camisa y. al echarla hacia atrás, dejaba intencionadamente trabados los brazos con los puños abotonados. Los deliciosos lametones que me aplicaba me erizaban la piel, hasta que me sacó de mi embeleso: “Recuerda que te ofrecí una mamada”. Y con destreza me bajó la cremallera del pantalón y hurgó para sacarme la polla. “Así me gusta: tiesa y mojadita”. Casi me molestó el recordatorio y que pretendiera despacharme de esa forma, pero añadió: “No te preocupes, que no voy a hacerte correr todavía. Es para que veas lo buen chapero que soy”. Pese a que insistiera en el tema que me irritaba, me olvidé de todo cuando empezó a succionar con una habilidad increíble. “¡Para, por favor!”, tuve que llegar a decir. “¡A la orden! Pero deja que te quite del todo la ropa y así estarás más suelto para descubrir lo que te falta de mí”. Con presteza me dejó en cueros, y aún comentó: “Luego te comeré el culo; ya verás lo bien que lo hago”. Se entregó a mi lúbrica curiosidad cruzando las manos tras su nuca. Al despojarle del pantalón, surgió el slip que delimitaba un sucinto triángulo entre el pubis y los muslos, resaltando su abultado contenido. Hundí la cara en él y aspiré el húmedo calor que desprendía. Pero quería conocer todo e hice que se girara. Encontré un culo espléndido de sinuosas formas tapizado de vello. La sombreada raja se había tragado uno de los lados del slip. Tiré hacia debajo de éste y me desboqué con besos y mordiscos. “No te lo comas todo, que luego lo necesitarás en buen uso”, advirtió con sorna. Volví hacia su sexo liberado del slip. Sobre unos huevos rotundos, bien pegados a la entrepierna y velados por el pelo espesado, se erguía una polla gruesa y no muy larga. El capullo descubierto y brillante fue un imán para mi boca, que amoldó los labios a su contorno. “Me gusta que te guste..., pero luego la vas a disfrutar más”. Su recurso a ir aplazándolo todo para más adelante me excitaba sobremanera y doblegaba mi voluntad. “¿Vamos a seguir aquí de pie o me vas a llevar a tu cama? El precio es el mismo...”. ¡Y dale con las dichosas alusiones que avivaban mi mala conciencia por el sexo de pago! “Te llevo, pero no estás cumpliendo lo pactado de no hablar ahora de eso. “Perdona..., pero es que soy tan putón”, remachó. ¡No había manera! ...y yo más caliente que un mico.

En la cama nos revolcamos sin dar tregua a manos y bocas. Su furor y osadía eran contagiosos y no dejábamos parte alguna del cuerpo sin palpar ni saborear. Rodábamos unos sobre otro, o bien contraponíamos cabezas y pies. Con mi cara entre sus muslos, chupaba y lamía los huevos y el ojete, sintiendo que él hacía lo mismo conmigo. La mutua comida de pollas estuvo a punto de hacernos estallar, aunque él pareció tenerlo todo planificado: “Me puedes sacar la leche como más te guste, pero a ti te pondré bien excitado para mi culo... Y que sepas que me recupero con rapidez”. Se tendió con provocadora indolencia y, con las piernas abiertas, se tocaba los huevos haciendo oscilar su polla tiesa. “Todo tuyo. Toma lo que quieras”, me retó. Aquella joya gorda y jugosa me invitaba a extraerle toda su sustancia. La lamía cubriéndola de saliva y la torneaba con mis manos. Cuando la engullía le apretaba a la vez los huevos y sentía su contracción en mi paladar. Me debatía entre prolongar el saboreo o acelerar la corrida. De nuevo intervino: “Me has puesto burro total, así que aprovecha”. No paré ya de chupar y, cuando todo su cuerpo se estremeció, la leche inundó mi boca. “No te la quedes toda y compártela conmigo”, tiró de mi hasta que mi cara estuvo frente a la suya y me metió la lengua para relamer su propio jugo. Desde luego, estaba desplegando un erotismo envolvente y ya ardía en deseos de poseerlo. Una vez más adivinó mi pensamiento: “Ya sé que estás que te sales, pero voy a prepararte bien. Te comeré el culo, como te dije, que es mi especialidad”. Me hizo doblar las rodillas y se colocó detrás de mí. Su lengua empezó a cosquillearme de una forma deliciosa y cuando la aplicó a mi raja pareció que, misteriosamente, se hubiera alargado y afinado, por la intensidad con que me la repasaba. Los toques que le daba al ojete, húmedos y calientes, me electrizaban y la corriente me llegaba hasta la polla, que se tensaba al máximo. Paró a tiempo porque, si hubiera insistido más, habría llegado a correrme.
 
“Creo que ya estás a punto para cebarte con mi culo. Babéamelo bien para que te entre hasta el fondo”. Obedecí como un autómata y me encaré a esa maravilla que había resaltado en alto. Sobé y lamí con ansia, profundizando con la lengua en la raja, seguro que no con su maestría, pero inflamado de deseo. “Ya me lo siento todo mojado ¡Fóllame con ganas!”. No lo hice esperar y me eché sobre él clavándome con fuerza. “Un poco bruto, pero ¡cómo me gusta!”. Me enervaba con su pose achulada y follándolo me desfogué. Le arreaba con todas mis fuerzas, sacaba la polla, me la meneaba y volvía a entrarle de golpe. “¡Te guste o no, no voy a parar hasta quedarme seco!”. “¡Uy, eso es lo que quiero; que me lo llenes de leche!”. Mi calentamiento  llegó al máximo y noté que mi capullo palpitaba expulsando lo que pugnaba por salir. Me mantuve dentro hasta que me aflojé y la polla resbaló. Agradecí la ausencia de comentarios, aunque, con un gesto morboso, se pasó un dedo por la raja y lo lamió.
 
Permanecimos tumbados uno junto a otro, ya relajados. Quise ser yo quien abordara la segunda parte del acuerdo. Así que le dije: “Bueno, ahora hablemos de lo tuyo”. “¿Qué mío?”. “Lo que no has dejado de recordarme muy inoportunamente”. “¡Ah! ¿Te lo habías tomado en serio? Si era solo mi forma de ligar, que me da mucho morbo... Te vi salir a la calle y se me ocurrió enredarte”. “¡Coño, vaya gracia! Casi me amargas el polvo”.  “Pues no sabes lo cachondo que me ponía verte amortizar la inversión”. “¡Putón de pacotilla...”. “¿Te crees que gordo y mayorcete como soy me iba a ganar la vida haciendo chapas?”. Pensé pero no dije: “Yo, llegado el caso, no habría escogido otra cosa”.


2 comentarios:

  1. Solo me pregunto de donde sacas tanta fantasia erotica y si asi eres en la vida real, porque seria rico encotrarse contigo y perderse en lujuria (el venezolano)

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  2. me encantan tu relato y morbo. podrías describirte tú físicamente? abrazo!!!

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