martes, 15 de febrero de 2011

El camarero maduro

Era yo bastante joven y, por razones de trabajo, tuve que trasladarme a una pequeña ciudad por una breve temporada. A última hora de la tarde varios compañeros solíamos ir a una cafetería del centro. Desde el principio me llamó la atención el camarero que servía nuestra mesa. Era un hombre maduro, rebasada la cincuentena, grueso y de rostro severo. Cuando repartía los pedidos en la mesa, me fijaba en las grandes y velludas manos que remataban las mangas de su chaquetilla blanca. De ahí no había pasado el interés, hasta que una vez fui a los servicios. Al poco de encontrarme de pie frente al único urinario, entró el camarero. Como el sitio era estrecho y él de envergadura, para acceder al váter tuvo casi que rozarme. Se puso a orinar sin cerrar la puerta y, mientras me lavaba las manos, lo veía de espaladas con el gesto de sacudírsela y canturreando. El caso es que la escena se fue repitiendo: ir yo al servicio y aparecer él al poco tiempo. Una vez, sin embargo, había ya un cliente usando el urinario; así que pase al váter. Marchado el otro usuario, lo sustituyó el camarero. Al acabar yo, pasé y miré de reojo. Me sorprendió que tenía todo el paquete fuera: gordos huevos y una enorme polla. No me atreví a rozarlo y salí alterado por un pensamiento: si aquello tenía ese tamaño en estado de latencia, cómo sería cuando se pusiera en forma. No tardé en obtener  una muestra. En la siguiente ocasión opté ya directamente por el váter a puerta abierta. No me falló y pronto lo sentí allí detrás. Me demoré un poco y, al terminar, tuve similar perspectiva, pero aumentada: verga tiesa y descomunal. Me temblaban las piernas y, mientras usaba el lavabo, se giró un poco para facilitarme la visión y sonrió. Conclusiones de la primera fase: Estaba claro que el camarero me buscaba las cosquillas. También que me ponía a cien en cada expedición. Pero entonces era yo bastante inexperto. Aunque ya había tenido algún escarceo amoroso, y siempre habían sido algo mayores que yo y robustos, carecía de experiencia con maduros, que suponía cargados de zorrería y me inspiraban un gran respeto. ¿Se prolongaría indefinidamente esa forma de calentamiento, lo que acabaría causando que mis compañeros se preocuparan por mis urgencias mingitorias?

Pero la situación se aceleró. Esta vez yo ocupaba el urinario y él volvió a rozarme en su paso hacia el váter. Me demoré y lo esperé. Entonces salió con el aparato fuera y se apretó contra mí, que notaba la dureza en mi entrepierna. Extendió una mano y, acariciándome la polla, que se estaba poniendo farruca, me susurró: “El domingo cerramos antes y me quedo solo recogiendo y organizando.  Ven a última hora a cenar algo y ya lo arreglaremos”. Los dos o tres días siguientes en la cafetería no me atreví a volver a los servicios y me limitaba a observarlo mientras, imperturbable, nos atendía con sus manazas. Y es que me debatía entre el deseo y el temor que me infundía la propuesta. Llegó al fin el domingo y las dudas se disiparon. Ya quedaba poca gente y pedí varias cosas para picar. Me llevé un libro y lo usé para fingir que leyendo se me había ido el santo al cielo. Efectivamente, cuando quedábamos solo dos clientes, se me acercó y dijo: “Señor, vamos a cerrar”. Me demoré en recoger mis bártulos y mientras tanto vi salir al otro cliente y a los demás empleados. El camarero me hizo un gesto cómplice y se colocó junto a la puerta como si esperara a que yo acabara y, de paso, asegurarse de que los demás se habían alejado.
Echó el pestillo y cerró todas las contraventanas; apagó las luces  y quedó la iluminación que venía de la cocina. Se dirigió hacia mí abriéndose la chaquetilla blanca; la camiseta imperio dejaba a la vista unos salidos pezones. “Anda, ve quitándome ropa y así me tocas, que te has quedado parao”. Con manos temblorosas obedecí al tiempo que iba palpando su torso recio y peludo de hombre maduro. Le solté el cinturón y el pantalón cayó, quedándole un slip granate tenso por la gran protuberancia. Lo bajé también y casi me da vértigo el vergajo liberado. Entonces él, tomándome en volandas, me hizo sentar sobre una mesa, casi me arrancó a tirones toda la ropa y, en cuclillas, se puso a chuparme la polla mientras se meneaba la suya frenético. Me atreví a decirle: “Para, por favor, que nunca había estado con un tío como tú y quiero disfrutarlo”. Me soltó y se irguió: “Así que viejo y gordo te gusto. Pues a ver cómo te comes esto”. Antes de bajarme restregué la cara por sus tetas y  mordí los duros pezones, pero él me empujó y me encaró con su polla. La lamí con la duda de si aquello me cabría en la boca; empujó y abriendo al máximo la fui tragando al tiempo que le sobaba los huevos. Para recobrar la respiración, pasé a chupetearle toda la entrepierna y sentía los vergajazos sobre mi cara. No me bastaba con lo que había saboreado y quise darle la vuelta.
Entendió mi pretensión y se colocó de espaldas con los brazos en alto apoyados en las jambas de una puerta y las piernas entreabiertas. Me deslumbró toda esa esplendidez trasera y lo sobé y lamí de arriba abajo. “Cómeme bien el culo, que me pone muy cachondo… Pero ojo, que no me gusta que me follen”. Me entusiasmó la orden y la cumplí con devoción. Magreaba el gran pandero y me extasiaba con  la raja, que repasaba metiendo media cara en ella. Mi lengua acertaba con el agujero, arrancando suspiros a su dueño. Este entretanto se la iba meneando, mas de pronto dio la vuelta y me roció la cara con un chorro caliente. “Cómo me has puesto, chiquitín”, y me alargó un paño para que me limpiara.
Me había quedado trastornado por la excitación y con el deseo todavía vivo. Pensaba que, una vez saciado el camarero, daría por acabada la función y yo tendría que aliviarme por mi cuenta en cuanto tuviera ocasión. Pero él, con la polla morcillona, socarrón me dijo: “No te he follado porque te habría destrozado, pero no te vas a ir de rositas. Tiéndete aquí”. Y me indicó una mesa sobre la que me estiré cuan largo era. Todo lo que había sido en él furor sexual se convirtió en ternura. Tomó mi polla con su boca y la chupaba como un caramelo, mientras que con las manos iba recorriendo y estrujando todo mi cuerpo. Dio más impulso a la mamada y me sujetó los brazos a ambos lados. El placer me electrizaba y, cuando me salió el grito “¡me voy!”, apretó los labios y recibió mi derrame. Se quedó quieto hasta que cesaron los estertores de mi polla y luego se relamió sonriente y dijo: “Me gusta la leche de corderito”.

Me ofrecí a ayudarle en las tareas que había retrasado por mi causa. Aceptó de buen grado, intuyo –porque también era esa mi idea– que más que nada por el goce, ya más calmado, de seguir otro rato juntos, desnudos y acariciándonos de vez en cuando.

Pocos días después tuve que abandonar la ciudad, sin llegar al domingo siguiente. Mi primera experiencia con un hombre maduro –y de qué espléndida madurez– me había de dejar marcado para toda la vida. Sólo eché en falta que, en toda nuestra batalla sexual, no nos llegamos a besar ni una sola vez.


4 comentarios:

  1. Que buen relato que prende a cualquieera !!!

    ResponderEliminar
  2. Hermoso me gustaria enxontrar un gordito peludo guwro

    ResponderEliminar
  3. deberian hacer la segunda parte pero esta vez que el camarero este de vacaciones en cierto sitio, y se consigue con el chaval este que trabaja, y bueno esta vez que le den bien rico por culo y que lo deje viedo a calatayu bueno solo una sugerencia y Muy Buena Historia a ver si hacen un relato con un panadero me ponen a mil esos tios y mas si son Gordos y velludos act

    ResponderEliminar